Dios y el Mundo

Dios y el Mundo

Si hay un Dios de poder y conocimientos absolutos, entonces debe haber una clase de relación peculiar entre él y todo lo demás que existe.

1. Dios creó el mundo.
La Biblia explica el origen del mundo atribuyéndolo al acto creador de Dios. Ella coloca a Dios detrás del mundo. El mundo, todo el universo material, es obra del poder creador de Dios (Gen. 1:1; Col. 1:16; Heb. 11: 3). Evidentemente, el pensamiento del escritor fue el de que el mundo vino a existir porque tal fue la voluntad de Dios. Después de que Dios deseó que el universo material tuviera existencia, hay un proceso de desarrollo en el cual las formas superiores del ser y de la vida del proceso. Cada paso en el proceso de desarrollo, tanto como el primer acto creador, son atribuidos a Dios. Es una equivocación empeñarse por encontrar en este relato una descripción científica del origen y del desarrollo del mundo. Han sido innecesarias las dificultades ocasionadas por el empeño de encontrar aquí un relato científico o no científico. La narración está escrita desde el punto de vista religioso. Es una explicación religiosa en cuanto a que ella tiene en vista el entendimiento religioso del mundo y los intereses de la vida religiosa. Pero debemos insistir en que desde el punto de vista religioso la narración es válida. Se sienta la premisa de que el mundo tuvo origen en un acto creador de Dios. El desarrollo del mundo con sus diferentes órdenes de vida es atribuido al poder creador y director de Dios.

2. Dios preserva al mundo.
Al pensar acerca de la relación del mundo con Dios, nuestro interés se concreta no solamente al origen del mundo sino también a su continuidad. Al no hacer reflexión alguna, pudiéramos pensar que todo lo que Dios hizo fue crear el mundo abandonándolo a que continuase existiendo por sí solo. Siendo que ya estaba en existencia, el mundo seguiría existiendo, a menos que Dios, por un acto especial de su voluntad, lo borrara totalmente del cuadro. Pero un poco de pensamiento corregirá esta impresión. Exactamente así como el mundo no podía existir por sí solo en el principio, tampoco podía continuar existiendo por su propia voluntad. Esta es la opinión de los escritores bíblicos. Ellos representan la conservación del universo como una de las funciones específicas de Dios en relación con el mundo (Véanse Col. 1:17; Heb. 1:3). El sentido de dependencia del hombre refuerza esta enseñanza. Y así como la doctrina de la creación es necesaria a la interpretación religiosa del mundo, así también lo es la doctrina de la preservación. Dios no podía llevar adelante un programa redentor en un mundo que se bastara a sí mismo, y que por lo tanto fuera independiente de él. La noción cristiana del mundo, de consiguiente, como la esfera en la cual Dios está trabajando por el establecimiento de su reino de redención, necesita de la doctrina de su preservación del mundo como también de la doctrina de que Dios lo creó.

3. Dios trasciende al mundo, y, sin embargo, es inmanente en él.
La creación y la preservación implican dos cosas con referencia a la relación de Dios con el mundo: una es su distinción del mundo y su trascendencia sobre él; la otra es su inmanencia en él. Si Dios crea y preserva al mundo, entonces Dios es distinto del mundo y lo trasciende. Dios trasciende al mundo, no en el sentido de que él sea una realidad espacial más grande que el mundo, sino en el sentido de que él, como una Persona perfecta, es más grande que el mundo e independiente de él. No debe identificarse a Dios con el mundo. El no debe ser envuelto en su propia creación. Esta es la gran falta del panteísmo. Pero si Dios es idéntico con las fuerzas y con los procesos de la naturaleza, entonces él deja de ser Dios. Un Dios que no fuera distinto del mundo y que no trascendiera al orden natural, en nada superaría a la naturaleza. Si él no hace nada más de lo que la naturaleza puede hacer, entonces él no es distinto de la naturaleza. Y en nada mejora la situación llamando a la naturaleza Dios, o escribiendo Naturaleza con N mayúscula. El nombre no cambia el hecho.

Pero tambien es una gran equivocación sacar a Dios del mundo y hacerlo exclusivamente trascendente. Este fue el error del deísmo. Se admite que el mundo fuera creado, pero luego se le dejó correr en virtud de ciertas fuerzas inherentes. Se miró al mundo como una clase de maquina automotriz. Dios existía arriba y alejado del mundo. Si algo tuvo que hacer él con el mundo, fue por medio de una intervención violenta. El no tenía nada que ver con el proceso ordinario de la naturaleza. El teísmo cristiano evita los dos errores. Con el panteísmo se adhiere a la inmanencia de Dios y con el deísmo se adhiere a la trascendencia de Dios. Dios es inmanente en el mundo. El mundo depende de él. Dios no puede conservar y guiar al mundo a menos que él sea inmanente en él. El no puede actuar donde él no está. Por otra parte, la creación y la preservación no significan nada a menos que Dios sea trascendente. El no crea ni preserva al mundo a menos que él sea distinto del mundo.

En cuanto a los resultados prácticos, el panteísmo y el deísmo llegan al mismo lugar sobre este punto. Si a Dios se le aprisiona en el mundo o si se le expulsa del mundo, el resultado práctico es que nosotros no tendremos otro Dios más que el mundo. Eso sería tener un mundo sin Dios.

Afirmamos entonces lo siguiente:

  • (1) Que Dios creó el mundo;
  • (2) que Dios preserva al mundo; y
  • (3) que Dios es, por consiguiente, distinto del mundo y trasciende al mundo, pero es inmanente en él, ejecutando su propósito de redención.

Fuente: W.T Conner, Doctrina Cristiana,pag. 121-124,CBP.

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