El Cristo de América Latina
19 abr 2011 Comentarios desactivados
in Cristo, Cristología, Latinoamérica
Samuel Escobar
El Cristo de América Latina
Mackay y Unamuno (III)

La agenda misionológica de Mackay como evangelista y maestro de juventudes fue el anuncio del Cristo de los Evangelios en diálogo con los puntos de contacto en la cultura latinoamericana del momento (*).
17 de abril de 2011
La agenda de Mackay fue seguida por la primera generación de pensadores evangélicos latinoamericanos entre los cuales destaca el periodista y biblista mexicano Gonzalo Báez-Camargo.
El análisis de Mackay apareció en forma de libro y en inglés en el año 1932. Dos años antes Báez-Camargo había publicado su informe acerca del Congreso Evangélico de La Habana. En la primera parte de dicho informe encontramos ya algunas de las notas que Mackay había desarrollado examinando a pensadores inquietos por Cristo como Ricardo Rojas y Gabriela Mistral.
Luego de describir la religiosidad muerta y formal predominante, Báez-Camargo decía que no todo en el panorama latinoamericano era sombrío. “Corrientes espirituales de vario matiz luchan desesperadamente por inyectar en la sangre de este continente enfermo, la fe en las funciones más altas de nuestro espíritu, la confianza en las Fuerzas invisibles que crearon y sostienen el cosmos, y la posibilidad de la comunión con ellas”. [1] En medio de estas corrientes que buscaba una moral sin dogmas, la religiosidad oriental, el cristianismo social o el espiritualismo místico, Báez-Camargo se refiere también a otra corriente: “Pero no pocos miran a Jesús. No siempre lo perciben en toda su significación. Pero se esfuerzan en conocerlo e interpretarlo”. [2] A él mismo le tocó pronunciar el mensaje de clausura, y cita de dicho mensaje:
No al Cristo literario de Renán, no al Cristo socialista de Barbusse, no al Cristo nimio de las leyendas católicas, bellos Cristos a medias, sino al Cristo único, el de los Evangelios, el Hijo de Dios, redentor del Mundo, Espíritu Eterno cuya obra ayer hoy y por todos los siglos, es la transformación de los corazones. [3]
En la parte final del Informe, Báez-Camargo da cuenta de la centralidad de Cristo en el pensamiento de los delegados y las resoluciones que reflejan el compromiso de hacer de Jesucristo el centro del mensaje de las iglesias evangélicas para el continente. El Mensaje del Congreso que transcribe es decididamente Cristológico. Podría decirse que la agenda cristológica que el Congreso de La Habana se propuso, la transformó Báez-Camargo en su propia agenda teológica y literaria.
El púlpito laico desde el cual Báez-Camargo proclamó al Cristo que América Latina necesitaba fue fundamentalmente su columna del diario Excelsior de México. Su libro Las Manos de Cristo reúne una colección de artículos, publicada por primera vez en 1950. [4] La primera nota que destaca en esta Cristología es la presentación atractiva y recia de la humanidad de Jesús. Está basada cien por ciento en el dato bíblico, pero la contextualización ha alcanzado precisión y pertinencia.
Jesús era obrero. Era lo que llamaríamos un “proletario”. En sus labios, como en ninguno habría palpitado con inflexión de amor, al dirigirse a los obreros, la palabra consabida: CAMARADA. Ningunas manos como las suyas, fuertes y callosas por los afanes del taller, habrían estrechado con más simpatía, con más compañerismo, las callosas y fuertes manos de los trabajadores. [5]
Báez Camargo destaca que la enseñanza de Jesús demostraba una profunda sensibilidad hacia los pobres, y un estilo de comunicación con ellos, que brotaban de la experiencia misma de la pobreza: “Cuando se lanzó a la vida pública, no iba equipado con tesoros de erudición. En sus palabras se refleja constantemente su vida de artesano pobre”. [6] La espiritualidad de Jesús si bien era una realidad incontrovertible, se compaginaba con las circunstancias humanas de su existencia.
Jesús era un hombre de trabajo. Tenía que hurtar horas al sueño, levantarse aun de noche, si quería disfrutar de unos momentos de quietud para sus oraciones y meditaciones. Oraba y meditaba más bien mientras trabajaba en su taller, entre las astillas, acompañándose con el monótono chirriar de la garlopa. [7]
El peso del argumento de varias de estas páginas iba dirigido a contrarrestar dos tipos de desfiguración de la persona de Jesús corrientes en América Latina. Por un lado el de la prensa popular marxista que en esa época describía a Jesús como defensor de los capitalistas contra los obreros. Por otro lado las imágenes de cierta artesanía popular en la cual Jesús aparecía casi como una figura femenina. En otro de los capítulos del libro mencionado Báez Camargo parte de la contemplación de las manos de Cristo tomando el dato de los Evangelios, y saca las consecuencias sobre una enseñanza bíblica acerca del trabajo, en las páginas de toda la Biblia.
Lo primero que advertimos al contemplar las manos de Cristo, es que son las manos varoniles y vigorosas de un trabajador. Las manos de un obrero: el carpintero de Nazaret. No son esas manos blancas y fláccidas, como un lirio desmayado, manos casi femeninas, que le han pintado por lo general en los retablos litúrgicos y las estampas devotas. Es en estas manos suyas, manos de trabajador, donde hallamos la primera y más alta proclama de la dignidad del trabajo manual y del proletariado. [8]
Quiero recordarles que esto se publicó en 1950, es decir veinticuatro años antes de que el franciscano Leonardo Boff publicara su libro Jesucristo liberador, recuperando para la teología católica de la liberación una nueva visión de la humanidad de Jesucristo.
La evocación de Báez Camargo trae a mi mente la fuerza del poema de Unamuno El Cristo de Velásquez en el cual hay también una contemplación extensa, detenida y reflexiva del cuerpo de Jesús y su plena humanidad. En su libro Andanzas y visiones españolas Unamuno recuerda su visita a la ciudad de Palencia en Agosto de 1921. Recuerda su contemplación del Cristo yacente de Santa Clara y como en aquella ocasión escribió un poema que terminaba con estas líneas:
Porque este Cristo de mi tierra es tierra,
Carne que no palpita,
Tierra, tierra, tierra;
Mojama recostrada con la sangre,
Tierra, tierra, tierra
Después de evocar aquel poema, Unamuno sigue diciendo: “Y fue cierto remordimiento de haber hecho aquel feroz poema lo que me hizo emprender la obra más humana de mi poema El Cristo de Velásquez , el que publiqué este año”. [9]
A partir de la década de 1960 la teología evangélica en América Latina profundizó de manera contextual en la comprensión de la persona de Jesucristo y su significación para un continente agitado por los cambios sociales y la lucha por un orden más justo y una plena liberación. El tiempo sólo me permite enumerar algunos hitos importantes de esta reflexión. [10]
En 1965 el historiador y teólogo cubano Justo L. González publica su libro Revolución y Encarnación , un estudio contextual del material juanino en el Nuevo Testamento, especialmente la Primera Epístola. Por primera vez en el ámbito evangélico la temática cristológica era tratada desde una perspectiva sistemática para responder a una necesidad pastoral. González llamaba a los evangélicos a tomar conciencia de que habían caído en una Cristología docética que les impedía desarrollar una ética social adecuada a las necesidades del momento. González publicó en 1990 una introducción a la teología titulada Mañana , y escrita desde la perspectiva de la minoría de habla hispana en los Estados Unidos, insistiendo en identificar y criticar la visión docetista que desconoce la plena humanidad de Cristo
Queriendo glorificar a Jesús el docetismo realmente lo ha despojado de su mayor gloria: su encarnación y sufrimiento en la cruz. En última instancia el docetismo no sólo despoja a Jesús de la realidad de la encarnación y el sufrimiento, sino de la misma naturaleza de un Dios, cuya mayor victoria se logra a través del sufrimiento y cuya revelación más clara ocurre en la cruz. [11]
A partir de una nueva lectura de la persona y estilo de Jesús en el Nuevo Testamento, el teólogo ecuatoriano René Padilla y este servidor planteamos en 1974 una crítica a los métodos de hacer misión provenientes de Norteamérica que expresaban el modo de vida estadounidense en su manera de comunicar el mensaje cristiano más bien que las prioridades y el estilo de Jesucristo. En 1986 Padilla señalaba que el Protestantismo conservador de corte evangélico en todo el mundo estaba también afectado por el docetismo:
A pesar de su reconocimiento teórico de la plena humanidad de Cristo, el cristianismo evangélico en América Latina y en el resto del mundo está profundamente afectado por el docetismo. Afirma el poder transformador de Cristo en relación a la persona individual, pero es totalmente incapaz de relacionar el Evangelio a la ética social y a la vida social. En nuestro caso, el desafío de Mackay sigue vigente. [12]
En esta primera década del siglo veintiuno la urgencia de este quehacer teológico proviene del hecho de que ya las iglesias evangélicas latinoamericanas envían misioneros a todo el mundo y es importante que esta misión no se limite a copiar los modelos del pasado sino a recuperar el estilo misionero del propio Jesús. Sólo así tendrá inspiración y una brújula para responder a las necesidades de una cultura global posmoderna en un mundo sin utopías y sin esperanzas. Como decía Don Miguel:
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
Nos guían en la noche de este mundo,
Ungiéndonos con la esperanza recia
De un día eterno. Noche cariñosa,
¡Oh madre, madre de los blandos sueños,
madre de la esperanza , dulce Noche,
noche oscura del alma eres nodriza
de la esperanza en Cristo salvador! [13]
MULTIMEDIA: EL DISCURSO EN VIDEO E IMÁGENES DEL ACTO
Conferencia de…
“McKay, Unamuno, el balcón y el camino”, tras recoger el premio Jorge Borrow 2011
…
El Adelanto de Salamanca
(*) Discurso completo de Samuel Escobar, escrito a modo de agradecimiento al recibir el “II Premio Jorge Borrow de Difusión Bíblica”, concedido por la Asociación Cultural Evangélica Jorge Borrow. Homenaje celebrado en el Aula Unamuno del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca. Sábado 12 de marzo de 2011.
____________________
[1] Hacia la renovación religiosa en Hispanoamérica, Casa Unida de Publicaciones, Mexico, 1930; p.19.
[2] Ibid. p. 18
[3] Ibid. p. 143.
[4] Pedro Gringoire, Las Manos de Cristo , México: Casa Unida de Publicaciones, 1950.
[5] Ibid. p.45.
[6] Ibid. p.49.
[7] Ibid. p.48.
[8] Ibid. pp. 11-12.
[9] Miguel de Unamuno, Andanzas y visiones españolas , Madrid: Espasa Calpe, 1975: p. 223.
[10] El lector interesado encontrará una investigación más detallada en mi ensayo “La búsqueda de una Cristología misiológica en América Latina”, en el libro De la misión a la teología , Buenos Aires: Kairós, 1998; pp. 7-42.
[11] Justo L. González Teología liberadora, Kairós, Buenos Aires 2006; p. 237.
[12] René Padilla y Mark Lau Branson, Eds. Conflict and Context. Hermeneutics in the Americas , Grand Rapids: Eerdmans, 1986; p. 83.
[13] De la sección IV de “El Cristo de Velásquez”, en Miguel de Unamuno: antología poética , Madrid: Alianza, 1977; p.59
Autores: Samuel Escobar
© Protestante Digital 2011
LA CORONA DE NUESTRA FE -1 Cor 15
15 ago 2010 Comentarios desactivados
in 1 de Corintios, Cristo, Cristología Etiquetas: Cristología, I Corintios, resurreccion
Resurrección y Ascensión: Lo que significa estar en Cristo
09 ago 2010 1 comentario
in Cristo, Cristología Etiquetas: Cristo
Resurrección y Ascensión: Lo que significa estar en Cristo

“En Cristo”. Es una frase que todos hemos oído. Albert Schweitzer llamó “estar-en-Cristo” al principal enigma de la enseñanza del apóstol Pablo. Schweitzer fue uno de los alemanes más sobresalientes del siglo. 20—teólogo, músico y un grandioso doctor misionero, ganador del Premio Nobel de la Paz en 1952. Schweitzer no fue un cristiano ortodoxo al final de sus días, pero pocas personas evocaban el espíritu cristiano más poderosamente.
En su libro de 1931, El Misticismo del Apóstol Pablo, Schweitzer elaboró el punto de que otras religiones, profetas, adivinos y filósofos buscan a “Dios” de alguna forma u otra. Pero Schweitzer vio que para Pablo, la esperanza cristiana y el diario vivir estaban más específica y seguramente enfocados—es nueva vida en Cristo. Pablo usa la frase “en Cristo” cuando menos 12 veces en sus cartas. Un buen ejemplo es 2 Corintios 5:17, “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!”
Schweitzer resumió los pensamientos de Pablo sobre éste tema:
“Para él [Pablo], los creyentes son redimidos al entrar ya, a través de la unión con Cristo, por medio de un morir y resucitar místicos con Él durante la continuación del mundo-era natural, en un estado de existencia sobrenatural, siendo éste estado eso que ellos deberán de poseer en el reino de Dios. A través de Cristo, somos removidos de éste mundo y transferidos al estado de existencia apropiado para el reino de Dios, a pesar del hecho de que éste todavía no ha aparecido” (El Misticismo del Apóstol Pablo, página 380).
Note cómo Schweitzer muestra que Pablo ha mantenido juntos los dos aspectos de la venida de Cristo en una tensión de los tiempos del fin—vida del reino ahora y vida plena del reino aún por venir. Pero, ¿cómo funciona realmente todo esto, y cómo encaja con el evento más importante en la historia humana—la resurrección de Jesucristo?
¿En las regiones celestiales ya?
Para principiantes, el tema místico es una clave vital para entender pasajes poderosos tales como Romanos 6:3-5 y 8: “¿Acaso no saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos con Cristo Jesús, en realidad fuimos bautizados para participar en su muerte? Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con Él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva. En efecto, si hemos estado unidos con Él en su muerte, sin duda también estaremos unidos con Él en su resurrección…. Ahora bien, si hemos muerto con Cristo, confiamos en que también viviremos con Él“.
Éste es el Pablo clásico. Para él la resurrección era la doctrina central del cristianismo. Los cristianos no sólo eran simbólicamente sepultados con Cristo en el bautismo, sino que también eran simbólicamente resucitados con Él. Solamente que esto va un poco más profundo que un mero simbolismo. Hay una verdadera probada de la realidad final en éste teologizar elevado.
Note cómo Pablo desarrolla más éste tema en Efesios 2:4-6 “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! Y en unión con Cristo Jesús, nos resucitó y nos hizo sentar con Él en las regiones celestiales“.
¿Cómo pudo ser esto? Pablo no está hablando aquí literal y físicamente, está hablando metafóricamente. Él nos dice que a través del poder salvador que Dios demostró en la resurrección de Cristo, nosotros ya disfrutamos participando, a través del Espíritu Santo, de las regiones celestiales donde moran el Padre y Cristo. Éste es uno de los beneficios de la vida “en Cristo”, de Su resurrección y ascensión. Estar “en Cristo” hace todo esto posible.
El factor resurrección
Una vez más tenemos que permanecer en asombro ante la multitudinaria dinámica que fluye de la resurrección de nuestro Señor y Cristo, sabiendo que no sólo fue el evento más grandioso en la historia, sino también un vital principio guiador para todo lo que el creyente pueda tener como esperanza y expectativa aquí abajo. “En Cristo” es una frase que penetra más profundo que un mero símbolo o analogía. Está ligada a la otra frase: “sentados en las regiones celestiales”.
Note las ricas exposiciones de Efesios 2:6 por algunos expertos comentaristas.
Aquí está Max Turner en El Nuevo Comentario Bíblico: Versión Siglo 21:
“Decir que se nos ha dado vida con Cristo parece ser una abreviatura para decir que ‘seremos resucitados con Cristo a una vida de la nueva creación’, y podemos hablar de eso como si fuera un evento ya cumplido porque primero, tal evento decisivo de la resurrección [de Cristo] ya está en el pasado y segundo, porque ya empezamos a participar en aspectos de esa vida de la nueva creación en nuestra unión presente con Él” (página 1229).
Dios ha desplegado el poder de la resurrección hacia nosotros para ser una demostración diaria de la bondad de Dios, para mostrar con nuestras buenas obras que Él existe y que está interesado en toda persona de éste planeta.
Estamos unidos con Cristo a través del Espíritu Santo. Note los comentarios de Francis Foulkes sobre Efesios 2:6 en Los Comentarios Tyndale del Nuevo Testamento:
“En Efesios 1:3 el apóstol ha dicho que Dios nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en las regiones celestiales. Ahora él dice más específicamente que nuestra vida ha llegado a estar ahí, entronizada con Cristo… La humanidad, en virtud de la conquista del pecado por Cristo y la conquista de la muerte por Su exaltación, es levantada ‘del infierno más profundo hasta el mismo cielo’ (Calvin). Nuestra ciudadanía está ahora en el cielo (Fil. 3:20); y ahí, y no bajo los límites impuestos por el mundo… se encuentra la verdadera vida” (página 82).
Note los comentarios de John Stott sobre Efesios 2:6 en su libro, El mensaje de Efesios:
“Sin embargo, lo que emociona nuestra admiración es que ahora Pablo no está escribiendo acerca de Cristo sino acerca de nosotros. Él está afirmando, no que Dios hizo volver a la vida, resucitó y sentó a Cristo, sino que Él hizo volver a la vida, resucitó y sentó con Cristo a nosotros… Éste concepto de la unión del pueblo de Dios con Cristo es fundamental para el cristianismo del Nuevo Testamento. [Ellos poseen] una nueva solidaridad como pueblo que está ‘en Cristo.’ En virtud de su unión con Cristo, ellos, de hecho, han compartido Su resurrección, ascensión y sesión”.
Por “sesión” aquí Stott se refiere teológicamente al reino presente de Cristo sobre toda la creación. Ni tampoco es, dice Stott, toda ésta plática de nuestro reinar con Cristo, una parte de un “misticismo cristiano sin significado.” Por el contrario, es una parte significativa del misticismo cristiano que va incluso más allá de eso. Stott añade:
“En las ‘regiones celestiales’, en el mundo invisible de la realidad espiritual, en el cual operan los poderes y las autoridades (3:10; 6:12) y en el cual Cristo reina supremo (1:20), ahí Dios ha bendecido a Su pueblo en Cristo (1:3), y ahí Él los ha sentado con Cristo… por una parte, esto testifica en una experiencia viva que Cristo nos ha dado una vida nueva, y por la otra, una victoria nueva. Estábamos muertos, pero espiritualmente se nos ha vuelto a la vida y estamos alerta. Estábamos en cautividad, pero ya hemos sido entronizados”.
Max Turner está en lo correcto. Hay más aquí que un mero simbolismo. Lo que Pablo está explicando es la implicación de nuestra vida nueva en Cristo.
Las implicaciones prácticas
Primero que nada, los cristianos son “tan buenos como lo pueden ser”, en referencia a su salvación. Los cristianos que están “en Cristo” han sido “cubiertos” por Cristo. Se cubren con Su muerte, sepultura, resurrección y ascensión y se puede decir de ellos que ya en algún sentido están viviendo con Él en las regiones celestiales. Ésta enseñanza no tenía la intención de ser una suposición idealista. Fue escrita originalmente a cristianos que vivían en extrema estrechez en las ciudades corruptas que habitaban, ciudades sin los derechos civiles y políticos que a menudo damos por sentado. Para los lectores de Pablo ser muertos por la espada romana era una seria posibilidad.
Así, Pablo alienta los espíritus de sus lectores con un pensamiento adicional sobre la doctrina central y distintiva de la nueva fe—la resurrección de Cristo. Estar “en Cristo” significa que cuando Dios nos mira Él no ve nuestros pecados. Ve a Cristo. No hay enseñanza más alentadora que esa. Esto está re-enfatizado en Colosenses 3:3 “pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios“.
Segundo, estar “en Cristo” significa que los cristianos viven en dos mundos—el mundo físico de la realidad de todos los días y el que Stott llama el “mundo invisible” de la realidad espiritual. Esto tiene implicaciones para la forma en que vemos éste mundo. Debemos vivir vidas balanceadas. Por una parte, primero debemos dar nuestra lealtad al reino de Dios y sus valores, pero por la otra, no debemos tener una mente tan celestial que no sirvamos para nada terrenal. Es una cuerda floja, y todo cristiano necesita la ayuda de Dios para caminarla seguramente.
Tercero, estar “en Cristo” significa que somos trofeos de la gracia de Dios. Si Dios ha hecho todo esto por nosotros, si Él en algún sentido ya nos ha introducido a las regiones celestiales, entonces eso significa que debemos vivir como embajadores de Cristo. Francis Foulkes lo pone de ésta manera:
“El propósito de Dios para Su iglesia, como Pablo llegó a entenderlo, va más allá del propósito mismo, más allá de la salvación, la iluminación y la re-creación de individuos, más allá de su unidad y compañerismo, más allá incluso de su testimonio al mundo. La iglesia debe ser la exhibición de la sabiduría, el amor y la gracia de Dios en Cristo a toda la creación ” (página 82).
¡Qué verdadero! Estar “en Cristo”, recibir nueva vida en Cristo, tener nuestros pecados cubiertos ante Dios a través de Cristo—todo esto significa que debemos exhibir la vida cristiana a la gente que encontramos. Nosotros los cristianos podemos seguir el toque de un sonido diferente, pero tengamos un interés cristiano por la gente que comparte la vida física con nosotros.
Dios ha desplegado el poder de la resurrección hacia nosotros para ser una demostración diaria de la bondad de Dios, para mostrar con nuestras buenas obras que Él existe y que está poderosamente interesado en toda persona de éste planeta. La resurrección y ascensión de Cristo afectan poderosamente nuestra cosmovisión. El desafío ante nosotros es vivir a la altura de éste llamamiento celestial las 24 horas del día.
http://comuniondegracia.org/blog/2010/05/resurreccion-y-ascension-lo-que-significa-estar-en-cristo/
Las bendiciones de estar en Cristo
09 ago 2010 Comentarios desactivados
in Cristo, Cristología Etiquetas: estar en Cristo
Las bendiciones de estar en Cristo
(The Blessings of Being in Christ)
Por David Wilkerson
23 de agosto de 2004
__________
Pablo dice, “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,” (Efesios 1:3). Pablo nos esta diciendo, en esencia, “Todos los que siguen a Jesús están bendecidos con bendiciones espirituales en lugares celestiales, donde Cristo esta.” Que increíble promesa para el pueblo de Dios.
No obstante, esta promesa se convierte en meras palabras si no conocemos cuales son estas bendiciones espirituales. ¿Cómo podemos disfrutar las bendiciones que Dios promete si no las comprendemos?
Pablo escribió esta epístola “a los santos y fieles en Cristo Jesús” (1:1). Estos eran creyentes estaban seguros de su salvación. Los efesios fueron bien entrenados en el evangelio de Jesucristo y la esperanza de la vida eterna. Ellos sabían quienes eran en Cristo, y estaban seguros de su posición celestial en él. Ciertamente, están bien cimentados en la verdad que ellos estaban sentados “…en los lugares celestiales con Cristo Jesús,” (2:6).
Estos “fieles” entendieron completamente que “Dios… resucitándolo de los muertos y sentándolo a su derecha en los lugares celestiales,” (1:20). Ellos sabían que fueron escogidos por Dios desde “antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él. Por su amor,…” (1:4-5). Ellos comprendieron que fueron adoptados “por Jesucristo mismo” (1:5). Dios los había traído a su familia, porque cuando escucharon la palabra de verdad, ellos creyeron y confiaron en ella.
Los creyentes efesios fueron verdaderamente un pueblo bendecido. Se regocijaron en su redención a través de la sangre de Cristo, conociendo la gran bendición espiritual de ser perdonados de sus pecados. Ciertamente, ellos eran tenían tanto conocimiento acerca de las riquezas de la gracia de Dios, que muchos eran capaces de enseñarles a otros. Si se encontraban con personas que estaban hambrientas de Dios, ellos podían mostrarles la gloria de la Cruz. Ellos podían enseñar de la misericordia y el amor de Dios, de su santidad, de caminar sin culpa ante él. Ellos podían hablar de la resurrección, de la bondad de Dios, del cielo y del infierno, de las consecuencias de vivir en pecado.
Espero que todos aquellos que están leyendo este mensaje sean como esos efesios: fieles, creyentes bien enseñados. Tú conoces el poder de la redención del evangelio de Cristo. Tú conoces la doctrina del nuevo nacimiento. Estas bien enseñado en el conocimiento de la gracia, aceptando la victoria que viene por fe solamente y no por obras.
Si esto te describe a ti, tengo algo más que decir. Esto es que muchos cristianos nunca han entrado al gozo que Dios les ha prometido. Déjame explicar.
Yo creo que la mayoría de los cristianos,
incluyendo ministros, nunca pasan más allá
del perdón de pecados y la esperanza de la
gloria futura en el cielo.
Mucha gente que ha sido perdonada, limpiada y redimida vive en la miseria. Ellos nunca tienen un sentido de estar completos en Cristo. En vez de eso, continuamente van de picos a valles, de altas espirituales a bajas depresivas. Siempre son molestados por un sentido de, “Algo me falta. No lo estoy entendiendo.”
Mientras reviso mi vida, me maravillo por todos los cristianos devotos que conocí y que nunca estuvieron seguros de su salvación. Esto era especialmente cierto de mucha gente Pentecostal, piadosos hombres y mujeres quienes habían servido al Señor por cincuenta años. Ellos conocían todas las doctrinas, verdades y enseñanzas de la fe, y ministraron fielmente. Pero ellos nunca entraron en el gozo sobrenatural que estaba a su disposición en Cristo.
La verdad es, es posible saber todas estas cosas—el sacrificio de Jesús por nosotros, el poder limpiador de su sangre, justificación por fe—y nunca entrar a la plenitud de las bendiciones de Dios. ¿Cómo puede ser esto, preguntaras? Es porque muchos cristianos nunca pasan del Salvador crucificado al Señor resucitado que vive en gloria.
En Juan 14, Jesús nos dice que es tiempo que conozcamos nuestra posición celestial en él. Él les explica a los discípulos: “…porque yo vivo, vosotros también viviréis. En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros.” (Juan 14:19-20). Nosotros estamos viviendo ahora en “ese día” del cual Jesús habla. En resumen, debemos entender nuestra posición celestial en Cristo.
Por supuesto, la mayoría de nosotros conocemos nuestra posición en Cristo—que estamos sentados en lugares celestiales con el—pero solamente como un hecho teológico. No lo conocemos por experiencia. ¿Qué quiero decir por esta expresión, “nuestra posición en Cristo?” Muy sencillo, posición es ‘donde uno esta colocado, donde uno esta.” Dios nos ha colocado donde estamos, lo cual es en Cristo. A su vez, Cristo esta en el Padre, sentado a su mano derecha. Por lo tanto, si nosotros estamos en Cristo, entonces realmente estamos sentados con Jesús en la habitación del trono, donde él esta. Eso significa que estamos sentados en la presencia del Todopoderoso. A esto se refiere Pablo cuando dijo que debemos “sentar [nos] en los lugares celestiales con Cristo Jesús,” (Efesios 2:6).
Puedes decir, “Pero yo nunca me siento como que estoy en un lugar celestial. Siempre siento como que estoy en un desierto, sufriendo aflicción y acosos. Si eso es estar en un lugar celestial con Cristo, entonces no entiendo.” Te aseguro, tus tiempos de pruebas son comunes a todos los creyentes. No, la frase, “en Cristo, en lugares celestiales” (1:3) no es algo que puedes alcanzar. Es lo que Dios dice de ti. Si estas en Cristo, entonces a los ojos del Padre tú estas sentado cerca de él, a su mano derecha.
El hecho es, en el momento que pones tu confianza en Jesús, eres tomado a Cristo por fe. Dios te reconoce en su Hijo, sentándote con él en los cielos. Esto no es meramente algún punto teológico, sino una verdad, una posición basada en hechos. Así que ahora, mientras rindes tu voluntad al Señor, puedes reclamar todas las bendiciones espirituales que son parte de tu posición.
Sí, Jesús esta en el paraíso, el Hombre en gloria. Y si, su Espíritu se mueve sobre toda la tierra; pero el Señor también habita en ti y mí específicamente. Él nos ha hecho su templo sobre la tierra, su lugar de habitación. Considere la poderosa declaración de Jesús sobre esto:
“…y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.” (14:21). “…para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros,… Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad,” (17:21-23).
Dale otra mirada al versículo. Jesús dice, en esencia, “La gloria que me diste, Padre, les he dado a ellos.” Cristo esta haciendo una afirmación increíble aquí. Él esta diciendo que se nos ha dado la misma gloria que el Padre le dio a él. ¡Que pensamiento más sorprendente! Pero, ¿cuál es esta gloria que le fue dada a Cristo, la cual él nos ha dado? Y, ¿cómo refleja nuestra vida esa gloria?
La gloria que nos fue dada es un
acceso de puerta abierta al Padre.
La gloria que Cristo nos ha dado no es alguna aura o emoción. No, sencillamente, la gloria que hemos recibido es acceso sin impedimento al Padre celestial.
Jesús nos facilito el acceso al Padre, abriéndonos la puerta por la Cruz: “porque por medio de él [Cristo] los unos y los otros [nosotros y los que están lejos] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.” (Efesios 2:18). La palabra ‘entrada’ o acceso significa el derecho a entrar. Significa entrada libre, como también facilidad de acercamiento: “…en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él.” (3:12).
¿Puedes ver lo que Pablo esta diciendo aquí? Por fe, hemos llegado a un lugar de acceso sin impedimento a Dios. No somos como Ester en el Antiguo Testamento. Ella tenía que esperar nerviosamente, una señal del rey antes que pudiera acercarse al trono. Solo después que él extendiera su cetro tenía Ester aprobación de pasar al frente.
Por contraste, tú y yo ya estamos en la habitación del trono. Y tenemos el derecho y privilegio de hablarle al rey en cualquier momento. Ciertamente, somos invitados a hacer cualquier pedido de él: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, par alcanzar misericordia y hallar gracia par el oportuno socorro.” (Hebreos 4:16).
Cuando Cristo ministró en la tierra, él disfrutó de pleno acceso al Padre. Él dijo: “Yo no puedo hacer nada por mí mismo. Solo hago lo que el Padre me dice y me muestra.” (Ver Juan 5:19, 30; 8:28).
Además, Jesús no tenía que marcharse desapercibido a orar para obtener la mente del Padre. Por supuesto que el oraba a menudo e intensamente, pero eso se trataba de la comunión con el Padre. Era un asunto diferente en sus actividades diarias, estuviera enseñando, sanando o echando fuera demonios. Jesús sabía en todo tiempo que él estaba en el Padre y que el Padre estaba en él. Él no tuvo que “subir” al Padre para saber lo que tenia que hacer. El Padre ya moraba en él, dándose a conocer; y Jesús siempre escuchaba una palabra detrás suyo, diciendo, “Este es el camino…esto debes hacer…”
Hoy, tenemos el mismo grado de acceso al Padre que tuvo Cristo. Puedes estar pensando, “Espera un minuto, no puede creerlo. ¿Yo tengo el mismo acceso al Padre que tuvo Jesús, el Creador y Señor del universo?”
No te equivoques: como Jesús, debemos orar a menudo y fervientemente. Debemos ser buscadores de Dios, esperando en el Señor. Pero en nuestro diario caminar–-nuestras entradas y salidas, nuestras relaciones, nuestra vida familiar, nuestro ministerio—no tenemos que alejarnos para pedir a Dios una palabra de fortaleza o dirección. Tenemos su mismo Espíritu viviendo en nosotros; y el Espíritu Santo nos revela la mente y la voluntad del Padre. Su voz siempre esta detrás de nosotros, diciendo: “Este es el camino, anda en él.”
La verdad acerca de nuestra unión con Cristo
era un misterio escondido a la iglesia hasta
que Pablo apareció en escena.
El Espíritu Santo usó a Pablo para abrir este misterio, el cual es, “Cristo en ti, la esperanza de gloria.” Por supuesto, la iglesia había aprendido acerca de la gracia salvadora. Ellos sabían que la salvación era por fe y no por obras. Después de todo, ellos le habían servido a Jesús antes que Pablo se apareciera. Ellos sabían acerca del arrepentimiento y habían experimentado la misericordia del Padre.
Pero entonces se apareció Pablo, declarando, “El arrepentimiento y las buenas obras no son suficiente. No es suficiente que ustedes vinieron a Cristo y creyeron, o que ahora tengan gran conocimiento espiritual. Ustedes necesitan algo más que simplemente creer en Cristo. Ahora ustedes deben caminar en las bendiciones y la plenitud en él.” “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en el;” (Colosenses 2:6).
¿Qué estaba diciendo Pablo? ¿Qué quería decir “caminar en Cristo?” Es que, ¿no estaban estos creyentes haciendo eso por años? Simplemente, Pablo estaba hablando de las bendiciones de estar en Cristo. Y él le estaba diciendo a la iglesia, sin dejar lugar a dudas, que ellos no conocían la revelación plena de aquellas bendiciones. Él describió una actitud diferente, la cual dice:
“No quiero un mero conocimiento mental de mi salvación. Quiero experimentarla. Quiero saber lo que significa andar en la plenitud de la salvación de Cristo. No quiero tan solo saber acerca del cielo; quiero cada bendición celestial que Dios ha hecho disponible para mí hoy. Él ha prometido ‘toda bendición espiritual’, y él murió para acercarme a sí mismo, donde yo pueda disfrutar esas bendiciones. Quiero que mi vida refleje ese hecho. Quiero que toda verdad espiritual del cielo sea parte de mí caminar diario ahora. Estas bendiciones no pueden seguir siendo solo conceptos teológicos. Tienen que convertirse en una realidad.”
Amados, esto no es un asunto complicado. Simplemente pregúntate: ¿Has recibido a Jesús no solo como un Salvador, sino como el Señor entronado en el cielo? Y, ¿has aceptado que el Señor entronado vive en ti? Si es así, ¿Qué efectos ves en tu vida? ¿Cuál ha sido el efecto de despertarte cada mañana sabiendo que Cristo no tan solo te salvo del pecado, sino que vive en ti? ¿Cuál es el efecto de saber que él dio su vida para quebrar los muros de separación para estar cerca de ti, para amarte y tener comunión contigo?
Amados, esto no es un asunto complicado. Simplemente pregúntate: ¿Has recibido a Jesús no solo como un Salvador, sino como el Señor entronado en el cielo? Y, ¿has aceptado que el Señor entronado vive en ti? Si es así, ¿Qué efectos ves en tu vida? ¿Cuál ha sido el efecto de despertarte cada mañana sabiendo que Cristo no tan solo te salvo del pecado, sino que vive en ti? ¿Cuál es el efecto de saber que él dio su vida para quebrar los muros de separación para estar cerca de ti, para amarte y tener comunión contigo?
Eso no significa que no experimentemos dolor o tristeza. Todo cristiano seguirá enfrentando tentaciones y penurias. Pero en medio de nuestras pruebas, podemos abundar en acción de gracias, a causa de su bondad eterna hacia nosotros. Pablo nos dice que esa es la razón por la cual Dios nos hace sentar juntos con Cristo: “…para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.” (Efesios 2:7).
Aquí esta el efecto que debemos ver en nuestra vida cotidiana: Dios ha mostrado su amorosa bondad hacia nosotros. Por lo tanto, podemos levantarnos gritando, “¡Aleluya! Dios, Cristo y el Espíritu Santo quieren estar cerca de mí.”
Otra bendición es nuestra cuando
nos sentamos en lugares celestiales.
¿Cuál es esta bendición? Es el privilegio de aceptación: “…con la cual nos hizo aceptos en el Amado, [Cristo]” (Efesios 1:6). La palabra para “acepto” aquí significa sumamente favorecido. Eso es diferente del uso en ingles que puede ser interpretado “recibido como adecuado.” Esto significa algo que puede ser soportado, sugiriendo una actitud de, “puede vivir con esto.” Ese no es el caso del uso griego de Pablo. Su uso de “acepto” se traduce como, “Dios nos ha favorecido a lo sumo. Somos muy especiales para él, porque estamos en nuestro lugar en Cristo.”
Ves, porque Dios acepto el sacrificio de Cristo, el ahora ve solo uno, el hombre corporal: Cristo, y aquellos que están unidos a él por fe. En resumen, nuestra carne ha muerto a los ojos de Dios. ¿Cómo? Jesús deshizo nuestra antigua naturaleza en la Cruz. Así que ahora, cuando Idos nos mira, él ve solo a Cristo. A su vez, nosotros debemos aprender a vernos como Dios nos ve. Eso significa, no enfocarnos solamente en nuestros pecados y debilidades, sino en la victoria que Cristo ganó por nosotros en la Cruz.
La parábola del Hijo Prodigo provee una poderosa ilustración de la aceptación que viene cuando se nos da una posición celestial en Cristo. Tú conoces la historia: un joven tomo su herencia de su padre y la malgasto en una vida pecaminosa. Entonces, una vez que el hijo llegó a la bancarrota—moralmente, emocionalmente y físicamente—el pensó en su padre. Él esta convencido que había perdido todo favor con él. Y temió que su padre estaba lleno de ira y odio hacia él.
En un tiempo, este joven había sido un honrado miembro de su hogar, unido con su padre. Él había probado las bendiciones, orden y favor de estar en la casa de su padre. Ciertamente, el hijo prodigo representa al descarriado, aquellos que le han fallado a Dios miserablemente.
Él pródigo casi muere de hambre antes de pensar en volver a casa. Sin embargo, finalmente, cuando se canso de su vida pecaminosa, decidió regresar a su padre. Esto representa el camino al arrepentimiento.
Cuando el primeramente se fue del hogar, probablemente el padre le aseguro que tenia acceso a regresar. Cualquier padre amante lo hubiera hecho: “Mi puerta siempre esta abierta para ti; y quiero que lo recuerdes al irte. Quiero que sepas que mi corazón va contigo. Cuando llegues al final de ti mismo, por favor regresa. Siempre serás bienvenido a casa.” Aquí había acceso sin impedimento, un padre que siempre estaba disponible. Así que el prodigo se dijo a si mismo, “Me levantaré e iré a mi padre,” (Lucas 15:18). Él estaba ejercitando su bendición de acceso.
Ahora este joven quebrantado estaba lleno de tristeza por su pecado. La Escritura dice que él clamó, “No soy digno, he pecado contra el cielo.” Esto representa a aquellos quienes vienen al arrepentimiento a través de la tristeza piadosa.
¿Estas viendo la imagen? Él pródigo se había alejado de su pecado, dejo al mundo atrás, y tomo acceso de la puerta abierta que su padre le prometió. Él estaba caminando en arrepentimiento y apropiándose del acceso. Pero todavía no era acepto.
¡Que lugar trágico! Aquí tenemos a un creyente que caminaba rectamente, realmente apenado por sus pecados pasados. Él estaba cansado de llevar toda la culpa, vergüenza y condenación. Pero él no sabía si era aceptado por su padre. Él pensó, “Mi padre tiene que estar enojado. Probablemente, me odia por malgastar todo lo que me dio. Va a estar lleno de ira y juicio cuando lo enfrente.”
Él pródigo debió cansarse mientras pensaba en todas las formas que trataría de cambiar por sí mismo. Estaba cansado como un perro de pensar como mejorar, como evitar caer. Ya se había hecho una larga lista de promesas vacías, solo para caer una y otra vez.
Tristemente, yo creo que ese es el estado de una multitud de creyentes hoy. De hecho, Jesús nos dio esta parábola en parte para abrirnos los ojos a nuestra posición en él. Y él enfatiza, “Si has visto al Padre, me has visto a mí. Yo y el Padre somos uno.”
Mientras él pródigo se acercaba a casa, estoy seguro que encontró mensajeros que le dijeron, “tu padre se entristece por ti. El te llama ‘su oveja perdida.’ Él salió a buscarte una y otra vez.” Pero el joven probablemente contesto, “Yo sé que mi padre es un hombre amoroso. Pero yo he pecado tan horriblemente, si tan solo supieras lo que he hecho.”
Él no tenía paz, porque desconocía su posición. Que triste no tener el gozo del cielo, la paz que sobrepasa entendimiento, porque no sabes si eres aceptado. Como él pródigo, multitud de creyentes que han fallado están convencido, “No soy digno. Dios no puede aceptarme.”
Así, ¿Qué le paso al hijo pródigo? “…Y cuando aun estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echo sobre su cuello, y le beso” (Lucas 15:20). Que bella escena. El hijo pecador fue perdonado, abrazado y amado por su padre, sin ira o condenación alguna. Cuando él recibió el beso de su padre, él supo que era aceptado.
Aquí es donde muchos cristianos creen que termina la historia: “Él pródigo fue aceptado por el padre una vez más. ¿No es eso lo más importante?” Vemos nuestra propia relación con el Padre de la misma manera. Hemos conocido su beso amoroso, su misericordia y perdón. Pero, hasta ahí llevamos la relación. Nos detenemos en nuestro conocimiento del amor de Dios hacia nosotros.
El hecho permanece, que aun no estamos dentro de la casa del Padre. No hemos tomado asiento en su banquete. Según la parábola de Jesús, hay mas, mucho más. Nuestro Padre nunca estará satisfecho hasta que disfrutemos de todas las bendiciones que vienen de estar aceptos en él. Él nos quiere sentados en su casa, a su lado en todo tiempo, disfrutando las festividades y gozo de su casa.
Verdaderamente, es el padre quien dice, “…y comamos y hagamos fiesta” (15:23). La palabra griega para “hagamos fiesta” aquí significa, “ponerse en un estado de animo de gozo y regocijo.” Considera la gozosa escena que tomo lugar: “Pero el padre dijo a sus siervos: sacada el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo,…Y comenzaron a regocijarse… [Con] música y danzas;” (15:22-24).
Nota lo que acaba de pasar en esta escena. Al pródigo no se le pidió que se sacudiera el polvo y que se limpiara antes de entrar al banquete. No, el padre lo preparó para que entrara. Y no tan solo limpio sus ropas viejas; le dio todo un ajuar nuevo, que significa una vida nueva. El hijo pudo objetar, “Pero padre, no soy digno.” Pero ese padre pudo replicar: “no estoy mirando tu pasado. Me regocijo en que estas aceptando mi amor. Estamos reconciliados y somos uno. Ese es mi gozo.”
¿Afirmas ser aceptados en Cristo? Quizás experimentaste lo mismo que él pródigo: fuiste besado por el Padre, abrazado por su amor, aceptado a su casa. Si es así, probablemente crees, “Estoy sentado con Cristo en lugares celestiales.” Si es así, entonces, ¿Dónde está tu gozo? ¿Dónde ves el banquete del Padre en tu vida, el cantar, las danzas, la alegría de corazón?
Quizás la escena más contundente en esta parábola es la final, cuando el hermano mayor regresa a casa del trabajo. Mientras la fiesta toma lugar dentro de la casa, el se para afuera, mirando por la ventana. Para su sorpresa, él ve a su padre danzando deleitado a causa de su hermano pródigo.
Ten en mente, este hermano mayor también es aceptado. Pero la parábola aclara que él esta triste y miserable. ¿Por qué? En todos sus años con su padre, él nunca participó del placer de la casa de su padre. Él nunca disfrutó las bendiciones que su padre puso a su disposición. De hecho, al final, el padre le recuerda las bendiciones que han sido suyas todo el tiempo: “…Hijo, tu siempre estas conmigo, y todas mis cosas son tuyas.” (Lucas 15:31).
Te pregunto: ¿Has experimentado todas las bendiciones de tu aceptación? Jesús aclara como el cristal que somos el gozo y el deleite de nuestro Padre celestial. Él se regocija sobre nosotros. Pero si nunca entramos a su casa y descansamos en nuestra aceptación, le robamos ese gozo a él.
Te animo: deja tus pecados y búsquedas mundanas atrás. Haz a un lado cada peso carnal que tan fácilmente te acosa. Y entra y toma tu posición en Cristo. Él te ha llamado a entrar al gozo de su aceptación. Entonces, cuando te levantes mañana, te encontraras gritando, “¡Aleluya, soy aceptado en Dios! Mi corazón esta lleno de gratitud y gozo.”
—
Usado con permiso por World Challenge, P. O. Box 260, Lindale, TX 75771, USA.
http://www.tscpulpitseries.org/spanish/ts040823.htm
La crucifixión desde el punto de vista médico
22 jul 2010 Comentarios desactivados
in Ciencia, Cristianismo, Cristo, Cristología, Temas de actualidad
Esta es una nota publicada en un sitio de Internet. Me pareció excelente y por esto decidí copiarla y añadirla al blog.
Su autor es el Dr. C. Truman Davis
La crucifixión desde el punto de vista médico «Hace algunos años me interesé en los aspectos físicos de la pasión o sufrimiento de Jesucristo cuando leí un relato de la crucifixión en el libro de Jim Bishop “El día en que murió Cristo”. De pronto comprendí que había tomado la crucifixión más o menos por sentado todos estos años -que me había endurecido al horror, al familiarizarme muy livianamente con los tétricos detalles. Finalmente se me ocurrió que como medico, ni siquiera sabía en verdad la causa inmediata de la muerte de Cristo. Los escritores del evangelio no son de mucha ayuda en este sentido. Como la crucifixión y los azotes eran tan comunes en los tiempos en que ellos vivían, sin duda consideraban que una descripción detallada era innecesaria. Por ese motivo solo tenemos las breves palabras de los evangelistas.
“Pilatos…entregó a Jesús después de azotarle, para que fuese crucificado.” (Mar. 15:15)
A pesar del silencio del relato del evangelio sobre los detalles de la crucifixión de Cristo, muchos han examinado este tema en el pasado.
A pesar del silencio del relato del evangelio sobre los detalles de la crucifixión de Cristo, muchos han examinado este tema en el pasado. En mi estudio personal del hecho desde el punto de vista medico, estoy en deuda especialmente con el Dr. Pierre Barbet, cirujano francés que hizo investigaciones históricas y experimentales y escribió extensamente sobre el tema.
El intento de examinar el infinito sufrimiento físico y espiritual del Hijo de Dios encarnado al efectuar la redención por los pecados del hombre caído, esta más allá del alcance de este articulo. Sin embargo, los aspectos fisiológicos y anatómicos de la pasión del Señor se pueden examinar con cierto detalle.
¿Que fue lo que el cuerpo de Jesús de Nazaret en verdad soportó durante esas horas de tortura?
El método de la crucifixión:
Aparentemente el primer uso que se conoce de la crucifixión fue entre los persas. Alejandro y sus generales introdujeron la práctica al mundo mediterráneo, a Egipto y a Cartago. Los romanos evidentemente aprendieron la técnica de los cartaginenses y, como ocurrió con casi todo lo que los romanos hicieron, rápidamente desarrollaron un alto grado de eficiencia y habilidad en ejecutarlo.
En la literatura antigua se describen varias innovaciones y modificaciones. Solo unas pocas tienen alguna importancia aquí. La porción vertical de la cruz, o “stipes”, podía tener el travesaño o “patíbulo” colocado dos o tres pies debajo de la parte superior. Esta es la que consideramos hoy como el formato típico de la cruz, llamada cruz latina.
La forma común usada en tiempos de Jesús era la cruz “tau”, con forma de “T”. En esta cruz el patíbulo se ubicaba en una ranura en lo alto del madero vertical. Hay excelente evidencia arqueológica de que fue en este tipo de cruz que crucificaron a Jesús.
El madero vertical generalmente permanecía enterrado en el lugar de ejecución. El condenado era obligado a cargar el patíbulo, que aparentemente pesaba 50 Kg., desde la prisión hasta el lugar de ejecución. Sin tener ninguna prueba histórica o bíblica, sin embargo, los pintores del medioevo y del renacimiento nos han dado una imagen de Cristo cargando toda la cruz. Muchos pintores y escultores de crucifijos también cometen el error de mostrar los clavos atravesándole las palmas de las manos. Los relatos históricos de los romanos y el trabajo experimental han demostrado que los clavos eran clavados entre los pequeños huesos de las muñecas. Los clavos a través de la palma de la mano cortarían y se safarían entre los dedos, al sostener el peso de un cuerpo humano. Esta mala interpretación pudo haber venido de un error de comprensión en las palabras de Jesús a Tomas: “Mira mis manos”. Los anatomistas antiguos y modernos, sin embargo, siempre han considerado que la muñeca es parte de la mano.
Getsemaní:
De los diversos aspectos del sufrimiento inicial, el que es de particular interés fisiológico es el sudor de sangre. Es interesante notar que el medico -San Lucas- es el único evangelista que menciona este acontecimiento. Dice: “Y estando en agonía, oraba mas intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.” (22:44)
Aunque es muy raro, el fenómeno de la hematidrosis o sudor de sangre, esta bien documentado. Bajo una gran tensión emocional los frágiles capilares de las glándulas sudoríparas se rompen mezclándose así el sudor con la sangre. Este proceso de por si podría haber producido marcada debilidad y posiblemente una conmoción.
Aunque la traición y arresto de Jesús son porciones importantes de la historia de la pasión, el próximo suceso en la narración, que es significativo desde una perspectiva medica es su juicio ante el sanedrín y Caifás, el Sumo Sacerdote. aquí se le infligió el primer trauma físico: un soldado le propino una bofetada por permanecer en silencio cuando Caifás lo interrogaba. Después los guardias del palacio le colocaron una venda en los ojos y burlonamente lo provocaron con palabras groseras a que los identificara al pasar cada uno delante de el, lo escupieron y le dieron golpes en el rostro.
Ante Pilato:
Temprano por la mañana, magullado y amoratado, deshidratado y exhausto por una noche en vela, llevaron a Jesús de un lado al otro de Jerusalén, al pretorio, que estaba en el fuerte Antonia -el asiento del gobierno del Procurador de Judea- Poncio Pilato. Estamos familiarizados con la decisión de Pilato de tratar de pasarle la responsabilidad a Herodes Antipas, el Tetrarca de Judea. Aparentemente Jesús no sufrió ningún maltrato físico a manos de Herodes y fue devuelto a Pilato, quien, en respuesta al clamor de la plebe, da la orden de que Barrabas fuera soltado y condeno a Jesús a ser azotado y crucificado.
Los judíos tenían una antigua ley que prohibía más de 40 azotes. Los fariseos, que siempre se aseguraban que la ley fuese estrictamente observada, insistían en que se administraran solo 39 azotes; en la eventualidad de un error en recuento, se aseguraban permanecer dentro de la ley.
El prisionero era despojado de sus ropas y sus manos atadas a un poste por encima de la cabeza. El legionario romano se adelantaba con el “flagelo” en su mano. Este era un látigo corto con varias lonjas de cuero con dos bolitas de plomo cerca del final cada una. El pesado látigo se descargo con toda la fuerza una y otra vez sobre los hombros, espalda y piernas de Jesús.
Al principio las lonjas con peso adicional solo le cortaban la piel. Luego, al continuar los golpes, cortaban mas profundamente dentro del tejido subcutáneo, produciendo primero una herida sangrante de los capilares y venas de la piel y finalmente la sangre brotaba abundantemente de arterias de las capas musculares más profundas.
Las bolitas de plomo primero le produjeron grandes y profundos hematomas o marcas que cos los siguientes azotes se abrieron. Finalmente la piel de la espalda colgaba en largas lonjas y toda el área era una masa irreconocible de tejido desgarrado que sangraba. Cuando el centurión que estaba a cargo determinaba que el prisionero estaba casi muerto, detenía los azotes.
Burla:
El desfalleciente Jesús fue luego desatado y dejado caer como un fardo en el empedrado mojado con su propia sangre. Los soldados vieron a este judío provinciano que pretendía ser rey como un hazmerreír. Le arrojaron un manto sobre los hombros y le pusieron una vara en la mano por cetro. Aun necesitaban una corona para hacer su parodia completa. Utilizaron ramitas flexibles llenas de largas espinas y las trenzaron formando una tosca corona. La colocaron a presión en su cuero cabelludo y nuevamente sangro abundantemente, cuando las púas perforaron el propio tejido vascular.
Después de burlarse de Él y abofetearle, los soldados le arrebataros la vara de la mano y le golpearon en la cabeza incrustando las púas mas profundamente en su cuero cabelludo. Finalmente se cansaron de su diversión sádica y le quitaron con violencia el manto de la espalda. El manto ya se había adherido a los coágulos de sangre y suero de las heridas y al ser quitado como cuando un vendaje quirúrgico se quita al descuido, le causo un dolor insoportable y las heridas comenzaron a sangrar otra vez.
Gólgota:
El pesado patíbulo de la cruz fue atado sobre sus hombros. La procesión del condenado Cristo, dos malhechores y el piquete de ejecución de soldados romanos encabezados por un centurión comenzó su lenta marcha por la ruta que hoy conocemos como “La Vía Dolorosa”.
A pesar de los esfuerzos de Jesús para caminar erguido, el peso del madero junto con el espasmo producido por la perdida de sangre era demasiado. Tropezó y cayó clavándosele el tosco madero en la piel lacerada y músculos del hombro. Trato de levantarse pero los músculos humanos habían sido llevados más allá de su tolerancia. El centurión, ansioso de proseguir con la crucifixión, eligió a un fornido africano del norte que miraba -Simón de Cirene- para llevar la cruz. Jesús lo seguía sangrando aun y transpirando el frió y pegajoso sudor del espasmo. La marcha de unos 600 metros desde el Fuerte Antonia al Gólgota fue finalmente completada y el prisionero volvió a ser desnudado excepto por el taparrabo que se les permitía a los judíos.
Comenzó la crucifixión: se le ofreció a Jesús vino mezclado con mirra, una suave mezcla analgésica para aliviar el dolor. Rehusó la bebida. A Simón se le ordeno dejar el patíbulo en el suelo y derribaron a Jesús de espaldas con sus hombros contra la viga. El legionario le palpo la hendidura por delate de la muñeca y perforo con un pesado clavo cuadrado de hierro forjado la muñeca clavándolo en la madera. Se paso rápidamente al otro lado y repitió la operación, cuidando de no extender demasiado el brazo permitiéndole cierta flexión y movimiento. El patíbulo era luego alzado y calzado al tope del madero vertical y el “titulo” donde se leía “Jesús de Nazaret, Rey de los judíos”, fue clavado en su lugar.
El pie izquierdo era presionado hacia atrás contra el derecho. Con ambos pies extendidos con los pies hacia abajo, se clavaba un clavo a través de ambos arcos dejando las rodillas flexionadas moderadamente. La victima estaba ahora crucificada.
En la cruz:
Cuando Jesús lentamente se deslizo hacia abajo hasta colgar, con el mayor peso depositado en los clavos de las muñecas, un dolor ardiente agudísimo se disparo a lo largo de los dedos y hacia arriba por los brazos hasta explotar en el cerebro. Los clavos de las muñecas presionaban los nervios medios que son fibras nerviosas troncales que atraviesan el centro de la muñeca y de la mano. Al empujarse hacia arriba para evitar este tormento por estiramiento, colocaba todo su peso sobre el clavo que atravesaba los pies. Nuevamente se producía una agonía de dolor ardiente al desgarrar el clavo los nervios entre los huesos metatárcicos de los pies.
A este punto se producía otro fenómeno: al fatigársele los brazos grandes oleadas de calambres le pasaban por los músculos engarrotándolos en profundo dolor punzante que no cedía. Con estos calambres se producía la incapacidad de impulsarse hacia arriba. Al colgar de los brazos los músculos pectorales, grandes músculos del pecho, se paralizaban y los músculos intercostales, pequeños músculos entre las costillas, no podían actuar. Se podía inhalar aire a los pulmones pero no se podía exhalar. Jesús luchaba por elevarse para tener al menos un pequeño respiro. Finalmente el nivel de dióxido de carbono de los pulmones y del torrente sanguíneo aumentaba y los calambres se atenuaban parcialmente.
En forma espasmódica Jesús podía elevarse hacia arriba para exhalar e inhalar oxigeno vivificante. Fue sin duda en estas ocasiones que pronunció las siete breves oraciones que fueron registradas.
La primera mirando a los soldados romanos jugándose su manto de una sola pieza a los dados:
“Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”
La segunda al malhechor penitente:
“Hoy estarás conmigo en el paraíso”
La tercera, mirando a Maria su madre dijo:
“Mujer, he ahí tu hijo”
Y luego, vuelto hacia el aterrorizado adolescente Juan, traspasado de dolor-el amado apóstol Juan- dijo: “He ahí tu madre”
El cuarto clamor es el comienzo del Salmo 22:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”
Sufrió horas de dolor ilimitado, ciclos de calambre que producían desgarradoras torceduras, asfixia parcial intermitente y dolor ardiente al desgarrársele tejido de su espalda lacerada debido a su movimiento hacia arriba y hacia abajo contra el rugoso madero de la cruz.
Después empezó otra agonía: un dolor profundo como si se le hundiera el pecho, mientras el pericardio -la bolsa que rodea el corazón-, lentamente se llenaba de suero y comenzaba a comprimir el corazón.
La profecía del Salmo 22 se estaba cumpliendo:
“Soy derramado como agua y todos mis huesos están descoyuntados; mi corazón es como cera; se derrite en medio de mis vísceras.” (Sal. 22: 14)
Muerte:
Todos estamos familiarizados con los detalles finales de la ejecución de Jesús. Para que no se profanase el sábado, los judíos solicitaron que se diera fin a los condenados y fueran sacados de las cruces. El método común de terminar una crucifixión era por “crurifragio” (cruris: piernas y fragere: romper) o sea la fractura de los huesos de las piernas. Esto le impedía a la victima empujarse hacia arriba y la tensión de los músculos del pecho no se podía aliviar: la asfixia sobrevenía con rapidez. Las piernas de los dos malhechores fueron fracturadas, pero cuando los soldados se acercaron a Jesús vieron que esto era innecesario.
Aparentemente para asegurarse doblemente de que estaba muerto, el legionario le clavo la lanza entre las costillas hacia arriba a través del pericardio llegando al corazón. Jn. 19:34 dice: “Inmediatamente brotaron sangre y agua”. De modo que se produjo un escape del fluido acuoso de la bolsa que rodea el corazón y la sangre del interior del corazón. Esta es una evidencia post-mortem bastante concluyente de que Jesús murió, no de la muerte común de crucifixión -por asfixia- sino de falla cardiaca, debido al espasmo y compresión del corazón por el liquido acumulado en el pericardio.
Resurrección:
En estos hechos hemos dado un vistazo al colmo de la maldad que el hombre puede exhibir contra su prójimo y hacia Dios. Esta es una horrible visión y probablemente nos deje desanimados y deprimidos.
Pero la crucifixión no fue el fin de la historio. Cuan agradecidos podemos estar de que tenemos una continuidad -un vistazo a la infinita misericordia de Dios para con el hombre- el don de la redención, el milagro de la resurrección y la expectativa de la mañana de Pascua.
Las siguientes declaraciones de fe son extraídas de libro “Oraciones y proclamaciones” de Derek y Ruth Prince.
1- El intercambio hecho en la cruz
- Jesús fue CASTIGADO para que nosotros fuésemos perdonados (Is. 53:4-5)
- Jesús fue HERIDO para que nosotros fuésemos sanados (Is. 53:4-5)
- Jesús fue hecho PECADO con nuestra pecaminosidad para que nosotros fuésemos hechos justos con su justicia (Is. 53: 10, II Cor. 5:21)
- Jesús MURIO nuestra muerte para que nosotros pudiésemos recibir su vida (Heb. 2:9)
- Jesús fue hecho MALDICION para que nosotros pudiésemos entrar en la bendición (Gál. 3:13-14)
- Jesús sufrió nuestra POBREZA para que nosotros pudiésemos compartir su abundancia (II Cor. 8: 9 y 9:8)
- Jesús soportó nuestra VERGÜENZA para que nosotros pudiésemos compartir su gloria (Mat. 27: 35- 36, Heb. 12:2 y 2: 9)
- Jesús soportó nuestro RECHAZO para que nosotros tuviésemos aceptación con el Padre (Mat.27:46- 51, Ef. 1:5-6)
- Jesús fue CORTADO por muerte para que nosotros fuésemos unidos a Dios eternamente (Is. 53:8, I Cor.6: 17)
- Nuestro viejo hombre fue muerto en El, para que el nuevo hombre pudiese venir a la vida en nosotros (Ro. 6: 6, Col. 3:9-10)
2- Díganlo los redimidos (Sal.107:2)
- Mi cuerpo es un templo para el Espíritu Santo (I Cor.6:19)
- Redimido (Ef. 1:7)
- Limpiado (I Jn. 1: 7)
- Santificado por la Sangre de Jesús (Heb. 13:12)
- Mis miembros, las partes de mi cuerpo, son instrumentos de justicia (Ro. 6:13)
- Entregados a Dios para su servicio y para su gloria.
- El diablo no tiene cabida en mí, no tiene poder sobre mí, no tiene cuentas pendientes contra mí. Todo ha sido pagado por la sangre de Jesús (Ro. 3:23-25 y 8:33-34)
- Yo venzo a Satanás por la sangre del cordero y por la palabra de mi testimonio menospreciando mi vida hasta la muerte (Ap. 12: 11)
- Mi cuerpo es para el señor y el señor es para mi cuerpo (I Cor. 6:13)
AMEN.
Comentarios de interés respecto a esta nota:
1 El tema científico, para los que creen en la ciencia exclusivamente, fueron confirmados, refutados y nuevamente descartados, primeramente en los principios de los noventa se había dicho que las palmas de las manos no podían soportar el cuerpo colgado, y a Finales de la misma década se descubrió nuevamente que si, la cantidad de huesos de la mano actúan como prensiles al momento de incrustar el clavo, además este es cuadrado en su forma y no redondo como los actuales lo que ocasiona que se adhiera mas a la mano, y que EN LA MUÑECA, el desangrado seria rápido, eso es para que vean lo incrédulos que la ciencia se equivoca, pero la Fe no….
Jesús resucitado se aparece a los Apóstoles
2. Nunca había leído una narración tan detallada acerca de la crucificación desde el punto de vista medico y como cirujano toráxico me atreveré a proponer algo diferente. En primer lugar la idea de que el crucificado moría por asfixia, es factual, mientras que el fenómeno de hematidrosis es debatible. A mi me parece que la hematidrosis es una licencia literaria de Lucas. Si Jesús recibió tantos latigazos, bofetadas y luego soporto una corona de espinas, no crees tu que esto es mas que suficiente para provocar “sudor mezclado con sangre”. A mi me parece lógico sin invocar una cosa tan extraña como hemotidrosis. La acumulación de líquido en el pericardio durante el proceso de morir en la cruz es médicamente casi imposible. Para que un derrame pericárdico pueda producir una presión suficiente para impedir la función del corazón; el llamado “tamponade”, el derrame tendría que aparecer en una forma rápida, lo cual no permitiría al pericardio adaptarse al nuevo volumen. Que yo sepa eso solo se ve en las heridas del corazón y como complicación de intervenciones quirúrgicas del corazón. De manera que el “Tamponade” lo descarto. La mayor parte de las rendiciones artísticas de la crucificación, nos presentan a Jesús con una herida punzante en el costado derecho. Si como tú dijiste que la lanza penetro al corazón, podríamos decir que los pintores no tenían la menor idea de que lado se encuentra el corazón. Bueno eso es otro asunto.
Como tú dijiste, los clavos eran puestos entre el cubito y el radio a nivel de la muñeca. Eso es más lógico que ponerlos a través de las manos. En lo que no estoy de acuerdo es el clavo en los pies Yo he leído y he visto fotografías de pies momificados que exhiben un clavo a través del hueso calcáneo; el cual es el hueso de el talón. Un poco delante del talón propio el tejido óseo es más esponjoso y por lo tanto más fácil de introducir un clavo. Eso quiere decir que cada uno de los pies se clavaba en la parte lateral de la cruz.
Pero tengo entendido que la Biblia dice que no le quebraron las piernas porque los centauros lo consideraron que ya estaba muerto (y para llenar una profecía de que no hueso debía de ser roto). Si es así, solo una herida al corazón cuando estaba vivo, puede explicar el derrame de agua y sangre, puesto que los cadáveres no sangran. Eso también es debatible pues si una lanza entra al corazón, también tiene que entrar a la cavidad pleural (el espacio virtual entre el pulmón y la parte interior del tórax) el cual tiene una presión negativa. Eso permitiría la entrada de aire al tórax (neumotórax) con el consiguiente colapso del pulmón, lugar donde la sangre se acumularía en lugar de sangrar al exterior. Claro que si Jesús ya estaba muerto por varias horas la presión negativa del espacio pleural ya no existiría por los cambios del tejido pulmonar postmortum, y en ese caso la sangre del corazón pudiera salir afuera (no muy fácil). Pero si los otros dos todavía estaban vivos Jesús no puede haber muerto varias horas antes que los otros dos. Es un tema muy interesante, el cual como tu misma lo dices, los evangelios no tratan a fondo. Quien hubiera pensado en ese entonces que 2000 años después hubiera tanto interés.
Melquíades
Fuente:
http://www.yeshuanet.com/foro-cristiano/archive/index.php/t-913.html
La ciencia médica en el centro del dolor y muerte de Cristo
22 jul 2010 Comentarios desactivados
in Cristianismo, Cristo, Cristología
![]() |
|
|
El averno celebró su muerte por poco tiempo y ante la estupefacción del mundo de entonces, el de hoy y con toda seguridad del mañana; fue capaz de vencer a la muerte, y al vencerla sustentó nuestra fe resucitando al tercer día tal y conforme lo había anunciado ante sus discípulos. La “peor” muerte de la época, aplicada solo a los más feroces criminales de entonces, no pudo con Cristo y él, hoy como ayer, está glorioso entre nosotros, por lo siglos de siglos.
Jesús transpira sangre: Hablan los evangelios que Jesús comenzó a sudar sangre cuando oraba, en el monte de los Olivos, específicamente en el jardín del Getsemaní. Esta situación en una condición médica llamada “hematidrosis”, que no es común pero se suele dar cuando hay un alto porcentaje de sufrimiento psicológico.
Parece ser que la ansiedad severa, hace provocar una secreción de químicos que rompen los vasos capilares en las glándulas sudoríparas. Por tal condición, se presenta una cantidad de sangrado en las glándulas y el sudor sale mezclado con sangre. Esto provoca que la piel quede frágil de modo que cuando Jesús fue flagelado, su piel ya estaba muy sensible.
El acto de la flagelación: Las flagelaciones romanas eran conocidas por ser terriblemente brutales, ya que de una manera general consistían en treinta y nueve latigazos. El verdugo usaba un látigo con tiras de cuero trenzado en cuyos extremos tenías adosadas bolas de metal entretejidas. Cada vez que el látigo golpeaba la carne, las bolas generaban mayúsculos moretones y contusiones, las mismas que se abrían con los demás golpes. En relación con el látigo, este tenía pedazos de hueso afilados, los que tenían como misión el cortar la carne.
La espina dorsal quedaba expuesta, ya que la espalda terminaba desgarrada debido a cortes profundos Los hombros recibían los latigazos, que pasaban por el nivel de la espalda, las nalgas, y las piernas. Durante el lapso que duraba la flagelación, las laceraciones alcanzaban hasta los músculos y generaban temblores de carne sangrante. En esta condición, las partes internas quedaban al aire, conjuntamente con los músculos, tendones y las entrañas.
El cuerpo de la víctima, podía experimentar un dolor tan grande, que terminaría con una conmoción hipovulémica. Es decir que la persona sufre efectos de la pérdida de una gran cantidad de sangre que trae consigo que el corazón se acelere para tratar de bombear sangre que no existe. La baja de presión sanguínea provoca en estas circunstancias un desmayo o colapso, con la consabida afección de los riñones, que dejan de producir orina para mantener el volumen restante y la persona comienza a sentirse sedienta porque el cuerpo ansía fluidos para reponer el volumen de sangre perdido.
En la ruta del Calvario: Sabemos que a estas alturas Jesús se hallaba en una situación y/o condición hipovólemica conforme ascendía por la pendiente hacia el Calvario con la cruz a cuestas. Tambaleante, Jesús se desplomó y un soldado romano le ordeno a Simón que llevara la cruz por él. Mas tarde, Jesús dice “Tengo sed” y en ese momento se le ofrece un trago de vinagre.
El Instante de la Crucifixión: El final de Jesús fue todavía peor que la crucifixión común. En aquella época, no a todos los criminales condenados se los clavaba en la cruz. Muchos más bien eran amarrados. Jesús fue acostado y clavaron sus manos en posición abierta en el madero horizontal, que era conocida con el nombre de patibulum. El madero vertical estaba clavado al suelo de forma permanente.
Los romanos usaban clavos que eran de entre trece a dieciocho centímetros de largo, afilados en una punta aguda y se clavaban por las muñecas. El nervio mediano, era atravesado. Este nervio, es el nervio mayor que sale de la mano y quedaba triturado por el clavo que lo martillaba. Este dolor es similar al que uno siente cuando se golpea accidentalmente el codo y se da en ese huesito (en el nervio llamado cúbito), pero ahora imagine tomar un par de pinzas y presionar hasta triturar ese nervio, ese dolor es similar al que Jesús experimentó. Al romper ese tendón y por tener sus muñecas clavadas, Jesús fue obligando a forzar todos los músculos de su espalda para poder respirar. El dolor era tan insoportable que literalmente no existían palabras para describirlo. Se tuvo que inventar una nueva palabra llamada “excruciante” (que significa “de la cruz”) para describir semejante dolor.
Jesús Cuelga de la Cruz: Cuando Jesús fue alzado para unir el madero con el poste vertical se procedió a clavarle los pies. Nuevamente los nervios de los pies fueron triturados y eso debe haber causado un dolor similar al de las muñecas. En el instante de estar en posición vertical, sus brazos se estiraron brusca e intensamente, quizás unos 15 centímetros de largo y ambos hombros deben de haberse dislocado (tome en cuenta sólo “la gravedad”, para sacar su conclusión), con lo que se confirmaba lo descrito en el Salmo 22 “dislocados están todos mis huesos”.
Cuando la persona está colgada en posición vertical, la muerte es lenta, muy dolorosa y terriblemente agonizante por asfixia, debido a que la presión ejercida en los músculos pone el pecho en la posición de inhalación. Para poder exhalar, en principio, el individuo debía apoyarse en sus pies -que para este instante estaban fijos con clavos al madero- para que los músculos tensionados, se alivien por un instante al menos. Cuando esto se hacía, el clavo desgarraba el pie hasta que quedaba fijado -incrustado- en los huesos tarsianos.
Después de este enorme esfuerzo para exhalar, la persona podría relajarse en cierta forma y descender para intentar inhalar otro bocado de aire. Este drama lo repetiría mientras tuviera vida para exhalar, magullando su lacerada espalda en forma reiterada contra el áspero madero de la cruz, hasta que ya no pudiese y entonces moría. Jesús soportó este “sobrevivir” por más de tres horas.
Jesús Muere: Una persona, a medida que reduce el ritmo respiratorio, pasa a una etapa que se conoce con el nombre de acidosis respiratoria: el dióxido de carbono de la sangre se diluye como ácido carbónico lo que causa un aumento de acidez de la sangre. Esta situación conlleva en cuestión de un corto período a un pulso irregular. Es claro mencionar que al sentir que su corazón latía en forma errática, Jesús hubo de darse cuenta de que estaba a punto de morir y es entonces que pudo decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” y murió luego de un paro cardíaco.
Incluso antes de morir la conmoción hipovolémica debe haber causado un ritmo cardíaco acelerado sostenido que debe haber contribuido al paro cardíaco, lo cual dio por resultado la acumulación de fluido en la membrana que rodea al corazón llamada efusión pericárdica, al igual que alrededor de los pulmones, llamada efusión pleural.
El Corazón de Jesús es Traspasado: Por aquellos tiempos, los soldados quebraban las piernas de los crucificados para acelerar la muerte. Usaban para ello una especie de lanza romana para descolgar los huesos de la parte inferior de las piernas. Esta acción, impedía que la persona empujara hacia arriba con las piernas para poder respirar. Sin este movimiento la muerte llegaba en poco tiempo.
Leemos en el Nuevo Testamento que los huesos de Jesús no fueron quebrados o rotos como sí ocurrió con los otros crucificados. Esto sucedió porque los soldados confirmaron que Jesús había muerto. Así se cumplió la escritura de Antiguo Testamento acerca del Mesías, donde se lee que ninguno de sus huesos sería quebrado. Para confirmar esta muerte, un soldado romano le clavó la lanza en su costado derecho, atravesando el pulmón derecho y penetrando su corazón. Por ello, cuando se retiró la lanza, salió un fluido claro como el agua seguido de un gran volumen de sangre, conforme lo describe Juan, uno de los testigos presentes, en su Evangelio.
También hay que mencionar las terribles humillaciones que sufrió por el desprecio y las miles de burlas, cargando su propia cruz por casi dos kilómetros, mientras el gentío le escupía el rostro y le lanzaba piedras. Hay que señalar que la cruz pesaba cerca de 30 kilos, sólo en su parte horizontal, región en la que clavaron sus manos.
Conclusiones de la Autopsia de Jesús: Conociendo la lenta agonía y el mantenimiento de la conciencia casi hasta el último instante, en base a todas las consideraciones anteriormente expuestas, obtenemos las siguientes conclusiones médico-legales como las más probables:
Causa inmediata de la muerte: hipoxia-anoxia cerebral(hipoxia es disminución de la concentración de oxígeno en la sangre, y anoxia es la ausencia total de oxígeno en la misma) consecuencia de hipovolemia (disminución del volumen de sangre) post-hemorrágica, de insuficiencia respiratoria
Fuente:
http://www.noticiacristiana.com/news/newDetails.php?click_id=0&id_bol=20080320&idnew=83795
Max Lucado – Todavia Remueve Piedras
21 jul 2010 Comentarios desactivados
in Bibliografía, Cristo, Cristología Etiquetas: Max Lucado
La Didaché o doctrina de los doce apóstoles (60-160 d.C)
15 jul 2010 Comentarios desactivados
in Cristo, Cristología, Eclesiología
La Didaché o doctrina de los doce apóstoles (60-160 d.C)
Considerado uno de los más antiguos escritos cristianos no-canónicos, considerado incluso por mucho tiempo anterior a muchos escritos del Nuevo Testamento. Es recientemente cuando estudios recientes señalan una posible fecha de composición posterior no más allá del160 d.C. Es un excelente testimonio del pensamiento de la Iglesia primitiva.
La Didaché es muy tajante al afirmar que no todos pueden participaren la Eucaristía, ya que no se puede “dar lo santo a los perros”. Antes de participar exige confesar los pecados para que el sacrificio sea puro. Es un testimonio claro también de que la Iglesia primitiva ya reconocía en la Eucaristía el sacrificio sin mancha y perfecto presentado al Padre en Malaquías 1,11:
“Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahveh Sebaot”
Didaché C.9s (KLAUSER, 23ss; Ruiz Bueno, 86ss)
Pero que nadie coma ni beba de vuestra Eucaristía sin estar bautizado en el nombre de Jesús; pues de esto dijo el Señor: no deis lo santo a los perros.
Didaché C.14 (KLAUSER, 28s; Ruiz Bueno, 91)
En los domingos del Señor, reuníos y partid el pan, y haced gracias, confesando antes vuestros pecados, para que vuestro sacrificio sea puro. El que tenga algún disgusto con su amigo, no asista a vuestra reunión hasta haberse reconciliado, a fin de que no se contamine vuestro sacrificio. Pues esto es lo que dijo el Señor: en todo lugar ofrézcanseme sacrificio limpio, porque soy yo Rey grande, dice elSeñor, y mi nombre es admirable entre las naciones.
El Papa Gelasio y la Transubstanciación
¿Fue la doctrina de la transubstanciación creída de forma general en la iglesia de los primeros años? Es interesante leer lo que el Papa Gelasio (492-496 A.C.) tuvo que decir sobre esta materia. Pero primero déjenos definir el significado de la doctrina.
Transubstanciación (ambas partes del latín que significan Trans- a través, y substantia, que significa substancia) sigue siendo la conversión de la sustancia de los elementos de la Eucaristía en el cuerpo y la sangre de Cristo en la consagración, solamente del aspecto del pan y del vino restante. La “Sustancia” significa lo que algo es en sí mismo.
El Concilio de Trento establece: “si cualquier persona dice que en el sacramento sagrado y santo de la Eucaristía, la sustancia del pan y del vino permanece conjuntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro señor Jesucristo, y niega que el cambio maravilloso y singular de la sustancia entera del pan en el cuerpo y la sustancia entera del vino en la sangre, los aspectos solamente del pan y el vino restante, que cambian la iglesia católica, lo cual es llamado mas convenientemente La transubstanciación, sea anatema (maldito) .” (Concilio de Trento, sesión 13, canon 2).
Así, la iglesia católica enseña que en la consagración, el pan y el vino realmente y substancialmente se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo aunque sigue existiendo el aspecto (o los “accidentes”) sin cambiar. Continuamos viendo el pan y el vino aunque no son ningún pan y vino nunca más; pues lo qué percibimos y probamos como el pan y el vino son de hecho el cuerpo y la sangre de Jesús.
Ahora déjenos ver lo que enseñó el Papa Gelasio. En el tratado De Duabus Naturis contra Eustaquio y Néstor (quién enseñó que en la encarnación la naturaleza humana de Cristo fue absorbida por la naturaleza divina), Gelasio escribió: “el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo, que recibimos, es una cosa divina, porque en ella nos hacemos participes de la naturaleza divina. Con todo la sustancia o la naturaleza del pan y del vino no cesa. Y seguramente la imagen y la similitud del cuerpo y de la sangre de Cristo se celebran en la presentación de los misterios.”
Gelasio enseñó que el pan y el vino sacramentales son la “imagen y la similitud” del cuerpo y sangre de Cristo; la “sustancia o la naturaleza” del pan y del vino permanece sin cambiar – “no cesa”. El pan sigue siendo pan; el vino sigue siendo vino. Claramente, el Papa Gelasio contradijo la idea de la transubstanciación.
¿Cómo los apologistas católicos reaccionan a esto? Un escritor católico discute que “el Papa Gelasio dijera simplemente que sigue habiendo el aspecto [accidentes] de pan/vino junto a la presencia verdadera en una tentativa de explicar el misterio de la encarnación, puesto que sigue habiendo la humanidad de Cristo junto a su divinidad. Algunos eruditos interpretan el pasaje antedicho para referirse a los accidentes del pan y del vino.” (Kenneth Henderson)
¿Papa Gelasio realmente significó “aspecto” cuándo él escribió sobre “sustancia” y la “naturaleza”? ¿Era el Papa ignorante del significado de los mismos términos en el Credo Niceno (325 D.C.) y la declaración de Chalcedon (451 D. C) para describir quién es Jesús realmente?
Hay una razón muy simple por la que Gelasio no significó “aspecto”. Recuerde que él está utilizando la eucaristía como analogía para la encarnación, a saber que la “humanidad de Cristo sigue estando junto a su divinidad.” ¡Ahora si por la “sustancia o la naturaleza” él significó que solamente sigue habiendo el aspecto del pan y del vino, siendo que Cristo aparecía simplemente humano pero en hecho él no estaba! ¡Ésa es la misma herejía que él refutaba!
No, mejor dicho, Gelasio creyó correcto que la distinción de naturalezas divinas y humanas de Cristo no es “de manera alguna anulada por la unión” (Concilio de Chalcedon). ¡Jesús es en verdad Dios y en verdad hombre! La eucaristía ilustra esta gran verdad, porque, así como permanece la sustancia del pan y del vino sin cambiar, así la naturaleza humana de Cristo seguía siendo sin cambios a pesar de su unión con su divinidad.
El Papa Gelasio no intentó probar que permanecen el pan y el vino sin cambiar. Él podría haber tomado como un hecho que sus lectores de final del Siglo V creyeron que la sustancia de los elementos de la eucaristía no cesa. La idea original de la transubstanciación fue desarrollada y adoptada mucho más adelante en la historia de la iglesia católica.
La Cena del Señor Parte 3 – en la Didaché o doctrina de los doce apóstoles (60-160 d.C)
12 jul 2010 Comentarios desactivados
in catolicismo, catolicismo romano, Cristo, Cristología, Eclesiología Etiquetas: Cena del Señor, DIDACHÉ
LA CENA DEL SEÑOR parte 2 – La Transubstanciación y la Iglesia primitiva
10 jul 2010 3 comentarios
in catolicismo, catolicismo romano, Cristo, Cristología Etiquetas: Cena del Señor, transubstanciación
EL PODER ESTA EN LA SANGRE
18 jun 2010 Comentarios desactivados
in Cristo, Cristología
EL PODER ESTA EN LA SANGRE
Hebreos 9: 11-22 nos dice: Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el mas amplio y mas perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabrios ni de becerros, sino por su propia sangre, entro una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabrios, y las cenizas de la becerra, rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne. Cuánto mas la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a si mismo sin mancha a Dios, limpiara vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador. Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es valido entre tanto que el
testador vive. De donde ni aun el primer pacto fue instituido sin sangre. Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomo la sangre de los becerros y de los machos cabrios, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado. Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio. Y caso todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.
INTRODUCCIÓN: Que es la sangre?
Este fluido, que circula por un sistema tan complejo como el cardiovascular y puede llegar a todas las células del cuerpo, tiene funciones vitales. En primer lugar, es el encargado de la respiración celular, tomando el oxigeno de los pulmones, llevándolo a todo el cuerpo y devolviendo desde allí a los pulmones el dióxido de carbono. También recolecta los alimentos disgregados por el sistema digestivo y los lleva a las células. Al pasar por el hígado y el riñón, realiza una función depurativa, permitiendo que salgan de nuestro cuerpo sustancias nocivas. Al transportar células del sistema inmunitario, actúa en la defensa de nuestro cuerpo frente a los microbios. Su función transportadora, no acaba aquí, pues lleva las hormonas de un lugar a otro del cuerpo. Además, la sangre actúa en la regulación de la temperatura, haciendo que el calor generado en el cuerpo sea trasladado hacia la superficie para que se disipe. El volumen promedio de sangre de un hombre es de 5.5 litros, y el de una mujer de aproximadamente un litro menos. Algo mas de la mitad de este volumen esta formada por el plasma, la parte liquida de la sangre. Por él circulan las células sanguíneas, que son de diversos tipos: Los eritrocitos o glóbulos rojos, los leucocitos o glóbulos blancos y las plaquetas o trombocitos.
El Plasma sanguíneo:
Tiene el aspecto de un fluido claro, algo semejante a la clara de huevo, y el 90% esta formado de agua. En él, se hallan disueltas importantes sales minerales, como el cloruro sódico, el cloruro potásico y sales de calcio, escondidas en sus componentes. Su concentración oscila muy poco para que no se rompa su equilibrio con el liquido que baña los tejidos ni con el intracelular. Gracias a ellas, pueden disolverse las proteínas en el plasma, para ser transportadas por la sangre, y la acidez de los líquidos del cuerpo se mantiene dentro de estrechos limites. Las proteínas más importantes que se hallan disueltas en el plasma son el fibrinógeno y la protrombina, que intervienen en la coagulación sanguínea; las albúminas, que desempeñan un importante papel en el transporte y para mantener el volumen de plasma, y las blobulinas, que son parte del sistema defensivo de nuestro cuerpo. Todas estas proteínas a excepción de las últimas, se forman en el hígado. Además, en el plasma existen todas las sustancias transportadas por la sangre, como las partículas de alimento y los productos que son el resultado del metabolismo, y, como ya hemos mencionado, las hormonas.
Las plaquetas o trombocitos:
Estas células, encargadas de la coagulación, se originan en la médula ósea.
Su tamaño es de unas dos milésimas de milímetro, tienen forma de disco y existen unas 300,000 por cada milímetro cúbico de sangre. Su principal característica consiste en que se adhieren unas a otras, por lo que tienen la capacidad de formar coágulos. La coagulación: Un sistema tan indispensable como el cardiovascular debe poseer un mecanismo de seguridad que evite que su liquido se vierta. Ante cualquier rotura de los vasos, pues, interviene el
mecanismo de la coagulación. Cuando la pared de un vaso se rompe, se ponen al descubierto zonas de tejido el mismo que son ásperas, a las cuales se pegan rápidamente las plaquetas. En pocos instantes, la acumulación de ellas, es grande, pero su función no se acaba en el taponamiento; las plaquetas adheridas
emiten unos mensajeros químicos llamados factores de coagulación, de los que existen mas de diez tipos. Gracias a ellos se forma una reacción en cadena al termino de la cual el fibrinógeno, una proteína que se hallaba disuelta en el plasma, se convierte en fibrina. Esta es insoluble y forma unos filamentos muy finos
son los que se teje una red, que forma el coagulo. Además, las plaquetas emiten serotonina, que tiene el efecto de estrechar los vasos sanguinos para que disminuya la corriente. La hemofilia es una enfermedad hereditaria producida por la ausencia de alguno de los factores de coagulación. Los eritrocitos dan a la
sangre su color rojo, y ello se debe a que en el interior de cada uno de ellos existen de 200 a 300 millones de moléculas de hemoglobina, mediante las cuales realizan su función, que es el transporte de oxigeno por la sangre. La mas pequeña herida puede poner en peligro la vida del enfermo, que sangra sin parar.
Los glóbulos rojos: Los glóbulos rojos, también llamados eritrocitos o hematíes, se forman en la medula roja de los huesos y subsisten durante cuatro meses. Su principal característica morfológica es que no poseen un núcleo organizado, que al pasar a la sangre ya ha desaparecido. Tienen forma de disco engrosado por el borde, su diámetro es de unas siete milésimas de milímetro, y en cada milímetro cúbico de sangre existen de 4.5 a 5.5 millones de ellos, que constituyen el 455 del volumen sanguíneo. Los eritrocitos dan a la sangre su color rojo, y ello se debe a que en el interior de cada uno de ellos existen de 200 a 300 millones de moléculas de hemoglobina, mediante las cuales realizan su función, que es el transporte de oxigeno por la sangre. La hemoglobina: Esta molécula esta formada por cuatro sub-unidades idénticas, cada una de las cuales consta de una proteína, la globina, unida a un grupo hemo. Este ultimo tiñe de rojo la sangre y esta formado por cuatro núcleos que se unen adoptando la forma de un trébol de cuatro hojas. En el centro se halla anexionada una molécula de hierro, que es la encargada de unirse al oxigeno. Efectivamente, mediante la oxigenación y desoxidación del hierro cada molécula de hemoglobina capta cuatro moléculas de oxigeno de los alvéolos pulmonares. Con esta preciada carga el eritrocito viaja, pasando por la parte izquierda del corazón, hasta las células de todo el cuerpo, donde el oxigeno debe ser liberado. El dióxido de carbono, por el contrario, no se une con la hemoglobina sino que se disuelve directamente en el plasma con gran facilidad. En cambio, el monóxido de carbono, el gas que sale por los tubos de escape de los coches, si se une con la
hemoglobina, y con mas facilidad que el oxigeno. Así, cuando en el aire que respiramos hay oxigeno y monóxido de carbono, este ultimo gana la competencia por unirse con la hemoglobina y la persona que lo absorbe puede morir.
Los grupos sanguíneos:
En la membrana de los glóbulos rojos hay unas proteínas que no son idénticas en todas las personas. Así, no siempre un individuo puede tolerar la transfusión de sangre de otro, ya que existen reacciones del sistema defensivo. Este intenta protegerse ante estas proteínas que le son extrañas formando anticuerpos, y la sangre del receptor produce una enfermedad que puede ser mortal. Existen muchos tipos de proteínas en los glóbulos rojos, pero las que aquí nos interesan son las del grupo ABO y las del factor Rhesus o RH.
Grupo ABO: Pueden existir dos tipos de proteínas en el glóbulo rojo: La A y la B. Una persona que tenga la proteína A, pertenecerá al grupo A, y si tiene el factor B, pertenecerá al B. Si posee ambas proteínas, será del grupo AB, y si no tiene ninguna, del 0 (cero). Existen pues, cuatro tipos de personas, y cada uno de ellos repele a la proteína que no posee. Así los individuos A y O repelen la sangre de los B y los AB, mientras que los B y los O presentan una reacción defensiva frente a los A y los AB. Los individuos AB, al tener los dos grupos, pueden recibir transfusiones de todos los demás, mientras que los O no pueden recibir sangre mas que de su mismo grupo, y pueden dar a todo el mundo, por lo que reciben el nombre de donantes universales. Grupo RH: Existe una proteína , que se encuentra en los glóbulos rojos del 85% de las personas, que se llama RH positiva. Las restantes, o RH negativas, si reciben sangre con la proteína, quedan sensibilizadas. Si tiene lugar un segundo contacto, se produce una reacción de rechazo, que en los hombres y en las mujeres no
gestantes no entraña ningún peligro. Sin embargo, si una mujer embarazada experimenta esta reacción, porque su hijo es Rh+ y ella Rh-, se pondrá en peligro la vida del bebe. Ello se debe a que durante el embarazo algo de la sangre del bebe se mezcla con la de la madre. Los glóbulos blancos: Los leucocitos o glóbulos blancos son las células sanguíneas encargadas de la defensa. Su tamaño es variable, de 6 a 20 micras de diámetro, y se encuentran en la sangre, según su tipo, en un numero que oscila entre los 5,000 y los 9,000 por milímetro cúbico. Todos ellos tienen núcleo, aunque la forma de este es muy distinta. Algunos de ellos, el grupo de los granulocitos, poseen unos gránulos en el citoplasma, mientras que otros, los agranulocitos, carecen de ellos. Los granulocitos se subdividen en neutrofilos, eosinófilos y basófilos, y los agranulocitos en monocitos y linfocitos. Neutrófilos: Se originan en la medula ósea roja, donde gran proporción de ellos permanece hasta que son necesarios en la sangre. Constituyen el 70% del total de los granulocitos, y sus gránulos son pequeños y muy
numerosos. El núcleo posee varios lóbulos, y el diámetro es de unas 10 micras. Su función es la fagocitosis, es decir, devorar los cuerpos extraños, después de lo cual el neutrófilo muere y es destruido, formándose partículas de pus. La vida media de estas células es de una semana.
Eosinófilos: Originados de la misma forma que los neutrófilos, los eosinófilos constituyen el 3% del total de granulocitos y su núcleo presenta solo dos nódulos ovalados. Sus gránulos son grandes y numerosos y su diámetro de unas 10 micras. Su función es la fagocitosis, al igual que la de los neutrófilos, y su número
aumenta mucho durante las alergias y las enfermedades por parásitos.
Basofilos: Los gránulos de los basófilos son gruesos pero escasos. Son células de unas 10 micras de diámetro y su núcleo tiene una forma que recuerda a una 5. Se originan en el mismo lugar que el resto de los granulocitos, y son los menos numerosos, ya que constituyen solo el 0.5% del total. Su función no se conoce bien, pero parece que evitan la coagulación dentro de las arterias y las venas. Monocitos: Son los mas grandes de entre los glóbulos blancos, con un tamaño que oscila entre las 15 y las 20 micras. Su núcleo tiene forma arriñonada y poseen gran cantidad de citoplasma, que no tiene gránulos.
Constituyen el 5% de los glóbulos blancos, y se dedican a devorar partículas de un tamaño considerable. Por tanto, al igual que los tipos antes descritos, los monocitos viven muy poco tiempo, pues mueren destruidos después de fagocitar. Algunos de ellos se desplazan hasta donde los necesitan, pero también los hay fijos en el hígado, el bazo, los ganglios linfáticos y la médula.
Linfocitos: Tienen un tamaño de un glóbulo rojo, y su núcleo es esférico y bastante grande, con una concavidad en uno de sus lados. Constituyen el 30% de todos linfocitos y se forman en la médula ósea roja. Sin embargo, cuando salen de ella, sufren un proceso de maduración por el cual se forman dos tipos: Los
linfocitos B, que pasan a los ganglios linfáticos, y los linfocitos T, que se albergan en el timo. Todos ellos viven unos cien días y se encargan del sistema de defensa especifico, también llamado inmunitario, por el cual el linfocito distingue las sustancias que debe destruir de las que son propias del cuerpo. Para ellos los linfocitos deben tener un cierto tipo de memoria que les permita pasar sus conocimientos de una generación a la siguiente. La sustancia atacante recibe el nombre de antígeno, y la que producen los linfocitos para neutralizarla son los anticuerpos. Los anticuerpos se unen a los antígenos de forma que estos se hacen inofensivos, y todo el complejo es después eliminado por los eosinófilos.
Linfocitos B: Son los encargados de producir los anticuerpos y células de memoria. Estas, una vez que han madurado y aprendido sobre un cierto antígeno, se dividen formando una estirpe, que puede durar varios anos o toda la vida del individuo.
Linfocitos T: Estas células colaboran con los linfocitos B, y además tienen otras funciones, como la de estimular la actividad de algunas células que fagocitan.
Cuanto hemos aprendido de la sangre científicamente hablando. Hemos visto la parte en que se divide, como esta compuesta, cual es la función, y entendemos que si la sangre tiene dicha función, y estamos hablando bajo el tema: El poder esta en la sangre, imagínese por un momento, si es importante que nosotros cuidemos la sangre, si es importante que aprendamos como debemos alimentarnos, porque cuando nos alimentamos bien, la sangre funciona como debe funcionar, y el cuerpo se mantiene en salud. Aparte de todo esto, encontramos en la palabra, que la sangre fue prohibida al pueblo de Israel, tomarla, debido a que en ella esta la vida. Por que en ella esta la vida? Porque cuando nosotros cuidamos la sangre, la sangre se encarga de limpiar, de purificar el sistema, alimentar las células, y todas las funciones que ella desempeña para que el cuerpo se mantenga completamente en salud. Cuando la sangre no esta pura, vienen las enfermedades, y el Señor quiere evitar que las enfermedades lleguen a nuestras vidas, por eso primeramente el dejo establecido en el libro de la vida, que nosotros debemos comer para que nuestro cuerpo se mantenga en salud, y vamos a analizar unas cuantas partes de las Escrituras, como por ejemplo: En Levítico 11 Dios habló a Moisés y a Aarón diciéndoles, que les hablaran a los hijos de Israel, y que le dijeran cuáles animales deberían comer y
cuales no.
En Levítico 11:3 Nos dice: “ De entre los animales, todo el que tiene pezuña hendida y que rumia, este comeréis”.
Y del verso 4 hasta el verso 8, habla de los que no debemos comer. Dice así: “Pero de los que rumian o que tienen pezuña, no comeréis estos: el camello, porque rumia pero no tiene pezuña hendida, lo tendréis por inmundo. También el conejo, porque rumia , pero no tiene pezuña, lo tendréis por inmundo. Asimismo, la liebre, porque rumia, pero no tiene pezuña, la tendréis por inmunda. También el cerdo, porque tiene pezuñas, y es de pezuñas hendidas, pero no rumia, lo tendréis por inmundo. De la carne de ellos no comeréis, ni tocaréis su cuerpo muerto; los tendréis por inmundos
.
El verso 9 nos dice: “ Esto comeréis de todos los animales que viven en las aguas: todos los que tienen aletas y escamas en las aguas del mar, y en los ríos, estos comeréis.” El verso 10 nos dice: “Pero todos los que no tienen aletas ni escamas en el mar y en los ríos, así de todo lo que se mueve como de toda cosa viviente que esta en las aguas, los tendréis en abominación.”
El verso 13 hasta el verso 20 nos dice: “Y de las aves , estas tendréis en abominación, no se comerán. El águila, el quebrantahuesos, el azor, el gallinazo, el milano según su especie, todo cuervo según su especie, el avestruz, la lechuza, la gaviota, el gavilán según su especie, el búho, el somormujo, el ibis, el calamón, el pelicano, el buitre, la cigüeña, la garza según su especie, la abudilla y el murciélago. Todo insecto alado que anduviere sobre cuatro patas, tendréis en abominación.
Del verso 21 hasta el 22, habla de los insectos que se deben comer. Dice así: “ Pero esto comeréis de todo insecto alado que anda sobre cuatro patas, que tuviere piernas además de sus patas para saltar con ellas sobre la tierra; estos comeréis de ellos: la langosta según su especie, el langostín según su
especie, el argol según su especie, y el hagab según su especie. ” Del verso 29 hasta el 30 hablan de los animales que son inmundos que no se deben comer. Dice así: “ Y tendréis por inmundos a estos animales que se mueven sobre la tierra: La comadreja, el ratón, la rana según su especie, el erizo, el cocodrilo, el lagarto, la lagartija y el camaleón.” El Señor le había dicho a Moisés en este capítulo, al igual que en Deuteronomio capítulo 14 del verso 3 al 21: Les habló concerniente a cómo debían alimentarse, porque Dios entendía que una dieta balanceada y ordenada, hacía que la sangre funcione como debe funcionar, pura, limpia y sin marcha, y éste a su vez, iba a recorrer por todo el cuerpo, limpiando las impurezas, y defendiendo el cuerpo de cualquier ataque, es decir, un
virus como hoy día lo vemos en el mundo entero. Ahora bien, el Señor reconocía que era importante que la sangre estuviera compuesta con cada uno de los elementos con la cual él había hecho para que pudiera tener una defensa en cualquier ataque que le viniese. La sangre es lo que purifica, la sangre es la que limpia, y la que nos protege de todo ataque nocivo al cuerpo, y el Señor, simbólicamente, nos dá una enseñanza comenzando con el libro de Exodo en el capitulo 12:13 nos dice: “Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasare de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto.” Y el Señor empieza hablarnos aquí de la importancia de la sangre, de cómo dice aquí en este verso 13, que no habrá en vosotros plaga por la sangre protectora, porque en si, la sangre es la vida, porque es la que protege el cuerpo, por eso el Señor dice, que no se comerá animal con su sangre, porque la vida esta en la sangre. Y si usted se pone a entender esto, desde el punto de vista científico, una persona que tiene su sangre dañada, es una persona enferma, y presta a morir. Por esta razón, es que el poder esta en la sangre. La Biblia nos habla de que la sangre de cristo es muy importante en el creyente, primeramente la sangre de Cristo, al igual que la sangre tiene un poder incalculable en la vida. Por ejemplo, en Exodo 12:13 dice Protege: “ Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasare de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto.”
En Exodo 30:10 Trae Expiación: “ Y sobre sus cuernos hará Aarón expiación una vez en el ano con la sangre del sacrificio por el pecado para expiación; una vez en el ano hará expiación sobre el por vuestras generaciones; será muy santo a Jehová.”
En Levítico 17:11 Trae expiación: “ Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación, sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.” En Zacarías 9:11 Trae liberación: “ Y tú también por la sangre de tu pacto serás salva; yo he sacado tus
presos de la cisterna en que no hay agua.”
En Hechos 9:7 Asegura el Perdón: “ Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie.”
En Hebreos 9:22 Limpia: “Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.”
Así como ya lo he detallado al principio, la sangre literalmente hablando, tiene un poder grande en la vida diaria del individuo, cuando el plasma sanguíneo, las plaquetas, los glóbulos rojos, los glóbulos blancos, están todos balanceados, ellos purifican el cuerpo, es un sistema de reciclaje el cual hacen que las células, reciban el oxigeno necesarios, al igual que los glóbulos blancos protege de que ninguna enfermedad llegue al cuerpo, y así pueda la persona perder la vida. Si científicamente se ha podido comprobar que si la sangre del individuo está balanceada, hay salud, hay protección, hay vida, cuanto más? Si nos preocupamos por la sangre de Cristo, la cual fue derramada en la Cruz del Calvario, para limpiar los pecados del hombre, esa sangre preciosa, la cual nos limpia, nos protege, nos liberta, nos asegura el perdón, borra nuestros pecados, no deberíamos cuidar esa sangre que Cristo ha derramado? No deberíamos preocuparnos día tras día para que esa sangre se mantenga pura, se mantenga limpia en nuestro ser, que cuando el enemigo nos vea, y no nos vea de color
blanco, amarillo o de color moreno, sino que nos vea de color rojo, porque estamos cubiertos de la sangre de nuestro Señor Jesucristo.
Recordemos lo que dice en Exodo 12:13, que dice: “ Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasare de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto.” La sangre de Cristo, que nos protege, amado hermano, que nos limpia, que nos
salva, que nos perdona, que nos protege, muchas veces la pisoteamos. Miren lo que dice en Hebreos 10:26-29: “ Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda mas sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. Cuanto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?”
Imagínense hermanos, la importancia de la sangre, el hombre en los últimos 100 años, se ha desarrollado científicamente mas, que en los últimos 2000 años, el hombre ha podido hacer hallazgos indescriptibles, tales como ir a la Luna, enviar robots a Marte, hacer corazones artificiales, ya las personas ciegas se les implanta unos sensores desde el cerebro y ponen unas cámaras en los ojos, y ya los ciegos pueden ver. El Hombre, ha podido hacer de un hombre, una mujer, quitándole sus partes genitales, hemos desarrollado la capacidad de hacer brazos biónicos que trabajan con sensores que se comunican al cerebro, hemos desarrollado la computadora a un máximo que no hay palabras para poder expresarlo, satélites en derredor de la tierra, para que la comunicación sea instantánea, podemos ver lo que esta sucediendo en Japón, en milésimas de segundo, la tecnología se ha desarrollado tal y como el Profeta Daniel lo describe diciendo: Que en los postreros tiempos, la ciencia se aumentará.
Pero con todos estos hallazgos, con toda esta tecnología, hay algo que Dios dejó reservado porque Dios no le va a permitir al hombre llegar mas allá de los limites establecidos y por mas que el hombre logre, Dios le ha puesto límite, y el hombre no podrá lograr hacer sangre, porque en la sangre está la vida, y en la sangre está el poder, y la sangre solo la puede hacer Dios, y la vida solo puede darla Dios a todo aquel que la reconoce porque él es vida, pero es necesario que tú entiendas que el poder esta en la sangre. Si la sangre derramada por el Señor, en la cruz del calvario, en la cual ha sido derramada sobre tí, para perdonarte, para limpiarte, para sanarte, para perdonarte, se ha ido infectando y ya no está en el orden que Dios la estableció. Este es un momento hermoso para decirle: Señor, purifica tu sangre en mi vida, límpiame, protégeme, sáname, perdóname, porque tu sangre la necesito, Señor, para poder vencer, necesito tu sangre pura en mi vida, en el nombre de Jesús. Amén y Amén.
Centro Evangelistico Isaías 40:31, Inc.
Pastor: Daniel G. Hernández
Teléfono: (407) 859-8300
www.centro4031.com
http://centro4031.com/estudios/elpoder.pdf
Diez maneras de trastornar su vida siguiendo a Cristo
18 jun 2010 Comentarios desactivados
in Cristianismo, Cristo, Cristología, discípulos de Jesús, Discipulado
Diez maneras de trastornar su vida siguiendo a Cristo
(Lecciones de los candidatos a discípulos)
Escuela sabática
By Ryan Bell
Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 19 al 25 de enero, 2008
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)
Todos quieren ir al Cielo, pero nadie quiere morir.
—Alison Krause
En una familia de iglesias cuya moderna obsesión ha sido agregar nuevos nombres a las listas de miembros, el discipulado ha retrocedido frente a la conversión.
Jesús se destacaba por su desinterés en ganar nuevos conversos. Al final de tres años y medio de ministerio, tenía una ganancia neta de sólo once discípulos. Cuando las multitudes se congregaban a su alrededor para unirse a su movimiento, todo lo que hacía era despedirlos (véase, por ejemplo, Juan 6:1–15). Aquellos que se acercaban a Jesús con el deseo de conseguir un puesto en su movimiento, eran severamente desafiados a revisar sus intenciones y compromiso.
Para Jesús, un converso debía estar realmente “convertido”—debía cambiar real y concretamente de un mundo a otro, de un conjunto de lealtades a otro. Hay muchos textos que demuestran de qué manera Jesús enfrentaba este problema, el cual persiste hasta el día de hoy.
De todos los severos reproches que Jesús dirigió a sus candidatos a discípulos, ninguno me ha llamado tanto la atención como los tres que se registran en una rápida secuencia en Lucas 9:57–62. Aquí, Lucas ha condensado para sus lectores un ejemplo del tipo de interés que producía el ministerio de Jesús. La gente era atraída hacia él con regularidad. A veces eran sus palabras poderosas y valientes, dirigidas al status quo. Otras veces eran sus actos milagrosos. Y en otras ocasiones, su profunda compasión. Estos tres arquetipos de discípulos, digamos, tenían compromisos anteriores—los tres querían que el discipulado calzara adecuadamente con su vida—que se conformara adecuadamente a sus compromisos anteriores. Jesús hacía caso omiso de ellos de una manera que parece casi áspera.
El importante contexto vital de estos tres candidatos a discípulos, es una frase que sirve de pívot en la narración de Lucas: “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (9:51).
Este paradigmático “viaje a Jerusalén” ocupa casi la mitad del Evangelio de Lucas. El lector sabe que este viaje no terminará bien para Jesús. Iba a Jerusalén para recibir condena y rechazo, para morir como un criminal político. Le expresión “afirmó su rostro” hace algo más que simplemente señalar cuál era el itinerario de Jesús. Nos dice algo acerca de su determinación y sobre el enfoque de su vida. Él tenía una misión y nada lo detendría.
Si retrocedemos un poco para ver la historia que nos lleva hasta el versículo 51, notaremos que hubo problemas incluso antes de que comenzara el viaje a Jerusalén. Como es típico, en el versículo 46 los discípulos estaban discutiendo sobre cuál de ellos sería el más importante. Parece que, una vez más, los discípulos habían mezclado sus propias ambiciones personales con los propósitos de Dios.
Toda vez que el ministerio de Dios es llevado adelante—cuando muchos reciben sanidad, cuando se proclama el Reino de Dios—algunos ambiciosos quieren el crédito o la gloria para sí. Esto era así en los días de Jesús y permanece de la misma manera hasta hoy. Toda vez que Dios está haciendo algo, hay candidatos a discípulos que mezclan sus propias ambiciones personales con los propósitos de Dios. Un aspecto de lo que implica seguir a Jesús, como un discípulo fiel, es permanecer alertas frente a nuestras ambiciones personales, y aprender a dejarlas de lado para seguir a Jesús. Después de todo, esto no es un paseo en la naturaleza—nos dirigimos a Jerusalén.
Volviendo a nuestros tres candidatos a discípulos, otra vez somos confrontados por la aparentemente extraña respuesta de Jesús. Confieso que Jesús me sorprende.
Me imagino siendo abordado por esos “buscadores”, que me dicen: “queremos ir contigo dondequiera que vayas”. Desde luego, yo los animaría. Quizás les daría estudios bíblicos, oraría con ellos, los instruiría, y los ayudaría a unirse a la iglesia.
Pero Jesús no hizo eso. Sus tácticas de obra misionera eran, ¡bueno!—un poquito más severas. La primera persona se acercó a Jesús queriendo unirse a él en el viaje, pero Jesús lo desanimó abiertamente. “Somos esencialmente personas sin hogar”, le dijo. “Podrías querer reconsiderarlo. Incluso los animales salvajes tienen un lugar donde hacer su hogar—un lugar para dormir en la noche. Pero nosotros no—no tenemos donde reclinar nuestras cabezas. Si quieres venir con nosotros, esas son las condiciones”.
El segundo candidato a discípulo quería seguir a Jesús, pero después de enterrar a su padre adecuadamente. Ese parece ser un deseo razonable. Pero la respuesta de Jesús suena como sin corazón—“deja que los muertos entierren a sus muertos”. Un tercer hombre quería seguir a Jesús, pero sólo después de despedirse de su familia. Jesús no tiene nada que ver con eso: “Nadie que pone su mano en el arado y mira para atrás es digno de mí”.
Tengo ganas de protestar: “¡Vaya, esos son requisitos muy altos, Jesús! No tienes mucha sensibilidad hacia los buscadores. Quiero decir, ¿cómo quieres tener un buen número de seguidores cuando cuesta tanto complacerte? ¿No podrías por lo menos mostrar cuáles son los beneficios? Tal vez después podrías hablar del lado negativo”. Casi parecería que Jesús no quería que la gente se uniera a su misión.
Conversando con un amigo hace muchos años, ambos luchando con el asunto de la evangelización y el discipulado en nuestras respectivas iglesias, nos preguntábamos cómo esta enseñanza de Jesús podría aplicarse en el contexto actual de la iglesia. La iglesia contemporánea, de la cual el adventismo es parte, está muy preocupada por el crecimiento numérico –se podría decir que ansiosa. Los pastores harían cualquier cosa, al parecer, para lograr que las enseñanzas de Jesús fueran más agradables, de modo que más gente se uniera a sus iglesias.
Mi amigo reflexionaba que, en tanto que nosotros nos inclinamos a predicar sermones del tipo “Diez maneras en que el cristianismo mejorará su vida”, Jesús estaba mucho más inclinado a predicar sermones como éste: “Diez maneras en que, siguiéndome, trastornará su vida”. Frecuentemente les aconsejaba considerar lo que Dietrich Bonhoeffer denominaba “el costo del discipulado”. ¿Por qué nosotros tememos hablar claramente sobre este “costo”?
En vez de seguir el ejemplo de Jesús, la iglesia contemporánea ha estado tan ansiosa por ganar adeptos que, por generaciones, hemos enseñado a la gente que Jesús puede calzar en su vida y en sus planes. En efecto, la iglesia ha enseñado, incluso, que el propósito de Jesús es hacer que tu vida funcione—hacerte exitoso y feliz. Sin embargo, no encuentro eso en ninguna parte en las Escrituras. Todo lo contrario, los que se acercaban a Jesús con esas expectativas y condiciones, eran desanimados para seguirlo.
Es claro que no somos Jesús. No sabemos tampoco qué era lo que suscitaba la curiosidad de la gente por Jesús. Personalmente, creo que siempre seré uno de los que alimentará a la gente en el camino del discipulado. No creo que este texto bíblico sea una licencia para desanimar a la gente con respecto a ser discípulos. Pero tampoco tenemos licencia para ofrecer a la gente otra cosa que no sea el evangelio. Nuestro mensaje no es que la gente puede “tener a Jesús en su vida”, como lo ha dicho a menudo la iglesia. En ninguna parte la Biblia enseña que podemos tener a Jesús como parte de nuestras vidas. Con Jesús no existe terreno intermedio. O lo sigues completamente, o no lo haces.
Tampoco vayas mirando por sobre tu hombro. Jesús usa una ilustración que, para los que tenemos una vida urbana, no significa mucho. Pero si estás arando en el campo en una hilera, y miras por sobre tu hombro para ver cómo está quedando el trabajo, incluso si la hilera ha quedado perfectamente derecha hasta ese punto, comenzarás a desviarte. No puedes seguir a Jesús mientras miras por sobre tu hombro. Y tampoco puedes seguir a Jesús con tu propia lista de expectativas.
Así que, seamos claros—Jesús quiere discípulos. Jesús amaba a sus discípulos, nos dice Juan, hasta el mismo fin. Confió su reino a estos doce locos, y a las docenas de otros hombres y mujeres que se agruparon alrededor de él. Pero hay varias lecciones acerca del discipulado que Lucas quiere que obtengamos de esta historia.
El discipulado no tiene que ver con la grandeza, ni con el poder o los puestos. No puedes ser discípulo de Jesús mientras estás constantemente comparando tu grandeza con la de tus vecinos.
El discipulado no consiste en borrar al enemigo, o en triunfar sobre el mundo. El discipulado tiene que ver con una marcha constante y determinada de amor abnegado. Con cada paso, nos entregamos a nosotros mismos para el mundo y el reino de Dios.
No puedes ser un devoto discípulo de Jesús con una lista agregada de condiciones previas. Jesús no calzará en tu vida, y él no va a aceptar ningún acuerdo prenupcial. En esto Jesús no está siendo duro. El viaje a Jerusalén—a la cruz—va a demandar todo lo que tienes. Jesús necesita nuestra lealtad sin reservas.
El discipulado incluirá sufrimiento. El viaje será difícil, pero gratificante. Todo lo que es verdaderamente bueno o hermoso, como para procurarlo con toda tus fuerzas, es digno del sacrificio. ¿Son los discípulos más grandes que su Maestro?
Finalmente, los discípulos no pueden seguir a Jesús mientras miran por sobre su hombro para contemplar cómo lo han hecho en el pasado. Después de todo, ¿cuándo nos está pidiendo Jesús que lo sigamos? No ayer, sino hoy y mañana.
Ryan Bell es pastor titular de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, de Hollywood.
http://www.spectrummagazine.org/cafe_hispano/2008/01/24/diez_maneras_de_trastornar_su_vida_siguiendo_cristo
¿CUÁLES SON LOS TÍTULOS DE JESÚS EN LOS EVANGELIOS?
18 jun 2010 Comentarios desactivados
in Cristianismo, Cristo, Cristología, Evangelio, Jesus
¿CUÁLES SON LOS TÍTULOS DE JESÚS EN LOS EVANGELIOS?
INTRODUCCIÓN.
De la lectura de los Evangelios surgen dos problemas particularmente interesantes.
Primero; ¿Qué conciencia tenía Jesús de su propia personalidad? ¿Es posible remontarse de los testimonios pospascuales de los escritos neotestamentarios al tiempo prepascual y, sin más, a la conciencia que Jesús tenía de si?
Segundo; ¿Qué pensaban de Jesús sus contemporáneos? ¿Cómo se desarrolló la fe en Cristo en los Apóstoles y en la comunidad cristiana de los orígenes? ¿Qué títulos se atribuyó el mismo Jesús y cuáles le confirieron sólo después los Apóstoles y la primitiva comunidad cristiana?
La atención de la exégesis moderna la han acaparado varios títulos que en el Evangelio se confieren a Jesús. Al mismo tiempo, se ha notado que, con el correr del tiempo, algunos títulos de Jesús se afirmaban más, mientras otros, que habían sido usados antes de la Pascua, pasaban cada vez más a segunda línea. Estos títulos provienen casi todos de la mentalidad y del lenguaje veterotestamentario. Muchos problemas graves han surgido respecto al desarrollo, a las dificultades y en fin, al florecimiento de la fe de los Apóstoles en Cristo. Mas él que ha aprendido a conocer y a estimar este difícil camino que conduce a Cristo, no se desanima frente a las dificultades propias y se hace cargo de que la fe esté siempre sometida a tentaciones y, además, existen caminos muy diferentes para ir a Cristo e infinitos matices en el modo de entender.
1.- ¿JESÚS O CRISTO?
Ahora los fieles están acostumbrados a la denominación “Jesucristo”, mas ya al decir “Jesús para el Cristo” se suscita una cierta sorpresa. El nombre propio “Jesús” deriva de la palabra hebrea “Jehoschuah” (abreviado: Joschuah o Jeschuah = Yavé es salvador, Yavé salva, y se encuentra diversas veces en el antiguo Testamento (Gen. 46, 17; Números 13, 16; 1 Crón. 7.30; 24, 11; 2 Crón. 31, 15; Esd. 2, 2; Neh 3. 19. 4; 12, 8 24, etc.), y también en el Nuevo (Lc. 3, 29; Col. 4, 11). El primogénito de María recibió el nombre de Jesús por inspiración divina: “Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús” (Lc. 1, 31). Este Jesús es designado como “Jesús de Nazaret” para distinguirle de los otros que llevan el mismo nombre. Más en los Evangelios se encuentra también la denominación “Jesucristo” o “Cristo Jesús”. La palabra griega Christós no es sino la traducción del término hebreo “Maschiach” (el Ungido).
Wilhem Auer ha examinado en un estudio exhaustivo (Bibel und Liturgie, 14 (1959), 3 – 12) la cuestión relativa a la frecuencia con que el nombre de “Jesús y, respectivamente, el título de “Cristo” son empleados en el Nuevo Testamento. Su estadística debe ser completada y aún corregida con los datos más recientes que ha publicado Franz Mussner en su articulo “Jesuspradikate”, en el Lexicón fur-Theologie und Kirche (Friburgo de Brisgovia 1960.
En los Evangelios y en las Epístolas se encuentra, pues, una evolución que procede en sentido inverso. El nombre de Jesús, que tiene la prevalencia en los Evangelios, pasa a segundo plano en las Epístolas, mientras que el nombre de Cristo o Jesucristo, más bien raro en los Evangelios, se emplea muy frecuentemente en las Epístolas.
Si se piensa que muchas Epístolas se escribieron antes que los Evangelios o contemporáneamente, caeremos en la cuenta de que en la predicación que siguió a Pentecostés, y sobre todo, en la Liturgia cristiana de los orígenes, se prefería el nombre de “Cristo”, que constituía el centro de la primitiva plegaria cristiana. Este compendiaba en sí la nueva fe y constituía la confesión de esa fe, tanto que los miembros de la nueva comunidad fueron llamados cristianos.
Del primer cuadro resulta que el título de “Cristo” es usado con frecuencia creciente en los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan; como esta sucesión corresponde al orden cronológico de los mismos Evangelios, se puede, concluir que el nombre de Cristo ha sido empleado cada vez más a medida que avanza la era cristiana. También la segunda tabla demuestra que el nombre de Jesús ha sido gradualmente suplantado por el nombre de Cristo.
2. CUADRO DE LOS TÍTULOS DE JESÚS.-
La exégesis notestamentaria moderna se ha aplicado con particular amor al estudio de los títulos de Jesús y ha elaborado la siguiente estadística:
Desde el punto de vista de la historia de las formas, los títulos de Jesús pertenecen a las más dispares tradiciones y concepciones de los orígenes del cristianismo. En ellas se encuentran los caminos seguidos en los primeros siglos por la fe de Cristo. Los títulos de Jesús ofrecen también una perspectiva de las ideas, que antes de la Pascua se formaban de Jesús sus seguidores, y al mismo tiempo, del ahondamiento de la fe operado por el Espíritu después de Pascua.
En su libro Pie Christologie des Neuen Testaments, Osear Cullmann, ha estudiado la cuestión de cómo se ha ido formando la cristología en los Apóstoles y en los primeros cristianos. Junto a la obra terrena de Jesús y la experiencia pascual de los Apóstoles, este autor descubre la fuente principal de la cristología noe testamentaria en la “experiencia litúrgica de Jesús como el Señor presente en la Asamblea de fieles que le invoca (maranatha) y le confiesa (Kyrios Christos). Partiendo de este principio, el enlace con la historia de la salvación puede prolongarse y desarrollarse bajo todos los aspectos”.
Osear Cullmann presenta dieciséis títulos de Jesús, que subdivide en cuatro grupos:
Acción terrena de Jesús Profeta
Siervo de Yavé (ebed Jahvé)
Cordero de Dios
Sumo Sacerdote
Mediador
Acción escatológica de Jesús Mesías
Hijo de David
Rey
Hijo del Hombre
Juez
Acción actual de Jesús Señor (Kyrios)
Salvador (Soter)
Acción preexistente de Jesús Logos
Hijo de Dios
Santo de Dios
Dios
3.- ¿CUANDO SE RECONOCIÓ A DIOS EN EL ROSTRO DE JESÚS?
Se cree a veces que Jesús afirmó su divinidad, que dio pruebas de ella y que unos creyeron en ella mientras otros la rechazaban.
Las cosas no son tan sencillas en realidad.
Hacia finales del siglo primero, el evangelio de Juan presenta a Jesús como Dios desde el comienzo del mundo. Hacia los años 65-80 los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Hechos de los Apóstoles emplean expresiones variadas para calificar a Jesús: el es el “Hijo de Dios”, “Hijo del Hombre”. En las primeras cartas de Pablo, hacia los años 50-60, Jesús es invocado como “Señor” y tratado como Dios en el culto que se le rinde.
¿Qué significan esas expresiones en aquella época? Cuidado con darles desde el principio el sentido que han tomado más tarde, en particular en los concilios del siglo IV que proclamaron a Jesús “Dios y hombre”.
¿Realmente qué se puede entrever de lo que pensaban los discípulos ‘Guando Jesús vivía? Conviene tener en cuenta que una determinada expresión, escrita en el 65 ó 70 había ya tomado un sentido mucho más intenso que el que tenía el año 29 en la boca de un apóstol, de un fariseo o del sumo sacerdote: en ese tiempo intermedio la expresión había sido enriquecida por las primeras comunidades cristianas que creían en Jesús resucitado y glorificado.
4. SE LE LLAMA “SEÑOR”.
La expresión “Señor” (en griego Kyrios) que se encuentra en los Hechos de los apóstoles y en las Cartas de San Pablo, tiene un sentido muy fuerte. La traducción griega de la Biblia empleaba este término para traducir el nombre hebreo de Dios. En el mundo pagano, este título se daba a muchos dioses y a soberanos divinizados.
En arameo la palabra “Mar” significaba “Señor”. Aparece este término en una fórmula litúrgica citada por Pablo (I Cor. 16-22), hacia el año 57. Por tanto, en esta época se dirigían en el culto a Jesús dándole el nombre reservado a Dios: “Señor”. Se encuentra también este término en los primeros discursos de los Hechos de los Apóstoles: “Dios le ha hecho Señor y Cristo” Hch. 2,36).
Si nos preguntásemos si para Pablo Jesús era Dios, proyectaríamos sobre él nuestras cuestiones y cometeríamos un anacronismo. Pablo tenía caminos de pensamiento distintos de los nuestros. Miraba hacia Cristo resucitado y glorioso y lo llamaba “Señor”. Este titulo equivalía para él a lo que nosotros ponemos hoy bajo la palabra “Dios”. Esta divinidad de Jesús ha sido vivida en el culto aún antes de ser reflejada en una doctrina.
5.- HIJO DEL HOMBRE.
La expresión “Hijo del Hombre” que se encuentra frecuentemente en labios de Jesús tiene un sentido más fuerte. En principio significa “hombre” sencillamente. Pero en el libro de Daniel (7, 13 y ss.) y en el de Henoc, que tenían una influencia grande en el tiempo de Jesús, era un verdadero nombre propio: designaba un personaje único que venía de Dios y tenía rasgos humanos. Muy pronto, la expresión no será ya utilizada (fuera de los evangelios no hay más que un sólo empleo en Hch.7, 56); sin duda estaba demasiado ligada al mundo judío y resultaba extraña al espíritu griego. Es un jalón importante para reconocer en Jesús a un ser de origen celeste y terrestre a la vez.
6.- HIJO DE DIOS.
La expresión “Hijo de Dios” significa hoy: el Hijo único de Dios que es Dios, él mismo. Cuando los evangelistas escribían, hacia el año 70, no era tan preciso su significado, hace pensar en el verso 7 del salmo 2: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” que había sido escrito para un nuevo rey de Israel. El “Hijo de Dios” era un personaje que había recibido una misión de Dios. En el evangelio la expresión es sinónimo de Mesías.
Se ve claramente en el momento de comparecer Jesús ante el Sumo Sacerdote. En el relato de Mateo el Sumo Sacerdote pregunta a Jesús: “Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Mt. 26, 63), y en el de Lucas se lee: “Si eres tú el Mesías, dínoslo… ¿Entonces tú eres el Hijo de Dios?” (Lc. 22, 67-70). En el mundo judío, en el tiempo de Jesús y antes, “hijo de Dios” podía designar también los ángeles, un profeta, un rey y aún el pueblo de Israel. Esto dicen los escrituritas modernos. El lector corriente se pregunta por qué entonces fue tan fuerte la reacción de los reunidos, que hablaron de blasfemia y se rasgaron las vestiduras.
Pero la tendencia actual es a minimizar cuanto pueda significar una confesión de divinidad.
Según esta teoría fue necesario el paso del tiempo para presentir, saber y decir quién era Jesús. El mundo judío jamás había considerado que Dios pudiera llegar a ser hombre. Los textos que hablaban del Mesías no lo divinizaban. Se recordaban las palabras de la Alianza: “No tendrás otro Dios que yo… no harás imágenes talladas”. La idea de un hombre-dios era extraña a Israel.
7.- PERO EL ERA MAS DE LO QUE SE PODÍA DECIR.
Los discípulos vivieron y presintieron antes de percibir y expresar los evangelios muestra la extrañeza y la admiración de las multitudes. “Quién es, pues, este hombre”. Habla con autoridad. Dice: “Se os ha dicho…y yo os digo…”. Perdona los pecados e inaugura el mundo nuevo esperado de Dios.
No se sabe quién es. Muchos quieren ver en él solamente “el hijo del carpintero”, “el Nazareno”. Otros se preguntan-si no. es Elías, Juan Bautista o alguno de los profetas: se ahonda en las concepciones de la época para tratar de identificarle. Sus apóstoles .piensan que él es el Mesías, el que viene a instaurar el Reino de Dios. Más tarde, después de Pascua, se le llama era el Elegido de Dios, su Servidor, el Santo, etc. Pero Jesús por sus palabras y por sus hechos no ha dejado de desbordar las misiones que se le querían atribuir. Ha llegado a ser el “servidor sufriente” después de haber abierto caminos infinitos de libertad y de amor, de parte de Dios.
http://www.churchforum.org.mx/info/cristo/5_cuales_son_los%20_titulos_de_jesus.htm
Analisis de la carta a los filipenses de Policarpo
23 may 2010 1 comentario
in Cristianismo, Cristo, Cristología, Historia del Cristianismo Etiquetas: docetismo, filipenses, Marción, MARTIRIO DE POLICARPO, Policarpo
Policarpo fue obispo de Esmirna. La gran estima en que fue tenido se explica porque había sido discípulo de los Apóstoles. Ireneo (Eusebio, Hist. eccl. 5,20,5) refiere que Policarpo se sentaba a los pies de San Juan y que, además, fue nombrado obispo de Esmirna por los Apóstoles (Adv. haer. 3,3,4). San Ignacio le dirigió una de sus cartas como a obispo de Esmirna.
“Pues no faltaba más – replicó éste -, ¡cómo no iba a reconocer al primogénito de Satán!”
- El principio de todos los males es el amor al dinero. La reacción fuerte de Policarpo contra la avaricia, como un vicio totalmente opuesto al espíritu del Evangelio, es uno de los temas principales de la carta.
- Exhortaciones pastorales a las familias (mujeres y viudas)
- Después, enseñen a sus mujeres a caminar en la fe que les ha sido dada, en la caridad, en la pureza, a amar a sus maridos con toda fidelidad, amar a todos los otros igualmente con toda castidad y a educar a sus hijos en el conocimiento del temor de Dios.
- Que las viudas sean sabias en la fe del Señor, que intercedan sin cesar por todos, que estén lejos de toda calumnia, murmuración, falso testimonio, amor al dinero y de todo mal; sabiendo que son el altar de Dios, que al examinará todo y que nada se le oculta de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de los secretos de nuestro corazón (ver 1 Co 14,25).
- Exhortaciones pastorales a los diaconos
- Exhortaciones de santidad a los jovenes
- Cultivar la esperanza y la paciencia
- Caridad fraterna
- Reflexion sobre el caso de Valente:(De este presbítero sólo conocemos aquello que nos dice Policarpo: arrastrado por la avaricia, el amor al dinero, se vio envuelto en una falta grave que le significó la destitución de su ministerio. Sobre la avaricia como una forma de idolatría y una suerte de impureza, ver Ef 5,5; Col 3,5)Confío en que están bien ejercitados en las santas Escrituras,
- Exhortaciones generales de santidad a los discipulos cristianos
- Oren por todos los santos. Oren también por los reyes, por las autoridades y los príncipes, por los que los persiguen y los odian, y por los enemigos de la cruz (ver Mt 5,44; 1 Tm 2,2; Jn 15,16; 1 Tm 4,15; St 1,4; Col 2,10; Flp 3,18.); de modo que su fruto sea manifiesto para todos, y ustedes sean perfectos en él.
- Recomendacion de Crescente, a quien recientemente les recomendé y ahora (de nuevo) les recomiendo. Se ha conducido entre nosotros de forma irreprochable;y de su hermana
a) Doctrina
La epistola contiene una fuerte advertencia contra el docetismo
La epístola defiende la doctrina cristológica de la encarnación y de la muerte de Cristo en cruz contra “las falsas doctrinas,” con estas palabras:
Porque todo el que no confesare que Jesucristo ha venido en carne, es un anticristo, y el que no confesare el testimonio de la cruz, procede del diablo, y el que torciere las sentencias del Señor en interés de sus propias concupiscencias, ese tal es primogénito de Satanás (7,1: BAC 65,666).
b) Organización
Policarpo no menciona al obispo de Filipos, pero sí habla de la obediencia debida a los ancianos y a los diáconos. Parece, pues, justificada la conclusión de que la comunidad cristiana de Filipos era gobernada por una comisión de presbíteros. La carta traza el siguiente retrato del sacerdote ideal:
Mas también los ancianos han de tener entrañas de misericordia, compasivos para con todos, tratando de traer a buen camino lo extraviado, visitando a todos los enfermos; no descuidándose de atender a la viuda, al huérfano y al pobre; atendiendo siempre al bien, tanto delante de Dios como de los hombres; muy ajenos de toda ira, de toda acepción de personas y juicio injusto; lejos de todo amor al dinero, no creyendo demasiado aprisa la acusación contra nadie, no severos en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores de pecado (66,1: BAC 65,665-666).
c) Caridad
Se recomienda encarecidamente la limosna:
Si tenéis posibilidad de hacer bien, no lo difiráis, pues la limosna libra de la muerte. Estad todos sujetos los unos a los otros, guardando una conducta irreprochable entre los gentiles, para que de vuestras buenas obras vosotros recibáis alabanza y el nombre del Señor no sea blasfemado por culpa vuestra (10,2: BAC 65,668).
d) Iglesia y Estado
Merece notarse la actitud de la Iglesia para con el Estado. Se prescribe expresamente rogar por las autoridades civiles:
Rogad también por los reyes y autoridades y príncipes, y por los que os persiguen y aborrecen, y por los enemigos de la cruz, a fin de que vuestro fruto sea manifestado en todas las cosas y seáis perfectos en El (12,3: BAC 65,670).
Bibliografia consultada
- http://teologiyokpredika.scoom.com/2010/03/12/carta-a-los-filipenses-san-policarpo-de-esmirna/
- http://www.conoze.com/doc.php?doc=2992
- Justo Gonzalez, Historia del Cristianismo I, pag. 64-66 ed. Unilit
Unión Con Cristo
04 may 2010 Comentarios desactivados
in Cristianismo, Cristo, Cristología, Teología, Teología Pastoral, Teologia Reformada Etiquetas: Unión Con Cristo
¿Qué existía en el espacio antes del Big Bang?
13 abr 2010 2 comentarios
in Creación, Cristo, Cristología, Doctrinas Cristianas, Filosofía, Jesus, Teología Etiquetas: big bang, espacio, Principio, Verbo
¿Qué existía en el espacio antes del Big Bang?
Muchos intelectuales se hacen esta pregunta. ¿Que había antes del Bing Bang?

No se sabe si esta cuestión tiene una respuesta significativa. Muchos cosmólogos creen que es parecido a preguntar cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler. Parece una pregunta sensata, pero de hecho es posible que carezca por completo de fundamento físico.
La teoría general de la relatividad de Einstein, nuestra principal teoría del funcionamiento de la gravedad, nos dice que en términos cosmológicos los conceptos del tiempo y del espacio no existen con anterioridad al Big Bang. El Big Bang está considerado como el acontecimiento límite que creó el espacio, el tiempo, la materia, la energía y la gravedad. No se puede preguntar lo que ocurrió antes del Big Bang, puesto que dicho estado no está referido al espacio ni al tiempo, y adolece de la carencia de los conceptos de «antes» y de «lugar». Se trata de un tema serio, y no de un juego semántico de la rayuela jugado por los físicos y los astrónomos.
Lo que hemos aprendido repetidas veces es que la forma según la cual funciona la naturaleza no tiene nada que ver con lo que nos dicta con frecuencia nuestra intuición.
“EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO” (JUAN 1:1-3)
- “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas” (Jn. 1:1-3).
Estos versículos, cuando se entienden apropiadamente, confirman y expanden las conclusiones alcanzadas en la sección anterior. Sin embargo, este pasaje es el que más se ha tergiversado para enseñar que Jesús existió en el cielo antes de su nacimiento. Un entendimiento correcto de estos versículos depende de lo que creamos que significa la expresión “el Verbo” en este contexto. No puede referirse directamente a una persona, porque una persona no puede estar “con Dios” y al mismo tiempo ser Dios. La palabra griega ‘logos’ que aquí se ha traducido como “Verbo”, no significa en sí misma ‘Jesús’. Por lo general se traduce como “Verbo” o palabra, pero también como:
- relatocausa
- comunicación
- doctrina
- intención
- predicación
- razóndicho
- nuevas
Sólo se habla del “Verbo” como “él” porque ‘logos’ es masculino en griego. Pero esto no significa que se refiere a Jesús. La versión alemana (de Lutero) habla de “dast wort” (neutro); la versión francesa (de Segond) habla de “la parole” en femenino, mostrando que “el Verbo” no indica necesariamente una persona masculina. La versión católica ‘Douay’ traduce “la Palabra”.
“EN EL PRINCIPIO”
‘Logos’ puede referirse estrictamente al pensamiento interior que se expresa exteriormente en palabras y otra forma de comunicación. En el principio Dios tenía este ‘logos’. Este propósito singular estaba centrado en Cristo. Todo lo creado llegó a existir a causa del propósito que Dios tenía en Cristo –las estrellas, planetas, etc. fueron todas de algún modo creadas en conexión con el nacimiento, existencia y victoria de Cristo (y he aquí, por lo tanto, la humildad de Dios permitiendo el nacimiento y muerte de su Hijo en la forma en que lo hizo). Hemos mostrado como el Espíritu de Dios pone en actividad sus pensamientos interiores, lo que explica la conexión entre su Espíritu y su palabra (véase la Sección 2.2). Como el Espíritu de Dios desarrollaba su plan para los hombres e inspiraba desde el principio su palabra escrita, de ese modo comunicaba la idea de Cristo en su obra y palabras. Cristo era el ´logos’ de Dios, y por lo tanto el Espíritu de Dios expresaba el plan de Dios acerca de Cristo en todas sus actuaciones. Esto explica por qué tantos incidentes del Antiguo Testamento son típicos de Cristo. Sin embargo, no está demás recalcar que Cristo en persona no era “el Verbo” o la Palabra; “la Palabra” era el plan de salvación de Dios por medio de Cristo. ‘El logos’ (“la Palabra”) se usa con mucha frecuencia en relación con el evangelio acerca de Cristo –por ejemplo, “la palabra de Cristo” (Col. 3:16 compárese con Mt. 13:19; Jn. 5:24; Hch, 19:10; 1 Ts. 1:8, etc.). Note que el ‘logos’ es acerca de Cristo, más bien que sea personalmente él. Cuando Cristo nació, esta “palabra” se convirtió en una forma de carne y sangre –”y aquel Verbo [o Palabra] fue hecho carne” (Jn. 1:14). Jesús era personalmente ‘el verbo hecho carne’ más bien que ‘el Verbo’ o Palabra. Él llegó a ser personalmente ‘el Verbo’ o Palabra cuando nació de María, más bien que en cualquier tiempo anterior.
El plan, o mensaje, acerca de Cristo estuvo con Dios en el principio, pero fue claramente revelado en la persona de Cristo, y en la predicaciòn del evangelio acerca de él en el primer siglo. De modo que Dios nos declaró su palabra por medio de Cristo (He. 1:1,2). Una y otra vez se recalca que Cristo expresó las palabras de Dios y realizó milagros por la palabra o mandato de Dios a fin de revelarnos a Dios (Jn. 2:22; 3:34; 7:16; 10:32,38; 14:10,24).
Pablo obedeció el mandato de Cristo de predicar el evangelio acerca de él “a todas las gentes”. “La predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora… se ha dado a conocer a todas las gentes” (Ro. 16:25,26, compárese con 1 Co. 2:7). La vida eterna para el hombre solo fue posible por medio de la obra de Cristo (Jn. 3:16; 6:53,54); no obstante, en el principio Dios tenía este plan para ofrecer al hombre la vida eterna, sabiendo ciertamente del sacrificio que Jesús haría. La revelación completa de esa oferta sólo se produjo después del nacimiento y muerte de Jesús: “La vida eterna, la cual Dios… prometió desde antes del principio de siglos, y a su debido tiempo manifestó su palabra [de vida] por medio de la predicación” (Ti. 1:2,3). Hemos visto cómo se habla de los profetas de Dios como si siempre hubiesen existido (Lc. 1:70) en el sentido de que “la palabra” que ellos hablaban existió con Dios desde el principio.
Las parábolas de Jesús revelaron muchas de estas cosas; de ese modo él cumplió la profecía referente a sí mismo: “Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo” (Mt. 13:35). Fue en este sentido que “en el principio… el Verbo era con Dios”, pero “fue hecho carne” en el nacimiento de Cristo.
“EL VERBO ERA DIOS”
Ahora estamos preparados para considerar en qué sentido “el Verbo era Dios”. En esencia, nuestros planes y pensamientos somos nosotros mismos. ‘Me voy a Londres’ es una ‘palabra’ o comunicación que expresa mi propósito, porque es mi propósito. El plan de Dios en Cristo se puede entender de igual manera. “Porque cual es su pensamiento [del hombre] en su corazón, tal es él” (Pr. 23:7), y como piensa Dios es Dios mismo. Así la palabra o pensamiento de Dios esDios: “el Verbo [la palabra] era Dios”. Debido a esto, hay una asociación muy íntima entre Dios y su palabra; paralelismos como Salmos 29:8 son comunes: “Voz de Jehová que hace temblar al desierto; hace temblar Jehová el desierto” (compárese Sal. 56:4; 130:5). Declaraciones como “pero no me habéis oído, dice Jehová ” (Jer. 25:7) son comunes en los profetas. En verdad, Dios quiere decir: ‘Uds. no han escuchado mi palabra hablada por los profetas’. En realidad, algunas veces ‘Jehová’ ha de leerse como significando ‘la palabra de Jehova’ (ejemplo, 1 S. 3:8). Del mismo modo, “la Escritura” se ha de entender como significando ‘Dios’ (Ro. 9:17, compárese Ex. 9:16; Gá. 3:8). David tomó la palabra de Dios como su lámpara y luz (Sal. 119:105), no obstante también expresó: “Tú eres mi lámpara, oh Jehová; mi Dios alumbrará mis tinieblas” (2 S. 22:29), mostrando el paralelo entre Dios y su palabra. Por lo tanto, es comprensible que se personifique la palabra de Dios como si fuese él mismo, es decir, se habla de ella como si fuese una persona, aunque no lo es (véase la Digresión 5, ‘El Principio de Personificación).
Dios es la verdad misma (Jn. 3:33; 8:26; 1 Jn. 5:10), y por lo tanto la verdad de Dios también es la verdad (Jn. 17:17). De manera similar, Jesús se identifica a sí mismo con sus palabras tan íntimamente que él personifica su palabra: “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Jn.12:48). Jesús habla de su palabra como si fuese una persona literal, es decir, él mismo. Sus palabras fueron personificadas porque estaban tan íntimamente asociadas con Jesús.
La palabra de Dios también se personifica como una persona, es decir, Dios mismo, en Juan 1:1-3. De modo que, referente a la palabra, se nos dice: “Todas las cosas por él fueron hechas” (Jn. 1:3). Sin embargo, “creó Dios” todas las cosas por su palabra de mandato (Gn. 1:1). Debido a esto, se habla de la palabra de Dios como si fuese Dios mismo. La enseñanza devocional que se puede sacar de esto es que por medio de la palabra de Dios que está en nuestro corazón, Dios puede llegar muy cerca de nosotros. Dios habló de cómo Israel “profanó” el mandato de guardar el Sábado, y luego, de cómo lo profanaron a Él (Ez. 22:26). Él es Su palabra, y despreciar sus pensamientos es despreciarlo a Él. Nuestra actitud hacia Su palabra es nuestra actitud hacia Él. Así Saúl pecó “contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó” (1 Cr. 10:13).
Es evidente por Génesis 1 que Dios fue el creador, por medio de su palabra, y no Cristo en persona. Fue la palabra o Verbo, que se describe como que hizo todas las cosas, y no Cristo en persona (Jn. 1:1-3). “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos [es decir, las estrellas] por el aliento de su boca… él dijo y fue hecho” (Sal. 33:6,9). Incluso en el presente es por su palabra que se desarrolla la creación natural: “Él envía su palabra a la tierra; velozmente corre su palabra. Da la nieve como lana… enviará su palabra… y fluirán las aguas” (Sal. 147:15-18).
Como la palabra de Dios es su poder creativo, él la usó en el engendramiento de Jesús en el vientre de María. La palabra, el plan de Dios puesto en acción por su Espíritu Santo (Lc. 1:35), llevó a cabo la concepción de Cristo. María reconoció esto en su respuesta a las nuevas acerca de su inminente concepción de Cristo: “Hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lc. 1:38).
Hemos visto que el Espíritu o Palabra de Dios refleja su propósito, el cual ha sido declarado en todo el Antiguo Testamento. Hasta qué punto es cierto, se muestra en Hechos 13:27, donde se habla de Jesús en paralelo a las palabras de los profetas del Antiguo Testamento: “[Los judíos] no conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas”. Cuando nació Cristo, toda la palabra o Espíritu de Dios se expresó en la persona de Jesucristo. Bajo inspiración, el apóstol Juan se regocijó por el modo en que el plan de vida eterna de Dios se había expresado en Cristo, a quien los discípulos habían podido palpar y ver físicamente. Ahora reconoció que ellos habían estado manejando la palabra de Dios, su completo plan de salvación en Cristo (1 Jn. 1:1-3). Aunque nosotros no podemos ver físicamente a Cristo, también podemos regocijarnos de que por medio de un verdadero entendimiento de él, podemos conocer tan íntimamente el propósito de Dios para con nosotros y de ese modo podemos asegurarnos la vida eterna (1 P. 1:8,9). Debemos hacernos las preguntas: “¿Conozco realmente a Cristo?” Tan sólo aceptar que una vez existió un hombre bueno llamado Jesús no es suficiente. Por medio de un constante y piadoso estudio de la Biblia, es posible entenderlo prontamente como nuestro Salvador personal y nos relacionaremos con él por medio del bautismo. Él juzgará a los hombres en el día postrero, pero también la palabra será juez de ellos(Jn. 12:48). El fue la expresión perfecta de la esencia de la palabra de Dios. En ese sentido, él fue aquella palabra. él fue de manera completa la Palabra/mensaje que él predicó.
Dios el Hijo: Su Preexistencia
Siendo al mismo tiempo perfectamente humano y perfectamente divino, el Señor Jesucristo es semejante y a la vez distinto a los hijos de los hombres. Las Escrituras son muy claras respecto a la semejanza de Él con los humanos y lo presentan como a un hombre que nació, vivió, sufrió y murió entre los hombres.
Jn. 1:14 14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
1Ti. 3:16 16 E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en carne,
Justificado en el Espíritu,
Visto de los ángeles,
Predicado a los gentiles,
Creído en el mundo,
Recibido arriba en gloria.
He. 2:14-17 14 Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, 15 y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. 16 Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. 17 Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. 18 Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.
Pero de igual manera la Biblia enseña que Él es diferente a nosotros, no solamente en el carácter impecable de su vida terrenal, en su muerte vicaria y en su gloriosa resurrección y ascensión, sino también en el hecho maravilloso de su preexistencia eterna.
En cuanto a su humanidad, Él tuvo principio, pues fue concebido por el poder del Espíritu Santo y nació de una virgen. En cuanto a su divinidad, Él no tuvo principio, pues ha existido desde la eternidad. En Isaías 9:6 leemos: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado» La distinción es obvia entre el niño que nació y el Hijo que nos es dado.
Así también en Gálatas 4:4 se declara: «Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley» El que existía desde la eternidad, llegó a ser, en la plenitud del tiempo, «nacido (la descendencia) de mujer». Declarando que Cristo fue preexistente, meramente se afirma que Él existió antes de que se hubiera encarnado, puesto que todos los propósitos también afirman que Él existía desde toda la eternidad pasada. La idea de que Él era preexistente sólo en el sentido de ser el primero de todos los seres creados (la así llamada herejía arriana del siglo IV) no es una enseñanza moderna. Así las pruebas de su preexistencia y las pruebas para su eternidad pueden ser agrupadas juntas. Es también evidente que si Cristo es Dios, Él es eterno, y si Él es eterno, Él es Dios, y las pruebas para la deidad de Cristo y su eternidad se sostienen unas a otras.
La eternidad y deidad de Jesús es establecida por dos líneas de revelación:
1) Declaraciones directas, y
2) Implicaciones de la Escritura.
A. Declaraciones directas de la eternidad y deidad del Hijo de Dios.
La eternidad y deidad de Jesucristo están sostenidas en una vasta área de la Escritura , la cual afirma su infinita Persona y su existencia eterna igual con las otras Personas de la Trinidad. Este hecho no es afectado por su encarnación.
La Escritura declara en Juan 1:1-2: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.» De acuerdo a Miqueas 5:2: «pero tú, Belén Efrata, pequeño para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»
Isaías afirma su nacimiento virginal y le da el nombre de Emanuel, lo cual significa «Dios con nosotros».
Is. 7:14 14 Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.
De acuerdo a Isaías, aunque Jesús fue un niño nacido, Él fue también dado como un Hijo y es llamado específicamente «el Dios fuerte».
Is. 9:6-7 6 Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. 7 Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.
Cuando Cristo declaró en Juan 8:58: «De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy», los judíos entendieron que esto era una afirmación de la deidad y la eternidad.
Jn. 8:58-59 58 Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy. 59 Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo; y atravesando por en medio de ellos, se fue.
Ex. 3:14 14 Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.
Is. 43:13 13 Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará?
Cristo, en su oración, declaró:
Jn. 17:5 5 Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
Según el Apóstol Juan.
Jn. 13:3 3 sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba,
Filipenses 2:6-7 dice que Cristo fue «en forma de Dios» antes de su encarnación.
Fil. 2:6-7 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;
Una declaración más explícita se hace en Colosenses 1:15-19, donde se declara que Jesucristo es, antes de toda la creación, el Creador mismo, y la imagen exacta del Dios invisible.
Col. 1:15-19 15 El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. 16 Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. 17 Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; 18 y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; 19 por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud,
En 1 Timoteo 3:16 se declara a Jesucristo como «Dios… manifestado en carne».
1Ti. 3:16 16 E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en carne,
Justificado en el Espíritu,
Visto de los ángeles,
Predicado a los gentiles,
Creído en el mundo,
Recibido arriba en gloria.
En Hebreos 1:2-3 el hecho de que el Hijo es el Creador y la exacta imagen de Dios se declara nuevamente, y su eternidad se afirma en He. 13:8 (cf. Ef. 1:4; Ap. 1:11).
He. 1:2-3 1 Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; 3 el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,
He. 13:8 8 Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.
Ef. 1:4 4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,
Ap. 1:11 11 que decía: Yo soy el Alfa y la Omega , el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea.
La Escritura declara muy a menudo que Cristo es eterno y que Él es Dios. La educación contemporánea, la cual acepta la Biblia como la autoridad irresistible con excepción de algunas sectas-, afirma la eternidad y deidad de Cristo.
B. Implicaciones de que el Hijo de Dios es eterno.
La Palabra de Dios constante y consistentemente implica la preexistencia y eternidad del Señor Jesucristo. Entre las pruebas obvias de este hecho pueden resaltarse varias:
1. Las obras de la creación son adjudicadas a Cristo. Por lo tanto, Él antecede a toda la creación.
Jn. 1:3 3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
Col. 1:16 16 Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.
He. 1:10 10 Y:
Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra,
Y los cielos son obra de tus manos.
2. El Ángel de Jehová, cuya apariencia se recuerda a menudo en el Antiguo Testamento, no es otro que el Señor Jesucristo. Aunque Él aparece algunas veces como un ángel o aun como un hombre, Él lleva las marcas de la deidad.
Él apareció a Agar.
Gn. 16:7 7 Y la halló el ángel de Jehová junto a una fuente de agua en el desierto, junto a la fuente que está en el camino de Shur.
A Abraham
Gn. 18:1 1 Después le apareció Jehová en el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día.
Gn. 22:11-12 11 Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí. 12 Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.
Jn. 8:58 58 Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.
A Jacob.
Gn. 48:15-16 15 Y bendijo a José, diciendo: El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, 16 el Ángel que me liberta de todo mal, bendiga a estos jóvenes; y sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y multiplíquense en gran manera en medio de la tierra.
Gn. 31:11-13 11 Y me dijo el ángel de Dios en sueños: Jacob. Y yo dije: Heme aquí. 12 Y él dijo: Alza ahora tus ojos, y verás que todos los machos que cubren a las hembras son listados, pintados y abigarrados; porque yo he visto todo lo que Labán te ha hecho. 13 Yo soy el Dios de Bet-el, donde tú ungiste la piedra, y donde me hiciste un voto. Levántate ahora y sal de esta tierra, y vuélvete a la tierra de tu nacimiento.
Gn. 32:24-32 24 Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. 25 Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. 26 Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. 27 Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. 28 Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. 29 Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí. 30 Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma. 31 Y cuando había pasado Peniel, le salió el sol; y cojeaba de su cadera. 32 Por esto no comen los hijos de Israel, hasta hoy día, del tendón que se contrajo, el cual está en el encaje del muslo; porque tocó a Jacob este sitio de su muslo en el tendón que se contrajo.
A Moisés.
Ex. 3:2, 14 2 Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. 14 Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.
A Josué.
Jos. 5:13-14 13 Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? 14 El respondió: No; más como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo?
Y a Manoa
Jue. 13:19-22 19 Y Manoa tomó un cabrito y una ofrenda, y los ofreció sobre una peña a Jehová; y el ángel hizo milagro ante los ojos de Manoa y de su mujer. 20 Porque aconteció que cuando la llama subía del altar hacia el cielo, el ángel de Jehová subió en la llama del altar ante los ojos de Manoa y de su mujer, los cuales se postraron en tierra.21 Y el ángel de Jehová no volvió a aparecer a Manoa ni a su mujer. Entonces conoció Manoa que era el ángel de Jehová. 22 Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto.
Él es quien lucha por los suyos y los defiende.
2R. 19:35 35 Y aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová, y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil; y cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos
1Cr. 21:15-16 15 Y envió Jehová el ángel a Jerusalén para destruirla; pero cuando él estaba destruyendo, miró Jehová y se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que destruía: Basta ya; detén tu mano. El ángel de Jehová estaba junto a la era de Ornán jebuseo. 16 Y alzando David sus ojos, vio al ángel de Jehová, que estaba entre el cielo y la tierra, con una espada desnuda en su mano, extendida contra Jerusalén. Entonces David y los ancianos se postraron sobre sus rostros, cubiertos de cilicio.
Sal. 34:7 7 El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen,
Y los defiende.
Zac. 14:1-4 1 He aquí, el día de Jehová viene, y en medio de ti serán repartidos tus despojos. 2 Porque yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén; y la ciudad será tomada, y serán saqueadas las casas, y violadas las mujeres; y la mitad de la ciudad irá en cautiverio, mas el resto del pueblo no será cortado de la ciudad. 3 Después saldrá Jehová y peleará con aquellas naciones, como peleó en el día de la batalla. 4 Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande; y la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur.
3. Los títulos adjudicados al Señor Jesucristo indican la eternidad de su Ser. Él es precisamente lo que sus nombres sugieren. Él es «el Alfa y Omega», «el Cristo», «Admirable», «Consejero», «Dios fuerte», «Padre eterno», «Dios», «Dios con nosotros», el «gran Dios y Salvador» y «Dios bendito para siempre». Estos títulos identifican al Señor Jesucristo con la revelación del Antiguo Testamento acerca de Jehová-Dios.
Comparar:
Mt. 1:23 23 He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,
Y llamarás su nombre Emanuel,
que traducido es: Dios con nosotros.
Is. 7:14 14 Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.
Mt. 4:7 7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.
Dt. 6:16 16 No tentaréis a Jehová vuestro Dios, como lo tentasteis en Masah.
Mr. 5:19 19 Más Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.
Sal. 66:16 16 Venid, oíd todos los que teméis a Dios,
Y contaré lo que ha hecho a mi alma.
Mt. 22:42-45 42 diciendo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David. 43 El les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo:
44 Dijo el Señor a mi Señor:
Siéntate a mi derecha,
Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?
45 Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo? 46 Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.
Sal. 110:1 1 Jehová dijo a mi Señor:
Siéntate a mi diestra,
Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
Además, los nombres que el Nuevo Testamento le da al Hijo de Dios se hallan íntimamente relacionados con los títulos del Padre y del Espíritu, lo que indica que Cristo está en un plano de igualdad con la Primera y la Tercera Personas de la Trinidad.
Mt. 28:19 19 Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
Hch. 2:38 38 Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.
1Co. 1:3 3 Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
2Co. 13:14 14 La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén.
Jn. 14:1 1 No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.
Jn. 17:3 3 Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.
Ef. 6:23 23 Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo.
Ap. 20:6 6 Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.
Ap. 22:3 3 Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán,
Y explícitamente Él es llamado Dios.
Ro. 9:5 5 de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.
Jn. 1:1 1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Tito. 2:13 13 aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,
He. 1:8 8 Más del Hijo dice:
Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo;
Cetro de equidad es el cetro de tu reino.
4. La preexistencia del Hijo de Dios se sobreentiende en el hecho de que Él tiene los atributos de la Deidad :
Vida.
Jn. 1:4 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Existencia en sí mismo.
Jn. 5:26 26 Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;
Inmutabilidad.
He. 13:8 8 Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.
Verdad.
Jn. 14:6 6 Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Amor.
1Jn. 3:16 16 En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.
Santidad.
He. 7:26 26 Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos;
Eternidad.
Col. 1:17 17 Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;
He. 1:11 11 Ellos perecerán, mas tú permaneces;
Y todos ellos se envejecerán como una vestidura,
Omnipresencia.
Mt. 28:20 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Omnisciencia.
1Co. 4:5 5 Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.
Col. 2:3 3 en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.
Y Omnipotencia.
Mt. 28:18 18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
Ap. 1:8 8 Yo soy el Alfa y la Omega , principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.
5. De igual manera, la preexistencia de Cristo se sobreentiende en el hecho de que Él es adorado como Dios.
Jn. 20:28 28 Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!
Hch. 7:59-60 59 Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. 60 Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.
He. 1:6 6 Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice:
Adórenle todos los ángeles de Dios.
Por lo tanto, se concluye que siendo el Señor Jesucristo Dios, Él existe de eternidad a eternidad. Este capítulo, que recalca la Deidad de Cristo, debe estar inseparablemente relacionado con la doctrina de la humanidad del Hijo de Dios, realizada a través de la encarnación.
bibliografia consultada
La muerte espiritual de Cristo – base escritural y teologica
30 mar 2010 Comentarios desactivados
in Cristianismo, Cristo, Cristología
Está en ingles, pero en cuanto pueda lo traduzco, este estudio contiene los mejores comentarios cristianos historicos que hablan sobre el tema, la negación de la muerte total de Jesus es algo nuevo, algo del siglo XX en que cayeron algunos por culpa del protestantismo neoortodoxo y modernista que pretende negar lo sobrenatural de la escritura, como la existencia del infierno, los angeles, los demonios, el diablo, el regreso de Jesús etc. Asi mismo quieren negar que Jesús fue al hades y ahi derrotó por completo el hades y la muerte.
Parte 1
http://www.victoryword.100megspop2.com/tenrsn/jds/tenrsn3.htm
Parte 2:
http://www.victoryword.100megspop2.com/tenrsn/jds/tenrsn3_1.htmll
Parte 3:
http://www.victoryword.100megspop2.com/tenrsn/jds/tenrsn3_2.html
En el principio era el Verbo
26 dic 2009 Comentarios desactivados
in Creación, Creador, Creador del Universo, Cristo, Cristología, Teología
Impresionante vista de la Vía Láctea desde California, Estados Unidos. Foto tomada por Tony Hallas (víaAPOD)
“En el principio era el Verbo” – es el Verbo que me hace comprender que era Dios y que es eterno.
“En el principio era el Verbo . ¿Quién lo dice?. Juan el pescador. No lo dice, sin embargo, como simple pescador, sino por así decir como pescador de los sentimientos humanos, porque ya no debía coger pescados sino vivificar a los hombres. Lo que dice no es sólo una enseñanza suya, sino una enseñanza de quien le ha dado el poder de vivificar. El pescador era más silencioso que los peces que cogía antes y mudo acerca de los misterios divinos porque no conocía al autor de su voz. Pero cuando fue vivificado por Cristo oyó la voz en Juan y reconoció la palabra en Cristo. Por eso lleno del Espíritu Santo, Juan sabía que el principio no entra en el tiempo, sino que está sobre el tiempo: dejó los siglos y subiendo con el espíritu más allá de todo principio, dijo: En el principio era el Verbo [...].
Y el Verbo estaba junto a Dios. Esto significa que cuanto había dicho antes se debe entender en el sentido de que el Verbo era como era el Padre, porque de siempre era con el Padre, en el Padre y junto al Padre. [...] Es propio del Verbo estar junto al Padre, como es propio del Padre estar junto al Verbo, ya que leemos que el Verbo estaba junto a Dios. Si por tanto, según tu opinión, era un tiempo en el que no era, según tu opinión en el principio tampoco era aquel junto al que estaba el Verbo. Es el Verbo el que me lo dice, es el Verbo el que me hace comprender que era Dios. Si creo, como creo, que el Verbo es eterno, no puedo dudar de la eternidad del Padre, cuyo Hijo es eterno.”
S. Ambrosio, De Incarnationes dominicae sacramento (III, 15-18)
En el Principio fue el Verbo. Palabra versus Signo
(al principio: la paradoja del tiempo)
“Al principio Creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.” [i]
Al principio… es decir: hubo principio. He aquí un viejo debate filosófico que la ciencia moderna no ha dejado de retomar una y otra vez: ¿Hubo alguna vez un primer principio antes del cual no había nada?[ii]
Se trata de la eterna paradoja del tiempo: desde que pensamos el tiempo, la experiencia como encadenada en un devenir, tendemos a acotarlo entre un principio y un fin y a la vez, inevitablemente nos preguntamos qué hubo antes del principio y qué puede haber después del final.
Se trata de un problema, sin duda, pero sólo para esa especie que se plantea problemas, es decir, la especie humana. Sólo para ella existe el tiempo, sencillamente porque lo inventa. Y porque lo hace, se pregunta por él. Y ésta es la paradoja de la respuesta: que siempre abre una nueva pregunta. De manera que la interrogación permanece siempre abierta.
(lo real es)
Pero nada de esto tiene que ver con lo real. Lo real está ahí, es. Con independencia de toda conciencia que pretenda pensarlo.
Se diferencia netamente, por eso, de esa otra cosa que llamamos la realidad: el mundo en tanto ordenado, pensable, inteligible para esa especie, la nuestra, que se obceca en pensarlo.
Lo real es. Seguramente es ésta la definición más precisa, aunque también la más difícil, de lo real. En ella, el verbo ser, debe escucharse en su modalidad puramente intransitiva, es decir, aquella que rechaza cualquier predicado. Lo real, entonces, como aquello que es refractario a toda predicación, a toda explicación y a toda inteligibilidad.
(lo real es lo incognoscible)
Podemos decir también: lo real es incognoscible —es, pues, lo incognoscible. Esta segunda es una definición menos precisa, ya que hace transitivo un verbo que aquí no debiera serlo y, así, dota de un atributo a algo que no puede tener ninguno. Pero, precisamente por eso, nos resulta algo más fácil de manejar.
Lo real aparece, ahora, como algo negativo, desde luego, pero con respecto a cierta positividad: la nuestra, la de nuestro yo en tanto conoce y predica esa negatividad. Lo real, entonces, como algo que es posible localizar fuera, en cierta exterioridad con respecto a aquel que lo piensa. La aparentemente más fácil comprensión de esta segunda definición depende del presupuesto antropomórfico que la regula. Yo, en tanto entiendo, en tanto me entiendo, localizo, fuera de mí, algo que, en el plano del entendimiento, se me niega, se me resiste.
Sin embargo, en esa misma medida, dificulta la aproximación a aquello de lo que se trata en lo real. Pues dado que mi Yo cree poder recubrir todo mi ser, tiende a ignorar que lo real también me habita. Que soy un cuerpo real en extremo resistente, refractario, opaco a mi Yo —a esa imagen en la que me pienso, me reconozco, me entiendo.
(lo real y la realidad: Kant)
En todo caso, la diferencia conceptual entre lo real y la realidad que proponemos puede encontrar así sus credenciales en la teoría del conocimiento de Kant, llamada crítica de la razón pura[iii], y que fue precisamente eso: una crítica, es decir, una definición de los límites del entendimiento mismo.
El que fue uno de los más grandes forjadores de la modernidad —nadie tan decisivo, después de Descartes, en la creación de las condiciones epistemológicas para la cristalización del discurso de la ciencia— formuló a esa misma Modernidad una advertencia que ésta, sin embargo, tiende constantemente a ignorar. La de que el conocimiento posee un límite más allá del cual se abre el ámbito, no por ello menos real, de lo incognoscible. Lo llamó la cosa en sí.
La primera consecuencia de este enunciado kantiano es el carácter antropomórfico del conocimiento humano: lo que conocemos es la cosa para mí, es decir, la cosa en tanto percibida y pensada a través de los aprioris que configuran el conocimiento mismo.
(semiótica: a priori)
Tanto desde el punto de vista semiótico, como desde aquel otro, tan próximo a él, que es el de la filosofía analítica —después de todo, ambas disciplinas reconocen su objeto en el lenguaje— la noción de apriori cobra un significado mucho más concreto y operativo del que pudo alcanzar en Kant. Pues los aprioris de nuestro conocimiento no son otros que los determinados por las características estructurales de nuestros lenguajes. —Después de todo, conocer algo es tratarlo, procesarlo a través de determinados códigos. Y de hecho eso son las ciencias que han hecho posible la Modernidad: códigos más precisos, más rigurosos, más capaces de procesar. Así, en Saussure[iv] y en Wittgenstein[v], casi simultáneamente, cristalizó la idea que descubre, en el lenguaje, la condición y la estructura de todo entendimiento.
Llevando esa comprensión hasta sus últimas consecuencias, Wittgenstein retomó a su manera la distinción kantiana: frente al mundo del lenguaje —el de la cosa para mí—, fuera de sus limites y escapando por ello a todo entendimiento, habría de situarse lo místico —el territorio de la cosa en sí. Es decir: más allá de la realidad —la del mundo que nuestros lenguajes configuran—, el territorio, ininteligible, de lo real.
Y así, la paradoja de los límites del tiempo —antes y después, principio y fin— retornaba en su forma espacial —dentro y fuera, más acá y más allá. Nada, en ello mismo, nuevo con respecto a Kant, quien ya lo había formulado expresamente en su primera antinomia, según la cual, a la razón le era imposible decidir entre dos tesis es sí mismas igualmente razonables y sin embargo contradictorias: la que demostraba la necesidad de un principio y un fin en el tiempo y en el espacio y la que, en cambio, demostraba su imposibilidad. Con la salvedad de que, esta vez, quedaba localizada la causa misma de la paradoja: ésta era explícitamente percibida como efecto del lenguaje en su intento de pensar la experiencia humana.
Es sabido el dictado con el que Wittgenstein cerró su Tractattus: de aquello, lo místico, por que escapaba a los limites del lenguaje que eran a la vez, necesariamente, los límites del mundo, nada podía y nada debía decirse.
(corregir a Wittgenstein)
Creemos, sin embargo, que Wittgenstein, quien tan bien supo aislar el origen del que toda paradoja procede —a la vez que nos ofreció su expresión quintaesenciada en forma de la paradoja de los límites del mundo del lenguaje—, al insistir en su negatividad —ese límite donde lo inteligible cesa—, fue incapaz de comprender su otra cara, digámoslo así, positiva. Y cometió por eso el error de decir que de eso, de lo que escapaba a los límites del lenguaje, nada podía ser dicho, cuando lo que debía haber dicho es que eso no podía ser entendido.
Su misma paradoja, como toda buena paradoja, es eso precisamente lo que hace: decir sobre lo real. Pues lo real aparece precisamente en ese filo de sinsentido que se encuentra en el punto de inflexión de toda paradoja: allí donde se cortan sin articulación posible dos cadenas discursivas en sí mismas perfectamente coherentes y articuladas.
Por el contrario: las paradojas —y no hay otras paradojas que las del lenguaje— deben ser tomadas muy en serio: no son juegos gratuitos del lenguaje; todo lo contrario, son las vías por las que el ser hablante, es decir, el ser configurado por el lenguaje, se aproxima a lo que está más allá de éste, es decir, a lo otro del lenguaje, a lo real.
(ensimismarse en la paradoja)
Pues es un hecho que cuando uno se ensimisma en una paradoja experimenta ese punto de sinsentido, ese vacío de significado donde cesa toda inteligibilidad.
Entonces sabe que hay algo que no puede entender. Llamemos la atención sobre la diferencia conceptual que así se traza: no lo entiende, pero lo sabe. Sabe, precisamente, que no lo entiende. Y hay un sabor para eso: el sinsentido se siente. Y es más: duele.
Ahí, en ese que es el punto de ignición de la paradoja, el sujeto sabe de lo real. Y en esa misma medida, propiamente, se ensimisma: sabe en ese punto en el que, porque no entiende, se quema —¿por qué no pensarlo con la metáfora del cortocircuito del fluido eléctrico, de ese fluido eléctrico que es el del lenguaje?—, sabe, en ese punto, de lo que de real hay en él.
(el tiempo)
El tiempo es pues una de las dimensiones a través de las que los hombres tratan de ceñir lo real, para poder vivirlo. Se trata por eso —Kant supo explicarlo con toda claridad— de un apriori de la razón. Es decir, si traducimos a Kant en términos semióticos, de un apriori del lenguaje.
Pues el tiempo es precisamente eso que la narratividad introduce en tanto una de las principales dimensiones configuradoras del lenguaje. Nace, por eso, de las series: antes / ahora / después, pasado / presente / futuro.
El tiempo, la duración, es una de las propiedades de la conciencia humana en tanto ésta, por estar configurada por el lenguaje, se sustantiva y se diferencia del mero sentir animal. —Pues sin duda el animal siente tanto como nosotros, incluso recuerda, pero no tiene conciencia de esos recuerdos como memoria, es decir, como algo perteneciente al pasado. Y es que seguramente, digámoslo de paso, la vivencia de la duración sólo nace con la estructura sintáctica del lenguaje, de los enunciados que lo conforman.
(principio primero)
Y bien, establecido el apriori del tiempo, este desencadena sus paradojas: si nada puede ser pensado fuera de la duración, todo debe tener un principio y un final, pero también debe haber un antes del principio y un después del final.
¿Es posible, entonces, hablar de un principio primero, absoluto?
Agotemos la paradoja: sin duda lo es y, sin embargo, siempre hay un antes del principio.
Un antes del principio absoluto es, necesariamente, un antes del comienzo del tiempo. Pero eso, a la luz de lo que acabamos de señalar, es un antes de que la conciencia comenzara a existir. Pues bien: en ese antes estaba lo real. O para ser más exactos: en ese antes estaba ya lo real.
Ahora bien, la conciencia, desde que existe, porque existe, trata de colonizar ese antes en que el tiempo no existía. Y vive Dios que lo hace: el tiempo se proyecta hacia atrás, por obra de la física y, especialmente, de la astrofísica.
Evidentemente, la paradoja no queda con ello suprimida, sino, tan sólo, proyectada hacia el pasado. Naciendo así esa bella mitología que es la del Big Bang. El momento inicial del universo astrofísico.
Pero la paradoja no puede cesar nunca, porque está inscrita en el apriori temporal mismo: antes del Big Bang, entonces ¿qué? Pues bien, digámoslo de nuevo: lo real.
Pero en todo caso porque, desde luego, la conciencia comenzó a existir en un momento dado, hubo un principio absoluto, independientemente de que antes estuviera ya lo real.
(lo real, la realidad, construcción)
Desde luego, la noción de lo real se nos resiste, no podría ser de otra manera: pues lo real es precisamente la resistencia del mundo a ser entendido. Sencillamente porque el mundo no ha sido hecho para ser pensado. Y por eso —he aquí una tercera definición— lo real es lo que se deduce de este mismo hecho: de que el mundo no está hecho para nosotros —es decir, entre otras cosas, para que nosotros lo pensemos.
Aceptar esa resistencia es precisamente aprender a usar la noción de lo real. Negarla, y negar con ella la noción misma de lo real, no es después de todo otra cosa que un gesto narcisista que hoy ya sólo pervive donde pervive el positivismo: en las ciencias humanas. Porque las otras, las duras, hace ya casi un siglo que renunciaron al positivismo y a su reconciliado mundo de la determinación absoluta: el principio de Indeterminación, la crítica de la causalidad y su sustitución por algo tan inquietante como la mera probabilidad, las nociones de entropía, caos, antimateria y agujero negro, delimitan el lugar de lo real con una decisión que debería abochornar a unas ciencias humanas todavía aferradas a la apacible inercia de los usos positivistas.
(delirio de la modernidad)
Ahora bien, es evidente que ese gesto narcisista constituye la cristalización de cierto delirio de la modernidad: el delirio de un mundo totalmente inteligible, es decir, totalmente dominable, absolutamente racionalizado. El delirio, en suma, de una realidad vuelta de espaldas a lo real, al modo de esos gestos del narcisismo infantil por los que el niño, sin más, niega lo que le desagrada.
Se trata, por lo demás, del delirio narcisista de la conciencia: delirarse en el centro de un mundo configurado para ella. Conviene anotar que es éste un delirio esencialmente nuevo: sólo ha podido cristalizar una vez que, en los textos de Occidente, ha desaparecido el lugar de lo sagrado. Pues una sociedad que concibe lo sagrado es una sociedad que asigna un lugar a lo incomprensible, a lo real.
Sólo el poder imaginario del delirio impide ver lo evidente: que hacemos lo que podemos para entender el mundo, pero que el mundo no está hecho para eso.
He aquí la principal virtud de la noción de lo real: que sólo a partir de ella, y por oposición a ella, la noción de realidad, es decir, de realidad humana, alcanza su justo valor. Pues la realidad es, precisamente, el resultado dinámico del costoso trabajo humano de construcción del mundo con esa herramienta de las herramientas que es el lenguaje:
Y es precisamente de ese proceso de construcción, de creación de la realidad por el lenguaje de lo que nos habla, con asombrosa precisión, el Génesis.
(Dios: acto de decir-crear)
Y bien:
“Al principio Creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.”
¿Qué hay al principio? El Génesis lo dice así: Al principio Creó Dios los cielos y la tierra.
Obsérvese que no se dice que al principio estuviera alguien llamado Dios y que, necesariamente luego, ese alguien se pusiera a crear cosas. No: lo que se dice es que el principio fue un acto de creación. De manera que parece más sensato pensar que Dios es el nombre mismo de ese acto.
Pues, ¿cómo crea Dios? A eso nos contesta el segundo párrafo del Génesis:
“Dijo Dios: «Haya luz»; y hubo luz. Y vio Dios ser buena la luz y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero.”
Dios crea, por tanto, diciendo: sólo porque Dios dijo «Haya luz» hubo, hay luz.
O bien, y no es ésta más que una manera más precisa de decirlo: ese acto de decir es localizado, nombrado en el texto bíblico con ese operador textual que es la palabra Dios.
(enunciación: Verbo)
De manera que, tomado al pie de la letra, el Génesis nos presenta la creación del mundo como un acto lingüístico, en su más pura expresión performativa (esa en la que, como Austin[vi] dijera, se hacen cosas con las palabras).
Así pues, el acto definitorio de Dios, en tanto creador de todo, pantocrator, es, muy exactamente, un acto de enunciación. Un acto de enunciación que crea el mundo enunciado. De manera que sólo hay mundo —enunciado— porque hay enunciación.
Es éste por cierto un tema que será retomado y reformulado con absoluta exactitud en el Prólogo del Evangelio de San Juan[vii]:
“Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.
“El estaba al principio en Dios.
“todas las cosas fueron hechas por él,
y sin El no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.”
Lo que debería ser escuchado al pie de la letra:
“todas las cosas fueron hechas por él, y sin El no se hizo nada de cuanto ha sido hecho”: el Verbo era Dios.
Es decir, El, Dios, era el Verbo.
(verbo: palabra-enunciación)
El Verbo, es decir, la palabra. Pero la palabra nombrada en su dimensión más activa: en esa dimensión de la acción —diríamos también de la praxis— que es la del verbo. Y bien: la acción por antonomasia del lenguaje es el decir y, en el decir, el nombrar, como ese movimiento fundador por el que el lenguaje recubre lo real configurando el mundo.
El Verbo es pues la palabra en su movimiento mismo de decir, de nombrar; en el movimiento, pues, de enunciación.
De manera que El Dios del Génesis es identificado como la palabra-enunciación, es decir, como la palabra que crea el mundo diciéndolo, nombrándolo, enunciándolo.
El Principio presupone pues el Verbo, pero no tanto temporal como lógicamente: sólo porque hay verbo hay principio. De manera que el principio es, necesariamente, el nacimiento del Verbo. Pues el principio nace con el primer acto de enunciación, con la primera palabra enunciada.
En tal contexto debemos leer el primer enunciado del Génesis: Al principio Creó Dios los cielos y la tierra.
(la palabra nace diferenciándose de lo real)
La palabra, en tanto nace, nace diferenciándose de lo real: es decir, nace afirmándose en su ser específico, en su diferencia con respecto a lo otro, a lo real.
O en otros términos: nace —el acto de enunciación— confrontándose a lo Real, como lo Otro.
Eso es, entonces, el Dios del Génesis: la palabra originaria, que por eso sólo se nombra a sí misma, diferenciándose de lo Otro: diferenciándose de eso otro que en el Génesis es designado como los cielos y la tierra.
(lo confuso: el caos, las tinieblas y el abismo)
Conviene que nos demos cuenta de cómo era eso:
La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.”
Eso, lo real, es lo confuso, es decir, aquello donde todo se confunde, aquello, por tanto, donde nada se distingue. Lo que puede, también, ser dicho así: lo confuso es, sencillamente, lo no cognoscible, pues conocer es dejar de confundir, poder diferenciar, discriminar y —pero sólo entonces— relacionar.
O dicho todavía de otra manera: lo real es el caos, el ámbito donde todo se da y sin embargo nada es consistente, pues nada garantiza la constancia, la presencia necesaria.
Es notable, por tanto, la caracterización que el Génesis traza de lo real: lo confuso, el caos, las tinieblas que cubrían la haz del abismo.
(la primera palabra: grito consciente de sí)
Frente a eso, frente a esas tinieblas que cubrían la haz del abismo, se hiergue, se enuncia la primera palabra.
¿Acaso es posible concebir esa primera palabra de otra manera que como un deíctico radical que designa, casi en forma de grito, esas tinieblas del abismo de lo real que la rodean? —pero, por primera vez, se trata de un grito consciente de sí, al modo de una interrogación radical del ser confrontado a lo real.
(Marx)
Karl Marx[viii] decía que era necesario invertir, poner sobre sus pies la dialéctica hegeliana. Y bien, si ésta concebía la materia como un momento del espíritu, la inversión radical de ese primer enunciado hegeliano exige concebir al espíritu como un momento de la materia, es decir, de lo real.
Lo que podría ser formulado así: en un momento dado surgió en el cosmos, por no se sabe qué golpe de azar, cierto espacio de conciencia. Pero desde el momento mismo en que surgió, surgió como algo dotado de cierta, desde luego frágil, autonomía.
Y ese momento, por dialéctico, abrió un movimiento; precisamente: el de la palabra en su dimensión creadora de conciencia y, en esa misma medida, de realidad.
(primera palabra, primer acto de conciencia diferenciado)
La primera palabra supone por tanto, necesariamente, el primer acto de conciencia diferenciado, consciente de sí: consciencia de una palabra que, por ser tal, es decir, por ser consciente de sí, se sabe diferente de aquello frente a lo que nace y con respecto a lo cual enuncia su interrogación radical.
Queda así trazado el primer significante o, más exactamente, la primera barra significante y, con ella, la primera articulación: la que separa a la primera palabra de lo real a lo que se confronta.
(la palabra crea el mundo: separa, nombra)
Y en el proceso que a partir de ello se desencadena, la palabra, literalmente, crea el mundo, la realidad humana, separando —es decir: introduciendo la barra significante en lo real— y nombrando:
“Dijo luego Dios: «Haya firmamento en medio de las aguas, que separe unas de otras»; y así fue. E hizo Dios el firmamento, separando aguas de aguas, las que estaban debajo del firmamento de las que estaban sobre el firmamento. Y vio Dios ser bueno. Llamó Dios al firmamento cielo, y hubo tarde y mañana, segundo día.”
Dios nombra y separa, separa y nombra. Separa para que haya cosas y les pone nombre, o bien —es después de todo lo mismo— pone nombre para que haya cosas separadas.
Es imprescindible, para comprender el génesis del mundo, de la realidad humana, prestar atención a lo que en ella introduce la palabra desde el momento mismo en que, naciendo en —de— lo real, se diferencia de ello: el significante.
(significante: sobrenatural, meta-físico)
Y por cierto que al significante, por ese su ser inmaterial que le reconociera Saussure, le corresponde bien uno de los que se consideran los atributos de Dios: el ser sobrenatural. Y, en esa misma medida, trascendente. Pues con su aparición creadora nace, diferenciándose del magma de lo real, ese espacio que es el de la realidad humana. El significante es por eso sobrenatural y, dando a la palabra su sentido primero, literal, metafísico. Y es que del significante, tal y como Saussure lo describe minuciosamente, debemos deducir que, por ser inmaterial, pura diferencialidad sin sustancia material, es, propia, literalmente meta-físico. Es decir: constituye una dimensión otra que la de lo físico. Precisamente: la dimensión del lenguaje.
Pues bien, es así como el significante, una vez introducido en lo real, opera: separando aguas de aguas, la luz de las tinieblas. Separando y, a la vez, necesariamente, nombrando —”Llamó Dios al firmamento cielo”.
Y por eso, porque el significante fue trazado sobre lo real, porque la palabra comenzó la labor de crear el mundo nombrándolo, enunciándolo, por eso y sólo por eso “hubo tarde y mañana, segundo día”. Y todos los otros días que, a éste, siguieron.
Y porque el significante actúa separando, porque los nombres se multiplican, nace una realidad ordenada, reconocible, donde las aguas se oponen a lo seco y donde todo ser queda bien clasificado según su especie.
(actualidad del Génesis hebraico)
Conviene, por tanto, atender a la actualidad del Génesis hebraico: en él se halla ya cristalizada la conciencia de ese poder racional de la palabra que se manifiesta tanto en la insistencia en el ordenamiento por especies, repetida a lo largo de todo el proceso de creación de las plantas y los animales, como en el rigor de su secuencia lógica —de lo más simple a lo más complejo— y narrativa —seis días sucesivos.
(conciencia de sí: el hombre —Díjose)
Ahora bien: la creación de la conciencia del mundo no puede dejar de ser, simultáneamente, la creación de la conciencia de sí. Por eso el sexto día, nace el hombre.
Y por cierto que el texto bíblico anota de dos maneras ese movimiento reflexivo que es el de la emergente conciencia de sí. En primer lugar, por el dato notable de que si para la creación de todo lo que no es el hombre, el enunciado que describe la acción del verbo divino es el de “dijo Dios…”, cuando de la creación del hombre se trata se hace bien patente la inflexión reflexiva: “Díjose entonces Dios…”
(a imagen y semejanza)
Pero ese movimiento reflexivo de la conciencia de sí se anota aún con mayor intensidad en lo que, entonces, díjose Dios:
“Díjose entonces Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza.”
No se trata, evidentemente, de que la imagen del cuerpo del hombre, su configuración física, esté modelada sobre la imagen de Dios, por la sencilla razón de que, como todo el mundo sabe, no existe tal cosa. Pues el Dios hebraico, conviene recordarlo ahora, carece de rostro: es, propiamente, invisible.
De nuevo nos sorprende, por tanto, la novedad, la actualidad del Génesis: en él puede leerse con toda precisión el hecho de que lo que hace al hombre hombre, más allá de su configuración corporal, es decir, animal, lo que lo diferencia de cualquier otra cosa, objeto o especie, es algo que está fuera del orden de las imágenes, ya que se trata de la palabra, de la dimensión misma del lenguaje.
Pues el hombre nace a imagen y semejanza de un Dios que carece de imagen, es decir, de un Dios que no es otra cosa que la palabra misma en el movimiento de su enunciación.
(reflexión de la luz de la palabra)
Pero no por ello debe ser considerada como gratuita la apelación a la temática de la imagen y la semejanza. Pues si en ella late sin duda la metáfora del espejo —en los espejos se construyen imágenes semejantes a las de aquello que ante ellos se encuentra colocado—, dado que no es posible postular isomorfismo visual alguno entre el hombre y el Dios hebraico, resulta obligado atender a ese mecanismo esencial que caracteriza a la construcción de la imagen especular. Es decir: el proceso de reflexión de la luz. —Y recuérdese que en toda la Biblia, pero especialmente en el Evangelio de San Juan, la luz es siempre la de la palabra.
Así escuchada, la metáfora especular resulta en extremo precisa: el hombre, es decir, la conciencia humana, nace como espacio de reflexión de la palabra. Es decir: como conciencia de sí de la palabra que construye la realidad humana. De manera que, a decir del Génesis, el hombre nace como efecto de la reflexión de la palabra en el acto mismo de la enunciación. Es decir, como sujeto de la enunciación.
(la tarea)
La mejor prueba de ello se encuentra en lo que hizo Dios el lunes siguiente a ese domingo en que descansó: como se sabe, creó el jardín del Edén y puso
“en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal.”
Y tras hacerle al hombre la advertencia de que de éste no comiera, porque entonces moriría
“Yahvé Dios trajo ante el hombre todos y cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo les llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diere. Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo…”
Párrafo éste que concreta el sentido de aquel otro, anterior a la creación del Paraíso, que hablaba del sexto día en el que dijo Dios aquello de
“Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominar sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra”.
Tal fue la tarea que el hombre recibió: este dominar del que aquí se habla encuentra su más plena dimensión en el nombrar, es decir, en el acto de mantener viva la presencia de la palabra en el mundo. —Lo que es en sí mismo un buen motivo de que, en español, se parezcan tanto las palabras hombre y nombre. Someter y dominar la tierra es participar de su creación prolongándola, perpetuándola como Dios ha enseñado, es decir, a golpe de palabra.
Para que el mundo, la realidad humana se sostenga y crezca, debe ser reenunciada, enunciada de nuevo cada vez, en cada nueva generación.
(emergencia de la conciencia: dimensión simbólica)
Estamos hablando de la emergencia de la conciencia, es decir, de la dimensión del ser que se sabe confrontado a aquello mismo de lo que se diferencia —de lo real. Pues bien, a esa dimensión que así nace, por obra de la palabra, desencadenada por el acto mismo de la enunciación, corresponde bien el nombre de dimensión simbólica —una dimensión del Lenguaje, en todo caso, diferente a su dimensión semiótica, tal y como la concebimos desde Saussure[ix].
(teoría general del lenguaje)
Pues Saussure dejó muy claro que la lingüística no era la teoría general del lenguaje, sino la teoría de lo que en él había de social, sistémico, convencional: la lengua.
Y por eso la semiología, la semiótica que él mismo esbozó no debía ser entendida como la teoría general del lenguaje, sino tan sólo como la teoría general de lo que en los lenguajes hay configurado sobre el modelo de la lengua, es decir, los sistemas de signos[x].
(teoría del habla: dimensión simbólica)
Resta, por tanto, para que una Teoría General del Lenguaje sea realmente posible, una teoría del habla.
Si ésta no ha terminado de nacer, ello ha sido debido tan sólo a una confusión en la lectura de Saussure, que ha conducido a pensar que el habla no sería después de todo otra cosa que la realización —la actuación, la puesta en práctica— de la lengua. De manera que de la comprensión del sistema de la lengua se deduciría totalmente la comprensión del habla.
Pues si eso es así, si el habla es la actuación de la lengua, lo es tan sólo desde el punto de vista de la lengua que es muy precisamente, como Saussure estableció, el punto de vista sistémico, estructural, sincrónico —es decir, después de todo: el propiamente semiótico.
Creemos llegado el momento de afirmar que, sin embargo, una Teoría General del Lenguaje no puede ignorar el punto de vista diacrónico, que es propiamente —también fue Saussure quien lo dijo— el del habla.
O en otros términos: la dimensión del habla aguarda a ser reivindicada. Pues esa dimensión, necesariamente diacrónica, se nos descubre ahora como la dimensión simbólica. Y también, por ello mismo, como la dimensión de la enunciación.
(la dimensión del habla: enunciación)
El límite, la paradoja de la problemática de la enunciación que Emil Benveniste[xi] introdujo en la lingüística moderna estriba en que fue formulada desde el interior de la semiótica y, por tanto, en términos sincrónicos.
Fue sin duda ésta una paradoja inevitable, pues resultaba de la introducción en la reflexión semiótica la cuestión de la subjetividad, cuando, como el propio Saussure había advertido, esa era una cuestión que pertenecía al ámbito del habla, pero en ningún caso al de la lengua —es decir, al de la semiótica.[xii]
(la enunciación y el límite de la estructura)
El punto de ignición de esta paradoja, la de la teoría semiótica de la enunciación, estriba en tratar de pensar como estructura sincrónica algo, el acto mismo de enunciación, que constituye, en sí mismo, una dimensión diacrónica y, por ello mismo, procesal y energética.
Tal es la paradoja: hablamos de estructura de la enunciación cuando lo que en el acto de enunciación se manifiesta es precisamente lo que, en el lenguaje, escapa a toda estructura —nos referimos al único acto de enunciación real que existe: el de cada cuerpo que, en un momento real del espacio y del tiempo, en un momento, por tanto, absolutamente singular, sin duda atravesado por el lenguaje —pero deberíamos añadir: contradictoriamente atravesado por él— genera una acto de enunciación y, al hacerlo, articula una palabra.
(dimensión semiótica / dimensión simbólica)
Pues bien, si la dimensión semiótica es la dimensión sincrónica, sistémica y objetivada del lenguaje, conformada por el sistema estructurado de signos independiente de la voluntad y de la subjetividad de los hablantes, la dimensión simbólica es, en cambio, la dimensión del habla, a la vez subjetiva y diacrónica. Es decir: es la dimensión misma de la palabra.
Y es que una palabra no es un signo: pues el signo es una entidad objetiva —obtiene su objetividad de la sanción intersubjetiva que le concede el formar parte de un código—, independiente del hablante, un hecho de significación convencional, dotado de significado objetivado.
La palabra, en cambio, es signo enunciado, pronunciado, proferido en un instante singular, real, del espacio y el tiempo por un cuerpo, por un sujeto no menos singular y real. Y por eso la dimensión de la palabra, la dimensión simbólica, es aquella en la que debe plantearse la cuestión del sentido —que, a diferencia del objetivado y codificado significado del signo, se halla enfocado a la experiencia, siempre singular, de un sujeto que afronta lo real.
(sentido)
Pues sólo hay sentido cuando los signos del lenguaje se encarnan en el acto de habla, en un cuerpo real, es decir, en el cuerpo real de un sujeto: sólo entonces algo puede ser sentido y, por eso, tener sentido.
Quisiéramos llamar la atención del lector sobre la trascendencia teórica de esta diferencia. Pues el redimensionamiento de lo que se juega en el habla —en la dimensión simbólica del lenguaje— obliga a reintroducir una cuestión capital de la que tanto la semiótica como su homóloga anglosajona, la filosofía analítica del lenguaje, se habían desprendido: la cuestión de la verdad.
Pues si en el orden lógico, sintáctico, sistémico del lenguaje sólo tiene sentido hablar de congruencia, de coherencia —la verdad reducida a tautología de Wittgenstein—,si en el orden de la realidad concebida tan sólo en su dimensión objetiva, empírica, sólo es dado hablar de objetividad, la cuestión de la verdad se nos descubre ahora como una cuestión que sólo encuentra su sentido en el ámbito del habla. Es decir: en el acto de enunciación: en el campo de la palabra.
Y, allí, lo encuentra, aunque de ello, demasiadas veces, los profesionales de la teoría no quieran saber nada.
Allí: en ese campo en el que cada uno de nosotros, sujetos, en el momento de hablar, sabemos que nos jugamos el acertar y decir la verdad —y entonces sabemos que decimos algo que merece la pena— o fallar. Y entonces mentir.
Lo que quisiéramos mostrar en el cierre de este texto es que, porque existe la verdad —en ese campo que es el suyo: en el de los efectos simbólicos de la palabra, en los actos de habla—, mentir supone siempre, inevitablemente, destruir un trozo del mundo.
(dimensión narrativa del lenguaje)
La dimensión del habla, la dimensión simbólica, es la dimensión diacrónica, es decir, la dimensión genética, genésica, del lenguaje.
Es decir, todavía: su dimensión narrativa.
Pero aquí, una vez más, una inversión de acento se hace imprescindible: si la semiótica narrativa lleva un par de décadas en punto muerto es precisamente a causa de sus indiscutibles avances: pues ha sabido hacer ver todo lo que en ella hay de estructura sincrónica, pero ha permanecido, en esa misma medida, incapaz de prestar atención a su dimensión diacrónica.
Y ha olvidado, así, algo esencial: que el relato, desde el momento en que nace —y ese momento no es otro que aquel en el que la conciencia del mundo se convierte en conciencia de sí, es decir, en sujeto— forja el tiempo en lo real.
El Génesis se nos descubre, así, como la crónica de la acción de la palabra que, por ser verbo, es esencialmente narrativa: forjadora en lo real, en un siempre duro, incesante combate.
(los dos árboles)
No podía ser de otra manera, pues los dos árboles que Dios puso “en el medio del jardín del Edén“, “el árbol de la vida y el árbol de la sabiduría del bien y del mal”, designan lo real.
El árbol de la vida, en su incesante metamorfosis sin sentido —quien lo dude que vea alguno de los admirables y desazonantes documentales que emite la 2 en las sobremesas— y el árbol de la sabiduría, del saber de ese punto donde el bien y el mal se confunden en el fondo de lo real.
(la manzana)
Por eso fue necesario dotarle al hombre de una compañera. Multitud de representaciones icónicas nos muestran así la conciencia escindida ante las dos figuras de lo humano, el hombre y la mujer, Adán y Eva, cada uno a uno y otro lado de ese árbol de la vida que es el árbol cuyo sabor —el de su manzana, esa misma que la mujer tiende hacia la boca del hombre— es el sabor de la confusión de lo real.
(supervivencia de la palabra)
La supervivencia de la palabra: esa es la cuestión que el Génesis plantea finalmente a modo de un relato que se desplegará a lo largo de la Biblia entera: el de la repetición del pacto entre Dios y los hombres —es decir, el pacto de los hombres en Dios, en su (la) palabra— cada vez que la entropía de lo real amenaza con disolverlo todo.
Y es también, por eso, la cadena narrativa forjada por los que, en cada generación, repiten, es decir, enuncian la palabra ya enunciada y, así, la reencarnan. La cadena, en suma, de los que repiten el nombre de Dios. La de los que repiten la alianza simbólica con/en la palabra.
(palabras que se ahuecan en signos)
Pues las palabras, si no son reenunciadas, si no se reencarnan, si no se resubjetivizan, se ahuecan, se vuelven signos tan objetivos —codificados—como vacíos.
Pensémoslo a través de un ejemplo bien próximo: el del ahuecamiento de la palabra democracia en éste nuestro país de países, España, que a su vez se quiere país de ese país más grande que podría llegar a ser Europa: a pesar de que tan sólo hace veinte años era vivida como una palabra densa, cargada de deseo, sentida verdadera —es decir, justa, necesaria, hasta el punto de que valía la pena la pena que causaba enunciarla—, hoy, tan poco tiempo después, es vivida por muchos no más que como un signo que no tiene otro significado que el que le concede cierta retórica del juego del poder.
(una cuestión fundamental)
Quizás la cuestión fundamental sea ésta: que sólo hay relato cuando se paga el precio de decir, de enunciar las palabras verdaderas.
¿Cuáles son las palabras verdaderas? —precisamente esas que mantienen vivo un relato que merezca la pena.
Y puede que en eso estribe lo más esencialmente humano: en la obcecación de los hombres en sostener su palabra frente a lo real.
Porque si esas palabras no se reencarnan, la realidad, nuestra realidad humana pierde sus más fuertes puntos de anclaje para quedar ya tan sólo tejida por los frágiles hilos de los signos. Y expuesta entonces, por carecer de toda densidad simbólica, a estallar en mil pedazos.
¿Acaso no es la de la Biblia la historia de sus profetas? Pues bien, esto son los profetas: los que repiten la palabra Dios y acto seguido, la introducen en lo real. Dicen: esto deberá realizarse.
Y así, a veces, desde luego no siempre, eso, finalmente, sucede. Es, en cierto modo, una cuestión de obcecación. —Es decir: es una cuestión de obcecación el que podamos tener un mundo, una realidad que pueda merecer la pena.
[i] Esta y todas las otras citas del Génesis que la seguirán proceden de la Sagrada Biblia, versión directa de las lenguas orientales, por Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O.P., Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1973
[ii] El origen de este texto se encuentra en una ponencia presentada en las VIII Jornadas Internacionales de Semiótica: Los relatos de los orígenes, Bilbao, 13/12/96.
[iii] Kant: Crítica de la razón pura, Losada, México.
[iv] Ferdinad de Saussure: Curso de lingüística general, Akal, Madrid, 1980.
[v] Wittgenstein: Tractatus logico-philosophicus, Alianza Universidad, Madrid, 1995.
[vi] John L. Austin: Ensayos filosóficos, Alianza, Madrid, 1989.
[vii] Sagrada Biblia, op. cit.
[viii] Karl Marx, 1867, El capital, Siglo XXI, Madrid, 1975.
[ix] lo que diferencia a las palabras de los signos. Y por cierto que no me refiero a la diferencia que va de la lingüística a la semiótica, de acuerdo con la cual las palabras serían un tipo de signos —los lingüísticos— entre muchos otros posibles.
Para evitar esa posible confusión, reformularé así la cuestión: lo que quiero es llamarles la atención sobre lo que diferencia a la palabra del signo lingüístico.
[x] Jesús González Requena: “El texto: tres registros y una dimensión, en Trama&Fondo, nº 1, Madrid, 1996.
[xi] Emile Benveniste, 1966, Problemas de lingüística general. II vols., Siglo XXI México, 1971.
[xii] Se trata, por lo demás, de una paradoja muy próxima a la que presidió el Congreso en el que este trabajo fue expuesto: pues es sin duda notable que la semiótica, una disciplina que nació de la postulación de una inteligibilidad sincrónica, estructural, y que por ello recusó como improductiva la pregunta por los orígenes, se haya visto abocada a dedicar un congreso a Los relatos de los orígenes.
fuentes: http://www.vatican.va/spirit/documents/spirit_20001215_ambrogio_sp.html
Jesús González Requena,www.tramayfondo.com/numeros_revista/5/0501jesus.doc








Libros electronicos gratis
Libros cristianos Gratis



Comentarios