12 Refutaciones a la Inexistencia de Dios – Segundo Argumento

“El ‘espíritu puro’ no puede haber determinado el Universo.”
-Sebastian Faure, 2do argumento


En el libro “Doce Pruebas de la Inexistencia de Dios”, Sebastián Faure, bajo el segundo argumento, dice lo siguiente:

“A los creyentes que, a despecho de toda razón, persisten en admitir la posibilidad de la creación, les diré que en todos los casos es imposible de atribuir esta creación a su Dios. Su Dios es puro Espíritu. Y yo digo que el puro Espíritu: lo Inmaterial no puede haber determinado al Universo: lo material. He ahí porqué: El puro Espíritu no es separado del Universo por una diferencia de grado, de cantidad, sino por una diferencia de naturaleza, de cualidad.”

Es irónico que siendo ateo, Faure empieza su segundo argumento ofreciéndonos una lección acerca de la ontología (cualidad de esencia o naturaleza) del Espíritu. Sin embargo, observamos que en realidad ha emitido un buen entendimiento de la diferencia entre lo espiritual y lo material. Estoy totalmente de acuerdo con la última oración de este párrafo, la cual repito:

“El puro Espíritu no es separado del Universo por una diferencia de grado, de cantidad, sino por una diferencia de naturaleza, de cualidad.”

Si lo fuésemos a decir de otra manera, podríamos decir que el Espíritu, ya que no es meramente “más” ni “más alto” ni “más distante” que lo material, sino totalmente distinto en naturaleza, no puede ser considerado, medido, ni percibido por los mismos medios que a lo material.

Faure continúa explicando su concepto de lo espiritual así:

“De manera que el Espíritu puro no es ni puede ser una ampliación del Universo del mismo modo que el Universo no puede ser una reducción del Espíritu puro. La diferencia aquí no es solamente una distinción, sino una oposición, oposición de naturaleza: esencial, fundamental, irreducible, absoluta.

Entre el Espíritu puro y el Universo, no hay únicamente un abismo más o menos grande y profundo que podría ser calmado o franqueado: hay un verdadero abismo, cuya profundidad y extensión, cualquiera que sea el esfuerzo intentado, nadie ni nada podría colmar ni franquear.”

¿”Nadie ni nada”? ¿Cómo sabe Faure esto? Esto no es lo que creemos los Cristianos, sino un punto que él ha asumido e introducido. Expando más sobre esto adelante, sigamos con Faure:

“Y yo emplazo al filósofo más sutil, lo mismo que al matemático más consumado, a levantar un puente, es decir, a establecer una relación – la que sea – (y con mayor razón una relación tan directa y tan estrecha como la que liga la causa al efecto) entre el Espíritu puro y el Universo.”

¿Quiere una relación entre lo espiritual y lo material? Muy bien, acá está: El Dios todopoderoso puede franquear ese “abismo”. Por supuesto, esto contradice su premisa de “nada ni nadie” señalada anteriormente, pero ¿por qué debe importarme que la verdad contradiga las premisas del ateo? Esa premisa de “nada ni nadie” no la insertó un Cristiano, ya que todo creyente entiende las muchas maneras en que Dios ha “cruzado” tal abismo: lo hizo en la creación, lo hizo en el huerto, lo hizo en la zarza, lo hizo en el torbellino, lo hizo en las nubes, y sobre todo, lo hizo en Cristo (Filipenses 2:5-7).

Así también Pablo dice “De uno solo, Dios hizo todas las naciones del mundo para que habitaran sobre toda la superficie de la tierra, habiendo determinado sus tiempos y las fronteras de los lugares donde viven, para que buscaran a Dios, y de alguna manera, palpando, Lo hallen, aunque El no está lejos de ninguno de nosotros. Porque en El vivimos, nos movemos y existimos, así como algunos de los poetas de ustedes han dicho: ‘Porque también nosotros somos linaje Suyo.’ ” (Hechos 17:26-28).

El punto es que Dios no necesita cruzar grandes distancias para alcanzar el universo, ya que en lo espiritual no hay distancias (el mismo Faure había admitido esto en la apertura a este argumento, sin embargo, parece que se le olvidó inmediatamente). Vivimos, nos movemos, y existimos (somos) en El. La tensión del ateo yace únicamente en la premisa “nada ni nadie” del que insensatamente querrá apegarse (del cual tiene fe ciega).

Faure sigue, armando su conclusión:

“Llegado a este punto de mi demostración, establezco sólidamente sobre los dos argumentos que preceden, la siguiente conclusión:

Hemos visto que la hipótesis de una potencia verdaderamente creadora es imposible. Hemos visto, en segundo lugar, que, aún cuando se persiste en creer en esta potencia, no se podría admitir que el Universo esencialmente material haya sido determinado por el Espíritu puro, esencialmente inmaterial.”

Como hemos visto por mis comentarios, sus dos argumentos en realidad no se establecen sobre una base sólida. Tampoco hemos visto cómo demostró que lo material no pueda partir de lo immaterial. Estas son afirmaciones de triunfo sin base alguna. Sin embargo, lo más irracional de este argumento viene a continuación:

“Si, a pesar de todo, vosotros os obstináis, creyendo, en afirmar que es vuestro Dios quien ha creado el Universo, ha llegado la hora de pediros dónde, en la hipótesis de Dios, se encuentra la Materia; en el origen, o en el principio.

Y bien. De dos cosas una: o bien la Materia estaba fuera de Dios o bien ella estaba en Dios (no le podríais asignar un tercer lugar). En el primer caso, si ella se hallaba fuera de Dios, es que Dios no ha tenido necesidad de crearla, puesto que ya existía; es que ella coexistía con Dios, es que era concomitante con él y, entonces, vuestro Dios no es creador.”

En el segundo caso, es decir, si ella no estaba separado de Dios, ella estaba en Dios, y en este caso yo asumo:

lº que Dios no es el Espíritu puro puesto que él tenía en sí una partícula de materia, y qué partícula: la totalidad de los Mundos materiales.

2º. Que Dios, conteniendo la materia en él, no ha tenido que crearla, puesto que ella existía; no ha tenido más que hacerla salir, y en este caso, la creación cesa de ser un acto de creación verdadero y se reduce a un acto de exteriorización.

En los dos casos, no hay creación.”

Esto meramente muestra un intento desesperado del ateo de forzar el recuento de la creación bajo un sistema materialista y ateo. Naveguemos con cuidado a través de sus conclusiones.

Primero, Faure pide saber “dónde” se encontraba la materia antes de ser creada. Concederemos que toda materia existente, por definición, puede ser ubicada en el espacio. Sin embargo, preguntar en dónde se ubica la materia inexistente es una demanda irracional. ¿Acaso sale Faure a buscar en qué país se encuentra la silla en la que se sentó en un sueño mientras dormía? La materia inexistente no existe, por tanto no puede ser ubicada en el espacio.

Por supuesto, el dilema del ateo es que no puede aceptar el concepto de materia inexistente, pues para él, por necesidad, toda materia es eterna. Pero al hacer esto, de nuevo notamos que su argumento es circular: “La materia no fue creada, sino que siempre ha existido; por tanto, la materia no fue creada . . . por tanto, la materia no fue creada . . . por tanto la materia no fue creada”. El ateo puede repetir su premisa todas las veces que quiera, y nunca se convertirá en verdad.

Luego Faure introduce un dilema absurdo acerca de si la materia se encontraba dentro o fuera de Dios en el principio. Poniendo a un lado el hecho de que la materia inexistente, por ser inexistente, no ocupa un espacio (no está ni “dentro” ni “fuera”), preguntaremos, ¿de dónde saca el ateo su concepto de “dentro” y “fuera” de Dios? ¿Qué es lo que realmente quiere decir con esto?

Si lo que quiere decir es que la materia debe estar geográficamente dentro o fuera de Dios, rechazaremos su pregunta, ya que está hablando de un dios inventado. El Dios de la fe Cristiana no tiene “dentro” ni “fuera”, geográficamente hablando, sino sólo los ídolos son ubicables en el espacio. Los términos “dónde”, “lugar”, “dentro” y “fuera” simplemente no son aplicables a lo espiritual.

También es digno de notar cómo Faure está desesperadamente agarrado de su presuposición (por fe ciega) de que la materia es eterna, ya que, aún hablando sobre la materia antes de ser creada, no la puede concebir de otro modo que “una partícula”. Pero si la materia existía en forma de “una partícula”, ¡entonces Faure no está realmente hablando sobre “antes de que la materia exista”! ¡Decídase por fin!

Otra cosa que me parece curiosa es la noción del ateo acerca de “la pureza”. ¿De dónde la recibe? ¿En qué se basa su concepto de “pureza”? ¿Cómo es que Faure mide si algo espiritual es “puro” o no? ¿Qué sistema de medida objetiva y empíricamente evidenciable posee para medir lo “puro”? Podemos ver que su juicio de “pureza” es sólo una preferencia, una idea subjetiva y basada en el vacío. Dios pudiera tener “una partícula dentro de sí”, sea como sea que lo entienda el ateo, y todavía ser completamente puro. Si el ateo cree que Dios debe ser juzgado por su opinión subjetiva de lo que significa “pureza”, pues el ateo está hablando de un dios que no es el que reconoce la fe Cristiana. Nos uniremos con el ateo en negar la existencia de ese dios, aquel diosito que necesita inclinarse para que el ateo le juzgue y determine si es digno de llamarse puro o no.

Su segunda posibilidad nos pretende decir que si Dios tenía la materia en Sí, pues no fue creación sino exteriorización. Pero, ¿qué tal si Dios tenía la materia en Sí, pero la tenía en Su Mente (como nos lo revelan las Escrituras)? Dirá el ateo que una idea jamás puede convertirse en materia, pero nosotros no tenemos por qué regirnos bajo esta regla, ya que eso es verdad según las leyes naturales, no las sobrenaturales (que es de lo que estamos hablando cuando hablamos sobre la creación). De nuevo, el ateo sigue con su argumento circular, y tratando de imponérnosla.

Como hemos visto, Faure hasta el momento no ha ofrecido ni una sola evaluación acerca de las afirmaciones de la fe Cristiana, juzgándolas por sus propios méritos. Solamente nos ha dicho cómo Dios no puede existir ni haber creado dentro de un mundo ateo. Reduciendo las argumentaciones del ateo, observamos claramente la circularidad de sus argumentos: “Dios no existe, por tanto Dios no existe”. Falacia del petitio principii.

Gozo en Su reposo,

A&R

Fuente:

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Evolucionismo y fe cristiana (I)

Evolucionismo y fe cristiana (I)

Aunque la ciencia y la fe cristiana no se contradicen, siempre son actuales estas palabras de san Josemaría Escrivá: «Con periódica monotonía, algunos tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre la fe y la ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se entienden los términos reales del problema. Si el mundo ha salido de las manos de Dios, si Él ha creado al hombre a su imagen y semejanza (cfr. Gen. I. 26) y le ha dado una chispa de su luz, el trabajo de la inteligencia debe —aunque sea con un duro trabajo— desentrañar el sentido divino que ya naturalmente tienen todas las cosas; y con la luz de la fe, percibimos también su sentido sobrenatural, el que resulta de nuestra elevación al orden de la gracia. No podemos admitir el miedo a la ciencia, porque cualquier labor, si es verdaderamente cientifica, tiende a la verdad. Y Cristo dijo: Ego sum veritas (Ioh XIV, 6). Yo soy la verdad» [1].

En nuestra época, el evolucionismo es una de las principales fuentes de equívocos en las relaciones entre la fe y la ciencia. Algunos lo utilizan para defender teorías materialistas o ateas que, en realidad, nada tienen que ver con la ciencia. Otros lo critican porque piensan que sólo así se podrán frenar los excesos del materialismo. Sin embargo, si las teorías evolucionistas no se proyectan fuera de su ámbito científico y, por otra parte, se tiene presente la doctrina cristiana sobre la creación, no es difícil advertir que la evolución y la acción divina son compatibles e incluso complementarias.

La doctrina cristiana sobre la creación

Una de las verdades fundamentales de la fe cristiana es que Dios es Creador y Señor de todo lo que existe. Esto significa que «nada existe que no deba su existencia a Dios creador» [2]. Las criaturas dependen completamente de Dios en su ser y en su obrar, y por tanto, no son autosuficientes: sin duda, tienen una consistencia propia y esto responde al querer divino; pero son limitadas, cambiantes y contingentes: exigen un fundamento radical, que se encuentra en la acción divina que les da el ser y lo conserva. Y esto vale para todas las criaturas y para todo su ser y su obrar: no hay nada que sea independiente de la acción divina.

Además, Dios gobierna todo lo creado de acuerdo con su providencia: nada sucede sin su querer o su permisión, fuera de su plan. «La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada «en estado de vía» (in statu viae) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de la creación hacia esta perfección. Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiendo todo con dulzura (Sb 8, 1). Porque todo está desnudo y patente a sus ojos (Hb 4. 13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá (Cc. Vaticano I: DS 3003)» [3].

La acción divina sobre lo creado no es algo genérico, sino muy concreto, y se extiende a todo: a todos los procesos, naturales o artificiales, ordinarios o extraordinarios: nada puede existir o suceder al margen de los planes de Dios. La Iglesia enseña esta doctrina en completa sintonía con la Sagrada Escritura y la Tradición. «El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata: tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia» [4]

Al gobernar el mundo, Dios cuenta con la acción de las criaturas, que actúan de acuerdo con la naturaleza que Dios mismo les da. Sin duda, Dios puede intervenir de modo extraordinario en cualquier momento, produciendo milagros; pero ordinariamente Dios hace que se realicen sus planes contando con la actividad normal de las criaturas. «Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio» [5].

En definitiva, Dios es la Causa Primera de todo lo que existe, y cuenta con la acción de las criaturas que son causas segundas. «Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas (…) Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza» [6]. No es que Dios sea simplemente la primera entre una serie de causas del mismo tipo: su acción es el fundamento de la actividad de las criaturas, que no podrían existir ni actuar sin el permanente influjo de esa acción divina.

El alcance de las ciencias naturales

El progreso científico nos permite conocer cada vez mejor la naturaleza, cuyo ser y obrar se fundamentan en la acción divina. Sin embargo, para contribuir a ese progreso no es necesario pensar en la acción divina; basta trabajar de acuerdo con las exigencias del método científico. Pero eso no significa que lo que la ciencia estudia sea independiente de la acción divina: sólo significa que podemos considerar la naturaleza bajo diferentes perspectivas, y que la perspectiva científica no se plantea los problemas que se refieren al fundamento último y al sentido de la naturaleza.

Las ciencias naturales ponen entre paréntesis las dimensiones básicas de la naturaleza, que son consideradas por la filosofía y por la religión. Pero ese poner entre paréntesis no puede interpretarse como una negación: sería incorrecto atribuir un valor absoluto a unos límites metodológicos. La ciencia natural sólo estudia lo que se puede someter, de algún modo, a experimentos repetibles; pero sería un burdo error concluir que sólo existe lo que puede ser estudiado de ese modo.

El método de las ciencias naturales es muy eficaz precisamente porque se limita a los aspectos materiales, repetibles, controlables, y deja fuera de su consideración, deliberadamente, las dimensiones más radicales de la realidad. En definitiva, el conocimiento científico de las causas naturales no afecta en modo alguno a la doctrina católica sobre la creación, que se refiere a dimensiones que no son estudiadas por las ciencias.

Evolución y acción divina

La doctrina católica sobre la creación permite advertir que la creación y la evolución no están en contradicción, o sea, que son compatibles, con tal que no se atribuya a la evolución un alcance que realmente no posee, como sucedería si se pretendiese interpretarla como un apoyo para las doctrinas materialistas o ateas que nada tienen que ver con la ciencia.

Se puede ir más lejos y decir que, en la medida en que la evolución exista, manifiesta de un modo peculiar el poder y la sabiduría de Dios. En efecto, las teorías evolucionistas deben suponer que las leyes fundamentales de la naturaleza son muy específicas y que, en muchas ocasiones a lo largo de enormes períodos de tiempo, se han dado las circunstancias que han permitido a la naturaleza llegar hasta su estado actual, en el que existe un grado sorprendente de organización.

El Papa Juan Pablo II ha afirmado esta compatibilidad en diferentes ocasiones, y ha recordado lo que, en la misma línea, ya había enseñado el Papa Pío XII muchos años antes [7]. Si se entienden correctamente la creación y la evolución, afirma Juan Pablo II, no existe oposición entre ambas: incluso puede decirse que «la evolución presupone la creación, y la creación se presenta a la luz de la evolución como un suceso que se extiende en el tiempo —como una creación continuada—, en el cual Dios se hace visible ante los ojos del creyente como «Creador del cielo y de la tierra» [8].

Las dificultades y sus raíces

¿Cómo se explica que subsistan las dificultades, a pesar de que carecen de base real? Dejando aparte posibles apasionamientos que pueden llevar a faltas de objetividad, las dificultades suelen provenir de la ignorancia de la doctrina cristiana acerca de la creación.

La Iglesia atribuye gran importancia a esta doctrina. «La catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es nuestro origen? ¿Cuál es nuestro fin? ¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe? Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar» [9].

Algunos parecen pensar que las teorías evolucionistas explican completamente el origen de todo lo que existe y que, por tanto, nada queda que deba ser explicado mediante la acción divina. No se dan cuenta de los límites de esas teorías que, por muy perfectas que lleguen a ser, dejan fuera las dimensiones radicales de la existencia. El remedio a estas dificultades no consiste en minusvalorarlas, sino en apreciar su valor señalando, al mismo tiempo, sus límites y la necesidad de complementarlas.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: «La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y la sabiduría que da a los sabios e investigadores» [10]. Y a continuación, el mismo Catecismo advierte que los interrogantes más profundos no pueden responderse sólo con los métodos de las ciencias naturales: «El gran interés que despiertan estas investigaciones está fuertemente estimulado por una cuestión de otro orden, y que supera el dominio propio de las ciencias naturales. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni cuándo apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un Ser trascendente, inteligente y bueno, llamado Dios. Y si el mundo procede de la sabiduría y de la bondad de Dios, ¿por qué existe el mal?, ¿de dónde viene?, ¿quién es responsable de él?, ¿dónde está la posibilidad de liberarse del mal?» [11] .

El conocimiento de la acción divina: la razón y la revelación

La Iglesia enseña que podemos conocer a Dios Creador mediante nuestra razón y que, para que ese conocimiento llegue a todos con facilidad y sin error, la revelación nos certifica con nueva fuerza ese conocimiento. «La inteligencia humana puede ciertamente encontrar por sí misma una respuesta a la cuestión de los orígenes. En efecto, la existencia de Dios Creador puede ser conocida con certeza por sus obras gracias a la luz de la razón humana (cf. DS: 3026), aunque ese conocimiento es con frecuencia oscurecido y desfigurado por el error. Por eso la fe viene a confirmar y a esclarecer la razón para la justa inteligencia de esta verdad: Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de manera que lo que se ve resultase de lo que no aparece (Hb 11,3)» [12].

La doctrina sobre la creación se fundamenta especialmente sobre los tres primeros capítulos del libro del Génesis. Esos textos han sido objeto, desde la antigüedad, de muchos estudios por parte de los Santos Padres y doctores de la Iglesia, y siempre se ha reconocido que encierran dificultades de interpretación, porque las verdades fundamentales que ahí se enseñan están acompañadas por detalles que no siempre tienen necesariamente un sentido inmediato.

Por este motivo, y recogiendo lo que el Magisterio de la Iglesia ha enseñado en otros documentos a lo largo de los años, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Entre todas las palabras de la Sagrada Escritura sobre la creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un lugar único. Desde el punto de vista literario, estos textos pueden tener diversas fuentes. Los autores inspirados los han colocado al comienzo de la Escritura de suerte que expresan, en su lenguaje solemne, las verdades de la creación, de su origen y de su fin en Dios, de su orden y de su bondad, de la vocación del hombre, finalmente, del drama del pecado y de la esperanza de la salvación» [13].

Es importante advertir que algunas polémicas en torno a la evolución provienen de grupos cristianos fundamentalistas, no católicos y por lo general minoritarios, que en ocasiones interpretan de un modo excesivamente literal algunos relatos del Génesis, como si de ellos pudiesen extraerse conocimientos cosmológicos y biológicos que formarían un cuerpo de doctrina cristiana y, a la vez, de ciencia natural, en pugna con las teorías evolucionistas. Ante algunas actuaciones de esos grupos, la Jerarquía católica, junto con otras comunidades cristianas, ha hecho notar de modo público que tales interpretaciones nada tienen que ver con la doctrina católica.

En su catequesis acerca de la creación, el Papa Juan Pablo II ha analizado las narraciones del libro del Génesis, y ha enseñado que «la teoría de la evolución natural, cuando se la entiende de modo que no excluye la causalidad divina, no se opone, en principio, a la verdad acerca de la creación del mundo visible tal como es presentada en el libro del Génesis» [14]

Las consideraciones anteriores se refieren a la evolución en su conjunto, y adquieren matices especiales cuando se consideran los diferentes pasos implicados en la evolución: el origen del universo, el origen de la vida, la evolución de los vivientes, y el origen del hombre.

El origen del universo

Según el modelo admitido por muchos científicos, toda la materia y energía del universo se encontraban, hace unos quince mil millones de años (entre diez y veinte mil), condensadas en una región relativamente pequeña, de una enorme densidad y temperatura, que estalló provocando la sucesiva expansión y la formación de las estrellas, galaxias y planetas. Sin embargo, los científicos advierten que este modelo, aunque esté bien corroborado, puede necesitar correcciones en muchos aspectos.

Si la ciencia afirma que el universo tiene una edad concreta y se va organizando a partir de un estado inicial, parece apoyar la realidad de la creación divina. Esta cuestión fue tratada en un discurso del Papa Pío XII a la Academia Pontificia de Ciencias. El Papa señaló esa convergencia, pero advirtió también que la ciencia natural, por sí sola, no puede probar la creación. Lo que Pío XII subrayó en aquella ocasión es que el progreso científico, en lugar de poner obstáculos al conocimiento de Dios, lo facilita, aunque las pruebas de la existencia de Dios utilizan razonamientos que van más allá de lo que las ciencias pueden decir [15].

Años más tarde, el Papa Juan Pablo II recordó ese discurso de Pío XII, citando textualmente un pasaje central del mismo, y añadiendo que «La Biblia nos habla del origen del universo y de su constitución, no para proporcionarnos un tratado científico, sino para precisar las relaciones del hombre con Dios y con el universo. La Sagrada Escritura quiere declarar simplemente que el mundo ha sido creado por Dios, y para enseñar esta verdad se expresa con los términos de la cosmología usual en la época del redactor. El libro sagrado quiere además comunicar a los hombres que el mundo no ha sido creado como sede de los dioses, tal como lo enseñaban otras cosmogonías y cosmologías, sino que ha sido creado al servicio del hombre y para la gloria de Dios. Cualquier otra enseñanza sobre el origen y la constitución del universo es ajena a las intenciones de la Biblia, que no pretende enseñar cómo ha sido hecho el cielo sino cómo se va al cielo. Cualquier hipótesis científica sobre el origen del mundo, como la de un átomo primitivo de donde se derivaría el conjunto del universo físico, deja abierto el problema que concierne al comienzo del universo. La ciencia no puede resolver por sí misma semejante cuestión: es preciso aquel saber humano que se eleva por encima de la física y de la astrofísica y que se llama metafísica; es preciso, sobre todo, el saber que viene de la revelación de Dios» [16].

En efecto, la ciencia natural estudia procesos que van desde un estado de la naturaleza hasta otro, pero no pueden estudiar la producción absoluta del ser ni el gobierno divino: se trata de cuestiones propias de la metafísica y de la teología natural. Por ejemplo, aunque los científicos sostengan que existió un estado inicial del universo, hace quince mil millones de años, siempre pueden preguntarse —y de hecho, lo hacen— si provenía de un estado anterior, y nunca se podrá demostrar que un estado concreto fue absolutamente el primero. La ciencia natural, por sí sola, no puede afirmar la creación divina.

A veces se identifica el problema de la creación del universo con el de su duración, como si fuesen un mismo problema. Santo Tomás afirmó, sin embargo, que se trata de dos problemas diferentes: podemos conocer racionalmente que el universo ha sido creado, pero «Que el mundo no ha existido siempre lo sabemos sólo por la fe y no puede ser demostrado con rigor (…) Es útil que se tenga esto presente a fin de que, presumiendo de poder demostrar las cosas que son de fe, alguien presente argumentos no necesarios y que provoquen risa en los no creyentes, pues podrían pensar que son razones por las que nosotros aceptamos las cosas que son de fe» [17] .

Algunos hablan de una presunta auto-creación del universo, afirmando que el universo ha podido comenzar a existir desde la nada de acuerdo con las leyes de la física. Para apoyar esta afirmación recurren a las fluctuaciones cuánticas, que permitirían la aparición de entidades físicas sin una causa, y a la teoría de la gravedad cuántica, que unificaría las cuatro interacciones básicas. Pero tal auto-creación, que vendría a ser una creación sin Creador, es imposible si entendemos por creación la producción completa del ser: en efecto, si suponemos por un imposible que no existía absolutamente nada, tampoco Dios, entonces nunca habría comenzado a existir nada, porque no habría materia, ni leyes, ni nada que pudiese producir el universo.

Notas

[1] Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 10.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 338. Cfr. también n. 290.

[3] Ibid., n. 302.

[4] Ibid., n. 303.

[5] Ibid., n. 306.

[6] Ibid., n. 308.

[7] Cfr. Pío XII, Litt. enc. Humani generis, 12.VIII.1950, nn. 29-30: Denz.-Schönm. 3896: AAS 42 (1950), pp. 575-576.

[8] Juan Pablo II, Discurso a estudiosos sobre «fe cristiana y teoría de la evolución», 20.IV.1985: Insegnamenti, VIII, 1 (1985), p. 1132.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 282.

[10] Ibid., n. 283.

[11] Ibid., n. 284.

[12] Ibid., n. 286.

[13] Ibid., n. 289.

[14] Cfr. Juan Pablo II, Audiencia general, La creación y la llamada del mundo y del hombre desde la nada a la existencia, 29.I.1986: Insegnamenti, IX, 1 (1986), p. 212.

[15] Cfr. Pío XII, Alocución 22.XI.1951: AAS, 44 (1952), pp. 31-43.

[16] Juan Pablo II, Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias, Que la sabiduría de la humanidad acompañe siempre a la investigación científica, 3.X.1981: Insegnamenti, IV, 2 (1981), pp. 331-332.

[17] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 46, 2 c.

Fuente: conoze.com

Armonía entre la Ciencia y la Biblia



Armonía entre la Ciencia y la Biblia Autor: Lic. Dawlin A. Ureña
(El Lic. Ureña es Pastor, y miembro de la Asociación Científica
CRS – Creation Research Society)
Armonía en la física – “El Universo fue creado a partir de cosas invisibles”

En Hebreos 11:3 leemos: “Por la fe entendemos que el universo fue fundado por la palabra de Dios, de modo que las cosas que se ven fueron hechas de las cosas que no se veían”. (Ver además Colocenses 1:17 y Nehemías 9:6.)

La palabra “cosas” es usada en el lenguaje griego para describir lo “más pequeño y diminuto” “lo más elemental” “las partes más básicas de algo”. Estos versos nos enseñan que “todas las cosas” se mantienen y se sostienen por el poder inherente puesto en ellas. “De modo que las cosas que se ven fueron hechas de las cosas que no se veían”. En otras palabras, el material del universo, en su estado más básico realmente no es físico, si no que está compuesto por “cosas invisibles” “cosas que no se pueden ver”, según otras versiones. Los hombres de “ciencia” del pasado han intentado razonar y pensaban que las cosas visibles habían sido hechas de otras cosas visibles y que estas cosas podían ser explicadas completa y fielmente en términos de leyes mecánicas y otros modelos.

No obstante, en el Siglo 20 ha habido una explosión del conocimiento (Por favor, ver Daniel 12:4, y lea el versículo completo 2 ó 3 veces), y se ha descubierto, gracias a la física atómica, una pequeña galaxia de partículas girando alrededor de un núcleo.

La distancia de estas partículas giratorias al núcleo es de !aproximadamente la misma distancia o radio de la tierra al sol! En otras palabras, el átomo en su mayoría está compuesto de espacio, y la materia está compuesta de átomos. Por tanto, el hombre en su mayoría está compuesto de espacio o ¡substancias no-físicas!.

¡LA MATERIA EXISTENTE EN UN CUERPO HUMANO EN REALIDAD ES MENOR QUE LA CABEZA DE UNA AGUJA!

No es hasta recientemente cuando los científicos se han dado cuenta de que toda la materia se mantiene unida por atracción (fuerza de cohesión), y por energía. O sea por “cosas que no se ven”. La ciencia cada día descompone más y más el átomo y la tendencia luce presentar el dilema de que en realidad ¡nada es físico o tangible, si no energía! POR FAVOR CONSIDERE ESTA ESCRITURA BIBLICA:

“Cristo es la imagen visible de Dios, que es invisible; es su Hijo primogénito, anterior a todo lo creado. En él (Cristo) Dios creó todo lo que hay en el cielo y en la tierra, tanto lo visible como lo invisible, así como los seres espirituales que tienen dominio, autoridad y poder. Todo fue creado por medio de él y para él. Cristo existe antes que todas las cosas, y por él se mantiene todo en orden”. Col. 1:16

Sólo esta declaración, al ser comparada con las primeras Leyes de la Termodinámica debería ser razón como para que si algún lector de estas letras no creía en Dios, ahora tenga más que razón suficiente para ponerse de rodilla y decir:

Dios Padre, me he dado cuenta que he pecado contra ti. Ahora creo que la Biblia es la Palabra de Dios, que Jesús es ciertamente el Hijo tuyo. Yo creo con todo mi corazón que Jesús murió en mi lugar, por mis pecados, en la cruz y que después de tres días resucitó. De ahora en adelante dejaré de hacer lo malo y caminaré el camino que Jesús me ofrece. Ahora te pido que me des vida eterna y entendimiento. Que escribas mi nombre en el Libro de la Vida. De ahora en adelante te seguiré todos los días de mi vida. En el Nombre de Jesús. ¡Amén!

Fuente: antesdelfin.com

Nueva evidencia de la creación del Universo

Nueva evidencia de la creación del Universo

Autor: Mauro Apolos González

Algunas personas me dicen que no hay pruebas de que Dios existe… en realidad lo difícil es encontrar una sola prueba de que NO EXISTE. Lo que sucede es que estas personas suponen que la existencia de Dios requiere la misma índole de pruebas que la existencia de un árbol, del agua, o de cualquier otra cosa que se puede fotografiar , ver y medir.

En el caso de Dios, obviamente no puede ser visto, ni medido. Pero esto no es una excusa para “evadir la prueba”. Es parte de la esencia del propio Dios: evidentemente que si estoy hablando de un Ser responsable de la existencia de la realidad no puedo al mismo tiempo afirmar que ese Ser posee una naturaleza medible y visible desde dicha realidad.

Pensemos esto.. nosotros vivimos en la tercera dimensión. Los dibujos animados existen en la segunda. ¿Puede un dibujo animado, fruto de la creación de un ser de nuestra dimensión, vernos, entendernos o medirnos? Y estoy hablando de una brecha de tan solo una dimensión de distancia.

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