Historia del Tiempo (Stephen Hawking)

domingo 27 de julio de 2008
Historia del Tiempo (Stephen Hawking)

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Historia del Tiempo:

Del big bang a los agujeros negros, es un libro de divulgación científica escrito por el profesor Stephen Hawking y publicado por primera vez en 1988. Se convirtió rápidamente en un best-seller, En mayo de 1995 entró en la lista del The Sunday Times entre los más vendidos durante 237 semanas, batiendo el récord de 184 semanas. Esta hazaña está registrada en el Libro Guinnes de los Récords de 1998. También está registrado el hecho de que la edición en rústica se publicó el 6 de abril de 1995 y alcanzó el número uno de los más vendidos en tres días. Para abril de 1993 se habían publicado 40 ediciones de pasta dura de “La Breve Historia del Tiempo” en los Estados Unidos y 39 en el Reino Unido. Se han vendido 9 millones de copias hasta el 2002.

Trata de explicar varios temas de cosmología, incluyendo el Big Bang, los agujeros negros, los conos de luz y la Teoría de supercuerdas al lector no-especialista en el tema. Su principal objetivo es dar una visión general del tema pero, inusual para un libro de divulgación, también intenta explicar algo de matemáticas complejas.

El autor advierte que ante cualquier ecuación en el libro el lector podría verse en problemas, por lo que incluye sólo una sencilla ecuación: E=mc².

Fuente de la Reseña: Wikipedia.

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El mito de la ciencia

El mito de la ciencia

Resumen del artículo “El mito de la ciencia”, por M.A. Quintanilla, en Diccionario de Filosofía Contemporánea, Sálamanca, Sígueme, 1976, páginas 65-81.

Sentido de la cuestión

Hoy en día, “la ciencia” se ha convertido en uno de los grandes mitos de nuestro tiempo.  Nuestra sociedad rinde culto a la ciencia, aunque no sabe muy bien (quizá porque  no sabe muy bien) en qué consiste aquello que venera. El científico, por su parte, parece muy consciente, en algunos casos,  de su propia ascendencia social y, en consecuencia, tiende a reforzar con signos externos la excelsitud de su tarea y su distanciamiento de la sociedad. Los mismos filósofos parecen considerar “intocable” a la ciencia, bien mediante una servidumbre hacia ella, bien mediante una estricta delimitación de campos. La ciencia se ha convertido casi en un dogma y en un misterio, y, apurando las cosas, se podría afirmar que la ciencia es una forma actual de religión.

Ante esta situación, una de las tareas del pensador crítico es contribuir a clarificar y disolver el mito de la ciencia, procurando poner la cuestión en sus justos términos.

Quede claro que está crítica no va dirigida contra la ciencia como tal, sino contra la mitificación de la ciencia. Pocas dudas debe haber de que la ciencia es la forma más desarrollada, completa y apreciable del saber. Declarado esto, lo que se quiere criticar es la actitud positivista, dogmática y cientifista que pretende agotar el saber, cualquier saber en la ciencia. Fuera de ella, habría que callar.

Tales afirmaciones presuponen un concepto dado de ciencia, concepto que de hecho no es inmodificable e invariable, sino precisamente algo que hay que construir (y reconstruir a cada paso de la historia). Tal construcción, como veremos, será precisamente el objetivo fundamental de la filosofía de la ciencia. Para ello habrá que superar ciertas concepciones míticas (ideológicas), ciertas imágenes, que hoy dificultan esta tarea. Las principales son  las que vamos a analizar a continuación.

Infalibilidad de la ciencia

La concepción positivista de la ciencia presupone que el conocimiento científico es un conocimiento seguro y su alcance es ilimitado. En su caso extremo, este presupuesto se traduce en la infalibilidad de la ciencia.

Este carácter infalible se concreta en las siguientes ideas:

a) La verdad científica es absoluta y definitiva: un enunciado realmente científico (que normalmente equivale a comprobado) tiene un valor igual o muy semejante al de un enunciado del tipo “2+2=4”.

b) El conocimiento científico es un conocimiento total: sus afirmaciones agotan lo que se puede decir verdaderamente sobre la realidad (La inteligencia es ni más ni menos que lo que sobre ella dice la psicología científica, por ejemplo).

c) El conocimiento científico es un conocimiento seguro: las dudas no son asunto de la ciencia; cuando ésta ha logrado un descubrimiento o ha formulado una ley, esta ley se cumple siempre y el descubrimiento es válido para siempre.

d) Las predicciones científicas son infalibles: si la ciencia dice que en tales circunstancias sucederá tal cosa, tal cosa debe suceder; si queremos estar seguros de que sucederá en tal circunstancia, no tenemos más que preguntar a la ciencia.

Aparte de que con una simple ojeada histórica se puede comprobar que no se cumple (vg. el sistema de Newton, la geometría de Euclides, el verificacionismo del Círculo de Viena  o el socialismo científico de Engels), la epistemología que subyace a estas ideas es inaceptable. La ciencia evoluciona y en esta evolución hay múltiples errores, pasos hacia atrás, modificaciones, cambios, etc.  Por otro lado, el carácter de certeza y de seguridad atribuido al conocimiento científico es algo que hace referencia más a una actitud psicológica del individuo (científico o filósofo) que a una nota intrínseca de la ciencia. Esta no tiene ningún medio para proporcionar un conocimiento cuya certeza esté garantizada.

De ahí que K. Popper afirme que lo característico de la ciencia no es su infalibilidad, sino precisamente lo contrario: la falibilidad o, más estrictamente, la falsabilidad: el hecho de que en la ciencia se indican siempre las condiciones en las que podría demostrarse que nuestro conocimiento es falso, que hemos cometido un error. Lo importante para la ciencia no es, en último término, acertar, sino intentar acertar, afrontando sin miedo la posibilidad del error, del que suelen salir nuevas enseñanzas que hagan progresar el conocimiento.

Objetividad de la ciencia

Precisamente el carácter excesivo del mito de la infalibilidad ha dejado paso a otra afirmación: su objetividad. Se parte ahora de que la ciencia es falible, su verdad no es absoluta, definitiva ni total, sino relativa, provisional y parcial; se parte de que el conocimiento científico no es absolutamente cierto, sino hipotético, conjetural, y de que sus predicciones tampoco son infalibles. Admitido esto, se entiende que subsiste el valor de la objetividad científica.

No es que la ciencia no sea objetiva. Lo discutible es la creencia en su objetividad absoluta, en que los conocimientos científicos responden siempre a la realidad. Ello supone que hay una sola objetividad posible (sentido absoluto)  o, al menos, que la ciencia es objetiva en relación con ciertos parámetros o criterios de objetividad (con lo que se deja abierta la alternativa a otros parámetros de objetividad diferentes de los que la ciencia sigue en un momento dado) (sentido relativo).

De ello se sigue que, según el mito de la objetividad, la representación científica del mundo en un momento dado es falible, parcial y provisional, pero es la única representación que puede corresponder con la realidad, es la única representación objetiva.

Ahora bien, para justificar esta creencia se necesitará un criterio que nos permita saber cuándo nuestras representaciones son objetivas.

Se ha aducido como criterio la práctica o la verificación de las teorías por medio de los hechos y la experimentación. Sin embargo, la ciencia es también una representación del mundo, no sólo un instrumento para su manipulación. Las leyes y teorías pretenden describir el mundo tal y como es, no se limitan a proporcionar reglas prácticas para intervenir en ese mundo. La ciencia pre-supone una representación y una interpretación del mundo (incluyendo las palabras “mágicas”: “hechos” o “realidad”, por ejemplo), y no nos garantiza que esa representación o interpretación del mundo sobre la que se basa sea objetiva.

También se ha presentado el criterio del consenso o el acuerdo de los científicos. Aun suponiendo que dicho criterio sea válido y sin fisuras, es obvio que tiene un carácter histórico y sociológico, es decir, relativo. Que el mundo que describe la ciencia sea para nosotros el mundo real quiere decir que tal descripción se aviene bien con nuestras creencias más firmes sobre cómo es el mundo. Ni más ni menos. Mantener entonces la objetividad de la ciencia como un valor absoluto es, por lo menos, una pretensión excesiva.

Progreso de la ciencia

Otra afirmación aparentemente indiscutida es que la ciencia en su evolución histórica conoce cada vez más y mejor la realidad. Esto implica que sólo hay una línea de progreso (sentido absoluto)  o que progresa en una determinada línea de evolución (sentido relativo),  definida a su vez por criterios concretos (dejando abierta la alternativa a otros criterios de progreso diferentes de los que rigen a lo largo de su desarrollo).

Para que haya progreso científico es preciso dar por supuesto que el conocimiento científico es objetivo. Pero la idea de progreso tiene un contenido más rico que la simple idea de objetividad. El conocimiento es objetivo si responde a la realidad, es progresivo si cada vez abarca más amplia y profundamente la realidad.

No es que se afirme que la ciencia no comete errores, sino más bien que, aun con sus errores, la ciencia siempre avanza de la manera más amplia y precisa.  Igualmente, que la línea de desarrollo que la ciencia sigue en su evolución es la mejor posible y la que mejor garantiza el aumento de nuestro conocimiento.

Está claro, sin embargo, que el progreso científico no tiene un carácter absoluto. No se puede negar, desde luego, que la historia de la ciencia presente un carácter progresivo; pero de lo que se trata es de saber si la línea de progreso no podría haber ido por otros derroteros diferentes, incluso más interesantes.

En el desarrollo de la ciencia cada paso condiciona a los que se van a dar después, y comprometerse por una sola línea posible de desarrollo científico es un tanto arriesgado, pues no hay garantías a priori de que tal línea o acción sea la más adecuada (para el progreso intelectual, social o moral de la humanidad o, en otros términos, para la “aproximación a la verdad” o “al bien”).

Neutralidad de la ciencia

La presunta neutralidad de la ciencia es un dato que actualmente se asume sin discusión. Se plantea en dos dimensiones:

a) neutralidad con respecto a cualquier cuestión filosófica, metafísica o ideológica  (se atiene estrictamente a la realidad nuda)

b) neutralidad axiológica,  con respecto a los valores (la ciencia no es buena ni mala, pues todo depende de cómo se utilice)

Existen asimismo dos posibles versiones de dicha neutralidad: la radical y la moderada.

La formulación radical, característica de la concepción positivista, se apoya en unos cuantos prejuicios sobre la naturaleza de la ciencia:  1) la ciencia se ocupa de hechos y sólo de hechos  (las leyes no son más que generalización empíricas a partir de hechos);  2) los hechos son independientes de las teorías e interpretaciones,  las cuales no afectan a los hechos, verdaderos jueces imparciales de todas las teorías;  3) entre hechos y valores o normas hay un hiato insalvable  (de los hechos no se pueden derivar normas ni sirven para fundamentar valores, a la vez que las valoraciones y normas no pueden afectar a la objetividad de los datos fácticos sobre los que se apoya la ciencia).

Sin embargo, ”es un hecho” que no hay hechos sin teorías ni observaciones sin interpretaciones. El “hecho puro” es una utopía y una ficción. Se dan dentro de una cosmovisión y de una interpretación del mundo (de un marco téorico), previas a la constatación de tales hechos. De hecho, en el lenguaje científico se asumen postulados de existencia de determinadas entidades y en no pocas discusiones teóricas de la ciencia se acaba en último término en cuestiones filosóficas.

También “es un hecho” que la propia ciencia es un valor o un sistema de valores. Más aún, la metodología científica es ante todo un sistema normativo, no sólo porque ofrece un conjunto de reglas o preceptos (que pretenden ser realización de valores científicos como la verdad, la intersubjetividad del conocimiento, etc.), sino también en el sentido de que buena parte de las reglas del método científico (y de los valores de la ciencia) son estrictamente reglas y valores morales (por ejemplo, la sinceridad de las declaraciones de los científicos en los intentos de refutar teorías…).

La versión moderada de la neutralidad de la ciencia admite 1) que la ciencia habla de la realidad, no sólo de las apariencias, y en este sentido supone la aceptación de la existencia de tal mundo real (supuesto que es filosófico);  2) que la metafísica o filosofía tiene una valor de orientación e inspiración para la ciencia. Sigue sosteniendo que los resultados de las ciencias son en última instancia independientes de cualquier sistema de valores, o que los valores científicos son ante todo instrumentales: la ciencia proporciona medios valiosos para alcanzar fines que, sin embargo, pueden ser a su vez valiosos o no. Por ejemplo, la ciencia requiere libertad para desarrollarse o puede ser utilizada para oprimir la libertad, pero esto en el fondo no es una cuestión de su incumbencia. La ciencia puede afectar indirectamente al sistema de valores de una sociedad, pero en y por sí misma no crea valores. Se mantiene en el campo de “lo que es”, sin traspasar los límites de “lo que debe ser”.

Aun en su versión moderada, la neutralidad de la ciencia presupone una concepción abstracta de la ciencia, despojada de elementos reales y primordiales, y reducida a su dimensión lingüística y sintáctica (conjunto de proposiciones o enunciados).

Sin embargo, si incluimos los aspectos institucionales, sociológicos, económicos, políticos y culturales de la ciencia y de su historia, entonces veremos cómo el marco teórico, su mantenimiento y su crítica, son elementos esenciales de la actividad científica, tal como han puesto de relieve entre otros Feyerabend y Kuhn.

La ciencia no es solamente un valor, sino que crea necesariamente valores. No solamente es una actividad regida por normas, sino que necesariamente genera normas de actuación y conductas en consonancia. La ciencia no sólo puede  ser “aplicada” por la tecnología, sino que debe  ser aplicada por la tecnología; no sólo es un instrumento que sirve para diversos fines, sino también un generador de fines y objetivos para la acción.

Autonomía de la ciencia

La idea de autonomía científica tiene dos componentes: el referente a la ciencia estrictamente dicha y al poder determinante de la ciencia con respecto a otras esferas de la vida social. Se asienta sobre el presupuesto de que lo esencial para la ciencia son los factores internos, lógicos, al margen de otros factores empíricos (psíquicos, culturales, sociales…).

Esto implica ignorar los condicionamientos sociológicos de la ciencia, tanto internos (límites de su crecimiento, etc.), como externos (dependencia de presupuestos económicos, del proceso industrial, de intereses macroeconómicos y políticos…).  De hecho, la ciencia es una parte de la estructura social en la que influyen decisivamente factores no lógicos, no ideales, y que constituyen la dimensión institucional de la ciencia.

http://www.antonioaramayona.com/filosofia/mito_de_la_ciencia.htm

Abuso de autoridad

Abuso de autoridad

Mayo 4th, 2007

Una foto (cortesía del científico y escritor Richard Dawkins) apareció hace unos meses en The Independent  y muestra a tres niñas de cuatro años, una sij, una musulmana y una cristiana, las tres haciendo de reyes magos en una obra de teatro en los EEUU. Fue utilizada por Richard Dawkins en una conferencia el año pasado para mostrar lo que él entiende como un abuso infantil: poner etiquetas a niños pequeños creando así una polarización en la forma en la que dichos niños van a percibir el mundo. “Sería ridículo”, dijo Dawkins, “leer a pie de foto al lado de los nombres de estas niñas etiquetas como ‘marxista’, ‘comunista’ o ‘anarquista’. Todo el mundo asumiría la necesidad de algún proceso mental que involucrara ciertas decisiones serias y personales basadas en el conocimiento de dichas filosofías para poder llegar a llamarte así. Sin embargo no ocurre así con etiquetas religiosas como ‘cristiano’, ‘musulmán’ o ‘sij’”.

En The Prophet, Kahlil Gibran nos habla de los niños:

“Tus hijos no son tus hijos. Son los hijos e hijas del anhelo que la Vida tiene por sí misma. Ellos llegan a través de vosotros, pero no de vosotros; y aunque ellos viven con vosotros no pertenecen a vosotros. Podéis darles vuestro amor pero no vuestros pensamientos, porque ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis dar cobijo a sus cuerpos pero no a sus almas, porque sus almas encuentran cobijo en la casa del mañana, que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en vuestros sueños. Podéis intentar ser como ellos pero no intentéis hacerles a ellos a vuestra imagen, porque la vida no va hacia atrás ni se preocupa con las cosas pasadas. Vosotros sois los arcos desde los que vuestros hijos, como flechas vivas, son lanzados. El arquero observa la marca en el camino del infinito, y El os dobla con Su fuerza para que Sus flechas vayan directas, precisas y lejanas. Dejad que cuando el arquero os doble sea para alegría; porque de la misma forma que el arquero ama las flechas que vuelan, así también ama al arco que permanece quieto”.

Dice el dicho: ‘De tal palo, tal astilla’. Y yo me pregunto, ¿debería ser así? No me refiero a que los hijos e hijas se parezcan fisicamente a los padres y madres (eso es lógico y normal), sino más bien a que tanto hijos como hijas tengan que vivir toda la vida intentando encontrar sus propias voces en medio de toda la sinfonía de voces que se han instalado en sus cabezas desde que eran niños. Sin duda, para muchos cristianos la única respuesta a esa pregunta es un rotundo SI. De hecho, muchos creen que cuanta más dificultad tengan los hijos para oir sus propias voces, mucho mejor; después de todo solo son voces inexpertas que nos saben bien cómo juzgar entre el bien y el mal. Y no están faltos de textos bíblicos por medio de los cuales son capaces de demostrar que los niños (como las mujeres y los esclavos) solo tienen una función en la familia, y esa es la de someterse y obedecer.

No soy yo el primero en mencionar que los padres ejercen una gran cantidad de control – consciente e inconsciente – sobre los hijos, control que muchas veces se transforma en diversas formas de opresión. Lo cierto es que el término ‘amor’ a menudo sirve para disfrazar muchas otras cosas. Los padres, se supone, aman a sus hijos como a ellos mismos, y a veces esta identificación constituye también la raiz del problema. Hay tal identificación, que muchos pierden la capacidad de expresar ese amor de tal forma que exista también la libertad que se otorga al que se ama. A menudo, el término ‘amar’ puede llegar a implicar también indoctrinar, poner ciertas expectaciones (normalmente, esperar que nuestros hijos e hijas se comporten como nosotros y consigan aquello que nosotros no conseguimos, o quizá sí), ejercer control, cohartar aquellos pensamientos que no se ajustan a los que nosotros sabemos correctos, evitar que cometan errores (o aquello que nosotros entendemos como errores), etcétera. A menudo, estos otros términos que se esconden detrás del verbo ‘amar’ ayudan a crear estructuras tremendamente poderosas de control, estructuras que resulta complicado superar, olvidar o derrumbar, y que complican la comunicación entre padres e hijos hasta el punto de imposibilitar toda conversación entre seres humanos en igualdad y libertad. Y donde no es posible la comunicación, no es posible el cambio.

Yo tengo una tendencia a pensar que por medio de la comunicación toda barrera puede ser derrumbada. Quizá me equivoque. Quizá en ocasiones esas barreras son imposibles de derrumbar, a menos, claro, que ocurra un milagro. Sin embargo, a veces el milagro no llega porque no se cree necesario. Al fin y al cabo, todos los amos creen siempre tener razón: ‘la experiencia es un grado’, se repite a menudo, como si eso diera licencia para ejercer todo tipo de control sobre otros. Y sin milagro, las familias se encuentran en la disyuntiva de aprender a amarse sin controlarse/someterse unos a otros. Y esta disyuntiva parece imposible de superar.

Quizá haya llegado el momento de reinterpretar nuestras relaciones familiares de un modo útil, no basándonos en textos ciegos que se usan con la única finalidad de seguir manteniendo los últimos atisbos de control que cada día vemos más amenazados, sino más bien haciendo justicia al poder del evangelio, un poder que descansa en la verdad, libertad, justicia y amor que debe predominar en nuestras relaciones. El apóstol Pablo no se cansa de repetir que el mayor don de todos, nuestro mayor potencial, se encuentra en la posibilidad que tenemos de amarnos unos a otros. Y esto coincide con el mayor y más importante mandamiento, según Jesús. Pero tengamos cuidado de no hacer de este término un nuevo disfraz para continuar sometiendo a otros. No hagamos una caricatura del amor que se nos demanda en nuestras relaciones. Quizá haya llegado el momento de dar un contenido real a nuestras relaciones familiares, de promover un contexto en el que todas las voces sean escuchadas de verdad, sin paternalismos (curioso e iluminador término).

Fuente: http://www.lupaprotestante.com/blogs/textoseideas/?p=135

Veredicto de los internautas en el concurso SPORE

 Veredicto de los internautas en el concurso SPORE 

viernes, 22 de agosto de 2008
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  De izquierda a derecha, el ganador Osc-Art, la colorista M2 (arriba), una inteligente Acar (abajo) y el mimético Herbicado. 

Ya tenemos vencedor de nuestro concurso SPORE, el divertido juego evolutivo de Electronic Arts ideado por Will Wright, al que entrevistamos este mes. Tras una reñida votación en la web, los internautas han elegido el bicho creado por Óscar Goñi Berruezo como nuestro embajador monstruoso. Los 10 finalistas recibirán un videojuego Spore, y el ganador un MacBook. 

¡Enhorabuena!

http://www.muyinteresante.es/tecno/veredicto-de-los-internautas-en-el-concurso-spore.html

El sexo de las lagartijas: Controversias sobre la evolución de la sexualidad de Ambrosio García Leal

El sexo de las lagartijas: Controversias sobre la evolución de la sexualidad de Ambrosio García Leal

25 de August, 2008

 

El sexo de las lagartijas (Tusquets Editores. ISBN: 978-84-8383-071-0. 17,00€. 214 páginas) de Ambrosio García Leal –el título, por cierto, recuerda a El sexo de los ángeles- es un nuevo título de la colección Metatemas de divulgación científica. Trata un tema muy interesante.

De la contraportada:

Como procedimiento reproductivo, el sexo parece una complicación innecesaria. ¿Por qué perder el tiempo en encontrar una pareja aceptable que, a su vez, lo encuentro aceptable a uno o una? En teoría, la selección natural debería apostar por la alternativa asexual, más rentable a corto plazo. Sin embargo, el sexo es la modalidad reproductiva mayoritaria en animales, plantas, hongos y otras formas de vida, por lo que cabe preguntarse cuál es la ventaja del sexo sobre la clonación asexual.

Ambrosio García Leal, después de examinar todas las propuestas de solución del problemas ofrecidas hasta ahora, expone la suya propia, basada en el principio de “independencia de la incertidumbre del entorno”, es decir, en la necesidad de adaptarse a un entorno impredecible. Sin embargo, no se queda ahí, y plantea un problema evolutivo distinto: la existencia de sexos diferenciados. En principio, nada impide que las especies sexuales estén constituidas por hermafroditas, pero en el mundo vivo el hermafroditismo es la excepción. La existencia de sexos, y en particular de dos sexos, es tan enigmática como el sexo mismo. ¿Por qué hay machos y hembras? Sobre esta y otras muchas cuestiones apasionantes arroja luz El sexo de las lagartijas

http://pjorge.com/2008/08/25/recibido-el-sexo-de-las-lagartijas-controversias-sobre-la-evolucion-de-la-sexualidad-de-ambrosio-garcia-leal/

El juego «Spore»: ¿Evolución o Diseño Inteligente (DI)?

El juego «Spore»: ¿Evolución o Diseño Inteligente (DI)?

David Coppedge

4 septiembre 2008 — «Spore» es un juego de ordenador muy esperado que acaba de salir. Los evolucionistas pretenden que se trata de un modelo de cómo evoluciona la vida, pero los proponentes del diseño inteligente lo consideran pura y simplemente como un juego de DI. ¿Quién tiene razón?

Carl Zimmer, periodista científico, se encuentra entre los que consideran que «Spore» cuenta en favor de Darwin. La entrada en su blog en Discover Magazine lleva a un artículo en el New York Times que exhibe una gran ilustración del Tiktaalik, el pez que pretendidamente evolucionó patas (6/04/2006). En «El juego evoluciona», Zimmer hace que biólogos evolutivos comenten sobre el juego. Las reseñas son positivas pero desiguales. Les gusta el juego, pero el Dr. Richard Prum comentaba: «El mecanismo está gravemente falseado». Es de suponer que no representa de manera precisa al mecanismo de selección natural actuando sobre mutaciones al azar. El juego solo toca algunos de los grandes aspectos de la biología evolutivo, proseguía diciendo Prum: ¿Cuál es el origen de la complejidad? ¿Y qué dependencia tiene la evolución respecto al azar? Sin embargo, cree que si ayuda a los jugadores a plantearse estas preguntas: «sería magnífico».

«Spore» ha sido escrito por Will Wright, autor del popular juego «SimCity» y sus derivados. Wright fue motivado por el trabajo de los biólogos evolutivos y por simulaciones anteriores como «Avida» (8/05/2003) y «Evarium». En «Spore», lo que quiere es «dar a los jugadores una experiencia de la vida y del universo a lo largo de miles de millones de años, desde criaturas microscópicas hasta civilizaciones interestelares». De modo que ha inventado un paisaje virtual que permite a los jugadores crear organismos que se aparean y evolucionan y afrontan lo inesperado. Persiste el interrogante: ¿Es esto evolución por azar y selección natural, o diseño inteligente?

El juego esquiva el problema del origen de la vida comenzando con esporas procedentes del espacio exterior. Luego los jugadores toman sus decisiones y dirección sobre lo que sucede:

El juego comienza con un meteorito que colisiona con un planeta,sembrando sus océanos con vida y materia orgánica. Los jugadorescontrolan un ser simple que engulle fragmentos de restos. Puedenescoger comer otros seres vivos o comer vegetación o ambas cosas. Al irse alimentando este ser y crecer, gana puntos de ADN, que el jugador puede usar para añadir miembros como colas para nadar o púas para su defensa. Una vez este ser ha aumentado suficientemente de tamaño y complejidad, está listo para su transición a la tierra.

En la tierra, los seres pueden desarrollar patas, alas y otros nuevos miembros. Y es en este momento que realmente brillan algunas de las características de «Spore». El equipo del Sr. Wright ha escrito un software que puede transformar rápidamente los seres en un infinito número de variedades, al ir los jugadores añadiendo miembros yalterando su tamaño, forma y posición.

En otras palabras, los jugadores no tienen que sentarse a esperar durante millones de años manteniendo una actitud no intervencionista: el juego pone el control en sus manos como en cámara lenta. ¿Es esto evolución? Además, desde luego que Wright no se lo tomaría a bien si alguien atribuyese su software a una combinación de azar con ley natural. Sin embargo, le parece que el equilibro entre cooperación y competición diseñado en el juego es lo que lleva a la emergencia de la complejidad en el ámbito natural.

Pero algunos evolucionistas han observado los puntos débiles en la pretensión de que el juego represente una evolución. Puede que se sientan preocupados de que los «defectos de diseño» (por así decirlo) puedan ser aprovechados por miembros de la comunidad del diseño inteligente. Por esto mismo, parecen deseosos de adelantarse y decir abiertamente que «Spore» no es como la «verdadera» evolución. Zimmer explicaba en la página 3:

Junto con las alabanzas de parte de científicos hacia «Spore», expresan su preocupación acerca de cómo el juego no concuerda con la evolución. En el mundo real, los nuevos rasgos evolucionan al surgir mutaciones y extenderse gradualmente a través de poblaciones enteras. Ganar puntos de ADN en «Spore» no funciona ni tan siquiera como una metáfora remota. «Espero que no lleve a la gente a confusión acerca de lo que es realmente la evolución»,decía Charles Ofria, científico informático en la Universidad Estatal de Michigan y uno de los creadores de «Avida».

«Spore» puede también inducir a error a los jugadores por la manera en que está planificado como una marcha unidimensional de progreso desde la vida unicelular hasta la inteligencia. La evolución es más como un árbol que una línea, donde las especies se ramifican en millones de direcciones. A veces las especies se vuelven más complejas, y a veces menos. Y a veces no cambian en absoluto. «No existe una flecha progresiva que domine la naturaleza», decía el Dr. Prum.

A pesar de estas advertencias, el Dr. [Thomas] Near [de Yale] expresa la esperanza de que «Spore» impulse a la gente a pensar acerca del proceso evolutivo. «Puede que esté totalmente alejado de cómo funciona la evolución, pero por mí parte preferiría mucho más tratar con un estudiante que me diga: “Vale, no tengo ningún problema acerca de la evolución; pienso en ella de la misma manera que pienso en la gravedad”. Si logra hacer esto, será magnífico».

Esto parece comportar que «Spore» no vale para convencer a los no creyentes en la evolución, sino sólo para reforzar las convicciones de los que ya «no tienen ningún problema acerca de la evolución».

Otro científico a quien le gustó «Spore» a pesar de sus fallos es Neil Shubin, el descubridor de Tiktaalik (6/04/2006) y autor de Your Inner Fish [El pez que llevas dentro] (16/01/2008). A él no le preocupan sus diferencias con respecto a la naturaleza. Es solamente un juego, le recordaba a todo el mundo. «No es idéntico a la naturaleza, pero es un mundo que evoluciona, que cambia, y donde los jugadores forman parte de estos procesos.» Shubin se sintió especialmente complacido con el Tiktaalik que él y Wright «diseñaron» en «Spore», si se perdona la expresión. Pero si los jugadores pueden diseñar miembros corporales y dirigir lo que sucede, ¿es realmente evolución?

Will Wright describe su juego con una curiosa metáfora. La llama «estiercol para la siembra de futuros científicos».

Como es de suponer que los futuros científicos son seres humanos, no plantas, es más bien repulsivo usar estiércol para ellos. Puede que Will Wright sea un inventor con gran ingenio como Wilbur Wright, pero en el ambiente implacable de un análisis crítico de la evolución, su invento no despegará. Y añadir una masa de aire caliente debajo viola las normas. No es sorprendente que a los evolucionistas les encante este juego. Viven en la Tierra de la Fantasía, donde Campanilla Dorada les ayuda a expresar sus deseos a una estrella, para que se cumplan todos sus sueños darwinistas. Les encantan los organismos digitales —consiguen con ellos lo que no consiguen con los verdaderos. Medran en un patio de recreo donde reina la imaginación. No quieren que los estudiantes aprendan sobre la evolución; quieren que vivan una experiencia con ella. Quieren que sus mentes emprendan el vuelo hacia unos míticos millones de años en los que, con el tiempo suficiente, suceden los milagros. Si quisieran realmente una simulación verdadera de la evolución, apagarían el ordenador y lo sacudirían durante un millón de años.

El observador sagaz ve diseño inteligente en todo esto (cp. 14/11/2006). Se necesitó DI para construir los circuitos electrónicos. Se necesitó DI para escribir el programa. Se precisa de DI para que los jugadores vayan dirigiendo los resultados siguiendo sus propios propósitos y planes. Y todos los complejos órganos —alas, pulmones y patas que «Spore» aporta bajo pedido— están apropiadamente prediseñados en módulos de software. Para simular de verdad el escenario darwinista, se debería quitar las manos del jugador de los controles y echar unas cuantas mutaciones al azar en el código de vez en cuando.

La concesión de premios como «puntos de ADN» a organismos falsos desenmascara el bombo publicitario de que de alguna forma «Spore» representa la evolución. En la naturaleza, ¿quién galardona a nadie? La supervivencia no es un galardón. El último hombre que queda en pie no va a ser necesariamente galardonado con un par de alas. El problema reside en el origen de funciones novedosas. Wright diseñó un algoritmo evolutivo para resolver el problema, pero esto presupone un propósito y una dirección que la naturaleza misma no puede proporcionar. Tal como demostró Dembski enNo Free Lunch, ningún algoritmo evolutivo, cuando carece de información adicional, es superior a una búsqueda ciega. La concesión de premios para ayudar a la evolución representa la inserción de información auxiliar en el sistema —una manera de hacer trampa. Con diestras analogías y un razonamiento matemático riguroso, Dembski reduce todos los algoritmos evolutivos a búsqueda ciega, y luego demuestra matemáticamente que conseguir información compleja especificada al nivel de complejidad de la vida mediante búsqueda ciega es menos probable que el límite universal de probabilidad de una probabilidad entre 10-150 —es decir, nunca sucederá.

Los evolucionistas caen en un autoengaño al aceptar que este juego tiene nada que ver con la teoría de la evolución. Luego engañan a jugadores y a estudiantes de una manera bien literal, al seducirles a «pensar en el proceso evolutivo» con un juego que está literalmente saturado de especificaciones de diseño inteligente. Esto constituye otro ejemplo de la táctica de la «mentira útil» con la que, por usar la metáfora del mismo Wright, el inventor del juego, se extiende el fertilizante evolucionista como semillero de incautos (p. ej., 29/06/2007).

Los que han llegado a un estado mental vegetativo de irreflexión podrán disfrutar con este fertilizante. Pero los futuros científicos necesitan alimento nutritivo, ejercicio, un razonamiento bien fundado, ética y una educación válida acerca del mundo real —no esta clase de fertilizante.


Fuente: Creation·Evolution Headlines – Spore Game: Evolution or ID?4/09/2008

 

Redacción: David Coppedge © 2008 Creation Safaris –www.creationsafaris.com

Traducción y adaptación: Santiago Escuain — © SEDIN 2008 –www.sedin.org


Publicado por Santiago Escuain para Boletín de SEDIN el 9/05/2008 04:57:00 PM

Un nuevo estudio revela que en la Luna hay mucha más agua de lo que se pensaba

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Un nuevo estudio revela que en la Luna hay mucha más agua de lo que se pensaba

Los investigadores encontraron que, contrariamente a lo estimado con anterioridad, el agua no se evaporó por completo en los eventos violentos que formaron la Luna. El nuevo estudio sugiere que el agua viene de su interior y que llegó a la superficie a través de las erupciones volcánicas durante tres mil millones de años. El hallazgo cuestiona algunos aspectos críticos de la teoría del “impacto gigante” en la formación de la Luna, y puede tener implicaciones para el origen de los posibles depósitos de agua en los polos lunares.

05 Sep 2008 | LA FLECHA, AGENCIAS

Se cree que la Luna se formó cuando un cuerpo del tamaño de Marte chocó con la Tierra hace unos 4.500 millones de años. Este impacto gigante derritió ambos objetos y situó cascotes fundidos en orbita alrededor de la Tierra, algunos de los cuales se unieron para formar la Luna. En este escenario, el calor del impacto gigante habría vaporizado los elementos ligeros. 

Durante los últimos cuarenta años, se han sucedido esfuerzos significativos para determinar el volumen y el origen de los contenidos volátiles en las muestras lunares. Hay evidencias fiables de que el interior de la Luna contiene azufre, cloro, flúor y carbono. Pero la evidencia de agua nativa ha sido difícil de encontrar, lo cual concuerda con la idea generalmente aceptada de que la Luna está seca.

El equipo de investigación, con científicos de la Universidad Brown, el Instituto Carnegie para la Ciencia, y la Universidad Case Western Reserve, aprovechó unos nuevos métodos de análisis de muestras lunares con el objetivo de tratar de detectar cantidades pequeñísimas de agua.

Erik Hauri, coautor del estudio, del Departamento de Magnetismo Terrestre del Instituto Carnegie, desarrolló estas nuevas técnicas, que permiten detectar cantidades sumamente pequeñas de agua en vidrios y minerales. Estos avances técnicos fueron hechos en colaboración con ingenieros de la compañía Cameca Instruments, de Francia.

Durante las últimas cuatro décadas, el límite de detección de agua en las muestras lunares era, en el mejor de los casos, de unas 50 partes por millón (ppm). La nueva técnica detecta cantidades tan pequeñas como 5 ppm de agua. Los investigadores realmente se sorprendieron al encontrar mucha más agua en estas diminutas cuentas de vidrio, hasta 46 ppm.

Una cuenta de vidrio sirvió para reconstruir los hechos. Los investigadores encontraron que las sustancias volátiles habían disminuido desde el centro de la diminuta esfera hasta su borde, una diferencia que indica que alrededor del 95 por ciento del agua se había perdido.

Los investigadores calcularon que originalmente había alrededor de 750 ppm de agua en el magma en el momento de la erupción. Dado que se pensaba que la Luna estaba deshidratada por completo, esto es un enorme salto sobre las estimaciones anteriores. Hace pensar en la intrigante posibilidad de que el interior de la Luna hubiera albergado tanta agua como el manto superior de la Tierra.

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