APOLOGETICA CATÓLICA VI


APOLOGETICA CATÓLICA VI

Capítulo 5 –  LA SUCESIÓN PAPAL

ES CASI SUPERFLUO DETENERSE a examinar más detenidamente la estructura de la supremacía papal levantada sobre la base de la declaración romana, una vez que ya ha sido deshecha no con razonamientos humanos, que son débiles en el mejor de los casos, sino con las afirmaciones de la Santa Escritura y de la irrefutable lógica de los hechos históricos. Se hace necesario, sin embargo, volverla a examinar, ya que se ha propagado tan amplia y amenazadoramente en los siglos pasados, y aun hoy día ejerce su influencia sobre millones y millones de almas en todo el mundo.

La iglesia católico-romana sostiene que el apóstol Pedro fue el primer obispo de Roma y, por consiguiente, el primer papa. ¿Qué apoyo se encuentra para ello en la Escritura? Absolutamente ninguno. Roma no señala más que un solo versículo, pero su aplicación depende exclusivamente de la interpretación que Roma da a su significado. Se halla en I Ped. 5:13, que dice:

“La iglesia que está en Babilonia, juntamente elegida con vosotros, os saluda.” La Santa Madre Iglesia dice que Babilonia representa la Roma pagana, y puesto que ella reclama para sí la infalibilidad en la interpretación de las Escrituras, tal afirmación tiene valor de prueba para ella, ya que Pedro envió saludos de la iglesia en Babilonia. Esta “prueba” bíblica podrá satisfacer completamente a la jerarquía romana, pero no satisface a los que rechazan la infalibilidad de las enseñanzas de Roma. Y no deja de ser curioso que esta epístola de Pedro sea la única entre todas las epístolas del Nuevo Testamento en la que el lugar donde se dice que fue escrita sea diferente del que en ella misma se declara llanamente.

Concediendo, aunque no sea más que por vía de argumento, que Pedro se hallaba de hecho en Roma cuando escribió esta epístola, en la Escritura no hay prueba alguna de que residiera allí como obispo o papa. En la primera parte del libro de los Hechos encontramos una relación detallada, aunque no completa, de los movimientos de Pedro, pero ya no se le vuelve a mencionar después del capítulo 15. Los últimos capítulos son, naturalmente, el relato del progreso del evangelio entre los gentiles, y Pedro era el apóstol de los judíos, de modo que no nos debe causar sorpresa el que no se le mencione en esta historia. Pero si, como afirma Roma, él era entonces obispo y papa de Roma, no deja de ser extraño que su nombre no figure en el relato de Lucas, especialmente si se tiene en cuenta que este relato termina en la misma Roma.

Aquí Roma recurre a la tradición, aduciendo un número de referencias a su trabajo y martirio allí. Una de las tradiciones dice que Pedro fue a Roma el año 42 y que fue allí obispo por veinticinco años, lo cual es imposible si hemos de dar crédito a lo que dicen muchos historiadores, algunos de ellos católico-romanos. Según el Nuevo Testamento, Pedro estaba en la cárcel poco antes de la muerte de Herodes, cuya fecha se da comúnmente como el año 44 (Hechos 12:1-16). Nueve años más tarde se encontraba en el Concilio de Jerusalén (Hechos 15:7). No mucho tiempo después Pablo se opuso a él en Antioquía, porque rehusaba tener trato con los creyentes gentiles incircuncisos (Gál. 2:11-16). Es, además, muy improbable que Pablo hubiera escrito a la iglesia de Roma, como lo hizo, si Pedro se hubiera encontrado allí (Rom. 1:5, 6 y 1:1316). Ni se hubiera sentido Pablo constreñido tan urgentemente a ir allí (Rom. 1:9-12), porque esto hubiera sido obrar contra la línea de acción y plan de trabajo que se había trazado, que era” no edificar sobre ajeno fundamento” (2 Cor. 10:16; Rom. 15:20). Es evidente que Pedro no se hallaba en Roma cuando Pablo escribió su epístola a aquella iglesia en el año 58, pues no hace referencia alguna a él, aunque sí habla del deseo que tiene de ver a los creyentes para repartir con ellos algún don espiritual (Rom. 1:11). Pablo menciona además veintisiete discípulos creyentes en Roma por su propio nombre, ¿es concebible que no mencionara a Pedro, si se encontraba allí? Cuando Pablo llegó a Roma, algunos hermanos le salieron a recibir. Si Pedro se encontraba entre ellos ¿no hubiera mencionado el hecho Lucas? Si, como Roma afirma, Pedro ya había estado allí dieciocho años, ¿no es de suponer que la comunidad judaica de Roma hubiera sabido más acerca del cristianismo de lo que en realidad sabía? (Hechos 28:17-22). Aun más, mientras se hallaba Pablo en Roma escribió cartas a las iglesias de Filipos, Colosas y Efeso, y también a Filemón. En estas cartas menciona los nombres de muchos que se encontraban allí y que trabajaban con él en el evangelio, pero ni una palabra acerca de Pedro (Fil. 4:21, 22, Col. 4:l0-14, Filemón 23, 24) . Después de algunos años Pablo fue puesto en la cárcel de Roma por segunda vez, y al escribir a Timoteo durante esta su segunda prisión, dice: “Lucas solo está conmigo” (2 Tim. 4:11); y a continuación: “n mi primera defensa ninguno me ayudó, antes me desampararon todos” (2 Tim. 4:16). ¿Como es posible creer que Pedro hubiera abandonado a Pablo, si se encontraba allí? Es evidente, por consiguiente, que Pedro no estuvo en Roma en aquellos años, y ¿cómo pudo desempeñar el oficio de Obispo de Roma?

Roma da de mano toda esta evidencia con su acostumbrado dogmatismo. Ultimamente el Papa hizo una declaración oficial acerca del hallazgo del esqueleto sin cabeza de Pedro en el sótano de la famosa Basílica de Roma, aunque la información dada a la Prensa Unida Británica (British United Press) por el Vaticano admite que los entendidos no afirman de a quién pertenecen esos huesos. Según se puede colegir de Juan 21:18, 19, y la tradición de la primitiva iglesia, Pedro no fue decapitado, sino crucificado. En respuesta a la pregunta:” Qué pruebas se pueden dar de que San Pedro fue Obispo de Roma en alguna ocasión?”, Roma dice (Buzón de Preguntas, “Cuestión Box,” pág. 145):

“El hecho de que San Pedro fue Obispo de Roma no ha sido divinamente revelado, pero sí es un hecho dogmático, es decir, una verdad histórica tan cierta y tan íntimamente unida al dogma de la primacía que cae bajo la autoridad de la enseñanza divina e infalible de la Iglesia. El Concilio Vaticano definió como artículo de fe que Pedro aún vive, preside y juzga en la persona de sus sucesores, los obispos de Roma.”

De modo, pues, que Pedro fue Obispo de Roma, por definición papal, y aun más vive, preside y juzga en la persona de sus sucesores, los obispos de Roma, a pesar de reconocer la falta de revelación divina.

Demos una mirada a esta línea de sucesores, que dicen en alguna parte que fue “ininterrumpida.” Para poder hacer una afirmación semejante, sería de esperar naturalmente que tal línea de sucesores tuviera títulos tan claros y seguros que fuera imposible rebatirlos, y que no quedara la posibilidad de dudar alguno de ellos, pues la consistencia de la cadena descansa en la fuerza de cada uno de sus eslabones.

La lista de los papas, que reclaman para sí el trono de Roma, varía, pues en muchas ocasiones históricas hubo varios rivales que lo reclamaron. La Enciclopedia Católica contiene una lista de 259 papas, en la que se pone a Pedro como el primero, Lino (cf. 2 Tim. 4:21) como el segundo, y Clemente (Fil. 4:3) como el cuarto. A los ll primeros nombres, que cubren el tiempo desde la muerte de Pedro hasta el año 165, se les agrega un signo de interrogación, indicando que para ellos falta la certeza histórica. ¿Cómo es posible que haya incertidumbre acerca de los que ocuparon el oficio de Vicario de Cristo y Cabeza de la Iglesia? (cf. Luc. 20:2). ¿Dónde está la “sucesión ininterrumpida”?

La lista de los mil años siguientes contiene numerosos vacíos, llegando en algunas ocasiones a haber dos, y a veces tres papas rivales, cada uno de los cuales reclamaba para sí la autoridad y trataba de ejercer el poder.

A veintinueve de ellos se los califica de “pretendientes.” Hubo una época en que los falsos papas usurparon el trono papal durante cuarenta años, en los que la mayor parte de los países de Europa se alistaron unos con uno y otros con otro, sin atreverse el concilio de la iglesia a decidir por el uno o por el otro. La solución final se obtuvo cuando fueron depuestos ambos contendientes y se designó uno papa completamente nuevo. Basta ya con lo dicho acerca de la “sucesión ininterrumpida,” sobre la que hoy día basa Roma su derecho a la autoridad.

Consideremos ahora la índole moral de algunos de estos sucesores, que está probada con toda veracidad. El Papa Juan XI fue el hijo ilegítimo del Papa Serio III y de una mujer infame y malvada, llamada Marocia. El sobrino de Juan XI, Juan XII, un monstruo de maldad, subió al papado a la edad de dieciocho años por la influencia del partido toscano, que dominaba entonces en Roma. Sus orgías y crueldad fueron tales que fue depuesto por el Emperador Otón, a petición del 21:18, 19, y la tradición de la primitiva iglesia, Pedro no fue decapitado, sino crucificado. En respuesta a la pregunta: “¿Qué pruebas se pueden dar de que San Pedro fue Obispo de Roma en alguna ocasión?” Roma dice (Buzón de Preguntas, “Question Box,” pág. 145):”El hecho de que San Pedro fue Obispo de Roma no ha sido divinamente revelado, pero sí es un hecho dogmático, es decir, una verdad histórica tan cierta y tan íntimamente unida al dogma de la primacía que cae bajo la autoridad de la enseñanza divina e infalible de la Iglesia. El Concilio Vaticano definió como artículo de fe que Pedro aún vive, preside y juzga en la persona de sus sucesores, los obispos de Roma.” De modo, pues, que Pedro fue Obispo de Roma, por definición papal, y aun más vive, preside y juzga en la persona de sus sucesores, los obispos de Roma, a pesar de reconocer la falta de revelación divina. Demos una mirada a esta línea de sucesores, que dicen en alguna parte que fue “ininterrumpida.” Para poder hacer una afirmación semejante, sería de esperar naturalmente que tal línea de sucesores tuviera títulos tan claros y seguros que fuera imposible rebatirlos, y que no quedara la posibilidad de dudar alguno de ellos, pues la consistencia de la cadena descansa en la fuerza de cada uno de sus eslabones. La lista de los papas, que reclaman para sí el trono de Roma, varía, pues en muchas ocasiones históricas hubo varios rivales que lo reclamaron. La Enciclopedia Católica contiene una lista de 259 papas, en la que se pone a Pedro como el primero, Lino (cf. 2 Tim. 4:21) como el segundo, y Clemente (Fil. 4:3) como el cuarto. A los ll primeros nombres, que cubren el tiempo desde la muerte de Pedro hasta el año 165, se les agrega un signo de interrogación, indicando que para ellos falta la certeza histórica. ¿Cómo es posible que haya incertidumbre acerca de los que ocuparon el oficio de Vicario de Cristo y Cabeza de la Iglesia? (cf. Luc. 20:2). ¿Dónde está la “sucesión ininterrumpida” La lista de los mil años siguientes contiene numerosos vacíos, llegando en algunas ocasiones a haber dos, y a veces tres papas rivales, cada uno de los cuales reclamaba para sí la autoridad y trataba de ejercer el poder. A veintinueve de ellos se los califica de “pretendientes.” Hubo una época en que los falsos papas usurparon el trono papal durante cuarenta años, en los que la mayor parte de los países de Europa se alistaron unos con uno y otros con otro, sin atreverse el concilio de la iglesia a decidir por el uno o por el otro. La solución final se obtuvo cuando fueron depuestos ambos contendientes y se designó uno papa completamente nuevo. Basta ya con lo dicho acerca de la “sucesión ininterrumpida,” sobre la que hoy día basa Roma su derecho a la autoridad. Consideremos ahora la índole moral de algunos de estos sucesores, que está probada con toda veracidad. El Papa Juan XI fue el hijo ilegítimo del Papa Sergio III y de una mujer infame y malvada, llamada Marocia. El sobrino de Juan XI, Juan XII, un monstruo de maldad, subió al papado a la edad de dieciocho años por la influencia del partido toscano, que dominaba entonces en Roma. Sus orgías y crueldad fueron tales que fue depuesto por el Emperador Otón, a petición del pueblo de Roma. Entre los pecados que se le imputaron figuran el crimen, el perjurio, el sacrilegio y el incesto. Al decírsele que contestara a estos cargos, contestó el Papa Juan:

“Juan, siervo de los siervos de Dios, a todos los obispos. Tenemos entendido que queréis nombrar otro papa. Si este es vuestro propósito, os excomulgo a todos vosotros en el nombre del Todopoderoso, a fin de que no tengáis poder para ordenar a otro, y ni siquiera podáis celebrar la misa.”

El emperador y el concilio depusieron, sin hacer caso de sus amenazas, a “este monstruo sin ni siquiera una virtud para expiar sus muchos vicios,” como le calificaron los obispos del concilio.

El Cardenal Baronio, uno de los más influyentes defensores del papado, refiriéndose a estos hechos, dice:

“¿Qué espectáculo más inmundo ofrecía la Santa Iglesia Romana, cuando en la corte de Roma mandaban las prostitutas más viles y poderosas, que con sus arbitrarias decisiones creaban o hacían desaparecer las diócesis, se consagraban los obispos, y, lo que es aun más vergonzoso, se colocaban en la silla de San Pedro falsos papas, sus amantes.”

Tal vez se pregunte, ¿por qué se sacan ahora a relucir hechos tan repugnantes, después de haber pasado tantos cientos de años? “El amor cubre una multitud de pecados.” ¿No hubiera sido más cristiano dejarlos sepultados en el olvido que se merecen? El escribir acerca de ellos da náuseas, y también el tenerlos que leer. Pero a lo que deseamos llamar la atención aquí es al hecho de que el nombre de Juan XII figura todavía en la lista regular de los papas, a través de la cual llega hasta el papa actual la ininterrumpida cadena de la autoridad apostólica. Leamos el siguiente extracto del Catecismo del Concilio de Trento:

“Teniendo en cuenta que los obispos y sacerdotes son, por decirlo así, los intérpretes y embajadores de Dios, que en el nombre de Dios enseñan a los hombres la ley divina y las normas de vida, y que representan personalmente al mismo Dios en la tierra, es evidente que su ministerio es tal que no se puede concebir uno más alto. Ellos tienen en sus manos el poder del Dios Inmortal entre nosotros” (Catecismo del Concilio de Trento, pág. 120).

En vista de las vidas infames de tales hombres y de otros que se podrían mencionar, ¿puede darse mayor blasfemia contra el Dios santo que decir que “representan personalmente al mismo Dios en la tierra, y que tienen en sus manos el poder del Dios inmortal entre nosotros?” Sin embargo, a tales vilezas nos conduce la doctrina romanista de la sucesión papal apostólica.

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