El idealismo metafísico parte 1


El  idealismo metafísico parte 1

1.El  idealismo como solución al problema del ser

El Idealismo es una actitud negativa respecto de la existencia del ente real. Es una actitud óntico-gnoseológica, puesto que relaciona la validez del conocimiento humano con la realidad de los objetos. Aquí consideramos el Idealismo desde un punto de vista puramente metafísico, como posición filosófica opuesta al realismo metafísico.

Definición:(0)

idealismo s. m.
1 Tendencia a considerar el mundo y la vida de acuerdo con unos ideales o modelos de armonía y perfección que no se corresponden con la realidad: el desengaño significa el derrumbamiento del idealismo renacentista.
2 En filosofía, sistema que niega la existencia de las cosas en sí mismas, sin estar ligadas a la conciencia humana.

Escuelas:
m. Tendencia a idealizar la realidad.
filos. Doctrina que niega realidad al objeto del conocimiento. Comprende, como tipos generales, el idealismo realista de Platón, el trascendental de Kant y el lógico u objetivo de Hegel.
idealismo lógico {u} objetivo El que considera que la realidad es el contenido lógico de una conciencia en general y que los objetos del conocimiento son engendrados por el pensamiento.
idealismo psicológico {o} subjetivo El que afirma que las cosas no son nada más que contenidos de la conciencia.
idealismo realista {o} platónico Teoría de las ideas de Platón, quien distinguía entre el mundo de las ideas y el mundo sensible.
idealismo trascendental Teoría fundamental de la doctrina metafísica de Kant. La realidad en sí es independiente de la conciencia, pero el hombre no puede conocer la realidad sino a través de sus propios marcos receptores y ordenadores, por lo que es el resultado de la aplicación de las formas a priori. (V. kantismo.)
b. art. Doctrina estética, opuesta al realismo, que afirma la preeminencia de la imaginación o la abstracción sobre la copia fiel de la realidad.
ling. Escuela lingüística creada por Karl Vossler. Su teoría se basa en la importancia del individuo en la creación del lenguaje. Su objeto de estudio es exclusivamente el hecho lingüístico (el habla).

NMButlerEn el siglo xiv, es decir, en plena Edad Media, Nicolás de Autrecourt (1300-1350) aparece como un precursor del Idealismo de la edad moderna: pone en duda el valor objetivo del principio de causalidad, de las pruebas de la existencia de Dios, del concepto de sustancia. Algunas de sus afirmaciones las propondrán con otras palabras Hume y Kant, idealistas por diversos conceptos. Admite sin vacilación la certeza del principio de (no) contradicción, el cual versa sólo sobre la existencia de las cosas, pero no nos hace conocer su esencia. Los únicos conocimientos ciertos son los que se reducen al principio de (no) contradicción. En cuanto al carácter de validez de nuestros juicios, la tendrán si son rigurosamente analíticos (en sentido kantiano), es decir, si en ellos el predicado se identifica con el sujeto.

Niega Autrecourt la validez del principio de causalidad porque sólo la experiencia puede darnos razón de la relación entre causa y efecto; pero tal experiencia no engendra evidencia porque no puede reducirse al principio de contradicción. Niega la objetividad de la sustancia porque “no tenemos evidente certeza de otra sustancia que no sea nuestra propia alma”.

«Autreourt era conocido principalmente para el desarrollo de escepticismo a la extrema lógicas conclusiones. Él se considera a veces el único verdaderamente escéptico filósofo de la época medieval. Si él se había comprometido a estas conclusiones, está claro, pero el 19 de mayo, 1.346 fueron condenados por Pope Clement VI como heréticas y sus libros quemados públicamente.

En el siglo XIV, Nicolás de Autrecourt consideró que la materia, el espacio y el tiempo se hizo de todos los átomos indivisibles, puntos, y todos los instantes y que la generación y la corrupción se llevó a cabo por la reordenación de los átomos de los materiales. Las similitudes de sus ideas con las de Al-Ghazali Nicholas sugieren que estaba familiarizado con la labor de al-Ghazali, que era conocido como “Algazel” en Europa, ya sea directamente o indirectamente a través de Averroes.»(1)

El Idealismo y su hermano gemelo el Fenomenismo son típicas corrientes filosóficas del siglo XVIII. Sé interesan sólo por las “ideas”, por los “fenómenos de conciencia”, por las “imágenes” elaboradas en nuestro interior, por las “vivencias”. La “realidad” que pueda corresponder a las ideas y a los fenómenos, o no interesa, o es admitida con muchas dudas, o es totalmente negada, o de ella se afirma categóricamente que es imposible demostrarla; porque todos estos matices, y muchos otros, caben dentro del Idealismo fenomenista.

Para el idealista no existen más que las vivencias; vivencias que experimento yo: mi pensar, mi recordar los sucesos de la víspera, mi imaginar los árboles que vi en el Jardín Botánico, mi tener conciencia de mí mismo y de que oigo hablar a mi alrededor: todo esto sí tiene sentido, puesto que lo compruebo directamente en mí mismo; más de eso no sé si existe. Vivencias que “objetiven algo”, sí; “objetos reales” que respondan a las vivencias, no.

El ente se reduce al pensamiento: pensamos que hay entes, y como pensamos que hay entes, pensamos que realmente existen esos entes. De que pienso, no cabe duda, dice el idealista; de que hay un contenido al cual se refiere mi pensamiento, tampoco dudo; pero de que realmente exista fuera de, mí, fuera de mi pensamiento, algo que fundamente ese contenido, de eso sí que abrigo  mis dudas; o simplemente rechazo la existencia de cualquier ser que no sea mi ser vivencial, el ser de mis propias vivencias.

Para Hume la realidad no es otra cosa que impresión o conjunto de impresiones; es decir: no hay realidad: hay impresiones de la realidad. Por eso rechaza, según hemos visto, la objetividad del concepto de sustancia, puñado de sensaciones que por su contigüidad en el espacio las traducimos por una realidad objetiva, aunque ficticia. Por eso rechaza, también el principio de causalidad, lazo puramente psicológico que crea nuestra mente, pero que no responde a nada real.

Hume concluye afirmando que la existencia del mundo corpóreo es un enigma; que no es posible adquirir certeza en las ciencias naturales; que ni siquiera nuestra alma es una sustancia permanente; que es imposible, en fin, demostrar la existencia de Dios.

En el capítulo precedente ha quedado demostrada la objetividad del concepto de “sustancia”; el idealismo niega rotundamente tal objetividad, porque no está fundamentada en ninguna impresión: en consecuencia, no hay sustancias. La idea de sustancia es una pura creación de la mente. La existencia de un banco de clase no está tampoco fundada en ninguna impresión. Tenemos impresiones del banco de clase, pero no impresión de la existencia del banco de clase. La idea de existencia es otra creación de la mente. Al comentar la teoría de Hume escribe Willwott:

«David Hume preparó la moderna renovación de la filosofía y psicología actualista, cuando en el punto culminante del empirismo inglés, en el siglo xvii descartó, definitivamente, a su parecer, de la filosofía, el concepto de sustancia. Según él, no sólo no se da alma sustancial, sino que ni siquiera quería admitir un “yo” preexistente en su experiencia de sí mismo o introspección. Cuando se le decía qui percibimos las distintas vivencias, el pensar, sentir, tender, etc., como vivencias de nuestro «yo», Hume respondía que, aun por medio de la más exacta introspección no encontraba un tal «yo»; «yo», decía, no puedo percibir otra cosa que, precisamente, percepciones. La reunión de tales percepciones (sensaciones, imágenes, diríamos nosotros)  tiene que constituir, por tanto, o dar por resultado el «yo». Y así el alma humana no es más que «un haz o un conjunto de percepciones, que se suceden con inconcebible rapidez y están en continuo flujo y movimiento. Pero la constante unión de las percepciones entre sí nos condujo a que nos tuviéramos por personas permanentes y perseverantes en el cambio de la vivencia». Por lo demás, el mismo Hume se ha llamado, en una carta, con razón, «anatomista y no pintor de la naturaleza humana»” (2).

Como se ve a través de las líneas anteriores, Hume, y con él otros idealistas, fenomenistas y empiristas, ponían en tela, de juicio hasta la misma existencia del “yo”, ese reducto inexpugnable de la personalidad humana, gracias al cual pensamos, razonamos, reflexionamos, filosofamos.

¿Qué puedo decir respecto del “yo”?, se pregunta un idealista intransigente. Me analizo y encuentro que en mí hay vivencias, observo que en mí se suceden, unas a otras, las vivencias, por lo menos en mi estado de vigilia; esas vivencias tienen un contenido (imagino una rosa, pienso que mi madre es muy buena), se refieren a mi “yo”, pero (y esto es lo importante, lo que hay que recalcar) no prueban que existe mi “yo”. Luego también la idea del “yo” es creación de la mente.

Este idealismo de Hume, lo mismo que el idealismo de Kant, serán tratados y criticados en el capítulo siguiente, a nivel gnoseológico. Pero hagamos una advertencia,  para salir al paso  a posibles objeciones:  Toda actitud idealista es puramente teórica, no práctica;  es una posición intelectual ante el problema del ser  (y del conocer), pero no es una posición que regule el comportamiento cotidiano del sujeto que la asume. Todo idealista se comporta como un realista. Y no podría ser de otra manera. En efecto: aunque no esté convencido de que hay sustancias, ¿cómo no proceder como si las hubiera cuando se sienta en una silla, cuando abre  una carta para leerla, cuando regala su paladar con un sabroso alimento? Y aunque le reste todo valor de objetividad al principio de causalidad, ¿cómo no investigar la causa de un cortocircuito, de una intoxicación intestinal, de  un menor rendimiento en el motor  del  automóvil? Y aunque niegue en serio que existe un objeto correspon diente al contenido de sus vivencias, ¿negará en serio que existe la persona a la que está viendo y con la cual está hablando? Y si lo negara en su fuero interno, se cuidaría muy bien de manifestarlo, so pena de ser tra tado como un demente. Y cuando recuerda haber estado el domingo anterior en una sala cinematográfica, ¿pensará seriamente que en realidad no estuvo, que no vio ninguna película? En fin, a pesar de que esté firmemente persuadido de que su propio “yo” es una mera ficción mental,  ¿aceptará que los  demás ignoren  su presencia física, que no aprecien su personalidad, que desconozcan sus opiniones?

El idealista vive como un realista, debe vivir como un realista; de lo contrario, o será tenido por loco, o (si no exterioriza su idealismo) se volverá loco. Dejando de lado por ahora la crítica filosófica del idealismo metafísico, tenemos que afirmar categóricamente que es imposible vivir de acuerdo con una posición idealista. El idealismo metafísico, llevado hasta sus últimas con secuencias, elimina de raíz la noción misma de cosa, la noción de realidad en el más auténtico sentido de la pa labra. Hume dice expresamente al tratar de la “identidad personal”:

Hay algunos filósofos que imaginan que somos conscientes íntimamente en todo momento de lo que llamamos nuestro yo, que sentimos su existencia y su continuación en la existencia; y se hallan persuadidos, aún más que por la evidencia de una demostración, de su identidad y simplicidad perfecta. La sensación más intensa, la pasión más violenta, dicen, en lugar de distraernos de esta consideración, la fijan más intensamente y nos hacen apreciar su influencia sobre el yo por el dolor o el placer. Intentar una prueba ulterior de ello sería debilitar su evidencia, ya que ninguna prueba puede derivarse de un hecho del cual somos tan íntimamente conscientes, y no existe nada de que podamos estar ciertos si dudamos de esto.

Desgraciadamente todas estas afirmaciones positivas son contrarias a la experiencia que se presume en favor de ellas y no tenemos una idea del yo de la manera que se ha explicado aquí. ¿Pues de qué impresión puede derivarse esta idea?” Esta cuestión es imposible de responder sin una con­tradicción manifiesta y un absurdo manifiesto, y es, sin embargo, una cuestión que debe ser respondida si queremos tener una idea del yo clara e inteligible. Debe ser alguna impresión la que da lugar a toda idea real. Ahora bien: el yo o persona no es una impresión, sino lo que suponemos que tiene referencia a varias impresiones o ideas. Si una impresión da lugar a la idea del yo, la impresión debe con tinuar siendo invariablemente la misma a través de todo el curso de nuestras vidas, ya que se supone que existe de esta manera… No podemos, pues, derivar la idea del yo de una de estas impresiones, y, por consecuencia, no existe tal idea(3).

Para el idealismo todo el universo se reduce a una serie de fenómenos (fenomenismo): éstos constituyen el objeto del pensamiento, carecen de todo sustrato, de todo principio metafísico, y su única realidad está constituida por la modificación que ellos significan para la conciencia. En oposición al realismo, que admite la realidad del mundo exterior (y su cognoscibilidad por parte de la inteligencia humana), el idealismo sostiene que a nuestro universo de ideas no corresponde fuera del espíritu nada real. “El pensamiento —escribió León Brunschvicg en La modalidad del juicio— es el antípoda de lo real. La afirmación no implica otra certeza que la del acto mis mo de afirmar; lo que a esto sobrepasa es objeto de una duda al menos posible”.

Conclusión

«En filosofía, Idealismo designa las teorías que —en oposición al Materialismo— sostienen que la realidad extramental no es cognoscible tal como es en sí misma, y que el objeto del conocimiento está pre formado o construido por la actividad cognoscitiva.

En la historia del transcurso del pensamiento filosófico el idealismo es una variante fundamental de esa historia. Es la actitud del filósofo que no se conforma con lo que en apariencia, “hay”. Postula mejor una realidad superior inextricablemente ligada a la estructura intrínseca de la conciencia humana.

No es en modo alguno la actitud espontánea de la existencia individual. Es una actitud a la que trabajosamente se ha llegado en la historia, y a la que no muchos hombres pueden acceder, chocando con la dificultad de encontrar en la conciencia, un mediador, entre objeto y sujeto.»(4)

El idealismo no es, estrictamente, una solución al problema del ser: no soluciona nada; deja el problema intacto. No explica el ser, ni la multiplicidad del ser, ni la unidad del ser, ni la génesis del concepto “ser” en la inteligencia humana. Simplemente niega que exista el ser, niega la existencia del mundo, niega el ser real que no sea el propio sujeto cognoscente; y algunos, como Hume, niegan hasta la misma existencia del “yo”, que es el cognoscente.

Para un idealista no tiene sentido plantear el problema del ser; no tiene sentido averiguar si existen o no substancias. Y la conclusión idealista —conclusión formal o, por lo menos, tácita— es que “toda metafísica es imposible”. Efectivamente: si “NADA EXISTE”, como afirmó Gorgias Leontina (siglo V a. C.), ¿qué problema podemos plantearnos sobre lo existente?

«Gorgias (485-380 a. C.) nació en Sicilia, donde supuestamente fue alumno del también siciliano Empédocles. Se sabe que viajó mucho durante su larga vida, trabajando en varias ciudades griegas; finalmente se instalará en Atenas en el año 427 a. C. como jefe de una embajada de su ciudad (Leontino), por lo que fue llamado Gorgias de Leontino, a la edad de 60 años. Gorgias profesó con gran maestría la retórica, a la que consideraba como ciencia universal. Negaba ser maestro de virtud pero prometía hacer hábiles en hablar a sus discípulos. Según se cuenta, una de sus actividades cotidianas consistía en acudir a lugares públicos donde defendía encarnizadamente una tesis relativa a una cuestión cualquiera; una vez derrotados y convencidos sus interlocutores comenzaba a defender la tesis contraria hasta doblegar nuevamente a quien interviniese en la disputa, y así sucesivamente se contraargumentaba una y otra vez, haciendo gala de su retórica. Murió en Atenas el año 380 a.C. con alrededor de 105 años.»[5]

«Gorgias, fue enviado a Atenas para solicitar ayuda en la guerra contra Siracusa. Una vez allí, su fama como orador se extendió rápidamente. Sócrates imitaba su estilo de oratoria. Murió en Tesalia, con más de 100 años.

Nos han llegado unos fragmentos muy significativos, a través de la obra de Sexto Empírico, perteneciente a un libro de Gorgias titulado “Sobre el no-ser”:

“En el libro titulado Sobre el no-ser o Sobre la naturaleza desarrolla tres argumentos sucesivos.

El primero es que nada existe; el segundo, que aunque exista es inaprensible para el hombre; y el tercero, que, aun cuando fuera cognoscible, no puede ser comunicado ni explicado a otros.” Sexto Empírico

Esta postura es completamente opuesta a la de Parménides, y la base de la argumentación de Gorgias es la constatación de que las palabras y la realidad no guardan una correspondencia; con las palabras no expresamos la realidad sino nuestras experiencias subjetivas. La realidad, en definitiva, no es ni cognoscible ni comunicable.

“Pues el medio con el que comunicamos las cosas es la palabra, y el fundamento de las cosas así como las cosas mismas no son palabras. En consecuencia no son las cosas lo que comunicamos a los demás, sino la palabra que es diversa de las cosas que existen. Al igual que lo visible no puede hacerse audible ni tampoco a la inversa, así también, puesto que lo que es tiene su fundamento fuera de nosotros, no puede convertirse en palabra nuestra. Y, al no ser palabra, no puede ser revelado a otro.” Gorgias

Gorgias llega con esta doctrina a un relativismo total, negando cualquier tipo de verdad objetiva así como de norma moral. Ahora bien, aunque la palabra no sirva como medio de expresión de la realidad, es importantísima como medio de control y de manipulación. En la obra “Encomio de Helena” (cuya atribución a Gorgias es dudosa) se lee:

“La palabra tiene un enorme poder. A pesar de que su cuerpo es diminuto e invisible, lleva a cabo las más diversas empresas: es capaz, en efecto, de apaciguar el miedo y de eliminar el dolor, de producir la alegría y de excitar la compasión .”

Así pues, lo que le interesa a Gorgias es el poder de la palabra, poder que puede ser usado para las cosas más diversas y al servicio de los intereses más dispares, si bien esa cuestión queda en manos de cada hablante.»[6]

Gorgias, fue un  «Filósofo del período antropológico de la Filosofía griega[7]

Fuente:

  • Hebe R.Vidal, Fundamentos de Filosofia, Libreria Huemul, Bs.As., Argentina,1970,p.117-123

Notas

0.Diccionario Enciclopédica Vox 1. © 2009 Larousse Editorial, S.L.

1. Nicolás de Autrecourt,Wikipedia

2 Willwoll A., Alma y espíritu, Ed. Razón y Fe, Madrid, 1966.

3 Hume D., Tratado de la naturaleza humana, Cuarta Parte, Sección VI (citado por Julián Marías en “La Filosofía en sus textos”, 2.).

4. Idealismo, Wikipedia

5. Gorgias, Wikipedia

6.http://www.filosofos.net/temas/tema_48/tema_48_6.htm,  item  6.2

7.Gorgias, Wikipedia

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