LOS PAULICIANOS Y SUS SUCESORES DOCTRINALES


LOS PAULICIANOS Y SUS SUCESORES DOCTRINALES

En el año 670 vivía en una ciudad del Asia Menor un cristiano llamado Constantino, el cual, habiendo hospedado a un diácono que volvía de su cautividad en Siria, recibió un regalo de gran valor, sobre todo en aquellos tiempos, por la escasez que del mismo había. Era un Nuevo Testamento. Este libro vino a ser su Maestro y su regla de conducta cristiana. Constantino se enamoró especialmente de los escritos y carácter del apóstol Pablo. Por tal motivo cambió su propio nombre en el de Pablo y dio el de Tito, Timoteo, Epafrodito, Silas, Lucas, etc., a sus colaboradores, con los cuales formó una activa sociedad misionera evangélica. Gibbon, historiador católicorromano, dice: «En el Evangelio y las epístolas del apóstol Pablo investigaron estos herejes las doctrinas del Cristianismo primitivo.»

Los Paulicianos —dice el mismo Gibbon— eran tan opuestos a las costumbres de los católicos como adheridos al Nuevo Testamento.

Las imágenes eran para ellos «una manufactura común de un artesano mortal, sin otro valor que el arte que manifestaba su artífice»

las reliquias milagrosas, un montón de huesos y cenizas desprovistos de vida y de virtud, o de alguna relación de tipo espiritual con las personas a las cuaIes eran atribuidas. .

Lac cruz verdadera y vivificadora», según el historiador católico—, un pedazo de madera sólida o podrida. La santa eucaristía, un pedazo de pan, y su sangre, un vaso de vino, solamente símbolo de la gracia.

La madre de Jesucristo era despojada por los Paulicianos de sus honores divinos. Los santos y los ángeles no eran solicitados por ellos para ejercer su ogficio de mediadores.(1)

Esto dice un historiador católicorromano acerca de estos cristianos del siglo vii, y con ello, ¿no los identifica con los cristianos evangélicos de todos Ion tiempos?

Las iglesias llamadas Montañistas, Novacianas y Donatistas existieron desde el siglo ni hasta el siglo vii. Cuando estos tres nombres desaparecen de la vista de los historiadores, surgen por todas partes del mundo iglesias paulicianas. Es decir, el nombre de Pauliciano fue sobrepuesto a los disidentes del Catolicismo romano cuando los Montañistas, Novacianos y Donatistas, en lugar de estar extinguidos, contaban todavía con centenares de miles de miembros. Esto constituye una prueba poderosa de que los Paulicianos no eran todos descendientes espirituales de aquel Constantino que cambió su nombre en el de Pablo, sino que los había de orígenes diversos que se fundieron con los Paulicianos. El historiador Geuericke declara: «Esta secta, notable y numerosa, se levantó formada por elementos de los tiempos pasados.» Otro historiador, Robinson, dice: «Cuando estos sectarios fueron obligados por la persecución de los católicos a buscar refugio en diversa partes del mundo, continuaron la propagacion de sus doctrinas y fueron distinguidos por diversos nombres. Una sucesión de ellos continuó hasta la Reforma.»(2)

Pedro de Bruys

Este intrépido misionero evangélico fue cura de una pequeña parroquia de los Alpes. Cuando la luz del Evangelio iluminó su mente, no pudo quedarse en su aldea y empezó una labor itinerante de evangelización por todo el sur de Francia. El Nuevo Tes­tamento —y probablemente la influencia de algunos descendientes de los paulicianos refugiados en los Alpes— hicieron el resto.

Se cree que millares de personas fueron convertidas por su ministerio itine­rante, que duró veinte años.

Un concilio fue convocado en Toulouse (Francia) en el año 1119, el cual condenó como herejía a los Bonnes-hommes peterinos y palicianos. Estos contesación de sus doctrinas en catorce artículos, los cuales los han identificados, como los mejores cristianos evangelicos de todos los tiempos. Según dicho documento, creían en la eficacia y suficiencia del sacrificio de Cristo para la salvación; que la virgen María fue santa,humilde, y llena d egracia, pero que ni ella ni los demas santos deben ser adorados; decían que después de la muerte  sólo hay dos lugares, uno para los salvos y otro para los condenados, y negaban el purgatorio como un lugar imaginario inventado por el Anticristo.3 Condenaban el uso del agua bendita, los ayunos según el sistema romano, y la transustanciación. Reconocían solamente dos sa­cramentos, el Bautismo y la Cena del Señor. Enseñaron que el matrimonio es honroso y necesario no sólo para los cristianos en general, sino también para los sacerdotes. Que la silla del papa no era la de Pedro el apóstol, y como una reacción natural a las supersticiones de su tiempo en la adoración y veneración de la cruz que impedían al pueblo su rela­ción espiritual con el Cristo Salvador que está en los cielos.

Pedro de Bruys fue apresado mientras estaba predicando en Saint Gilles, cerca de Nimes, y quemado vivo en el año 1124.

Un sucesor notable de Pedro de Bruys fue Enri­que de Lausanne, un piadoso monje del Monasterio de Cluny, el cual fue convertido por Pedro de Bruys diez años antes de su muerte, y continuó predicando hasta el año 1148.

Se nos dice de este predicador, que siempre tenía pasajes adecuados de las Sagradas Escrituras para probar sus afirmaciones.

El pueblo le recibió con admiración porque no estaba acostumbrado a una predicación tan clara del Evangelio por parte de un sacerdote romano en aquellos tiempos, y porque condenaba los abusos y errores del cler0 que la gente repudiaba en su corazón. Así que cuando otros sacerdotes se le oponían, el pueblo solía ponerse de su parte.

Al escuchar sus predicaciones la gente se arrepentía y encomendaba sus vidas. Muchos que vivían en inmoralidad se casaban legalmente. Gran número de mujeres de mala vida quemaba sus vestidos y aderezos cuando fueron convertidas a Dios por sus exhortaciones.

En 1134 fue aprehendido por orden del obispo de Arles y llevado ante el Concilio de Pisa, el cual le condenó a perpetuo silencio y encierro en el Monasterio de Clairvaux, del cual el célebre San Bernardo era abad. Pero Enrique supo escaparse pronto, llevado por su intenso deseo de proclamar la Buena Nueva al mayor número de almas posible. Se cree que la verdad del Evangelio que predicaba le ganó, en el mismo convento, amigos que le facilitaron la fuga. Pronto se le encontró predicando en Toulouse y su región, donde los Albigenses4 eran mayoría, y aunque él predicaba el evangelio puro y no las ideas albigenses, su oposición a Roma predispuso las gentes en su favor.

Notas:

1. Gibbon, Hist. de Roma, vol. 4, pp. 595, 596.

2.   Robinson, Ecc. Resg., pp. 126, 127. 

3.   Nombre que daban estos cristianos al sistema romano.  La corrupción que reinaba en la corte romana en aquellos tiempos es reconocida hoy por los mismos católicorromanos, pues por poco ilustrados que sean, no pueden negar los hehcos de la Historia. Los papas de aquellos tiempos eran hombres tan depravados, tan disolutos y degenerados, que la Iglesia Católica, actualmente, no los aguantaría ni un día más en el pontificado.

4. Nombre dado a estos sectarios, llamados también Cataros —que significa «puros»— durante el siglo xn y parte del xiii, que desde la ciudad de Albi, en Francia, se extendieron por el sur de este país. Las creencias religiosas de los Cataros derivaban del Cristianismo; tenían gran devoción por la figura de Cristo, pero con tendencia maniquea. Rechazaban el Antiguo Testamento, así como la violencia y el pecado en todas las formas, y acusaban a la Iglesia Católica de defender la beligerancia y el poder.

Dice el diccionario Salvat, de origen católicorromano, pero imparcial: Los Cataros procedían de los Bugomiles expulsados de Bulgaria, y arraigaron predominantemente en Provenza y Languedoc. Los predicadores insistían excesivamente sobre el pecado y la condenación eterna. Las autoridades eclesiásticas prohibían la traducción de los Evangelios a las lenguas nacionales; en cambio, la predicación de los Albigenses y su interpretación del Evangelio en lengua popular era, en general, de un nivel culto y elevado, frecuentemente superior al de los predicadores católicos. En el terreno social, los Cataros ponían en entredicho el derecho de propiedad, lo que les dio la adhesión de las clases populares. Desde sus inicios los Albigenses se dividieron en dos escuelas: la de los dualistas moderados, que incorporaba numerosos elementos cristianos y la de los dualistas radicales, en la que predominaban los elementos extracristianos, mayormente maquineos. Algunos escritores modernos han visto en los primeros elementos cristianos evangélicos, confundidos por sus perseguidores con los segundos, ya que para ellos eran igualmente herejes todos los que se oponían a la Iglesia Católica dominante)

Samuel Vila, Origen e historia de las denominaciones cristianas,pp. 30-34,ed. clie

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: