EL HOMBRE Y SU LIBERTAD


EL HOMBRE Y SU LIBERTAD

Para las corrientes materialistoides, el hombre es una realidad material producto de un proceso evolutivo de la naturaleza; afirman que el hombre no es sino materia, materia complejamente organizada en vida y en un nivel vital complejísimo. El materialismo es monista: afirma la existencia de una sola realidad: la materia.

La tentativa más simple y consecuente con este modelo es la de Julien Offray de la Metrie (1709-1751) en su libro “El Hombre Máquina” (1748), que pretende describir al ser humano en términos mecánicos de extensión y movimiento.

Otras concepciones buscan las particularidades del hombre en su misma constitución física, biológica y neurológica, dándose nociones casi pintorescas del hombre, como la de Desmond Morris quien define al hombre como “mono desnudo“, o sea, sin pelaje en la mayor parte de su cuerpo. Pero la característica más destacada a ese nivel, como específicamente humana, es la del mayor desarrollo y complejidad de su cerebro, que comparado con los grandes monos aproximadamente es tres veces más pesado (entre 1,200 y 1,800 gramos); y la superficie que ocupan las circunvoluciones cerebrales en el hombre (2,200 centímetros cuadrados) es cuatro veces superior que en tales monos.

Según Blas Pascal (1623-1662) “el hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco pensante“; y recuerda que su padre decía: “Todo lo que es objeto de fe, no puede serlo de la razón“.

Tal razonamiento nos permite entender que no hay argumento capaz de refutar la clásica definición dada por Aristóteles: el hombre es un animal dotado de logos, es decir, es un animal racional; pues el estudio del alma humana como ente espiritual es tema de la metafísica, pero se incluye en la filosofía natural en cuanto que el alma forma parte del cuerpo. Ciertamente la razón distingue al hombre del resto de los animales. Al margen de cuanto pretendieron insulsamente los racionalistas supervalorando la razón y olvidando los sentidos, el pensamiento del hombre es predominantemente lingüístico y está marcado tanto por el fenómeno del lenguaje cuanto por el idioma particular del grupo social al que pertenece.

Los latinos tomaron la definición de hombre dada por los griegos de logos (zwon logon e Jon : palabra, razón, espíritu) y la tradujeron como “animal rationale”: animal dotado de razón. Tanto la definición griega como la latina mencionan los dos polos en torno a los cuales gira el problema del hombre:

Un polo constituye la animalidad. El hombre pertenece a la naturaleza animal. Es un cuerpo, un ser vivo y sensible con todas las propiedades que le corresponden por ser una especie animal. De acuerdo con su animalidad es una criatura “que tiene que devolver al planeta (un mero punto en el universo) la materia de que fue hecho después de haber sido provisto (no se sabe cómo) por un corto tiempo, de fuerza vital” (Kant en Crítica de la Razón Pura).

El otro polo lo constituye la trascendentalidad. Aquí nos tropezamos con la subjetividad, con el cogito de Descartes, con el yo que condiciona trascendentalmente todo lo objetivo, todo lo empírico, que está en una diferencia trascendental frente a todo y que, a su vez, no es nada objetivo ni empírico, “ni una parte del mundo” (Wittgenstein).

M. Keilbacker afirma que “el hombre en su totalidad, debe ser considerado como un ser dotado de vida biológica, síquica y espiritual, es decir, una triplicidad de aspectos observados jerárquicamente. Sólo de esta forma la sicología y la pedagogía pueden realizar la propia naturaleza y la propia intervención específica. Por lo demás, dicha tripartición no es nueva; ésta aparece ya claramente en Aristóteles y en su subdivisión del alma vegetativa, sensitiva y racional“.

La reflexión ontológica conduce al hombre como ser sensible, que el evolucionismo destaca como parte de la naturaleza. La reflexión trascendental conduce al hombre como sujeto, que no es parte de esa naturaleza. Ambos métodos son irrecusables. Muestran al hombre como “ciudadanos de dos mundos” (Kant). La diferencia y contraposición de ambos mundos constituyen el problema del hombre. Según Sören Kierkegaard (1813-1855) el hombre es la síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad; el hombre es una “existencia en paradoja“. Por una parte el espíritu es nuestro verdadero ser nosotros mismos, nuestra verdadera mismidad (Aristóteles), y por otra, contemplamos la luz del mundo “entre heces y orina” (inter faeces et urinam, san Agustín). Pese a todo, el hombre es una persona corpórea en la unidad de ambas realidades.

Pues, el hombre es un ser consciente: sólo él sabe que sabe, por eso Friedrich Nietzsche (1844-1900) habló del hombre como único animal capaz de hacer promesas. El hombre es el único animal que ríe y que sonríe, evidenciando ahí las posibilidades de inteligencia comunicativa y recíproca entre los hombres. Pero muchas veces, y debido a la introducción de técnicas electrónicas de las cuales casi nadie tiene la menor idea de cómo todo eso funciona, pareciera que el hombre de nuestro tiempo ejecuta constantemente operaciones sin inteligibilidad; es decir, se vive con una extrañísima renuncia a entender, confiando en el éxito, en la eficacia, sin preocuparse de más.

Entonces no es raro que olvidemos que por gozar de razón y conciencia el hombre es persona, es decir, la “sustancia individual de naturaleza racional” según definición de Anicio Manlio Boecio (480-524). A parte de esta noción, el pensamiento filosófico ha acudido a otros conceptos para tratar de comprender al hombre. En teoría del conocimiento, los conceptos de “sujeto” y de “yo” han servido para representar al hombre en cuanto conocedor de la realidad. El sujeto-hombre cognoscente se contrapone al objeto-mundo conocido. La razón humana puede llegar a conocer la existencia de Dios, sus atributos (infinitud, omnipotencia, etc.), y que es el fin último del hombre; y este conocimiento, que puede ser logrado por cualquiera, es examinado rigurosamente por la metafísica. El “yo” se contrapone a todo lo que no es él.

Sobre este basamento racional-consciente se sustenta la libertad del hombre, entendida como exención de trabas. Y según la índole de las trabas se distingue varias clases de libertad:

El hecho del libre albedrío se infiere ante todo de sus relaciones con la personalidad ética. Por tanto, sin libertad y sin la posibilidad de querer de tal o cual manera, el hombre no puede razonablemente ser más responsable de las orientaciones de su voluntad ni más digno de premio o castigo de lo que lo es un enfermo de su enfermedad. Por consiguiente, sin libertad no cabría tampoco separar con razón la bondad moral o la maldad del querer del puro valor de utilidad. Con mucha razón afirma Jean Paul Sartre (1905-1980): “Cuando yo elijo, elijo por todo el mundo, soy responsable de algún modo del pasado y del futuro del mundo”En último término, la libertad de la voluntad ancla en último término en la esencia del ser espiritual. El alma espiritual es forma sustancial del hombre, sustancia única en la cual lo espiritual y lo potencial forman un único ser (aunque, por ser espiritual, el alma humana sigue subsistiendo después de la muerte, y ha de ser creada directamente por Dios). Por tanto, el estudio del hombre requiere la consideración de todo lo propio de los entes corpóreos y de los vivientes inferiores; pues sólo el ser espiritual ha de llegar de manera esencialmente necesaria al conocimiento del valor meramente relativo de los fines limitados apetecidos.

Para el cristianismo, Dios hizo surgir al hombre a imagen suya y lo llamó a una salvación definitiva que afecta todo el cuerpo humano. La vida toda constituye un don divino. El hombre es un ser libre capaz de virtud y de pecado, pero también posible objeto del perdón de Dios. Por un lado, lLa plenitud del hombre consiste, por un lado, en la fe religiosa y, por otro, en la fraternidad con los demás. En la perspectiva cristiana, todas las cosas y situaciones tienen un sentido revelador y a la postre salvador, incluso el sufrimiento y la muerte. Dios no ha hecho surgir al hombre para que muera del todo, sino para que viva, pese a la muerte.

http://www.ucsm.edu.pe/rabarcaf/fividu09.htm

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