Barth, Karl

Barth, Karl

1. Vida. Teólogo protestante, n. el 10 Mayo 1886 en Basilea. Estudia Teología en Berna (1904), Berlín (1906), Tubinga ( 1907) y Marburgo ( 1908). Pastor de la Iglesia Reformada de lengua alemana en Ginebra, y luego en Safenwil (Aar) al N. de Suiza (1909). En 1921 es llamado de profesor a la Univ. de Gotinga (Alemania) y en 1925 a la de Münster (Westfalia), donde entra en contacto directo con el catolicismo. Profesor en la Univ. de Bonn (1933), se pone a la cabeza de la Iglesia Confesante frente a los Deutsche Christen situados al lado de Hitler. Destituido por éste de su cátedra (1935) pasa a la Univ. de Basilea donde permanece hasta su muerte (9 dic. 1968). En su actividad teológica cabe distinguir dos periodos.
2. Teología dialéctica. Con el Comentario a la Carta a los Romanos, publicado en 1919 (2 ed. 1921), B. inicia el movimiento de la teología dialéctica afirmando no sólo la prioridad absoluta de la revelación frente a la religión o esfuerzo humano por acercarse a Dios, sino que la trascendencia radical que atribuye a Dios le lleva a una dialéctica en la que la afirmación de Dios significa la crisis y la negación de todo valor humano.
Esta actitud radical empieza a suavizarse con su estudio sobre S. Anselmo, Pides quaerens intellectum (1931), que representa el paso de la dialéctica absoluta a una analogía fidei. B. comprende que la fe no puede ser un mero espacio vacío y que implica cierta racionalidad, no previa o anterior, sino interior a ella. Por otra parte el concepto de revelación o Palabra de Dios, ajena al mundo y a la historia, se va identificando con la persona de Cristo: Él es la revelación de Dios. Se inicia así el cristocentrismo que caracterizará toda la obra subsiguiente de B.
3. La Kirchliche Dogmatik (Dogmática eclesiástica). Constituye, dentro de la enorme producción literaria de B., su obra cumbre. Ha sido calificada como «la más importante sistematización teológica del siglo XX» (G. Gloege). Ciertamente lo es dentro del pensamiento protestante. Abarca 12 tomos y ha quedado incompleta; para designar esta obra, en el resumen que sigue, usaremos la abreviatura KD.
a) La palabra de Dios. Revelación y Tradición (tomos 1/1 y 1/2 de la KD). La dogmática constituye una función de la Iglesia y sirve de puente entre la S. E. y la predicación. Le atribuye como función la crítica de la palabra de la Iglesia acerca de Dios, a la luz de la misma palabra de Dios que se identifica con Jesús y que adopta la triple forma de predicación, Escritura y fe. La Iglesia y la Escritura, dice, no contienen la revelación ni disponen de ella; son únicamente sus testigos en la esperanza de que, por su medio, la revelación siga acaeciendo. Esta revelación velada sólo se reduce a acto en el acontecimiento de la fe, obra del Espíritu. Tiende en suma a identificar la revelación con la fe misma, y a colocar en un segundo lugar su carácter de palabra que ilumina.
La dialéctica ocultamiento-revelación-comunicación da pie, por lo demás, a B. para su presentación de la Trinidad, que incluye al Offenbarer (Sujeto de la Revelación: el Padre), la Offenbarung (o Revelación: el Hijo, Jesucristo) y el Offenbarsein (Revelación en acto o comunicación: el Espíritu Santo). La Trinidad aparece así como una oikonomía o dispensación, con cierto peligro de modalismo o de reducción de las tres personas a tres formas de aparecer de una única persona. No obstante B. recalca que las apariciones de Dios son reflejo de su mismo ser: Dios es en sí tal como aparece ante nosotros.
b) La doctrina acerca de Dios (tomos II/1 y II/2). consta de 4 capítulos:
1.º Conocimiento de Dios. En su vida intratrinitaria Dios se hace interlocutor de sí mismo. En la revelación, se hace interlocutor del hombre, se da a conocer. Dios no es objeto de nuestro conocimiento (no está ahí), pero puede hacerse objeto. Esto significa, en B., por una parte, que revelación se identifica con la gracia, y por otra que el hombre es de por sí un ser cerrado a Dios que necesita de la revelación para conocerlo: Dios sólo es cognoscible por la fe. B. excluye la analogía entis, la teología (o religión) natural, todo punto de arranque (Anknüpfungspunkt) humano en el conocimiento de Dios.
2.º La realidad de Dios. El binomio inobjetividad-objetividad tiene su fundamento, dice, en el mismo ser divino que es libertad-amor y cuya expresión mejor es el concepto bíblico de fidelidad a sí mismo (justicia o santidad) y al hombre (amor y gracia). En torno a estos dos polos orienta B. los demás atributos divinos como expresión de la libertad o del amor.
3.º La elección o predestinación, «compendio del evangelio». B. corrige en parte la visión calvinista-luterana de la predestinación. Rechaza el decretum absolutum de Calvino y la consiguiente praedestinatio gemina (reprobación-elección como algo estático y división de la humanidad en dos grandes grupos a priori). Corrige también a Lutero para quien la revelación de la gracia o elección (el evangelio) sustituye, en Cristo, a la revelación de la ira o reprobación (la ley) admitiendo así dos decretos y dos órdenes consiguientes. Para B., Cristo es el único decretum praedestinationis: Él es a la vez el Dios que elige y el hombre elegido. Jesús no es, pues, mero reflejo (Calvino) ni tampoco causa (Lutero y, dice, el Catolicismo) de la elección, sino la elección misma. Pero esta elección se realiza a través de una reprobación: el Dios que elige descarga sobre sí mismo su propia ira, agotada así en la cruz; sólo desde entonces -resurrección- existe la elección para el hombre.
4.º Fundamentación de la moral. Dado que la elección implica un juicio y una reprobación por parte de Dios, el evangelio incluye la ley, y la justificación la santificación. La ética no es independiente de la revelación y por ello va incluida en la dogmática. No es una ley abstracta, exterior, acerca del bien moral sino la otra cara de la revelación en cuanto presencia y exigencia concretas de la única palabra de Dios, Cristo.
c) La doctrina acerca de la creación (tomos III/1 a III/4). Cristo es también la clave de la creación; ésta forma parte de los artículos de la fe y está incluida dentro del misterio de la salvación y de la gracia. B. habla de «la creación como fundamento exterior de la alianza» (III/1, 103-258), como su posibilidad técnica. A su vez la alianza es «el fundamento interior de la creación» (ib. 258-377), el sentido oculto y la médula de la creación. Basada en la alianza (Cristo) la creación pierde en parte aquel carácter negativo típico de la Reforma y del mismo B. en su primera época: el hombre es imagen de Dios, si bien esta imagen no es una cualidad inherente sino un regalo incesante de Dios; no un dato que se posee, sino un don que se recibe a cada paso. B. no rechaza una antropología, pero dice que no es posible conocer al hombre partiendo de él mismo ya que de por sí es sólo una pregunta sin respuesta. El punto de partida de la antropología será para B., frente a Brunner y Bultmann, únicamente la revelación, la cristología (III/2, 50). Al igual que Dios, tampoco el hombre puede ser conocido fuera de Cristo (ib. 88): en la cruz se nos descubre lo que somos de hecho -pecadores- y lo que deberíamos ser: el ser-con-Dios (ib. 296).
Desde la dimensión cristológica de la relación Creador-creatura trata B. el problema del malo de la nada como amenaza constante de la creación. El mal, lo demoníaco, el pecado, son sólo «la sombra huidiza de la elección»: vencidos por la cruz caen bajo la permisión de la misericordia divina y se hallan sometidos funcionalmente a su voluntad. B. define el mal y el pecado como un pasado sin futuro (tomo III/3). El tomo III/4 amplía las perspectivas de la ética. No cabe hablar, según él, de un orden de la creación con una ley natural, de tipo horizontal, que brote de la estructura estática de la creación. Sólo de Cristo, donde se manifiesta el Dios creador, puede surgir la ley y la ordenación de la creación. No cabe distinguir, pues, dice, entre una ética natural y una ética cristiana.
d) La doctrina de la justificación (tomos IV/1 al IV/4). En la cruz y la resurrección acontece la reconciliación de Dios con el hombre. Pero la encarnación de Cristo no significa una reacción de Dios contra el pecado sino «el propósito y el plan de Dios, que él tenía ya desde el principio como creador de todas las cosas y como señor de la historia universal, y que por encima de todo llevará a su término»: la cruz y la resurrección constituyen «el gran acto de fidelidad de Dios para consigo mismo y precisamente por ello también para nosotros» (IV /1, 49). En la justificación desemboca aquella polaridad que se manifestaba en el mismo ser divino como libertad-amor (justicia-gracia) y que se refleja luego en el misterio de la predestinación, en el dinamismo de la creación y de la historia (como pecado y salvación) y que encuentra su expresión suprema en la muerte-resurrección de Jesús.
La reconciliación es la acción de Dios contra el pecado. El hombre es pecador porque rechaza el propósito divino de alianza negándose a ser interlocutor de Dios. Pero el hombre no reconoce su pecado; sólo llega a saberse pecador no en la conciencia de culpabilidad, ni por el conocimiento de una ley natural sino a la luz de la revelación, del juicio de Dios que se manifiesta en la cruz de Cristo. La muerte de Jesús nos revela como totalmente pecadores, no sólo en parte. Pero, sobre todo, la reconciliación es la realización de la alianza entre Dios y el hombre: en Cristo, Dios mismo actúa en «sustitución vicaria» por los hombres. Dios mantiene su justicia (que B. defiende junto con S. Anselmo y en oposición a A. Ritschl) frente al pecado del hombre: la consecuencia debería ser la muerte del hombre. Pero Dios mismo ocupa nuestro puesto en el banquillo de su justicia y muere «por nosotros» -«en nuestro lugar»- tomando sobre sí, en la cruz, nuestra suerte: el Juez juzgado en nuestro lugar (IV/1, 231) y Jesucristo, el Señor como siervo (ib. 171) son dos capítulos de la Dogmática.
Tal es la justificación: Dios se justifica -es fiel- a sí mismo y con ello justifica -es fiel- también al hombre; sin abrogar su sentencia condenatoria sobre el pecado y el pecador, no condena, sin embargo, ni da muerte al hombre, sino al Hijo del hombre en su lugar. «La pasión y la muerte de Cristo constituyen el no de Dios, a través del cual reasume y realiza en el espacio y en el tiempo, propios del hombre, su sí, decidido y expresado ya en la eternidad» (IV /1, 283).
Por la resurrección, Jesús es el siervo como Señor (IV/2, 1); elevado hasta la derecha de Dios es situado «no en identidad, pero sí en auténtica comunidad con Él y constituido, por esta elevación y comunidad, en hombre nuevo» (ib., 4). Es aquí donde B. estudia la santificación, complemento de la justificación y que hace del hombre el interlocutor de Dios, el hombre de la alianza.
En B. adquiere gran importancia la resurrección, que dice, no es mera expresión de la fe que surge en los apóstoles acerca de Jesús como el Cristo (contra Bultmann) si bien, añade, tampoco es un hecho evidente en el terreno histórico y comprobable como tal; sino que siendo un hecho real implica «la comunicación de un conocimiento, antes oculto e inaccesible, de que Dios estaba en Cristo», despertando en los apóstoles la fe en Jesús como la revelación de Dios (IV/1, 352). Por la resurrección, la historia de Jesús no es sólo un pasado, sino también un presente siempre válido que coexiste Con los diversos momentos de la historia humana. Por ello la historia de Jesús es inclusiva, abarca e incluye nuestra propia historia individual.
Por la fe (tomo IV /3) y el bautismo (tomo IV /4) el hombre participa de la historia de Jesús cambiando así la dirección fundamental de su existencia. Creer significa reconocer nuestra situación de pecadores y el perdón manifestado en la cruz y a la vez entrar en un nuevo dinamismo por el que vivimos como interlocutores y aliados de Dios. De este modo la existencia del cristiano es incorporada en la historia de salvación que es la historia de Jesús. Pero el que haya hombres afectados en su existencia por la salvación, la gracia o revelación, es también obra de Dios: la fe no es un estado o cualidad inherente, sino un acontecimiento, un milagro obra del Espíritu. En la esperanza de que este milagro siga aconteciendo y basándose en que ha acontecido ya en los profetas (A. T.) y en los apóstoles (N. T.), testigos de la revelación, la Iglesia tiene que predicar la salvación de Dios.
4. Valoración de la obra de Barth. B. reacciona frente al subjetivismo de la teología protestante liberal, afirmando de manera neta y tajante la realidad y trascendencia de la Palabra de Dios. El valor positivo más importante de la teología de B. es indudablemente su cristocentrismo. Cristo es la predestinación, la revelación, la gracia, la justificación y la escatología. El es también la base de la creación y de la historia. Ello condiciona su teología dándole una dimensión personalista o dialogal en lugar de una estructura objetivante. No obstante, la concentración cristológica de la teología de B. corre a veces peligro de caer en un cristomonismo que le conduce a cierta desvalorización del hombre, de sus obras y de la historia. Téngase presente que B. parte de la preexistencia de Cristo en la predestinación eterna situándose así dentro de la Trinidad y contemplando desde allí todo el panorama de la historia. Desde esta perspectiva Jesús, más que un ser encuadrado en el espacio y el tiempo, aparece como la síntesis de toda la historia de salvación, como el resumen del acontecer salvífico entre Dios y el hombre desde el pasado de la predestinación al futuro de la posdestinación: en el Logos, que es Jesús, se condensa la marcha de la historia desde la protología hasta la escatología. Nos hallamos ante dos historias yuxtapuestas: la historia de salvación que coincide Con el hombre Jesús existente ab aeterno en Dios y una historia universal humana. La unión entre ambas historias paralelas -el tiempo de Dios y nuestro tiempo de pecado- tiene lugar por el acontecimiento de la fe. Hay así en B. como un actualismo puntual de la salvación, que hace dudar que haya comprendido la realidad de una justificación intrínseca en un sentido ontológico. Puede decirse que su teología implica una radicalización de la manera calvinista de entender la trascendencia de Dios y de la doctrina luterana sobre la sola lides en virtud de la cual tiende a negar la realidad de todo efecto inmanente y estable de la gracia, lo que repercute en su Cristología, su visión de la S. E., su eclesiología, su doctrina sobre la justificación. Digamos además que, aunque B. rechaza expresamente toda apocatástasis, tal es su acentuación del triunfo de la gracia en Cristo que una serie de autores, tanto católicos como protestantes, creen que difícilmente puede escapar a ella. Al destacar tanto la elección, para B. el pecado es sólo una mera sombra de la reprobación del hombre que ha tenido lugar en la cruz, en la que coinciden y con la que se identifican, en definitiva, la elección primera y el juicio.
En el conjunto de la historia de la teología protestante, B. representa un giro importante, y una acentuación de la peculiaridad cristiana frente al reduccionismo raciolalista liberal. Su efecto, en ese sentido, ha sido benéfico, aun con los límites señalados. Conviene advertir finalmente que esos límites, y concretamente ese cierto extrinsecismo entre lo divino y lo creatural, lo salvífico y lo humano, en que incide su teología, es el punto en el que se injerta la llamada teología radical o de la secularización, que sería ininteligible sin B., aunque traiciona su espíritu.
5. Obras. Las más importantes son: Der Romerbrief, Berna 1919; Das Wort Gottes und die Theologie, Munich 1924; Pides quaerens intellectum. Anselms Beweis der Existenz Gottes im Zusammenhang seines theologischen programma, Zurich 1931; Die Kirchliche Dogmatik, 2 vol., Zurich 1932-55; Offenbarung, Kirche, Theologie, Munich 1934; Die protestantische Theologie im 19. Jahrhundert.,. Munich 1947; Die Menschlichkeit Gottes, Zurich 1956; Theologische Prage und Antworten, Zurich 1957; Ad limina Apostolorum, Zurich 1967.

M. GESTEIRA GARZA.

BIBL. : H. URS VON BALTHASAR, Karl Barth. Darstellung und Deutung seiner Theologie, Colonia 1951; H. BOUILLARD, Karl Barth, París 1957; G. C. BERKOUWER, Der Triumph der Gnade in der Theologie K. Barths, Neuenkirchen 1957; H. FRIES, Existenncialismo protestante y teología católica, Madrid 1961; B. GHERARDINI, La seconda Riforma. Uomini e scuole del Protestantesimo moderno, II, Brescia 1966, 80-196. Entre la numerosa bibl. protestante, merece citarse H. ZAHRNAT, Die Sache mit Gott, Munich 1968, y E. HUBNER, Evangelische Theologie in unserer Zeit, Brema 1966. Una amplia información bibliográfica puede encontrarse en la obra de Bouillard ya mencionada.
http://www.canalsocial.net/GER/ficha_GER.asp?id=212&cat=biografiasuelta
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“Mirad que ninguno os engañe…” (Colosenses 2:8)

Habla el apóstol Pablo

“Mirad que ninguno os engañe…” (Colosenses 2:8)

por Daniel Sapia

Las verdades y enseñanzas bíblicas muchas veces son expresadas en forma de parábolas, en forma de metáforas; otras veces a través de enunciados implícitos. Pero muchas otras veces son expresadas de manera directa, diáfana y totalmente explícita, con una claridad y una contundencia meridiana que no dejan lugar a la menor duda en cuanto a su interpretación.

Una de estas enseñanzas, en formato de advertencia, es la registrada en ocasión de la carta que el apóstol Pablo escribiera a los habitantes de Colosas a causa del «sincretismo» que padecían, combinación de ideas de otras filosofías y religiones (como el paganismo, las presiones del judaísmo y el pensamiento griego) con la verdad del cristianismo. La herejía resultante llegó a ser conocida más tarde con el nombre de «gnosticismo», el cual daba un énfasis especial al conocimiento (gnosis en griego) y negaba que Cristo fuera Dios y Salvador. Para combatir este error, Pablo se ocupa en su carta de la deidad de Cristo —su relación con el Padre— y de su muerte sacrificial en la cruz por el pecado. Al escribirle, les advierte a los hermanos colosenses:

“Mirad que ninguno os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo..” (Co 2:8, Reina-Valera 1909)

“Estad sobre aviso para que nadie os seduzca por medio de la filosofía, y con vanas sutilezas, fundadas en la tradición de los hombres, en los elementos del mundo, y no en Jesucristo..” (Co 2:8, Vulgata Latina, Torres Amat, J. Straubinger – católica)

“No se dejen esclavizar por nadie con la vacuidad de una engañosa filosofía, inspirada en tradiciones puramente humanas y en los elementos del mundo, y no en Cristo..” (Co 2:8, El Libro del Pueblo de Dios – católica)

“Mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no según Cristo..” (Co 2:8, Biblia de Jerusalén – católica)

“Mirad que nadie os engañe con filosofías y vanas falacias, fundadas en tradiciones humanas, en los elementos del mundo y no en Cristo..” (Co 2:8, Biblia Nacar-Colunga – católica)

“Cuídense de los que quieran atraerlos con teorías engañosas. Esas no son más que enseñanzas de hombres, que parten de teorías filosóficas y no se inspiran en Cristo..” (Co 2:8, Biblia Latinoamericana – católica)

Lo interesante de notar es que Pablo no advierte del problema a los Colosenses mencionando específicamente a los heresiarcas de turno, sino que parece bien al Espíritu Santo, a través del santo escritor, hacer referencia a ellos por medio de nombrar las raíces de sus falsas enseñanzas, los métodos de transmisión y los argumentos esgrimidos para intentar convencer de la autenticidad de las mismas. De esta manera, dicha advertencia del apóstol no sólo ha resultado eficaz para advertir oportunamente a los hermanos de Colosas, sino también, a lo largo de los siglos, a todos aquellos que se puedan encontrar con personas que intenten utilizar similares raíces, métodos y argumentos para la enseñanza de sus postulados religiosos, los cuales, conforme a la conclusión del apóstol Pablo, no son “según Cristo”.

Comentario Bíblico

Matthew Henry (s. XVIII), Trad. F.Lacueva, Ed.Clie, pág. 1.710 – 1.711

La amonestación [que] va en el versículo 8, dice así: «Mirad que no haya (como si dijese: ¡Fuera con él!) nadie que os esté llevando cautivos por medio de filosofías y de huecas sutilezas (lit. de la filosofía y del vacío engaño), según la tradición de los hombres, conforme a los principios elementales del mundo, y no según Cristo». El apóstol habla de una «filosofía» que es puro engaño, de una «tradición» que no procede de Dios, sino que es un invento de los hombres, y a esos dos elementos integrantes de la enseñanza herética que aquí se contempla, añade la ya conocida expresión griega ta stoikhéia tou kósmou (comp. con Gá. 4:3, 9) que, en mi opinión, se refiere, como en Gálatas, al ritualismo legalista de dichos herejes, como se confirma por todo el contexto en que dicha expresión se repite en el versículo 20. Permítaseme señalar, con todo respeto para todo sincero catolicorromano, que son precisamente esos tres elementos los que han corrompido el sistema de la Iglesia de Roma. En efecto:

(a) El papel de primerísima importancia que la filosofía aristotélica jugó en la formación de la llamada «teología escolástica» de la Edad Media[1], impidió la correcta interpretación de las Escrituras en esa «mezcla de agua con vino» que menciona Tomás de Aquino, aun cuando él protestaba de que no era mezclar agua con vino, sino «convertir el agua en vino» (¡como en las bodas de Cana!) Dice Bruce que «no es la filosofía en general, sino una filosofía de esta clase —la que seduce a los creyentes apartándoles de la simplicidad de su fe en Cristo— la que Pablo condena». Es cierto que la filosofía en sí, mientras no ataque a la fe, no es de suyo condenable, pero ¿qué puede esperarse de bueno, cuando una persona trata de cimentar su fe, no en la analogía de la fe, que no es otra cosa que el contexto total de las Escrituras, sino en las analogías inventadas por la falible y pecaminosa razón humana?

(b) Tampoco es ningún secreto que la Tradición ocupa un lugar igual, y aun superior, a las Escrituras en la Iglesia de Roma[2]. No atacamos la tradición interpretativa de las Escrituras, con tal de que a esa tradición no se le dé una autoridad y un valor de infalibilidad que sólo la Palabra de Dios posee, pero ¿qué decir de tantas tradiciones elevadas a la categoría de «dogmas» sin base alguna en la Palabra de Dios; más aún, totalmente contrarias a ella, de forma parecida a como el Señor lo dijo en la referencia que tan estupendamente nos ha conservado Marcos (7:5-13)?

(c) Finalmente, ¿qué otra cosa sino «ritualismo legalista» es la serie de fórmulas y ritos sacramentales, y de múltiples preceptos adobados con una minuciosa casuística, que se dan (especialmente, hasta bien entrada la segunda mitad de este siglo xx) en la Iglesia de Roma?

(B) Contra toda esa acumulación de elementos nocivos con que los herejes aludidos en esta Epístola se esforzaban por cautivar a los fieles de Colosas, al hacer presa (eso es lo que el verbo sulagogón indica) en ellos, el apóstol afirma solemnemente la completa suficiencia de Cristo, tanto en sí (v.9), como para los suyos (v.10). «Porque en El (Cristo), dice, habita corporalmente la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en Él, que es la cabeza de todo principado y potestad».

Sola Escritura

Más revelador aún se torna el tema cuando consideramos que el rechazo por parte de la Iglesia Católica de la doctrina evangélica de “Sola Escritura” viene precisamente de considerar que la “fuente autorizada de la Revelación de Dios” resulta de combinar Escritura + Tradición + Magisterio, como claramente expone el numeral 95 del Catecismo católico[2]. De esta manera, la Escritura termina siendo convenientemente complementada con (incomprobable) Tradición apostólica y con (humanas) cátedras episcopales, que muchas veces terminan tergiversando y acomodando a lo revelado en la Escritura, cuando no hasta contradiciéndolo…

Por eso, las palabras del apóstol Pablo, inspiradas por el Espíritu, no sólo fue viva y eficaz para el pueblo cristiano de Colosas. Hoy tienen renovada importancia, para tu vida y para la mía. Como está escrito:

“Mirad que ninguno os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo..” (Co 2:8, Reina-Valera 1909)

¿Se basa tu fe en lo que algunas personas determinaron unilateralmente como verdadero? [3] ¿Te obliga tu Jerarquía eclesiástica a aceptar cualquier cosa que ella determine como “verdad de Dios”? [4] ¿Te enseñan que la autoridad de la Biblia debe ser necesaria e imprescindiblemente complementada con tradiciones (incomprobables) y con decretos religiosos paulatinamente definidos a lo largo de los tiempos? [2] ¿Enseñan tus líderes que algo que ves de color blanco debes creer que es negro si ellos así lo determinan? [5] ¿Percibes que la base de tus creencias se cimientan en filosofías y sutilezas, en tradiciones y ritos?

“Mirad que ninguno os engañe…”

Bendiciones en Cristo

Daniel Sapia


Notas:

[1] Es interesante lo que en este sentido comenta el ex-sacerdote católico romano y profesor de filosofía Herman J. Hegger, en su libro “Se Rompieron las Cadenas” (Ed. In the Rechte Straat, pág. 82) : “Se puede estudiar objetivamente el catolicismo. Es un sistema lógico y preciso hasta el detalle. Los dogmas son tesis perfectamente elaboradas. En el catolicismo se han buscado, con la ayuda del pagano Aristóteles, distinciones de toda clase para evitar cualquier imprecisión racional..” Herman J. Hegger, ex-sacerdote católico, fundador y director del ministerio “En La Calle Recta“.

[2] “…la Iglesia, a la cual está confiada la transmisión y la interpretación de la Revelación «no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción» (DV9).” (CIC 82). “La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros…” (CIC 95)

[3] Catecismo 85 “El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escritura, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo” (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.

[4] Catecismo 88 El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando propone de manera definitiva verdades que tienen con ellas un vínculo necesario.

[5] “Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro si la Iglesia jerárquica así lo determina..” Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, Reglas para sentir con la Iglesia, 365:1

Testimonio del hermano Bartholomew F. Brewer, ex sacerdote catolicoRomano.

Testimonio del hermano Bartholomew F. Brewer, ex sacerdote catolicoRomano.

Millones de catolicoromanos, probablemente la mayoría, son de nombre, porque han crecido en una familia católica o en una cultura católica.

Pero en nuestra familia no fue así. Eramos romanocatolicos convencidos. Abrazábamos la doctrina de nuestra iglesia y tratábamos de llevarlo a la práctica. Creíamos que nuestra iglesia era la única y verdadera iglesia de Cristo. Por eso aceptábamos sin condiciones y ciegamente lo que nuestros sacerdotes nos enseñaban. Eso nos daba un sentimiento de seguridad: Estabamos en lo cierto; nos sabíamos seguros en los brazos de la santa madre iglesia.

Mi padre murió cuando yo tenía diez años. Mi madre iba todos los días a misa. Rezábamos todas las noches el rosario. Nuestra madre nos alentaba a visitar a Cristo en el sagrario. Los sacerdotes de nuestra parroquia a veces decían que nuestra familia era mas romana que Roma.

Así nadie se extrañará de que en mi adolescencia sintiese la vocación de ser cura. Pero no quería ser sacerdote sin más, por eso elegí una orden religiosa muy rígida, los carmelitas descalzos. Me gustaba la vida de convento, por eso podía acumular fuerzas para los áridos estudios de latín y las otras materias. La devoción y el sacrificio de los sacerdotes, que nos daban clase, era un permanente estimulo con una misma finalidad: llegar a ser un sacerdote-religioso devoto. Los años de noviciado, con los tres de filosofía y cuatro de teología significaban una formación sólida.

Me dedicaba a toda práctica ascética, a toda mortificación en serio. Nunca dudaba de mi vocación. Todo lo que se me enseñaba, lo aceptaba de muy buen grado. Para mi la voz de la iglesia era la voz de Dios. Los votos de pobreza, castidad y obediencia formaban el encuadramiento de mi vida religiosa. Finalmente fui ordenado sacerdote. Cuando el obispo puso sobre mi las manos y pronunció las palabras del salmo 110 (Tu eres sacerdote para siempre), me invadió la idea que desde ahora sería un mediador entre Dios y los hombres. Cuando mis manos fueron ungidas, creí que por eso recibía el poder de realizar siempre el nuevo milagro de la transubtanciación (cambiar el pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo).

Desde ahora sería un sacerdote, que podía presentar un auténtico sacrificio ante Dios, el sacrificio de Cristo en la cruz, que por medio de mi sacerdocio se perpetuaba y de donde las gracias se derramarían a los hombres por medio de mi administración de los otros sacramentos, como el bautismo, la confesión, el matrimonio, la unción de enfermos.

Roma enseña que el sacerdote por su consagración imprime un carácter (marca) indeleble en su alma, por lo cual él es sacerdote para siempre. Ese carácter lo lleva hasta el cielo o hasta el infierno. Por ese carácter hay como una especie de cambio de personas entre Cristo y él. Por eso se hace “alter Christus” (otro Cristo). El puede actuar en nombre de Cristo. Por eso la gente se arrodillaba ante nosotros y besaba nuestras manos, porque pensaban que se lo hacían a Cristo. Cuando terminé mis estudios de teología, se cumplieron mis sueños: fui enviado como misionero a Filipinas.

Mis Primeras Dudas

Ser sacerdote misionero en Filipinas era un gran cambio. Primero viví bajo el amparo de una reglada vida conventual, pero ahora como misionero en una total libertad, en que debía aprender a defenderme. No había sido preparado para eso.

Fui destinado a uno de los barrios pobres que pertenecía a la parroquia de nuestra orden. También me agradaba dar clase de religión en el colegio de enseñanza media de nuestra orden carmelita. Hasta ese tiempos sólo habían sido jóvenes y hombres con los que yo me había relacionado. Ahora era otra cosa. Me agradaba entrar en relación con la otra parte del hombre.

Recibí orden de regresar a USA. Después que había volado como un pájaro a Filipinas y había disfrutado de la libertad, no me encontraba a gusto dentro de los muros de un convento. Esto lo comprendió mi superior y me mandó a una parroquia de Arizona. Dejé con el consentimiento de Roma la orden y me hice capellán castrense en el ejercito. Por eso entré en contacto con otros cristianos. Mi mirada se ensanchó. Eran los tiempos del concilio vaticano II , cuando el papa Juan 23 quiso abrir las ventanas de la iglesia tradicional para que entrara viento fresco. Aquello dio un cambio profundo en la iglesia papa. Al sacerdote no se le consideró más como un ser superior al resto de los parroquianos. Esto causó una crisis de identidad entre los sacerdotes.

Me sentí impresionado cuando le oí a un sacerdote colega mío poner e duda la autoridad del papa , particularmente en la cuestión del celibato. También sabía que la ley del celibato obligatorio para muchos sacerdotes era una fuente de toda clase de conflictos psíquicos y de remordimientos.

Mi madre

Ella tomaba parte en las discusiones que sosteníamos como sacerdotes entre nosotros. Hacía tiempo que a ella le preocupaba el contraste entre lo que enseñaban los guías eclesiásticos y la escritura. Años antes le había expuesto este problema a monseñor Cartwright. El le respondió: hay muchos problemas en nuestra iglesia, pero Jesús ha prometido que ” las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

Mi madre tenía un profundo respeto por la Escritura como Palabra de Dios. Siempre había leído con regularidad la Biblia, pero en el último tiempo la estudiaba realmente. En mis colegas sacerdotes por su liberalismo veía yo una tendencia a vaciar de contenido la Biblia. Con mi madre se daba el caso contrario. Cada vez tenía mas confianza en la Palabra de Dios. Para mí esto era un enigma. Mientras otros se esmeraban para suprimir ciertas reglas y ceremonias tradicionales, daba a conocer cada vez más que se le debía dar más atención a la Biblia en la iglesia, y subrayar el aspecto espiritual de la vida. Quería que Cristo ocupase el centro de todo.

La Biblia me Dio un Nuevo Modo de Ver

Primero no entendía mucho, pero poco a poco comencé a notar que en mi madre se había verificado un cambio extraordinario.
Su actitud influyó en mí para que tuviese más interés en lo que la Biblia dice. Frecuentemente dialogábamos sobre distintos temas como: La posición del papa, su infalibilidad, la confesión, el purgatorio, la concepción inmaculada y su asunción de María.
Comencé a ver que estos dogmas no sólo no se encontraban en la Biblia, sino que estaban en contra de ella. ¿ Pero qué hacer con esta nueva manera de ver? ¿ Como podía darle a eso un lugar en mi vida como sacerdote?

¿Tendría Que Fingir?

estaba seguro que Dios me había llamado a su servicio. ¿ Pero qué podía hacer yo, ahora que por el estudio de la Biblia estaba convencido que mi iglesia predicaba una doctrina errónea? Yo sabía muy bien que había sacerdotes que no creían en ciertos dogmas de nuestra iglesia. Algunos vivían clandestinamente con una mujer y tenían hijos. También yo podía permanecer como sacerdote , pese al hecho de que no creyese más en mi iglesia. Podía seguir recibiendo el salario de capellán del ejercito.

Sí, había un montón de razones para dejar las cosas como estaban, pero entonces me sentiría un mentiroso, alguien que no ganaba su dinero de manera honrada. Mi madre siempre me había enseñado que tenía que tirar recto y decidí hacerlo.

Ruptura con mi iglesia

El obispo hacía poco me había dado garantías que por lo menos durante veinte años podría ejercer como capellán del ejercito, pero le escribí que renunciaba a mi cargo.

Fue muy difícil tomar esa decisión. La iglesia catolicoRomana enseña que nunca hay una razón fundada para poder dejarla, ya que ella es la única verdadera iglesia de Cristo. Eso había caldo hondo en mi y se había fijado en toda mi vida sentimental.

También sabía que Roma me consideraría como un judas, un maldito, un excomulgado, a quién en lo posible había que rehuir. Pero mi madre rompió también con la iglesia y eso me dio a mí ánimos para seguirla en su actitud. Ella se incorporó a una iglesia reformada. Yo también frecuentaba a veces sus cultos.

NACER DE NUEVO

En la iglesia conocí a Ruth, que más tarde sería mi esposa. Puesto que yo había decidido estudiar teología ella supuso que yo sería un cristiano nacido de nuevo.
Pero entonces ella me dijo lo que nunca había oído: ¿Oye Bart, cuando te hiciste cristiano? Mi respuesta fue: ¡ Pero si yo he nacido cristiano ¡ Entonces ella procuró demostrarme con las escrituras que no es por el nacimiento sino por el nuevo nacimiento como uno se vuelve verdadero cristiano. Respondí tartamudeando: ” Pero yo he creído siempre en Dios”. Ella me respondió: ” También los demonios creen y tiemblan” .

De nuevo me puse a estudiar la Biblia y a la luz de ella descubrí que hasta entonces sólo me había apoyado en mi propia justicia. Pero tampoco había pído nunca dentro de la iglesia romanocatolica que nosotros sólo podíamos ser justificados ante Dios por la justicia de Cristo, que por medio de la fe nos es imputada desde fuera, desde Cristo.

Y un cierto día sucedió. El Espíritu Santo me convenció de mi pecado, de mi absoluta perdición, de la muerte eterna que yo había merecido por mi vida asentada sobre mí mismo. El me persuadió también de la total suficiencia de Jesucristo y de su sacrificio en la cruz.

También vi que todos estos años había pasado de la justicia de Cristo y solo había intentado edificar mi propia justicia delante de Dios (Rom. 10:2,3)

Bartholomew F. Brewer
Ex – sacerdote católico Romano
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En Cristo
Rogelio


Ref:
Edita
Fundación En La Calle Recta
Año XXV Nº120, Enero 1993
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La total suficiencia de Cristo

La incertidumbre en que viven muchos hijos de Dios se debe a no haber recibido en sus corazones un Cristo pleno, como la total provisión de Dios para ellos.

La total suficiencia de Cristo

C. H. Mackintosh

A partir del momento en que el alma es llevada a sentir la realidad de su condición delante de Dios –a la profundidad de su ruina, culpa y miseria– no podrá haber descanso hasta que el Espíritu Santo revele al corazón un Cristo pleno y todosuficiente. Esta es la única solución posible, y el remedio perfecto de Dios para nuestra completa pobreza.

Se trata de una verdad muy simple, pero de la mayor importancia; y podemos decir con toda seguridad, que cuanto más completa y profundamente el lector aprenda esto para sí mismo, mejor será. El verdadero secreto de la paz está en descender hasta el fondo de un yo irremediablemente culpable, arruinado y sin esperanzas, y ahí encontrar un Cristo todo-suficiente como la provisión de Dios para nuestra más profunda necesidad. Esto es verdaderamente descanso – un descanso que nunca puede ser perturbado.

En este artículo nos proponemos mostrar al lector necesitado, que en Cristo se encuentra atesorado para él todo lo que pueda llegar a necesitar, sea para atender las necesidades de su propia conciencia, los ardientes deseos de su corazón, o las exigencias de su camino.

Buscaremos probar, por la gracia de Dios, que la obra de Cristo es el único lugar de reposo verdadero para la conciencia; que su Persona es el único objeto para el corazón; y que su Palabra es la única guía verdadera para el camino.

La obra de Cristo para la conciencia

Al considerar este importante asunto, hay dos cosas que exigen nuestra atención: primero, lo que Cristo hizo por nosotros; segundo, lo que él está haciendo para nosotros. En la primera, tenemos la expiación; en la última, la intercesión como Abogado. Él murió en la cruz por nosotros: él vive para nosotros sentado en el trono.

a) Lo que Cristo hizo por nosotros

Por su preciosa muerte expiatoria él suplió plenamente todo lo que tenía que ver con nuestra condición de pecadores. Él cargó nuestros pecados, y los llevó del todo y para siempre. Él llevó la culpa por todos nuestros pecados – los pecados de todos los que creen en su nombre. Jehová cargó en él todas nuestras iniquidades (Is. 53). «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1ª Ped. 3:18).

Esta es una verdad inmensa, y de total importancia para el alma necesitada – una verdad que se asienta en el propio fundamento de la posición cristiana. Es imposible que un alma despertada, espiritualmente esclarecida, pueda disfrutar de la paz divinamente establecida hasta que esta tan preciosa verdad sea recibida en simplicidad de fe. Debo saber, sobre la base de la autoridad divina, que todos mis pecados fueron quitados de la vista de Dios para siempre; que él mismo se deshizo de ellos de modo que viniese a satisfacer todas las exigencias de su trono y todos los atributos de su naturaleza; que él se glorificó a sí mismo por lanzar fuera mis pecados, y esto, de una manera mucho más tremenda y maravillosa que si me hubiese enviado al infierno eterno por causa de ellos.

Sí, fue él mismo quien lo hizo. Esta es la esencia y el meollo de todo el asunto. Dios puso nuestros pecados sobre Jesús, y él nos dice esto en su santa Palabra, a fin de que podamos saberlo sobre la base de la autoridad divina – una autoridad que no puede mentir. Dios lo planeó así, Dios lo hizo así; y así Dios lo dice. Todo viene de Dios, de principio a fin, y nosotros tan solamente tenemos que descansar en eso como niños. ¿Cómo sé que Jesús llevó mis pecados en su propio cuerpo sobre el madero? Por la misma autoridad que me dice que yo tenía pecados que debían ser llevados. Dios, en su maravilloso e inigualable amor, me asegura a mí, un pobre y culpable pecador, merecedor del infierno, que él mismo cuidó de todo el asunto de mis pecados, y se libró de ellos de un modo tal que vino a traer una rica cosecha de gloria para su eterno Nombre, por todo el universo, en presencia de toda inteligencia creada.

Y en esto, la fe viva debe tranquilizar la conciencia. Si Dios se satisfizo a sí mismo con la solución para mis pecados, yo debo quedar igualmente satisfecho. Sé que soy un pecador – puede que incluso sea el mayor de los pecadores. Sé que mis pecados son mayores en número que los cabellos de mi cabeza; que son negros como la medianoche – negros como el mismo infierno. Sé que cualquiera de esos pecados, el menor de ellos, merece las llamas eternas del infierno. Sé –porque la Palabra de Dios lo dice– que una simple partícula de pecado no puede jamás entrar en su santa presencia; y que, por consiguiente, no había para mí otro destino sino la eterna separación de Dios.

Todo eso lo sé, sobre la base de la clara e incuestionable autoridad de aquella Palabra que está para siempre afirmada en los cielos.

Pero, ¡oh profundo misterio de la cruz, el glorioso misterio del amor redentor! Veo al propio Dios llevando todos mis pecados –pecados de la peor especie– todos mis pecados, de la manera como él los vio y los avaluó. Lo veo colocándolos todos sobre la cabeza de mi bendito Sustituto, y tratando con él allí por causa de los pecados. Veo las oleadas de la justa ira de Dios –su ira contra mis pecados– su ira que debería haberme quemado a mí, alma y cuerpo, en el infierno, por toda una terrible eternidad; yo las veo abalanzándose sobre el Hombre que quedó en mi lugar, que me representó delante de Dios, que soportó todo lo que yo merecía, con Quien un Dios santo trató como si hubiese tratado conmigo. Veo la imparcialidad de un Juez, la santidad, verdad y justicia tratando con mis pecados, y librándome de ellos eternamente, ¡no dejando escapar ninguno de ellos! Sin connivencia, sin paliativos, sin indiferencia, pues el mismo Dios tomó el caso en sus manos. Su gloria estaba en juego; su inmaculada santidad, su eterna majestad, las sublimes reivindicaciones de su gobierno.

Todo eso tenía que ser satisfecho en una medida tal que lo glorificase delante de los ángeles, hombres y demonios. Él podría haberme enviado al infierno por causa de mis pecados. Yo no merecía nada menos que eso. Todo mi ser moral, desde lo más profundo, merecía esto – y debería haberlo recibido. No tengo ni siquiera una palabra como disculpa para un simple pensamiento pecaminoso, eso para no hablar de una vida manchada por el pecado de principio a fin.

Otros pueden argumentar como quieran acerca de la injusticia de una eternidad de castigo para una vida de pecado – la completa falta de proporción que hay entre algunos años de prácticas malas y las interminables eras de tormento en el lago de fuego. Pueden argumentar, pero creo plenamente, y lo confieso sin reservas, que por un simple pecado contra un Ser tal como es el Dios que veo en la obra de la cruz, yo merecía sobradamente el castigo eterno, oscuro, y el sombrío abismo del infierno.

No estoy escribiendo como un teólogo; si fuese uno de ellos, sería una tarea muy simple adornar esto con una larga lista de evidencias de las Escrituras a fin de probar la solemne verdad del castigo eterno. Pero no; estoy escribiendo como alguien que fue divinamente instruido del verdadero desierto que es el pecado, y este desierto, yo, calmada, deliberada, y solemnemente declaro, es, y sólo puede ser, la eterna exclusión de la presencia de Dios y del Cordero – tormento eterno en el lago que arde con fuego y azufre.

Sin embargo – ¡y eternas aleluyas sean dadas al Dios de toda gracia!, porque, en vez de enviarnos al infierno por causa de nuestros pecados, él envió a su Hijo para ser la propiciación por esos mismos pecados. Y en el desarrollo del maravilloso plan de redención, vemos un Dios santo tratando con la cuestión de nuestros pecados, y ejecutando juicio sobre ellos en la Persona de su tan amado, eterno y co-igual Hijo, a fin de que el pleno manantial de su amor pudiese fluir en nuestros corazones. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1ª Juan 4:10).

Por tanto, esto debe traer paz a la conciencia, si tan solamente fuere recibido con sencillez de fe. ¿Cómo es posible que alguien crea que Dios se satisfizo a sí mismo en cuanto a los pecados de él, y al mismo tiempo él mismo no tener paz? Si Dios nos dice: «Y no me acordaré más de su pecado» (Jer. 31:34) ¿qué más podríamos desear como fundamento de paz para nuestra conciencia? Si Dios me asegura que todos mis pecados están invisibles como en densa oscuridad –que fueron lanzados detrás de Sí –y que han salido para siempre de delante de sus ojos, ¿por qué es que yo no tendría paz? Si él me muestra al Hombre que cargó mis pecados sobre la cruz, ahora coronado a la diestra de la Majestad en las alturas, ¿acaso mi alma no debería entrar en el perfecto descanso en lo referente a mis pecados? Con toda seguridad.

La liberación del pecado. Sin embargo, bendito sea el Dios de toda gracia, porque no es sólo la remisión de los pecados que se nos anuncia por medio de la muerte expiatoria de Cristo.

Tenemos también completa liberación del presente poder del pecado. Este es un gran asunto para todo verdadero amante de la santidad. De acuerdo con la gloriosa dispensación de la gracia, la misma obra que asegura la completa remisión de los pecados rompió para siempre el poder del pecado. No se trata sólo de que hayan sido borrados los pecados de la vida, sino el pecado de la naturaleza está condenado. El creyente tiene el privilegio de considerarse a sí mismo como muerto al pecado.

«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gál. 2:20). Esto es cristianismo. El viejo yo crucificado, y Cristo viviendo en mí. El cristiano es una nueva creación. Las cosas viejas ya pasaron. La muerte de Cristo encerró para siempre la historia del viejo yo; y, por tanto, aunque el pecado habite aún en el creyente, su poder está roto y eliminado para siempre. No solamente la culpa que él llevaba está pagada, sino que su terrible dominio fue totalmente destruido.

Es esta la gloriosa enseñanza de Romanos 6 al 8. El estudioso atento de esta magnífica epístola observará que a partir del capítulo 3:21, hasta el capítulo 5:11 tenemos la obra de Cristo aplicada a la cuestión de los pecados; y del capítulo 5:12 hasta el final del capítulo 8 tenemos otro aspecto de la obra de Cristo, es decir, su aplicación a la cuestión del pecado – «nuestro viejo hombre … el cuerpo del pecado … el pecado en la carne». No hay, en las Escrituras algo como el perdón del pecado. Dios condenó al pecado; Dios no lo perdonó – una distinción que es inmensamente importante. Dios demostró su eterna aversión al pecado en la cruz de Cristo. Él expresó y ejecutó su juicio sobre el pecado, y ahora el creyente puede considerarse ligado e identificado con Aquel que murió en la cruz y que ha resucitado de entre los muertos. Él salió de la esfera del dominio del pecado y entró en aquella esfera nueva y bendita donde la gracia reina por la justicia. «Pero gracias a Dios, dice el apóstol, que aunque erais esclavos del pecado (antes, no ahora), habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado (no meramente teniendo los pecados perdonados), vinisteis a ser siervos de la justicia. Hablo como hombre, por vuestra humana debilidad, que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia. Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.» (Rom. 6:17-22).

Aquí está el precioso secreto de una vida santa. Estamos muertos al pecado; vivos para Dios. El reino del pecado terminó. ¿Qué tiene que ver el pecado con un hombre muerto? Nada. Bien, entonces, el creyente murió con Cristo; está sepultado con Cristo; está resucitado con Cristo para andar en novedad de vida. Él vive bajo el precioso reino de la gracia, y tiene como fruto la santificación. El hombre que hace uso de la abundante gracia divina como disculpa para vivir en pecado niega el mismo fundamento del cristianismo. «Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Rom. 6:2). Imposible. Sería una negación de toda la posición cristiana. Imaginar al cristiano como alguien que debe seguir, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, y año tras año, pecando y arrepintiéndose, pecando y arrepintiéndose, es degradar el cristianismo y falsificar la posición cristiana como un todo. Decir que un cristiano debe seguir pecando porque él tiene la carne en sí es ignorar la muerte de Cristo en uno de sus grandes aspectos, y reputar como mentira toda la enseñanza de los apóstoles en Romanos capítulos 6 al 8.

Gracias a Dios, no existe razón de por qué el creyente debería cometer pecado. «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis» (1ª Juan 2:1). No deberíamos justificar ni siquiera el más simple pensamiento pecaminoso. Se trata de nuestro dulce privilegio andar en la luz, como Dios está en la luz; y con toda certeza, cuando estamos andando en la luz, no estamos cometiendo pecados, o salimos de la luz y cometemos pecado; pero la idea normal, verdadera y divina de un cristiano es la de alguien andando en la luz, y no cometiendo pecado. Un pensamiento pecaminoso es extraño al verdadero carácter del cristianismo. Tenemos pecado en nosotros, y vamos a continuar teniéndolo mientras estemos en el cuerpo; pero si andamos en el Espíritu, el pecado en nuestra naturaleza no se irá a manifestar en la vida. Decir que no necesitamos pecar es la afirmación de un privilegio cristiano; decir que no podemos pecar es un engaño e ilusión.

b) Lo que Cristo está haciendo para nosotros

Considerando que nuestra condición es imperfecta y que nuestro andar es imperfecto; considerando también que nuestra comunión es susceptible de ser interrumpida, es por esta razón que necesitamos del actual oficio de Cristo por nosotros.

Jesús vive a la diestra de Dios por nosotros. Su activa intervención a nuestro favor no cesa ni por un momento. Él atravesó los cielos en virtud de la expiación consumada, y allí ejerce continuamente su perfecta intercesión por nosotros delante de Dios. Él está allí como nuestra justicia permanente, a fin de mantenernos siempre en divina integridad de la posición y de la relación a la cual su muerte expiatoria nos introdujo. Por eso leemos en Romanos 5:10: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida». Así también leemos en Hebreos 4:14-16: «Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro». Y también en Heb. 7:24-25: «Mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos». Y en Heb. 9:24: «Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios».

Tenemos también, en la 1a Epístola de Juan, el mismo asunto representado bajo un aspecto un poco diferente. «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1a Juan 2:1-2).

¡Cuán precioso es todo esto para el cristiano sincero, que está siempre consciente –perfecta y dolorosamente consciente– de su debilidad, necesidad y fracaso! ¿Cómo es posible que alguien que vea estos pasajes que acabamos de citar pueda poner en duda la necesidad del cristiano de un ininterrumpido ministerio de Cristo en su favor? ¿No es espantoso que algún lector de la Epístola a los Hebreos, algún observador de la condición y del andar del creyente más fiel, pudiese ser hallado negando la aplicación del sacerdocio e intercesión de Cristo por los cristianos hoy?

¿A favor de quién (permítasenos preguntar) está Cristo viviendo y actuando ahora a la diestra de Dios? ¿Será a favor del mundo? Ciertamente no; pues él dice, en Juan 17:9: «No ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque tuyos son». ¿Y quiénes son ésos? ¿Se tratará acaso del remanente judío? No; ese remanente todavía no entra en escena. ¿Quiénes son ellos, entonces? Creyentes, hijos de Dios, cristianos, que están ahora pasando por este mundo pecaminoso, sujetos a fallar y a ser engañados a cada paso del camino. Estos son el objeto del ministerio sacerdotal de Cristo. Él murió para hacerlos limpios; él vive para mantenerlos limpios. Por su muerte él expió nuestra culpa, y por su vida él nos limpia, por medio de la acción de la Palabra por el poder del Espíritu Santo. «Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre» (1ª Juan 5:6). Tenemos expiación y somos limpios por medio de un Salvador crucificado. La doble fuente emanó del costado herido de Cristo, muerto por nosotros. ¡Toda alabanza sea dada a su Nombre!

Tenemos todo, en virtud de la preciosa muerte de Cristo. ¿Es nuestra culpa el problema? Ella fue cancelada por la sangre de la expiación. ¿Son nuestras faltas diarias? Tenemos un Abogado para con el Padre – un gran Sumo Sacerdote para con Dios. «Si alguno hubiere pecado» (1ª Juan 2:1). Él no dice «si alguien se arrepiente». No hay duda de que hay, y debe haber, arrepentimiento y juicio-propio; pero ¿cómo ellos son producidos? Aquí está: «Tenemos un Abogado para con el Padre». Y su siempre prevaleciente intercesión consigue, para aquel que peca, la gracia del arrepentimiento, el juicio propio y la confesión.

Es algo de suma importancia para el cristiano tener bien claro lo que se refiere a esta verdad cardinal de la intercesión abogadicia o sacerdocio de Cristo. Acostumbramos erróneamente a pensar que necesitamos hacer algo de nosotros mismos para resolver la cuestión entre nuestra alma y Dios. Nosotros nos olvidamos hasta del por qué estamos conscientes de nuestra falla – antes de que nuestra conciencia se tornase consciente del hecho ya nuestro Abogado estuvo delante del Padre para tratar de eso; y es por su intercesión que tenemos la gracia de nuestro arrepentimiento, confesión y restauración. «Si alguno hubiere pecado…», ¿tenemos qué? ¿La sangre a la cual debemos recurrir? No; repare cuidadosamente lo que el Espíritu Santo declara. «Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo». ¿Y por qué dice, «el justo»? ¿Por qué no dice, «el bondadoso», «el misericordioso», o «el que se compadece de nosotros»?

¿Acaso él no es todo eso? Ciertamente; pero ninguno de esos atributos cabría aquí, aunque podrían estar. El bendito apóstol coloca delante de nosotros la consoladora verdad de que en todos nuestros errores, pecados y fallas, tenemos un representante «justo» delante de Dios justo, el Padre santo, de modo que nuestras cuestiones nunca terminen en fracaso. Él vive siempre para hacer intercesión por nosotros, y porque él vive siempre «puede salvar perpetuamente» – salvar hasta el fin– «a los que por él se acercan a Dios».

¡Qué firme consuelo existe aquí para el pueblo de Dios! ¡Y cuán necesario para nuestras almas es estar fundamentados en el conocimiento y comprensión de eso! Hay algunos que poseen una comprensión imperfecta de la verdadera posición de un cristiano, por no comprender lo que Cristo hizo por ellos en el pasado; otros, al contrario, tienen una visión tan unilateral de la condición del cristiano que no perciben nuestra necesidad de lo que Cristo está ahora haciendo por nosotros. Ambos deben ser corregidos. Los primeros ignoran la extensión y el valor de la expiación; los últimos ignoran el lugar y la aplicación que tiene la intercesión abogadicia. La perfección de nuestra posición es tal, que el apóstol dice: «Pues como él es, así somos nosotros en este mundo» (1ª Juan 4:17). Si eso fuese todo, ciertamente no tendríamos necesidad del sacerdocio o de la intercesión aboga-dicia; pero nuestra condición es tal, que el apóstol necesita decir: «Si alguno hubiere pecado…». Esto prueba cuán continuamente necesitamos del Abogado. Y, bendito sea Dios, nosotros lo tenemos continuamente; nosotros lo tenemos viviendo siempre por nosotros. Él vive y sirve en las alturas. Él es nuestra justicia sustitutiva delante de nuestro Dios. Él vive para mantenernos justos en el cielo, y para hacernos justos cuando hayamos errado en la tierra. Él es el vínculo divino e indisoluble entre nuestras almas y Dios.

La persona de Cristo para el corazón

Habiendo revisado hasta aquí las verdades fundamentales relacionadas con la obra de Cristo por nosotros –su obra en el pasado y su obra en el presente– su expiación y su intercesión, debemos ahora intentar, por la gracia del Espíritu de Dios, presentar al lector algo de aquello que las Escrituras nos enseñan en cuanto al segundo tema de nuestro asunto, a saber, Cristo como un objeto para el corazón.

Se trata de algo maravillosamente bendito poder decir: «Encontré a Alguien que satisface plenamente mi corazón – encontré a Cristo». Es esto lo que nos pone verdaderamente en la cima del mundo. Nos torna completamente independientes de los recursos a los cuales el corazón inconverso siempre se apega. Nos concede un descanso permanente. Nos da una calma y quietud de espíritu que el mundo no puede comprender. El pobre amante del mundo puede pensar que la vida del cristiano es muy estática, insípida, llegando incluso a ser una ocupación idiota. Tal vez él quede espantado de ver cómo alguien puede vivir sin aquello que él llama «diversión». Privar al inconverso de aquello sería casi lo mismo que llevarlo a la desesperación o a la locura; pero el cristiano no desea tales cosas – él no las practicaría. Ellas son incluso un aborrecimiento para él. Hablamos aquí, evidentemente, del verdadero cristiano, de alguien que no es un mero cristiano de nombre, sino de verdad.

¿Qué es un cristiano? Es un hombre celestial, un participante de la naturaleza divina. Él está muerto para el mundo –muerto para el pecado– vivo para Dios. No tiene ni siquiera una conexión con el mundo: pertenece al cielo. Así como Cristo, su Señor, él no pertenece más al mundo. ¿Podría Cristo tomar parte en las diversiones y festejos de este mundo? La propia idea de eso sería una blasfemia. Bien, entonces, ¿qué decir del cristiano? ¿Puede él tomar parte en cosas que él sabe en su corazón que son contrarias a Cristo? ¿Puede ir a lugares, frecuentar ambientes y desenvolverse en circunstancias donde, él tiene que admitir, su Salvador y Señor no puede tomar parte? ¿Puede él tener comunión con un mundo que odia a Aquel a Quien él profesa deber todas las cosas?

Tal vez a algunos de nuestros lectores pueda parecer que estamos hablando de un terreno muy elevado. A éstos preguntamos: ¿Qué terreno debemos tomar? Ciertamente, el terreno cristiano, si somos cristianos. Bien, entonces, si debemos asumir una posición cristiana, ¿cómo podemos saber lo que es una posición cristiana? Evidentemente, buscando en el Nuevo Testamento. ¿Y qué es lo que allí se enseña? ¿Acaso él da alguna autorización para que el cristiano se mezcle, en cualquier forma o medida, con las diversiones y los vanos deseos de este presente siglo malo? Escuchemos con atención las importantes palabras de nuestro bendito Señor en Juan 17. Escuchemos de sus propios labios la verdad en cuanto a nuestra porción, nuestra posición, y nuestro camino aquí en este mundo. Al dirigirse al Padre, él dice: «Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo» (Juan 17:14-18).

¿Será posible concebir una medida más próxima de identificación de la que se nos presenta en estas palabras? Por dos veces, en este breve pasaje, nuestro Señor declara que no somos del mundo, así como él tampoco lo es. ¿Qué tenía que ver nuestro bendito Señor con el mundo? Nada. El mundo lo rechazó completamente y lo expulsó. El mundo lo clavó en una vergonzosa cruz, entre dos malhechores. El mundo continúa actual y plenamente bajo la acusación de todo eso como si el acto de crucifixión hubiese ocurrido ayer, bien en el centro de su civilización y con el consentimiento unánime de todos. No existe ni siquiera un vínculo moral entre Cristo y el mundo. Sí, el mundo está manchado con su asesinato, y nada tiene que decir a Dios a favor de su crimen.

¡Qué solemne es esto! ¡Qué asunto serio para ser considerado por los cristianos! Estamos pasando por un mundo que crucificó a nuestro Señor y Maestro, y él declara que no somos de este mundo, así como tampoco él lo es. De ahí que si tenemos alguna comunión con el mundo estaremos siendo falsos para con Cristo. ¿Qué pensaríamos de una esposa que se sentase, riese, y contase anécdotas con un grupo de hombres que hubiese asesinado a su marido? Es exactamente lo que los cristianos profesantes están haciendo cuando se mezclan con el presente siglo malo, y se hacen parte y porción de él.

Tal vez alguien pregunte: ¿Qué debemos hacer? ¿Debemos salir del mundo? De ningún modo. Nuestro Señor dijo expresamente: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal» (Jn. 17:15). En el mundo, pero no del mundo, es el verdadero principio para el cristiano. Para valernos de una figura, el cristiano en el mundo es como un buzo equipado con una escafandra. Él está inmerso en un elemento que lo destruiría si no estuviese protegido de su acción, y mantenido por una continua comunicación con el ambiente que está encima de él.

¿Qué debe hacer el cristiano con el mundo? ¿Cuál es su misión aquí? Esta: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo». «Como me envió el Padre, así también yo os envío» (Juan 17:18; 20:21).

Tal es la misión del cristiano. Él no debe encerrarse entre las paredes de un monasterio o convento. Nada de eso. Somos llamados para estar ocupados en las diversas responsabilidades de la vida, y para actuar en las esferas que nos son divinamente asignadas, para la gloria de Dios. No es un asunto de qué estamos haciendo, sino de cómo lo estamos haciendo. Todo depende del objeto que gobierna nuestros corazones. Si es Cristo quien comanda y cautiva el corazón, todo estará bien; si no es él, nada estará bien. Es nuestro dulce privilegio colocar al Señor siempre delante de nosotros. Él es nuestro modelo. Así como él fue enviado al mundo, nosotros también. ¿Qué vino a hacer él? Glorificar a Dios. ¿Cómo vivió él? Por el Padre. «Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí» (Jn. 6:57).

Eso hace todo muy sencillo. Cristo es el patrón y la clave de todo. Ya no se trata meramente de una cuestión de que algo sea correcto o incorrecto de acuerdo con las reglas humanas; es más bien una cuestión de qué es digno de Cristo. ¿Haría él esto o aquello? ¿Iría él allá o acullá? Él nos dejó «ejemplo, para que sigáis sus pisadas» (1ª Ped. 1:21). Y con toda seguridad, nunca deberíamos ir adonde no pudiésemos percibir sus benditas pisadas. Si vamos de un lado a otro sólo para satisfacernos a nosotros mismos, no estamos siguiendo sus pisadas, y no podemos esperar disfrutar de su bendita presencia.

Aquí está el verdadero secreto de todo el asunto. La gran cuestión es esta: ¿Es Cristo mi objeto? ¿Para qué estoy viviendo? ¿Puedo decir que «lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí»? (Gál. 2:20). Nada menos que esto es lo que corresponde a un cristiano. Se trata de algo demasiado miserable estar contento sólo con ser salvo, y luego seguir adelante abrazados con el mundo, viviendo para la satisfacción propia y en busca de los propios intereses – aceptar la salvación como el fruto de la pasión y tribulación de Cristo y después vivir lejos de él. ¿Qué pensaríamos de un niño al que sólo le importan las cosas buenas que el padre le da, y que nunca busca la compañía de su padre, prefiriendo la compañía de extraños? Ciertamente sería alguien digno de desprecio. Cuánto más despreciable es el cristiano que debe todo su presente y su futuro eterno a la obra de Cristo y, aun así se contenta en vivir a una fría distancia de su bendita Persona, sin preocuparse ni un poco de la promoción de su causa – ¡de la promoción de su gloria!

La palabra de Cristo para el camino

Para terminar, debemos hacer una breve referencia al tercero y último tema de nuestro asunto: La Palabra de Cristo como la guía todo-suficiente para nuestro camino.

Si la obra de Cristo es suficiente para la conciencia; si su bendita Persona es suficiente para el corazón; con toda seguridad, su preciosa Palabra es suficiente para el camino. Podemos admitir, con toda la confianza posible, que poseemos en el divino volumen de las Sagradas Escrituras todo lo que podríamos necesitar, no sólo para atender las necesidades de nuestra senda individual, sino también para las variadas necesidades de la Iglesia de Dios, en los mínimos detalles de su historia en este mundo.

Estamos bien conscientes de que al hacer tal afirmación nos exponemos a mucha burla y oposición, procedentes de más de alguna dirección. Seremos confrontados, por un lado, con los que defienden la tradición y, por otro, por aquellos que luchan por la supremacía de la razón y voluntad humanas. Pero eso nos preocupa muy poco. Consideramos las tradiciones de los hombres, sean ellos de padres, hermanos o doctores, cuando son presentados como proviniendo de alguna autoridad, como una partícula de polvillo en una balanza; y en lo que se refiere al racionalismo humano, sólo puede ser comparado a un murciélago puesto al sol de medio día, ciego por la luz, y lanzándose contra obstáculos que no puede ver.

Es motivo de profundo gozo para el corazón del cristiano poder zafarse de las engorrosas tradiciones y doctrinas de los hombres y entrar en la tranquila luz de las Sagradas Escrituras, y al estar delante de los imprudentes raciocinios del impío, del racionalista, del escéptico, sujetar todos su ser moral a la autoridad y el poder de las Sagradas Escrituras. Él reconoce, con gratitud, en la Palabra de Dios el único patrón perfecto para doctrina, moral, y todo lo demás. «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2ª Tim. 3:16-17).

¿Qué más podemos necesitar? Nada. Si las Escrituras pueden hacer a un niño «sabio para la salvación», y si ellas pueden tornar a un hombre «perfecto y enteramente preparado para toda buena obra», ¿qué tenemos que ver nosotros con la tradición o con el racionalismo humano? Si Dios escribió un volumen para nosotros, si él condescendió en darnos una revelación de su pensamiento, en cuanto a todo lo que debemos conocer, pensar, sentir, creer y hacer, ¿nos volveremos a un pobre mortal semejante a nosotros –sea él ritualista o racionalista– para ayudarnos? ¡Lejos de nosotros tal pensamiento! Sería lo mismo que nos volviéramos a nuestro semejante a fin de agregar algo a la obra consumada de Cristo, a fin de hacerla suficiente para nuestra propia conciencia, o suplir lo necesario para cubrir alguna deficiencia que encontrásemos en la Persona de Cristo a fin de hacerlo suficiente para nuestro corazón.

Toda alabanza y gracias sean dadas a nuestro Dios por no ser este el caso. Él nos dio, en su amado Hijo, todo lo que necesitamos para la conciencia, para el corazón, para el camino aquí –para el tiempo, con todos sus escenarios en constante mutación– para la eternidad, con sus eras incontables.

Podemos decir: «Tú, oh Cristo, eres todo lo que necesitamos / más que todo en ti encontramos». No hay, ni puede existir, ninguna falta en el Cristo de Dios. Su expiación y su intercesión deben satisfacer todos los anhelos de la conciencia más profundamente ejercitada. Las glorias morales –la poderosa atracción de su divina Persona– deben satisfacer las más intensas aspiraciones y deseos del corazón. Y su inigualable revelación –ese volumen sin precio– contiene, entre sus tapas todo lo que podamos necesitar, de principio a fin, en nuestra carrera cristiana.

Lector cristiano: ¿Acaso estas cosas no son así? ¿Acaso usted no reconoce la verdad que hay en ellas, en lo más íntimo de su ser moral renovado? Si así es, ¿está usted descansando, en tranquilo reposo, en la obra de Cristo? ¿Se está deleitando en su Persona? ¿Se está sujetando, en todas las cosas, a la autoridad de su Palabra? ¡Dios quiera que así pueda ser con usted, y con todos los que profesan su Nombre! Pueda haber un testimonio cada vez más pleno, más claro y más decidido para la total suficiencia de Cristo, hasta aquel día.

http://www.aguasvivas.cl/revistas/40/07.htm

Jesus Camp y las madrassas estadounidenses

Jesus Camp y las madrassas estadounidenses

“Al mirar esto, los liberales extremistas temblarán de miedo”.
Pastora Becky Fischer en Jesus Camp

“Es el campamento de entrenamiento del futuro ejército de dios”.
Neva Chonin, San Francisco Chronicle

Jesus CampLa película Jesus Camp sigue a un grupo de niños que van al campamento de verano Kids on Fire de la pastora Becky Fischer, donde los enseñan a ser soldados entregados del “ejército de dios” para reconquistar a América en nombre de Cristo.

Es fácil ver el daño que les inyectan a estos niños los cristianos fundamentalistas. A Tori, de 11 años de edad, una de los tres niños en los que se enfoca el documental, le encanta bailar el heavy metal cristiano pero le preocupa que no siempre baila para dios sino por mero placer. La pastora Becky les advierte a los niños de los peligros de Harry Potter: “Los hechiceros son enemigos de Dios. Si Harry Potter hubiera aparecido en la Biblia, habría sido condenado a muerte”.

De cualquier forma, el daño a los individuos no es el peor horror. La pastora Becky comenta que quiere el mismo nivel de frenesí religioso en los jóvenes del campamento como el que existe en las escuelas que entrenan a jóvenes fundamentalistas islámicos que cometerán ataques suicidas. “Quiero ver que entreguen sus vidas al evangelio de forma tan radical como sucede en Palestina, Pakistán y todos esos lugares”, Fischer comenta, mencionando que los niños de esos países están listos para inmolarse y empuñar ametralladoras. “Tenemos que levantarnos y reconquistar la nación”, afirma.

Al inicio del campamento los niños realizan números de danza militar donde visten atuendos de combate y se pintan la cara de camuflaje. “Nos entrenan para ser el ejército de dios”, comenta uno de los niños.

En una de las escenas más escalofriantes de la película, un consejero sube al escenario y les pregunta a niños de 6 a 11 años si están listos para “dar su vida a Jesús”. Declama que los enemigos de dios han quitado la religión de las escuelas públicas y entona una canción sobre “destruir el poder del mal en esta nación”. Esto alcanza un nivel de frenesí cuando los niños rompen tazas de cerámica con una leyenda que dice “gobierno”. La pastora Becky comienza a gritar una y otra vez al micrófono “¡Esto es guerra! ¿Eres parte de esto o no?”.

En otra escena un consejero trae una imagen de cartón de tamaño natural del presidente Bush. A los niños se les indica que bendigan al presidente porque se ha rodeado de personas “llenas de espíritu”. Los niños colocan las manos sobre el cartón y son invitados a cantar una nación bajo Dios y jueces honrados (esto en referencia a la nominación del juez conservador Alito a la Suprema Corte, lo cual sucedía durante el rodaje de la película). Becky Fischer y su campamento no son apenas un grupo de locos. Ella es un soldado del movimiento fascista cristiano.

Hacia el final de la película, nos lleva a una iglesia enorme en Colorado Springs dirigida por Ted Haggard, un líder nacional del movimiento fascista cristiano. Miles de personas atienden los sermones de Haggard, quien también es el presidente de la Asociación Nacional Evangélica, con 30 millones de miembros. Es parte de un grupo de cristianos de derecha que hablan con el presidente cada semana.

El sermón de Haggard es escalofriante. “Hemos decidido que la Biblia es la palabra de Dios y no necesitamos una asamblea porque sabemos lo que la Biblia dice”. Esto nos hace pensar en todas las cosas que la Biblia dice, desde la pena de muerte para los homosexuales, los hijos desobedientes y los incrédulos, al papel supeditado de la mujer, a las instrucciones de que el esclavo debe obedecer a su amo, incluso si ellos son crueles. “Esta es una guerra masiva todos los días. Que comience la batalla”, continúa Haggard.

La generación de Josué

El entrenamiento de los niños para ser parte del ejército de dios es parte de una estrategia elaborada por altos operativos del movimiento fascista cristiano. Michael Farris, fundador y presidente de la Universidad Patrick Henry, nombró “generación de Josué” al movimiento que se encarga de convertir a los niños que estudian en casa en activistas políticos. (En la Biblia, Josué es el comandante en jefe del ejército de Moisés. Moisés liberó a los israelitas de la esclavitud y los guió hacia la “tierra prometida”, pero fue Josué quien dirigió su conquista).

Farris ha sido un fascista cristiano por mucho tiempo. Es un protegido de Tim LaHaye (autor de la serie de Dejados atrás) y fue consejero en jefe de Concerned Women of America. En 1983 fundó la Asociación de Home School Legal Defense, la cual ha trazado el camino para el crecimiento de la enseñanza en los hogares. En su libro Generation Joshua, Farris escribe que el movimiento de enseñanza en el hogar “tendrá éxito cuando nuestros niños, la generación de Josué, se involucren de todo corazón en la lucha para reconquistar la nación”.

Todos los estudiantes del campamento son educados en el hogar. El número de niños que son educados en el hogar ha incrementado significativamente en años recientes, de pocas decenas de miles en los años 80 a alrededor de 1.1 a 2.1 millones hoy. De acuerdo a Jesus Camp, el 75% de estos niños educados en el hogar son hijos de padres cristianos evangélicos.

Toda una industria ha crecido proveyendo libros de texto, videos y otros “materiales educativos” a los padres cristianos que educan en sus hogares, donde enseñan por qué la evolución es mala, que la Tierra solo tiene 6,000 años, que Estados Unidos se fundó como “una nación cristiana”, que el Gran Cañón se formó durante la inundación de Noé, que los humanos coexistían con los dinosaurios en “el Jardín del Edén” y otras cosas sin sentido.

Si alguien piensa que esto es una estrategia sin mucha posibilidad de éxito, vean el impacto que tiene hasta el momento. La Universidad Patrick Henry de Farris, dirigida especialmente a estudiantes evangélicos educados en casa, proporcionó el 7% de internos en la Casa Blanca en el 2004. Veintidós congresistas han empleado a uno o más de esos internos y uno de los graduados forma parte del personal de Karl Rove. No está tan mal para una escuela que recibe a menos de 100 estudiantes al año.

En el 2004 se formó una organización política llamada “Generación Josué”. Esta envió grupos de jóvenes adoctrinados a ayudar en campañas para el Senado, como las de Tom Colburn (quien pidió la pena de muerte para médicos que practicaran abortos) y Jim DeMint (quien dijo que a los homosexuales y las embarazadas solteras no se les debería permitir enseñar en las escuelas públicas).

Todos los que se preocupen por nuestro futuro, tienen que ver Jesus Camp. Es impactante y da miedo enfrentarse al movimiento fascista cristiano que busca convertir este país en un estado cristiano. Es un movimiento con apoyo de los altos niveles de la clase dominante, formado a lo largo de décadas, que tiene la determinación de alcanzar su meta. Y para ser honestos, han avanzado mucho. Aquellos que quieran ver un futuro diferente al planeado por estos ayatolas necesitan luchar con mayor determinación y un gran sentido de urgencia para cambiar el rumbo por el que nuestra sociedad va.

* Una madrassa es una escuela religiosa islámica. Durante los años 80, cuando las fuerzas islámicas armadas y apoyadas por Estados Unidos luchaban contra la Unión Soviética en Afganistán, surgió una nueva clase de madrassa a lo largo de la frontera de Pakistán y Afganistán. Enseñaban una forma estricta del fundamentalismo. Esas madrassas educaron a muchos de los talibanes.

http://revcom.us/a/066/jesuscamp-es.html

CICLÓN EN EL SURESTE ASIÁTICO

CICLÓN EN EL SURESTE ASIÁTICO

8/5/2008

Expertos en tragedias cifran en al menos 150.000 los muertos en Birmania a causa del ‘Nargis’

EL PERIÓDICO / AGENCIAS
RANGÚN

Una nueva cifra añade más dramatismo al desastre en Birmania. Expertos en tragedias que se encuentran en la frontera de este país a la espera de poder entrar en él y que han podido contactar con los afectados por el ciclón tropical Nargis hablan ya de un mínimo de 150.000 muertos y un millón de personas sin hogar, según ha confirmado a El PERIÓDICO una responsable de la oenegé Birmania por la Paz que se halla en la zona.

De estas, al menos 80.000 personas han perdido la vida únicamente en el distrito de Labutta, en el extremo sur del país, de acuerdo con informaciones facilitadas por un oficial de la Junta militar. Quienes han logrado entrar informan de montañas de cuerpos sin vida y destacan la desesperación de los supervivientes.

Hasta el momento, el régimen ha admitido solo 22.980 muertos, 42.119 desaparecidos, 1.383 heridos y más de un millón de damnificados, aunque la Embajada de Estados Unidos asegura que la cifra podría ser superior a los 100.000.

Estación de las lluvias

La zona afectada es el segundo granero del país, ya que en el mismo se cultiva entre el 60% y el 70% del arroz que produce Birmania. Al drama humano se añade también otro dato que puede afectar a las tareas de ayuda y posterior reconstrucción y es que la estación de las lluvias comenzará dentro de pocas semanas.

Tin Win, un portavoz del régimen militar en Labutta, ha dicho que la mayoría de las 63 aldeas que rodean a la capital de la provincia están totalmente anegadas en una zona que padeció el mayor impacto del tifón que asoló el pasado sábado Birmania.

El Gobierno no ha confirmado oficialmente el dato y continúa ocultando a la población la auténtica magnitud del desastre.

El delta del río Irauadi, el área más dañada

Labutta se encuentra en pleno delta del río Irauadi, el área más dañada por el Nargis y donde se mantiene el estado de emergencia, así como en las las colindantes regiones de Pegu y Rangún y los estados Karen y Mon.

Las mayores amenazas para los damnificados son en estos momentos las enfermedades, la escasez de alimentos y la falta de agua potable, mientras los alimentos básicos escasean y sus precios se han disparado por la especulación y la creciente demanda.

Avión en Ragún

Por otra parte , un avión del Programa Mundial de Alimentos (PMA) ha aterrizado hoy en Rangún con siete toneladas de galletas energéticas para distribuir entre el más del millón de personas que necesitan asistencia en el país asiático, indicaron fuentes de la agencia de la ONU en Bangkok.

Las fuentes del PMA han señalado que el aparato provenía de Italia, y ha añadido que esperaban que otros tres aviones pudieran aterrizar en Rangún a lo largo del día procedentes de Bangladesh (dos) y de Emiratos Árabes Unidos (uno). Pese a este primer paso, las agencias humanitarias todavía se quejan de la lentitud de las autoridades birmanas en tramitar los visados para su personal.

Enfrentamientos y peleas

En el delta del Irauadi, el hambre comienza a tornarse en desesperación, y se han producido enfrentamientos y peleas por acceder a la ayuda internacional y en las primeras tiendas que abrieron sus puertas. Pueblos enteros se encuentran sumergidos por las riadas y los cadáveres hinchados flotan sobre el agua y se acumulan en las raíces de los manglares, según relatos de testigos.

La hija de Fritzl planeaba abandonar su hogar antes de ser secuestrada en el sótano

La hija de Fritzl planeaba abandonar su hogar antes de ser secuestrada en el sótano

  1. Elisabeth contó a los 18 años a un amigo que buscaba trabajo para irse a vivir con su hermana
  2. Un diario publica cartas en las que la joven se declaraba amante del deporte y de salir de fiesta
RADIALPRESS
Elisabeth Fritzl, a los 15 años. Foto: RADIALPRESS
EFE
VIENA

Cuando Josef Fritzl encerró a su hija Elisabeth en el sótano de su vivienda, la entonces joven de 18 años buscaba trabajo para poder abandonar la casa paterna, revelan tres cartas suyas de 1984, enviadas a un amigo y publicadas hoy por el diario Österreich.

“Después del examen […] me voy a vivir con mi hermana y su amigo. […] Ellos no pueden pagar solos el apartamento. Para mí es muy accesible. Tengo dos habitaciones para mi sola y solo pago 1.200 [chelines, unos 87 euros]”, escribió Elisabeth el 9 de mayo de 1984.

Unas semanas más tarde, cuenta sobre sus planes de ir a buscar trabajo a la localidad austriaca de Traun, tras haber escogido de la prensa diversos anuncios.

“El lunes voy a Traun. Copié del diario todos los puestos libres de trabajo y ahora tengo que verlos uno a uno. Ojalá encuentre lo adecuado. ¡Deséame suerte!”, se lee en la segunda carta, donde entre otras cosas cuenta a su amigo que podría trabajar como asistente de dentista o como ayudante de cocina en un restaurante.

Cariño por su hermano

Las cartas revelan que Elisabeth era una chica corriente, que le gustaba salir con sus amigos y hermanos. “Yo tengo seis hermanos, cuatro chicas y dos varones. Mi hermano Harald, de 21 años, es a quien más quiero. Siempre estoy con él. Solo que ahora está en el servicio militar hasta octubre”, dice la segunda carta.

En la tercera, escrita el 3 de agosto de 1984 –tres semanas antes de que empezara su cautiverio de 24 años– vuelve a expresar su cariño por Harald. “De mi hermano […] estoy muy orgullosa. Conozco sus problemas y él, los míos. Nunca permitiría que le pasara nada. ¿Tú también te entiendes con tus hermanos? Espero que sí”, dice Elisabeth, que firmaba como Sisi.

Elisabeth también relata su estado aparentemente tras una enfermedad –“En realidad me va bien. Solo a veces tengo todavía dolores”– y sus diversiones. “Voy a nadar, a jugar al tenis, también al fútbol. Me gusta escuchar música y soñar sin hacer nada. Pero si la vida solo consistiera de sueños, pues no sé… Y luego no debo olvidar salir por ahí. En realidad, es lo que más me gusta”, escribe.

http://www.elperiodico.com/

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