¿Colombia nazi o Colombia yanqui?


¿Colombia nazi o Colombia yanqui?

Colombia nazi
Silvia Galvis y Alberto Donadío 
2ª edic., Planeta, Bogotá, 1986, 367 págs.
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Se pregunta uno si el periodismo investigativo puede abarcar el campo de la historia; si, abarcándolo, puede liberarse del lastre del “presente informativo”. Llamo “presente informativo” a un tipo de parcialidad que no es el obvio condicionamiento histórico, sino la ilusión subjetiva de que los hechos del presente pueden ser corroborados por los hechos del pasado, manifiesta, no a través de un seguimiento estructural o sincrónico de los procesos, sino, precisamente, mediante la “información” de hechos, datos, fechas, objetos-indicio. En cambio, no dudo de que el historiador es una suerte de periodista investigativo, no del pasado (que es el mito de los “hechos”), sino de los procesos verificados en una interminable red de relaciones, que es preciso delimitar para apreciar un objeto de investigación. La historia tiene que ser interesada (y yo defiendo la historia como arte), pero nunca es parcial. Es decir, el historiador parte, en principio, de unos prejuicios básicos, delimitantes y orientadores del tema; después vienen los datos del periodismo investigativo. Este reportero del pasado debe servir apenas de auxiliar al historiador, cuyos vínculos con la materia de estudio son, ante todo, pasionales; “intuitivos”, diría Croce; “fatales”, diría Spengler.

El periodista que se enfrenta a la historia corre el riesgo de ser parcial, llevado por el prurito del “hecho”, de la “prueba”, e ignorar que mostrar no es interpretar, que analizar no es concluir. El que nos ocupa es un loable trabajo investigativo, pleno de sorprendentes sondeos en archivos y documentos que ofrecen el carácter revelador de ser primicias en el campo de la historia, de haber cumplido recientemente su plazo para la apertura al público. Pero, por más sorprendentes que fueran las revelaciones, era más fácil extraer de ellas reflexiones políticas de corto vuelo que lograr ofrecer un panorama correspondiente a lo que el tema sugería.

El tema del nazismo sigue hoy teniendo un aberrante tratamiento publicitario, o bien para desprestigio de una época de nuestra historia reciente, que aún nos golpea, o bien como “gancho” para conseguir lectores morbosos: editores oficiales y piratas se disputan el mercado de Mi lucha, de los diarios de Hitler, de los bestsellers novelados y periodísticos sobre el tercer Reich, los, últimos días de Hitler y la segunda guerra mundial. El autor de esta reseña no duda en ningún momento de la seriedad del trabajo periodístico e investigativo de dos de los más prestigiosos periodistas del país, su esfuerzo por dar una visión de conjunto de los conflictos sociopolítícos de Colombia durante la segunda guerra mundial. Pero me temo que, tanto el título del libro, como el manejo forzado de algunos temas, respondieron exclusivamente a esa pasión coprófaga —y que, por supuesto, fue alentada por un periodismo internacional maniqueo de posguerra— que identifica nazismo con judíos incinerados, fosas comunes, bombardeos de película, despliegue militar y caricaturas crueles investidas de poder. ¿Por qué? Hablar de “Colombia nazi” es suponer, dentro de las circunstancias sociohistóricas de la Colombia de la segunda guerra, la asimilación de un proceso, tan complejo como europeo, que siempre fue más que ideología, más que racismo, más que realidad bélica. Realmente, en todo el libro no sólo no aparece, sino que se cuestiona a menudo, una acción directa del partido nacionalsocialista en Colombia, independiente, claro está, de casos aislados —”nazis comprobados”— o simpatías pobres que jugaban como ligeros tensores de los conflictos partidistas, y también, y esto porque fue la óptica y el blanco del libro, independiente de lo visto, estudiado, opinado y propalado por el gobierno de los Estados Unidos.

Me parece que en Colombia nazi hay más pruebas contra la política estadounidense (si tomamos el “contra” en relación con la demostración de presencia del elemento foráneo tomándose a nuestro país) que contra el nazismo. Por un lado, estamos ante el análisis, relacionado con época y problemas concretos, de la política del “buen vecino”, ya tan trajinado desde el año de aparición del libro de David Bushnell, Eduardo Santos y la política del buen vecino; por otro lado, la mayor parte de la sustentación de fuente que ofrece el libro son los archivos y documentos estadounidenses (FBI, departamento de Estado, embajada de los Estados Unidos en Colombia, archivos nacionales, etc. . .) que fueron tejiendo, durante la guerra y después de ésta, sus propias versiones acerca de las actividades del tercer Reich en América Latina y, concretamente, en Colombia: es decir, dos hilos argumentales por destacar: la denuncia de la intervención estadounidense y la denuncia de la intervención nazi, vista y construida por los estadounidenses como argumento firme para mantener y justificar la política del “buen vecino” que, en últimas, autorizaba la intervención. Veamos.

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A partir de unas cuantas menciones de nombres, cuya ilación entre sí no está comprobada, se entra en un tema de mayor extensión, cual es el de la “cacería” del FBI, siguiendo las huellas que estos nombres, supuestamente espías del Reich, van dejando, sin más importancia que unas escasas transmisiones clandestinas de informes generales. Los Estados Unidos pretextan la defensa de la zona del canal de Panamá de posibles ataques del Eje; a través del célebre embajador Braden, Estados Unidos advierte, con informes que siempre están en discusión, a Colombia sobre la amenaza nazi, pero, ante todo, y porque la amenaza, como digo, no está plenamente demostrada, sobre la necesidad de establecer un “pacto de caballeros” —en principio y finalmente clandestino, no conocido por el Congreso colombiano— que permita a las fuerzas militares estadounidenses la invasión a territorio colombiano en caso de ataque. Por supuesto, lo tocante a la invasión militar nunca es puesto en consideración en Colombia, pero se mantiene a lo largo de la guerra como una situación de hecho, situación natural, tanto más atribuible a imperativo ofensivo de la política estadounidense, cuanto que ni Santos ni López Pumarejo aceptan nunca de manera rotunda el “pacto”. Caso aparte serán la presencia y la actividad de los agentes de Estados Unidos, camuflados como “asistentes de cónsul”, el sistema de la lista negra, las sanciones económicas a simpatizantes del Eje (que en muchos casos eran más bien antiestadounidenses). Los informes enviados por los agentes de Estados Unidos, su fanatismo y paranoia en el descubrimiento de “nazis” (siempre mejor, antiestadounidenses) por gestos desprevenidos, afinidades con Alemania, etc.. , son bien aleccionadores. Como, por ejemplo, el informe de William Paley, quien, resignado a la carencia de pruebas, advierte sobre la posibilidad de una revolución pro-nazi, dadas las características de debilidad de estos gobiernos, características que parecen consistir, para él, en la cercanía del canal de Panamá. Posteriormente, la supuesta alma pro-nazi colombiana se identificará con el partido conservador y con la figura de Laureano Gómez, censurado y sometido a corrección en los Estados Unidos. De este esbozo de vigilancia estadounidense algo queda claro en el libro: es más fácil delinear la presencia yanqui, que se va expandiendo en los diferentes campos supuestamente amenazados por los nazis (caso ejemplar: el sistema de sustitución de empresas y capital alemanes declarados en fideicomiso después de Pearl Harbor, por empresas y capital estadounidenses); es más fácil, decía, dibujar semejante presencia, que confirmar las versiones de una Colombia nazi.

Respecto a ésta última, muy pocos datos son claros y éstos no son necesariamente los elaborados por los investigadores estadounidenses: el capítulo sobre espías nazis carece de incidencia verídica en el tema propuesto; baste con recordar que Schwartau y Rullhusen llegan a ser espías por la fuerza de las circunstancias económicas y no por convicción. Ninguno de ellos realiza una actividad delatora de planes específicos del Eje respecto al tercer mundo; los “saboteadores nazis” jamás entraron en acción. Nunca se comprobó el abastecimiento de combustible de submarinos alemanes en costas colombianas y queda descartada la tesis de que el hundimiento de tres goletas colombianas ocurriera dentro de “actos de guerra” nazis. Las conspiraciones difícilmente nos hacen pensar en acciones nacionalistas “nazis” más que en los rumores y tretas de los aliados para fustigar la persecución antinazí, como lo demuestra el caso del golpe en Bolivia, supuestamente atribuible a un general pronazi, por maniobras inglesas que al fin fueron desenmascaradas. Tampoco se comprobó la existencia de pistas de aterrizaje clandestinas, desde las cuales obrarían militarmente aviones alemanes; en cambio, el rumor, delatado como netamente estadounidense, prendió la polémica de la amenaza a la soberanía nacional que constituía el interés por divulgar semejante noticia. Ni el falangismo de Laureano Gómez ni el antisemitismo de López de Mesa tienen en el libro una sustentación ideológica en el nazismo, diferente de la estadística y de la coincidencia de intereses parciales, así como las presuntas revueltas de orientación nazi-fascista que encararon los gobiernos de Santos y López Pumarejo: el mismo trabajo estadístico confirma que se trataba de movimientos eclécticos —incluso con la Iglesia católica como integrante—, puestos en el contrapeso que a la oficialidad liberal hacía el partido conservador, teniendo como base la crítica a la dependencia de Estados Unidos y, su correlativo y coincidente con un elemento nazi, el nacionalismo.

Una “Colombia nazi”, donde el nazismo no asoma una faz de conjunto, pero donde la realidad de dependencia de los Estados Unidos y su opuesto, los sentimientos antiestadounidenses, conforman todo el cuadro.


OSCAR TORRES DUQUE

http://www.lablaa.org/blaavirtual/publicacionesbanrep/boletin/boleti3/bol12/colombia.htm

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