APOLOGETICA CATÓLICA VIII


APOLOGETICA CATÓLICA VIII

Capítulo 7 –  LA AUTORIDAD TEMPORAL

EN LOS CAPITULOS ANTERIORES hemos procurado trazar el proceso por el que la iglesia de Roma se trasformó de una iglesia local, de fe y origen verdaderamente apostólicos, en la iglesia de Roma que reclama para sí autoridad espiritual absoluta no sólo sobre las almas de los individuos, sino también sobre todas las demás iglesias dondequiera que estén. Roma va más lejos aun: no sólo reclama la autoridad espiritual, sino también la temporal. Las llaves de Pedro, de oro la una de plata la otra, simbolizan para Roma la supremacía espiritual y secular. Las dos espadas, que Pedro sacó en el jardín de Getsemaní, y de las que, según la interpretación romana, el Señor dijo “Basta” (Luc. 22:38), representan para ellos la misma doble autoridad. Estos dos pasajes, tan arbitrariamente interpretados, son los únicos de toda la Escritura de los que echa mano Roma para apoyar el poder temporal que para sí reclama. La autoridad espiritual es superior a la autoridad secular, y como el papa tiene ambas, por ser sucesor de Pedro, todos los tronos de la tierra tienen que someterse a su dominio. Citemos una vez más del libro Buzón de Preguntas:

“La Iglesia es, a la verdad, un reino espiritual, establecido únicamente para la salvación de la humanidad. El poder temporal de los papas, que duró por varios siglos, no era en manera alguna necesario para el ejercicio de su poder espiritual, puesto que subsiste por razón de su propio derecho divino…. Los católicos han sostenido siempre que para ejercer de hecho su suprema jurisdicción universal como vicarios de Cristo, los papas no deben estar sujetos a ningún príncipe secular. Como declaró Pío IX en 1849: “Los pueblos, los reyes y las naciones no recurrirían con plena confianza y devoción al Obispo de Roma, si vieran que está sujeto a un soberano o gobierno, y no supieran que gozaba de completa libertad” (pág. 165).

El argumento de la “necesidad” de un poder temporal en cualquier forma o manera es sumamente falaz y contrario a las enseñanzas de Cristo y de todo el Nuevo Testamento. Nuestro mismo Señor renunció a toda dependencia del brazo secular cuando dijo a Pedro: “Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomaren espada, a espada perecerán” (Mat. 26:52); y también cuando dijo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo: si de este mundo fuera mi reino, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos: ahora, pues, mi reino no es de aquí” (Juan 18:36).

A los cristianos se les exhorta a someterse a las autoridades seculares, no a manejar el poder temporal; y el mismo Pedro ordena, bajo la inspiración del Espíritu Santo:

“Sed pues sujetos a toda ordenanza humana por respeto a Dios: ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como de él enviados para venganza de los malhechores, y para loor de los que hacen bien. Porque esta es la voluntad de Dios; que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres vanos” (1 Pedro 2:13-15).

El apóstol Pablo es igualmente enfático en su enseñanza:

“Toda alma se someta a las potestades superiores; porque no hay potestad sino de Dios; y las que son, de Dios son ordenadas. Así que, el que se opone a la potestad, a la ordenación de Dios resiste: y los que resisten, ellos mismos ganan condenación para sí. Porque los magistrados no son para temor al que bien hace, sino al malo. ¿Quieres pues no temer la potestad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es ministro de Dios para tu bien. Mas si hicieres lo malo, teme: porque no en vano lleva el cuchillo; porque es ministro de Dios, vengador para castigo al que hace lo malo. Por lo cual es necesario que le estéis sujetos, no solamente por la ira, mas aun por la conciencia. Porque por esto pagáis también los tributos; porque son ministros de Dios que sirven a esto mismo” (Rom. 13:1-7).

Y en otro lugar:

“Amonéstales que se sujeten a los príncipes y potestades, que obedezcan, que estén prontos a toda buena obra” (Tito 3:1).

Es evidente que las potestades superiores a que aquí se hace referencia son los poderes seculares, pues se define como “el rey,” de quien Pedro dice que es supremo, no del papa, que se supone era Pedro, aunque el nombre no aparece sino después de cientos de años, y “gobernadores” que son enviados por él. El rey y los gobernadores son 105 señalados por Dios para gobernar el reino secular, y el que a ellos resiste, resiste a la ordenación de Dios. De la misma manera los ancianos, u obispos, como se les llama con frecuencia en la Escritura y ambos ejercen el mismo oficio, son los ordenados de Dios en el reino espiritual, como dice el apóstol Pedro en su epístola:

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos . . . apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo cuidado de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino de un ánimo pronto; y no como teniendo señorío sobre las heredades del Señor, sino siendo dechados de la grey” (I Pedro 5:1-3).

Ellos tenían la obligación de poner en práctica los primeros, lo que exhortaban a que hicieran los otros. Ellos mismos tenían que estar sujetos a las autoridades seculares, para dar el ejemplo a otros creyentes que Dios había puesto a su cuidado. La historia nos dice cómo la iglesia romana ha fallado completamente en este punto, no de una manera casual, sino deliberadamente. El historiador Hume, escribiendo sobre el estado de costumbres prevaleciente en Inglaterra en tiempos de Tomás Becket, dice:

“Los eclesiásticos de entonces se habían negado a someterse directamente a los magistrados. En caso de una acusación criminal, reclamaron abiertamente la exención de los tribunales de justicia, y poco a poco fueron haciendo extensiva esta exención a las causas civiles.”

En su libro, El Pontificado de Pío IX, publicado en 1851, escribe Nicolini:

“En asuntos criminales el juez en lo civil no tiene Jurisdicción alguna sobre una persona relacionada directa o indirectamente con la iglesia…. Ni los mismos sirvientes del obispo, prelado o cardenal, ni siquiera sus esposas, están sujetos a los tribunales laicos. Podrán insultar, robar y matar, pero nadie tiene la facultad de castigarlos sino el obispo.”

Este principio se aplicó también en los Estados Pontificios hasta que fueron libertados del yugo de Roma.

Pero volvamos al principio: la pretensión de Roma al poder temporal corrió parejas con su usurpación de la autoridad espiritual, porque las circunstancias que fomentaron su arrogancia y poder crecientes eran las mismas. Su decadente vida espiritual, creciente prestigio político y riquezas bajo el patronato de Constantino, la quiebra del poder civil con la invasión de los bárbaros en el siglo quinto, y el traslado del trono imperial a Constantinopla, dejando a Roma sin una autoridad civil fuerte, fueron circunstancias aunadas en las manos de hombres que supieron aprovecharse de estas oportunidades para afirmar la autoridad de la iglesia. Al finalizar el siglo octavo el papa confirió a las fundaciones eclesiásticas privilegios que les dieron pie para introducirse en la jurisdicción secular. Nicolás I (851-867), con la ayuda de las famosas Falsas Decretales, que se suponía se remontaban al tiempo de Clemente (91-100), aseguró con éxito la sujeción de los poderes seculares a la iglesia. Gregorio VII (1073-1085), conocido comúnmente con el nombre de Hildebrando, se propuso elevarse a sí mismo en forma absoluta sobre toda autoridad secular, e hizo que el trono papal fuera el dueño absoluto del mundo.

Hildebrando ganó la más notable victoria, en su lucha con el Emperador Enrique IV de Alemania, al poner a éste en entredicho. Al ser excomulgado y destronado, y sus súbditos absueltos del deber de la obediencia, el Emperador se vio obligado a poner a un lado su dignidad real, atravesar los Alpes hasta lo que hoy es territorio italiano, y viajar en el crudo invierno de 1077, descalzo y descubierta la cabeza, vestido con áspera indumentaria penitencial, hasta el palacio papal, a cuya puerta tuvo que estar golpeando durante tres días antes de que se le diera entrada.

La meta que se había propuesto Hildebrando en su pontificado, la alcanzó finalmente Inocencio III (11981226), en cuyo tiempo el sistema papal medioeval alcanzó su cenit, y el papa fue reconocido como el depositario de todo poder en la tierra, tanto secular como sagrado. En una bula publicada en 1302 por Bonifacio VIII, se declaró que el monarca no puede hacer uso de la espada de la autoridad temporal sino a juicio y con el permiso del papa.

Pero las tornas se cambiaron y vino después una reacción contra estas pretensiones. Felipe de Francia consiguió su independencia como soberano. Con la muerte de Bonifacio desapareció virtualmente el papado medioeval como una monarquía universal, y a pesar de sus altivas pretensiones, el papado no ha podido volver a ejercer su autoridad sobre los gobiernos civiles de Europa. Enrique VIII de Inglaterra rompió con el papa en el asunto de la supremacía romana. Nadie cree que hubiera un motivo espiritual al reclamar así su independencia, pero tampoco hubo nada de espiritual de parte de Roma. Lo que Enrique pretendió fue ser señor en su propia casa. En el año 1570 el papa puso en entredicho a Isabel, la hija de Enrique, absolviendo a sus súbditos del deber de obediencia. Ella hizo caso omiso del papa y continuó gobernando a pesar de él, y aun sus mismos súbditos católico-romanos se pusieron con ella frente a la dominación romana. El poder temporal de los papas ha ido declinando desde los días de la Reforma.

El papa ejerció dominio absoluto en la ciudad de Roma y todo lo que entonces se conocía con el nombre de Estados Pontificios hasta el año 1870 y, como era de esperar, su gobierno fue una autocracia completa. El pueblo carecía de todos los derechos democráticos y de toda autoridad en los asuntos gubernamentales. Unicamente tenían los derechos y privilegios que el papa les concedía a su discreción y siempre estaban expuestos a que se los cancelara arbitrariamente. Todo el gobierno se hallaba en las manos de la iglesia, es decir, de los sacerdotes, y estos lo ejercían en su propio beneficio más bien que en favor del pueblo. Los decretos y normas de gobierno que eran necesarios se promulgaban en las bulas papales en latín, que no era entendido por el pueblo, o eran sencillamente proclamados. Los cardenales, los arzobispos y obispos, y aun los mismos sacerdotes, formaban una clase privilegiada. Si algunos entre las clases populares se atrevían a apelar contra alguna decisión opresiva, o leer la Biblia protestante, o aun libros de historia no aprobados por el papado, eran llevados a los tribunales eclesiásticos y juzgados como por ofensas criminales. No es de extrañar, por consiguiente, que en 1849 se rebelaran e intentaran deponer al Papa. Este tuvo que huir en busca de seguridad, y no pudo regresar hasta el año siguiente en que los ejércitos romanos de Francia, Austria y España enviaron sus tropas para instalarle de nuevo y darle la protección necesaria para reasumir el gobierno. A pesar de ello, el Papa promulgó en 1864 una serie de ordenanzas, que hicieron ver que no había cambiado su deseo de gobernar como monarca absoluto. No mencionaremos más que tres.

1.      Ningún gobierno puede poner límites a los privilegios y autoridad de la Iglesia: este poder ha sido conferido a la misma iglesia (es decir, al papa) y ella lo ejerce con o sin el concurso del gobierno secular.

2.      Si la autoridad de la Iglesia se hallare en conflicto con la autoridad del gobierno secular, éste debe someterse a la autoridad de la Iglesia.

3.      La Iglesia ejercerá su autoridad en el gobierno tanto directa como indirectamente.

No es necesario agregar que, frente a tales reclamaciones de la autoridad papal en los asuntos seculares, los súbditos de los Estados Pontificios recibieron con buena gana, como rey de la nueva Italia, al Rey de Cerdeña, que entró en la ciudad de Roma el año 1870. Los Estados Pontificios y otros territorios adyacentes entraron a formar el Reino de Cerdeña, constituyéndose así la Italia de hoy día, con Roma por su capital. Al hacerse un plebiscito, algo más tarde, el noventa por ciento de la población aprobó el nuevo régimen.

A pesar de que el papa reside aún en el Vaticano, su territorio, que antes abarcaba unas 1750 millas cuadradas (unos 2800 Km. 2), con cerca de tres millones de habitantes, entró a formar parte del territorio del nuevo rey. Esto no obstante, la iglesia romana siempre está tratando de volver a conseguir el poder temporal “directa o indirectamente,” como dice la ordenanza de 1864.

Después de apoderarse del poder, Mussolini hizo un tratado con el Vaticano por el que se reconoce el extremo noroeste de la ciudad de Roma, con una área de unas 108 hectáreas en las que se levanta el Vaticano, juntamente con unas cincuenta hectáreas más que ocupan los edificios eclesiásticos, un palacio y la estación de radio, como estado soberano del Vaticano, con su propio servicio postal, moneda, periódicos, servicio de cable y un ferrocarril, que rara vez se usa. Aunque es el estado más pequeño del mundo, tiene sus representantes oficiales en muchas, si no en todas las capitales extranjeras, y por medio de ellos y de un vasto programa educacional en cada país procura influenciar el pensamiento y la vida de más de trescientos millones de adherentes. Para la mayor parte de ellos el papa no es simplemente una cabeza espiritual, sino que es un monarca absoluto que reúne en sus manos la autoridad gubernamental y el poder legislativo, judicial y ejecutivo. El tiene autoridad suprema tanto en su pequeño reino como en la iglesia que gobierna, y no tiene obligación de dar a conocer a nadie sus propósitos. Nadie, ni siquiera los cardenales, le puede pedir razón de lo que hace. Al ser coronado se le recuerda que se va a sentar en el trono de San Pedro, y que es pontífice supremo, no sólo en Roma, sino en todo el mundo. El Colegio de cardenales ayuda al papa en la administración de la iglesia; las funciones de los cardenales son importantes, pero no son más que subordinados. El Papa limitó el número de cardenales a setenta en 1576, pero rara vez ha alcanzado ese número. En teoría no se reconocen fronteras nacionales en el nombramiento de los cardenales, pero de hecho siempre han predominado los italianos. El nuevo papa es elegido por el Colegio de cardenales en votación secreta. Durante la elección no se les permite a los cardenales buscar información o comunicar su modo de pensar a los demás, y la votación sigue día tras día hasta que uno de los candidatos ha reunido el número de votos requerido. No es menester que el nuevo papa forme parte del Colegio, pero desde el año 1378 no ha sido elegido ninguno que no fuera cardenal.

¿Qué uso ha hecho Roma de la supremacía espiritual y temporal que reclama? La respuesta la dan la historia de la persecución de Juan Hus y sus seguidores, de la Inquisición en España y Holanda, de la persecución y matanza de los Hugonotes en Francia, los mártires marianos en Inglaterra y otras muchas páginas que están bañadas en sangre. Cuando Roma no puede negar esto, dice que también ha habido persecuciones protestantes, para defenderse. Esto es verdad hasta cierto punto, y cuando es verdad, los protestantes reconocen libremente el mal que han hecho, pero Roma, no. El número de romanistas que sufrieron a manos de los protestantes fue insignificante comparado con el de los que sufrieron en las persecuciones romanistas.

Roma no puede perseguir hoy día como lo hizo en tiempos pasados, por el espíritu de democracia libertad que predomina, pero el siguiente extracto tomado de Baptist Times del 4 de Julio de 1957, demuestra que su espíritu no ha cambiado:

“Algunos misioneros de la Cruzada de Evangelización Mundial informan que en Victoria, Caldas, Colombia, mientras un anciano gobernante estaba celebrando la Santa Cena, entró un sacerdote, arrojó al suelo de un golpe el vino que el anciano tenía en sus manos e insultó a todos los presentes. Más tarde llegaron las autoridades para ayudar al sacerdote a llevar a los evangélicos al local de la escuela y los encerraron allí. Una turba de fanáticos, armados con palos, los esperaba al salir libres a la mañana siguiente, y aunque los golpearon y maltrataron, pudieron arreglárselas para salir de allí.

“En el distrito rural de Samana el sacerdote y su ‘fuerza de policía’ ahuyentaron a los evangélicos de sus propias casas, mientras el sacerdote daba órdenes de que “no quede vivo ningún protestante.” Los perseguidores consiguieron agarrar a Belarmina Tabares Alvarez, señorita de 24 años, y su cuerpo fue hallado más tarde en las aguas del río Tasajo.”

Estos atropellos y el crimen fueron instigados por los sacerdotes de la iglesia católico-romana, hombres que pueden y de hecho administran los sacramentos romanos con la autoridad papal, y pronuncian la absolución a todos los que les confiesan sus pecados. ¿Es responsable de esto el Papa? El es la cabeza absoluta de la iglesia, y no puede alegar ignorancia, pues en la posición que ocupa y con los medios de que dispone, él debe estar al tanto de ello. Pero Roma ha demostrado que sigue siendo la misma enemiga implacable de todos los que no se someten a sus dictámenes, no sólo en estos dos casos sino en muchos otros. La única razón por la que no ejerce este despotismo en los países cultos, como el nuestro, es porque no puede. Se alzarían para condenarla no sólo los protestantes y hombres de mundo en general, sino hasta hombres y mujeres de su misma fe.

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