Cuando pensamos en la manera en la que dichas copias fueron realizadas ganamos un entendimiento aún más cercano de lo que realmente son nuestras biblias. Uno de los libros más leídos por los cristianos de los primeros siglos, del segundo al cuarto siglo principalmente, fue el libro del Pastor de Hermas. Muchos cristianos consideraban este libro como parte de las Escrituras, y de hecho está incluido entre los libros del Nuevo Testamento en uno de los manuscritos más antiguos que tenemos hoy, el códice Sinaítico. En este libro un profeta cristiano llamado Hermas recibe una serie de revelaciones de distinto tipo con mensajes para la Iglesia del momento. Una de estas visiones nos proporciona un muy buen ejemplo de lo que significaba copiar textos sagrados en esos primeros siglos. Al comienzo de la segunda visión leemos:

“Yo iba camino a Cumas, en la misma estación como el año anterior, y recordaba mi visión del año anterior mientras andaba; y de nuevo me tomó un Espíritu, y se me llevó al mismo lugar del año anterior. Cuando llegué al lugar, caí de rodillas y empecé a orar al Señor, y a glorificar su nombre, porque me había tenido por digno, y me había dado a conocer mis pecados anteriores. Pero después que me hube levantado de orar, vi delante de mí a la señora anciana, a quien había visto el año anterior, andando y leyendo un librito. Y ella me dijo: ‘¿Puedes transmitir estas cosas a los elegidos de Dios?’ Y yo le contesté: ‘Señora, no puedo recordar tanto; pero dame el librito, para que lo copie’. ‘Tómalo’, me dijo, ‘y asegúrate de devolvérmelo’. Yo lo tomé, y me retiré a cierto lugar en el campo y lo copié letra por letra; porque no podía descifrar las sílabas. Cuando hube terminado las letras del libro, súbitamente me arrancaron el libro de la mano; pero no pude ver quién lo había hecho”

Al decir que ‘no podía descifrar las sílabas’ lo que probablemente quiere decir el autor es que no está especialmente entrenado en el arte de copiar textos. Esta falta era normal: los manuscritos griegos antiguos no tenían signos de puntuación, no se hacía distinción entre mayúsculas y minúsculas, y no se usaban espacios para separar las palabras. Por tanto había cierta dificultad a la hora de leer textos así. Lo normal en casos como el de Hermas era copiar letra por letra, sin preocuparse mucho por lo que se estaba copiando. Y obviamente si no sabes lo que estás copiando es más sencillo cometer errores. Otra sección de este libro nos vuelve a mencionar acerca de ciertas copias que han de hacerse:

“Y después vi una visión en mi casa. Vino la anciana y me preguntó si ya había dado el libro a los ancianos. Yo le dije que no se lo había dado. ‘Has hecho bien’, me contestó, ‘porque tengo algunas palabras que añadir. Cuando haya terminado todas las palabras, será dado a conocer, mediante ti, a todos los elegidos. Por tanto, tú escribirás dos libritos, y enviarás uno a Clemente, y uno a Grapte. Y Clemente lo enviará a las ciudades extranjeras, porque éste es su deber; en tanto que Grapte lo enseñará a las viudas y huérfanos. Pero tú leerás (el libro) a esta ciudad junto con los ancianos que presiden sobre la Iglesia’”

Esta parte se encuentra al final de la segunda visión. Aquí se vuelve a hablar de dos copias más del libro que han de ser enviadas a cristianos en otros lugares. En textos como estos se nos muestra con claridad la práctica llevada a cabo a la hora de copiar libros. Probablemente la práctica era generalizada por toda la región del Mediterráneo. Unos pocos miembros de la Iglesia eran seleccionados como escribas. Algunos de ellos tenían más habilidad que otros. Otros se dedicaban a diseminar los textos. Curiosamente, mientras que fuera de las comunidades cristianas, en el mundo romano en general, los textos eran copiados por escribas profesionales (lo cual significa que los copistas no eran los principales interesados en el texto en sí, sino simples mediadores expertos en el arte de la copia), los copistas cristianos eran precisamente los que los iban a utilizar, es decir, eran los principales interesados en tener copias, bien para sí mismos o bien para sus comunidades u otras comunidades de interés. Los copistas cristianos no eran profesionales que copiaban textos para ganarse la vida, sino más bien gente que podía leer y escribir y que por tanto podía hacer copias. Algunos de ellos eran de hecho los líderes de las comunidades.

Debido a todos estos factores, es de esperar que las copias de textos bíblicos contuvieran muchos errores. Y tenemos evidencias de que esto era así. Uno de los acusadores de la Iglesia primitiva, Celso, critica a la Iglesia con estas palabras:

“Algunos creyentes… llegan incluso a oponerse a sí mismos y alteran el texto original del evangelio tres o cuatro o más veces, y cambian su carácter para permitirles escaparse de ciertas dificultades cuando están siendo criticados”

Aunque esta frase proviene de uno de los enemigos de la Iglesia, es posible que estuviese reflejando algo de verdad. Orígenes, uno de los cristianos de la época, dice lo siguiente:

“Las diferencias entre los manuscritos se han vuelto muy grandes, bien por la negligencia de algunos copistas o bien por la perversión de otros; a veces deciden no chequear de nuevo lo que han copiado, y otras veces, al chequearlo, añaden o eliminan según les parece”

Es evidente que todo esto estaba ocurriendo. Ejemplos bíblicos hay muchos. Encontramos una ilustración interesante de este problema en Hebreos 1:3:

“el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”

La palabra clave aquí es ‘sustenta’. En el códice Vaticano el escriba original tiene otra palabra en ese lugar: ‘manifiesta’. El cambio en el griego es muy pequeño: de PHERON a PHANERON. Al parecer algunos siglos después de esta copia un nuevo escriba decidió cambiar la primera palabra ‘manifiesta’ por otra que tuviera más sentido, es decir, ‘sustenta’. Pero no acaba todo aquí. Unos siglos más tarde otro escriba se dio cuenta del cambio que había sido hecho y borró ‘sustenta’ y escribió ‘manifiesta’. Luego añadió una nota al margen del manuscrito para indicar lo que pensaba acerca del segundo escriba: “¡Tonto y truhán! Deja la lectura antigua, no la cambies”. Quizá este tercer escriba era consciente de que el cambio de una palabra puede en ocasiones significar el cambio de cierta doctrina. Y nuestros Nuevos Testamentos están llenos de cambios realizados en distintos momentos de la historia por distintas razones.

Tomemos por un momento el siguiente texto:

“Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13)

La palabra para Espíritu era PNEUMA, pero en la mayoría de los manuscritos era abreviada como PMA. ¿Existe la posibilidad de que algún escriba se equivocara al copiar este texto y cambiase la palabra ‘bebida’ (POMA) por la palabra Espíritu (PMA)? (sobre todo teniendo en cuenta que dicha palabra aparece en ese mismo versículo solo unos momentos antes). Si es así, ¿basaríamos toda una doctrina acerca del bautismo del Espíritu en un versículo así? ¿No es eso un poco arriesgado? Sin embargo, cosas así se siguen haciendo desde puntos de vista literalistas.

Es comprensible que ante tantas dificultades a la hora de copiar textos algunos escribas terminaran deseando no haber empezado nunca. Este deseo aparece indicado en notas añadidas al final de algunos manuscritos que dicen: “Final del Manuscrito. ¡Gracias a Dios!”. A veces los copistas perdían la atención, se confundían, tenían hambre o sueño. Otras veces simplemente no querían molestarse en poner toda su atención y se les iba el santo al cielo.

¿Qué hemos de hacer ante esta tremenda nube de testigos textuales, ante esta gran masa de manuscritos que han llegado hasta nuestros días, unos distintos de otros? Si amamos la Biblia, ¿no hemos de amarla tal y como es, tal y como nos ha llegado? ¿Acaso hemos de convertirla en algo que no es antes de aceptarla y amarla? Aunque parece obvio que nuestra Biblia está formada por muchos manuscritos distintos y todos ellos importantes (al modo de muchas voces que merecen ser escuchadas), los cristianos hoy día, tanto en seminarios como en iglesias, siguen cerrando sus ojos ante esta realidad e incluso afirmando un literalismo bíblico que en ocasiones clama al cielo.

En el siglo XVIII John Mill publicó un Nuevo Testamento en griego, fruto del trabajo de treinta años amasando variantes textuales. Por aquella época Mill solo disponía de unos cien manuscritos y no era capaz de leer algunos ellos. Para sorpresa y enojo de muchos de sus lectores en aquella época, Mill publicó el texto junto con las variantes textuales que él consideraba importantes (¡ni siquiera mencionó todas las que había encontrado!). En esta edición de su estudio Mill encontró que existían algo así como treinta mil variaciones textuales entre los manuscritos. Como digo no fue un estudio exhaustivo; de hecho Mill había encontrado más de treinta mil. Dejó fuera de su lista, por ejemplo, cambios en el orden de las palabras. Aún así estas treinta mil variantes fueron suficientes como para enfadar a los lectores y provocar una serie de críticas muy subidas de tono. Uno de estos críticos, Daniel Whitby, escribió:

“Me AFLIGE y me desconcierta haber encontrado tanto en el estudio de Mill que parece indicar que el estándar de nuestra fe no está seguro, o al menos que parece otorgar a otros la posibilidad de la duda”

Parte del problema para Whitby era que esta posibilidad de duda podría dar rienda suelta (pensaba él) a la imaginación de la tan odiada Iglesia Católica Romana para declarar que la Biblia, después de todo, proveía una base insegura para la fe. Y seguro que ese es el miedo de muchos cristianos hoy también: si permitimos que esta palabra sea dudada, entonces ¿quién nos dice que el resto de la Biblia no puede serlo? Parecen olvidar estas personas, de nuevo, que nosotros no tenemos la autoridad histórica para elegir qué tipo de Biblia hemos de recibir a través de estos siglos de Cristianismo; simplemente es la que ha llegado a nuestras manos.

Hoy no disponemos de 100 manuscritos, sino de miles. Y el número de variantes en esos miles, como podéis imaginar, se incrementa otro tanto. Me pregunto, honestamente, dónde se encuentra la lógica que apoya al Cristianismo que se basa en la aceptación literal del texto bíblico. Me gustaría que alguien que apoya esa versión de la realidad me explique dónde se encuentra la lógica. Por supuesto, no dudo que haya y que siga habiendo cristianos que acepten esa forma de leer los textos. Y aunque existan cristianos que sigan creyendo en eso, y aunque todos sigamos respetándonos unos a otros como hermanos y hermanas en la fe, ¿no es hora ya de que dejemos de imaginar que aquellos que tratan la Biblia de manera literal lo hacen así porque la aman más que los demás? ¿No está claro y evidente que esto no es así, que solo lo hacen simplemente porque han decidido hacerlo, quizá por sus miedos personales o por sus creencias privadas o qué se yo, pero no porque la Biblia en sí misma se lo esté pidiendo? La Biblia es como es, y no podemos cambiarla. La Biblia no es un libro, sino muchos manuscritos copiados que cambian unos con respeto a otros. El que la quiera leer, que la lea tal y como ella es, con todas las voces que ella contiene. Y el que la quiera leer de otra forma, que al menos no intente decirnos a los otros cristianos que su lectura es la única validá, la única que muestra amor y respeto por Dios.

http://www.lupaprotestante.com/blogs/textoseideas/?p=189