¿Es posible ser feliz en un mundo infeliz?

¿Es posible ser feliz en un mundo infeliz?

por leonardo boff 

No podemos dejar de preguntar: ¿Cómo ser feliz en un mundo infeliz? Más de la mitad de la población mundial está sufriendo, viviendo por debajo del nivel de la pobreza. Hay terremotos, tsunamis, huracanes, inundaciones y sequías. En Brasil 5.000 familias detentan el 46% de la riqueza nacional. En el mundo, 1.125 multimillonarios individuales poseen una riqueza igual o superior a la riqueza del conjunto de países donde vive el 59% de la humanidad. El calentamiento planetario despertó el fantasma de graves amenazas contra la estabilidad del planeta y el futuro de la humanidad. Ante este cuadro, ¿Es posible ser feliz? Sólo podemos ser felices junto con los otros. Es importante reconocer que estas contradicciones no invalidan la búsqueda de la felicidad. La búsqueda es permanente, aunque sus resultados sean exiguos. Ello nos obliga a hacer un discurso crítico y no ingenuo sobre las oportunidades de felicidad posible. 

En la reflexión anterior sobre este mismo tema, enfatizamos el hecho de que la felicidad sostenible es solamente la que nace del carácter relacional del ser humano. Y seguidamente, la que aprende a buscar la justa medida en las contradicciones de la condición humana. Feliz es quien consigue aceptar la vida tal como es, escribiendo derecho sobre renglones torcidos. Profundizando la cuestión, podemos ahora reflexionar sobre lo que significa ser feliz y estar feliz. Pedro Demo, en mi opinión una de las mejores cabezas de la inteligencia brasileña, fue quien mejor estudió entre nosotros la Dialéctica de la Felicidad (3 tomos, 2001). Él distingue dos tiempos de la felicidad, y lo acompañamos en eso: el tiempo vertical y el tiempo horizontal. El vertical es el momento intenso, extático y profundamente realizador: el primer encuentro amoroso, haber pasado en un concurso de oposición difícil, el nacimiento del primer hijo. La persona está feliz. Es un momento impactante, muy realizador, pero pasajero.

El horizontal es el que se extiende por el día a día, como la rutina con sus limitaciones. Manejar sabiamente los límites, saber negociar con las contradicciones, sacar lo mejor de cada situación: eso hace a la persona ser feliz.

Tal vez el matrimonio nos sirva de ilustración. Todo empieza con el enamoramiento, la pasión y la idealización del amor eterno, lo que lleva a querer vivir juntos. Es la experiencia de estar feliz. Pero, con el pasar del tiempo, el amor intenso cede el paso a la rutina y a la reproducción de un mismo tipo de relaciones con su desgaste natural. Ante esta situación, normal en una relación a dos, hay que aprender a dialogar, a tolerar, a renunciar y a cultivar la ternura sin la cual el amor se extenúa hasta convertirse en indiferencia. Aquí es donde la persona puede ser feliz o infeliz. Para ser feliz a lo largo del tiempo se necesita invención y sabiduría práctica. Invención es la capacidad de romper la rutina: visitar a un amigo, ir al teatro, etcétera. Sabiduría práctica es saber desproblematizar las cuestiones, aceptar los límites con levedad, saber rimar dolor con amor. Si no se hace eso, se es infeliz toda la vida.

Estar feliz es un momento. Ser feliz es un estado prolongado. Éste se prolonga porque es siempre recreado y alimentado. Alguien puede estar feliz siendo infeliz, es decir, tiene un momento intenso de felicidad (momento) como el reencuentro con un hermano que escapó de la muerte, igual que puede ser feliz (estado) sin estar feliz (momento), es decir, sin que le suceda algo arrebatador.

La felicidad participa de nuestra incompletez. Nunca es plena y completa. Hago mía la brillante metáfora de Pedro Demo: “La felicidad participa de la lógica de la flor: no hay cómo separar su belleza de su fragilidad y de su ajamiento”.

http://www.noticiasdenavarra.com/ediciones/2008/07/29/opinion/d29opi5.1320937.php

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El camino al hogar

El camino al hogar

He aquí los elementos clave por medio de los cuales nos llegamos a reconciliar con el Padre. Todos y cada uno de ellos tienen una importancia vital. Si uno solo de ellos estuviera ausente, podría impedir que nuestra relación fuera completa.

Nuestra situación: Lo primero que necesitamos comprender es que estamos separados de Dios. El abismo que nos separa de Él es ancho y profundo. Heredamos por nacimiento un defecto fatal. Como consecuencia, hemos vivido independientes de Él. La Biblia destaca esta realidad tan desoladora: “Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”. Si no podemos aceptar el hecho de que el pecado nos separa de Dios, nunca llegaremos espiritualmente al hogar, porque no sentiremos la necesidad de un Salvador.

El remedio de Dios: En segundo lugar, necesitamos tener una comprensión muy clara de quién es Jesús, y qué ha hecho Él por nosotros, para poder poner en Él nuestra fe con toda confianza. Jesús fue quien nos hizo de puente sobre el abismo que nos separaba de Dios. En palabras del apóstol Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Jesús no sólo era un buen hombre, un gran maestro o un inspirado profeta. Él vino a la tierra como el Cristo y el Hijo de Dios. Nació de una mujer virgen. Llevó una vida sin pecado. Murió. Fue sepultado. Resucitó al tercer día. Ascendió a los cielos, y allí se convirtió en Señor nuestro.

La muerte y resurrección de Jesús a favor nuestro satisfizo las exigencias de Dios: una provisión completa para eliminar nuestro pecado. Este Jesús, y sólo Él, reúne las cualidades para ser el remedio de mi pecado y el suyo.

Nuestra respuesta: arrepentirnos y creer.

El arrepentimiento personal es vital en el proceso de transformación. La palabra “arrepentimiento” significa literalmente “un cambio en la manera de pensar”. Consiste en decirle al Padre: “Quiero acercarme a ti y apartarme de la vida que he llevado independientemente de ti. Te pido perdón por lo que he sido y lo que he hecho, y quiero cambiar de manera permanente. Recibo tu perdón por mis pecados”.

En este punto, son muchos los que experimentan una notable “purificación” de cosas que se habían ido acumulando toda una vida, todas ellas capaces de degradar el alma y el espíritu de una persona. Sintamos o no el perdón de Dios, si nos arrepentimos, podemos tener la seguridad total de que estamos perdonados. Nuestra confianza se basa en lo que Dios nos ha prometido, y no en lo que nosotros sintamos.

Llegamos a una relación personal con el Señor cuando tomamos la mayor decisión de la vida: el punto crítico del que hablamos antes. Esa decisión consiste en creer que Jesús es el Hijo de Dios, el que murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó de entre los muertos, y como consecuencia, recibirlo por Salvador y Señor. Cuando creemos de esta forma, nos convertimos en hijos de Dios. Está prometido expresamente en el evangelio de Juan: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).

¿Quisiera recibir a Jesucristo como Salvador? Si quiere hacerlo, puede hacer una oración como ésta:

“Jesús, te necesito. Me arrepiento de la vida que he llevado alejado de ti. Te doy gracias porque moriste por mí en la cruz para cargar con el castigo de mis pecados. Creo que tú eres el Hijo de Dios, y ahora te recibo como Salvador y Señor. Consagro mi vida a seguirte.”

¿Hizo esta oración?

http://www.lapreguntagrande.com/way_home.html?gclid=CKmM5s2U5JQCFQOIFQodt3z7SA

Los asuntos de la Iglesia

De Revolutionibus

Los asuntos de la Iglesia

Algo hay en el sentido de las cosas que impulsa a nombrarla con mayúscula. Iglesia. Me refiero, claro está, a la iglesia católica, acaso por aquello de la condición de Estado que ostenta el Vaticano. Hay pocos ejemplos tan controvertidos como determinantes en el devenir social de todas las épocas. No solamente de una de ellas. Su determinación proviene, justamente, del hecho religioso humano. Un hecho al que se opta, o como sucede en nuestra sociedad más reciente, se rechaza, en un momento dado de la vida. Pero la Iglesia está ahí, siempre se manifiesta. Convertida en Estado, casi en ideología política, la ética que promueve, con un concepto de la moral humana basada en proyectar tras la muerte la recompensa por los actos producidos en vida, tarda mucho en cambiar. Cuando cambia. Sus movimientos son lentos, parsimoniosos, contradictorios e incoherentes con los tiempos. Sus movimientos, en verdad, corresponden no a su función social, sino a la función divina para la que se siente impelida.

En su, como siempre, clarividente análisis sobre la dura réplica de la Santa Sede a las peticiones de derecho decisorio dentro de la Iglesia, Enric Sopena enfatiza en un hecho que, siendo en sí mismo anecdótico, es de una relevancia enorme. Un hecho que parangona la esencia misma del Vaticano, tan poco tolerante con las contestaciones sociales y las necesidades humanas que no desean ni quieren ser satisfechas por el consuelo divino. Un hecho que, como viene sucediendo desde hace ya muchos años, ejemplifica la enorme distancia que media ya entre la Iglesia y el devenir de la historia. No comprenden, no acaban de comprender acaso nunca, que los cambios sociales no pueden ser frenados. Que siendo una Iglesia fuerte y ejecutiva, ellos mismos iniciaron hace muchas décadas su propio cambio social. Que éste ya ha cumplido su vigencia. Que el mundo reclama una Iglesia más cercana al sufrimiento real que a la ideología, más humana que espiritual, una Iglesia que, sin tener que abandonar su apostolado o su fe, encuentre fortaleza en el corazón del hombre cuya existencia es primero terrenal y luego, acaso, para quien así lo crea, eterna.

Especial atención merece el hecho, tan destacado como absurdo, de la continuada relegación de la mujer ante el hombre en lo que, a cuestiones eclesiales, se refiere. Porque uno puede empecinarse en mantener convicciones tradicionales, arcaicas, de una obsolescencia desigual y peregrina. Pero no advertir que la lenta y profunda agonía de la Iglesia, que no es otra que la inagotable crisis de fe en que vive el mundo desarrollado del siglo XXI, proviene justamente de su distancia ante quienes nutren la Iglesia, los propios feligreses, es casi un suicidio.

Vive la Iglesia muy feliz bajo el amparo de los gobiernos, siempre tan precavidos en no promover rupturas con un poder fáctico, que en tal cosa hace tiempo en que la Iglesia se convirtió. Cuando se ve amenaza, gusta de ahondar en su propia facticidad (que diría Heidegger) al tiempo que olvida, interesadamente, sus enormes intereses creados. Cuántas veces hemos escuchado en boca de los obispos desaprobar las críticas al Nuncio o a la Santa Sede porque, dicen, afectan al corazón humano donde nace su fe en Dios y en Jesucristo. Y qué pocas veces hemos comprobado que ejerzan ellos una profunda crítica interna que les lleve a superar la enormidad de su crisis y su cuestionamiento.

Es la Iglesia rémora de un poder que fue casi absoluto. Es la Iglesia una muy triste y confusa sombra de todo cuanto una vez pudo alcanzar. Y no alcanzó. Y justo es decirlo y cuestionarlo. De ahí que me haya gustado tanto el modo en que el análisis, al que me vengo refiriendo, se ha escrito.

Debo hacer mención también a un hecho que me parece inequívocamente justo. La Iglesia no son los hombres y mujeres creyentes, que defienden el mundo mejor en el que creen, con libertad y derecho a supeditar sus hechos sociales, ciudadanos, políticos y morales a la fe que profesan. Tal cosa, a mi modo de ver, les engrandece tanto como pudiera decirlo de un librepensador, un anarquista o un idealista. La Iglesia, aparte de un Estado sito en Roma, e innumerables oficinas desplegadas por todo el globo, es también, y diría que ante todo, la protocolización sesgada de una fe, de una religión, reconvertida en un enormidad de sistema político, jerárquico y económico. Ocurrió hace mucho tiempo, y por eso tenemos ante nosotros la Iglesia que existe hoy en día. Pero ni es la única posible. Ni debería serlo jamás. Tener fe no es sinónimo de fundamentalismo, o integrismo. Galvanizar la fe para que no le afecte el avance de los tiempos, y convertirse con ello en incansables espías y torquemadas de las conciencias ajenas, sí. No son éstos tiempos para impedir una Reforma, también con mayúsculas, de una iglesia en minúsculas.

Javier Sabadell es científico y analista político

En su, como siempre, clarividente análisis sobre la dura réplica de la Santa Sede a las peticiones de derecho decisorio dentro de la Iglesia, Enric Sopena enfatiza en un hecho que, siendo en sí mismo anecdótico, es de una relevancia enorme. Un hecho que parangona la esencia misma del Vaticano, tan poco tolerante con las contestaciones sociales y las necesidades humanas que no desean ni quieren ser satisfechas por el consuelo divino. Un hecho que, como viene sucediendo desde hace ya muchos años, ejemplifica la enorme distancia que media ya entre la Iglesia y el devenir de la historia. No comprenden, no acaban de comprender acaso nunca, que los cambios sociales no pueden ser frenados. Que siendo una Iglesia fuerte y ejecutiva, ellos mismos iniciaron hace muchas décadas su propio cambio social. Que éste ya ha cumplido su vigencia. Que el mundo reclama una Iglesia más cercana al sufrimiento real que a la ideología, más humana que espiritual, una Iglesia que, sin tener que abandonar su apostolado o su fe, encuentre fortaleza en el corazón del hombre cuya existencia es primero terrenal y luego, acaso, para quien así lo crea, eterna.

Especial atención merece el hecho, tan destacado como absurdo, de la continuada relegación de la mujer ante el hombre en lo que, a cuestiones eclesiales, se refiere. Porque uno puede empecinarse en mantener convicciones tradicionales, arcaicas, de una obsolescencia desigual y peregrina. Pero no advertir que la lenta y profunda agonía de la Iglesia, que no es otra que la inagotable crisis de fe en que vive el mundo desarrollado del siglo XXI, proviene justamente de su distancia ante quienes nutren la Iglesia, los propios feligreses, es casi un suicidio.

Vive la Iglesia muy feliz bajo el amparo de los gobiernos, siempre tan precavidos en no promover rupturas con un poder fáctico, que en tal cosa hace tiempo en que la Iglesia se convirtió. Cuando se ve amenaza, gusta de ahondar en su propia facticidad (que diría Heidegger) al tiempo que olvida, interesadamente, sus enormes intereses creados. Cuántas veces hemos escuchado en boca de los obispos desaprobar las críticas al Nuncio o a la Santa Sede porque, dicen, afectan al corazón humano donde nace su fe en Dios y en Jesucristo. Y qué pocas veces hemos comprobado que ejerzan ellos una profunda crítica interna que les lleve a superar la enormidad de su crisis y su cuestionamiento.

Es la Iglesia rémora de un poder que fue casi absoluto. Es la Iglesia una muy triste y confusa sombra de todo cuanto una vez pudo alcanzar. Y no alcanzó. Y justo es decirlo y cuestionarlo. De ahí que me haya gustado tanto el modo en que el análisis, al que me vengo refiriendo, se ha escrito.

Debo hacer mención también a un hecho que me parece inequívocamente justo. La Iglesia no son los hombres y mujeres creyentes, que defienden el mundo mejor en el que creen, con libertad y derecho a supeditar sus hechos sociales, ciudadanos, políticos y morales a la fe que profesan. Tal cosa, a mi modo de ver, les engrandece tanto como pudiera decirlo de un librepensador, un anarquista o un idealista. La Iglesia, aparte de un Estado sito en Roma, e innumerables oficinas desplegadas por todo el globo, es también, y diría que ante todo, la protocolización sesgada de una fe, de una religión, reconvertida en un enormidad de sistema político, jerárquico y económico. Ocurrió hace mucho tiempo, y por eso tenemos ante nosotros la Iglesia que existe hoy en día. Pero ni es la única posible. Ni debería serlo jamás. Tener fe no es sinónimo de fundamentalismo, o integrismo. Galvanizar la fe para que no le afecte el avance de los tiempos, y convertirse con ello en incansables espías y torquemadas de las conciencias ajenas, sí. No son éstos tiempos para impedir una Reforma, también con mayúsculas, de una iglesia en minúsculas.

Javier Sabadell es científico y analista político

http://www.elplural.com/opinion/detail.php?id=23527