Otro blog que nos cita

Bajo el titulo “¿HAY QUE ANULAR EL CONCILIO VATICANO II? “, desde otro blog, citan un artículo editado por mi.

El autor del blog http://3montes.blogspot.com comenta el artículo citado en Lo que el viento se llevó….(de adentro de la iglesia católica)  diciendo: «Me he permitido la libertad de pensar que quizás la Iglesia un día corregirá algunos excesos modernistas del Concilio Vaticano II. Esta idea creo que subyace en unas consideraciones, quizás algo exageradas, de Paulo Arieu, (*) sobre la crisis de la Iglesia, las cuales reproduzco aquí casi integramente…»

No era mi intención al publicar ese artículo, reflexionar acerca de la posibilidad de anular un concilio,  ya que entiendo que no todo fue negativo. Como evangélicos nos vimos beneficiados, al menos momentáneamente, ya que las presiones que ejercía la Iglesia Católica Romano sobre las iglesias evangelicas, menguó, auqnue no desapareció del todo, y en Latinoamerica, se respiraron aires de mayor libertad religiosa, y un inicio de dialogo desde la inciiativa católcia, lo que yo considero positivo.

Sin embargo, la esencia doctrinal de la iglesia Católica Romana, no cambió en asboluto. 

Seguramente, en algun momento proximo, haga una reflexion sobnre Concilio Vaticano II,donde pueda analizar sus aspectos positivos y sus apsectos negativos.

Gracias por citarme.

Paulo Arieu

 

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El adulterio y la consupiscencia de la mirada

el adulterio y la consupiscencia de la mirada
Audiencia General del 8 de octubre de 1980


1. Quiero concluir hoy el análisis de las palabras que pronunció Cristo, en el sermón de la montaña, sobre el «adulterio» y sobre la «concupiscencia», y en particular del último miembro del enunciado, en el que se define específicamente a la «concupiscencia de la mirada», como «adulterio cometido en el corazón».

Ya hemos constatado anteriormente que dichas palabras se entienden ordinariamente como deseo de la mujer del otro (es decir, según el espíritu del noveno mandamiento del decálogo). Pero parece que esta interpretación -más restrictiva- puede y debe ser ampliada a la luz del contexto global. Parece que la valoración moral de la concupiscencia (del «mirar para desear») a la que Cristo llama «adulterio cometido en el corazón», depende, sobre todo, de la misma dignidad personal del hombre y de la mujer; lo que vale tanto para aquellos que no están unidos en matrimonio, como -y quizá más aún- para los que son marido y mujer.

2. El análisis, que hasta ahora hemos hecho del enunciado de Mt 5, 27-28 «Habéis oído que fue dicho. No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón», indica la necesidad de ampliar y, sobre todo, de profundizar la interpretación presentada anteriormente, respecto al sentido ético que contiene este enunciado. Nos detenemos en la situación descrita por el Maestro, situación en la que aquel que «comete adulterio en el corazón», mediante un acto interior de concupiscencia (expresado por la mirada), es el hombre. Resulta significativo que Cristo, al hablar del objeto de este acto, no subraya que es «la mujer del otro», o la mujer que no es la propia esposa, sino que dice genéricamente: la mujer. El adulterio cometido «en el corazón no se circunscribe a los límites de la relación interpersonal, que permiten individuar el adulterio cometido «en el cuerpo». No son estos límites los que deciden exclusiva y esencialmente el adulterio cometido «en el corazón», sino la naturaleza misma de la concupiscencia, expresada en este caso a través de la mirada, esto es, por el hecho de que el hombre -del que, a modo de ejemplo, habla Cristo- «mira para desear». El adulterio «en el corazón» se comete no solo porque el hombre «mira» de ese modo a la mujer que no es su esposa, sino precisamente porque mira así a una mujer. Incluso si mirase de este modo a la mujer que es su esposa, cometería el mismo adulterio «en el corazón».

3. Esta interpretación parece considerar, de modo más amplio, lo que en el conjunto de los presentes análisis se ha dicho sobre la concupiscencia, y en primer lugar sobre la concupiscencia de la carne, como elemento permanente del estado pecaminoso del hombre (status naturæ lapsæ). La concupiscencia que, como acto interior, nace de esta base (como hemos tratado de indicar en el análisis precedente), cambia la intencionalidad misma del existir de la mujer «para» el hombre, reduciendo la riqueza de la perenne llamada a la comunión de las personas, la riqueza del profundo atractivo de la masculinidad y de la feminidad, a la mera satisfacción de la «necesidad» sexual del cuerpo (a la que parece unirse más de cerca el concepto de «instinto»). Una reducción tal hace, sí, que la persona (en este caso, la mujer) se convierta para la otra persona (para el hombre) sobre todo en objeto de la satisfacción potencial de la propia «necesidad» sexual. Así se deforma ese recíproco «para», que pierde su carácter de comunión de las personas en favor de la función utilitaria. El hombre que «mira» de este modo, como escribe Mt 5, 27-28, «se sirve» de la mujer, de su feminidad, para saciar el propio «instinto». Aunque no lo haga con un acto exterior, ya en su interior ha asumido esta actitud, decidiendo así interiormente respecto a una determinada mujer. En esto precisamente consiste el adulterio «cometido en el corazón». Este adulterio «en el corazón» puede cometerlo también el hombre con relación a su propia mujer, si la trata solamente como objeto de satisfacción del instinto.

4. No es posible llegar a la segunda interpretación de las palabras de Mt 5, 27-28, si nos limitamos a la interpretación puramente psicológica de la concupiscencia, sin tener en cuenta lo que constituye su específico carácter teológico, es decir, la relación orgánica entre la concupiscencia (como acto) y la concupiscencia de la carne, como, por decirlo así, disposición permanente que deriva del estado pecaminoso del hombre. Parece que la interpretación puramente psicológica (o sea, «sexológica») de la «concupiscencia», no constituye una base suficiente para comprender el relativo texto del sermón de la montaña. En cambio, si nos referimos a la interpretación teológica -sin infravalorar lo que en la primera interpretación (la psicológica) permanece inmutable- ella, esto es, la segunda interpretación (la teológica) se nos presenta como más completa. En efecto, gracias a ella, resulta mas claro también el significado ético de enunciado-clave del sermón de la montaña, el que nos da la adecuada dimensión del ethos del Evangelio.

5. Al delinear esta dimensión, Cristo permanece fiel a la ley: «No penséis que he venido a abrogar la ley y los profetas no he venido a abrogarla, sino a consumarla» (Mt 5, 17) En consecuencia, demuestra cuanta necesidad tenemos de descender en profundidad, cuánto necesitamos descubrir a fondo las interioridades del corazón humano, a fin de que este corazón pueda llegar a ser un lugar de «cumplimiento» de la ley. El enunciado de Mt 5, 27-28, que hace manifiesta la perspectiva interior del adulterio cometido «en el corazón» -y en esta perspectiva señala los caminos justos para cumplir el mandamiento: «no adulterarás»-, es un argumento singular de ello. Este enunciado (Mt 5, 27-28), efectivamente, se refiere a la esfera en la que se trata de modo particular de la «pureza del corazón» (cf. Mt 5, 8) (expresión que en la Biblia -como es sabido- tiene un significado amplio). También en otro lugar tendremos ocasión de considerar cómo el mandamiento «no adulterarás» -el cual, en cuanto al modo en que se expresa y en cuanto al contenido, es una prohibición unívoca y severa (como el mandamiento «no desearás la mujer de tu prójimo» Ex 20, 17)- se cumple precisamente mediante la «pureza de corazón». Dan testimonio indirectamente de la severidad y fuerza de la prohibición las palabras siguientes del texto del sermón de la montaña, en las que Cristo habla figurativamente de «sacar el ojo» y de «cortar la mano», cuando estos miembros fuesen causa de pecado (cf. Mt 5, 29-30). Hemos constatado anteriormente que la legislación del Antiguo Testamento, aun cuando abundaba en castigos marcados por la severidad, sin embargo, no contribuía «a dar cumplimiento a la ley», porque su casuística estaba contramarcada por múltiples compromisos con la concupiscencia de la carne. En cambio, Cristo enseña que el mandamiento se cumple a través de la «pureza de corazón», de la cual no participa el hombre sino a precio de firmeza en relación con todo lo que tiene su origen en la concupiscencia de la carne. Adquiere la «pureza de corazón» quien sabe elegir coherentemente a su «corazón»: a su «corazón» y a su «cuerpo».

6. El mandamiento no adulterarás» encuentra su justa motivación en la indisolubilidad del matrimonio, en el que el hombre y la mujer, en virtud del originario designio del Creador, se unen de modo que «los dos se convierten en una sola carne» (cf. Gén 2, 24) El adulterio contrasta, por su esencia, con esta unidad, en el sentido de que esta unidad corresponde a la dignidad de las personas. Cristo no solo confirma este significado esencial ético del mandamiento, sino que tiende a consolidarlo en la misma profundidad de la persona humana. La nueva dimensión del ethos está unida siempre con la revelación de esa profundidad, que se llama «corazón» y con su liberación de la «concupiscencia», de modo que en ese corazón pueda resplandecer más plenamente el hombre: varón y mujer, en toda la verdad del recíproco «para». Liberado de la constricción y de la disminución del espíritu que lleva consigo la concupiscencia de la carne, el ser humano: varón y mujer, se encuentra recíprocamente en la libertad del don que es la condición de toda convivencia en la verdad, y, en particular, en la libertad del recíproco donarse, puesto que ambos, marido y mujer, deben formar la unidad sacramental querida por el mismo Creador, como dice el Génesis 2, 24.

7. Como es evidente, la exigencia, que en el sermón de la montaña propone Cristo a todos sus oyentes actuales y potenciales, pertenece al espacio interior en que el hombre -precisamente el que le escucha- debe descubrir de nuevo la plenitud perdida de su humanidad y quererla recuperar. Esa plenitud en la relación recíproca de las personas: del hombre y de la mujer, el Maestro la reivindica en Mt 5, 27-28, pensando sobre todo en la indisolubilidad del matrimonio, pero también en toda otra forma de convivencia de los hombres y de las mujeres, de esa convivencia que constituye la pura y sencilla trama de la existencia. La vida humana, por su naturaleza, es «coeducativa», y su dignidad, su equilibrio dependen, en cada momento de la historia y en cada punto de longitud y latitud geográfica, de «quién» será ella para el, y él para ella.

Las palabras que Cristo pronunció es el sermón de la montaña tienen indudablemente este alcance universal y a la vez profundo. Sólo así pueden ser entendidas en la boca de Aquel, que hasta el fondo «conocía lo que en el hombre había» (Jn 2, 25), y que, al mismo tiempo, llevaba en sí el misterio de la «redención del cuerpo», como dirá San Pablo. ¿Debemos temer la severidad de estas palabras, o más bien, tener confianza en su contenido salvífico, en su potencia?

En todo caso, el análisis realizado de las palabras pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña abre el camino a ulteriores reflexiones indispensables para tener plena conciencia del hombre «histórico», y sobre todo del hombre contemporáneo: de su conciencia y de su «corazón».

Fuente: http://www.corazones.org/santos/juan_pablo2/Teologia%20del%20cuerpo/teologia_audiencia_43.htm

 

 

Adúlteros: entre Vattimo y Jesús

Nota:

Este debate no necesariamente refleja el pensamiento teologico del blog.

Paulo Arieu

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DEBATE

Adúlteros: entre Vattimo y Jesús


El filósofo Gianni Vattimo había restado valor a la enseñanza bíblica acerca del adulterio (“Son situaciones históricas”, dijo en Ñ). León Ferrari cita numerosos pasajes de la Biblia y afirma: “Los Evangelios condenan el adulterio y todo lo que tenga que ver con el sexo”.



LEON FERRARI.

En la entrevista que publica Ñ el 8 de abril, Gianni Vattimo interpreta el Evangelio, y las Sagradas Escrituras en general, recordando algunas páginas y callando el resto. Cosa que sucede a menudo y que la Biblia facilita: sus lectores, santos o asesinos, encuentran en esos libros versículos que justifican su conducta, aplausos al amor y al delito.

Vattimo, refiriéndose al adulterio, dice: “El Evangelio no se ha ocupado nunca de si uno va a la cama con éste o con aquél. ¿El adulterio? Tiene que ver con instituciones históricas; no es necesariamente una orden divina”. Vattimo parece no haber leído, Mt 19,8 “No adulterarás”; Mc 10,19 “No adulteres”; Lc 18,20 “No adulterarás”.

Tampoco recuerda que Jesús incluyó “los adulterios y las fornicaciones entre las maldades que contaminan al hombre” (Mr 7,21), que acusó a sus incrédulos contemporáneos de “generación adulterina y pecadora”  (Mc 8,38), y que en el Apocalipsis advierte que los “fornicarios”, junto a los incrédulos, hechiceros, idólatras, etc, irán “al lago ardiendo con fuego y azufre” (Ap 21,8).

Las malas interpretaciones de la Biblia, el Evangelio incluido, son el origen de la enferma relación de Occidente con el sexo, la degradación del sexo, la obsesión vaticana por el sexo, el sexo como delito. Jesús,  es uno de los orígenes “de la identificación de la moralidad con el uso correcto de la sexualidad”, que a Vattimo, ateo, le parece una estupidez de la Iglesia.

En el sermón de la montaña —donde recurre a Sodoma (Lc 17,28), uno de los exterminios bíblicos originados en el uso no convencional del sexo, para ilustrar la represión que lo acompañará en su vuelta— agrava el adulterio, castigado con lapidación por Jehová, incluyendo en esa falta a quien se limite a desear una mujer.

En Mt 5,28 dice: “Oísteis que fue dicho: ”No adulterarás”: mas yo os digo, que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Y agrega el castigo: “Por tanto, si tu ojo derecho te fuere ocasión de caer, sácalo y échalo de ti: que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no todo tu cuerpo sea echado en el infierno” (Mt 5,29).

mapa de Canaán realizado en Londres en 1650 por Thomas Fuller(1608-1661), un clérigo inglés que escribió libros sobre historia y geografía de Tierra Santa. Sus medidas son 28.1 x 34.3 cm.

Jesús se ocupa de nuevo del adulterio —y de nuevo corrige las leyes de su padre, a pesar de haber afirmado que no cambiará “un tilde” de ellas— cuando califica de adúlteros a quienes se casen por segunda vez luego de separarse de su primera esposa.

Mt 19,9: “Y yo os digo que cualquiera que repudiare a su mujer, si no fuere por causa de fornicación, y se casare con otra, adultera: y el que se casare con repudiada, adultera”.

Lapidacion de una mujer adultera en el Islam

Esas ideas de Jesús sobre divorcio y adulterio son el origen de la perseverante campaña de la Iglesia contra el divorcio: los divorciados católicos que se vuelven a casar no pueden recibir la comunión, es decir, son condenados al tormento eterno, castigo infinitamente más doloroso, cuentan, que la muerte prometida en el Pentateuco.

El cardenal Ratzinger años atrás y antes de haber accedido al trono papal, nos dio un ejemplo de la mentalidad vaticana: dispuso que los matrimonios entre divorciados pueden recibir la comunión siempre que no copulen.

A pesar de la reiteración evangélica en referirse el adulterio, Vattimo afirma que “el adulterio, en todo caso, es una de las leyes de Moisés, así que es un asunto de ellos”.

Pero es también asunto del Nuevo Testamento que no abandonó las leyes del Antiguo en el que la mayor parte de los condenados a muerte son pecadores sexuales.

La muerte que nos aguarda como castigo por el Pecado Original de Eva se adelanta si con el sexo que Eva descubrió se pretenden alcanzar orgasmos prohibidos.

A pesar de que las tablas de Moisés ordenan no matar, en la Biblia se ordena matar con diversos procedimientos (pestes, fuego, lapidación, degüello) a los homosexuales y sodomitas (Lv 20,13 y 1Ro 1,32), a las muchachas recién casadas cuando se compruebe que no son vírgenes (Dt 22, 13-21), a la hija del sacerdote que comenzara a fornicar (Lv 21,9), a los hombres que copulen con bestias (Lv 20,15), a las mujeres que copulen con animales (Lv 20,16), al que copule con su suegra (Lv 20,14), con su hermana (Lv 20,17), con la mujer del hermano de su padre (Lv 20,20), con su nuera (Lv 20,12), a las adúlteras (Lv 20,10 y Dt 22,22), a la mujer que violada dentro de la ciudad no grite pidiendo ayuda (Dt 22,24), a los “fornicarios” (Ap 21, 8), a los judíos que copulaban con las aborígenes de la Tierra Prometida y a los hijos que nacieran de esas uniones (Jer 16,2).

Jesús no corrige ni suaviza estas leyes; en cambio agrava el adulterio, identificando moral y sexo, lo que Vattimo juzga “una estupidez”.

El autor de la expresión más hostil de la Biblia contra el sexo es Jesús hablando de los eunucos, a los que clasifica en tres categorías: los que nacieron eunucos, los que fueron castrados por otros hombres y los que se autocastraron para alcanzar el reino de los cielos. Jesús promueve este camino a la Salvación sugiriendo “el que pueda ser capaz de eso (de autocastrarse), séalo” (Mt 19,12). Esta exhortación a separarse de los testículos originó varias interpretaciones.

Según San Jerónimo Jesús habló en los dos primeros casos de castración carnal y en el tercero usó esa imagen sólo para promover la abstención sexual (Catena Aurea 2 134: CA es la recopilación de comentarios a los evangelios realizada por Santo Tomás de Aquino).

San Juan Crisóstomo asegura que Jesús no se refirió a “la amputación de los miembros, sino de los malos pensamientos” (CA 2 135).

A estas opiniones se opone la de Orígenes 6 (Oregenes Adamantius, 185-254dC.) respetado teólogo del cristianismo, quien no sólo interpretó literalmente las palabras de Jesús, sino que las puso en práctica mutilando sus genitales. Lo mismo hicieron otros religiosos como el obispo Melitón y la secta de los valecianos, del siglo III, constituida por castrados que no admitían entre ellos a hombres enteros.

Beda comparte esta interpretación pues, comentando la idea de Jesús que serán “bienaventuradas las estériles” (Lc 23,29) cuando él vuelva en el Apocalipsis, explica que “se refiere sin duda, a aquellos de uno y otro sexo que se castraron por el reino de los cielos” (CA 4 516).

Juan Pablo II recordó la idea de Jesús: luego de citar el versículo de Mateo agrega: “desde luego las palabras de Jesús no quieren aludir a una mutilación física que la Iglesia nunca ha permitido, sino a la libre renuncia a las relaciones sexuales” (Osservatore Romano, diario del Vaticano, 18/11/94).

La interpretación del papa se debilita al aparecer junto a una afirmación equivocada. No es cierto que la iglesia nunca ha permitido la castración: es sabido que, como San Pablo prohibió hablar a las mujeres en los templos, el Vaticano solucionó la falta de sopranos y contraltos castrando chicos antes de su pubertad, o integrando en sus coros chicos castrados, para que conservaran sus cristalinas voces.

Vinculada o no a la sugestión de Jesús, esta costumbre se practicó desde el siglo XVI hasta fines del XIX y recién fue prohibida durante el papado de León XIII (1878-1903) quien dispuso que “no hubiera castrados en la capilla de música papal”.

La autocastración sugerida por Jesús, la circuncisión exigida por el Padre, la preocupación evangélica por el himen de María, las menciones a la menstruación y a zonas del cuerpo que puedan secundar el placer sexual, al ano, a los senos de las mujeres, a los vientres de las embarazadas y las metáforas de Jehová refiriéndose a Israel como una prostituta que lo engañaba con asirios, egipcios y caldeos (“abriste tus piernas y multiplicaste tus fornicaciones, y fornicaste con los hijos de Egipto, tus vecinos de grandes carnes”, Ez 16,25), Sodoma, la condena de San Pablo a los gay y a las mujeres sodomitas (Ro 1,23) son algunas exteriorizaciones de la sexualidad bíblica.

Además, a las numerosas condenas a quienes utilicen su recto o el de su prójimo como fuentes de placer, Dios agrega la idea de utilizarlo como fuente de castigo y dolor pues no sólo incluye las hemorroides entre los escarmientos que anuncia en el Deuteronomio, sino que hace realidad esa amenaza al castigar a los filisteos que habían robado el Arca del Señor (“e hirió a los hombres de aquella ciudad desde el chico hasta el grande con una plaga de hemorroides… y el clamor de la ciudad subía al cielo”, 1S 5,6), plaga de la que sólo pudieron librarse entregando junto al Arca una ofrenda de cinco hemorroides de oro, una por cada uno de los príncipes filisteos castigados.

Vinculadas a ese castigo están las amenazas contra las mujeres de Samaria (serán sus preñadas abiertas) y la imagen que utilizó Ezequiel para intimidar a Jerusalem cuando, aliada con los asirios, abandonaba a Jehová: “tus pechos arrancarás” (Ez 23,34).

El Evangelio, junto con la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento, condena el adulterio y todo lo que tenga que ver con el sexo. ¿Cómo leerlo en otra forma?

En la entrevista que publica Ñ el 8/4/06, Vattimo interpreta el Evangelio, y las Sagradas Escrituras en general, recordando algunas páginas y callando el resto.

Cosa que sucede a menudo y que la Biblia facilita: sus lectores, santos o asesinos, encuentran en esos libros versículos que justifican su conducta, aplausos al amor y al delito. Vattimo, refiriéndose al adulterio, dice: “El Evangelio no se ha ocupado nunca si uno va a la cama con este o con aquel.

¿El adulterio? Tiene que ver con instituciones históricas; no es necesariamente una orden divina”. Vattimo parece no haber leído, Mt 19,8 “No adulterarás”; Mc 10,19 “No adulteres”; Lc 18,20 “No adulterarás”. Tampoco recuerda que Jesús incluyó “los adulterios y las fornicaciones entre las maldades que contaminan al hombre” (Mr 7,21), que acusó a sus incrédulos contemporáneos de “generación adulterina y pecadora”  (Mc 8,38), y que en el Apocalipsis advierte que los “fornicarios”, junto a los incrédulos, hechiceros, idólatras, etc, irán “al lago ardiendo con fuego y azufre” (Ap 21,8).

Las malas interpretaciones de la Biblia, el Evangelio incluido, es el origen de la enferma relación de Occidente con el sexo, la degradación del sexo, la obsesión vaticana por el sexo, el sexo como delito. Jesús, real o imaginado, es uno de los orígenes “de la identificación de la moralidad con el uso correcto de la sexualidad”, que a Vattimo, ateo, le parece una estupidez de la Iglesia.

En el sermón de la montaña —donde recurre a Sodoma (Lc 17,28), uno de los exterminios bíblicos originados en el uso no convencional del sexo, para ilustrar la represión que lo acompañará en su vuelta— agrava el adulterio, castigado con lapidación por Jehová, incluyendo en esa falta a quien se limite a desear una mujer.

En Mt 5,28 dice: “Oísteis que fue dicho: ´No adulterarás: mas yo os digo, que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Y agrega el castigo: “Por tanto, si tu ojo derecho te fuere ocasión de caer, sácalo y échalo de ti: que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no todo tu cuerpo sea echado en el infierno” (Mt 5,29).

Jesús se ocupa de nuevo del adulterio —y de nuevo corrige las leyes de su padre, a pesar de haber afirmado que no cambiará “un tilde” de ellas— cuando califica de adúlteros a quienes se casen por segunda vez luego de separarse de su primera esposa.

Mt 19,9: “Y yo os digo que cualquiera que repudiare a su mujer, si no fuere por causa de fornicación, y se casare con otra, adultera: y el que se casare con repudiada, adultera”.

Esas ideas de Jesús sobre divorcio y adulterio son el origen de la perseverante campaña de la Iglesia contra el divorcio: los divorciados católicos que se vuelven a casar no pueden recibir la comunión, es decir, son condenados al tormento eterno, castigo infinitamente más doloroso, cuentan, que la muerte prometida en el Pentateuco.

Este mapa alude a los tiempos de Abraham y muestra el río Jordán, que pasa por la pentápolis (1)

El cardenal Ratzinger años atrás y antes de haber accedido al trono papal, nos dio un ejemplo de la mentalidad vaticana: dispuso que los matrimonios entre divorciados pueden recibir la comunión siempre que no copulen. A pesar de la reiteración

Fuente:

http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2006/04/29/u-01186159.htm

(1) http://www.arqueologos.org/article.php3?id_article=134

Recomiendan leer mi blog

paulo y johannaEn un articulo publicado en jrania.wordpress.com, recomiendan la lectura de mi blog.

Reproduzco la nota, en agradecimiento a la persona que me recomendó: lasteologias.wordpress.com « es la puerta de entrada para conocer un blog que tiene el mérito de ser abundante en información sobre multitud de temas y además, tratados con seriedad. Yo,  personalmente, puedo discrepar en elgún tema puntual, pero en conjunto creo que merece ser conocido.

Este blog tiene la apariencia de defender la postura “integrista” de la Iglesia Católica, lo cual merece el máximo respeto. En mi opinión, cualquier mente civilizada y culta, incluso si no comparte la fe cristiana, debe conocer la interpretación que de la religión cristiana hace este blog.  Es significativo que una persona tan ajena al cristianismo como René Guenon, que además se convirtió al islam, en su obra “La crisis del mundo moderno”, afirmara que durante muchos siglos la Iglesia Católica Romana ha sido un firme puntal de los valores tradicionales y de la Civilización.

Habiendo, por mi parte hecho un comentario contrario a la tesis absurda de que “las razas humanas no existen” y que lo que existe es el “racismo”, este blog ha tenido la elegancia de publicarlo. Ahora añadiría que quienes admiten que el “racismo” existe, deben reconocer que este –sea cual fuere el significado que se quiera dar a esa palabra– sólo existe como resultado de un instinto elemental e innato de autodefensa. Cualquien minoría que se siente invadida o agredida genera reacciones de defensa. Sólo así cabe entender esta palabra (”racismo”) que contra lo que se puede creer, era una palabra inexistente en el idioma alemán y en el vocabulario del nacionalsocialismo.  Como “neologismo” podría significar, como todo “…ismo”, la defensa de algo, nunca el odio contra su contrario. Así por ejemplo: cristianismo, platonismo, marxismo, patriotismo, etc., son ideas que expresan la defensa o apologia del sujeto al que hacen referencia. Por consiguiente, lo sensato es desposeer a esa palabra de la connotación negativa y precisamente, al hacerlo se procura la mejor convivencia entre las distintas etnias… En resumen, hay que entender que el “amor a la propia patria, a la propia nación, raza, religión, etc..”  no lleva implícito, necesariamente, el odio a los demás… Es más, sólo a quien se le permite honrar y amar a sus padres, a sus ancestros, se le hace más asumible  al menos el respeto, hacia los antepasados de los demás. Como suele decirse: “La caridad empieza por uno mismo”.

Si  Dios ha hecho al mundo con toda su diversidad en todos los órdenes, los intentos modernos de “ingeniería genética” para relativizar las diferencias de sexos,  y el mestizaje programado mediante migraciones masivas pueden ser considerados como petulante  insensatez que trata de remedar a la propia naturaleza. JULIAN. Viernes, 4 de abril de 2008»

Gracias Julian por recomendarme y Dios te bendiga mucho y te de sabiduria de lo alto para seguir escribiendo articulos.

Gracias nuevamente.

Paulo Arieu 

Fuentepaulo-arieu-theologies-weblog,  de jrania.wordpress.com