La Gran Familia de la Fe del Pastor Artaza.

La Gran Familia de la Fe del Pastor Artaza.

· Argentina

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Tres Arroyos, Argentina (¡Amén-Amén! Noticias) – Hace 36 años, el Pastor Oscar Artaza llegaba a Tres Arroyos para comenzar a predicar en un garaje. Hoy por hoy, junto a sus cinco hijos, lidera una Congregación Cristiana que alcanza el medio millar de personas en el imponente templo de Bolívar y Rondeau. La peculiar historia de una de las Iglesias Evangélicas más tradicionales de nuestra ciudad.

“Dios me llamó a hacer una obra, y yo estoy ocupado en hacerla”. Así resume el Pastor Oscar Artaza los 36 años de misión pastoral que lleva en nuestra ciudad, al frente desde 1972 del Tabernáculo de Milagros del Movimiento Cristiano y Misionero.

Frontal y de fuerte personalidad, aunque a la vez tierno y paternal, este líder oriundo de la provincia de Santa Fe construyó a través de los años no sólo uno de los Templos Evangélicos más grandes y bellos de Tres Arroyos sino también una familia espiritual que hoy ronda el medio millar de personas.

“Nunca fue nuestra intención fundar una iglesia más sino una familia, una familia espiritual”, dice el inquieto líder, cuyos cinco hijos (Oscar, Samuel, Joel, Marcela y Marta) hoy siguen sus pasos y lo secundan en el liderazgo de la movediza congregación que de tanto en tanto organiza actividades abiertas a toda la comunidad. “Las puertas de nuestra iglesia están abiertas a todos aquellos que quieran acercarse a Dios”, asevera.

Oscar Artaza tiene poco más de setenta, aunque conserva la vitalidad y la fuerza de sus treinta y pico: aún al frente de la iglesia que construyó junto a los suyos ladrillo por ladrillo, a menudo suele dejar el púlpito a sus hijos y emprender el viaje hacia distintos destinos -a veces fuera del país- convocado a brindar conferencias en otros templos evangélicos.

Sus vivaces ojos color café brillan de pasión al hablar de su fe. Y habla desde la certeza y la convicción de la experiencia. “Dios habla, Dios se manifiesta, el Espíritu Santo es real y es capaz de transformar nuestras vidas si se lo permitimos. Una cosa es creer en Dios, y otra cosa es creerle a Dios, que El puede obrar milagros en nuestras vidas a cada instante”, asegura.

A principios de la década del ‘70 Oscar Artaza vivía en Mar del Plata, ya casado con la madre de sus cinco hijos, hoy ya fallecida. No tenía conocimientos de la Sagrada Escritura y sufría de una enfermedad crónica. A falta de mayores esperanzas acudió a una jornada evangelística del pastor Samuel Enok Sorensen, líder del Movimiento Cristiano y Misionero conformado en esa ciudad en 1955, y esa decisión cambió su vida. “El Señor me sanó y mi conversión fue absoluta, fue literamente nacer de nuevo”, rememora.

Por aquellos años trabajaba en una empresa de pintura de obra y, tras el milagro, su fe y su vocación se fueron acrecentando. “Yo era como un chico preguntando todo el tiempo, porque, primeramente, para conocer a Dios la mejor manera es conocerlo a través del Pastor que a uno lo va guiando. Y así era mi relación con el hermano Sorensen. Dios me fue abriendo puertas y las cosas me empezaron a ir mejor, muchísimo mejor. Ganaba muchísimo dinero, administraba un grupo enorme de pintores de obra, no me faltaba nada. Sin embargo sentía que algo sí faltaba y un día fui a preguntarle a Sorensen: ‘Pastor, yo quiero que usted me diga qué es lo que Dios quiere que yo haga’. ‘¿Está dispuesto?’, me dice. Y yo le dije que sí, que tenía temor de Dios, que quería hacer Su voluntad. Entonces me dijo: ‘Yo consulté a Dios y me dijo que El tiene un trabajo mejor para usted, pero no me dijo qué’.

“Poco tiempo después me convocó para venir a esta ciudad a predicar los sábados y domingos. Cuando yo crucé de Necochea para acá en el colectivo, ahí sí me vuelve a hablar Dios y me dijo ‘entras a la tierra prometida, tierra de la que fluye leche y miel, tierra, arroyo de cebada’… y yo no sabía qué era, no sabía que era un pasaje de la Biblia, yo no conocía demasiado la Biblia”, recuerda.

En el discurso de Artaza no hay relativismos, ni mucho menos cavilaciones. Para él, cada paso en su vida cristiana ha sido guiado por el Espíritu Santo, y su presencia ha sido -y sigue siendo- absoluta y definitiva. “Sin ir más lejos, yo no conocía demasiado las escrituras, y cuando Dios hablaba en mi corazón me hablaba con pasajes bíblicos, aún sin yo saber que lo eran. Era mi esposa la que me lo confirmaba, cuando yo le comentaba que había recibido tal o cual mensaje. Mi maestro de la Palabra fue el Espíritu Santo, directamente”, considera.

Al observar el imponente templo de Bolívar y Rondeau resulta difícil creer que Artaza comenzó predicando en un pequeño garaje, allá por 1972, que pronto le resultó pequeño. “A los cuatro o cinco meses de llegar nos visitó el hermano Samuel, en una de las últimas salidas que hizo, porque su salud ya estaba muy deteriorada. Poco tiempo después falleció. Cuando fui a su sepelio, a Mar del Plata, Dios habló en mi corazón y me dijo: ‘Compra cuatro terrenos, y allí construye el tabernáculo’. Yo no tenía un peso, sin embargo sabía que Dios proveería si esa era Su voluntad”. Y así fue. Las sincronicidades se fueron sucediendo, aparecieron los terrenos y con ellos las facilidades para pagarlos y -tras un esfuerzo que demandó 18 años- finalmente el Tabernáculo de Milagros quedó terminado.

“Aca empezamos con doscientos pesos de entonces, unos veinte pesos de ahora. Todo lo hizo Dios, Dios fue el artífice de todo esto. Casi 18 años tardamos en construirlo, y lo hicimos entre todos, poniendo el hombro todos, trabajando codo a codo hombres, mujeres y niños. Ningún intendente puede decir que aquí puso un peso. Yo nunca pedí nada. No porque no necesitáramos, porque nosotros recibimos si lo ofrecen. A lo largo de los años, y de formas para cualquier persona increíbles, Dios nos fue prosperando, nos fue proveyendo”.

Para Artaza, los milagros -en su vida y en su iglesia- han sido moneda corriente durante estos 36 años. “Aquí muchísimas personas han recibido sanación en cuerpo y alma, han prosperado… cuando se mueve el Espíritu, estas cosas ocurren”, sostiene.

Hoy por hoy, el Tabernáculo de Milagros local alberga una congregación que ronda el millar de personas. Abiertos a toda la comunidad, durante todo el año despliegan una heterogénea actividad que incluye jornadas de evangelización, encuentros musicales, festejo del Día de la Tradición y hasta una sostenida presencia en la Fiesta Provincial del Trigo, con su ya clásico quiosco.

Pleno de anécdotas y energía, el Pastor Artaza continúa al frente del Tabernáculo, viajando por el continente y hasta tiene su programa de radio. Hoy día, y sin pensar en retirarse, asegura que “mi mayor satisfacción es que tengo mis cinco hijos, y que los cinco predican. Cualquiera de ellos. Que yo salgo y no me preocupo por nada, porque al volver los hermanos me dicen ‘pastor, lo extrañamos a usted como persona, pero en cuanto al mensaje no, porque ellos lo representan fielmente’. Eso es lo maravilloso, nuestra familia, la unidad de esta familia de sangre que se suma a la familia espiritual que conforman cada uno de los hermanos que concurren a nuestra iglesia”.

Al respecto de sí mismo, y en una suerte de balance de vida, si se quiere, es claro y sencillo. “Trato, trato de ser instrumento, de oír la voz de Dios. Muchos me han criticado. Pero yo hablo con el corazón, y me alegra infinitamente cuando Dios empieza a hacer milagros. Esa es la verdad. Cuando Dios llama a una persona, la llama y no hay vuelta. Y la voz de Dios es inconfundible. Un buen día yo también sentí ese fuego que me quemaba, y una voz que me decía, ‘pon la mano sobre los enfermos y sanarán’. Y ese fue mi llamado, ése fue el Espíritu Santo que me habló. Y he visto cosas muy hermosas, sanaciones impresionantes. Dios ha hecho cosas muy grandes. Por eso hago lo que hago. Dios me llamó a hacer una obra, y yo estoy ocupado en hacerla”.

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