Análisis de la diferencia entre Jesús “el Salvador” y Jesús “el Señor” (IV)


Análisis de la diferencia entre Jesús “el Salvador” y Jesús “el Señor” (IV)

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Esta venida y gloriosa manifestación del Señor es:

(a) En su forma, un retorno físico y visible de Cristo;

(b) En su propósito, el del mundo y la consumación de la salvación de los redimidos.»[32]

2. Cuadro de los títulos de Jesús.-

2a. ed. , vol. V Col. 966 – 968.

Mat.

Mc.

Lc.

Jn.

Total

JESÚS

150

81

89

241

561

Título Mt. Mc. Lc. Jn. Evang. y Epist.

Señor (=Kvrios) 80 18 103 43

Hijo del Hombre 30 14 25 12

Hijo de Dios 9 5 6 28

Maestro 10 12 12 8

Hijo de David 10 4 5

Profeta 3 2 5 4

Rabbi (Rabbuni) 2 4 9

Salvador (soler) 1 1

Cuadro estadístico de Wilhem Auer

Wilhem Auer ha examinado en un estudio exhaustivo (Bibel und Liturgie, 14 (1959), 3 – 12) la cuestión relativa a la frecuencia con que el nombre de “Jesús y, respectivamente, el título de “Cristo” son empleados en el Nuevo Testamento. Su estadística debe ser completada y aún corregida con los datos más recientes que ha publicado Arranz Mussner en su articulo “Jesuspradikate”, en el Lexicón fur-Theologie und Kirche (Friburgo de Brisgovia 1960.)[33]

«En los Evangelios y en las Epístolas se encuentra, pues, una evolución que procede en sentido inverso. El nombre de Jesús, que tiene la prevalencia en los Evangelios, pasa a segundo plano en las .Epístolas, mientras que el nombre de Cristo o Jesucristo, más bien raro en los Evangelios, se emplea muy frecuentemente en las Epístolas.

Si se piensa que muchas Epístolas se escribieron antes que los Evangelios o contemporáneamente, caeremos en la cuenta de que en la predicación que siguió a Pentecostés, y sobre todo, en la Liturgia cristiana de los orígenes, se prefería el nombre de “Cristo”, que constituía el centro de la primitiva plegaria cristiana. Este compendiaba en sí la nueva fe y constituía la confesión de esa fe, tanto que los miembros de la nueva comunidad fueron llamados cristianos.

Del primer cuadro resulta que el título de “Cristo” es usado con frecuencia creciente en los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan; como esta sucesión corresponde al orden cronológico de los mismos Evangelios, se puede, concluir que el nombre de Cristo ha sido empleado cada vez más a medida que avanza la era cristiana. También la segunda tabla demuestra que el nombre de Jesús ha sido gradualmente suplantado por el nombre de Cristo.»[34]

La exégesis neotestamentaria moderna se ha aplicado con particular amor al estudio de los títulos de Jesús y ha elaborado la siguiente estadística:

Desde el punto de vista de la historia de las formas, los títulos de Jesús pertenecen a las más dispares tradiciones y concepciones de los orígenes del cristianismo. En ellas se encuentran los caminos seguidos en los primeros siglos por la fe de Cristo. Los títulos de Jesús ofrecen también una perspectiva de las ideas, que antes de la Pascua se formaban de Jesús sus seguidores, y al mismo tiempo, del ahondamiento de la fe operado por el Espíritu después de Pascua.

En su libro Pie Christologie des Neuen Testaments, Osear Cullmann, ha estudiado la cuestión de cómo se ha ido formando la cristología en los Apóstoles y en los primeros cristianos. Junto a la obra terrena de Jesús y la experiencia pascual de los Apóstoles, este autor descubre la fuente principal de la cristología neo-testamentaria en la “experiencia litúrgica de Jesús como el Señor presente en la Asamblea de fieles que le invoca (maranatha) y le confiesa (Kyrios Christos). Partiendo de este principio, el enlace con la historia de la salvación puede prolongarse y desarrollarse bajo todos los aspectos”.

Osear Cullmann presenta dieciséis títulos de Jesús, que subdivide en cuatro grupos:[35]

Acción terrena de Jesús Profeta

  • Siervo de Yavé (ebed Jahvé)
  • Cordero de Dios
  • Sumo Sacerdote

· Mediador

Acción escatológica de Jesús Mesías

  • Hijo de David
  • Rey
  • Hijo del Hombre
  • Juez

Acción actual de Jesús Señor (Kyrios)

  • Salvador (Soter)
  • Acción preexistente de Jesús Logos
  • Hijo de Dios
  • Santo de Dios
  • Dios

A la pregunta ¿Cuando se reconoció a Dios en el rostro de Jesús?, se cree a veces que Jesús afirmó su divinidad, que dio pruebas de ella y que unos creyeron en ella mientras otros la rechazaban. Las cosas no son tan sencillas en realidad.

Hacia finales del siglo primero, el evangelio de Juan presenta a Jesús como Dios desde el comienzo del mundo. Hacia los años 65-80 los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Hechos de los Apóstoles emplean expresiones variadas para calificar a Jesús: el es el “Hijo de Dios”, “Hijo del Hombre”. En las primeras cartas de Pablo, hacia los años 50-60, Jesús es invocado como “Señor” y tratado como Dios en el culto que se le rinde.

¿Qué significan esas expresiones en aquella época? Cuidado con darles desde el principio el sentido que han tomado más tarde, en particular en los concilios del siglo IV que proclamaron a Jesús “Dios y hombre”.

¿Realmente qué se puede entrever de lo que pensaban los discípulos ‘Guando Jesús vivía? Conviene tener en cuenta que una determinada expresión, escrita en el 65 ó 70 había ya tomado un sentido mucho más intenso que el que tenía el año 29 en la boca de un apóstol, de un fariseo o del sumo sacerdote: en ese tiempo intermedio la expresión había sido enriquecida por las primeras comunidades cristianas que creían en Jesús resucitado y glorificado.

«La expresión “Hijo del Hombre” que se encuentra frecuentemente en labios de Jesús tiene un sentido más fuerte. En principio significa “hombre” sencillamente. Pero en el libro de Daniel (7:13 y ss.) y en el de Henoc, que tenían una influencia grande en el tiempo de Jesús, era un verdadero nombre propio: designaba un personaje único que venía de Dios y tenía rasgos humanos. Muy pronto, la expresión no será ya utilizada (fuera de los evangelios no hay más que un sólo empleo en Hch.7, 56); sin duda estaba demasiado ligada al mundo judío y resultaba extraña al espíritu griego. Es un jalón importante para reconocer en Jesús a un ser de origen celeste y terrestre a la vez.»[36]

«La expresión “Hijo de Dios” significa hoy: el Hijo único de Dios que es Dios, él mismo. Cuando los evangelistas escribían, hacia el año 70, no era tan preciso su significado, hace pensar en el verso 7 del salmo 2: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” que había sido escrito para un nuevo rey de Israel. El “Hijo de Dios” era un personaje que había recibido una misión de Dios.

En el evangelio la expresión es sinónimo de Mesías.

Se ve claramente en el momento de comparecer Jesús ante el Sumo Sacerdote. En el relato de Mateo el Sumo Sacerdote pregunta a Jesús: “Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Mat. 26:63), y en el de Lucas se lee: “Si eres tú el Mesías, dínoslo… ¿Entonces tú eres el Hijo de Dios?” (Luc. 22:67-70). En el mundo judío, en el tiempo de Jesús y antes, “hijo de Dios” podía designar también los ángeles, un profeta, un rey y aún el pueblo de Israel. Esto dicen los escrituritas modernos. El lector corriente se pregunta por qué entonces fue tan fuerte la reacción de los reunidos, que hablaron de blasfemia y se rasgaron las vestiduras.» [37]

4. Se le llama “Señor”.

«La expresión “Señor” (en griego Kyrios) que se encuentra en los Hechos de los apóstoles y en las Cartas de San Pablo, tiene un sentido muy fuerte. La traducción griega de la Biblia empleaba este término para traducir el nombre hebreo de Dios. En el mundo pagano, este título se daba a muchos dioses y a soberanos divinizados.

En arameo la palabra “Mar” significaba “Señor”. Aparece este término en una fórmula litúrgica citada por Pablo (I Cor. 16-22), hacia el año 57. Por tanto, en esta época se dirigían en el culto a Jesús dándole el nombre reservado a Dios: “Señor”. Se encuentra también este término en los primeros discursos de los Hechos de los Apóstoles: “Dios le ha hecho Señor y Cristo” Hch. 2:36).

Si nos preguntásemos si para Pablo Jesús era Dios, proyectaríamos sobre él nuestras cuestiones y cometeríamos un anacronismo. Pablo tenía caminos de pensamiento distintos de los nuestros. Miraba hacia Cristo resucitado y glorioso y lo llamaba “Señor”. Este titulo equivalía para él a lo que nosotros ponemos hoy bajo la palabra “Dios”. Esta divinidad de Jesús ha sido vivida en el culto aún antes de ser reflejada en una doctrina.»[38]

«Pero la tendencia actual es a minimizar cuanto pueda significar una confesión de divinidad.

Según esta teoría fue necesario el paso del tiempo para presentir, saber y decir quién era Jesús. El mundo judío jamás había considerado que Dios pudiera llegar a ser hombre. Los textos que hablaban del Mesías no lo divinizaban. Se recordaban las palabras de la Alianza:

“No tendrás otro Dios que yo… no harás imágenes talladas”. La idea de un hombre-dios era extraña a Israel.»[39]

«En la pubertad se descubre con claridad que la lucha que ha de librar el cristiano es sobre todo interior. En esta edad, Cristo es para los adolescentes el Señor que por su fuerza divina acude en auxilio de su impotencia y el jefe comprensivo que guía y sostiene sus esfuerzos hacia el ideal» [40]

Muchos intentaron desmentir la existencia de Cristo, pero quizás el más notable de los tiempos modernos fuese el general Wallace, instigado por el famoso ateo R. G. Ingersoll. La historia, muy conocida, cuenta que el segundo lo al primero que escribiese un libro negando la existencia de Cristo, y la falsedad de los Evangelios. El general aceptó y se trasladó a varios países orientales para una minuciosa inspección de fuentes, manuscritos y otros documentos del período de Cristo, de aquel trascendental keros, y cuando hubo terminado, Wallace confesó honradamente cuáles fueron sus conclusiones:

a) Que Jesucristo había existido realmente en la historia;

b) Que Jesucristo era el Hijo de Dios y Salvador del mundo;

c) Que Jesucristo era la respuesta a los problemas de la vida presente.

El general pidió perdón a Dios por su osadía en tratar de demostrar la inexistencia de Jesús, y seguidamente escribió el famoso libro Ben-Hur, llevado más tarde a la pantalla, mostrando que Cristo bajó a esta Tierra dispuesto a pagar con su propia muerte por los pecados de los hombres.»[41]

En esta película, que se hizo ya muy famosa, «nos narra la vida de Jesucristo desde que nace (la película comienza con su nacimiento) hasta que se hace mayor y por fin muere en la cruz (final de la película). Por tanto la película nos narra una epopeya de 33 años de duración, en donde la historia de Cristo es parte importante porque ya sea directa o indirectamente siempre está presente…»[42]

Otro ateo famoso que hizo historia con su conversión, fue C.S.Lewis, quien «Aunque fue criado en una familia religiosa de la Iglesia de Irlanda, fue un ateo la mayor parte de su juventud. Su separación del Cristianismo comenzó cuando empezó a ver su religión como una tarea y un deber. También adquirió interés en el ocultismo mientras sus estudios lo llevaban a ello….

El después diría en su autobiografía (Sorprendido por la Alegría) que en realidad él estaba “muy molesto con Dios por no existir”. Influenciado por argumentos de sus colegas Católicos Romanos en Oxford, principalmente por su amigo J.R.R. Tolkien y por el libro de G. K. Chesterton, El Hombre Eterno, así también como por el escocés George MacDonald y sus cuentos fantásticos, lentamente fue redescubriendo el Cristianismo. En 1929 vino a creer en la existencia de Dios aunque peleó fieramente en contra de ella. Describió su lucha intelectual en su autobiografía: [43]

En 1931 después de una larga discusión con Tolkien y otro de sus amigos cercanos, Hugo Dyson, Lewis se convirtió al Cristianismo y, en contra de lo querido por Tolkien, se unió a la Iglesia de Inglaterra. El propio Lewis escribió al respecto: “Entré al Cristianismo pateando y gritando”.» [44]

«Si la designación Cristo/Mesías señala la humanidad del Salvador, el título Señor señala su deidad. Esta designación (griego kurios es uno de los títulos cristológicos que con más frecuencia ocurre Vemos su suma importancia en la declaración de Pablo de que condición indispensable para la salvación es la confesión de Jesús como Señor (Romanos 10:9).

¿Qué significaba para los escritores bíblicos el título Señor”? dos conceptos fundamentales. En primer lugar, señala su absoluta Deidad. Para entender esto debemos volver al Antiguo Testamento. La versión Reina-Valera del Antiguo Testamento contiene dos formas de la palabra: “Señor” y “Jehová”. El primero es el equivalente del griego kurios y traduce el hebreo ‘adon o ‘adonai.

La forma “Jehová” es el nombre personal o de pacto de Dios también se puede traducir “Yahvéh”. Los judíos consideraban tan sagrado este nombre que evitaban pronunciarlo. Cuando lo encontraban en su lectura de las Escrituras, lo sustituían por ‘adonai.

Se refleja esta práctica en la Septuaginta, la traducción d Escrituras hebreas al griego hecha por eruditos judíos de la época intertestamentaria. Cuando ocurría el nombre Yahvéh, lo traducían como kurios, al igual que ‘adon y ‘adonai. Esa traducción tuvo influencia importante sobre la Iglesia primitiva, de manera cuando el Nuevo Testamento aplica el título kurios a Jesús, lo identifica con Yahvéh del Antiguo Testamento y sugiere que Él también es Dios.

Pablo dice que después de la muerte de Jesús, Dios le dic: nombre que es sobre todo nombre”; en versículos posteriores relaciona esto con el hecho de que Jesús es Señor (Filipenses 2:9-1)

En segundo lugar, la palabra kurios incluye las ideas de pose autoridad, superioridad y soberanía. Como los cristianos primitivos profesaban el señorío de Cristo, a veces encontraban oposición a las autoridades civiles ya que los emperadores romanos se consideraban soberanos universales y algunos llegaron a afirmar su propia di dad. Pero para el cristiano sólo hay “un Señor” (Efesios 4:5). ‘. Libro de Apocalipsis, que se escribió durante un tiempo de persecución imperial, se denomina a Jesús “Rey de reyes y Señor de señores (19:16; también 17:14).»[45]

Jesús el Señor

Comenzamos con una cita, escribe Floreal Ureta, de G.S.Hendry: «El título de Señor era de uso común en el mundo pagano, en el cual, como dice Pablo, había “muchos señores” (1 Co. 8:5). Pero no fue adoptado de fuentes gentiles. Fue tomado del Antiguo Testamento, donde fue usado por la LXX [La Septuaginta, o sea traducción griega de las Escrituras Hebreas] para traducir el término hebreo que designa a Dios. Aplicarlo a Cristo fue, en efecto, equipararlo a Dios, como puede ser visto muy bien en la confesión de fe de Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!” »[46]

Según Bonnard, que los cristianos confesaran que Jesús es el Señor significó cuatro cosas:

(1) que fue el mismo Dios el que, luego de su pasión, y mediante la resurrección elevó a Cristo al señorío supremo (Fil. 2:5-11);

(2) que la autoridad de Cristo es de tal naturaleza que en nada se distingue de la autoridad de Dios (12:3);

(3) que el señorío de Cristo tiene el carácter de una victoria ya ganada sobre las falsas autoridades que gobiernan el mundo aunque esta victoria no se manifieste en plenitud (1 P. 3:22; Col. 2:6-10);

(4) que la iglesia del Señor, segura de este triunfo, ha de procurar traer a los hombres a la obediencia a Cristo (Ro. 1:5; 2 Co. 10:5).”‘

Muy poco queremos añadir a estos conceptos fundamentales sobre el señorío de Cristo sino tan solo que, como predicadores y maestros, no debemos olvidar que el punto central de nuestra predicación o enseñanza debe ser el señorío de Cristo sobre la vida del creyente. Jesús no es sólo el Salvador de los hombres; es el Señor de ellos, como en el mensaje angelical de la Navidad: “… os ha nacido hoy, en la ciudad de! David, un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Luc. 2:11).

Podríamos decir que hay dos señoríos en Jesucristo: el que ejerce como Dios, segunda persona de la Trinidad, señorío eterno y total, y el que ejerce como Salvador, luego de su humillación y muerte, como está expresado en el himno cristológico de Filipenses. Es en esta expresión última que * Declama la suprema lealtad de nuestras vidas, a su persona y a su causa.» [47]

«Este nombre, SEÑOR, es el tema central de nuestro estudio; un nombre que es sobre todos los nombres que existen en el universo. Abre la enciclo­pedia más completa y busca el nombre más alto en cuanto a rango o jerarquía. Aún sobre ése hay uno más importante todavía: es el que el Padre dio al Hijo al exaltarlo a su diestra. Cristo tiene cientos de nombres preciosos. La mayoría de nuestras cancio­nes hablan de ellos: el lirio de los valles, la rosa de Sarón, la estrella de la mañana, el resplandor de su gloria, el sol de justicia, el buen pastor, el Redentor. Isaías, inspirado por Dios, le llamó Emanuel. Y en otra ocasión, Admirable, Consejero, Príncipe de paz. Cuando nació, un ángel pronunció su nombre: Je­sús, Salvador. Al ser bautizado en el Jordán, el cielo se abrió y el Padre le dio otro más: Hijo amado. ¡Qué nombre!

Pero, entre los nombres de Cristo, hay uno que está sobre todos ellos. Es el título que el Padre le confirió en el momento en que, habiendo resucitado, ascendió a los cielos, y fue exaltado y sentado en el trono de la majestad en las alturas. ¿Cuál es ese nom­bre? SEÑOR. Jesús es su nombre histórico. Cristo, su nombre profetice. A Jesucristo —este personaje histó­rico que es el cumplimiento profético— el Padre le dio el título de SEÑOR. Este es el nombre más alto de Cristo.

Sin embargo, en la acepción actual, Señor no parece un nombre importante. A cualquiera se le dice señor, siendo este un nombre tan alto, ¿por qué es de uso común? Con el tiempo las palabras sufren modificaciones en cuanto a su acepción. Por ejemplo, la palabra creer. Hablando corrientemente, se le da otro significado.

Esto pasa con la palabra Señor. Hoy cual­quiera es señor. Pero antiguamente no a todos se les llamaba así. Era un título que pocos poseían. ¡Y cuan­do alguien lo tenía, era realmente todo un señor! Pero, como Pablo no escribió su epístola en castellano sino en griego, adelantaríamos mucho más remontándonos al origen de la palabra en este idioma. En griego apa­rece así: Jesucristo es el KYRIOS.

Así consta en los manuscritos: Jesucristo es el Kyrios. ¿Cómo podríamos traducir kyrios al castella­no para su plena comprensión? Es un nombre tan amplio y tan rico que no basta un solo término para traducirlo. Es necesaria la suma de varias palabras para llegar a su significado pleno:

Jefe

Dueño

Amo

Soberano

+ Máxima Autoridad

KYRIOS = SEÑOR

De modo que cuando alguien confiesa: “Jesucris­to es mi Señor, mi KYRIOS,” está diciendo: “Es mi jefe, el que manda en mi vida; es también mi dueño, mi patrón, mi propietario; yo soy suyo. Todo lo que soy y tengo pertenece a Jesucristo; él es mi amo.” La palabra amo la relacionamos con su antónimo, es­clavo, y dado que la esclavitud ha sido abolida, dicho término ha caído en desuso. En su tiempo fue un término muy fuerte. El amo era el dueño de la vida de su siervo. Tenía la facultad hasta de quitarle la vida. Y Jesús es el amo. Además, Señor significa soberano, el que está sobre todo. Nada escapa a su control. Él rige y es la máxima e indiscutida autori­dad. Al decir, “Cristo es el Señor,” entonces, ¡cuánto estamos diciendo!

Veamos cómo se usaba la palabra kyrios en los días del Imperio Romano. Tenía dos acepciones.

En primer lugar, en el sentido corriente (digamos, kyrios con mi­núscula) se usaba para designar a toda persona rica, con muchas propiedades, que tenía esclavos bajo su autoridad. En realidad, había muchos esclavos en el imperio, y cada uno tenía un kyrios sobre sí, uno que era su jefe, su dueño, su amo, su soberano, la máxima autoridad de su vida.

La contraparte del kyrios era el esclavo. Así como no puede haber esposo sin esposa, ni padre sin hijo, tampoco puede haber kyrios sin esclavo Un esclavo podría presentarse ante su kyrios para decirle “¿Qué dice mi kyrios a su siervo?”

El kyrios respondería dándole una orden, un man­dato cualquiera. La vida del esclavo consistía en dar fiel cumpli­miento a las palabras que salían de la boca de su señor. Lo que el señor decía, el esclavo lo ejecutaba al pie de la letra. La actitud constante del esclavo era. ¿Que dice mi kyrios a su esclavo?”

Pablo declaró: «Yo también soy un esclavo, aun­que no de los hombres. Tengo un kyrios; soy esclavo de Jesucristo por amor del cual lo he perdido todo y lo tengo por basura para ganarle a él. Él es mi Se­ñor Pablo se comportaba ante su Señor tal como un fiel esclavo frente a su kyrios. Aun desde el pri­mer día de su conversión. Recordemos cuáles fueron sus primeras palabras cuando se rindió a él cayendo al suelo, temblando y temeroso, dijo: Kyrios ¿qué quieres que yo haga? Lo dijo el mismo instante de su conversión, pero también siguió repitiéndolo cada día, cada momento de su vida.

El Kyrios respondió: Levántate y entra en la ciu­dad. Y Pablo se levantó para hacer exactamente lo ordenado por su Señor. ¿Alguna vez oraste diciendo Señor, ¿que quieres que haga?” Todos lo hemos hecho, pero ¿cuál es la diferencia entre Pablo y no­sotros? Que mientras él obedecía en todo, nosotros nos levantamos de las rodillas para hacer lo que queremos.

En esa época, cuando un esclavo escribía una carta debía firmarla con su nombre y agregar, “es­clavo de…”, colocando allí el nombre de su amo. Las cartas no se firmaban al final, como ahora, sino al principio. En cierto aspecto era mejor, porque hoy al recibir una carta lo primero que hacemos es dar vuelta la hoja para ver quién la firma. Recién enton­ces comenzamos a leerla. Por ejemplo, si alguien llamado Juan era esclavo de un tal Andrés, comen­zaba su carta así: “Juan, esclavo de Andrés, a Fula­no de Tal, le saluda, etc.” Notemos como firmaba Pablo sus cartas. Filipenses 1.1: Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo… En griego dice más que sier­vos, dice esclavos. He aquí la firma. Y Pablo no la falsificó; estaba diciendo la verdad. Ellos eran escla­vos de Jesucristo.

Hemos considerado el primer significado de la palabra kyrios, señor. Sin embargo, en el sentido absoluto del término, en todo el Imperio Romano había una sola persona digna de poseer el título de Kyrios: el César, el emperador. Todo el imperio de­bía confesar: “El César es el Kyrios.” Y era tal la fuerza que se quiso imprimir a esta declaración que durante cierto tiempo era saludo obligado del impe­rio. Cuando un ciudadano romano se encontraba con otro, le saludaba levantando una mano y diciendo: “El César es el Kyrios.” El otro a su vez respon­día: “El César es el Kyrios.”

¿Cuántas veces en el día saludamos diciendo: “Buenos días,” “Buenas tardes,” “Buenas noches?” Tantas veces debían ellos pronunciar aquella frase: “El César es el Kyrios.” ¡Qué propaganda! ¡Mucho mejor que por radio y televisión! En todo el imperio, todo el día, por todas partes se repetía: “El César es el Kyrios, el César es el Kyrios… el César es el Kyrios.”

A veces se daba un encuentro con alguien que en lugar de responder “El César es el Kyrios,” decía: “Jesucristo es el Kyrios.”

Santos Protomártires de la Iglesia Cristiana

“¿Cómo? ¿Quién? ¿Estás reconociendo a otro se­ñor fuera del César? ¡A prenderle! ¡A la cárcel! ¡A la hoguera! ¡A las fieras!”

Aquellos primeros cristianos eran hombres que preferían confesar que Cristo era el Señor, y morir si fuera necesario, antes de seguir con vida, negándole. Comprendían muy bien lo dicho por su maestro:

A cualquiera… que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le nega­ré delante de mi Padre que está en los cielos. Mateo 10.32

Verdaderamente, el César era el Kyrios de todo el Imperio Romano, el Jefe, el que mandaba, el Due­ño de todo el imperio, de todo su territorio. Aun cuando la gente tenía chacras, terrenos, etc. a su nombre, eso era solamente para permitir una mejor administración económica del imperio. En última instancia todo pertenecía al César, Por eso cuando le preguntaron a Cristo si debían pagar el impuesto a César, él respondió: A ver una moneda… ¿De quién es esta imagen?, del César. Dad a César lo que es de César.

Todas las monedas del imperio tenían grabada la imagen del César, porque todo el dinero y aun el imperio eran de su propiedad. Cada cual tenía en su poder dinero propio solamente para hacer posible el desenvolvimiento económico general. El César se había constituido en el amo de todas las almas que vivían bajo su dominio. Disponía de cada persona como quería. No era necesario pasar por los tribuna­les para ser condenado a muerte.

Parece que cierto día, dijo: “La plaza está muy mal iluminada. Quiero mejor iluminación. Traigan cuarenta antorchas más. Pero que estas sean hombres; de los cristianos que están en la cárcel.”

Trajeron, entonces, cuarenta cristianos, los ata­ron a los postes de la plaza, los cubrieron de alqui­trán y les prendieron fuego. El César podía hacer cuanto quería. Era el amo, el Kyrios.» [48]

Nerón llegó al poder en octubre del año 54, gracias a las intrigas de su madre Agripina, quien no vaciló ante el asesinato en sus esfuerzos por asegurar la sucesión del trono en favor de su hijo. Al principio, Nerón no cometió los crímenes por los que después se hizo famoso. Aun más, varias de las leyes de los primeros años de su gobierno fueron de beneficio para los pobres y los desposeídos. Pero poco a poco el joven emperador se dejó llevar por sus propios afanes de grandeza y placer, y por una corte que se desvivía por satisfacer sus más mínimos caprichos. Ya diez años después de haber llegado al tronó, Nerón era despreciado por el pueblo y poetas y literatos, a cuyo número Nerón pretendía pertenecer sin tener los dones necesarios para ello.

Cuantos se oponían a su voluntad, o bien morían misteriosamente, o bien recibían ordenes de quitarse la vida. Cuando la esposa de uno de sus amigos le gustó, sencillamente hizo enviar a su amigo a Portugal, y tomó la mujer para sí. Todos estos hechos -y muchos rumores- corrían de boca en boca, y hacían que el pueblo siempre esperara lo peor de su soberano.

«Era evidente que desde hacía tiempo Nerón tramaba algo y pronto se supo de que se trataba. El 19 de julio del 64 se desató en Roma un pavoroso incendio que redujo a cenizas a tres de los catorce barrios de la ciudad y provocó considerables daños en diez de los once restantes, entre ellos numerosas villas senatoriales. Centenares de personas murieron abrazadas por las llamas y otras miles resultaron heridas mientras que las pérdidas fueron incalculables. No tardó en saberse la verdad.

Nerón, impaciente por dar forma al proyecto de su gran capital, ordenó incendiar la ciudad. No por nada se hallaba en Anzio, su villa natal, cuando estalló la catástrofe. No por nada comenzó la edificación del Domus Aurea una vez acabado el siniestro. Y no por nada el pueblo lo hizo blanco de las acusaciones tan rápidamente. Nunca antes, en ocasión de otros incendios, la población había señalado como responsables a sus gobernantes y tampoco lo hizo cuando un incendio espectacular se desató durante el reinado de Tito

Pronto comenzaron a correr voces de que había sido el emperador quien había ordenado el incendio. La gente no olvidaba su desagrado por las calles estrechas, el apiñamiento de los pobladores, el calor sofocante y los olores hediondos que afectaban la ciudad, sobre todo en verano. “Que después de mi muerte, el fuego destruya la Tierra – exclamó en cierta ocasión, agregando inmediatamente – “No, será mejor viviendo yo”

Lo cierto es que el monstruoso crimen debió endilgarse a alguien y ese alguien fueron los pacíficos miembros de la comunidad cristiana que crecía considerablemente, no solo en Roma sino en toda Italia.

El historiador Tácito, que probablemente se encontraba entonces en Roma, cuenta varios de los rumores que circulaban, y él mismo parece dar a entender que su opinión era que el incendio había comenzado accidentalmente en un almacén de aceite. Pero cada vez más las sospechas recaían sobre el emperador. Según se decía, Nerón había pasado buena parte del incendio en lo alto de la torre de Mecenas, en la cumbre del Palatino, vestido como un actor de teatro, tañendo su lira, y cantando versos acerca de la destrucción de Troya. Luego comenzó a decirse que el emperador, en sus locas ínfulas de poeta, había hecho incendiar la ciudad para que el siniestro le sirviera de inspiración. Nerón hizo todo lo posible por apartar tales sospechas de su persona. Pero todos sus esfuerzos resultaban inútiles mientras no se hiciera recaer la culpa sobre otro. Dos de los barrios que no habían ardido eran las zonas de la ciudad donde había más judíos y cristianos, por tanto el emperador pensó que le sería fácil culpar a los cristianos.

A la par que se le prometía a la gente pan, aceite y vino, la guardia pretoriana, al comando del feroz Tigelino, comenzó a arrestar a los cristianos para encerrarlos en las lóbregas prisiones de la ciudad. No tardaron en verse escenas espantosas. En el Circo, ante desaforadas multitudes de paganos, centenares de mártires inocentes fueron arrojados a los leones. Previo al número principal, se arrojaban niños con pieles de cordero fuertemente atadas alrededor del cuerpo para ser devorados por jaurías de lobos hambrientos.

Pero el espectáculo no solamente se limitó a las horas del día. Por la noche, el anfiteatro de Nerón se sembraba de estacas y cruces, y atados a ellas, los cristianos eran quemados vivos, entre alaridos de dolor que erizaban la piel de los presentes. Mientras esto ocurría, la bestia contemplaba todo desde su palco, complacido y sin que nadie se atreviese a reprocharle nada.

En medio de tanto horror hubo algo que desconcertó a los romanos. Muchos de los cristianos perecían rezando o entonando himnos al Señor, incentivados por la presencia de San Pedro, llegado a Roma no mucho antes, para finalizar sus días en la colina vaticana crucificado cabeza abajo el 29 de julio del 64 d.c.

Arrastrado por su paroxismo, el emperador, como argumenta el estudio del profesor Gerhard Baudy, acusó de la catástrofe a los cristianos y ordenó la ejecución de entre 200 y 300 cristianos de los 3.000 que habitaban en Roma. Según las crónicas del historiador latino Tácito, muchos fieles de Cristo fueron atados, cubiertos de alquitrán y usados como antorchas humanas para iluminar al insomne Nerón durante sus paseos nocturnos en los jardines de su residencia privada, la Domus Aurea.

En el año 67 d.c. Nerón mandó decapitar a San Pablo y a otros mártires e hizo iluminar sus jardines con aquellas mismas antorchas humanas que la multitud contemplara en el circo, mientras se entregaba a sus frecuentes orgías y bacanales.

Poco después mató de una patada en el vientre a la embarazada Popea y, enloquecido, hizo traer a un esclavo que se le parecía para castrarlo, vestirlo con sus ropas y comenzar a vivir con él. En el año 65 Cayo Calpurnio Pisón había encabezado una conjura contra su persona, pero al ser descubierta fue ejecutado junto a 41 implicados, entre ellos su antiguo maestro Séneca, su hermano Galión y su sobrino el poeta Lucano.

Era el reino del demonio sobre la Tierra. Era la perversión en el trono. Era la locura y la maldad enquistada en el imperio.»[49]

Los cristianos arrojados a las fieras en el circo abonaron con su sangre el suelo de Roma y lo hicieron fértil para la predicación del evangelio.

«¡Qué fuerza tenía, entonces, la palabra Kyrios en esos días! Representaba al Soberano, a la Máxima Autoridad del imperio.

Durante los días de este imperio, Pablo vislumbró otro imperio que comenzaba a tomar fuerza y a exten­derse sobre la tierra: el de Jesucristo. Dondequiera que él establecía iglesias, lo hacía sobre este funda­mento: Jesucristo es el Señor. Cada persona que se agregaba a la primitiva comunidad cristiana, reco­nocía que Cristo era el Señor de su vida. Hay otro imperio decía Pablo, otro reino, el reino de Dios. Y su trono es estable para siempre.

El nombre Kyrios marca la tremenda diferencia entre las primitivas congregaciones y las nuestras.

Jesucristo nunca usó nuestros métodos, ni nuestro enfoque. Jamás predicó a nuestra mane­ra. Nunca preguntó: “¿Quién quiere ser salvo? Le­vante la mano… No tiene nada que pagar.” No hizo ofertas. Su proclama fue: “Arrepentíos… el reino de Dios se ha acercado. Se trataba de un reino, un reino que venía a los individuos. ¿Cómo? En la persona del Rey. Cuando Cristo se acercaba a alguien, lo ponía frente a una obligada disyuntiva: entrar en el reino o quedar fue­ra de él. ¿Cómo entrar? Subordinándose, sujetándose a la autoridad del Rey. Cristo enfrentaba a los hombres con su propia autoridad: “Se sujeta a mí o no; me reconoce como el Kyrios de su vida, o no.”»[50]

5. Se le llama Salvador

«De todos los títulos que se le dan a Jesús, uno de los más conocidos es el “SALVADOR”. Ese título aparece en himnos conocidísimos como Cariñoso Salvador”. También lo utilizamos al decir que debemos aceptar a Jesús como nuestro Salvador.

Este título es importante porque subraya un aspecto esencial de la obra de Jesús. Lo sorprendente es que es uno de los que menos se usan en la Biblia para referirse a Jesús.

En el Antiguo Testamento el título de “Salvador” se le da en primer lugar a Dios. Dios es el Salvador de Israel. Tal frase se refiere principalmente al Éxodo, cuando Dios salvó a Israel del yugo de Egipto. Por ejemplo, en el Salmo 106:21 dice: “Olvidaron al Dios de su salvación, que había hecho grandes proezas en Egipto…”

En el Antiguo Testamento, el principal acto salvador de Jehová es la liberación de Israel en el Éxodo. Esa acción libertadora es la principal razón por la que Israel se refiere a Dios como su Salvador.

El tipo de acción salvadora de Dios en el Éxodo se repite entonces en otras acciones semejantes de Dios a favor de Israel. Por ejemplo: en Isaías 60:16, al referirse al regreso del exilio y la restauración de Sión, Jehová dice: “…y conocerás que yo Jehová soy el Salvador tuyo, y Redentor tuyo, el Fuerte de Jacob.”

De igual modo, en 2 Samuel 22:3, tras el triunfo sobre los gigantes, David le canta a Jehová: “…Salvador mío; de violencia me libraste.”

En el Antiguo Testamento también se le da el título de “salvadores” a personas a quienes Dios levanta para salvar a su pueblo de diversas dificultades. En la Biblia a veces la palabra Salvador, cuando se usa así, se traduce por “Libertador”.

Jueces 3:9 “Entonces clamaron los hijos de Israel a Jehová; y Jehová levantó un libertador a los hijos de Israel y los libró; esto es, a Otoniel hijo de Cenaz, hermano menor de Caleb.”

Todo esto quiere decir que en el Antiguo Testamento la palabra “Salvador”, tanto cuando se le aplica a Jehová, como cuando se le aplica a algún instrumento de Dios, quiere decir “Libertador”.

En algunos siglos antes de la venida de Jesús, la lengua griega empezó a usarse en toda la cuenca del Mar Mediterráneo, y los judíos tradujeron la Biblia al griego. En esa traducción, el término “Salvador” se traduce con la palabra griega “Soter”.

Ese era un título que se les daba a quienes, mediante grandes victorias, “salvaban” al pueblo.

Por ejemplo: Uno de los grandes principales generales de Alejandro el Grande recibió el nombre de Ptolomeo “Soter”. En este sentido, el título de “salvador” era parecido al modo en que hoy hablamos de Bolívar como “El Libertador”.

Pero los tiempos eran malos y muchas personas, tanto entre los judíos como entre los gentiles, comenzaron a ver que había situaciones en las que la “salvación” era después de la muerte.

Entre algunos, se empezó a hablar de la muerte misma como “salvadora”, y tanto los judíos como los cristianos, tuvieron que luchar contra tal idea que daba a entender que el mundo en que vivimos era necesariamente malo y que Dios se desentendía de él.

Al nacer Jesús, la idea de “Salvador” incluía a la vez la salvación después de la muerte y la salvación de esta vida. De hecho, en el Nuevo Testamento se usa la misma palabra para “sanar” y para “salvar”. Nuestros traductores al español tienen que decir cuál de las dos palabras van a usar en cada caso.

Luego, al decir que Jesús es “Salvador”, quiere decir que El es “Libertador” que nos libra de todos los yugos a que estamos sujetos. Por esta razón, a través de los siglos, muchos cristianos han preferido este título para referirse a Jesús.

Uno de los yugos es el pecado. Aparte de Jesús somos esclavos del pecado. Jesús nos libra de la carga del pecado cometido y nos da poder en las tentaciones por venir. Esta victoria que comienza en esta vida, culmina en la futura.

Otro de esos yugos es el de la muerte. Aparte de Jesús, todos estamos condenados a morir, pero Jesús nos da victoria sobre la muerte. Esa victoria también culmina en el futuro, pero ya en esta vida se hace efectiva, porque no le tememos a la muerte pues sabemos que está vencida.

Jesús, como Jehová en toda la historia de Israel, libra también de los yugos de la opresión política y económica. A veces nos puede ser difícil ver esto, pues parece que los poderes en realidad son invencibles.

Pero esa victoria también comienza en esta vida y no culminará hasta el final del tiempo, en el reino de Dios, cuando gozaremos de completa paz, libertad y justicia en la eternidad.»[51]

«Salvador (griego soter) es uno de los más queridos de todos los títulos honoríficos otorgados al Señor Jesucristo. Sin embargo, es sorprendente que se use sólo unas quince veces en el Nuevo Testa­mento para referirse específicamente a Cristo.

Algunos gobernantes de las épocas preneotestamentaria y neo-testamentaria se arrogaron este título, u otros se lo atribuyeron. La idea a menudo era la de libertador. También se emplea al hablar de Dios en la Septuaginta. Por ejemplo, Isaías 43:3 dice: “Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador.” Por consi­guiente, cuando se aplica a Jesús incluye la idea de su deidad. Con frecuencia se emplea junto con el título Señor (por ejemplo, 2 Pedro 1:11; 2:20; 3:2,18).

Es importante ver la conexión entre este título y el nombre Jesús. Jesús (griego lesous) se encuentra en la Septuaginta como traducción del nombre hebreo Josué, que está basado en el verbo yasha “liberar”. El significado tipológico de Josué se encuentra en Hebreos, capítulos 3 y 4. Así como Josué guió al pueblo de Dios en la tierra prometida y a la victoria sobre sus enemigos, así el Josué del Nuevo Testamento — Jesús — libera al pueblo de Dios y lo guía en la vida victoriosa.

Eso recuerda la declaración del ángel a José: “Llamarás su nom­bre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Palabras cognadas con soter (tales como soteria, “salvación, liberación”; sozein, “salvar, liberar”) muestran que la liberación lle­vada a cabo por Cristo es comprehensiva. Efectivamente, Él nos libera del pecado, pero también libera de la enfermedad (Mateo 9:21-22; Marcos 6:56; Santiago 5:15) y de la muerte (Lucas 8:50). Además, nos liberará de nuestro cuerpo terrenal, transformándolo para que sea como su glorioso cuerpo (Filipenses 3:20). Es, en verdad, el Salvador del mundo (Juan 4:42; 1 Juan 4:14), pero es de manera especial el Salvador de su cuerpo, la iglesia (Efesios 5:23).» [52]

«Es el título de la cristología del Nuevo Testamento que finalmente i ganado el asentimiento más extendido, universal, de los cristianos en el mundo. Pocos hombres conocerán de Jesús otra cosa más allá de que él es el Salvador de los hombres. El titulo aparece en el Nuevo Testamento unas 23 veces de las cuales solo 3 son en los Evangelios (Lc. 2:11; Jn. 4:42; Lc. 1:69) Un examen de estos textos nos permitirá fijar algunas características de este concepto en el Nuevo Testamento.

El concepto de Salvador aplicado a Jesús en el Nuevo Testamento se caracteriza por los siguientes elementos:

(1) Una concepción histórica muy precisa: el Salvador nació en un lugar determinado, en una fecha determinada, y como cumplimiento de la promesa hecha por Dios a su pueblo Israel (Lc. 2:11);

(2) una concepción universalista de la obra del Salvador. Como cumplimiento de las promesas venía a salvar a su pueblo (Mt. 1:21), pero su obra de salvación se extendía a todos los ^hombres (Jn. 4:42; 1 Jn. 4:14; 1 Ti. 2:4);

(3) una concepción radical del peligro que amenazaba al hombre y del cual Jesús lo venía a salvar: el pecado (Mt. 1:21) y el juicio de Dios (Ro. 5:9; 1 Tes. 1:10, etc.);

(4) Una concepción de la actualización de la salvación por la predicación {Hch. 2:40; 11:14; Ro. 10:13-14, 1 Ti. 2:3, 4, 7);

(5) una concepción escatológica de la salvación anunciada: “el Salvador ha realizado su obra suficiente; reúne ahora a su pueblo por la predicación apostólica, y pronto volverá a juzgar y a Salvar a los hombres”.

Es decir, la salvación es un acto y un proceso, una tensión entre el “ya” y el “todavía no”»[53]

Puede Jesús ser tu Salvador sin ser tu Señor?

A. W. Tozer escribe lo siguiente con respecto a la doctrina de la Gracia Gratuita,

“La verdad es que la salvación separada de la obediencia no existe en las Escrituras. Pedro hace ver muy claro que nosotros somos “elegidos según la presciencia (conocimiento anticipado) de Dios el Padre, a través de la santificación del Espíritu para obediencia” (1a de Pedro 1:2, paráfrasis del autor).

Que tragedia es que en nuestros días, oímos muy seguido que el evangelio se predica sobre estas bases: “¡Ven a Jesús! No tienes que dejar nada, no tienes que cambiar nada, no tienes que entregar nada, no tienes que dar nada a cambio, únicamente ven a Él y cree en Él como tu Salvador”.

Así que la gente viene y cree en el Salvador. Más tarde en una reunión o en una conferencia ellos oirán otro llamado: “Ahora que tú ya has recibido al Señor como tu Salvador, lo tomarás o lo recibirás como tu Señor?”.

El hecho de que esto se oiga en todas partes no lo hace correcto. Insistirle a la persona que crea en un Cristo dividido es una enseñanza incorrecta. ¡Nadie puede recibir la mitad de Cristo, o la tercera parte de Cristo, o una cuarta parte de la persona de Cristo!” [54]

El evangelio Light que hoy se predica, es falta de tomar en serio el señorío de Cristo en la vida de los cristianos.

Aunque parezca risible el evangelio “Light”, o evangelio diferente, el de la puerta ancha, se asemeja a los comerciales televisivos que todo lo venden “bueno, bonito y barato” y “tres por el precio de uno”, “satisfacción inmediata”.

También podríamos citar a aquellos predicadores de fe que predican al Cristo de la lámpara de Aladino, el genio que se lo llama, y resuelve todos los problemas de la gente.

Este es el evangelio de las ofertas. Llame ya y Dios responde, le soluciona su problema a un bajo precio.

En un documento electrónico, obtenido de Internet, encontré la siguiente reflexión, que me parece muy clara:

«Sin arrepentimiento NO HAY PERDÓN (vs 1:15), pero arrepentirse no es lamentar un error, esto es algo que hoy se ha descuidado al enfatizar la experiencia religiosa, la prosperidad y el énfasis en lo que el hombre va a recibir

1 sin costo

2 sin exigencia alguna

3 sin compromiso, sin esfuerzos, solo SENSACIONES

4 un evangelio de solo “OFERTAS”…

“con Dios no se juega”… el evangelio dice que Dios NO cambia (Números 23:19), y que hay que prepararse para entrar al Reino (vs 4). Implica un cambio revolucionario, una INTERRUPCIÒN y un COMIENZO (Juan 3:3), a la vida nueva en el Reino de Dios en Cristo, y al pertenecer al “Reino de Dios” la calidad de la vida espiritual y moral deber se coherente!.(no por obras!)

La SANTIDAD es el sello en los discípulos de Cristo, y aun más “Haced morir lo “terrenal” (Colosenses 3:5), es lo que se ha perdido en nuestra era, donde la falta de temor de Dios llevó a la liviandad, y lo profano dentro de la Iglesia, y a la burla de lo SAGRADO en la sociedad.

El Materialismo, el Humanismo, el Existencialismo, y otros ismos, están metidos en la Iglesia, todo se “mide” por cantidades, igual que en el mundo… la oferta y las promesas.

La gente piensa en ventajas… paz, alivio, felicidad, una vida con propósito, etc., y Dios quiere eso…

Dios promete eso… pero… la CONDICION para que eso se haga realidad, es necesario un cambio a fondo… un giro de 180º.»[55]

« En términos cristianos, Jesús fue un anti “light”. Exigió encarar la conversión a Dios, el cambio de vida y las actitudes éticas y religiosas desde su raíz. Así fue percibido por la clase gobernante y sacerdotal, y también por sus discípulos. Para sus parientes esto era un preocupante síntoma de locura (Mc3:21). No es de extrañar entonces que su actitud nada “light” le haya costado la vida.

Dejó claro que quien quiera seguirle debe no puede ser “light”. El seguimiento debe ser la opción fundamental, por sobre la de los padres, los hijos y la propia vida (Mt10:37-39). Cualquier bien, cualquier valor ha de ser sacrificado cuando se hace incompatible con esta opción (Mt18:8), a semejanza del que vende todo lo que tiene para adquirir una perla preciosa o un tesoro escondido (Mt13:44-46). La opción del cristiano es un compromiso tal que elimina el falso equilibrio del “servicio a dos señores” (Mt6:24; Lc12:21, 34).

La puerta que lleva a su Reino, no es ancha ni “equilibrada” como pueden pretender los cristianos “light”, sino estrecha (Mt7:13). Los que le siguen deben estar dispuestos a no tener donde reclinar su cabeza, deben romper con los compromisos mundanos, y una vez en marcha no deben siquiera mirar atrás (Lc9:57-62). Toda ganancia temporal no aprovecha de nada si nos separa de El (Mt16:25-26).»[56]

La iglesia verdadera es aquella en la cual cada uno de los miembros está respaldando, de palabra y de hecho, cuatro expresiones de vida que se ven en la Iglesia Primitiva:

1 Jesucristo es el señor de mi voluntad

Si queremos ser parte de la igl. de cristo, nuestra voluntad debe ser sometida a él.

2 Jesucristo es el Señor de mi tiempo

  • Hch. 2:42,46.47

3 Jesucristo es el Señor de mis bienes.

  • Hch . 2:44-45,4:32
  • Luc 14:33

4.Jesucristo Señor de mi hogar

  • Hech 2:46
  • Efesios 5:22
  • Efesios 5:25; I PE 3:7
  • Efesios 6:1,2
  • Efesios 6:4

Notas:

[32] Floreal Ureta en Elementos de Teología Cristiana.Una introducción general, Casa Bautista de Publicaciones, Pág.134-137

[33]¿CUÁLES SON LOS TÍTULOS DE JESÚS EN LOS EVANGELIOS? ,(vidaconsagrada.mforos.com)

[34] Ibid

[35] Ibid

[36] Ibid

[37] Ibid

[38] Ibid

[39] Ibid

[40] EL HOMBRE FRENTE A CRISTO

[41] Cristología de Juan.,Pág. 15,edit. Clie

[42] http://tematicacristiana.blogspot.com/2008/04/la-verdadera-historia-de-ben-hur.html

[43] (Sorprendido por la Alegría,Autobiografía de C. S. Lewis, C.S.Lewis)

[44]Ibid

[45]Antonio D.Palma, Tesoros léxicos de la Palabra de Dios, pag. 17,edit. Vida,1995

[46] G.S.Hendry, “Christology”, en A. Dictionary of Christian Theology,p. 55, citado por Floreal Ureta en Elementos de Teología Cristiana.Una introducción general, Casa Bautista de Publicaciones,pag. 124

[47] Elementos de Teología Cristiana.Una introducción general,op. cit, Pag 124-125

[48] Jorge Himitian, Jesucristo es el Señor,pag 20-23, Editorial Logos,1994

[49] La primera persecución contra los cristianos

[50] Jesucristo es el Señor,op. cit., pag 23-25

[51] SALVADOR, Ministerios El Buen Pastor Internacional

[52] Tesoros léxicos de la Palabra de Dios, op. cit.,Pág. 15- 16

[53] Elementos de Teología Cristiana.Una introducción general,op. cit.,Pag 125

[54] EL EVANGELIO DE MARCOS.pdf, Por: Carlos Olivares ( Charly) ,Pág. 4

[55] ibid ,Pág. 3

[56] El Cristiano Light (Por Luis Pérez Aguirre)

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