Naturaleza dañina


Naturaleza dañina

Lectura en diagonal de una información. Titular: «las vacas contaminan más que los coches». El título de uno de los destacados: «flatulencias contaminantes». A leer. En resumen, leo que cada día somos más ricos y que, por tanto, comemos cada vez más carne, lo que supone más recursos para mantener a los animales, lo que supone un mayor impacto ambiental.

Núria Llavina Rubio

Bueno, por lo visto no se puede dejar nada de lado ni uno se puede dormir en los laureles. Los países que han firmado el protocolo de Kyoto se han centrado demasiado en el sector energético y se han olvidado del resto. Sí, se han olvidado de las ventosidades vacunas. El caso es que, al menos en España, la emisión de gases del efecto invernadero por el sector de la agricultura y la ganadería asciende ya al 11%. Quien iba a decir que la naturaleza podría resultar dañina a sí misma. Será que ahora la culpa la tienen las vacas.

Osvaldo Sala, biólogo asesor de ecología de las Naciones Unidas, presentó recientemente en Madrid un estudio sobre la pérdida de biodiversidad que sufrirá la Tierra durante el siglo XXI. En el informe destacó que el cambio en el uso del suelo es la amenaza más grave para la biodiversidad en la Tierra, lo que puede llegar a causar extinciones masivas de fauna y flora en los próximos cien años. Sala afirma, de hecho, que «un 25% de las especies de plantas del Mediterráneo se extinguirán en el año 2050». Y uno de los principales motivos de esta pérdida es la actividad ganadera.

«La producción intensiva de carne contamina aguas, genera residuos químicos, gases peligrosos procedentes del estiércol (óxido nitroso) y del sistema digestivo (metano), además de amoniaco que contribuye a la lluvia ácida», enumeró Sala, que aprovechó para exigir a los países industrializados formas de producción más sostenibles. Además, según la FAO, producir un kilo fresco de ternera no sólo requiere un consumo de agua quince veces superior al de los vegetales, sino que además contamina 12 kilos de dióxido de carbono, cifra equivalente a viajar en un coche durante 200 kilómetros. A todo esto cabe sumar otros impactos de la explotación ganadera: excrementos líquidos y sólidos, transporte para trasladar los animales o la acumulación de pesticidas y fertilizantes.

Flatulencias contaminantes

La propia naturaleza es emisora de metano. Las vacas lo producen cuando digieren sus alimentos, ya que no poseen oxígeno en sus estómagos a diferencia del ser humano. El gran problema llega con las bacterias, que transforman químicamente la materia (al igual que con el ser humano), pero produciendo metano. Y ojo, que no sólo son las vacas las principales emisoras de este gas; lo mismo les ocurre a las ovejas y a las termitas. Estas últimas liberan el gas cuando digieren la madera que comen. Y es a través de los excrementos, las ventosidades y los eructos que estos animales liberan el gas.

El caso es que se habla de gas metano (23 veces más peligroso que el CO2) como gas contaminante. Y lo curioso es que no es un compuesto malo en sí mismo, pero el hombre lo ha producido en tanta cantidad que empieza a serlo de verdad, al igual que pasa con el dióxido de carbono. O sea, que lo natural y lo que echaban las vacas al aire era lo adecuado, pero ahora parece que la emisión “artificial” de metano queda en un segundo plano (arrozales, vertederos de residuos, filtraciones de oleoductos de gas natural, pérdidas tanto en la producción como en el transporte de gas natural, prácticas que involucran la quema de biomasa, humedales o minas de carbón). No olvidemos, asimismo, que es el propio ser humano quien favorece las explotaciones intensivas de ganado y, por tanto, una mayor emisión de gas metano por parte del mismo. ¿O será que son las vacas quienes piden ser más comidas que antes?

Sociedad del bienestar

Fueron los neozelandeses quienes, por primera vez, encendieron las alarmas sobre el impacto ambiental que genera la ganadería. Las más de 50 millones de reses que habitan en el país generan el 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero, cifra que no les permite cumplir los objetivos establecidos en Kyoto. En Nueva Zelanda (país con conciencia ecológica declarado libre de centrales nucleares y que prohíbe mover las conchas de sus playas), con 4 millones de personas, cada vaca emite 90 kilos de metano al año, lo que supone la misma polución que se genera al quemar 120 litros de gasolina.

El año 2003 el país neozelandés se puso las pilas y creó la denominada ‘Flatulence Tax’ para compensar las emisiones de metano. Ya es algo, aunque no entiendo cómo se puede crear un impuesto sin ofrecer alternativas y soluciones que puedan aplicar los ganaderos. Me da la sensación que se trata de no recortar los placeres que otorga un trozo de carne en esta sociedad del bienestar recortando el placer natural de una flatulencia vacuna. En fin, que se trata de potenciar aún más la emisión de metano artificial por encima de la natural. Además, ¿cómo concienciar a las vacas que la alimentación que llevan “no es la adecuada”? Y es que la paradoja del caso neozelandés es que la contaminación asociada al metano se ha relacionado con la alimentación más sana y tradicional que llevan a cabo las reses del país en comparación con el resto de Europa, donde predomina el pienso compuesto.

En medio del debate sobre la naturaleza dañina a sí misma, otros países siguen insistiendo en asegurar las reservas de combustible que quedan en la Tierra para asegurarse el poder energético tan anhelado en el futuro. Los rusos ya lo están haciendo, enclavando su bandera en el fondo del Ártico para adjudicarse la zona y explotarla cuando se necesiten encontrar nuevas reservas energéticas (allá se encuentran el 25% de las reservas que quedan por descubrir). Unos luchan por el poder de la energía cuando ésta se acabe. Por lo visto, las vacas tendrán que luchar para poder hacer la digestión como Dios manda.

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