Pablo

Pablo

Posted: 16 Nov 2010 03:28 AM PST

Pablo
Originalmente publicado en New Dictionary of Theology. David F. Wright, Sinclair B. Ferguson, J.I. Packer (eds), 703-707. IVP. Traducido y publicado en Español en Nuevo Diccionario de Teología David F. Wright, Sinclair B. Ferguson, J.I. Packer (eds), 537-540. CBP, Traducido por Hiram Duffer. Publicado acá con el permiso del autor.

Pablo. Este articulo presenta un panorama de la vida y la obra de Pablo, su teología, su lugar en el cristianismo primitivo y su significado para el día de hoy.

1. Vida y obra
El apóstol Pablo, un judío de la tribu de Benjamin, nació como ciudadano romano en Tarso de Cilicia, con el nombre hebreo de Saulo. Probablemente Pablo era uno de sus nombres romanos. Educado como fariseo, llego a ser sumamente hábil en la ley y la tradición judías (Gal. 1:14). Mientra participaba de una persecución violenta de la iglesia, fue confrontado en el camino a Damasco con una visión cegadora del Jesús resucitado. Siguió hasta Damasco y allí recupero su vista y fue bautizado c. 34 d. de J.C. (Hech. 9:3-19). Obedeciendo a su nuevo Señor, empezó de inmediato a predicar a Jesús como Mesías en las sinagogas y a su vez llego a ser objeto de la persecución judía (Hech. 9:19-25; cf. 1 Tes. 2:14-16).
En esta época parece que paso algún tiempo en Arabia (Gal. 1:17), regresando a Damasco por tres años antes de ir a Jerusalén (Hech. 9:26-29). Nuevamente fue perseguido fue a su ciudad natal, Tarso, hasta que Bernabé lo llevo para ayudar en la creciente iglesia multirracial en Antioquia (Hech. 11:19-26). Desde allí, los dos hicieron otro viaje a Jerusalén (Hech. 11:30) para proveer una ayuda ante el hambre (c.46). Es probable que este es el mismo viaje que describió en Gálatas 2:1-10, aunque algunos identifican este ultimo como la visita de Hechos 15.
Nuevamente en Antioquia, Bernabé y Pablo fueron llamados por el Espíritu para un ministerio de predicación itinerante (Hech. 13-14), cuyo mismo éxito llevo a una controversia sobre los términos de admisión de los no judíos al pueblo de Dios (Gal.; Fil. 3:2-11; ver Hech. 15). Pablo hizo dos viajes subsecuentes con Silas y otros, pasando un tiempo considerable en Corinto en el primer viaje y en Efeso en el segundo (Hech. 16-19). Al regresar a Jerusalén fue arrestado y enjuiciado delante del Sanedrín y dos gobernadores romanos sucesivos, un proceso que termino solo cuando Pablo ejerció su derecho como ciudadano romano apelando a Cesar. Luego fue llevado a Roma por barco, naufragando en ruta por la costa de Malta (Hech. 20-28). El relato de los Hechos termina con Pablo predicando abiertamente en Roma, sin mencionar ni juicio ni ejecución. Relatos eclesiásticos posteriores llenan las lagunas, contando del martirio de Pablo bajo Nerón, c. 64.
Las cartas que sobreviven formaban una parte vital del ministerio de Pablo, siendo el medio principal por el que podía ejercer autoridad pastoral sobre las iglesias que había fundado, aun estando ausente de ellas. Las cartas suscitan tres preguntas principales: a. ¿Cómo debe entenderse su teología? b. ¿Que papel desempeño en el desarrollo del pensamiento cristiano primitivo? Y, c. ¿Cómo se le puede apropiar en la iglesia contemporánea?

2. La teología de Pablo
Algunos han colocado la justificación* en el centro del pensamiento de Pablo; otros, su doctrina de “estar en Cristo” (ver Cristo, Unión con*). Ninguna de estas soluciones resuelve todos los problemas. Es mejor pensar en Pablo como reconsiderando su teología farisaica a la luz de Jesucristo, como sigue.
a. El Transfondo de Pablo. Las afirmaciones básicas de la teología judía son el monoteísmo* (hay un solo Dios, el creador del mundo) y la elección (este Dios ha escogido a Israel para ser su pueblo). Esta doctrina doble encuentra su expresión clásica en el pacto,* cuyo punto focal era la ley* (Tora). La tarea de Israel consistía en ser fiel a Dios guardando la Tora, y Dios, por lo que le concierne, seria fiel al pacto (“justo”*) liberando a Israel de sus enemigos. Como fariseo, Pablo creía que esta liberación tomaría la forma de una nueva era irrumpiendo en la era presente (mala): Israel seria vindicado (“justificado”, i.e. se declararía que estaba verdaderamente dentro del pacto) entonces, y los que habían muerto siendo fieles al pacto serian resucitados de entre los muertos para compartir en el nuevo orden mundial. Mientras tanto, la única esperanza de Israel consistía en la fidelidad a la Tora y en su consecuente exclusivismo y separación de la contaminación, especialmente por medio del contacto de los gentiles. Fue lo que parecía ser relajamiento de estas obligaciones del pacto por parte de los cristianos primitivos lo que hizo que Pablo los persiguiera. Su visión de Jesús resucitado provoco un trastorno total no solamente en su vida personal, al reconocer a Jesús como Señor, sino que también en su pensamiento. Si Dios había resucitado a Jesús de entre los muertos, eso significaba que Jesús era el Mesías, el representante de Israel. Este reconocimiento los llevo inmediatamente a una reevaluación de todo su sistema teológico y su vocación practica.
b. Dios y Jesús. El concepto que Pablo tenia de Jesús causo, y dio forma, a la revolución en su concepto de Dios. Si Dios había vindicado al Jesús crucificado como Mesías, entonces en el-en su sufrimiento y su vindicación- ya se había llevado a cabo la acción de Dios para salvar a su pueblo. Puesto que el AT conceptuaba a esa acción como esencialmente acción de Dios mismo, Pablo llego a la conclusión de que Jesús mismo era dios en acción: “ Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo” (2 Cor. 5:19). Lo que Jesús hizo en la cruz es algo que solo Dios puede hacer: así que Jesús, quien antes de hacerse humano era “en forma de Dios” no consideraba que esa igualdad con Dios era algo para su propio beneficio, sino que revelo el verdadero carácter de Dios por medio de su abnegación, su encarnación y su muerte (Fil. 2:6-8). La resurrección es la afirmación de Dios de que este amor que se da a si mismo es en verdad la revelación de su propia vida y carácter (Fil. 2:9-11; cf. Rom. 1:4). El Dios que no compartiría su gloria con otro la ha compartido con Jesús (Isa. 45:22-25; cf. Fil. 2:9-11). De modo que el monoteísmo se redefine, no se abandona: Pablo se basa en la metáfora judía de la “sabiduría* de Dios” por medio de la cual Dios hizo el mundo, para atribuir esa agencia en la creación, así como en la nueva creación, a Jesús (1 Cor. 8:6; Col. 1:15-20), colocando a Jesús al lado de “el Padre” en formulaciones que en si mismas son nuevas expresiones del monoteísmo judío frente al politeísmo pagano. Esta impresionante visión nueva de Dios, especialmente destacando el amor divino, se complementa por el concepto que Pablo tiene del Espíritu* trabajando en los hombres y las mujeres para realizar aquello que Dios se propone, el dar vida verdadera (Rom. 8:1-11; 2 Cor. 3:3, 6, 17, 18). Finalmente, Pablo reconoce que el monoteísmo no puede contentarse con dividir al mundo en dos mitades. Si hay un solo Dios, y un solo Señor, debe de haber un solo pueblo (Rom. 3:27-30; 10:12; Gal. 3:19, 20). Así que su nuevo concepto de Dios señala hacia un nuevo concepto del pueblo de Dios (cf. Iglesia*).
c. El nuevo pacto. Al reconocer a Jesús como Mesías (“Cristo” en griego), i.e. como aquel en quien los propósitos de Dios para Israel* se habían resumido, Pablo se vio obligado a pensar de nuevo en el lugar de Israel y de su ley en el propósito total de Dios. A menos que Dios hubiera cambiado sus planes (lo cual era inconcebible), lo que había sucedido en Cristo debe haber sido el propósito de Dios desde el principio. La cruz y la resurrección le dieron a Pablo la pista: ya que el Mesías representa a Israel, Israel mismo tiene que “morir” y ser “levantado” (Gal. 2:15-21). Al leer la Escritura de nuevo desde este punto de vista, Pablo descubrió que, en el mismo pasaje donde primeramente se hicieron las promesas del pacto (Gen. 15), dos temas sobresalen: El deseo de Dios de que “todas las naciones” compartan la bendición de Abraham y la fe Abraham como la señal de que el era en verdad participe del pacto con Dios (Rom. 4; Gal. 3). Pero esto quería decir que la interpretación que Israel hacia de su papel en el plan de Dios había estado equivocada. Había confundido una etapa temporaria del plan (su tierra, su ley y sus privilegios étnicos) con el mismo propósito final. Sin embargo, la ley, aunque venia de Dios y reflejaba su santidad, no podía ser el instrumento de la vida, por causa del pecado. Pero ahora Cristo, no Israel, ocupaba el centro del escenario: y en Cristo se estaba llevando a cabo el plan de Dios para una familia mundial. Los enemigos políticos de Israel eran meramente una metáfora o un símbolo de los verdaderos enemigos de Dios, es decir el pecado y la muerte (1 Cor. 15:26, 56), que tenían dominio no solo sobre Israel sino sobre todo el mundo.
Estos enemigos máximos habían sido vencidos en la cruz y la resurrección. Como el representante inocente de Israel, y de allí de la raza humana, el Mesías había permitido que el pecado y la muerte le hicieran lo peor que podían, y había salido victorioso. El poder del pecado se había agotado al traer a la muerte al único ser humano que, sin pecado el mismo, podía ser adecuadamente vindicado por Dios después de la muerte (2 Cor. 5:21). Así que la cruz se encuentra en el corazón de la teología de Pablo, como la base de su misión (2 Cor. 5:14-21) y de su redefinición del pueblo de Dios. El hecho del pecado universal (Rom. 1:18-3:20) manifiesta la necesidad de un acto salvador de pura gracia (3:21-26): la ira divina (1:18-2:16) es desviada, como en el éxodo, por la sangre del sacrificio (3:24-26). Si Israel mismo no hubiera sido cautivo del pecado, la participación en el pacto hubiera podido definirse en términos de la ley y la circuncisión: pero en ese caso no hubiera sido necesario que Cristo muriera (Gal. 2:11-21).
La resurrección proporciona la base para la verdadera definición del pueblo de Dios. Dios ha vindicado a Jesús como el Mesías y de esa manera ha declarado que los que pertenecen a el, que de acuerdo con la expresión idiomática hebrea están “en Cristo” (cf. 2 Sam. 19:43-20:2), son el verdadero Israel. Las pruebas de ser miembros en el nuevo pacto son las señales de la obra del Espíritu, i.e. fe* en Jesucristo como Señor, creencia en su resurrección y el bautismo* como la señal de admisión al pueblo histórico de Dios (Rom. 10:9,10; Col. 2:11, 12). De modo que la “justificación” es la declaración de Dios en el tiempo presente de que alguien esta dentro del pacto, declaración que se hace no sobre la base del esfuerzo de guardar la ley judía sino sobre la base de la fe; porque la fe en Jesús es la evidencia de que Dios, por medio de su Espíritu, ha iniciado una nueva obra en una vida humana, la que seguramente llevara a su consumación (Rom. 5:1-5; 8:31-39; Fil. 1:6; 1 Tes. 1:4-10). Por lo tanto, el presente veredicto divino anticipa correctamente el que seria emitido en el día final sobre la base de la vida total del cristianismo (Rom. 2:5-11; 14:10-12; 2 Cor. 5:10). Así que este doble veredicto se base en dos cosas: la muerte y la resurrección de Jesús y la obra del Espíritu: Cristo y el Espíritu juntos realizan “lo que era imposible para ley “ (Rom. 8:1-4). De esta manera “justificación’ redefine el pueblo de Dios y abre ese pueblo a todos los que creen, cualquiera que sea su transfondo racial o moral.
De esta forma, todo el mundo se constituye en la esfera de la acción redentora de Dios en Cristo, y hombres y mujeres sin distinción son llamados por el evangelio a someterse al señorío de Jesús y de esa manera disfrutar las bendiciones de la vida en la comunidad del pacto, tanto en el mundo presente como en el por venir. El pueblo de Dios constituye, en Cristo, esa verdadera humanidad que Israel fue llamado a ser pero que por si mismo no pudo ser. Pablo expresa esto apropiadamente al referirse a la iglesia, el pueblo del Mesías, como “el cuerpo de Cristo” (Rom. 12; I Cor. 12). Esta participación en Cristo tiene que vivirse por cristianos individuales, permitiendo al Espíritu dirigir sus acciones, capacitándolos para vivir en el presente como conviene a los herederos del reino futuro de Dios (Rom. 8:12-25; Gal. 5:16-26; Col. 3:1-11). Puesto que ya están participando así en la nueva era, el retorno final de Cristo puede ser tarde o temprano, pero debe hallarlos “despiertos”, no dormidos al pecado (1 Tes. 5:1-11; cf. Fil. 3:17-21). Y cuando llegue ese día, no solo los seres humanos, sino toda la creación, participara en la renovación que el único Dios ha planeado para su mundo (Rom. 8:18-25).
d. La justicia de Dios. Este cuadro de la renovación de toda la creación por medio de la obra de Cristo y el Espíritu completa el cuadro que Pablo da de Dios mismo. En la carta a los Romanos, Pablo toma la habitual pregunta judía respecto a la justicia de Dios (Si Israel es el pueblo de Dios, ¿por qué esta sufriendo?), la intensifica a la luz del pecado universal (si todos, incluyendo a Israel, son pecadores, ¿cómo puede ser fiel al pacto?) y la contesta a la luz del evangelio. Afirma que la cruz y la resurrección demuestran que Dios tiene razón: ha sido fiel al pacto con Abraham, ha sido imparcial en sus tratos con judíos y gentiles por igual, ha resuelto el pecado en la cruz y ahora salva a los que se entregan a su misericordia. La pregunta adicional, de si Dios es justo cuando parece que permite al pueblo original del pacto perder la salvación mesiánica, se contesta en Romanos 9-11. Dios ha sido fiel a su promesa que siempre hablaba de una familia mundial: el rechazo actual de Israel es una parte necesaria del propósito divino total, ya que solo así puede darse la bienvenida a los gentiles a salvar a los mismos judíos, como se seguirá haciendo, por gracia solamente. Pablo explica lo que parecen ser las rarezas del plan divino como la obra del amor y la misericordia de Dios frente al pecado humano, incluyendo al de los judíos.
De esta manera, la teología de Pablo efectúa una redefinición del monoteísmo y la elección, basada en la muerte y la resurrección de Jesús y la obra del Espíritu. Esta teología se caracteriza en todo punto por el amor: el amor de Dios por su mundo y sus criaturas humanas; el amor de Jesús en su muerte expiatoria; y el amor hacia Dios y de unos hacia los otros con que, por su Espíritu, Dios esta transformando las vidas corporativas e individuales de su nuevo pueblo del pacto, para que lleguen a ser los seres cabalmente humanos que Dios se propone, reflejando su propia imagen, que es Jesús mismo (2 Cor. 3:18; Col. 3:10).

3. Pablo en el cristianismo primitivo
De esta manera, se hace claro que Pablo no era responsable de la “helenización”* del cristianismo primitivo, i.e. la transformación que algunos han dado por sentado, de una fe judía pura a una estructura filosófica. Ni, por otro lado, estaba sencillamente usando métodos rabinicos para perpetuar un sistema de pensamiento judío. Estaba poniendo en vigor esa redefinición del judaísmo que tuvo lugar por medio de Jesús, permitiendo que la cruz y la resurrección constantemente den a conocer el mensaje judío de salvación mundial que el predicaba. Llegaron a desconfiar de el aquellos cristianos que se sentían obligados a sostener el lugar especial de los judíos aun dentro del nuevo pacto. Al inversa, sus ideas fueron mal empleadas por otros (v.gr. Marcion*) para denigrar la Tora y representar a la iglesia como una entidad puramente gentil. No obstante, su obra y sus escritos formaron una parte clave del fundamento para la vida y el pensamiento de la segunda generación, y las subsiguientes de la iglesia.

4. Pablo para el día de hoy
Desde el tiempo de la Reforma, ha sido habitual considerar a Pablo como enemigo del “legalismo” en la religión (ver Ley y Evangelio*). Aunque en su propio lugar es importante, esta cuestión no representa el empuje central de Pablo. En su lugar, la iglesia contemporánea haría bien en aprender de Pablo el verdadero significado del monoteísmo al que Cristo le dio forma y del nuevo pacto en el Espíritu, que juntos proporcionan la base, la razón de ser, el contenido y el modelo para la vida de la iglesia y, especialmente, su responsabilidad por su mision mundial.

Bibliografía
F.F. Bruce, Paul, Apostle of the Free Spirit (Exeter, 1977); W. D. Davies, Paul and Rabbinic Judaism (Filadelfia, 1980); E. Kasemann, Perspectives on Paul (Londres, 1969); S. Kim, The Origin of Paul’s Gospel (Grand Rapids, MI, 1982); W. A. Meeks, The First Urban Christians: The Social World of the Apostle Paul (New Haven, CT, 1983); H. N. Ridderbos, Paul: An Outline of His Theology (Grand Rapids, MI, 1975); E. P. Sanders, Paul and Palestinian Judaism (Londres, 1977).
N.T.W

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