El Problema Del 25 De Mayo

El Problema Del 25 De Mayo

25 de Mayo de 1810

La Carta que reproducimos a continuación, fue remitida -en este mes de mayo de 2008- por Antonio Caponnetto a Marcelo Grecco, Director de la publicación digital El Caballero de Nuestra Señora. Nos ha parecido oportuno reproducirla en este blog, con permiso de su autor.

El Problema Del 25 De Mayo

Por Antonio Caponnetto

[El Caballero De Nuestra Señora, 2º época Año: 8 Numero 147 8 de mayo del año del Señor 2008]

Querido Marcelo:

Me pides que te escriba para El Caballero de Nuestra Señora –publicación que llevo gratamente en el corazón desde los tiempos en que la iniciará, el inolvidable Padre Carlos Lojoya- alguna nota sobre La Revolución de Mayo.

Permitime que te diga porqué me resulta tan difícil hacerlo.
Tradicionalmente prevalecía la visión liberal y masónica de Mayo. Mayo era un dogma indiscutido, en virtud del cual debía repetirse que la patria había nacido en 1810, bajo los sacros auspicios de la democracia, del liberalismo y de la macabra Revoluta de 1789. España era una madrasta malísima –como la de las patochadas infantiles de Walt Disney- y habíamos hecho muy bien en sacárnoslas de encima. Los realistas eran tiranos opresores, los revolucionarios eran libertadores, y cada quien ocupaba su bando de malo o de bueno en los libros de texto. ¡Manes de parabienes!

No le faltaba fundamento in re a esta visión. Porque efectivamente, este Mayo liberal, masónico, antiespañol y aún anticatólico había existido. Quien se acerque a las malandanzas de Castelli, Moreno y Monteagudo –entre tantos otros- podrá comprobarlo. Otrosí queda penosamente al descubierto cuando se consideran los escritos o los actos del curerío progresista de entonces, más confundidos que Casaretto después del Summorum Pontificum de Benedicto XVI. Por eso desde Roma llegaron voces legítimamente recelosas sino admonitorias respecto del movimiento revolucionario, como lo ha probado Rómulo Carbia en su La Iglesia y la Revolución de Mayo.

Nuestro mismo Himno ratifica penosamente la existencia oficial de ese Mayo en todo contrario a nuestras raíces católicas. Hasta Ricardo Rojas –que le ha encontrado un par de plagios a la letra, y que nos exime “de la admiración estética”- se intranquiliza un poquitín ante aquello de “escupió su pestífera hiel”. ¿No será mucho, Vicente? Cristina lo canta a lo yanky, con la mano en su siliconado pecho. Yo, caro amigo, te confieso, como bautizado, no puedo andar gritando por ahí que la libertad es “un grito sagrado”. Y si tengo que ver “en un trono a la noble igualdad”, ya no es igualdad, pues está entronizada y ennoblecida.

Como fuere, el Mayo masonete existió y es aborrecible. Existió y fue el que terminó imponiéndose, salvo durante el interregno glorioso de Don Juan Manuel. Los zurdos –que atacan a Roca por lo que tuvo de bueno- suelen decir que “es preferible un Mayo Francés a un Julio Argentino”. Tengo para mí en ocasiones, ante tanta confusión, que es preferible que no haya mayos.

Los revisionistas –salvo alguno que creyó ver en el 25 de Mayo un 17 de octubre avant garde, y en el gorro frigio al famoso pochito con visera- en principio, pusieron las cosas en su lugar. Al menos los mejores de sus representantes probaron que hubo otro Mayo. Monárquico, hispánico, católico, militar y patricio; enemigo de Napoleón que no de España, fiel a nuestra condición de Reyno de un Imperio Cristiano, en pugna contra britanos y franchutes, filosóficamente escolástico, legítima e ingenuamente leal al Rey cautivo, y germen de una autonomía, que devino forzosamente en independencia, cuando la orfandad española fue total, como total el desquicio de la casa gobernante. Federico Ibarguren y Roberto Marfany, entre otros, se llevan las palmas del esclarecimiento y de la reivindicación de este otro Mayo. Mas nadie ha empardado, en claridad y en rectitud de juicio, al Mayo Revisado de Enrique Díaz Araujo. Sólo ha salido un tomo de los tres anunciados que componen la singular obra, pero es para aguardar ansiosos que la tríada se complete.

Tampoco faltan hechos y personajes para probar la existencia de este Mayo genuino. Están las Memorias de Saavedra, la Autobiografía de Domingo Matheu, la de Manuel Belgrano, las cartas de Chiclana, Viamonte y Tomás Manuel de Anchorena. Está la obrita curiosa de Alberdi, El Gobierno de Sudamérica, y el mensaje magnífico de Rosas a la Legislatura, del 25 de mayo de 1836. Y hasta las fábulas humorísticas de Domingo de Azcuénaga están para nuestro entendimiento de la época.

Leyendo meditadamente este material, es asombroso cómo se intelige el pasado y cómo se disipan las ficciones ideológicas. Lo que surge de estos valiosos testimonios no es el enjambre de conjeturales paraguas populistas, sino la espada de Saavedra “de dulce y pulido acero toledano, y que en su mano parecía una joya”, al buen decir de Hugo Wast. Espada puesta al servicio de la misma causa por la que en España, hacia la misma época, se desenvainaran otras para enfrentar al invasor Bonaparte. Y si surge también el Cabildo de estas veras semblanzas, es porque entonces, el mismo no era aún una figurita didáctica, sino una hidalga institución de raigambre medieval, custodia de los fueros locales y comarcales.
Pero están los documentos que retratan este Mayo porque estuvieron los acontecimientos y los hombres que los protagonizaron. Y esto sería lo más importante por considerar y celebrar hoy, sino fuera que ese “Mayismo” fue derrotado, y prevaleció el otro. No sólo historiográficamente, que ya es grave, sino política y fácticamente, que es lo peor.

Escuchemos a Rosas, en un fragmento de su valioso mensaje precitado: “No se hizo [la Revolución de Mayo] para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad. No se hizo para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud. ¡Pero quien lo hubiera creído! Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la nación española, fue interpretado en algunos malignamente […] Perseveramos siete años en aquella noble resolución de mantenernos fieles a España, hasta que, cansados de sufrir males sobre males, nos pusimos en manos de la Divina Providencia y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España y de toda otra dominación extranjera”.
Nuestros amigos carlistas, de un lado y del otro del Atlántico, están enojados con el 25 de Mayo. No les falta razones, ni son pocas las verdades que al respecto han recordado. Puede aceptarse incluso lo que enseñan: que nuestra guerra independentista tuvo algo o bastante de una dolorosa guerra civil, en tanto americanos hubo que se sentían inaboliblemente insertos a la Corona, con un gesto de lealtad que los honra. Puede y debe aceptarse, además, que la fábula escolar de “los realistas” malvados y los “patriotas” impolutos es un cuento de mal gusto. El realista Liniers fue un arquetipo de nuestra lucha soberana; el patriota Moreno, la contrafigura del cipayo. Y hasta tienen razón los carlistas cuando comentan que, en ciertas zonas hispanoamericanas, los negros defendieron la Corona y se batieron por su causa, sin importarle su condición. Claro que hablamos –como lo hace Luis Corsi Otálora- de los bravos negros que enarbolaban orgullosos los pendones de la Orden de San Luis- y no de los morochos mercenarios de D’elía. Por eso decía Ramón Doll que “hay negros de todos los colores”.

Pero determinadas cosas vinculadas a nuestro 25 de Mayo, los admirados carlistas parecería que no quieren ver, o ven a medias, y entonces precipitan sus juicios. No quieren ver, por ejemplo,la gravísima crisis moral del Imperio Español, sintetizada en aquella sentencia tan dura cuanto cierta de Richard Heer: “España estaba gobernada por un galán frívolo, una reina lasciva y un rey cornudo”. No quieren ver que, a comienzos de 1810, sólo quedaban las apariencias de España, con “los franceses que salen por un lado y los ingleses que entran por el otro”, según afirmación de Benito Pérez Galdós en “El equipaje del Rey José”. No quieren ver que tanto ultraje, tanto vejamen, tanta depredación y anonadamiento de la Madre Patria, eran males causados por sus mismos reyes felones, por su misma borbonidad traicionera, por la vacancia y la acefalía cobarde de una Corona, que ya no era la de los siglos del Descubrimiento y la Evangelización.

Y no quieren ver –como lo ha sintetizado certeramente Luis Alfredo Andregnette Capurro, replicando a Federico Suárez Verdeguer- que “las Cortes de 1810 y 1812, pletóricas de iluminismo jacobino, y Fernando VII con su avaricia absolutista, precursora del liberalismo, sellaron la destrucción del Imperio Católico. Crimen incalificable, porque la Revolución (en el sentido del verbo latino volver hacia atrás),aspiró a una unión más perfecta con la Metrópoli”. Crimen que se ejecutó con varias puñaladas traperas, como cuando el 24 de septiembre de 1810, las Cortes de Cádiz aprobaron la ley por la cual se dispuso la extinción de Provincias y Reynos diferenciados de España e Indias, en clara señal de abolición de los honrosos Pactos sellados por Carlos V en Barcelona el 14 de septiembre de 1519.

¿De qué lado estaba entonces la traición? ¿De los americanos que se levantaban jurando fidelidad al rey Cautivo, deseando conservar sus tierras, aunque reclamando la necesaria autonomía para no ser arrastrados por la crisis peninsular, o de la casa gobernante española que pactó la rendición ante Napoleón Bonaparte? ¿Quiénes eran los leales, los que se rebelaban aquí, a imitación de los combatientes hispánicos, para comportarse como súbditos corajudos y lúcidos, o aquellos funcionarios, cortesanos y monarcas que se desentendieron vilmente de la suerte de estos Reynos, como lo gritaba Fray Pantaleón García en el Buenos Aires de 1810? ¿Adónde la fidelidad? ¿En las intrigas borbónicas para convertirnos en pato de la boda, como decía Saavedra; o en este surero Buenos Aires levantado en hazañas, primero contra el hereje britano, y contra los alcahuetes de Pepe Botella después, y en ambos casos, levantado siempre con la bandera de España entre los mástiles?

A ver si nos vamos entendiendo.
La historia es historia de lo que fue, no de lo que pudo haber sido, o de lo que nos hubiese gustado que fuera.

Nos hubiese gustado que el Imperio Hispano Católico no se extinguiera; y que nosotros nos constituyéramos en “la última avanzada de ese Imperio”, como cantaba Anzoátegui. Nos hubiese gustado que Mayo no hubiese sido necesario; y seguiremos repitiendo con José Antonio: “si volvieran Isabel y Fernando, ya mismo me declaraba monárquico”; esto es vasallo de aquella Corona por la cual la monarquía se reencontró a sí misma como forma pura y paradigmática de gobierno.
Nos hubieran gustado tantas cosas.

Pero los hechos se dieron de otro modo, seguramente por permisión de la Divina Providencia. Y no renegamos de nuestro Mayo Católico e Hispánico, ni de una autonomía que no era desarraigo, ni separación espiritual, ni ingratitud moral. No renegamos de aquellos patriotas que, portadores de sangre y de estirpe hispanocriolla, tuvieron que batirse al fin, heroicamente, para que esa autonomía fuese respetada.

¿Ves, querido Marcelo, porqué es tan difícil hablar o escribir sobre el 25 de Mayo?

¿Qué festejamos ese día? El Mayo masón desde ya que no. Ese será el del Bicentenario Oficial. Un festejo tan desnaturalizado y horrible como lo fue el de la gloriosa Reconquista y Defensa de 1806-1807. Será el Mayo falsificado y ruin, liberal y marxista, agravado por el magisterio soez de Felipe Pigna –nuevo Taita Magno de la Historia, como lo ridiculizaría Castellani- según el cual, Moreno fue el primer desaparecido y Saavedra el primer represor. Y lo peor es que a esta obscenidad llaman algunos ahora revisionismo histórico.

El Mayo de algunos de nuestros entrañables amigos españoles, tampoco podríamos festejar. Para ellos lo de aquí fue una simple traición a España; y aunque traidores hubo, sin duda, tuvo aquel acontecimiento protagonistas centrales transidos de lealtad y de fidelidad, de arraigo espiritual y encepamiento religioso, de recto y fecundo amor al solar natal, de prudente, gradual y legítimo sentido de emancipación americana.

El Mayo de los revisionistas heterodoxos, que vieron en aquellas jornadas de 1810 un alzamiento de orilleros resentidos y desarrapados rencorosos, tampoco es celebrable. Entre otras cosas, porque no existió. El piqueterismo es cosa de este siglo. Tampoco el Mayo de los católicos liberales, que creyeron calmar sus conciencias encontrando alguna tonsura entre los revolucionarios, aunque enseñaran las peores macanas modernistas.

Si algún Mayo recuerdo con gratitud,emoción y decoro; con absoluta austeridad de manifestaciones festivas, es el que encarna aquel Comandante de Patricios, que afirmando con meridiana claridad que se alzaba contra franceses e ingleses -y contra todos aquellos que aquí o acullá quisieran comprometer el destino de estas tierras franqueándoles las invasiones- puso su condición militar al servicio de Dios y de entrambas Españas.

De él dijo Braulio Anzoátegui: “Saavedra era un militar que jamás andaba sin uniforme, porque comprendía que un militar sin uniforme es una persona peligrosa que de pronto le da por pensar como un político cualquiera, y piensa y es capaz de olvidarlo todo; es como una dueña de casa que olvida lo que vale la docena de huevos. En esto se parecen las malas dueñas de casa a los malos militares: en que no saben cuánto valen los huevos”.

Saavedra lo sabía. Y tenía fama de saber estas cosas fundamentales. Por eso, el Capitán Duarte lo quiso proclamar Rey de América. Pero Moreno lo acusó de borracho y lo desterró de la ciudad. También desterrado acabaría Saavedra.

Curioso destino el de nuestros hombres de armas. Si no saben cuánto valen los huevos los nombran Generales. Si proclaman nuestra soberanía pasan a la historia por borrachos.

Te mando un abrazo fuerte
En Cristo y en la Patria

Antonio Caponnetto

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Los derechos de los menores

Ignacio Ignacio 29/05/2008

Los derechos de los menores

Cualquier publicidad de tabaco o de alcohol destinada a chicos y adolescentes debería ser considerada una violación de los derechos humanos de los menores.

Por Ignacio Escribano

Verónica Schoj, consultora regional en control de tabaco de la Fundación Interamericana del Corazón adelantó, la semana pasada, los resultados de un estudio en el cual se analizaron más de 400 investigaciones sobre el hábito de fumar en gente joven. Considero necesario, y casi obligatorio, difundir las conclusiones del trabajo liderado por Schoj, con el objeto de que se tome más conciencia sobre el tema y teniendo en cuenta, además, que el cigarrillo, junto con el alcohol, son las principales adicciones en los jóvenes.

No creo que sea necesario explicitar aquí los estragos que producen ambas sustancias.

Me gustaría, sí, reafirmar que coincido plenamente con la ex directora general de la Organización Mundial de la Salud y ex primera ministra noruega, Gro Harlem Brundtland, en aquello de que cualquier publicidad de tabaco (o de alcohol) destinada a chicos y adolescentes debería ser considerada una violación de los derechos humanos de los menores.

Se vive hablando de “el flagelo de la droga” en los medios de comunicación. Pocos denuncian, sin embargo, a las dos que muy por delante del resto encabezan el ranking; es más, tales sustancias conquistan, en la prensa, cuanto espacio sea posible: páginas de diarios y revistas, programas de radio y televisión, sitios online…

Y pregunto: ¿Cuándo van a dejar de publicitar al cigarrillo y al alcohol los medios de prensa? O, dicho de otro modo, ¿cuándo van a dejar de pensar los medios de comunicación (y el mundo empresarial en general) exclusivamente en sus propios intereses y entender, de una vez, que a fin de cuentas estamos todos en un mismo barco y que, por ende, no hay ganancia que sirva si no se agrega valor a la sociedad?

En síntesis, y volviendo a la investigación de Schoj: las únicas estrategias efectivas para evitar que los chicos y adolescentes empiecen a fumar o, si ya comenzaron, reduzcan el consumo, son:

-la creación de ambientes 100 por ciento libres de humo (más información sobre este tema en la nota: “Es alta la exposición al humo del tabaco”);

-el aumento del precio de los cigarrillos;

-la prohibición de la publicidad del tabaco.

Las medidas antitabaco, impulsadas desde hace años por la Organización Mundial para la Salud, tuvieron su eco de inmediato en Uruguay, donde:

-se aumentó el precio del los cigarrillos en más del 100 por ciento;

-se prohibió la publicidad de los productos del tabaco fuera de los puntos de venta;

-se prohibió fumar en ambientes cerrados.

El lobby del cigarrillo y el alcohol es tan poderoso como los efectos devastadores que producen ambos productos en la población; tanto es así, que pocos gobiernos han logrado impedir, entre otras cosas, que se aquellas “delicias” se publiciten en la vía pública.

En la Argentina, por lo pronto, se ha dado un gran paso con la creación de lugares libres de humo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Sin embargo, en el resto del país, esto último es una materia pendiente.

El pediatra Neil Izenberg, en su libro How to raise nonsmoking kids (Cómo criar chicos no fumadores), exhorta a los padres y maestros a enseñarle a los chicos, desde pequeños, la manera en que las tabacaleras manipulan la mente de la gente. Izenberg insiste en que ellos tienen que aprender a reconocer el mensaje encubierto (“fumar te hace más cool, más maduro, te da una imagen sexy…”), porque son precisamente ellos los encañonados con precisión milimétrica por las publicidades.

El cigarrillo, considerado una droga por el Manual de Diagnóstico y Estadísticas de los trastornos mentales de los Estados Unidos (DSM IV), integra la lista de las adicciones graves en los tratados más prestigiosos en la materia, como el Drug Abuse Handbook, de Steven Karch, y el Libro de Tratamientos de Abuso de Sustancias de la Asociación Americana de Psiquiatría.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el alcoholismo representa casi el 4 por ciento de las muertes de jóvenes por año.

Por último, me gustaría dejar abierta una pregunta: ¿Dónde están las voces de todos aquellos que con tanta fuerza y tenacidad se alzan en pos de defender la vida, cuando de defender los derechos humanos básicos de los chicos y adolescentes de este mundo se trata?

http://www.igooh.com.ar/Nota.aspx?IdNota=24445&utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_term=080530&utm_campaign=weekly_news

No olviden orar

No olviden orar

“Y los hombres de Israel tomaron de las provisiones de ellos, y no consultaron al Señor.”1

Después de los días de Moisés cuando los ejércitos de Israel, guiados por Josué, conquistaban la tierra prometida la cual había sido marcada para ellos por Dios, los reinos y las naciones alrededor estaban justificadamente aterrorizados. Esto es porque Dios estaba con los Israelís dándoles grande victorias a donde quieran que fueran.

Sin embargo, los hombres de Gabaón, un país cercano, usaron artimañas y le ganaron a Josué. Ellos enviaron una delegación con la apariencia de haber venido de una tierra muy lejana para poder engaña a Josué y así él hiciera un tratado con ellos. Sus burros cargaban sacos rasgados que daban la apariencia de haber sido remendados. Usaban ropas viejas y maltratadas, sandalias parchadas, y el pan que llevaban con ellos estaba viejo y con moho.

Su artimaña funcionó. Josué firmó un tratado con ellos y solo después fue que descubrieron que ellos eran vecinos y vivían entre los países que Dios le había dicho a Josué que destruyera por sus iniquidades. Como resultado ellos tuvieron que vivir con las consecuencias.

El error de Josué fue que él hizo el tratado sin orar preguntar a Dios. Una lección muy valiosa para todos nosotros.

Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, gracias por incluir esta historia en tu palabra, la Biblia, como un recordatorio grafico para que busque tu guía y dirección en todos los aspectos de mi vida, para que pueda vivir continuamente en armonía con tu perfecta voluntad. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, amén.”

1. Josué 9:14 (NIV).

 

“Si conocieras el don de Dios…”

A todos los sedientos: Venid a las aguas… Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma.
Isaías 55:1 y 3

(Jesús dijo): El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.

Juan 4:14

“Si conocieras el don de Dios…”

Durante una caminata por la montaña, llegamos a una cumbre desguarnecida. Allí, como ocurre a menudo, se alzaba una cruz de madera. Pronto descubrimos que en sus más pequeñas grietas había monedas incrustadas, colocadas por paseantes.¿Qué deseaban ofrecer esos paseantes? ¿O qué buscaban obtener de Dios? ¿El perdón por un pecado cometido? ¿La felicidad en su vida? ¿La salvación de su alma?
Sea lo que fuere, eso es conocer muy mal al Dios de la Biblia, quien tomó la condición del más pobre de entre los pobres en la persona de Jesucristo. A Dios le agrada dar y es así como expresa su amor. No exige ningún pago por la salvación que ofrece. Es el Dios a quien todo le pertenece y no hace caso a nuestras pretensiones de querer comprarle su misericordia. Entonces, en un mundo donde nada se puede obtener sin dinero, Jesús ofrece gratuitamente el “agua viva” a toda persona sedienta en su ser interior (Juan 4:10).
El agua viva es símbolo de frescura, de renovación, de una nueva vida. Esta vida empieza cuando uno reconoce que tiene necesidad de Dios y se somete a su autoridad. Así como Jesús iba al encuentro de personas que tenían dificultades, hoy en día Dios viene a nuestro encuentro. No nos juzga, sino que nos ofrece su perdón.
Ese don de Dios, ¿lo conoce el lector?


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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http://ediciones-biblicas.ch

¿La ciencia tiene una meta?


¿Quién entendió la mente del Señor?
¿O quién fue su consejero?
¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?
Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas.
A él sea la gloria por los siglos.

Romanos 11:34-36.


¿La ciencia tiene una meta?

¿Adónde va la ciencia? Los científicos estudiaron el mundo de las moléculas y de los átomos, inquirieron en el cosmos y evaluaron los inmensos espacios de las galaxias. Empiezan a entrever el funcionamiento de la vida biológica. Exploran el cerebro. Nada parece detenerlos… ¿Pero adónde va a parar la ciencia? Nadie lo sabe.

¿Qué quiere hacer con el hombre? Nadie lo dice. Los investigadores están ansiosos por conocer y avanzan con el entusiasmo de la búsqueda. ¿Cuál será el resultado? Lo ignoran, ¡pero a pesar de todo avanzan! Algunos se detienen perplejos, pero la mayoría prosigue, aún más encarnizada…

Esta constatación nos recuerda un versículo de la Biblia: “Conozco, oh Señor, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jeremías 10:23). Al hombre moderno se le hace creer que es el resultado del azar, que avanza por casualidad y por eso no puede conocer su meta ni conducirse con sabiduría.

¡Pero no somos el fruto del azar! Dios concibió un plan eterno; nada ni nadie lo puede obstaculizar. Él rigió este plan antes de que el hombre estuviera en la tierra. Si confiamos en él, nos conducirá en nuestras vidas. De todos modos llevará a cabo su plan para con los que creen en él. Confiamos en Aquel a quien aprendimos a conocer como siendo el amor mismo.

El camino critico

El camino critico

“Porque siete veces podrá caer el justo, pero otras tantas se levantará; los malvados, en cambio, se hundirán en la desgracia.”1

En su libro, Peak Performers, el Doctor Charles Garfield describe como los astronautas mantienen la nave especial en curso.

“Se dice que en los vuelos entre la tierra y la luna las naves Apolo estaban fuera de curso la mayor parte del tiempo. En cada viaje, la nave se salía de curso y la tripulación corregía el curso—se salía de curso y se le corregía una y otra vez. ¿Y saben qué? No importaba. Lo que importaba eran los resultados. Ellos llegaron a la luna. Ellos regresaron a casa. Lo hicieron al tener la disciplina y el conocimiento para poder corregir el curso. No siguieron el curso correcto, pero siguieron el camino vital.

Ya sea que deseen alcanzar la luna, lograr una mejor vida personal o familiar, o busquen el obedecer y server a Dios, cuales sean las metas, el principio es el mismo. Siempre existen eventos impredecibles e inesperados que requieren un cambio y un ajuste. A pesar de que los astronautas tenían que ser precisos en sus cálculos, ellos tenían un margen de error que podían corregir. La persona que no permite tal ajuste probablemente no alcanzara sus metas. Como lo dijo Garfield, el camino decisivo es el camino para alcanzar la meta.

Para el cristiano, la meta es la de obedecer y servir a Dios y el madurar. Nos tropezaremos, cometeremos errores, caeremos, y encontraremos muchos golpes por el camino. Cuando caemos, sin embargo, lo importante es levantarse, corregir el curso y continuar. Este es el camino v decisivo para nosotros.

Y como un autor nos lo recuerda, ¡ A los obstáculos del camino los escalamos!

Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, cada día te entrego y confío mi vida y mis caminos y me comprometo a servirte para siempre. Gracias porque siempre me guías, diriges mi vida y corriges las cosas malas o dañinas que pueda hacer—para mantenerme en la ruta de mis metas y los propósitos que tú tengas para mi vida. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, amén.”

1. Proverbios 24:16 (NIV).

Viviendo con éxito

Viviendo con éxito

“La ley del Señor es perfecta: infunde nuevo aliento. El mandato del Señor es digno de confianza: da sabiduría al sencillo.”1

Leonardo da Vinci dijo en una ocasión: “La naturaleza nunca rompe sus propias reglas.” Afortunadamente para nosotros no lo hace. Si no fuera por la ley de la gravedad, por ejemplo, la tierra no se mantendría en su órbita y todos saldríamos volando hacia el espacio infinito. Si tratamos de romper las reglas de la naturaleza—tales como la ley de la gravedad, no podemos. Nos rompería o hasta nos mataría.

Existen leyes morales universales, también, sin las cuales nuestra sociedad se caería en pedazos. Si retamos estas reglas, ellas nos doblegaran, o en su lugar nosotros nos doblegaremos ante ellas. La mayoría de las reglas creadas por el hombre también son importantes. Ellas hacen posible que podamos vivir juntos. ¡Imaginen conduciendo por las carreteras de la actualidad sin tener reglas de transito!

Tambien hay reglas que gobiernan el desarrollo humano. Por ejemplo, cada niño necesita que se le nutra considerablemente, amor incondicional, que se le acepte, y se le apoye durante sus años del desarrollo. Cuando se viola esta ley, también se está violando a los niños—muchos de los cuales viene de hogares disfuncionales. Tambien hay reglas que se aplican a la salud de los adultos, su felicidad y bienestar. Retemos, ignoremos o rompamos estas reglas y nos quebrantaremos a nosotros mismo.

Dios Tambien nos ha dado reglas espirituales … no son para quitarnos nuestro gozo o libertad, pero para darnos una vida completa así como una vida eterna. El retar estas leyes significa nuestra destrucción eterna.

Nosotros seguimos estas leyes no porque seamos legalistas y tengamos que obedecerlas, pero porque queremos y elegimos el obedecerlas porque sabemos que lo necesitamos hacer por nuestro propio bienestar y el de nuestros seres queridos. Como lo escribió el salmista, “La ley del Señor es perfecta: infunde nuevo aliento. El mandato del Señor es digno de confianza: da sabiduría al sencillo. Los preceptos del Señor son rectos: traen alegría al corazón. El mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos. El temor del Señor es puro: permanece para siempre. Las sentencias del Señor son verdaderas: todas ellas son justas. Son más deseables que el oro, más que mucho oro refinado; son más dulces que la miel, la miel que destila del panal. Por ellas queda advertido tu siervo; quien las obedece recibe una gran recompensa.”2

Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, por favor ayúdame a comprender que todas tus reglas son para mi propio bienestar—tanto para esta vida como para la vida que viene. Dame el sentido común y el valor para siempre vivir en armonio con tus reglas para que así pueda vivir en armonía conmigo mismo, los demás y contigo. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, amén.”

1. Salmos 19:7 (TLB).
2. Salmos 19:7–11 (TLB).

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