1 Corintios – Simon J.Kistemaker

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Walter Eugen Primera Carta a Los Corintios

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LA CORONA DE NUESTRA FE -1 Cor 15

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El velo de la mujer – I Corintios

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“SEÑAL DE AUTORIDAD” (EL VELO)

EXPOSICIÓN EXEGÉTICA DE 1 CORINTIOS 11:2-15

(Y observaciones hermenéuticas pertinentes)

INTRODUCCIÓN

Adentrándonos en el texto

La exposición exegética de un texto, y la conclusión que posteriormente proceda, requiere establecer primero cuál es el núcleo (o núcleos) del tema específico de dicho texto. En el texto que estamos considerando, como en otras secciones de esta carta a los corintios, el autor o bien está respondiendo a alguna pregunta formulada por los corintios (ver 7:1; 8:1; etc.), o está tratando este asunto con la intención de corregir un comportamiento “incorrecto” de algunas mujeres de la iglesia griega (ver 1:11). Pero sea una cosa u otra, no afecta para nada la exégesis que intentamos hacer en este artículo.

Creemos que la clave para conocer cuál fue el comportamiento “indebido” que Pablo quiso  corregir se encuentra en la pregunta retórica que el Apóstol les formuló: “Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza?” (v.13). Por motivos que ignoramos (pero que más adelante especulamos), la mujer cristiana de Corinto empezó a prescindir de dicha prenda, con todas la implicaciones que ello conllevaba. Pablo, en su apología apela tanto a argumentos teológicos como a argumentos convencionales de la costumbre. Pero todos los argumentos que el Apóstol expone antes y después de esta pregunta tienen el propósito de convencer a sus lectores de la respuesta lógica que su pregunta implica, a saber: “No era propio” que la mujer orara a Dios sin cubrirse la cabeza.

Aclaración de algunas expresiones del texto

Pablo usa el término “cabeza” con dos sentidos diferentes. Uno, en sentido físico para referirse a esta parte del cuerpo: la que había que cubrir con el velo; y otro, en sentido figurado significando autoridad (o superioridad): el varón era “cabeza” de la mujer como Cristo era “cabeza” del varón (v. 3).

La frase “cubrir la cabeza”, en este texto, se usa siempre en sentido físico: cubrir la cabeza con el velo, la prenda de vestir (vs. 4-7). Cuando Pablo dice que “todo varón que ora o profetiza…  toda mujer que ora o profetiza” (vs. 4 y 5), se está refiriendo al varón y a la mujer en general. Es decir, el varón, cualquier varón, deshonra su cabeza [la cual es Cristo] si se cubre con un velo, y la mujer, cualquier mujer, deshonra su cabeza [la cual es el varón] si NO se cubre con el velo.

Por otro lado, Pablo infiere el contexto (especial pero no exclusivamente) en el cual la mujer debe cubrirse la cabeza: cuando “ora o profetiza” en la asamblea. Aclarar, además, que una cosa es orar y otra diferente es profetizar, cualquiera que sea la acepción de esta última palabra. Algunos exegetas de las “Iglesias de Cristo” no quieren hacer esta distinción de términos, pues ello implicaría aceptar que la mujer oraba en la iglesia de Corinto, al margen de que tuviera o no el don de profetizar (privilegio de orar que ellos niegan a la mujer); y, por otro lado, limitan a una sola acepción el término “profetizar” (revelar lo por venir); así, como hoy no hay profetas que revelen nada, (y el velo, según ellos, era para las profetisas) liquidan el asunto del velo por el camino más corto. ¡Pésima exégesis!

Por nuestra parte, pues, concluimos esta introducción afirmando que el tema central de 1 Corintios 11:2-15 radica en el hecho de “cubrirse o no cubrirse” con el velo. Y teniendo en cuenta que esta prenda era el signo físico y visible de la tutela de la mujer, el tema subyacente de este texto es la autoridad del varón sobre la mujer, tema presente en otras secciones de esta misma carta (por ejemplo, 1 Corintios 14:34-35).

Desglosamos este artículo en cinco partes: a) Significado estético, ético y legal del velo; b) Exegesis del texto; c) Implicaciones de la supresión del velo; d) Observaciones hermenéuticas pertinentes del texto; y e) Qué motivó a las mujeres cristianas de Corinto para prescindir del velo.

A) SIGNIFICADO ESTÉTICO, ÉTICO Y LEGAL DEL VELO

Significado ético y estético

Parece ser que la tradición de ocultar la cara de la mujer tras un velo en Oriente tiene su origen en una ley asiria del año 1200 a.C.[1].. Los primeros datos en la Biblia respecto al uso del velo lo hallamos en la historia de Isaac. Cuando el hijo de la promesa se acercaba a la comitiva donde venía Rebeca, y el criado de Abraham le informó a ésta que se trataba de Isaac, Rebeca “entonces tomó el velo, y se cubrió” (Génesis 24:65). En los días de Jesús, cuando la mujer judía de Jerusalén salía de casa, llevaba la cara cubierta con un tocado que comprendía dos velos sobre la cabeza, una diadema sobre la frente con cintas colgantes hasta la barbilla y una malla de cordones y nudos; de este modo no se podían reconocer los rasgos de su cara.[2]. En los círculos más legalistas de la época del Nuevo Testamento, las mujeres y las hijas doncellas quedaban encerradas en los harenes y sólo podían mostrarse en público cubiertas con un velo. Y las mujeres más extremistas se cubrían incluso estando en el hogar. La madre Kimhit, que había tenido siete hijos, que todos fueron sumos sacerdotes, reconoce: “Jamás vieron mis trenzas las vigas de mi casa” (TB Yomá 47ª)[3].

Significado legal

En primer lugar, decir que la sumisión de la mujer al hombre, ya sea al padre o al marido, está implícito en el tipo de familia patriarcal. El padre es “señor” de todo cuanto depende de él o pertenece al ámbito del hogar en el cual él es el jefe único e indiscutible (Jueces 11:30-39). De ello se deduce que el estatus de la mujer es una consecuencia de esta institución social y familiar vigente tanto en el mundo griego como en el judaísmo en los días del Nuevo Testamento. El cristianismo simplemente recogió el testigo de esa institución social e hizo la misma exégesis rabínica tal como leemos en los textos del Nuevo Testamento (1 Corintios 11:8-9; Efesios 5:22-24; Colosenses 3:18; 1 Pedro 3:1).

En segundo lugar (como veremos más adelante) el uso del velo iba más allá de una simple y tradicional costumbre de los pueblos de Oriente Medio relacionado con el pudor. Tras la costumbre del velo había un sometimiento del hombre sobre la mujer, de los cuales el velo era un símbolo. De momento, veamos las implicaciones que conllevaba el uso del velo según la exposición de Pablo.

B) EXÉGESIS DEL TEXTO (1 Corintios 11:2-15)

El contexto exegético de la apología del Apóstol en esta sección de la 1ª Carta a los Corintios es la autoridad que la ley patriarcal del matrimonio otorgaba al marido, y el velo era la señal (el símbolo) de dicha autoridad. Sobre esta premisa se fundamenta todo el argumento del Apóstol, que podemos resumir así:

a) Hay un orden jerárquico: “Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (v. 3).

b) La mujer, pues, “debe tener señal de autoridad sobre su cabeza” (v. 10, el velo), sin la cual deshonra al marido (vs. 3-5). Por el contrario, el varón no debe cubrirse (“pues él es la imagen y gloria de Dios” – v. 7).

c) “Si la mujer no se cubre [con el velo], que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra” (v.6).

d) La “naturaleza misma” (la costumbre de llevar la mujer el cabello largo) venía a confirmar el uso obligatorio del velo (vs. 14-15).

Ahora bien, independientemente de cuándo y cómo el velo adquirió este significado, lo cierto es que en los días del Nuevo Testamento esta doctrina estaba consensuada en el judaísmo,  la cual Pablo defiende. Sin embargo, un estudio crítico de esta doctrina,  desde un punto de vista sociológico y religioso, nos llevaría a las siguientes y legítimas interrogantes y propuestas

a) ¿Se derivaba la subordinación de la mujer al varón (una característica del patriarcado sociocultural) de la jerarquía de género Hombre-Mujer?

b) ¿O la jerarquía de género, Hombre-Mujer, es una consecuencia de la institución social y familiar patriarcal?

Nos tememos que dicho estudio vendría a confirmarnos que el establecimiento de esta jerarquía no era ajeno a la institución social y familiar de la cual se deriva el estatus de la mujer. Es decir, el papel institucionalizado de la mujer (de signo patriarcal) es el que sirvió de reseña teológica para establecer dicha jerarquía, y como una consecuencia de ello devino la carencia de personalidad jurídica de la mujer. Y todo este conglomerado legal, social y religioso, en el que se encontraba la mujer, especialmente en el judaísmo, vino a estar simbolizado en una prenda de vestir: el VELO.

El cabello “largo” no sustituye al velo

Algunos apologistas, para solventar el problema del velo hoy, han simplificado el tema que expone Pablo diciendo que el cabello largo (¿cuánto de largo?) sustituye al velo. Pero esta simplificación, además de salirse de la exégesis del texto, contradice la conclusión del Apóstol expresada en su pregunta retórica: “”Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza?” (v.13), la cual exige una respuesta negativa: ¡No es propio que ore sin cubrirse!

Si Pablo estuviera enseñando que el cabello largo sustituye al velo, primero, estaría contradiciéndose a sí mismo toda vez que sus argumentos elaborados (“el varón es la cabeza de la mujer… el varón no debe cubrirse [la mujer sí]… el varón no procede de la mujer… la naturaleza misma enseña que…) tienen como propósito demostrar todo lo contrario: que la mujer tiene que cubrirse con el velo; segundo, paradójicamente, estaría entonces enseñando que la mujer podía prescindir del velo porque el cabello largo era un sustituto del mismo. Pero esta conclusión es incomprensible en el contexto social y religioso de la época del Nuevo Testamento, donde el velo tenía un significado muy importante, como hemos visto, desde el punto de vista estético, ético y legal. ¿Cómo, pues, iba a enseñar Pablo que la mujer podía prescindir del velo porque el cabello ya cumplía esa función? ¡Esta conclusión entra en conflicto con sus propios argumentos!

El problema que plantea el texto, en la iglesia de Corinto, no consistía en que la mujer tuviera corto o largo el cabello, o que estuviera rapada. Este no era el problema. El problema era que la mujer estaba prescindiendo del velo como prenda de vestir, que conllevaba todas las implicaciones que exponemos más abajo.

Que esto es así (que la mujer debía cubrirse con el velo) lo confirma el convencionalismo mismo de aquella época. La ironía de Pablo, al decir que si no quiere cubrirse con el velo que se rape también la cabeza, llega hasta el límite ético, pues las únicas mujeres que se rapaban el cabello eran las rameras. El  otro motivo por el cual la mujer debía cubrir su cabeza con el velo era por la sensualidad que el cabello largo despertaba en el varón (este es, hoy,  uno de los distintos  argumentos que esgrimen en el mundo islámico). Y, por supuesto, el argumento más importante del Apóstol: el velo era una señal de la autoridad que el hombre tenía sobre su esposa bajo la ley patriarcal (vs 7-10).

De manera que, desde una exégesis descontextualizada, la enseñanza bíblica es clara y contundente: ¡no es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza! ¡Debe cubrirse con un velo!

C) IMPLICACIONES DE LA SUPRESIÓN DEL VELO

Implicaciones éticas y estéticas

La admonición de Pablo a las mujeres cristianas de Corinto, relacionada concretamente con el velo, pone en evidencia que, al menos algunas féminas, habían tomado la contundente decisión de prescindir del velo y las consecuencias fueron inmediatas. Primero, una cuestión de orden estético. Al despojarse la mujer del velo lesionaba la sensibilidad de las demás mujeres y, sobre todo, de los familiares, especialmente de los maridos si estaban casadas. Segundo, una cuestión de orden ético. Al liberarse del velo degradaban el decoro del cual el velo formaba parte de la indumentaria femenina. En Corinto las únicas mujeres que se atrevían a salir a la calle sin el preceptuado velo, eran las mujeres de vida licenciosa, como eran las rameras.

Implicaciones legales

Pero, sobre todo, la supresión del uso del velo estaba directamente relacionada con el estatus social y familiar de la mujer. La supresión del velo suponía por sí mismo una reivindicación de su individualidad. Aunque fuera sólo en el ámbito de los gestos, la mujer en la iglesia de Corinto se estaba liberando del símbolo externo y público de aquella clase de sujeción que nada tenía que ver con el espíritu que abanderaba el mensaje de las Buenas Nuevas de Jesús.

No obstante de estas implicaciones, derivadas del gesto de la supresión del velo por parte de las cristianas en Corinto, aunque fuera en la esfera de los símbolos, como era el velo, sus consecuencias estaban fuera de los propósitos de la predicación del evangelio en aquel siglo. Como también estaba fuera cualquier reivindicación de quienes estaban en la situación de esclavos. Cuando Pablo sugiere a los esclavos que, si pueden, “procuren liberarse” (1 Corintios 7:21), lo hace desde la posibilidad de la legalidad vigente: bien mediante la libertad que el amo le concediera, o pagando el precio por su libertad. El envío del esclavo Onésimo a Filemón, por parte de Pablo, muestra, antes que nada, la expectativa que cualquier ciudadano esperaba en esa situación (Carta de Filemón). Cualquier otra cosa hubiera estado fuera de la ley.  Y si el cambio del estatus de la mujer estaba fuera del propósito de la predicación del evangelio en aquel siglo, ¿cuánto más la supresión del velo, por los significados añadidos de orden ético y estético que dicha prenda conllevaba? Desde un punto de vista pragmático, nadie que amara el orden y la estabilidad hubiera dirigido una reivindicación de género, como las mujeres de la iglesia de Corinto protagonizaron conscientes o inconscientemente. Ahora bien, el velo era un simple convencionalismo, una costumbre que, si bien simbolizaba una subordinación, no tenía vocación de perpetuarse. El tiempo, que cambia todas las cosas, cambiaría también esta costumbre. ¡Y la ha cambiado!

D) OBSERVACIONES HERMENÉUTICAS PERTINENTES

Como hemos visto, la exégesis descontextualizada de este texto es clara: ¡la mujer debía cubrirse con el velo! Primero, porque la teología de género [según el orden social patriarcal], lo exigía; segundo, porque el estatus social tutelado de la mujer [según el mismo orden patriarcal] lo imponía; y, tercero, porque la costumbre de aquella época [“la naturaleza”] lo aconsejaba. De hecho, algunos comentaristas bíblicos lo han defendido como un “mandamiento” de Dios para las mujeres en todo lugar y en toda época. Y desde una exégesis descontextualizada, ciertamente así es. [4]

Por coherencia, los exegetas fundamentalistas de la Biblia deberían asumir las implicaciones de esta exégesis descontextualizada por dos motivos peculiares de ellos: a) Porque lo que dice el Apóstol al respecto fue dictado por el Espíritu Santo; b) Por lo tanto, es un mandamiento divino para ser obedecido.

Categorías exegéticas paralelas

Ahora bien, salvo algunos grupos religiosos que abogan por el uso del velo para las mujeres de la iglesia, siguiendo la exégesis del texto, la gran mayoría de los cristianos (incluidos los de las Iglesias de Cristo) rehúsan este mandamiento alegando razones “culturales” o “costumbristas” de aquella época. Lo cual celebramos. En efecto, creemos que el uso del velo, incluidos los significados ético, estéticos y legales que conllevaba, NO es una obligación para la mujer del siglo XXI en las sociedades llamadas  “occidentales”. Por tres razones poderosas: a) Nuestra cultura no corresponde a aquella donde estaba institucionalizado el uso del velo; b) Las instituciones sociales y religiosas que sustentaban y justificaban la imposición del velo hoy son obsoletas: y c) La mujer hoy no está sujeta a ninguna tutela del varón, pues las leyes civiles les otorgan a ambos los mismos derechos y las mismas responsabilidades.

Pero esto que acabamos de decir nos lleva a considerar el paralelismo existente entre las razones argumentadas para imponer el uso del velo y las razones expuestas para la tutela de la mujer y las consecuencias derivadas de esta tutela. Pablo usa los mismos o parecidos argumentos tanto para demostrar la obligación del uso del velo como para demostrar que la mujer debe estar sujeta al varón y estar en silencio en la iglesia (compárese 1 Corintios 11:6-10; 14:34-35; Efesios 5:22-24 y 1 Timoteo 2:11-14).

Si hacemos caso omiso al mandamiento de usar el velo, razonando que su uso obedecía a una “costumbre” arcaica, ¿por qué se mantiene en vigor la “costumbre” de la tutela de la mujer, que se sustenta en los mismos argumentos?

Para ser hermenéuticamente coherente con la exégesis bíblica, es necesario categorizar los postulados de la Biblia. Tanto la costumbre del uso del velo (y los contenidos inherentes) como el estatus de la mujer en el Nuevo Testamento están en la misma categoría exegética: ambos se fundamentan en instituciones arcaicas que no tenían vocación de perpetuarse. Si una institución es obsoleta (el velo), también lo es la otra (la tutela de la mujer).

E) ¿QUÉ MOTIVÓ A LAS MUJERES DE CORINTO PARA PRESCINDIR DEL VELO?

Reconocemos que lo que sigue obedece más a una especulación que a una exégesis seria del texto. No obstante, creemos que merece la pena hacer las siguientes consideraciones a la luz del Nuevo Testamento.

La idea de libertad que abanderaba el evangelio

El evangelio abanderó una libertad que sobrepasaba las expectativas de su época. Independientemente del contexto, la sola palabra “libertad” generaba un entusiasmo en las personas que vivían subyugadas a cualquier ley impuesta, ya fuera en el ámbito social, familiar o religioso. Pablo mismo tuvo que reivindicar la “libertad que tenía en Cristo Jesús” frente a las imposiciones legales religiosas de los judaizantes (Gálatas 2:4). A los corintios les había enseñado, y posteriormente les había escrito: “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17). Pablo luchó contra lo que él llamaba el “yugo de la esclavitud” de la ley judaica; y resueltamente llama a perseverar “en la libertad con la cual Cristo nos hizo libres” (Gálatas 5:1). Que las gentes tomaron conciencia de este espíritu de libertad que infundía el evangelio lo vemos por el mal uso que algunos hicieron de ella. Pedro tuvo que exhortar a ser “libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios” (1 Pedro 2:16). Las mujeres cristianas de Corinto se vieron embriagadas de ese espíritu de libertad y, desde él, tomaron iniciativas (¿equivocadas?).

La idea de un nuevo estatus como individuo

Los evangelistas no llamaban al paterfamilias para que creyera y, junto con él, el resto de la familia como un acto de obediencia al patriarca, sino que llamaba a las personas de manera individual a que creyeran en el mensaje de la cruz. La declaración de Jesús: “Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra” (Mateo 10:35), debemos leerla a la luz de la experiencia misionera de la iglesia en las primeras décadas. Las mujeres que creían en el evangelio lo hicieron a título particular exponiéndose, en muchos casos, a las consecuencias que Jesús apuntó. Pedro exhortó a estas mujeres que habían creído a que estuvieran “sujetas” a sus esposos (que no habían creído) y mostraran “una conducta casta y respetuosa” para que ellos fueran “ganados sin palabras” (1 Pedro 3:1-2). Pero la aceptación del evangelio fue una decisión personal de la mujer y ello les hizo sentirse personas, individuos, como nunca antes lo habían experimentado.

Frente a las instituciones sociales de aquel tiempo, Pablo se atrevió a decir: porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26-28). Este concepto va más allá del simple hecho de ser salvo: la salvación conlleva implícitamente un nuevo estatus en la fraternidad y, como consecuencia, en el plano social. Pablo enseñaba que los creyentes formaban  el cuerpo de Cristo, “y miembros cada uno en particular” (1 Corintios 12:27). Es más, como miembros de ese Cuerpo venían a ser individualmente responsables de sus propios actos, toda vez que también ellas, las mujeres, habrían que comparecer “ante el tribunal de Cristo, para que cada uno [la mujer también] reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo” (2 Corintios 5:10). La mujer, porque se sentía responsable de sus propios actos ante Dios, reclamaba esa libertad de acción para servir a su Señor y Libertador. La exhortación de Pedro antes citada (1 Pedro 3:1), es compatible con la libre decisión que la mujer ha de tomar en casos concretos: “porque es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 4:19). Estas enseñanzas implícitas en el mensaje del evangelio debieron de haber corrido como la pólvora entre las clases subyugadas o agraviadas por las instituciones sociales de la época, también y especialmente entre las mujeres.

El hecho de ser receptoras individuales de dones del Espíritu Santo

En la iglesia de Corinto había mujeres que tenían dones específicos de profecía (1 Corintios 11:5) que ejercían “para edificación, exhortación y consolación” (1 Corintios 14:3). Estos dones, que confería Dios mismo, sin pedir “autorización” a los tutores de las mujeres, eran ejercidos mediante el impulso del Espíritu Santo, con poder y autoridad en la iglesia. Por otro lado, aun cuando estos dones tenían una dimensión meramente espiritual, no obstante, hacían cobrar no poco protagonismo entre los que lo poseían. Pablo tuvo que poner cierto orden sobre este particular: “ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros” (1 Corintios 12:21). Y tuvo que subordinar todos los dones a un “camino mejor”: el amor (1 Corintios 13).  La mujer cristiana en Corinto se sintió, por primera vez en aquella sociedad, con la autonomía y la relevancia que transfería un don espiritual fuese cual fuese este don. Por primera vez, al menos en el seno de la iglesia, la mujer podía hablar sin el consentimiento del padre o del marido, porque su autoridad procedía de un ente superior: Dios. La mujer de Corinto tomó conciencia de ese estatus nuevo que le ofrecía las Buenas Nuevas del Evangelio.

¿Cómo no iba a engendrar cierto espíritu de superioridad no sólo sobre el resto de la comunidad, sino sobre los mismos padres y esposos, tutores de las mujeres? ¿Y cómo no iba a crear problemas institucionales, generacionales y eclesiales? Pero, claro está, eso sería auténtico, sería legítimo y sería lícito, “pero no todo convenía”, había establecido el Apóstol. “No había que buscar el propio bien, sino el del otro” (1 Corintios 10:23-24).

Los “Dichos” de Jesús que circulaban entre las iglesia

Antes que los Evangelios fueran escritos como obras literarias, ya circulaban en forma de historias (anécdotas) orales fragmentadas. Entre esas historias “acerca de Jesús” se cree que había una sobre los “Dichos” de Jesús. Entre los Evangelios sinópticos, Lucas y Mateo incorporan estos “dichos” en sus obras. De hecho, estas historias orales “acerca de Jesús” fueron el primer material didáctico en la vida de las jóvenes iglesias, y las enseñanzas de esos “dichos” relacionados con la mujer eran muy entusiastas especialmente para los oyentes del género femenino.

Jesús habló mucho de la mujer en sus parábolas y muchas historias “acerca de Jesús” tenían como personaje principal alguna mujer, cosa poco frecuente en las enseñanzas rabínicas. La síntesis que cualquier oyente o lector podía hacer de esas historias “acerca de Jesús” era  que Jesús había sacado a la mujer del anonimato al cual las instituciones la habían relegado. La historia de la mujer adúltera y perdonada (Juan 8:1-1), la historia de la mujer samaritana (Juan 4:3-42), la historia de María (Juan 12:3-8), la historia de María Magdalena y las otras mujeres que fueron al sepulcro (Juan 20:11-18), etc. debieron ser historias que hicieron soñar despiertas a todas la mujeres que las escuchaban o las leían.

Ciertamente, Jesús abrió una ventana por la cual entraba un rayo de luz y de esperanza hacia otra forma de vida, hacia otra manera de entender y vivir la vida, especialmente para las mujeres sometidas a un estatus en el que carecían de personalidad jurídica, un estatus reflejado en la vida social, familiar y eclesial de la mujer. Y todas estas historias “acerca de Jesús” se constituían por sí mismas en un caldo de cultivo preparando las mentes y los corazones para el gran salto. Las mujeres de Corinto conocían esas historias e hicieron de ellas la perla más preciosa hallada.

Conclusión

No obstante de la conclusión exegética hecha al principio, “no” creemos que la mujer del siglo XXI tenga que cubrirse la cabeza con ningún velo ni ninguna otra clase de prenda como señal de nada. El uso del velo en el texto bíblico que hemos analizado corresponde a una cultura concreta en un tiempo determinado diferente al que estamos viviendo. No vivimos bajo la ley patriarcal del matrimonio ni bajo las instituciones sociales que lo hacían vigente. En las sociedades modernas, hoy, la mujer no está bajo la tutela del marido; las leyes les otorgan, a ambos, la corresponsabilidad en todas las facetas de la vida en común, incluida la educación de los hijos. La costumbre del velo respondía a unos deberes de naturaleza ética, estética y legal que nada tienen que ver con nuestras costumbres.[5]

¿Qué significa esto?

Que la exégesis bíblica requiere contextualizar el texto. La hermenéutica demanda dicha contextualización del texto. No sólo de éste, sino de todos cuantos están relacionados con instituciones sociales, familiares, etc. que tuvieron una vigencia temporal y formaron un haz de convencionalismos atávicos que no nos compete hoy.

Aún así, seguimos formulando las interrogantes del principio: ¿Qué propósito había detrás del gesto de prescindir del velo? ¿Qué intención se escondía tras aquella ingenuidad? ¿Eran conscientes aquellas cristianas de Corinto de lo que estaban protagonizando? ¿Fue una actitud deliberada con alguna meta en concreto? ¿Fue aquello realmente una reivindicación de género, adelantándose en el tiempo? Sabemos lo que dijo Pablo, pero, ¿hubiera dicho lo mismo Jesús? ¿Y nosotros? ¿Qué decimos nosotros hoy?


[1] “Vestimenta.” Encarta 2001. © 1993-2000 Microsoft Corporation.

[2] “Jerusalén en tiempos de Jesús”, Joaquín Jeremías, Ediciones Cristiandad, 1980, p.371

[3] “El Mundo del Nuevo Testamento”, Johannes Leipoldt y Walter Grundmann, pág. 192 (Ediciones Cristiandad).

[4] 1ª Epístola a los Corintios, pág. 174-175 – Ernesto Trenchard – Edit. Literatura Bíblica

[5] Sugerimos al lector que consulte el comentario exegético que Willian Barclay hace de 1 Corintios 11:2-16

http://restauromania.wordpress.com/2009/05/22/“senal-de-autoridad”-el-velo/

Comentario Biblico Mundo Hispano tomo 20 – I y II Corintios

1 Corintios

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