Mitologia Polineasia – El mito de la creación

Mitologia Polineasia –  El mito de la creación

El cielo, Rangi y la tierra, Papa, yacieron para crear a los dioses. Luego fueron separado spor suhijo, hermano de Tangaora. En el mito Maorí, el hijo se llama Tane (el dios de la selva) aunque el nombre puede variar.

Algunos cantos polinesios sobre la creación son abstractos y filosóficos, otros hacen un relato tan detallado de la creación que incluso celebran el nacimiento del polvo en el aire por la unicón de “lo pequeño” y “lo imperceptible”.

Tane, Dios de la Selva

Tane, dios de la selva, junto con sus hermanos, Rongo, dios de las plantas cultivadas, Tangaoa, dios de los peces y reptiles, Huamia, dios de las plantas silvestres, Tu, dios de la guerra y Tawhiri, dios de las tormentas nació de la unión de Rangi y Papa, el cielo y la tierra.

La misteriosa isla de Pascua

Seven Easter Island Moai – Kaehler, Wolfgang

La isla de Pascua, la más aislada de las islas polinésicas, se considera que fue tenida por ombligo del mundo místico. Fue descubierta según la leyenda popular, como consecuencia de un sueño. Muy lejos, hacia el oeste, Haumaka, soñó que cruzaba el mar y llegaba a una tierra con playas de arena blanca. Le contó el sueño a su señor, Hotu mantua (uno de los personajes que se disputaban el trono en su país) quien envió a seis hombres a buscarla. Los hombres partieron, llevndo con ellos el fruto del árbol del pan, ñames, cocos y otras especies para plantar. Tras un largo viaje, llegaron a la isla de Pascua, una tierra cubierta de hierbas que se movían como el mar. Exploraron la tierra pero vieron que era inabitable a no beber agua. Cuando volvían a la playa, vieron dos canoas, una pertenecía a Hotu matua y la otra a Tu´u ko ihu, el sacerdote. Hotu mantua desembarcó primero, y su hijo, Tu´u ma heke nació en la playa. El sacerdote cortó el cordón umblical del niño con los dientes, lo puso en una calabaza y lo hechó al mar. Luego llegarían cientos de personas a establecerse en la isla y proclamaron rey a Hotu Mantua.

Maui-El-de-las Mil-Estrategemas

En la mitología de la polinesia, la creación del mundo se debe al padre cielo, Ragi y a la madre tierra Papa, o bien al dios del mar Tangora. Sin embargo, fue el héroe Maui quien pe´scó a las islas del fondo del mar utilizando un gran anzuelo. Su madre, a quien se suele llamar Hina, que significa “mujer joven” quedo embarazada misteriosamente al ponerse el taparrabos de un hombre y alumbró a Maue en forma de feto. Cuando creció, éste se convirtió en una figura heróica, inteligente y fuerte y se ganó el apodo “Maui-El-de-las Mil-Estrategemas”. Podía hacer de todo, menos vencer a la muerte e hizo mejor mundo para la humanidad. Entre otras cosas, elevó los cielos, robó el fuego del mundo subterráneo para dárselo a la humanidad y atrapó al sol. Pensaba que se movía demasiado a prisa en el cielo para frenarlo, Maui le hechó el lazo con una rueda hecha de fibra de coco, pero el sol la quemó por completo. Hizo otra cuerda con el cabello sagrada de la cabeza de su hermana y lo guardo en el extremo oriental del mar. Al amanecer, lanzó la cuerda y lo capturó por el cuello. Aunque imploraba y suplicaba, Maui no lo dejó marchar hasta que accedió a que los días fuesen más largos en verano y cortos solamente en invierno.

Canto Maorí de la Creación

De la concepción,

el crecimiento,

Del crecimiento,

el pensamiento,

Del pensamiento,

el recuerdo,

Del recuerdo,

la conciencia,

De la conciencia,

el deseo.

http://mitologiapolinesia.idoneos.com/index.php/316841#El_mito_de_la_creaci%C3%B3n

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La Teología Menfita: Mito de Creación

Transoxiana HomeLa Teología Menfita: Mito de Creación

Lic. Susana Romero

Índice

  • El Himno
  • La Teología Menfita
  • Análisis del Texto
  • Bibliografía

El Himno

Los dioses que se manifestaron como Ptah
Ptah sobre el Gran Trono…
Ptah-Num, el padre que engendró a Atum…
Ptah-Nunet, la madre que dió a luz a Atum…
Ptah el Grande, que es el corazón y la lengua de la Enéada…
(Aquél que) se manifestó como el corazón,
(aquél que) se manifestó como la lengua, con la apariencia de Atum,
(aquél) es Ptah el muy grande, quien dió la vida [a todos los dioses]
así como a sus genios (ka), gracias a este corazón del que Horus es la emanación,
gracias a esta lengua de la que Thot es la emanación,
(nacidos ambos?) de Ptah .
Y ocurrió que el corazón y la lengua predominaron sobre todos los miembros del cuerpo,
puesto que él (Ptah) está en el cuerpo,
y que él (Ptah) está en la boca de todos los dioses,
de todos los hombres, de todos los animales, de todos los reptiles,
de todos los (seres) vivientes, pensando y decretando todo lo que desea.
Su Enéada está ante él, como dientes y labios, o sea, el semen y las manos de Atum .
Porque la Enéada de Atum vino a la existencia gracias a su semen y a sus dedos.
Pero la Enéada es, en realidad, los dientes y los labios de esta boca
que pronunció el nombre de cada cosa, de la cual han salido Shu y Tefnut,
y que ha dado a luz a la Enéada .

La visión de los ojos, el oir de los oídos, y el oler de la naríz,
ellos informan al corazón . El es quien hace surgir todo conocimiento,
y la lengua anuncia lo que el corazón piensa.
Así nacieron todas las cosas y su Enéada fué completada .

En verdad, cada palabra divina se realizó conformemente a lo que el corazón pensó
y a lo que la lengua ordenó . Así fueron creados
los espíritus machos y promovidos los espiritus hembras, autores de
todo alimentió y toda subsistencia, por medio de esta palabra
(dedicada?) a aquel que hace lo que le place y a aquel que hace lo
que se aborrece . Así se dió vida al pacífico, y muerte al turbulento .

Así fueron creados cada labor y cada oficio, la actividad de las
manos, el movimiento de las piernas, la función de cada miembro,
de acuerdo con el designio que pensó el corazón y que expresó la
lengua, lo que se realizó enteramente .

Por ello se dice de Ptah ” Aquel que hizo todo y que hizo
existir a los dioses”. El es Ta-Tenen (“la tierra que surge” del abismo
primordial), él es quien dió nacimiento a los dioses, aquel de quien
todas las cosas han surgido : los alimentos, las subsistencias, las
ofrendas divinas, todas las cosas buenas . Por ello se reconoce y
comprende que su poder es más grande que el de los (otros) dioses .

Y así Ptah se sintió satisfecho, luego que hubo hecho todas las
cosas y todas las palabras divinas .

El dió nacimiento a los dioses, él fundó las ciudades, él
estableció los nomos, él instaló a los dioses en sus santuarios,
él organizó sus ofrendas, él fundó sus santuarios, él fabricó sus
cuerpos, según sus deseos . y los dioses penetraron en sus cuerpos,
(elaborados con) toda especie de plantas, toda clase de piedras, toda
clase de barro, y con todas las materias que crecen en él, en
las cuales se encarnan . Así, todos los dioses se unieron a él, lo mismo
que sus espíritus (sus ka), satisfechos y reunidos en el Señor del
Doble-País .

Traducción de López, Jesús- “Mitología y Relig. Egipcias”

La Creación Egipcia: Teología Menfita

Llevó años el traducir el enorme corpus de la literatura religiosa egipcia, traducciones que fueron a la vez sujeto de diferentes interpretaciones, debidas a la dificultad en comprender el sentido de innumerables pasajes, de oculto significado, que prueban el afán puesto por los sacerdotes en evitar que ciertas fórmulas mágico-religiosas fueran leídas y recitadas por aquellos a quienes no estaban destinadas. Entre estos textos han llegado hasta nosotros varias versiones del Mito Cosmogónico, cada una proveniente de un centro religioso distinto, las que atribuyen al dios local el rol de demiurgo, y que a su vez fueron amalgamadas en épocas posteriores, lo que explicaría la abundante y a veces aparentemente contradictoria literatura cosmogónica egipcia.

Pero hay coincidencia en atribuir este suceso trascendente a un “dios creador”, todos los mitos consideran que el comienzo del mundo es un hecho religioso en el que el demiurgo, bajo distintas apariencias según los relatos, surge de las aguas primordiales o Nun, una masa acuosa e indefinida, que contiene en sí todos los gérmenes de vida. En los distintos mitos hay referencias a una “colina primordial” o “tierra primigenia”, que es a la vez “centro del mundo” y el lugar donde se inicia la acción del demiurgo, montículo que nos remite a las parcelas de tierra fértil que deja el Nilo al retirarse luego de la inundación anual, las que dan lugar a un renacer de la vegetación y posibilitan una nueva vida. Colina que los antiguos egipcios representaron en la figura de la pirámide.

La Teología Menfita hace mención de otros dos mitos creacionales más antiguos: la llamada “Cosmogonía Heliopolitana” y la “Creación Hermopolitana”. De acuerdo al sistema heliopolitano que aparece en los textos de las Pirámides de la D V, el demiurgo es Atum, el cual esputa a Shu y expectora a Tefnut, el “espacio” y el “calor húmedo” respectivamente, dando lugar al primer estadio de creación. En otros textos se dice que Atum se autogeneró, por lo que la primer pareja divina sería engendrada del semen del creador; en ambos casos Shu y Tefnut serían parte sustancial de la divinidad. Estos a su vez dan orígen a Nut-el cielo- y Geb-la tierra-, pareja que a su vez serán padres de Isis y Osiris, y Set y Nefthis, conformando así la Enéada de Heliópolis.

En Hermópolis, ciudad del Egipto Medio, se pensaba que al principio, el caos primordial estaba habitado por cuatro parejas de ranas y serpientes, que constituían la llamada Ogdóada. Sus nombres eran: Nun y Nunet, las aguas primigenias; Heh y Hehet, la infinitud del espacio; Keh y Keket, la oscuridad, y Amon y Amonet, lo oculto. De la simiente de los ocho depositada en un loto que flotaba sobre el Nun – en este caso más fangoso que acuoso – va a nacer el “niño divino”, heredero de los primeros, quienes por esta razón son llamados “padres y madres de Ra”.

El objeto de estas líneas es la llamada Teología Menfita. Este texto, en forma de himno al dios Ptah, relata un hecho fundamental cual es la creación de dioses, hombres y mundo, pero también intenta justificar el traslado de la capital del reino de Heliópolis a Menfis, entonces llamada “Muro Blanco”, una ciudad sin mayor importancia nacional, que a partir de entonces deviene en sede del gobierno y “centro del mundo”, a la vez que su dios local Ptah adquiere supremacía sobre los demás dioses hasta su posterior transformación en divinidad nacional. En cuanto a lo otros mitos antes mencionados, el texto menfita no los desecha, los toma y hace suyos, pero explica a la creación como un acto realizado por el poder del pensamiento-sia-y la palabra-hu-.

Desafortunadamente, de este relato sólo ha perdurado una tardía y dañada inscripción pétrea, que es copia de un antiguo papiro encontrado en la biblioteca del templo de “Ptah al sur del Muro” (Menfis) en tiempos del faraón Shabaka de la DXXV (712-698 A.C.) quién ordenó transcribirlo en una estela de granito a fín de asegurar su conservación, hecho del que dejó constancia:

“Entonces Su Majestad copió de nuevo esta escritura en la Casa de su padre Ptah, el que está al sur del Muro. Su Majestad la había encontrado como una obra de sus antepasados que había sido comida por los gusanos. Era desconocida desde el principio hasta el final. Entonces Su Majestad la copió de nuevo, de manera que ahora se encuentra en mejor estado que anteriormente”.
Lesko, L.”Religion in Ancient Egypt” -pág. 95–

Este texto de la llamada Piedra de Shabaka, hoy en el Museo Británico, ha sido motivo de exhaustivos análisis por parte de los egiptólogos – H.Breasted, Junker y Sethe entre otros- quienes han encontrado dificultad en ponerse de acuerdo acerca de la época de composición del mismo, aunque la mayoría coincide en atribuirlo a los años en que las primeras dinastías trasladaron la capital de Heliópolis a Menfis, ciudad del dios Ptah, hacia fines el 2815 a.C.

También en el Himno a Ptah que se encuentra en el Papiro de Berlín 3048 se alaba a este dios como creador, aunque no es éste un relato tan completo de la Teología Menfita como es el del texto de Shabaka.

Análisis del texto

Estrofa I:

Los dioses que se manifestaron como Ptah:
Ptah sobre el Gran Trono…
Ptah-Nun, el padre que engendró a Atum…
Ptah-Nunet, la madre que dió a luz a Atum…
Ptah, el Grande, que es el corazón y la lengua de la Enéada…

En esta primera estrofa aparece Ptah como el Gran dios, el ntr Wr, el Creador por excelencia, el Absoluto. Se lo equipara con el Nun, las aguas primordiales, unas aguas carentes de vida pero que contienen en sí todos los gérmenes de la creación. Nunet es su pareja y según el mito, ambos -o al fín de cuentas Ptah como divinidad que reúne en sí a los opuestos- dieron a luz a Atum, el demiurgo de la Teología Heliopolitana también salido del Nun, que aquí pasa a un segundo plano como divinidad engendrada por Ptah.

Por otro lado, al asimilar a Path con Nun y Nunet, una de las parejas de la Ogdóada de Hermópolis,

“las cosmogonías de la Ogdóada y de la Enéada son enlazadas por la figura de un creador más bien abstracto e intelectual que se sitúa entre el caos y los progenitores físicos del cosmos”.
Lesko, L. -ibid- pag.96–

Por último leemos la afirmación de que Ptah es el “corazón y lengua “de la Enéada Dentro de la concepción egipcia, el corazón -ib- era el órgano del conocimiento, del pensamiento, de la conciencia; la lengua era el órgano de la palabra creadora que materializaba el pensamiento concebido. Estas dos facultades, conocimiento y palabra, eran consideradas hipóstasis del Creador, llamadas Hu, (la palabra), y Sia, (el conocimiento).

Estrofa II

(Aquél que) se manifestó como el corazón, (aquél que) se manifestó como la lengua, con la apariencia de Atum, (aquél) es Ptah el muy grande, quien dió la vida (a todos los dioses) así como a sus genios (ka) gracias a este corazón del que Horus es la emanación, gracias a esta lengua de la que Thot es la emanación, (nacidos ambos?) de Ptah. Y ocurrió que el corazón y la lengua predominaron sobre todos los miembros del cuerpo, puesto que él (Ptah) está en el cuerpo, y que él (Ptah) está en la boca de todos los dioses, de todos los hombres, de todos los animales, de todos los reptiles, de todos los (seres) vivientes, pensando y decretando todo lo que desea.

Ptah se manifestó en forma de Atum, y como tal creó a todos los dioses y a sus ka -la energía vital- ; y lo hizo concibiéndolos primero en su corazón, y luego dándoles vida mediante su lengua. Se destaca la superioridad de estos órganos por sobre el resto del cuerpo, dada su capacidad creadora . El dios Horus y el dios Thot aparecen como emanaciones de Ptah.

Al finalizar el párrafo se afirma que Ptah está “en el cuerpo y en la boca de todos los dioses, de todos los hombres,…” lo que indicaría la inmanencia del dios en todo ser viviente, “pensando y decretando todo lo que desea”.

Estrofa III

Su Enéada está ante él como dientes y labios, o sea, el semen y las manos de Atum. Porque la Enéada de Atum vino a la existencia gracias a su semen y a sus dedos.

Pero la Enéada es, en realidad, los dientes y los labios de esta boca que pronunció el nombre de cada cosa, de la cual han salido Shu y Tefnut, y que ha dado a luz a la Enéada.

La Enéada heliopolitana nació de un acto de autogeneración de Atum, a diferencia de la concepción menfita – de carácter más abstracto- en que fueron los labios y dientes de Ptah los que pronunciaron el nombre de todas las cosas, creándolas. Este es el núcleo del pensamiento menfita: el poder creador de la palabra. Nos encontramos aquí ante el antiguo concepto de identidad entre la palabra y el objeto que ella designa; ésta es la razón por la que “la boca que pronunció el nombre de cada cosa” las fué creando al designarlas. Las cosas no existen si no tienen nombre, por éso es condición primera de realidad el ser nombrado.

Nos parece interesante señalar que, también en Mesopotamia se consideraba al nombre como sinónimo de existencia; al comienzo del Poema Babilónico de la Creación, para referirse al caos primordial que antecede al cosmos, se dice “Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado, y abajo la tierra firme no había sido mencionada por su nombre…”. [Lara Peinado, F.-“Mitos sumerios y acadios” pag.221]

Estrofa IV

La visión de los ojos, el oír de los oídos, y el oler de la nariz, ellos informan al corazón. El es quien hace surgir todo conocimiento, y la lengua anuncia lo que el corazón piensa.

Así nacieron todas las cosas y su enéada fué completada.

En verdad cada palabra divina se realizó conforme a lo que el corazón pensó y la lengua ordenó.

Así fueron creados los espíritus machos y promovidos los espíritus hembras, autores de todo alimento y toda subsistencia, por medio de esta palabra (dedicada?) a aquel que hace lo que le place y a aquel que hace lo que se aborrece.

Así se dió vida al pacífico y muerte al turbulento.

Así fueron creados cada labor y cada oficio, la actividad de las manos, el movimiento de las piernas, la función de cada miembro, de acuerdo con el designio que pensó el corazón y que expresó la lengua, lo que se realizó enteramente.

Este párrafo explica al conocimiento como la relación entre los sentidos y el corazón y la lengua; son los sentidos los encargados de llevar la información a estos órganos. Mediante ésta, el corazón formula los conceptos y la lengua los hace realidad. De esta manera se crearon los alimentos y todo cuanto sirve de subsistencia y se estableció un orden en el mundo; se instauró la Justicia, diferenciando entre lo correcto y lo incorrecto; se crearon los oficios, las artes y se reglamentó toda la actividad humana.

Estrofa V

Por ello se dice de Ptah “aquél que hizo todo y que hizo existir a los dioses”. El es Ta-Tenen (la tierra que surge del abismo primordial) él es quién dió nacimiento a los dioses, aquel de quien todas las cosas han surgido: los alimentos, las subsistencias, las ofrendas divinas, todas las cosas buenas.

Por ello se reconoce y comprende que su poder es más grande que el de los (otros) dioses.

Y así Ptah se sintió satisfecho, luego que hubo hecho todas las cosas y todas las palabras divinas.

Aquí encontramos a Ptah identificado con Ta-Tenem, la tierra emergida, la colina primigenia, el suelo fértil del que surgieron todas “las cosas buenas” y por ésto se lo exalta como al más poderoso y grande de los dioses.

Las últimas dos líneas han dado lugar a interesantes controversias:”Y así Ptah se sintió satisfecho, luego que hubo hecho todas las cosas y todas las palabras divinas”. Algunos eruditos han traducido “descansó” en lugar de “se sintió satisfecho”, lo que introduciría cierto paralelismo con el relato bíblico, en el que Dios descansa al terminar la creación. J. Wilson no lo considera improbable, pero piensa que es más correcta la traducción que hemos transcripto: “se sintió satisfecho”.

En cuanto a la referencia a las “palabras divinas”, el mismo autor opina que este término significa “orden divino”o maat, el orden establecido al que se debían ajustar todos los elementos creados desde el momento de su concepción, y que se encontraba en el conjunto de textos sagrados. La creación no había sido abandonada a la deriva, sino por el contrario:

“había sido acompañada y dominada por una palabra que expresaba una especie de orden divino a fín de comprender los elementos creados” Wilson, J op.cit. pag. 86

Estrofa VI

El dió nacimiento a los dioses, él fundó las ciudades, él estableció los nomos, él instaló a los dioses en sus santuarios, él organizó sus ofrendas, él fundó sus santuarios, él fabricó sus cuerpos según sus deseos. Y los dioses penetraron en sus cuerpos, (elaborados con) toda especie de plantas, toda clase de piedras, toda clase de barro, y con todas las materias que crecen en él, en las cuales se encarnan. Así todos los dioses se unieron a él, lo mismo

que sus espíritus (sus ka), satisfechos y reunidos en el Señor del Doble País.

Este último párrafo, de discutible datación, ya que algunos egiptólogos creen es una interpolación de la época de Shabaka, (712-698 A.C.) atribuye a Ptah el establecimiento del orden social y religioso, de los cultos locales, y hasta de la confección de las estatuas de los dioses con los diversos materiales que crecían en él (Ptah) en cuanto dios-tierra. Las palabras “y los dioses penetraron en sus cuerpos”, refiriéndose a las estatuas de éstos, nos indicaría que en la época de composición del texto, ya se distinguía entre los seres o cosas, y las imágenes de los mismos, a diferencia de la antigua creencia egipcia – por otro lado común al pensamiento arcaico- de la identidad entre lo representado y la figura que lo representa. [Morens, S.: “Egyptian Religion” -pag.154]

Bibliografía

Barucq, André y Daumas, Francois: “Hymnes et Prières de lÉgypte Ancienne” Editions du cerf- 1980 –

Daumas, Francois: “Los dioses de Egipto”- Ediciones Lidiun- 1986-

Derchain, Philippe: “Las religiones antiguas” Vol. I – Siglo XXI -1989 –

Eliade, Mircea: “Lo sagrado y lo profano” – Editorial Labor – 1979 –

Franco, Isabelle: “Mythes et Dieux- Le souffle du soleil” – Ed. Pygmalion – Paris- 1996-

Franfort, Henri: “Reyes y Dioses” – Revista de Occidente S.A. – 1976 –

Hornung, Erik: “L’esprit du temps des pharaons” – Editions du Félin – 1996 –

Lara Peinado, Federico: “Mitos sumerios y acadios” – Editora Nacional – Madrid -1984

Lesko, Leonard & others: “Religion in Ancient Egypt” – Cornell University Press – 1995-

López, Jesús y Sanmartín, J.: “Mitología y Religión del Oriente Antiguo” -Edit. AUSA 1993

Morensz, Siegfried: “Egyptian Religion” – Cornell University Press – 1996 –

Quirke, Stephen: “Ancient Egyptian Religion” – British Museum Press – 1992 –

Wilson, John: “El pensamiento prefilosófico” – Fondo de Cultura Económica – 1988 –


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Actualizado el 23/07/2004

Mitos de la Creación

Mitos de la Creación

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Para una mentalidad realista y racional como la helénica resultaba muy difícil la comprensión de la eternidad y del vocablo infinito; era más lógico pensar que todo había tenido un principio, incluso los dioses. Si acaso hay “algo” que, en la mayoría de los relatos mitológicos sobre la creación parece preexistente, es el Caos, abismo sin fondo, espacio abierto sumido en la oscuridad en donde andaban revueltos todos los elementos: el agua, la tierra, el fuego y el aire. Nada tenía en él forma fija y durable, todo estaba en constante movimiento con inevitables choques, los elementos congelados contra los abrasadores, los húmedos contra los secos, los blandos contra los duros y los pesados contra los ligeros. Es decir, el Caos es el Vacío primordial, pero concebido como un enorme recipiente para albergar elementos en forma desordenada. Caos es a la vez Nada y Algo, ¿materia y antimateria o en realidad un primer dios? Pronto se produciría lo que empleando, términos actuales sobre el origen y expansión del Universo, llamaríamos el Big-Bang, la gran explosión que arruinaría al caos y provocaría lo que en el Génesis se relata como Creación por obra de Yahvé, único Ser Supremo. Éstas son las diversas versiones helénicas:

La creación según Hesíodo

Es el relato más conocido, el que ha quedado como clásico, por ello primer lugar, dada su importancia. Sin embargo, otras narraciones, no por menos conocidas, son también muy atractivas.

Según Hesíodo, en un principio sólo existía el Caos. Después emergió Gea (la tierra) de ancho pecho, morada perenne y segura de los seres vivientes, surgida del Tártaro tenebroso de las profundidades, y Eros (el Amor), el más bello de los dioses. Del Caos nada podía esperarse, hasta que de la acción de Eros, principio vital, salieron Érebo (las tinieblas), cuyos dominios se extendían por debajo de Gea en una vasta zona subterránea, y Nix (la oscuridad o la noche). Érebo y Nix tuvieron amoroso consorcio y originaron al Éter y Hemera (el Día), que personificaron respectivamente la luz celeste y terrestre.

Con la luz, Gea cobró personalidad, pero como no pudo unirse al vacío Caos, comenzó a engendrar sola y así mientras dormía surgió Urano (el Cielo Estrellado), un ser de igual extensión que ella, con el fin de que la cubriese toda y fuera una morada celestial segura y eterna para los dioses. También produjo las montañas, para albergue grato de las Ninfas, que escogieron para ello frondosos bosques.

Urano –la pareja primigenia, el Cielo y la Tierra, es propia de muchas mitologías y se encuentra en lugares tan remotos como Nueva Zelanda, donde aparecen respectivamente como Rangi y Papa, y el relato sigue una línea semejante al de Hesíodo– contempló tiernamente a su madre desde las elevadas cumbres y derramó una lluvia fértil sobre sus hendiduras secretas, naciendo así las hierbas, flores y árboles con los animales y las aves, que formaron como un cortejo para cada planta. La lluvia sobrante hizo que corrieran los ríos y al llenar de agua los lugares huecos se originaron así los lagos y los mares, todos ellos deificados con el nombre de Titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Iápeto, Crono; y Titánides: Temis, Rea, Tetis, Tea, Mnemósine y Febe; de ellos descendieron los demás dioses y hombres. Pero como si Urano y Gea quisieran demostrar que su poder estaba por encima de todo, crearon otros hijos de horrible aspecto: los tres Cíclopes primitivos, llamados Arges, Estéropes y Brontes, quienes tenían un solo ojo redondo en medio de la frente y representaban respectivamente el rayo, el relámpago y el trueno y eran inmortales (uno de los descendientes fue astutamente engañado por Ulises, tal como lo cuenta la Odisea), y muchos de éstos ya mortales fueron muertos por Apolo para vengar la violenta desaparición de Asclepio del mundo de los vivos (sus espíritus habitaban las cavernas del volcán Etna en Sicilia). Finalmente, engendraron a los Hecatonquires o Centimanos, tres hermanos con cincuenta cabezas y cien brazos cada uno que se llamaron Coto, Briareo y Giges.

Por su parte la Noche por sí sola había engendrado a Tánatos (la muerte), a Hipno (el sueño) y a otras divinidades como la Hespérides, celosas guardianas del atardecer cuando las tinieblas empiezan a ganar la batalla de la luz diurna, fenómeno que se repite cada día; las Moiras (Parcas), defensoras del orden cósmico, representadas como hilanderas que rigen con sus hilos los destinos de la vida; Némesis, la justicia divina, perseguidora de lo desmesurado y protectora del equilibrio.

Otros mitos de la creación en el escenario helénico

El primero de ellos se atribuye a los pelasgos, uno de los pueblos primitivos que según la tradición habitaron Grecia, en él se advierte una evidente postura matriarcal basada en la concepción primigenia de una Diosa Madre, que se generalizaría en el mundo mediterráneo Oriental, dice así: En el principio Eurínome, la Diosa de todas las cosas, surgió desnuda del Caos, pero no encontró nada sólido en que apoyar los pies y, a causa de ello, separó el mar del firmamento y danzó solitaria. sobre sus olas en dirección sur, y el viento Norte llamado también Bóreas, puesto en movimiento tras ella, le sugirió que sería un buen instrumento pan iniciar una obra Creadora. Eurínome se dio entonces la vuelta y se apoderó de aquél y lo frotó entre sus manos hasta que dio origen a la enorme serpiente Ofión. A continuación la diosa, que tenía frío, bailó para calentarse cada vez más agitadamente, despertando el deseo carnal en Ofión, quien sin pensarlo tres veces se enroscó el cuerpo de Eurínome y la poseyó con lujurioso deleite. Así fue como Eurínome quedó encinta. Después se transformó en paloma y se posó sobre las olas y a su debido tiempo puso el Huevo Universal. A petición suya Ofión se enroscó siete veces alrededor de l huevo hasta que se empolló y dividió en dos. De él salieron todos los seres y elementos que componen el Cosmos: el sol, la luna, las estrellas, la tierra con sus montañas, ríos, mares y lagos, sus árboles, hierbas y criaturas vivientes. Eurínome y Ofión fijaron su morada en el monte Olimpo. Cuando Ofión irritó a su compañera, arrogándose el título de autor del Universo, ésta le pegó tan tremendo puntapié que le arrancó los dientes y lo arrojó a las oscuras cavernas situadas bajo la tierra. Seguidamente la diosa Creó siete potencias planetarias y colocó una Titánide y un Titán en cada una: Tía e Hiperión para el Sol; Febe y Atlante para la Luna; Dione y Crío para el planeta Marte; Metis y Geo para Mercurio; Temis y Eurimedonte para Júpiter; Tetis y Océano para Venus; Rea y Crono para Saturno. Guardadores todos de la sucesión del tiempo. Sin embargo, en esta armoniosa “creación” faltaba el hombre, y entonces apareció Pelasgo, brotado de los dientes de Ofión enterrados en los abismos de Arcadia y precursor de otros que lo aclamaron como jefe culturizador, pues de él aprendieron a construir chozas, a alimentarse de bellotas y a coser túnicas de piel de cerdo. Dioses y hombres se hallaban sometidos a sus oponentes sexuales femeninos y todos, en definitiva, rendían culto a la Gran Diosa Madre. La mujer constituía así el sexo dominante y el hombre aparecía como su víctima asustada. Semejante concepción mitológica debía ser imaginada por una sociedad matrilineal en la que se atribuía el papel engendrador, no al varón, sino al viento o a la ingestión de habichuelas por la futura madre o bien a la deglución de un insecto. En este caso Eurínome actúa como Creador, a semejanza de Yahvé en el Génesis, sólo que aquí en lugar de un Dios asexuado único y supremo es una diosa. Por su parte las culebras, símbolos de Ofión, son consideradas como reencarnaciones de los muertos. Homero consideraba que todos los dioses y seres vivientes surgieron del Océano que circunda el mundo y que Tetis fue la gran madre universal. Por su parte, los helenos iniciados en los misterios órficos creían que la noche de las alas negras, diosa por la que incluso Zeus, el futuro padre de los dioses helénicos clásicos, sentía un temor reverente, fue seducida por el Viento y puso un huevo de plata en el seno de la Oscuridad del que salió Eros o Fanes (el sol), que impulsó el movimiento del Universo. Eros tenía cuatro cabezas (las cuatro estaciones), alas doradas y doble sexo. A veces rugía como un león, mugía como un toro, balaba como un carnero o silbaba como una serpiente. Vivía en una cueva junto con la Noche que se manifestaba en forma de tal, del Orden o de la Justicia. Rea era la madre universal que tenía como misión tocar un tambor de latón para que los hombres se sintieran atraídos a la consulta de los oráculos de la diosa. Eros creó el cielo, el sol y la luna, pero su gobierno perteneció a la diosa hasta que Urano la destronó.

Finalmente, dos mitos a los que el Robert Graves consigna con el apelativo de filosóficos; el primero. basado en La Teogonía de Hesíodo, se muestra confuso, pues mezcla abstracciones con seres concretos: Nereidas, Titanes, Gigantes; y el segundo, forjado ya en una época helenístico-romana (siglo II a I d.C.), recuerda al Génesis y a tradiciones babilónicas-mesopotámica, como el poema épico de Gilgamesh que menciona a Utanapistim, el “Noé sumerio”. Son éstos:

«Algunos dicen que al principio reinaba la Oscuridad y de la Oscuridad nació el Caos. De la unión entre la Oscuridad y el Caos nacieron la Noche, el Día, el Erebo y el Aire.

La unión de la Noche y el Erebo provocó el Hado (el destino), la Vejez, la Muerte, el Asesinato, la Continencia, el Sueño, los Desvaríos, la Discordia, la Miseria, la Vejación, Némesis (la Justicia distribuida según las acciones), la Alegría, la Amistad la Compasión, las tres Parcas y las tres Hespérides.

La unión del Aire y el Día originó la Madre Tierra, el Cielo y el Mar.

De la unión del Aire y la Madre Tierra surgieron el Terror, la Astucia, la Ira, la Lucha, las Mentiras, los Juramentos, la Venganza, la Intemperancia, la Disputa, el Pacto, el Olvido, el Temor, el Orgullo, la Batalla y también Océano y Metis, y los otros Titanes, Tártaros y las Tres Erinies o Furias

De la conjunción del Mar con sus ríos salieron las Nereidas.»

Y el segundo:

«El Dios de todas las cosas que algunos llaman Naturaleza apareció de pronto en el Caos y separó la tierra del cielo, el agua de la tierra y el aire superior del inferior. Después de desenredar los elementos, los ordenó tal como aparecen en la actualidad. Dividió la tierra en zonas, unas muy calurosas, otras muy frías y algunas templadas; moldeó después las llanuras y montañas e hizo crecer los árboles y las plantas. Sobre la tierra colocó el firmamento en constante movimiento, lo llenó de innumerables estrellas y designó las posiciones de los cuatro vientos. Pobló también las aguas de peces, la tierra de animales y el cielo con el sol, la luna y los cinco planetas y finalmente creó al hombre.» Como puede observarse este último relato es el menos mitológico en el sentido que estamos acostumbrados, aunque no por ello es el menos alegórico, con el objetivo central de cantar las glorias de un Ser Supremo y Creador.

La descendencia de Urano y el mito de la Sucesión

El mito de la sucesión comprende, en sentido estricto, la vida de Urano, Crono y Zeus, los tres sucesivos ocupantes del trono de los dioses. Comienza con Urano, el primer señor del mundo, no llamado así por Hesíodo, pero así se implica en su re­lato; explícitamente lo dice Apolodoro (OÜranØj prñtoj toã pantØj dun§steuse kÕsmou). Urano odia a los hijos que va engendrando en su madre la Tierra y los oculta en los abismos de ésta (En Teogonía 157 s., encontramos prácticamente con­fundidas e identificadas la divinidad de la Tierra y la realidad física que el mito le atribuye), por lo que la Tierra, dolorosamente distendida en sus entrañas, apela a sus hijos y los incita contra su padre, maquinando una emboscada contra él. Los cinco mayores, empavorecidos, nada responden; pero Crono, el menor (que, a su vez, será también destronado por el más joven de sus hijos), le promete su ayuda. Su madre le entrega una hoz dentada que ella misma ha fabricado, con la que Crono, aprove­chando el momento en que Urano, que ha llegado trayendo consigo la noche, está extendido en amorosa unión sobre la Tierra, le corta a su padre los órganos genita­les, empuñando la hoz en la mano derecha y sujetándose los miembros con la iz­quierda. A continuación Crono arroja al mar los genitales de su padre tirándolos a su espalda, gesto quizá entendido por Hesíodo como ritual o mágico, y en cierto modo semejante al lanzamiento antropogónico de piedras por Deucalión y Pirra, a la prohibición de mirar atrás que se impone a Orfeo como condición para la resurrec­ción de Eurídice, y al lanzamiento por Ulises, también a sus espaldas, del velo de Leucotea (en Odisea v. 459, donde no se dice cómo lo arroja, pero en v. 350 la pro­pia Leucotea le ha dicho que debe hacerlo vuelto de espaldas). La castración de Urano resulta fecunda. Las gotas de sangre que manan de la herida caen sobre la Tierra, que las recibe y, andando el tiempo, engendra, sin duda fecundada por ellas, tres grupos de seres: las Erinies, los Gigantes y las Ninfas Melias. Las Erinies (9ErinÝej)o Furias (Furiae) son diosas, las diosas encargadas de castigar sobre todo a los parricidas (por eso puede ser simbólico su nacimiento de las gotas de sangre del padre mutilado por su hijo); su aspecto es horrible, con cabellera de serpientes y blandiendo en las manos látigos que son también serpientes; son tres (aunque He­síodo no precisa el número), y sus nombres (que tampoco Hesíodo menciona) son Alecto, Tisífone y Megera (9Alektë, TisifÕnh, Mžgaira). En Esquilo son hijas de la Noche, lo que sugiere alguna equiparación con las Ceres de la Teogonía (v. 217), que son hijas de la Noche y «que castigan sin compasión».

El segundo grupo de seres que brotan de las gotas de sangre de Urano es el de los Gigantes (Gˆgantej), seres colosales, de poder semejante al de los dioses, pero mortales en todo caso. Casi nada dice de ellos Hesíodo, aparte del indicado origen; pero fuera de Hesíodo hay muchos más datos, concentrados sobre todo en torno a la lucha de los Gigantes contra los dioses llamada Gigantomaquia. Los Gigantes, en efecto, no son dioses, sino una especie en cierto modo intermedia entre dioses y hombres: próximos a los dioses (¦gcˆheoi en Odisea VII 206) por sus fuerzas, pero mortales como los hombres. Parecidos a los Gigantes son, por otra parte, los Lestrí­gones (LaistrugÕnej) y los Feacios (Faˆhkej). Las más antiguas alusiones a la Gi­gantomaquia que poseemos están en Píndaro y los relatos más detallados, en Apolo­doro y en las dos Gigantomaquias de Claudiano. En estos relatos y en otras fuentes se menciona un gran número de nombres individuales de Gigantes (Encélado, Alcioneo, Porfirión, Mimante, Efialtes, Éurito, Clitio, Palante, Polibotes, Hipólito, Agrio, Toon, Óbrimo, Reto, Peloro, Énfito, Teodamante, Asco, Oromedonte, Damástor, Paleneo, Equíon, Ctonio, Peloreo, y varios otros).En cuanto a datación, la Gigantomaquia es, en la mayoría de las fuentes, posterior a la Titanomaquia (con la que a veces indebidamente se confunde, así como los Titanes en general, o algunos de ellos en particular, son a veces llamados Gigantes).

El último grupo de seres que brotan de la Tierra al caer las gotas de sangre de Urano es el de las Ninfas Melias, que apenas tienen actuación alguna, tanto en He­síodo como en las pocas menciones posteriores. Por su nombre parecen ser ninfas de los fresnos (Melˆai), o bien de los árboles en general, semejantes a las Dríades. Si tal conexión arbórea llegara en las Ninfas Melias, como en las Dríades, a una cierta identificación con la naturaleza arbórea, podría verse en la génesis de las Melias una cierta semejanza con el nacimiento de un almendro de los genitales de Atis[1] o de un granado al caer a tierra los órganos genitales y la sangre de Agdistis[2]. No tienen nombres individuales las Ninfas Melias, ni en Hesíodo ni en los otros textos, al me­nos en cuanto tales componentes del grupo; hay una Oceánide Melia, madre de Fo­roneo; y una Melia, madre de Folo, de Sileno y de Egialeo, de quien no consta si es la Oceánide, si pertenece al grupo de las Melias de que estamos tratando, o si se trata de otro personaje; todavía más inidentificables son cada una de las dos Melias mencionadas por Calímaco. Las Erinies, los Gigantes y las Ninfas Melias son, pues, los seres que brotan de la Tierra al caer en ella las gotas de sangre de Urano. Pero mucho más importante es otra consecuencia directa de la castración de Urano: sus órganos genitales caen al mar, vagan flotantes durante largo tiempo, y junto a ellos se forma una blanca espuma, brotada de los miembros inmortales, sobre la que a su vez se forma o emerge una joven que será nada menos que la excelsa diosa del amor y de la belleza, Afrodita o Venus, que a continuación pasa junto a Citera (tª KÝhhra, isla al sur del Peloponeso que en tiempos históricos poseyó un famoso santuario de Afrodita), y por último llega a Chipre (KÝproj), donde establece su residencia principal. Hesíodo explica por estas conexiones los otros dos nombres usuales de Afrodita, a saber, Citerea (Kuhžreia), y Cipris (KÝprij. Hesíodo no uti­liza este nombre, que es muy usual luego, sino la variante Kuprogen¿j; hay también Kuprogžneia); y por haber brotado de la espuma, el de Afrodita (9Afrodˆth por ¦frÕj ‘espuma’, pero dejando sin explicar la segunda parte del nombre). En latín no se emplea nunca Afrodita, sustituida, como es común en casi todos los dioses de primera fila, por una traducción o equivalencia con una divinidad itálica, Venus en este caso; son, en cambio, muy usuales en latín las transcripciones indicadas de Cite­rea y Cipris. Añade Hesíodo, entre otros datos, el de que la acompañaban el Amor (‚Eroj, que no parece identificarse con el hijo de Venus de la tradición posterior a Hesíodo, designado habitualmente con la forma ‚Erwj, sino con el ser primigenio que brotó o vino al mundo en cuarto lugar, después del Caos, la Tierra y el Tártaro), y el Deseo (Imeroj, de cuya genealogía nada dice Hesíodo), tanto en el momento de su nacimiento como al marchar a unirse a la muchedumbre de los dioses. Esta ge­nealogía hesiodea de Venus, así como la forma de su nacimiento así descrita por Hesíodo, es inconciliable con la genealogía homérica y con ella se relaciona un dato que es muy célebre, pero que no está ni en Hesíodo ni en texto alguno anterior a Plauto: el de que Venus nació de una concha, o bien que, una vez nacida en el mar, navegó en una concha.

Una vez mutilado Urano por su hijo Crono, éste ocupa el poder supremo, la «dig­nidad regia entre los inmortales», aquí ya explícitamente en Hesíodo (v. 462 de la Teogonía; en v. 486 llama a Crono «el Uránida, gran soberano, rey de los primeros dioses»). Se casa a continuación con su hermana Rea, tiene seis hijos (tres hembras, Hestia, Deméter y Hera, y los tres varones, Hades, Posidón y Zeus), e imita a su pa­dre, pero con mayor dureza aún hacia sus hijos, a los que devora conforme van na­ciendo. Así sucede con los cinco primeros; pero cuando está a punto de nacer el úl­timo, Zeus, su madre Rea, que estaba desolada, pide ayuda a sus padres, Urano y Gea, quienes (en consonancia con una amenaza o predicción de futuro castigo, for­mulada por Urano a raíz de su castración por Crono), le aconsejan que se vaya a Licto, en Creta, para dar a luz al más joven de sus hijos. Así lo hace Rea y, después de dar a luz a Zeus, lo esconde en una profunda cueva del monte Egeo, y a Crono le da a comer, en lugar del niño, una piedra envuelta en pañales. Hesíodo no dice dónde dio a luz Rea a Zeus; nos dice que lo llevó a Licto, pero nos quedamos sin saber si es que para Hesíodo previamente había nacido Zeus en algún otro sitio, o si es que lo llevaba todavía en el vientre y lo dio a luz en Licto; en Apolodoro y en Diodoro Zeus nace en Creta, en una cueva del monte Dicte. Tampoco el monte Egeo, así llamado en Hesíodo, es localizable; la tradición posterior habla del Dicte, como en Apolodoro y Diodoro para el nacimiento, o del Ida, más o menos confun­dido con el Dicte, montañas, ambas, muy conocidas de Creta; las demás fuentes mitográficas se reparten entre el Dicte y el Ida, bien distintos en la mayoría de ellas. La crianza de Zeus tiene lugar en Creta, y sobre ella hay numerosos detalles y va­riantes, ajenos todos ellos a la Teogonía y contados en Apolodoro, Higino y muchos otros textos. Protegido por los Curetes, que ejecutan armados ruidosas danzas para que el llanto del niño no llegue a oídos de Crono, Zeus es criado con leche de la ca­bra Amaltea, o bien es criado por la ninfa Amaltea con leche de cabra; otros nom­bres de nodrizas de Zeus son Adrastea, Ida, Melisa, Temis la Titánide y Cinosura (que será catasterizada en la Osa Menor). En Apolodoro y Zenobio son unas Ninfas, llamadas Adrastea e Ida, hijas de un Meliseo del que nada más se dice, las que se cuidan de criar a Zeus con leche de la cabra Amaltea; en el escolio a la Ilíada es a Temis y a Amaltea, «que era cabra», a quienes confía Rea la crianza del niño. Ovi­dio llama Náyade a Amaltea, y ninfas cretenses en general a las nodrizas de Zeus; Higino y Lactancio la llaman ninfa, sin mayor especificación. En cuanto a la cabra, dicen Eratóstenes e Higino que era hija del Sol y de aspecto pavoroso; Eratóstenes. y Lactancio añaden que con su piel se fabricó Zeus después su famoso escudo llamado égida y que uno de sus cuernos era el Cuerno de la Abundancia.

Zeus va creciendo en Creta y, una vez llegado a la edad adulta, consigue que Crono vomite a sus hermanos (después de haber vomitado la piedra que había de­glutido creyendo ser Zeus, piedra que Zeus coloca en la tierra de Pito, la futura Del­fos, donde, como tal pretendida reliquia, se enseñaba todavía en el siglo II d. C., se­gún cuenta Pausanias), ya sea mediante un vomitivo que le administra la Oceánide Metis, ya mediante alguna otra estratagema, no especificada. Libera también Zeus a los Cíclopes y Hecatonquires que, encadenados por su padre Urano, permanecían todavía en las entrañas de la tierra. Y a continuaci6n, inducido por Gea, emprende Zeus, juntamente con sus hermanos, y con la ayuda, al parecer, de algunos otros dio­ses (probablemente la Oceánide Estige y sus hijos la Gloria (ZÅloj), la Victoria (Nˆkh), la Fuerza (Kr§toj) y la Violencia (Bˆa), aunque esto está sólo en la Teogo­nía (vv. 383-401), y de un modo muy impreciso, sin seguridad de que se refiera a la Titanomaquia), una encarnizada guerra contra su padre Crono, guerra llamada la Titanomaquia por estar Crono asistido en ella por al menos algunos de los otros Ti­tanes, si bien no consta con claridad quiénes fueron, de entre los Titanes y Titánides, los que según la tradición de la Titanomaquia tomaron parte en la lucha al lado de Crono. Hesíodo no lo dice en absoluto; pero tampoco hace excepción alguna al mencionar a los Titanes en general en esta lucha (sobre todo en vv. 667 s., en donde «p§ntej, h¿leiai te ka‹ ©rrenej, […] Tit§nej te heo‹ ka‹ Ösoi KrÕnou xegžnonto» parece incluir en la lucha a la totalidad de los Titanes, Titánides y Cró­nidas), ni tampoco después al referir su castigo en los vv. 715-733, por lo que parece como si se refiriera siempre a los doce que tiene nombrados en vv. 133-38. Sin em­bargo, hay algunos de ellos frecuentemente excluidos en las otras fuentes, como es el caso de Océano y de Helio; hay otros que aparecen como los principales comba­tientes, como Ceo, Crío, Hiperíon, Crono y Iápeto, además de algunos de sus des­cendientes como Menecio y Atlas.

Los Titanes luchan desde el monte Otris; los Crónidas, desde el Olimpo, con lo que parece Hesíodo dar a entender que las batallas tendrían lugar en la llanura tesa­lia que se extiende entre ambas montañas. Que Zeus y sus hermanos ocupasen el Olimpo expulsando de allí a los Titanes, y constituyendo tal acto algo así como la rotura de hostilidades que inicia la Titanomaquia, es algo no especificado claramente en ningún sitio, pero sí sugerido al menos en la Teogonía (vv. 112 s.); en todo caso, la ocupación del Olimpo será definitiva, y desde entonces Zeus, sus hermanos y sus hijos (no todos, sino los más importantes) se llamarán los Olímpicos. La descripción de la Titanomaquia y de sus resultados ocupa los vv. 629-733 de la Teogonía; la lu­cha dura diez años, hasta que al fin la intervención de los Hecatonquires, que se sa­bía sería decisiva según profecía comunicada por Gea a Zeus (y entonces es, según Apolodoro, cuando Zeus los libera, dando muerte para ello a una tal Campe que era su carcelera), la resuelve a favor de Zeus, que depone del trono a su padre y le su­cede en el gobierno del mundo, que conservará ya a perpetuidad (gracias al trueno, relámpago y rayo que le han proporcionado los Cíclopes, Zeus «reina sobre mortales e inmortales»: Teogonía, v. 506; según Apolodoro, los mismos Cíclopes proporcio­naron también a Plutón el casco y a Posidón el tridente). Crono y los otros Titanes (sin excepción explícita en Hesíodo, pero es probable que haya que exceptuar al Océano y a otros) son expulsados del cielo y encadenados y encerrados bajo la cus­todia de los Hecatonquires en las profundidades de la Tierra, en el Tártaro, tan dis­tante, por debajo, de la tierra, como ésta del cielo.

Con el definitivo establecimiento de Zeus en el trono supremo de los dioses y el mundo termina el mito de la sucesión. Hesíodo no menciona el reparto del mundo por sorteo, que aparece ya en la Ilíada (xv 187-95), entre los tres hermanos Zeus, Posidón y Plutón, que reciben así, respectivamente, la soberanía del cielo, el mar y el infierno. Que para Hesíodo Zeus pasa a ser soberano de los dioses y del mundo inmediatamente después de terminada la Titanomaquia, está sólo implicado, y no de un modo claro, en la Teogonía, a saber, en el v. 730 y en la razón que se da, en los vv. 461-65, para explicar por qué Crono devoraba a sus hijos: «para que ningún otro de los celestes ocupase la dignidad real entre los inmortales, pues había tenido noti­cia, comunicada por la Tierra y el Cielo, de que su destino era ser subyugado por un hijo suyo, a saber, por los designios del gran Zeus». Sólo después de la Titanoma­quia es donde, por una especie de también imprecisa elección o aclamación de los dioses vencedores, Zeus pasa a ser, explícitamente, el rey y soberano de los inmor­tales. Pero aun así, una vez terminada la Titanomaquia y expulsados del cielo por Zeus los Titanes, la supremacía de Zeus, ya sea por lo visto meramente implicado, ya por el sorteo homérico (que, en rigor, no implicaría más que una superioridad literal o topográfica sobre sus hermanos, es decir, la de habitar el cielo de que pasa a ser soberano), de hecho será ya definitiva e inalterada; pero hay, sin embargo, varias ocasiones en que Zeus está a punto de perder esa supremacía, en tres de ellas por tener que enfrentarse con temibles enemigos, y en otras dos con motivo de apeten­cias eróticas suyas. Las primeras son la Gigantomaquia, la Tifonomaquia y la lucha con los Alóadas Oto y Efialtes.

La Gigantomaquia, que no está en Hesíodo y sí principalmente en Apolodoro y Claudiano, es la guerra de los Gigantes contra Zeus y los otros Olímpicos. Instiga­dora de esa lucha es, en la mayoría de las fuentes, la madre de los Gigantes, esto es, la Tierra, que, a pesar de haber tenido anteriormente, como hemos visto, actuaciones favorables a Zeus, quiere ahora vengar la derrota y prisión de los Titanes. La lucha, encarnizada y terrible, se desarrolla en los campos de Flegra (nombre mítico de Pa­lene, la más occidental de las tres penínsulas que componen la también península de la Calcídica, en el NE. de Grecia), y durante ella los Gigantes acumulan unas sobre otras las montañas más importantes de Grecia, intentando escalar así el cielo. Un oráculo había indicado que era condición imprescindible para la victoria de los dio­ses contra los Gigantes que al lado de aquéllos combatiese un mortal (así en Apolo­doro), o, según otros, dos semidioses. La condición se cumple, en el primer caso, en la persona de Hércules; en el segundo, en las de Hércules y Baco; este último apa­rece como combatiente en varias otras fuentes que no mencionan el oráculo. Con la ayuda, pues, ya sea de Hércules solo, ya de Hércules y Baco, los dioses consiguen una victoria total, dando muerte a los Gigantes, algunos de los cuales quedan sepul­tados debajo de islas o de montañas. Esta grandilocuente lucha conocida como la Gigantomaquia (batalla o lucha contra los gigantes), aunque posterior a la creación del hombre, se coloca generalmente aquí por ser la confirmación del poder de Zeus y sus compañeros. En ella no faltó lo anecdótico y lo imprevisto, como cuando algunas versiones cuentan que al aparecer los gigantes se asustó el asno del sátiro Sileno y sus rebuznos fueron tan enormes que impidieron el primer asalto de aquéllos, ya que quedaron perplejos ante los extraños sonidos, creyendo que provenían de algún terrible animal. Otras terribles narraciones cuentan que no fue el asno de Sileno sino el de Dioniso, mientras que otras refieren que este suceso ocurrió cuando Tritón empezó a hacer sonar su trompa marina. Sea como fuere, aunque salta a la vista la ingenuidad de tales relatos como un intento de explicar una fantástica derrota, en Mitología (y la griega no es una excepción) hemos de acostumbrarnos a encontrar lo grandioso y lo terrible mezclado con lo infantil, reflejo subconsciente del modo de ser de los pueblos antiguos creadores de los mitos. La Gigantomaquia fue un tema favorito de la plástica, y así podemos contemplarla en muchos frontones conservados de los templos clásicos (algunos de los cuales son guardados celosamente en los museos más importantes del mundo). Los cuerpos de los monstruos, rematados en serpientes, se prestaban admirablemente a rellenar los ángulos de los frontispicios y terminar así artísticamente una composición.

Una vez terminada la Gigantomaquia, engendra la Tierra al espantable Tifoeo o Tifón (TufweÝj o Tufën o Tuf§wn), y tiene lugar la feroz contienda entre Zeus y los Olímpicos por una parte, y ese único adversario por otra. Hesíodo, que no men­ciona la Gigantomaquia, coloca inmediatamente después de la Titanomaquia la lucha de Tifoeo contra los dioses (llamada, aunque no en la Antigüedad, Tifonomaquia), que describe a lo largo de sesenta versos. La descripción física de Tifoeo está sobre todo en Apolodoro: Tifoeo superaba en estatura a los más altos montes, tocando los astros con la cabeza; de las manos le salían cien cabezas de serpientes y sus extre­midades inferiores estaban formadas por anillos de víboras; todo el cuerpo lo tenía provisto de alas. El pánico que Tifoeo provoca en los dioses es tal (aunque no en Hesíodo), que emprenden todos la huida a Egipto y allí se metamorfosean: Zeus en toro, Hera en vaca, Apolo en cuervo, Baco en macho cabrío, Ártemis en gata, Afro­dita en pez, Hermes en ibis (así en Ovidio; hay variantes, y mención de otros dioses metamorfoseados, en los otros textos citados). Pero, independientemente de esas metamorfosis, se produce un encuentro decisivo entre Zeus y Tifoeo. Zeus lo ful­mina y llega con él a las manos en el monte Casio de Siria, pero Tifoeo lo enlaza con sus extremidades viperinas y le corta los tendones, tras de lo cual se lo carga a cuestas y lo lleva a la cueva Coricia (de Cilicia, en Asia Menor), entregando los ten­dones, para su custodia, al dragón hembra Delfine, monstruo híbrido de mujer y ser­piente. Pero Hermes y Egipán logran hacerse con ellos a hurtadillas, y se los colocan de nuevo a Zeus, que, recobrando su fuerza, persigue de nuevo a Tifoeo, quien llega a Tracia y se defiende descuajando montañas enteras, que arroja contra Zeus. Huye después a Sicilia, donde por fin es definitivamente vencido por Zeus, que lo apri­siona echándole encima el volcán Etna, cuyas erupciones y sacudidas se explicaban a veces como convulsiones de Tifoeo, aprisionado pero no muerto (con alguna con­fusión con Encélado, Gigante mencionado en la Gigantomaquia y en ella aprisio­nado debajo de la isla de Sicilia, sin más especificación). Hay que indicar, por úl­timo, que Tifoeo es hijo de Hera, sin padre, en una versión que aparece en el Himno homérico a Apolo (vv. 307-355).

La tercera ocasión de peligro bélico para Zeus (y para los otros Olímpicos) es contada con menos dramatismo o como peligro más leve: se trata del intento de es­calar el cielo para luchar con los dioses por parte de los Alóadas (9Alw‘§dai o 9Alw§dai). Eran los Alóadas dos muchachos (hijos de Posidón y de Ifimedía, so­brina y esposa de Aloeo) dotados de tan vertiginoso crecimiento, que a los nueve años de edad medían ya casi dieciséis metros de estatura y cuatro de anchura. Des­pués de haber tenido prisionero a Ares durante trece meses (a quien libera Hermes, avisado por Eeribea, madrastra de los Alóadas), o bien antes (en Apolodoro), colo­can el monte Osa sobre el Olimpo y el Pelio sobre el Osa (acción también atribuida, a veces en orden inverso, a los Gigantes en la Gigantomaquia ordinaria) con el pro­pósito de llegar al cielo y atacar a los dioses; pero Apolo (en la Odisea) acaba con ellos, al parecer antes de que logren alcanzar el cielo, y antes, en todo caso, de que llegasen a la pubertad. (En cambio, en el escolio de la Ilíada y en Apolodoro los Alóadas mueren víctimas de una estratagema de Ártemis, a quien quería violar Oto, a la vez que a Hera lo intentaba Efialtes: pone Ártemis una cierva entre ambos, y al intentar ellos cazarla disparándole sus dardos se matan el uno al otro.

Sobre las otras dos ocasiones de peligro para Zeus, ambas ocurren con motivo de apetencias eróticas suyas. La primera amenaza contra su poder surge de su relación (matrimonio según Hesíodo) con la Oceánide Metis, pues Urano y Gea le habían profetizado que el hijo que naciera de esa unión derrocaría a su padre como él había hecho con su padre y éste con su abuelo. Ellos mismos le aconsejan que, para evi­tarlo, devore a Metis y así lo hace, pues ella estaba ya en avanzado estado de gesta­ción. Poco después nacería de la cabeza de Zeus el fruto de esta unión, la diosa Ate­nea. La segunda es simplemente una profecía que no llegó a cumplirse: Zeus preten­día a Tetis, hasta que un oráculo que le predijo que el hijo que naciera de ella sería más fuerte que su padre le disuadió; Zeus entregó a Tetis como esposa a Peleo, y efectivamente se cumplió el oráculo, pues hijo de Tetis fue el temible héroe Aquiles.

Sin embargo, en ninguna de las cinco ocasiones llega a consumarse la amenaza, como tampoco en varias rebeliones, al parecer no muy peligrosas, de diversos dioses como Prometeo, Hera, Posidón, Apolo y otros y el poder de Zeus se considera en la mitología como eterno e inquebrantable.

Por fin Zeus, cuya última evolución de las creencias lo identifican con la potencia universal que encarna el Cosmos (no en vano en la declinación helénica el genitivo de ZeÝj es DiÕj y en la mitología germana anterior a Wotan u Odin se halla Ziu, el dios padre indoeuropeo [Daius Pitar = Dios Padre]), pudo dedicarse a organizar su reino, terminadas las grandes guerras contra titanes y gigantes. Se relata que en la morada terrenal del Olimpo y en la cúspide de tan alta montaña erigió el padre de los dioses una ciudadela. Los mitólogos historicistas quieren ver en Zeus a un rey helénico o indoeuropeo, quien apostado con sus súbditos en la fortaleza olímpica rechazó varios asaltos de pueblos invasores, así como de malvados bandidos. Intentan dar así una explicación real y humana, en especial a la Gigantomaquia. Los poetas y escritores helénicos cuentan que los vientos, la lluvia, las nubes no osaban acercarse a la cima del Olimpo, morada de eterna primavera. A propósito de este lugar, Solino escribe lo siguiente: «El punto más elevado se llama cielo y en él hay un altar consagrado a Zeus. Las entrañas de las víctimas allí sacrificadas se resisten al soplo de los vientos y a la impresión de las lluvias, de suerte que al otro año se encuentran en el mismo estado en que se dejaron. Lo que una vez se consagró al dios queda en todas las épocas al abrigo de las impresiones del aire. Las letras impresas en la ceniza permanecen sin borrarse hasta que se repiten las ceremonias al año siguiente». El nombre de Olimpo no solamente se dio a la parte del Cielo donde Zeus estableció su morada y al monte tantas veces mencionado, sino también en sentido más metafórico a la reunión de dioses que deliberaban en asamblea. Los dioses estaban sujetos como los hombres a la necesidad de alimentarse, pero no con los mismos elementos. En el banquete divino se servían como manjar la ambrosía y el néctar como bebida, ambos destilados de los cuernos de la cabra Amaltea, que alimentó a Zeus cuando era niño. Los dos elementos recreaban los sentidos, embalsamaban el ambiente, otorgaban la juventud y la dicha y aseguraban la inmortalidad. La ambrosía era nueve veces más dulce que la miel, de forma que comiendo miel se prueba la novena parte del placer que se sentiría tomando ambrosía. Según Homero, el néctar era de color rojo y no menos aromático y grato al paladar. Las dinastías de Urano y Crono significaron la época de los grandes cambios y trastornos en la naturaleza, período de formación de los elementos en que nada podía ser estable ni duradero. El gobierno de Zeus –tercera dinastía divina– es el período de la estabilización. La Tierra ha alcanzado la madurez y el aire y el mar han llenado los espacios vacíos dando a la naturaleza los principios vitales, germen de nuevos seres que habían de poblar el mundo terrestre. Pero Zeus no puede con todo y decide el reparto del Universo. Dos son los hermanos que más han ayudado al triunfo final: Posidón, a quien cederá el gobierno del mar, y Hades, al que confiará las profundidades terráqueas. La nueva organización está ya en marcha y ya nadie podrá destruir el mito del invencible Zeus, de sus hermanos y de los olímpicos: Hera, Atenea, Apolo, Ártemis, Hermes, Hefesto, Hestia, Leto, Deméter, Ares y Afrodita… además de Dioniso, divinidad errante terrestre.

Zeus se convirtió en la divinidad suprema del Olimpo, dios de la luz del día, del cielo y de los fenómenos atmosféricos, soberano de dioses y de hombres, que lo conoce todo, tanto el presente como el porvenir. Es todopoderoso, sabio, justo y bueno. Establece el destino del Universo, él mismo de halla sometido a aquél para que esta especie de humillación se tome como ejemplo de humildad, aunque en realidad el Destino es una emanación del propio Zeus.

Según los tratadistas de mitologías comparadas, existieron unos trescientos dioses en los panteones de los pueblos que pueden identificarse con el Zeus helénico. Los cretenses, ya en la antigüedad, no se contentaban con mostrar el lugar donde, según ellos, había nacido el dios, sino que también mostraban la “tumba de Zeus” en Cnossos con la inscripción Ci git Zan (aquí yace Zan = Zeus), lo que producía una gran curiosidad entre la mayoría de la gente que iba a visitarla y un gran escándalo para los mitógrafos y poetas.

Teniendo en cuenta esta importancia, se comprenderá que quizá los fragmentos mitológicos helénicos más extensos se hallen dedicados a la figura de Zeus, que aparece en casi todos los relatos. De éstos probablemente los más conocidos sean las innumerables aventuras amorosas que tuvo con sus esposas y amantes, unas divinas y otras mortales. El número de sus hijos legítimos o ilegítimos se evalúa en unos ciento cincuenta. La procreación aparece en Zeus como manifestación de una acción providencial y no debemos escandalizarnos como hicieron los primeros escritores cristianos ante aquellos relatos, pues hay que penetrar antes en el mundo sociocultural de las gentes que crearon aquella mitología, lo cual no quiere significar que los griegos (aunque con una conducta muchísimo más laxa que la moral estricta cristiana) siguieran habitualmente los ejemplos que mostraban cotidianamente sus dioses. Para explicar los orígenes del mundo y su desarrollo y poblamiento era necesario el que se permitieran uniones sin excesivo prejuicio e incluso muchas de ellas terminarían siendo castigadas. Así pues los poetas y mitógrafos se esforzaban por reconocer las profundas razones que llevaron especialmente a Zeus a dar hijos a los mortales. Así explicaban el nacimiento de Helena por el deseo de disminuir la población excesiva de Grecia y Asia, provocando un conflicto sangriento. El nacimiento de Heracles por la intención de suscitar a un héroe invencible capaz de librar a la tierra de monstruos maléficos.

Bibliografía

–Cardona, F. L. (1996). Mitología Griega, Barcelona, Edicomunicación, S.A.

–Ruiz de Elvira, A. (1975). Mitología Clásica, Madrid, Gredos.



[1] Joven cuyos amores se disputan Agdistis y Cibeles. Al ser destinado a la hija del rey Midas, Agdistis hace que se vuelva loco; el joven se castra frente a un pino y muere. Cibeles entierra los órganos cortados y, junto a ellos, a la hija de Midas, que se suicida. De su tumba nacerá un almendro.

[2] Hijo de Zeus brotado de una roca. Dioniso lo embriaga y lo castra, y su sangre fecunda la tierra, de la que brota un granado. Precisamente uno de estos frutos es tomado por la hija del río Sangario, que queda embarazada dando a luz a Atis.

La amistad – Leyenda árabe

La amistad
Leyenda árabe

Dice una linda leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron. El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:

“HOY, MI MEJOR AMIGO ME PEGO UNA BOFETADA EN EL ROSTRO.”

Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse, tomo un estilete y escribió en una piedra:

“HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVO LA VIDA.”

Intrigado, el amigo preguntó: Por que después que te lastime, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?

Sonriendo, el otro amigo respondió:

“Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo”.

“El odio despierta rencillas; pero el amor cubrirá todas las faltas.” Prov. 10:12

http://larevista.turemanso.com.ar/leyenda/amistad.html

Rómulo y Remo

Rómulo y Remo

Supongo que todos habreis escuchado, leido, o estudiado alguna vez la historia de Rómulo y Remo, de cómo fueron amamantados por una loba y cómo posteriormente crearon una pequeña ciudad llamada Roma que creció y creció hasta convertirse en el mayor Imperio que ha dominado sobre la superficie de este planeta. Pero seguramente siempre os habreis quedado con las cosas claves de esta historia, pero hay más, mucho más, con sus contradicciones, con sus dioses y con sus fantasias. Sentaros y … disfrutad.

Y ENEAS ESCAPÓ DE TROYA…

Aunque parezca mentira la historia de Roma comienza en Troya cuando un ejército griego cruza el mar Egeo hasta la costa noroccidental de Asia donde se encontraba esta conocida ciudad. Tras un largo asedio los griegos toman Troya y la incendian, y de las llamas escapó Eneas, uno de los héroes troyanos que defendió la ciudad, según se dice gracias al apoyo de su madre que no era otra que la diosa Venus (Afrodita). Huyó junto con más gente en 20 barcos con la intención de llegar a otras tierras donde construir una nueva ciudad que reemplazara a Troya.

Al final desembarcaron en la zona septentrional de África donde acababa de ser fundada la ciudad de Cartago con la Reina Dido a la cabeza, cabeza que perdió por el bello Eneas. Éste, por un instante, pensó en quedarse allí con Dido y convertirse en Rey de Cartago, pero los dioses sabian que ese no era su cometido y le enviaron un mensajero que le dijo que debia partir inmediatamente. Eneas, que siempre hacia caso a los dioses, marchó sin decirle nada a Dido, la cual, presa de la desesperación se suicidó. Como se nota que es mitologia 🙂

Tras otro viaje llega a la costa sudoccidental de Italia y comienza a subir por la ‘bota’ hasta llegar al Lacio donde se casó con la hija del Rey Latino, que dió nombre a la región y la cultura del lugar. Pues bien, se casa con Lavinia, fundó una ciudad que le puso el nombre de la mujer y allí vivieron felices y juntos el resto de sus dias. ¿Y Rómulo? ¿y Remo? ¿dónde estan?

Bien, sigamos, Lavinia y Eneas tuvieron un hijo que llamaron Ascanio que fundó la ciudad de Alba Longa, convirtiéndola en la nueva capital de los latinos. Tras ‘ocho’ generaciones desde la llegada de Eneas dos de sus descendientes, Numitor y Amulio estaban en el trono del Lacio, cosa que no suele llegar a buen puerto dado que los tronos son chiquitines, y así Amulio echó del trono a su hermano para reinar solo. Pero Numitor tenía una hija que se llamaba Rea Silvia y para que no tuviese ningún hijo que posteriormente le estorbase, Amulio la obligó a hacerse sacerdotisa de la diosa Vesta (o sea, nada de hombres).

La loba amamantando a los dos hermanos

Pero un día andaba Rea a orillas del rio y se quedó dormida. Y que casualidad que por allí pasaba el dios Marte, gran aficionado a las mujeres, el cual se enamoró de ella y sin despertarla siquiera la dejó embarazada (es como el espíritu santo en versión romana).

En fin, Rea tuvo dos hijos gemelos (esto ya empieza a parecer Falcon Crest) que el usurpador ordenó matar y para ello los niños fueron colocados en una cesta y lanzados al rio Tiber para que muriesen (aquí ya empieza lo que la mayoría de vosotros conoceis). La cesta encalló a unos 20 km de la desembocadura y se dice que los gemelos fueron amamantados por una loba hasta que un pastor los encontró y los crió como a sus hijos, llamándolos Rómulo y Remo.

Éstos, ya de mayores, provocaron una revuelta y quitaron al usurpador, y tio-abuelo, Amulio poniendo en su lugar en el trono a su abuelo Numitor. Los hermanos deciden irse a otros lares a fundar una nueva ciudad. Mientras Remo quería construir la ciudad en el monte avenino Rómulo quería que fuese en el monte palantino (a unos 800 metros al norte), así que deciden consultar a los dioses y por la noche se subieron a cada uno de los montes a esperar una señal divina. Remo vió pasar a 6 águilas (o buitres, no se sabe) pero Rómulo vió 12. Y a partir de aquí los historiadores se hacen la picha un lio y tienen varias versiones.

Versión 1

Remo dijo que aunque solo habia visto 6 aves las suyas habian pasado primero y él era el ganador. Claro, su hermano no estaba de acuerdo, discutieron y Rómulo mató a Remo. Entonces empezó a construir las murallas de la ciudad en el monte palantino, sobre la que iba a gobernar y que en su honor llamó Roma.

Versión 2

Remo acepta (aunque a desgana), siguiendo una tradición etrusca cogen dos bueyes blancos con arado y excavan un surco sobre el cual construyeron las murallas de la ciudad jurando matar a quienquiera que las cruzase. Remo, algo cabreado por la derrota, dijo que eran frágiles y derrumbó un trozo de un puntapié y Rómulo, fiel a la promesa, le mató.

Versión 3

Remo acepta, Rómulo marca con un arado conducido por un buey blanco los límites de la ciudad jurando matar a quien los atravesase. Remo desafia a su hermano cruzando los límites y Rómulo lo mata.

CONCLUSIÓN

Y he aquí la historia de Rómulo y Remo con respecto a la fundación de Roma. Por supuesto tal y como se cuenta se ve a primera vista que todo fue una invención de los primeros romanos para dar a la creación de Roma un tinte más ‘importante’. Los romanos siempre se han sentido atraidos hacia la cultura griega, de hecho cogieron gran parte de sus dioses, y quisieron vincular la fundación de su ciudad al hecho más importante de los griegos, la conquista de Troya. En esa época uno de sus más férrimos enemigos era Cartago, contra el cual luchaban y ya habian vencido alguna que otra vez, y claro, tenían también que meterles por medio y de ahí la historia de la Reina Dido, dando a entender que no solo habian ganado a Cartago en la guerra, sinó también en el amor.

Pero bueno, es imposible que Eneas hubiera estado en la destrucción de Troya y en Cartago, dado que la primera ocurrió en el 1.200 a.C. y Cartago se fundó 400 años después. Es como si hoy se dijera que Isabel la Católica estuvo liada con Primo de Ribera.. vamos, que la historia de Romulo y Remo en general no cuela, de hecho se dice que Remo ni siquiera llegó a existir. Rómulo si, pero no creo que tuviera nada que ver con ninguna loba, ni con Eneas, ni con el dios Marte 🙂 Pero la ‘supuesta’ historia verdadera la dejo para otro día.. nos vemos.

Leyenda tehuelche – Kòoch : el creador de la Patagonia

Kòoch : el creador de la Patagonia

Leyenda tehuelche

Según dicen los tehuelches, hace muchísimo tiempo no había tierra, ni mar, ni sol… Solamente existía la densa y húmeda oscuridad de las tinieblas. Y en medio de ella vivía, eterno Kòoch.

Nadie sabe por que, un día Kòoch, que siempre había estado bastado a sí mismo, se sintió muy solo y se puso a llorar. Lloró tantas lágrimas, durante tanto tiempo, que contarlas sería imposible. Con su llanto se formo el mar, el inmenso océano donde la vista se pierde.

Cuando Kòoch se dio cuenta de que el agua crecía y que estaba a punto de cubrirlo todo, dejo de llorar y suspiro. Y ese suspiro tan hondo fue el primer viento, que empezó a soplar constantemente, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar.

Algunos dicen que fue así, por los empujones del viento, que la niebla se disipó y apareció la luz, pero otros opinan que fue Kòoch el inventor de la claridad. Cuentan que, en medio del agua y envuelto en la oscuridad, deseó contemplar el extraño mundo que le rodeaba. Se alejó un poco a través del negro espacio y, como no podía ver con nitidez, levanto el brazo y con su gesto hizo un enorme tajo en las tinieblas. Dicen también que el giro de su mano originó una chispa, y que esa chispa se convirtió en el sol.

Xàleshen, como llamaban los tehuelches al gran astro, se levantó sobre el mar e iluminó ese paisaje magnifico: la inmensa superficie ondulada por el viento, cuyo soplo retorcía cada ola hasta verla deshacerse bajo su tocado de espuma.

El sol formó las nubes, que de allí en más se pusieron a vagar, incansables, por el cielo matizando el agua con su sombra, pintándola con grandes manchones oscuros. Y el viento las empujaba a su gusto, a veces suavemente y a veces en forma tan violenta que las hacia chocar entre si. Entonces las nubes se quejaban con truenos retumbantes y amenazaban con el brillo castigador de los relámpagos.

Luego Kòoch se dedicó a su obra maestra. Primero hizo surgir del agua una isla muy grande, y luego dispuso allí los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Y el viento, el sol y las nubes encontraron tan hermosa la obra de Kòoch que se pusieron de acuerdo para hacerla perdurar. El sol iluminaba y calentaba la tierra, las nubes dejaban caer la lluvia bienhechora, el viento se moderaba para dejar crecer los pastos… la vida era dulce en la pacífica isla de Kòoch. Entonces el creador, satisfecho, se alejo cruzando el mar. A su paso hizo surgir otra tierra cercana y se marchó rumbo al horizonte, de donde nunca mas volvió.

El quiebre de la tranquilidad

Y así hubieran seguido las cosas en la isla de no ser por el nacimiento de los gigantes, los hijos de Tons, la Oscuridad. Un día, uno de ellos, llamado Nòshtex, rapto a la nube Teo y la encerró en su caverna.

Sus hermanas buscaron a la desaparecida a lo largo y a lo ancho del cielo, pero nadie la había visto. Entonces, furiosas, provocaron una gran tormenta. El agua corrió sin parar, desde lo alto de las montañas, arrastrándolas rocas, inundando las cuevas de los animalitos, destruyendo los nidos, arrasando la tierra en una inmensa protesta… Después de tres días y tres noches Xàleshen quiso saber el motivo de tanto enojo y apareció entre las nubes. Enterado de lo sucedido, esa tarde, al retirarse detrás de la línea donde se junta el cielo con el mar, le contó a Kòoch las novedades, y Kòoch le contestó:

-Te prometo que, quien quiera que haya raptado a Teo, será castigado. Si ella espera un hijo, ese será mas poderoso que su padre.

A la mañana siguiente, apenas asomado el sol comunicó la profecía a las nubes agolpadas en el horizonte y éstas enseguida se lo contaron a Xòchem, el viento que corrió hacia la isla y difundió la noticia aquí y allá, anunciándola a quien quisiera oírla. El chingolo se lo contó al guanaco, el guanaco al ñandú, el ñandú a zorrino, el zorrino a la liebre, al armadillo, al puma… Después Xòchem sopló el mensaje en las puertas de las cavernas de los gigantes, para que no quedara nadie sin enterarse.

Así escucho Nòshtex las palabras de Kòoch, y tuvo miedo de su pequeño enemigo, que ya vivía en el vientre de Teo. “Voy a matarlos”, pensó, “voy a matarlos y a comérmelos a los dos”. Golpeó salvajemente a Teo mientras dormía, arrancó al niño de sus entrañas y, sin mirar a su hijo abandonado en el suelo de la caverna, la despedazó.

Pero alguien más, adentro de la cueva, había escuchado a Xòchem. Era Terr-Werr, una tuco-tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta. Dicen que fue ella la que salvó al bebe, la que, sigilosamente, en el mismo momento en que el monstruo levantaba a su hijo para devorarlo, le mordió el dedo del pie con todas sus fuerzas, la que escondió al niño debajo de la tierra antes de que el gigante pudiera reaccionar…

Sin embargo, el refugio era demasiado precario. Nòshtex cruzaba la caverna haciéndola temblar con sus pasos de gigante, recorría la isla buscando al cachorrito que apenas había visto, a ese hijo que, en cuanto creciera, iba a traicionarlo.

Entonces Terr-Werr pidió ayuda al resto de los animales: ¿Dónde esconder al bebe?, ¿Cómo ponerlo a salvo del gigante?

Cuentan que todos los animales hicieron una asamblea para discutir el asunto. Que Kìuz, el chorlo, era el único conocedor de la otra tierra que, mas allá del mar, había creado Kòoch antes de recluirse en el horizonte, y propuso enviar allí al niño. Así comenzaron los preparativos para la fuga secreta.

La fuga hacia la patagonia

Una madrugada, cuando el hijo de Teo y el gigante estuvo listo para partir, Terr-Werr lo llevo hasta las inmediaciones de una laguna y lo escondió entre los juncos. Desde allí llamo a Kìken, el chingolo, para que a su vez le transmitiera el mensaje: Todos los animales fueron convocados para escoltar al niño. Algunos, como el puma, se negaron. Otros, como el ñandú y el flamenco, llegaron demasiado tarde. El zorrino iba tan contento al encuentro de la criatura que, interceptado por el gigante, no supo guardar el secreto. Así enterado, Nòshtex se dirigió a grandes pasos hacia la laguna, pero el pecho-colorado, instruido por Terr-Werr, lo distrajo con su canto. Por eso no llegó a tiempo para ver como el cisne se acercó al niño y lo colocó sobre su lomo, ni como carreteó luego para levantar vuelo. Solo alcanzó a distinguir en el cielo un pájaro blanco que, con su largo cuello estirado y las alas desplegadas, volaba delicadamente hacia el oeste. Así, en su colchoncito de plumas, se alejaba el protegido de Kòoch hacia la tierra salvadora de la Patagonia.

Fragmentos del Popol Vuh * (Libro sagrado de los Quiché)

Fragmentos del Popol Vuh (Libro sagrado de los Quiché)

PRIMERA PARTE

CAPITULO PRIMERO

Este es el primer libro escrito en la antigüedad, aunque su vista está oculta al que ve y piensa. Admirable es su aparición y el relato (que hace) del tiempo en el cual acabó de formarse todo (lo que es) en el cielo y sobre la tierra, la cuadratura y la cuadrangulación de sus signos, la medida de sus ángulos, su alineamiento y el establecimiento de las paralelas en el cielo y sobre la tierra, en los cuatro extremos, en los cuatro puntos cardinales, como fue dicho por El Creador y El Formador, La Madre, El Padre de la Vida, de la existencia, aquel por el cual se respira y actúa, padre y vivificador de la paz de los pueblos, de sus vasallos civilizados. Aquel cuya sabiduría ha meditado la excelencia de todo lo que hay en el cielo y en la tierra, en los lagos y en el mar.

Este es el relato de cómo todo estaba en suspenso, todo estaba en calma y en silencio; todo estaba inmóvil, todo tranquilo, y vacía la inmensidad de los cielos.

Esta es, pues, la primera palabra y el primer relato. No había aún un solo hombre, un solo animal; no había pájaros, peces, cangrejos, bosques, piedras, barrancas, hondonadas, hierbas ni sotos; sólo el cielo existía.

La faz de la tierra no se manifestaba todavía; sólo el mar apacible y todo el espacio de los cielos.

No había nada que formara cuerpo; nada que se asiese a otra cosa; nada que se moviera, que produjese el más leve roce, que hiciese (el menor) ruido en el cielo.
No había nada erguido. (No había) sino las tranquilas aguas; sino el mar en calma y solo, dentro de sus límites, pues no había nada que existiera.

No había más que la inmovilidad y el silencio en las tinieblas, en la noche. Estaba también solo El Creador, El Formador, El Domador, El Serpiente cubierta de Plumas. Los que engendran, los que dan la vida, están sobre el agua como una luz creciente.

Están cubiertos de verde y azul, y he ahí por qué el nombre de ellos es Gucumatz, cuya naturaleza es de grandes sabios. He aquí cómo existe el cielo; cómo existe igualmente El Corazón del Cielo; tal es el nombre de Dios, así como se le llama. Entonces, fue cuando su palabra llegó aquí con El Dominador y Gucumatz, en las tinieblas y en la noche, y habló con El Dominador, El Gucumatz.

Y ellos hablaron, y entonces se consultaron y meditaron; se comprendieron y unieron sus palabras y sus pensamientos.

Entonces se hizo el día mientras se consultaban, y al alba se manifestó el hombre, cuando ellos tenían consejo sobre la creación y crecimiento de los bosques y de los bejucos; sobre la naturaleza de la vida y de la humanidad (creadas) en las tinieblas y en la noche por aquel que es El Creador del Cielo, cuyo nombre es Hurakán.

El Relámpago es el primer signo de Hurakán; el segundo, El Surco del Relámpago; el tercero, El Rayo que Golpea, y los tres son El Corazón del Cielo.

Luego vinieron ellos con El Dominador, El Gucumatz; entonces tuvieron consejo sobre la vida del hombre; como se harían las siembras, como se haría la luz; quien sería sostén y mantenedor de los dioses.

– ¡Que así sea hecho! ¡Fecundaos!, (fue dicho). Que esta agua se retire y cese de estorbar, a fin de que la tierra exista aquí; que se afirme y presente para ser sembrada, y que brille el día en el cielo y en la tierra, pues no habrá gloria, ni honor de todo lo que hemos creado y formado, hasta que no exista la criatura humana, la criatura dotada de razón.

Así hablaron mientras la tierra era creada por ellos.

Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra.

– ¡Tierra!, dijeron, y al instante se formó.

Como una neblina, o como una nube se formó en su estado material, cuando semejantes a cangrejos aparecieron sobre el agua las montañas y en un momento existieron las grandes montañas.

Sólo una potencia y un poder maravillosos pudieron hacer lo que fue resuelto (sobre la existencia) de los montes y de los valles, y la creación de los bosques de ciprés y de pino (que aparecieron) en la superficie.

Y así Gucumatz se alegró. ¡Bienvenido seas (exclamó) oh, Corazón del Cielo, oh Hurakán, oh, Surco del Relámpago, oh, Rayo que Golpea!

– Lo que hemos creado y formado tendrá su término, respondieron ellos.

Primero se formaron la tierra, los montes y los valles. El curso de las aguas fue dividido. Los arroyos comenzaron a serpentear entre las montañas. En ese orden existieron las aguas, cuando aparecieron las altas montañas.

Así fue la creación de la tierra cuando fue formada por El Corazón del Cielo, y el Corazón de la Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo y la tierra, todavía inertes, estaban suspendidos en medio del agua.

Tal fue su fecundación cuando ellos la formaron, mientras meditaban acerca de su composición y perfeccionamiento.

CAPITULO SEGUNDO

En seguida hicieron fecundos a los animales de la montaña, que son los guardianes de los bosques; los seres que pueblan los montes, los venados, los pájaros, los leones, los tigres, las víboras y el cantil, guardianes de los bejucos.

Luego habló El que Engendra, El que da el Ser:

– ¿Es para (quedar) en silencio, para (estar) sin movimiento, como la sombra de los bosques y de los bejucos? Por ello, es bueno que haya seres que los cuiden.

Así fue como hablaron ellos, mientras provocaban la fecundación de las cosas; e inmediatamente existieron los venados y los pájaros. Entonces, pues, dieron moradas a los venados y a los pájaros.

– Tú, venado, dormirás en las riberas de los arroyos y en las barrancas. Allí permanecerás entre las malezas, en la hierba; en los bosques te multiplicarás; marcharás en cuatro pies y en cuatro pies vivirás. Así como se dijo, así fue hecho.

Luego fueron también repartidas las moradas de los grandes pájaros y de los pequeños pájaros.

– Vosotros, pájaros, os alojaréis en lo alto de los bosques, en lo alto de los bejucos. Allí hallaréis vuestros nidos y allí os multiplicaréis; creceréis en las ramas de los árboles y en los bejucos.

Así fue dicho a los venados y los pájaros, mientras hacían lo que debían; y todos entraron en sus moradas o en sus nidos. Así fue como dio viviendas a los animales de la tierra El que Engendra, El que da el Ser.

Siendo, pues, creados los venados y los pájaros, les fue dicho por El Creador y El Formador, El que Engendra, El que da el Ser:

– Gritad, gorjead ahora, puesto que (se os ha dado) el poder de gritar y de gorjear. Haced oír vuestro lenguaje, cada uno de acuerdo con su especie; cada uno según su género. Así fue dicho a los venados, a los pájaros, a los leones, a los tigres y a las serpientes.

– Decid, pues, nuestro nombre, alabadnos, a nosotros, vuestra madre, vuestro padre. Invocad, pues, a Hurakán, El Surco del Relámpago, El Rayo que Golpea, El Corazón del Cielo, El Corazón de la Tierra, El Creador, El Formador, El que Engendra, El que da el Ser. Hablad, llamadnos y saludadnos, les fue dicho.

Pero les fue imposible hablar como el hombre. No hicieron sino gritar, cacarear, graznar, sin que se manifestara forma de lenguaje, gritando cada uno de diferente manera.

Cuando el Creador y El Formador vieron que no podían hablar, dijéronse otra vez uno a otro:

– No han podido decir nuestro nombre, aunque seamos sus creadores y formadores. Ello no está bien, repitió El que Engendra, El que da el Ser.

Y así fue dicho a los animales:

– Vosotros seréis cambiados, porque os ha sido imposible hablar. Hemos cambiado, pues, de parecer: tendréis vuestro alimento y vuestro pasto, vuestros nidos y vuestros cubiles en las barrancas y en los bosques, pues nuestra gloria no será perfecta, si vosotros no nos invocáis.

– Todavía hay (seres), y los hay, sin duda, que puedan saludarnos. Los haremos capaces de obedecer. Ahora, haced vuestro deber. En cuanto a vuestra carne, será triturada entre los dientes. ¡Así sea! He ahí, pues, vuestro destino. Así fue como se les habló y al mismo tiempo se les hizo saber (estas cosas) a los animales grandes y pequeños, que están sobre la superficie de la tierra.

Quisieron probar fortuna nuevamente. Quisieron hacer otra tentativa y probar de nuevo a que los adoraran. Pero no pudieron entender su lenguaje. Nada lograron y nada pudieron hacer.

Así pues, su carne fue humillada, y todos los animales que moran sobre la faz de la tierra, condenados a ser muertos y comidos.

Así fue como El Creador y El Formador, El que Engendra, El que da el Ser, hicieron un nuevo intento para crear la criatura humana.

– Que se ensaye de nuevo. Ya se acerca el tiempo de las siembras. He ahí la aurora (que va a aparecer). Hagamos a los (que deben ser) nuestros sostenedores y nuestros mantenedores, dijeron.

– ¿Cómo (haremos) para ser invocados y conmemorados sobre la faz de la tierra? Hemos ensayado nuestra primera obra y nuestras primeras criaturas; pero no ha sido posible ser saludados ni honrados por ellas. Probaremos, pues, hacer hombres obedientes y respetuosos, (que sean nuestros) sostenedores y nuestros mantenedores. Así dijeron. Entonces crearon y formaron al hombre. De barro hicieron su carne.

Pero vieron que no estaba bien, pues no tenía consistencia. Sin movimientos, sin fuerza, el hombre era inepto y aguado. No movía la cabeza. La cara no se volvía sino a un lado. Tenía la vista velada y no podía ver hacia atrás. Fue dotado (del don) del habla, aunque no tenía inteligencia, e inmediatamente se consumió en el agua, sin poder estar erguido.

Ahora bien, El Creador y El Formador exclamaron otra vez:

– Mientras más trabaja uno en ello, más incapaz es él de caminar y multiplicarse. ¡Que se haga, pues, un ser inteligente!, dijeron.

Luego deshicieron y destruyeron una vez más su obra y su creación. En seguida dijeron: – ¿Cómo haremos para que puedan nacer (seres) que nos adoren y nos invoquen?.

Dijeron entonces, mientras se consultaban de nuevo:

– Digamos a Xpiyacoc y a Xmucané, al Tirador de Cerbatana, al Tacuacín, al Tirador de Cerbatana al Coyote, probad suerte de nuevo. Ensayad a formarlos de nuevo.

Así se dijeron entre ellos El Creador y El Formador, y hablaron entonces a Xpiyacoc y a Xmucané.

En seguida consultaron a esos adivinos, el Abuelo del Sol, la Abuela de la Luz, como son llamados por el Creador y El Formador, y son ésos los nombres de Xpiyacoc y de Xmucané.

Y los de Hurakán hablaron con Tepeu y Gucumatz. Entonces dijeron al del Sol, al de la formación, que (son los adivinos):

– Es tiempo de ponerse de acuerdo de nuevo sobre los rasgos del hombre que hemos formado, para que (sea) una vez más (nuestro) mantenedor, a fin de que seamos invocados y recordados.

– Tomad, pues, la palabra, ¡oh, Tú que engendras y pares, nuestra Abuela y nuestro Abuelo, Xpiyacoc y Xmucané; haced que la germinación se haga, que el alba ilumine, que seamos invocados, que seamos adorados, que seamos recordados por el hombre formado, por el hombre creado, por el hombre erguido, por el hombre moldeado. Haced que así sea.

– ¡Manifestad vuestro nombre, oh, Tirador de Cerbatana al Tacuacín, oh Tirador de Cerbatana al Coyote, dos veces engendrador, dos veces procreador, Gran Jabalí, Gran Picador de Espinas, El de la Esmeralda, El Joyero, El Cincelador, El Arquitecto, El del Planisferio Verde, El de la Superficie Azulada, El Dueño de la Resina, El Jefe de Toltecat, Abuelo del Sol, Abuela del Día, porque así seréis llamados por vuestras obras y vuestras criaturas!

– Echad suertes con vuestro maíz, con vuestro tzité, para saber si se hará y resultará, que labremos y tallaremos su boca, y su rostro en madera. Así fue dicho a los adivinos.

Llegó (el momento) de echar suertes y de saludar el rito del encantamiento con maíces y tzité.

– ¡Suerte, criaturas!, les dijeron entonces una vieja y un viejo.

Ahora bien, ese viejo era el maestro de las suertes con tzité: Xpiyacoc se llamaba; pero la vieja era la adivina, La Formadora, cuyo nombre (era) Chirakán Xmucané.

Así, pues, ellos hablaron de esta manera cuando el sol se detenía en el meridiano:

– Es tiempo de ponerse de acuerdo. Habla; que nosotros escuchemos; que nosotros hablemos y digamos si es preciso que la madera sea labrada y esculpida por El Formador y El Creador, y si éste será el sostenedor y el mantenedor, cuando la germinación se haga y nazca el día.

– ¡Oh, maíz, oh, tzité, oh, sol, criatura, uníos, ayuntaos! Así fue dicho al maíz, al tzité, al sol y a la criatura.

– Y tú, oh Corazón del Cielo, sonrójate; ¡no humilles a Tepeu ni a Gucumatz!

Luego hablaron y dijeron la verdad: – Así está bien que se hagan vuestros muñecos, labrados en madera; que hablen y razonen a su gusto sobre la tierra.

– Así sea, respondieron ellos cuando hablaron:

En el mismo instante fueron hechos de madera los muñecos. Se formaron los hombres. Los hombres razonaron y éstas son las gentes que (habitan) la superficie de la tierra.

Existieron y se multiplicaron; engendraron hijas e hijos, muñecos labrados en madera; pero no tenían corazón, ni inteligencia, ni recuerdo de su Formador, de su Creador. Llevaban una existencia inútil y vivían como animales.

No se recordaban ya del corazón del Cielo, y por ello cayeron en desgracia. No fue, pues, sino un ensayo, un intento de hacer hombres, que hablaron al principio, pero cuyo rostro se enjutó.

Sus pies y sus manos no tenían consistencia. No tenían sangre ni sustancia, ni humedad, ni grasa. Las mejillas secas era (todo lo que ofrecían) sus caras. Aridos eran sus pies y sus manos; fláccida su carne.

Por esa razón no pensaban en hacer reverencias ante El Formador y El Creador, su padre y providencia.

Ahora bien, estos fueron los primeros hombres que existieron en gran número aquí sobre la faz de la tierra.

CAPITULO TERCERO

En seguida llegó el fin (de esos hombres); la ruina y destrucción de tales muñecos labrados en madera, que fueron igualmente condenados a muerte.

Entonces las aguas se precipitaron por voluntad de El Corazón del Cielo y se produjo una gran inundación, que cubrió los muñecos; esos seres hechos de madera.

De tzité (se hizo) la carne del hombre; pero cuando la mujer fue labrada por El Formador y El Creador, el zibak (entró en) la carne de la mujer. Debió entrar en su constitución por orden de El Formador y de El Creador.

Pero los nuevos seres no pensaban ni hablaban delante de su Formador y de su Creador, del que los hizo, del que los había hecho nacer.

Y así fueron destruidos; fueron inundados, al mismo tiempo que una espesa resina bajó del cielo. (El pájaro) llamado Xecotcovach les sacó los ojos; el Camalotz les decapitó; el Cotzbalam devoró sus carnes; el Tucumbalam quebró y trituró sus huesos y sus cartílagos. Y sus cuerpos fueron reducidos a polvo y dispersados, como castigo a sus personas.

Fueron castigados por que no habían pensado en su madre ni en su padre, el que es El corazón del Cielo, cuyo nombre es Hurakán.

Así es como a causa de ellos se oscureció la superficie de la tierra y una tenebrosa lluvia comenzó a caer, lluvia de día, lluvia de noche.

Llegaron (entonces) todos los animales, grandes y pequeños (y los hombres fueron) golpeados en sus propias caras por los palos y las piedras. Todos los que les habían servido hablaron: sus comales, sus platos, sus ollas, sus perros, sus gallinas, todos los golpearon en sus propias caras.

– Nos habéis tratado mal; nos mordíais; por ello seréis ahora castigados, dijeron sus perros y sus gallinas.

Y he aquí que los metates (les dijeron a su vez):

– Nosotros fuimos atormentados todos los días por vosotros; de día y de noche, siempre holi, holi, huqui, huqui, hacían nuestras caras por vuestra causa. Todo ello lo hemos sufrido de vosotros; pero ahora que habéis cesado de ser hombres, vais a sentir nuestra fuerza, pues moleremos y reduciremos a polvo vuestras carnes. Así hablaron los metates.

Y he aquí que los perros tomaron a su vez la palabra y dijeron:

– ¿Por qué no nos dábais de comer? Apenas se nos veía, y ya éramos echados y perseguidos. El palo para pegarnos estaba (siempre) listo, mientras comíais.

– Así nos tratábais y éramos incapaces de hablar. Sin ello, no os habríamos (dado) la muerte ahora. ¿Cómo, pues, no razonábais; cómo no pensábais, pues, en vosotros mismos?

– Os destruiremos. Ahora probaréis los dientes que hay en nuestra boca; os devoraremos, les decían los perros, destrozándoles la cara.

Sus comales y sus ollas les hablaron a su vez:

– Vosotros nos causabais mal y daños, tiznando con el humo nuestras bocas y nuestras caras; siempre nos teníais al fuego quemándonos, aunque nosotros nada sintiésemos. Vosotros lo sentiréis a su vez. Os quemaremos, exclamaron las ollas, insultándoles ante todos. Lo mismo (hicieron) los tenamastes (pidiendo) que el fuego quemara con violencia sus cabezas, por el mal que les habían hecho.

(Entonces se vio a los hombres) correr, empujándose unos a otros, llenos de desesperación. Querían subirse sobre las casas, pero las casas, desmoronándose, les hacían caer (al suelo). Intentaban subir a los árboles, y los árboles los lanzaban lejos; corrían a esconderse en las cavernas, y las cavernas se cerraban ante ellos.

Así (se cumplió) la ruina de esas criaturas humanas, destinadas a ser confundidas y destruidas. En esa forma fueron entregadas a la destrucción y al desprecio.

Se dice que su descendencia (se ve aún) en esos monitos que viven actualmente en los bosques. Esa fue la señal que quedó de ellos, porque sólo de madera fue hecha su carne por El Formador y El Creador.

Y por tal razón el mono se parece al hombre. Es la muestra de una generación de seres humanos (que no eran) sino muñecos, (hombres) hechos de madera.

CAPITULO CUARTO

Ahora bien, (no había entonces) sino muy poca claridad en la superficie de la tierra; aún no existía el día; pero (había allí) un hombre que se enorgullecía de sí mismo, llamado Vukub-Cakix.

Existían el cielo y la tierra, aunque las caras del sol y de la luna estaban todavía ocultas.

Decía, pues, (Vukub-Cakix): – En verdad, lo que queda de esas gentes que se ahogaron es algo extraordinario; y su existencia es como la de los seres sobrenaturales.

– Seré, pues, grande ahora sobre todos los seres creados. Soy su sol, su aurora y su luna. ¡Así sea! Grande es mi esplendor. Por mí van y caminan los hombres, pues de plata es el globo de mis ojos, resplandecientes como piedras preciosas, y el esmalte de mis dientes brilla como la faz del cielo.

– Mi nariz brilla a lo lejos como la luna. De plata es mi trono, y la faz de la tierra se ilumina cuando me adelanto hacia mi trono.

– Así, pues, soy el sol, soy la luna, causa de la cultura, de la felicidad de mis vasallos. Así será, pues mi vista alcanza muy lejos.

(Así) hablaba Vukub-Cakix, aunque en verdad él no era el sol; sólo se vanagloriaba de sus pedrerías, de sus riquezas.

En realidad, su vista terminaba en el horizonte y no alcanzaba el mundo entero.

Aún no se veían las caras del sol, de la luna ni de las estrellas. No había amanecido.

Así, pues, Vukcub-Cakix se envanecía como si fuera (el igual) del sol y de la luna, pues la luz del sol y la de la luna todavía no habían comenzado a brillar ni a manifestarse. Sólo sus deseos de grandeza le hacían estar más allá de (todo).

Y fue en ese tiempo cuando se produjo la inundación a causa de los muñecos (y de los hombres) hechos de madera.

Ahora contaremos, pues, cómo murió Vukub-Cakix, cuándo fue abatido, y en qué tiempo fue hecho el hombre por la mano de El Formador y de El Creador.

TERCERA PARTE

CAPITULO PRIMERO

Ahora bien, cuando se comenzó a pensar en el hombre y a buscar lo que debía entrar en la carne del hombre, entonces hablaron El que Engendra y El que da el Ser, El Creador y El Formador, nombrados Tepeu y Gucumatz.

Ya la aurora se aproxima. La obra está concluida. Así queda ennoblecido el apoyo, el mantenedor (del altar), el hijo de la luz, el hijo de la civilización. He ahí el nombre esclarecido, y honrada la humanidad sobre la faz de la tierra, dijeron ellos.

Vinieron, pues. Se reunieron en gran número. Juntaron sus sabios consejos en las tinieblas de la noche. Luego buscaron, y moviendo la cabeza, se consultaron, pensando (en lo que harían).

De esa manera salieron a luz las sabias decisiones de esos hombres esclarecidos. Ellos encontraron y descubrieron lo que debía entrar en la carne del hombre. Ahora bien, poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre ellos, sobre El Creador y El Formador.

En Paxil y en Cayalá así llaman (a ese lugar), nacieron las mazorcas de maíz amarillo y de maíz blanco.

Y he aquí los nombres de los animales que fueron a buscar alimento: yac (gato de monte); utiú (coyote); quel (cotorra o chocoyo) y hoh (cuervo). Cuatro animales que dieron noticia de las mazorcas de maíz amarillo y de las de maíz blanco, que llegaban a Paxil, y que les mostraron el camino de Paxil.

Allí fue donde obtuvieron al fin los alimentos que entraron en la carne del hombre creado, del hombre formado. Esa (fue) su sangre, que llegó a ser la sangre del hombre; el maíz entró en él por el cuidado de El que Engendra, de El que da el Ser.

Así se regocijaron de haber llegado por fin a aquel país excelente, tan pródigo en cosas sabrosas, donde abundaba el maíz amarillo y el maíz blanco, donde abundaba también el pek, el cacao; donde eran incontables los árboles de zapote, los anonos, los jocotes, los nances, los ahachés, la miel. Abundaban allí, en fin, los mejores alimentos en ese pueblo de Paxil, de Cayalá, (pues tal era) su nombre.

Había alimentos de todas clases, pequeños y grandes; plantas pequeñas y plantas grandes, cuyo camino les había sido mostrado por los animales.

Entonces se comenzó a moler el maíz amarillo, el maíz blanco, y Xmucané compuso con él nueve bebidas, y de ese alimento que entraba (en el cuerpo) hizo nacer la fuerza y el vigor, y dio carne y músculos al hombre.

Eso fue lo que hicieron El que Engendra y El que da el Ser, Tepeu y Gucumatz, como son llamados.

A continuación entraron en pláticas para hacer y formar a nuestra primera madre y a nuestro primer padre. Sólo maíz amarillo y maíz blanco (entraron en) su carne y fueron el único alimento de las piernas y de los brazos del hombre.

Y ellos fueron nuestros primeros padres, los cuatro hombres formados y en los que este alimento (se hizo) su carne.

CAPITULO SEGUNDO

He aquí los nombres de los primeros hombres creados y formados. Este es el primer hombre, Balam-Quitzé. El segundo es Balam-Agab. El tercero, Mahucutah, y el cuarto, Iqi-Balam. Y éstos son los nombres de nuestras primeras madres y primeros padres.

Sólo se les llamó seres modelados y formados. No tuvieron ni madre ni padre, y nosotros los llamamos simplemente hombres.

La mujer no les dio el ser, y no fueron tampoco engendrados por El Edificador ni El Formador, por El que Engendra y El que da el Ser.

Su creación y su formación fueron un prodigio, un verdadero encantamiento, realizado por El Creador y El Formador, por El que Engendra y por El que da el Ser, Tepeu y Gucumatz. Al aparecer como hombres, hombres, pues, fueron. Hablaron y razonaron, vieron y oyeron, anduvieron y palparon. Hombres perfectos y hermosos y cuya figura era una figura humana.

Fue y existió (en ellos) el pensamiento. Vieron y al instante se elevó su mirada. Su vista abrazó todo. Conocieron el mundo entero, y cuando lo contemplaban, su mirada se dirigía, en un momento, de la bóveda del cielo a la superficie de la tierra.

Veían las cosas más ocultas a su voluntad, sin tener necesidad de moverse antes. Y cuando luego volvían la vista a este mundo, veían igualmente todo lo que él contiene.

Grande fue su sabiduría. Su genio se extendió sobre los bosques, sobre las rocas, sobre los lagos y los mares, sobre las montañas y sobre los valles. Hombres verdaderamente dignos de admiración (así eran) Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.

Entonces fueron interrogados por El Edificador y El Formador.

– ¿Qué es lo que pensáis de vuestro ser? No veis nada. No oís nada. ¿No son buenos vuestro lenguaje y vuestra manera de andar?

– Mirad, pues, y ved bajo el cielo si aparecen las montañas y los valles. Procurad verlos ahora, les fue dicho.

Después vieron el conjunto de todo lo que hay bajo el cielo. Luego dieron gracias a El Creador y a El Formador (diciendo):

– En verdad os damos las gracias. Hemos recibido la existencia; hemos recibido una boca, un rostro. Hablamos, oímos, pensamos, andamos, sentimos y conocemos igualmente bien lo que está lejos y lo que está cerca.

– Vemos también todas las cosas grandes y las cosas pequeñas en el cielo y en la tierra. ¡Gracias, pues, a vos, hemos sido creados, oh, Edificador, oh, Formador! ¡Existimos ya, oh, abuela nuestra, oh, nuestro abuelo!, dijeron al darles las gracias por su creación y por su existencia.

Y acabaron de contemplar y de ver todo lo que existe en los cuatro rincones y en los cuatro ángulos en el cielo y sobre la tierra.

Pero El Edificador y El Formador no oyeron tales cosas con gusto.

– No está bien lo que dicen nuestras criaturas. Ellas saben de todas las cosas grandes y de las pequeñas, dijeron ellos.

Por ello se tomó de nuevo el parecer de El que Engendra, de El que da el Ser.

– ¿Qué haremos ahora con ellos? Que su vista se acorte y (que se contenten) con mirar sólo una parte de la superficie de la tierra, (dijeron).

– No está bien lo que dicen. Su naturaleza no debe ser, pues, sino la de simples criaturas. Pero serán otros tantos dioses, si procrean lo suficiente y si se desarrollan cuando hagan las siembras, cuando amanezca, si se multiplican. ¡Así sea!

– Limitemos un poco (nuestra obra), a fin de que les falte (algo). No está bien lo que vemos. ¿Querrán por ventura igualarse a nosotros, que los hemos hecho; a nosotros, cuya sabiduría se extiende tan lejos y conoce todo?

Eso dijeron El Corazón del Cielo, Hurakán, El Surco del Relámpago, El Rayo que Golpea, Tepeu y Gucumatz, El que Engendra, El que da el Ser, Xpiyacoc, El Edificador y El Formador. Así hablaron y en seguida cambiaron la naturaleza de sus criaturas y de su obra.

Entonces El Corazón del Cielo les pasó una nube sobre las pupilas de los ojos, que se empañaron como la luna de un espejo que se cubre de vapor. El globo de sus ojos fue así oscureciendo. No vieron sino lo que estaba cerca y sólo eso era claro para ellos.

Así fue destruida su sabiduría y toda la ciencia de los cuatro hombres, su origen y su principio. Así fueron formados y creados nuestros primeros abuelos y padres por El Corazón del Cielo, El Corazón de la Tierra.

Existieron también sus esposas, y sus mujeres fueron formadas. Dios fue consultado igualmente. Así, pues, durante su sueño recibieron sus bellas mujeres, que se encontraron con Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.

Sus mujeres se hallaban allí cuando despertaron. Pronto sus corazones se regocijaron a causa de sus esposas.

CAPITULO TERCERO

He aquí los nombres de sus mujeres: Caha-Paluná, nombre de la mujer de Balam-Quitzé. Chomihá, se llamaba la de Balam-Agab. Tzunihá, la de Mahucutah, y Cakix-há, la de Iqi-Balam. Son los nombres de sus esposas, que fueron princesas.

Ellos engendraron a los hombres, a las pequeñas tribus y a las grandes tribus. Fueron el origen de todos nosotros, la gente de la nación quiché. Al mismo tiempo existieron en gran número los sacrificadores, que no fueron sólo cuatro, aunque sólo cuatro fueron nuestras madres, las de la nación quiché.

Diferentes eran los nombres de cada uno de los que se propagaron allá en el Oriente, y sus nombres han venido a ser los de las naciones de Tepeu, de Olomán, de Cohah, de Quenech, de Ahau, como se llamaba a aquellos hombres allá en el Oriente, donde se multiplicaron.

Se conoce igualmente el origen de los Tamub y el de los de Ilocab, que vinieron juntos de los países de Oriente.

Balam-Quitzé es el abuelo y padre de las nuevegrandes casas o familias de los Cavek. Balam-Agab, el abuelo y padre y de las nueve casas de Nihaib. Mahucutah, el abuelo y padre de las cuatro grandes casas de Ahau-Quiché.

Existieron tres grupos de familias, sin que hubiesen olvidado el nombre de su abuelo y el de su padre, que se propagó y multiplicó allá en Oriente.

Vinieron también los Tamub y los de Ilocab, con trece ramas de pueblos; los trece de Tecpán. Luego los de Rabinal, los cakchiqueles, los de Tziquinahá. En seguida los de Zacahá; después los de Lamak, de Cumatz, de Tuhalhá, de Uchabahá, los de Chimilahá, los de Quibahá, losde Batenab, de Acul-Vinak, de Balamihá, de Canchahel y de Balam-Colob.

Y ésas son solamente las tribus principales, las ramas de los pueblos, como nosotros lo decimos, no habiendo mencionado sino las principales. Hay todavía muchas otras que salieron de los alrededores de cada poblado, pero no escribiremos sus nombres, sino sólo diremos que se propagaron en los países donde sale el sol.

Muchos hombres fueron formados y en la oscuridad se multiplicaron. La civilización no existía aún cuando se reprodujeron, pero vivían todos juntos, y grande fue su existencia y su fama en los países de Oriente.

Entonces no se servían todavía ni sostenían (los altares de los dioses). Sólo volvían los ojos al cielo y no sabían lo que habían venido a hacer de tan lejos.

Allá vivían contentos los hombres negros y los hombres blancos. Dulce (era) el aspecto de esas gentes. Dulce la lengua de esos pueblos, que eran muy inteligentes.

Hay generaciones bajo el cielo y hay países y gentes a los que no se les ve el rostro. No tienen casas y recorren como insensatos las montañas pequeñas y las grandes montañas. Así decían, despreciando el país de esas gentes.

Así hablaban los de allá, donde veían la salida del sol. Ahora bien, una misma era la lengua de todos. No invocaban todavía la madera ni la piedra, y sólo recordaban la palabra del Creador y de El Formador, de El Corazón del Cielo y de El Corazón de la Tierra.

Y hablaban meditando sobre lo que ocultaba la aparición del día, y llenos de la palabra sagrada, llenos de amor, de obediencia y de temor, hacían sus peticiones, y después levantando los ojos al cielo, pedían hijos e hijas.

¡Salud, oh, Creador, oh, Formador! ¡Tú, que nos ves y nos oyes, no nos abandones, no nos dejes! ¡Oh, Dios, que estás en el cielo y sobre la tierra, oh, Corazón del Cielo, oh, Corazón de la Tierra, dadnos nuestra descendencia y nuestra posteridad mientras camine el sol y aparezca la aurora. ¡Que las semillas germinen, así como la luz!

Dadnos el don de marchar siempre por caminos abiertos y veredas sin emboscadas. Que estemos siempre tranquilos y en paz con los nuestros. Que pasemos una vida feliz. Dadnos, pues, una vida, una existencia al abrigo de todo reproche, ¡oh. Hurakán, oh, Surco del Relámpago, oh, Rayo que Golpea! ¡Oh, Chipi-Nanauac, Raxa-Nanauac, Voc, Hunahpú, Tepeu, Gucumatz! ¡Oh, tú que engendras y das el ser, Xpiyacoc, Xmucané, Abuela del Sol, Abuela de la Luz, haz que las semillas germinen y que se haga la luz!

Así fue como hablaron, mientras estaban en reposo, invocando la vuelta de la luz.

Y en espera de la salida del sol, contemplaban la estrella de la mañana, ese gran astro precursor del sol, que ilumina la bóveda del cielo y la faz de la tierra, por todas partes donde se mueven las criaturas humanas.

CAPITULO CUARTO

Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam, dijeron:

– Aguardemos aún la salida del sol. Así hablaron esos grandes sabios, esos hombres instruidos en las ciencias; esos hombres dignos de respeto y de obediencia, como se les llamaba.

Y todavía no existían madera ni piedra (esculpidas), que nuestros padres y madres protegieran. Pero sus corazones estaban cansados allí de esperar el sol, y ya eran muy numerosas las tribus, así como la nación de los yaquis, los sacrificadores.

– Vámonos, pues, vamos a buscar, vamos a ver si están guardados nuestros símbolos. Procuremos hallar lo que pondremos a arder ante ellos, pues estando de esta manera, no tenemos ninguna persona que vele por nosotros.

Así hablaron Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.

Ahora bien, una sola ciudad oyó el discurso de ellos y luego partieron.

Los nombres del lugar a donde se dirigieron Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam, y los de Tamub e Ilocab, eran Tulán-Zuiva, Siete-Cuevas, Siete-Barrancos. Tal es el nombre de la ciudad a donde fueron a recibir sus dioses.

Y llegaron todos a Tulan. No se podía contar el número de las gentes que llegaban. Todos entraban caminando ordenadamente.

Se les dieron sus dioses. Los primeros fueron los de Balam-Quitzé, de Balam-Agab, de Mahucutah y de Iqi-Balam, que se llenaron de alegría.

– ¡Por fin hemos hallado (lo que buscábamos!), dijeron.

He aquí, pues, que el primero que salió fue Tohil (y éste es el nombre del dios). Levantaron su arca que fue llevada por Balam-Quitzé. En seguida salió Avilitz, nombre del dios que bajó Balam-Agab. Hacavitz fue, según esto, el dios que recibió Mahucutah, y Nicahtagah el que entregaron a Iqi-Balam.

De la misma manera que la nación quiché, recibieron también (sus dioses) los de Tamub. Y Tohil es igualmente el dios de los Tamub, que recibieron el abuelo y padre de los príncipes de los Tamub, que conocemos todavía hoy.

En fin, la tercera tribu era la de Ilocab. Tohil fue asimismo el dios que recibieron los abuelos y los padres, y sus príncipes que conocemos ahora.

Tales son los nombres de las tres (familias) quichés, que no se separaron, porque uno era el nombre de su dios: Tohil el de los quichés; Tohil el de los Tamub y el de los de Ilocab. No teniendo sino un solo nombre su dios, no se separaron nunca esas tres familias quichés.

Grande (era) en verdad la naturaleza de Tohil, Avilitz y Hacavitz.

Y entonces llegaron todas las tribus: los rabinaleños, los cakchiqueles y los tziquinahá, con la nación yaqui, como se les llama ahora.

Pues bien, allá fue donde se alteró la lengua de las tribus. Diferentes volviéronse sus lenguas. No se entendían claramente cuando llegaron a Tulan. Así, pues, allá fue donde se dividieron. Hubo algunas que se fueron hacia el Oriente y muchas vinieron hacia acá.

Y la piel de los animales fue su único vestido. No tenían buenas telas en abundancia, con las cuales hubieran podido vestirse. La piel de los animales era su único atavío. Eran pobres. Nada poseían, pero su naturaleza era de hombres prodigiosos.

Cuando llegaron a Tulán-Zuiva, a Siete Cuevas, a Siete-Barrancos –dicen las antiguas historias– largo había sido su camino para llegar a Tulan.

CAPITULO QUINTO

No había entonces fuego; únicamente lo tenían los de Tohil, y éste es el dios de la nación y el primero que creó el fuego. No se sabe cómo se produjo, pues brillaba ya cuando lo vieron Balam-Quitzé y Balam-Agab.

– ¡Ah, ya no tenemos nuestro fuego! Moriremos de frío, repitieron ellos.

Entonces Tohil respondió:

– No os aflijáis. A vosotros (corresponderá) guardar o destruir ese fuego, del cual habláis, les replicó.

– ¿En verdad, será así, oh, Dios, oh, tú que eres nuestro sostén y nuestro mantenedor; tú, nuestro dios?, le dijeron, ofreciéndole presentes.

Tohil habló: – Está bien. Ciertamente soy vuestro dios. ¡Que así sea! Soy vuestro señor. ¡Que así sea!, fue dicho por Tohil a los sacrificadores. Y así se calentaron las tribus y se regocijaron a causa del fuego.

Pero en seguida comenzó a caer un gran aguacero, que apagó el fuego de las tribus y muchos granizos cayeron sobre la cabeza de las tribus, y su fuego se apagó entonces a causa del granizo. Y ya no hubo más fuego del que se había hecho.

Entonces Balam-Quitzé y Balam-Agab pidieron fuego una vez más a Tohil.

– ¡Oh, Tohil, en verdad morimos de frío!, dijeron.

– No será así. No os aflijáis, respondió Tohil.

Y al instante hizo fuego, golpeándose la sandalia.

En seguida Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam se regocijaron y después se recalentaron. Ahora bien, el fuego de las tribus también se había extinguido y se morían de frío. Luego vinieron a pedirlo a Balam-Quitzé, a Balam-Agab, a Mahucutah y a Iqi-Balam. Y ya no podían soportarlo, ni la helada, temblando (como estaban todos), y dando diente contra diente, ya no tenían vida. Los pies y las manos entumecidos, al extremo de que ya no podían coger nada con ellas cuando llegaron.

– No nos despreciéis ahora que (estamos) con vosotros para pediros que nos deis un poco de vuestro fuego, dijeron al llegar.

Pero no se les recibió bien y entonces se entristeció el corazón de las tribus.

Ahora bien, el lenguaje de Balam-Quitzé, de Balam-Agab, de Mahucutah y de Iqi-Balam era ya diferente.

– ¡Ay, hemos abandonado nuestra lengua! ¿Cómo hemos hecho esto? Estamos arruinados. ¿En dónde, pues, fuimos engañados? No teníamos sino una sola lengua cuando vinimos de Tulan. Uno solo era nuestro modo de conservar (el altar) y una sola nuestra educación.

– No está bien lo que hemos hecho, repitieron todas las tribus, en los bosques y bajo los bejucos.

En ese momento se presentó un hombre ante Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam, y el mensajero de Xibalbá les habló de esta manera:

– En verdad éste es vuestro dios. Este es vuestro sostén y el representante y la sombra de vuestro Creador y de vuestro Formador. No les deis, pues, su fuego a las tribus, hasta que ellas hayan ofrendado a Tohil, que habéis tomado por vuestro señor, lo que ellas os han dado. Preguntad, pues a Tohil lo que deberán dar para recibir el fuego, dijo (este mensajero) de Xibalbá.

Su apariencia era la de un murciélago.

– Soy enviado por vuestro Creador, por vuestro Formador, dijo también el (mensajero) de Xibalbá.

Al oír tales palabras llenáronse de alegría y el corazón de Tohil, Avilitz y de Hacavitz, se exaltó igualmente, mientras hablaba el (enviado) de Xibalbá, que desapareció inmediatamente de su vista sin dejar (por ello) de existir.

Entonces llegaron las tribus que se morían también de frío (pues caía) mucho granizo, y con la lluvia negra que se congelaba, hacía un frío indescriptible.

Todas las tribus estaban temblando y tiritando de frío cuando llegaron a donde estaban Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam. Grande era la aflicción de sus corazones y tristes estaban sus bocas y sus miradas.

En seguida volvieron furtivamente ante Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam y les dijeron:

– ¿No tendréis compasión de nosotros, de nosotros, que sólo pedimos un poco de vuestro fuego? ¿Acaso no es uno nuestro origen y una nuestra morada? ¿No fue una sola nuestra patria cuando fuisteis creados y formados? ¡Tened, pues, piedad de nosotros! repitieron las tribus.

– ¿Qué nos daréis para que tengamos misericordia de vosotros?, les respondieron los dioses.

– Pues bien, os daremos dinero, contestaron las tribus.

– No queremos dinero, replicaron Balam-Quitzé y Balam-Agab.

– ¿Y qué es lo que queréis, pues?

– Pronto lo preguntaremos (a Tohil).

– Está bien. Iremos, pues, a preguntarlo a Tohil y en seguida os lo comunicaremos, les fue contestado.

– ¿Qué deben dar las tribus, ¡oh, Tohil!, las que han venido a pedir tu fuego?, dijeron Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.

– ¡Bueno! ¿Querrán unirse (a mí) bajo su cintura y bajo su sobaco? ¿Consiente su corazón que me abracen a mí, Tohil? Si no lo desean, no les daré fuego, repuso Tohil.

– Decidles que (eso no se hará sino) poco a poco. Que no unirán por ahora su cintura y su sobaco, os dice él, les diréis vosotros. Así fue respondido a Balam-Quitzé, a Balam-Agab, a Mahucutah y a Iqi-Balam.

Entonces ellos transmitieron la palabra de Tohil.

– Está muy bien. Nos uniremos y le abrazaremos, respondieron al oír y recibir la palabra de Tohil.

No tardaron mucho en cumplir su promesa.

– Está bien, pero (que sea pronto), dijeron al recibir el fuego, después de lo cual se calentaron. –

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