APOLOGETICA CATÓLICA V

APOLOGETICA CATÓLICA V

Capítulo 4 –  EL APÓSTOL PEDRO

ANTES DE ENTRAR a examinar en detalle las muchas prerrogativas que reclama para sí la iglesia católico-romana, se hace necesario considerar lo que esa iglesia reclama para el apóstol Pedro, pues es precisamente en esto en lo que se basan las exigencias de Roma a la supremacía. Ningún verdadero cristiano, protestante o romanista, desearía quitar al apóstol la más mínima parte del honor que le corresponde como apóstol, y aun más como el líder natural entre sus hermanos. En los Evangelios, el libro de los Hechos y aun en sus dos cortas epístolas se nos presenta como una personalidad imponente. Es una figura altamente simpática, llena de interés natural, porque con frecuencia encontramos en nosotros mismos el eco de sus características y aun en las personas que nos rodean. Es hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne. Lo que está en tela de juicio no es lo que Pedro reclamó para sí mismo, pues él nos exhorta a la humildad, después de haber llegado a ser el más humilde de todos, bajo la disciplina de la mano de su Señor. Veámosle al principio de su discipulado a los pies de Jesús: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Luc. 5:8). Veámosle también en la casa de Cornelio, levantándole a éste y diciéndole : “Levántate; yo mismo también soy hombre” (Hechos 10:26) . Y oigámosle ya en su edad madura, casi al terminar su carrera, escribiendo a los creyentes judíos que estaban esparcidos en las iglesias del Asia Menor:

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de las aflicciones de Cristo” (sus pensamientos se vuelven al triste día en que negó tres veces a su Señor), “que soy también participante de la gloria que ha de ser revelada. Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo cuidado de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino de un ánimo pronto; y no como teniendo señorío sobre las heredades del Señor, sino siendo dechados de la grey. Y cuando apareciere el príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria. Igualmente, mancebos, sed sujetos a los ancianos; y todos sumisos unos a otras, revestíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos pues bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce cuando fuere tiempo” (I Pedro 5:1-6).

No, no tenemos que ocuparnos de lo que Pedro reclamó para sí, sino con las prerrogativas completamente falsas y exageradas que hombres posteriores a él le han atribuido, porque sin ellas no hubieran podido fundamentar el derecho a la supremacía e infalibilidad que ellos reclaman para sí mismos. El Señor reprendió a sus propios discípulos, cuando éstos estaban disputándose los mejores puestos en el Reino, diciendo:

“Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad. Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor; y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo: Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mat. 20:2-28).

La iglesia romana llama a Pedro el “príncipe de los apóstoles” y exalta a él y a sus sucesores a un trono que dice ser más alto que el de todos los príncipes seculares. ¿Puede haber cosa más ajena a la mente de Cristo o a la del mismo apóstol Pedro? Si él estuviera en la tierra sería el primero en rechazar tal honor.

La iglesia romana recurre en apoyo de su derecho a la supremacía a Mat. 16:17-19. después de la declaración de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente,” Jesús le dijo:

“Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos. Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”

El hilo del pensamiento es como sigue:

Pedro era la piedra sobre la que iba a ser levantada la iglesia.

A él le fue entregado el poder de las llaves, lo que significa que él solo podría abrir la puerta del reino de los cielos.

El solo podría atar y desatar.

El llegó a ser el primer obispo de Roma, con lo que designó aquella ciudad como el centro del gobierno eclesiástico y espiritual de todas las iglesias del mundo.

Y, finalmente, toda la autoridad dada a Pedro ha ido pasando por sucesión ininterrumpida a una larga línea de obispos y papas, todos ellos vicarios de Cristo en la tierra hasta nuestro días.

En este capítulo nos ocuparemos de los argumentos que se relacionan con el apóstol Pedro, y dejaremos para otro capítulo los relacionados con los que se llaman sus sucesores. A. Se afirma que Pedro fue la piedra en que iba a levantarse la iglesia.

Hay aquí un juego de palabras entre Pedro y piedra, que aunque se derivan de la misma palabra griega, difieren entre sí. La primera, PETROS, de la que se deriva Pedro, Significa un pedazo de piedra suelta, como la que una persona podría arrojar a otra; la segunda PETRA, indica una roca fija y permanente. “Tú eres PETROS,” un pedazo de piedra, “y sobre esta PETRA,” una roca fija y permanente, “edificaré mi iglesia.”

Pedro no tuvo nada de roca permanente, de modo que era mal fundamento para un edificio. Casi inmediatamente después de haber recibido la recomendación del Señor, tuvo que ser reprendido con una severidad que nos sorprende por haber dicho, “Señor, en ninguna manera esto te acontezca,” cuando Cristo les había hablado de sus próximos sufrimientos y muerte: “Quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; porque no entiendes lo que es de Dios sino lo que es de los hombres” (Mat. 16:21-23).

De los ochenta y cuatro padres de la primitiva iglesia, solamente dieciséis creyeron que el Señor se refirió a Pedro cuando dijo: “Esta piedra.” Los demás se dividen en su opinión, diciendo unos que se refirió a Cristo, otros al testimonio de Pedro acerca de Cristo o a todos los apóstoles. De modo que si recurrimos a los padres de los primeros cuatro siglos, tenemos que rechazar lo que Roma reclama. Es completamente imposible creer que Dios hubiera podido permitir que una doctrina tan fundamental como esta, si es que en realidad es su verdad, permaneciera hundida en la oscuridad e incertidumbre por tanto tiempo, para ser re descubierta solamente por los jefes de la iglesia católico-romana cuando éstos estaban luchando siglos después para dejar establecida su autoridad.

Veamos lo que sobre esto mismo nos dicen otros lugares de las Escrituras.

Cuando los judíos del tiempo de Cristo se negaron a aceptar el mesianismo que él reclamaba para sí, él les dijo: “¿Nunca leísteis las Escrituras: La piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue hecha por cabeza de esquina: por el Señor es hecho esto, y es cosa maravillosa en nuestros ojos?” (Mat. 21:42).

Cuando los mismos jefes judíos preguntaron a Pedro con qué poder y en qué nombre curó al paralítico de la Puerta Hermosa del templo, les dijo:

“Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, al que vosotros crucificasteis y Dios le resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este es la piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:10-12).

El apóstol repite este mismo pensamiento en su epístola, refiriéndose a Cristo como la piedra:

“Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en ella no será confundido” (I Pedro 2:6).

Es el mismo Pedro, no otro, el que indica al Señor Jesús como la piedra fundamental. No hace ni la menor sugerencia a sí mismo. El apóstol Pablo, escribiendo a la iglesia de Efeso, dice:

“Mas ahora en Cristo Jesús, vosotros (los gentiles) que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación; dirimiendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos en orden a ritos, para edificar en sí mismo los dos en un nuevo hombre, haciendo la paz, y reconciliar por la cruz con Dios a ambos en un mismo cuerpo, matando en ella las enemistades. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino juntamente ciudadanos con los santos, y domésticos de Dios; edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo; en el cual, compaginado todo el edificio, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Efe. 2:13-22).

Aquí encontramos que Cristo as la principal piedra del ángulo; pero tenemos también un fundamento secundario, que es casi lo mismo que Roma afirma, pues en la pág. 149 de “The Question Box” (Buzón de Preguntas) dice:

“Cristo es el divino fundador de la iglesia y su piedra principal; Pedro fue la piedra secundaria por nombramiento divino.”

Pero no es esto precisamente lo que dice el mensaje a los Efesios, sino que dice: “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas.” En estos queda naturalmente incluido Pedro, pero como uno de los del grupo del que formaban parte también todos los apóstoles y todos los profetas. El fundamento secundario lo forman él, los apóstoles y los profetas, pero no él solo. B. La iglesia católico-romana reclama para Pedro otra segunda característica, basándose en el pasaje Mat. 16:17-19. A él le fueron dadas las llaves del reino de los cielos. Por cierto que sí, y él las supo usar muy bien, pues en el día de pentecostés tuvo el singular privilegio de abrir la puerta del reino a una gran multitud de judíos y prosélitos que se habían reunido en Jerusalén para la fiesta, cuando tres mil almas entraron y recibieron el don del espíritu Santo como sello del perdón (Consúltese Efesios 1:13: “En el cual esperasteis también vosotros en oyendo la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salud: en el cual también desde que creísteis, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.”) Después que la puerta fue abierta una vez, no necesitó ser abierta de nuevo. Más tarde Pedro, el apóstol que en un principio fue a los judíos, tuvo por segunda vez el privilegio de abrir en Cesarea la puerta de la fe al mundo gentil, cuando Cornelio y otros gentiles con él, creyendo, fueron salvos y recibieron el don del Espíritu Santo. Tampoco esta puerta necesita ser abierta por segunda vez. Vale la pena decir de paso que Pedro, con su educación y prejuicios judíos, parece que fue reacio a abrir esta segunda puerta y por eso, lo mismo que lo había hecho después de su gran declaración en Cesarea de Filipos, trata de argüir con Dios, diciendo: “No, Señor,” y por segunda vez es reprendido por su osadía: “Lo que Dios limpió, no lo llames tú común” (Hechos 10:148). El Señor dijo a Pedro: “A ti te daré las llaves,” porque había dos puertas, y Pedro abrió ambas. ¿Puede darse coincidencia más singular? A. Aún se reclama una prerrogativa más para Pedro: el poder de atar y desatar.

“Todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra, será desatado en los cielos.” (Mat. 16:19).

Está muy bien; pero Pedro sólo lo podía hacer en las condiciones puestas por Dios, y estas condiciones fueron precisadas por el mismo Señor. Leamos:

“Mas después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, y diciendo: El tiempo es cumplido, y el reino de Dios está cerca: arrepentías y creed al evangelio” (Mar. 1:14-15).

Las condiciones indispensables sobre las que se ofrece el perdón al pecador y éste le recibe, son el arrepentimiento y la fe. Las puso el mismo Señor, y el apóstol Pedro las predicó e hizo énfasis en ellas.

“Y Pedro les dice: arrepentías, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hechos 2:38).

“arrepentías y convertías, para que sean borrados vuestros pecados” (Hechos 3:19).

“A éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43).

Nuestro Señor usó estas mismas palabras en relación con atar y desatar en otras dos diferentes ocasiones. Una fue en Mat. 18:15-18, cuando dijo hablando a sus discípulos:

“Por tanto, si tu hermano pecare contra ti, ve, y redargúyele entre ti y él solo: si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo uno a dos, para que en boca de dos o de tres testigos conste toda palabra. Y si no oyere a ellos, dilo a la iglesia: y si no oyere a la iglesia, tenle por étnico y publicano. Todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo.”

Este pasaje se refiere primeramente al hermano que ofende, pero el principio del perdón es el mismo, con la particularidad, sin embargo, de que las palabras del Señor no se dirigen aquí solamente a Pedro, sino a todos los apóstoles. La congregación de la iglesia participa también de este poder de atar y desatar, y en esta ocasión se da como fundamento de la autoridad, no la presencia de Pedro o de los apóstoles, sino la del mismo Cristo:

“Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mat. 18:20).

El otro pasaje se halla en Juan 20:21-23, y fue después de la resurrección. Los católico-romanos dicen que fue en esta ocasión cuando no sólo le fue prometida a Pedro la autoridad de atar y desatar, sino que le fue dada de hecho; pero precisamente en esta oportunidad las palabras fueron dirigidas no solamente a Pedro sino a todos los apóstoles. Comparando, además, este pasaje con su paralelo de Luc. 24:33-48, encontramos que se hallaban también presentes los dos discípulos de Emaús, porque mientras ellos hablaban, se presentó el Señor Jesús en medio de ellos y les mostró las huellas de sus heridas, según lo relata Juan. De modo que Cleofas y su compañero recibieron también el mismo poder. Pedro lo recibió, es cierto; y también los demás apóstoles; y en los tiempos posteriores también la iglesia.

Afirma, además, la iglesia de Roma, basándose en su propia interpretación de la Escritura, la cual obliga a todos, que la autoridad dada a Pedro se ha de entender como el poder de perdonar y retener los pecados en el sacramento de la penitencia. Así lo declara el Concilio de Trento:

“Cualquiera que afirme que las palabras del Señor y Salvador, ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a los que se los retuviereis, les serán retenidos,’ no se han de entender como el poder de perdonar y retener los pecados en el sacramento de la penitencia, sino que las restringe a la autoridad de predicar el evangelio en oposición a la institución de este sacramento, sea anatema.” (Concilio de Trento, Sesión XIV.)

Los cristianos protestantes creen y sostienen que lo que el Concilio de Trento anatematiza es la pura verdad de Dios apoyada por la clara enseñanza de las Santas Escrituras; pero no tienen miedo a los anatemas de Roma, porque “la maldición sin causa nunca vendrá” (Prov. 26:2 y 2 Sam. 16:12). Ni en una sola ocasión se nos dice en los Hechos de los Apóstoles o en las epístolas que Pedro o alguno de los demás apóstoles usara la fórmula “Yo te absuelvo,” como lo manda Roma, sino que predicaron siempre y únicamente alguna parte del evangelio:

“Séaos pues notorio, varones hermanos, que por éste os es anunciada remisión de pecados; y de todo lo que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en este es justificado todo aquel que creyere” (Hechos 13:38, 39).

Roma recurre a tres pasajes de las Escrituras para apoyar la afirmación que hace de la primacía de Pedro sobre los otros apóstoles. El primero es Mat. 16:18, 19, del que ya nos hemos ocupado. El segundo es Luc. 22:31, 32: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandaros como a trigo; mas yo he rogado por ti que tu fe no falte: y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” El tercero es Juan 21:15-17, con su triple repetición, “¿Me amas?”, y su triple mandato, “Apacienta mis ovejas.” Los protestantes en todas partes y de manera absoluta niegan que el Señor prometiera o de hecho confiriera a Pedro la primacía en ninguna de estas ocasiones. No es necesario repetir lo que ya se ha dicho al hablar de Mateo 16. En Luc. 22:31, 32, el Señor oró especialmente por Pedro, no porque le iba a conferir una nueva responsabilidad, sino porque el Señor preveía el ataque que Satanás iba a hacer a Pedro, y la peculiar debilidad de éste para resistir el ataque y la facilidad de ser él vencido a causa de la confianza que tenía en sí mismo: “Aunque todos te negaren, yo jamás te negaré.” Jesús vio que, en la misericordia de Dios, su caída y su experiencia del amor de Dios perdonándole, le capacitarían mejor para fortalecer a otros en la tentación. En Juan 21:15-17, la pregunta del Señor penetró tres veces en el corazón de Pedro, porque había negado tres veces a su Señor, Su triple mandato, “Apacienta mis ovejas,” no fue para conferirle la primacía; todas las circunstancias en que se desarrolló la escena están en contra de esa idea. No cabe duda de que pretendió el Señor restaurarle públicamente en el apostolado, para que él y los otros apóstoles tuvieran la certeza de que, a pesar de su caída, el Señor no le había abandonado, sino que aún le había de utilizar en su servicio. Esto difiere mucho de constituirle Cabeza de la Iglesia Militante y Príncipe de los Apóstoles. La interpretación forzada que Roma hace de las Escrituras, respaldada con los anatemas sobre los que se niegan a aceptar su punto de vista, no hace más que demostrar los apuros en que se encuentra para hallar apoyo bíblico para sus reclamos, sin el cual se ve precisada a recurrir enteramente a los decretos papales y decisiones conciliares. Es cierto que el nombre de Pedro aparece repetidamente a la cabeza de la lista de los apóstoles, pero en ninguna parte de la Escritura se nos dice que se le diera un puesto superior ni en dignidad ni en autoridad. Su carácter impetuoso y su facilidad para hablar y para actuar le trajeron inevitablemente alguna prominencia y a veces también dificultades.

Se encuentran en la Escritura muchas indicaciones que nos hacen ver que Pedro nunca ocupó el puesto de príncipe de los apóstoles. Leemos, por ejemplo, en Hechos 8:14, que los apóstoles enviaron a Samaria a Pedro y a Juan, dando a entender que Pedro no fue más que uno de los apóstoles: éstos le enviaron, él fue. Nuestro Señor dijo: “El siervo no es mayor que su señor, ni el apóstol es mayor que el que le envió” (Juan 13:16). Después que regresó de Cesarea a Jerusalén, algunos hermanos de esta iglesia le dijeron que no había procedido bien al visitar y comer con hombres incircuncisos. Pedro, en vez de reprenderlos, como lo hubiera podido hacer si hubiera sido príncipe entre ellos y cabeza de la iglesia, les explicó las circunstancias del caso humilde y modestamente (Hechos ll:l-18). Cuando ciertos creyentes judíos fueron a Antioquía y sembraron allí la semilla de la discordia, toda la iglesia delegó a Pablo y Bernabé con otros hermanos para que fueron a Jerusalén y se vieran con los apóstoles y ancianos. No enviaron a Pedro, como lo hubieran hecho si éste hubiera sido cabeza de la iglesia. La decisión fue tomada, no por Pedro, sino por toda la iglesia, aunque el mismo Pedro tomara parte en la discusión. Las cartas no fueron remitidas en el nombre de Pedro, sino en el nombre de los apóstoles y hermanos ancianos, y llevadas por hombres elegidos, no por Pedro, sino por la iglesia (Hechos 15:1-29).

Pedro escribió dos epístolas, pero en ninguna de ellas ni siquiera sugiere que ocupase un puesto de autoridad suprema. Se llama a sí mismo anciano, y se dirige a sus hermanos ancianos; pero no les da orden alguna sino que en su segunda epístola escribe: “Carísimos, yo os escribo ahora esta segunda carta, por las cuales ambas despierto con exhortación vuestro limpio entendimiento; para que tengáis memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y de nuestro mandamiento, que somos apóstoles (nótese el plural) del Señor y Salvador” (2 Pedro 3:1-2).

Cualquiera que dijera que era de Pablo o Apolo o Cefas (Pedro) o adoptaba para sí cualquier nombre humano era considerado por Pablo como sectario y sembrador de división en la iglesia (I Cor. 1:12).

En su segunda epístola a los Corintios ll:5, Pablo dice: “Cierto pienso que en nada he sido inferior a aquellos grandes apóstoles.” Podemos estar seguro de que Pablo no hubiera escrito esto bajo inspiración divina, si Pedro hubiera sido realmente la cabeza oficial de la iglesia.

El efecto de las Escrituras que se aducen contra la doctrina romana de la primacía del apóstol Pedro y los errores que de ella se derivan tienen una fuerza de prueba acumulativa, que no puede ser destruida.

Cristo, no Pedro, es la piedra fundamental en la que está construida la iglesia.

Solo él puede perdonar el pecado por derecho de su muerte expiatoria en la cruz. Pedro, como instrumento de Dios, recibió el privilegio de abrir la puerta de la fe tanto a judíos como a gentiles.

Nunca recibió ni ocupó un puesto de gobierno sobre los demás apóstoles. “Uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos vosotros sois hermanos” (Mat. 23:8 y 10).

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