El creacionismo divide a Estados Unidos

El creacionismo divide a Estados Unidos 

Febrero 20, 2009

clase

En las escuelas de EEUU está prohibido hacer proselitismo religioso

Público Digital

Charles Darwin sigue dando que hablar, 200 años después de su nacimiento. La efeméride del científico británico, autor de El origen de las especies se cumple mañana, y su teoría sobre la evolución y la selección natural continúa encendiendo ásperos debates. Una de las sociedades más polarizadas es la estadounidense, dividida entre los que piensan que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, tal y como cuenta la Biblia, y los que apuestan por la evolución a lo largo de los siglos.

La balanza se inclina ligeramente hacia el lado de los primeros. Así lo reflejan de forma coincidente diversas encuestas realizadas durante las últimas dos décadas. Las pequeñas variaciones en las cifras se deben, según los expertos, a la forma en cómo se plantean las preguntas. También se ha detectado cierta confusión entre los términos creacionismo el clásico sostiene que Dios creó al hombre y al mundo en una semana, tal y como narrael Génesis y evolucionismo basado en las teorías de Darwin. A ambos hay que sumar el de diseño inteligente, que niega al naturalista británico al señalar que el desarrollode formas de vida tan complejas como las que conocemos no se ha podido dar mediante la evolución si no por la intervención de una fuerza superior, un diseñador.

Explicar las dos visiones

Los sondeos más recientes, de Gallup en 2005 y del Pew Research Center en 2006, arrojan números parecidos: el primero señala que el 44 % de los ciudadanos favorece el creacionismo y el segundo lo cifra en un 42 %. Por el contrario, los estadounidenses que creen en la evolución suman el 26 %, según el Pew, y el 14%, de acuerdo con Gallup. Pero en esta brecha tiene que ver la forma en cómo se formulan las preguntas. Por ejemplo, la encuesta de Gallup ofrece tres opciones, dos de ellas sugieren la intervención de Dios en la creación y la otra la niega de forma tajante. De ahí que, según los expertos, en una sociedad mayoritariamente fundada en creencias religiosas la balanza se incline hacia los creacionistas. La del Pew Research Center no menciona expresamente a Dios, dando más margen a una interpretación científica. Además, dentro de los creacionistas hay quienes admiten algún grado de evolución.

Sobre la polémica batalla que libran los creacionistas para que sus teorías se puedan enseñar en las escuelas públicas algo que está ahora prohibido por hacer proselitismo de una religión en concreto, la mayoría de los estadounidenses, alrededor de un 60%, está a favor de que se expliquen las dos visiones. Un 38 % quisiera que solo se enseñara el modelo creacionista.

La confianza en Darwin por religiones

- 81% de los budistas: los ciudadanos estadounidenses que practican el budismo son, según la encuesta del Pew Research Center, los que creen en mayor porcentaje en la teoría de la evolución, con un 81%. Los hindués (80%) y los judíos (77%) les siguen a escasa distancia.

- 58% de los católicos: los creyentes católicos piensan, en su mayoría (58%), que la teoría de la evolución “es la que mejor explica los orígenes de la vida en la Tierra”, según formula la pregunta de la encuesta. Los protestantes les siguen, con un 51%.

- 8% de los testigos de Jehová: menos del 10% de los Testigos de Jehová que viven en EEUU cree en la teoría de la evolución formulada por Darwin.

Visto en oldearth.wodpress.com

Ciencia y Biblia

Ciencia y Biblia

José Ángel Fernández, España

Esta semana he visto una entrevista curiosa. Ha sido con un doctor en astrofísica que forma parte del Museo de la Creación (Creation Museum) de Kentucky, un museo creado por los creacionistas norteamericanos con la intención de mostrar cómo fueron los primeros años después de la creación del mundo. Si paseamos por el museo lo que encontramos es una tremenda mezcla de ideas sin ninguna base científica para apoyarla a excepción de lo que leemos literalmente en algunos libros de la Biblia. En la entrevista se pudo escuchar una gran contradicción, un argumento circular típico de aquellos científicos que pretenden mantener una lectura literal de los textos bíblicos. “Si encontraras que las evidencias científicas te llevan en una dirección contraria a la lectura que haces de los textos bíblicos, ¿qué harías?”, se le pregunta al doctor en astrofísica. Y este responde: “Yo soy científico porque la Biblia apoya la ciencia; Dios nos ha dado este mundo y nos ha dado una razón para buscar e investigar respuestas en él. Sin embargo, si las claras evidencias científicas me llevaran en dirección contraria a mi lectura de la Biblia, me quedaría con la Biblia”. Uno se queda un tanto frío ante la respuesta de este doctor creacionista: si sólo podemos aceptar las evidencias científicas que no contradicen nuestra lectura literal de la Biblia, ¿para qué vamos a investigar en absoluto? ¡Quedémonos con la Biblia y dejemos la ciencia a un lado! (con todas las consecuencias que ello implica).

Por si acaso alguien no lo sabe, los creacionistas son cristianos que ven la necesidad de elegir entre las teorías científicas y la verdad bíblica y reaccionan de forma bastante fuerte en contra de aquellos que se limitan a aceptar una armonización entre ambas. Y esta necesidad de elegir entre ellas alcanza un punto muy caliente cuando hablamos de la teoría de la evolución de Darwin. Como escribe Henri Morris, un conocido autor creacionista:

Uno puede ser cristiano y evolucionista, tanto como uno también puede ser un cristiano ladrón, o un cristiano adúltero, o un cristiano mentiroso. Es absolutamente imposible que aquellos que declaran creer en la Biblia y seguir a Cristo puedan aceptar la evolución”.

El concepto de evolución aún llena el corazón de muchos cristianos de asco y repulsión porque, según dicen, no hace una distinción clara entre los seres humanos y el resto de los animales y porque no parece hacer justicia al relato de la creación en el libro del Génesis. Algunos van incluso más lejos. Para Ken Ham, otro autor creacionista, la teoría de la evolución “destruye el mismo mensaje del evangelio”. Para Ham los cristianos que aceptan la evolución “probablemente no han pensado bien acerca de las consecuencias lógicas de esa posición”. Según argumenta este autor, la evolución contradice las afirmaciones claras e inequívocas que aparecen en el libro del Génesis acerca de Adán y Eva y el origen del pecado y la muerte:

La Biblia enseña claramente que cuando Dios creó a Adán y Eva el mundo era perfecto. No había muerte ni derramamiento de sangre. Pero por el pecado de Adán Dios trajo la muerte como juicio del mundo… Si crees en la evolución has de creer que Dios usó muerte y derramamiento de sangre a través de los siglos, durante millones de años, como medio para crear al ser humano. Esto destruye el mensaje del evangelio. La respuesta está en el Génesis – no hay lugar para la evolución en la Biblia”.

Algo similar encontramos en los escritos de D.T. Gish, otro escritor creacionista:

“Nadie de esos que creen en la evolución, sean ateos, teístas o cualquier otra cosa, creen también en el relato bíblico de la creación de Eva. Es rechazado como un relato falso porque, según dicen, el hombre y la mujer evolucionaron juntos de algún tipo de criatura con forma de mono durante millones de años. Simplemente deciden no creer las Escrituras en este punto. Sin embargo, los autores del Nuevo Testamento apoyan plenamente la verdad literal del relato de la creación de Eva”.

Me consta que esta forma de pensar no es, ni mucho menos, un fenómeno puramente norteamericano o que existe únicamente en esas iglesias del otro lado del charco sino que abunda también en nuestras iglesias evangélicas. Me atrevería incluso a decir que esta forma de pensar, lejos de estar en decadencia, está creciendo en las iglesias. De hecho, y a modo de prueba, si entramos en muchas librerías evangélicas y buscamos libros que traten el tema de la evolución desde un punto de vista cristiano, la gran mayoría de libros que encontramos proceden de una única perspectiva que considera la teoría de la evolución como errónea y contraria a los relatos bíblicos, eliminando así de sus estanterías la amplia gama de posturas que existen dentro del Cristianismo, algunas de ellas contrarias pero otras favorables al concepto de la evolución. No deja de ser triste que en muchos casos tengamos que aprender otros idiomas y salir de España (o quizá entrar en librerías procedentes de otras ramas del Cristianismo distintas a la protestante) para encontrar libros escritos por científicos cristianos que aceptan la teoría de la evolución y que, de hecho, no ven ningún conflicto entre ciencia y fe. Es muy preocupante el hecho de que un joven cristiano tenga que comprar libros de no creyentes para ser informado acerca de temas como la evolución desde un punto de vista equilibrado y científico por no tener acceso a libros de autores cristianos y evolucionistas como Francis Collins, John Polkinghorne, Alister McGrath o Kenneth Miller. Resulta ciertamente irónico que el propio Calvino, uno de los padres de la Reforma, comentara en su tiempo acerca de cuánto envidiaba a aquellos que podían estudiar fisiología y astronomía, ya que tal estudio permitía un contacto directo con las maravillas de la creación de Dios. Me da la impresión de que gran parte del Cristianismo evangélico de hoy, hijo de aquella Reforma, ha decidido olvidar ese amor por la ciencia por miedo a perder una falsa seguridad intelectual que mantiene su fe viva.

Sería bonito – y digno – que las librerías cristianas, precisamente aquellos centros destinados a ofrecernos y mostrarnos sin ningún tipo de polarización la amplia gama de posibilidades que existe hoy día dentro del Cristianismo para que podamos tomar una decisión informada acerca de lo que queremos creer, tuvieran en sus estanterías libros que trataran el tema de la evolución desde un punto de vista cristiano y desde varias perspectivas distintas, tanto positivas como negativas. Visto que muchas de estas librerías no están por la labor, vamos necesitando ya grupos cristianos que tomen la responsabilidad de traducir y escribir libros y artículos orientados a informar a los cristianos de que el Cristianismo es mucho más variado y ofrece lecturas muy diversas tanto de los relatos bíblicos como de la relación entre ciencia y fe. Y si cerramos nuestros ojos a esta necesidad en nuestro afán por proteger la visión unidimensional que conocemos y que queremos fomentar a nuestro alrededor nos arriesgamos a generar un Cristianismo poco informado y capaz de atraer únicamente a aquellos que prefieren respuestas precocinadas a hacer el esfuerzo de pensar por sí mismos.

Fuente: Ciencia y Biblia

La física de la materia ordinaria produce la conciencia

La física de la materia ordinaria produce la conciencia

El descubrimiento del quinto estado de la materia y otros fenómenos de macrocoherencia cuántica posibilitan una neurología cuántica de la mente

Hace más de un siglo que la física comenzó a cuestionar la naturaleza corpuscular de la materia. El nacimiento de la física cuántica abrió nuevos horizontes científico-filosóficos con una novedosa visión de la materia. Cada intento por escudriñar el último rincón profundo de la materia para encontrar un último reducto corpuscular abre nuevas empresas que cuestionan la idea de partícula elemental. Actualmente los conceptos de la Teoría Cuántica de Campos se ordenan en una nueva interpretación de la materia con mayor énfasis en su naturaleza campal. El descubrimiento del quinto estado de la materia y otros fenómenos de macrocoherencia cuántica son evidencias empíricas de un comportamiento coordinado de la materia con importantes consecuencias para una futura neurología cuántica de la mente. Por Manuel Béjar.

Observación directa de la condensación Bose-Einstein. MIT.
La historia moderna de la física de partículas comienza a finales del siglo XIX cuando grandes físicos comienzan a romper la materia en pequeños laboratorios. Es la época del descubrimiento del electrón en Cambridge mientras J. J. Thomson trabajaba con rayos catódicos. La baja energía de estos rayos fueron suficiente para arrancar electrones de la prisión atómica. Desde que Dalton propusiera su teoría atómica para explicar las propiedades físico-químicas de los gases a comienzos del XVIII, el concepto de materia formada por entidades fundamentales indivisibles era bien parecido a la clásica idea de Demócrito en el siglo V a.C. Durante dos largos milenios la humanidad confió en una interpretación reduccionista y corpuscular de la materia. Con los trabajos de Thomson se abrió la veda a una sucesión de experimentos que refutaron la indivisibilidad del átomo. La historia empezó a cambiar. 

La era nuclear de la primera mitad del siglo XX

El descubrimiento de la radiactividad sirvió de nueva fuente energética para bombardear la estructura atómica con partículas radiactivas de energía un millón de veces superior a la de los rayos catódicos. Esta energía fue suficiente para que Rutherford y Chadwick identificaran al protón y al neutrón en la prodigiosa década de los veinte. En el primer tercio del siglo XX el hombre alcanzó la frontera nuclear y descubrió que el átomo es un denso núcleo de protones y neutrones, protegido por una pantalla de electrones. Siendo el electrón la primera partícula atómica descubierta resulta comprensible por qué fue la electrodinámica la pionera teoría cuántica de campos. La segunda era de la física de partículas se propuso el reto de penetrar la esfera nuclear. Pero, ¿cómo conseguir la energía?

La mirada se puso en el cielo. Con frecuencia la Tierra es bombardeada por rayos cósmicos procedentes del espacio exterior. La energía media de estos rayos es suficiente para romper el núcleo atómico y poder observar su interior. Sin embargo, es imposible predecir el lugar y el momento exactos donde caerá un rayo cósmico. Fue en los años sesenta cuando la tecnología de los aceleradores de partículas consiguió controlar energías de alcance nuclear. El resultado fue el descubrimiento de dos nuevas interacciones físicas de mayor y menor intensidad que la electromagnética: la nuclear fuerte y la nuclear débil.

Bajo estas condiciones energéticas impuestas por los experimentadores el protón sufre una resonancia inexplicable para una partícula fundamental. Se descubrió que el protón no era una partícula elemental como a Demócrito le hubiese gustado. Cada protón está constituido por tres quarks ligados por interacción fuerte residual. Entre 1977 y 1996 se ha confirmado experimentalmente la existencia de seis tipos de quarks que, además de carga eléctrica, tienen carga electrodébil, de sabor y de color. El primero y último de ellos, los quarks b y t, se descubrieron en el Fermilab de Chicago.

Los aceleradores de partículas rompen la barrera nuclear

Con energías aún mayores, en las profundidades subnucleares las partículas experimentan la interacción débil. De menor alcance e íntimamente relacionada con la electromagnética, la interacción débil causa las desintegraciones nucleares más fácilmente detectables, las desintegraciones beta de protones y neutrones. Fue Fermi quien dio nombre a una nueva partícula resultante de estas interacciones: el neutrino. Los neutrinos son exóticas partículas de masa despreciable, predichas por Pauli en los años treinta y descubiertas en 1956 por los nobel en física, Clyde Cowan y Frederick Reines.

El carácter fundamental de las partículas es un concepto histórico que depende de la energía máxima de los aceleradores del momento. A energías próximas a la de los modernos aceleradores, toda la materia ordinaria o fermiónica se compone de tres tipos de partículas: electrones, neutrinos y quarks. A diferencia de electrones y neutrinos, los quarks nunca se dejan ver solos, sino formando dúos o tríos. El protón es el producto resultante de la interacción de un quark d y dos u, densamente confinados por interacción fuerte. Los tres quarks del protón apenas suponen una millonésima parte del volumen del protón. El volumen efectivo del protón está lleno de un campo de energía de confinamiento.

Partículas mediadoras que producen campos físicos

El campo de energía mediador entre fermiones tiene una naturaleza física distinta bien descrita por un nuevo tipo de partícula denominado bosón. Todas las partículas interaccionan gravitatoria y débilmente, pero sólo los quarks experimentan la interacción fuerte. Las partículas fundamentales fermiónicas se ligan unas con otras a través del intercambio de otras partículas denominadas bosones mediadores. Cada tipo de estos bosones produce una de las cuatro interacciones fundamentales. Las partículas interaccionan al tener al menos una carga física susceptible a la presencia de algún mediador. Así, dos electrones interaccionan electromagnéticamente por sus cargas eléctricas cuando un fotón hace de mediador entre ellos. Del mismo modo los gluones son bosones con carga electrodébil y de color que aglutinan los quarks de los protones. A energía de un trillón de electronvoltios es posible alcanzar los escondrijos del núcleo atómico hasta sentir la presencia de las interacciones fuerte y débil que experimental los quarks en el núcleo profundo.

El alcance de las cuatro interacciones fundamentales depende de la masa de sus respectivos bosones. De acuerdo con el Principio de Heisenberg, cuanto mayor sea su energía en reposo, menor es el tiempo de vida media y, por tanto, pueden recorrer distancias menores, reduciéndose su alcance. Las interacciones de alcance ilimitado son la electromagnética y gravitatoria, mediadas respectivamente por el fotón y el hipotético gravitón, que carecen de masa. Los bosones débiles son realmente masivos. Por ello, la interacción débil queda limitada al interior del núcleo. Los mediadores sólo pueden conectar partículas a distancias típicas de la escala subnuclear. De igual manera, los gluones sólo hacen interaccionar a quarks que comparten el mismo recinto nuclear. A diferencia de los bosones débiles, los gluones carecen de masa, pero debido a interacciones entre ellos se forma una masa efectiva equivalente no nula que limita el alcance de la interacción. Podemos decir que el gluón desnudo de masa nula es revestido con una energía de interacción que lo dota de masa y, en consecuencia, la interacción fuerte se hace de corto alcance.

Un zoológico de partículas elementales

El espectro de partículas es amplísimo. Por cada partícula elemental existe una compañera con cargas físicas opuestas. Son las partículas de antimateria que, al interaccionar con la materia ordinaria, se transforman en radiación electromagnética. Los bosones mediadores coinciden con su antipartícula salvo el bosón débil y fuerte. Al resto de las partículas fundamentales le corresponde una antipartícula distinta. Por ejemplo, el positrón es una partícula de antimateria con la misma masa y espín que el electrón, pero con carga eléctrica positiva. Igualmente existen antiquarks, con cargas eléctricas, de isoespín y color opuestas a la de los quarks: el compañero de antimateria de un quark con carga de color roja es un antiquark antirrojo. Un quark y su antiquark de color opuesto pueden formar estados ligados y originar mesones, sin carga de color: los piones, kaones, los mesones …

Un caso importante fue gypsy, un sistema quark-antiquark, cuyo estudio supuso importantes avances en cromodinámica cuántica. El último tipo de partículas elementales, los neutrinos también tiene su respectiva compañera de antimateria, aunque aún no está clara su verdadera naturaleza. Al ser una partícula neutra, el opuesto de su cargas coincide con el original y, por tanto, parece ser que neutrino y antineutrino coinciden (neutrinos de Majorana). De tener algún número cuántico que los diferenciara serían neutrinos de Dirac. El debate sigue su curso y tendrá importantes consecuencias en las nuevas teorías generalizadas de partículas.

Existen partículas que permanecen estables durante un brevísimo periodo de tiempo hasta desintegrarse por interacción fuerte en partículas más estables como protones, neutrones y piones. Son las partículas delta y sigma, que son resonancias bariónicas de mayor energía que las fundamentales. Es posible, incluso, que existan un número ilimitado de estas resonancias con mayor masa y espín. A energías mucho más elevadas que la de los modernos aceleradores no sería posible otorgar el calificativo de fundamental a los electrones, neutrinos y quarks frente a las resonancias. Por tanto, el atributo elemental de las partículas depende de la energía del entorno en cuestión.

El modelo estándar de partículas en el siglo XX

El conocimiento físico de la materia está recogido canónicamente en el denominado modelo estándar de las partículas elementales, a excepción del gravitón. La interacción gravitatoria no puede aún explicarse físicamente en el mismo marco que las otras tres. Esta limitación del modelo estándar exige y justifica una especulación físico-metafísica que trasciende la frontera científica (véase Penrose sienta las bases de una biofísica cuántica de la mente en Tendencias 21, 23 Febrero 2007) . La teoría cuántica de campos es la construcción científica más importante. Su potencia de predicción y su capacidad para desentrañar la realidad física microscópica están rigurosamente confirmadas por los resultados experimentales. Cualquier análisis de la materia requiere, por su potencial y precisión, partir de sus presupuestos teóricos. El modelo estándar es la teoría cuántica de campos de las partículas fundamentales. La teoría de campos unifica la teoría cuántica con la Relatividad especial de Einstein, el Principio de Heisenberg y el Principio de Causalidad. La teoría cuántica de campos explica el amplio espectro de partículas a partir de las doce partículas fundamentales y tres bosones mediadores.

La elementalidad de las partículas fundamentales depende de la energía. No es algo absoluto. A altísimas energías, la física de partículas no puede distinguir los elementos básicos de la materia. Todo es un energético dinamismo que hace emerger multitud de partículas denominadas resonancias. Incluso, en situaciones de menor energía, cuando las interacciones físicas determinan las partículas fundamentales por su mayor estabilidad, podemos seguir hablando de la naturaleza emergente de la materia desde un soporte básico primario. El protón no es la mera suma de tres quarks, pues su individualidad carece de sentido. Es, más bien, el todo surgido de una sinergia física que, a su vez, dota al protón de una cierta individualidad y propiedades físicas bien definidas. En su dinámica desde un soporte energético fundamental, la materia emergente evoluciona hacia estados de mayor definición física como consecuencia de sus interacciones cuánticas básicas. Se va adquiriendo una mayor individualidad sin anular definitivamente el potencial emergente de su verdadera ontología.

La emergencia de la materia en un fondo dinámico de energía

El camino recorrido hacia la esencia ontológica de la materia conduce hasta un fondo energético pseudo-espaciotemporal dominado por el Principio de Incertidumbre. Al hablar de fondo de energía nos referimos al mar de energía planckiano de elevadísimas energías. No es una energía independiente, sino un campo de energía ligado con la materia fenoménica, tanto corpuscular como campal.

Esta energética actividad física recuerda a los fenómenos de fluctuaciones del vacío cuántico. Es precisamente esta física del vacío cuántico el límite fronterizo usado por David Bohm (véase La biofísica cuántica de la conciencia, explicada desde la teoría cuántica de David Bohm en Tendencias 21, 19 Marzo 2007) para distinguir entre su física y metafísica. El análisis físico de la materia desemboca finalmente en el estudio de las fluctuaciones de la energía de fondo. Las propiedades físicas de la materia son el producto resultante de las interacciones de esta energía. Cualquier partícula fundamental no es una entidad individual independiente de este fondo de energía. No es tanto una individualidad cuanto el producto de una necesaria coexistencia. Por ello, los físicos de partículas niegan que la masa de una partícula libre sea un observable. Carece de sentido físico porque cualquier partícula está siempre en interacción. Por tanto, al referirse a la masa de una partícula se entiende la masa efectiva que resulta bajo la acción del entorno energético. Las partículas son concentraciones locales del fondo de energía revestidas de fluctuaciones. Dejan de asemejarse a las inmutables esferas de Parménides-Demócrito y se comprenden hoy como campos localizados de energía.

Las propiedades físicas están, pues, íntimamente ligadas con el entorno. La física de partículas no concibe partículas desnudas independientes como si tratara de pequeños corpúsculos indivisibles. Las partículas, cuya naturaleza física fundamental es siempre relativa, son objetos materiales revestidos o apantallados por la actividad del vacío. En síntesis, podemos concluir que cada partícula es más un todo a través de su ligazón a una ontología capaz de hacer emerger materia, que un mero constituyente. La materia es en sí misma más interacción que individualidad, aunque la materia pueda gozar de una relativa independencia a través de estructuras más complejas surgidas en este orden físico holístico.

Comportamiento cuántico coherente de la materia

El desarrollo tecnológico va corroborando las ideas físicas sobre la materia. Sistemas artificiales, en las condiciones físicas adecuadas, presentan un comportamiento cuántico inexplicable desde el conjunto de leyes clásicas. El estudio de estos sistemas cuántico-tecnológicos pone de manifiesto las propiedades físicas coherentes de la naturaleza cuántica subyacente. La materia se estructura de tal forma que los resultados macroscópicos se agrupan en estados discretos. Todo el vasto conjunto de electrones se agrupa de tal forma, que el material sólo adquiere valores bien definidos a partir de la constante de Planck. El efecto Josephson muestra cómo es posible mantener la coherencia cuántica de un sistema incluso cuando es escindido en dos por una barrera de potencial. Este efecto resulta especialmente importante por su sensibilidad de adaptación a la radiación electromagnética del medio.

La materia presenta unas propiedades físicas especiales cuando su dinámica está regida por fluctuaciones del fondo de energía. Un sistema físico guiado por esta dinámica desde un estado crítico puede producir estados de macrocoherencia cuántica en condiciones ambientales extremadamente adversas. Es de notar la relevancia de estas transiciones en sistemas unidimensionales y sus repercusiones en el carácter emergente de la naturaleza campal de la materia.

Fenómenos cuánticos macroscópicos de coherencia cuántica

Los condensados Bose-Einstein son el quinto estado físico de la materia donde se alcanzan niveles elevados de coherencia cuántica y la materia presenta un comportamiento más campal. Resultan especialmente importante los resultados obtenidos en condensados generados a partir de redes ópticas. La interacción de los bosones con la radiación electromagnética permite la existencia de oscilaciones de coherencia cuántica. Los condensados ópticos sufren transiciones reversibles BEC-Mott entre estados coherentes y no coherentes, de tal manera que el sistema oscila entre estados de naturaleza campal y corpuscular. Se hace, pues, manifiesto el doble comportamiento complementario de una misma unidad material, regulada últimamente por el fondo de energías.

Junto a los condensados Bose-Einstein los fenómenos de superconductividad y superfluidez son dos ejemplos paradigmáticos de experimentos que muestran la unidad física coherente de la materia bajo ciertas condiciones técnicas. En ambos casos, la materia presenta una coherencia cuántica para un número macroscópico de partículas clásicas, que dotan al sistema cuántico de una integridad intrínseca con relativa autonomía frente al medio. Más allá de las condiciones físicas ideales para mantener estos agregados cuánticos macroscópicos, en una fase de transición cuántico-clásica, los sistemas coherentes reaccionan positivamente a las perturbaciones externas, generando estructuras físicas (vórtices) que logran mantener la unidad coherente macroscópica. La materia deja de seguir patrones de interacciones corpusculares y se comporta como un todo unitario donde no es posible diferenciar componentes elementales. Nos referimos a los estados macroscópicos de coherencia cuántica.

La naturaleza campal de la materia

El carácter emergentista de los fenómenos físicos apoya una naturaleza ontológica dinámica de la materia que conforma el universo. Los fenómenos macroscópicos de coherencia cuántica revelan a nivel experimental las propiedades fundamentales de la materia como sustrato ontológico capaz de dirimir la relativa individualidad de sus componentes para enlazar coherentemente nuevas realidades campales con un dinamismo unitario. La dimensión campal holista de la materia permite conexiones que conforman un entramado cuánticamente interconectado capaz de realizar instantáneamente complicados procesos. Estos fenómenos cuánticos, junto a la incesante actividad física del fondo de energía nos presentan una naturaleza física de la materia con propiedades emergentes.

Supuesta esta ontología física emergente, resulta natural explicar el origen y evolución del universo como un producto de este substrato metafísico que se hace explícito a través de procesos cuánticos consolidados en el régimen clásico de la experiencia. Las estructuras físicas, los seres vivos, el psiquismo animal y la conciencia son productos que últimamente emergen de esta ontología dinámica. La incesante actividad de esta realidad subyacente dinamiza todo el proceso evolutivo del cosmos, generando estructuras clásicas más complejas y estables, capaces de resonar las propiedades cuánticas de su naturaleza material, tal y como los fenómenos cuánticos macroscópicos mantienen sus propiedades cuánticas a nivel de experimentación.

Materia y conciencia

Análogamente, las propiedades psíquicas de los animales superiores o la formación de sofisticados estados conscientes en el hombre son productos resultantes de la evolución cósmica de estructuras materiales. Las estructuras psíquicas son resonadores más finos capaces de explicitar las propiedades psíquicas de la ontología material. No sólo canalizan la actividad física de la materia, como durante miles de millones de años hizo el universo físico, sino que activan la dimensión psíquica de la materia. En este sentido, la actual neurología propone una coordinación entre las regiones del cerebro más primitivo (físico) y del moderno neocórtex, más susceptible al comportamiento psíquico.

Una explicación científica, coherente con el esquema evolutivo del cosmos, debe centrarse en el paradigma emergentista para poder explicar todas las propiedades psíquicas de los animales superiores, irreducibles a meras conexiones de corte mecano-clásico. Así, sobre aún leves pero prometedores resultados neurológicos experimentales, la neurología cuántica tantea la posibilidad de comprender cuánticamente el cerebro, en la línea vanguardista de los modelos de Bohm y Penrose. La física de microtúbulos y las sinapsis cuánticas (uniones gap) ofrecen nuevas posibilidades para entender el enigma de la conciencia.

Manuel Béjar es miembro de la Cátedra CTR


tendencias21.net

Lunes 09 Febrero 2009
Manuel Béjar 

La religión es un eficaz regulador del comportamiento humano

La religión es un eficaz regulador del comportamiento humano

Ochenta años de investigaciones confirman que los individuos religiosos son más persistentes y más eficientes en la consecución de los objetivos

Las personas religiosas tienen mayor capacidad de autocontrol que las no religiosas, señalan los resultados de la revisión de las investigaciones realizadas a este respecto en los últimos ochenta años. Así, se ha descubierto, por ejemplo, que ciertos rituales religiosos –como la oración o la meditación- afectan a partes de la corteza del cerebro humano que resultan claves en la autorregulación y el autocontrol. Por otro lado, las religiones contribuyen al autocontrol porque proporcionan a los individuos modelos claros de comportamiento. Esta autorregulación permite que los individuos religiosos sean más persistentes y más eficientes en la consecución de los objetivos que para ellos resultan “sagrados”. Una vez conocido el mecanismo, según los científicos, éste puede ser “copiado” por cualquier individuo para implementar cualquier resultado. Por Yaiza Martínez.



La religión es un eficaz regulador del comportamiento humano
Un estudio reciente realizado por especialistas de la Universidad de Miami, en Estados Unidos, señala que las personas religiosas tienen mayor capacidad de autocontrol que las no religiosas. 

La presente investigación ha sido dirigida por el profesor de psicología de dicha universidad Michael McCullough, que lleva años estudiando la relación entre la religión y la psicología del ser humano.

McCullough es autor de diversos libros al respecto, como The Psichology of Gratitude o Handbook of Religion and Health.

Según declaraciones del investigador para The New York Times, sus motivos para el estudio de la religión no son religiosos sino profesionales, y surgen del deseo de comprender el porqué de las religiones y de que éstas parezcan ayudar a tanta gente.

Persistencia y eficacia

Investigaciones realizadas en distintas partes del mundo han demostrado que las personas más devotas tienden a tener un mejor rendimiento escolar, a vivir durante más tiempo y, en general, a ser más felices, asegura McCullough.

Ahora, la revisión por parte del investigador y de su colaborador, Brian Willoughby, de estudios realizados en las últimas ocho décadas ha permitido concluir que la fe religiosa y la devoción fomentan, además, el autocontrol.

Según escriben los científicos en un artículo publicado en el Psychology Bulletin de la American Psychological Association (APA), los resultados obtenidos señalan que la gente religiosa, en general, es más persistente y capaz de alcanzar aquellos objetivos a largo plazo importantes para ellos y para sus grupos religiosos.

Este hecho podría ayudar a explicar porqué las personas religiosas tienden a presentar tasas más bajas de abuso de sustancias, mejor rendimiento académico, niveles más bajos de delincuencia, mejores hábitos de salud, menos depresión y una mayor esperanza de vida.

Religiosidad en todo el mundo

Para el estudio, McCullough y Willoughby evaluaron investigaciones sobre la religión realizadas en los últimos ochenta años, con personas de todas partes del mundo.

Así, se obtuvieron evidencias en diversos campos (como las ciencias sociales, la neurociencia, la economía, la psicología y la sociología) de que las creencias religiosas y sus prácticas hacen que la gente ejerza un mayor autocontrol y regule de manera más eficiente sus actitudes y emociones, con la finalidad de conseguir objetivos para ellos valiosos.

Según McCullough, la importancia del autocontrol y de la autorregulación para la comprensión del comportamiento humano es bien conocida por los sociólogos, pero la posibilidad de que exista un vínculo entre la religiosidad y ese autocontrol no ha recibido aún una atención explícita.

Los científicos insisten en que el presente estudio proporciona evidencias muy claras de que la religión está positivamente relacionada con el autocontrol y con otras características como la amabilidad o la rectitud, consideradas por muchos teóricos los sustratos básicos de la capacidad de autocontrolarse.

La fuerza de los objetivos “sagrados”

Algunas de las conclusiones más importantes derivadas del análisis de resultados señalan, por ejemplo, que los rituales religiosos –como la oración o la meditación- afectarían a partes de la corteza del cerebro humano que resultan claves en la autorregulación y el autocontrol.

Otros estudios sugieren, además, que las imágenes religiosas y la lectura de los libros sagrados potenciarían funciones auto-reguladoras similares.

Por otro lado, se ha detectado que cuando la gente cree que sus objetivos son “sagrados”, emplea más energía y esfuerzo en alcanzar dichos objetivos, por lo que actúan de forma centrada, y finalmente son más efectivos en sus logros.

Además, los estilos de vida religiosos contribuyen al autocontrol porque proporcionan a los individuos modelos claros de comportamiento. La gente está así más atenta a lo que hace, e incluso puede sentir que Dios vigila su forma de actuar.

Estos modelos de comportamiento varían entre unas religiones y otras, pero algunos valores específicos resultan de gran importancia para diversas religiones, como la judía, la cristiana o la musulmana. En todos estos casos, se valora más las relaciones sociales positivas y la armonía social que el individualismo y el hedonismo, que requieren menor autocontrol.

Autocontrol secular

La revisión de las investigaciones sobre religión y autocontrol realizada por McCullough contribuye además a comprender mejor cómo la misma fuerza social que motiva actos de caridad y generosidad puede también provocar que la gente llegue incluso a llevar bombas pegadas al cuerpo para hacerlas estallar en sitios públicos.

Según los investigadores, si se piensa que la religión ayuda a controlar los impulsos personales para servir a objetivos mayores, se comprende que pueda motivar a los individuos a hacer cualquier cosa, positiva o negativa.

Desde una perspectiva más optimista, en The New York Times McCullough recomienda, para cualquiera que desee aumentar su autocontrol, copiar algunos de los mecanismos religiosos que lo posibilitan, como la meditación o la vinculación a organizaciones con grandes ideales.

Las personas religiosas, afirma, se autocontrolan más no sólo por el miedo al juicio de Dios, sino porque están absorbidas por ideales de sus religiones respectivas, que han ido incorporando a sus propios sistemas de valores.

Estos ideales les dan a sus objetivos personales un aura de sacralidad que garantiza su dedicación y persistencia. A cualquier persona, encontrar sus propios “valores sagrados”, aunque no sean religiosos, podría ayudarle en el mismo sentido.


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Miércoles 14 Enero 2009
Yaiza Martínez

¿Existe conflicto entre Ciencia y Fe?

¿Existe conflicto entre Ciencia y Fe?

Mientras que para la Iglesia Católica no existe motivo alguno para un conflicto entre fe y ciencia, existen muchos científicos que se han empeñado en señalar la imposibilidad de entablar un diálogo sano entre ambas. Un estudio publicado en Estados Unidos mostraría que el problema no sería por causa de la fe ni de la ciencia, sino más bien de algunos científicos, quienes en su mayoría rechazan el dato revelado y se declaran ateos. con sus consecuentes prejuicios y vicios metodológicos.

El Informe

El informe elaborado por los historiadores Edward Larson de la Universidad de Georgia y Larry Witham del Instituto Discovery de Seattle, reveló que sólo el 40 por ciento de los científicos en Estados Unidos cree en un ser supremo y en la existencia de una vida después de la vida, mientras que la mayoría rechaza la sola posibilidad de la existencia de un ser trascendente. Así, según el informe, el 45 por ciento de científicos encuestados niega la existencia de Dios y se declara atea, mientras que un 15 por ciento de “indecisos” se declara agnóstico.

Siguiendo a Leuba

Las cifras, publicadas en la revista científica Nature, coincidieron sorprendentemente con unas presentadas por el investigador James Leuba, hace más de ocho décadas, en 1916. Tal como lo hiciera Leuba a principios de siglo, los dos historiadores realizaron encuestas a 1.000 personas elegidas del American Men and Women of Science, que consigna una relación general de los científicos norteamericanos.

Las cifras

Los científicos respondieron a preguntas acerca de si creían en la existencia de un Dios que responde a las plegarias, en la inmortalidad del hombre, o en la vida después de la muerte. Sorprendentemente los resultados coincidieron con los de Leuba: la mayoría de científicos se proclama abiertamente ateo y niega las verdades fundamentales de la fe. En efecto, en ambas encuestas, cerca del 45 por ciento se declaran “ateo” y el 15 por ciento “agnósticos”.

La única diferencia entre la investigación de principios de siglo y la de Larson y Witham está en la distribución de los creyentes en las diferentes disciplinas. Así, mientras que en 1916 los más escépticos frente a la existencia de Dios fueron los biólogos con un 69,5 por ciento; en el reporte de Larson y Witham, la mayoría atea se ubicó entre los físicos y astrónomos.

Prejuicios

De este modo, mientras que la gran mayoría de los norteamericanos se reconoce creyente, en el ambiente científico domina el escepticismo. Así, el trabajo de Larson y Witham vendría a comprobar una vez más el hecho de que muchos científicos tienen ya prejuicios acerca de algunas verdades que enseña la fe tales como la creación, la vida después de la vida o la existencia de Dios, sobre las cuales la ciencia no tiene competencia.

Una muestra de la existencia de este tipo de prejuicios es un episodio producido en Australia y que raya con lo tragicómico. Recientemente un geólogo australiano demandó judicialmente a una compañía que elabora y provee material educativo cuyos contenidos presentan la creación como hecho histórico. En efecto, la institución Creation Science Foundation enfrentó un juicio porque un profesor de geología de la Universidad de Melbourne, Ian Plimer, cree que hablar de la creación como un hecho es simplemente “anticientífico”. La fundación científica demandada ha afirmado no tener ningún problema en someter el tema al examen de una entidad científica “neutral” que demuestre la veracidad de sus afirmaciones en el plano meramente científico. El problema ahora será encontrar una institución auténticamente neutral, ya que para muchos científicos lo “neutral” es justamente la incredulidad, mientras que la fe es una “distorsión”.

Vicio metodológico

Científicos cercanos a la Creation Science Foundation señalan que “la radicalidad del punto de partida ateo revela prejuicios que pueden distorsionar el propio trabajo científico” y destacan que “el informe de Larson y Witham es otro botón de muestra de cómo los científicos suelen adoptar el ateísmo como una postura natural del quehacer científico, cuando en realidad es un vicio de método que ha llevado a desarrollar la ciencia en términos materialistas a lo largo de este siglo”.

Fuente: http://www.aciprensa.com/controversias/ciencia-fe.htm

Necesitará la ciencia una reforma (II)

Necesitará la ciencia una reforma (II)

Autor: Paulo Arieu

LOS ORÍGENES DE LA CIENCIA

¿De dónde viene en realidad la ciencia? Todo comenzó alrededor de seis siglos antes de Cristo con los filósofos griegos, que comenzaron a buscar una respuesta no teológica para la existencia de la vida y el orden del mundo natural. Se hicieron esfuerzos en una dirección protocientífica. Sin embargo, los griegos nunca desarrollaron nada que se parezca a la ciencia moderna. De lo contrario, ¡hubiéramos tenido la edad nuclear y espacial en el año 100 a.C.! La mentalidad griega miró mayormente hacia el mundo natural como un simple ejercicio para la magnífica razón griega, No debía cambiarse el mundo, ni debiera usarse; simplemente debía entendérsele. Todo era un juego de ejercicio mental. Así ellos aplicaron a la naturaleza los sistemas de deducción racional que desarrollaron y aparecieron con muchos hechos grandes e interesantes. Pero esto nunca desarrolló «la era científica».

El doctor Malcolm Jeeves, en su libro The Scientific Enterprise and the Christian Faith [La empresa científica y la fe cristiana hace la pregunta de por qué los griegos nunca avanzaron en sus indagaciones científicas. Señala que una única mezcla del pensamiento griego con una versión muy particular del cristianismo, sobre todo la fe reformada, dio origen a la ciencia moderna.

Jueves escribe: Fue con el redescubrimiento de la Biblia y su mensaje en la época de la Reforma que el desarrollo de la ciencia cobró nuevos ímpetus. Estos nuevos impulsos, corriendo juntos con todo lo mejor del pensamiento griego, fueron a producir la mezcla exacta que desataría la reacción en cadena que llevaría a la explosión de conocimiento que comenzó a principios de la revolución científica, en el siglo dieciséis, y que continúa avanzando con cada vez mayor auge en la actualidad.[3]

No solo la ciencia no se desarrolló con los griegos, sino que tampoco se originó con los hebreos por la simple razón de que para los hebreos, como se puede ver en los Salmos, el mundo natural era simplemente una oportunidad para alabar al Creador. «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19.1).

Tampoco pudo la ciencia moderna provenir de los árabes debido a la religión musulmana. Los escritos de Aristóteles, cuando se perdieron para el mundo occidental desde alrededor del 500 d.C. hasta el 1100 d.C., fueron mantenidos por los árabes del norte de África y finalmente reintroducidos en Europa en los años 1100 y 1200. Aristóteles, a diferencia de Platón, tenía una filosofía que podía prestarse al tipo de estudio científico porque era más inductivo que el razonamiento deductivo de Platón. Platón podía llegar a un ideal y deducir toda clase de cosas de él. Aristóteles tendía a mirar a las particularidades e inducir principios a partir de ellos, basándose en los pensamientos de Aristóteles, a los cuales habían tenido acceso, los árabes —incluidos los cristianos Nestorianos— en la Edad Media hicieron en general mucho mayores avances en la ciencia y las matemáticas que los europeos.

Durante todo ese tiempo los árabes tampoco introdujeron ni crearon ciencia real alguna. ¿Por qué? A causa de su religión; del fatalismo que domina la fe musulmana. Como todo está fatalmente determinado, obviamente no tiene sentido tratar de manipular el mundo natural para cambiar algo, puesto que todas las cosas son Inmutables.

La ciencia nunca habría podido llegar a existir entre los animistas de África Central o del Sur u otros muchos lugares del mundo porque ellos nunca hubieran comenzado a experimentar en el mundo natural, ya que todo —desde las piedras, árboles, animales hasta cualquier cosa— contenían en sí espíritus vivientes de varios dioses y ancestros.

La ciencia tampoco habría podido originarse en la India entre los hindúes ni en China entre los budistas porque tanto el hinduismo como el budismo enseñan que el mundo físico es irreal y que la única realidad es la del alma del mundo y que lo más grande que todos debemos aprender es que el mundo físico no es real. Por lo tanto, no habría tenido sentido invertir la vida de uno neciamente en aquello que, en primer lugar, carece de realidad.

La ciencia esperó la llegada del cristianismo, tomó varios de los diferentes esfuerzos y los entretejió para producir en el siglo dieciséis el fenómeno que conocemos como ciencia moderna. Esto fue gracias a muchas enseñanzas fundamentales del cristianismo. Ante todo está el hecho de que hay un Dios racional quien es la fuente de toda verdad y que este mundo es un mundo racional. Esto ofreció la posibilidad de leyes científicas.

Es interesante notar que la ciencia no podía originarse en el concepto filosófico que prevalece en el mundo actual. La filosofía prevaleciente en el mundo occidental de hoy es el existencialismo, el cual es irracional. Sería imposible para la ciencia desarrollarse en un mundo irracional porque ella se basa en el hecho de que si el agua hierve a los cien grados hoy, hervirá a los cien grados mañana y lo mismo ocurrirá el día siguiente, y que hay ciertas leyes y regulaciones que controlan el universo. Todo esto se origina en el concepto cristiano del Dios que creó el mundo; un Dios racional que ha creado un mundo racional.

EL MANDATO CULTURAL.

Otro concepto que el cristianismo originó es el «mandato cultural» de Génesis que hemos citado al inicio de este capítulo, en el que Dios mandó al hombre, desde el principio, a tener dominio sobre la tierra. Los cristianos en el siglo dieciséis, por primera vez, tomaron en serio y trabajaron sistemáticamente en las implicaciones del señorío de Cristo sobre todos los reinos de la tierra. Si Jesucristo Ira a ser Rey en toda la tierra; si fuera Rey de reyes y Señor de Señores; si su reino fuera a gobernar sobre toda la tierra; si su reino ira a estar no solo en el corazón de los hombres sino en todas las esferas de la sociedad humana; si Cristo fuera a ser el todo en todos y si todas las cosas que se hallan en el mundo natural estuvieran allí para la gloria de Dios y para beneficio del hombre, su compañero, entonces el hombre tendría dominio sobre todo ello. Lo hubiera tomado, modelado y usado para su propio beneficio, el de prójimo y para la gloria de Dios. El mundo no estaba aquí simplemente para que se le entendiera como pensaban los griegos, para que condujera a la adoración como pensaban los hebreos; tampoco para que se le negara como pensaban los hindúes ni para que se le adorara como pensaban los animistas, sino que estaba aquí como la creación de un gran Creador, hecho para su gloria y para nuestro bien.

Otro concepto fundamental que condujo hacia la ciencia fue la letrina del pecado. Llegó a quedar en claro que el hombre es pecador y esta pecaminosidad del hombre y su total depravación se tomaron en serio por primera vez. Los reformadores del siglo dieciséis comprendieron que todas las facultades del hombre, incluso su mente, eran depravadas; por tanto, no podemos depender de la razón humana exclusivamente para llegar a toda la verdad como los griegos orgullosamente habían supuesto. A causa de la pecaminosidad del hombre y su propensión a torcer las cosas de acuerdo con sus propios deseos, era necesario para la razón ser respaldada por la experimentación. La ciencia, usted puede recordar, es una mezcla de razón y experimentación, de racionalismo y empiricismo. Es esta combinación de deducción e inducción que a llevado a la ciencia y a todas sus conquistas. Por tanto, todo racionalismo debía ser respaldado por el experimento. Pero el cristiano, sobre todo el calvinista, tomando muy seriamente la total depravación del hombre, pensó que aun la experimentación pudiera tergiversarse para propósitos pecaminosos. Por tanto, esto debía ser siempre evaluado a la luz de las Escrituras porque los cristianos creían que Dios se había revelado en dos libros: El libro de la naturaleza y el de las Escrituras; es decir, una revelación general y una revelación especial. El hombre a quien se ha acreditado haber desarrollado el método científico, Francis Bacon, lo resumió completamente cuando escribió: «Hay dos libros puestos ante nosotros para estudiar y evitar caer en error: En primer volumen de las Escrituras que revelan la voluntad de Dios; el volumen de las criaturas, que expresan su poder».[4]

Y así, el estudio profundo de estos dos libros — la creación y la palabra escrita del Creador — hizo surgir la ciencia moderna.

LAS RAÍCES CRISTIANAS DE LA CIENCIA MODERNA

La ciencia moderna comenzó — observa Francis Schaeffer cuando el concepto de Aristóteles del universo se puso en tela de juicio científicamente.[5] ¿Que era lo que estaba en juego en la revolución de Copérnico? Muchos librepensadores modernos dirán: una cosmología bíblica. En realidad, fue una cosmología aristotélica que fue sacudida hasta la médula por Copérnico. Solo por imponer el pensamiento de Aristóteles sobre la Biblia, la iglesia, erróneamente y mal guiada, pudo censurar a Galileo en 1632.

Schaeffer dice: Puede decirse que se estableció el fundamento de la ciencia moderna en Oxford, cuando allí los eruditos atacaron las enseñanzas de Tomás de Aquino probando que su suprema autoridad, Aristóteles, había cometido ciertos errores acerca del fenómeno de la naturaleza[...] Cuando la Iglesia Romana atacó a Copérnico y Galileo (1564-1642), no fue porque sus enseñanzas tuvieran algo contrario a la Biblia. Las autoridades de la iglesia pensaron así, pero fue porque algunos elementos aristotélicos habían llegado a ser parte de la Ortodoxia de la iglesia y las teorías de Galileo claramente Hitaban en conflicto con ellas. En realidad, Galileo defendió Ha compatibilidad de Copérnico y la Biblia y este fue uno de los factores que condujeron a su juicio.[6]

En años recientes la Iglesia Católica Romana se disculpó públicamente por su censura a Galileo, y el Papa afirmó el importante lugar de la ciencia en nuestra vida.

PROTESTANTISMO Y CIENCIA

James Moore, de la Universidad Abierta en Milton Keynes, Inglaterra, escribe que hay una «clara y plausible evidencia de que el protestantismo dio origen a la ciencia moderna».[7] Por ejemplo, los luteranos tuvieron gran participación en el financiamiento, la publicación y la distribución del libro de Copérnico De Revolutionibus.[8] Moore señala que en el siglo sexto, los luteranos, entre ellos Johannes Kepler, ayudaron a preparar el camino para el desarrollo y en el siglo diecisiete los calvinistas tomaron la delantera.

Una de las grandes organizaciones que ayudaron a propulsar la ciencia y los avances científicos fue la Sociedad Real de Londres para Perfeccionar el Conocimiento Natural, fundada en 1660. La mayoría de sus miembros eran cristianos profesantes. La Sociedad leal comenzó en un colegio cristiano, Gresham College de Londres. En realidad, Gresham era un colegio puritano; por tanto, era de orientación puramente bíblica.

Moore escribe: Allí (en el Colegio Gresham) en 1645, Theodore Haask, inspirado por el educador moravo J. A. Comenio,[9] comenzó reuniones informales que, en 1661, llegaron a ser la Sociedad Real de Londres. Siete de los diez científicos que formaban el núcleo de esas reuniones eran puritanos. En 1663, el sesenta y dos por ciento de los miembros de la Sociedad Real eran puritanos de origen, en una época en que estos eran una pequeña minoría en Inglaterra.[10]

Moore concluye que la razón exacta por la cual el protestantismo «alentó el origen de la ciencia moderna» está en disputa que algunos historiadores ven el énfasis protestante en el sacerdocio de todos los creyentes como un factor significativo. También señala que hubo importantes científicos de los siglos dieciséis y diecisiete que eran católicos romanos.[11]

PIONEROS DE LA CIENCIA: CRISTIANOS CONSAGRADOS

Algunos de los más grandes pioneros de la ciencia fueron cristianos consagrados. Johannes Kepler (1571-1630) acuñó la frase que constituye el título de este capítulo: «Pensando los pensamientos de Dios a su manera». Cuando un científico está comprometí en el estudio de la naturaleza, está investigando qué leyes Dios estableció en ella. Kepler escribió: «Como los astrónomos son sacerdotes del Dios Altísimo en relación con el libro de la naturaleza, nos conviene considerar, no la gloria de nuestras mentes, sino la gloria de Dios».[12] Kepler escribió en The Mystery of the Universe [El Misterio del Universo]: «Ahora, como Dios el Creador jugó, enseñó el juego a la naturaleza, la cual creó a su imagen».[13]

Otro piadoso pionero de la ciencia fue Blas Pascal (1623-1662),cuyo trabajo fue tan importante que incluso ahora un lenguaje de computadora lleva su nombre. Pascal no solo hizo innovaciones en matemáticas, la ciencia de las probabilidades e inventó el primer metro, sino que también fue un cristiano devoto de una secta particular de Francia conocida como los Jansenitas. Estos fueron un grupo calvinista quasi protestante dentro de la iglesia católica»[14] Pascal escribió un clásico devocional cristiano, conocido como los Pensamientos, el cual es una defensa de la fe cristiana. Pascal escribió: La fe nos dice lo que los sentidos no pueden, pero no es contraria a sus descubrimientos. Ella simplemente los trasciende sin contradecirlos».[15]

Pascal usó su mente científica para hacer una convincente apologética del cristianismo. Escribió: «Jesucristo es la única prueba del Dios viviente. Solo conocemos a Dios por medio de Jesucristo».[16] Pascal señala que el conocimiento que tenemos acerca de Dios trasciende lo que podemos detectar con nuestras mentes.

El Dios de los cristianos no consiste simplemente en un Dios autor de verdades matemáticas y del orden de los elementos. Esa es la teoría de los paganos y epicúreos[...] Pero el Dios de Abraham, Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de los cristianos, es un Dios de amor y consolación.[17]

Otro gran científico que veía la ciencia como pensando los pensamientos de Dios fue Isaac Newton (1642-1727) quien escribió copiosamente tanto sobre teología como sobre ciencia. Newton es bien conocido por su piedad, aunque abrigaba algunas dudas. Mientras a veces es tenido por Unitario[18], profesaba creer en Cristo y en su mensaje de salvación.[19]Newton tenía una sólida fe en Dios que apuntalaba su perspectiva científica. Escribió en Principio «Este hermoso sistema solar, planetas y cometas solo puntan proceder del consejo y dominio de un Ser todopoderoso e inteligente».[20] Francis Schaeffer señala que los humanistas se lamentan que Newton, hacia el final de su vida, invirtió mucho más tiempo escribiendo acerca de la Biblia que estudiando la creación independiente del Creador.[21] Esta crítica es predicada sobre la convicción de que la ciencia y las Escrituras son incompatibles, pues que fue la Biblia la que hizo surgir la ciencia moderna Newton dijo: «Tengo una fe fundamental en la Biblia como la Palabra de Dios, escrita por hombres que fueron inspirados. Estudio la Biblia diariamente».[22]

Este gran científico tenía esto que decir sobre el tema de la incredulidad: «El ateísmo es completamente insensato. Cuando contemplo el sistema solar, veo la tierra a la distancia exacta del sol para que recibamos la cantidad apropiada de calor y luz. Eso no ocurrió por casualidad».[23]

Otro gran científico cristiano fue Michael Faraday (1791 -1867) Faraday hizo sus más grandes contribuciones al estudio de la electricidad. Descubrió la inducción electromagnética e inventó el generador.[24]Schaeffer observa que Faraday perteneció a un grupo de comunión cristiana de científicos cuya posición era; «Donde las Escrituras hablan, hablamos; donde las Escrituras callan,callamos»[25] Fue miembro activo de su iglesia que daba una gran importancia a la Biblia y se dice de él que tuvo una sólida fe viviente» en la Biblia y la oración.[26]

¿La ciencia tiene una meta?

¿Adónde va la ciencia? Los científicos estudiaron el mundo de las moléculas y de los átomos, inquirieron en el cosmos y evaluaron los inmensos espacios de las galaxias. Empiezan a entrever el funcionamiento de la vida biológica. Exploran el cerebro. Nada parece detenerlos… ¿Pero adónde va a parar la ciencia? Nadie lo sabe.

¿Qué quiere hacer con el hombre? Nadie lo dice. Los investigadores están ansiosos por conocer y avanzan con el entusiasmo de la búsqueda. ¿Cuál será el resultado? Lo ignoran, ¡pero a pesar de todo avanzan! Algunos se detienen perplejos, pero la mayoría prosigue, aún más encarnizada…

Esta constatación nos recuerda un versículo de la Biblia: “Conozco, oh Señor, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jeremías 10:23). Al hombre moderno se le hace creer que es el resultado del azar, que avanza por casualidad y por eso no puede conocer su meta ni conducirse con sabiduría.

¡Pero no somos el fruto del azar! Dios concibió un plan eterno; nada ni nadie lo puede obstaculizar. Él rigió este plan antes de que el hombre estuviera en la tierra. Si confiamos en él, nos conducirá en nuestras vidas. De todos modos llevará a cabo su plan para con los que creen en él. Confiamos en Aquel a quien aprendimos a conocer como siendo el amor mismo.

La neurociencia cuestiona el materialismo imperante

La neurociencia cuestiona el materialismo imperante

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Si se puede demostrar que la mente gobierna el cerebro, es que existe una realidad no material

La revista The Global Spiral publica una reseña del último libro del neurólogo canadiense Mario Beauregard. Esta obra revisa las viejas cuestiones sobre la realidad material, la realidad inmaterial y Dios desde la perspectiva de la neurociencia, estableciendo en esta rama científica dos posturas contrapuestas: la materialista (que cree que no hay nada más allá del cerebro) y la no materialista (que cree que mente y cerebro son dos cosas distintas). Experimentos realizados por Beauregard han demostrado empíricamente que la mente puede gobernar y transformar el cerebro lo que, según él, significa que la materia no es lo único que existe. Esa realidad in-material es, para el científico, consistente con la idea de la existencia de Dios. Pero, señala Beauregard, dicha existencia no será nunca constatada sino tan sólo inferida, porque Dios no puede convertirse en objeto de estudio. Por Yaiza Martínez.

La neurociencia cuestiona el materialismo imperante
Mario Beauregard, director del Laboratorio de Investigación Mente/Cerebro (MBRL) de la Universidad de Montreal, en Canadá, ha publicado recientemente, junto a la periodista especializada en religión y ciencia,Denyse O’Leary, el libro The Spiritual Brain: A neuroscientist’s case for the existence of the soul.

La obra, según explica The Global Spiral, publicación del Instituto Metanexus, explora un debate muy antiguo, en este caso llevado a un contexto moderno: el contexto científico.

Desde esta perspectiva, a las viejas preguntas se les dan nuevos matices: ¿somos los seres humanos algo más que materia y energía?; ¿estamos dotados de un aspecto no material llamado espíritu o alma?; ¿qué pasa con las experiencias religiosas?, ¿son reales o, simplemente, fruto de una actividad cerebral anómala?; ¿es el misticismo un estado elevado de conciencia o sólo una alucinación? ¿qué es nuestra conciencia: la reunión de miles de millones de neuronas o algo que conecta con el universo?

Y es que el aún creciente auge del contexto racionalista y científico cuestiona las verdades religiosas e intenta exiliar a Dios de la cultura humana; mientras que las posturas materialistas, por su parte, hacen que se trivialicen los valores morales, señala The Global Spiral.

Posturas contrapuestas

Concretamente, en el terreno de la neurología, existe una gran división respecto a estas grandes y eternas preguntas. La mayoría de los neurocientíficos, los científicos cognitivos y los biólogos, se aferran a la visión científica tradicional, señalando que fenómenos como el alma o Dios no son más que los chispazos de un cerebro complejo, al igual que lo serían otras alucinaciones y fantasías del ser humano.

Por otro lado, también existen pensadores, entre ellos científicos, que no ven así las cosas. Es el caso de Beauregard, neurólogo que, hace unos años por ejemplo, investigó a un grupo de monjas carmelitas, recopilando según él evidencias de que las experiencias religiosas tienen un origen no-material y que no provienen del cerebro.

Como él, algunos científicos creen que la mente es algo más que las macromoléculas, y que la dimensión espiritual del ser humano existe aunque no contemos con el método apropiado para conocerla.

El libro escrito por Bauregard y O’Leary explora los intentos más recientes por parte de la ciencia de localizar el “gen de Dios”, y defiende que nuestro cerebro está estructurado para la religión y que, por tanto, los intentos para reducir las experiencias espirituales a un fenómeno puramente material están mal enfocados.

Materialismo insuficiente

Según los autores, muchos científicos ignoran evidencias que desafían a los prejuicios materialistas que les impelen a pensar que nuestras experiencias son explicables sólo por causas materiales, y que el mundo físico es la única realidad.

Pero ese materialismo científico no puede explicar por sí solo fenómenos irrefutables como la intuición, la fuerza de voluntad, el efecto placebo en medicina o las experiencias cercanas a la muerte, señalan los científicos.

The Spiritual Brain explora, en definitiva, las últimas investigaciones neurológicas al respecto de todos estos fenómenos más allá de la materia, en un intento de contradecir la perspectiva más extendida, la materialista.

Para ello, los autores han vertido en la obra numerosas citas de autoridades en la materia y han presentado argumentos, según The Global Spiral, bastante persuasivos, sobre lo inadecuado del paradigma materialista actual para la interpretación y el conocimiento de diversas materias.

Neurociencia y Dios

Todas estas ideas las expresó Beauregard en una entrevista publicada por HarperCollins. En ella, el neurólogo explicaba cómo la neurociencia no científica demuestra que la mente es real y puede cambiar el cerebro.

El neurocientífico afirmó haber demostrado, con otros neurocientíficos, cómo la mente influye en el cerebro a través de técnicas de registro de imágenes de la actividad cerebral. Estas técnicas demostraron el poder de la voluntad sobre el cerebro, con participantes que controlaron sus pensamientos tristes o las respuestas eróticas ante imágenes estimulantes en este sentido.

En cuanto a la pregunta sobre si la neurociencia puede demostrar la existencia de Dios, Beauregard señaló que no, porque Dios no puede convertirse en un objeto de la investigación científica, pero el científico opina que determinados fenómenos que ocurren en la mente, como la telepatía, pueden ser consistente con la creencia en una realidad más allá de la materia, y esta creencia podría ser consistente a su vez con la creencia en la existencia de Dios.

En Tendencias21 ya publicamos un artículo en 2007 sobre los estudios de Beauregard y otros neurocientíficos canadienses acerca de las redes neuronales implicadas en las experiencias místicas de las monjas carmelitas.

Fuente:

miércoles 17 Septiembre 2008

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