La biblia desenterrada

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Arqueólogos encuentran evidencias de existencia histórica de Goliat

JERUSALÉN, 13 Nov. 05 / 02:19 am (ACI)

Un grupo de arqueólogos realizó un importante descubrimiento cerca de Jerusalén que evidenciaría la existencia histórica de David y Goliat.

Se descubrió una vasija en el lugar donde se cree estaba la casa deGoliat en Tel es-Safi, una localidad al sur de Israel, con una inscripción que tenía su nombre. Se cree que esta casa estaba situada en la ciudad filistea de Gath.

Mientras los científicos admiten que el descubrimiento no prueba definitivamente la existencia de Goliat, el Dr. Aren Maeir, profesor en la Universidad Bar-Ilan y director de la excavación, indicó a Associated Press que “demuestra que la historia de David y Goliat refleja la realidad cultural de ese entonces”.

Los arqueólogos afirman que la artesanía encontrada debe ser del 950 AC aproximadamente, con un error de cálculo de 70 años. Éste sería el descubrimiento de la inscripción filistea más antigua que se haya encontrado.

http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=10748

Un universo de diseño

Paul Davies: cómo hacerse millonario hablando de la ciencia y Dios

Un universo de diseño

Firmado por Mariano Artigas
Fecha: 28 Junio 1995

Paul Davies: cómo hacerse millonario hablando de la ciencia y Dios

Existen muchas maneras de hacerse rico. Una de ellas, aunque parezca mentira, es hacer algo en favor de la religión. La Fundación Templeton otorga cada año un premio de un millón de dólares -más que el premio Nobel- a una persona que haya realizado contribuciones importantes para el progreso de la religión. Este año ha recibido el premio el físico inglés Paul Davies, quien, aunque no pertenece a ninguna Iglesia, ha dedicado varios de sus quince libros a tratar las relaciones entre ciencia y religión.
Los premios Templeton y la Fundación del mismo nombre fueron creados por Sir John Templeton, quien está muy interesado en los problemas religiosos, y de modo especial desea favorecer la colaboración entre ciencia y religión. Entre los anteriormente galardonados con el premio Templeton figuran personas tan diferentes como la Madre Teresa de Calcuta, el reverendo Billy Graham, el profesor y escritor Stanley Jaki, y el recientemente fallecido ex presidente norteamericano Richard Nixon.

Una trayectoria en evolución
Cuando el premio se otorga a alguien por sus publicaciones, se entiende que en sus libros dice cosas interesantes acerca de la religión. Este es el caso del recién mencionado Stanley Jaki y también el de Paul Davies, uno de los más prestigiosos autores de la divulgación científica actual (ver apéndice). Existe, sin embargo, una diferencia importante entre estos dos personajes: Jaki es católico y Davies, en cambio, no practica ninguna religión desde que tenía 15 años (según las noticias de prensa) y no parece admitir la existencia de un Dios personal creador tal como la afirman los cristianos (según sus publicaciones). En estas condiciones, ¿por qué le ha sido concedido el premio a Davies?

Con respecto a la religión, Davies siempre ha sostenido que la ciencia proporciona un camino importante para acercarse a Dios. Pero son sus ideas sobre Dios las que han evolucionado desde una especie de panteísmo hasta una posición próxima a la teología del proceso.

Desde luego, ni el panteísmo ni la teología del proceso son ideas religiosas ortodoxas. El panteísmo identifica a Dios con la naturaleza. Y la teología del proceso afirma un Dios que, siendo diferente de la naturaleza, comparte de algún modo su destino y por eso se encuentra en proceso y cambia. En la Europa de hace varios siglos, tanto católica como protestante, Davies podía haber acabado en la hoguera por defender esas ideas. Sin embargo, ahora recibe un sustancioso premio. Evidentemente, las circunstancias han cambiado, y en nuestro mundo secularizado resulta significativo que un científico conocido afirme que existen puentes entre la ciencia y la religión, aunque no llegue a unas ideas muy claras acerca de Dios.

La evolución de Davies se puede resumir en tres fechas: 1983, 1989 y 1992.

En 1983, Davies publicó su libro Dios y la nueva física (1). Allí sostenía que la ciencia proporciona en la actualidad un camino más seguro que las religiones tradicionales para llegar a Dios. Claro está que el dios al que llegaba poco tenía en común con el Dios personal creador del cristianismo; se trataba más bien de una idea que presentaba coincidencias con el panteísmo. Davies aludía al panteísmo como si fuera una idea generalizada entre los científicos; sería “la creencia vaga de muchos científicos de que Dios es la naturaleza o Dios es el universo”. Y sugería que, si el universo fuese el resultado de unas leyes necesarias, podríamos prescindir de la idea de un Dios creador, pero no de la idea de “una mente universal que exista como parte de ese único universo físico: un Dios natural, en oposición al sobrenatural”.

En 1989, Davies editó una obra colectiva en la que se trataban. los principales temas de vanguardia de la física en la actualidad. En la introducción al libro, subrayaba que uno de los logros principales de la física en nuestra época se refiere a los fenómenos de auto-organización, en los cuales muchas partículas cooperan en la formación de nuevas pautas.

En sus propias palabras: “Los sistemas complejos dejan de ser meramente complicados cuando despliegan un comportamiento coherente que implica la organización colectiva de un amplio número de grados de libertad. Es uno de los milagros universales de la naturaleza que enormes reuniones de partículas, que sólo están sometidas a las fuerzas ciegas de la naturaleza, sin embargo son capaces de organizarse a sí mismas en configuraciones (patterns) de actividad cooperativa” (2). La referencia a “milagros universales”, que se realizan en virtud de “fuerzas ciegas”, muestra el asombro de Davies ante la naturaleza tal como nos la da a conocer la ciencia actual.

En 1992 algo más había cambiado, tal como se reflejaba en un artículo publicado en una revista divulgativa (3). Davies afirmaba que el cristianismo tuvo una influencia positiva en el nacimiento de la ciencia moderna, porque los pioneros de la ciencia eran cristianos y, como tales, pensaban que la naturaleza es racional como obra de Dios y que, por tanto, se puede investigar científicamente. Y añadía que, según el principio antrópico, las condiciones físicas que hacen posible nuestra vida se encuentran tan enormemente ajustadas que es difícil pensar que nuestra existencia sea un simple resultado del azar o de fuerzas ciegas.

Sobre todo, Davies publicó en 1992 un nuevo libro titulado La mente de Dios (4), que merece un comentario aparte.

La mente de Dios
Este libro no es un modelo de ortodoxia religiosa. Puede pensarse incluso que, en las manos de alguien que no tenga buenos conocimientos científicos y religiosos, puede ser más bien desorientador. Pero eso mismo lo hace especialmente significativo. En efecto, muestra cómo un científico actual, que no pertenece a ninguna religión y que hasta hace pocos años encontraba muchas dificultades en la idea de un Dios personal, va avanzando hacia Dios gracias a sus reflexiones sobre la ciencia.

Davies afirma que no pertenece a ninguna religión institucional y que nunca ha tenido una experiencia mística. Pero también afirma que la ciencia no puede responder a los interrogantes últimos. Y añade que ese tipo de respuestas sólo pueden provenir de experiencias místicas que trascienden el ámbito de la especulación científica. Además, defiende la existencia de algún plan superior capaz de explicar la vida humana: según Davies, nuestra existencia no puede ser casual ni el simple resultado de fuerzas ciegas.

Todo esto quizá pueda parecer trivial, sobre todo a un creyente. Pero no lo es cuando se presenta como el resultado de un extenso análisis llevado a cabo por una persona que, como Davies, no encuentra fácil afirmar la existencia de un Dios personal creador. Davies es un científico que intenta llevar la ciencia hasta sus límites, analizando en concreto las variadísimas respuestas que se proponen en la actualidad acerca de las cuestiones últimas.

Al igual que en otros libros anteriores, los razonamientos de Davies incluyen las interpretaciones más insólitas. Se trata de reflexiones en voz alta en las que Davies manifiesta sus perplejidades, que no son pocas ni pequeñas. Su interés radica precisamente en que muestran que un científico como Davies, nada comprometido con posiciones religiosas convencionales y dispuesto a admitir la parte de verdad que se encuentra en cualquier propuesta por extraña que parezca, afirma ahora con pleno convencimiento que no resulta viable atribuir la existencia humana al simple juego accidental de las fuerzas naturales. Así puede entenderse que se le haya concedido el premio Templeton.

Los límites de la ciencia
Resulta muy significativo que Davies reconozca expresamente que la ciencia no se encuentra en condiciones de proporcionar respuestas a los problemas fundamentales de la existencia humana. Es significativo porque Davies desearía poder solucionar todos los problemas ciencia en mano. Escribe, en efecto: “Siempre he deseado creer que la ciencia puede explicar todo, al menos en principio” (pág. 14).

Sin embargo, a continuación se ve obligado a añadir: “pero incluso si se descartan los sucesos sobrenaturales, no está claro, a pesar de todo, que la ciencia pueda explicar todo en el universo físico. Permanece el viejo problema acerca del final de la cadena de explicaciones. Por mucho éxito que puedan tener nuestras explicaciones científicas, siempre incluyen algunos supuestos en su punto de partida… Por tanto, las cuestiones ‘últimas’ siempre permanecerán más allá del alcance de la ciencia empírica” (pág. 15).

En esta línea, Davies llega a señalar que más allá de la ciencia se encuentra la metafísica, y que es en ese ámbito donde se plantean los interrogantes acerca de los fundamentos mismos de las ciencias: “La tarea del científico es descubrir las pautas en la naturaleza e intentar ajustarlas a esquemas matemáticos simples. La cuestión de por qué hay pautas, y por qué esos esquemas matemáticos son posibles, cae fuera del alcance de la física, y pertenece al ámbito denominado metafísica” (pág. 3l).

La racionalidad de la naturaleza
Uno de los aspectos que Davies subraya con mayor acierto es la racionalidad de la naturaleza, indispensable para que la ciencia sea posible y progrese.

De acuerdo con una posición genuinamente filosófica, Davies se asombra ante el éxito de la ciencia, al que podemos estar acostumbrados: “El éxito del método científico para descubrir los secretos de la naturaleza es tan sorprendente que puede impedirnos advertir el milagro mayor de todos: que la ciencia funciona. Incluso los científicos normalmente dan por supuesto que vivimos en un cosmos racional y ordenado, sujeto a leyes precisas que pueden ser descubiertas por el razonamiento humano. Sin embargo, por qué esto es así continúa siendo un asombroso misterio” (pág. 20).

En efecto, el hecho de que la ciencia funcione, y funcione tan bien, apunta a algo profundamente significativo acerca de la organización del cosmos: “Lo sorprendente es que el razonamiento humano tenga tanto éxito en alcanzar explicaciones acerca de las partes del universo que no pueden ser alcanzadas directamente por nuestras percepciones” (pág. 24).

La filosofía comienza con el asombro. Cuando nos acostumbramos a algo y nos llega a parecer lo más natural del mundo, difícilmente nos plantearemos problemas filosóficos. En este caso, Davies tiene razón: cuando se interpreta el éxito de la ciencia y de sus aplicaciones tecnológicas como un progreso a costa de las explicaciones metafísicas y religiosas, se comete una equivocación. Porque el progreso científico invita a plantear las cuestiones más profundas acerca de sus condiciones de posibilidad, y esas condiciones se encuentran más allá del dominio de la ciencia.

Por eso, Davies escribe que la ciencia se apoya en “un supuesto crucial: que el mundo es a la vez racional e inteligible… Toda la empresa científica está construida sobre la suposición de la racionalidad de la naturaleza” (pág. 162). Y añade: “Concedo que no se puede probar que el mundo es racional. Ciertamente es posible que, en su nivel más profundo, sea absurdo… Sin embargo, el éxito de la ciencia es al menos una fuerte evidencia circunstancial en favor de la racionalidad de la naturaleza” (pág. 191).

El plan divino
Se ha repetido una vez y otra que hoy día ya no se puede probar la existencia de Dios basándose en el orden de la naturaleza, porque ese orden puede explicarse mediante las leyes naturales. Incluso en el mundo de los vivientes, donde existe una aparente finalidad innegable, todo podría explicarse mediante las teorías de la evolución, sin apelar a un plan divino.

Davies subraya que, en este ambiente, resulta significativo que un buen número de científicos estén resucitando ahora la prueba de la existencia de Dios basada en el orden: “Los teólogos abandonaron más o menos completamente el argumento del diseño, debido a las severas críticas de Hume, Darwin y otros. Es muy curioso, por tanto, que haya sido resucitado recientemente por un buen número de científicos. En su nueva formulación el argumento no se dirige hacia los objetos materiales del universo como tal, sino a las leyes subyacentes, donde es inmune frente a los ataques darwinistas” (pág. 203).

Precisamente, Davies concluye su discusión al respecto con estas palabras: “Espero haber convencido al lector en la anterior discusión de que el mundo natural no es precisamente una simple mezcla de entidades y fuerzas, sino un esquema matemático maravillosamente ingenioso y unificado” (pág. 213).

A continuación, Davies se adentra en una de sus típicas disquisiciones. Según el cristianismo, la racionalidad de la naturaleza se debe al plan de Dios; pero, añade Davies, “si esto se acepta, la pregunta siguiente es: ¿con qué fin ha producido Dios este plan?… Esto significaría que nuestra propia existencia en el universo formaba una parte central del plan de Dios”. Y sigue: “En The Cosmic Blueprint, escribí que el universo aparece como si se desarrollara de acuerdo con algún plan o bosquejo… Esas reglas parecen como si fuesen el producto de un plan inteligente. No veo cómo puede negarse esto. Que prefiramos creer que han sido planeadas realmente así, y en ese caso por qué tipo de ser, debe permanecer una materia de gusto personal… se podría concebir a Dios meramente como una personificación mítica de esas cualidades creativas, más que como un agente independiente. Por supuesto, esto difícilmente satisfaría a cualquiera que siente que tiene una relación personal con Dios” (págs. 123-125).

Es evidente que Paul Davies no está defendiendo la existencia de un plan divino tal como lo afirma la religión cristiana. En este caso, como en tantos otros, su pensamiento llega incluso a chocar con la ortodoxia cristiana. Pero, por eso mismo, resulta significativa la evolución de su pensamiento hacia posiciones cada vez más próximas al teísmo.

El hombre no es un mero accidente
¿ Puede afirmarse todavía en la actualidad que el hombre ocupa un lugar privilegiado en el plan divino? Davies, con todas las limitaciones ya señaladas, se inclina por la respuesta afirmativa y, lo que es más, presenta sus ideas como el resultado de su reflexión sobre la ciencia.

Éstas son las palabras finales de La mente de Dios: “No puedo creer que nuestra existencia en este universo es un mero episodio del destino, un accidente de la historia, algo incidental en el gran drama cósmico… A través de los seres conscientes, en el universo ha aparecido la auto-conciencia. Esto no puede ser un detalle trivial, un subproducto menor de fuerzas sin mente ni propósito. Realmente está previsto que estemos aquí” (pág. 232).

Al comienzo del libro, Davies había escrito: “La revolución comenzada con Copérnico y terminada con Darwin tuvo el efecto de marginar e incluso trivializar a los seres humanos… En los capítulos que siguen presentaré una visión de la ciencia completamente diferente. Lejos de considerar a los seres humanos como productos incidentales de fuerzas físicas ciegas, la ciencia sugiere que la existencia de organismos conscientes es un rasgo fundamental del universo. Estamos inscritos en las leyes de la naturaleza en un sentido profundo y, según me parece, lleno de significado” (págs. 20-21).

En definitiva, las reflexiones de Davies le han llevado a una perspectiva que reconoce un nivel de explicación más profundo que la ciencia: “Pertenezco al grupo de científicos que no suscriben ninguna religión convencional y, sin embargo, niegan que el universo sea un accidente sin significado. Por medio de mi trabajo científico he llegado a creer cada vez con más fuerza que el universo físico está coordinado con una sencillez tan asombrosa que no puedo aceptarla meramente como un simple hecho. Me parece que debe existir una explicación de nivel más profundo” (pág. 16).

Una personalidad polifacética
Paul Davies nació en Inglaterra en 1946. A los 24 años se doctoró en física en Londres. Trabajó en el Instituto de Astronomía de Cambridge y enseñó matemáticas aplicadas en Londres hasta 1980. Luego fue profesor de física teórica en la Universidad de Newcastle upon Tyne, y en 1990 marchó a Australia como profesor de física matemática en la Universidad de Adelaida. En el ámbito de la física, sus intereses se dirigen especialmente hacia la gravedad cuántica, agujeros negros y física de la complejidad.

La capacidad de organización y comunicación que posee Davies queda reflejada en sus numerosos trabajos como jefe de departamento en la Universidad, supervisor de escuelas y comisiones universitarias, redactor y asesor de diarios y revistas de diferentes países, director de programas de radio y televisión, y autor de numerosos libros, tanto especializados como divulgativos. Es uno de los principales autores de la divulgación científica actual.

Davies posee un indudable talento como escritor, y una competencia científica que está fuera de duda. Pero lo más notable es que, escribiendo de modo asequible para el gran público, se adentra en los problemas más difíciles que relacionan la ciencia, la filosofía y la religión.

Mariano Artigas Mariano Artigas es Profesor Ordinario de Filosofía de la Naturaleza y de las Ciencias en la Universidad de Navarra._________________________(1) Paul Davies, God and the New Physics, Dent, Londres (1983). Me ocupé de ese libro en: Mariano Artigas, “Dios, el alma y las máquinas. ¿Una explicación física de la creación?”, Aceprensa, servicio 65/87 (6 mayo 1987).(2) Paul Davies (editor), The New Physics, Cambridge University Press, Cambridge (1989), págs. 4-5.(3) Paul Davies, “Las tablas de la ciencia”, en Muy interesante, n.º 131, abril 1992, pp. 6-14. Me ocupé de ese artículo y de la evolución que reflejaba en el pensamiento de Davies en: Mariano Artigas, “¿Gobierna Dios el universo? La aproximación de un científico al teísmo”, Aceprensa, servicio 109/92 (2 septiembre 1992).(4) Paul Davies, The Mind of God, Simon & Schuster, Londres (1992). Versión española: La mente de Dios, McGraw-Hill, Madrid (1993), 244 págs.

copiado de http://www.aceprensa.com/articulos/print/1995/jun/28/un-universo-de-dise-o/

La edad del sistema solar debe recalcularse

La edad del sistema solar debe recalcularse
Tal vez sea necesario reescribir una ecuación fiable para calcular la edad de nuestro sistema solar. Las nuevas medidas muestran que uno de los supuestos de la ecuación – que ciertos tipos de uranio siempre aparecen en las mismas cantidades relativas en los meteoritos – es errónea.

Desde la década de 1950, o incluso antes, nadie había sido capaz de advertir ninguna diferencia en las cantidades de uranio, afirma Gregory Brennecka de la Universidad de Arizona State, y coautor de un documento que describía el trabajo publicado el 31 de diciembre en Science on line. “Ahora somos capaces de medir pequeñas diferencias”.

Estas diferencias podrían significar que las estimaciones actuales de la edad del sistema solar sobrepasen la edad real por 1 millón de años, o más. Las estimaciones históricas de la edad del sistema solar se cifran alrededor de 4500 millones de años, un número que no es suficientemente preciso para mostrar una diferencia de un millón, pero los cálculos recientes más refinados de la edad en el lugar sitúan su edad en 4.567,2 mil millones años. Un millón de años es una cantidad muy sutil a esta escala, que representa la diferencia entre 4.566 y 4.567 millones de años, pero esta diferencia es importante para la comprender adecuadamente la infancia de nuestro sistema solar.

Las proporciones de isótopos de uranio en los meteoritos no son constantes. Las teorías modernas otorgan una edad de 4600 millones de años al sistema solar

“Los ladrillos de construcción de los planetas se formaron en un período de 10 millones de años como mucho, explica el coautor Meenakshi Wadhwa, también de la Universidad de Arizona State. “Cuando se empieza a tratar de desentrañar la secuencia de eventos ocurrieron en 10 millones de años, es importante resolver las escalas de tiempo de un millón de años o menos.”
El estudio también encuentra evidencias que refuerzan la idea de que poco antes del nacimiento del sistema solar, una supernova de poca masa explotó cerca, proporcionando elementos pesados para formar los planetas.

Los geoquímicos miden las edades de las rocas al medir la cantidad de isótopos radiactivos- versiones de un mismo elemento que tienen diferentes masas atómicas – en algunas partes de meteoritos llamadas inclusiones, ricas en calcio-aluminio. Estas inclusiones se cree que son los sólidos que deberieron haberse condensado primero al enfriarse la nube de gas que dio origen al sol y los planetas.

Debido a que un elemento radiactivo se desintegra de un isótopo padre a un isótopo hijo a una velocidad específica, los científicos pueden deducir la edad de una roca mediante la comparación de las cantidades de de cada isótopo.

El cálculo actualmente aceptado de la edad del sistema solar se deriva de la comparación del plomo-206, hijo del isótopo de uranio-238, con el isótopo plomo-207, hijo del isótopo de uranio-235.

Esta comparación se basa en el conocimiento de la proporción de uranio-238 en uranio-235. A principios de los cálculos de la relación de todos se acercó al mismo número, 137,88. La suposición de que la relación era constante simplificó los cálculos en gran medida – esto permitió a los científicos combinar ambos valores de uranio en un solo número, al eliminar una variable de la ecuación. Los isótopos de plomo son más fáciles de medir con alta precisión de los isótopos de uranio, por lo que la edad del sistema de cálculo basada sólo en valores de plomo se creía que era extremadamente precisa.

“Todos estabamos sentados en esta silla de dos patas diciendo que era muy estable”, comenta Gerald Wasserburg, profesor emérito de geología de Caltech que participó en gran parte de los primeros trabajos de medir las proporciones de uranio. “Pero resulta que no lo es.”

Había razones para dudar de que la proporción de uranio fuese constante. Por un lado, el razonamiento teórico no apoya esta hipótesis. Además, las mediciones que dependían de otros radioisótopos menos precisos no estaban de acuerdo con la edad derivada por el plomo – pero estuvieron de acuerdo unos con otros.

Corte transveral del meteorito de Allende

“Es un golpe para algunas pocas personas en geocronología,” añade Brennecka. “Para decir que realmente sabemos la edad del sistema solar, basándonos en la edad de la roca, es esencial que todos estén de acuerdo.”

Para probar si la proporción de uranio era en realidad constante, Brennecka y sus colegas tomaron muestras de las inclusiones de las inclusiones ricas en calcio-aluminio del bien estudiado meteorito Allende y midieron la cantidad de uranio-235 y uranio-238 que tenía. Las innovaciones tecnológicas hicieron que sus mediciones fuesen más precisas que los esfuerzos anteriores.

Las mediciones en el laboratorio de Brennecka y en el laboratorio de un colaborador en Frankfurt, Alemania, mostraron ambas un exceso de uranio-235. Este exceso significa que los futuros geoquímicos tendrán que medir primero las cantidades de uranio-235 y uranio-238 en los materiales del sistema solar primitivo antes de determinar su edad.

“No se trata de que el sistema de datación no funcione”, dice el co-autor, Ariel Anbar, también del Estado de Arizona. “Pero si se quiere conseguir gran precisión, nos damos cuenta que existe esta variación que es necesario tener en cuenta”.
El equipo determinó también que el uranio-235 adicional proviene de pequeñas cantidades de un elemento radiactivo llamado curio en el sistema solar primitivo y que se forma en sólo algunos tipos determinados de explosiones supernova.

“Es un importante paso adelante”, comenta Andrew Davis de la Universidad de Chicago. “Ha habido muchos experimentos fallidos en el pasado, pero este ha tenido éxito. Creo que va a ser una pieza importante del rompecabezas”.

Fuente original
Publicado en Odisea cósmica

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¿Todas las lenguas del mundo son igual de complejas?

¿Todas las lenguas del mundo son igual de complejas?

Posted: 04 Jan 2010 02:50 AM PST

A pesar de las apariencias,todas las lenguas y dialectos inventados por el ser humano disponen de una suerte de gramática universal y, también, de unos niveles de riqueza y complejidad parejos. O al menos las diferencias nada tienen que ver con el desarrollo de la sociedad en sí.

Lejos de tópicos como que el lenguaje barriobajero es menos denso que el lenguaje culto (si apartamos a un lado nuestros condicionantes estéticos, el dialecto de un negro del Bronx tiene tantos matices como el de un escritor pedante: consultad La tabula rasa de Steven Pinker para profundizar en los motivos), podemos afirmar a la luz de los descubrimientos antropológicos que las lenguas habladas por los pueblos “primitivos” contemporáneos son tan “civilizadas” como los nuestras.

La complejidad de las reglas gramaticales pude variar, sí, pero esta complejidad varía con independencia de los niveles de desarrollo político y tecnológico.

Como dice Marvin Harris en Nuestra especie:

Por ejemplo, el kwakiutl, una oscura lengua de los indios de América del Norte, tiene el doble de casos que el latín. Otros elementos para catalogar las lenguas “primitivas”, tales como la presencia de palabras adecuadamente generales o específicas, demostraron ser indicadores igual de poco fiables de los niveles de evolución. Por ejemplo, los agtas de Filipinas disponen de treinta y un verbos distintos que significan “pescar”, cada uno de los cuales se refiere a una forma particular de pesca. Pero carecen de una simple palabra genérica que signifique “pescar”. En las lenguas del tronco tupí habladas por los amerindios de Brasil, existen numerosas palabras que designan especies distintas de loros, pero no existe una palabra genérica para “loro”. Otros lenguajes carecen de palabras para lo específico; cuentan con palabras distintas para los números comprendidos entre el 1 y el 5, y después se sirven sencillamente de una palabra que significa “mucho”.

Pero carecer de determinadas palabras específicas nada tiene que ver con el nivel evolutivo de una lengua, sino que refleja necesidades culturales. El caso de los agtas, que viven esencialmente de la pesca, no precisan de una palabra para la pesca en general sino de las diversas formas específicas de pescar.

Lo mismo ocurre con nosotros que vivimos en las grandes ciudades. En nuestro habla cotidiana nos las arreglamos como conceptos vagos como hierba, árbol, arbusto, matorral o enredadera, pero no necesitamos palabras para identificar entre 500 y 1.000 especies vegetales distintas por su nombre. En los trópicos, donde las personas no utilizan demasiada ropa, se suelen hablar lenguas que agrupan “mano” y “brazo” en un sólo término y “pierna” y “pie” en otro. La gente que vive en climas más fríos y que visten prendas especiales (guantes, botas, mangas, pantalones, etc.) para las diferentes partes del cuerpo, disponen más frecuentemente de palabras diferentes para “mano” y “brazo», “pie” y “pierna”. Así pues, ninguna de estas diferencias puede considerarse prueba de una fase más primitiva o intermedia de la evolución lingüística.

Así pues, las aproximadamente 3.000 lenguas de este mundo tienen una estructura fundamental común, y unos cuantos cambios menores de vocabulario según los requisitos de la determinada sociedad.

Como decía el lingüista antropológico Edward Sapir “Por lo que toca al a forma lingüística, Platón camina mano a mano con el porquero macedonio y Confucio con el salvaje cortador de cabezas de Assam.”

Vía | Nuestra especie de Marvin Harris

genciencia

El Manifiesto Comunista de Marx y Engels – Primera Parte

El Manifiesto Comunista de Marx y Engels – Primera Parte
Publicado por Malena el 4 de Enero de 2010

Uno de los escritos más conocidos de Marx y Engels fue “El Manifiesto Comunista”, que les fue encargado durante el Segundo Congreso de la Liga de los Comunistas, que tuvo lugar en Londres a mediados del siglo XIX.

El objetivo fue difundir los principios del comunismo; entre ellos: el fin de la propiedad privada, la interpretación histórica de la sociedad como lucha de clases, el fin del Capitalismo, la revolución proletaria y el propósito de unificar los criterios de posturas afines, existentes en Europa.

En esta obra estos autores tratan de demostrar cómo la historia refleja en todas las sociedades la lucha de clases, enfrentamiento que siempre termina con una transformación revolucionaria de la sociedad o con la destrucción de las clases en conflicto.

Sostienen que la burguesía moderna no ha concluido con esta lucha sino que ha reemplazado las antiguas clases por otras, como la burguesía y el proletariado.

La burguesía surge en los centros urbanos y crece con el mercado mundial, como resultado de una serie de revoluciones en los modos de producción y en el intercambio comercial.

El estado se convierte así en el administrador de los negocios de la burguesía, que reduce la dignidad personal al valor de cambio.

Esta clase social se generaliza mundialmente, mueve todas las situaciones sociales y se distingue por la inseguridad y el cambio; en tanto que todos los valores venerados hasta entonces se desvanecen, todo lo estable desaparece y todo lo consagrado se desacraliza.

Las ciudades dominan al campo, la población se aglutina, se centralizan los medios de producción y la política y se concentra la propiedad en pocas manos; y en las crisis se destruyen periódicamente no sólo gran cantidad de productos sino también gran parte de las fuerzas productivas, debido al desequilibrio que produce el desarrollo de la civilización, el aumento de los medios de subsistencia y el crecimiento de la industria y el comercio, que ponen en desorden y en peligro a toda la sociedad burguesa, que para superar las crisis propone soluciones que engendran crisis futuras aún más violentas.

La burguesía ha originado una nueva clase: los proletarios, obreros modernos que sólo pueden vivir si tienen trabajo y que sólo tienen trabajo si colaboran para incrementar el capital; y que se convierten en la mercancía más expuesta a las fluctuaciones del mercado.

El obrero se transforma en un accesorio de la máquina y su trabajo se vuelve monótono y poco atractivo. Las máquinas reemplazan a los hombres, quienes viven en la angustia de perder su trabajo; y las mujeres reemplazan al hombre porque ya no se necesita su fortaleza.

Pero el proletariado se une y forma organizaciones para conseguir de la burguesía mejores condiciones de trabajo, favorecidos por las luchas de la burguesía contra la aristocracia y contra los intereses de otras burguesías, hasta que logra derrotarla, porque ésta además es incapaz de asegurar a sus esclavos su subsistencia.

Es condición de la burguesía la acumulación de la riqueza en manos privadas y la multiplicación del capital; y es condición del capital el trabajo asalariado.

Pero es la burguesía la que favorece el triunfo del proletariado, porque son los obreros los que la hundirán en forma inevitable.

Con la teoría de Marx, se puede estar de acuerdo u oponerse a ella, pero nunca podrá ser eludida porque constituye el análisis más profundo que existe sobre el Capitalismo hasta la fecha y de lectura obligatoria en todo nivel universitario.

Su doctrina materialista, propone que para el hombre el factor económico es lo más importante en última instancia, reduciendo todo lo demás a ello y convirtiendo su doctrina en un reduccionismo ecónómico.

(continúa Segunda Parte)

Fuente: Colección Grandes Pensadores, “Marx, Vida, Pensamiento y Obra”, Editorial Planeta DeAgostini, 2007