Galton y la religión de la eugenesia

Antonio Cruz Suárez
Galton y la religión de la eugenesia
Eugenesia (IV)

Desde luego las ideas de Galton tenían más de ideología religiosa que de verdadera ciencia.
13 de marzo de 2011
En la mayor parte de sus obras, tales como: Hereditary talent and characters (1865); Hereditary Genius (1869); English Men of Science, their Nature and Nurture (1874); Inquiries into Human Faculty and its Development (1883); Natural Inheritance (1889) y Essays in Eugenics (1908), Galton consideró la eugenesia como una verdadera religión, en el sentido de que este convencimiento por mejorar la especie humana era algo tan noble que debía dar lugar a un entusiasmo y casi a un fervor de carácter religioso.

Si se asumían como científicas las ideas de que las facultades mentales se transmiten de forma rígida a la descendencia y que existen razas superiores y razas inferiores desde el punto de vista intelectual, moral e incluso social ¿por qué no asumir la obligación de difundir tal credo y luchar por instaurar una política de eliminación del mal, encarnado en forma de taras hereditarias?

La creencia de Galton acerca de de que el talento se hereda a partir del de los padres que constituyó siempre el motivo principal de sus investigaciones estadísticas, nunca pudo ser confirmada pero la mantuvo a lo largo de la vida como un acto de fe personal, una convicción apriorística indemostrable. Estaba convencido de que sus concepciones eran de vital importancia para Inglaterra.

Galton era leal a la reina Victoria y como buen ciudadano deseaba ver aumentado el poder del imperio inglés. Había viajado mucho y de las múltiples experiencias vividas llegó a la conclusión de la existencia de razas superiores e inferiores. En su mente se había elaborado lentamente una jerarquía de tales razas. Los negros estaban situados varios peldaños por debajo de los blancos, mientras que entre los europeos los ingleses figuraban a la cabeza y de entre ellos, los buenos industriales, los hombres de ciencia, los religiosos, militares, banqueros y estadistas constituían la flor y nata de la especie humana.

El problema era que tales personajes “superiores” resultaban ser poco fecundos, justo al revés que los representantes de las clases “inferiores”.

Había, por tanto, que cambiar las cosas. Era menester invertir la tendencia. De ahí que Galton se propusiera fomentar la supervivencia y el desarrollo de las castas altas e impedir la reproducción de los mediocres, a quienes habría que considerar como auténticos “enemigos del Estado” y tratar sin piedad. Le reprochaba a la Iglesia que frenara la reproducción de los mejor dotados intelectualmente, impidiendo a los clérigos que contrajeran matrimonio y tuvieran hijos. Galton estaba convencido de que en el futuro las religiones tradicionales desaparecerían para dejar paso a la eugenesia, que se convertiría así en el principal dogma científico-religioso de la humanidad.
Autores: Antonio Cruz Suárez
© Protestante Digital 2011

Darwin y el origen de la eugenesia

Antonio Cruz Suárez
Darwin y el origen de la eugenesia
Eugenesia (III)

El padre de la teoría de la evolución de las especies por selección natural sostenía que los hombres civilizados, al construir hospitales y centros sanitarios para curar a los enfermos, estaban haciendo un flaco servicio a la evolución biológica del ser humano.
6 de marzo de 2011
Si los lisiados, minusválidos o deficientes eran preservados y se les permitía llegar activos a la edad reproductora, con ello se posibilitaba que sus genes portadores de anomalías se transmitieran a la descendencia y se perpetuaran entre la población.

Esto, además de alterar la marcha de la selección natural ya que los débiles no eran eliminados, atentaba claramente contra la pureza y el futuro de la raza. Naturalmente, a partir de tales ideas concebir un programa eugenésico era tarea fácil.

Hubo, por tanto, una gran afinidad entre el pensamiento galtoniano y la teoría de Darwin. Una de las evidencias de esta relación se muestra en que los principales científicos eugenistas fueron también fervientes partidarios del darwinismo.

Si un personaje de la talla de Darwin compartía y elogiaba en sus trabajos las concepciones de Galton, era razonable esperar que los seguidores del evolucionismo acogieran también con buenos ojos los argumentos eugenésicos.

El famoso biólogo inglés, Julian Huxley, que fue uno de los fundadores de la moderna teoría sintética de la evolución y primer director general de la UNESCO, escribió en 1946: “Cuando la eugenesia se haya convertido en práctica corriente, su acción (…) estará enteramente dedicada, al principio, a elevar el nivel medio, modificando la proporción entre los buenos y malos linajes, y eliminando en lo posible las capas más bajas, en una población genéticamente mezclada” (Thuillier, P., Las pasiones del conocimiento, Alianza Editorial, Madrid, 1992: 162).

El propio hijo de Darwin, el mayor Leonard Darwin, fue presidente de la Sociedad para la Educación Eugenésica, durante diecisiete años. En sus trabajos proponía que se convenciera a los individuos mejor dotados a tener un elevado número de hijos, mientras que por otro lado se persuadiera a los considerados “inferiores” desde el punto de vista biológico, para que se abstuvieran de descendencia. Y en este sentido, la esterilización forzosa se veía como una medida acertada y eficaz.

No obstante, resulta sorprendente la postura tan poco crítica que Charles Darwin mantiene hacia los trabajos de su primo Galton. Siempre se expresó en términos muy laudatorios hacia las teorías de éste, incluso las que mantenían que facultades morales o intelectuales como el genio y la inteligencia se transmitían claramente mediante herencia biológica.

Galton no había demostrado esto, ni mucho menos, lo único que se había limitado a constatar fue que los hijos de personajes ilustres terminaban siendo también, en buena parte, ilustres. Sin embargo, Darwin consideraba que estas afirmaciones constituían ya una demostración suficiente de la herencia del talento. Además creía que el tamaño del cerebro estaba directamente relacionado con el desarrollo de las facultades intelectuales.

Si bien es verdad que Darwin reconoció que la no eliminación de los individuos débiles podría tener consecuencias negativas y conduciría a la degeneración de la humanidad, la puesta en práctica de las medidas eugenésicas le pareció un proyecto utópico que resultaba inviable desde el punto de vista moral: “Despreciar intencionadamente a los débiles y desamparados, acaso pudiera resultar un bien contingente, pero los daños que resultarían son más ciertos y muy considerables. Debemos, pues, sobrellevar sin duda alguna los males que a la sociedad resulten de que los débiles vivan y propaguen su raza” (Darwin, Ch., El origen del hombre, EDAF, Madrid, 1980: 135).

De manera que, aunque las opiniones de Darwin sobre la eugenesia tuvieran muchos puntos en común con las de Galton, lo cierto es que no fueron siempre completamente coincidentes.

Esto no significa que muchos de sus seguidores, los darwinistas que militaron en movimientos eugenésicos, no asumieran todas las ideas galtonianas y las llevaran después a la práctica, incluso hasta derroteros que ni el propio Galton hubiera jamás soñado.

Pero de Galton trataremos la próxima semana.

Eugenesia: antecedentes históricos

Antonio Cruz Suárez
Eugenesia: antecedentes históricos
Eugenesia (II)

Las preocupaciones eugenésicas son en realidad casi tan antiguas como la propia humanidad.
27 de febrero de 2011
Algunos pueblos primitivos mostraron sus inquietudes por la mejora del linaje practicando el infanticidio. En la antigua Grecia se eliminaba sistemáticamente a aquellos recién nacidos que eran considerados débiles o con determinados defectos físicos.

Los espartanos, por ejemplo, tenían la costumbre de presentar sus bebés a los ancianos para que éstos los examinaran y decidieran si merecían vivir o tenían que ser arrojados por el desfiladero de Taigetos. Ya antes de tal examen las madres de Esparta lavaban a sus hijos en vino, orina o agua helada con el fin de determinar su carácter y, en cualquier caso, robustecerlos.

Platón (428-348 a.C.) escribe en La República los siguientes consejos: “…, harás una selección entre las mujeres, como la has hecho entre los hombres, y aparearás éstos con ellas, teniendo en cuenta todas las semejanzas posibles (…). Poner en manos del azar los apareamientos carnales y demás actos en una sociedad en donde los ciudadanos traten de ser dichosos, es cosa que ni la religión ni los magistrados permitirían (…).
(…) es necesario criar los hijos de los primeros (los individuos escogidos), no los de los segundos (los inferiores), si se quiere mantener el rebaño en toda su excelencia” (Platón, La República, Clásicos Bergua, Madrid,1966: 312-314).

Incluso el propio Aristóteles (384-322 a.C.) opinaba que “en lo que se refiere al matar o criar a los hijos, la ley debe prohibir que se críe cosa algunatarada o monstruosa” (Aristóteles, Política, vol. II, Orbis, Barcelona, 1985: 124).

Los romanos por su parte tenían también prácticas similares y arrojaban a los bebés deformes desde la roca Tarpeya, situada sobre un extremo del Capitolio.

Algunos autores han creído ver un cierto trasfondo eugenésico en las listas del Levítico que prohíben los casamientos entre personas consanguíneas (Lv. 18:6-13). Sin embargo, un estudio más detallado de las mismas demuestra que tales prohibiciones respondían exclusivamente a cuestiones morales y de carácter religioso.

Otra cosa son las prescripciones posteriores que aparecen en el Talmud y las prohibiciones de que determinados individuos con enfermedades como la lepra o la epilepsia contrajeran matrimonio. Aquí sí se detectan medidas eugenésicas. De hecho, tales recomendaciones han influido durante muchos siglos en las legislaciones eclesiásticas posteriores, impidiendo los matrimonios entre personas con un determinado grado de parentesco. El tabú del incesto tiene también un claro significado eugenésico.

No obstante, aunque los planteamientos eugenésicos subsistieron de forma latente a lo largo de la historia, no fue hasta la publicación de los trabajos de Galton, en pleno siglo XIX, cuando la eugenesia fue reconocida como ciencia y adquirió carta de ciudadanía.

Las ideas de Francis Galton (1822-1911) acerca de la pureza de la raza y su posible mejora, estuvieron muy influenciadas por las que tenía su primo, Charles Darwin, sobre la cría de animales domésticos y su selección artificial.

De esto hablaremos en el próximo artículo.

Artículos anteriores de esta serie:
1. Eugenesia: mejorar la raza humana
Autores: Antonio Cruz Suárez
© Protestante Digital 2011

Eugenesia: mejorar la raza humana

Antonio Cruz Suárez
Eugenesia: mejorar la raza humana
Eugenesia (1)

Aquella imagen romántica que se tenía de las ciencias naturales a finales del siglo XIX se resquebrajó hasta deshacerse casi por completo, durante la primera mitad del XX.
20 de febrero de 2011
Los estudiosos atávicos de la llamada “historia natural” que confeccionaban inacabables herbarios, adornaban las paredes de sus hogares con bellas colecciones de mariposas o se dedicaban a disecar aves exóticas, se colocaron asépticos uniformes blancos y, desde sus modernos laboratorios, empezaron a conmocionar al mundo, hurgando en las mismísimas entrañas de la vida.

La biología ya no fue nunca más lo que era. De los inofensivos estudios de la naturaleza de antaño se pasó a la moderna ciencia de la vida, cargada de retos, promesas, tentaciones y también problemas éticos.

Uno de los primeros tumores malignos que se desarrolló en el corazón de la biología, en la misma ciencia de la genética, fue sin duda el de la eugenesia. Literalmente la palabra significa “buen origen”, “buena herencia”, “de buena raza” o “buen linaje” y su creación se debe al inglés Francis Galton en el año 1883. Sin embargo, él la definió como “la ciencia que trata de todos los influjos que mejoran las cualidades innatas de una raza; por tanto, de aquellas que desarrollan las cualidades de forma más ventajosa” (López, E., Ética y vida, San Pablo, Madrid, 1997: 113).
En esta definición se observan ya algunos de los gérmenes venenosos que emponzoñarían posteriormente todo el pensamiento eugenésico. Es decir, la idea de que se trataba de una verdadera ciencia, el concepto asumido de raza que llevaría fácilmente al de racismo y la creencia en las ventajas o desventajas provocadas por los influjos o “genes buenos” y “genes malos”.

DEFINICIÓN DE EUGENESIA
La eugenesia nació a finales del siglo XIX con la pretensión de ser una ciencia aplicada.
El estudio teórico de los factores que pudieran elevar o disminuir las cualidades raciales, tanto físicas como intelectuales, de las futuras generaciones, se fue convirtiendo poco a poco en una serie de acciones prácticas concretas. Su cometido final era conservar y mejorar el patrimonio genético de la humanidad.

Este programa teórico-práctico poseía un doble aspecto: negativo y positivo.

La llamada eugenesia negativa pretendía eliminar directamente aquellas características genéticas no deseables para la especie humana. Con el fin de lograr esta exclusión de rasgos no queridos se proponían medidas tendentes a evitar la descendencia “defectuosa”, tales como prohibir los matrimonios que presentaran riesgo genético o impedir los embarazos en aquellas parejas genéticamente incompatibles. Si la concepción ya había tenido lugar, se proponía el aborto eugenésico o la muerte del recién nacido.

Las medidas coercitivas estaban a la orden del día y venían respaldadas por la opinión mayoritaria del estamento científico. Se trataba de restricciones que, según se decía, había que imponer a ciertos matrimonios por el bien común de la humanidad. Las esterilizaciones de algunos ciudadanos debían ser también obligatorias. A no ser que prefirieran, aquellos que presentaban taras importantes, permanecer siempre recluidos en centros adecuados, con el fin de evitar que pudieran reproducirse.

La eugenesia positiva, por su parte, intentaba difundir al máximo el número de genes y genotipos considerados como deseables, facilitando ciertos matrimonios y otorgando premios a las familias genéticamente seleccionadas que más se reprodujeran. Se organizaron concursos y festivales, que más bien parecían auténticas ferias de ganado.

Desde luego, siempre fue más difícil llevar a la práctica la eugenesia positiva que la negativa, ya que las costumbres humanas no se adecúan fácilmente a tales prácticas.
Autores: Antonio Cruz Suárez
© Protestante Digital 2011

- Una empresa rusa ofrece «vida eterna» congelando cerebros

Una empresa rusa ofrece «vida eterna» congelando cerebros
MOSCÚ, AFP. Edición ProtestanteDigital.com.
KrioRus es el nombre de una empresa rusa que ha acometido un peculiar negocio: vender la vida eterna. Para ello, confían en utilizar una técnica que permite la congelación del cerebro tras la muerte, confiando en que futuras tecnologías permitan trasplantarlo a un cuerpo y hacerlo vivir nuevamente.

«No tengo ganas de morir. Nunca, ni dentro de un año ni dentro de un millón de años»: Innokenti Osadchi está contento porque cree haber encontrado en la empresa rusa KrioRus el modo de escapar a la muerte haciéndose congelar, una técnica que los científicos tachan de «fraude».

Osadchi, un banquero de 35 años, está dispuesto a pagar una pequeña fortuna a esta empresa de criogenización para que congele su cerebro tras su muerte. «En caso de fallecimiento, la única oportunidad ahora mismo es la crioconservación», declara a la AFP Osadchi, que dice que siempre tuvo claro que «los vampiros, el paraíso, el infierno y todas esas cosas sobrenaturales o religiosas no son reales».

«Si mañana muero en un accidente de automóvil y de esta manera existe aunque sea una posibilidad entre un millón de que yo pueda vivir de nuevo, entonces me sentiría feliz», dice por su lado Viktor Grebenchikov, de 52 años, uno de los fundadores de KrioRus.

Osadchi y los demás clientes de KrioRus creen que el cerebro funciona como el disco duro de un ordenador, y que su contenido puede congelarse y conservarse para una utilización futura. «Sabemos que la personalidad se encuentra en el cerebro. Así que, cuando el cuerpo de una persona se hace viejo, no hay motivo para consevarlo», explica Danila Medvedev, gerente de KrioRus.

En el depósito de la empresa, los visitantes pueden observar grandes contenedores, que a su vez encierran cubas metálicas llenas de nitrógeno líquido, donde flotan las cabezas o los cuerpos enteros de clientes. Los familiares de los difuntos pueden, si lo desean, conservar las cubas en sus casas.

«Nosotros decimos a nuestros clientes que es más barato, más seguro y probablemente mejor congelar únicamente el cerebro», cuenta Danila Medvedev. Las tarifas son 10.000 dólares para la cabeza y 30.000 dólares para el cuerpo entero. Desde su apertura en 2005, KrioRus ha construido nuevas cubas, para responder a la demanda de 30 clientes, que al igual que el banquero Osadchi ya han firmado un contrato con la empresa.

Los científicos, sin embargo, son muy escépticos. «Son unos estafadores, que piden mucho dinero. Es un fraude», denuncia Valentin Gristenko, director del Instituto de Criobiología, el primer establecimiento especializado fundado en la Unión Soviética y actualmente con sede en Ucrania.

«Si se congela ahora un cuerpo, incluso si se trata de un cuerpo en vida y con buena salud, después de su congelación no estará ni vivo ni entero. Actualmente ni siquiera se pueden conservar y preservar órganos, sólo células», explica.

«No damos garantías, pero sí decimos que sería estúpido no intentarlo», responde Danila Medvedev. KrioRus es también muy controvertido por su concepción de la muerte. Según Medvedev, la muerte se produce no cuando el corazón deja de latir, sino «cuando el cerebro está hecho papilla».

Otro motivo de controversia a propósito de KrioRus es que los partidarios de la criogenización pueden hacer congelar a sus allegados sin su consentimiento. Así por ejemplo, Osadchi dice que no dudaría en congelar el cerebro de su madre, pese a ser una rusa ortodoxa practicante y opuesta a la criogenización. Como él explica, «tras la muerte, la persona no puede negarse».

Ser Dios o no ser nada

Se anunció con el bombo y platillo que conlleva el orgullo: se había creado vida en un laboratorio. Pero no es cierto. Se ha conseguido que una célula ya viva se reproduzca con los rasgos de un genoma diferente que se le ha inoculado después de manipularse. Ahora vendrá el debate ético que genera siempre el miedo a tocar los entresijos de la vida. Si creamos o creemos haber creado vida, ¿somos Dios?

El mito de Frankenstein perdura por que el dilema radica en la propia esencia de la fe. El hombre desea creer en Dios, quiere ser Dios y al mismo tiempo lo niega, por miedo, por soberbia, porque se lo dicta la razón. En el fondo, el debate es ser Dios o no ser nada. Es encontrar la respuesta que nació cuando el ser humano creo el simbolismo. Y esta celebrada noticia no sirve para discutir a Dios sino para confirmar la vanidad humana, pues lo que se plantea es si, una vez más, el invento que puede tener unas consecuencias benefactoras para el avance de la humanidad, será utilizado con unos fines que la pongan en peligro. Terrorismo, lo llamamos, pero sucedió lo mismo con la pólvora o el átomo. ¿Acaso no son terrorismo las armas biológicas que ya existen? ¿O las armas nucleares? ¿O un sistema económico que permite que millones de personas mueran de hambre? No seamos hipócritas. No asustemos a nadie con el desarrollo del invento, porque con debate ético o sin él, el invento se desarrollará. Es una característica inmanente de la especie: ir siempre más allá. Quizá una opción sea ponerlo al alcance de todos y esperar a que se neutralice, mientras se aprovechan sus aspectos positivos. Algo que ya ocurrió en su tiempo con la bomba A.

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El Vaticano intenta frenar el avance de la ciencia. La Iglesia católica publica un documento dedicado a criticar avances en investigación biomédica

El Vaticano intenta frenar el avance de la ciencia. La Iglesia católica publica un documento dedicado a criticar avances en investigación biomédica

AINHOA IRIBERRI / ANTONIO GONZÁLEZ Madrid 12/12/2008 20:15

El Vaticano ha equiparado la “píldora del día después” con el “pecado del aborto” y ha vuelto a condenar la investigación con embriones. EFE

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Los trabajos con líneas de células madre embrionarias del director del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona, Juan Carlos Izpisúa, uno de los científicos españoles más importantes, “cooperan al mal [sic] y al escándalo”, según el Vaticano.

La Congregación para la Doctrina de la Fe, antigua Inquisición, publicó ayer la instrucción pastoral Dignitas personae (de la Dignidad de la persona), que critica con dureza algunos de los principales avances científicos de los últimos años.

El documento es una puesta al día de la última instrucción pastoral publicada al respecto, Donum vitae, que, como se publicó en 1987, no afrontó explícitamente los últimos avances en las ciencias biomédicas. Estos descubrimientos, según la Conferencia Episcopal española “han abierto nuevas perspectivas terapéuticas pero también han suscitado serios interrogantes”.

El Vaticano ha equipara la “píldora del día después” con el “pecado del aborto” y ha vuelto a condenar la investigación con embriones

La gran mayoría de los científicos considera la clonación terapéutica y la terapia génica como la gran esperanza en el campo de la medicina regenerativa. Millones de enfermos de alzhéimer, párkinson, diabetes y otras enfermedades que, a día de hoy, no tienen cura, podrían beneficiarse de los avances que se consigan en este campo.

La Iglesia no ha acudido a las revistas científicas de referencia como Science o Nature para actualizar su postura en este asunto. Tal y como explica en el documento, “se han tenido siempre presentes los aspectos científicos correspondientes, aprovechando los estudios llevados a cabo por la Pontificia Academia para la Vida y las aportaciones de un gran número de expertos (…) que se han confrontado con los principios de la antropología cristiana”. El Vaticano anima a seguir esta instrucción pastoral a “los fieles cristianos y a todos los que buscan la verdad”.

El documento habla de las técnicas de reproducción asistida, a las que se someten al año en España entre 600.000 y 800.000 parejas. El objetivo es “abordar nuevos problemas relativos a la procreación”. Sus conclusiones, tajantes, no difieren del anterior documento al respecto: “Hay que excluir todas la técnicas de fecundación artificial heteróloga y las de fecundación artificial homóloga que sustituyen al acto conyugal”. Sin embargo, menciona técnicas que en 1987 no eran viables, como la congelación de óvulos, que califican de “moralmente inaceptable”, a pesar de que no implica la destrucción de ningún embrión.

Aunque la Iglesia considera que esta técnica se ha desarrollado “para evitar los problemas éticos suscitados por la crioconservación de embriones”, también cree que los óvulos se conservan para “la procreación artificial”.

Un deseo legítimo

La Iglesia católica no considera que, con esta postura esté dejando de lado a los católicos que buscan ayuda para tener hijos. Según Dignitas personae, la institución “reconoce la legitimidad del deseo de un hijo y comprende los sufrimientos de los conyuges afligidos por el problema de la infertilidad” que, sin embargo, “no puede ser antepuesto a la dignidad que posee cada vida humana hasta el punto de someterla a un dominio absoluto”.

La medicina regenerativa es el otro gran frente de batalla de la instrucción pastoral. Tras condenar la investigación sobre células troncales embrionarias, apoya la que usa células madre adultas. Uno de los últimos campos de investigación, el uso de óvulos de animales para la reprogramación de los núcleos de las células somáticas humanas, es definido como “una ofensa a la dignidad del ser humano”. Reino Unido autorizó en 2007 esta técnica para impulsar la lucha contra las enfermedades.

“La Iglesia mantiene una postura retrógrada”

“Ejemplo de cinismo”, “posición retrógrada”, “injerencia en las familias”, “intento de cercenar los derechos de los demás”… Estas son algunas de las valoraciones realizadas ayer por la mayoría de los científicos y expertos en bioética consultados por Público sobre la instrucción pastoral Dignitas personae, en la que el Vaticano reafirma su oposición a la reproducción asistida, la investigación con células madre embrionarias o la llamada píldora del día después.

El Gobierno socialista, sin embargo, prefirió mantener silencio pese las duras críticas del Vaticano a muchas de las técnicas permitidas por el marco jurídico vigente. Ni la vicepresidencia del Gobierno ni los ministerios de Ciencia y Sanidad reaccionaron ante el documento hecho público ayer.

“La jerarquía católica mantiene su línea tradicional de siempre”, explica Marcelo Palacios, miembro del Comité de Bioética de España, que cree que el Vaticano, con sus críticas, no tiene en cuenta “el avance científico, la felicidad de las parejas con problemas de fertilidad o la salud de las personas”.

En el caso de la reproducción asistida, señala que la Iglesia debería “abstenerse” de realizar “injerencias en cómo se organiza cada familia”. “Está muy bien hablar con mucha facundia de dignidad y teorizar desde fuera, pero hay que ponerse en la piel de quien tiene un hijo enfermo o problemas de fertilidad”, agrega.

Una “sociedad de solteros”

Para el presidente del comité científico de la Asociación Nacional de Clínicas de Reproducción Asistida , Simón Marina, la Iglesia mantiene una postura “retrógrada y anticuada” ante los avances científicos, una posición no ajena por otra parte a su condición de “sociedad de hombres solteros”.

Pese a la instrucción de la Curia Romana, Marina cree que las parejas católicas infértiles seguirán acudiendo a las clínicas como hasta ahora.Por su parte, el ex presidente del CSIC Emilio Muñoz entiende que la Iglesia demuestra estar “desbordada” por los avances científicos y ha emprendido, incurriendo en un “cinismo tremendo” y numerosas contradicciones, una “batalla desesperada para recuperar a los católicos más dubitativos”. En su opinión, la publicación de la instrucción tiene mucho que ver con el acceso al papado de Joseph Ratzinger.

José López Barneo, director del Instituto de Biomedicina de la Universidad de Sevilla , sostiene por su parte que hay que respetar que la Iglesia quiera dar orientaciones a sus fieles, aunque debe existir siempre una separación entre las creencias religiosas y la investigación científica.

Menos críticos fueron los miembros del Comité de Bioética de España Carlos Romeo Casabona y César Nombela. Romeo cree que está bien que la Iglesia dé su opinión, aunque son las normas jurídicas las que rigen las técnicas criticadas por el Vaticano. El ex presidente del CSIC César Nombela, por su parte, afirma que la instrucción vaticana es “una propuesta a favor de la dignidad humana que no se impone a nadie”.

http://profesordeeso.blogspot.com/2010/06/el-vaticano-intenta-frenar-el-avance-de.html

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