El Sherlock Holmes del diseño inteligente


El Sherlock Holmes del diseño inteligente

Esta es la asombrosa historia de un profesor que hizo de detective para determinar si el universo estaba diseñado por una inteligencia superior.

Por Mario Seiglie

Cuando yo era adolescente, me encantaba leer las historias del detective Sherlock Holmes. Me maravillaba su habilidad para descifrar hasta los casos más difíciles con sus increíbles poderes deductivos e inductivos. “Elemental”, solía decir cuando resolvía otro enigmático crimen. Esos relatos me fascinaban tanto que compré las obras completas de Sherlock Holmes en una tienda de libros usados. Esa obra contenía la colección entera de 56 relatos cortos y cuatro novelas escritas por Sir Arthur Conan Doyle. Disfruté mucho con cada aventura.

Nunca me imaginé que con el tiempo me toparía con otro tipo de Sherlock Holmes, esta vez al estudiar el movimiento del diseño inteligente: un grupo de prominentes científicos y profesores que refutan la evolución darviniana. Esta vez, el Sherlock Holmes resultó ser William Dembski, un profesor norteamericano de matemáticas y filosofía. Él se valió de sus habilidades matemáticas para resolver lo que parecía una tarea imposible: determinar si algo en la naturaleza está intencionalmente diseñado o si es sólo el resultado de ciertos procesos físicos.

Este tema siempre ha provocado un acalorado debate entre evolucionistas y creacionistas. Los creacionistas insisten en que los organismos vivientes muestran tal complejidad, propósito, integridad y, en muchos casos, simbiosis, que tienen que haber sido inteligentemente diseñados. Pero los evolucionistas no están de acuerdo. Alegan que todas estas criaturas sólo muestran un diseño “aparente” y que fueron formadas gracias a mutaciones fortuitas y a la selección natural en el transcurso de largas épocas.

El problema es que como nadie ha visto a ninguna criatura surgir de la nada, ya sea una bacteria o un ser humano, su origen tiene que ser deducido de algo que ya existe, ya sea un organismo vivo o los restos fosilizados de algún otro. Hasta ahora, hay solamente dos explicaciones posibles para la existencia de seres vivos en la tierra: o fueron creados por una fuente inteligente, o son el resultado de la casualidad o de leyes naturales sin guía alguna.

Entonces se presentó el Dr. Dembski. Él diseñó una prueba científica para determinar si algo ha sido inteligentemente diseñado o no.

La prueba de los tres filtros

Imaginémonos tres filtros, como tres redes, una encima de la otra, con agujeros de tamaño decreciente. Basándose en las leyes de la probabilidad, el Dr. Dembski estableció los parámetros para cada filtro. Cada objeto o suceso de la naturaleza puede ser examinado por medio de estos tres filtros, y solamente si algo ha sido inteligentemente diseñado va a terminar pasando por el último filtro. A este método de prueba lo llama “el filtro explicativo”.

“A grandes rasgos —escribe el Dr. Dembski—, el filtro formula tres preguntas en el siguiente orden:

1) ¿Puede ser esto explicado por una ley?

2) ¿Puede ser explicado por el azar?

3) ¿Puede ser explicado por el diseño?

Él llama al primero “el filtro de contingencia”. Éste atrapa cualquier fenómeno que sea el simple resultado de una ley natural o de una alta probabilidad de que ocurra por casualidad. Por ejemplo, una pelota que es lanzada una vez tras otra tiene un 100 por ciento de probabilidades de caer al suelo, y esto es explicado por una ley natural, en este caso la de la gravedad. Esta acción es captada por el primer filtro.

El segundo filtro es “el filtro de la complejidad”. Éste retiene cualquier suceso con una probabilidad más alta que una en 10150. Esta cifra es el resultado de multiplicar el número de partículas elementales en el universo (1080) por la edad máxima del universo (1025 segundos) por el ritmo máximo de transacciones moleculares por segundo (1045). Este es el número máximo de posibilidades físicas en la historia del universo.

Al tercer filtro lo identifica como “el filtro de la especificación”. Éste es extremadamente difícil de pasar; la probabilidad de que ello ocurra por casualidad es de menos de una en 10150.

Por ejemplo, si alguien obtiene una escalera real en un juego de póker, es una cosa sumamente rara. Es tan improbable que los matemáticos han calculado que sólo sucede una vez cada dos millones y medio de juegos (para ser más preciso, cada 2 598 960 juegos) o aproximadamente una vez al año en todo Estados Unidos.

¿Qué pasaría si alguien consiguiera dos escaleras reales en forma consecutiva? Esta es una probabilidad casi imposible (de hecho, si le ocurriera a alguien, lo más seguro es que le acusarían de tramposo). Sin embargo, tales sucesos consecutivos todavía serían captados por el segundo filtro porque, a pesar de ser muy improbables, estarían todavía dentro de los límites de la naturaleza.

El Dr. Dembski ha sido tan conservador en sus cálculos que un objeto o suceso no puede pasar por el tercer filtro a menos que tenga la probabilidad de ocurrir con la frecuencia de ¡25 escaleras reales consecutivas! Cualquier cosa que pueda ocurrir con mayor frecuencia será atrapada por el primer o segundo filtro y no podría clasificarse necesariamente como algo inteligentemente diseñado. Él quiere estar absolutamente seguro de que lo que pase por el tercer filtro no sea el resultado de las leyes naturales o del azar, y que solamente pueda ser explicado como producto de una fuente inteligente.

Resultados de la prueba

Cuando el Dr. Dembski pone a prueba los flagelos de la bacteria (el medio que usan las bacterias para desplazarse) con los filtros de probabilidad, ¡éstos fácilmente pasan el umbral del diseño! Aquí tenemos algo que no sólo es altamente improbable, sino que además tiene complejidad específica. Él calcula que la probabilidad de que las 40 proteínas del flagelo se junten por casualidad es el equivalente a haber obtenido ¡190 escaleras reales consecutivas! Así que fácilmente pasa su barrera de 25 escaleras reales repetidas. Sin ninguna duda, algo más que la casualidad está en juego aquí.

El Dr. Dembski subraya que este método para determinar si algo es inteligentemente diseñado o no, nunca ha producido resultados falsos. Esta prueba cumple con las rigurosas normas científicas de las probabilidades. También es objetiva, ya que no determina cuál es la fuente inteligente que diseñó el producto final que pasó por el tercer filtro, y está basada en la verificación empírica. Los críticos evolucionistas, aunque vociferan de una forma muy estridente, no han sido capaces de encontrar una debilidad legítima en este método. El ADN, el ARN, las proteínas, las plantas, y los órganos de los animales, por ejemplo, todos pasan a través de los tres filtros y son clasificados como cosas inteligentemente diseñadas.

Este es un poderoso mecanismo en el arsenal del movimiento del diseño inteligente. Después del concepto de complejidad irreducible de Michael Behe, el filtro explicativo del Dr. Dembski es el segundo recurso de mayor importancia en el movimiento que se opone a la evolución darviniana.

Así que, cuando se somete algo a este examen y pasa los tres filtros, hasta el famoso Sherlock Holmes exclamaría: “¡Elemental! Ha sido inteligentemente diseñado”. BN

http://www.lasbuenasnoticias.org/archivos/2008/bn022008/sherlock.htm

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