Apuntes acerca de la Biblia y su interpretación


Apuntes acerca de la Biblia y su interpretación

Plutarco Bonilla, Costa Rica

Apuntes acerca de la Biblia y su interpretación

Observaciones preliminares

Mi posición personal

Permítanme comenzar con algunas afirmaciones de carácter muy personal. Pueden ser objeto de conversación en la segunda parte de esta actividad (o la tercera, si incluimos el desayuno como la primera…).1

Soy cristiano evangélico, y nunca lo he negado. Pero siento que, junto a esta afirmación debe haber una aclaración, para evitar confusiones en el uso de ciertas palabras. Al contrario de otros que se definen a sí mismos de la misma manera, yo no hago ninguna distinción entre «evangélico» y «protestante». Para mí son palabras sinónimas, o cuasi sinónimas, que se diferencian solo en matices que dependen de las respectivas etimologías. Por eso, en mi uso de estas palabras, me defino indistintamente como «evangélico» o como «protestante». Es más, de hecho, y en muchas circunstancias, cuando me preguntan por mi identificación sociorreligiosa prefiero hablar de mí mismo como «protestante», y lo hago por dos razones principales.

En primer lugar, porque nací a la fe y crecí en ella bajo el antiprotestante régimen del General Franco. En lo que a esto respecta, si me permiten jugar con las palabras (que es uno de mis deportes favoritos), habría que decir que el General Franco fue generalmente muy franco). En aquellos días, cuando yo era joven, en algunas ocasiones ciertas personas escupían su saliva en el suelo a nuestro paso y escupían también a nuestra cara la palabra «¡protestante!», pronunciada con una manifiesta carga de religioso desprecio. Cierto, la lejanía de los centros de poder —la capital del país y otros significativos centros urbanos— permitió que gestos como estos y otros aun más violentos no fueran, en las Islas Canarias, tan frecuentes como en otras partes. Pero que los hubo, húbolos.2 Con el pasar del tiempo, siempre en aquellos años, y según los evangélicos íbamos madurando, algunos de nosotros llegamos a la conclusión de que podíamos usar esa misma peyorativa palabra para definirnos a nosotros mismos sin vergüenza alguna. De esa manera, al usarla nosotros, la vaciamos de la carga de desprecio con que otros intentaban enrostrárnosla. Fue algo semejante a lo que ya había pasado con la palabra «metodista», usada en un primer momento con sorna para burlarse de aquel grupo de estudiantes de la Universidad de Oxford que habían decidido, como grupo, vivir una vida disciplinada y metódica. A la larga, ellos asumieron el término como palabra definitoria de sí mismos, y los otros se quedaron a la luna de Valencia.3 Otro tanto ocurrió, en efecto, con el vocablo «cristiano», pues el texto bíblico dice que no fue palabra que los seguidores de Jesús se aplicaron a sí mismos, sino que los otros, los de afuera, les endilgaron4 (Hechos 11.26: «Fue en Antioquía donde por primera vez se les dio a los discípulos el nombre de cristianos»).5 Me pregunto si, al contrario de lo que pasó con el movimiento metodista, no se hizo mal al aceptar el apelativo, especialmente en su forma substantiva («cristianismo»), que convierte lo que era un movimiento («los del Camino») en un «–ismo» entre otros.

En segundo lugar, siento cierta preferencia por la palabra «protestante» —insisto, como definición sociorreligiosa— porque, cada vez más, la palabra «evangélico» está siendo usada por cristianos no protestantes como término de identificación teológica y no meramente eclesiástica, por la referencia directa a su fe en el evangelio. Por supuesto, nos parece, correctamente usada, pues nadie tiene el derecho de pretender el uso monopólico del término.6

Un principio protestante

Uno de los mejor conocidos —o, por lo menos, de los más citados— principios de la Reforma Protestante del siglo 16 es el que se formula con las palabras latinas «sola Scriptura» (la sola Escritura). Volveremos a ello luego. Hay otros principios, bien conocidos unos; no tan bien conocidos otros, que algunos teólogos de nuestro medio, mucho más competentes que yo, han explicado muy bien tanto desde los púlpitos de algunas de nuestras iglesias como por medio de la página «impresa» (en el papel o en la pantalla de la computadora).7

Por lo dicho, considero apropiado dejar establecido, desde el principio, que, como cristiano, mi punto de partida en esta reflexión es la afirmación de que la Biblia es la palabra privilegiada de Dios para el ser humano. Digo «privilegiada» porque la propia Biblia dice que hay otras palabras fuera de ella.8

Hemos de admitir —bueno, al menos, yo admito— que afirmar que la Biblia es la palabra de Dios es hacer una afirmación teológica. Y como afirmación teológica corre siempre el riesgo de convertirse exactamente en eso y en nada más que eso. ¿En qué sentido? En el sentido de que el verdadero valor de una afirmación como esa se hace manifiesto solamente en la manera como tratemos esa Biblia de la que decimos que es palabra de Dios, en la manera como la interpretemos y, muy especialmente, en la manera como la obedezcamos. Es, mutatis mutandis, lo que dice Juan del amor a Dios: «Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso» (1 Juan 4.20; es interesante observar que en la segunda parte del mismo versículo, el escritor ya no habla de «odiar», sino de «no amar»).

Sin mencionar nombres, que no vienen al caso, quiero referirme a casos que se han repetido una y otra vez. Un pastor afirma, en tono dogmático, que cree en la palabra de Dios, y reitera que cree en la autoridad de la palabra de Dios para la iglesia. El domingo está en el culto. En el transcurso de este, en doce ocasiones distintas se cantan alabanzas —o supuestas alabanzas— a Dios. Se celebra algún bautismo. Se introducen otros actos como parte del proceso litúrgico. Más de una hora después de comenzado el culto, cuando la mente humana, por su propia naturaleza, ya está pronta a no sostener por mucho tiempo la atención y a desviarla muy fácilmente, el predicador comienza a predicar sobre la palabra de Dios —o, supuestamente, sobre ella—. Pero eso no es lo peor. Lo peor viene luego: el predicador comienza a hablar diciendo algo así como esto: «Hermanos, como ya es tarde, nuestra reflexión de hoy será breve». No se abrevian otros elementos que aparecen en el orden del culto; se abrevia la proclamación de la Palabra.

Lo anterior no es producto de mi imaginación. Ni me lo han contado. Lo he visto. Lo he vivido (quizás debería decir, más bien, que lo he sufrido). No en una iglesia local. En muchas. No en una sino en repetidas ocasiones. (Y hay que acentuar que respecto de este asunto, como dicen en inglés, “one is too many”: una sola vez ya es demasiado). Hay «tiempo» para muchas otras cosas en el culto. No hay mucho tiempo para la exposición de la palabra de Dios. Recuerdo un caso, hace ya años, en mi propia iglesia, cuando se añadieron tantas cosas en el culto dominical, que el pastor se vio en la necesidad de eliminar algunos elementos que estaban en el orden litúrgico impreso que todos teníamos en nuestras manos. ¿Y saben qué eliminó? Pues nada más y nada menos que la lectura del texto bíblico. Frente a todo eso, es entonces cuando me pregunto si las manifestaciones que se hacen de creer en las Escrituras y en su autoridad no son sino retórica demagógica, porque a la gente le gusta escuchar ese tipo de declaraciones.

El aspecto en el que quiero centrar el resto de estas reflexiones es el que tiene que ver con la interpretación de la palabra y con algunas presuposiciones que hay que explicitar. La validez de nuestra afirmación teológica de que la Biblia es la palabra de Dios se muestra también, y principalmente, en la manera como nosotros la tratamos al interpretarla.

Voy a hacer unas pocas afirmaciones y comentarlas. Terminaré con unas observaciones.

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1Este es texto revisado y aumentado del que fue originalmente presentado, el 26 de marzo del año en curso, en el foro que, para pastores, organiza la Sociedad Bíblica de Costa Rica. Esta actividad comienza con un desayuno, sigue la conferencia de alguna persona invitada y concluye con un diálogo abierto.

2Aunque en lenguaje «suavizado» (en parte por ser de ambiente académico y en parte por la lejanía en el tiempo y el cambio de situación), este hecho se refleja en un artículo escrito para un libro que se publicó en homenaje del colegio, ya desaparecido, donde tuve el privilegio de cursar el bachillerato. El libro se titula El Viera y Clavijo en la memoria, coordinado por Francisco Morales Padrón (Las Palmas de Gran Canaria: Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2002). En el capítulo «Recuerdos del Viera», escrito por Diego Cambreleng Roca, dice lo siguiente: «Y un curioso personaje que vino del Puerto era Bonilla, del barrio de la Isleta. Plutarco Bonilla era protestante, creo que era evangelista, cosa que en aquella época nos chocaba bastante…» (p. 63). «Aquella época» era 1952. La expresión «cosa que… nos chocaba bastante», escrita cincuenta años después del acontecimiento al que se refiere, resulta elocuente.

3Carlos Wesley se refirió a ese epíteto como el «inofensivo apodo de metodistas», y su hermano Juan lo redefinió con estos términos: «Metodista es quien vive de acuerdo con el método establecido en la Biblia». Véase el artículo «Metodismo», de A. Skevington Wood, en Diccionario de historia de la iglesia (Miami: Editorial Caribe, 1989); p. 718.

4Así leemos en Tácito que el emperador «presentó como reos y castigó con suplicios refinadísimos a los que el vulgo, odiándoles por sus delitos, llamaba crestianos. El autor de esta denominación, Cresto, en tiempos de Tiberio había sido condenado al suplicio por el procurador Poncio Pilato» (Anales XV, 44. Traducción tomada del Diccionario patrístico y de la antigüedad cristiana, dirigido por Angelo di Berardino; tomo II, s. v. «Tácito, Cornelio», [Salamanca: Ediciones Sígueme, 1992]; p. 2056). Tácito veía despectivamente a los cristianos. Para otras posibles interpretaciones del origen de la palabra, véase Joseph A. Fitzmyer, The Acts of the Apostles (en la colección «The Anchor Bible»; New York: Doubleday, 1998); p. 477-478.

5Mientras no se señale otra cosa, las citas bíblicas están tomadas de la traducción Dios habla hoy. Biblia de estudio (DHH).

6Creo que esto último ha sucedido en EUA. Considero que allí, a raíz de discusiones teológicas del pasado, una de los partes en la disputa (los «Protestants») permitieron que les quitaran su definición como «evangélicos», término asumido por la otra parte (los «Evangelicals»).

7Por ejemplo, el Dr. Juan E. Stam. Véase su artículo «Sobre la teología de los reformadores: unas reflexiones». (Charla en la Consulta sobre la Reforma, dada en La Habana y patrocinada por el Consejo de Iglesias de Cuba y el Consejo Latinoamericano de Iglesias, 2002).

8Por ejemplo, en los conocidos textos de Salmos (19: «Los cielos cuentan la gloria de Dios…») y de Romanos (1.18 y siguientes).

FUENTE:http://www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=1062&Itemid=1

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