El fundamentalismo y el relativismo son dos caras de una misma moneda

El fundamentalismo y el relativismo son dos caras de una misma moneda

Peter Berger desvela en el Pew Forum on Religion & Public Life las conclusiones de su último trabajo

Peter Berger ha vuelto al Pew Forum on Religion & Public Life norteamericano para un encuentro con pensadores y periodistas en el que comentó algunos de los resultados de uno de sus proyectos de investigación, desarrollado en el marco del Institute on Culture, Religion and World Affaire. Dicho proyecto ha intentado responder a la siguiente cuestión: ¿se puede encontrar un camino intermedio entre fundamentalismo y relativismo? Ambas formas de comprensión de la realidad hunden sus raíces en la modernidad, asegura el investigador: las dos son respuestas a la desaparición de las sociedades cerradas, donde todo quedaba establecido. Ni el relativismo ni el fundamentalismo –religioso o secular- ayudan sin embargo a las sociedades a sobrevivir: el primero porque desvalora los preceptos morales y el segundo porque se impone mediante la intolerancia agresiva. Por Yaiza Martínez.



The Pew Forum.
El eminente sociólogo de la religión Peter Berger, autor de libros como “La construcción social de la realidad” o “El dosel sagrado. Elementos para una sociología de la religión”, obra considerada un referente en la sociología de la religión, se preguntó hace unos años: ¿cambiarían mis convicciones morales si, un día, me convierto en ateo?

Esta cuestión, muy sorprendente para el pensador, le condujo a liderar un proyecto de investigación que implicó a diversos pensadores judíos y cristianos, y que ha culminado con la publicación de dos libros, uno de ellos a finales de este mismo año. Una de las reflexiones vertebradoras de este proyecto ha sido la preocupación por encontrar una vía intermedia entre el fundamentalismo y el relativismo, publica el Pew Forum on Religion & Public Life.

Dos caras de una misma moneda

El Pew Forum estadounidense, que es una organización independiente fundada en 2001 para promover una comprensión más profunda de aquellos temas en que se cruzan la religión y los asuntos públicos, invitó recientemente a Berger a compartir los descubrimientos derivados de su investigación con periodistas y académicos como Seyyed Hossein Nasr, profesor de estudios islámicos de la Universidad George Washington, o David Brooks, periodista del New York Times, entre otros. Posteriormente, ha publicado una transcripción de dicho encuentro.

En el evento, Peter Berger explicó en primer lugar que su proyecto, titulado “Between Relativism and Fundamentalism” (Entre el relativismo y el fundamentalismo”) ha sido recientemente culminado en el Institute on Culture, Religion and World Affairs, que el propio Berger dirige en la Universidad de Boston.

Este proyecto ha intentado definir, utilizando recursos de diferentes ramas de la tradición judeo-cristiana, una posición que eluda los extremos: el relativismo que afirma que cualquier aseveración de verdad es irrelevante o inasequible, y el fundamentalismo, cuyas alegaciones de verdad son propuestas con actitudes de una intolerancia agresiva.

En el encuentro organizado por el Pew Forum, Berger afrontó la cuestión de esta dicotomía desde la dimensión moral y política. Según él, aparentemente fundamentalismo y relativismo no tienen nada que ver entre sí, pero eso no es cierto: ambos son las dos caras de una misma moneda y las raíces de ambos se encuentran en el mismo fenómeno moderno.

Respuestas a la modernidad

La modernización ha minado progresivamente las comunidades cerradas en las que los humanos hemos vivido a lo largo de la historia; ese tipo de comunidades en las que había un alto grado de consenso sobre el conocimiento y las normas acerca de la realidad. Bajo las condiciones modernas, sin embargo, este consenso es más difícil de conseguir.

El relativismo, según Berger, puede describirse como una visión del mundo que reconoce la ausencia de consenso y, además, la celebra. El fundamentalismo, por el contrario, responde a la misma situación de escasez de certezas pero, en este caso, buscando certezas absolutas para cada aspecto de su propia concepción del mundo. El fundamentalismo puede ser tanto religioso como secular.

Por otro lado, tanto el relativismo como el fundamentalismo amenazan el orden básico de la moral, advierte el sociólogo, sin el que no puede existir sociedad alguna, y menos que ninguna una sociedad democrática.

El relativismo es una amenaza porque convierte la moral en un juego caprichoso, y el fundamentalismo es peligroso para la sociedad porque la transforma en un campo de batalla en el que se enfrentan las diversas corrientes.


The Pew Forum.
Búsqueda de equilibrio

Pero, ¿cómo encontrar el equilibrio entre ambas concepciones de la realidad? O, ¿dónde está el centro entre ambas?, preguntó el periodista David Brook en el encuentro.

Un discípulo de Berger, Os Guiness (autor de más de 30 libros y colaborador del sociólogo en el proyecto “Between Relativism and Fundamentalism”) respondió que, en su opinión, el camino entre fundamentalismo y relativismo “es materia de la integridad individual”.

Esta “integridad individual”, según él, debería ser mostrada a la vida pública, en un contexto en que la gente pueda sincerarse sobre sus diferencias e incluso negociar con otros puntos en común, de manera cívica. Sin este intercambio, sin esta puesta en común para buscar términos medios, observó Guiness, la vía intermedia, “desaparecerá continuamente”.

El proyecto dirigido por Berger ha reunido a religiosos, a cristianos y judíos, durante un periodo de dos años. Posteriormente, entre estos pensadores fueron escritos los libros de próxima publicación anteriormente mencionados, en los que los convocados han descrito desde su perspectiva la manera en que se puede no ser ni relativista ni fundamentalista al tiempo que se es luterano, católico, cristiano ortodoxo o judío practicante.

Y, en cuanto a la pregunta inicial que dio lugar a este proyecto: “¿cambiarían mis convicciones morales si, un día, me convierto en ateo?”, Berger señaló en otro momento del encuentro organizado por el Pew Forum: no cambiarían en nada.

Peter Berger es teólogo luterano. En Tendencias21 hemos publicado otro artículo sobre una de sus conferencias más recientes, en la que explicaba que la religión ha evolucionado actualmente hacia el pluralismo, y no hacia el secularismo.

Fisiopatología de la muerte de Jesucristo

Fisiopatología de la muerte de Jesucristo

Jesús una persona Politraumatizada

Rubén Dario Camargo R.
Medicina Interna – Cuidados Intensivos.
Barranquilla, Colombia 2003.

INTRODUCCIÓN

Los estudios médicos que tratan de explicar la causa de la muerte de Jesucristo, toman como material de referencia un cuerpo de literatura y no un cuerpo físico. Publicaciones sobre los aspectos médicos de su muerte se reportan desde el siglo I.

Hoy día, con base a los conocimientos de la fisiopatología del paciente traumatizado, se puede llegar a inferir los cambios fisiológicos padecidos por Jesucristo durante su pasión y muerte. Los relatos bíblicos de la crucifixión descritos a través de los evangelios y documentación científica al respecto, describen que padeció y sufrió el más cruel de los castigos. El más inhumano y despiadado de los tratos que puede recibir un ser humano.

Descubrimientos arqueológicos relacionados con las practicas romanas de la crucifixión. Proveen información valiosa que da verdadera fuerza histórica a la figura de Jesús, y a su presencia real en la historia del hombre.

Históricamente este acontecimiento se inicia durante la celebración de la pascua judía, en el año 30 de nuestra era. La última cena se realizó el jueves 6 de abril (nisan 13). La crucifixión se llevo a cabo el 7 de abril (nisan 14). Los años del nacimiento y la muerte de Jesús permanecen en controversia.


HUERTO DE LOS OLIVOS (GETSEMANI)

Los escritores sagrados describen la oración de GETSEMANI con enérgicas expresiones. Lo vivido por Jesús antes de ser tomado como prisionero, lo refieren como una mezcla indecible de tristeza, de espanto, de tedio y de flaqueza. Esto expresa una pena moral que ha llegado al mayor grado de su intensidad.

Fue tal el grado de sufrimiento moral, que presentó como manifestación somática, física; sudor de sangre (hematihidrosis o hemohidrosis). “sudor de sangre, que le cubrió todo el cuerpo y corrió en gruesas gotas hasta la tierra”. (Lc 22, 43).

Caso no usual en la practica médica. De presentarse está asociado a desordenes sanguíneos. Fisiológicamente es debida a congestión vascular capilar y hemorragias en las glándulas sudoriparas. La piel se vuelve frágil y tierna.

Después de este primera situación ocasionada por la angustia intensa. Es sometido a un ayuno que durara toda la noche durante el juicio, y persistirá hasta su crucifixión.

FLAGELACIÓN

La flagelación era un preliminar legal para toda ejecución Romana. A la víctima le desnudaban la parte superior del cuerpo, lo sujetaban a un pilar poco elevado, con la espalda encorvada, de modo que al descargar sobre esta los golpes, nada perdiesen de su fuerza y golpeaban, sin compasión, sin misericordia alguna.

El instrumento usual era un azote corto (flagrum o flagellum) con varias cuerdas o correas de cuero, a las cuales se ataban pequeñas bolas de hierro o trocitos de huesos de ovejas a varios intervalos.

Cuando los soldados azotaban repetidamente y con todas sus fuerzas las espaldas de su víctima, las bolas de hierro causaban profundas contusiones y hematomas. Las cuerdas de cuero con los huesos de oveja, desgarraban la piel y el tejido celular subcutáneo.

Al continuar los azotes, las laceraciones cortaban hasta los músculos, produciendo tiras sangrientas de carne desgarrada. Se creaban las condiciones para producir perdida importante de líquidos (sangre y plasma).

Hay que tener en cuenta que la hematidrosis había dejado la piel muy sensible en Jesús.

Después de la flagelación, los soldados solían burlarse de sus víctimas. A Jesús, le fue colocada sobre su cabeza, como emblema irónico de su realeza una corona de espinas. En Palestina abundan los arbustos espinosos, que pudieron servir para este fin; se utilizó el Zizyphus o Azufaifo, llamado Spina Christi , de espinas agudas, largas y corvas.

Le fue colocada una túnica sobre sus hombros (un viejo manto de soldado, que figuraba la púrpura de que se revestían los reyes, “clámide escarlata”), y una caña, parecida al junco de Chipre y de España como cetro en su mano derecha.


CRUCIFIXIÓN

El suplicio de la cruz es de origen oriental. Fue recibido de los persas, asirios y caldeos; por los, griegos, egipcios y romanos. Se modifico en varias formas en el transcurso de los tiempos.

En principio fue un simple poste. Luego se fijo en el remate una horca (furca), de la que se suspendía el reo por el cuello. Después se adiciono un palo transversal (patibulum), tomando un nuevo aspecto. Según la forma en que el palo transversal se sujetara al palo vertical, se originaron tres clases de cruces:

La crux decussata. Conocida como cruz de San Andrés, tenia la forma de X.

La crux commissata. Algunos la llaman cruz de San Antonio, se parecía a la letra T.

La crux immisa. Es la llamada cruz latina, que todos conocemos.

Se obligo a Jesús, como era la costumbre a cargar la cruz; desde el poste de flagelación al lugar de la crucifixión. La cruz pesaba más de 300 libras (136 kilos) sólo llevo el patíbulo que pesaba entre 75 y 125 libras. Fue colocado sobre su nuca y se balanceaba sobre sus dos hombros.

Con agotamiento extremo y debilitado, tuvo que caminar un poco mas de medio kilómetro (entre 600 a 650 metros) para llegar al lugar del suplicio. El nombre en arameo es Golgotha, equivalente en hebreo a gulgolet que significa “lugar de la calavera”, ya que era una protuberancia rocosa, que tenia cierta semejanza con un cráneo humano, hoy se llama por la traducción latina calvario.

Antes de comenzar el suplicio de la crucifixión, era costumbre dar una bebida narcótica (vino, con mirra, e incienso) a los condenados; con el fin de mitigar un poco sus dolores. Cuando presentaron a Jesús este brebaje, no quiso beberlo. ¿Que podría mitigar un dolor moral y físico tan intenso, cuando su cuerpo, todo policontundido, sólo esperaba enfrentar su último suplicio, sin alivio alguno, con pleno dominio de sí mismo?

Con los brazos extendidos, pero no tensos, las muñecas eran clavadas en el patíbulo. De esta forma, los clavos de un centímetro de diámetro en su cabeza y de 13 a 18 centímetros de largo, eran probablemente puestos entre el radio y los metacarpianos, o entre las dos hileras de huesos carpíanos, ya sea cerca o a través del fuerte flexor retinaculum y los varios ligamentos intercarpales. En estos lugares aseguraban el cuerpo.

El colocar los clavos en las manos hacia que se desgarraran fácilmente puesto que no tenían un soporte óseo importante.

La posibilidad de una herida periosea dolorosa fue grande, al igual que la lesión de vasos arteriales tributarios de la arteria radial o cubital. El clavo penetrado destruía el nervio sensorial motor, o bien comprometía el nervio mediano, radial o el nervio cubital. La afección de cualquiera de estos nervios produjo tremendas descargas de dolor en ambos brazos. El empalamiento de varios ligamentos provoco fuerte contracciones en la mano.

Los pies eran fijados al frente del estípete por medio de un clavo de hierro, clavado a través del primero o segundo espacio intermetatarsiano. El nervio profundo peroneo y ramificaciones de los nervios medianos y laterales de la planta del pie fueron heridos.

¿Se clavaron ambos pies con un solo clavo o se empleo un clavo para cada pie? También esta es una cuestión controvertida. Pero es mucho más probable que cada uno de los pies del salvador estuvo fijado a la cruz con clavo distinto. San Cipriano que, más de una vez había presenciado crucifixiones, habla en plural de los clavos que traspasaban los pies. San Ambrosio, San Agustín y otros mencionan expresamente los cuatro clavos que se emplearon para crucificar a Jesús.

San Meliton de Sardes escribió: “los padecimientos físicos ya tan violentos al hincar los clavos, en órganos por extremo sensibles y delicados, se hacían aun más intensos por el peso del cuerpo suspendido de los clavos, por la forzada inmovilidad del paciente, por la intensa fiebre que sobrevenía, por la ardiente sed producida por esta fiebre, por las convulsiones y espasmos, y también por las moscas que la sangre y las llagas atraían”.

No han faltado quienes dijesen que los pies del salvador no fueron clavados, sino simplemente sujetos a la cruz con cuerdas; pero tal hipótesis tiene en contra, tanto el testimonio unánime de la tradición , que ve en el crucificado Jesús el cumplimiento de aquel, celebre vaticinio: “han taladrado mis manos y mis pies” (sal 21); como en los mismos evangelios, pues leemos en San Lucas (Lc 24, 39-40) “ved mis manos y mis pies; yo mismo soy; palpad y ved..Y, dicho esto, les mostró las manos y los pies”.

Dice Bosssuet: ¿como describir los padecimientos morales que soportó nuestro Señor Jesús Cristo durante su horrorosa agonía? Cuando una muchedumbre de gente se saciaba sus ojos con el espectáculo de aquella agonía, acompañando con todo tipo de ultrajes que le colmaron hasta el último momento. Sufría al ver la mirada abnegada de su madre y sus amigos, a quienes sus dolores tenían sumidos en profunda tristeza. Todo Él era, digámoslo así, un tormento en sus miembros, en su espíritu, en su corazón y en su alma.

De todas las muertes la de la cruz era la más inhumana, suplicio infamante, que en el imperio romano se reservaba a los esclavos (servile suppliciun) .

Después de las palabras en Getsemaní vienen las pronunciadas en el Gólgota, que atestiguan esta profundidad, única en la historia del mundo. Dios mío, Dios mío, ¿por que me has abandonado?” Sus palabras no son sólo expresión de aquel abandono, son palabras que repetía en oración y que encontramos en el salmo 22.


INTERPRETACION FISIOPATOLOGICA DE LA MUERTE DE JESUCRISTO

En la muerte de Jesús varios factores pudieron contribuir. Es importante tener en cuenta que fue una persona politraumatizada y policontundida; desde el mismo momento de la flagelación, hasta su crucifixión.

El efecto principal de la crucifixión, aparte del tremendo dolor, que presentaba en sus brazos y piernas, era la marcada interferencia con la respiración normal, particularmente en la exhalación.

El peso del cuerpo jalado hacia abajo, con los brazos y hombros extendidos, tendían a fijar los músculos intercostales a un estado de inhalación y por consiguiente afectando la exhalación pasiva. De esta manera la exhalación era primeramente diafragmatica y la respiración muy leve. Esta forma de respiración no era suficiente y pronto produciría, retención de CO2 (hipercapnia).

Para poder respirar y ganar aire Jesús tenia que apoyarse en sus pies, tratar de flexionar sus brazos y después dejarse desplomar para que la exhalación se produjera. Pero al dejarse desplomar le producía igualmente una serie de dolores en todo su cuerpo.

El desarrollo de calambres musculares o contracturas tetanicas debido a la fatiga y la hipercapnia afectaron aún más la respiración. Una exhalación adecuada requería que se incorporara el cuerpo empujándolo hacia arriba con los pies y flexionando los codos, aductando los hombros.

Esta maniobra colocaría el peso total del cuerpo en los tarsales y causaría tremendo dolor.

Más aún, la flexión de los codos causaría rotación en las muñecas en torno a los clavos de hierro y provocaría enorme dolor a través de los nervios laceradas. El levantar el cuerpo rasparía dolorosamente la espalda contra la estípe. Como resultado de eso cada esfuerzo de respiración se volvería agonizante y fatigoso, eventualmente llevaría a la asfixia y finalmente a su fallecimiento.

Era costumbre de los romanos que los cuerpos de los crucificados permaneciesen largas horas pendientes de la cruz; a veces hasta que entraban en putrefacción o las fieras y las aves de rapiña los devoraban.

Por lo tanto antes que Jesús muriese, los príncipes de los sacerdotes y sus colegas del Sanedrín pidieron a Pilato que, según la costumbre Romana, mandase rematar a los ajusticiados, haciendo que se le quebrasen las piernas a golpes. Esta bárbara operación se llamaba en latín crurifragium (Jn 20, 27).

Las piernas de los ladrones fueron quebradas, más al llegar a Jesús y observar que ya estaba muerto, renunciaron a golpearle; pero uno de los soldados para mayor seguridad quiso darle lo que se llamaba el “golpe de gracia” y le traspaso el pecho con una lanza.

En esta sangre y en esa agua que salieron del costado, los médicos han concluido que el pericardio, (saco membranoso que envuelve el corazón), debió ser alcanzado por la lanza, o que se pudo ocasionar perforación del ventrículo derecho o tal vez había un hemopericardio postraumático, o representaba fluido de pleura y pericardio, de donde habría procedido la efusión de sangre.

Con este análisis que si bien es conjetura, nos acercamos más a la causa real de su muerte.Interpretaciones que se encuentran dentro de un rigor científico en cuanto a su parte teórica; más no demostrables con análisis ni estudios complementarios.

Los cambios sufridos en la humanidad de Jesucristo, se han visto a la luz de la medicina, con el fin de encontrar realmente el carácter humano, en un hombre que es llamado el hijo de Dios, y que voluntariamente acepto este suplicio, convencido del efecto redentor y salvador para los que crean en ÉL y en su evangelio.

REFERENCIAS

1. Sermo de Passione
2. San Justiniano, Dial, c, Tryph, 97,98,104, y apol, 135; Tertuliano, adv. Marc,
3. Camargo Rubén. Diario el heraldo. B/quilla, Col 1990
4. Rev. Med. Jama 1986;255;1455-1463
5.
Fragm, 16
6. Tractac in Joan, 36,4 – De obitu Theodos, 47 y 49
7. Séneca,Epist,101; Petronio, Sat 3,6; Eusebio, Hist,eccl,8,8
8. Carta Apostólica Salvifici Doloris 1984
9.Louis Claude Fillion. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Tomo III

Rubén D Camargo R .MD

E-mail. rcrubio@alumni.unav.es

http://www.fluvium.org/textos/lectura/lectura407.htm

SOBRE LA MUERTE FISICA DE JESUCRISTO

SOBRE LA MUERTE FISICA DE JESUCRISTO

por William Edwards ; Wesley Gabel ; Floyd Hosmer – (traducción : Luis Simpson)

Jesús de Nazaret pasó por el juicio judío y el romano, fue azotado y sentenciado a muerte por crucifixión. La flagelación produjo laceraciones en forma de rayas y considerable pérdida de sangre, y probablemente contribuyó al shock hipovolémico, como se evidencia por el hecho de que Jesús estaba demasiado débil para cargar la cruz (patíbulum) hasta el Gólgota. En el lugar de la crucifixión, sus muñecas fueron clavadas al patíbulum, y, luego que el patíbulum fuera alzado hasta el poste (estípite), sus pies fueron clavados al estípite.

El mayor efecto patológico de la crucifixión era la interferencia con la respiración. Así la muerte resultaba básicamente de shock hipo-volémico y asfixia. La muerte de Jesús fue asegurada por una punzada de lanza en su costado. La interpretación médica moderna del evento histórico indica que Jesús estaba muerto cuando fue bajado de la cruz.

(JAMA 1986; 255; 1455-1463)


La vida y enseñanzas de Jesús de Nazaret han formado la base para una de las principales religiones mundiales (el cristianismo), han influido apreciablemente en el curso de la historia de la humanidad, y, en virtud de una actitud compasiva hacia los enfermos, también han contribuido al desarrollo de la medicina moderna. La eminencia de Jesús como figura histórica así como el sufrimiento y la controversia asociados con su muerte, nos han estimulado a investigar, de manera interdisciplinaria, las circunstancias que rodearon su crucifixión. En este tenor, es nuestra intención presentar, no un tratado teológico, sino más bien un recuento médico e histórico preciso de la muerte física de Jesús.

FUENTES

El material de referencia relativo a la muerte de Cristo se compone de un cuerpo de literatura y no de un cuerpo físico o sus restos. En este tenor, la credibilidad de cualquier discusión sobre la muerte de Jesús será determinada básicamente por la credibilidad de las fuentes. Para este repaso, el material de referencia incluye los escritos de antiguos cristianos así como autores no cristianos, los escritos de autores modernos y el Sudario de Turín. Utilizando el método histórico-legal de investigación científica, los eruditos han establecido la confiabilidad y precisión de los manuscritos antiguos.

Las descripciones más extensas y detalladas de la vida y muerte de Jesús han de ser encontradas en los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Los otros 23 libros del Nuevo Testamento soportan pero no amplían los detallados registros de los evangelios. Algunos autores contemporáneos cristianos, judíos y romanos proveen información adicional sobre los sistemas legales judíos y romanos del Ier siglo así como detalles sobre flagelación y crucifixión. Seneca, Livy, Plutarco y otros se refieren a las prácticas de la crucifixión en sus trabajos. Jesús es mencionado por los historiadores romanos Cornelius Tacitus, Plinio el Menor y Suetonio, por los historiadores no romanos Thallus y Phlegon, por el sátiro Luciano de Samosata, por el Talmud judío, y por el historiador judío Flavius Josephus, a pesar de que la autenticidad de porciones de este último es cuestionable.

El Sudario de Turín es considerado por muchos como la tela con que envolvieron a Jesús, y varias publicaciones sobre los aspectos médicos de su muerte sacan sus conclusiones de esta suposición. El Sudario de Turín y descubrimientos arqueológicos recientes proveen información valiosa sobre las prácticas romanas de crucifixión. La interpretación de escritores modernos, basados en conocimientos científicos y médicos desconocidos en el primer siglo, podría arrojar más luz en cuanto a los posibles mecanismos de la muerte de Jesús.

Cuando se toman en conjunto ciertos datos -el testimonio extenso y contemporáneo tanto de proponentes como oponentes del cristianismo, y su aceptación universal de Jesús como una verdadera figura histórica; la ética de los escritores de los evangelios, y el corto intervalo de tiempo entre los eventos y los manuscritos; y la confirmación del recuento de los evangelios por historiadores y por descubrimientos arqueológicos- aseguran un testimonio confiable para elaborar una interpretación médica moderna de la muerte de Jesus.

GETSEMANI

Luego que Jesús y sus discípulos celebraron la Pascua en el aposento alto de una casa ubicada en el suroeste de Jerusalén, viajaron al Monte de los Olivos, al noreste de la ciudad. (Debido a varios ajustes del calendario, los años del nacimiento y la muerte de Jesús permanecen controversiales. Sin embargo, es muy probable que Jesús naciera en el 4 o el 6 AD y que muriera en el 30 DC. Durante la celebración de la Pascua en el 30 DC, la Ultima Cena se habría observado el jueves 6 de abril [Nisan 13], y Jesús habría sido crucificado el viernes 7 de abril [Nisan 14].) En el cercano Getsemaní, Jesús, aparentemente sabiendo que el tiempo de su muerte se acercaba, sufrió una enorme angustia mental, y, como describe el médico Lucas, su sudor se volvió como gotas de sangre.

Aunque es un fenómeno muy raro, el sudor sangriento (hematidrosis o hemohidrosis) podría ocurrir en altos estados emocionales o en personas con desórdenes sanguíneos. Como resultado de hemorragias en las glándulas sudoríficas, la piel se vuelve frágil y tierna. La descripción de Lucas

soporta el diagnóstico de homatidrosis en lugar de cromidrosis ecrina (sudoración amarillenta-verdosa o marrón) o estigmatización (sangre brotando de las palmas de las manos u otro lugar). Aunque algunos autores sugieren que la hematidrosis producía hipovolemia, concordamos con Bucklin que la pérdida real de sangre que experimentó Jesús fue mínima. Sin embargo, en el aire frío de la noche pudo haber producido escalofríos.

LOS JUICIOS

Juicios Judíos

Poco después de la medianoche, Jesús fue arrestado en Getsemaní por los guardias del templo, y fue llevado primeramente ante Anas y luego ante Caifás, el sumo sacerdote judío ese año. Entre la una de la mañana y el amanecer, Jesús fue juzgado ante Caifás y el Sanhedrín político, y fue hallado culpable de blasfemia. Luego los guardias lo vendaron, le escupieron, y le pegaron en el rostro con sus puños. Poco después del amanecer, presumiblemente en el templo, Jesús fue juzgado ante el Sanhedrín religioso (fariseos y saduceos), y de nuevo fue hallado culpable de blasfemia, un crimen castigable con la muerte.

Juicios Romanos

Debido a que el permiso para una ejecución tenía que provenir de los romanos gobernantes, Jesús fue llevado temprano en la mañana por los guardias del templo al Pretorio de la Fortaleza Antonia, residencia y asiento de gobierno de Poncio Pilato, el procurador de Judea. Sin embargo, Jesús fue presentado a Pilato, no como un blasfemo, sino como un rey autoproclamado que rechazaría la autoridad romana. Pilato no presentó ningún cargo contra El y lo envió a Herodes Antipas, tetrarca de Judea. Herodes tampoco presentó ninguna acusación oficial y lo devolvió a Pilato. De nuevo Pilato no pudo encontrar base alguna para un cargo legal contra Jesús, pero la gente demandaba la crucifixión con persistencia. Pilato finalmente cedió a su demanda y entregó a Jesús para ser flagelado y crucificado. (McDowell ha revisado el clima político, religioso y económico prevaleciente en el tiempo de la muerte de Jesús, y Bucklin ha descrito las varias ilegalidades de los juicios judíos y romanos.)

La Salud de Jesús

Los rigores del ministerio de Jesús (esto es, sus viajes a pie a través de la Palestina) habrían excluido cualquier enfermedad física de importancia o una constitución débil. En este sentido, es razonable suponer que Jesús gozaba de buen estado de salud antes de su caminata a Getsemaní. Sin embargo, durante las 12 horas entre las 9 pm del jueves y las 9 am del viernes, El sufrió una enorme tensión emocional (como se evidencia por la hematidrosis), abandono de sus más cercanos amigos (los discípulos) y el castigo físico (luego del primer juicio judío). Además de esto, en el escenario de una noche traumática y desvelada, El había sido obligado a caminar más de 4 kilómetros de uno a otro local donde se celebraron los juicios. Estos factores físicos y emocionales podrían haber dejado a Jesús particularmente vulnerable a los efectos adversos y hemodinámicos de la flagelación.

FLAGELACIÓN

Prácticas de Flagelación

La flagelación era un preliminar legal para toda ejecución romana, y solo las mujeres, los senadores romanos y los soldados (con excepción de casos de deserción) estaban exentos. El instrumento usual era un azote corto (flagrum o flagellum) con varias tiras de cuero sencillas o entrelazadas, de diferente longitud, en las cuales se ataban pequeñas bolas de hierro o trocitos de huesos de ovejas a varios intervalos. Ocasionalmente se utilizaban barrotes. Para la flagelación, el hombre era desnudado, y sus manos eran atadas a un poste. Las espaldas, las nalgas y las piernas eran azotadas, bien sea por dos soldados o por uno que alternaba la posición. La severidad de la flagelación dependía de la disposición de los verdugos y su objetivo era debilitar a la víctima a un estado próximo al colapso o la muerte. Después de la flagelación, los soldados solían burlarse de sus víctimas.

Aspectos Médicos de la Flagelación

Cuando los soldados azotaban repetidamente y con todas sus fuerzas las espaldas de su víctima, las bolas de hierro causaban profundas contusiones, y las tiras de cuero y huesos desgarraban la piel y el tejido subcutáneo. Al continuar los azotes, las laceraciones cortaban hasta los músculos, produciendo tiras sangrientas de carne desgarrada. El dolor y la pérdida de sangre usualmente creaban las condiciones para un shock circulatorio. La cantidad de sangre perdida podía muy bien determinar cuánto tiempo sobreviviría la víctima en la cruz.

La Flagelación de Jesús

Jesús fue severamente azotado en el pretorio. (Aunque la severidad de la flagelación no se describe en los cuatro evangelios, queda implícita en una de las epístolas [1 Ped 2:24]. Un estudio detallado del antiguo texto griego indica que la flagelación de Jesús fue particularmente fuerte.) No se sabe si el número de azotes se limitaba a 39, de acuerdo a la ley judía. A este hombre debilitado que reclamaba ser rey, los soldados comenzaron a escarnecer colocando una túnica sobre sus hombros, una corona de espinas sobre su cabeza, y un palo como cetro en su mano derecha. A seguidas le escupían y le golpeaban en la cabeza. Más aun, cuando le arrebataron la túnica, probablemente reabrieron las heridas.

La flagelación severa, con su intenso dolor y apreciable pérdida de sangre, probablemente dejaron a Jesús en un estado casi de shock. Más aun, la hermatidrosis había dejado su piel muy sensible. El abuso físico y mental descargado por los judíos y los romanos, así como la falta de alimentos, agua ydescanso, también contribuyeron a su estado general de debilidad. Por tanto, aún antes de la crucifixión, la condición física de Jesús era por lo menos seria si no crítica.

LA CRUCIFIXION

Prácticas de Crucifixión

La crucifixión probablemente comenzó entre los persas. Alejandro el Grande introdujo la práctica en Egipto y Cartagena, y parece ser que los romanos aprendieron de ella de los cartaginenses. A pesar de que los romanos no inventaron la crucifixión, la perfeccionaron como forma de castigo y tortura diseñada para producir una muerte lenta con máximo dolor y sufrimiento. Fue uno de los métodos de ejecución más crueles y degradantes, y se reservaba únicamente para esclavos, extranjeros, revolucionarios y los más viles criminales. La ley romana usualmente protegía a los ciudadanos romanos de la ejecución, con excepción tal vez de los soldados desertores.

En su forma inicial en Persia, la víctima era atada a un árbol o a un poste, usualmente para evitar que sus pies tocaran tierra santa. Luego se comenzó a usar una verdadera cruz. Esta se caracterizaba por un poste (estípite) y un travesaño (patíbulum), y tenía algunas variaciones. A pesar de que las evidencias arqueológicas e históricas indican fuertemente que la cruz baja tipo Tau era preferida por los romanos en la Palestina en el tiempo de Jesús, las prácticas de crucifixión variaban frecuentemente en una región geológica particular y de acuerdo con la imaginación de los verdugos, y la cruz Latina y otras formas pudieron haber sido usadas.

Se acostumbraba obligar al hombre condenado a cargar su propia cruz desde el poste de flagelación al lugar de la crucifixión fuera de los muros de la ciudad. Este usualmente iba desnudo, a menos que fuera prohibido por las costumbres locales. Debido a que la cruz pesaba más de 300 libras (136 kilos), solo se llevaba el travesaño. El patíbulum, que pesaba entre 75 y 125 libras (34 a 57 kilos), era colocada sobre la nuca de la víctima y se balanceaba sobre sus dos hombros. Usualmente se ataban los brazos extendidos al travesaño. La procesión al lugar de la crucifixión era precedida por una guardia romana completa, comandada por un centurión. Uno de los soldados cargaba un letrero (titulus) en el cual se exhibía el nombre y el crimen del condenado. Más adelante el titulus sería colocado sobre la cruz. El guardia romana no dejaría a la víctima hasta estar segura de su muerte.

Fuera de los muros de la ciudad estaban localizados, de manera permanente, los pesados estípites de madera sobre las cuales se asegurarían los patíbulum. En el caso de la cruz tipo Tau, esto se lograba mediante una junta de muesca y espiga, con o sin refuerzo de sogas. Para prolongar el proceso de crucifixión, un travesaño o viga horizontal frecuentemente se fijaba a mitad del estípite, sirviendo así como asiento (sedile o sedulum). Solo raras veces, y probablemente luego del tiempo de Cristo, se empleó un bloque de madera adicional (suppedaneum) para la transfixión de los pies.

En el lugar de la ejecución, por ley se le daba a la víctima un trago amargo de vino mezclado con mirra como leve analgésico. El criminal era luego tirado al suelo sobre sus espaldas, con sus brazos extendidos a lo largo del patíbulum. Las manos podían ser clavadas o amarradas al travesaño, pero el clavado era preferido por los romanos. Los restos arqueológicos de un cuerpo crucificado, encontrados en un osario cerca de Jerusalén y fechados para el tiempo de Cristo, indican que los clavos pinchos de hierro de punta agudizada de aproximadamente 5 a 7 pulgadas (13 a 18 centímetros) de longitud con sección cuadrada de 3/8 pulgadas (1 centímetro). Más aun, los descubrimientos de osarios y el Sudario de Turin han documentado que comúnmente los clavos atravesaban las muñecas en vez de las palmas de las manos.

Luego de fijar los brazos al travesaño, el patíbulum y la víctima eran levantados juntos al estípite. En una cruz bajita, cuatro soldados podían lograr esto con relativa facilidad. Sin embargo, en una cruz alta, los soldados utilizaban ganchos de madera o escaleras.

A seguidas de esto, los pies eran fijados a la cruz por medio de clavos o sogas. Los descubrimientos de osarios y el Sudario de Turin sugieren que el clavado era la práctica preferida por los romanos. A pesar de que los pies podían ser fijados a los lados del estípite o al descanso de madera (suppedaneum), usualmente eran clavados en el lado frontal. Para lograr esto, habría sido necesario flexionar las rodillas, y las piernas dobladas podían ser rotadas lateralmente.

Cuando se completaba el clavado, el títulus era fijado a la cruz, por clavos o cordones, sobre de la cabeza de la víctima. Los soldados y los espectadores a menudo hacían burla y escarnio al condenado; y los soldados acostumbraban a dividirse las ropas entre sí. El lapso de supervivencia generalmente fluctuaba desde tres a cuatro horas hasta tres o cuatro días, y parecía inversamente proporcional a la severidad del flagelo. Sin embargo, aun cuando la flagelación pudiera haber sido leve, los soldados romanos podían apresurar la muerte al partirle las piernas debajo de las rodillas (crurifragium o skelokopia).

Era común que insectos se aposaran y se metieran dentro de las heridas abiertas o los ojos, oídos y nariz de la víctima moribunda, y que las aves de rapiña desgarrarían las carnes en esos lugares. Más aun, era costumbre dejar los cadáveres colgados de la cruz para ser devorados por animales salvajes. Sin embargo, según la ley romana, la familia del condenado podía tomar el cuerpo para ser enterrado, luego de obtener permiso del juez romano.

Como no se suponía que nadie sobreviviera la crucifixión, el cuerpo no era entregado a la familia hasta que los soldados romanos estuvieran seguros de que la víctima estaba muerta. Se acostumbraba que uno de los guardas romanos clavara el cuerpo con una espada o lanza.

Tradicionalmente esto se había considerado como una herida de lanza al corazón a través del lado derecho del pecho -una herida fatal enseñada a la mayoría de los soldados. El Sudario de Turín documenta esta forma de herida. Más aun, la lanza estándar de infantería, de unos 5 a 6 pies (1.5 a 1.8 Mts) de longitud, podía fácilmente alcanzar el pecho de un hombre crucificado en la acostumbrada cruz baja.

Aspectos Médicos de la Crucifixión

Con conocimientos de anatomía y de prácticas antiguas de crucifixión, uno podría reconstruir los aspectos médicos probables de esta forma de ejecución. Cada herida tenía la intención de producir intensa agonía y las causas que contribuían a la muerte eran múltiples.

La flagelación antes de la crucifixión servía para debilitar al hombre condenado, y, si la pérdida de sangre era considerable, producir hipertensión ortostática y aún shock hipovolémico. Cuando la víctima era lanzada al suelo sobre sus espaldas, las heridas del azote se reabrirían y se contaminarían con lodo. Más aun, con cada respiración, las dolorosas heridas de las espaldas rozarían contra la tosca madera del estípite. Como resultado de esto, la pérdida de sangre de las espaldas continuaría probablemente durante la crucifixión.

Con brazos extendidos, pero no tensos, las muñecas eran clavadas al patíbulum. Se ha demostrado que los ligamentos y huesos de la muñeca pueden soportar el peso de un cuerpo colgando de ellos, pero no las palmas de las manos. De esta forma, los clavos eran probablemente clavados entre el radius y los carpales o entre las dos hileras de huesos carpales, ya sea cerca o a través del fuerte flexor retinaculum y los varios ligamentos intercarpales. A pesar de que un clavo en cualquiera de los dos sitios en la muñeca podría pasar entre los elementos óseos y así no producir fractura alguna, la posibilidad de una herida periósea dolorosa es grande. Más aun, el clavo penetrado destruiría el largo nervio sensorial motor. La afección de este nervio produciría tremendas descargas de dolor en ambos brazos. Aunque la laceración del nervio resultaría en parálisis parcial de la mano, las contracciones isquémicas y el empalamiento de varios ligamentos por los clavos podría provocar fuertes contracciones de la mano.

Comúnmente, los pies eran fijados al frente del estípite por medio de un clavo de hierro clavado a través del primer o segundo espacio intermetatarso, justo al lado de la junta tarsometatarso. Es probable que el profundo nervio peroneo y ramificaciones de los nervios medianos y laterales de la planta serían heridos por el clavo. A pesar de que la flagelación producía considerable pérdida de sangre, la crucifixión por sí misma era un procedimiento poco sangriento, ya que ninguna de las arterias principales, excepto tal vez la del arco de la planta, pasaban a través de los sitios anatómicos favoritos de la transfixión.

El efecto principal de la crucifixión, aparte del tremendo dolor, era la marcada interferencia con la respiración normal, particularmente con la exhalación. El peso del cuerpo, jalando hacia abajo por los brazos y hombros extendidos, tendía a fijar los músculos intercostales en un estado de inhalación y por consiguiente afectando la exhalación pasiva. De esta manera, la exhalación era primariamente diafragmática, y la respiración muy leve. Es probable que esta forma de respiración no sería suficiente y que pronto se produciría la hipercarbia. El desarrollo de calambres musculares o contracciones tetánicas, debido a la fatiga y la hipercarbia, afectarían aun más la respiración.

Una exhalación adecuada requería que se incorporara el cuerpo empujándolo hacia arriba con los pies y flexionando los codos y aductando los hombros. Sin embargo, esta maniobra colocaría el peso total del cuerpo en los tarsales y causaría tremendo dolor. Más aun, la flexión de los codos causaría rotación en las muñecas en torno a los clavos de hierro, y provocaría enorme dolor a través de los nervios lacerados. El levantar el cuerpo rasparía dolorosamente las espaldas contra el estípite. Los calambre musculares y la parestesia de los brazos abiertos y doblados agregarían al malestar. Como resultado de esto, cada esfuerzo de respiración se volvería agonizante y fatigoso, y eventualmente llevarían a la asfixia.

La causa real de muerte por crucifixión era multifactorial y variaba en cada caso, pero las dos causas más prominentes eran probablemente el shock hipovolémico y asfixia por agotamiento. Otros factores contribuyentes incluían la deshidratación, arritmia causada por tensión, y paro cardíaco causado por congestión con rápida acumulación de efusiones pericardias o pleurales. La crucifractura (quebrando las piernas debajo de las rodillas), si se ejecutaba, resultaba en muerte por asfixia en pocos minutos. La muerte por crucifixión era, en todo el sentido de la palabra, intolerable.

La Crucifixión de Jesús

Cerca de las 9 am, luego de la flagelación y el escarnio, los soldados romanos volvieron a poner las ropas a Jesús y le llevaron a El y a los dos ladrones para ser crucificados. Aparentemente Jesús

estaba tan debilitado por la flagelación que no podía cargar el patíbulum desde el pretorio al lugar de la crucifixión, a un tercio de milla (600 a 650 metros) de distancia. Simón de Cirene fue llamado a cargar la cruz de Cristo, y el procesional se dirigió al Gólgota (o Calvario), un lugar establecido para crucifixión.

Una vez allí, se le removió la ropa a Jesús, con excepción de un taparrabo de lino, de esta manera reabriéndole las heridas de azote. Luego se le ofreció un trago de vino mezclado con hiel, pero, luego de probarlo, lo rechazó y no quiso beber. Finalmente Jesús y los dos ladrones fueron crucificados. A pesar de que se hacen referencias bíblicas de clavos en las manos, estas no contradicen las evidencias arqueológicas de heridas de muñecas, ya que los antiguos solían considerar la muñeca como parte de la mano. El títulus fue colocado sobre la cabeza de Jesús. No esta muy claro si Jesús fue crucificado en una cruz tipo Tau o en una cruz latina; los descubrimientos arqueológicos favorecen la última, y la antigua tradición la primera. El hecho de que a Jesús más tarde se le ofreció un trago de vinagre en una esponja colocada en una vara de una planta de hisopo (unas 20 pulgadas o 50 cms de largo), fuertemente sugieren que Jesús fue crucificado en una cruz baja.

Los asistentes civiles escarnecían a Jesús durante la crucifixión, y los soldados echaron suertes sobre sus ropas. Cristo habló siete veces desde la cruz. Debido a que el habla ocurre durante la exhalación, estas frases cortas deben haber sido particularmente difíciles y dolorosas. A eso de las 3 pm del viernes, Jesús clamó a gran voz, inclinó la cabeza y murió. Tanto los soldados como los testigos presentes reconocieron el momento de su muerte.

Como los judíos no querían que los cuerpos permanecieran en la cruz después del atardecer, el comienzo del día de reposo, pidieron a Poncio Pilato que adelantara la muerte de los tres crucificados. Los soldados quebraron las piernas de los dos ladrones, pero cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le partieron las piernas. En lugar de esto, uno de los soldados le atravesó el costado, probablemente con una lanza de infantería, lo cual produjo un flujo repentino de sangre y agua. Más tarde, ese mismo día, el cuerpo de Jesús fue bajado de la cruz y colocado en una tumba.

LA MUERTE DE JESUS

Dos aspectos de la muerte de Jesús han sido causa de una gran controversia. Uno es la naturaleza de la herida en el costado, y el otro es la causa de muerte luego de solo varias horas en la cruz.

El evangelio de Juan describe la herida en el costado de Jesús y enfatiza la súbita efusión de sangre y agua. Algunos autores han interpretado la efusión de esta agua como ascites u orina, de una perforación de la vejiga a nivel abdominal medio. Sin embargo, el término griego (pleura) usado por Juan claramente denota lateralidad y frecuentemente implica las costillas. Por tanto, parece probable que la herida fue en el torax y muy distante a la línea media abdominal.

A pesar de que el lado donde se produjo la herida no fue indicado por Juan, tradicionalmente se ha mostrado en el lado derecho. En apoyo a esta tradición esta el hecho de que una gran efusión de sangre es más viable con una perforación del atrium o ventrículo derecho distendido. A pesar de que el lado de la herida nunca podrá ser establecido con seguridad, el derecho es más probable que el izquierdo.

El escepticismo en aceptar la descripción de Juan ha surgido por la dificultad de explicar, con precisión médica, la efusión tanto de sangre como de agua. Parte de esta dificultad se crea al asumir que la sangre apareció primero, y luego el agua. Sin embargo, en el griego antiguo, el orden de las palabras generalmente denotaba prominencia y no necesariamente secuencia en el tiempo. Por tanto, parece probable que Juan estaba enfatizando la prominencia de la sangre en lugar de su aparición antes del agua.

Por consiguiente, el agua probablemente representaba fluido pleural y pericardial, y habría precedido la efusión de sangre, siendo también menor en volumen que esta. Tal vez, en la generación de la hipovolemia y el inminente paro cardíaco, se habrían desarrollado efusiones pleurales y pericardias y habrían agregado al volumen del agua aparente. La sangre, por contraste, podría haberse originado del atrium o ventrículo derecho, o tal vez del hemopericardium.

La muerte de Jesús luego de solo tres a seis horas en la cruz sorprendió hasta Poncio Pilato. El hecho de que Jesús clamara a gran voz y luego inclinara la cabeza y muriera sugiere la posibilidad de un evento catastrófico terminal. Una explicación popular es que Jesús murió de ruptura cardíaca. En el escenario de la flagelación y la crucifixión, con estados asociados de hipovolemia, hipoxemia y un estado coagulable alterado, se habrían formado vegetaciones trombótica no infectivas en la válvula aórtica o mitral. Estas podrían haberse filtrado por la circulación coronaria, produciendo así una aguda infarción transmural del miocardio. Aunque poco común, podría haber ocurrido una ruptura de la pared libre ventricular en las primeras horas luego de la infarción.

Sin embargo, hay otra explicación más probable. La muerte de Jesús pudo haberse precipitado sencillamente por su estado de agotamiento y por la severidad de la flagelación, con su consecuente pérdida de sangre y estado preshock. El hecho de que El no pudo cargar su patíbulum apoya esta interpretación. La causa real de la muerte de Jesús, así como la de otras víctimas de crucifixión, pudo haber sido multifactorial y relacionada primariamente a shock hipovolémico, asfixia por agotamiento, y agudo paro cardíaco. Una arritmia cardíaca fatal pudo haber sido la causa del evento catastrófico terminal.

Por tanto, no se puede dejar por sentado si Jesús murió de ruptura cardíaca o falla cardiorespiratoria. Sin embargo, el hecho a resaltar no es cómo El murió, sino si murió. Esta claro que el peso de las evidencias históricas y médicas indican que Jesús estaba muerto antes de producirle la herida en su costado, y soporta el punto de vista tradicional que la lanza clavada entre sus costillas derechas, perforó no solo el pulmón derecho sino también el pericardio y el corazón, asegurando así su muerte. Por consiguiente, las interpretaciones basadas en la suposición de que Jesús no murió en la cruz parecen estar en contraposición con los conocimientos médicos modernos.

Fuente: http://tododegracia.150m.com/muertefisica.htm

“Un Doctor en el Calvario” – Observaciones del Dr. Pierre Barbet, acerca de la Pasión de Jesucristo, según la Santa Sábana.

“Un Doctor en el Calvario” – Observaciones del Dr. Pierre Barbet, acerca de la Pasión de Jesucristo, según la Santa Sábana.

El doctor Pierre Barbet, cirujano del Hospital de San José, en Paris, es quien a hecho hasta ahora el estudio medico más completo de la pasión de Cristo, según se deduce de la Sábana Santa (Cf. La Passione di N. S. Gesu Cristo secondo el chirurgo, L. I. C. E. Torino). En la imposibilidad de abarcar todos los aspectos, extractamos los que nos parecen de mayor interés.

a) Lesiones sufridas en el vía crucis

Barbet descubre en la santa sábana lesiones provocadas por las caídas de Jesús en el vía crucis. Son llagas en la cara anterior de la rodilla, sobre todo en la derecha. Esta ultima presenta excoriaciones de forma y tamaño diverso, de bordes recortados y situadas exactamente en la región rotuliana. Hacia arriba y afuera se observan dos llagas redondas de dos centímetros de diámetro. Las lesiones son menos evidentes y numerosas en la rodilla izquierda.

Las huellas de la cruz sobre la espalda, se acusan con nitidez en la imagen dorsal de la silueta de la reliquia. Sobre el hombro derecho, en la parte externa de la región supraescapular, es visible una extensa zona escoriada hacia abajo y adentro, que ofrece la forma de un rectángulo de 10 centímetros de largo pop 9 de ancho. Mas abajo en la región escapular, se observa otra zona escoriada que presenta los mismos caracteres (forma redonda con un diámetro de 14 centímetros), exactamente situada en la región subescapular, en la punta del omóplato izquierdo.

b) Topografía de las llagas de las manos

Merced a las observaciones del profesor Barbet sobre la santa sábana, completadas luego con detenidas experiencias anatómicas, se ha podido localizar la topografía exacta de las llagas que produjeron los clavos en las manos de Jesús al ser crucificado. Los clavos no atravesaron la palma, como vulgarmente se cree, sino el carpo o región del pulso, esto es, la muñeca, precisamente por el espacio libre, llamado de Destot, limitado por los huesos semilunar, pirami­dal, grande y ganchoso. En efecto, en la santa sábana se descubre en la mano izquierda, que es la más visible, una llaga redonda, muy neta, en la altura del carpo, de la cual parte un reguero de sangre que se irradia oblicuamente hacia arriba y hacia la derecha hasta alcanzar el margen cubital del antebrazo.

c) La lanzada y la llaga del costado

Es creencia muy común el de situar el corazón a la izquierda del tórax, pero esta localización no es exacta. El corazón ocupa una posición mediana y anterior y reposa sobre el diafragma, detrás de los pulmones y del peto óseo esternocostal, en el mediastino anterior. Solo su punta queda situada netamente a la izquierda, mientras su base supera por la derecha el esternón.

Seguramente como consecuencia de aquella opinión popular que ubica el corazón a la izquierda del pecho existe una tradición de opi­niones que colocan el golpe de lanza como asestado en el costado izquierdo de Jesús. No todas, sin embargo. San Agustín, por ejem­plo, habla en La Ciudad de Dios de latere dextro, flanco derecho, y asimismo San Francisco de Asís. Según Barbet, la santa sabana ha venido a dilucidar con su objetivo testimonio este problema, como tantos otros. La silueta del lienzo, con la manifestación clara de la herida, prueba que el cadáver de Cristo sufrió la lanzada en el cos­tado derecho y no en el izquierdo. Observase así en la imagen ante­rior de la sabana un enorme coagulo de sangre en el lado derecho, que se extiende hacia arriba unos seis centímetros y desciende en una dimensión de 15. Su margen interno aparece dentellado con re­cortadura redondeada. Esta mancha de sangre resalta en la sabana, vista a pleno día, por su tonalidad carmín. La parte superior del coagulo, la mas próxima a la llaga, es la más espesa y la más ancha, y en ella se distingue netamente una huella oval, que es evidente­mente la impronta de la llaga del costado. Esta llaga mide 4,4 centímetros de largo por 1,5 de ancho.

Barbet deduce que la herida fue abierta por una lanza actuada por un soldado de infantería desde el suelo, la cual penetró por el quinto espacio intercostal derecho, atravesó la pleura y el pericardio e hirió la aurícula derecha. La sangre que broto de la lanzada pro­venía de dicha aurícula, y el agua, del pericardio, por virtud de la agonía extraordinariamente penosa del Salvador.

Textos sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús

Textos sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús

La Resurrección de la Carne

La Resurrección de la Carne

Autor: Paulo Arieu

Como consecuencia del pecado original, nuestra vida en la tierra termina con la muerte. Adán pecó y entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.

Pero no todo termina con la muerte. El alma, que es inmortal, se separa del cuerpo, pero sigue viviendo y recibe de Dios el premio o castigo merecido por sus obras hechas durante su vida terrena. Al fin del mundo resucitarán nuestros propios cuerpos y se unirán a sus almas. Entonces nuestro Señor Jesucristo vendrá con gloria y majestad a juzgar a todos los hombres, unidas ya las almas a sus propios cuerpos, para nunca más morir.

¿Qué es la muerte?

La muerte es la separación del alma y del cuerpo.

¿Qué quiere decir resurrección de la carne?

Resurrección de la carne quiere decir que, como Cristo resucitó, así también nosotros resucitaremos al fin del mundo, volviendo a unirse nuestras almas con nuestros propios cuerpos, para nunca más morir.

¿Para que resucitará nuestro cuerpo?

Nuestro cuerpo resucitará para ser juzgado juntamente con nuestra alma y recibir el premio o castigo eterno según hayan sido las obras que hiciera el hombre con su cuerpo y su alma.

El Plan de Reconciliación: El Señor Jesús

El Plan de Reconciliación: El Señor Jesús

Después del pecado de Adán y Eva, ellos y todos sus descendientes quedaron en poder del demonio. Nosotros también. Dios tuvo compasión de los hombres y prometió un Redentor que nos reconciliaría, sanando las rupturas. Este Reconciliador nacería de una Mujer que aplastaría con su pie la cabeza de la serpiente infernal que había engañado a Adán y Eva.

Por esto, todo el pueblo de Israel esperaba al Salvador. Los Patriarcas y Profetas del Antiguo Testamento iban recordando al pueblo elegido la promesa de Dios.

Se cumplió la promesa hecha por Dios de Adán y Eva cuando la segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre en las purísimas entrañas de la Virgen María por obra del Espíritu Santo; y cuando este Dios y Hombre verdadero – Jesucristo – murió en la Santa Cruz para pagar por todos los pecados del mundo, reconciliándonos así con Dios, con nosotros mismos, con los hermanos humanos y con toda la creación.

¿Tuvo Dios compasión de los hombres después del pecado de Adán y Eva?

Si, Dios tuvo compasión de los hombres después del pecado de Adán y Eva, y para salvarnos prometió un Redentor.

¿Quién es el Redentor y Reconciliador de los hombres?

El Redentor y Reconciliador de los hombres es Jesucristo.

¿Quién es el Señor Jesús?

El Señor Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, que nació de la Virgen María, murió en la Cruz para salvar a todos los hombres y resucitó al tercer día.

¿Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre?

Si, Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre en la unidad de una sola Persona que es divina.

¿Desde cuándo existe Jesucristo?

El Señor Jesús, como Dios, existe desde siempre porque es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; y como hombre, existe desde la Encarnación.

¿Qué es la Encarnación?

La Encarnación es el misterio de la unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona de Dios Hijo.

¿Cómo se realizó la Encarnación del Hijo de Dios?

La Encarnación del Hijo de Dios se realizó cuando el Espíritu Santo, de las purísimas entrañas de la Virgen María, formó un cuerpo perfecto, sin pecado, y un alma nobilísima que unió a aquel cuerpo; en el mismo instante, a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios y de esta manera el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre, igual a todos los hombres en todo, menos en el pecado.

¿Se podría decir que en Cristo hay dos personas?

Nunca, en Jesucristo hay una sola Persona que es divina, con dos naturalezas: la divina y la humana.

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