Los comienzos como misionero


Los comienzos como misionero

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La decisión de Nicolás de dedicar todo su tiempo al servicio del Señor, lo llevó inmediatamente a la ciudad de Córdoba en compañía de don Guillermo Payne, a colaborar en una campaña de evangelización, a principios de mayo de 1906.

En Córdoba, conoció a Jorge Langran, un irlandés con el que entabló firme amistad, que tuvo consecuencias permanentes en la vida de servicio de ambos, para la gloria de Dios.  Oportunamente nos ocuparemos de la personalidad tan singular del señor Langran.

Transcribimos a continuación palabras textuales del relato de Nicolás: “Se había organizado una gran campaña de predicación del evangelio, en una carpa instalada en la zona céntrica de Córdoba, en la calle Alvear.  Allí conocí a varios de los grandes predicadores de la época, y uno de los que me impresionó mucho, fue Daniel Hall, que aunque era metodista, colaboró intensamente en este esfuerzo.

Era un predicador brillante cuya oratoria impresionaba a todos.  Producto típico de aquella época de controversias con los católicos, no era extraño verlo los domingos por la mañana improvisando un púlpito en la plaza San Martín, de donde predicaba al público que salía de la misa de la iglesia catedral.  Yo estaba en la puerta de la carpa repartiendo tratados e invitando a la gente que pasaba a entrar.  

Pero un día, me dijeron que yo sería el predicador.  Ésta iba a ser una nueva experiencia, no porque no lo hubiera hecho antes, sino por tratarse de reuniones tan importantes; y recuerdo que estaba muy asustado.  Pero contaba con el aliento del señor Payne que siempre me estimulaba, y que además oraba por mí.  Recuerdo que prediqué sobre “El Rico Necio”, y tuve una gran alegría por la conversión de un oyente.  Se llamaba Froilán Sosa y concluída la reunión conversamos largamente y oramos dando gracias a Dios”.

Froilán Sosa llegó a ser un fiel siervo de Dios.  Era un buen profesional carpintero y trabajaba medio día en el ferrocarril.  Fue quien construyó las puertas, las ventanas y los bancos de la iglesia de calle Salta en Rosario.  Muchos fueron los convertidos en aquella oportunidad, recordando especialmente don Nicolás a la familia García.

UN LARGO VIAJE A CABALLO

Concluído el trabajo de la carpa, don Guillermo ya tenía programado un viaje al Norte, en el cual Nicolás y Jorge Langran serían de la partida.  Payne, era tan dinámico y activo, que muy pronto todo estaba organizado: había hecho cortos viajes y conseguido caballos, libros y todos los elementos necesarios para la empresa.  De él solía decir don Jaime Clifford, que era lo más parecido a la omnipresencia aquí en la tierra, pues estaba en todas y en cualquier parte, sin que fácilmente se pudieran seguir sus movimientos.

La primera meta del viaje era La Rioja, visitando y predicando el evangelio en todas las localidades que debieran atravesar: Cruz del Eje, Soto, Serrezuela, Patquía, Chilecito, Famatina.  Se detenían en cada lugar para repartir tratados, vender evangelios, Biblias y predicar a la gente que los escuchaba con mucho interés.

Hoy no resulta fácil imaginar lo que significaba cubrir aquellas distancias a caballo.  Ésta sería una de las tantas veces que Nicolás realizaría viajes a caballo por distintos caminos del país, sumando en algunas giras miles de kilómetros.  Esta primera experiencia abarcaría La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy y regreso a Córdoba.  Para cubrir el itinerario, partieron los tres misioneros con cinco caballos, dos de reserva para conducir el equipaje.  

Pero el equipo era muy elemental: una manta de fieltro para cada uno, algunos cueros de ovejas, luego las cacerolas, pava, tetera, pan, carne, los libros y un traje dominguero en las alforjas.  Comían en el camino, comprando las provisiones necesarias en las poblaciones que atravesaban.  Nicolás recuerda que cuando deseaban tener una comida especial, esperaban el paso del tren en alguna de las estaciones del camino, y podían obtener leche y manteca ¡el complemento necesario para tomar un riquísimo té a la sombra de un árbol!

Dormían a campo raso, utilizando el recado, los cueros y los bastos de la silla de montar útiles como almohadas.  Pero era una dura tarea la de cargar y descargar, alimentar a los animales, llevar reserva de maíz en los morrales para los caballos, y agua por si les tocaba atravesar lugares muy desérticos.

Este primer viaje de Nicolás fue espectacular.  Estando aún lejos de La Rioja se apartaron del camino en busca de un caserío que les fue mencionado en Patquía.  Cruzaban campo a traviesa, y atardecía, cuando los sorprendió una fuerte tormenta.  Perdieron dos caballos y quedaron sin provisiones.  Al amanecer, cuando la tormenta hubo cesado, continuaba el cielo cubierto, y comprendieron que estaban completamente perdidos, sin saber qué rumbo tomar.

Con dificultad lograron encender fuego con la leña tan mojada.  Como desayuno terminaron los pocos alimentos que les restaban.  Leyeron la Biblia y oraron buscando la dirección de Dios.  A mediodía comenzó a despejar el cielo, y mientras comían el maíz de los caballos que echaban a las brasas para que se reventaran y saltaran las “palomitas de maíz”, don Guillermo llegó a la decisión: Nicolás – el chico de los mandados – tomaría el rumbo más probable al caserío que estaban buscando, y que al salir el sol resultaba más fácil calcular, en busca de los elementos necesarios para continuar el viaje.

  Suponían que el trayecto le insumiría la tarde, y para ayudarlo a que los encontrara al regresar por la noche, mantendrían un gran fuego encendido.
Pero al caer la noche Payne y Langran estaban demasiado cansados, ya que la tormenta los había mantenido en vela casi toda la noche anterior.  

Hicieron un buen fuego y buscaron reserva de leña, pero al poco tiempo ambos estaban completamente dormidos.  Nicolás por su parte, encontró el pequeño poblado y pudo adquirir los elementos necesarios que buscaba.  Dispuso de un breve tiempo para comer rápidamente algo, preparó las alforjas y montó a caballo para volver junto a sus compañeros.  

Como lo habían calculado, se hizo de noche cuando aún estaba muy lejos de su destino.  En la oscuridad de la noche iba avanzando al paso del caballo, observando atentamente para descubrir la luz de la hoguera.  Pero Nicolás no sabía que para entonces la hoguera estaba prácticamente apagada.  Seguía la marcha casi dejando que el caballo solo siguiera el rumbo, no dejando de orar para que Dios lo guiara por el buen camino.

En un momento determinado, Payne se despertó sobresaltado, y muy alarmado comprobó que la hoguera estaba reducida a un montón de brasas.  Rápidamente despertó a Langran y entre los dos amontonaron leña y avivaron el fuego.  Pronto surgió una alta lengua de fuego, y unos momentos después escucharon un grito agudo y lejano: ¡UUUUUUUUU!  Era Nicolás, que aún a gran distancia había avistado la señal y les comunicaba su llegada.  Cuando luego comentaron el incidente, dieron gracias a Dios, porque evidentemente fue providencial que Payne se despertara precisamente en aquel momento.  Sin la luz de la hoguera, Nicolás jamás habría dado con ellos aquella noche.

EXTRAORDINARIO DESCUBRIMIENTO EN UNA MINA DE ORO EN

Donde se bifurca el camino hacia Chilecito y La Rioja, Payne se separó de Nicolás y Langran, que siguieron a Chilecito y Famatina, mientras él iba directo a la Rioja.  Y fue allí en Famatina, que hicieron un descubrimiento sorprendente.  Hallaron a don Cirilo <199>lvarez y un grupo de creyentes, que los llenaron de asombro, pues nunca habían escuchado una predicación del evangelio, pero eran auténticos creyentes en Jesucristo.

Don Cirilo era minero en “La Mejicana”, en Famatina, y había hallado un tratado de la serie “El Correo” que Nicolás componía en la imprenta de calle Montes de Oca.  Le interesó el contenido y escribió a la dirección de Carlos Torre en Buenos Aires, de donde le enviaron un Nuevo Testamento.  Por la lectura de ambos, se convirtió don Cirilo, su esposa y cinco personas más.  Pero hasta que se encontraron con don Nicolás y Langran, nunca habían tenido contacto con otros creyentes.  De manera que el encuentro fue conmovedor.

Estos cristianos estaban llenos de preguntas: Habían leído del bautismo de los creyentes, y de alguna manera como ellos lo interpretaron, se bautizaron.  Leyeron de la Cena del Señor, y dentro de su entendimiento, la celebraban.  Obtuvieron una dirección de un tal Squeo, yesero, de Tucumán, y le escribieron.  Él les mandó un himnario.  De manera que en las reuniones que realizaban cantaban himnos.  Pero no tenían la música, lo que no era ninguna dificultad, pues don Cirilo con su guitarra improvisaba las melodías.

Nicolás y Langran estaban asombrados de lo que podía hacer la Palabra de Dios y el Espíritu Santo en aquéllos que con sinceridad buscan al Señor, y daban gracias a Dios por la oportunidad que tuvieron de prestarles ayuda.  Entre estas personas habían un niñito de cuatro años, Manuel, hijo del matrimonio -lvarez.  ¿Y quién en Córdoba y muchos rincones de Argentina no conoció a don Manuel -lvarez, quien con más de ochenta años en las espaldas, siguió siendo un incansable predicador del evangelio?  De don Cirilo decían entonces los de Famatina: este Cirilo está loco.  Y alguien ha tratado de definir a Manuel Álvarez en nuestros tiempos, y por su fanatismo evangelístico lo ha llamado “un loco de Dios”.

Don Nicolás recordaba al grupito de creyentes cantando acompañados por la guitarra de don Cirilo con música indefinible:
 Libro divino, guía suprema.
Celeste antorcha de la verdad.
Su luz me basta, nada me falta;
Por ella me habla, Dios Jehová.

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