Buscando al Dios de Darwin (VI)


Buscando al Dios de Darwin (VI)

Agosto 8th, 2006

¿Qué tipo de mundo?

Nos guste o no, los valores que aplicamos a nuestra vida diaria han sido afectados por el trabajo de Charles Darwin.  Sin embargo, la gente religiosa tiene una pregunta especial para el retraído naturalista de Down House.  ¿Se podría decir que su trabajo sirvió para contribuir a la gloria de Dios, o para poner el destino y la naturaleza humana en manos de una clase de profesionales científicos profundamente hostiles a la religión?  El trabajo de Darwin, ¿fortalece o debilita la idea de Dios?
La sabiduría convencional afirma que, independientemente de lo que creamos acerca de su ciencia, la existencia del señor Darwin no ha ayudado mucho a la religión.  La idea general es que la religión ha sido debilitada por el Darwinismo y ha sido forzada a modificar su idea y sus doctrinas acerca del Creador para acondicionarlas a las demandas de la evolución.  Como Stephen Jay Gould explica triunfantemente, ‘¡Ahora las conclusiones de la ciencia deben ser aceptadas a priori, y las interpretaciones religiosas deben ser ajustadas para encajar con los impecables y magistrales resultados del conocimiento natural!’.  Es decir, la ciencia toca la melodía, y la religión danza al son de la música.
Este triste espectro de un Dios marginal y debilitado fomenta la continua oposición contra la evolución.  Es por esta razón que el Dios de los creacionistas requiere que se pruebe, sobre todo, que la evolución no funcionó en el pasado y tampoco está funcionando hoy.  Para liberar a la religión de la tiranía del Darwinismo, los creacionistas necesitan una ciencia que demuestre que la naturaleza está incompleta; necesitan una historia de la vida cuyos eventos sólo puedan ser explicados por medio de procesos supernaturales.  Dicho de forma clara, los creacionistas tienen la misión de encontrar un permanente e intratable misterio dentro de la naturaleza.  Para mentes así, ni siquiera el ser más perfecto que podamos imaginar habría sido lo suficientemente perfecto como para idear una creación en la que la vida pudiera originarse y evolucionar por sí misma.  La naturaleza debe tener necesariamente imperfecciones, debe ser estática, y para siempre inadecuada.
La ciencia, sobre todo la ciencia evolutiva, nos da una imagen muy distinta.  Nos revela un universo dinámico, flexible, y lógicamente completo.  Nos presenta con la visión de una vida que se expande a través del planeta con una variedad infinita y una belleza compleja.  Nos sugiere un mundo en el que nuestra existencia material no es una ilusión imposible surgida gracias a la magia, sino más bien un artículo genuino, un mundo en el que las cosas son exactamente lo que aparentan ser.  Un mundo en el que hemos sido formados, como el Creador nos dijo en cierta ocasión, del polvo mismo de la tierra.
Se ha dicho a menudo que un universo Darwiniano es aquél en el que la aleatoriedad no puede ser reconciliada con el significado.  Yo no estoy de acuerdo.  Un mundo verdaderamente sin significado sería aquel en el que un dios tirara de los hilos de cada marioneta humana, es más, de cada una de sus partículas materiales.  En un mundo así, tanto los eventos físicos como los biológicos estarían cuidadosamente controlados, la maldad y el sufrimiento podrían ser minimizados, y el resultado de los procesos históricos sería estrictamente regulado.  Todas las cosas se moverían hacia cada uno de los objetivos claramente establecidos del Creador.  Sin embargo, el precio que hay que pagar para tener tanto control y capacidad de predicción es la pérdida de independencia.  Por el hecho de tener siempre el control, un Creador así eliminaría la posibilidad de que sus criaturas realmente le conocieran y alabasen – ya que el auténtico amor requiere libertad y no manipulación.  Dicha libertad está provista de la mejor forma en la abierta eventualidad de la evolución.
Hace ciento cincuenta años puede que fuera imposible no emparejar a Darwin con un determinismo oscuro y sin sentido, pero hoy las cosas son distintas.  La visión de Darwin se ha expandido y ha conseguido englobar un nuevo mundo de biología en el que los vínculos entre moléculas y células y entre células y organismos se están aclarando.  La evolución prevalece, pero lo hace proveyéndonos de una riqueza y sutilidad tales que el propio originador de la teoría podría haber encontrado sorprendentes y no podía haber anticipado.
Por ejemplo, gracias a la astronomía podemos saber que el universo tuvo un comienzo.  Gracias a la física sabemos tanto que el futuro está abierto como que es impredecible.  Por medio de la geología y la paleontología conocemos que la vida misma ha consistido en un proceso de cambio y transformación.  Por último, gracias a la biología sabemos que nuestros tejidos no son reservas impenetrables de magia vital sino una sensacional estructura de complejas maravillas, explicables a través de la bioquímica y la biología molecular.  Este conocimiento nos permite ver, quizá por primera vez, las razones que podría tener el Creador para permitir que el proceso de la evolución nos moldeara.
Si él lo hubiera querido así, el Dios que la mayoría de las religiones occidentales enseñan podría haber creado cualquier cosa, incluídos nosotros, de la nada, con solo haberlo deseado.  Quizá en nuestra infancia como especie esa era la única forma en la que podíamos imaginar el cumplimiento del deseo divino.  Pero hemos crecido y algo maravilloso ha sucedido: hemos comenzado a comprender las bases físicas de la vida misma.  Si hubiera sido necesaria una línea constante de pequeños milagros en cada parte del ciclo celular o en cada parpadeo de un cilium, la mano de Dios habría estado escrita directamente en cada ser viviente – sería imposible no percibir su presencia en el borde mismo de la caja de arena humana.  Y aunque eso confirmaría nuestra fe, también pondría en duda nuestra independencia.  ¿Cómo podríamos elegir entre Dios y el hombre si la presencia y el poder divinos fueran tan obvios y controlaran de forma tan absoluta el mismo aire que respiramos?   Nuestra libertad como criaturas de Dios requiere un poco de espacio e integridad.  Y en el mundo material requiere auto-suficiencia y coherencia con las leyes de la naturaleza.
La evolución no es ni más ni menos que el resultado de haber respetado la realidad y la coherencia del mundo físico a través del tiempo.  Para moldear seres materiales que posean una existencia física independiente, cualquier Creador habría tenido que producir un universo material independiente en el cual la evolución habría podido ser una posibilidad.  Aquél que cree en lo divino puede aceptar que el amor de Dios y el regalo de la libertad son genuinos – tan genuinos que engloban la posibilidad de elegir el mal y, si así lo deseamos, enviarnos a nosotros mismos al infierno.  No todos los creyentes aceptarán las crudas condiciones de esta oferta, pero nuestra libertad para actuar necesita una base física y biológica.  La evolución y sus ciencias hermanas, la genética y la biología molecular, proveen dicha base.  En términos biológicos, la evolución es la única forma en la que un Creador podría haber moldeado criaturas como nosotros – seres libres en un mundo lleno de auténticas posibilidades morales y espirituales con verdadero significado.
Aquellos que le piden a la ciencia un argumento final, una prueba decisiva, una posición irrefutable desde la cual podamos decidir el asunto de Dios, siempre quedarán insatisfechos.  Como científico, no puedo proclamar nuevas pruebas, ni datos revolucionarios, ni siquiera una mayor profundidad de entendimiento tal que me permita inclinar la balanza en una dirección y otra respecto al tema.  Pero sí que puedo proclamar que para un creyente, incluso hablando en el sentido más tradicional de la palabra, la biología evolutiva no supone en absoluto el obstáculo que muchas veces imaginamos.  De hecho, en muchos aspectos la evolución es la clave que nos permite entender nuestra relación con Dios.
Cuando tengo el privilegio de dar una serie de conferencias sobre la biología evolutiva a mis estudiantes de primer año, normalmente concluyo mencionando el impacto que la teoría evolutiva ha tenido en muchos otros campos, desde la economía hasta la política pasando por la religión.  Intento encontrar una manera de dejar claro que para mí la evolución, entendida correctamente, no está en contra ni de la religión ni de la espiritualidad.  La mayoría de mis estudiantes parecen apreciar estos comentarios.  Sin duda muchos piensan que lo que estoy intentando es ser un tipo justo, seguramente agnóstico, que quiere dejar un mensaje contundente acerca de la evolución sin ofender al capellán de la universidad.
Siempre hay algunos que me buscan después de la charla e intentan que deje las cosas claras.  Entonces me preguntan: ‘¿Cree usted en Dios?’.
Y yo respondo: ‘Sí’.
Y, confusos, vuelven a preguntar: ‘¿Qué tipo de Dios?’.
A lo largo de los años he intentado encontrar una respuesta sencilla pero precisa a esa pregunta.  Y, al final, la he encontrado.  Creo en el Dios de Darwin.

http://www.lupaprotestante.com/blogs/textoseideas/?p=16

2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. J.M.Hernández
    Jul 07, 2008 @ 16:11:46

    Interesante artículo, porque marca un asunto importante, el error de pensar que un descubrimiento científico apoya o no a dios o a la religión. Un descubrimiento científico es aséptico, son las personas que luego lo interpretan los que se ponen de una parte o de otra.

    Que ser humano y chimpancé compartan un antecesor común, ni apoya ni rechaza la idea de un dios. Las extrapolaciones que de este hecho hacemos a nuestra concepción filosófica del mundo son las que producen los conflictos.

    Aconsejo encarecidamente la lectura de “Ciencia vs Religion” de Stephen Jay Gould, donde condensa toda su idea de que ambas son magisterios independientes que si no se inmiscuyen indebidamente en el campo de la otra, no presentan ningún conflicto.

    Saludos.

  2. pauloarieu
    Jul 07, 2008 @ 16:30:23

    Ya se leyó los 6 artículos.Yo ni tuve tiempo.Lo vi y lo publique!!
    Aun no lo he podido leer bien,seguro que es muy interesante
    saludos

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