Nuestro compromiso con la verdad

Estudios bíblicos 

Nuestro compromiso con la verdad

Por: Guillermo Milován

«El anciano a Gayo, el amado, a quien amo en la verdad. Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. Mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad. No tengo yo mayor gozo que oír que mis hijos andan en la verdad» (3 Juan 1-4).

La preocupación y el espíritu que observamos en este pasaje de la tercera carta de Juan, son revelados también por el apóstol en su primera y, en particular, en la introducción de su segunda carta, acentuando fuertemente el valor de la verdad. Juan es el apóstol de la verdad. Aunque los primeros tres evangelios la mencionan en su conjunto cinco veces, Juan lo hace en veinticinco ocasiones.
¿Por qué este apóstol habla tanto de la verdad? ¿Qué razones tenía? Seguramente muchas y muy serias. Como pastor de una iglesia naciente que se debate en la transición del cristianismo frente a las más diversas corrientes filosóficas y religiosas del momento que pugnan por infiltrarse en la nueva comunidad de fe, Juan alerta a sus «hijitos» diciéndoles: «Os he escrito, no porque seáis ignorantes de la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad» (1 Juan 2.21).
El apóstol libra una dura batalla: La Iglesia versus los «Nuevos Movimientos Religiosos». Es necesario destacarlo con una terminología contemporánea como evidencia palmaria que da cuenta de que el cuerpo de Cristo sigue siendo acosado y con la tentación de poner en juego el alto nivel de su programa de salvación frente a las propuestas de «una fe barata» fundamentada en la arena movediza de los tiempos.
En un antiguo tratado hebreo encontramos esta afirmación: «La verdad es el sello de Dios». Un sello que tiene por objeto confirmar, definir o legitimar.
No hay nada tan puro, tan hermoso, tan cercano a Dios en este mundo como la verdad. Su búsqueda es la tarea más noble que pueda imponerse el hombre. Vivir por y con ella, debe ser la aspiración más apreciada de todo ser que transita por este mundo. La verdad, junto con la justicia y el amor, conforma los grandes soportes de la humanidad. Cuando cualquiera de estos nos llegue a faltar, el mundo volverá a someterse a la infamia de una dolorosa y vergonzosa balcanización (valga el término a principios de este siglo) de inspiración satánica con secuelas propias de un infierno como el de Dante.
El relato bíblico muestra a un confundido gobernador Pilato ante la augusta presencia de Jesús, preguntando: «¿Qué cosa es la verdad?» Exacerbado, en aquel momento no tuvo tiempo de escuchar la respuesta, que sería la misma que obtuvo Tomás el discípulo de Jesús cuando este le respondió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida».
Por primera vez en la historia un concepto filosófico se concibe en términos de una Personalidad: «Yo soy», un Ser que encarnaba la verdad, la anunciaba, la probaba: «Yo para esto he venido, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz», le replicó a Pilato (Juan 18.37). La verdad absoluta está en Dios, y Jesucristo la encarnó.
Cuando encomienda al Padre a sus discípulos en su oración sacerdotal, Jesús ruega para que sean «santificados en tu verdad; tu palabra es verdad», haciéndose eco de lo que el salmista proclama: «La suma de tu Palabra es verdad» (Salmo 119:160). La verdad se prueba por sí misma. «Lo verdadero se prueba continuamente por su mera presencia, como el fuego que arde, el agua que fluye, el Sol que alumbra y da calor. Así también la Biblia ha probado con sus verdades a amigos y enemigos…» según F. Bettex en su obra La verdad que no buscamos.
Lo esencial para el apóstol es «conocer la verdad» y «andar en la verdad», es decir, mantener una relación viva y permanente con ella. De una manera sencilla, pero muy eficaz y elocuente ilustra la incompatibilidad de la verdad con la mentira, y compara a ambas con la luz y las tinieblas.
Al referirnos a la Iglesia y su compromiso con la verdad, pensamos en el creyente, el discípulo de Jesucristo que es miembro de la iglesia local. Y también en ese que aun cuando no se integra a la asamblea o culto de adoración en el «Día del Señor» ni entre semana, y que está en su casa, en su trabajo, en la escuela o en la universidad, es «iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la       verdad».
Resumamos el marco dentro del cual nuestro compromiso con la verdad adquiere calidad de sagrado. Como iglesia y como miembros de ella, nuestro primer compromiso es con el «Dios de la verdad».
El primer versículo de la Biblia declara: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». He aquí una introducción general y concreta con la que se pone de manifiesto la grande e importante verdad de que todas las cosas tuvieron su principio y que nada ni nadie existía desde la eternidad, a excepción de Dios mismo.
Fue esa la tesis de san Pablo en Atenas al enfrentar a epicúreos y estoicos en medio del Areópago; allí afirmó: «El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo el Señor del cielo y la tierra…» (Hechos 17.24). Mientras griegos y romanos argumentaban que «Nada puede venir de la nada», el apóstol afirma la autorrevelación de Dios como  creador de todas las cosas, y agrega que la misma está inseparablemente ligada a la revelación acerca de lo que es el hombre en su relación fundamental con su Creador.
La negación de esta verdad es la mayor locura que ha intentado el ser humano, o como muy bien apunta el autor de Eclesiastés (7.29): «He aquí, solamente esto he hallado; que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones».
El Dios de la verdad que se ha proyectado en su creación también lo hizo en la historia de la humanidad, particularmente al elegir un pueblo entre todos los de la Tierra, el pueblo de Dios, Israel. De este dice: «Te di por luz de las naciones —nos dice en Isaías 49.6— para que seas mi salvación hasta lo postrero de la Tierra». Un pueblo con la misión específica de anunciar la verdad de Dios a las naciones. Este es y ha sido el compromiso del pueblo de Abraham, Isaac y Jacob.
En segundo lugar, este Dios, que es el Dios de la verdad, en su soberana decisión procede a construir «El pueblo de la verdad» (Éxodo 6.7; Deuteronomio 7.7-9). En este sentido Dios ha hecho un pacto con su pueblo y, según Pablo en Romanos 10, el mismo es «irrevocable» teniendo en cuenta que son los dones y el llamamiento de Dios.
Siguiendo, sin embargo, el esclarecido argumento del apóstol que apasionadamente se pregunta: «¿Ha desechado Dios a su pueblo?», vemos que se apresura a responder: «En ninguna manera; pero por su transgresión —dice— vino la salvación a los gentiles» (Romanos 11.1,11). Es esto lo que le permitirá al apóstol Pedro escribir más tarde a los cristianos expatriados: «Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes —las obras maravillosas, las verdades sublimes— de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable».
Aquí tenemos hoy a la iglesia, en el proceso de santificación y crecimiento espiritual, enviada a «anunciar» el glorioso evangelio del cual Pablo no se avergonzaba «porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree». «Id», les dijo el Señor a sus discípulos con las exigencias divinas que bajo ningún concepto debían ser rebajadas, menospreciadas o manipuladas en el mercado de las ideas humanísticas.
En tercer lugar, este «Pueblo de la verdad», tras un largo trajinar recibe por manos de su siervo Moisés las tablas de la ley que le otorgan identidad como nación. No en vano Israel es llamado «El pueblo del Libro», su gran misión y el secreto de su supervivencia yacen en sus páginas, por las que desfilan sesenta siglos de historia ante los ojos de la humanidad, y actualmente traducida a más de dos mil idiomas.
Sesenta siglos proclamando la única verdad que «hace libre a los hombres». Ante esta verdad se pueden asumir dos actitudes: la del joven rico del Evangelio que, después de conocer el compromiso que implicaba este mensaje, «se fue triste» y nunca más apareció en escena; y la otra, la de Tomás, que ante la evidencia se rindió a los pies del Señor como la «Verdad» absoluta.
El salmista le dedica su canto 119. Y un eximio ensayista del siglo que se nos acaba de ir, el uruguayo José Enrique Rodó, en sin igual prosa escribe: «Este libro que empieza antes que nazca la luz y acaba cuando vuelven al mundo las sombras eternas, ha sido durante veinte siglos fuerza promotora, reveladora, educadora de vocaciones sublimes…»
En cuarto lugar, nuestro compromiso con la verdad, va más allá del tiempo y el espacio. Cuando los cielos y la Tierra hayan pasado, la verdad eterna de la Palabra no habrá pasado, según la incontrovertible declaración de Jesús en su sermón profético.
Jesús mismo es la verdad prometida, la verdad encarnada, Dios con nosotros; la verdad rechazada; la verdad resistida; la verdad juzgada; la verdad crucificada; la verdad sepultada… pero como la Verdad no pudo ser detenida en el sepulcro con la muerte, resucitó victoriosa, y esta misma Verdad cuarenta días después ascendió a los cielos, donde vive y reina como la «Verdad glorificada». Lo que era desde el principio, seguirá por la eternidad, inconmovible, «porque la fidelidad de Dios —su verdad— es para siempre» (Salmo 117.2).
El compromiso de todo cristiano con la verdad será irrenunciable hasta el día en que todos comparezcamos ante el tribunal de la Verdad y estemos donde estuvo Pilato, cara a cara con Jesucristo. Solo ahí podremos comprender por qué Juan le dio tanta importancia a la verdad, porque es eterna; podrá padecer, pero jamás perecer.

Guillermo Milován, además de periodista, escritor y predicador, es pastor y líder cristiano. Por treinta años fue secretario general de la Sociedad Bíblica de Uruguay.

© La Biblia en las Américas, Volumen 55 / Número 247 / No. 3 del 2000

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El Psalterio de Goudano

Estudios bíblicos 

El Psalterio de Goudano

Por: P. N. Tablante Garrido

Dos ediciones se hicieron del Salterio traducido por Goudano.

© La Biblia en las Américas, Volumen 3 / Número 36 / Abril-junio de 1955

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La Biblia como forma y como sentido

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La Biblia como forma y como sentido

Por: Alberto Rembao

La palabra de Dios es sello de siete sentidos que el espíritu humano nunca podrá comprender.

© La Biblia en las Américas, Volumen 3 / Número 39 / Enero-marzo de 1956

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El estudio personal de la Biblia

Estudios bíblicos 

El estudio personal de la Biblia

Por: E. Stanley Jones

La oración y la Biblia han sido los dos brazos del ancla que me han retenido a la realidad en medio de las tormentas y las inquietudes de la vida.

© La Biblia en las Américas, Volumen 3 / Número 40 / Abril-junio de1956

Glosas bíblicas: Parábolas

Estudios bíblicos 

Glosas bíblicas: Parábolas

Por: J. Gonzalez Molina

Una glosa bíblica alrededor de algunas de las sublimes parábolas de Jesús.

© La Biblia en las Américas, Volumen 3 / Número 35 / Enero – marzo de 1955

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Reino de Dios: Al servicio de la visión y de la causa

Estudios bíblicos 

Reino de Dios: Al servicio de la visión y de la causa

Por: Edesio Sánchez Cetina

El reino de Dios, de acuerdo con la enseñanza de Jesucristo, es un orden libre de toda dominación, caracterizado por el compañerismo, la interdependencia, la igualdad de oportunidades y el respeto mutuo que atraviesa todo tipo de diferencias entre seres humanos.

Usaré como hipótesis de trabajo, el siguiente esquema sugerido por Walter Wink en la obra Engaging the Powers: Discernment and Resistance in a World of Domination (Minneapolis: Fortress Press, 1992). El reino de Dios, de acuerdo con la enseñanza de Jesucristo, es un orden libre de toda dominación, caracterizado por el compañerismo, la interdependencia, la igualdad de oportunidades y el respeto mutuo que atraviesa todo tipo de diferencias entre seres humanos. Este reino igualitario repudia cualquier sistema que vaya en contra de todo proyecto que tenga por meta la búsqueda de una vida humana plena; es decir, el reino proclamado y vivido por Jesús, va contra sistemas que opten o apoyen la violencia, las jerarquías dominantes, el patriarcado, el racismo y el autoritarismo.

El reino de Dios en el Antiguo Testamento

Creación
En Génesis 1.1—2.4 se establece el marco teórico de todo lo que se hable del tema del reino, pues nos muestra el diseño del proyecto de Dios sin la presencia de toda interferencia destructiva o adversa al reino. De acuerdo con la estructura de este pasaje, Dios crea en los tres primeros días los «reinos» o espacios en donde «actuarán» o «gobernarán», en primer lugar, las lumbreras, en segundo lugar, las aves y los animales marinos, y en tercer lugar, los animales terrestres y el ser humano. Aunque en el texto se habla de «dominar» y «sojuzgar» (1.16, 18, 26 y 28), el contexto señala que el sentido no tiene nada que ver con otra cosa que no sea el bien de todas las criaturas y de mantener ese orden o cosmos. Se ha dicho —von Rad de manera especial— que la creación presenta a Dios más que nada como un Dios soter, es decir, como quien «redime» o «salva». La semántica de Génesis 1 nos habla de la «creación» como una tarea en la que Dios «saca» a la tierra de un estado de desorden y caos total y sin nada creado que tuviera vida, hacia uno de «orden» y vida. Por ello, en la visión del reino, «reinar», «gobernar» significa prestar un servicio en pro de la vida, del orden. A diferencia de otras visiones —extrabíblicas— de creación, en la Biblia la creación no implicó ni batallas cósmicas ni destrucción o descuartización de dioses o seres vivos. La «visión» de creación diferente es importante para poder entender el proyecto «primario» del reino de Dios. Sin embargo, el mismo testimonio bíblico no esconde la idea de que para convertir «el caos y desorden» en orden y vida, Dios tiene que enfrentarse a ese caos y desorden para transformarlo en orden y vida.
Génesis 2 presentará también una acción creadora sotereológica: Dios crea cambiando la aridez en fertilidad, la soledad en compañía, la falta de ayuda y apoyo en presencia que completa y produce resultados a favor de la creación y de sus «habitantes». De igual modo, notamos en este cuadro de la creación que Dios «vence» o transforma un estado negativo hacia algo positivo que significa vida.
Vistos así, los textos sobre la creación ya vislumbran el éxodo: libertad de un estado de «muerte» hacia uno de vida, libertad y compañerismo solidario. No es, pues, nada accidental que siglos después, el gran teólogo-poeta del libro de Isaías pintara el nuevo éxodo del pueblo de Dios como una nueva tarea de creación.
En la reflexión sobre el reino, Dios establece un espacio de vida en el que no hay divisiones étnicas, raciales, sociales ni políticas. No se presenta en ningún momento a un ser humano dominando a otro ser humano ni quitándole la vida a nada creado, como él, el sexto día. Es en este espíritu que debe entenderse Génesis 1.28, como la tarea proyectada para el ser humano.
En relación con la teología de la creación, es importante ver lo que se dice en Génesis 9.1-6, pues en «una nueva creación» (nótese en esos versículos varios paralelos que se encuentran en Génesis 1), conocida como alianza o pacto de creación con Noé (el nuevo Adam), su familia y los animales que se salvaron en el arca, hay un cambio notorio por la «interferencia» del «desorden y caos» en el mundo creado y ordenado por Dios. Todo ese desorden, de acuerdo con el autor de Génesis, se inicia en el capítulo 3, corre por el 4 y se agudiza en el 6. Y es a partir de la interferencia de la maldad humana y del pecado que, para la preservación de la vida, Dios mismo interponga el castigo exigiendo como pago de «esa deuda» la muerte del malvado (Génesis 9.6).

Éxodo
La declaración de Martin Buber respecto de Amós 9.7 sirve como punto de partida para la reflexión en torno al éxodo y al reino de Dios: «De esta manera se establece que Yavé es el Dios de los pueblos; pero seamos claros, no el Dios adorado por ellos, sino el que ha guiado a todo pueblo peregrino, como Israel, a una “tierra buena”».(1) El éxodo viene a revertir la presencia de una cultura de destrucción, esclavismo y muerte para transformarla en una experiencia de «presencia salvadora, libertadora y restauradora». Con el éxodo, Yavé se presenta como el «Emmanuel», el Dios siempre solidario y comprometido con aquellos y aquellas que sufren marginación, opresión y muerte. Si algo refleja semánticamente el nombre glorioso de Dios —Yavé— es la expresión que acompaña la revelación del nombre a Moisés (Éxodo 3.12) que puede traducirse «porque yo estaré contigo». El verbo «ser o estar» en su acepción común debe entenderse aquí (Éxodo 3.14) de la siguiente manera: «el que es en cuanto está presente con el que lo necesita». Por eso, esa palabra tan común, pero tan mal entendida, como lo es jesed sólo nos ofrece su profundo significado cuando se une a este sentido de «Yavé»: el solidario, el comprometido.
Lo anterior explica por qué en la Biblia no se insiste en que Dios está en contra de la idolatría y la adoración de dioses rivales para evitar la simple competencia o por atentar contra el egodeísmo de Dios. ¡No! Yavé no quiere ser un fin en sí mismo. Si Yavé se opone al culto o servicio de otros dioses es porque ningún otro dios, sino sólo Yavé hizo nacer una nación como respuesta de una acción de justicia. Oseas 13.4 lo afirma así: Yo soy Yavé, tu Dios, desde la tierra de Egipto (13.4). Hay una relación intrínseca entre la revelación del nombre de Dios, Yavé, y las acciones divinas de justicia para liberar al pueblo oprimido en Egipto.

La alianza: el éxodo ad-perpetuam
La alianza, vista como documento del reino, tiene como propósito primordial perpetuar el modelo de vida logrado a través de la experiencia del éxodo. Por ello toma muy en serio los dos elementos primordiales para una salvación completa y una vida plena en el reino: un solo Dios y la práctica de la justicia. La alianza busca, en primer lugar, liberar al pueblo de su propensión de seguir a otros dioses y poderes idolátricos. Busca, en segundo lugar, liberar al pueblo de toda tentación de autosuficiencia, caprichos egoístas, marginación y abuso.
De acuerdo con Deuteronomio 4.13, el decálogo es ese documento de alianza. Sus dos divisiones o partes importantes, unidas por la «palabra» sobre el sábado, insisten en los elementos apuntados en el párrafo anterior. El decálogo, como documento de la alianza, debe considerarse principalmente como fuerza liberadora del pueblo de Dios. No son leyes dirigidas a un cuerpo legislativo, sino palabras divinas que mandan y ordenan para asegurar la vida de toda la comunidad. Son, en realidad, promesas. Con respecto al elemento gramatical de las prohibiciones, Albert C. Winn nos recuerda:

«Aunque el hebreo tiene un imperativo, la manera común de expresar una prohibición no es el imperativo negativo sino el futuro negativo. Por ello, nuestra traducción tradicional —«No harás/tomarás», etc.— es totalmente legítima… el futuro negativo puede, también, expresar una promesa: «Por ser ustedes mi pueblo, no tendrán otros dioses, no harán ídolos para adorarlos… no matarán, no cometerán adulterio, robos, mentiras, codicias». Ima¬gínese una sociedad donde todas esas cosas, tan comunes en el mundo donde vivimos, nunca pasen. ¡Qué promesa!»(2)

Historia de Israel
Durante la época de la ocupación de la tierra tenemos dos «paradigmas» de vida «nacional» ajenos al esquema monárquico: la época de Josué y la de los Jueces. La primera con «una calificación de excelente» de acuerdo con la teología del deuteronomista; la segunda, con una apreciación totalmente contraria. Josué 1.5-10; 21.43-45 y Jueces 21.25 son ejemplos de cada uno de esos paradigmas. Pero, como una de esas sorpresas de la actuación divina, el libro de Rut nos ofrece una tercera vía.
De la época de la monarquía los «paradigmas» Saúl y David, al principio de esa historia, nos ofrecen también dos posturas o situaciones diferentes. Saúl, el rechazado, el que no «gobierna» de acuerdo con «el corazón de Dios» (1 Samuel 13.8-14; 15.17-31; 28.3-19) y David, el que «gobierna de acuerdo con el corazón de Dios» (2 Samuel 7.1-17; 1 Reyes 9.1-9). Sin embargo, la teología del deuteronomista ofrece una dura crítica contra la monarquía y su estilo de estructura política (Deuteronomio 17.14-20; 1 Samuel 8.1-22). En Jeremías 22.13-16 se muestra la tensión que se dio durante toda la historia de la monarquía entre la alianza davídica y la sinaítica. Al igual que con el caso de Rut, 2 Reyes 5 ofrece una tercera vía como muestra de las «sorpresas» de Dios. Esta tercera vía muestra su esquema teórico y utópico en la propuesta divina en boca del profeta Isaías. Isaías 11.1-6, en una reflexión del proyecto de Dios establecido en la creación, ofrece en forma gráfica y muy elocuente un cuadro del reino mesiánico: «Cuando llegue ese día, el lobo y el cordero se llevarán bien, el tigre y el cabrito descansarán juntos, el ternero y el león crecerán uno junto al otro, y se dejarán guiar por un niño pequeño» (Isaías 11.6, TLA).
El exilio muestra el descalabro del orden monárquico, y la evaluación dada por Ezequiel 34 (véase 1 Reyes 21.1-16) pone el dedo en la llaga. Los líderes monárquicos y sus «asesores» no mantuvieron la visión del reino, ni se preocuparon por hacer de la prioridad de hacer bien y justicia a los más vulnerables de la sociedad su causa.
El posexilio y toda la literatura de esa época —tanto la profética como la histórica— muestran la búsqueda de caminos que llevan hacia un nuevo orden para estructurar a la comunidad de la época. Aquí se dan dos posibilidades o «paradigmas»: la vía del legalismo (Malaquías y Esdras) o la vía del reino (Isaías 56—66; véase de manera especial Isaías 58).
El repaso del Antiguo Testamento nos permite ver que el proyecto divino sobre el «reino de Dios» no avala o endosa ningún sistema político humano. Con o sin la monarquía, los principios del reino se hallan presentes o se niegan totalmente. El asunto clave no es qué forma de institución o sistema, sino que toda institución o sistema se alinee con la visión y la causa del reino.

Nuevo Testamento(3)
Jesús y las personas con quienes convivió y tuvo sus interacciones se movieron en un mundo multicultural. Esa interacción tuvo, al menos, un doble punto de referencia: el Imperio Romano con su cultura helénica y, en el caso de Judea, la percepción local. Jesús y sus paisanos tenían que moverse en, por lo menos, dos establishments (orden establecido por las clases dominantes): el nativo y el foráneo, y sus instituciones visibles e invisibles.
La conocida pax romana sustentaba una sociedad «tranquila» que aseguraba un status quo libre de sobresaltos para los que estaban en la parte superior de la «pirámide» de la sociedad. Es decir, era paz pero sin justicia, era una «paz» a medias, ¡no era paz! Porque de acuerdo con la proclamación profética «el fruto de la justicia es la paz» (Is 11.2-6). Los estudios acerca de la sociedad romana del primer siglo de la era cristiana concluyen que el mundo en el que el Imperio Romano era la máxima potencia carecía de leyes internacionales o relaciones jurídicas: ni individuos ni naciones tenían derechos legales. Roma y sus territorios eran gobernados al estilo de «gobierno» de la mafia siciliana: el monopolio de la violencia física y la manipulación por medio del terror y las gratificaciones. En este contexto es que se entienden mejor las palabras de Jesús a sus discípulos (Marcos 10.42-44, DHH):

«Como ustedes saben, entre los paganos hay jefes que se creen con derecho de gobernar con tiranía a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera ser grande entre ustedes, deberá servir a los demás, y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser el esclavo de los demás.»

A la luz de este texto, se entiende por qué Jesús fue perseguido y matado por el esfuerzo combinado de Roma y Judea. Para las autoridades locales judías, Jesús era un «delincuente», pues atentaba contra el orden establecido de la región; Jesús fue también para los judíos un «delincuente» porque propugnaba un programa subversivo que atentaba contra los intereses políticos, de parentesco o consanguíneo, religioso político y político económico; Jesús, para los líderes judíos, alteraba con su enseñanza, predicación y conducta el discurso normativo de la tradición judía en asuntos como la pureza y la observación del sábado.
Pero para Jesús todo lo anterior era atentar contra el proyecto divino de reino. Jesús se opuso a todos los valores autocráticos de poder y riqueza y las instituciones que los apoyaban y alimentaban:

• La familia  - El patriarcado
• La ley  - El sistema de clases
• El sistema sacrificial - El uso de la violencia
• El templo  - Divisiones raciales
• Las regulaciones de la comida kosher
• La distinción entre puro e impuro
• Las divisiones étnicas
• Las distinciones entre «los de adentro» y «los de
afuera»

Jesús como emisario del reino de Dios:

• Rechazó la dominación (Lucas 22.24-27).
• Luchó por la IGUALDAD (Lucas 16.19-31).
• Desbarató los conceptos de santidad y pureza: fue amigo de prostitutas, cobradores de impuestos, samaritanos, tocó mujeres, se dejó tocar por ellas, tocó leprosos, niños.
• Luchó contra el racismo y etnocentrismo (Mateo 8.5-13).
• Redefinió el concepto de familia (Lucas 14.26; 12.51-53).
• Le dio a la ley su verdadera dimensión.
• El templo y el sistema sacrificial fueron también puestos en la mesa del cirujano (Mateo 9.13; 12.7).
• Optó por la resistencia no violenta (Mateo 5.38-42).
• Su postura hacia los niños y las mujeres.
• Sanidad y exorcismo.

En Lucas 13.10-17, encontramos un hermoso ejemplo de lo que es la confrontación de los valores del reino de Dios y los de la sociedad humana, el de una visión con una institución:

«Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo; y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar.
Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: Mujer, eres libre de tu enfermedad. Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios.
Pero el principal de la sinagoga, enojado de que Jesús hubiese sanado en el día de reposo, dijo a la gente: Seis días hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed sanados, y no en día de reposo.
Entonces el Señor le respondió y dijo: Hipócrita, cada uno de vosotros ¿no desata en el día de reposo su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo?
Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él.»

¿Qué hizo Jesús, como muestra de que en él y con él el reino de Dios estaba presente?:
Al sanar a la mujer encorvada en sábado, estaba liberando al sábado para convertirse en jubileo de liberación y restauración.
Al tocar a la mujer revocaba el código de santidad, cargado de escrúpulos machistas acerca de la impureza menstrual y del elemento erótico.
Al hablarle a la mujer en público estaba poniendo en evidencia los frenos machistas contra la libertad de la mujer. Frenos nacidos del concepto de posesión sexual y de la falacia de que la mujer es, frente a los hombres, seductora.
Al invitar a la mujer a estar con él en el centro de la sinagoga, Jesús desafiaba el monopolio masculino respecto de la gracia y del acceso a Dios.
Al afirmar que la enfermedad de la mujer no era castigo divino por causa del pecado, sino opresión satánica, Jesús estaba declarándole guerra abierta y sin cuartel al entero sistema dominante, gobernado por Satán.

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1-Buber, Martin. Kingship of God (New York: Harper & Row, 19673): 99.
2-Winn, Albert. A Christian Primer (Louisville: Westminster/John Knox Press, 1990): 191.
3-La mayor parte de los pensamientos expresados aquí fueron basados en: Walter Wink, Engaging the Powers: Discernment and Resistance in a World of Domination (Minneapolis: Fortress Press, 1992) and Bruce J. Malina, The Social Gospel of Jesus: the Kingdom of God in Mediterranean Perspective (Minneapolis, Fortress Press, 2001).

© La Biblia en las Américas, Volumen 60 / Número 275 / No. 4 de 2005

http://labibliaweb.com/labam/828/detail

Tienes una Biblia nueva

Estudios bíblicos

Tienes una Biblia nueva

Por: Revista Amanecer, México

Estas feliz porque adquiriste un volumen de las Escrituras Santas…

© La Biblia en las Américas, Volumen 3 / Número 42 / Oct. – Dic. de 1956

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