Apologética católica XXIII


Apologética católica XXIII

LAS IMÁGENES

NO DE LOS ASPECTOS más salientes del catolicismo romano es el culto de las imágenes, que se encuentran en todas sus iglesias. Existen imágenes de nuestro Señor, de la Virgen María, de los apóstoles y de muchísimos santos. Todas se proponen como objetos de culto, con todos los menesteres del culto a su alrededor.

En las páginas del Nuevo Testamento o de los escritos cristianos de los primeros siglos no se encuentra precedente alguno para esta práctica. Existen evidencias del uso de los símbolos cristianos desde muy temprano en las catacumbas: un león o un cordero representaba al Señor; una paloma, al Espíritu Santo; un barco, a la iglesia; un áncora, la esperanza; una hoja de palma, la victoria; y así otros. Estos símbolos se usaban también en los anillos para sellar y como decoraciones en los hogares cristianos en vez de los símbolos paganos de los idólatras.

A fines del siglo tercero se pusieron en boga los cuadros para adornar las paredes de los lugares de culto cristiano, y al parecer, ya en el siglo quinto se usaban como medios visuales para instruir a los ignorantes en lugar de la literatura escrita que no podían leer. De esto fue muy fácil pasar a venerarlos o adorarlos como intrínsecamente buenos, debido al decaimiento de la vida espiritual característico de aquel tiempo. Esta práctica fue sancionada por el Concilio de Nicea en 787, que anatematizó a los que se opusieran a ello. Este movimiento encontró, sin embargo, gran resistencia en muchos lugares durante muchos años, hasta que en el año 1562 el Concilio de Trento publicó un nuevo decreto autorizando la colocación y veneración de las imágenes en las iglesias, no como objetos de culto en si mismas, sino como una ayuda para adorar a los que ellas representaban: el culto debía transferirse del objeto a la persona.

Roma justifica el culto a las imágenes diciendo que la prohibición de Exodo 20 no se aplica más que a las divinidades paganas. Para fomentar esta idea une el primero y segundo mandamientos del decálogo, haciendo de los dos uno, y el décimo lo divide en dos para completar el número requerido de diez. Pero este juego de palabras no altera la fuerza de los mandamientos de Dios.

El Exodo 20:3 dice: “No tendrás dioses ajenos delante de mi,” y Col. 3:5 demuestra claramente que esto se aplica no solamente a las imágenes, sino a cualquier cosa que usurpa el lugar de Dios en nuestros corazones: “Avaricia, que es idolatría.” Exodo 20:4, 5 contiene dos prohibiciones:

1.      “No te harás . . .”,

2.      “No te inclinarás a ellas, ni las adoraras.”

 

A estas dos prohibiciones no se les pone condición alguna, y abarcan toda clase de culto falso, sin atender al material de que la imagen está hecha, ni si se supone que representan a Jehová, como era probablemente el caso del becerro de oro de Aarón en el desierto, y de los que levantó Jeroboam en el reino del norte de Israel en época posterior.

El comentario del mismo Moisés sobre estos mandamientos se halla en Deut. 4:15-19:

“Guardad pues mucho vuestras almas: pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego: porque no os corrompáis, y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de algún animal que sea en la tierra, de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que vaya arrastrando por la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra: y porque alzando tus ojos al cielo, y viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, no seas incitado, y te inclines a ellos, y les sirvas, que Jehová tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos.”

Por lo anterior es claro que Dios prohibe el culto a sí mismo bajo cualquier forma, y que la prohibición no se refiere solamente a las divinidades paganas. Roma, por consiguiente, actúa en franca desobediencia al mandato de Dios, al sancionar el culto a las imágenes. No hay necesidad de preguntar si un culto tal tiene aceptación.

Para cohonestar el culto a la cruz y al crucifijo Roma recurre a Juan 19:37: “Mirarán al que traspasaron.” Un comentario reciente dice: “Este versículo predice el uso del crucifijo para mover a los hombres al arrepentimiento de sus pecados y al amor de las heridas del Señor. Algunos de los hombres malvados que estaban mirando a Jesús fueron movidos a tristeza y se arrepintieron, como lo han hecho muchos más en la generaciones sucesivas.” Pero Cristo murió en la cruz, no para mover a los hombres a tener compasión de él. Al dirigirse él al Calvario llevando sobre su cuerpo la pesada cruz, cuando el cuerpo estaba, ya lacerado y sangriento a causa de los crueles latigazos que había recibido, “le seguía una gran multitud de pueblo, y de mujeres, las cuales le lloraban y lamentaban. Mas Jesús, vuelto a ellas, les dice: Hijas de Jerusalén, no me lloréis a mí, mas llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no engendraron, y los pechos que no criaron.” La próxima destrucción de Jerusalén las iba a sumergir en un torbellino de agonía que sería más doloroso que los mismos tormentos físicos de la cruz. La muerte de nuestro Señor tuvo un propósito mucho más alto que el de mover a compasión de sí mismo. Fue el precio de nuestra redención y la única manera en que nos podría alcanzar a nosotros la misericordia de Dios. En Getsemaní él oró así: “Si es posible, pase de mí este vaso.” Pero no fue posible, porque sólo así se podía obtener nuestra salvación. Después de su resurrección dijo él a sus discípulos: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:26, 27).

En el aposento alto mostró a sus discípulos sus manos y sus pies, y dijo a Tomás: “Mete tu dedo aquí, y ve mis manos: y alarga acá tu mano, y métela en mi costado: y no sea incrédulo, sino fiel,” pero no lo hizo para moverlos a compasión, sino con el fin de identificarse, para que se dieran cuenta de que se trataba de él, y no de un fantasma.

Los relatos de la crucifixión de nuestro Señor se hacen en todos los evangelios con el mayor recato acerca de los sufrimientos físicos que él debió sobrellevar. La única referencia que se hace a ellos está en las palabras: “Sed tengo.” Los apóstoles apenas si se refirieron a los sufrimientos de nuestro Señor para mover las emociones de los hombres, al predicar el evangelio. El tema de su predicación era la salvación que su muerte había obrado, y pusieron siempre mucho énfasis en su gloriosa resurrección, como el sello de la misma.

Las representaciones de la muerte de Cristo en la cruz aparecieron primeramente en el siglo quinto, con el propósito de presentar gráficamente los relatos del evangelio, pero no se procuró darles mucho realismo. Esta tendencia no apareció hasta el siglo once, y no se desarrolló sino en el siglo diecisiete, en que un artista español, desentendiéndose de todos los convencionalismos, pintó las agonías mortales del Señor, dando así la pauta a los que le habían de seguir tanto en las representaciones de pintura, como de escultura. Estos intentos de representar realísticamente la agonía de Cristo en la cruz son característicos del catolicismo romano, que apela grandemente a las emociones. Los crucifijos y calvarios, que son tan frecuentes en muchos países católico-romanos, tienden a oscurecer el hecho de que los sufrimientos y muerte expiatoria de nuestro Señor han terminado ya; que resucitó de los muertos, y ahora está sentado a la diestra del Padre, como Señor resucitado y victorioso; que vive para siempre intercediendo por nosotros, y presentando en nuestro favor la sangre preciosa que derramo una vez en la cruz.

La iglesia católico-romana ha hecho con la cruz lo que los israelitas del tiempo de Ezequías hicieron con la serpiente de metal que Moisés había hecho en el desierto: la adoraron. No era más que una reliquia, de setecientos años de antigüedad, que era conmemorativa de la gran gracia de la curación que sus antepasados habían recibido por medio de ella. Pero ahora se había convertido en una trampa para ellos, que habían tornado en ídolo lo que había sido una sombra de los sufrimientos de Cristo en la cruz (Juan :14, 15). A pesar de su antigüedad, de sus asociaciones históricas y de su significado espiritual, él lo hizo pedazos, y lo llamó Nehustán, que quiere decir “cosa de me”?(2 Reyes 18:3, 4).

Cuando nuestro Señor vuelva a la tierra, lo que hará con poder y gran gloria, “Solo Jehová será ensalzado en aquel día, y quitará totalmente los ídolos” (Isa. 2:17, 18); no solamente los ídolos de los paganos, sino también las imágenes, los ídolos de las iglesias, dondequiera se hallen.

“Aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos, sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que le hicieron para que adorase; y se entrarán en las hendiduras de las rocas y en las cavernas de las peñas, por la presencia formidable de Jehová, y por el resplandor de su majestad, cuando se levantare para herir la tierra. Dejaos del hombre, cuyo hálito está en su nariz, porque ¿de qué es él estimado?” (Isaías 2:20-22).

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