El ojo humano se utiliza a menudo para ‘argumentar’ a favor del diseño de Dios y en contra de la posibilidad de que estructuras tan complejas como la que controla la visión humana sean el producto de procesos evolutivos naturales. Darwin mismo tenía problemas para entender cómo algo tan complejo y maravilloso como el ojo humano podía haber evolucionado por medio de lentos y pequeños pasos evolutivos. Y aunque el hecho de no tener una explicación a ciertas cosas no debería ser razón suficiente como para introducir a Dios en nuestros argumentos científicos, esto es sin embargo lo que se hace a menudo de una forma o de otra.

No me importa que algunos cristianos quieran encontrar en el ojo humano un motivo para alabar a Dios. Tampoco me importa que incluso se lancen a especular que el ojo humano sirve de evidencia en contra de la evolución (aunque por supuesto, eso no sea verdad). Ni siquiera me quita el sueño que algunos cristianos quieran creer que Dios creó el ojo humano de una pieza, así tal y como lo tenemos hoy, sin ningún paso intermedio, sin ninguna mínima evolución entre estructuras intermedias; no me importa que crean que en el ojo humano tenemos el ejemplo perfecto del mejor diseño posible, el ejemplo perfecto del trabajo de un diseñador increíble, implacable, infalible, el mejor diseñador que podamos imaginar, un diseño sin ningún problema, sin ningún error.

Nada de esto me importa, aunque no lo comparto. Lo cierto es que el diseño del ojo humano no es perfecto, ni mucho menos. De hecho, si un ingeniero humano y falible hubiera diseñado un sistema de recepción de la luz como el ojo humano, sería probablemente despedido de la empresa (a menos que fuera el hijo del jefe, claro). El punto ciego es un ejemplo de error de diseño: las células que perciben la luz y la transforman en corriente eléctrica dentro de la retina están puestas ‘al revés’, mirando en dirección contraria a la luz. A su vez los nervios que han de conectar con ellas tienen que entrar al interior de la retina interponiéndose entre la entrada de la luz y la parte a donde tiene que llegar.

Además, para entrar al interior de la retina estos nervios tienen que atravesarla a través de un pequeño orificio que por tanto no puede contener detectores de luz. Y ahí se encuentra nuestro punto ciego, que todos podemos detectar con un poco de práctica (bastante interesante y entretenida, por cierto).

Nuestro cerebro se encarga de ‘interpretar’ el hueco que deja el punto ciego inventando lo que ‘debería’ aparecer en ese punto, y por eso no nos damos cuenta de que lo que estamos viendo es, en parte, realidad artificial. Cierto es que en la naturaleza existen animales que no tienen este problema en sus aparatos visuales (evolucionados por otros medios, claro).

Pero el nuestro sí lo tiene, y este problema es más fácilmente explicable por medio del ‘diseño’ (por llamarlo de alguna forma) propio de los procesos evolutivos (que no pueden planear con adelanto fallos como esos) que por medio del diseño de un diseñador perfecto e infalible.

Como digo, no me importa que muchos cristianos quieran creer lo que quieran, aunque no tengan ninguna razón para ello (aunque me importara, parece que ante las ideas de algunos muy poco se puede hacer).

Lo que sí me importa, y me preocupa, es que aquellos que han decidido creer, por ejemplo, que el ojo humano es un ejemplo de la existencia de un diseñador divino nos hagan creer que esa creencia es más espiritual y más cercana a la Verdad que la que tienen personas como yo, que aceptan y defienden la ‘creación’ por medio de procesos evolutivos.

Dentro del Cristianismo hay muchas formas de pensar, muchas interpretaciones, muchas experiencias, y todas ellas tienen un lugar. No hay nada dentro de la Biblia que nos diga que tenemos que creer que Dios creó el ojo humano de una pieza.

Si esa fuera una parte fundamental de la fe cristiana, tanto que uno no pudiera ser cristiano (con todas las letras) a menos que creyera eso, muchos de los científicos que se consideran a sí mismos cristianos tendrían que dejar de serlo.

Pero la triste realidad, aunque me cueste aceptarlo y entenderlo, es que muchos cristianos preferirían perder a la mitad de sus hermanos en la fe si es que esos hermanos no estuvieran dispuestos a interpretar la fe tal y como ellos lo hacen. Es triste, sin duda.

Fuente:

lupaprotestante.com