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El código secreto de la Biblia y la cábala

El código secreto de la Biblia y la cábala

El matemático israelí Eliyahu Rips y el periodista ateo Michael Drosnin, del Wall Street Journal, son los autores del misterioso hallazgo. No ha habido nadie que refute el código. Nadie que demuestre aún la razón de tantas coincidencias. Ningún estudioso del lenguaje hebreo, de las matemáticas ni de la teología que explique de dónde salen palabras entre las palabras.

http://www.nosotros.cl/enigmas/detalle_noticia.php?cont=344

El código secreto de la Biblia es un libro publicado en 1997, escrito por Michael Drosnin que sostiene la hipótesis de la existencia de uncódigo bíblico en la Torá judío (el Pentateuco de la Biblia cristiana). Este descubrimiento se le atribuye al matemático israelí Eliyahu Ripsquien, según el libro, verificó la existencia de este código tras cumplirse una predicción con fecha exacta.

Drosnin, que se declara ateo, habla en el libro de cómo se descubrió el código, en que consiste, la información oculta en la Torá acerca de la historia de la humanidad posterior a la escritura de esta y que ayudaría a verificar que efectivamente existe información codificada y aventura alguna predicción catastrófica sobre el futuro. Además el libro incluye varias entrevistas del autor con personas importantes de diversos gobiernos, en su búsqueda por evitar que esas predicciones catastróficas tengan lugar.

El libro permaneció durante mucho tiempo en las listas de los más vendidos y tuvo una secuela titulada: “El nuevo código secreto de la Biblia” que se publicó en 2002. La secuela no aportaba nada nuevo, simplemente contenía reflexiones sobre los posibles aciertos y fallos de las pretendidas predicciones que habían realizado desde la publicación del primer libro hasta la aparición del segundo y relataba más entrevistas con dignatarios de los países implicados en las predicciones.

Tras la publicación del libro, aparecieron a disposición del público varios programas de ordenador, entre ellos el original que había usado Rips para descifrar el código y otros que lo imitaban con mejor o peor fortuna. Actualmente existe una gran cantidad de personas que utilizan estos programas para escudriñar en la Torá acerca de los eventos del presente y el futuro.

Recientemente fue reseñado en esta revista el libro El código secreto de la Biblia (1/4), que pretende explicar el reciente descubrimiento de un misterioso “código” en la Biblia, que permitiría “conocer” desde el pasado hasta el futuro. Semejantes pretensiones no han dejado de causar cierta inquietud. Aquí examinamos esas presunciones arrancando desde su historia.

BIBLIA Y CÁBALA

El pueblo hebreo no destacó en la antigüedad por su interés en las matemáticas. Pero, en la Biblia, se refleja un gran interés por los números y su uso simbólico, en especial por el 7, que utiliza continuamente; mas sin explicar su significado ni atribuir este interés a nada en particular.

La Kabbalah significa tradición e inicialmente denominaba todos los escritos recibidos a excepción de la Torah (Ley o Pentateuco). En la Edad Media, empezó a restringirse su uso, para referirse al conjunto de doctrinas secretas judías que pretendían explicar el universo en base a una compleja filosofía teosófica que se atribuía a los profetas o patriarcas. Aunque los cabalistas se apoyaban en elementos tradicionales judíos, sus ideas no fueron aceptadas por todos.

Los libros fundamentales de la cábala son el Zohar (s. XIII) y el Jezirah (s. IX); pero sus orígenes se remontan al complejo interaccionar de filosofías místico-ocultistas que estuvieron de moda al final del imperio romano y en especial en la famosa Alejandría. Sin embargo, su apogeo fue en la Edad Media. En el Renacimiento su influencia se extiende al cristianismo, pues muchos creyeron ver reflejadas en la cábala verdades cristianas (la Trinidad, el Mesías, etc.), y algunos cabalistas se convirtieron al cristianismo. El interés por estos estudios llegó hasta los papas (2/17).

LA LENGUA HEBREA

El hebreo, antigua lengua semítica emparentada con el cananeo y fenicio, posee un alfabeto de 22 consonantes (las vocales no se escriben). Como en otras lenguas antiguas, cada letra tiene un valor numérico. Hasta la Edad Media, el hebreo se escribió de forma continua, sin separar palabras ni párrafos. Como otras lenguas antiguas, tiene un reducido vocabulario (unas quinientas raíces y cinco mil palabras) y una elevada polisemia (cada palabra puede tener múltiples significados). En un texto así, es fundamental tener en cuenta siempre el contexto.

TRADICIONES HERMENÉUTICAS Y METODOLOGÍA CABALISTA

La cábala está en conexión con una particular forma de ver el texto bíblico, sin la cual, las metodologías cabalísticas que se aplican a su estudio, no tendrían mucho sentido. Para la cábala, la Biblia es un gran código misterioso en el que tan importante o más que el mensaje es el texto mismo, las palabras, las letras, las formas de los apéndices de las letras, etc. Por ello, el cabalista no puede simplemente leer la Biblia, tiene que descodificarla, desentrañar sus ocultos misterios, mediante una hermenéutica esotérica y de iniciados. El cabalista moderno A. D. Grad afirma:

“- la tradición enseña que el orden de los párrafos de la Biblia no es el verdadero orden, pues éste sólo lo conoce el Amo del Universo, ya que de otro modo todo el que lo leyera podría crear un mundo, dar vida a los muertos y hacer milagros, […].” (3/68, 69).

De aquí sólo hay un paso para la concepción elitista de dos niveles de lectura bíblica, la superficial de la gente corriente y la profunda de los iniciados como enseña el Zohar (4/35, 36). De esta forma, tenemos las dos ideas fundamentales para comprender la labor cabalista: la Biblia es un gran código y ese código está oculto, desordenado y entremezclado en el texto. Esto último refuerza más el carácter iniciático que la idea de código produce por sí misma. La atención del cabalista no se limita a leer el texto bíblico a un nivel más profundo, sino que lee otro texto que está oculto dentro de la Biblia. Para ello, el cabalista utiliza varios procedimientos: Gematria (cálculo del valor numérico de las palabras), Notaricon (formación de acrósticos con letras iniciales o finales de las palabras de un texto) y Temoura (cambio del orden de las letras de una palabra o descomposición de ésta en otras nuevas) (5/XLIX-LXII).

Una de las cosas que llaman la atención de esta forma de herméutica es que, a diferencia de la hermenéutica usual, no se tiene en cuenta el contexto, ni de los textos, ni de los libros bíblicos, ni de toda la Biblia. El contexto es despreciado completamente. En el fondo, es el gran enemigo, pues remite a la lectura directa y ordenada del texto. Pero el cabalista desprecia la estructura ordinaria de la Biblia, pues la estructura “real” es la oculta. Así, el cabalista no es que no respete el contexto, sino que lo destruye para buscar nuevos significados:

“Dijeron los sabios: «Cuando nació Moisés toda la casa se llenó de luz. Está escrito: Vio que era bueno [Ex. 2:2]; y está escrito: Vio Dios que la luz era buena [Gén. 1:4]».” (6/81).

Los sabios intérpretes no tenían muchos escrúpulos a la hora de manipular el texto bíblico y utilizaron métodos como la Gematria para ajustarlo a sus propias ideas:

“[…]. Así, en Nm. 12:1 leemos que Moisés estaba casado con una «mujer etíope» (en el original, «Cushith»), Onquelos pone en lugar de esto, por «gematría», las palabras «de bello aspecto» siendo el valor numérico tanto de Cushith como «de bello aspecto» de 736. Con esta sustitución se eliminó al mismo tiempo la idea objecionable de que Moisés se hubiera casado con una etíope. […].” (7/299).

FILOSOFÍA CABALÍSTICA

Los cabalistas crearon también una filosofía que era una mezcolanza de ideas bíblicas y de la filosofía griega de moda en el período medieval. En general, el esquema cabalista era panteísta y emanantista. Todo procede de Dios por medio de emanaciones, de forma que Dios no tenga un contacto directo con el mundo terrestre, pues esto profanaría su perfección (es interesante observar las similitudes de esta cosmología con la aristotélica tan popular en la Edad Media). En este proceso intervienen diez “inteligencias” intermedias denominadas Sephiroth, que provienen jerárquicamente una de otra desde el mismo Dios. En otros esquemas se daba gran importancia a las 22 letras del alfabeto hebreo, que, con los Sephiroth, dan las 32 vías de la Sabiduría (2/15, 16).

La cábala degeneró en una religión sincrética alejada de la doctrina bíblica contenida en la “lectura superficial” de las Escrituras. No sorprende que, tras su auge inicial en la Edad Media, acabara siendo apartada de la corriente principal del judaísmo, máxime en los últimos siglos cuando no sólo su teología era sospechosa, sino que la cosmología en la que se apoyaba fue arruinada por la ciencia moderna.

OCULTISMO Y MAGIA CABALISTAS

El interés de los cabalistas va más allá de la descodificación del texto; para ellos la lengua, y en particular la lengua hebrea, no es un medio de comunicación sin más. Si la Biblia era un misterio lleno de profundos y ocultos significados, el hebreo, la lengua de Adam, también (3/15).

Como la cita anterior de A. D. Grad explica con claridad, todo esto no es sólo teórico, el cabalista es eminentemente práctico y utiliza su conocimiento para actuar como mago y obtener poder. Para ello adoptaron la idea central de la magia: hacer algo “natural” en este mundo, para conseguir que algo “sobrenatural” se active desde otro mundo hacia el nuestro. Así, el mago es el que conoce las secretas “palancas” que en este mundo se pueden mover para forzar al mundo sobrenatural a actuar a favor del mago en la Tierra (en la Biblia esto se llama “tentar” o “poner a prueba a Dios”, Mat. 4:5-7; Luc. 4:9-12; es algo, además de prohibido, absurdo, pues Dios no puede ser controlado por los seres humanos):

“Según la Kábala, todo cuanto existe en la Tierra está formado según el modelo del mundo de Arriba. «No existe ni el menor objeto en este bajo mundo -dice Rabí Ytsjak- que carezca de equivalente en el mundo de Arriba por el que es regido». Igualmente, al poner en movimiento los objetos de aquí abajo, se hacen mover las fuerzas de Arriba que los rigen.” (3/34).

La cábala “práctica” pretendía hacer milagros: curaciones, exorcismos, etc., invocando el nombre de Dios o escribiéndolo en amuletos. La más conocida, y también la más aterradora, leyenda de magia cabalista es la del golem (figura de arcilla a la que con especiales conjuros se daba vida). Finalmente, la cábala se usó para pronosticar el futuro y la venida del Mesías.

CABALISMO INFORMATIZADO O EL CÓDIGO SECRETO DE LA BIBLIA DE MICHAEL DROSNIN

Desgraciadamente, la manía cabalística no acabó en la Edad Media ni en el Renacimiento. Sigue viva hoy en día. Ya vimos como el cabalismo se extendió tanto a judíos como a cristianos. Si los cabalistas medievales buscaban un profundo saber en la cábala, en el Renacimiento se puso de moda entre los cristianos para probar, precisamente contra los judíos, la veracidad del mensaje cristiano. En los últimos siglos, ante las críticas a la Biblia, el principal objetivo de muchos cultivadores de estas ideas es apologético. Pretenden usar estos “descubrimientos” para “demostrar”, a los escépticos, la inspiración divina del texto bíblico. Esto no deja de ser una perversión del primitivo sentido de la cábala. Es porque se creía que el texto era sagrado y divinamente inspirado, por lo que se buscaba en él un conocimiento superior, no al revés.

RABINOS, MATEMÁTICOS Y PERIODISTAS

Y llegamos a la era de la informática. Los ordenadores y la tecnología han revolucionado todo y los cabalistas se han modernizado. Pero no han cambiado las pretensiones de grandeza; como antaño, sueñan con adquirir influencia. El último episodio (de momento) de esta historia tiene que ver con un libro titulado El código secreto de la Biblia, del periodista estadounidense Michael Drosnin (8). El título lo dice todo; como la antigua cábala, contiene las tres palabras fundamentales: “código”, “secreto” y “Biblia”.

¿Cómo se llega a este código? Se convierte el texto de la Ley en una hebra continua de 304.805 letras. Después se indica al ordenador que busque nombres, palabras, etc. que nosotros le proporcionamos. El ordenador empieza la búsqueda por la primera letra y va probando todas las posibilidades, formando palabras mediante saltos de 1, 2, etc. caracteres. Después se repite la búsqueda empezando por la segunda letra, y así hasta la última de las 304.805. Al encontrar una palabra clave formada por la unión de letras con la mínima separación fija posible, el ordenador reorganiza el texto de forma que esa palabra se pueda leer verticalmente y forma una “matriz bidimensional” de letras, cuyas filas tienen como anchura la distancia entre las letras que forman la palabra clave. A continuación se buscan en los alrededores otras palabras relacionadas en cualquier ordenación posible (vertical, horizontal, diagonal, etc.). Las combinaciones por este procedimiento son exorbitantes, según uno de sus inventores, el matemático Rips: “Diez o veinte billones como mínimo. […].” (8/44).

En los años ochenta, el grupo del físico Doron Witztum, con la participación del matemático Eliyahu Rips, se decidió a estudiar esta idea con la ayuda de la estadística y la informática. Para ello buscaron en el Génesis emparejamientos entre los nombres de una lista de personajes judíos y sus fechas de nacimiento o muerte. Los sorprendentes y exitosos resultados fueron publicados en la revista especializada Statistical Science (9). Aunque Drosnin no lo menciona, no hay que perder de vista que los principales protagonistas de esta historia, Doron Witztum, Eliyahu Rips y el que Drosnin presenta como independiente, Harold Gans, están relacionados (especialmente este último) con la organización religiosa judía Aish HaTorah, que utiliza el “código de la Torah” como parte de su apologética (11). Los seguidores de Witztum mantienen varias páginas en internet (12). Con este grupo, especialmente con Rips, tuvo contacto, a principios de esta década, Drosnin, que se convirtió en un entusiasta del “código de la Biblia”:

“La Biblia tiene la forma de un gigantesco crucigrama. Está codificada de principio a fin con palabras que, al conectar entre sí, revelan una historia oculta. […].

Hay una Biblia debajo de la Biblia.” (8/24, 25).

Como en la mejor tradición cabalística, no se trata sólo de buscar algún tipo de sabiduría más o menos exotérica y misteriosa. Las aplicaciones “prácticas” están a la vuelta de la esquina:

“Rips extrajo un volumen de su biblioteca y me leyó una cita de un sabio del siglo XVIII llamado el Genio del Vilna: ‘Es regla que todo lo que fue, es y será hasta el fin de los tiempos está incluido en la Torá, desde la primera hasta la última palabra. Y no sólo en un sentido general, sino hasta el menor detalle de cada especie y cada uno de sus individuos, y hasta el detalle de cada detalle de cuanto le ocurra a éste desde que nace hasta que deja de existir.’” (8/18).

Drosnin llega a afirmar:

“No sabemos todavía si todo el pasado y todo el futuro de cada uno de nosotros están contenidos en algún nivel superior y por ahora inaccesible del código secreto de la Biblia. Ello la convertiría, en efecto, en el Libro de la Vida. […].” (8/45).

El libro empieza con la presentación de un caso sencillo y espectacular, una matriz en la que el nombre de “Itzhak Rabin” en vertical está atravesado horizontalmente por la expresión “asesino que asesinará”. Esta figura aparece en la portada del libro y es explicada con gran detalle en el interior (Fig. 1). Después, y para apoyar la confianza en el “código de la Biblia”, se presentan matrices que contienen el anuncio de eventos internacionales recientes o históricos.

Fig. 1 (tomada de 8/15, 28, también aparece en la portada).

Puesta esta base, Drosnin pasa a la idea central del libro, a lo que es el objeto de su principal interés: el anuncio del Armagedón. En la matriz donde se anuncia el asesinato de Rabin, sobre “asesino que asesinará”, se lee la expresión “todo su pueblo en guerra”. Posteriormente, Drosnin encuentra otras matrices donde se habla de “holocausto de Israel” y la fecha del año judío 5756 (1995/6). Sin embargo, una sombra se desliza ya desde la página 56, las letras que dan esa fecha, también significan “¿lo cambiaréis?”. ¿Es posible cambiar el futuro? En relación con este interrogante, el libro se entrega a fantasiosas elucubraciones sobre las posibilidades de manipular el tiempo y cosas similares, utilizando, como no podía ser menos, las teorías de la física cuántica, relativista… El punto culminante es el descubrimiento de una matriz donde ese inminente desastre se asocia, para 1996, con un viaje del recientemente elegido nuevo presidente de Israel, Netanyahu, en el que éste sería asesinado.

LA “TEOLOGÍA” DE DROSNIN

Algunos creyentes se hicieron ilusiones desde un principio sobre este tema. Creían de forma triunfalista que con esto las multitudes se iban a volcar hacia el cristianismo… (los que eran judíos, hacia el judaísmo):

“Es un golpe mortal dado a la crítica bíblica y al ateísmo. Esto podría conducir a millones de hombres a la fe. Por eso es que hasta ahora difundimos estas cosas con prudencia. Preparamos a la élite del país, para que a su vez ella prepare al pueblo para que acepten psicológicamente las consecuencias que resultan de nuestros descubrimientos. […].” (Entrevista a un “portavoz de los científicos israelíes” identificado como M. G. 13/12).

La realidad no tiene nada que ver con esto. Drosnin, el autor del libro más difundido sobre el tema, hace gala de su escepticismo religioso. En lo único que cree ahora es en la existencia de un fabuloso código en la Biblia, pero no tiene interés en el Dios de la Biblia (8/97). Según Drosnin, Rips considera que Dios es la explicación de todo, pero él prefiere otras razones. Por ejemplo, las especulaciones del científico Carl Sagan sobre civilizaciones extraterrestres y la novela de Arthur C. Clarke, 2001 (de la que se hizo una famosa película), que presenta la aparición de un misterioso monolito negro en los momentos críticos de la evolución humana. Mezclando todo esto con el código de la Biblia, acaba en una especie de ufología bíblica al sugerir que, “tras los «milagros» del Antiguo Testamento, se esconde una tecnología avanzada.” (8/91). También trae a colación que la Biblia sería una especie de mensaje informático extraterrestre y que incluso las revelaciones a Abraham o Moisés serían “encuentros cercanos” (8/92).

Como vimos, Drosnin llega a afirmar que, por contener el futuro, la Biblia-codificada (no la Biblia corriente) sería el Libro de la Vida. Pero Drosnin va más lejos, enlazando con la referencia del libro de Daniel a un libro sellado (capítulo 12), que también aparece en Apocalipsis (capítulos 5 al 8), concluye que el libro sellado es también la propia Biblia (8/85)…:

“El código de la Biblia es el «libro sellado» secreto.” (8/94).

Más adelante, en otra matriz, Drosnin encuentra que cerca del texto de Daniel 12, donde se habla del “libro sellado”, aparece la fecha 1997…

Pero ¿a qué esta jugando Drosnin? El Apocalipsis afirma claramente que el libro sellado será abierto por el Mesías, por el Cordero, que es el único digno de ello (capítulos 5, 6, 8). ¿Quién se cree este individuo? ¿Es Drosnin nuestro Mesías?

A la vista de todos estos disparates, no debemos olvidar lo que la Torah enseña leyéndola al derecho. Aquel “profeta” que enseñe otros dioses, incluso si anuncia prodigios y se cumplen, no debe ser escuchado (Deu. 13:1-5). ¿Pero es que de verdad se cumplen las profecías de Drosnin?

UNA FORMA SENCILLA DE DESCUBRIR EL ENGAÑO DEL “CÓDIGO DE LA BIBLIA”: ¡HÁGALO VD. MISMO!

Son numerosas las objeciones que se han hecho al “código de la Biblia”, no sólo al presentado por Drosnin en su libro, sino a la obra original del grupo de Witztum, entre ellas la ortografía y la selección de personajes del experimento de Witztum. Pero también se ha señalado que el texto hebreo del Antiguo Testamento (incluida la Torah) no es tan exacto como se suele pretender. El profesor Menachem Cohen recuerda que existen muchas variantes que, si bien suelen ser ortográficas y no afectan a la comprensión del texto, sí afectan al número de letras y otras características implicadas en estos experimentos (14).

Como veremos más adelante, diferentes personas se han dedicado a contrastar las fantásticas afirmaciones de Drosnin (e incluso las originales del grupo de Witztum). Esto ha dado lugar a un acalorado debate, que puede seguirse especialmente por internet (12, 14, 15). Sin embargo, aquí vamos a exponer una forma sencilla de examinar el “código de la Biblia”, sin recurrir al ordenador, ni al texto original completo, etc. Se trata de analizar hasta el final, con un simple lápiz, las matrices de Drosnin.

Su libro se abre con la matriz que anuncia el asesinato de Rabin. Poco después, Drosnin encuentra la predicción de la elección de Netanyahu como nuevo primer ministro. Desgraciadamente, la matriz anunciaba también el asesinato de éste. Todo parecía combinarse para indicar que, el 13 de septiembre de 1996, se desencadenaría una guerra nuclear en Oriente Medio, que sería la chispa del fin del mundo. La tensión va aumentando a lo largo del libro hasta que el clímax se produce cuando Netanyahu anuncia un viaje a Amman, para entrevistarse con el rey Hussein de Jordania. Revisando la matriz donde se hablaba de Netanyahu, Drosnin encuentra la expresión “Julio a Amman”:

“Una vez más, el código bíblico había demostrado estar en lo cierto. Tres mil años antes había previsto que en julio de 1996 Netanyahu iría a Amman. Si el código acertaba con ello, si se mostraba preciso hasta en los más mínimos detalles, entonces era más que probable que también acertara respecto al vaticinado «holocausto atómico», el «holocausto de Israel» y la «guerra mundial». El peligro se perfilaba cada vez más.

Entonces, en el último momento, el viaje de Netanyahu sufrió un aplazamiento inesperado. La noche antes de que el mandatario israelí saliera para Amman, el rey Hussein había enfermado. El primer ministro no fue a Jordania hasta el 5 de agosto.

¿Se había equivocado el código de la Biblia? El «primer ministro Netanyahu» fue «a Amman», tal como estaba anunciado desde hacía tres mil años, pero no en «julio» como aseguraba el código.

Fui a ver a Eli Rips. Le pregunté si el código podía actuar como la física cuántica. Si era así, no lograría precisar a la vez el qué y el cuándo. El principio de incertidumbre lo formula claramente: cuanto más precisamente se mide el qué, con menor precisión podrá medirse el cuándo. Ésa es la razón por la cual la mecánica cuántica no predice uno sino muchos futuros posibles.

Rips no invocó el principio de incertidumbre. En cambio, señaló la palabra que aparecía en el código de la Biblia justo encima de «julio a Amman». La palabra era «postergado».” (8/150).

Drosnin domina con cierta habilidad la técnica literaria. Introduce lentamente su exposición y, poco antes del final, cuando se ha creado un clímax de intriga total, lanza el jarro de agua fría. El asombrado lector apenas si se lo cree. Después de 150 páginas ¿es todo un cuento? No, no tiene sentido. Así, Drosnin puede conseguir hacer tragar al lector todo el resto de su fantástico código. Encontrada la palabra mágica “postergado” (%%:), ahora resulta que esas tres consonantes hebreas interceptan todas las profecías de muerte encontradas en la matriz que anunciaba el asesinato de Netanyahu. La postergación del viaje de Netanyahu habría trastocado el futuro y ya no se produjo el asesinato en agosto y tampoco la guerra mundial. Para explicar este encadenamiento de causas, se recurre, como no, a la teoría del caos y al “efecto mariposa”…

Astutamente, Drosnin ya había introducido un principio de ambigüedad, mucho antes, deslizando la pregunta: “¿lo cambiaréis?”. Los ejemplos en este nuevo sentido “ambiguo” del código bíblico se multiplican en las páginas finales del libro, que con tanta precisión había comenzado. Así, el libro se cierra con una traca final, en medio de la ambigüedad sobre el futuro próximo (primera década del tercer milenio), para el que se anuncia el fin en una última matriz: en vertical “holocausto atómico”, en horizontal “en el fin de los días” y “código salvará”.

A estas alturas no sorprenderá una pregunta inocente ¿Hubiera rebuscado Drosnin en la matriz para localizar la palabra “postergado” de haberse producido realmente el asesinato de Netanyahu? Es difícil responder a esta pregunta; pero tal vez podamos responder a otra: ¿qué habría pasado de no ser asesinado Rabin?

Así, utilizando el mismo método de Witztum usado por Drosnin (que podríamos bautizar aquí, un tanto barrocamente, como lectura salteada multidireccional), realicé una búsqueda visual sobre la matriz de la portada que anunciaba la muerte de Rabin. Y…, en efecto, allí también se halla la palabra “postergado” (%%:), al menos 11 veces (¡tres de ellas atravesando el nombre del asesino, Amir!), lista para ser esgrimida en caso de fallar la profecía (Fig. 1). Cayendo en la cuenta de cuán fácil era revertir una profecía, he revisado algunas otras matrices. No es difícil encontrar la palabra “postergado” en otras matrices (la que predecía la caída del comunismo ruso, la orden de Roosevelt de introducir a los EE.UU. en la II Guerra Mundial, etc.).

Profundizando en mi curiosidad, me di cuenta que las matrices únicamente se ven como sopas de letras en las que no sólo no percibimos a simple vista las palabras que pueden formarse, sino que no podemos verlas nunca al no conocer el idioma. Para un lector corriente, sólo se destacan de esas letras las que Drosnin ha marcado, y es como si el resto no dijera nada. Pero, si en vertical y en diagonal es difícil encontrar algo coherente, en horizontal tenemos el texto original de la Biblia, en el que todas las líneas pueden leerse, en todas dice algo. Teniendo esto en cuenta, volvamos a la matriz de la portada. En vertical leemos el nombre de Itzhak Rabin y en horizontal “asesino que asesinará”. ¿Qué pone a continuación?. En horizontal tenemos un texto bíblico ¿Cuál? Drosnin, amablemente, nos lo indica, es Deu. 4:42 (8/215):

“para que huya allí el homicida que mate a su prójimo por accidente, sin haberle tenido previamente aversión. Al huir a cualquiera de estas ciudades, podrá salvar su vida.” (16/159).

El contexto se refiere a la institución por Moisés de tres ciudades de refugio, para que la persona que hubiera matado a otra accidentalmente, pudiera huir y estar a salvo de la venganza de los familiares de la víctima. Si seguimos leyendo a la izquierda de “asesino que asesinará” (u “homicida que mate”) encontramos “a su prójimo por accidente, sin haberle tenido previamente aversión” (ver la traducción directa de la Fig. 2). Dos cosas saltan aquí a la vista. Por una parte, la peculiar traducción “asesino que asesinará” resulta claramente forzada. El texto no habla de “asesinos”, sino de personas corrientes que matan por accidente. Más aún, este texto utiliza un lenguaje legal y por ello emplea una casuística de relativo que se traduce correctamente en español por un subjuntivo: “que mate” (16/159) o “que matara” (Fig. 2, 17/742), y no por un indicativo: “que matará” (“o que asesinará”). En segundo lugar, el texto completo desmonta la interpretación de Drosnin; porque está claro que el asesino de Rabin no lo mató “por accidente, sin haberle tenido previamente aversión”. Si Drosnin siguiera traduciendo el texto, se vería el absurdo. Pero no lo hace y es como si las demás letras no dijeran nada. Sin embargo, el resto de la matriz dice justo lo contrario que Drosnin.

Fig. 2 (detalle de la imagen anterior, las palabras hebreas aparecen recuadradas y la traducción, que debe leerse de derecha a izquierda, está tomada de 17/742, 743).

Está claro que una cosa es encontrar objetivamente palabras aisladas y otra cosa es el contexto que se les impone, que siempre es subjetivo. El propio Harold Gans da un claro ejemplo, encontrar las palabras Jesús y Mesías juntas (¿qué cosa podría molestar más a un ortodoxo judío?) no significa que Jesús es el Mesías, podría ser: Jesús pensará que es el Mesías, o mucha gente creerá que Jesús es el Mesías, etc. (11). De igual manera, “Itzhak Rabin” y “Asesino que asesinará” puede significar: “Asesino que asesinará a Itzhak Rabin” o “Itzhak Rabin será asesino que asesinará”, entre otras opciones (11). A la vista de todo esto, no es de extrañar que los propios Witztum, Rips y Gans se hayan desmarcado públicamente del libro de Drosnin (11). También sobre los falsos profetas el Deuteronomio se expresa con claridad (Deu. 18:21, 22)…

EL CÓDIGO BÍBLICO QUE APARECE POR TODAS PARTES

De hecho, la idea divulgada por Drosnin de que los matemáticos del mundo entero están de acuerdo con estas ideas (8/43), es una burla grotesca. Destaca, en especial, el equipo de McKay (del departamento de computación de la Universidad Nacional Australiana), que con el matemático de Jerusalén Dror Bar-Natan, repitió el experimento de Witztum, llegando a conclusiones opuestas (14/Report on new ELS tests of Torah, 20-V-97). Desde entonces, se ha desencadenado una feroz controversia que puede seguirse en internet (12, 14).

Esta polémica se ha agudizado todavía más al presentar el equipo de McKay fenómenos similares a los que el grupo de Witztum ha señalado en la Torah, en el texto hebreo de la novela Guerra y Paz (referencias mesiánicas a Jesús, rabíes famosos, etc.) y en el inglés de Moby Dick (referencias a famosos asesinatos ¡incluyendo el anuncio del asesinato del propio Drosnin!).

Pero hay más, el propio texto bíblico, cuando se le aplica el método de Witztum, puede acabar diciendo cualquier cosa que queramos, mandamientos para usar drogas, cometer incesto, etc., según el propio Witztum, que afirma haber encontrado una matriz prediciendo ¡el asesinato de Churchill (11)!

Nadie que diga por qué Bush, Arafat y Sharon aparecen juntos en una misma frase.
Ambos escépticos, luego de comprobar que las palabras que aparecen cruzadas en el texto bíblico no se repiten en otros textos, bajaron la cerviz ante la evidencia. Rips halló el nombre exacto de 66 sabios hebreos codificados, con sus fechas de nacimiento y muerte unidas, y publicó sus resultados en 1994 en la revista Statistical Science. Ahí empezaron los descubrimientos.

El matemático, al principio, solo quería jugar. Hace más de 20 años quiso resolver un acertijo matemático en la Biblia, pero comenzó a descubrir palabras “codificadas con un nivel de probabilidad mucho menor que por azar -dice-. Enseguida supe que me hallaba detrás de algo importante”.

Rips descubrió un código en la versión hebrea del Antiguo Testamento, el texto original de la Biblia, tal y como fue escrita en su época: las palabras que, según el texto, Dios le entregó a Moisés en el monte Sinaí hace 3.200 años. “Sentí escalofríos”

Lo que el matemático hizo fue eliminar todos los espacios entre las palabras y transformar el texto sagrado en un continuo de letras de 304.805 caracteres que introdujo en el computador. Según los estudiosos, el texto original no tenía espacios.

De inmediato saltaron los opositores. Harold Gans, decodificador de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, experto en descifrar códigos para los servicios secretos de su gobierno, aseguró que el resultado era “ridículo”.

Y creó su propio programa de computador para tumbar la teoría. Para su sorpresa, obtuvo los mismos resultados. Sorprendido, buscó los nombres de las ciudades donde habían nacido los 66 sabios hebreos, y los encontró. “Sentí escalofríos”, recuerda.

Ahí entró Drosnin en escena. El periodista se enteró del tema por un militar israelí, aunque desconfió al inicio. Visitó a Rips sólo porque le parecía inaudito que hubiera descubierto la fecha exacta del inicio de la guerra del Golfo tres semanas antes del conflicto: 18 de enero de 1991.

De inmediato, hicieron llave. Pero Drosnin sólo se convenció de lleno cuando, un año antes de la muerte del primer ministro israelí, Itzahk Rabin, encontró que en el código de la Biblia se predecía su asesinato. A pesar de eso, el 4 de noviembre de 1995, a Rabin le dispararon por la espalda.

Claras advertencias

Desde entonces, el código de la Biblia unió a ambos escépticos y los llevó a buscar nuevos datos. El que más impresionó a Drosnin fue cuando desde su apartamento en Nueva York vio la colisión de dos aviones contra las Torres Gemelas, y buscó, azorado, respuestas en la Biblia. Encontró, en una misma página, las palabras Torres, Gemelas, Derrumbadas, Dos veces y Avión; y más adelante: La próxima guerra, Las torres gemelas y Terroristas.

Nada críptico. Nada parecido a las predicciones cifradas de Nostradamus. Todo tan claro que era difícil creerlo. Y una frase más: El fin de los días. Frase que se repitió en otro contexto, y con una probabilidad de uno entre 500.000 en una misma página junto con los nombres de Arafat, Sharon y Bush, líderes del estado palestino, Israel y E.U. Rips y Drosnin buscaron entonces una fecha. Y la encontraron junto a la frase Fin de los días, a la sentencia Holocausto atómico y junto a Guerra mundial: 5766, año hebreo equivalente a 2006. Hombre bomba y Terrorismo complementan la advertencia.

Desde ese día, Drosnin se dedicó a buscar a los protagonistas del código para convencerlos de la que él considera una clara advertencia, aunque todavía no sepa explicarse por qué aparece escrita en la Biblia o quién la introdujo allí. Habló con el asesor de Bill Clinton, con Yasser Arafat (a quien advirtió que tenía la misma sentencia de muerte de Rabin), pero con Ariel Sharon no pudo.

Ni con Bush, a quien el código señala con claridad sorprendente. Dice: Al Gore, Presidente; Bush, El segundo; Luego: Ahora decidirá un juez (refiriéndose, asume el periodista, al resultado de las elecciones); Presidente Bush, Por error; y finalmente: G.W. Bush, El fin de los días.

CONCLUSIONES

A la vista de toda esta triste historia hay que hacer una primera puntualización muy importante: no es posible conocer letra a letra el texto original de la Biblia. Por ello, todos los métodos numerológicos que se basen en contar las letras o palabras del texto no tienen sentido.

Más grave es el concepto de “inspiración”, que está tras esto: un dictado mecánico, en el cual Dios imponía las palabras una a una, hasta su ortografía, llegando a un “deletreo inspirado”.

En tercer lugar, la interpretación cabalista de la Biblia es un sistema elitista y ocultista que se centra, no en el estudio de la Biblia, sino en su utilización para todo tipo de elucubraciones. Como hemos visto, esto no tiene nada que ver con Cristo y su enseñanza directa al pueblo, sin intermediarios. Jesús ya denunció a los dirigentes judíos, que se erigían en intérpretes de la Torah con cuya tradición la manipulaban para invalidarla (Mat. 15:3-9 y Mar. 7:6-13).

La tradición judía no escuchó a Jesús y continuó interponiéndose entre la Torah y el pueblo. En la cábala, esa tradición llegó a degenerar en una religión más pagana que otra cosa. Resulta curioso que quienes se dedican a leer la Biblia al revés, a saltos, hacia arriba, hacia abajo o en diagonal, finalmente no encuentran más que tonterías y se pierden lo verdaderamente importante. A los matemáticos e informáticos dedicados a estas actividades, cuyas teorías algunos siguen ingenuamente, les cuadran como nunca las palabras de Jesús a los dirigentes de su época en Mat. 21:42-44 (Mar. 12:10, 11 y Luc. 20:17, 18).

Para concluir, la validez científica de todas estas elucubraciones es aproximadamente igual a cero. Si alguien desea utilizarlas como base para una apologética dirigida a las mentes científicas y cultivadas, no puede ir más desencaminado. Pero, yendo más allá, ¿qué tipo de “apologética” es ésta? ¿Es razonable creer que podemos demostrar a Dios? ¿Es Dios el resultado final de una ecuación matemática? ¿Es que podemos tener a Dios amaestrado como un monito y silbarle para que se asome a saludar a la puerta? ¿Podemos tener al Creador del universo “en el bote”?

Es una imprudencia para el cristiano arriesgarse por ese camino. Cuando se recurre a tales métodos, nos arriesgamos a acabar predicando “otro evangelio”. La apologética ya ha explorado suficientes falsos caminos como para permitirse más chapuzas y acabar apoyándose en lo que puede terminar siendo una pseudociencia más. Cualquier apologética cristiana debe estar basada en los más rigurosos métodos.

BIBLIOGRAFÍA(en las referencias en el texto, detrás de la barra / se indican las páginas citadas).

  1. Vincent Schmid. Código de la Biblia: un código mal fraguado. Cristianismo Protestante, nº 7, 1998.
  2. Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana. Tomo 10. Hijos de J. Espasa, Barcelona, s.f.p.
  3. A. D. Grad. Iniciación a la Kabala hebraica. Altalena, Madrid, 1984.
  4. Carles Giol (trad.). El Zohar. Obelisco, Barcelona, 1996.
  5. Mariano Viscasillas y Urriza. Nueva Gramática Hebrea. Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1895.
  6. Giovanni Paolo Tasini. En el principio. Interpretaciones hebreas del relato de la creación. I. El midrás. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1994.
  7. Alfred Edersheim. Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo. Clie, Terrassa, 1990.
  8. Michael Drosnin. El código secreto de la Biblia. Planeta, Madrid, 2ª ed., 1997.
  9. Doron Witztum, Eliyahu Rips y Yoav Rosenberg. Equidistant letter sequences in the book of Génesis. Statistical Science 9 (3):429-438 (1994). (El libro de M. Drosnin recoge el texto de este artículo en un apéndice).
  10. Robert Kass. Documento de su página web, http://lib.stat.cmu.edu/~kass/biblecodes.
  11. Aish HaTorah’s Discovery Seminar. Página web, http://www.discoveryseminar.org/.
  12. Entre otros:
    http://www.fortunecity.com/tatooine/delany/11/index.html. (Esta página no parece estar actuamente disponible).
  13. Equipo Keren Israel. Unos científicos israelíes afirman: “La Biblia está divinamente inspirada” (Fenómenos numéricos en la Biblia). Keren Israël, Vannes, 1994. Esta asociación francesa preparó este folleto para la asociación conocida como Embajada Cristiana Internacional de Jerusalén, que en España tiene su sede en Toledo.
  14. Jochen Katz. Página web, http://www.math.gatech.edu/~jkatz/Religions/Numerics. (Esta página no parece estar actuamente disponible).
  15. Santa Biblia. Versión Reina-Valera Actualizada, Mundo Hispano, El Paso (Texas), 1989.
  16. Ricardo Cerni (traductor). Antiguo Testamento Interlineal Hebreo-Español. Tomo I, Pentateuco. Clie, Terrassa, 1990.

Fuentes bibliograficas

Carta sobre “El debate de los orígenes”

Carta sobre “El debate de los orígenes”

Pablo de Felipe, Publicado en Alétheia (1998) 

Señor director:

He venido leyendo con gran interés los artículos publicados en los últimos números deAlétheia en relación al debate de los orígenes. Algunas de mis ideas sobre este interesante tema son recogidas en varios de estos artículos; pero hay ciertos aspectos importantes que creo que no han sido desarrollados suficientemente.

Cuando considero de forma global el Antiguo Testamento, una de las líneas vertebradoras de la predicación profética que más se destaca es la lucha contra la idolatría. Una doble idolatría llenaba el mundo antiguo. Lo más evidente era el mundo de las imágenes religiosas que abarrotaban los templos paganos. Pero todavía peor era la idolatría de la naturaleza que daba lugar a un mundo sacralizado en el que todo era de carácter divino: el cielo, los astros, la tierra, el mar, las tormentas, los ríos, los lagos…

Los profetas denunciaron durante siglos la sacralización de las obras de la creación divina y de la creación artística humana. La crítica profética alcanza altas cotas de ironía en las palabras de Elías a los profetas de Baal (1 R. 18:26-28). Baal, el poderoso dios de las tormentas, de los viajes, ligado a los ciclos de la naturaleza, dormido en invierno y que era despertado en primavera… es ridiculizado por un hombre solitario y de rústico aspecto (1). En Is. 44:9-23, la crítica profética llega a unas insospechadas cotas de elaboración intelectual. Como señaló José Grau hace años (2), el autor marxista Erich Fromm veía en la predicación profética el origen de la descripción y denuncia del fenómeno de la alienación, que tan importante sería en el marxismo (3). En ese pasaje de Isaías, se recoge el proceso por el que un hombre convierte un leño destinado al fuego en una imagen que luego eleva sobre sí y adora como un dios.

Pero la polémica profética no se limitó a la denuncia del sistema idolátrico. La Biblia elaboró un sistema espiritual alternativo. Llaman la atención aquellos personajes dotados de tanta fuerza que fueron capaces de desafiar a los poderosos dioses y sacerdotes que habitaban en Ur, Karnak, Luxor, Tiro, Babilonia, etc. Cuando vemos lo imponente de las ruinas que aún hoy, varios milenios después, subsisten, más apreciamos la fortaleza de los que despreciaron todo aquello para seguir al que no habita en templos hechos de manos.

Para poder crear una cultura alternativa al mundo pagano, la Biblia debió enfrentarse a la elaborada cultura pagana. Aquella teología se articulaba mediante unos complejos ciclos míticos escritos en las primeras lenguas conocidas. Los relatos de los orígenes no eran meros adornos en ese esquema religioso, sino textos clave. En ellos se trazaba el origen genealógico de los dioses (teogonía), se relataba la formación del mundo (cosmogonía) y, finalmente, se describía la estructura y situación actual tanto del mundo material como divino (cosmología). En aquellos textos aparecían integrados gran parte de los conocimientos “científico-religiosos” de la época. El esquema del mundo plano con un techo-cúpula rodeado de un océano aparecía junto a las minuciosas genealogías divinas o a la situación geopolítica de la época en la que el texto era compuesto (4).

¿Qué iban a hacer los profetas ante esa situación? Abraham, Moisés, el pueblo de Israel entero habían salido del paganismo, de ese paganismo que los estuvo siempre rodeando. Y frente a eso, ¿qué? Los relatos del Génesis sobre los orígenes, y muy en especial el Gn. 1, son la respuesta. No son mitos, no son bellas historias poéticas, no son meros cánticos espirituales, no son descripciones científicas que entrevén la ciencia de nuestro siglo XX… La primera página de la Biblia es una declaración de guerra. Sí, de guerra teológica, de guerra contra la poderosa y horrible Tiamat, el abismo primigenio que había vencido el hábil Marduk y con cuyo cuerpo dividido en dos había hecho el cielo y la tierra que así siempre conservarían algo divino. Dios domina el abismo con su palabra en Gn. 1 y no hay allí nadie para oponer resistencia. Sí, de guerra contra los poderosos dioses lunares mesopotámicos, como Sin, adorado en la patria de Abraham. De guerra contra el poderoso Sol, Ra, de Egipto. ¡Y el faraón es el hijo de Ra! ¿De qué? ¿De una lámpara que ni siquiera merece un nombre propio? Declaración de guerra teológica contra las poderosas estrellas que indican el destino humano y que afanosamente observan los astrólogos babilonios. A propósito, el Gn. 1 casi las deja olvidadas y, con un pelín de ironía, las recoge al final: “Hizo también las estrellas”. La guerra teológica alcanza también aquí a Baal y a todos los dioses de la fertilidad tan adorados en Canaán. La fertilidad, tan cara de obtener al precio de sacrificios y prostitución sagrada, es aquí regalada a todos los seres vivos por el Creador. Y tampoco se libran los aterradores monstruos marinos: Leviatán, Rahab, etc. que son creados por Dios. Su clasificación sistemática en el contexto del Gn. 1 les resta grandeza: seres acuáticos, destinados a ocupar las aguas y creados el quinto día. Ni más ni menos.

Al terminar ese breve capítulo, el hombre y la mujer, Adán (Gn. 1:26, 27; 5:1, 2), están solos delante de Dios. La teogonía fue destruida ya en el título, en el primer versículo: “En el principio Dios…”. Todos los elementos constituyentes del universo (el abismo acuoso, la tierra, el mar, el firmamento, los astros y los seres vivos) han sido despojados de cualquier vestigio divino. Con este relato en la mano, la idolatría carece de sentido. No hay sitio para ningún añadido divino, sagrado, etc. Todos los falsos dioses, diosecillos y semidioses que aterraban al mundo antiguo han sido echados a patadas del universo.

Y ahora, nosotros, libres ya de esos tenebrosos poderes, y con la bendición de haber podido desarrollar la ciencia en ese mundo que quedaba todo él para nosotros y nuestro ingenio, nos olvidamos. Nos olvidamos de donde hemos salido, de lo que hemos sido liberados, y vagamos en el desierto. Comparamos ese texto, el primer antimito (5), a los mitos desenterrados ayer de las llanuras mesopotámicas. Miramos con un ojo por el microscopio o al telescopio y con el otro al Génesis e intentamos convencernos de que se ve lo mismo. Intentamos completar un puzzle a martillazos con páginas de la Biblia y del último tratado de física. Contemplamos con paternalismo a aquellos hombres “primitivos” que hablaban de cosas tan absurdas como un cielo duro con ventanas. Nos exprimimos el cerebro para explicar, eso sí, científicamente, dónde están las dichosas columnas de la tierra, o por qué se crearon la luz y las plantas antes que el sol.

El lector moderno no debería perder el tiempo por esos andurriales. No debería buscar a tientas la explicación a una tierra circular (Is. 44:22), a las compuertas del firmamento que lo recubre (Gn. 1:7, 8; 7:11; 8:2; Job 37:18; Is. 24:28), al abismo acuoso que lo rodea todo como un vestido (Gn. 1:6, 7; Sal. 104:6; 148:4), a los cimientos del cielo (2 S. 22:8; Job 26:11) y a los de la tierra (1 S. 2:8; 2 S. 22:16; Sal. 104:5), al subterráneo Sheol (Nm. 16:30-33; Job 17:13-16; Is. 14:9), a los astros colgados del cielo (Gn. 1:14-18), que se mueven alrededor de la tierra (Jos. 10:12, 13; Sal. 19:4-6)… La luz de Dios nos ha iluminado hace milenios y nos ha enseñado lo fundamental respecto al universo: todo él, todas sus partes, fueron creadas. Así que hoy el cristiano debería dejar de pelearse por buscar las cosquillas a los científicos y declarar con firmeza que también ahora el universo con todas sus partes, debe ser visto como creación de Dios. Los planetas, las estrellas, los agujeros negros o las galaxias y todo lo que aún no ha sido descubierto, todo ha salido de las manos del Creador, y nosotros daremos cuenta por lo que hemos hecho con esas obras.

¿Qué fe es aquella que puede sobresaltarse por el último hallazgo científico, cuya fuerza descansa sobre una referencia científica a pie de página? Desterremos, pues, de nuestra apologética, de nuestra doctrina, toda referencia a modelos científicos (creacionistas, evolucionistas, concordistas, etc.), que mañana habrán sido superados por la propia ciencia, con lo que quedaremos nosotros en ridículo y, lo que es peor, la propia Biblia.

Notas:

  1. Vardaman, J. La arqueología y la palabra viva. Casa Bautista de Publicaciones, 5ª ed., 1988, pp. 50-54.
  2. Grau, J. ¿Por qué, Señor, por qué…? Ediciones Evangélicas Europeas, 1984, pp. 131-134
  3. Una traducción del texto completo citado por Grau aparece con el título deAlienación y capitalismo en Fromm, E. y otros. La soledad del hombre. Monte Ávila Editores, s.f.p.
  4. Se pueden encontrar traducciones de los principales textos sobre los orígenes de los pueblos que rodeaban a Israel en: Seux, M.-J. y otros. La creación del mundo y del hombre en los textos del Próximo Oriente Antiguo. Verbo divino, 1982.
  5. Flori, J. Genèse ou l’antimythe. Editions vie et santé, 1980. Existe traducción española, Los orígenes. Safeliz, 1983.

http://www.centroseut.org/cienciayfe/Carta_sobre_origenes.htm

Apuntes para el debate histórico de la cosmología bíblica

Apuntes para el debate histórico de la cosmología bíblica

Pablo de Felipe
Publicado en Alétheia (2000) 17:67-76.

Es comúnmente creído que el Génesis 1 y otros de los primeros capítulos de la Biblia se ocupan exclusivamente de los orígenes; pero no solamente encontramos en ellos el relato de la Creación, sino que al detallar lo creado dan alguna luz sobre la imagen del mundo que los autores hebreos manejaban. No es por ello extraño que el debate de los orígenes desarrollado en los últimos números de Alétheia se haya deslizado hacia la cosmología bíblica. ¿Cómo interpretar el “firmamento”? ¿Qué eran las aguas superiores sobre el firmamento? ¿Y las compuertas de los cielos? ¿Y las columnas de los cielos y de la tierra?

Hay un gran abismo entre la cosmología del Mediterráneo oriental de hace tres milenios y nuestra actual cosmología científica. En estas páginas me propongo tan sólo esbozar brevemente la actitud de los cristianos ante ese cambio y la forma en que la Biblia ha sido utilizada a lo largo de esta historia.

El mundo-caja y el mundo-tienda

La mitología y la literatura de la mayoría de los pueblos antiguos contiene cierto número de referencias cosmológicas. Como ocurre en la Biblia, no suelen ser tratados cosmológicos sistemáticos, sino menciones a veces indirectas. Una antigua adivinanza babilónica comparaba el mundo a una casa. Esta metáfora era un lugar común en la antigüedad. No es una estupidez. ¿Qué es más razonable, al pararse en medio del campo, que pensar en el mundo como una gran habitación con la tierra por suelo y el cielo como techo?

La Biblia no defiende esa idea, simplemente no la cuestiona, no piensa que deba ser criticada. Es la divinización de esos cielos, tierra y ocupantes correspondientes, lo que se machaca sin cesar, los aspectos “científicos” no interesaba discutirlos, y por ello la ciencia de la época sólo aparece tangencialmente (ver mi carta en Alétheia, nº 14, pp. 62-64).

Se ha señalado que la Biblia no concebía el firmamento simplemente como un techo sólido, sino también como una piel. Lo uno no anula lo otro. ¿Contradicción? ¿Paradoja? ¿Absurdo? ¿Y si la Biblia manejase dos modelos diferentes de describir el mundo? Nosotros también tenemos a veces varios modelos para explicar hoy en día un mismo fenómeno. Por una parte, la Biblia concebía el firmamento como suficientemente duro para sostener el abismo acuoso superior, impidiendo el diluvio (Gn. 1:6,7; 7:11; 8:2); pero lo suficientemente flexible como para ser descorrido ante el poder de Dios (Is. 34:4, Ap. 6;14). En cualquier caso, ya se describa el mundo como una sólida caja o como una tienda flexible, se mantiene el paralelismo con la habitación que Dios ilumina, construye con esmero, adorna y finalmente regala a la humanidad (Gn. 1). A pesar de la falta de interés de la mayoría de los textos bíblicos por los detalles “científicos”, hay referencias suficientes (ver mi carta en Alétheia, nº 14, p. 64 para las citas bíblicas) como para hacerse una buena idea de la imagen del mundo entre los hebreos: tierra plana (cuyos bordes eran posiblemente circulares), con columnas por debajo que aseguran su estabilidad y con un cielo como tapa superior (más o menos sólido) apoyado en firmes pilares sobre los bordes de la tierra y por el que se desplazan los astros, un abismo oceánico acuoso rodeando todo el conjunto y compuertas que pueden permitir su irrupción en el mundo tanto a través del cielo como de la tierra.

La Biblia no inventa estas ideas, ni las defiende, ni las ataca, simplemente las usa. Dado que no son divinizadas en las páginas bíblicas, nada impediría que al ser cambiadas según el desarrollo de la cultura, judíos y cristianos continuasen enseñando la fe en el Creador y su obra creadora en el marco de otras cosmologías. Pero ¿qué nos enseña la historia de esto? Los cristianos, no solamente siguieron creyendo durante siglos en la misma cosmología que se refleja en la Biblia literalmente, sino que consideraron que su mantenimiento era un pilar para la fe. Equivocados, convirtieron aquellas referencias cosmológicas dispersas en doctrina. Para muchos, considerar alegorías o metáforas aquellas cosas era un insulto, y no menos el considerar que correspondían a antiguas ideas que no debían ser tomadas en cuenta científicamente. Buscaron la autoridad científica a toda costa, y “consiguieron” la unidad con los científicos por todos los métodos, forzando tanto la ciencia como la Biblia para evitar lo inevitable, el hundimiento de aquel antiguo sistema cosmológico convertido en doctrina cristiana.

Entendimiento y enfrentamiento entre los cristianos y la cultura griega

El consenso universal del mundo como habitáculo, con un cielo apoyado en los extremos de la tierra que mantenía lejos las aguas del océano abismal exterior, y que se mantuvo entre los judíos después del Antiguo Testamento, empezó a cuestionarse pocos siglos antes de Cristo. En Grecia, algunos filósofos y científicos (Anaximandro, los pitagóricos, Platón, Aristóteles, Eratóstenes, etc.) llegaron a la conclusión de que la tierra era curva, tal vez esférica y hasta midieron su radio, e igualmente los cielos que ya no tocarían los bordes de la tierra, siendo también esféricos. Algunos (Heráclides, Aristarco, Seleuco), más audaces, sostuvieron la disparatada idea de que aquella tierra a cuya firmeza cantaron los profetas y salmistas (1 S. 2:8; 1 Cr. 16:30; Sal. 93:1, 96:10) se movía a gran velocidad con varios movimientos. Esta segunda idea no pudo sostenerse con argumentos conclusivos y, dado que además escandalizó a algunos espíritus religiosos del paganismo (por mover el corazón del universo), fue arrinconada, mientras que la esfericidad se abrió camino. Contaba con toda clase de argumentos provenientes de las más variadas ciencias y, en la época del Nuevo Testamento, era parte del saber general de cualquier persona culta.

A los apóstoles no les importaba la forma del planeta, sino su evangelización. Pero el crecimiento de la iglesia permitió la incorporación de muchas personas con toda clase de intereses que se ocuparon de confrontar minuciosamente su fe con la cultura que las rodeaba. Los cristianos, no solamente fueron críticos con los ídolos, las peleas de gladiadores, los ejércitos imperiales, el infanticidio, el aborto o la esclavitud, etc., sino que se plantearon cuestiones de tipo filosófico-científico. Poco a poco se perfilaron dos grandes corrientes. Entre los padres de la iglesia dominaron los que tenían una actitud positiva, desde el respeto hasta el deseo de integración ante la cultura griega, que alimentaba intelectualmente el imperio romano. Justino mártir, Clemente de Alejandría y Orígenes fueron algunos de los cristianos más representativos que, desde el siglo II, transitaron por el camino que había abierto el filósofo judío Filón en el s. I. Platón (s. V-IV a. C.) y Aristóteles (s. IV a. C.) eran los grandes padres de la filosofía y la ciencia, así como de las especulaciones intelectuales sobre la divinidad. En el campo astronómico-cosmológico, Ptolomeo (s. II) sintetizaba siglos de observaciones y teorías sobre el universo en una gran síntesis geocentrista que se mantendría hasta el siglo XVII. La tierra era una esfera formada por tierra, agua, aire y fuego, inmóvil en el centro del universo. Se rodeaba por esferas transparentes en las que se movían el sol, la luna y los planetas, formados todos ellos por un quinto elemento, el éter. Este mundo-cebolla, sólido, compacto, inmutable, nada tenía que ver ya con el pequeño mundo de las culturas precedentes. Fue la primera gran revolución cosmológica. No todos los cristianos estaban dispuestos a aceptarlo.

Una corriente de resistencia se iba formando dentro de la iglesia, en especial en la costa oriental del Mediterráneo. Despreciaban la cultura griega. Renegados de ella, realizaron una crítica feroz hacia la idolatría y allí incluyeron todos los aspectos de esa cultura: desde su religión a su arte, desde su filosofía a su ciencia. Para ellos sólo la Biblia era digna de crédito. En su ataque cometieron un trágico error, saltaron de la teología a la ciencia. Hoy seguimos pagando las consecuencias. Así se expresaba, por ejemplo, Tertuliano (s. II-III):

“¿Qué… tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué concordia hay entre la Academia y la Iglesia? ¿Entre heréticos y cristianos?… ¡Fuera con todos los intentos de producir un cristianismo híbrido de composición estoica, platónica y dialéctica! ¡No queremos extrañas disputas después de poseer a Jesucristo, ninguna indagación después de gozar del Evangelio! Poseemos nuestra fe y no deseamos ninguna otra creencia.” (La prescripción de los herejes. Citado en Francis Oakley. Los siglos decisivos. La experiencia medieval. Alianza Ed., Madrid, 1993, p. 178).

Esta fosa, abierta por Tertuliano, había sido ya trabajada por otros de sus contemporáneos del siglo II. Taciano, en su furibundo Discurso contra los griegos, y Hermias, en su mucho más feroz Escarnio de los filósofos paganos, atacan sin piedad a las glorias del mundo griego. Después de afirmar que “la sabiduría de este mundo tuvo principio de la apostasía de los ángeles” (Escarnio, 1. Ver en Daniel Ruíz Bueno. Padres apologistas griegos (s. II). B.A.C., Madrid, 1954, p. 879), Hermias pasa revista a los más célebres griegos: Empédocles, Anaxágoras, Parménides, Anaxímenes, Protágoras, Tales, Anaximandro, Platón, Aristóteles, Leucipo, Demócrito, Heráclito, Epicuro, Pitágoras… Pero estos mismos personajes, cuyas doctrinas filosófico-religiosas eran aquí parodiadas (en algunos casos con mucha razón), también fueron en algunos casos iniciadores de la nueva cosmología. Finalmente, estos teólogos, Biblia en mano, tomaron por asalto la cosmología. Lactancio (s. III-IV) creía que la idea de la existencia de habitantes en las antípodas era absurda, pues tendrían que vivir cabeza abajo. Para mejor destruir esa idea lanzaba su ataque hacia lo que creía que era el origen de ese disparate, la creencia en la esfericidad terrestre:
“[…]. Y de la aceptación de la redondez del cielo se seguía que la tierra tenía que estar encerrada en la mitad de la cavidad del cielo. Y, si esto es así, también la tierra es semejante a una esfera, ya que no puede suceder que no sea redondo lo que está encerrado en algo redondo. […]. De esta forma, a partir de la redondez del cielo se descubrió la existencia de esos antípodas colgantes. […].
No sé qué decir de estos que, tras haber errado una vez, perseveran constantemente en su estolidez y defienden, a partir de un absurdo, otro absurdo; sólo diré que pienso que éstos o bien filosofan por diversión o bien si son inteligentes y conscientes, que han aceptado la defensa de mentiras, como si quisieran ejercer y demostrar su talento con el tratamiento de argumentos absurdos. […].” (Instituciones Divinas III, 24. Ed. Gredos, Madrid, 1990, pp. 323, 324).

Los argumentos a favor de la esfericidad terrestre eran mucho más sólidos que todo eso; pero muchos escritores cristianos los ignoraron sistemáticamente. El avance del cristianismo y el declive de la cultura griega hizo que poco a poco fueran cayendo en el olvido muchos logros de la ciencia antigua. Ciertos ambientes orientales hacían lecturas cada vez más literales de la Biblia y se fue creando una tradición que recuperaba la idea de un mundo-caja. Finalmente la lucha estalló en el siglo VI.

Cosmas contra Filopón: el debate sobre la herencia cosmológica griega y la síntesis escolástica

Tras la caída del imperio romano occidental, el oriental vive un nuevo esplendor. En la Alejandría del siglo VI quedaba tiempo para las disputas teológicas entre nestorianos, monofisitas y católicos. Filopón era un hombre de amplia cultura, cuyo cristianismo no renunciaba a la filosofía. Sin embargo, se adelantó un milenio a la historia y, en nombre de la Biblia y de la razón, criticó a Aristóteles sin piedad, desacralizando el universo y eliminando los restos divinos que quedaban en el cielo del sistema aristotélico. Todo son criaturas creadas por Dios y el Sol no es más que un fuego (las lámparas de Gn. 1 seguían inspirando filosofía). Mientras los pocos filósofos paganos restantes (como Simplicio) se escandalizaban, para Cosmas eso no era suficiente. Este viajero cristiano sintetiza toda una serie de tradiciones cosmológicas que hemos venido exponiendo (además de los autores antes mencionados, otros más sostenían que la tierra era plana, Cirilo de Jerusalén (s. IV), Diodoro, obispo de Tarso, (s. IV), etc.) en una obra que ha pasado a la historia: Topografía cristiana. ¿Objetivo? Los paganos y los “falsos cristianos” que afirmaban la esfericidad de la tierra. El conflicto estaba servido. Cosmas lanza toda su artillería bíblica contra ellos. Para él el mundo es como una caja de fondo plano y rectangular, rodeado por el océano y con la tapa del cielo (véase la figura adjunta). Esta verdad cosmológica, según Cosmas, fue revelada a Moisés, pues el tabernáculo se inspiraba en la forma del universo. Era su representación revelada por Dios. Un diluvio de citas bíblicas y de varios padres de la iglesia anteriores le avalaban. Frente a ellos, cualquier argumento astronómico de una filosofía y ciencias paganas en retroceso, apenas si podían considerarse rivales relevantes (1). Si las citas que van a continuación consiguen sonrojar en algo al lector, este artículo habrá merecido la pena:
Esquema del mundo según Cosmas. Se puede ver a la izquierda la entrada del Mar Mediterráneo y al norte una gran montaña que estaría situada en Europa. La parte superior del cosmos está curvada dando una forma de cofre al conjunto. En la base de esa tapa curva, Cosmas situaba un cielo plano, el firmamento, que producía así dos espacios superpuestos sobre la superficie terrestre. Tomado de Topographie chrétienne, op. cit., p. 557.

“4. Existen cristianos de apariencia que, sin tener en cuenta la divina Escritura, a la que desdeñan y menosprecian como los filósofos no cristianos, suponen que la forma del cielo es esférica, inducidos al error por los eclipses del sol y de la luna. Por tanto, he dispuesto toda la materia de la obra de forma apropiada en cinco libros. En primer lugar, pensando en dichos cristianos extraviados, he compuesto el libro I, para demostrar que es imposible que cualquiera que tenga la voluntad de ser cristiano se deje extraviar por el error especioso de los no cristianos, mientras que la divina Escritura presenta otras teorías. En efecto, si alguien quisiera escudriñar a fondo las teorías paganas, no encontraría nada más que ficciones y sofismas fabulosos, absolutamente imposibles. 5. Pues, (para responder) a la pregunta del cristiano que necesariamente va a preguntar: una vez extirpados esos errores, ¿cuáles son las verdaderas teorías para sustituirlos?, he escrito el libro II, que presenta las teorías cristianas a partir de la divina Escritura, da a conocer la forma del universo, y (muestra) que algunos de los no cristianos antes tenían nuestra misma opinión. A continuación, suponiendo que alguno objetara, perplejo: ¿Cómo se sabe que Moisés y los profetas dicen la verdad presentando esta clase de ideas?, el libro III demuestra que Moisés y los profetas son dignos de fe, que ellos no hablaron por su propia cuenta, sino inspirados por la revelación divina, y que puestos a prueba en sus obras y en sus hechos, los escritores del Antiguo como los del Nuevo Testamento han presentado las cosas tal como ellos las han visto anticipadamente (por revelación); (este libro explica) además cuál es la utilidad de las formas del universo, y de dónde ha tomado su principio y su origen la hipótesis de la esfera. A continuación, una vez más, dirigiéndome a los que desean instruirse visiblemente sobre el tema de las formas (del universo), he compuesto el libro IV, que es una recapitulación concisa, con ilustraciones, de las teorías expuestas precedentemente, también con una refutación de la esfera y de los antípodas. 6. En fin, para el que busca instruirse sobre las teorías cristianas se ha compuesto el libro V: hay que conocer que esto no se funda en ficciones de nuestra propia invención, ni es en fábulas de invención reciente donde fundamos nuestra exposición y nuestra ilustración, sino en la revelación y en el orden de Dios, demiurgo del universo; porque hemos meditado sobre la imagen del conjunto del universo, es decir, sobre el tabernáculo construido por Moisés, que el Nuevo Testamento concuerda en calificar de copia del universo; partiéndolo por medio de un velo, Moisés hizo, de uno sólo, dos tabernáculos, lo mismo que Dios, en el origen, había partido, por medio del firmamento, el espacio único, que había entre la tierra y el cielo, en dos espacios; en el tabernáculo hay un tabernáculo exterior y un tabernáculo interior; en el universo hay un espacio inferior y un espacio superior; el espacio inferior es este mundo, y el espacio superior es el mundo que vendrá, donde Jesucristo según la carne, resucitado de entre los muertos, entró el primero de todos, y donde los justos entrarán más tarde a su vez.” (Cosmas Indicopleustes. Topographie chrétienne, prólogo, 4-6. Wanda Wolska-Conus (ed.). Les Éditions du Cerf, Paris, 1968, tomo I, pp. 264-268).

“2. Por el contrario, los que están adornados con la sabiduría de este mundo y se fían de los argumentos especiosos de su propia razón, para comprender la forma y la posición del universo, se burlan de toda la divina Escritura catalogándola como un conjunto de mitos; consideran a Moisés, a los profetas, a Jesucristo y a los apóstoles como charlatanes e impostores y, levantando orgullosamente las cejas, como si ellos fueran muy superiores en sabiduría al resto de la humanidad, atribuyen al cielo la forma esférica y el movimiento circular; se esfuerzan en comprender la posición y la forma del universo a partir de los eclipses del sol y de la luna, para reforzar métodos geométricos, cálculos astronómicos, juegos de palabras y engaño profano; engañadores y engañados afirman que estos fenómenos no pueden producirse con otra forma (que no sea la esférica). […].
“3. Pero los que quieren ser cristianos y desean también adornarse con elocuencia, sabiduría y cosas engañosas de este mundo, cuando ellos rivalizan entre sí para recibir a la vez los principios cristianos y los principios paganos, parece que no difieren en nada a la sombra que se produce por la interposición de un cuerpo delante de la luz; […]. 4. Dirijo mi discurso a éstos, sobre los cuales la divina Escritura dice que han llegado a ser parecidos a los extranjeros establecidos antiguamente en Samaria: “Ellos temían a Dios al mismo tiempo que adoraban y sacrificaban en los lugares altos.” Uno no se equivocaría llamándoles hombres con dos caras; ellos quieren estar a la vez con nosotros y con los paganos; la renuncia a Satán que proclamaron en el momento de su bautismo, la abjuran ahora y se vuelven a él. […].” (Idem, I, 2-4, pp. 274, 276).

“100. Puesto que una gran esperanza se presenta a los cristianos, a saber, que los ángeles, los hombres y la creación entera serán cambiados a una condición mejor y dichosa, ¿quién será el malvado e impío capaz de despreciar esta esperanza y apoyarse en la nueva y engañosa vanidad de los no cristianos? El tal oirá en el día terrible las palabras del Juez: «En verdad, os digo, no os conozco. Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad.» Y en verdad es una gran iniquidad desechar las palabras de Dios y, en contra de estas palabras, atribuir al cielo una forma esférica [nota: porque parece imposible colocar el reino de los cielos en una esfera].” (Idem, II, 100, pp. 418).

“4. He aquí el primer cielo en forma de bóveda, creado en el primer día al mismo tiempo que la tierra, referente al cual Isaías dice: «El que levanta el cielo como una bóveda.» (Is. 40:22). Por el contrario, el cielo unido a media altura al primer cielo, el cielo creado en el segundo día, es al que se refiere Isaías diciendo: «Él lo extiende como un tabernáculo para que se habite en él.» (Is. 40:22). Por otra parte, David dice: «Él extiende el cielo como una piel.» (Sal. 103:2) y, explicándose con más claridad todavía, precisa: «Él pone un techo de aguas a sus aposentos superiores.» (Sal. 103:3). 5. Como la Escritura menciona además las extremidades del cielo y las extremidades de la tierra, esto no se puede concebir sobre una esfera. […].” (Idem, IV, 4, 5, pp. 538, 540).

Por fortuna, Cosmas no fue unánimemente seguido, al menos en la iglesia occidental (tuvo más eco en oriente), que prefirió seguir a Ambrosio de Milán (s. IV), Agustín de Hipona (s. IV-V), Isidoro de Sevilla (x. VI-VII) o Beda el Venerable (s. VII-VIII), que retuvieron diferentes elementos de la cosmología griega, aunque no sin ciertas dudas. Agustín se refería a aquellos que se preguntaban “cuál debe creerse que es la forma y figura del cielo, de acuerdo con la Sagrada Escritura”, y frente a ellos hacía gala de su ignorancia sin complejos, pero afortunadamente, sin condenar ninguna opinión: “Pues, ¿qué me importa a mí si el cielo, como una esfera, rodea por todas partes a la tierra, colocada en el centro del universo, o si la cubre sólo por una parte, desde arriba, como un disco?”. Con el mismo sentido práctico rechazaba entrar en otras polémicas semejantes a propósito de la compatibilidad del movimiento del cielo y de su denominación como “firmamento”. (Sobre el Génesis en sentido literal, II, 9. Citado en Galileo Galilei. Carta a Cristina de Lorena y otros textos sobre ciencia y religión [preparado por Moisés González]. Alianza Ed., Madrid, 1987, pp. 71, 72). Pero los temibles precedentes que habían sido ya sembrados no desaparecieron. Algunos mantendrían su desprecio teológico por la ciencia durante siglos, como Pedro Damián (s. IX):
“Platón escruta los secretos de la misteriosa naturaleza, fija los límites de las órbitas de los planetas y calcula la trayectoria de los astros: lo rechazo con desprecio. Pitágoras divide en latitudes la esfera terrestre: le hago muy poco caso (…) Euclides se inclina sobre los embrollados problemas de sus figuras geométricas: también lo mando a paseo; en cuanto a todos los retóricos, con sus silogismos y sus especulaciones sofísticas, los descalifico como indignos de tratar esta cuestión.” (Citado en Pierre Thuillier. De Arquímedes a Einstein. Tomo 1. Alianza Ed., Madrid, 1988, pp. 99-101).

Afortunadamente, otros destacados cristianos denunciaron la herencia de Cosmas. El patriarca de Constantinopla, Focio (s. IX) comentó así la obra de Cosmas:

“Siendo vulgar en la expresión, ignora hasta la sintaxis común; además, expone hechos inverosímiles según la ciencia. También es justo considerar a este hombre como un autor de fábulas más que como un testigo veraz. Los dogmas que él discute son los siguientes: el cielo no es esférico, y tampoco la tierra, pero el primero es como un edificio abovedado, la otra es un rectángulo, y las extremidades del cielo están pegadas a las extremidades de la tierra; todos los astros se mueven porque unos ángeles les aseguran su movimiento, y otras cosas del mismo estilo. […].
[…]. El profesa también otras cosas absurdas.” (Fotio, Biblioteca, codex 36. Citado en Topographie Chrétienne, op. cit., p. 116).

A pesar de la enorme contradicción entre el modelo bíblico y el griego que estas luchas manifestaban, los escolásticos medievales occidentales se las ingeniaron (silenciando unos textos, forzando otros, etc.) para encajar ambas cosmologías, sin querer renunciar claramente a ninguna. Se aceptó la esfericidad terrestre y celeste. La inmovilidad de la tierra estaba garantizada por los griegos que habían rechazado a sus compatriotas que creían en el movimiento de nuestro planeta. Las referencias a un cielo sólido como tapa de la tierra se aplicaron a las sólidas esferas celestes de Aristóteles. El movimiento de los astros se atribuyó a los ángeles (siguiendo a Cosmas y a autores anteriores, a pesar de Filopón). De las columnas de la tierra o de los cielos nadie se acordó, las aguas superiores se identificaron con las nubes (aunque estas dos cosas eran claramente diferenciadas en el Antiguo Testamento) y el conflicto se fue olvidando. La fe y la razón/ciencia habían llegado a una nueva unidad tras más de mil años de problemas…

Las revoluciones del siglo XVI

El siglo XVI no iba a ser sólo el de la reforma teológica. Varios cometas perturbaron los cielos inmutables de los aristotélicos. ¿Cómo podrían los cometas atravesar las duras esferas? Tycho Brahe y otros astrónomos llegaron a una conclusión espectacular. El cielo no era sólido. De repente los astros se vieron libres. Los orbes cristalinos que los oprimían fueron declarados inexistentes. Aristóteles se agrietaba. ¿Y la Biblia? ¿No se habían usado sus citas mil veces para apoyar esos cielos sólidos? La difícil unidad entre teólogos y científicos se vino a bajo. Los astrónomos y los teólogos se esforzaban en dar una salida a los textos bíblicos sobre el firmamento. Pero antes de que pudiesen encajar este mazazo, los seguidores de Copérnico esparcían por Europa las enseñanzas del maestro que poco antes había removido una tierra que, como los demás astros flotaba ahora libremente en el espacio. El tercer gran modelo cosmológico de la historia estaba naciendo: más trabajo para los apologistas cristianos. Las componendas entre la cosmología bíblica y la nueva ciencia no eran ya posibles. Los científicos rebuscaron la bibliografía cristiana en busca de argumentos que apoyasen la interpretación de los pasajes bíblicos de formas no científicas. Mientras, los teólogos se prepararon para la defensa. Lutero llamó, a Copérnico:

“…astrólogo advenedizo que pretende probar que es la Tierra la que gira, y no el cielo, el firmamento, el Sol o la Luna […]. Este loco echa completamente por tierra la ciencia de la astronomía, pero las Sagradas Escrituras nos enseñan que Josué ordenó al Sol, y no a la Tierra, que se detuviese.” (Citado en Nicolás Copérnico, Thomas Digges y Galileo Galilei. Opúsculos sobre el movimiento de la Tierra [preparado por Alberto Elena]. Alianza Ed., Madrid, 1986, p. 8).

Melanchton sugirió que las autoridades civiles deberían tomar cartas en el asunto y “deberían poner freno al desencadenamiento de los espíritus.” (Ibídem). Desde la Roma católica, Tolosani, piadosamente escandalizado, escribió un manuscrito (que la muerte le impidió publicar) en el que condenaba a Copérnico. Mientras, los amigos luteranos del canónigo católico Copérnico (entre los que se hallaba su único discípulo, Retico), imprimían sus obras, las estudiaban y exploraban vías de conciliación entre ciencia y fe que no pasaran ya simplemente por una nueva unidad, sino por el reconocimiento de la imposibilidad de reconciliar las ideas bíblicas con la nueva cosmología. Retico escribió un “Tratado sobre la Sagrada Escritura y el movimiento de la tierra”, y el obispo católico Giese tuvo que redactar una obra (perdida) en defensa de su amigo Copérnico.

Poco después Brahe y Rothmann, dos grandes astrónomos protestantes, mantenían un apasionado debate epistolar. El primero había destruido las esferas celestes; pero, con la Biblia en la mano, no se atrevía a mover la tierra. El segundo quería aplicar la misma solución del problema ciencia y fe dado para justificar las referencias al sólido firmamento, a otros campos de la cosmología, como el movimiento de la tierra.

Curiosamente fue Calvino, que nunca profesó el copernicanismo, quien relanzó la vieja tesis, ya utilizada por teólogos como Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, de la teoría de la acomodación, según la cual el Espíritu Santo se acomoda a la mentalidad de cada época en que se revela, especialmente en temas teológicamente sin importancia como es la cosmología. Sorprende que idea tan simple no se haya extendido más. El luterano Kepler y el católico Galileo la aceptaban con entusiasmo (como habían hecho Retico y Rothmann), el segundo la sintetizaba en 1615 citando al cardenal Baronio que había afirmado: “la intención del Espíritu Santo era enseñarnos cómo se va al cielo, y no cómo va el cielo.” (Citado por el propio Galileo en Carta a Cristina de Lorena y otros textos sobre ciencia y religión, op. cit., p. 73). Pero el literalismo no había muerto. Para el cardenal Bellarmino, máxima autoridad teológica en Roma, al igual que no podía afirmarse que “Abraham no tuvo dos hijos y Jacob doce” tampoco podría negarse que “el Sol está en el cielo y gira a gran velocidad en torno a la Tierra, y que la Tierra está muy alejada del cielo y está inmóvil en el centro del mundo.” Pues si bien ambos casos no eran “materia de fe”, “lo uno y lo otro lo dice el Espíritu Santo” (Citado en Carta a Cristina de Lorena y otros textos sobre ciencia y religión, op. cit., p. 112). Por ello, el copernicanismo fue condenado en 1616 por la Inquisición, en nombre de la filosofía aristotélica y de la inspiración divina de la Biblia. La reincidencia de Galileo en su defensa del movimiento de la tierra le acarrearía una vergonzosa abjuración y la prisión perpetua en su casa desde 1633 hasta su muerte en 1642.

Nuestra herencia

Mientras los astrónomos católicos (especialmente jesuitas) se debatían entre sus propias contribuciones a la ciencia moderna y su filosofía aristotélica protegida por los decretos inquisitoriales, los protestantes publicaban las obras de Galileo y, tras acabar con las resistencias teológicas iniciales, alcanzaban una nueva unidad con la física newtoniana. La nueva paz en ciencia y fe construida en la Inglaterra del siglo XVII acabaría naufragando con las polémicas darwinistas del siglo XIX, y en el siglo XX el “divino” Newton pasaría a la historia de la física. Hoy algunos siguen buscando una falsa solución, encajando a golpes la ciencia actual con la cosmología de la edad de bronce que se refleja en el Antiguo Testamento o estirando la Biblia para recubrir los más recientes descubrimientos científicos. Debemos, pues, comprender que no tiene sentido continuar intentando buscar una explicación para la cosmología bíblica. No es posible seguir forzando la ciencia, la Biblia o ambas para intentar unificar la cosmología bíblica y la de la ciencia actual. No nos es posible “salvar” la cosmología bíblica. Pero esto no debe sorprendernos. Cristo envió a sus discípulos a predicar la buena nueva del Evangelio, no de la antigua cosmología hebrea. Leer en la Biblia sobre las columnas del cielo no nos debería sorprender ni intranquilizar más que leer que los barcos navegaban a vela y no con hélice.

Lo interesante de este enfoque es que, paradójicamente, nos permite hacer una lectura del texto más literal que la de cualquier literalista. No necesitamos estirar el significado de las palabras hebreas para leer en ellas veladas referencias a la ciencia de más “rabiosa” actualidad. Paralelamente, tampoco tenemos que diluir por completo esas palabras para convertirlas en etéreas referencias poéticas o alegorías teológicas sin ninguna relación con la realidad del mundo creado. Podemos aceptar, sin problemas, que el trasfondo de las referencias a las aguas superiores era un océano que literalmente rodeaba la tierra. Que luego esa idea se usara con intenciones más metafóricas que realistas es otro asunto; pero nadie puede hacer una metáfora usando un concepto que desconoce (¿podría alguien que no conoce la existencia del trigo comparar una melena rubia con este cereal?). De esta manera no tendremos que forzar la Biblia y la ciencia para explicar esas aguas como nubes, ángeles, efectos invernadero primitivos, aguas extraterrestres, etc. No deberíamos luchar por mantener la ciencia hebrea del Antiguo Testamento, como no intentamos revivir su agricultura, su ganadería, su arquitectura, su medicina, su metalurgia, su náutica…

De Lactancio a hoy, pasando por Cosmas y la inquisición: casi 2000 años de disparates en ciencia y fe. ¿Dejaremos ya de hacer el ridículo y de poner en peligro la respetabilidad de la Biblia? ¿Continuaremos buscando las aguas sobre el firmamento? ¿Reconoceremos que no es posible ni necesario reconciliar la cosmología bíblica con la ciencia de ninguna época histórica pasada, presente o futura?


“Pues sucede con frecuencia que el cristiano no tiene suficientes conocimientos sobre la tierra; el cielo; los restantes elementos de este mundo; el movimiento; el curso; magnitud e intervalos de las estrellas; sobre los eclipses de sol y de luna; sobre los períodos de tiempo y años; sobre la naturaleza de los animales, plantas y piedras, y sobre otras cosas, hasta el punto que necesita una prueba muy segura o una experiencia. Pero es vergonzoso y pernicioso, y se debe evitar al máximo, que cualquier no creyente al oír a un cristiano hablar de estas cosas de acuerdo con la Sagrada Escritura, pero diciendo tonterías y equivocándose completamente, apenas pueda contener la risa; y no es tan molesto el que un hombre que comete errores sea objeto de burla, pero sí lo es que se crea [por] parte de los que están fuera que nuestros autores sagrados han opinado tales cosas y, con gran daño para aquellos de cuya salvación nos preocupamos, sean censurados y rechazados por incultos. Pues cuando descubren que alguno de los cristianos se equivocan en un asunto que ellos conocen de maravilla y dan una opinión falsa sobre nuestros libros sagrados, ¿cómo van a creer y confiar en aquellos libros en temas como la resurrección de los muertos, la esperanza de la vida eterna y el reino de los cielos si pensaron que se habían escrito cosas erróneas sobre asuntos que pudieron comprobar experimentalmente y percibir con pruebas irrefutables?” (Agustín de Hipona, Sobre el Génesis en sentido literal, I, 18 y 19. Citado por el propio Galileo en Carta a Cristina de Lorena, op. cit., p. 91).

“Cuando Fromondo u otros hayan proclamado que decir que la tierra se mueve es herejía, si las demostraciones, las observaciones y las necesarias verificaciones demuestran que se mueve, ¿en qué dificultad se habrán puesto a sí mismos y habrán colocado a la Santa Iglesia?” (Galileo, en una carta a Elia Diodati de 1633. Citado en Ludovico Geymonat. Galileo Galilei. Ed. Península, Barcelona, 1986, p. 82).

Nota: los textos de Cosmas han sido traducidos del frances por mi padre, Pedro de Felipe, al que agradezco su esfuerzo entusiasta.

(1) Por la misma época, en textos talmúdicos y otros comentarios judíos, se seguían manteniendo las tradiciones cosmológicas que contenían una imagen del mundo muy similar, con la tierra plana y uno o varios cielos como pisos superpuestos hasta llegar a Dios.

http://www.centroseut.org/cienciayfe/Apuntes_cosmologia.htm

El De Revolutionibus de Copérnico: la gestación de un libro que cambió la ciencia y la teología

El De Revolutionibus de Copérnico: la gestación de un libro que cambió la ciencia y la teología

Pablo de Felipe
Publicado en Historia para el debate (2001) 6:48-56.

Es el mes de mayo del año de Nuestro Señor de 1539. Un viajero cruza las calles de la pequeña ciudad polaca de Frombork. Lleva muchos días de un largo y cansado viaje a sus espaldas; pero ahora sabe que ha llegado a su meta final. El joven matemático de veinticinco años, Georg Joachim von Lauchen Rheticus, graduado de Wittenberg en la promoción de 1536 como maestro en artes, podrá conocer, por fin, al astrónomo más misterioso de Europa. El anciano Copérnico, a sus 66 años, lleva más de 30 años persiguiendo un sueño milenario. Frente a las imperturbables estrellas, cuyas costelaciones se mantienen perpetuamente, los planetas, estrellas errantes, se mueven siguiendo caminos extraños y difíciles de explicar con fórmulas matemáticas simples. El antiguo sabio griego Platón había propuesto a sus discípulos, casi 2000 años antes, encontrar fórmulas que explicasen las observaciones astronómicas de los planetas. Cinco siglos más tarde, Ptolomeo, en la era de Roma, consiguió dar con una buena, aunque compleja, solución. La Tierra sería una esfera situada en el centro del mundo que el Sol, la Luna y los planetas rodearían con complejos movimientos circulares. No era un modelo perfecto, pero ni los demás astrónomos de la antigüedad clásica, ni los musulmanes, ni los europeos medievales habían podido mejorarlo de una manera sustancial.

A principios del siglo XVI, Nicolás Copérnico había sido un joven estudiante polaco, junto a su hermano Andrés, en la brillante Italia renacentista. Enviado allí para completar su formación universitaria por su tío y mentor, el obispo de la región polaca de Warmia, Lucas Watzenrode, estudió leyes y medicina, demostrando gran interés por la astronomía. Tras esto, Copérnico retornó a su tierra natal, en la que había obtenido, mientras estudiaba, los cargos eclesiásticos de la canonjía de Warmia y la escolanía de la iglesia de Santa Cruz de Wroclaw. No volvería a salir de Polonia. El obispo Watzenrode hizo de Warmia una región de gran importancia. Sus buenas relaciones con el Papa permitieron cimentar su posición como señor casi absoluto de Warmia, que dirigía desde el castillo de Lidzbark, frente a las pretensiones de los reyes polacos. Allí, el joven Copérnico trabajó para su poderoso tío (del que sería secretario y médico) y sus sucesores, realizando multitud de tareas técnicas, desde encargarse de las cuentas e investigar problemas monetarios, a preparar la defensa frente a los caballeros teutones que querían dominar aquellas tierras, pasando por labores médicas o la elaboración de mapas. Todo un hombre del Renacimiento digno de su formación universal italiana. Mientras, recorría Polonia con su tío asistiendo a los más variados actos públicos. Todo anunciaba un brillante porvenir para el favorito del poderoso obispo.

Y fue entonces cuando su mente, que nunca había olvidado la astronomía, fue dominada por una idea gigantesca muy alejada de la política y la administración: mejorar el sistema del mundo de Ptlomeo. Y para ello concibió un nuevo sistema, en buena parte ya propuesto por unos pocos sabios griegos antiguos; pero que fue abandonado por resultar totalmente increíble y carente de pruebas. Hacia 1507 las ideas de Copérnico quedaron plasmadas en un pequeño folleto llamado Breve exposición de las hipótesis de Nicolás Copérnico acerca de los movimientos celestes, que circuló en copias manuscritas entre amigos y conocidos[1]. Copérnico proponía una auténtica locura, situar el sol en el centro del mundo, y la tierra y los demás planetas circulando a su alrededor. Y es más, no se trataba de una mera especulación filosófica, sino que prometía una obra más extensa donde se expondrían las pruebas y demostraciones matemáticas correspondientes. A la muerte de su tío en 1512, Copérnico se había instado ya en la ciudad de Frombork, junto a la desembocadura del Vístula en el Mar Báltico, a la que años más tarde denominaría “remotísimo rincón de la tierra” y de la que apenas saldría ya. El astrónomo vería a tres obispos más en Warmia, para los que seguiría trabajando incansablemente; pero él nunca llegaría al obispado.

En 1513, el obispo de Fossombrone, Pablo de Middelburg, escribió a Copérnico para invitarle a participar en la reforma del viejo calendario de Julio César que se hacía ya urgente. Debió comenzar por entonces la redacción de la que sería su gran obra, De revolutionibus (Sobre las revoluciones). Pablo de Middelburg informó al Papa León X, en 1516, de los escritos recibidos en el Concilio de Letrán, incluyendo el de Copérnico, insistiendo en la necesidad de una reforma del calendario.[2] Copérnico, completamente solo, avanzaba lentamente en su gigantesco proyecto. Y, sin embargo, el trabajo se iba completando, a la vez que las noticias iban pasando de boca en boca entre los ambientes cultos europeos. Su fama crecía; pero su gran obra permanecía oculta. Hacia 1530 estaba terminada. La noticia llegaría hasta Roma, dónde el jurista y secretario papal, Johann Albrecht Widmanstadt la expondría al pontífice Clemente VIII en 1533, y éste, en agradecimiento, le regaló un preciado manuscrito griego. Un par de años más tarde, el geógrafo, astrónomo, canónigo de Cracovia y secretario del rey Segismundo I de Polonia, Bernhard Wapowski, visitó a su amigo Copérnico, enviado por el diplomático vienés Herberstein, para conseguir un nuevo almanaque realizado según el nuevo sistema del mundo, que sería de gran utilidad a los astrólogos en sus cálculos astronómicos[3]. En 1536, el gran amigo de Copérnico, Tiedemann Giese (que llegaría a ser obispo de Chelmno en 1538 y de la propia Warmia en 1548), publicó un libro defendiendo a Copérnico en el que se citaba una opinión favorable del influyente Erasmo de Rótterdam, que se manifestó nuevamente de forma favorable a Copérnico antes de su muerte ese mismo año.[4] Un apoyo todavía más significativo vendría de parte del dominico Nikolaus von Schonberg, cardenal de Capua, que ese mismo año le escribió desde Roma para animarle a publicar su obra; pero Copérnico no estaba dispuesto a sacarla a luz de inmediato. Esperaba una gran oportunidad que no llegaba…

Rheticus hace memoria de su viaje mientras se dirige hacia la casa del maestro Copérnico. Hace meses que salió de la Universidad de Wittenberg, con el apoyo del reformador Melanchthon, mano derecha de Lutero, reorganizador de las universidades protestantes alemanas y aficionado a la astronomía. El mismo que le había promocionado a un puesto para enseñar matemáticas y astronomía en la Universidad de Wittenberg a partir de su graduación en 1536. Y fue así como en el otoño de 1538, se dirigió hacia el sur para curzar Alemania y conocer a algunos de los más famosos astrónomos de Europa. En Nuremberg, visitó a Johann Schöner, astrónomo, astrólogo y geógrafo. Schöner estaba ocupado, entre otros proyectos, en la publicación de los manuscritos inéditos de Johannes Müller de Königsberg (Regiomontanus), uno de los más famosos astrónomos del siglo anterior. Para ello contaba con la inapreciable ayuda de Johannes Petreius, uno de los más destacados impresores de la época, entre cuyas publicaciones destacaron libros académicos, científicos, teológicos, etc. A través de Schöner, Rheticus conoció al impresor, y parece que Rheticus hubiese pasado a ser una especie de agente de Petreius, pues en sus siguientes visitas contactó con diferentes autores que habían publicado para él. Pero Rheticus conocería todavía a una persona más, que marcaría su vida, el teólogo luterano y aficionado a la astrología, astronomía y matemáticas, Andreas Osiander, conocido como reformador de Nuremberg[5]. De allí había continuado viaje a Ingolstadt donde se había entrevistado con Peter Apianus. En Tubinga conoció a Joachim Camerarius, que había preparado con Petreius la publicación del gran libro de Ptolomeo sobre astrología (Tetrabiblos). Todavía había continuado su viaje hasta Feldkirch para visitar a uno de sus antiguos profesores, Achilles Pirmin Gasser, un médico interesado en la astrología y la geografía. A partir de allí habían terminado las visitas en territorio alemán a amigos o amigos de amigos y se había dirigido hacia las frías tierras del noreste, con un cargamento de valiosos libros para el maestro Copérnico que incluían textos clásicos, europeos medievales e islámicos (Ptolomeo, Regiomontanus, Apianus, Witelo, Jäbir ibn Aflash, etc.). Por delante tenía doce meses para trabajar con el maestro.

Polonia había sido un campo de batalla durante mucho tiempo para los alemanes. Los polacos conocían muy bien a los caballeros teutones que llevaban siglos intentando hacerse un hueco en aquel lugar con la persistente oposición polaca. De origen alemán, y aparecidos durante la época de las cruzadas, los miembros de la Orden Teutónica llegaron a tierras polacas por iniciativa de sus propios gobernantes, que necesitaban una mano dura para controlar a los paganos que habitaban aquellas lejanas regiones prusianas. Finalmente obtuvieron a cambio tierras en vasallaje y se prepararon para quedarse, con el apoyo papal y del emperador alemán, pese a la animadversión de los polacos. Su centro lo establecieron en la estratégica ciudad de Torún, puerto comercial del Vístula, que llegaría a ser cuna de Copérnico. Pero a las viejas rivalidades de vecinos, ahora se unía una diferencia mayor. Gran parte de Alemania se había pasado a la Reforma Protestante que naciera de las ideas del teólogo Martín Lutero en Wittenberg. Aunque había una cierta influencia luterana en Polonia, el país seguía siendo mayoritariamente fiel al Vaticano, sin embargo, existían contactos. Petreius todavía recordaba al obispo polaco Johannes Dantiscus, que había contactado con los reformadores en Wittenberg, entre ellos Melanchton en 1523, y que había financiado una traducción de los Salmos del hebreo al latín, que salió de su imprenta en 1532. Pero Dantiscus llegó a ser obispo de Warmia en 1536 y su tolerancia empezó a cambiar. Las últimas noticias indicaban un brote de persecución hacia los luteranos tras la publicación en marzo de un mandato “contra la herejía”. Ahora un matemático luterano alemán de la Universidad de Wittenberg iba a visitar a un clérigo católico polaco, empleado de este obispo, y que se había destacado organizando la resistencia frente al asedio de los caballeros teutones…

Finalmente, Rheticus llegó a la casa del maestro. La cálida acogida de éste, aseguró a Rheticus que estaba ante un amigo. La ciencia iba a unir allí donde la nacionalidad y la doctrina religiosa dividían. Copérnico había soñado con este momento durante años. Aislado en aquel confín del mundo, ya casi había perdido la esperanza de poder encontrar a otro colega con quien trabajar en el proyecto de su vida; pero, finalmente, allí estaba aquel joven, lleno de talento y completamente abierto a cualquier nueva idea, deseoso de embarcarse hacia nuevos mundos. Mientras Copérnico acariciaba las páginas de los libros traídos por Rheticus, éste leía con avidez el manuscrito del maestro.

La vida de Rheticus había cambiado para siempre, acababa de embarcarse en la mayor aventura de su vida. El discípulo leyó y leyó sin parar. Era el primer hombre que podía estudiar con detalle el secreto científico mejor guardado de Europa. En tres meses, se había hecho ya una idea de las dimensiones reales de la obra de Copérnico. El entusiasmo era mutuo, Rheticus era el primer copernicano de la historia, y Copérnico podía empezar a soñar con que su obra no quedaría en el olvido y podría ver la luz. Como en visitas anteriores, en las que Rheticus había conocido a los amigos de sus maestros, el maestro Copérnico le presentó a su amigo más entusiasta, el obispo de Chelmno, Tiedemann Giese, que tanto le había animado durante años a proseguir con su trabajo, y a quien visitaron durante unos días de descanso. Giese era una persona de carácter tolerante y pacífico, que pretendía un entendimiento con los luteranos en un libro escrito en 1525, animado precisamente por Copérnico. De hecho, había enviado en 1536 un nuevo libro a Erasmo y Melanchthon pidiendo sus opiniones. Eran los tiempos, anteriores al Concilio de Trento, en los que todavía muchos intelectuales confiaban en encontrar una solución a la división abierta por la Reforma luterana. Más de treinta años después, el sucesor de Giese en el obispado (Stanislaus Hosius) diría que en esa obra se encontraban “herejías horribles” (el paso de la Contrarreforma dejaba sus huellas).

Por fin había llegado la hora de sacar a la luz el saber oculto de Copérnico, y el maestro autorizó a su único discípulo a publicar un resumen introductorio de su obra, que llevaría un título acorde con la longitud y pompa de los de la época: Primer informe a Johann Schöner sobre los Libros de las Revoluciones por el docto caballero y matemático distinguido, el Reverendo Doctor Nicolaus Copernicus de Torun, Canon de Warmia, por cierto joven devoto de las matemáticas[6]. La obra estaba lista en septiembre. Rheticus no fue muy lejos para imprimirla, apareció en Gdansk en febrero de 1540 (y en una segunda edición al año siguiente, en Basilea, a cargo de su amigo médico Achilles Pirmin). Por fin, toda Europa pudo leer con asombro la introducción del discípulo y su famoso lema tomado de Alcinus: “Quien desee entender, debe ser libre en su espíritu”, que no hizo más que incrementar el deseo de poder leer la obra del maestro, nuevamente anunciada. Rheticus envió copias del libro a sus mentores Schöner y Petreius, que quedaron muy satisfechos. Rheticus no había defraudado, había cumplido con creces el objetivo final de su viaje; por fin podían saber qué tenía Copérnico entre manos. Pero Petreius era un hábil empresario, que sabía dónde estaba realmente el tesoro, y mandó un mensaje público a Rheticus. El 1 de agosto de 1540, publicó uno de los antiguos tratados de astrología de la rica colección de manuscritos custodiados por Schöner. Por delante incluyó una carta dedicatoria “A Georg Joachim Rheticus, maestro de artes liberales y muy devoto de las ciencias matemáticas”. Allí recordaba su viaje de hacía un año para ver al sabio Schöner y cómo el deseo de aprender le había llevado al “más lejano rincón de Europa, a un caballero distinguido cuyo sistema, por el cual él observaba los movimientos de los cuerpos celestes, nos relataste en una espléndida descripción. Aunque no sigue el sistema común por el que se enseñan estas artes en las escuelas, sin embargo considero esto un tesoro glorioso si algún día mediante tu insistencia sus observaciones nos fueran comunicadas, como esperamos que ocurra.” Finalmente, el orgulloso ciudadano de Nuremberg, Petreius, se brindaba como impresor para ofrecer las obras de los hombres más doctos, desde su ciudad, al mundo entero.

Pero en Alemania no todos tenían el mismo entusiasmo. A oídos del anciano Lutero llegó la noticia de que “cierto nuevo astrólogo quería probar que la tierra se mueve y no el cielo, el sol y la luna”. El 14 de junio de 1539, en una de sus típicas charlas de sobremesa, el reformador afirmó con desprecio: “Así pasa ahora. Quien quiere llamar la atención no ha de estar de acuerdo con nada de lo que los demás estiman. Tiene que inventar su propia idea. Esto es lo que hace ese individuo que quiere poner patas arriba toda la astronomía. Incluso en estas cosas que están siendo confundidas yo creo a la Sagrada Escritura, pues Josué mandó detenerse al sol y no a la tierra.” Es más, en octubre de 1541, cuando ya empezaban a llegar las noticias de Rheticus, Melanchthon escribió a su amigo Burkhardt Mithobius, en relación con la teoría de Copérnico, que: “los gobernantes, si son sabios, deberían poner freno al desencadenamiento de los espíritus”. Por si fuera poco, se suele considerar que en ese mismo año, una obra de teatro de Gulielmus Gnapheus Hagensis, rector del colegio de Elblag, en la que se ridiculizaba a un aprendiz de astrónomo, era una sátira contra Copérnico.

Sin embargo, los problemas no eran sólo científicos, las cosas se ponían difíciles para los luteranos en la lejana Warmia. En 1540, el obispo había condenado a los poseedores de libros luteranos y ordenado que debían ser denunciados. Y mientras, Copérnico, un destacado servidor del obispo, trabajaba codo con codo, no con un poseedor de los heréticos libros luteranos, sino con uno de los propios herejes…

Era pues hora de dejar el estudio y pasar totalmente a la acción. Rheticus preparó otras dos obras que ayudarían a la difusión de la obra del maestro y que, sin embargo, no llegaría a publicar formalmente, aunque fueron conocidas por varias personas. En una, se defendía el nuevo sistema del mundo frente a las objeciones teológicas, tratando de evitar cualquier contradicción con las Sagradas Escrituras[7]. En la otra, se relataba la vida de Copérnico, un tributo al gran astrónomo, al nuevo Ptolomeo de los tiempos modernos, al hombre que había dignificado nuevamente la ciencia de la astronomía[8].

Pero, para que toda esta actividad literaria tuviese éxito, debía entrar en las gestiones político-teológicas. Y para ello Rheticus comprendió el providencial valor de la confianza depositada en él por los teólogos de Wittenberg, así como de los contactos realizados durante su viaje a Polonia, en especial en Nuremberg. Ellos le habían enviado para conocer la obra de Copérnico, y ahora él iría de parte de su nuevo maestro, para conseguir de ellos la publicación del tesoro que había ido a buscar. Lo más importante era evitar cualquier problema teológico. Esta delicada cuestión obsesionaba al maestro y al discípulo. Para ello, Rheticus echó mano de un contacto de importancia en la ciudad donde estaba el impresor, con quien sería ideal publicar una obra tan especializada de astronomía: Petreius. Así, Copérnico y Rheticus escribieron al teólogo Osiander en julio de 1540. Les interesaba saber si era posible predecir la reacción de filósofos y teólogos. La respuesta de Osiander, demorada hasta abril de 1541, cuando ya se había recibido en Nuremberg el libro introductorio al copernicanismo de Rheticus, era clara: la oposición sería frontal; pero rápidamente añadía un hábil subterfugio (pensado por él o por otros), se podía incluir en la introducción una pequeña nota indicando que lo que se expodría en el libro era una hipótesis especulativa. Se trataba de un modelo que explicaría los movimientos de los astros, pero no de la verdadera descripción del universo; y, si se olvidaba esta última pretensión, los astrónomos y teólogos no considerarían que estos modernos matemáticos se estaban inmiscuyendo en sus ámbitos, y no dirían nada. Como era de esperar, Copérnico y Rheticus rechazaron tal solución. Una vez explorado este campo, Rheticus buscó el apoyo proveniente de la más alta instancia política correspondiente. El duque Alberto de Prusia tenía gran interés en obtener un método fácil para calcular la salida del sol a lo largo del año. Rheticus sabía lo que tenía que hacer: en agosto, le envió una copia de un mapa de Prusia que había preparado y un instrumento para determinar la longitud del día. Después de esto, solicitó lo que quería conseguir: el permiso para publicar la obra de su maestro. El duque respondió favorablemente, animando también a Rheticus a mantener su puesto de profesor.

El maestro envejecía, y Rheticus llevaba con él mucho más del año inicialmente previsto. Se habían hecho todas las gestiones necesarias y todos los tanteos posibles. La gran obra no debía demorarse más. Finalmente, Copérnico autorizó a Rheticus a publicar la obra de su vida. En septiembre, Rheticus volvió a Alemania con parte del manuscrito. Entre los sabios era un hombre respetado y su carrera progresaba, siendo elegido decano de la facultad de artes en Wittenberg. La publicación se retrasaba, y Rheticus publicó allí algunos capítulos, sobre temas matemáticos, que irían abriendo camino. Correspondían a los manuscritos que había traído Rheticus a su vuelta; la obra se titulaba De lateribus et angulis triangulorum (junio de 1542), y estaba dedicada al obispo de Warmia, Dantiscus, el nuevo perseguidor de los luteranos… Urgía ya sacar la obra de Copérnico, y el obispo Giese envío el resto del manuscrito a Rheticus. Éste viajó en mayo de 1542 a Nuremberg con cartas de recomendanción de Melanchton para publicar la obra completa, a pesar de su opinión sobre el copernicanismo de Rheticus. Mientras imprimía una obra propia sobre astronomía y geografía. Petreius podía estar satisfecho, su joven fichaje no le había defraudado. Sin embargo, a los pocos meses, la meteórica carrera de Rheticus volvía a demandar su atención: por medio de Melanchthon y Joachim Camerarius, era nombrado catedrático de matemáticas en Leipzig, inicialmente con el mismo sueldo, pero Rheticus consiguió pronto un aumento del 40%. Rheticus no podía perder esta ocasión y viajó a Leipzig en octubre para el comienzo del curso. Pero la edición de la obra de Copérnico no estaba terminada. El encargado de llevarla a término sería, precisamente, un viejo conocido, Osiander. Finalmente, el anciano y enfermo Copérnico enviaría a Nuremberg la carta dedicatoria al Papa Paulo III, en la que buscaba su protección contra sus potenciales críticos. El anciano maestro tenía miedo:

“[…] fácilmente con tu autoridad y juicio puedes reprimir las mordeduras de los calumniadores, aunque esté en el proverbio que no hay remedio contra la mordedura de un sicofante [sicofante significaba en Atenas y en otras ciudades griegas al delator profesional, en el contexto el significado se acerca a la calumnia].” (3/11).

Por fin, el De revolutionibus salió de la imprenta de Petreius en marzo de 1543. El discípulo había conseguido publicar el libro del maestro, y la vida de éste se fue con la aparición de su obra: murió el 24 de mayo. Paradojas de la historia, en su prefacio, Copérnico, no mencionó en absoluto a Rheticus ni a sus compañeros luteranos que habían apadrinado la edición, ¿desagradecimiento? ¿miedo a mencionar a unos luteranos en un escrito dedicado al Papa y atraerse las iras de su propia iglesia?

Pero algunas amargas sorpresas aguardaban a los amigos del maestro. Cuando Tiedemann Giese tuvo una copia del De revolutionibus no pudo dar crédito a sus ojos. El título original De Revolutionibus (Sobre las revoluciones) había sido cambiado a De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de los orbes celestes), de esta forma, y dado que la Tierra no se consideraba un orbe celeste, sutilmente se limitaba el alcance del libro en su propio título. Pero lo peor estaba dentro, por delante del texto corregido con esmero por Copérnico y Rheticus, había una hoja entera, cuyo contenido advertía al lector de que toda aquella obra debía considerarse como hipótesis matemáticas que explicaban los movimientos planetarios, sin que fuese algo a tomar como una realidad física, evitando así cualquier potencial conflicto teológico. ¡Y aquel miserable prefacio no estaba ni firmado! Afortunadamente, hablaba del autor en tercera persona. El prólogo incorporado al De revolutionibus finalizaba en estos términos:

“[…]. Y no es necesario que estas hipótesis sean verdaderas, ni siquiera que sean verosímiles, sino que basta con que muestren un cálculo coincidente con las observaciones […]. Está suficientemente claro que este arte no conoce completa y absolutamente las causas de los movimientos aparentes desiguales. […], sino tan sólo establecer correctamente el cálculo. […]. Por lo tanto, permitamos que también estas nuevas hipótesis se den a conocer entre las antiguas, no como más verosímiles, sino porque son al mismo tiempo admirables y fáciles, y porque aportan un gran tesoro de sapientísimas observaciones. Y no espere nadie, en lo que respecta a las hipótesis, algo cierto de la astronomía, pues no puede proporcionarlo; para que no salga de esta disciplina más estúpido de lo que entró, si toma como verdad lo imaginado para otro uso. Adiós.” (3/4).

Sin embargo, esto nada tenía que ver con las verdaderas ideas de Copérnico, que en el prefacio dedicando la obra al Papa, desprecia a los que pretendiesen poner objeciones teológicas a su obra:

“Si por casualidad hay charlatanes que, aun siendo ignorantes de todas las matemáticas, presumiendo de un juicio sobre ellas por algún pasaje de las Escrituras, malignamente distorsionado de su sentido, se atrevieran a rechazar y atacar esta estructuración mía, no hago en absoluto caso de ellos, hasta el punto de que condenaré su juicio como temerario. Pues no es desconocido que Lactancio, por otra parte célebre escritor, aunque matemático mediocre, habló puerilmente de la forma de la tierra, al reírse de los que transmitieron que la tierra tiene forma de globo. Y así, no debe parecernos sorprendente a los estudiosos, si ahora otros de esa clase se ríen de nosotros. Las Matemáticas se escriben para los matemáticos, a los que estos trabajos nuestros, si mi opinión no me engaña, les parecerán que aportan algo a la república eclesiástica, cuyo principado tiene ahora tu Santidad. […].” (3/11).

Finalmente Osiander había conseguido realizar sus planes y hacer lo que había sugerido a Rheticus y Copérnico, aunque, sabiamente, no firmó su escrito. Sólo habría faltado insertar el nombre de un famoso reformador en un libro dedicado al Papa… Osiander y Petreius se aseguraban así el éxito de tan espinoso libro, que saldría con las siguientes características: una obra de un clérigo católico, apadrinada por algunos de los más destacados reformadores protestantes y sus amigos, dedicada al Papa, y que cumplía las exigencias teológico-filosóficas de los intelectuales de la Reforma (y posiblemente también las de los católicos). ¿Manipulación? ¿Cinismo? ¿Conveniencia? ¿Sentido práctico? Rápidamente el obispo Giese mojó su pluma para escribir palabras enfurecidas a Rheticus en Leipzig. Pero Rheticus ya había tenido tiempo de leer la que denominaba “infamia”. Giese llegó incluso a escribir una carta al Consejo de la ciudad de Nuremberg, para que se reparara semejante atropello y se publicaran de nuevo algunas páginas. Es más, llegó a proponer que se debería incluir en las copias todavía no vendidas, la pequeña obra de Rheticus “con la que has vindicado hábilmente que el movimiento de la tierra no es contrario a las Sagradas Escrituras.” Pero las cosas no eran tan fáciles. El manuscrito había pasado por demasiadas manos. Petreius se defendió diciendo que el prefacio había sido entregado junto con el resto del libro y que él no se había puesto a mirar más. Pero una hazaña así no puede ser saboreada en silencio. Osiander comentó su hábil maniobra en privado a algunas personas y pronto el rumor sonó en los oídos de los astrónomos por toda Europa, sobre todo cuando unas generaciones más tarde otro astrónomo alemán, Kepler, tal vez el más brillante copernicano, denunció públicamente a Osiander. Desde entonces, éste ocupa una de las más deshonrosas posiciones en la historia de la ciencia, aunque sus ideas no han dejado de tener algunos seguidores entre los que consideran que la ciencia debe tener objetivos pragmáticos en el conocimiento de la naturaleza, y no la búsqueda más abstracta de la “verdad”. Mientras, Osiander siguió trabajando para Petreius como uno más de los que le buscaban manuscritos interesantes de contenido astrológico, matemático, etc.

De esta manera logró ser publicado el libro que más influiría en la posterior historia de la ciencia con consecuencias dramáticas para el cristianismo. En 1566, se publicó en Basilea la segunda edición del De revolutionibus conjuntamente con la Narratio prima. El copernicanismo era ya imparable.

Muchos años después, el anciano Rheticus, tras numerosos viajes y tras haber añadido a sus muchos conocimientos los estudios de medicina, junto con veinte años de práctica médica, recibe la visita de un joven matemático de Wittenberg, Valentine Otho, interesado en el último gran proyecto del anciano matemático, una obra matemática que utilizaba las seis funciones trigonométricas:

“Habíamos apenas intercambiado unas pocas palabras sobre esto y aquello cuando, conociendo la causa de mi visita, él saltó con estas palabras: ‘Tu vienes a verme a la misma edad que yo tenía cuando visité a Copérnico. Si yo no le hubiera visitado, ninguna de sus obras habría visto la luz.’ ” (7/3).

BIBLIOGRAFÍA(en las referencias en el texto, detrás de la barra / se indican las páginas citadas)

  1. Copérnico, N., Digges, T. y Galilei, G. (1986, reimp.). Opúsculos sobre el movimiento de la Tierra (edición de Alberto Elena). Alianza Editorial, Madrid. Aquí se incluye el texto del Commentariolus.
  2. Hooykaas, R. (1984). G. J. Rheticus’ treatise on Holy Scripture and the motion of the earth. North-Holland Publishing Company, Amsterdam. Se trata de la edición del redescubierto tratado de Rheticus sobre el problema teológico suscitado por la teoría copernicana.
  3. Copérnico, N. (1987). Sobre las revoluciones (edición de Carlos Mínguez). Editorial Tecnos, Madrid.
  4. Galilei, G. (1987). Carta a Cristian de Lorena y otros textos sobre ciencia y religión (edición de Moisés González). Alianza Editorial, Madrid.
  5. Anabitarte, H. y Lorenzo Sanz, R. (1990). Copérnico. Ed. Castell, Barcelona.
  6. Hooykaas, R. (1972, con correcciones en 1973). Religion and the rise of modern science. Scottish Academic Press, Edinburgh.
  7. School of Mathematics and Statistics. University of St. Andrews, Scotland (U.K.). (1998) Georg Joachim von Lauchen Rheticus. Página en Internet: http://www-history.mcs.st-andrews.ac.uk/Biographies/Rheticus.html.
  8. School of Mathematics and Statistics. University of St. Andrews, Scotland (U.K.). (1995). Nicolaus Copernicus. Página en Internet: http://www-history.mcs.st-andrews.ac.uk/Biographies/Copernicus.html.
  9. Museo Nicolai Copernici (Frombork, Polonia). Página en Internet: http://www.frombork.art.pl.

Notas

[1] Esta obra, conocida como Commentariolus, nunca fue publicada. La única mención proviene del astrónomo danés Tycho Brahe, de finales del siglo XVI, que en su Astronomiae instauratae progymnasmata (Praga, 11602) hace mención a ella. Según él, la obra se la dio manuscrita el médico del emperador Maximiliano II, Tadeas Hájek, a quien se la había donado el propio Rheticus como parte de su biblioteca al morir. Tycho entregó una copia a su colaborador Christian Sørensen (Longomontanus), así como otras copias a diferentes amigos. Finalmente se perdió el rastro de la obra hasta que en 1877 se encontró en la Biblioteca Imperial de Viena la copia de Longomontanus. Posteriormente han aparecido otras más.

[2] La contribución que Copérnico envió a Roma para la reforma del calendario no se conserva.

[3] La muerte de Wapowski impidió la publicación del almanaque que se ha perdido.

[4] Por desgracia, esta obra también se ha perdido.

[5] Osiander pasaría luego a liderar la Reforma en Königsberg, donde el duque Alberto le consideraría su “padre espiritual”.

[6] Esta obra se conocería como Narratio prima, y tendría varias ediciones.

[7] Afortunadamente esta obra, perdida durante siglos, ha sido redescubierta recientemente por Hooykaas y publicada en 1984 (2).

[8] Por el momento, esta obra permanece perdida.

Las espaldas de Dios

Las espaldas de Dios
Enric Capó, España

Normalmente, nuestra actitud es echar sobre las espaldas de Dios lo que no entendemos o no podemos explicar.

Leyendo ciertos artículos teológicos, oyendo como hablan algunos creyentes o viendo como explican sus relaciones con Dios, se llega forzosamente a la conclusión de que el Dios del cual hablan debe de tener unas espaldas muy anchas para poder soportar todo lo que sus hijos le atribuyen. Me produce profundo estupor comprobar con qué facilidad atribuimos a Dios formas de actuar, voluntades e intenciones que, si se tratara de seres humanos, rechazaríamos de plano horrorizados. Sin embargo, aplicados a Dios no nos produce rechazo alguno. Parece que la explicación que nos damos es que finalmente lo entenderemos. Que “ahora vemos como en un espejo, en oscuridad, pero entonces veremos cara a cara” (1 Co.13).

Ahora bien, si esto es así, y no lo dudo, ¿podemos renunciar a nuestra pretensión de entender nuestro entorno humano y nuestra relación con Dios? Por mucho que nuestra teología evangélica nos avise de las limitaciones de nuestra razón, no hay otra forma de aprehender la realidad ni de interpretarla que no pase por nuestra facultad de razonar. Incluso todo lo que afirmamos de la Biblia y la forma como la entendemos ha pasado por nuestra razón. Por tanto en nuestras relaciones con Dios y con los hombres, el uso de la razón es imprescindible.

Ya sabemos que ésta tiene sus limitaciones y que hay unas esferas del conocimiento en las cuales no es del todo competente. No lo podemos saber todo y, en toda reflexión o investigación de asuntos que van más allá de nuestro diario humano quehacer, hay que dejar un margen a lo desconocido. Hay cosas en las que no entramos ni pretendemos hacerlo. Pertenecen a la esfera de la fe y allí, en esta esfera, las palabras tienen sentidos diferentes. Sin embargo, no podemos abdicar de aquello que es lo más precioso que Dios nos ha dado: la razón.

Pasar por la razón la doctrina cristiana o las afirmaciones bíblicas nos deja en una situación de desamparo. ¿Cómo podemos armonizarlas con nuestra visión de la realidad, nuestro sentido de justicia y hacerlas coherentes con el mundo que nos rodea? Y no se trata solamente de algunos pasajes difíciles del Antiguo Testamento, para los que podemos encontrar respuestas más o menos convincentes, sino que incluso las mismas palabras de Jesús nos plantean unos tremendos interrogantes que no podemos simplemente dejar de lado. ¿Hemos de entender la doctrina cristiana y las historias y enseñanzas de la Biblia de forma literal?

Si las examinamos detenidamente nos daremos pronto cuenta de que es imposible hacerlo si nuestra fe es más que el asentimiento a unas proposiciones que no entendemos y nos negamos a examinar racionalmente. Hablar en este contexto de interpretación literal es totalmente absurdo. Solamente serán comprensibles y aceptables si entendemos que allí hablamos un lenguaje diferente. Es el lenguaje de la piedad, que no responde a los hechos a que nos referimos, sino que los transciende y nos transmite una verdad de orden espiritual que sólo espiritualmente puede ser aceptada. De Dios sólo se puede hablar mediante el lenguaje del símil, la comparación, o el símbolo. Así nos lo dice también Wittgenstein, el filósofo del leguaje que nos habla de la inefabilidad de Dios.

Si de verdad estamos tratando de entender lo que leemos en la Biblia, es preciso recurrir a estas figuras literarias para acercarnos a su último significado. Pretender que lo que se dice en esta esfera de la fe es lenguaje literal y exacto (según nuestras exactitudes) es entrar en una situación tan problemática de la que no nos es posible salir a no ser que lo hagamos por los caminos del absurdo, la mentira o la deshonestidad personal. O, si queremos ser benévolos, aceptemos que algunos salen por el camino de la ignorancia o el miedo a confrontar la realidad. Simplemente, renuncian a pensar. La fe en Dios les lleva a dejar en sus manos lo inexplicable de la vida de la fe, lo cual podría ser una opción acertada, si la razón les permite tomarla, ya que hay cristianos que no pueden conformarse y tratan de ver claro en este mundo espiritual que nos es tan difícil de entender.

Una de los elementos que deberíamos tener en cuenta es que Jesús, al hablarnos del Reino, usa los instrumentos que tiene a mano (nuestras palabras y nuestras imágenes) para explicar lo inexplicable. Si lo que nos dice fuera literal, el mundo futuro, al cual nos llama, no seria el reino de Dios, sino un futuro horroroso e insoportable en el que unos poquitos, viviendo en un paraíso, gozarían sin fin frente a una terrible “realidad” de dolor, destrucción, castigo y condenación eterna, en comparación con la cual Guantánamo seria casi un paraíso. No podemos acercarnos a Dios por este camino. Es intransitable. Nos lleva a actitudes de egoísmo y de crueldad inaceptables.

Normalmente, nuestra actitud es echar sobre las espaldas de Dios lo que no entendemos o no podemos explicar. Un solo ejemplo bastará. Decimos que él es el Señor de la vida y de la muerte por lo que nos escandaliza el suicidio y la eutanasia y condenamos enérgicamente el aborto. Y esto lo hacemos, no a cargo de nuestra responsabilidad, sino por pura obediencia a Dios, tal como la entendemos en nuestra lectura de la Biblia. La frase que usamos con más superficialidad ante la muerte es decir a la familia del difunto es “la voluntad de Dios” o “Dios se lo ha llevado”. Sea quien sea. Está muy claro que en las situaciones límite de la vida, Dios está presente. Lo está en la enfermedad y también en el momento en que abandonamos esta vida. Pero de ninguna manera podemos decir que la enfermedad y la muerte vienen de Dios. Según nuestro lenguaje, parece como si Dios se dedicara cada día a cortar la vida de buenos y malos.

Delante de la muerte no podemos nunca decir que estamos ante la voluntad de Dios. ¿O es que Dios determina la muerte de millones de niños en el tercer mundo que día tras día mueren de hambre? ¿Lo hace Él? ¿No será más bien que somos nosotros con nuestro egoísmo que somos responsables de su muerte? ¿Determina Dios la muerte de los que continuamente caen en los campos de batalla de nuestro mundo? ¿No son nuestros odios y nuestra sed de poder o de venganza que lleva a la muerte a soldados y civiles? Los cientos de miles que han muerto en Irak, ¿están sobre la conciencia de Dios o sobre la de Bush y su camarilla?

La vida es la vida. No podemos modificarla. La hemos recibido así y la hemos de aceptar tal como es y aprovecharla o transformarla para el bien. Pero no son de Dios los males de la vida. No los trae Dios, vienen solos y no nos ayudará en nada cargar esos males sobre la amplia espalda Dios. Dios no es el recurso final para lo que no entendemos ni podemos controlar. Dios no es el paño de lágrimas con el que pretendamos borrar cuanto de oscuro y terrible hay en la vida.

Ahora bien, si esto es así, ¿de qué nos podemos fiar?

Lo reconozco. Yo no tengo soluciones ni las busco. Creo que no las hay. Creer en Dios y ser cristiano no ha sido para mi el resultado de una investigación en la que se me ha demostrado la existencia de Dios y la divinidad de Jesucristo. Tampoco la infalibilidad de la Biblia. Ser cristiano ha sido una opción sin garantías que he tomado libremente, inspirado por Jesucristo, su persona y su mensaje. Creo en Jesús y le creo a Él. Me ha llegado dentro de una tradición de hombres y mujeres que, como yo, han sido sus discípulos (¡Cómo me acuerdo de mis padres, cristianos hasta la médula de los huesos!). Ellos me han dado su testimonio y este testimonio ha sido confirmado por mi propia experiencia personal.

No creo que puedo ni quiero ir mucho más allá. Mi cristianismo es un pacto con Cristo. Es como el título de un antiguo libro devocional: “En sus pasos o que haría Jesús”. Sólo esto. Todo muy subjetivo, muy mío, muy de dentro, pero me sirve. No tengo ningún problema sobre cuestiones de ética, a lo sumo tengo dudas. No me preocupan las investigaciones científicas, ni sus conclusiones, aunque contradigan el relato bíblico de la creación. No voy a buscar en la Biblia textos que confirmen mis ideas. Mi fe está por encima de todo esto. Me dice –y Pablo afirma que los cristianos tenemos la mente de Cristo (1 Co 2,16)- que lo importante, por encima de todo, es amar. A Dios, al prójimo, a todo el mundo. Dios es amor, es la gran definición bíblica. Quizás también podríamos decir que el amor es Dios. Al menos Juan nos dice que “todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios”(1 Jn 4,7).

Enric Capó

GODTUBE APORTARÁ SUS INNOVACIONES EN EXPOLIT 2008

GODTUBE APORTARÁ SUS INNOVACIONES EN EXPOLIT 2008

Video chats interactivos con los expositores, un ciber café, y conferencias sobre el rol de las nuevas tecnologías en la misión

Dallas / Miami, USA. 05 de Mayo de 2008. GodTube.com, el portal de multimedia que marcó record de audiencia por su explosivo crecimiento en su lanzamiento en agosto de 2007, anunció una alianza estratégica con Expolit, el principal encuentro internacional de la industria cultural evangélica latinoamericana, que se realizará en Miami, EE.UU., del 15 al 20 de mayo.

Durante la 15ª edición de este evento, los participantes, entre los que se encuentran destacados oradores, artistas, escritores, medios, líderes, expositores, y el público cristiano en general podrán aprovechar los innovadores servicios que brindará GodTube en el Sheraton Hotel de Miami.

“La contribución que GodTube aporta no sólo a Expolit sino al medio alternativo de más influencia hoy por hoy, Internet, es de valor incalculable. Estamos felices que GodTube se una a Expolit y permitirnos poner al alcance del mundo todos los ministerios representados aquí. Es un recurso maravilloso y una pieza importantísima en la expansión del evangelio. Los resultados serán inmensurables”, dijo María Tamayo, directora de Expolit.

GodTube realizará video chats interactivos en exclusiva con los principales oradores, artistas, productores, y gerentes de editoriales. “Convocamos a un prestigioso panel de invitados para que aborden temas relevantes e informen de sus novedades a los millones de libreros, lectores, fans, pastores, y público en general en todo el mundo hispano que no tienen la posibilidad de llegar a Miami. Las nuevas tecnologías nos permiten estrechar las distancias y experimentar un concepto inexplorado de comunión”, explicó Iván León, Gerente de la División Hispana de GodTube.

Entre otras personalidades, estarán en los video chats de GodTube desde Expolit la cantante Julissa y la banda Alternativa, los conferencistas y escritores Junior Zapata y Jeffrey de León, los editores Larry Downs y Esteban Fernández, el actor Eduardo Verastegui de la película Bella, y el director Pablo Muñiz, a cargo del cortometraje Pasión de Multitudes.

Algunos de los temas que se debatirán en los video chats son la piratería en la música cristiana, el futuro de las publicaciones en la era digital, y la iglesia ante las nuevas generaciones de jóvenes.

Los video chats están programados para los días viernes 16, lunes 19, martes 20, y miércoles 21 de Mayo. Todas las sesiones comenzarán a las 4 PM hora del Este de EE.UU. Para ver la transmisión, ingrese http://www.godtube.com/event en su explorador de Internet y luego elija Expolit.

Como incentivo para la participación, GodTube anunció que entregará valiosos premios durante cada evento. La condición es enviar anticipadamente preguntas o comentarios inteligentes para los invitados vía correo electrónico a la dirección, mensajes@godtube.com. Es importante aclarar el nombre y país de residencia.

GodTube tendrá a su cargo el patrocinio del lobby de entrada al centro de exhibiciones de la convención. Ese sector se transformará en un moderno ciber café ambientado con cómodos muebles y computadoras portátiles conectadas a Internet donde la gente podrá enterarse de los diversos canales que componen el portal de GodTube, entre ellos el de Expolit – http://www.godtube.com/expolit .

GodTube también ofrecerá dos sesiones de entrenamiento especializado para educar al pueblo cristiano sobre el fenómeno de las tecnologías Web 2.0 y su implementación para el cumplimiento de la Gran Comisión. “Reflexionaremos sobre la convergencia entre teología y tecnología para evaluar practicas actuales de evangelización y marketing en línea y definir parámetros consistentes al modelo divino”, afirmó León. Los talleres se llevarán a cabo el día Sábado 17 de Mayo a las 11:15 y 12:30 en Fashion 3 sala East C. Los mismos se grabarán para posterior difusión.

Más información sobre GodTube: Dirigirse a http://www.godtube.com
Más información sobre Expolit: Dirigirse a http://2088.expolit.com

Contactos de prensa

Lindsey Welsh
Coordinadora de Eventos
972-244-04220
lwelsh@godtube.com

Iván León
Gerente de la División Hispana
972-244-0422
ileon@godtube.com

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