HISTORIA ECLESIÁSTICA 1

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La Gran Ramera

OBJETO DE LAS PRINCIPALES CORRIENTES FILOSÓFICAS

OBJETO DE LAS PRINCIPALES CORRIENTES FILOSÓFICAS

Aunque el filosofar platónico se da muchas veces bajo el signo del mito y en su originalidad deja muchas cosas indiferencias, es claro que a partir de la parábola de la caverna y del triángulo platónico cabe exponer la problemática fundamental del quehacer filosofaste.

Las posiciones más importantes de la tradición filosófica se distinguen ante todo por cuál de los tres “vértices” pone el filosofar como punto de arranque a fin de desarrollar sistemáticamente el conjunto de la filosofía. De ello se siguen tres corrientes principales:

a) La filosofía del ser: el pensamiento arranca de las manifestaciones o fenómenos y se pregunta por el ser, que subyace a tales manifestaciones.

Por tanto, se pregunta por las condiciones de posibilidad de la experiencia en el no yo. El filosofar presenta aquí una orientación primordialmente ontológica (ontología: doctrina del ser, del ente). Se pregunta por el verdadero ser del ente y busca la comprensión del ser desde sus últimos fundamentos ontológicos.

b) La filosofía del yo: el pensamiento sigue un camino inverso. Empieza por interrogarse acerca del yo como sujeto de toda experiencia.

En consecuencia, pregunta por las condiciones de posibilidad de la experiencia en el yo, en el sujeto. Por tanto, su orientación es primordialmente trascendental; es decir, se pregunta por el sujeto del mundo experimental y de sus determinaciones.

c. La filosofía del espíritu: el pensamiento arranca de la idea. Y busca desde la idea las condiciones de posibilidad de la experiencia. Así pues, ese filosofar piensa desde lo absoluto el ser y el yo, la sustancia y el sujeto, la methexis (del griego m e t e c w = participar (y la anamnesis (del griego a n a m n h s i s = recuerdo), el problema ontológico y trascendental conjuntamente.

En la historia de la filosofía esas tres principales corrientes van ligadas a tres grandes nombres: la filosofía del ser a Aristóteles, la filosofía del yo a Kant, la filosofía del espíritu a Hegel. Sin embargo, todas las tres fluyen a lo largo de la tradición. En principio no se contradicen, sino que desde diferentes puntos de vista desarrollan la misma visión de conjunto. Cierto que cada uno de los tres planteamientos adquieren un relieve muy distinto. De ello se sigue la abundante pluralidad de aspectos, que sustenta la diferenciada conciencia problemática de la philosophia perennis.

http://www.ucsm.edu.pe/rabarcaf/fividu09.htm

VISIÓN FILOSÓFICA DEL HOMBRE : TENDENCIAS

VISIÓN FILOSÓFICA DEL HOMBRE : TENDENCIAS

La vieja inscripción en el frontispicio del templo de Delfos, “conócete a ti mismo”, significa: “Pregúntate a ti mismo, rebasa tu individualidad empírica, tus opiniones y tus pasiones, y desciende al fondo de tu espíritu, hasta encontrar la Verdad universal que habita en ti”.

El conocerse a uno mismo y conocer a los otros que son como uno mismo (a los demás hombres) ha sido el contenido principal de la sabiduría humana. Además, el conocerse a sí mismo es además requisito de madurez personal; pues no se pasa de la infancia a la adultez sin preguntarse ¿qué es un hombre y qué o quién soy yo?. La respuesta a tal pregunta la debe buscar cada generación humana, cada filosofía y cada hombre.

La visión del hombre, que entre los griegos fue de carácter esencialista y estática, tuvo un concepto cíclico de la historia. Mientras que la visión cristiana es progresiva y marca un cambio profundo respecto a la filosofía griega, pues se trata de una historia soteriológica interpretada desde Cristo como eje y centro de la historia que es la base unitaria tanto en san Pablo, san Agustín y Teilhard de Chardin.

Pero algunas veces se ha querido ver visto sólo tendencias en el hombre; pues ciertos algunos sicólogos distinguen en el hombre las tendencias motrices, referidas a la acción, las tendencias afectivas (simpatía, amor) y las tendencias intelectuales (la atención nos “lleva” hacia un objeto, hacia una investigación). Pierre Janet (1859-1947) – el mismo que se dedicó al estudio de la “neurosis”, término introducido en 1776 por Guillermo Cullen (1710-1790) – elaboró un cuadro de las tendencias de acuerdo a su grado de complejidad:

1) En el animal o en el niño hasta los seis meses: Tendencias inferiores, referidas:

1ra. a los actos reflejos (reacción elemental, reflejo: manifestación elemental de la vida).
2da. a los actos suspensivos y perceptivos (suspensión de la actividad automática: nivel de la actividad en las “serpientes”).
3ra. a los actos sociales (grupos de “castores”).
2) En el hombre:
a) Tendencias intermedias:

4ta. a los actos intelectuales básicos (fabricación de las herramientas: uso de la piedra).
5ta. a los actos verbales y asertivos (la palabra como acción separada de la acción).
6ta. a los actos reflexivos (la palabra como expresión de la personalidad).
b) Tendencias superiores:
7ma. a los actos racionales (constitución del saber).
8va. a los actos experimentales (observación científica, clasificación metódica).
9na. a los actos progresivos (creaciones artísticas, científicas, filosóficas).
Tales tendencias tienen un cierto valor, pero sólo dentro del campo de una explicación al interior de la ciencia sicológica y dentro del campo de una explicación, dado por lo que no puede generalizarse a todo el saber, menos a la filosofía.

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EL HOMBRE Y SU LIBERTAD

EL HOMBRE Y SU LIBERTAD

Para las corrientes materialistoides, el hombre es una realidad material producto de un proceso evolutivo de la naturaleza; afirman que el hombre no es sino materia, materia complejamente organizada en vida y en un nivel vital complejísimo. El materialismo es monista: afirma la existencia de una sola realidad: la materia.

La tentativa más simple y consecuente con este modelo es la de Julien Offray de la Metrie (1709-1751) en su libro “El Hombre Máquina” (1748), que pretende describir al ser humano en términos mecánicos de extensión y movimiento.

Otras concepciones buscan las particularidades del hombre en su misma constitución física, biológica y neurológica, dándose nociones casi pintorescas del hombre, como la de Desmond Morris quien define al hombre como “mono desnudo“, o sea, sin pelaje en la mayor parte de su cuerpo. Pero la característica más destacada a ese nivel, como específicamente humana, es la del mayor desarrollo y complejidad de su cerebro, que comparado con los grandes monos aproximadamente es tres veces más pesado (entre 1,200 y 1,800 gramos); y la superficie que ocupan las circunvoluciones cerebrales en el hombre (2,200 centímetros cuadrados) es cuatro veces superior que en tales monos.

Según Blas Pascal (1623-1662) “el hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco pensante“; y recuerda que su padre decía: “Todo lo que es objeto de fe, no puede serlo de la razón“.

Tal razonamiento nos permite entender que no hay argumento capaz de refutar la clásica definición dada por Aristóteles: el hombre es un animal dotado de logos, es decir, es un animal racional; pues el estudio del alma humana como ente espiritual es tema de la metafísica, pero se incluye en la filosofía natural en cuanto que el alma forma parte del cuerpo. Ciertamente la razón distingue al hombre del resto de los animales. Al margen de cuanto pretendieron insulsamente los racionalistas supervalorando la razón y olvidando los sentidos, el pensamiento del hombre es predominantemente lingüístico y está marcado tanto por el fenómeno del lenguaje cuanto por el idioma particular del grupo social al que pertenece.

Los latinos tomaron la definición de hombre dada por los griegos de logos (zwon logon e Jon : palabra, razón, espíritu) y la tradujeron como “animal rationale”: animal dotado de razón. Tanto la definición griega como la latina mencionan los dos polos en torno a los cuales gira el problema del hombre:

Un polo constituye la animalidad. El hombre pertenece a la naturaleza animal. Es un cuerpo, un ser vivo y sensible con todas las propiedades que le corresponden por ser una especie animal. De acuerdo con su animalidad es una criatura “que tiene que devolver al planeta (un mero punto en el universo) la materia de que fue hecho después de haber sido provisto (no se sabe cómo) por un corto tiempo, de fuerza vital” (Kant en Crítica de la Razón Pura).

El otro polo lo constituye la trascendentalidad. Aquí nos tropezamos con la subjetividad, con el cogito de Descartes, con el yo que condiciona trascendentalmente todo lo objetivo, todo lo empírico, que está en una diferencia trascendental frente a todo y que, a su vez, no es nada objetivo ni empírico, “ni una parte del mundo” (Wittgenstein).

M. Keilbacker afirma que “el hombre en su totalidad, debe ser considerado como un ser dotado de vida biológica, síquica y espiritual, es decir, una triplicidad de aspectos observados jerárquicamente. Sólo de esta forma la sicología y la pedagogía pueden realizar la propia naturaleza y la propia intervención específica. Por lo demás, dicha tripartición no es nueva; ésta aparece ya claramente en Aristóteles y en su subdivisión del alma vegetativa, sensitiva y racional“.

La reflexión ontológica conduce al hombre como ser sensible, que el evolucionismo destaca como parte de la naturaleza. La reflexión trascendental conduce al hombre como sujeto, que no es parte de esa naturaleza. Ambos métodos son irrecusables. Muestran al hombre como “ciudadanos de dos mundos” (Kant). La diferencia y contraposición de ambos mundos constituyen el problema del hombre. Según Sören Kierkegaard (1813-1855) el hombre es la síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad; el hombre es una “existencia en paradoja“. Por una parte el espíritu es nuestro verdadero ser nosotros mismos, nuestra verdadera mismidad (Aristóteles), y por otra, contemplamos la luz del mundo “entre heces y orina” (inter faeces et urinam, san Agustín). Pese a todo, el hombre es una persona corpórea en la unidad de ambas realidades.

Pues, el hombre es un ser consciente: sólo él sabe que sabe, por eso Friedrich Nietzsche (1844-1900) habló del hombre como único animal capaz de hacer promesas. El hombre es el único animal que ríe y que sonríe, evidenciando ahí las posibilidades de inteligencia comunicativa y recíproca entre los hombres. Pero muchas veces, y debido a la introducción de técnicas electrónicas de las cuales casi nadie tiene la menor idea de cómo todo eso funciona, pareciera que el hombre de nuestro tiempo ejecuta constantemente operaciones sin inteligibilidad; es decir, se vive con una extrañísima renuncia a entender, confiando en el éxito, en la eficacia, sin preocuparse de más.

Entonces no es raro que olvidemos que por gozar de razón y conciencia el hombre es persona, es decir, la “sustancia individual de naturaleza racional” según definición de Anicio Manlio Boecio (480-524). A parte de esta noción, el pensamiento filosófico ha acudido a otros conceptos para tratar de comprender al hombre. En teoría del conocimiento, los conceptos de “sujeto” y de “yo” han servido para representar al hombre en cuanto conocedor de la realidad. El sujeto-hombre cognoscente se contrapone al objeto-mundo conocido. La razón humana puede llegar a conocer la existencia de Dios, sus atributos (infinitud, omnipotencia, etc.), y que es el fin último del hombre; y este conocimiento, que puede ser logrado por cualquiera, es examinado rigurosamente por la metafísica. El “yo” se contrapone a todo lo que no es él.

Sobre este basamento racional-consciente se sustenta la libertad del hombre, entendida como exención de trabas. Y según la índole de las trabas se distingue varias clases de libertad:

El hecho del libre albedrío se infiere ante todo de sus relaciones con la personalidad ética. Por tanto, sin libertad y sin la posibilidad de querer de tal o cual manera, el hombre no puede razonablemente ser más responsable de las orientaciones de su voluntad ni más digno de premio o castigo de lo que lo es un enfermo de su enfermedad. Por consiguiente, sin libertad no cabría tampoco separar con razón la bondad moral o la maldad del querer del puro valor de utilidad. Con mucha razón afirma Jean Paul Sartre (1905-1980): “Cuando yo elijo, elijo por todo el mundo, soy responsable de algún modo del pasado y del futuro del mundo”En último término, la libertad de la voluntad ancla en último término en la esencia del ser espiritual. El alma espiritual es forma sustancial del hombre, sustancia única en la cual lo espiritual y lo potencial forman un único ser (aunque, por ser espiritual, el alma humana sigue subsistiendo después de la muerte, y ha de ser creada directamente por Dios). Por tanto, el estudio del hombre requiere la consideración de todo lo propio de los entes corpóreos y de los vivientes inferiores; pues sólo el ser espiritual ha de llegar de manera esencialmente necesaria al conocimiento del valor meramente relativo de los fines limitados apetecidos.

Para el cristianismo, Dios hizo surgir al hombre a imagen suya y lo llamó a una salvación definitiva que afecta todo el cuerpo humano. La vida toda constituye un don divino. El hombre es un ser libre capaz de virtud y de pecado, pero también posible objeto del perdón de Dios. Por un lado, lLa plenitud del hombre consiste, por un lado, en la fe religiosa y, por otro, en la fraternidad con los demás. En la perspectiva cristiana, todas las cosas y situaciones tienen un sentido revelador y a la postre salvador, incluso el sufrimiento y la muerte. Dios no ha hecho surgir al hombre para que muera del todo, sino para que viva, pese a la muerte.

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LA FILOSOFÍA EN EL TIEMPO

LA FILOSOFÍA EN EL TIEMPO

Si bien la filosofía es concebida como una ciencia racional y crítica de las condiciones de posibilidad de la realidad experimental en su conjunto, es porque en principio cuestiona plantea todo nuestro mundo experimental (tanto el cotidiano como el que se abre a las ciencias particulares).

Es una crítica universal, que somete todas las opiniones, todas las imágenes del mundo y cualquier exigencia de sentido a su juicio como ciencia racional. Es una crítica de las ideologías, de la religión, de la ciencia empírica y de la sociedad. Combate todo dogmatismo acrítico, con lo que adopta una función clarificadora en la sociedad.

Seleccionando algunos ejemplos podemos ver la pluralidad de propósitos que los filósofos atribuyen a la filosofía.

Para Platón, los filósofos son aquellos que pueden entender cualquier cosa que sea; prefieren siempre aquel saber que les revela algo del ser, el cual no cambia con ningún nacimiento ni muerte. Persiguen el ser mismo, por lo que no pueden permanecer en las muchas cosas particulares, que se consideran como entes; más bien deben seguir adelante sin dejarse cegar, y su afición sólo se satisface cuando han comprendido la naturaleza misma de cada ser que existe, y lo hacen con la fuerza del alma, que es capaz de entenderlo. De ese modo se aproximan al verdadero ser y se mezclan con él, produciendo así razón y verdad. (La República, p. 160).

En su Metafísica, Aristóteles afirma en su Metafísica que el saber y el conocimiento por sí mismo corresponde sobre todo a la ciencia de lo cognoscible en el sentido supremo. Quien elige el saber por sí mismo, elegirá por lo general la ciencia suprema, que es la ciencia de lo cognoscible en el sentido último. Ahora bien, en sentido supremo cognoscibles son los primeros principios y las causas, pues por ellos y desde ellos se conoce todo lo demás, mientras que esto no se conoce desde lo subordinado. La más soberana entre las ciencias, superior a la que sirve, es aquella que conoce la finalidad de por qué hay que hacer cada cosa; y esa finalidad es el bien en cada caso concreto y lo mejor en la naturaleza entera.

En lo que nosotros afirmamos sobre Dios, para Tomás de Aquino hay dos tipos de verdad. En efecto, algunas cosas son verdaderas respecto de Dios, pero superan toda la capacidad de la razón humana, como el que sea trino y uno. Pero hay otras cosas que sólo la razón humana puede alcanzarlas, como que Dios existe, que es uno y algunas otras de esta índole, que también los filósofos han podido demostrar con sus razonamientos, a lo cual los condujo la luz de la razón natural.

René Descartes afirmaba que quería explicar ante todo qué es filosofía y empezó por las cosas más sencillas, como que la palabra filosofía significa estudio de la sabiduría y que por sabiduría no sólo se entiende la astucia habitual sino un saber completo sobre todas las cosas, que el hombre puede conocer, tanto con vistas a obtener una orientación para su vida, como para conservar su salud y descubrir todas las artes. Quiso explicar que para el logro de ese saber es necesario partir de las causas primeras.

Así pues, quien se esfuerza por obtener ese conocimiento, debe empezar por investigar esas causas primeras, que son justamente los principios. Dos son las condiciones fundamentales respecto de tales principios: la primera, que sean claras y evidentes para que el espíritu humano no pueda dudar de su verdad al considerarlas atentamente; la segunda, que el conocimiento de las otras cosas depende de las mismas hasta el punto de que los principios puedan conocerse sin el conocimiento de esas cosas, pero no a la inversa: que puedan conocerse esas cosas sin los principios.

Juan Le Rond d’Alembert (1717-1783) afirma que “desde los principios de la ciencia profana hasta los fundamentos de la revelación, desde la metafísica hasta las materias de gusto, de la música a la moral, desde las disputas escolásticas de los teólogos hasta los objetos del comercio, de los derechos de los príncipes a los de los pueblos, de la ley natural a las leyes arbitrarias de las naciones, en una palabra, desde las cuestiones que llegan a la mayoría hasta las que interesan a los menos, todo ha sido discutido y analizado o, por lo menos, agitado. Una nueva luz sobre algunos objetos, una nueva obscuridad sobre muchos otros, ha sido el fruto o la consecuencia de este fervor general de los espíritus, como el efecto del flujo y reflujo del océano es el de llevar hacia la orilla unas cosas y alejar otras” (Ouvres).

Para Manuel Kant, la filosofía es la idea de una sabiduría perfecta, que nos muestra los objetos últimos de la razón humana. En el concepto escolástico de filosofía ésta comprende dos partes: una suficiente provisión de conocimientos racionales, y una concepción sistemática de tales conocimientos, o una vinculación de los mismos en la idea del todo. Mas por lo que respecta a la filosofía en el concepto mundano, también se la puede denominar como una ciencia de la máxima suprema del uso de nuestra razón, entendiendo por tal máxima el principio interno de la elección entre diversos objetivos. Pues la filosofía, en la significación última, es la ciencia de la relación de todo conocimiento y uso racional sobre el objetivo último de la razón humana, al que su condición de supremo están subordinados los demás objetivos y que deben reunirse en la unidad. El campo de la filosofía en esta significación mundana puede compendiarse en las siguientes preguntas: Qué puedo yo saber?, qué debo hacer?, qué puedo esperar? qué es el hombre?.

Para Jorge Hegel (1770-1831), la filosofía es comprender lo que existe, pues lo que existe es la razón. Por lo que hace al individuo, cada uno es sin más un hijo de su tiempo; así también la filosofía es su tiempo compendiado en ideas. Tan necio es imaginar que cualquier filosofía vaya más allá de su mundo actual como que un individuo sobrepase su tiempo. Lo que existe entre la razón como espíritu autoconsciente y la razón como realidad dada, lo que diferencia a esta razón de aquella y no le deja encontrar en ella su satisfacción, es la traba de cualquier abstracto que no está exento para el concepto. Reconocer a la razón como la rosa en la cruz del presente y alegrarse de la misma es una visión racional que constituye la reconciliación con la realidad, que la filosofía garantiza a quienes han llegado una vez a la invitación interna de comprender y de mantener la voluntad subjetiva en lo que es sustancial y, con la libertad subjetiva, a no permanecer en lo particular y aleatorio sino en aquello que existe en sí y para sí.

Ludwig Wittgenstein (1889-1951) entiende que el objetivo de la filosofía es el esclarecimiento lógico de las ideas. La filosofía no es una doctrina, sino una actividad. Una obra filosófica consta esencialmente de aclaraciones. El resultado de la filosofía no son unos “axiomas filosóficos”, sino la clarificación de principios. La filosofía debe clarificar y delimitar netamente las ideas que, de otro lado, se harían de algún modo grises y borrosas. El verdadero método de la filosofía sería realmente el de no decir más que lo que puede decirse, esto es, axiomas de la ciencia natural, es decir, algo que nada tiene que ver con la filosofía, y después, cuando alguien quiera decir algo metafísico, probarle que en sus axiomas no ha dado ninguna significación a ciertos signos. Ese método sería insatisfactorio para el otro – no tendría la sensación de que le enseñamos filosofía – pero sería el único realmente correcto.

Karl Popper (1902-_ ) afirma que todos los hombres tienen una filosofía, sabiéndolo o sin saberlo. Admitamos que todas estas filosofías nuestras no sean muy valiosas. Pero su influencia sobre nuestro pensamiento y nuestra actuación a menudo es desoladora. Por lo que se hace necesario un análisis crítico de nuestras filosofías. Esa es la tarea de la filosofía. Así como cada uno tiene su filosofía, también cada cual tiene (generalmente sin saberlo) su teoría del conocimiento; y hay muchas razones para pensar que nuestras teorías epistemológicas influyen decisivamente en nuestras filosofías. Su pregunta básica es ésta: ¿Podemos saber algo?… La respuesta no es pesimista, relativista ni escéptica; muestra que podemos aprender de nuestros errores. Es posible una aproximación a la verdad. Nuestro saber es una consulta crítica, un nido de hipótesis, un trenzado de suposiciones.

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