APOLOGETICA CATÓLICA VII


APOLOGETICA CATÓLICA VII

Capítulo 6 –  LA ÚNICA VERDADERA IGLESIA

CREO EN LA SANTA IGLESIA CATOLICA.” Este artículo del Credo Apostólico es aceptado tanto por los protestantes como por los católicos, de todo corazón y sin reservas. La expresión “santa iglesia católica” no se encuentra en la Escritura, pero el significado que encierra es profundamente bíblico.

Todos los cristianos han de convenir en que la primera referencia que se hace a ello, fue hecha por nuestro mismo Señor en Mat. 16:18: “Sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.”

Cristo es el que edifica: “Edificaré.”

Se trata de su iglesia: “Mi iglesia.”

El es la piedra fundamental: “Sobre esta piedra.” Aun los mismos católico-romanos admiten que “piedra” se refiere primariamente a Cristo, aunque afirman que Pedro es la piedra fundamental secundaria, lo que los protestantes no admiten, si se aplica solamente a Pedro separado de los otros apóstoles.

Más adelante la palabra “iglesia” se usa en dos sentidos: el primero refiriéndose a la iglesia universal, y en algunos lugares a la iglesia o iglesias locales. El contexto es el que generalmente decide cuál de ellas es. Por ejemplo, en Mat. 18:17 la frase “dilo a la iglesia,” después que había ya pasado el período de infancia de la iglesia, no se pudo referir sino a la comunidad local de los cristianos, puesto que el asunto que requería atención, que eran las dificultades surgidas entre dos hermanos, era puramente local. La persecución que se originó después de la muerte de Esteban afectó principalmente a la iglesia de Jerusalén (Hechos 8:1), pero más tarde nos encontramos con Pablo, predicando ya la fe que antes había tratado de destruir, “confirmando las iglesias” en Siria y Cilicia. A medida que avanza el evangelio, se forman iglesias en muchos lugares de diferentes países, y se hace alusión a ellas como la iglesia de Dios en tal o cual lugar individualmente, o colectivamente como “iglesias“; por ejemplo, en Rom. 16:16: “Las iglesias de Cristo os saludan.” Las iglesias locales, sin embargo, no dejan de formar parte de la única verdadera iglesia, porque geográficamente se hallen separadas la una de la otra. Como veremos más adelante, la santa iglesia católica, la iglesia universal, no es solamente la suma total de todas las iglesias locales. Es más y es menos, porque incluye algunos que, como el ladrón moribundo, no fueron recibidos nunca a la membrecía de una iglesia visible en la tierra, y otros muchos que han estado en la iglesia visible pero nunca han sido verdaderos creyentes.

Recurramos a los pasajes del Nuevo Testamento que se refieren evidentemente a la iglesia universal, aunque no se use en ellos la palabra “iglesia,” y coloquémoslos tal cual se encuentran en las Escrituras.

Rom. 12:3-5:

“Digo pues por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con templanza, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno. Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, empero todos los miembros no tienen la misma operación; así muchos somos un cuerpo en Cristo, mas todos miembros los unos de los otros.”

I Cor. 12:13:

“Empero hay repartimiento de dones; mas el mismo Espíritu es. Y hay repartimiento de ministerios; mas el mismo Señor es. Y hay repartimiento de operaciones; mas el mismo Dios es el que obra todas las cosas en todos.”

I Cor. 12:12:

“Porque de la manera que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, empero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un cuerpo, así también Cristo. Porque por un Espíritu somos todos bautizados en un cuerpo, ora judíos o griegos, ora siervos o libres; y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.”

1 Cor. 12:27-31:

“Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros en parte. Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero doctores; luego facultades; luego dones de sanidades, ayudas, gobernaciones, géneros de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos doctores? ¿todos facultades? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿hablan todos lenguas? interpretan todos? Empero procurad los mejores dones, mas aun yo os muestro un camino más excelente.”

Efe. 1:22, 23:

“Sometió todas las cosas debajo de sus pies, y diolo por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que hinche todas las cosas en todos.”

Efe. 2:13-22:

“Mas ahora en Cristo Jesús, vosotros (los gentiles) que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación (de judíos y gentiles); dirimiendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos en orden a ritos, para edificar en si mismo los dos en nuevo hombre (el cristiano), haciendo la paz. Y reconciliar por la cruz con Dios a ambos en un mismo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino, y anunció la paz a vosotros que estabais lejos (los gentiles) , y a los que estaban cerca (los judíos): que por él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino juntamente ciudadanos con los santos, y domésticos de Dios; edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo; en el cual, compaginado todo el edificio, va creciendo para ser un templo santo en el Señor: en el cual vosotros también sois juntamente edificados, para morada de Dios en Espíritu.”

Efe. 3:8-10:

“A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, es dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que crió todas las cosas. Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la iglesia a los principados y potestades en los cielos.”

Efe. 3:14-21:

“Por esta causa doblo mis rodillas al Padre de nuestro Señor Jesucristo, del cual es nombrada toda la parentela en los cielos y en la tierra, que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser corroborados con potencia en el hombre interior por su Espíritu. Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones; para que, arraigados y fundados en amor, podáis bien comprender con todos los santos cuál sea la anchura y la longuera y la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, por la potencia que obra en nosotros, a él sea gloria en la iglesia por Cristo Jesús, por todas edades del siglo de los siglos. Amén.”

Efe. 5:25-27, 32:

“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla limpiándola en el lavacro del agua por la palabra, para presentársela gloriosa para sí, una iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha…. Este misterio grande es: mas yo digo esto con respecto a Cristo y a la iglesia.”

Se podrían mencionar otros pasajes más, pero estos son suficientes para presentarnos un cuadro de la santa iglesia católica, inspirado divinamente en el Nuevo Testamento, en la cual creemos nosotros, como se afirma en el Credo Apostólico, y a la cual pertenecemos con gratitud como individuos creyentes en Cristo. Habiendo sido llamados por el evangelio y llevados al arrepentimiento y la fe por su mensaje, hemos recibido al Señor Jesucristo como nuestro propio Salvador, conforme a la Escritura: “A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios.” (Juan 1:12, 13). Nosotros, por nuestra fe, hemos sido sellados con el Espíritu Santo individualmente, el cual es las arras de nuestra herencia. (Efe. 1:13, 14). Hemos sido bautizados en el cuerpo de Cristo por ese mismo Espíritu. Ese cuerpo es su iglesia universal, y juntamente con todos los verdaderos creyentes hemos sido hechos miembros de ese cuerpo del cual Cristo es la cabeza (1 Cor. 12:12-13). Es una sola familia, “los domésticos de la fe,” en el cielo y en la tierra, la iglesia triunfante juntamente con la iglesia militante, en la que todas las distinciones de raza o nacionalidad, religión o rango social son absorbidos por esta nueva relación celestial.

¿Encajaría la iglesia católico-romana de la historia, tal cual nosotros la conocemos hoy día en el mundo, en el cuadro de la única verdadera iglesia de Dios que se nos presenta en el Nuevo Testamento? Uno se siente inclinado a preguntar si es que existe alguna similaridad, cuando se tiene en cuenta su absoluta falta de base escrituraria para esa jerarquía de papas y cardenales, arzobispos y obispos, sacerdotes, frailes y monjas; sus esfuerzos para conseguir dominio espiritual y temporal, su apetito por las riquezas y gloria terrenales, sus tergiversaciones de la doctrina, sus supersticiones y sus inmoralidades tan frecuentes, bajas y vergonzosas. En la misma pregunta va ya encerrada la respuesta, pues es inconcebible que se pueda dar una respuesta afirmativa. Y sin embargo, Roma afirma aun hoy día que es la verdadera y única santa iglesia católica, fuera de la cual no hay salvación.

 

¿Cómo se explica este tremendo y extraño fenómeno de una iglesia con un carácter tal reclamando para sí tales prerrogativas? Podrían escribirse y de hecho se han escrito ya muchos volúmenes sobre este asunto. Aquí no podemos más que darle una ligera mirada.

Probablemente la iglesia de Roma, como otras iglesias también, podría hacer remontar su origen al día de Pentecostés, pues se nos dice en Hechos 2:10 que en el día del nacimiento de la iglesia cristiana había allí “extranjeros de Roma, judíos y prosélitos” entre la gran multitud que oyó el sermón de Pedro. Es posible, y aun probable, que entre aquellos extranjeros de Roma hubiera algunos que se volvieron al Señor y se contaron entre los 3000 que fueron bautizados.

La primera información positiva la encontramos en la epístola de Pablo a la iglesia de Roma. El hecho de que escribiera un tratado tan importante como esta epístola a los cristianos de Roma indica la alta estima en que los tenía, y de hecho así lo dice él mismo. Habla de ellos como “amados de Dios,” y dice que su fe “es predicada en todo el mundo” (Rom. 1:8), y que él da gracias a Dios por ellos. A pesar de que no había visitado Roma aún, cuando escribió esta epístola, menciona veinticinco de ellos por su nombre, algunos de los cuales él conocía íntimamente. Por lo visto se había encontrado con ellos en alguna otra parte.

La iglesia no era perfecta, por eso deseaba ir hasta ellos para repartir con ellos algún don espiritual, para confirmarlos (Rom. 1:8-12). Necesitaban que se les pusiera en alerta contra el orgullo espiritual (Rom. 12:3). La advertencia fue muy oportuna, como lo demostraron los hechos posteriores. Les exhortó a que fueran cariñosos los unos con los otros, previniéndose con honra los unos a los otros, sufridos en la tribulación, constantes en la oración, etc. Pero en general eran evidentemente buenos y sinceros cristianos.

Algunos años más tarde cuando él llegó a Roma en calidad de prisionero, un grupo de estos cristianos caminaron unas treinta millas hasta las Tres Tabernas para darle la bienvenida, “a los cuales, como Pablo vio, dio gracias a Dios” (Hechos 28:15). Algunos de los hermanos se hicieron más celosos en la predicación del Evangelio cuando, más tarde, observaron su valor en la adversidad. Lo hicieron por puro amor.

Pero este cuadro tuvo también otro lado, pues no faltaron algunos que hacían profesión de cristianos y que también predicaban el evangelio con creciente celo, pero con malos motivos, pues, aprovechándose de la forzosa inactividad de Pablo, trataron de aumentar su influencia en la iglesia y deliberadamente procuraron “añadir aflicción a sus prisiones” (Fil. 1:15-16). Si eran cristianos, no obraron como Cristo obró. Y aun en aquella primera etapa de la iglesia hubo falsos hermanos que se introdujeron en la comunidad del pueblo de Dios. Jerusalén tuvo su Ananías y Safira (Hechos 5:1-11), y Samaria su Simón Mago, cuyo corazón no andaba recto en la presencia de Dios, de modo que no pudo tener parte en la verdadera iglesia católica (Hechos 8:21).

El apóstol Juan escribe de algunos que “salieron de nosotros, mas no eran de nosotros; porque si fueran de nosotros, hubieran cierto permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que todos no son de nosotros” (I Juan 2:19). No debe sorprendernos, por consiguiente, encontrar la misma cosa en la iglesia de Roma. Escribiendo a Timoteo, Pablo dice: “Demas me ha desamparado, amando este siglo” (2 Tim. 4:10). Había sido colaborador de Pablo (Filemón 24), pero al final demostró su falsedad.

Para conocer la historia posterior de la iglesia de Roma tenemos que recurrir a otras fuentes, y la información que se tiene es muy fragmentaria. En los tiempos post-apostólicos había tres patriarcados: Roma, Alejandría y Antioquía. Cada uno de ellos era independiente del otro, pero cuando actuaban conjuntamente, el de Roma tomaba la preferencia, porque ésta era la sede del gobierno secular. El prestigio de la iglesia de Roma creció, cuando entraron a la iglesia algunas personas ricas y de influencia, entre las que se contó el mismo Emperador Constantino. La riqueza de éstos se usó liberalmente para socorrer a los necesitados y oprimidos en otros lugares. Hablando en general, su teología era entonces ortodoxa, y otras iglesias, en las que se suscitaban disputas, buscaban la ayuda de Roma hasta que, con el tiempo, sus decisiones tomaron el carácter no de mero arbitraje, sino que se les dio fuerza de ley.

La palabra “papa,” como título distintivo del obispo de Roma, surgió en el siglo quinto, que es cuando comenzó en realidad la historia del papado. La idea de la supremacía universal de Roma tuvo su origen en Inocencio I (402-417), y León I puso en realización el plan. Las invasiones de los bárbaros en ese siglo, al echar por tierra las instituciones civiles, sirvieron para incrementar la influencia de la sede romana, y al trasladar el emperador el asiento de su gobierno a Constantinopla en 476, el papa se convirtió en la principal figura de la Europa occidental. Gregorio I (590-604) se distinguió por sus empresas misioneras, y especialmente por la misión que mandó a Inglaterra. Al terminar el siglo octavo el papa había establecido su derecho a prescindir de la observancia de la ley canónica. Había asumido las prerrogativas de metropolitano universal y obligó a la iglesia occidental a apelar a Roma en todos los asuntos de importancia. La superioridad del papa sobre cualquier concilio general se promulgó definitivamente en el Concilio de Florencia en el año 1439, y desde entonces no ha sido disputada por ningún concilio. A pesar de fuertes protestas, la autoridad absoluta del papa sobre los concilios no sólo fue confirmada en el Concilio Vaticano de 1870, sino que se ratificó la nueva doctrina de la infalibilidad papal, haciendo de esta manera superflua la convocación de otro concilio general.

De esta manera hemos trazado, valiéndonos de las páginas de la historia, el proceso por el cual la iglesia de Roma del tiempo de Pablo se convirtió, más bien degeneró, a pesar de sus riquezas, poder y gloria mundanales, en lo que es la iglesia católico-romana de nuestros días, lo que constituye la negación más patente del pensamiento de Dios sobre lo que debe ser la santa iglesia católica en el Nuevo Testamento.

No puede uno menos de traer a la memoria la parábola de la mostaza de nuestro Señor:

“El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que tomándolo alguno lo sembró en su campo: el cual a la verdad es la más pequeña de todas las simientes; mas cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas” (Mat. 13:31-32).

Las aves del aire que han venido a alojarse en las anchas ramas de este arbusto convertido en árbol de la iglesia de Roma son muchas y malas.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: