Una Advertencia Urgente a los Católicos Romanos

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La Piedra Angular

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años 814-1054

años 814-1054

Triunfo de las tinieblas. — Corrupción del papado. — Claudio de Turín. El año mil. — Separación de Constantinopla.

Triunfo de las tinieblas.

Este período de la historia eclesiástica empieza en el año 814 y termina en el año 1054, con la separación definitiva de las iglesias del Oriente, dando origen a lo que hoy se llama Iglesia Ortodoxa. Es el período más oscuro de la historia cristiana. La idolatría, la superstición, el clericalismo, el monaquisino, el despotismo papal y todo lo que señala un triunfo del error y de los principios anticristianos, llegan a su más alto apogeo. El puro evangelio de Cristo lo anuncian sólo unos pequeños grupos de cristianos perseguidos y despreciados, que se refugian en regiones apartadas, para evitar la furia de sus implacables adversarios. Los estudios teológicos y bíblicos se hallan casi completamente abandonados. La religión ha pasado a ser una cuestión de meras formas exteriores y de ciega sumisión a un sistema, y nadie la mira ya como un medio de levantar al hombre de las miserias de la tierra para ponerle en contacto con el Dios invisible. La doctrina de la salvación por obras ha substituido a la justificación por la fe, precisamente en estos años cuando sólo se puede hablar de obras malas. El cardenal Baronio, al referirse a este período, lo llama “una edad de hierro, estéril en todo bien, una edad de plomo, abundante en toda iniquidad, una edad oscura, notable más que cualquier otra por la escasez de escritores y hombres de entendimiento”.

Corrupción del papado.

Los obispos que se sentaron en Roma, ya no se contentaban con ejercer dominio sobre sus colegas de otras ciudades, y gobernar al cristianismo. Sus pretensiones se hicieron cada vez mayores, hasta llegar a creerse semidioses en la tierra. Pretendían tener el derecho de destronar a los reyes a su antojo, y exigieron al mundo la más ciega y humillante sumisión.

Para dar apoyo a la institución papal, se fraguaron las falsas decretales, que tan importante autoridad tuvieron durante muchos siglos, pero que hoy no se atreven a defender los más retrógrados papistas, porque las supercherías que contienen son del todo manifiestas. Consisten éstas en una larga serie de decretos papales. El siguiente párrafo, de Merle D’Aubigné nos dará una idea de la estupenda falsedad de los documentos que fueron la base y fundamento del papismo: “En esta colección de pretendidos decretos de los papas, los obispos contemporáneos de Tácito y Quintiliano, hablan el latín bárbaro del siglo noveno. Las costumbres y constituciones de los francos se atribuían seriamente a los romanos del tiempo de los emperadores. Los papas citan la Biblia en la traducción latina de San Jerónimo, quien vivió tres siglos después de ellos. Y Víctor, obispo de Roma, en el año 192, escribía a Teófilo, que fue arzobispo de Alejandría, en el año 385. El impostor que fabricó estos decretos se esforzaba por establecer que todos los obispos recibían su autoridad del obispo de Roma, quien había recibido la suya directamente de Jesucristo. No solamente registraba todas las conquistas sucesivas de los. pontífices, sino que las hacía remontar a los tiempos más antiguos. Los papas no tuvieron vergüenza de apoyarse en esta despreciable invención. Ya en 865 Nicolás I tomó las armas para defender a los príncipes y obispos. Esta fábula desvergonzada fue durante siglos el arsenal de Roma”.

Tales fueron los documentos que sirvieron de base a la Iglesia Romana para sostener el poder temporal de los papas, alegando la “Donación de Constantino”, llamada por Bryce “la más estupenda de todas las mentiras medioevales”.

En esta época el papado llegó a su más alto grado de co rrupción. La elección de un papa era siempre ocasión de grandes escándalos y hasta de derramamiento de sangre. Muchas veces, no pudiendo ponerse de acuerdo los electores, se elegían dos, tres y hasta mayor número de papas. Las orgías del pontificado superaban en mucho a las más abominables de las cortes paganas. Los papas eran depuestos para hacer sentar en sus sillas a los favoritos de las cortesanas. Para describir el estado corrupto del papado, fue necesario crear una palabra: pornocracia, que significa gobierno de rameras, pues en realidad eran las queridas de los papas las que manejaban todos los asuntos eclesiásticos. Entre estas mujeres figuraban como las de mayor influencia, una tal Marozia, concubina del papa Sergio, y Teodora, concubina del papa Juan X.

Refiramos ahora algunos casos concretos, confirmados por los mismos historiadores romanistas.

Formoso, obispo de Porto, fue el que encabezó la famosa conspiración de Gregorio el Nomenclátor, que tenía por objeto entregar la ciudad de Roma a los sarracenos. Cuando la conspiración fue descubierta, Juan VIII excomulgó y depuso a Formose. El sucesor de Juan VIII restituyó a Formoso el episcopado. En el año 891, Formoso fue elegido papa al misino tiempo que otra parte del clero y del pueblo elegía a Sergio para el mismo puesto. Los dos pretendientes se presentaron en la iglesia, y ambos exigían ser consagrados. Ahí se inició una batalla cruel. El partido de Sergio fue vencido, y Formoso pasando por encima de los cadáveres, subió todo ensangrentado al altar, y fue consagrado papa.

Después de la muerte de Formoso, Sergio fue de nuevo candidato, pero su partido fue vencido, siendo elegido Bonifacio VI, quien sólo vivió algunos meses. En la nueva elección triunfó el partido de Sergio, pero no lo eligieron a él sino a Esteban VI, un subordinado de Sergio, quien se inició deshaciendo todo lo que había hecho Formoso. Después, para hacerse infamemente inmortal, ejecutó un acto que no conoce otro igual en la historia de las venganzas. Hizo desenterrar el cadáver de Formoso, lo hizo vestir con las ropas pontificales, y después ordenó que lo llevasen ante un concilio que había reunido expresamente. Para unir la burla a la ferocidad, mandó que fuese juzgado como si se tratase de un vivo. El mismo papa que presidía el concilio, llamó por nombre al difunto Formoso, e hizo contra él toda suerte de acusaciones ordenando al cadáver que contestase a sus preguntas, y como el cadáver no respondiese, lo declaró convicto y pronunció contra él la condenación sacro aprobante concilio, por la cual el cadáver de Formoso fue depuesto del papado, excomulgado, despojado de las insignias papales y en la misma iglesia le cortaron los tres dedos de la mano derecha, con los que bendecía y luego desnudo y mutilado, fue arrastrado por las calles de Roma, y finalmente arrojado al Tíber.

La historia del papado después de la muerte de Esteban VI siguió siendo una sucesión de hechos inauditos. El escritor italiano, L. Desanctis, la resume así: “El papa Romano, sucesor inmediato de Esteban, anuló todo lo que había hecho su antecesor, y declaró ex cathedra, es decir infaliblemente, que su antecesor hablando ex cathedra,contra Formoso, se había equivocado; y Formoso fue absuelto y restablecido. A Romano, que vivió sólo cuatro meses, lo sucedió el papa Teodoro, quien vivió veinte días. Sergio continuaba siempre ambicionando el papado sin lograr conseguirlo, y para que fuese posible, envenenaba a todos sus competidores. Después de la muerte de Teodoro, Sergio fue elegido por segunda vez, pero el partido contrario tomó las armas y ganó sobre él una nueva victoria, e hizo elegir papa a Juan XI. Sergio tuvo entonces que refugiarse al lado de su querida Marozia, marquesa de Toscana, la Mesalina de aquellos tiempos. Juan, para vengarse del partido de Sergio, reunió un concilio en el cual rehabilitó de nuevo al papa Formoso y condenó al papa Esteban. Mientras tanto, Sergio, protegido por su amiga, hacía de papa, y con el veneno se deshacía de todos los que le disputaban el papado. A Juan le sucedió Benito, quien hizo la guerra a Sergio; lo venció, pero no pudo apoderarse de él. A Benito lo sucedió León V, quien pocos días después de la consagración, fue encerrado en una prisión y asesinado por su secretario Cristóbal, quien se eligió a sí mismo, proclamándose papa y sucesor de San Pedro. Entonces prevaleció el partido de Sergio, ydenal Baronio confiesa ingenuamente, que no hay delito por infame que sea, del cual no esté manchado el papa Sergio III, el cual, según confesión del cardenal analista, era esclavo de lodos los vicios, y el más infame de todos los hombres”.

Los papas que sucedieron a Sergio, fueron casi todos parecidos a éste. Al morir Agapito II, Marozia logró que fuese electo uno de sus hijos bastardos, quien tomó el nombre de Juan XII. Según muchos autores, éste tenía sólo doce años cuando fue elegido papa. Los defensores del papado, Baronio, Cantú y otros, dicen que tenía dieciocho. Todos están de acuerdo en declararlo un monstruo cargado de vicios y delitos. El jesuita Maimburg dice que al subir al pontificado cambió de nombre pero no de conducta, siendo caso cierto que ninguno como él deshonró tanto al papado con toda clase de vicios y actos de una vida licenciosa, que llevó hasta el fin. Nadie niega que era blasfemo, impío, sacrílego y disoluto en último grado.

Los romanos, cansados de soportar a un hombre tal, pidieron al emperador Otón I que lo hiciese destituir, para lo cual reunió un concilio en la basílica vaticana. El papa fue allí acusado de haber cometido los delitos más infames que se pueden imaginar: de vender los episcopados, de haber consagrado obispo a un niño de diez años, de haber hecho mutilar obscenamente a un cardenal, de tener la costumbre de beber a la salud del diablo y brindar por las divinidades paganas y de muchas cosas más. El concilio citó al papa, pero éste en lugar de comparecer excomulgó al concilio, el cual, no obstante, continuó sesionando y depuso al papa y eligió en su lugar a León VIII, un hombre venerable, verdadero prodigio de honradez y decencia para aquellos escandalosos tiempos.

Juan XII tuvo que huir de Roma, pero no se fue con las manos vacías, pues llevó consigo todos los tesoros del pontificado de los que se sirvió para comprar influencias y hacerse restablecer en el papado.

León VIII procuraba por todos los medios posibles supri mir los abusos del clero y mejorar las costumbres de los habitantes de Roma. Esto hizo que las mujeres de Roma se can sasen pronto de él y deseasen tener entre ellas al disoluto Juan XII. Este supo aprovechar los deseos inmorales de esta gente y con generosos donativos logró formarse un partido bastante fuerte que pudo levantarse contra León quien tuvo que huir al campo imperial para no ser asesinado. Al entrar Juan en Roma se inició con una serie de crueldades; hizo cortar la mano derecha a un cardenal, arrancar la lengua y cortar la nariz al primer secretario del concilio, azotar públicamente al obispo de Espira, y otras cosas de esta clase. Después de estos actos de crueldad, destinados a atemorizar a sus adversarios, reunió un concilio, el cual declaró que el concilio reunido anteriormente había sido una reunión de bandoleros, que León VIII era un impío, un cismático, un sacrílego, etc. y éste fue depuesto.

Poco tiempo después murió Juan a consecuencias de una paliza que le aplicó el esposo de una beata con quien tenía relaciones.

Pasemos por alto la vida poco edificante de muchos otros papas, para ocuparnos algo de Benedicto IX. Este fue elegido a los doce años, debido a la influencia de su padre, que compró a los electores con grandes sumas de dinero. Su corta edad no le impidió hacerse pronto famoso por sus desórdenes, los cuales aumentaban a medida que crecía. Era llamado el sucesor de Simón el Mago, y su conducta fue tan obscena que es imposible narrarla sin ruborizar. Por fin, los romanos cansados de sus impudicias, de sus robos, de sus crímenes y de tanto proceder infame, lo echaron de Roma; pero, protegido por Conrado II, consiguió volver a sentarse en el trono papal. Poco tiempo después fue echado de nuevo, y en su lugar, elegido Silvestre III. Tres meses después, Benedicto, protegido por sus poderosos parientes, se apoderó de nuevo del papado, pero temiendo ser asesinado, vendió su puesto a un sacerdote que tomó el nombre de Juan XX, a quien consagró el mismo Benedicto, y se retiró a su casa paterna en la que siguió viviendo libertinamente. Pronto se cansó de la vida privada, y tomando las armas, se apoderó del Palacio Laterano, expulsó al papa Juan y subió de nuevo a la cátedra romana. Pero los otros dos papas no habían salido de Roma, “de modo que —dice el autor de la Historia de los Papas— se vio al mismo tiempo a los tres hombres más infames del mundo, llevar los ornamentos pontificios en las tres iglesias principales de Roma: a Benedicto IX, en San Juan; a Silvestre III, en San Pedro; y a Juan XX, en Santa María Mayor”. Finalmente los tres se pusieron de acuerdo dividiendo entre sí pacíficamente las rentas del papado y siguieron juntos la vida disoluta e inmoral a la cual estaban entregados.

Apareció entonces un fraile astuto, quien, so pretexto de evitar el escándalo, propuso a los tres “santísimos” que lo eligieran a él, y en cambio les daría todo el dinero que les hiciese falta para sus orgías. El partido fue aceptado y lo eligieron tomando el nombre de Gregorio VI, y he aquí cuatro papas al mismo tiempo. ¿Cuál era el verdadero?

Claudio  de  Turín.

“Es casi imposible resistir a la convicción —dice Samuel G. Green— de que durante este tiempo tenebroso, hubo en lugares escondidos, verdaderos siervos de Jesucristo, quienes más o menos alcanzaron a ver la verdad escondida bajo las formas y accesorios de una religión corrompida y degradada por los vicios y ambiciones de sus representantes principales en la Iglesia y el Estado. Muchas mentes se rebelaron secretamente a causa de los absurdos inculcados como partes de la fe cristiana. Las leyendas y milagros mentirosos pudieron difícilmente ser impuestos a todos, y la flagrante inmoralidad tolerada en los círculos eclesiásticos, no podía menos que revelar a los pensadores el contraste de todo esto con las enseñanzas de Cristo. Un poco de luz celestial pudo brillar a través de las nubes de la superstición. Como en los días de Elías, hubo sus siete mil que no doblaron la rodilla delante de Baal”.

Los nombres de Benedicto de Languedoc, levantando bien alto el estandarte de la moral cristiana en medio del fango de la corrupción monacal, y de Agobardo de Lyon, protestando contra el culto de las imágenes, serán siempre recordados con veneración y respeto, pero de las lumbreras cristianas de esta época, el que más se distingue es Claudio de Turín.

Nació en España y fue discípulo de Félix, el famoso obis po de Urgel, quien lo inició en el estudio del Nuevo Testamento y le enseñó a odiar la idolatría y superstición reinante, contra la cual luchaba Félix. De ambos lados de los Pirineos fue conocida la erudición de Claudio, lo mismo que su piedad ardiente, y algunos que deseaban ver cosas mejores en el cris tianismo, influyeron para que se le nombrase obispo de Turín, sabiendo que era uno de los pocos hombres resueltos a poner un dique al horrible avance de la mentira que fomentaban las órdenes monásticas.

Claudio rechazaba las tradiciones que no estaban de acuer do con el evangelio, y entre otras cosas las oraciones por los muertos, el culto de la cruz y de las imágenes, y la invocación de los santos. “Yo no establezco una nueva secta —escribía al abate Teodomiro— sino que predico la verdad pura, y tanto como me es posible, reprimo, combato y destruyo las sectas, los cismas, las supersticiones y las herejías; lo que nunca dejaré de hacer con la ayuda de Dios. Constreñido a aceptar el episcopado, he venido a Turín donde encontré las iglesias llenas de abominaciones e imágenes, y porque empecé a destruir lo que todo el mundo adoraba, todo el mundo se ha puesto a hablar en mi contra .. Dicen: no creemos que haya algo de divino en la imagen que adoramos, no la reverenciamos sino en honor de aquella persona que representa, y contesto: si los que han abandonado el culto de los demonios honran las imágenes de los santos, no han dejado los ídolos, sólo han cambiado los nombres .. Si hubiese que adorar a los hombres, sería mejor adorarlos vivos, mientras son la imagen de Dios, y no después de muertos cuando se parecen a piedras; y si no es lícito adorar las obras de Dios, menos se deben adorar las de los hombres”.

Combatiendo la adoración de la cruz, dicen en otro lugar: “Si tenemos que adorar la cruz porque Jesucristo estuvo clavado en ella, debemos adorar muchas otras cosas .. Que adoren los pesebres, porque Jesucristo al nacer fue puesto en un pesebre; que adoren los pañales, porque Jesucristo fue envuelto en pañales; que adoren los barcos, porque Jesucristo enseñaba desde un barco”.

Las peregrinaciones a Roma y la confianza de la gente en la protección papal levantaban las vivas protestas de Claudio, como puede verse en este párrafo: “Volved a la razón, miserables transgresores; ¿por qué os habéis dado vuelta de la verdad? ¿Por qué crucificáis de nuevo al hijo de Dios, exponiéndolo a la ignominia? ¿Por qué perdéis las almas haciéndolas compañeras de los demonios al alejarlas del Creador, por el horrible sacrilegio de vuestras imágenes y representaciones, precipitándolas en una eterna condenación? Sé bien que en tienden mal este pasaje del Evangelio: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y yo te daré las llaves del reino de los cielos”. Es apoyándose locamente sobre esta palabra que una multitud ignorante, estúpida y destituida de toda inteligencia espiritual, acude a Roma con la esperanza de obtener la vida eterna. Ciegos, volved a la luz, volved a Aquel que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; vosotros aunque seáis numerosos, estáis caminando en las tinieblas, y no sabéis a donde vais, porque las tinieblas han cegado vuestros ojos. Si tenemos que creer a Dios cuando promete, mucho más cuando jura y dice: Si Noé, Daniel y Job, estuviesen en este país, no salvarían ni hijo ni hija; pero ellos por su justicia salvarían sus almas, es decir, si los santos que invocáis, fuesen tan santos y justos como Noé, Daniel y Job, ni aun así salvarían hijo ni hija. Y Dios así lo declara, para que nadie ponga su confianza en los méritos o intercesiones de los santos. ¿Comprendéis esto, pueblo sin inteligencia? ¿Seréis sabios una vez, vosotros que corréis a Roma buscando la intercesión de un apóstol?”

La actividad literaria de Claudio fue grande. En el año 814 publicó tres libros comentando el Génesis; en 815, cuatro sobre el Éxodo; y en 828, sus explicaciones sobre el Levítico. Pu blicó también comentarios sobre las Epístolas de San Pablo. Estos escritos, junto con sus discursos y sus visitas pastorales, contribuyeron, sin duda, a mantener intacto el sistema de doctrina evangélica en los valles del Piamonte.

Claudio murió en Turín en el año 839, sin ser excomulgado ni destituido de su puesto, gracias a la protección del emperador.

“Las doctrinas evangélicas de Claudio —dice Moisés Droin— no desaparecieron con él; la herencia fue recogida por humildes discípulos de la Palabra de Dios, y particularmente por los valdenses, los cataros y los pobres de Lyon, que se esparcieron en las diferentes provincias de la península española”.

El año mil.

Una errónea interpretación del pasaje de Apocalipsis 20: 1-5, que dice que durante mil años Satanás estará atado, y que después de cumplidos los mil años será suelto, había difundido por todo el mundo la creencia de que al sonar la última hora del año mil, vendría el fin de todas las cosas y comenzaría el juicio de todos los hombres. Muchos monjes salían de sus conventos y predicaban con verdadero fanatismo, anunciando esto como cosa cierta. En Alemania, Francia e Italia, durante las últimas décadas del siglo, recorrían las parroquias los predi cadores más fogosos y sembraban el terror en el ánimo de las almas predispuestas a esta clase de emociones. El pánico era general. Las iglesias se llenaban de multitudes, que hacían penitencia y ofrecían dones para aplacar la ira venidera de la justicia divina. Los más pudientes vendían sus bienes y se trasladaban a Jerusalén para encontrarse en la Tierra Santa cuando viniese el gran día de la ira del Señor. Los peregrinos eran numerosos, y las regiones solitarias de Palestina se vieron invadidas por los devotos que esperaban temblando el fin de todas las cosas. Pero pasó el año mil sin que nada aconteciese de lo que se esperaba.

Separación de Constantinopla.

El gran cisma que dio origen a lo que hoy se llama Iglesia Ortodoxa, fue el resultado de la creciente rivalidad entre los papas de Roma y los patriarcas de Constantinopla, quienes se disputaban el derecho de gobernar ciertos distritos.

A mediados del siglo IX, un tal Ignacio, era patriarca de Constantinopla, el cual atrajo sobre sí el odio de la casa impe rial por haber excomulgado a Bardas, hermano de la emperatriz Teodora, el cual habiendo abandonado a su esposa vivía en adulterio con la viuda de un hijo suyo. Ignacio fue destituido y desterrado y un laico influyente llamado Focio, fue elevado al patriarcado, pasando por toda la escala jerárquica de la iglesia en una sola semana. Como la sede de Roma se negó a Focio, hubo una violenta correspondencia entre el emperador y el papa. El patriarca logró entonces reunir un concilio en Constantinopla en el año 867, el cual excomulgó al papa, acusando a la Iglesia Romana de haberse apartado de la fe y costumbre recibidas, formulando cargos sobre asuntos de poquísima importancia, en comparación con los grandes delitos de Roma, de los cuales Constantinopla no era tampoco inocente. Una de las acusaciones consistía en que Roma permitía comer queso y tomar leche durante la cuaresma; otra se relacionaba ron la orden de que los clérigos se afeitasen. No había entre las dos sedes una grave cuestión doctrinal, sino una mera cuestión de palabras e intereses materiales. Los decretos del concilio fueron firmados por el emperador, por los patriarcas de Antioquia, Alejandría y Constantinopla, y por unos mil obispos y abates.

El documento condenatorio fue enviado a Roma pero antes que los portadores del mismo llegasen, estalló en Constantinopla una revolución que cambió por completo el giro de los asuntos. El nuevo emperador se inició destituyendo a Focio y un nuevo concilio se reunió en Constantinopla del cual fueron excluidos los partidarios de Focio. Ignacio fue traído en triunfo de su destierro y colocado de nuevo en la silla patriarcal, la que ocupó durante diez años.

Surgieron entonces nuevas dificultades y Focio, aprovechando la oportunidad, consiguió ser elevado de nuevo a su antigua posición, pero al morir el emperador, tuvo que retirarse y terminó sus días encerrado en un claustro en el año 891.

Después de estos acontecimientos se suspendieron un poco las hostilidades. Los papas de Roma, tan ocupados en sus orgías, no tenían tiempo de pensar en la contienda con los patriarcas. Un autor ha dicho que eran tan densas las tinieblas que circundaban a Roma y a Constantinopla, que no podían verse una a la otra, lo que les obligó a suspender las discusiones.

Al subir al patriarcado Miguel Cerulario en el año 1043, se inició de nuevo la lucha, principalmente acerca de Bulgaria, pues ambos obispos pretendían que este país estaba incluido en su jurisdicción. Después de largas discusiones, Constantinopla resolvió no someterse a las pretensiones de los delegados papales. Roma excomulgó al patriarca de Constantinopla y a todos los que censuraban la fe de la Iglesia de Roma y el modo como ésta ofrecía “el santo sacrificio”. Los legados de Roma colocaron la excomunión sobre el altar mayor de la iglesia de Santa Sofía el 16 de julio de 1054. Constantinopla respondió con una contra excomunión produciendo muchos cargos contra la Iglesia Romana. El cisma quedó así establecido y fue completo. Alejandría, Antioquia, Jerusalén y todo el Oriente quedó con Constantinopla. El Occidente quedó con Roma.

http://www.seminarioabierto.com/iglesia14.htm

testimonio de un ex-católico

Pedro Bernal Dominguez

Nací en Algodonales en un precioso pueblecito de la serranía de Cádiz, el día 16 de Septiembre de 1.935. A los 17 años de edad tuve un contagio de tuberculosis en el pulmón izquierdo ocasionado por algunos besos que le di a una chica que estaba enferma, siendo yo ignorante de su situación de enfermedad, de la cual me enteré después. El médico me ordenó reposo absoluto durante un año en cama. Esta preciosa causalidad fue la que el Señor usó para tener un precioso y hermoso encuentro con El.Vinieron a mis manos unos evangelios sueltos, “que no se con certeza si eran católicos o evangélicos” por conducto de una viejecita muy amiga nuestra, y también un libro titulado; El joven cristiano, que este si era católico.

Entre la lectura de los evangelios y la de este libro, que los pude leer muy detenidamente, puesto que tenía un año de tiempo. El Señor habló a mi vida de una forma muy especial que jamás podré olvidar.A pesar de que mi madre nos tenía enseñados en el cristianismo católico, y por lo tanto hicimos la primera comunión y también la confirmación de una forma tradicional. Esto no impactó en mi vida de adolescente, aunque había algo en mi interior de sed de Dios.Pues con esta sed, empecé a beber un poquito de agua de este manantial de vida que es nuestro amado Salvador. Mi vida quedó tan impactada de este encuentro, que cuando salí de la enfermedad, de la cual quedé completamente curado, mis amigos me decían; ¿Qué es lo que te ha pasado? Yo le contestaba que ahora creía en Cristo y no quería pecar. Cuando estaba en la cama le pedí perdón al Señor de toda mi vida de pecado hasta con los más mínimos detalles, y esto, con un gran llanto de arrepentimiento y remordimiento por haber pecado contra el Señor.

El Señor había puesto una buena disposición en mi mente para no ir más a lugares de pecado y de inmoralidad, y otras cosas contrarias a su voluntad. Fue una conversión genuina y total, pero no tenía un conocimiento profundo de su Palabra. Yo no tenía conocimiento de las diferencias de enseñanza que pudiera haber en las diferentes iglesias. Y en mi ignorancia me presente al sacerdote del pueblo de Camas donde nos trasladamos desde Algodonales a los 14 años de edad. Yo le comenté mi encuentro con el Señor, y le pregunté que podría hacer para agradar al máximo al Señor. El me contestó que fuera a misa todos los días, pues en esta se ofrecía el cuerpo y la sangre de Jesucristo realmente, y por lo tanto era lo más grande que podía hacer y ofrecer a Dios. Además que confesara una vez al mes y que comulgara a diario, y así recibía a Cristo. También que rezara el rosario todos los días.Ahora viene a mi mente, que en una ocasión rezábamos el rosario de la aurora por las calles de Camas, y al pasar por el Barrio de la Fuente, dijo el sacerdote en alta voz; rezar fuerte para que salgan los demonios de aquí; refiriéndose a la Iglesia Protestante. Esto, quedó grabado en mi mente.

Con mucha ignorancia y con el máximo de honestidad por mi parte, estuve practicando escrupulosamente durante unos 13 años todo lo que el sacerdote Dn. Juan me dijo. A los 21 años de edad efectuando el servicio militar en Morón de la Frontera tuve el segundo encuentro en el orden de prioridades, conociendo a la que es hoy mi muy querida esposa y madre de cinco preciosos hijos y cinco nietos en la actualidad. A ella, durante el noviazgo le comuniqué mis ideales cristianos, los cuales aceptó muy gustosamente. Y de común acuerdo hubo un respeto mutuo entre los dos, practicando las enseñanzas del catolicismo de buena fe.Cuando nos casamos nos trasladamos a la calle Clavija del barrio San Lorenzo de Sevilla, y asistíamos a los servicios religiosos de la Iglesia de San Lorenzo, en la cual fueron bautizados tres de nuestros cinco hijos, pues los otros dos no lo fueron porque tuvimos conocimiento por la Palabra de que no era lo correcto. Anterior a esto, fuimos invitados a realizar unos cursillos de cristiandad de la iglesia católica en el Monumento del Sagrado Corazón de Jesús de San Juan de Aznalfarache por Dn. Manuel Rojo Cabrera amigo nuestro, y que ejercía de Abogado en la calle Santa Clara. Este cursillo fue de tres días intensivos. Lo que más se enfatizaba en estas enseñanzas era el hacer muchas obras buenas, y hacer sacrificios corporales a favor de otras personas. En este cursillo nos hicieron un regalo, que para mí y mi esposa fue el más preciado y hermoso de todo lo que allí se nos dio, pues nos entregaron un Nuevo Testamento de Nácar y Colunga. Esta preciosa joya de la Palabra de Dios fue y sigue siendo nuestra antorcha en lugar oscuro. A partir de su lectura empecé a recordar aquellos evangelios sueltos que había leído durante mi enfermedad en la cama. Luego me hice de una Biblia completa También de los traductores Nácar y Colunga. Cada día estudiaba con profundidad y muy asiduamente toda la Palabra. Como es de esperar empezaron mis dudas de las enseñanzas recibidas por la iglesia católica al compararlas con la Biblia. Lo primero que me di cuenta fue que no coincidían Los Diez Mandamientos de la Biblia con los del catecismo católico romano. Sin pensarlo dos veces, cogí la Biblia y el catecismo y me personé en el Palacio Arzobispal y hablé con el vicario de enseñanza exponiéndole lo que dice Apocalipsis 22:19, de que no se puede ni añadir ni quitar. ¿Cómo es posible que la iglesia en la que yo y mi esposa habíamos depositado toda nuestra confianza se halla atrevido a adulterar en el catecismo lo que la Palabra de Dios dice, ocultando por completo el segundo mandamiento de la Biblia? Este segundo mandamiento de la Biblia se encuentra en Éxodo capítulo 20, versos del 3 al 6. A pesar de que es uno de los mandamientos más largos han tenido la osadía de omitirlo totalmente. Y aún hoy en día mantienen este engaño al pueblo sincero, pero ignorante por su culpa. Como es de razón, al quitar el segundo deberían de haber nueve en el catecismo, y para que la gente no aprecie ese detalle, el décimo de la Biblia lo dividen en dos partes en el catecismo, apareciendo diez, falsamente y premeditadamente. Esta falsa me puso en guardia permanente, y seguí estudiando otros temas doctrinales como el mal llamado sacrificio de Cristo durante la misa, según me dijo el sacerdote de Camas en mis principios de convertido. Estudiando la epístola a los Hebreos en su capítulo 9, versos del 23 al 28, y capítulo 10, versos del 1, al 18, entendí que el sacrificio de Cristo fue ofrecido una sola vez y para siempre para quitar de en medio el pecado. Y que donde hay remisión de pecados ya no hay más ofrenda por el pecado. Y otro que dice, que con un solo sacrificio hizo perfecto para siempre a los santificados. Y esto se refiere a todos los que nos hemos arrepentido y hemos cambiado de vida; y yo era uno de ellos. También leí, que donde no hay derramamiento de sangre no hay remisión de pecados, y por lo tanto en la misa no sucede tal cosa.

El sacrificio de Cristo, entendí que era único y perfecto, y por lo tanto no se puede repetir. Había que recordarlo con las especies de pan y vino como nos mandó Jesús. Cuando leí que somos templos del Espíritu Santo el cual mora en nosotros quedé sorprendidísimo de alegría, al entender que Dios moraba en mí. Luego entonces, ¿Qué sentido tenía el que recibiéramos la eucaristía si Cristo ya moraba en nosotros? Aún más; estudié en su Palabra que Dios no mora en templos hechos por manos de hombres. Y me preguntaba; ¿Quién ha hecho los sagrarios de todas las iglesias en los cuales nos decían que moraba Cristo? Fueron hombres de carne y hueso como nosotros. De nuevo me persono en el Palacio Arzobispal para dilucidar doctrinas de tan vital importancia bíblica, con la decisión total, de que si no había unas repuestas adecuadas y concordantes con la Biblia, me iría definitivamente de la iglesia católica. Durante este proceso de investigación expuesta, me encontraba trabajando con Antonio Cruz, un empresario de caballos de toro de lidia en Sevilla. Estuve con este señor unos 11 años, y me despidió porque le pedí vacaciones anuales solo una vez durante todo el tiempo que estuve con el, y me las negó. Me sentó tan mal, que las cogí por mi cuenta, y cuando volví de ellas me encontré una carta de despido. Que por supuesto fue ilegal y me tuvo que indemnizar. A los dos días de despedido solicitaron mi servicio de conductor particular una familia muy reconocida de Sevilla, como lo es la familia Borrero Hortal, al saber que yo era de comunión diaria y un buen católico. Yo era el hombre de confianza de esta familia, hasta tal punto que comía en casa de la señorita de la cual yo era su conductor.

Se iba a veranear a San Sebastián, y lo hacíamos solos, ella, su ama de compañía, y yo. Esto lo vine haciendo los dos años que estuve a su servicio. Durante el trayecto de los viajes que hacíamos rezábamos con frecuencia el rosario con una preciosa armonía entre los tres. Se portaba con migo de una forma edificante, y que sigo agradeciendo hasta el presente. En una de las tantas ocasiones que rezábamos el rosario, yo no respondía a los rezos, y me preguntó si estaba enfermo, y le contesté que no. Le dije con detalles, los estudios que había hecho de la Biblia, y a las conclusiones que había llegado de apartarme de la iglesia católica. Y que si en vez de perder el tiempo rezando el rosario, se leyera la Biblia, hoy habría más cristianos. Tanto la señorita Amparo, como el ama de compañía, se quedaron sorprendidas con mi repuesta, sabiendo y conociendo en profundidad como yo era. Me hacían preguntas de todo tipo, a las cuales les contestaba con citas de la Biblia. Les dije que un cristiano no debe de ser hipócrita, y que si antes rezaba el rosario en compañía de ellas era porque así lo venía haciendo durante trece años, pero que ahora no lo hago porque tengo la seguridad absoluta de que ese tipo de rezo no es la voluntad de Dios reflejada en su Palabra, y que por lo tanto ahora obedecería a Cristo, el cual nos dice que pidamos al Padre en su nombre. Mis repuestas no fueron mal acogidas por ellas, incluso observé inquietudes por su parte. Al pasar unos dos meses, me cita en la oficina el hermano de la señorita Amparo, y me dice literalmente que voy a volver loca a su hermana con mi actitud del cambio tan brusco por mi parte, y que a esto había que darle una solución. A lo que yo le puse al día, comentándole que llevaba unos dos años de estudios bíblicos para determinar que debería hacer, y que no quise decir nada antes, hasta no estar seguro plenamente de lo que hacía, y que por lo tanto mi decisión de salir del catolicismo no fue tan brusca como el creía. Este hombre antes de tomar decisiones a la ligera explotó un último cartucho, dándome una tarjeta de visita suya con una nota para un sacerdote jesuita amigo de la familia, creyendo que podría convencerme de mi actitud. De inmediato me presenté a este sacerdote, y comenzamos una charla que duró unas tres horas. Tuve la oportunidad de darle repuestas bíblicas a todo lo que me preguntaba y además exponerle con detalle todos los temas doctrinales de la iglesia católica de los cuales yo no estaba de acuerdo.

Al final de este tiempo de conversación me comunica que era doctor en Teología, y que le sorprendía el conocimiento que yo tenía de la Palabra de Dios y la fe que depositaba en esta. Diciéndome que le gustaría ver a muchos hombres con la disposición que yo ponía en las cosas del Señor, y que por lo tanto siguiera mi camino. Pudiera parecer que lo dicho es presunción por mi parte, pero esas fueron sus palabras.

Acto seguido, me persono en la oficina para comentarle a Dn. Francisco hermano de señorita Amparo la charla con el Teólogo. Este me recibe con una sonrisa muy abierta y me preguntó que como se me había dado. De tal forma me hace la pregunta que se reflejaba en su rostro la creencia de que el Teólogo me había convencido de lo contrario. Cuando le trasmití literalmente la repuesta de este se quedó enmudecido. A los cuantos días me cita de nuevo y me dice que esto no puede seguir así, que me tengo que ir de la casa. Yo le contesté que no me iba, puesto que nada malo había hecho, y que si por mi cambio de iglesia quería prescindir de mis servicios con su hermana, que me despidiera y me indemnizara, y que además me tendría que dar un certificado de buena conducta para presentarlo donde me fuere necesario. Y así se vio obligado a hacerlo. En este testimonio mío, sería ingrato por mi parte no mencionar a mis queridísimos hermanos, Pedro Navarro y su esposa Isabel, que eran evangélicos y vivían en San Juan del Puerto provincia de Huelva. Este pueblo lo frecuentaba yo casi todas las semanas al estar trabajando con anterioridad a la señorita Amparo con Antonio Cruz, el que me despidió que tenía una finca agrícola en el mismo. En este pueblo me hice de buenos amigos y conocían mis creencias como católico en aquellos momentos. Estos amigos me dijeron que allí vivían unos protestantes y que si era capaz de hablar con ellos. A lo que le conteste, que si ellos creían en Cristo igual que yo no era motivo para rechazarlos. Yo, siempre he sido y sigo siendo, muy abierto a escudriñarlo todo y retener aquello que sea positivo. Por lo tanto me personé en el domicilio de este querido matrimonio y llamando a su puerta se sorprendieron de mi presencia, puesto que no me conocían de nada. Me preguntaron que quería, y les dije que me habían dicho que eran protestantes y deseaba hablar con ellos. Me abrieron sus puertas de par en par, y con un agrado, delicadeza y amor, que a mi me cautivó.

En estos momentos añoro su compañía y su amabilidad. A partir de entonces estaba deseando de ir a San Juan del Puerto para debatir con ellos sobre la Palabra de Dios para atraerlos a la iglesia católica. Esta situación de investigación y por lo tanto de debate amistoso lo mantuvimos casi dos años. Entonces Pedro Navarro viendo lo duro que yo era y como buscaba mis defensas, me propuso no discutir más sobre cuestiones doctrinales, solo que leyéramos la Biblia y oráramos juntos. Yo accedí a su petición, y así lo venimos haciendo por un tiempo.

Tampoco quiero dejar fuera en este mi testimonio a nuestro querido hermano Santos García, que con sus grandes conocimientos de la Palabra, y al mismo tiempo, su cautivadora humildad y delicadeza, impactaron en mi vida de una forma muy especial. Ahora este hermano está gozando en la presencia de nuestro gran Dios y Salvador, del cual habló y enseñó a muchas personas, entre las cuales me encuentro yo. Al final caí de mi cabalgadura, y hubo un gran vencedor en todos estos debates, Cristo el Señor: Cuando nos promete: Pedid, y se os dará; buscad y hallareis; llamad y se os abrirá. Que para El sea la Gloria y el Honor por la eternidad.

Esta, ha venido siendo mi fórmula, y seguirá siendo; escudriñarlo todo y retener lo que haya de positivo en cualquier confesión religiosa que esté en concordancia con las Sagradas Escrituras. Cuando mi convicción fue total, y di el paso definitivo, estaba trabajando con la señorita Amparo como he mencionado con anterioridad.” Pues lo he relatado sin tener en cuenta el orden de los acontecimientos” Rápido se lo comunique a Pedro Navarro y familia, los que estaban en San Juan del Puerto. La alegría y el gozo fueron totales y mutuos. Acto seguido me aconsejó que fuera a una iglesia evangélica de Asamblea de Hermanos que se encontraba en calle Prosperidad del barrio de Triana, donde pastoreaban Benjamín Martínez, al cual mi familia y yo le debemos nuestro principal crecimiento espiritual.

También estaban con el, Federico Llobregat y Manolo Caballero que ya están gozando en la presencia del Señor, de los cuales recibimos grandes lecciones en general. He cumplido 70 años y seguimos en la misma iglesia, siendo pastoreada por Enrique Mier y Juan Bargueño yerno mío. En la iglesia católica de San Lorenzo, que yo frecuentaba con mi familia, se formó un buen revuelo cuando les informé que me iba para no volver más. Teníamos una buena relación con varios sacerdotes y un buen número de feligreses. Nuestra actitud de cambio a pesar de los años que allí estuvimos, impactó en algunos de ellos, y uno de los sacerdotes para quitar importancia a nuestra decisión, comentaba entre estos que yo no estaba bien de la cabeza, y que no me echaran cuentas. Cuando llegó esto a mis oídos decidí ir a un Siquiatra voluntariamente, para que me examinara como el viera oportuno, porque estaba en juego la verdad del Evangelio. Le informé al doctor los motivos por los cuales me ofrecía voluntariamente a su examen psiquiátrico. Este empezó de una forma muy sutil su trabajo, pero al mismo tiempo sorprendido de mi decisión. Estuve yendo a su consulta varios días. Recuerdo que me enseñaba varias formas de dibujos y me preguntaba que me parecía aquello. También me sacaba conversaciones muy variadas de diferentes temas de los cuales salí ileso según el certificado que me extendió al finalizar sus estudios sobre mi personalidad síquica. Este siquiatra se llamaba Dn. Jesús Vargas y tenía la consulta en la calle Asunción de los Remedios. Como es lógico, el fue una de mis primeras oportunidades para hablarle de Cristo. El certificado que me extendió fue extremadamente satisfactorio, exaltando mis conocimientos generales, al no estar en armonía con el medio cultural en el que yo me movía y fui educado. Con este certificado en mano, me fui a la iglesia de San Lorenzo y llamé a la puerta del despacho del párroco, y cuando me preguntó quien era, le contesté; tenga usted cuidado que soy Pedro el loco. Jamás este hombre pensaría lo que fui capaz de hacer, para que mis defensas doctrinales basadas en la Palabra de Dios no fueran ridiculizadas por su calumnia. Cuando leyó el certificado sus nervios le estaban traicionando y no sabía que decir. Este acontecimiento lo extendí por la Parroquia para que se supiera la verdad sobre mi persona.

Como es de esperar por un cristiano, perdoné de todo corazón a este sacerdote, como también al que me despidió en primer lugar, Antonio Cruz, y al hermano de la señorita Amparo, orando por ellos con toda sinceridad. No se cerraron mis puertas por este segundo despido, siendo el primero como dije, Antonio Cruz, el que tenía la finca en San Juan del Puerto. Como fueron despidos ilegales me tuvieron que indemnizar. Con ese dinerito me compré una furgoneta y me puse a trabajar como transportista en la firma de Dragados y Construcciones. Al cabo de pocos años el Señor me bendijo con varios camiones de gran tonelaje. Aquí se cumple lo dicho en su Palabra: A los que a Dios aman todo les ayuda para bien. Pasaron muchas más cosas en nuestras vidas a partir de esto. Tuvimos problemas con varios familiares por las dos partes, pero no quiero entrar en detalles para no alargar más este testimonio. Lo que no puedo dejar de decir, es que las bendiciones del Señor han sido muchas y grandes, tanto en el terreno espiritual como en el material. La más importante de todas, la conversión de nuestros cinco hijos: Y por si fuera poco, todos sirviendo al Señor con los dones por Él recibidos. Mi padre y mis dos hermanas también se convirtieron, y muchos más familiares y otras personas, de entre las cuales se encuentra uno que ya es Pastor de una Iglesia en Sevilla. Y todo por usarnos el Señor para gloria exclusivamente suya. También el Señor me usó durante unos 13 años ministrando la Palabra en las prisiones de Sevilla. Solo somos instrumentos en sus manos como canales de sus bendiciones. Jamás debemos de gloriarnos por lo que hacemos; por lo tanto toda la gloria sea para Él. Solo le doy gracias por usarme.

Solo me resta decir con gran gozo y agradecimiento, que en nuestra familia se han cumplido fielmente las siguientes promesas reflejadas en su Palabra. Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa; Hch.16: 31. Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas, Mt. 6: 33. Nuestras añadiduras también han sido colmadas. QUE PARA EL SEA LA GLORIA.

Nota:

Para los que desean contactarse con este hombre y verificar la información, puede hacerlo al mail pedrobernaldominguez@ono.com, o ver su pagina webhttp://www.pedrobernaldominguez.com/

Fuente:

http://www.pedrobernaldominguez.com/

años 606-814

años 606-814

Decadencia espiritual e intelectual. — Controversia sobre las imágenes. — Levantamiento del mahometismo. — Los paulicianos. — Carlomagno.

Decadencia espiritual e intelectual.

Entramos ahora al oscuro período que se extiende desde el fin del pontificado de Gregorio I, año 606, hasta la muerte de Carlomagno, ocurrida en el año 814. La corrupción que empezó con los primeros legados de Constantino, se hace peor bajo el dominio de los reyes bárbaros, y llega a su último estado de descomposición con los favores que Pepino y Carlomagno conceden a los papas de Roma. La ignorancia del clero y del pueblo aumenta año tras año; se abandona el estudio de la Biblia y de toda materia sana, y en su lugar aparecen ridículas leyendas de santos y de almas que vienen del purgatorio pidiendo el auxilio de los fieles. La libertad cristiana sucumbe bajo el peso de la tiranía y del absolutismo papal. La superstición reemplaza a la fe, y la más grosera idolatría, al culto en espíritu y en verdad.

Los historiadores han escrito páginas melancólicas mostran do el estado de general importancia que prevalecía en los siglos séptimo y octavo, a tal punto que se hallaban altos funcionarios públicos, y obispos de importantes diócesis, que no sabían leer ni escribir. Las actas de los concilios de Efeso y Calcedonia tuvieron que ser firmadas a ruego de tal o cual obispo, que no sabía firmar.

La teología había descendido al último grado de pobreza. Nadie hablaba más de aquellas gloriosas verdades que habían sido la fuerza vital de las iglesias primitivas. La escasa predicación de aquella época ofrece un cuadro tristísimo en los anales de la homilética. Un ejemplo lo tenemos en las siguientes pala bras del tan célebre San Eloy, obispo de Noyon, Francia. Definiendo lo que es un buen cristiano, dice: “Es un buen cristiano el que viene con frecuencia a la iglesia, y trae sus oblaciones para ser presentadas ante el altar de Dios; el que no presume gustar de los frutos que junta antes de haber hecho su ofrenda de ellos a Dios; quien al volver de las sagradas solemnidades, y durante varios días antes, observa la sagrada continencia, para poder acercarse al altar de Dios con tranquila conciencia; y quien sabe de memoria el Credo y el Padrenuestro.”

Oigamos otro párrafo del mismo predicador al enseñar cómo se puede conseguir la salvación: “Redimid vuestras almas del castigo que vuestros pecados merecen, mientras tenéis remedio y poder. Ofreced vuestros diezmos y obligaciones a las iglesias, encended velas en los lugares consagrados, venid con frecuencia a la iglesia, y con toda humildad orad a los santos para que os protejan; y si hacéis estas cosas, cuando el último día estéis ante el tremendo tribunal del eterno juez, podréis con confianza decir: Dadme, Señor, porque yo di.

Durante este período se llevaron a cabo muchas empresas destinadas, no ya a convertir a los paganos a Cristo, sino a imponerles una nueva forma de idolatría y hacerles súbditos religiosos del poder pontificio que se levantaba en Roma. Y también, so pretexto de unificación, salían de Roma emisarios adonde había cristianos independientes, con el fin de persuadirlos a reconocer al papa y someterse a su autoridad. La poca vida intelectual y espiritual, favorecía grandemente estos planes, y el favor que los príncipes dispensaban al papado, lo hacía atrayente a los que se dejan impresionar por el brillo de las exterioridades, y así la sede episcopal de Roma fue afianzándose, y por medio de intrigas se convirtió en centro de autoridad, y en un poder cuya alianza buscaban los mandones de las corruptas monarquías.

Sólo entre algunos pequeños grupos de cristianos llamados herejes, ardía todavía la antorcha de la verdad cristiana, y se dejaba sentir una viva protesta contra los abusos, innovaciones y corrupción general.

Controversia sobre las imágenes.

Gregorio I, al dirigirse a Severo, de Marsella, acerca de las imágenes, sostuvo que éstas no debían ser adoradas, pero que debían usarse en las iglesias para promover la instrucción de los ignorantes. Los partidarios del culto de las imágenes siempre hablan de esa manera, pero vemos cosas muy diferentes cuando nos fijamos en los hechos. Las imágenes, lejos de contribuir a la instrucción, fueron un gran factor de la ignorancia. En ningún otro período de la historia encontramos más desarrollado el culto de las imágenes, y en ningún otro prevalece una ignorancia tan completa sobre las cosas espirituales. Al autorizar, Gregorio I, el uso aparentemente inocente de representaciones artísticas, sancionó la idolatría y dio un golpe mortal al poco espíritu cristiano que reinaba aún. Las imágenes se hicieron cada vez más populares. Empezó a creerse que eran milagros. Los devotos acudían al santuario de tal o cual escultura a pedir una u otra gracia. Hubo vírgenes que lloraban; que hacían señales afirmativas con la cabeza; que tenían poder de curar determinadas enfermedades, y que obraban prodigios, según lo enseñaban los curas interesados en traficar con las almas. Re tratos de la virgen y de ciertos santos se atribuían a San Lucas, y de otros se decía que no habían sido hechos por manos humanas, sino que habían caído del cielo.

Pero el culto de las imágenes no quedaría sancionado defi nitivamente sin que hubiese antes vivas protestas de los que deseaban poner un dique al funesto avance de la idolatría. En Constantinopla, fue el mismo emperador León quien tomó medidas. Un tal Besor, de Siria, hombre de gran prestigio en la corte, y que era altamente estimado por el emperador, lo convenció de que el culto de las imágenes constituía una nueva forma de paganismo, y que era contrario a las claras enseñanzas de la Biblia. León se convirtió en un enérgico iconoclasta, y emprendió la tarea de combatir el uso de las imágenes; tarea que no le sería nada fácil, a causa de que el pernicioso hábito estaba arraigado, no sólo en el pueblo, sino en las clases elevadas y el clero. Es oportuno recordar que León había detenido, en el año 718, el avance de los mahometanos sobre Constantinopla, y que se hallaba en lucha contra éstos, quienes acusaban a los cristianos del pecado de idolatría. Para quitar, pues, a los mahometanos un argumento que sabían usar con éxito y razón, pensó en hacer desaparecer de las iglesias ese baldón y roca de escándalo. Su primer edicto, del” año 730, para no provocar la ira de sus súbditos, mandaba solamente que las imágenes fuesen colocadas en lugares elevados para que los devotos no pudieran tocarlas ni besarlas. Las órdenes del emperador se estrellaron contra la tenaz resistencia del pueblo enfurecido, de los monjes supersticiosos e ignorantes, y del mismo Germano, patriarca de Constantinopla. Juan de Damasco, uno de los pocos escritores de aquella época, puso su elocuencia al servicio de la idolatría, y escribió varios tratados en contra de lo que llamaba sacrilegio del emperador. “No corresponde al emperador —decía— hacer leyes para regir la iglesia. Los apóstoles predicaron el evangelio; el monarca debe cuidar del bienestar del estado; los pastores y maestros se ocupan de la iglesia.” En esto, el famoso damasceno estaba en lo cierto, pero el clero no hablaba así cuando el emperador promulgaba leyes que le eran favorables. Al aceptar la unión con el estado perdieron el derecho de usar este argumento.

El papa Gregorio II intervino, y dos epístolas dirigidas a León, en el tono más insolente y anticristiano, demuestran cuál era el carácter del papado en aquella época. Le amenaza con el levantamiento de sus súbditos, y le hace responsable de la sangre que va a ser vertida. Poco caso hizo León de las amenazas papales.

En Grecia, la furia popular llegó a tal punto que se organizó una expedición naval contra Constantinopla para derrocar al emperador y poner en su lugar a un tal Cosmos, pero ésta fue vencida y Cosmos decapitado.

No pudiendo conseguir León que el patriarca se pusiera de su lado lo destituyó de su puesto y nombró en su lugar a otro llamado Atanasio.

Se publicó un nuevo edicto ordenando que todas las imá genes fuesen sacadas de las iglesias. El nuevo papa, Gregorio III, protestó, como su antecesor, y reunió un sínodo en el año 731, que condenó a todos los enemigos del culto de las imágenes. León entonces quitó al papa muchas de sus entradas, transfiriendo las iglesias del sur de Italia y de Iliria, de la sede de Roma a la de Constantinopla, y el conflicto fue haciéndose cada vez más grave.

Muerto León, subió al poder Constantino V, quien se mostró un iconoclasta más celoso que su propio padre. Deseando, sin embargo, poner fin al conflicto, convocó un concilio general que se reunió en Constantinopla en el año 754, el cual fue el más numeroso de todos los reunidos hasta entonces. El concilio declaró que el culto de las imágenes era contrario a las Escrituras, una práctica pagana y anticristiana, la abolición del cual era necesario para evitar que los cristianos cayesen en tentación. Aun el uso del crucifijo fue condenado, basados en que el único símbolo de la encarnación se hallaba en el pan y vino de la cena del Señor.

No sólo el culto de las imágenes fue condenado sino el uso de ellas y de toda clase de pinturas y dibujos destinados al uso eclesiástico. También se prohibió el uso privado en las casas y monasterios, y aun los fabricantes de estos objetos cayeron bajo la excomunión.

No es extraño que los canonistas se esfuercen en demostrar que este concilio no debe ser tenido por ecuménico.

Era imposible que los decretos de este concilio no despertasen oposición, y el poder civil tuvo que emplear la fuerza y la violencia para hacerlos respetar. Miles de monjes fueron encarcelados, azotados, desterrados y maltratados de diversas maneras, por negarse a entregar sus ídolos favoritos. Las iglesias del Imperio, sin embargo, fueron despojadas de las imágenes y de todas las pinturas de las paredes.

Roma no se dio por vencida, y un sínodo reunido en el año 769, bajo el papa Felipe III, anatematizó al concilio de Constantinopla, y declaró nulas sus decisiones. Así el culto de las imágenes desterrado del Oriente, tuvo sus defensores en Occidente.

Constantino V, tuvo por sucesor a León IV, igualmente celoso iconoclasta, pero murió en el año 780; y su esposa, la emperatriz Irene, hizo todo cuanto estaba de su parte para restaurar el culto de las imágenes. Consiguió, con la cooperación del papa y de Carlomagno, reunir un concilio para anular los decretos del reunido en el año 754; pero terminó tumultuosamente, porque el partido iconoclasta era todavía muy numeroso en la capital. Se resolvió entonces trasladarlo a Nicea, por ser un lugar más tranquilo y rodeado de recuerdos prestigiosos. Se reunió en el año 787, y se le considera el séptimo concilio general. Los delegados obedecieron servilmente y cumplieron con la orden de declarar nulo el concilio de Constantinopla del año 754, y promulgar el culto de las imágenes.

Hubo aún después de este conflicto algunas manifestaciones iconoclastas en la corte de Constantinopla, pero no lograron des viar la tendencia idolátrica tan pronunciada de las iglesias sujetas al poder de Roma.

Levantamiento del mahometismo

Durante este período de tanta decadencia, el cristianismo se halló frente a la invasión de las huestes del profeta de la Meca, que atacaban igualmente a paganos, judíos y cristianos. Para que podamos entender mejor la naturaleza de este nuevo conflicto, dedicaremos algunas líneas al origen y desarrollo del mahometismo.

Mahoma nació en la Arabia en el año 570. Era descendiente de una familia de la ilustre tribu de Hashem, depositaría y defensora de las instituciones religiosas de los árabes. Quedo huérfano siendo niño de corta edad; y al dividirse la herencia dejada por sus padres, le tocó como lote cinco camellos y una esclava etíope. Su tío Abu-Tabeb, quedó encargado del niño, a quien llevaba consigo en todos sus viajes, tanto en tiempo de paz como de guerra. A la edad de veinticinco años, entró al servicio de una viuda muy rica, con la que más tarde se casó.

La tradición cuenta que Mahoma era de un aspecto imponente y de una hermosura imponderable, lo que lo hacía atractivo a todos y daba a su palabra mucha autoridad. Tenía una memoria prodigiosa, y sus ojos estaban continuamente leyendo con penetración el gran libro de la naturaleza humana. Desde joven había mostrado una fuerte predisposición a la vida contemplativa y a la meditación solitaria sobre asuntos religiosos. Todos los años se retiraba por el término de un mes, a unos quince kilómetros de la Meca para disfrutar de la soledad en la caverna de Hera. Fue allí donde su imaginación ardiente le hizo concebir aquel sistema religioso que luego predicó a su familia y a su ciudad el cual resumía en esta sentencia: “Dios es Dios, y Mahoma su profeta”. Los principios de su credo los dio a conocer en un libro que se tituló Alcorán, que viene a ser la Biblia de los musulmanes. Rechaza el culto de las imágenes, de los hombres, de las estrellas y de toda cosa creada, basado en el principio muy racional de que todo lo que se levanta cae; todo lo que nace muere; y todo lo corruptible decae y perece. Pretendía que las enseñanzas del Corán las habían recibido del arcángel Gabriel, y desafiaba al cielo y a la tierra a producir páginas de la misma belleza, sosteniendo que sólo Dios pudo haberlas escrito.

Según el Corán, algunos rayos de la revelación divina empezaron a manifestarse a Adán, y fueron aumentando con Noé, Abraham, Moisés y Jesucristo, para tener su manifestación completa en Mahoma. Enseña que Cristo era sólo un profeta mortal; que la crucifixión no fue real, sino aparente; y que Cristo fue llevado al séptimo cielo. Durante seiscientos años la salvación se podía obtener por medio del evangelio, pero como los cristianos se olvidaron de los mandamientos y ejemplo de Cristo, Dios levantó a Mahoma para acusar a los cristianos de idolatría, y a los judíos de no ser fieles a la verdad que se le había confiado.

Los habitantes de la Meca y de Medina pedían al nuevo profeta que hiciese señales y prodigios, como habían hecho Moisés y Cristo; que hiciese descender ángeles del cielo o el volumen de sus revelaciones; que creara un jardín en el desierto, y que hiciese caer fuego del cielo sobre la ciudad incrédula. Mahoma respondía que su misión no era la de hacer milagros, porque éstos hacen disminuir el mérito de la fe.

La oración, el ayuno, y las limosnas constituyen los tres grandes deberes del mahometano. La oración lleva al devoto hasta la mitad del camino que conduce a Dios; el ayuno permite llegar hasta las puertas de su morada y las limosnas hacen con seguir la entrada. El uso del vino y bebidas embriagantes está absolutamente prohibido, y esto ha contribuido a que los países musulmanes se vean libres de la plaga del alcoholismo.

El Corán enseria la doctrina de la resurrección y del juicio general, que será seguido del castigo de los infieles y recompensa de los fieles. El paraíso que espera a los musulmanes está lleno de fantasías de estilo oriental; palacios de mármol y marfil; fuentes encantadas, perlas, diamantes, etc.; y la recompensa ofrecida al más insignificante de los fieles consiste en verse rodeado de setenta y dos jóvenes de ojos negros y de gran hermosura, y vivir entregados a la lujuria y satisfacción de apetitos carnales.

En el año 609, Mahoma empezó a predicar su doctrina en la Meca. Los comienzos fueron duros. Después de tres años de trabajo sólo había logrado catorce adeptos, y así siguió durante diez años viendo marchar su causa penosa y lentamente dentro de los muros de la ciudad. En el año 622, sus enemigos resolvieron matarlo, clavando cada tribu una espada en su corazón, pero llegándolo a saber huyó junto con su fiel asistente Abubeker, y permaneció tres días escondido en una cueva. Sus enemigos lo buscaron con diligencia y llegaron a la misma puerta de la cueva pero no penetraron en ella. Mahoma y Abubeker careciendo de alimentos, se vieron obligados a salir de la cueva, y montados en sus camellos siguieron viaje a Medina, donde el profeta fue bien recibido, logrando la conversión de los principales habitantes de la ciudad. Setenta y tres hombres y mujeres celebraron una conferencia con Mahoma y se ligaron con un solemne juramento de mutua fidelidad.

Se levantó una rústica mezquita, y Mahoma vio aumentar el número de sus secuaces. Después de seis años, mil quinientos hombres armados renovaron el juramento de alianza y Mahoma dio principio a sus campañas guerreras, destinadas a imponerse por la fuerza donde la gente rehusase seguirle de buena voluntad. Personalmente asistió a muchas batallas y sitios, y sus discípulos continuaron llevando adelante las conquistas.

A la edad de sesenta y tres años, Mahoma aún lleno de fuerza y vigor, dirigía todos los movimientos de sus ya numerosas huestes. La Arabia estaba totalmente dominada, y ya él intentaba dirigir sus ataques al Imperio Romano. Sus asistentes algo fatigados alegaban que faltaban provisiones, caballos y dinero y que el calor del verano sería insoportable. “El infierno es más caliente”, contestó indignado el infatigable Mahoma.

Al frente de un numeroso ejército, se dirigía de Medina a Damasco con el intento de conquistar la Siria, pero fue súbitamente detenido por una enfermedad que le duró cuatro años y que atribuía a un veneno que le hubiera suministrado una mujer judía en el año 632, después de un violento ataque que le duró catorce días, murió. Su muerte produjo una tremenda consternación en el campo de sus soldados y fieles. La ciudad de Medina estaba de luto, y por todas partes sólo se veían escenas de clamor y desesperación. Muchos se negaban a creer que su muerte era un hecho, y sostenían que había sido arrebatado al cielo. Pero Abubeker con gran prudencia levantó el ánimo de los caídos. “¿Es a Mahoma —les dijo— o al Dios de Mahoma a quién adoráis?”

El fuego del fanatismo se encendió de nuevo, y sus nume rosos discípulos continuaron la obra de conquista. Al cabo de diez años, todo el Egipto, la Palestina y la Siria, estaban bajo el poder de los terribles invasores, que mataban, saqueaban y destruían todo lo que impedía el desarrollo de sus planes. Tres de los principales centros del cristianismo cayeron en su poder, Jerusalén en el año 636, Antioquia en el año 638 y Alejandría en el año 641. Persia quedó completamente subyugada después de atroces conflictos. Constantinopla pudo detener por entonces a los invasores, derrotándolos en 669 y 716. El norte africano estaba dominado y las iglesias devastadas. De África los invasores pasaron a España y se apoderaron de todo el país. Cruzando los Pirineos entraron en Francia, y parecía que toda la Europa occidental estaba a su merced, cuando Carlos Martel libró una de las grandes batallas decisivas de la historia venciendo a los musulmanes en los campos de Tours, en el año 732 y los conquistadores fueron detenidos en su avance.

Tal era la magnitud del conflicto ante el cual se halló el cristianismo en este sombrío período de su historia.

Los paulicianos.

En medio de la corrupción que caracterizó a este período no faltaron testigos de la verdad, que mantuvieron con relativa pureza las doctrinas y costumbres del Nuevo Testamento. La antorcha del evangelio no fue nunca completamente extinguida y entre los que la hicieron brillar en estos días verdaderamente tenebrosos, merecen ser mencionados los paulicianos. Las iglesias sometidas a Roma, tuvieron que escuchar la viva protesta por ellos levantada y el testimonio fiel que supieron dar con su palabra y su vida, en medio de incesantes y crueles persecuciones, fue un sonido confortante que se dejó oír, durante dos siglos, en todos los países cristianizados del Oriente.

El movimiento tuvo su origen en un pequeño pueblo cercano a Somosata, a mediados del siglo séptimo. Un hombre lla mado Constantino, dio un día hospitalidad a cierto cristiano que había logrado escaparse de las manos de los musulmanes. Al partir, en señal de gratitud, regaló a su buen hospedador, un ejemplar del Nuevo Testamento, escrito en su lengua original. Constantino, aunque hombre muy instruido y estudioso, nunca había escudriñado debidamente este libro, cuya lectura, se decía, era sólo para los eclesiásticos. Se puso a leerlo con verdadero interés, y su lectura le era cada vez más atractiva. “Investigaba el credo de la cristiandad primitiva —dice Gibbon— y cualquiera que haya sido el resultado, un lector protestante aplaudirá el espíritu de investigación.” Tomó un interés especial en las Epístolas de San Pablo y el contraste que señala el apóstol entre la ley y la gracia y la carne y el espíritu, fueron la base de un sistema de Teología que empezó a formarse en su mente. Constantino no quiso poner la luz debajo del almud, sino que lo que él iba aprendiendo, lo comunicaba luego a otros. Se puso a viajar, enseñando por todos los lugares y pronto se vio rodeado de un crecido número de adherentes, que al convertirse y bautizarse, se constituían en iglesias.

El nombre de paulicianos les fue dado probablemente, a causa del alto aprecio que hacían de los escritos de Pablo y de su constante esfuerzo por imitar a las iglesias fundadas por este apóstol. Los pastores asumían el nombre de alguno de los colaboradores de Pablo, y así Constantino se llamó Silvano, otros tomaron el nombre de Timoteo, Tito, Epafrodito, etcétera.

Es difícil decir cuáles eran las creencias de estas agrupaciones, debido a que casi todo lo que sus contemporáneos han dicho de ellos, fue escrito por sus peores enemigos, directamente interesados en desacreditarlos. Los que les atribuyen ideas maniqueas han caído en un error evidente. El descubrimiento reciente de un importante manuscrito titulado La Llave de la Verdad hallado y traducido por el sabio F. C. Conybeare (año 1898) ha venido a arrojar mucha luz sobre las doctrinas predicadas por Constantino y sus hermanos espirituales, de donde resulta que aceptaba el Nuevo Testamento como única regla de fe, aun cuando en materia de interpretación, sin duda, no podrían satisfacer las exigencias de los cristianos de nuestros días. Rechazaban el bautismo infantil, la perpetua virginidad de María, el culto de las imágenes, la invocación de los santos y muchas prácticas que habían triunfado en aquel entonces.

En el gobierno de sus iglesias rechazaban todas las preten siones clericales y sus pastores y evangelistas eran simples miembros del rebaño a quienes Dios había dado los dones necesarios para desempeñar la obra. El historiador Gibbon, dice acerca de ellos: “Los maestros paulicianos se distinguían sólo por sus nombres bíblicos, por su título modesto de compañeros de peregrinación, por la austeridad de su vida, por el celo, saber y reconocimiento de algún don extraordinario del Espíritu Santo. Pero eran incapaces de desear, o por lo menos de obtener, las riquezas y honores del clero católico. Combatían fuertemente el espíritu anticristiano”.

El crecimiento de los paulicianos alarmó a los partidarios de la religión oficial y el emperador Constantino Pogonato mandó tomar enérgicas medidas contra ellos. Las escenas de crueldad que fueron vistas durante las persecuciones paganas, se repitieron bajo un gobierno que pretendía haber abrazado el cristianismo. El fanático Pedro Siculo aprueba estos actos y alababa a los perseguidores diciendo: “A sus hechos excelentes, los emperadores divinos y ortodoxos añadieron la virtud de mandar que fuesen castigados con la muerte, y que donde quiera que se hallasen sus libros, fuesen arrojados a las llamas, y que si alguna persona los escondía, fuese muerta y sus bienes confiscados”.

Un oficial del estado llamado Simeón, fue encargado de suprimir la llamada herejía. Dirigió sus ataques contra el director prominente del movimiento que era Constantino. Lo colocó frente a una larga línea de sus hermanos en Cristo, y ordenó a éstos que como señal de arrepentimiento y sumisión a la ortodoxia arrojasen piedras sobre él. Todos rehusaron cometer semejante acción, menos uno llamado Justo, quien mató al fiel pastor cuya palabra había escuchado tantas veces y este mismo traidor contribuyó a que otros pastores cayesen en poder de los perseguidores y que sufriesen la tortura y la muerte. Pero el fervor demostrado por los paulicianos impresionó de tal modo al per­seguidor Simeón, que renunciando a su sanguinaria misión y, como un nuevo Pablo, se convirtió a la causa que perseguía y se unió a ellos para continuar la obra que había hecho Constantino. No tardó en tener que morir él también por el nombre del Señor.

Durante ciento cincuenta años, estas iglesias no cesaron de ser perseguidas y de sufrir toda clase de ultrajes y vejaciones. No existen relatos fidedignos sobre la manera como morían estas nobles víctimas de la intolerancia. Su vida era tan ejemplar que sus mismos enemigos se ven forzados a reconocerlos como modelos de virtud cristiana.

Disfrutaron, de tiempo en tiempo, de algunos cortos pe ríodos de relativa paz, que fueron bien aprovechados en edificar las iglesias desoladas y extender el conocimiento de la verdad entre los que vivían sumergidos en la superstición e idolatría. Pero bajo la emperatriz Teodora, a principios del siglo noveno, la persecución recrudeció. Esta mandó emisarios por todas las partes del Asia Menor, con órdenes terminantes de suprimir el movimiento y los mismos ortodoxos se jactan de haber hecho morir a cien mil paulicianos por medio de la espada y del fuego.

Carlomagno.

Carlomagno cierra este período de la historia del cristia nismo.

Al morir Pepino, rey de Francia, en el año 768, sus domi nios quedaron divididos entre sus dos hijos: Carlos y Carlomán. Dos años después falleció este último y Carlos fue proclamado único monarca del país. Hombre de grandes ideas, pensó en extender sus dominios y mejorar las tristes condiciones de sus súbditos.

Sus guerras fueron contra los lombardos, los sajones y los árabes de España. Carlomagno se había casado con la hija del rey de los lombardos; pero como este matrimonio desagradó al papa, la repudió y se casó con otra y desde entonces sus relaciones con el ofendido suegro quedaron rotas. Animado por el papa, Carlomagno pasó los Alpes, y al frente de un poderoso ejército, penetró en Italia y llevó cautivo a Francia al rey de los lombardos, quedando así dueño de toda la Italia del Norte.

Carlomagno aspiraba a restaurar el antiguo esplendor y grandeza del Imperio Romano, unificándolo sobre la base de la religión cristiana, a la manera que él y el papa la entendían. Para lograr este fin, uno de sus grandes afanes fue el de conquistar a los sajones de Alemania, haciéndolos entrar a formar parte de su reino, e imponiéndoles el bautismo como sello de la nueva religión. Tuvo que luchar con un pueblo guerrero y amante de la libertad, que constantemente se sublevaba no bien sus conquistadores estaban luchando en otra parte. Pero las armas de Carlomagno lograron por fin dominarlos y por la fuerza hacerles aceptar el cristianismo, obligándolos bajo pena de muerte a recibir el bautismo, a observar los ritos de la iglesia papal y a pagar a ésta los diezmos. Para conseguir esto tuvo que hacer derramar mucha sangre, y en una ocasión mandar asesinar a cuatro mil quinientos prisioneros sajones que no querían conformarse a sus designios, y expatriar a diez mil familias, quitándoles los bienes, parte de los cuales dio a la iglesia. Estos actos de imposición y crueldad demuestran cuan poco sabía de la esencia de la religión cristiana, este hombre a quien la iglesia de Roma ha canonizado, y cuan desastrosa es la cooperación del poder civil en la obra de propagar creencias religiosas.

En las guerras que emprendió contra los árabes que dominaban en España, no tuvo éxito, viéndose obligado a retroceder ante la fuerza que oponían sus enemigos.

Entró en Roma con el fin de libertar al Papa, que había sido hecho prisionero y que estaba encerrado en un convento, y el año 800, el día de Navidad, fue coronado en la basílica de San Pedro, y proclamado emperador de Occidente, estando comprendidos en sus dominios los territorios que actualmente forman Francia, Bélgica, Holanda, Suiza, la mayor parte de Alemania, de Austria e Italia y porciones de Turquía y España.

Carlomagno no fue negligente en lo que se refiere al progreso y desarrollo de sus subditos. Era gran admirador de las artes y de las letras, e hizo todo lo que estaba de su parte para lograr su desenvolvimiento. Fundó muchas escuelas, universidades y bibliotecas, se esforzó en dar al clero mayor grado de instrucción, se rodeó de los pocos sabios que había en sus días, y él mismo recibía lecciones. Su palacio era una verdadera academia.

Su celo por el pontificado fue ciego y ninguno como él contribuyó a afianzarlo. Las donaciones de territorio hechas por Pepino a la sede de Roma, fueron aumentadas por él, con lo cual tomó incremento el poder temporal de los papas. Hizo obligatorio el pago de los diezmos a la Iglesia.

Carlomagno murió en el año 814, en Aix-la-Chapelle, su ha bitual residencia, a la edad de setenta y dos años, después de haber reinado cuarenta y seis.

http://www.seminarioabierto.com/iglesia13.htm

Avance del clericalismo.

Avance del clericalismo.

A medida que nos acercamos al fin de este período, año 604, notamos una pronunciada decadencia en la fe, vida y costumbres de los cristianos. Por todas partes, es verdad, se oyen gritos de protesta, los que demuestran que los verdaderos cristianos todavía existen, y que “la fe que fue dada una vez a los santos” cuenta con un gran número de testigos y defensores ardientes que no sucumben bajo el peso de las nuevas circunstancias creadas por la gran apostasía.

La fe ya no es la misma; una multitud de creencias anti bíblicas obscurecen el brillo de la verdad traída al mundo por el Señor Jesucristo.

La organización ha degenerado en extremo; en lugar de congregaciones autónomas y altamente democráticas, hallamos las pretensiones episcopales de varios patriarcas, que terminan con un franco pronunciamiento hacia el papado, encarnación del despotismo espiritual y religioso.

la organización. En el Nuevo Testamento no hallamos ningún sistema artificiosamente elaborado de gobierno eclesiástico. Cuando los discípulos disputaron acerca de cuál de ellos sería el mayor, el Maestro les dijo: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad, son llamados bienhechores; mas no así entre vosotros.” Lucas 22:25, 26. Las iglesias no reconocían otro Maestro y Señor fuera de Jesucristo. Todos los miembros eran iguales y ejercían libremente los dones que manifestasen. Los pastores u obispos elegidos por ellos mismos, sin la intervención de ningún poder extraño, eran hermanos a quienes el Espíritu Santo elegía pri mero, manifestándose esta elección por las obras que obraba el mismo Espíritu. Pero a medida que se fue perdiendo el primitivo concepto de organización simple y natural de la iglesia local, empezó a ganar terreno el espíritu clerical, y los obispos de las grandes ciudades se enseñorearon de las iglesias más pequeñas, matando poco a poco en ellas la costumbre vigorizadora de manejar sus asuntos locales por medio del voto de todos los miembros. El obispo empieza a ocupar un lugar demasiado prominente, y el gobierno de las congregaciones queda por completo en sus manos. El obispo dejó de ser lo que había sido en los tiempos apostólicos y siglos inmediatos. Oigamos lo que dice al respecto el distinguido historiador Mosheim: “Nadie confunda los obispos de la primitiva edad de oro de la iglesia, con aquellos de quienes leemos más tarde. Porque aunque ambos eran designados con el mismo nombre, diferían grandemente, en muchos sentidos. Un obispo en el primero y segundo siglo, era un hombre que tenía a su cuidado una asamblea cristiana, que en aquel tiempo, por lo general, era tan pequeña que podía reunirse en una casa particular. En esta asamblea, él actuaba no con la autoridad de un señor, sino con el celo y diligencia de un siervo. Las iglesias, también en aquellos tiempos, eran completamente independientes; y ninguna estaba sujeta a jurisdicción exterior, pero cada una se gobernaba por sus propios oficiales y por sus propios reglamentos. Nada es más evidente que la perfecta igualdad que reinaba en las iglesias primitivas.”

Referimos aquí lo que fue la organización de las iglesias apostólicas para que resalte el contraste que ofrecen con la organización al fin de este período, cuando los grandes patriarcas han tomado la dirección del rebaño. Los patriarcas de Constantinopla, de Alejandría y de Antioquia gobiernan en Oriente. El patriarca de Roma, en Occidente, aunque su auto ridad no era generalmente reconocida en España ni en la Galia.

el papado. El nombre de sede apostólica fue dado a las iglesias que habían sido fundadas por los apóstoles o sus colaboradores. Este calificativo que hoy se usa sólo en singular se usaba en plural, y era aplicado tanto a Roma como a Alejandría, a Jerusalén, a Antioquia, etcétera.

No se reconocía a la Iglesia de Roma ningún primado ni superioridad. Pero siendo Roma la gran capital del mundo, los obispos de esa ciudad empezaron a creerse superiores a los de más y procuraron centralizar en ellos la autoridad suprema del gobierno eclesiástico. Ya en el año 190 manifestó esa ambición el obispo que figura con el nombre de papa Victorio I, quien quiso hacer valer su autoridad fallando sobre una cuestión que se había levantado sobre la fecha en que debía celebrarse la Pascua. Pero sus colegas de Oriente no quisieron tenerlo en cuenta.

A principios del siglo tercero, Serafín hizo tentativas para implantar el primado, pero tuvo que chocar con la voluntad férrea de Tertuliano, quien en tono de burla lo llama Pontifex Maximus, y obispo de obispos. Muchas veces los defensores del papado citan estas palabras de Tertuliano ignorando, o queriendo ignorar, que fueron dichas para mostrar el carácter pagano de las pretensiones del obispo de Roma.

A mediados del mismo siglo, al suscitarse la cuestión de la validez del bautismo administrado por los herejes, el obispo de Roma quiso imponer una norma de conducta: pero los obispos de Asia y de África, mayormente Cipriano, le desconocieron el derecho de intervenir en asuntos que no afectaban a su jurisdicción.

La sede de Roma, no obstante, iba ganando terreno día a día. Rodeada de toda pompa y magnificencia exterior, atraía las miradas del mundo. Su situación política y geográfica, lo mismo que su brillo, contribuían a darle un primado moral, que se lo reconocían aún los que no aceptaban sus pretensiones. Las deliberaciones del Concilio de Nicea demuestran que el obispo de Roma era todavía en aquel tiempo un metropolitano como el de Alejandría o Antioquia.

El concilio de Calcedonia, reunido el año 451, tampoco reconoce primado a Roma; y claramente establece que Constantinopla tiene igual autoridad por ser la ciudad del emperador. Esta declaración del concilio colocó en estado de decadencia a los otros patriarcas y abrió la contienda entre Roma y Constantinopla que duraría largos siglos.

La rivalidad entre los obispos de las dos ciudades nombra das, llegó a su punto culminante cuando Gregorio I, obispo de Roma, protestó contra el título de obispo universal que usaba el de Constantinopla. Al atacar a su antagonista hace un terrible proceso del papado. Considera el título de obispo universal un nombre vanidoso, suntuoso y redundante; una palabra perversa, un título envenenado, que hace morir a los miembros de Cristo; un ensalzamiento perjudicial a las almas; una usurpación diabólica, y nombre inventado por el primer apóstata: el diablo. Quien se atreviese a usarlo sería el precursor del Anti cristo, y más soberbio que Satanás. No olvidemos que fue Gregorio I, papa, quien dijo estas cosas. “Las citas de San Gregorio —dice muy bien el autor italiano Luigi Desanctis— sobre esta controversia, son un documento perentorio para demostrar que el primado del papa era en el siglo sexto, mirado como una iniquidad, y un grandísimo pecado: y esto por uno que fue papa, que se llamó Gregorio el Grande, y a quien lo representan con el emblema del Espíritu Santo dictándole al oído lo que debe escribir, que es santo y doctor de la iglesia romana.”

En el año 604 murió Gregorio I, y en el año 606 fue elegido papa Bonifacio III, quien por medio de bajas e indignas adulaciones al tirano Poca, consiguió se le diese el título de obispo universal, título que desde entonces han usado los que ascienden al papado.

iglesia y estado. Los emperadores continuaron intervinien do en todos los asuntos eclesiásticos y ejerciendo el patronato.

Los favores que recibía la iglesia eran cada vez mayores. El permiso de recibir legados que le fue concedido, aumentó asombrosamente los bienes inmuebles de las comunidades.

El clero fue exceptuado del servicio militar, y de otros deberes públicos. Los bienes eclesiásticos quedaron exceptuados del pago de contribuciones, y a menudo se disponía del tesoro público a favor de ciertas obras y ciertas personas.

El Código Institutos de Justiniano, promulgado el año 529, indica el carácter de esta unión. Se ve el deseo de cristianizar el Imperio por medio de leyes y medidas oficiales lo que, como siempre, dio funestos resultados.

La esclavitud, si no abolida, perdió su antiguo carácter cruel. La vida humana, antes de tan poco valor, empezó a ser respetada; y ya no morían decenas y centenas de hombres en los combates de los gladiadores, los que llegaron a quedar del todo prohibidos.

Las relaciones de familia, que habían llegado a su último grado de relajación, fueron dignificadas en las nuevas leyes. Se limitó el derecho de los padres sobre los niños, y el infanticidio fue declarado crimen. La mujer adquirió más derechos y más nobleza. Las leyes contra la inmoralidad se hicieron severas, y el divorcio quedó limitado sólo a los casos más graves.

El estado también se constituyó en defensor de la ortodo xia, y éste fue el mayor de sus errores; pues para lograr su fin persiguió a los herejes. El Código de Justiniano califica de herejes a todos los que no se conforman a las creencias esta blecidas por la mayoría llamada Iglesia Católica, de modo que el rigor de la ley se aplicó a todos los que lucharon contra las innovaciones contrarias a la fe primitiva.

Vida monástica: Antonio

La corrupción de las iglesias y decadencia espiritual que ca racteriza a este período, alarmó a muchas almas sinceras, que buscaron en el retiro y soledad un asilo donde poder vivir en contacto íntimo con Dios y ocupados completamente en el des arrollo de la vida interior. La intención que animaba a los primeros anacoretas y ermitaños era buena, pero completamente extraviada. Olvidaban que los cristianos tienen que ser la luz del mundo y la sal de la tierra; que Cristo oró para que los suyos fuesen librados del mal pero no quitados del mundo; y que los cristianos del tiempo apostólico, nunca pensaron en el retiro y soledad, sino en lidiar como buenos soldados en el campo de batalla de este mundo corrompido.

El origen del monaquisino lo hallamos en la persona y obra de Antonio, quien nació en el año 251, en la ciudad de Heptanome, en los confines de la Tebaida. Era hijo de una familia rica y respetable, en el seno de la cual recibió su primera educación religiosa. Sus estudios fueron rudimentarios, y nunca llegó a iniciarse en las lenguas griega y latina, que eran en aquel entonces la prueba de que uno había recibido alguna instrucción. Desde su juventud mostró una fuerte tendencia a la vida contemplativa, evitando siempre el trato con los muchachos tur bulentos. Las cosas del mundo no le interesaban, pero un pro fundo espíritu religioso, y una gran ansiedad por las cosas divinas determinaban todos los actos de su vida. Era infaltable a las reuniones religiosas, y lo que él mismo leía en la Biblia y lo que oía leer en las reuniones, quedaba impreso en su memoria y corazón. Hay autores que aseguran que sabía toda la Biblia de memoria. Cuando tenía unos veinte años quedó huérfano, quedando a su cargo una hermana mayor y los demás intereses de la casa. Un día, mientras se dirigía a la iglesia, su vivida imaginación le pintó el contraste que existía entre los verdaderos cristianos de las iglesias apostólicas, que vivían en amor y en comunidad, y los pretendidos cristianos de sus días, afanados puramente en cosas materiales. Preocupado con estos pensamientos entró en la iglesia donde oyó leer la siguiente porción del Evangelio: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; “ven y sígueme.”

Antonio creyó oír en estas palabras un mandamiento de Dios, dirigido a él mismo, ordenándole vender todos sus bienes y repartirlos a los pobres. Empezó por repartir su dinero y muebles entre los más necesitados de la aldea, y sus tierras las distribuyó también, quedándose sólo con lo necesario para atender las necesidades de su hermana, pero más tarde repartió aun esta parte, al leer en el Evangelio que no hay que afanarse por las necesidades del mañana. Dejando a su hermana bajo el cuidado de unas mujeres piadosas, una especie de monjas que vivían asociadas, se retiró a la soledad y empezó a vivir bajo el más rígido ascetismo. Se sostenía a sí mismo trabajando con sus propias manos, y lo que le sobraba lo daba a los pobres.

En el género de vida que adoptó cayó en el error de creer una virtud el ahogar los sentimientos naturales que Dios ha puesto en el hombre. Cada vez que se acordaba de su hermana o de otros deberes domésticos creía que era el tentador que procuraba hacerlo caer; y los más puros y sanos impulsos del corazón los atribuía a malos espíritus con los cuales se creía constantemente en guerra. Cada día iba alejándose más y más de los centros de población, hasta que se retiró a una lejana región montañosa, donde habitó veinte años entre las ruinas de un viejo castillo. Su fama de gran asceta fue extendiéndose, y por todo el Egipto se contaban acerca de él las cosas más extrañas. Todos lo buscaban pidiendo sus consejos, y finalmente consintió en ser el director espiritual de muchos que querían imitarle en el género de vida que había adoptado. Entre éstos hubo no pocos que estaban cansados de un cristianismo que sólo servía para alimentar discusiones teológicas. El Egipto se llenó de estos ermitaños, quienes al asociarse constituyeron las primeras órdenes monásticas, que pronto fueron extendiéndose por todos los países del Oriente.

Antonio era el héroe entre ellos. A   él acudían de todas partes para someterle sus pleitos y dificultades. Creyó que esta fama lo conduciría al orgullo y se retiró a una región aún más apartada donde nadie le conocía. Se dedicaba a la agricultura y a la fabricación de canastas que cambiaba por alimentos. Cuando se descubrió su paradero volvió a verse rodeado de admiradores.

En el año 311, bajo la persecución de Maximino, apareció en Alejandría, no buscando el martirio, sino para animar a los que tenían que sufrir. Cumplida su misión, sin ser molestado por los perseguidores, se retiró de nuevo a los desiertos.

En el año 352, cuando tenía ya más de cien años de edad, volvió a Alejandría. Todos los habitantes, y aun los sacerdotes paganos, procuraban ver “al hombre de Dios”. Los enfermos buscaban tocar el borde de su vestido esperando ser curador milagrosamente.

Regresó de nuevo entre ¡os monjes donde pasó los últimos años, encargando que su cuerpo fuese escondido para que no llegase a ser objeto de superstición.

La idea que tuvieron los primeros ermitaños fue muy pronto olvidada. La gente empezó a creer que la vida recluida era un mérito y que podían ganar el cielo por las mortificaciones del cuerpo. Las penitencias que hacían eran pueriles, pues no conducían a nada práctico, ni servían para el bien ni mejoramiento de ninguno. Se hicieron orgullosos, creyendo que eran superiores a los demás hombres. Para mortificarse inventaron todo género de penitencias. Cierto fraile vivía en una región donde no había agua, y creía que era una obra meritoria pasar las noches juntando el rocío. Muchos abandonaron el trabajo por creerlo incompatible con los votos de misticismo que había» hecho y se entregaron a la corruptora holgazanería, viviendo de las limosnas de sus admiradores.

En Italia, Francia y España, las órdenes monásticas, alcan zaron gran desarrollo debido principalmente a los trabajos do Benedicto. Este célebre monje nació en el año 480, de una rica familia italiana. Empezó la vida de ermitaño cerca de Roma, viviendo en una gruta, donde no tardó en verse rodeado de mu chos partidarios, con quienes organizó comunidades. Para evitar los grandes escándalos que daban los monjes de otras órdenes. Benedicto sujetó a los suyos, a una severa disciplina, haciendo quo todos tuviesen alguna ocupación útil, como ser la labranza, los estudios y la enseñanza escolar de los niños que vivían en distritos rurales.

El aumento siempre creciente y alarmante de estas comu nidades obligó a muchos a emprender contra ellas formidables campañas, siendo la más violenta la que encabezó un monje llamado Joviano, a quien Neander llama “el protestante de su tiempo”. Se levantó contra sus colegas sosteniendo que no había ningún mérito en renunciar al matrimonio y a los vínculos sagrados de la familia; que era posible y preferible ser santo en el mundo. Los monjes se alarmaron y consiguieron que fuese condenado por un Sínodo reunido en Roma en el año 390.

Tal es, en breves palabras, el origen de esas comunidades que tantas veces han levantado la viva protesta de los civiles que han visto en ellas, como en realidad lo son, un atentado a los sentimientos humanos y un peligro para la sociedad.

Innovaciones

No solamente en el orden disciplinario, sino también en la teología y culto, se notan grandes diferencias entre este período y el siglo apostólico. Al principio, Cristo era el Alfa y la Omega. No había creencia ni práctica que no tuviese a él por centro y por fundamento. Paulatinamente los cristianos, sin negar a Cristo ni rechazar su sacrificio, introducen nuevas ideas y nue vas costumbres que los distraen, y hacen apartar la mirada de aquel en quien habita la plenitud de la divinidad, y quien por los siglos de los siglos debe recibir el más completo homenaje de los que han sido redimidos por su sangre.

la mariolatría. El amor y recuerdo respetuoso que se tuvo desde el principio a la madre de Jesús, empezó a degenerar en una superstición y culto idolátrico. Los nestorianos se opu sieron enérgicamente al título de “madre de Dios” que muchos .le daban, y sostenían que ella era sólo madre de Cristo, según la carne, pero no de su divinidad. La doctrina de Nestorio fue condenada y abierto así el camino a la mariolatría. Un libro gnóstico del siglo tercero o cuarto, refiere la leyenda de la asunción de María, la cual, aunque popular, era tenida sólo como leyenda, y a nadie se le ocurría hacer de ella un hecho histórico. Pero los partidarios del culto a María empezaron a enseña’ que hubo tal ascensión corporal, y Gregorio de Tours, a fines del siglo sexto, escribió como sigue: “Cuando la bienaventurada María terminó su carrera en esta vida y fue llamada a salir de este mundo, todos los apóstoles, venidos de todas partes del mundo, estaban reunidos en su casa, y cuando oyeron que ella debía de partir, estaban velando con ella, y he aquí el Señor Jesús vino con sus ángeles, y tomando su alma, se la entregó a Miguel, el arcángel, y se fue. A la mañana los apóstoles tomaron el cuerpo con el lecho y lo colocaron en un sepulcro, y velaron, esperando que el Señor viniese. Y, he aquí, el Señor apareció por segunda vez y ordenó que fuese llevada en una nube al Paraíso, quien habiendo tomar” o de nuevo su alma, goza ahora de las bendiciones sin fin de la eternidad, regocijándose con su predilecto.” El abate Migne hace notar que ese relato de Gregorio ha sido tomado del Líber de Transitu, del pseudo Melitón, que está clasificado por el papa Gelasio entre los apócrifos.

invocación de los santos. La costumbre de invocar a los santos tuvo origen en la exagerada veneración de que eran ob jeto los mártires y otros héroes de la fe. Las iglesias empezaron dedicando ciertos días del año para recordar los sufrimientos que los tales habían soportado, y se daba gracias a Dios porque tales hombres habían militado entre los cristianos, mostrando así que la fe que profesaban puede crear energía y valor. Se exhortaba al pueblo a imitar sus virtudes y seguir sus huellas. Los panegíricos que se hacían en las iglesias, ensalzando con demasía a estos mártires, bajo el influjo de la hipérbole oratoria, fue creando la idea de que eran seres casi divinos; y pronto se estableció la costumbre de invocarlos como intercesores y me diadores, olvidándose la enseñanza de que Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, según lo establece San Pablo en su 13 epístola a Timoteo.

la eucaristía. Hemos visto cómo la cena del Señor era el centro del culto cristiano, y así continúa siendo aún en este período de innovaciones y cambios, aunque ya pueden hallarse algunas ideas que cambian fundamentalmente el carácter de ésta ordenanza. Se empieza a creer en la presencia real, y los elementos no se miran como símbolos del cuerpo y sangre del Señor.

En tiempos de Crisóstomo, vemos en sus obras, que aún no se conocía la costumbre de privar a los miembros de las iglesias de la participación del vino. Pero ya a mediados del siglo quinto, algunos intentan introducir lo que se llama comunión bajo una sola especie; pero tropiezan con la fuerte oposición de Gelasio, obispo de Roma, quien condena severamente la innovación y la hace cesar.

el purgatorio. La idea de un fuego donde las almas ten gan que purificarse después de la muerte, es ajena y contraria a las doctrinas del Nuevo Testamento, que enseñan que la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. El primer cristiano que menciona un fuego purificador es Orígenes, en el siglo ni, quien sostenía la doctrina de la salvación universal y restauración final de todas las cosas. Gregorio el Grande es el primero que habla del purgatorio como de doctrina cristiana. Pronto se añade a ella la idea de que las oraciones podían ayudar a los que estaban en este fuego. Esta innovación demuestra que había decaído la confianza en el valor infinito de los méritos de Cristo, que excluyen toda obra humana, y hacen inútil todo otro sacrificio.

templos e imágenes. La riqueza siempre creciente de las iglesias, y los continuos donativos de príncipes y ofrendas de ricos y pobres, facilitaban la construcción de edificios artísticos destinados al culto, y cada vez se daba más importancia al lugar donde éste se celebraba. Las primeras estatuas y pinturas intro ducidas en estos edificios dieron lugar a muchas y largas contro versias, aun cuando se destinaban sólo al ornato y a la instrucción del pueblo, y en ningún caso a la adoración o veneración. Pero en las comunidades que acababan de salir de la idolatría, estas representaciones no podían sino ser un tropiezo a los indoctos. Un obispo de Marsella, viendo que las imágenes conducían a la idolatría, mandó destruirlas, y cuando el caso llegó a oídos del papa Gregorio, éste le escribió diciendo que lo alababa por su celo contra la adoración de cosas hechas con manos, aunque no aprueba su iconoclasmo y sostiene que las imágenes son los libros de los ignorantes. “Si alguien quiere hacer imágenes —dice— no se lo impidas, pero por todos los medios impide el culto de las imágenes.” Estas pinturas fueron matando el verdadero carácter del culto cristiano, y llevando al pueblo a una nueva forma de paganismo. Las imágenes adquirieron gran valor ante los ojos de los adoradores, y pronto se llegó a confiar en ellas mismas y a creerlas milagrosas. La imaginación popular se encendía al oír los relatos de las maravillas que se les atribuían y la gente iba cada vez más depositando en ellas su confianza.

Los donatistas

Ya dos veces la conciencia cristiana había protestado contra las ideas paganas que invadían las iglesias. Fueron primeramente los montañistas, pidiendo la rehabilitación del sacerdocio universal de los creyentes; y luego los novacianos, abogando en favor de la pureza de las iglesias y exclusión de los miembros indignos. Una tercera protesta fue hecha por los donatistas.

Un obispo africano, llamado Donato, protestó a raíz de ciertas irregularidades que tenían lugar en Cartago, y los que se unieron a él fueron llamados donatistas. Seguramente, no fue su intención separarse de los otros cristianos, pero las cosas tomaron un giro tal, que toda reconciliación fue imposible.

Los donatistas cometieron el error de apelar al emperador y esperar que su protección hiciese triunfar la causa que creían justa. Felizmente tuvieron mal resultado y pudieron aprender que la obra de Dios no se hace con la ayuda del siglo, y llegaron a ser fuertes enemigos de la unión de la iglesia con el estado. “¿Qué tiene que ver el emperador con la iglesia? —decían—. ¿Qué tienen que hacer los cristianos y los obispos con los reyes y la corte imperial?”

Los concilios habían condenado el anabaptismo, y como los donatistas recibían por medio del bautismo a los que se unían a ellos, quedaron expuestos a las medidas de rigor que el estado empezó a emplear so pretexto de mantener la unidad de los creyentes.

La persecución, lejos de abatirlos, aumentaba su fervor, y eran así más estimados, por el pueblo, que los veía sufrir y que tenía en ellos una demostración de viva piedad y santidad cristiana. Algunos, deseosos de verles volver al seno de la catolicidad, entablaron con ellos trato y discusión, sobresaliendo San Agustín, obispo de Hipona.

Agustín escribió un tratado en el que sostenía que el bautismo administrado a los adultos les era sin provecho mientras quedasen fuera de la iglesia universal.

Los donatistas, por su parte, le respondieron que la iglesia debía excluir de su seno a los miembros indignos, conocidos por pecadores manifiestos. Se apoyaban en las reglas dadas por San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios, y en otros pasajes, y sostenían que una iglesia que no observa estas reglas pierde su carácter de santidad y pureza que le es esencial.

Agustín contestó que la disciplina era, sin duda, un medio eficaz, pero que librar a la iglesia de pecadores, aun manifiestos, era una imposibilidad; que en el estado actual de la iglesia había que tolerar algunos males para evitar otros peores, y conservar influencia sobre personas que podían enmendarse. Para apoyar esta opinión, se refería, como los multitudinistas de nuestros días, a las parábolas de la cizaña y de la red, dejando la separación para el día final.

Los donatistas contestaron que en estas parábolas no se hace referencia a una mezcla de buenos y malos en las iglesias, sino en el mundo, y que se referían a los hipócritas que se mezclan cubiertamente con los cristianos. Que ellos tampoco pretendían estar completamente separados de esta clase de pecadores, sino de aquellos que llevan una vida manifiestamente mala.

La controversia con ellos versaba también sobre el empleo de armas para defender los intereses de la causa cristiana, y los donatistas atacaban violentamente a los que servían del poder civil tiara perseguir a los que no creían como ellos.

Por cerca de tres siglos, los donatistas continuaron su obra siendo muy numerosos en África.

Sobre el movimiento donatista se tienen muy pocos docu mentos informativos. El Dr. Benedict, que hizo sobre esto un estudio especial, llegó al convencimiento de que es falso casi todo lo que se ha escrito en contra de ellos, y formula juicios altamente favorables al carácter cristiano de las iglesias que ellos componían.

http://www.seminarioabierto.com/iglesia12.htm

Juliano el Apóstata.

Juliano el Apóstata.

Los hijos de Constantino, al sucederle en el trono, continuaron la obra de su padre. Sin dar pruebas de conversión, y ejerciendo el más bárbaro despotismo con sus rivales, pretendían, sin embargo, implantar el cristianismo y hacerle de aceptación general a todos los súbditos. Constancio, al quedar como único dueño del Imperio, se esforzó en suprimir por la fuerza el paganismo, mostrando el mismo espíritu de intolerancia que los paganos anteriormente habían mostrado para con los cristianos. Confiscó los templos del viejo culto y el botín fue dado a las iglesias. Bajo pena de muerte prohibió los sacrificios públicos o privados, los que continuaron celebrándose a pesar de todo, porque los paganos eran aún numerosos. La profesión de cristianismo se hizo una necesidad a todas” las personas que deseaban adelantar en la vida pública. Como su padre, intervenía en todos los asuntos eclesiásticos y doctrinales, y de hecho era él el obispo de los obispos.

Juliano, llamado el Apóstata, a causa de haber vuelto al paganismo, desechando la enseñanza cristiana que había recibido, subió al trono en el año 361, y su reinado fue corto, pues terminó el año 363. Desde su juventud había mostrado gran interés en la literatura y estudios filosóficos. Leyó con avidez los autores griegos, y su mente estuvo siempre llena de ideas mitológicas. También leyó con interés los anales del martirologio cristiano, y no sólo profesó el cristianismo, sino que llegó a desempeñar el cargo de lector en una iglesia, pero más tarde cayó bajo la influencia de varios maestros platónicos, y especialmente de un tal Máximo, que lo inició en todas las explicaciones místicas del panteísmo común en todas las escuelas de Asia. Desde este tiempo, Juliano se hizo un ardiente admirador de la vieja mitología, aunque por humana prudencia, continuaba profesando el cristianismo. Estando en Atenas completamente ab sorto en la literatura clásica de los antiguos autores griegos, y practicando los misterios de Eleusis, fue llamado para recibir el título de César. Desde entonces se sintió bastante fuerte, y resolvió arrojar la máscara, declarándose abiertamente parti dario de la restauración del paganismo. Al pasar el emperador por Atenas, hizo abrir los templos de varias divinidades y restauró los ritos que habían sido suprimidos. Ocurrió entonces la muerte repentina del emperador, y Juliano quedó único señor del Imperio. Este alto favor lo atribuyó a los dioses, que admiraba y, en señal de gratitud, resolvió que sus primeros actos de gobierno tendrían por objeto la implantación del viejo culto de los dioses. Tomando el título de Pontifex, se proclamó guardián y protector del culto que habían tenido los antiguos romanos, al cual atribuía la grandeza del Imperio.

no era el intento de Juliano convertirse en un perseguidor. Sus primeras medidas consistieron en devolver a los paganos los templos que habían sido cedidos a las iglesias, y ordenar que en ellos se restableciesen los ritos que antes se habían practicado. Pero Juliano intentó elevar el paganismo, dándole un carácter más espiritual y práctico. Aspiraba a fundar iglesias paganas. El ritual fue purificado, estableciéndose oraciones y canto religioso, para que fuese parecido al culto cristiano. Fundó escuelas, hospitales, y colegios para sacerdotes. En los templos se ofrecían limosnas para el sostén de los pobres. Se estableció la costumbre de predicar sermones, cosa que los paganos nunca habían hecho. Se exigía a los sacerdotes una buena conducta con la esperanza que esto atraería las masas a los templos.

Pero fueron vanos esfuerzos. El árbol malo no puede dar buenos frutos. El paganismo estaba carcomido hasta las raíces, y sus ritos carecían de la savia necesaria a todo árbol del cual se esperan resultados halagüeños. El fracaso de su obra irritó a Juliano, a tal punto que se puso a pensar en medidas más severas contra los cristianos. Prohibió la celebración de bau tismos; la predicación y el proselitismo se declararon actos ilegales; no se permitiría a los cristianos establecer escuelas de literatura y retórica; los cristianos no podrían ejercer cargos públicos ni ser oficiales del ejército; muchas veces se confiscaron los bienes de las iglesias, para que pudiesen mejor, decía sarcásticamente el emperador, “cumplir el precepto de su religión”. El pueblo y los sacerdotes, contando con el beneplácito de las autoridades, muchas veces levantaron tumultos que concluían dando muerte a algún cristiano eminente. Juliano no ordenaba, pero toleraba estos actos. Su arma favorita era la sátira, y éste es el estilo literario de un escrito anticristiano titulado

Misopogon.

En un viaje que efectuó a Antioquia, quedó muy disgus tado al ver que el pueblo no concurrió a los festejos que había hecho preparar en los templos. Fue durante su estada en esta ciudad que se propuso hacer reedificar el templo de Jerusalén. No se sabe lo que le impulsó a tomar esta determinación, pero es seguro que lo hizo con la idea de mortificar a los cristianos. Cuando estaban ocupados en la tarea de remover los escombros que yacían amontonados desde los días de la destrucción de Jerusalén por Tito, grandes masas de fuego reventaron en el interior del templo, y los obreros que no perecieron tuvieron que abandonar la tarea dándola por irrealizable. Este incidente unos lo explican atribuyéndolo a causas naturales, pero otros creen que Dios intervino milagrosamente para que se cumpliesen las palabras profetices de Cristo sobre la destrucción del templo y la ciudad.

Volviendo de Antioquia y atravesando el Eufrates al frente de un ejército de sesenta y cinco mil hombres, llevó a cabo una brillante aunque ardua campaña. Traicionado y herido se retiró del campo de batalla, consciente de que había llegado al fin de su carrera. Un historiador pagano,

Ammonio dice, que como Sócrates, murió rodeado de sus amigos, hablando con los filósofos sobre la grandeza del alma. Tenía treinta y dos años.

Principales escritores cristianos de Oriente: Eusebia, Cirilo de Alejandría, Teodoro de Mopsuestia, El trío de Capadocia, Crisóstomo.

El evangelio no sólo se propagó por medio del testimonio personal, sino por medio de la literatura, facilitando así el intercambio de pensamientos, entre los que vivían en regiones separadas, y haciendo más fácil y duradera la enseñanza.

Vamos a ocuparnos ahora de algunos de los escritores más notables:

eusebio. Nació en el año 260 y murió en el año 339. Es generalmente llamado el padre de la Historia Eclesiástica, por haber sido el primero que se ocupó en escribir detalladamente sobre los acontecimientos relacionados con el cristianismo, desde los días del Señor hasta la época en la cual vivió. Era oriundo de Palestina, probablemente de Cesárea, donde conoció a Panfilio, quien más tarde sufrió el martirio, y en memoria de quien añadió su nombre al suyo. En el año 315 fue elegido obispo de Cesárea; y cuando se reunió el Concilio de Nicea, tuvo a su cargo el discurso de bienvenida al emperador Constantino con quien desde entonces aparece siempre en muy íntima relación.

Su Historia Eclesiástica es una obra de mucho mérito a causa de los valiosos documentos que ha conservado, los cuales son una guía segura al estudiante de la materia, y casi la única fuente de información a que se puede recurrir.

Otra de sus obras populares es la Vida de Constantino, en la cual pinta a su héroe en forma de panegírico, exagerando muchas veces sus buenas obras y encubriendo sus notables defectos.

Escribió también un libro titulado Preparación para el Evangelio, que consta de una colección de extractos de antiguos autores, destinados a preparar al lector para recibir inteligentemente el evangelio.

La obra de Eusebio en el campo de la Historia fue conti nuada por Sócrates, un retórico de Constantinopla, que a principios del siglo quinto se consagró a continuar los trabajos tan felizmente iniciados por Eusebio. Su obra tiene el alto mérito de darnos a conocer las opiniones predominantes en aquel tiempo.

Los nombres de Sozómeno, de Teodoreto y Evagrio, son también dignos de ser recordados entre los de aquellos que han contribuido a dejar el recuerdo del desarrollo de la causa cristiana en aquellos días.

cirilo de alejandría. Después del de Atanasio es el de Cirilo el nombre de más figuración en la iglesia de Alejandría, ciudad donde ocupó el episcopado desde el año 413 al 444. Su lucha fue contra las doctrinas nestorianas que se hicieron fuertes en sus días. Sus principales obras comprenden homilías, diálogos y diferentes tratados sobre la Trinidad y la Encarnación. Sus escritos están llenos de alegorías e interpretaciones simbólicas, a veces de poco valor.

efrem el sikio. Este fecundo escritor nació en el 308 y murió en el 373. Era natural de Nisibis, ciudad de Mesopotamia. Actuaba como diácono de la iglesia de Edessa, y nunca quiso ocupar un puesto de mayor importancia a fin de poder consagrarse mejor a los trabajos literarios. Escribía en siriaco, idioma en que aún existen algunas de sus obras y otras se han conser vado en sus traducciones al griego y árabe. Su obra principal fue un Comentario del Antiguo Testamento, pero además escribió numerosas homilías y sermones.

cirilo de jeeusalén. Nació en el año 315 y murió en el 3S6. Sus principales obras fueron de carácter catequístico. Revisten un estilo sencillo, pero dan una idea correcta del pensamiento cristiano, con más fidelidad que otras obras de más fama y mejor escritas.

teodoeo de mopsuestia. La antigüedad no conoció teólogo tan aventajado como Teodoro de Mopsuestia, conocido en las iglesias de Siria bajo el nombre de “el intérprete” a causa de sus muchos trabajos exegéticos. Tuvo el mérito de pronunciarse en contra del sistema alegorista, tan en boga en sus días, y volver al método racional, interpretando las Escrituras históricas y gramaticalmente. Sus conocimientos críticos y filológicos eran vastos. Uno de sus adversarios dijo: “Trata a las Escrituras como a los demás escritos humanos”. No pudo haber sido hecho mayor elogio de sus escritos. Los intérpretes de su tiempo habían dejado de interpretar para entretenerse en vanas y hue cas especulaciones, haciendo de las Escrituras un libro de adivinanzas y no un libro en el cual Dios habla a los hombres por medio de hombres y en lenguaje de hombres. Sus exposiciones fueron condenadas por el Concilio de Constantinopla ‘en el año 553, como cien años después de su muerte, pero su nombre figura hoy entre los de los buenos y juiciosos intérpretes de la Palabra de Dios.

el trío de capadocia. Basilio el grande, su hermano Gregorio de Nisa y Gregorio el nacianceno, compone el trío de Capadocia, nombre que recibieron de la provincia donde actuaron.

Los dos primeros eran hijos de piadosos cristianos y tuvieron el privilegio de ser enseñados en las Escrituras desde la infancia. Al mismo tiempo recibieron una esmerada educación literaria, en su ciudad natal, y más tarde en Antioquia, Constantinopla y Atenas. En esta última ciudad entablaron relación con otro joven de nobles aspiraciones llamado Gregorio. Desde Atenas escribían a su padre: “Conocemos sólo dos calles de la ciudad, la primera y mejor lleva a las iglesias y a los ministros del altar; la otra, que no apreciamos tanto, conduce a las escuelas y a los maestros de la ciencia. Las calles de los teatros, juegos y lugares de mundanos entretenimientos, las dejamos libres para otros”.

Vuelto a su ciudad natal Basilio empezó su carrera de abogado, la cual pronto dejó por sentirse llamado al ministerio cristiano. Desde entonces se ocupó en despertar espiritualmente a su hermano quien había caído en la indiferencia. Fue llamado a Cesárea para actuar como asistente del obispo de aquella ciudad y cuando éste falleció fue elegido para ocupar el lugar que dejaba vacante.

Gregorio nacianceno también desempeñó el cargo de obispo en la ciudad de Sasima y alcanzó gran fama por su elocuencia que sólo ha sido sobrepasada por la de Crisóstomo.

crisóstomo. “Crisóstomo —dice uno de sus biógrafos— per tenece a esta grande pléyade de hombres superiores, cuyos trabajos, virtudes y genios han ejercido tanta influencia en los destinos del cristianismo”. Nació en Antioquia en el año 346, siendo su padre un rico militar de alta graduación. Muerto éste, cuando su hijo era aún niño de pocos años, su madre Antusa quedó encargada por completo de la educación y cuidado del que más tarde llenaría el mundo con la gloria de su elocuencia. Antusa era una cristiana altamente piadosa y fue ella la que arrancó a cierto pagano esta exclamación de admiración y sor presa: “¡Qué madres tienen estos cristianos!” Destinado a la carrera de abogado, después de su primera educación fue puesto al cuidado de Libanio, el gran retórico y elocuente defensor del paganismo. Pronto el joven reveló sus singulares aptitudes de orador, y su célebre maestro se lisonjeaba con la idea de que él sería un día su sucesor. Pero la mente del joven abogado no se avenía a la clase de vida a que estaban sujetos los que seguían su carrera, hallándola demasiado frívola y estéril para aquel que aspiraba a mejores cosas en la vida. De vuelta a su hogar, halló en la Biblia, que tanto había leído su cristiana madre, el agua de la vida que apagó la sed de su corazón. Un condiscípulo llamado Basilio (no el obispo de Capadocia) le ayudó mucho a entrar en el camino angosto que conduce a la vida. Fue admitido en la iglesia como catecúmeno, y después de tres años de preparación y prueba, fue bautizado por el obispo Melecio. Basilio quiso inducirle a abrazar la vida monástica, ya muy popular, pero intervino la sabia influencia de su madre y le disuadió de este propósito. “Te ruego —le dijo llorando— que no me hagas enviudar por segunda vez”. Crisóstomo entonces escogió la mejor misión de vivir una vida santa en su casa y entre los del mundo corrompido.

Sin embargo, muerta su madre, Crisóstomo pasó seis años en un monasterio dedicándose a escribir varios de sus tratados, pero la vida monástica no le ofrecía el campo de actividad que sus talentos y dones requerían. En el año 381 fue ordenado diácono, oficio en que trabajó durante cinco años. En el 386 fue elevado a presbítero y como su elocuencia empezó a ser conocida se le confió el pulpito de la iglesia más grande de Antioquia, la cual siempre resultaba pequeña para contener las multitudes ávidas de escuchar su palabra candente y arrebatadora, que a pesar de la naturaleza del edificio e índole de la reunión, arrancaba aplausos y estruendosas manifestaciones de admiración. Sus sermones no tienen nada de aquello que halaga las pasiones de las multitudes. Son casi siempre homilías exponiendo capítulos enteros de la Biblia. Crisóstomo inmortalizó este excelente método de predicación que tiene la gran ventaja de familiarizar a los oyentes con el lenguaje y enseñanzas de la Biblia. Se llamaba Juan, y debido a su elocuencia le dieron el apodo de Crisóstomo, lo que significaba, en griego, boca de oro. Bossuet lo llama el Demóstenes cristiano y lo declara “sin contradicción el más ilustre de los predicadores y el más elocuente de los que han enseñado en la iglesia”. Siendo su predicación una constante explicación de la Biblia, queda dicho que era superior a la de la mayoría de los predicadores de sus días, no sólo por la palabra atrayente del que ocupaba el pulpito, sino porque daba verdadero alimento espiritual a los hambrientos. “A las grandes cualidades de orador —dice un autor católico— Crisóstomo unía un conocimiento profundo de las Escrituras. Siendo joven la había estudiado bajo Melecio, después bajo Diodoro y Carterio. Más tarde cuando pasó seis años en el desierto, no tuvo en sus manos más libro que la Biblia; no se ocupó de otra cosa, sino del texto sagrado. Leyó y releyó, aprendió de memoria palabra por palabra, y hasta el fin de su vida la hizo el objeto constante de sus meditaciones. En una palabra, poseía un conocimiento profundo de los libros sagrados, y se los había apropiado y asimilado de tal manera, que habían venido a ser el fondo de su espíritu y su sustancia espiritual”. Estas pala bras pertenecen a Villemain, quien agrega: “Ningún orador cristiano estuvo más compenetrado de las Escrituras Sagradas, ni más encendido de su fuego, ni más imbuido de su genio”.

En el año 397 murió el patriarca de Constantinopla, y ninguno de los candidatos para ocupar la vacante contó con los sufragios necesarios, pero cuando sonó el nombre del famoso predicador de Antioquia, fue elegido por mayoría. Fue traído casi a la fuerza a ocupar el puesto en el que obtendría tantos triunfos y sufriría tantos desengaños. Empezó su obra en la capital introduciendo reformas en la vida y práctica de las iglesias, que tanto se habían apartado de la simplicidad primitiva del cristianismo, y denunciando valientemente todos los vicios de la aristocracia exteriormente religiosa.

Pronto tuvo tantos enemigos como admiradores. Una pre dicación tan pura no podía sino ofender a la gente mundana que llenaba las iglesias. El clero nada espiritual, las damas de la corte, y particularmente la emperatriz Eudosia se pusieron en su contra. Los que habían aspirado al patriarcado y en la elección habían sido vencidos por los partidarios de Crisóstomo, se encargaron de encender el fuego, y acusándole de ser sostenedor de las doctrinas de Orígenes, consiguieron hacerlo deste rrar; pero no tardó en ser llamado de nuevo por la misma Eudosia, quien se atemorizó creyendo que un terremoto que ocurrió poco tiempo después de su destierro era un castigo de Dios. Pero el valiente orador volvió a su campo de acción re suelto a seguir el mismo programa con que había empezado, lo que volvió a irritar a Eudosia. “Herodías —dijo al subir al pulpi to— está de nuevo enfurecida; de nuevo tiembla; de nuevo pide la cabeza de Juan el Bautista”. Este lenguaje le atrajo otra vez la ira de la emperatriz, y fue desterrado por segunda vez a una aldea llamada Taurus, en los confines de Armenia, donde se hallaba constantemente expuesto al peligro de bandoleros. “Su carácter quedó consagrado en su ausencia y persecución; —dice Gibbons— las faltas de su administración no eran más recordadas; toda lengua repetía las alabanzas de su genio y virtud; y la respetuosa atención del mundo cristiano estaba fija en un lugar desierto de las montañas de Taurus”. A pesar del destierro, Crisóstomo no vivía en la inacción. Personalmente y por correspondencia seguía la obra, interesándose en la evangelización de las tribus cercanas al lugar de su destierro, que aun no conocían el cristianismo, y escribiendo a las iglesias en las cuales tenía mucha influencia. Sus adversarios no cesaban de perseguirle cada vez más, y consiguieron que fuese confinado a una región aun más apartada, en los confines del Imperio, pero falleció en el penoso viaje, en septiembre del año 407. Treinta años más tarde sus restos fueron transportados a Constantinopla donde fueron recibidos con los más altos honores. El mismo emperador Teodosio el joven, imploró públicamente el perdón de Dios por la falta que habían cometido sus ante pasados.

Las obras de Crisóstomo son numerosas, consistiendo gene ralmente en homilías explicando las Escrituras. Forman un verdadero tesoro, y del griego han sido traducidas a muchos idiomas modernos, y son siempre consultadas por los mejores comentadores de elocuencia. Abarcan casi todos los libros del Nuevo Testamento y muchos del Antiguo. Comprenden además un gran número de sermones sobre diferentes temas.

El siguiente trozo, parte de un sermón sobre la lectura de la Biblia, puede dar una ligera idea de su predicación:

“El árbol plantado junto al arroyo de aguas, creciendo al borde mismo de la ribera, disfruta constantemente de su conveniente humedad, y desafía impunemente todas las intemperies de la atmósfera; no teme a los ardores disecantes que produce el sol, ni al aire inflamado; teniendo en sí una savia abundante, se defiende contra el calor exterior y lo hace retroceder; del mismo modo, un alma que permanece cerca de las aguas de las Santas Escrituras, que de ella bebe continuamente, que recibe de ella misma este riego refrigerante del Espíritu Santo, llega a hacerse superior a todos los ataques de las cosas humanas, sea la enfermedad, la maldición, la calumnia, el insulto, la burla o cualquier otro mal; sí, aunque todas las calamidades de la tierra atacaran a esa alma, se defiende fácilmente contra todos esos ataques, porque la lectura de las Santas Escri turas le proporciona consolación suficiente. Ni la gloria que se extiende a lo lejos, ni el poder mejor establecido, ni la ayuda de numerosos amigos, ni ninguna otra cosa, en fin, puede consolar al hombre afligido, como la lectura de las Santas Escrituras. ¿Por qué? Porque esas cosas son perecederas y corrup tibles, y porque la consolación que dan perece también; la lectura de las Santas Escrituras es una conversación con Dios, y cuando es El quien consuela a un afligido, ¿quién podrá ha cerlo caer de nuevo en la aflicción?

“Apliquémonos, pues, a esta lectura, no sólo dos horas sino siempre; que cada uno al ir a su casa tome en sus manos los libros divinos y reflexione sobre los pensamientos que encierran y busque en las Escrituras una ayuda continua y suficiente. El árbol plantado junto a arroyos de agua, no permanece allí sólo dos o tres horas, sino todo el día y toda la noche. Por eso sus hojas son abundantes y sus frutos numerosos, sin que ninguno lo riegue; porque plantado cerca de la ribera, sus raíces absorben la humedad y, como por canales, la lleva a todo el tronco para que disfrute; lo mismo es con aquel que lee continuamente las Santas Escrituras, y que permanece cerca de esas aguas, aunque no tuviese ningún comentador, la lectura sola, como una especie de raíz, hace que saque de ella mucha utilidad”.

Principales escritores cristianos de Occidente: Hilario, Ambrosio, Agustín, Jerónimo.

Los autores de Oriente que hemos mencionado escribían en griego. Los de Occidente que vamos a mencionar escribían en latín. Se les llama generalmente Padres latinos.

hilario. Nació en Poitiers en el año 295, y sus padres, que probablemente eran paganos, lo educaron en las letras y la filosofía. Siendo amante de la verdad, y diligente en los estudios e investigaciones, llegó a convencerse de la verdad del cristianismo, el cual aceptó de todo corazón, siendo bautizado juntamente con su esposa y una hija. Desde su conversión resolvió dedicar todas sus energías al servicio de la causa que había abrazado. En el año 350 fue elegido obispo de su ciudad natal, y desde entonces milita entre los ardientes defensores de la ortodoxia, en contra del arrianismo, que amenazaba las iglesias de la Galia. Su principal obra fue publicada en doce libros, y trata de la fe, de la Trinidad, y de los errores de Arrio. Otra obra que le valió fama y renombre fue un comentario al Libro de los Salmos.

ambrosio. Más bien por sus trabajos que por sus escritos es conocido este célebre obispo de Milán. Nació en Treves en el año 340, siendo su padre prefecto de la ciudad. Perdió a su padre siendo niño, y su madre lo llevó a Roma donde fue educado con el fin de que pudiera ocupar algún puesto público. Siendo todavía muy joven, fue nombrado gobernador del distrito de Milán. Cuando hacía cinco años que desempeñaba este puesto, fue llamado para apaciguar un tumulto que se había formado en una iglesia, donde los partidos no llegaban a ponerse de acuerdo sobre la elección de un obispo. Se cuenta que un niño de corta edad, asumiendo la actitud de orador, exclamó: “Ambrosio es obispo.” Los que estaban reunidos, impresionados por las palabras del niño, creyeron tener en ellas una indicación celestial acerca de la persona que debía ser elegida para el puesto vacante. “Ambrosio es obispo”, fue el clamor general, y todas las protestas del gobernador no pudieron hacer desistir a la multitud. En vano les hizo notar que sólo era catecúmeno en la iglesia. La voluntad popular tuvo que cumplirse, y Ambrosio fue bautizado y ordenado obispo el mismo día. Desde entonces se puso a estudiar asiduamente las Escrituras; y si bien nunca llegó a ser teólogo distinguido, pudo predicar con mucha aceptación y despertar a la ciudad, que siempre le escuchaba de buena gana.

A causa de su vehemencia, estuvo a menudo en conflicto con los gobernantes. Condenado al destierro, rehusó obedecer y se encerró en la iglesia, donde era protegido por las multitudes que le defendían y contra las cuales las autoridades no se animaron a proceder. Obligado así a permanecer con los suyos día y noche en la iglesia, se dedicó a componer himnos, que él mismo enseñaba a cantar. Ambrosio fue un gran autor de himnos, muchos de los cuales han llegado hasta nosotros a través de los siglos y son cantados en todos los países cristianos. Entre otros, está el “Santo, Santo, Santo, Señor de los ejérci tos” y la doxología titulada Gloria Patri. El Te Deum también Tía sido atribuido a su pluma, pero los himnologistas lo dan como una composición posterior. La tradición decía que había sido compuesto en ocasión del bautismo de San Agustín.

Lo que escribió sobre interpretación bíblica es de poco mérito; y por haber seguido, como muchos otros, el método alegórico, hizo oscuro mucho de lo que era claro.

Falleció en el año 397, siendo llorado por muchos, pues había logrado gran popularidad y era amado por las multitu des que le escuchaban.

agustín. En el libro más popular de los muchos que es cribió, Las Confesiones, Agustín nos ha dejado su autobio­grafía. Su madre, Mónica, era una cristiana altamente piadosa, casada con un pagano que fue ganado a la fe poco antes de su muerte. Residían en Cartago, donde el joven Agustín fue arrastrado por la corriente del vicio al desoír los saludables consejos de su buena madre. Al huir del hogar, lo hallamos en Italia; en Roma primeramente y después en Milán, siempre seguido por Mónica, quien no cesaba de hacerlo el objeto de sus férvidas oraciones. Su fe fue puesta a prueba, pues el joven Agustín se hallaba cada día más lejos del reino de Dios. “Mi madre me lloraba —dice él—, con un dolor más sensible que el de las madres que llevan a sus hijos a ser enterrados.” De su vida de libertinaje nació un hijo, al que llamó Adeodato, al cual amaba con locura.

Cuando Agustín empezó a ocuparse de cosas religiosas, cayó en el error de los maniqueos y en el neoplatonismo. El maniqueísmo era la doctrina de cierto persa llamado Maní, educado entre los magos y astrólogos, entre quienes alcanzó mucha fama. Hombre de actividad y muy emprendedor, todos le consultaban como filósofo y médico. Tuvo la idea de hacer una combinación del cristianismo con las ideas que profesaba, para lo cual tomó el nombre de Paracleto y pretendía tener la misión de completar la doctrina de Cristo. Muchos fueron seducidos por su elocuencia, y sus adeptos formaron la nueva secta en la que cayó el más tarde famoso Agustín.

Estando Mónica en Milán, pidió a Ambrosio que tratase de convencer a su hijo y sacarlo del error en que se encontraba, pero el prudente obispo le hizo notar que no lograría nada mientras le durase la novedad de la herejía que le llenaba de vanidad y presunción. “Déjelo —le dijo—, conténtese con orar a Dios por él, y verá cómo él mismo reconocerá el error y la impiedad de esos herejes, por la lectura de sus propios libros.” Pero Mónica lloraba afligida y continuaba implorando a Ambrosio que tuviese una entrevista, de la cual esperaba buenos resultados, pero él le contestó: “Vaya en paz y continúe haciendo lo que ha hecho hasta ahora, porque es impo sible que se pierda un hijo llorado de esta manera.”

Las oraciones de Mónica empezaron a ser oídas. Agustín iba cansándose de la aridez de la humana filosofía, y suspiraba por algo que realmente le diese la vida que tanto necesitaba. La predicación de Ambrosio le impresionó, y llegó a comprender que sólo en Cristo debía buscar el camino de la vida. La crisis violenta por la que pasó su alma, la relata detalladamente en el libro octavo de sus Concesiones. Había perdido completamente la paz. “Sentí levantarse en mi corazón —dice— una tempestad seguida de una lluvia de lágrimas; y a fin de poderla derramar completamente y lanzar los gemidos que la acompa ñaban, me levanté y me aparté de Alipio, juzgando que la sole dad me sería más aparente para llorar sin molestias, y me retiré bastante lejos para no ser estorbado ni por la presencia de un amigo tan querido.” En esa soledad Agustín clamó a Dios pi diendo que se apiadase de él, perdonándole sus pecados pasados, diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo estarás airado conmigo? Olvídate de mis pecados pasados. ¿Hasta cuándo dejaré esto para mañana? ¿Por qué no será en este mismo momento? ¿Por qué no terminarán en esta hora mis manchas y suciedades?”

“Mientras hablaba de este modo —continúa diciendo— y lloraba amargamente, con mi corazón profundamente abatido, oí salir de la casa más próxima, una voz como de niño o niña, que decía y repetía cantando frecuentemente: “Toma y lee, toma y lee”. Contuve entonces el torrente de mis lágrimas, y me levanté sin poder pensar otra cosa sino que Dios me mandaba abrir el libro sagrado y leer el primer pasaje que encontrase. Agustín corrió donde tenía las Escrituras y abriéndolas al azar, sus ojos dieron con este pasaje: “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lu jurias y lascivias, no en contiendas y envidia; sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.” Rom. 13:13-14. Dice Godet, que el primero de estos versículos describe la vida de Agustín antes de su conversión, y el segundo la que llevó después.

“No quise leer más —dice Agustín— ni tampoco era necesario, porque con este pensamiento se derramó en mi corazón una luz tranquila que disipó todas las tinieblas de mis dudas.”

Agustín dio las nuevas a Alipio de lo que pasaba en él, y éste también en aquella hora tomó la resolución de entregarse al Señor. Ambos se apresuraron en dar las nuevas a Mónica, la cual fue transportada de alegría al saber que su hijo era cris tiano y que sus oraciones habían sido oídas.

Poco después fue bautizado por Ambrosio, al mismo tiem po que su amigo Alipio, y su hijo Adeodato.

De regreso de África, buscó en la soledad y meditación, compenetrarse mejor de la mente de Cristo a quien había resuelto servir.. En el año 391 fue ordenado presbítero y empezó a predicar con mucho éxito. Más tarde fue nombrado obispo de Hipona.

Además de las Confesiones, entre sus muchas obras, mere cen citarse Contra los Maniqueos, Verdadera Religión, La Ciudad de Dios, y la última de sus obras, Retractaciones, en la que repasa lo que había escrito durante toda su vida, y se retracta de aquellas enseñanzas que llegó a reputar erróneas después que hubieron madurado bien sus ideas.

Murió en el año 430, a los setenta y seis años de edad, des pués de haber trabajado asiduamente a favor de la causa que abrazó con tanta sinceridad, y legando a la posteridad un nombre que no reconoce igual entre los escritores de Occidente.

jerónimo. Como filólogo, Jerónimo ocupa el primer lugar entre los cristianos de sus días. Nació de padres cristianos, probablemente en el año 346, cerca de Aquilea, en los confines de Dalmacia y Pannonia. Recibió su educación en Roma bajo la dirección del retórico Aelio Donato, iniciándose en los estudios gramaticales y lingüísticos, que no abandonó hasta el fin de su carrera. En esta ciudad profesó públicamente el cristianismo y después de efectuar algunos viajes resolvió radicarse en la Siria para estudiar el hebreo y los dialectos que de él se derivan, para lo cual entabló relaciones con un maestro judío, lo cual escandalizaba a muchos de sus correligionarios. En 379 aparece en Antioquia, donde fue nombrado presbítero. En Constantinopla encontró a Gregorio Nacianceno, con quien mantuvo íntimas relaciones. En Roma emprendió con ardor la ardua tarea de revisar la traducción de la Biblia al latín, llamada Itálica, la cual era muy defectuosa a causa de las muchas variantes que se hallaban en las diferentes ediciones. De este trabajo resultó la Vulgata, nombre que se le dio porque estaba destinada para ser leída por el pueblo, al cual aun no se había privado del derecho de leer e interpretar la Biblia.

Entre otros trabajos literarios de Jerónimo, figuran sus Cartas y algunos Comentarios sobre las Escrituras que tienen más valor literario que exegético.

Los últimos años de su vida los pasó en Palestina, recluido en un convento donde continuó sus trabajos de escritor fecundo. Falleció a edad muy avanzada, en Belem, el año 420.

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Celibato: ¿De eso no se habla?

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Celibato: ¿De eso no se habla?

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Se estima que más de 150.000 sacerdotes en todo el mundo –de un total de unos 400.000–dejaron los hábitos por una mujer. En la Argentina, se calcula que son cerca de 1000. Aunque para la Iglesia el celibato es sagrado, voces internas y externas buscan abrir el debate
Por Teresa Bausili


Foto: Arte de tapa: Silvana Segu

El padre Sante Sguotti fue el último en echar leña al fuego de un debate que de manera recurrente recorre los nervios de la Iglesia hasta el corazón del Vaticano. Anunció días atrás a los fieles del poblado de Monterosso, cerca de Padova, en Italia, su amor por una mujer separada. De inmediato el espinoso tema del celibato sacerdotal asomó otra vez a la superficie, con más ecos mediáticos que resonancias en los pasillos del Vaticano, es cierto.
Es que pocos asuntos exasperan tanto a la Santa Sede. De hecho, la respuesta del Vaticano cada vez que la cuestión cobra estado público y se alza como un signo de interrogación que apela a la más alta jerarquía de la Iglesia es, siempre, terminante: la norma que prohíbe el casamiento de los curas no se discute. Lo reiteró el papa Benedicto XVI esta semana en Austria, donde la edad promedio del clero es de 64 años y la escasez de sacerdotes empujó al movimiento progresista Wir sind Kirche (“Nosotros somos la Iglesia”) a exigir al Pontífice la supresión del celibato obligatorio. Pedidos como éste no son infrecuentes. Asoman de tanto en tanto por todo el mundo católico. De hecho, el tema es causa de no pocas divisiones en la Iglesia, de deserciones y de acaloradas discusiones desde hace casi tantos años como los que tiene la prohibición.
Aunque no existen cifras oficiales, se estima que más de 150.000 sacerdotes en todo el mundo -de un total de unos 400.000- dejaron los hábitos por una mujer. Lo dice, entre otros, Clelia Luro, viuda del combativo obispo Jerónimo Podestá y presidenta honoraria de la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados, que forma parte de la Confederación Internacional de Curas Casados (fundada en Ariccia, Italia, en 1985).
Luro no se anima a arriesgar cifras sobre la Argentina, pero sostiene que el porcentaje sería similar al que exhibe el panorama mundial. Miguel Angel Broggi Carranza, quien durante 24 años -hasta que se enamoró de Marta, su esposa- fue cura en la diócesis de Santa María, en Córdoba, tiene otros cálculos. Fundador del centro Verdad en Libertad, que intenta brindar unión y apoyo a los sacerdotes casados del país, Broggi estima que en la Argentina hay cerca de 1000 curas que colgaron la sotana, aunque sólo contabilizó 500.
Bendición, no pecado
Existen organizaciones similares en muchos países, como Tiempo de obrar, tiempo de hablar, en España, Vocatio (“Vocación”), de Italia, y Rumos (“Rumbos”), en Brasil, donde un informe reciente determinó que el 41 por ciento de los sacerdotes infringió el celibato, aun estando en ejercicio de su ministerio. Para escándalo de la Iglesia argentina, fue algo similar lo que ocurrió con Podestá, obispo de Avellaneda entre 1962 y 1967.
“La llegada de Clelia a mi vida es una gracia de Dios y no un pecado”, repetía el obispo a quien quisiera escucharlo. En una época de creciente agitación política, este defensor de la Teología de la Liberación protagonizó una historia de amor tan audaz como no conocía el país desde el trágico romance entre Camila O Gorman y el presbítero Ladislao Gutiérrez, ambos fusilados en 1848. El “obispo rojo” -como lo llamaba Onganía- conoció a Clelia en 1966, a los 45 años, cuando para muchos estaba llamado a convertirse en cardenal primado. Ella tenía 39 años, seis hijas y un divorcio a cuestas. Se integró a su diócesis como su secretaria, primero, y como su compañera de vida y de lucha, después.
Luego de varios cruces con el Vaticano, y tras negarse a romper su relación amorosa, en 1972 Podestá fue finalmente suspendido “ad divinis”. Así y todo, siempre reivindicó su condición sacerdotal (que de hecho nunca se pierde) e incluso continuó celebrando misa en el patio de su casa, entre amigos. Hasta su muerte, siete años atrás, continuó también con su prédica a favor del celibato opcional. Ahora, su viuda opina que ella fue simplemente una excusa. “La figura de Jerónimo molestaba en el país porque denunciaba las injusticias sociales, porque hablaba de derechos humanos y de libertad de conciencia”, afirma Clelia desde su vieja casona de la avenida Gaona, la misma donde vivió con Jerónimo tras regresar del exilio en 1982.
En realidad, casos polémicos en relación con el celibato nunca faltaron. Uno de los más explosivos de los últimos tiempos es el del arzobispo africano Emmanuel Milingo, que el año pasado presentó su asociación Married Priests Now! (“¡Sacerdotes Casados Ya!”) con el objetivo de promover la eliminación del celibato. Casado, arrepentido y arrepentido del arrepentimiento, Milingo provocó la furia del Vaticano al ordenar como sacerdotes a otros cuatro religiosos también casados. En 2001, el ex arzobispo de Lusaka (Zambia) se casó con una acupunturista de origen coreano, María Sung, en una ceremonia oficiada por la secta Moon. Unos meses después anuló su matrimonio para recuperar su relación con Juan Pablo II, para poco después volver a reivindicar su compromiso con Sung.
* * *
“Creo que de acá a 10 años vamos a ver curas casados -aventura Roberto Di Stefano, historiador especializado en catolicismo-, pero va a suceder de a poco. La primera medida, motivada por la escasez de clero, va a ser empezar a ordenar hombres casados. Eso sí: no sucederá con este Papa, que es un papa de transición”.
Que a la Iglesia le falta sangre nueva es una realidad insoslayable. Según el último informe de las Obras Misionales Pontificias, si en 1978 -año en que Juan Pablo II fue designado Papa- había un sacerdote por cada 1800 católicos, en 2004 había uno por cada 2700.
La Argentina no es excepción. No se sabe a ciencia cierta cuántos sacerdotes hay en ejercicio -las últimas estadísticas de la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA) son del año 2000 y hablan de 5648 curas para atender unas 11.500 parroquias-, pero se sabe que, en los últimos 10 años, las vocaciones sacerdotales cayeron un 20 por ciento en nuestro país. La obligación del celibato es la explicación que más se cita.
“Esta es una opción de vida que me ha hecho pleno en la entrega a Dios y a los demás. Sostener su supresión es tan ridículo como pedir la abolición del matrimonio por la evidencia de tantas rupturas”, dice el padre Guillermo Marcó, director de la Pastoral Universitaria del Arzobispado de Buenos Aires. Las deserciones sacerdotales, asegura, no son tantas como los fracasos matrimoniales, producto, dice, de la falta de compromisos para toda la vida. “Porque el compromiso del celibato es comparable con el compromiso matrimonial. Claro que es más fácil cuestionar el celibato que el matrimonio”.
Si bien en términos oficiales la Iglesia no parece dispuesta a abrir el debate, internamente la discusión existe aunque aún no logra instalarse. La hermana Liliana Marzano, presidenta de la Conferencia Argentina de Religiosas y Religiosos (Confar), que nuclea a 217 de las 395 congregaciones de nuestro país, lo expresa a su manera: “La castidad es un voto para el amor, para tender puentes hacia muchas personas, para llegar a donde otros no pueden por estar en cosas más concretas. De todas formas, también creo que hay que poder replantearse en la Iglesia el tema del celibato sacerdotal. Creo que nos debemos la posiblidad de debatir el que sea optativo y no una condición sine qua non para el ejercicio del ministerio.”
Carlos Avellaneda, de 52 años, párroco de Nuestra Señora de la Guardia, de Florida, y formador de seminaristas durante 15 años también cree que el celibato aún hoy es importante. “Un cura de antes te decía que se hacía cura para trabajar por Dios. Entre los chicos de hoy, en cambio, escuchás cosas como ´yo me hice cura para ser feliz “. Lo que sucede, explica, es que vivimos “en una cultura muy egocéntrica y narcisista, que busca la gratificación inmediata.”
Otra, muy distinta, es la opinión del padre José Amado Aguirre, cordobés, abogado y ex juez de los tribunales eclesiásticos. La suya es una voz desde el interior de la Iglesia a favor del celibato opcional. A su entender, los curas tienen derecho a formar familia porque “teológicamente no se puede pretender dar más ´jerarquía sobrenatural al celibato que al sacramento del matrimonio”. Y menos aún, dice, “se puede pretender exigir como condición excluyente el celibato obligatorio para obtener la ´vocación sacerdotal . Esto sería, y es, en lenguaje forense, un chantaje”.
Otros tiempos
Una de las principales razones por las que el celibato genera tanta polémica radica en que esta tradición no constituye un dogma de fe, sino una medida disciplinar. ¿Qué significa esto? Básicamente, que la Iglesia lo podría cambiar si así lo quisiera. De hecho, en los primeros siglos del cristianismo, el celibato no era una exigencia. Casi todos los apóstoles y sus discípulos fueron hombres casados y en los evangelios no hay indicación alguna al respecto (San Pablo sí recomienda elegir para obispo “a hombres de una sola mujer”). También hubo papas casados
“Recién con el concilio de Letrán, en el siglo XII, se establece que el matrimonio de un clérigo es inválido”, señala Roberto Di Stefano. ¿Por qué? Los siglos XI y XII, explica, son testigos de la lucha entre el poder secular, del emperador, y el poder de la Iglesia. Esta última pelea por su autonomía y quiere evitar a toda costa que sus propiedades pasen a manos laicas. Y la mejor forma de hacerlo era mediante el celibato, que evitaba la descendencia y, con ella, la posible transmisión hereditaria de esos bienes eclesiásticos.
Más tarde, en el concilio de Trento (1545-1563), dice Di Stefano, la exigencia del celibato se vuelve a afirmar, pero la motivación, señala, ya no es económica, sino que ahora se busca separar a fieles y clérigos por medio del establecimiento del carácter sacramental de la ordenación sacerdotal. De acuerdo con el historiadior, uno de los problemas de la Iglesia en esa época era la corrupción del clero, además de la poca diferenciación que existía entre clérigos y fieles: algunos sacerdotes iban a cazar, se vestían igual que el pueblo, se inscribían como mercenarios en ejércitos, tenían distintos oficios (de carniceros a abogados). De modo que se intentó crear un nuevo clero, y para ello se declaró que la ordenación sacerdotal tenía la fuerza de un sacramento. Se establecía así un abismo insalvable entre laicos y clérigos.
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De haber podido casarse, ¿hubiera seguido siendo cura? Delfor “Pocho” Brizuela no duda: “Claro que sí”. El mismo hombre que asoma ahora a la arena política de La Rioja, como candidato a intendente de la capital provincial por el oficialismo, un año atrás dejó helados a sus fieles de la parroquia de El Chamical, un pueblo riojano de 14.000 habitantes. En plena misa anunció su retiro porque, explicó, se había enamorado de una mujer, docente, separada y madre de dos adolescentes.
Lejos de poner el grito en el cielo, la mayor parte de los feligreses aplaudió su sinceridad. “La gente tomó mi decisión con naturalidad, porque que el hombre y la mujer estén juntos es el orden natural”, señala Brizuela, para quien “ser sacerdote y padre de familia son cosas perfectamente compatibles. De hecho, asegura que en el pueblo lo siguen llamando padre, le preguntan sobre la Biblia y le piden su bendición. “La Iglesia como institución podría abrir la discusión del celibato, pero sus tiempos son muy lentos”, añade.
En realidad, desde hace unos 15 años que la Iglesia cuenta con cientos de sacerdotes casados entre sus filas. Se trata de aquellos curas anglicanos que, descontentos con la ordenación de mujeres en su confesión, se convirtieron al catolicismo. Muchos de esos curas anglicanos estaban casados, pese a lo cual Roma no les puso impedimentos para jurar obediencia al Papa.
En rigor, el celibato sólo es obligatorio en la Iglesia Católica que practica el rito latino. Porque la misma Iglesia Católica, en aquellos países donde predomina el rito oriental (el Líbano, Egipto y Armenia, entre otros), ordena sacerdotes a hombres casados (una vez ordenados ya no se pueden casar, y deben ser célibes para ser obispos).
En la Argentina hay unos 700.000 maronitas . Su obispo, Charbel Mehri, de origen libanés e integrante de la Conferencia Episcopal, señala que, aunque tienen libertad para casarse, la mayoría de los sacerdotes maronitas elige ser célibes. “La gente los aprecia más. Los ve como personas consagradas íntegramente a Dios, que no tienen que dividir su tiempo entre la parroquia y la familia”, dice.
A esto alude Damián Rodríguez Alcobendas, de 50 años y sacerdote desde hace 26, al afirmar que él se hizo cura para consagrarse “100 por ciento a Dios”. Y añade, respecto del celibato opcional: “Hay una pregunta que pocos se hacen y es quién mantendría a la familia del cura, quién pagaría por el colegio de sus hijos, por ejemplo. ¿La parroquia? ¿El propio cura? En ese caso el sacerdote tendría que salir a trabajar, y entonces tendríamos un cura part-time .”
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Desde que dejó el sacerdocio, a fines de los 60, Alejandro Mayol cultivó el perfil bajo, sin siquiera participar de los movimientos de curas casados. “Lo suyo había sido un escandalete tras otro dentro de la Iglesia, y prefería no abrir un nuevo frente de choque”, explica Beatriz, su mujer, en la casa que ambos comparten en Villa Martelli. Los “escandaletes” a los que se refiere se resumen, en realidad, a ciertas actitudes “transgresoras” para la época: Mayol tocaba la guitarra en misa, tenía un programa de televisión (Trampolín a la vida, que se emitía por canal 7) y, más “grave”, llegó a publicar una nota titulada “Iglesia, ¿corset del hombre nuevo?” en una revista que él mismo impulsaba (pero que tuvo que dar de baja tras esa controvertida publicación). Sin embargo, como en el caso de Podestá, de Broggi Carranza, de “Pocho” Brizuela y de tantos otros, el escándalo mayúsculo fue el haberse enamorado.
Cuando se conocieron, Beatriz acababa de terminar el colegio, quería ser periodista y comulgaba todos los días en la iglesia de San Telmo, donde Mayol era cura. Ella también tocaba la guitarra y participaba en coros. Juntos iban a misas de universitarios, a la capilla del Instituto del Cáncer, a las reuniones de la JUC, y en 1966 comenzaron a cursar la carrera de Sociología. Se casaron en marzo del 69, y años después Alejandro pidió al Vaticano lo que se llama reducción al estado laical.
Mayol continuó con sus grandes pasiones, la religión y la música, escribiendo temas de corte religioso y produciendo obras musicales (“La Pasión según San Juan”, por ejemplo, se representa en Madariaga desde hace 22 años). Pero, padre de cuatro hijos, había bocas que alimentar, así que hizo de todo, desde atender un negocio que vendía pececitos hasta ocupar un cargo en la secretaría de Cultura de Florencio Varela.
¿Qué piensa del celibato? “¡Ahora estoy de acuerdo!”, dice Mayol, y suelta una carcajada. Después se pone serio y aclara: “El celibato tiene una enorme grandeza, y hay gente que lo lleva con mucha dignidad. Pero no es algo que esté hecho para todos, y de hecho la Iglesia está perdiendo gente valiosísima por este tema. Sinceramente creo que debería ser opcional”.

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=944277

La importancia de no estudiar teología

Por: Carl Trueman(Tomado de Themelios, Edición 35; Referido por Eduardo  enSujetos a la Roca)

Me deleité tanto leyendo este artículo que decidí compartir algunos párrafos con los que leen este blog. Pasé un buen rato feliz leyéndolo, creo, porque tiene que ver íntimamente con el uso que le hago al estudio y exégesis de los textos de la Biblia, y a  la lectura de comentarios y libros de teología: Beneficiar mi salvación, aumentar mi fe, mi esperanza, y hacer más ardiente y deliciosa mi adoración; y todo eso así producido y elaborado, formando parte de mi trabajo en  la iglesia del Señor Jesucristo. Pero primero que todo,  para ser un mejor creyente cristiano. Debieran leer todo el artículo los estudiantes en los seminarios y los pastores nóveles, principalmente, no sea que si no pierden la honestidad en su profesión, lloren detrás de los menos brillantes miembros de la iglesia queriendo cambiar una tonelada de teología acumulada con los años por una onza de la fe de ellos.

“Además  el estudio de la teología de modo abstracto puede conducir a tener como objetivo ella misma. A Lutero una vez se le preguntó qué diferencia había en los que él creía y en lo que creía el Papa. En cierto nivel, contestó, no hay diferencia: los dos creemos en Cristo, el Hijo del Dios, que vino a la tierra, se hizo carne, murió en la cruz, se levantó de los muertos, ascendió el cielo y regresará. ¿Dónde está la diferencia? En que yo creo que él hizo estas cosas por mí, fue la respuesta de Lutero.
“El aspecto que Lutero estaba destacando era hacer ver que el  Papa poseía una teología objetiva en el sentido de que ya no poseía esa dimensión personal que hizo que él revisara su propia comprensión de sí mismo y, últimamente, resultara en adoración y reverencia. Al principio de los Institutos de Calvino, encontramos lo mismo, su  declaración en cuanto a la íntima conexión e interdependencia sobre el conocimiento que tenemos de Dios y de nosotros mismos: No tiene nada que ver cómo algunas veces se ha argumentado, con la moderna preocupación por la contextualización, pero sí con la conexión de nuestra identidad y la de Dios, obligándonos a pensar que la teología no es algo abstracto y desconectado de lo que somos delante de Dios.La respuesta a esa equivocación no es abandonar la meta en el estudio de la teología; es más bien convertir el estudio de la teología en nuestra meta. Tenemos la tendencia equivocada de hacer de lo que aprendemos cada día lo más importante. Sin embargo esto confunde el verdadero proceso cronológico de aprender con el orden real de las cosas. El estudio de la teología no consiste en un movimiento y persecución más allá desde donde comenzamos nuestras vidas cristianas; consiste más bien en una reflexión sobre el fundamento sobre cual ya somos cristianos. Aunque parezca extraño decirlo el fin es el mismo principio. Comienzo confesando con mi boca que Jesucristo es el Señor y creyendo en mi corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, y puede estar seguro que nunca voy más allá de eso. Toda mi teología, todo mi estudio, es simplemente una reflexión de todo lo que descansa detrás de esa confesión. Así, nunca voy más allá de la alabanza, nunca dejo detrás la adoración del Dios viviente; lo que hago es aprender más y más acerca de la profundidad de esos fundamentos sobre los cuales la alabanza y la adoración descansan, y que también todos los creyentes comparten comenzando desde el más brillante hasta el más humilde”.

http://pastorhp.blogspot.com/2010/04/la-importancia-de-no-estudiar-teologia.html

años 300 – 606

años 300 – 606

Constantino.

Nada más difícil que ser justo con este personaje. Sus actos no permiten colocarlo entre el número de los verdaderos dis cípulos de Cristo, y al mismo tiempo es imposible desconocer su sinceridad y profundas simpatías al cristianismo. Su actua ción en relación con los cristianos fue, sin duda, equivocada, pero él no fue el único culpable de sus errores. Los mismos obispos que le rodeaban deben cargar con mucha de la responsabilidad.

Acerca de su primera educación religiosa no se poseen dalos suficientes. Su padre demostró alguna inclinación al cristianismo. Su madre Elena, si no cristiana declarada, era también adicta al credo de los que tanto sufrían por su fe. Como los cristianos eran numerosos, no es extraño que Constantino haya tenido trato con algunos de ellos en su juventud, y que esto lo haya predispuesto en su favor. Fue testigo de la per secución bajo Diocleciano. Se encontraba en Nicomedia cuan do ésta principió, y las escenas de fanatismo y barbarie que presenció, formaban un notable contraste con las ideas de tolerancia que profesaba su padre. Pudo ver que en el cristia nismo había algo que no podía ser destruido ni con fuego ni con la espada más aguda.

Cuando fue proclamado Augusto por las legiones que su padre había conducido a Britania, es decir el año 306, se mos tró aún ligado al paganismo y en el año 308 ofreció sacrificios en el templo de Apolo por la buena marcha de su reinado. Creía que era deudor a los dioses por la buena suerte de su carrera. Sólo después de sus victorias contra Magencia es que hace sus primeras declaraciones públicas en favor del cristianismo, esto es, en el año 312, cuando llegó a ser único emperador de Occidente.

Las circunstancias que produjeron este cambio en la con ducta de Constantino tienen como única explicación lo que se llama la historia de la visión de la cruz. Daremos el relato como ha sido transmitido a la posteridad por Eusebio, quien dice que se lo relató al mismo Constantino, asegurándole con juramento que todo lo que le decía era la pura verdad. He aquí el relato. Cuando Magencio estaba haciendo sus preparativos para entrar en campaña y se encomendaba a los dioses de su predilección, observando escrupulosamente las ceremonias pa ganas, Constantino se puso a pensar en la necesidad que tenía de no confiar únicamente en la fuerza de sus armas y valor de sus soldados, Los fracasos de los últimos emperadores dismi nuían su confianza en el poder protector de los dioses, y vacilaba acerca de la actitud que debía asumir. El ejemplo de su padre, quien creía en un solo Dios omnipotente, le recordó que no debía confiar en ningún otro. Se dirigió por lo tanto a este Dios, pidiéndole que se le revelase y que le diese la vic toria en la próxima batalla que estaba por librar. Mientras estaba orando vio, suspendida en los cielos, una cruz refulgente y debajo de ella esta inscripción: Tonto Nika. Se dice que la visión fue vista por todo el ejército que se dirigía a Italia, y que todos se llenaron de asombro. Probablemente la inscripción fue vista en el idioma del emperador, el latín: In Hoc Signo Vinces lo que significa: Con este signo vencerás. Mientras Cons tantino estaba pensando en la visión, Cristo le apareció en sueños con el mismo símbolo que había visto en el cielo, y le dijo que formase una bandera según ese modelo para usarla como pro tección contra los enemigos. Esto dio origen al lábaro, estandarte que está suspendido en una cruz y que lleva la X como monograma de Cristo. Después de esta visión, Constantino hizo llamar a varios maestros cristianos, a quienes preguntó acerca de sus creencias y de la significación del símbolo que le había aparecido,

La visión puede ser muy bien el fruto de la mente exaltada de Constantino y la exageración que siempre sigue a los hechos de esta naturaleza, pudo añadir que todo el ejército la vio. El sueño en el cual él vio a Cristo, también pudo haber sido cierto, pero no hay que deducir que se trate de una aparición real de Jesucristo. El príncipe de la paz diseñando un estandarte de guerra, es una idea que pudo tener Constantino u otro militar entusiasta, pero que no está de acuerdo con las ideas enseñadas por Cristo. Rafael pudo imaginar a los ángeles vo lando por encima de los cadáveres de los soldados del ejército vencido, pero no es por esto dado admitir que el cielo se com plazca en acciones de guerra. Estas ideas caben en las doctrinas del Antiguo Testamento, pero no son admisibles en el Nuevo.

Desde entonces la cruz empezó a ser un amuleto, tanto para los militares como para los civiles. La confianza en el Cristo vivo fue sustituida por la confianza en la cruz material. Esto llegó a ser una verdadera superstición que repugna a la espiritualidad de las ideas cristianas. En el foro fue levantada la estatua del emperador sosteniendo una cruz con esta inscripción: “Por medio de esta señal saludable, el verdadero símbolo del valor, liberté a vuestra ciudad del yugo del tirano”.

En el año 313 se promulgó en Milán el edicto por medio del cual se concedía la libertad de profesar el cristianismo. Al mismo tiempo se concedía este derecho a todas las religiones. Desde este edicto data lo que se llama la paz de la iglesia.

También se ordenaba que las propiedades de los cristianos que habían sido confiscadas durante la última persecución, fue ran devueltas a sus primitivos dueños, indemnizando los perjuicios que sufriesen los que habían adquirido esas propiedades.

Desde que Constantino tomó esta actitud con los cristianos, aumentó considerablemente el número de los que abandonaban el paganismo. Las iglesias se hicieron cada vez más multitudinistas. No se exigía para ingresar a ellas pruebas de una genuina conversión y todo se reducía a una mera profesión exterior. Las costumbres simples que habían caracterizado a los cristianos, empezaron a desaparecer. El lujo y la pompa entró en las iglesias, y el espíritu ceremonial se manifestó cada vez más profundo.

Constantino se rodeó de consejeros que profesaban el cris tianismo, pero que habían perdido, o nunca conocido, la piedad real. Otros que en días de pruebas se habían mantenido cerca del Señor, al verse favorecidos por el monarca, se hicie ron mundanos, perdiendo toda influencia espiritual. Los altos cargos en el palacio imperial fueron confiados a cristianos no minales y estos favores contribuían a que las iglesias se llenasen de hipócritas que veían en la profesión del cristianismo un medio fácil de alcanzar distinciones oficiales. Los obispos y demás dirigentes del cristianismo, lejos de impedir estas manifestaciones de hipocresía, parece que se hallaban muy satisfe chos del nuevo rumbo que tomaban las cosas.

No obstante, Constantino no había renunciado al paganismo, en cuyos actos participaba por varios años más, después del edicto de Milán. Nunca abandonó el título de Pontifex Maximus del paganismo y en muchos de sus actos demuestra inclinación a la superstición que por otra parte se esforzaba en destruir.

En varios casos aparece como queriendo emplear la fuerza para hacer desaparecer las viejas y caducas formas del culto, pero sus ataques al paganismo siempre tuvieron algún justi ficativo delante de la opinión pública, porque iban dirigidos contra los actos en que se manifestaba el espíritu bajo e inmo ral de aquel culto. Hizo demoler el templo y bosque sagrado de Venus en Apaca, de Fenicia, porque era notorio que aquel centro de pretendida devoción era un verdadero lupanar y foco de la más grosera inmoralidad. Por la misma razón hizo supri mir los ritos abominables que tenían lugar en Heliópolis de Fenicia. También suprimió un célebre templo de Escolapio en Sicilia, frecuentado por muchos peregrinos que acudían llevados por la fama de los sacerdotes que pretendían tener poderes sobrenaturales para curar toda clase de enfermedades. El tem plo estaba lleno de ofrendas donadas por las personas que se creían deudoras al santuario. Para poner fin a tanto engaño Constantino ordenó que el templo fuese demolido. Muchos de los objetos de arte que habían adornado éste y otros tem plos fueron llevados para adornar el palacio imperial.

La destrucción de templos paganos y los favores mani fiestos acordados a los cristianos, en nada contribuían en favor del verdadero carácter religioso del pueblo. Los que eran paganos de convicción seguían siéndolo con más fervor, otros caían en un completo escepticismo y los que venían a aumentar las filas de los cristianos, no traían la base de la regeneración que sólo puede hacer eficaz la profesión de un credo que pide a sus adeptos una vida santa y ejemplar.

Una medida que tuvo grandes consecuencias en la futura historia del cristianismo fue la fundación de la ciudad de Constantinopla. El emperador parece no hallarse a gusto en una ciudad cuyo carácter pagano no era fácil hacer desaparecer. No hay dudas de que causas políticas también influyeron sobre el ánimo de Constantino cuando resolvió mudar la capital a la nueva ciudad que levantaba dándole su nombre. Roma era el centro del paganismo y al iniciar una nueva orientación en los destinos de la nación, también quería tener una nueva capital donde el arte cristiano substituyese el arte de la gentilidad y donde las nuevas instituciones pudiesen florecer sin obstáculo.

Sobre la vieja ciudad de Bizancio, situada en uno de los puntos más estratégicos del universo, se levantaría la nueva capital, la nueva Roma, llamada a ser el centro de la mitad del Imperio durante largos siglos. Dentro de sus nuevos y fuertísimos muros no habría templos paganos que hiciesen recordar al pasado en decadencia. Por todas partes se levantarían iglesias cristianas decoradas con un arte nuevo y despojado de todo recuerdo del viejo sistema. Los mejores obreros de todo el Imperio fueron enviados a trabajar en los magníficos palacios que ostentaría ese nuevo centro de cultura. Todos contribuían entusiastas a la realización del sueño dorado de Constantino. Las ciudades de Grecia eran despojadas de sus mejores obras de arte, que eran llevadas para contribuir al embellecimiento de Constantinopla.

En el año 321 Constantino publicó el siguiente edicto, rela cionado con el descanso dominical, que los cristianos observaban ya desde los tiempos de los apóstoles: “Que todos los jueces y todos los que habitan en las ciudades, y los que se ocupan en diferentes oficios, descansen en el venerable día del sol, pero que se deje a los que están en el campo, usar de su libertad para atender los trabajos de la agricultura, porque a menudo sucede que otro día no es apropiado para sembrar grano y plantar viñas, no suceda que se pierda la ocasión favorable que el cielo conceda”.

Este decreto fue dado con el objeto de favorecer a los cristianos, haciéndoles más fácil la observancia del día dominical. Es sabido que les era sumamente dificultoso, en las ciudades, consagrar este día a cosas puramente espirituales, vi viendo en una sociedad que no tenía la misma costumbre. Cons tantino al implantar el reposo semanal, no lo hizo en el sentido rigurosamente religioso. Ordenaba el descanso, pero no como acto devocional, de modo que su observancia no implicaba una conformidad al cristianismo. Como estadista aventajado no dejaba de comprender que sería beneficiosa para los habitantes en general, una práctica que había sido de general aplicación entre los israelitas y que había dado siempre los mejores resultados. El domingo es llamado en el edicto de Constantino, dia del sol, como se le llama aún en inglés y otros idiomas europeos.

La designación de día dominical era peculiar a los cristianos $ tal nombre no hubiera sido entendido por los paganos a quienes se dirigía especialmente el edicto, porque los cristianos no necesitaban de esa orden de carácter oficial para observar el día que les traía el grato recuerdo de la resurrección del divino Maestro.

Constantino, sin llegar tan lejos como a hacer del cristianismo la religión oficial del Estado, dispuso de los fondos públicos para favorecer al clero, sentando así la base de lo que llegó a ser la unión de la iglesia con el estado. Error funesto, que causó grandes e incalculables perjuicios tanto, a la religión como al poder civil. Las iglesias dejan entonces de depender de la protección de su Señor celestial para depender de la protección de los gobiernos. Su fuerza, ya no está más en el tes timonio de sus mártires muriendo heroicamente en la arena del anfiteatro. Su gloria ya no sería la cruz ignominiosa de la cual pendió el Salvador. El falso brillo del mundano oropel iba muy pronto a cegarla. Los cristianos creían que había llegado el día de su humillación y derrota, cubiertas de la apariencia en gañosa de las cosas perecederas de este siglo que se deshace.

La correcta idea neotestamentaria de la iglesia empieza a desaparecer. Ya no se habla, sino en muy raros casos, de las iglesias, refiriéndose a las congregaciones locales que mantenían el culto cristiano. Se habla en cambio de “la iglesia” incluyendo en estar frase a la gran masa de los que se denominaban cristianos. El doctor W. J. Me Glothlin, profesor de historia eclesiástica dice: “La independencia y significación de la iglesia local sucumbe y se pierde en el predominio y poder de las iglesias de las grandes ciudades, y éstas a su vez se confunden en el concepto de una iglesia universal (católica) que contiene a todos los cristianos y a muchas personas indignas. Se la con sidera como a una entidad en sí misma, independiente de sus miembros, santa, indivisible e inviolable, no más como a una comunidad de salvados, sino como a una institución que salva, fuera de la cual no hay salvación”.

El espíritu clerical, que desde hacía tiempo había empezado a ganar terreno en las iglesias, matando la gran verdad bíblica del sacerdocio universal y espiritual de los creyentes, pudo sentarse en su poco envidiable trono cuando Constantino empezó a conceder privilegios a los obispos y demás personas que ocupaban puestos en relación con la obra cristiana. Al pasar de las catacumbas al trono, dejaron sepultados en el olvido, la fe, el amor y todas las virtudes que forman el carácter del cristiano.

Con la protección del estado, como dijo Alejandro Vinet, la religión dejo de ser una cuestión del cielo y se hizo una cuestión del suelo.

De la actuación de Constantinopla respecto al arrianismo y al Concilio de Nicea, nos ocuparemos separadamente.

Parecerá extraño que el emperador, que participaba en to dos los actos de la actividad eclesiástica, que trataba con los obispos, que convocaba concilios, y que prácticamente había tomado la dirección de la iglesia, aún no había sido bautizado, y no lo fue hasta los últimos días de su vida. Ya tenía sesenta y cuatro años de edad y hasta entonces había gozado de muy buena salud física. Ahora empieza a sentir que sus fuerzas flaquean. Dejó entonces a Constantinopla y se retiró a la ciudad de Helenopolis, recientemente fundada por su madre, para dis frutar allí de la suave temperatura de la primavera, tan deliciosa bajo ese hermoso cielo límpido. Cuando se sintió mal acudió a la iglesia del lugar e hizo la confesión de fe necesaria para entrar a ser considerado catecúmeno. De ahí pasó a residir a un castillo cerca de Nicomedia, a donde llamó a un grupo de obispos y rodeado de ellos, fue bautizado por Eusebio, obispo de Nicomedia. Esto tuvo lugar poco antes de su muerte, ocu rrida en el año 337.

¿Por qué dejó Constantino el bautismo para los últimos días de su vida? Algunos creen que teniendo la idea popular de que ese rito limpia del pecado quería esperar al fin de su vida para tener menos pecados cuando la muerte viniese a llamarlo. Otros aseguran que por mucho tiempo había abrigado el pen amiento de efectuar un viaje a Palestina y ser bautizado en el Jordán y que por esto había demorado tanto la cuestión de su formal incorporación al cristianismo.

El Concilio de Nicea.

La controversia de Arrio dio origen al famoso concilio de Nicea, convocado por Constantino. Vamos a ocuparnos de esta controversia para luego ocuparnos del concilio mismo.

Desde mucho antes de esta época, se nota entre los doc tores cristianos una fuerte tendencia a la discusión de temas profundos y de carácter especulativo más bien que práctico. La Trinidad y los infinitos puntos que se desprenden de esta doctrina, era el asunto predilecto de muchos de los escritores y pensadores cristianos. La religión empezaba a ser para ellos una cuestión filosófica, y dejaba de ser una cuestión de vida y poder. La energía que antes se había empleado en evangelizar al mundo y fortificar la fe de los creyentes, se empleaba ahora en largas e interminables discusiones sobre temas in sondables.

Arrio era un presbítero que estaba al frente de una de las iglesias de Alejandría. Ha sido descripto como un hombre alto, fogoso, imponente, docto, incansable y muy dado a discusiones. Ejercía mucha influencia sobre el pueblo que le rodeaba.

Empezó a predicar que Cristo había sido creado por el Padre antes que toda otra criatura; que no era eterno; que había tenido principio, y que, por lo tanto, no podía ser mi rado como igual a Dios. Su objeto no era en ningún modo aminorar la gloria de Cristo, sino dar énfasis al monoteísmo. “Tenemos que suponer —decía Arrio— dos esencias divinas originales y sin principio, e independientes una de otra; tene mos que suponer la diarquía en lugar de lamonarquía, o no tenemos que temer declarar que el Logos (el Verbo) tuvo un principio de existencia y que hubo un momento cuando no existió”.

La doctrina de Arrio estaba en contradicción con las enseñanzas del prólogo del Evangelio según San Juan donde se enseña la eternidad del Logos que “en el principio era con Dios”. Era la negación de todo lo que el Nuevo Testamento dice sobre la divinidad de Cristo.

La forma atrayente como Arrio presentaba sus ideas, y la incuestionable sinceridad que le animaba, contribuía no poco a que muchos mirasen con indiferencia su propaganda, no creyéndola en nada peligrosa a la sana doctrina. Alejandro, el obispo de Alejandría, permanecía silencioso, tal vez estudiando el asunto y pensando en qué actitud debía asumir. Por fin resolvió pronunciarse en contra de Arrio. Alejandro acostumbraba celebrar conferencias teológicas con las personas que componían el clero de su diócesis, y en una de éstas expuso sus ideas condenando abiertamente las de Arrio. Más tarde, en el año 321, cuando se celebraba un sínodo al que acudían todos los obispos de Egipto y de Libia, depuso a Arrio, y lo excluyó de la comunión de la iglesia. Pero Arrio no se dio por vencido. Su partido era ya numeroso, y la oposición oficial de Alejandro sólo lograría hacerlo más agresivo. No cesaba en la propaganda, que efectuaba por medio de cartas y trabajos personales. Con siguió interesar en su causa a muchos cristianos influyentes. En Nicomedia logró que el obispo Eusebio se pronunciase en su favor. La herejía naciente pronto se convirtió en un gigante. Parecía que todas las iglesias de Egipto y de Asia Menor se sentían inclinadas a ella. En todos los círculos se discutía sobre el intrincado tema que causaba la división.

Alejandro escribía a todos los obispos cartas circulares en las que presentaba las doctrinas de Arrio como anticristianas y heréticas.

Muchos tomaban una posición mediana y querían conciliar a los dos partidos. Estos crearon lo que más tarde se llamó el semiarrianismo.

Constantino, acostumbrado, en el dominio político, a ver que el poder dependía de la completa unidad temía que esta división trajese grandes males a la causa cristiana y resolvió emplear su influencia para que la controversia cesara. No entendía, ni quería entender lo que para su mente era sólo una cuestión de palabras. Su primer paso para apaciguar la tormenta consistió en escribir una carta a Alejandro y otra a Arrio. “Devolvedme —les dice— mis días quietos y mis noches tranquilas. Dadme gozo en lugar de lágrimas. ¿Cómo puedo yo estar en paz, mientras el pueblo de Dios de quien soy siervo, está divi dido por un irrazonable y pernicioso espíritu de contienda?” A fin de que sus esfuerzos resultasen más eficaces, mandó la carta por medio de Osio, obispo de Córdoba, célebre ciudad española, quien personalmente debía expresarles los deseos del emperador, y procurar la reconciliación de los adalides de la contienda. Sus buenos deseos no dieron ningún resultado. La lucha continuaba cada día más agria. Los dos bandos se hacían toda la guerra posible. Constantino entonces pensó que la reu nión de un concilio general podría poner fin a este mal.

En junio del año 325 se reunió el Concilio bajo los aus picios del emperador, en la ciudad de Nicea, cerca de la capital. Todo había sido arreglado con gran pompa para que el acto fuese imponente. Los coches y caballos de la casa imperial fueron puestos a disposición de los obispos, que llegaban de todas partes y especialmente de Oriente. Del Occidente sólo Avinieron en muy limitado número. En la asamblea to maron asiento trescientos dieciocho obispos. Varios de ellos eran ancianos venerables que habían sufrido bajo la persecución de Diocleciano. Al entrar Constantino en la sala de sesiones, todos se pusieron en pie, pero él no tomó asiento hasta que los obispos le hicieron indicación en este sentido, para dar a entender que no pretendía ocupar oficialmente un lugar en la asamblea. Arrio estaba presente para defender sus ideas. Entre sus opositores se hallaba el más tarde célebre Atanasio, “pequeño de estatura —dice Gregorio Nacianceno— pero su rostro radiante de inteligencia, como el rostro de un ángel”. Ni Arrio, que era presbítero ni Atanasio que era diácono estaban allí como miembros del Concilio, pero a ambos se les concedió la palabra, sin voto. Los debates duraron dos meses perdiendo terreno cada día el arrianismo. Eusebio de Cesárea, “el padre de la Historia Eclesiástica”, con un grupo pequeño formaban el partido moderado, que junto con Constantino procuraba la reconciliación. El arrianismo fue finalmente condenado, y el siguiente credo subs cripto por casi la totalidad: “Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles; y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, unigénito del Padre, de la esencia del Padre, Dios de Dios y Luz de Luz, verdadero Dios de verdadero Dios; engendrado, no creado, de una misma sustancia que el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas que están en los cielos y en la tierra; quien por nosotros los hombres, y para nuestra salvación descendió de los cielos, se encarnó, se hizo hombre, sufrió, resucitó al tercer día, ascendió a los cielos, y vendrá otra vez a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu Santo”.

Después de mucha discusión y con gran aclamación, se resolvió añadir al credo la siguiente cláusula disciplinaria, como más enérgica condenación del arrianismo: “A los que dicen que hubo un tiempo cuando El no existió, y que no era antes de ser engendrado, y que fue hecho de la nada, o que el Hijo de Dios es creado, que es mutable o sujeto a cambio, la iglesia católica los anatematiza”.

Sólo cinco obispos se negaron a firmar este credo, pero después tres de ellos consintieron, quedando sólo dos bajo el anatema.

A pesar de que la espada se unía a las fuerzas religiosas para combatir la herejía, Arrio y los suyos no se dieron por vencidos, y continuaron la propaganda sin tregua. Pasado el brillo deslumbrador de Nicea, y al encontrarse de nuevo en sus casas, muchos volvieron al arrianismo. El mismo emperador, si no inclinado a la doctrina de Arrio, parece que se interesó en su persona, o por lo menos se le ve ceder a la influencia de los que trabajan por levantar la excomunión que pesaba sobre el jefe de la herejía. Se dice que Constancia, una de las favoritas del monarca, influida por un presbítero arriano, pidió a Constantino que Arrio fuese rehabilitado y, obtuvo una promesa en sentido afirmativo. Constantino entonces encargó a Eusebio que diese los pasos necesarios para que Arrio volviese a ocupar el presbiterio que había desempeñado en Alejandría.

Pero las órdenes del emperador hallaron una tenaz resistencia. En Alejandría actuaba de obispo Atanasio, quien había sucedido a Alejandro. Resuelto a oponerse al arrianismo, a todo trance, rehusó conceder la restauración de Arrio. Aquí em pieza para el campeón de la ortodoxia una larga serie de pruebas, y los cristianos sinceros se dan cuenta de que el poder civil no presta su apoyo a la iglesia sin pretender gobernarla a su antojo. Los arríanos acusan a Atanasio de numerosos y diversos delitos que no pueden probar. Tuvo que comparecer ante un sínodo, y como él sabía que el sínodo estaba resuelto a condenarlo, huyó a Constantinopla. “Atanasio contra el mundo y el mundo contra Atanasio”, empezó a ser un proverbio entre los cristianos. Un sínodo reunido en Jerusalén declaró ortodoxas las doctrinas de Arrio, y éste se presentó en Alejandría, pero los demás presbíteros, fieles a su obispo ausente y depuesto, se negaron a admitirlo en el seno de la comunidad.

Constantino no podía tolerar que su autoridad fuese des conocida, y resolvió que Arrio fuese readmitido en la iglesia en la misma capital. Preparó una gran ceremonia con este objeto. El día cuando debía efectuarse el acto de la rehabilitación, las calles de Constantinopla estaban llenas de una multitud que esperaba verle pasar y aclamarlo, Arrio se dirigía a la iglesia acompañado de Eusebio y muchos de sus partidarios. De repente se siente indispuesto, y muere momentos después. Los arrianos gritaron que había sido envenenado, y los ortodoxos atribuyeron su muerte a un castigo divino. Esto ocurrió en el año 336.

El arrianismo continuó manteniendo dividida a la iglesia. Era sostenido por sus adeptos, y más tarde por el sucesor de Constantino.

Atanasio continuaba en la lucha sin desanimarse. Al ser repuesto, fue recibido en Alejandría con gran júbilo, pero sus numerosos e influyentes enemigos no cesaron hasta verle depuesto otra vez. Cinco veces fue desterrado. Cada vez que lograba volver al seno de los suyos era recibido con entusiasmo delirante. Sus últimos días fueron de paz, y los pasó en Ale jandría hasta que terminó su carrera en el año 373, cargado de años y de trabajos. “Alabar a él —dijo al pronunciar su panegírico Gregorio Nacianceno— es alabar a la virtud. Era un pilar de la iglesia. Su vida y conducta fueron la regla de los obispos, y su doctrina la regla de la fe ortodoxa.”

http://www.seminarioabierto.com/iglesia10.htm

¿Cual es el Significado del año 6000 en el Calendario Judío?

¿Cual es el Significado del año 6000 en el Calendario Judío?

Por Baruch S. Davidson

Pregunta:

Oí de un Rabí que el año 6.000 será el último año, el año en el que el Mashíaj arribará y anunciará la redención. Pienso que no sabemos cuando será el “último” año, ¿entonces por qué esta predicción?

Respuesta:

El Talmud nos dice que este mundo, como lo conocemos, durará seis mil años, con el séptimo milenio anunciando el Shabat cósmico, la Era Mesiánica. Seis días a la semana nosotros trabajamos, y en Shabat descansamos y disfrutamos los frutos de nuestra labor; lo mismo es verdad con respecto a los milenios.

Sin embargo, ciertamente es posible que el Mashíaj venga antes. Y creemos, esperamos y oramos cada día para que este sea el día en que venga el Mashíaj. Esto también es análogo al Shabat semanal, al cual tenemos la prerrogativa de introducir el viernes por la tarde temprano.

Es así, nosotros no sabemos exactamente cuando vendrá el Mashíaj, pero sabemos que será antes del año 6000. (Cuando fue escrita esta respuesta era el año 5768 [2007-8]).

Solo quisiera agregar que la anticipación del arribo del Mashíaj en cualquier momento ha crecido considerablemente en los últimos años a la luz del anuncio del Lubavitcher Rebe ¡de que el arribo del Mashíaj es muy, muy inminente!

http://www.es.chabad.org/library/article_cdo/aid/1184221/jewish/Cual-es-el-Significado-del-ao-6000-en-el-Calendario-Judo.htm

Juan C. Varetto – La Marcha Del Cristianismo

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La Virgen Maria

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La Vida en La Iglesia Primitiva y El Libro de Hechos

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Los errores del Catolicismo Romano

Los errores del Catolicismo Romano (1)

Lo que se cree dentro de la iglesia católica, apostólica y romana no siempre es admirable. Cualquiera pudiera comparar las doctrinas protestantes y católicas y suponer que existen muchas coincidencias, argumentando que es más lo que nos une que lo que nos separa. Ese argumento podría ser usado por analogía entre Jesucristo y Lucifer: tienen muchas coincidencias, entonces es más lo que los une que lo que los separa.

La tentación de Cristo, de Ary Scheffer (1854) - Jesús es tentado por el diablo en el desiertoEn efecto, Lucifer es llamado ángel de luz, estrella de la mañana. Jesucristo también es llamado estrella de la mañana. Lucifer era perfecto, Jesucristo también lo era –sólo que continúa siéndolo. Lucifer es príncipe de este mundo, Jesucristo es Rey de reyes. Lucifer es un espíritu, Jesucristo también lo es, en la medida en que Dios es espíritu. Lucifer busca que le adoren, Jesucristo dijo que el Padre también busca que le adoren (y Jesucristo y el Padre son uno solo). Jesucristo premia y castiga a los que son suyos, Lucifer hace algo parecido. Solamente que Jesucristo dijo en una ocasión en que el diablo andaba por ahí, acercándosele, que él (Satanás) nada tiene en mí, que él es padre de mentira, que ha sido asesino desde el principio.

Este ejercicio mental bastaría para demostrar que las coincidencias no unen, pues basta una diferencia en la esencia para que se manifieste la división y separación definitiva. Asimismo, la comparación entre las doctrinas protestantes (ajustadas a la Biblia) y las doctrinas católico-romanas (a la luz de las Escrituras) no basta para argumentar que es más lo que nos une que lo que nos separa, pues son excluyentes en su esencia. Veamos algunos ejemplos ilustrativos:

1. En cuanto a la salvación.

Existe un decreto (816) derivado del Concilio Vaticano II que dice: “Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios de salvación”.

Se añade más adelante que no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella (846). En la Iglesia es en donde está depositada ´la plenitud total de los medios de salvación´(824).

• La Biblia dice

“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”La Biblia
(Romanos 6:23) “Y en ningún otro hay salvación (excepto en Jesucristo); porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”(Hechos 4:12). “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”(Juan 3:16). “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”(Juan 5:24). “El que cree en mí, tiene vida eterna”(Juan 6:47).

JesusVemos claramente que Jesucristo no requirió jamás del uso o de la mediación de alguna iglesia para dar su salvación. Vemos al ladrón en la cruz, al lado de Jesús, que alcanzó la salvación sólo con creerle a Él, por eso le fue dicho: hoy estarás conmigo en el paraíso. “De éste (Jesús) dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43). Y todo porque la Biblia señala que la redención o salvación se encuentra en Cristo, nunca en alguna iglesia, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24).

Esta reflexión nos lleva a una primera conclusión: que si la salvación se diera a través de la iglesia católica –como dicen sus credos, catecismos y sínodos- entonces Dios mintió en su Palabra, pues solamente se lee y se anexa que creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos (Hechos 15:11).

La Biblia amigablemente nos exhorta a través de un texto a que dejemos la tradición de los hombres: Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres (Marcos 7). De manera que la tradición no supera nunca el mandato de Dios y su mandato es claro en la Escritura. Esos textos lo demuestran, muchos más lo corroboran, que la iglesia no salva ni es mediadora, simplemente la gracia de Dios a través de la fe que nos es dada en Jesucristo.

2. María corredentora e intercesora

Además de haberse inventado la historia de María ascendida a los cielos le dan a ella un rol protagónico en la redención. María es llamada corredentora al igual que intercesora, de allí el común rezo ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Por eso el catecismo dice que María no abandonó su misión salvadora, por el hecho de haber ascendido a los cielos, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna (969). En el numeral 494 del catecismo se nos dice que por la obediencia de María ella fue su propia causa de salvación al mismo tiempo que la de todo el género humano. Asimismo, en el numeral 969 se dictamina que la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.

• La Biblia dice: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”(Hechos 4:12); “Jesús le dijo: ”Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14); “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo” (Juan 10); “Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve” (Isaías 43:11); “Mas yo soy Jehová tu Dios… no conocerás, pues, otro dios fuera de mí, ni otro salvador sino a mí” (Oseas 13); “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11); “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (2 Pedro 3:18).

La gran pregunta surge, si María tiene un papel protagónico en nuestra salvación, ¿por qué Dios mismo no lo declaró en Su Palabra? Ni un solo texto de la Escritura es invertido ni siquiera en sugerir que María tiene algún rol especial en el camino de la salvación; jamás se menciona ni se sugiere que ella es corredentora, abogada, auxiliadora, intercesora, ni mucho menos reina del cielo. Lo que sí dice la Biblia es que los pueblos se han ido detrás de sus ídolos y hacen tortas a la que ellos llaman la reina del cielo. Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos, para provocarme a ira (Jeremías 7: 18). Indudablemente Jesús es el Salvador, no María.

La Biblia es muy clara en su mandato, nos envía a Jesucristo como abogado nuestro, no a María: “… si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”(1 Juan 2). De igual forma señala que Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones (Salmo 46), no dice nunca que María es nuestro auxilio. “He aquí, Dios es el que me ayuda”, continúa diciendo la Escritura en Salmo 54:4. Pero hay más textos: “De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 13); “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2). “Por lo cual (Cristo) puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25); “Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:34).

De manera que estas reflexiones nos llevan a otra conclusión, que si María es intercesora, auxiliadora, abogada y reina del cielo, entonces la Biblia entera está equivocada y ella miente al decirnos que Dios se enoja por la reina del cielo, ídolo hecho por el que se decía su pueblo; la Biblia nos miente cuando señala que Jesucristo intercede por nosotros, y agrega que él es nuestro abogado. Nos miente cuando dice que hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, y no nos dice que hay otro mediador sino uno solo. Pero como los creyentes en Cristo aceptamos que la Biblia es la Palabra de Dios revelada, y que Dios no miente, pues no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta, entonces alguien más miente. Tal vez son los que tienen intereses en hacer creer mentiras frente a la única verdad, intereses económicos, intereses perversos en procurar desviar del debido camino a miles y millones de personas que pueden estar sinceramente equivocadas, pero equivocadas al fin. No podemos alegar en nuestra defensa nuestra ignorancia, porque Jesús mismo nos dijo que examináramos las Escrituras, pues en ellas suponemos que está la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de Jesucristo.

El que yo tenga un mapa con datos equivocados no me será excusa para que me hagan llegar a destino a la fuerza. El que yo sea sincero en la lectura de ese mapa con datos equivocados no hace que yo llegue al destino deseado. Simplemente llegaré al destino equivocado. Si usted sinceramente atraviesa un semáforo en rojo, creyendo que podía hacerlo porque eso fue lo que le dijeron, y produce un accidente, se queda sinceramente accidentado. Allí no vale la sinceridad, ni el afecto, ni la voluntad, ni el querer. Lo que vale es el conjunto de buenas señales, lo que se llama la buena doctrina. Todo está en la Biblia, y es fácil acercarse a ella.

Si el catolicismo se ha propuesto quitarle a Jesucristo lo que la Biblia le atribuye en cuanto a que El es el único mediador, auxilio, intercesor y abogado, para dárselo a la que desde el Antiguo Testamento llamaban la Reina del Cielo, y que ahora sutilmente llaman María para suavizar el impacto al contrariar las Escrituras, duro error es ese al enseñárselo al pueblo que se acerca sinceramente a buscar orientación de quienes se suponen que conocen las Escrituras. Pero la responsabilidad es individual, una vez más: a cada quien se le manda a que busque el conocimiento de la Biblia para que vea y constate si Dios tiene algo que decirle.

Recordemos siempre que la Biblia es precisa en sus enseñanzas, y no podemos confiar una salvación tan grande en manos de personas que parecen ser inescrupulosas con las almas cautivas. Por eso, el llamado es para cada uno por separado, para que vayan a las Escrituras e indaguen acerca de esa salvación por gracia –no por obras- para que ninguno se glorie, pues de otra manera la gracia ya no sería gracia.

No hay escape. Cada quien debe asumir la responsabilidad de investigar en las mismas Escrituras acerca de la verdad que ella anuncia. ”Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces” (Jeremías 33); ”Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Salmo 50:15); ”Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” (Salmo 145:18).

«Puede la Virgen Maria interceder por ti?

Me recuerdo que cuando yo era pequeño, rezaba con mi Abuela en las noches, el Rosario.

Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.[ Catecismo de la Iglesia Católica]

Maria es NUNCA mencionada en la Biblia como Abogada Auxiliadora o Mediadora

Lea lo que dice la Biblia en 1 Juan 2:1

Hijitos mios, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiera pecado, ABOGADO tenemos para con el Padre a Jesucristo el justo.

1 Timoteo 2:5

Porque hay un solo Dios, y un solo MEDIADOR entre Dios y los Hombres, Jesucristo hombre.

Hebreos 9:15
Así que, por eso Cristo es MEDIADOR de un nuevo pacto

Romanos 8:34

Cristo es el que murió, mas aun, el que también resucito, el que además esta a la diestra de Dios, el que también INTERCEDE por nosotros.

La Biblia también nos enseña.

Clama a mi y yo te responderé y te ensenare cosas grandes y ocultas que tu no conoces. Jeremías 33:3

Cuando estés en problemas clama a Dios y no a la virgen Maria.

Salmo 86:6 ; 7

Escucha, oh Jehová, mi oración, en el dia de mi angustia, te llamare porque tu me respondes.

Filipenses 4:6

Por nada estéis afanosos, sino que sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.

Te das cuenta que la Iglesia Católica quiere mantenerte ciego a la verdad, Maria no puede ayudarte pero Dios si puede.

Mateo 11:28

Venid a mi todos los que están trabajados y cargados y yo os daré descanso.

Es la Virgen Maria la Salvadora?

Hechos 4:12

Y en ningún otro hay salvación; por que no hay otro nombre bajo el cielo; dado a los hombres; en que podamos ser salvos.

La Biblia aquí revela que Jesús es el único que puede salvarnos de nuestros pecados.

La Iglesia Católica enseña que cuando Maria subió a los cielos, no abandono su misión salvadora, sino que continua procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna. [ Catecismo de la Iglesia Católica]

Esta enseñanza contradice a la de la Biblia. Maria no tubo ni tiene nada que ver con la salvación, porque Jesús dijo en Juan 14:6

Yo soy el camino, la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mi.

Jesús dijo en Juan 10:9

Yo soy la puerta, el que por mi entrare, sera salvo.

Entonces sabiendo esto, a quien le vas a creer? A la Biblia o a las falsas enseñanzas de la Iglesia Católica.

Aquí hay mas versículos de la Biblia.

Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es Cristo el Señor. Lucas 2:11

Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al hijo, el salvador del Mundo. 1 Juan 4:14» (2)

3.Las imágenes.

Las imágenes constituyen otro punto divergente entre la doctrina protestante aferrada a la Biblia y la doctrina Católico-romana, según las Escrituras. Uno de los 10 mandamientos exige no hacerse imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. Pero continúa diciendo el texto que aparte de no hacerlas no debemos inclinarnos ante ellas, ni honrarlas. Parte de este mandamiento ha sido mutilado por Roma y no aparece en las últimas traducciones de la Biblia que ellos autorizan para sus fieles (véase Éxodo 20:4-5).

El mandamiento está dado por partes; una primera parte nos dice que no debemos hacer imágenes. Pero si se diera el caso de que nosotros no las hacemos y otros las hacen, el mandamiento continúa exhortando: no te inclinarás a ellas. Pero si se diera el caso de que otros las hacen, otros se inclinan, el mandamiento nos sigue exhortando a no honrarlas. Y este es el punto donde los romanistas tratan de ser sutiles en el lenguaje esgrimido para justificar su honra a las imágenes. Ellos hablan de veneración frente a adoración. Dicen que ellos no adoran a las imágenes sino que tan solo veneran lo que ellas representan. Y argumentan con diccionarios de la lengua para decirnos que venerar es honrar y no adorar. Bueno, el mandamiento es completo: no te inclinarás a ellas ni las honrarás.

La Vulgata Latina, la traducción de Jerónimo, que tanto se ha usado en el Vaticano y en sus seminarios, lo dice textualmente:

non facies tibi sculptile neque omnem similitudinem quae est in caelo desuper et quae in terra deorsum nec eorum quae sunt in aquis sub terra
non adorabis ea neque coles…

De manera que no tienen excusa, pues su misma biblia autorizada en el Vaticano y de cuya traducción al latín desde los textos originales tanto se ufanan, lo dice claramente. Demasiado tarde para borrar ese texto en el original de ellos. Podrán no copiarlo completo en las nuevas ediciones de la biblia, pero sigue permaneciendo allí, en cualquier biblioteca pública y aún dentro del mismo Vaticano. La Biblia dice: El cielo y la tierra pasarán, pero mi palabra no pasará. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.

Forzosamente concluimos que lo escrito en la Biblia no puede ser modificado, destruido, mutilado, cambiado, por mandato humano o por mandato sobrehumano. Simplemente se cumplirá a cabalidad. Y todos los textos acá mencionados continúan vigentes, aunque no aparezcan en los mapas guías de mucha gente, a quienes por voluntad humana se les ha negado el acceso a dicho conocimiento. Pero toda la Escritura se complementa, y si la escudriñan, aunque mutilada, ella misma llevará a la verdad a quienes en ella buscan.

Por eso decíamos al principio, que no bastan las coincidencias para la unificación. Jesucristo vino a destruir las obras del diablo, y el diablo vino a destruir las obras de Cristo; Dios trabaja a través de la verdad, el diablo a través de la mentira; Dios usa a la gente para su propósito y gloria, Satanás hace lo mismo para su propia gloria. Dios es llamado Padre, Satanás también es llamado padre de mentira. Y la gran diferencia esencial es que las palabras de Dios son vida, mientras que las palabras de Satanás traen muerte. No en vano hay un adagio popular que dice: El diablo ofrece mucho, da poco y quita todo.

Entonces, ¿a quién iremos? ¿A María, a las imágenes, o a la Palabra revelada? Una salvación tan grande no podemos descuidarla, ni mucho menos dejarla en manos de intereses caprichosos y torcidos. Si creemos que la Biblia es la palabra revelada a los hombres, si creemos que Dios habla a través de ella, entonces vale la pena indagar más y procurar conocerla más. Ese fue el propósito de Martín Lutero en la famosa Reforma Protestante. Ese esfuerzo continúa aún. Hay un texto final para recordar, y se encuentra en Santiago 2:19: Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.

Según ese texto los demonios nos llevan ventaja: creen y tiemblan. Parece ser que ellos saben que la palabra del Altísimo es firme y eficaz, por eso no sólo la creen, sino que tiemblan ante ella. No obstante, para ellos no hay redención, pues son espíritus engañadores, y su creer y temblor de nada les sirve. Nos sirve a nosotros como referencia, para saber que aún las potestades espirituales saben de la certeza de la Palabra de Dios. Y para ellos no hay opción de salvación alguna, antes son obedientes al padre de la mentira, y engañan a la humanidad, incluso con las imágenes. Pablo en una carta a los Corintios lo explica claramente, para que no nos dejemos engañar: ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que las gentes sacrifican, a los demonios sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10: 19-21).

De manera que parece muy grave, dentro del plan soberano de Dios, el acercarse a los ídolos, no porque sean algo en sí mismos – aunque se crea que eso ayudaría a recordar el objeto de adoración o veneración – sino porque detrás de cada ídolo, de cada imagen, hay un demonio –un espíritu engañador- y a Dios eso le molesta y no nos lo permite, en la medida en que pretendamos participar de la comunión con Jesucristo. Son puntos esenciales excluyentes, no coincidentes. Esto separa al máximo, y aparece de nuevo el mandato de Cristo diciéndonos: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí.

Estos sencillos elementos separadores hacen que resulte imposible, por esencia, el ecumenismo propuesto entre evangélicos y católicos. Hay quienes pretenden recorrer ese duro camino; ese es un problema para ellos. Pero hay miles de ovejas que escuchan la voz del buen Pastor y no se dejan engañar. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen (Jesucristo).

«Las Imágenes son de Dios?

Busque el libro de Éxodo capitulo 20 versículo 4 al principio de la Biblia que dice.

No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esta arriba en el cielo ni abajo en la tierra, ni en las aguas de la tierra.

La palabra de Dios ensena que es un pecado inclinarse a estatuas y prohíbe que las personas se arrodillen ante imágenes, algo que es hecho en la Iglesia Católica bien a menudo. La Iglesia Católica promueve esto que hasta incluso ha sacado este Mandato de los Diez Mandamientos.

Deuteronomio 16:22

Ni te levantaras estatua, lo cual aborrece Jehová tu Dios.

Efesios 5:5

Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idolatría tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.

Salmos 135:15-18

Los ídolos de las naciones son Plata y Oro, obra de manos de hombres. Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no pueden ver, tienen orejas y no oyen, tampoco hay aliento en sus bocas. Semejantes a ellos son los que los hacen y todos los que en ellos confían.

Éxodo 20:5

No te inclinaras a ellos, ni los honraras porque yo soy Jehová tu Dios fuerte y celoso.La Resurrección de Lázaro

Después que hayas leído todo esto, te lo dejo a ti, que decidas a quien le crees, a la Biblia o las falsas enseñanzas de la Iglesia Católica. Al fin es tu propia alma la que esta en peligro de perderse para siempre, y recuerda que nadie nos puede prometer el mañana, no dejes para mañana, lo que puedes hacer hoy, el mañana puede ser muy tarde.»

El purgatorio existe o no?

Busque el libro en la Biblia que dice Romanos, capitulo 6 versículo 23

Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

La Biblia NUNCA menciona tal lugar en las escrituras, tampoco habla que tenemos que ser purificados de nuestros pecados para ir al cielo. Esta es una de las grandes mentiras porque muchas personas ponen su confianza en que cuando mueren tienen una segunda oportunidad en el purgatorio, cuando la Biblia es bien clara cuando dice.

Romanos 5:9

Pues mucho mas, estando ya justificados en su sangre, por el seremos salvos de la ira.

Romanos 3:24

Siendo justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención que es en Cristo Jesús.

El que cree en la Biblia no necesita sufrir para alcanzar la salvación, porque hemos sido comprados ha precio ya pagado.

Busque el libro que dice primera carta a los corintios, capitulo 6 versículo 20

Por que habéis sido comprados por precio, glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

Romanos 8:1

Entonces no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús. » (3)

Fuente:

http://destino.blogcindario.com/2008/01/00017-errores-catolico-romanos.html

2 http://ciudadderefugio.wordpress.com/2008/01/28/la-iglesia-catolica-y-sus-mentiras/

3 Ibíd

Años 200-300

Años 200-300

Sencilla organización de las iglesias. — El culto cristiano. — Costumbres de los cristianos. — Los mártires de Cartago. — Orígenes. — Más per secuciones. — Cipriano. — Los novacianos. — Las catacumbas.

Sencilla organización de las iglesias.

El cristianismo entra ya en el tercer siglo de su existencia. En las dos centurias anteriores ha podido demostrar que el evangelio es el poder de Dios para dar salvación a iodo aquel que cree. El heroísmo de sus mártires; el fervor común a todos sus adeptos; los argumentos irrefutables de sus apologistas; y sobre todo, la vida santa de los cristianos, han producido en el mundo una impresión que todos los siglos y todas las persecuciones no podrán borrar. El paganismo se siente amenazado, y su fla queza se hace cada vez más manifiesta ante el empuje triunfal del evangelio. La lucha durará siglos, sin embargo, y los discípulos del crucificado continuarán dando testimonio de su fe y declarando al mundo “que Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”.

En el primer siglo, y también en el segundo, las iglesias eran pequeñas repúblicas. No existía en ellas un sacerdocio como en el templo, sino una verdadera democracia semejante a la que regía las sinagogas. Los obispos y diáconos eran elegidos por el voto de los que componían las iglesias. Para reemplazar a Judas, se convocó a todos los hermanos, y se pidió el consentimiento general. Cuando se eligieron los siete diáconos en Jerusalén, toda la asamblea tomó parte en ese acto. Para designar los ancianos se acudía al voto de los hermanos, y no hallamos ningún asunto que sea resuelto por autoridad de arriba, sino mediante la participación de los directamente interesados. Los cargos de pastor y diácono no revestían ningún carácter clerical. “Nacidos de las necesidades, a medida que éstas se manifiestan —dice Pressensé— estos cargos tienen un carácter representativo, son ministerios para servir y no un sacerdocio para dominar”. En las iglesias había profetas que predicaban y doctores que enseñaban, pero todos los miembros tenían libertad de hacer uso de la palabra cuando se sentían impulsados a dar algún mensaje espiritual.

La igualdad de pastores era absoluta. Los términos del obispo y presbítero o anciano se daban a la misma persona y designaban el mismo cargo. (Hechos 20: 17 y 28). Había varios obispos en una sola iglesia o congregación (Fil. 1: 1) y no un obispo para vigilar muchas iglesias. La idea de obispos con jurisdicción en una provincia o país les era del todo desconocida.

Pero ya en el segundo siglo hallamos los gérmenes del episcopado, que aparece como cosa casi general en el tercero. Al lado del episcopado vemos crecer las ideas sacerdotales que producirían una lamentable degeneración del cristianismo. La doctrina de la justificación por la fe, “madre de todas las libertades y fundamento de la igualdad religiosa”, empezó a ser descuidada. El legalismo avanza y ya se nota en los escritores del segundo siglo que no entendían tan radicalmente como Pablo, la diferencia entre el viejo y el nuevo pacto. La confu sión de la ley y la gracia no podía menos que ser funesta en sus últimos resultados. La religión del Antiguo Testamento es ceremonial, y si entraba a formar parte del sistema cristiano quedaba abierta la puerta del ceremonialismo; es una religión de familia, por lo tanto su confusión con el Nuevo Testamento ayudaba al pedobautismo, que abría las puertas de las iglesias a las multitudes inconversas; es sacerdotal, de modo que los que la miraban como abolida solamente en parte, no podían sentirse sino predispuestos a dar al cristianismo el mismo ca rácter, matando así paulatinamente la doctrina evangélica del sacerdocio universal de los creyentes. Oigamos de nuevo a Pressensé: “El sacerdocio universal no se mantiene en toda su amplitud, en práctica como en teoría, sino cuando el sacrificio redentor de Cristo es aceptado sin reservas como el principio de la salvación universal. Él no es el único sacerdote de la iglesia si realmente no ha cumplido todo sobre la cruz, no dejando a sus discípulos sino el deber de asimilarse su sacrificio por la fe, para ser hechos sacerdotes y reyes en el y por él. Si todo no fue consumado en el Calvario; si la salvación del hombre no está cumplida, estamos nuevamente separados de Dios; no tenemos ya más libre acceso a su santuario y buscamos mediadores y sacerdotes que presenten la ofrenda en nuestro lugar. Cuando el cristianismo es mirado más bien como una nueva ley que como una soberana manifestación de la gracia divina, nos deja librados a nuestra impotencia, a nuestra indignidad, a nuestros interminables esfuerzos, a la necesidad de expiaciones parciales. No somos ya más reyes y sacerdotes, volvemos a caer bajo el yugo del temor servil. La jerarquía se aprovecha de todo lo que pierde la confianza filial en la infinita misericordia que hace inútiles todos los intermediarios de oficio entre el penitente y Dios”.

Si los cristianos hubieran permanecido siempre con la mirada totalmente fija en la cruz del Calvario, reconociendo que fue completa y perfecta la obra que en ella consumó el Cristo, no tendríamos que lamentar los males incalculables producidos por el sacerdotalismo y por las jerarquías eclesiásticas.

A principios del siglo tercero las iglesias ya habían abandonado, en parte, su forma primitiva de organización. Sin embargo seguían siendo ellas las que elegían a sus ancianos, aunque a uno de éstos le daban el título de obispo y le consideraban director de los demás ancianos. Pero toda iglesia pe queña o grande tenía aún su obispo, y éste era elegido no por elementos extraños a la congregación, sino por la congregación misma. La Constitución de las iglesias coptas dice: “Que el obispo sea nombrado después de haber sido elegido por todo el pueblo y hallado irreprochable”.

La distinción entre los pastores y los miembros empezó a ser más pronunciada. A los primeros se les llamóclérigos y a los segundos legos. Esta distinción no existía al principio. Es extraño que Tertuliano, el gran campeón de las reivindicaciones del pueblo cristiano, y fogoso opositor del clericalismo, haya sido el primer escritor que usó la palabra clero para designar a los que tenían cargos especiales en las iglesias, aunque no la usó con todo el sentido que tiene en estos tiempos.

Después del obispo y los ancianos, los diáconos ocupan el tercer lugar entre los siervos de las congregaciones. El oficio de diácono varió muy poco de lo que fue en las iglesias que figuran en el Nuevo Testamento. Su misión principal consistía en velar por las necesidades materiales de la iglesia, no sólo en los gastos que ocasionaban sus instituciones y obreros sino también en atender a las necesidades temporales de los miembros. Los ancianos, las viudas, los enfermos, y todos los her manos imposibilitados para el trabajo eran atendidos por la iglesia. Sin renunciar a la propiedad privada, cada cristiano vivía no para sí, sino para todos. Pertenecía a los diáconos el velar sobre estos asuntos, a fin de que los ancianos pudiesen dedicarse completamente a la oración y a la palabra. Los diáconos visitaban a los enfermos y administraban los asuntos temporales. Eran hombres caracterizados por su piedad y aptitudes para este oficio. En los cultos eran los que pasaban de mano en mano el pan y el vino de la comunión, y asistían a los hombres en el acto del bautismo. Ayudaban en la obra espiritual con sus consejos y amonestaciones. Se les tenía en gran estima. Cuando eran consagrados a este oficio, la iglesia oraba para que el espíritu de Esteban cayese sobre ellos, como el manto de Elías sobre Eliseo.

Otro cargo que llegó a ser de mucha importancia fue el de los anagnostai, o lectores, quienes estaban encargados de leer las Sagradas Escrituras al pueblo cristiano. Debemos recordar que los libros eran muy escasos y que muy pocos sabían leer, en comparación con los tiempos modernos. La existencia de este oficio demuestra que la lectura de la Biblia ocupaba un lugar prominente en el culto cristiano y enseñanza de los miembros de las iglesias. Se exigía para ocupar este puesto una conducta ejemplar y digna de la misión que iban a des empeñar.

Las diaconisas ya mencionadas en el Nuevo Testamento (Rom. 16:1) eran numerosas en los siglos segundo y tercero. Su misión era para con las personas de su sexo la misma que la de los diáconos: visitar las enfermas, enseñar a las recién convertidas y velar sobre su conducta. Es así como el cristia nismo elevó a la mujer dándole una misión importante que cumplir en la vida. Se requería para ser diaconisa tener sabiduría y buena reputación entre los de afuera.

Al lado de las diaconisas estaban las ancianas, que en muy poco diferían, salvo en que la misión de estas últimas era más bien de carácter espiritual, mientras que la de las primeras era sobre cosas temporales especialmente.

En la mesa de la comunión los fieles depositaban sus donativos según el Señor los había prosperado. Estos fondos los administraba la iglesia por medio de sus diáconos. Tertu liano decía: “Cada uno como puede. Estas ofrendas libres de la piedad no se gastan en festines, sino que se consagran para alimentar a los pobres, los huérfanos, los esclavos viejos; para socorrer a los náufragos, a los desterrados en las minas y en las islas lejanas”. Indudablemente que muchos de los pas tores eran sostenidos por las contribuciones de los miembros, pero no era costumbre fija ni general. La mayor parte de ellos seguían ocupándose en sus oficios y ganando así el sus tento para sí y sus familias a la vez que servían gratuitamente a las iglesias. La idea de que el ministerio cristiano es incompatible con el desempeño de un oficio secular no existía entonces. Los que dejaban su trabajo y aceptaban ser sostenidos totalmente o en parte por las iglesias, lo hacían con el único fin de estar más libres para ocuparse en la obra para la cual eran llamados.

El culto cristiano.

En el primer siglo, la cena del Señor era el centro del culto cristiano. Los fieles se reunían con el objeto de conmemorar, por medio del rompimiento del pan, la muerte expiatoria del Hijo de Dios.

La reunión era del todo fraternal. Los pastores que actua ban no asumían ningún carácter clerical ni sacerdotal, sino que se tenían a sí mismos como encargados por el Espíritu Santo para exhortar y enseñar la doctrina de Jesucristo. Todos tomaban libremente parte en el culto, ya dirigiendo la palabra, ya orando, ya indicando algún salmo o himno para ser ento nado por todos. El que presidía el culto no lo monopolizaba, sino que estaba ahí para cuidar del buen orden del mismo.

En los siglos segundo y tercero el culto conserva aún este carácter, aunque ya se siente amenazado por el clericalismo de algunos obispos y por el espíritu ceremonial.

La cena no era un sacrificio. Los cristianos no habían olvidado el carácter conmemorativo de esta ordenanza. No se creía en lo que se llama la presencia real en los elementos componentes. El pan era un emblema del cuerpo de Cristo y el vino lo era de su sangre. Ambas especies eran tomadas por todos indistintamente, pues no había diferencia entre los hermanos.

La lectura de las Escrituras era una parte importante del culto. Como no existía la división de capítulos y versículos, a menudo se leían libros enteros en una sola reunión, mayor mente si se trataba de una Epístola. El Antiguo Testamento era recibido como divinamente inspirado. No existía lo que hoy llamamos” Canon del Nuevo Testamento. Cada libro era una obra completa en sí. Se aceptaban por su contenido y no por autoridad externa; así vemos que el Pastor de Hermas y la Epístola de Bernabé eran leídos en las asambleas.

Después de la lectura seguía la predicación, la cual era un desarrollo o explicación práctica de la porción leída, al estilo de la que se hacía en las sinagogas judías. En los tiempos de persecución la predicación se empleaba para dar ánimo a los hermanos a fin de que en la hora de la prueba se hallasen fuertes. En épocas señaladas el discurso tenía por objeto re cordar los sufrimientos y valor de los mártires y confesores. Entonces se exhortaba a imitar las virtudes de los que habían sido fieles hasta la muerte.

La controversia no les era desconocida. Se llamaban ser mones apologéticos aquellos que tenían por objeto enseñar a los catecúmenos las verdades de la fe que iban a profesar públicamente y que con tanta frecuencia tendrían que defender ante los ataques del paganismo. Esta clase de discursos nunca entraba en el culto propiamente dicho.

El canto era también una parte importante del culto. Se cantaban Salmos, es decir, los del Antiguo Testamento, e him nos compuestos por los cristianos y que hacían referencia más directa a las verdades de la gracia del Nuevo Pacto. Los instrumentos musicales eran desconocidos en las reuniones de las iglesias durante los primeros siglos. El canto era del todo sencillo, tanto en la música como en la letra. Reproducimos aquí, en toda su simplicidad y grandeza, dos cánticos que remontan a la época que nos ocupamos y que son citados por Busen. Se cree que son los más antiguos que se conservan:

HIMNO DE LA MAÑANA

Gloria a Dios en las alturas,

T en la tierra paz,

Buena voluntad para con los hombres.

Te alabamos,

Te alabamos,

Te damos gracias

Porque grande es tu gloria.

[Oh, Señor, nuestro rey celestial!

Dios, Padre todopoderoso,

Señor Dios.

Cordero de Dios,

Hijo del Padre,

Que quitas los pecados del mundo.

¡Ten piedad de nosotros!

I Escucha nuestra oración!

[Tú que estás sentado a la diestra del Padre!

Porque sólo tú eres santo,

Único Señor,

¡Oh Jesucristo!

(A la gloria de Dios el Padre!

Amén.

HIMNO DE LA NOCHE

Hijos, cantad al Señor,

Cantad al nombre del Señor.

Te alabamos, te celebramos, te bendecimos

Porque grande es tu gloria

¡Oh Señor, rey nuestro, Padre del Cristo!

Cordero sin defecto que quitas los pecados del mundo,

Eres digno de alabanza,

Eres digno de ser aclamado,

Eres digno de gloria, Dios y Padre.

Por tu Hijo en el Espíritu Santo.

Por los siglos de los siglos.

Amén.

La oración era una de las partes esenciales del culto. Los cristianos se reunían no tanto para oír hablar de Dios, como para hablar con Dios. El lenguaje de la oración era austero evitándose toda retórica innecesaria. Las oraciones estaban llenas del lenguaje de las Escrituras, especialmente de los Salmos y Profetas. Las oraciones no eran largas, evitándose toda vana repetición. La oración pertenecía a toda la asamblea y era dirigida en una lengua inteligible.

Estas eran las características del culto primitivo, según resulta de los escritos de los autores de aquella época. En todo prevalecía la simplicidad. Dios era adorado en espíritu y en verdad, sin los ritos, ceremonias, y pompas que caracterizaban al culto pagano.

En todo culto, antes de distribuirse el pan y el vino de la comunión, todos se daban el beso de paz; los hombres a los hombres y las mujeres a las mujeres. Basta recordar esta cos tumbre piadosa para formarse una idea del amor que unía a todos los que eran hermanos en Jesucristo.

Costumbres de los cristianos.

Nada impresionaba tanto al mundo como la vida santa y costumbres limpias que caracterizaban a los cristianos. Sabemos que la sociedad pagana había llenado la copa de sus abominaciones. Los edictos de algunos emperadores que quisieron detener el avance de la corrupción, no dieron resultado, ni tampoco tuvieron éxito los filósofos que querían hacerlo por medio de la ética. Lo que necesitaba el mundo no era una moral escrita sobre pergaminos, sino un poder capaz de matar las malas pasiones, y crear aspiraciones nobles y obras saludables. Los cristianos poseían ese poder en el evangelio. Cristo vivía en ellos, y el Espíritu que les guiaba les permitía andar en una pureza que los paganos nunca llegaron ni a imaginar. Una de las cosas que el cristianismo hizo en aquellos días fue la de elevar el carácter y dignidad de la mujer. Entre los paganos la mujer era sólo un mueble bello. Entre los cristianos se sienta al lado del hombre en las asambleas, participa del mismo pan en la comunión, toma parte activa en la obra de la iglesia, y cuando llega la hora del martirio, desciende a la arena con tanto heroísmo como el hombre, o aun mayor.

el matrimonio. Cuando una mujer se convertía, siendo ya casada, y su marido quedaba alejado de la fe, se enseñaba a la esposa cristiana a permanecer fiel a su esposo y a procurar ganarlo por medio de una conducta sana, que siempre tiene más influencia que los argumentos. Pero tratándose de mujeres no casadas, se les enseñaba que no debían contraer enlace con los inconversos. A veces llegaban hasta a excluir del seno de las iglesias a las que faltaban en este punto. Tertuliano era muy radical en contra de los matrimonios mixtos, y escribió combatiendo tales uniones, que eran muy raras en aquel entonces, cuando la sima que separaba al mundo de las iglesias era aun más profunda que en estos días. Muestra Tertuliano las dificultades a que se exponía la virgen que se casaba con un pagano. No podrá dejar el techo conyugal para reunirse con sus hermanos; tendrá que oír las canciones y palabras profanas de su marido inconverso; tendrá que preparar banquetes de un estilo repugnante a los que conocen al Señor; para agradar a su marido tendrá que aparecer vestida como no es lícito a santos, y muchas otras cosas más. Es vender el alma al consentir el casamiento.

Pero la unión de dos seres que aman al mismo Señor es tenida por honrosa. Aunque no había lo que hoy llamamos matrimonio religioso, toda la iglesia tomaba parte en la celebración de la boda. No que fuese un sacramento ni una ocasión para exhibir lujo, sino un momento solemne en el que se debía implorar la bendición de Dios sobre los desposados.

el padre. El padre y esposo cristiano era el jefe pero no el déspota y tirano de la casa. Usaba de toda consideración para con los suyos, y todos sus actos tenían que estar reglamentados por el amor. Leónidas, el padre de Orígenes, ha pasado a la historia como un buen ejemplo de padre cristiano. A él debe su ilustre hijo todo lo que fue. El mismo cuidaba de la educación de su hijo. Todos los días le leía las Sagradas Escrituras y le hacía aprender de memoria un trozo de ellas. Después de la lectura hablaban un rato sobre lo que habían leído, para buscar compenetrarse del sentido y robustecer la mente y el corazón con este conocimiento.

la madre. La madre cristiana era la verdadera gloria del cristianismo. Ella es la que hacía del hogar un verdadero san tuario. Su misión era todo lo que concernía al cuidado de la familia; tejía con sus manos la ropa con que se cubrían ella, su esposo y sus hijos; se adornaba con el manto precioso de la modestia; hacía de la casa el albergue del peregrino y de todo hermano que llegaba de otros puntos; recibía con tierna y santa sonrisa al esposo que llegaba al hogar después de largas horas de trabajo; y unidos en un doble amor, ofrecían juntos al Padre celestial el incienso de sus oraciones que hacían arder en el altar de sus corazones. La madre era la eficaz colabora dora en la tarea de criar los hijos. El Pastor de Hermas de muestra que se exigía a éstos una obediencia y disciplina ejemplares. A los cinco o seis años, los niños ya enseñados en los mandamientos del Señor estaban en condición de aspirar a ser reconocidos como catecúmenos y empezar a recibir en la iglesia una enseñanza que les prepararía para ingresar en. la milicia cristiana. De estos hogares, saturados con el perfume de la santidad evangélica, se levantarían los futuros testigos, mártires y apologistas.

el vestido. La modestia de los cristianos debía hacerse manifiesta aun el modo de vestir. Esto se aplicaba especial mente a la mujer, que siempre ha sido la más expuesta a la tentación del lujo. Las joyas estaban proscriptas de la vestidura femenina. Los trajes llamativos e indecorosos, comunes a las mujeres paganas, eran detestados. Las cristianas se vestían con suma sencillez. Esto no implicaba un desprecio a lo bello. Por lo contrario; Clemente favorece a los vestidos blancos, símbolos de la pureza y ataca el uso de los vestidos llamativos que cuadran más bien con las pompas de un espectáculo que con el testimo nio del cristiano.

la feugalidad. En aquellos días de orgías inmorales y excesos de intemperancia, los cristianos daban testimonio de la nueva vida renunciando a los banquetes y comidas exquisitas. No es porque fuese para ellos ilícito comer o dejar de comer tal o cual cosa, porque “el reino de Dios no es comida ni bebida”, sino porque tenían preocupaciones más serias que las referentes a estas cosas. Una comida modesta, con acción de gracias, valía más que los toros engordados que hacían el deleite de los glotones. No por esto la mesa cristiana carecía de sus horas de inocente alegría; alegría pura que nace del amor y no del exceso del vino. Los Ágapes, fiestas de amor, que acostum braban celebrar los cristianos, ya en familia ya en la congre gación, ofrecían momentos de solaz y expansión inocente a los hermanos, sin necesidad de entregarse a la glotonería y bebidas embriagantes. Eran comidas sencillas, como lo atestigua Plinio el Menor, en las que, entre cánticos y ósculos de paz, se manifestaba el amor puro que los vinculaba.

vida pública. San Pablo enseñó que el Estado era una institución divina. Esto no debe confundirse, como ha sido hecho por algunos, con el pretendido derecho divino de los monarcas. No quiere decir tampoco que el gobernante A., B. o C., o el rey Fulano I o Mengano II sea un ungido celestial. Lo que San Pablo quiso enseñar es que la sociedad debe vivir regida por autoridades que impidan a los malos ser perjudiciales a sus semejantes, que los que desempeñan estas funciones deben ser respetados, porque hacen una obra que Dios aprueba. Esta doctrina del apóstol demuestra que la vida civil es compatible con la profesión de cristiano. En los primeros siglos, y especialmente en tiempos de Diocleciano, había muchos cris tianos que ejercían funciones gubernativas.

La cuestión del servicio militar era ya otro problema que ofrecía más dificultades. Surgía entonces, como ha surgido muchas veces, y surge aún ahora, esta pregunta: ¿es lícito al cristiano seguir una carrera que le obliga a matar a su prójimo? Sabemos que los militares que se convertían, Cornelio, por ejemplo, no abandonaban su carrera para incorporarse a la iglesia, sino que eran recibidos en su seno a pesar de ser militares, pero es evidente que el militarismo era repugnante a los sentimientos pacíficos de los cristianos. La religión del prín cipe de la paz no podía ser favorable a la guerra. El que adoraba a Cristo no podía adorar a Marte. Justino Mártir decía: “Nosotros, que en otro tiempo estábamos llenos de pen samientos guerreros, de crímenes y maldades, hemos, en todo el mundo, transformado nuestras espadas en palas, y nuestras lanzas en instrumentos de agricultura”. Tertuliano se oponía enérgicamente al militarismo diciendo que las glorias y coronas del ejército eran ganadas produciendo el duelo de esposas y madres, y que el cristiano no podía servir de instrumento para hacer sufrir a los cautivos. En Egipto, las iglesias seguían esta regla: “Que el catecúmeno o el fiel, que quiera ser soldado, sea excluido”. Algunos cristianos, como Maximiliano, en Argelia, llegaron hasta el martirio antes que aceptar el servicio militar.

las diversiones. En la época de que nos ocupamos, las diversiones estaban divididas entre el teatro y el circo. El pri mero era una escuela de inmoralidad, y el segundo de crueldad. Los cristianos no podían pactar con estas cosas, y no sólo que se apartaban de ellas, sino que les declaraban una guerra a muerte. No eran enemigos del arte ni de lo bello, pero cuando estas cosas, buenas en sí, se empleaban como medios de corrupción, no vacilaban en rechazarlas.

El teatro, que en los buenos días de Grecia, había alcanzado a ser, hasta cierto punto, un elemento dé cultura estética y artística, no tenía nada de esto en Roma, donde las represen taciones eran obscenas, casi siempre sobre los amores de Júpiter o las voluptuosidades de Venus.

El circo, que existía en cada ciudad importante, era el gran atractivo de aquellos tiempos. El de Roma tenía asientos para decenas de miles de espectadores. Los gladiadores que se batían, eran a veces profesionales, pero la mayor parte eran infelices condenados a muerte, o cautivos traídos de las conquistas, o esclavos que eran llevados a morir luchando misera blemente en presencia de una multitud de espectadores sanguinarios. Marco Aurelio tuvo que prohibir la venta de esclavos destinados al circo, pero no consiguió prohibir que los propios dueños los llevasen a luchar con las fieras. Eran miles de infelices que morían en la arena para apagar la sed de sangre y de espectáculos que devoraba a los romanos. Del África traían leones que largaban hambrientos para despedazar a los que combatían en el circo.

Los cristianos rompían con este género de diversiones, y oponían a ellas el ejemplo de su perfecta mansedumbre

http://www.seminarioabierto.com/iglesia09.htm

Antropologia cristiana. Enfoque cristiano del ser humano

Enfoque cristiano del ser humano

autor:Paulo Arieu

Introducción:

Los cristianos por siglos han creído que los hombres son pecaminosos por naturaleza y propensos al pecado cuando surge la oportunidad, y en décadas recientes ellos han sido acusados de tener un punto de vista muy bajo de la naturaleza humana. La acusación es verdadera y falsa. Los cristianos a la verdad poseen un punto de vista bajo de la potencialidad de las personas que no conocen a Cristo, y la historia -inclusive la historia reciente- demuestra la veracidad de esa conclusión. Empero nadie posee un punto de vista más alto de los hombres que los cristianos para los que son redimidos. Ni aun aquellas religiones que ofrecen divinidad o semidivinidad a sus seguidores sostienen una esperanza tan alta para los hombres redimidos como el Nuevo Testamento. Ninguna religión enfatiza la tremenda potencialidad de la vida de este lado de la muerte como lo hace el cristianismo. La promesa de vida es que Dios guiará a cada persona dispuesta a alcanzar la potencialidad más alta en cada área de la vida: relaciones interpersonales, moralidad, juicio, sabiduría, habilidades, contribución a la sociedad, satisfacción y el gozo de la vida.Dios ha creado a los seres humanos para nacer de nuevo. Se llevar; nueve meses para preparar a un infante para el nacimiento físico. Qué tragedia cuando ese nacimiento no acontece. Cuando los hombres viven esta vida y no experimentan el nuevo nacimiento, nunca llegan a ser aquello para lo cual Dios los creó después de la entrada del pecado en el hombre. Los hombres nacen para nacer de nuevo. Muchas cosas que el mundo considera dignas de alabanza son gustosamente dejadas cuando una persona se encuentra con Jesús en la experiencia de la salvación. Pablo descubrió verdadera riqueza en Jesús. El tiró su viejo sistema de valores a la basura. El lo arrojó como el capullo del gusano y fue libertado en Cristo.(Roy T.Edgemon)

Para la concepción judeo-cristiana del hombre, concepción que se basa en el Génesis, éste ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza.

Todos los seres humanos descienden de una pareja, Adán y Eva. Adán y Eva vivían en un estado paradisíaco hasta que pecaron y se produjo la “caída”, es decir, la pérdida del paraíso, de la inmortalidad y de la gracia divina.

El concepto de “caída” es muy importante en esta tradición pues permite comprender el porqué de las debilidades humanas, el sufrirmiento, la mortalidad. En la doctrina cristiana, la redención del ser humano se produce por el sacrificio de Cristo.

En la filosofía cristiana se destacan numerosos pensadores que preocuparon por el problema antropológico. Entre ellos, se encuentra San Agustín (354-430) y Pascal (1623-1662).[0]

La parte inmaterial del hombre en la creación. Comprende su origen, el concepto de imagen divina y la derivación y la perpetuación de la parte inmaterial del hombre.

  • “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” (Gen 1:26 -27 RV 1960)
  • “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gn 2:7 RV 1960)

La contemplación del mundo creado es el fundamento de la religiosidad del hombre, “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. “(Rom. 1:20 RV 1960;cf. Job. 12:7-10 RV 1960;Sal. 18:2-7 RV 1960;Hch. 14:15-17;17,24-28RV 1960) [1]

“Dios creó al hombre varón y hembra, a imagen suya en cuanto a conocimiento,justicia y santidad,con dominio sobre las creaturas”, dice el Catecismo Menor de las iglesias presbiterianas [2] Pero,como nos dice el apostol Pablo en la epístola a los Romanos (Ro. 3:23) y como comentaba al respecto San Cirilo de Alejandría

El hombre, creado por superabundancia de amor, a causa del pecado «cae fuera de Dios y de la unión con el Hijo realizada por el Espíritu»,[3]

Esto provocó que se perdiera así la incorruptibilidad y la semejanza con Dios, con la cual Dios había creado al hombre. Por su glorioso y grandioso amor,

“Dios viene al encuentro del hombre, más allá de toda esperanza; ya que nadie «hubiese podido esperar ver a una virgen dar a luz a un hijo, y ver en este Hijo un “Dios con nosotros” descender hasta la tierra para buscar a la oveja perdida, o sea a la criatura que Él mismo había modelado, para después volver a subir y presentar a su Padre el hombre reencontrado» ” [4]

CÓMO ERA EL HOMBRE AL SER CREADO, antes de la caída?

La creación del hombre fue planeada por Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (que han demostrado los tres ser Dios). El plan está grabado en el versículo que dice, “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Gén. 1:26 RV 1960). Los tres miembros de la Trinidad estuvieron involucrados en la creación del hombre.
El Plan incluía hacer al hombre a la “imagen” y semejanza de Dios.

Las dos palabras para “imagen”, TSELEM en hebreo y EIKON en griego, básicamente se refieren a la parte material del hombre.

Las dos palabras para “semejanza,” DEMUT en hebreo y HOMOIOSIS en griego, se refieren a la parte no material del hombre.

Estas descripciones, material y no material, son generales y no deben ser usadas de una manera extremadamente rígida. El Plan de Dios era hacer el hombre integral, tanto lo material como lo inmaterial. El hombre sería vivo, inteligente, moral y con la habilidad para decidir al igual que Dios, pero no el ser Dios, de modo que tendría la habilidad de tener comunión con Dios.
El Señor Dios Mismo hizo al primer hombre, Adán. Se nos dice que El, formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7 RV 1960). La palabra traducida “ser” es la palabra hebrea NEFESH, que significa “alma.” Dios formó la parte material del hombre del material que El ya había creado-el polvo de la tierra. El hizo el alma del hombre (la parte del hombre que no es material) de la nada (Gén. 1:27). Después El combinó las dos en un ser conocido como “hombre.”

Debemos de recordar que Adán fue una creación única y no nació en el sentido normal. El fue hecho como adulto, integrado con existencia e intelecto. Dios lo colocó en el huerto y le dijo que les pusiera nombre a todos los animales (Gén. 2:8,19).

Dios proclamó que “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18 RV 1960), así que El decidió hacer una ayuda para Adán que lo complementaría. Ella sería llamada en el hebreo ISHA, mujer, porque fue sacada de ISH, el hombre, por medio de una cirugía divina (Gén. 2:18-23). Su nombre sería “Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes.” (Gén. 3:20 RV 1960). Al decir que Dios “construyó” a la mujer significa que El usó materiales existentes (la costilla de Adán), formó el cuerpo de la mujer y le dio vida (Gén. 2:21-23). Ambos el hombre y la mujer fueron el resultado de una creación directa, especial e inmediata. No evolucionaron de una criatura inferior.

Dios también formó animales “de la tierra” y les dio vida (Gén. 2:19). De los animales no dice que fueron hechos a la imagen de Dios. Nadie negará que tienen vida, y algunos dirán que tienen algún nivel de intelecto; sin embargo, no tienen la habilidad para hacer decisiones morales (decisiones entre el bien y el mal). Están vivos pero carecen de la habilidad de razonar (2 Pe 2:12; Jud. 1:10). [5]

Para San Agustín, la razón es un instrumento valioso para conocer la verdad pero sólo si es guiada por la fe. La razón sin la fe es ciega y nos puede llevar por caminos equivocados. San Agustín busca una verdad eterna, inmutable, y esta verdad no puede alcanzarse sin la luz de la fe: fe en Dios, que trasciende toda inteligencia y que hace posible nuestra inteligencia. La fe no puede ser probada por medio de la razón, pues es ella quien ilumina a la razón. Por la fe podemos comprender la realidad.

San Agustín afirma la existencia del alma. El alma es una iluminación interior, es algo íntimo y racional. Nuestra diferencia con los animales estriba en el hecho de que los seres humanos tienen entendimiento. Escribe San Agustín:

“No te diferencias del animal más que por el entendimiento; no te envanezcas de otra cosa. ¿Presumes de fuerza? Te vencen las bestias. ¿Presumes de velocidad? Te vencen las moscas. ¿Presumes de hermosura? ¿Cuánta belleza hay en las plumas del pavo real?¿Por qué eres entonces mejor? Por la imagen de Dios. ¿Dónde está la imagen de Dios? En la mente, en el entendimiento”(in Joannis evangelium tractatus, III, 4).

A través del entendimiento comprendemos lo justo y lo injusto, a través del entendimiento distinguimos lo verdadero y lo falso. Los animales carecen de esta facultad. Por eso, aconseja San Agustín, debemos alejarnos de la vida animal, no debemos ser “como el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento”.[6]

Blas Pascal mostró desde niño una gran capacidad para la matemática y un vivo interés por la ciencia. La ciencia de su época informaba a sus contemporáneos que el mundo no era como ellos habían creído durante siglos, que el universo era ilimitado y que la Tierra no se encontraba en su centro.

Pascal siente terror frente al inmenso espacio y se pregunta: “¿Qué es el hombre con respecto al infinito?”. Para Pascal, la grandeza del hombre consiste en la conciencia de su pequeñez. El ser humano es pequeño, es miserable, pero es grande por saberse pequeño y miserable.

Lo que en los animales es visto como naturaleza, en los seres humanos es visto como miseria. El hombre reconoce que su naturaleza es parecida a la de los animales pero sabe que él es superior. ¿Por qué lo sabe? ¿Por qué considera miserable su situación?

Pascal encuentra la respuesta en el Génesis, en el hecho del hombre, en sus orígenes, habitó el paraíso. El ser humano se sabe superior porque tiene conciencia de la caída, porque sabe que en otro tiempo le era propia una naturaleza mejor. Añoramos el lugar del que hemos caído. Porque ¿quién añora lo que nunca ha tenido?

Por lo tanto, lo que distingue al hombre de los demás anima pensamiento. Escribe Pascal:

“Puedo concebir perfectamente a un hombre sin manos, sin pies, (…). Pero no puedo concebir al hombre sin pensamiento. Sería una piedra o un animal”.

“El hombre no es más que una caña, la más frágil de la naturaleza pero es una caña pensante. No hace falta que el universo entero arme para destruirla; un vapor, una gota de agua es suficiente para matarlo. Pero, aun cuando el universo lo aplastase, el hombre sería más noble que lo que lo mata, puesto que él sabe que muere y la ventaja que el universo tiene sobre él. El universo no sabe nada. Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento.” (Pensamientos, 200.)

Cuando Pascal se refiere al pensamiento no se refiere sólo a la razón. Como San Agustín, Pascal encuentra que la razón tiene límites que deben ser aceptados. Hay aspectos de la realidad a los que la razón no tiene acceso. Pascal es creyente y entiende que la fe no puede ser explicada.

“El corazón tiene razones que la razón no comprende”, afirma. El ser humano no sólo comprende la realidad a través de la razón, también comprende a través del corazón, a través del sentimiento y de la fe. En Pascal, la ciencia y la religión conviven armónicamente pues se ocupan de ámbitos diferentes. [7]

Calvino lo explica bien,aunque da muchos detalles al respecto. El explica que

Es preciso ahora hablar de la creación del hombre. No sólo por ser la más noble y la más excelente de las obras de Dios, en quien más evidente muestra dio de su justicia, sabiduría y bondad, sino porque – como al principio dijimos – no podemos conocer clara y sólidamente a Dios sin que a la vez nos conozcamos a nosotros mismos. Y aunque este conocimiento de nosotros sea doble; a saber, cómo éramos al principio de ser creados, y cuál es el estado en que hemos venido a parar después de haber caído Adán – pues de nada nos serviría saber cómo fuimos, si no conociéramos también la corrupción y deformidad de nuestra naturaleza en el miserable estado de ruina en que hemos caído -, sin embargo de momento nos contentaremos con ver cuál fue el estado de integridad en que fuimos originariamente creados. Pues, en verdad, nos conviene, antes de tratar de la desventurada condición en que el hombre se halla al presente, saber cómo ha sido al principio de su creación; pues hemos de estar muy sobre aviso, no sea que al demostrar crudamente los vicios naturales del hombre, parezca que los imputamos al autor de la naturaleza humana. Pues los impíos piensan que pueden defenderse con el pretexto de que todo el mal que hay en la naturaleza le viene en cierta manera de Dios; y si se les reprocha por ello, no dudan en disputar con el mismo Dios y echar la culpa, de la que justamente son acusados, sobre Él. Y aun los que parecen hablar con más reverencia de Dios, no dejan, sin embargo, de excusar sus pecados alegando su viciosa y corrompida naturaleza, y no ven, que obrando así culpan a Dios de infamia, aunque no de una manera abierta y evidente; porque si hubiese algún vicio en la naturaleza primera debería imputarse a Dios. Por lo tanto; como quiera que nuestra carne con tanto anhelo anda buscando todos los caminos posibles para echar de sí la culpa de sus vicios e imputarla a otro, es menester diligentemente salir al encuentro de semejante malicia. Y por eso se ha de tratar de la miseria del linaje humano, de tal suerte que se suprima toda ocasión de tergiversar y andar con .rodeos, y que la justicia de Dios quede a salvo de toda acusación y reproche. Después en su lugar veremos cuán lejos están los hombres de aquella perfección en que Adán fue creado.

Y en primer lugar advirtamos que al ser hecho el hombre de la tierra y del lodo, se le ha quitado todo motivo de soberbia; porque nada más fuera de razón que el que se gloríen de su propia dignidad quienes, no solamente habitan en casas hechas de lodo, sino que incluso ellos mismos son en parte tierra y polvo. En cambio, el que Dios haya tenido a bien, no solamente infundir un alma en un vaso de tierra, sino además hacerlo también morada de un espíritu inmortal, aquí sí que con justo título podría gloriarse Adán de la generosidad de su creador. [8]

La confesion de fe de Westmninter, es un poco mas explícita, cuando dice que Dios creó al hombre, con “alma racional e inmortal” [9]

La imagen de Dios, según la cual la Biblia nos dice que el hombre fue creado, no consistió tan sólo en libertad personal, sino que incluía también conocimiento, justicia y santidad. El hombre fue creado como Dios no tanto por ser persona sino también por ser bueno.

Sin embargo, debemos mencionar que si bien el hombre fue creado justo no fue creado en el estado más elevado que era capaz de alcanzar. Era justo, pero había en él la posibilidad de llegar ser injusto, perverso. Le quedaba un estado mas elevado por alcanzar. Era un estado en el que incluso la posibilidad misma de pecar no existiría.

Dios quiso colocar ante el hombre ese estado más elevado como meta a alcanzar por medio de un mandato concreto. “Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás,” (Gen. 2:17 RV 1960) dijo Dios. Esta fue la piedra de toque de la obediencia del hombre; esa fue la prueba del hombre.

Si la prueba hubiera sido superada con éxito, entonces el hombre habría sido recibido de inmediato en la vida eterna. Esa vida ya la poseía antes, pero entonces habría tenido la seguridad de ella. Todos los “si” que afectaban a la promesa de vida habrían sido eliminados. La victoria habría sido conquistada. Nada jamás habría podido separar a Dios de su creatura.

El desenlace, sin embargo, fue muy otro. El hombre quedó, como dice el Catecismo Menor, a merced de su propia voluntad, y la usó mal. Hubiera podido haber escogido el camino de la vida, pero de hecho escogió el de la muerte; al pecar contra Dios perdió el estado en el que había sido creado. Fue en verdad una decisión equivocada.

Cuando decimos que el hombre era libre y que escogió el camino de la muerte, no queremos decir que dicha decisión estuviera fuera de los planes eternos de Dios. No queremos decir que sorprendiera a Dios con su pecado. Por el contrario, el plan eterno de Dios…, lo abarca todo. Incluso el pecado del hombre ocurrió de acuerdo con el consejo de la voluntad de Dios.

Dios hace que cada cosa suceda en forma distinta. Por ello Dios hizo que el hombre cayera en una forma que pusiera del todo a salvo la libertad y la responsabilidad del hombre. Dios no es el autor del pecado. El tentador y el hombre mismo fueron los autores del pecado del hombre. La justicia de Dios es siempre intachable. Con todo, Dios se sirvió incluso de un mal tan terrible para su propósito santo; Dios permitió que el hombre cayera. [10]

Calvino tambien afirmó que

“De aquí procede aquel horror y espanto con el que, según dice muchas veces la Escritura, los santos han sido afligidos y abatidos siempre que sentían la presencia de Dios. Porque vemos que cuando Dios estaba alejado de ellos, se sentían fuertes y valientes; pero en cuanto Dios mostraba su gloria, temblaban y temían, como si se sintiesen desvanecer y morir. De aquí se debe concluir que el hombre nunca siente de veras su bajeza hasta que se ve frente a la majestad de Dios. Muchos ejemplos tenemos de este desvanecimiento y terror en el libro de los Jueces y en los de los profetas, de modo que esta manera de hablar era muy frecuente en el pueblo de Dios: ” Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto.” (Jue.13:22 RV 1960; Is. 6, 5; Ez. 1, 28 y 3, 14 y otros lugares). Y así la historia de Job, para humillar a los hombres con la propia conciencia de su locura, impotencia e impureza, aduce siempre como principal argumento, la descripción de la sabiduría y potencia y pureza de Dios; y esto no sin motivo. Porque vemos cómo Abraham, cuanto más llegó a contemplar la gloria de Dios, tanto mejor se reconoció a sí mismo como tierra y polvo (Gn.18, 27); y cómo Elías escondió su cara no pudiendo soportar su contemplación (1 Re. 19, 13); tanto era el espanto que los santos sentían con su presencia. ¿Y qué hará el hombre, que no es más que podredumbre y hediondez, cuando los mismos querubines se ven obligados a cubrir su cara por el espanto? (Is. 6, 2). Por esto el profeta Isaías dice que ‘La luna se avergonzará, y el sol se confundirá, cuando Jehová de los ejércitos reine en el monte de Sion y en Jerusalén, y delante de sus ancianos sea glorioso.” (Is.24:23 RV 1960 y 2:10. 19); es decir, al mostrar su claridad y al hacerla resplandecer más de cerca, lo más claro del mundo quedará, en comparación con ella, en tinieblas. Por tanto, aunque entre el conocimiento de Dios y de nosotros mismos haya una gran unión y relación, el orden para la recta enseñanza requiere que tratemos primero del conocimiento que de Dios debemos tener, y luego del que debemos tener de nosotros.” [11]

ESPÍRITU SANTO: EL AMOR QUE SANTIFICA Y DIVINIZA

Durante cerca de cuatro siglos, los Padres de la Iglesia sufrieron y lucharon contra quien negaba la unidad trinitaria en el seno de Dios-Trinidad.

Los Padres eran unos cristianos tremendos que dieron su vida por edificar y propagar el Evangelio. Su enseñanza expresa la fe del cristianismo de los primeros tiempos. Algunos critican la aplicación de la enseñanza de los Padres de la Iglesia a la interpretación de la Escritura diciendo que ellos solamente son seres humanos y la Biblia es divina por lo tanto es una mejor fuente. En esto estamos de acuerdo en que los Padres son seres humanos y la Biblia es divina. Los Padres de la Iglesia tuvieron una excelente perspectiva tanto de los hechos relatados en el NT como de la vivencia de las primeras comunidades cristianas que hacen que su interpretación de la Biblia y enseñanzas, si bien “humanas” sean en algunos casos de “edificación”. Ellos vivieron en los primeros cinco siglos de cristianismo, más de 1000 años antes de la Reforma. Además esto es todavía muy anterior a la famosa “institucionalización de la Iglesia” como el origen de la corrupción en la doctrina católica. Por ejemplo: Policarpo de Smyrna fue discípulo del apóstol Juan por 40 años y murió mártir.

Otros critican a los Padres de la Iglesia diciendo que en su cosmovisión la tierra era plana y el universo giraba alrededor de ella, por lo tanto están errados y peor aún, que eso prueba que ellos no sabían como interpretar la Escritura. Para todos los cristianos solamente la Biblia está “libre de error” y cualquiera puede equivocarse, incluyendo a los Padres, pero creo que ninguna reflexion de los Padres que se use como util, debe ser usada para contradecir a la verdad contenida en la Biblia. Segundo, la creencia de que la Tierra era plana subsistió por siglos e incluso llegó al siglo XVI, la mayor parte de la sociedad creía esto. La gran mayoría de los Reformadores originales como Lutero, Calvino y Wesley rechazaron en su momento el postulado de Copernico. Es más se basaban en la Escritura para sostener su posición ya que la idea de que el mundo girara alrededor del sol entraba en contradicción con citas que literalmente describían a la Tierra como inamovible (ej: Sal.93,1, Sal 96,10, Sal 104,5). Todos los cristianos de aquel tiempo, la iglesia tradicional y los reformados, sostenían que la Tierra era plana y fija. Y todos estaban equivocados porque la Escritura debe ser discernida en un contexto apropiado y no es un texto de ciencia. En este punto en particular y hasta que la ciencia probó lo contrario todos pensaban igual. Los Padres no creían que la Tierra era plana solamente basados en la Escritura, esa era la forma como el mundo semita y el mundo griego habían desarrollado su ciencia y era parte de su cultura. ¡Eso no invalida su experiencia en las primeras comunidades cristianas ni su formación en la fe al lado de los apóstoles o de los cristianos que caminaron con los apóstoles! Pero no son autores inspirados.Incluso algunos fueron influenciados por la filosofía griega. En el mejor de los casos si son iluminados. Si creo que debemos recordar que solo la biblia es theopneustos.Veamos un concepto que es poco comentado entre los teólogos occidentales y es la doctina de la deificación del cristiano,que no debe confundirse con la divinizacion del cristiano, que es esta una creencia errónea.

Silvano Cola cita a Atanasio,quien dijo que:

«Si Cristo no es Dios, no nos ha deificado» [12]

y tambien a Cirilo de Alejandría, el que dijo que:

«Si el Espíritu Santo no es Dios, ¿cómo puede decirse que hemos nacido de Dios, nosotros, que nacemos precisamente de El?» [13].

Luego vuelve a citar a Atanasio,quien expresa este amor de Dios por el hombre con la famosa frase:

«El Verbo se ha hecho hombre para hacer de nosotros Dios» [14].

Acá vemos como Atanasio, conocido por su ortodoxia, confunde deificación con Divinización.Un error lamentable en este excelente predicador y apologista ortodoxo. Es por eso que era lógico que los Padres profundizarán en la doctrina de la «deificación» del hombre, no contentándose con hablar de la «unión» del hombre con Dios, (gr. énosis) comenta Silvano Cola. [15]

Atanasio,llamado el campeón de la ortodoxia, famoso por sus debates contra los arrianos, afirma que:

«El hombre, unido a una criatura [Jesús] no hubiese podido ser deificado si el Hijo no hubiera sido verdadero Dios (…). Y del mismo modo que no hubiésemos podido ser liberados del pecado (…) si la carne que revéstía al Verbo no hubiese sido auténticamente humana (…), así hombre no hubiese sido deificado si Aquel que se hizo carne no procediese por su propia naturaleza del Padre, siendo El su verdadero y propio Verbo. Pero el contacto se ha realizado: la naturaleza divina se unió a la naturaleza humana a fin de que la salvación y la deificación quedasen aseguradas»[16]

San Basilio define al Espíritu Santo como

«Aquel que deifica a los otros»[17].

Se puede observar entonces que “Deificación, santificación, participación en la naturaleza divina, comunión con Dios, vida en Cristo, son en los Padres expresiones casi sinónimas”,cita Silvano Cola [18]

Orígenes habla precisamente de participación en la naturaleza divina,pero ya no utiliza la expresiom deificacion, sino “participar”

«Sí hay un Espíritu que es amor, un Hijo que es amor y si Dios es Amor, resulta cierto que de la fuente de la divinidad del Padre proceden el Hijo y el Espíritu, y que de su abundancia se vuelca en el corazón de los santos una abundancia de amor que les hace participar en la naturaleza divina, como enseña el apóstol Pedro» [19].

Pero en Máximo el Confesor encontramos una progresión y una síntesis de las expresiones indicadas,explica Silvano Cola :

«El fin de la fe es la revelación verdadera de su Objeto [Dios]. Y la verdadera revelación del Objeto de la fe es la comunión inefable con Él (…). Esta comunión no es más que el retorno de los creyentes a su Principio, así como al Fin (…) donde todo deseo es satisfecho. Y esta satisfacción del deseo se tiene (…) en la participación en las realidades divinas. Y esta participación en las realidades divinas es la semejanza entre el Participado y los participantes. Y esta semejanza es, según las energías divinas, la identidad de los participantes con el Participado (…). Y esta identidad es la deificación» [20].

Tambien cita que con una imaginación visual el Pseudo-Macario dice la misma realidad:

«De la misma manera que numerosas velas se encienden con la misma llama, así los cuerpos de todos los miembros de Cristo serán aquello que es Cristo mismo (…). Nuestra naturaleza humana es transformada en la plenitud de Dios: se convierte toda en fuego y luz» [21].

También la misma realidad describe, con otra imagen, Guillermo de Saint-Thierry cuando comenta el Cantar de los Cantares:

«Aquí se realiza esta asombrosa unión, esta posesión recíproca (…) que sucede entre el hombre y Dios, entre el espíritu creado y el Espíritu increado (…). El Espíritu Santo, Dios-Amor, la realiza (…). El espíritu creado se dilata todo cuanto es en el Espíritu Creador, que lo crea precisamente para esta efusión, y el Espíritu Creador, a su vez, se vuelca a su gusto y el hombre se hace con Dios un solo Espíritu» [22].

Cuando los Padres hablan de «participación»,comenta Cola que no lo entienden únicamente como un «tener parte», sino también como la transformación del participante en el Participado:

«El ser participante es transformado necesariamente en aquello que es por naturaleza el Ser participado» [23]

Cola aclara algo importante en este tema de la deificación del cristiano según el pensamiento de los Padres, y es que

“cuando los Padres hablan de «deificación» del hombre, no quieren afirmar nunca que se realice una fusión o confusión de las dos naturalezas divina y humana, porque el Espíritu Santo realiza la deificación a través de la operación (energías) de su naturaleza (teología oriental), o a través de su gracia (teología occidental). Es verdad que Él, como Espíritu de Dios, se encuentra presente por todas partes también como esencia, pero esencia permanece inaccesible, o sea, no participable. Se quiere decir, en resumen, que si el Espíritu Santo es la Santidad en nosotros, por la infusión de su gracia, somos santificados y deificados sin llegar a ser la Santidad.” [24]

Cola también comenta que la Eucaristía (La cena del Señor) es, por tanto, otro medio de “divinización” que se nos ofrece,según el pensamiento de los Padres:

«Para fundirnos en unidad con Dios y entre nosotros -aunque conservando cada uno una personalidad distinta- el Hijo Único ha inventado un medio maravilloso: a través de un solo cuerpo, que es el suyo, Él santifica a sus fieles en una comunión mística, convirtiéndolos en un solo cuerpo con Él y entre ellos (…). Unidos todos al único Cristo por su propio Cuerpo -ya que todos le recibimos a Él, uno e indivisible, en nuestros cuerpos- nos hacemos miembros de este Cuerpo único que llega a ser así, para nosotros, el vínculo de la unidad» [25]

Pero quien consuma la unidad en este único Cuerpo es el Espíritu Santo, que hace también de los fieles una sola alma:

«Del mismo modo que su carne santa hace concorpóreos a aquellos a los que viene, así, el único Espíritu de Dios, que habita invisiblemente en todos, les conduce inexorablemente a la unidad espiritual, (…) ya que la unión con Dios no se realiza, sino a través de la participación en el Espíritu Santo que infunde en nosotros la santidad de su propia naturaleza. Él remodela las almas humanas de acuerdo con su misma vida, imprimiendo en ellas la semejanza con Dios y esculpiendo en ellas la señal de esta sustancia divina que es la más perfecta de las sustancias (…). No es verdad que la unión con Dios pueda realizarse sólo mediante el acuerdo de nuestra voluntad con la Suya ya que, más allá de esto, existe una unidad más sublime y más grande que sucede gracias al hecho de que la divinidad se comunica al hombre, el cual, aún conservando su propia naturaleza, se transforma, por decirlo así, en Dios, del mismo modo que el hierro, metido en el fuego, se transforma en fuego aún permaneciendo hierro» [26]

La Eucaristía (Cena del Señor), como había dicho Hilario, nos hace connaturales al Padre:

«[A través de la Eucaristía], nos unimos a Cristo que es inseparable del Padre. Pero, aún permaneciendo en el Padre, permanece unido a nosotros. De este modo llegamos a la unidad con el Padre. Cristo está en el Padre connaturalmente porque es engendrado por El. Pero desde un cierto punto de vista, también nosotros, a través de Cristo, estamos connaturalmente en el Padre, porque Cristo comparte nuestra naturaleza humana (…) y, mediante su humanidad, vivimos de aquella misma vida que Él tiene del Padre» [27]

Esta «connaturalidad» con Dios que alcanzamos al alimentarnos de la carne divinizada de Cristo en la Eucaristía (Cena del Señor), se realiza porque ella nos hace concorpóreos con Él -como dicen Atanasio y Gregorio de Nisa- [28], concorpóreos y consanguíneos añade Cirilo de Jerusalén[29].

Es el Señor Jesús, el Pan que, bajando del Cielo, da vida eterna al mundo. El Señor explica que la fe se nutre y se sostiene tomando fuerzas de Él mismo. Por eso, el Pan que se recibe mediante la fe es Cristo mismo, una Persona. Lo que es el pan para nuestra vida física, es Cristo para la vida espiritual, y de la misma manera que los israelitas en el desierto se alimentaron del maná, así el creyente se nutre del Salvador por la fe, porque Él es el alimento espiritual que nos satisface el alma.

Como decía San Agustín al hablar de la cena del Señor:

«Por qué preparar el estómago y los dientes? Cree, y has comido». [30]

Roy T.Edgemon,cita a Walter Thomas Conner quien declara que

“La encarnación muestra la capacidad del hombre para relacionarse con Dios”. [31]

En la teología de los Padres y de los teólogos occidentales, la palabra «deificación» se usa muy raramente, pero no es totalmente extraña,comenta Cola [32] Y luego cita a Santo Tomás de Aquino quien comentando a Efesios 3:18,21 afirma:

«El Apóstol da gracias [a Dios] por tantos beneficios recibidos. La causa de estas maravillas es el poder infinito de Dios, y da gracias al Cristo Dios y al Dios Padre que realizan en nosotros infinitamente más de lo que nuestro corazón puede pedir o nuestra inteligencia comprender. Su poder se manifiesta en las obras que realizan en nosotros. Nuestro corazón, y no menos nuestra inteligencia, nunca hubiesen podido pensar, comprender o pulir a Dios que se hiciese hombre y que el hombre llegase a ser Dios, participante de su naturaleza divina (2 Pe. 1, 4). Y, sin embargo, esto es lo que se realiza en nosotros, gracias a la Encarnación de su Hijo».[33]

Comenta Silvano Cola en su opinión que si san Pablo invita a los cristianos a llegar a ser «perfectos en Cristo», «hombres perfectos según la plenitud de Cristo» (Ef 4:13 BJ), no se limita a una constatación moral, sino que entiende una real «cristificación» [34].Pero la RV 1960 lo traduce al psaje como “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef 4:13 RV 1960)

La palabra perfectos es

Vine NT+

gr. teleios (τέλειος G5046),que significa habiendo alcanzado su fin (telos), acabado, completo, perfecto. Se traduce «maduro» en 1 Co_14:20 (RV: «perfectos»). [35]

Dicc. Strong

completo (en varias aplicaciones de trabajo, crecimiento, mentalmente y carácter moralmente, etc.); neutro (como sustantivo, con G3588 ) cualidad de completo:-alcanzar madurez, completo, maduro, perfecto. [36]

Roy T.Edgermon, realiza un comentario acertado respecto de este tema

Algunas veces la palabra perfecto como se usa en la Biblia significa completo o maduro, pero no debemos permitir que se nos olvide el hecho de que Dios nos hace responsables de un vivir perfecto; el hecho que la presencia de la naturaleza pecaminosa (Ro. 7) nos impide llegar a ser perfectos no disminuya la demanda. La demanda de perfección está implícita en numerosos textos, tal como la frecuente repetición de “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” (Lv.19:2) y el claro mandamiento. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en jos cielos es perfecto” (Mt.5:48). Esto no significa: “Sed maduros como vuestro Padre celestial es maduro”. [37]

Aunque la meta de la perfección es inalcanzable (los metodistas creen en la perfección impecable,pero no asi el resto de la cristiandad, que cree en una santificación progresiva), sin embargo esa debería de ser la meta hacia la cual todos nos deberíamos de esforzar.

Me parece muy importante de citar acerca del lugar que ocupa la doctrina de la perfeccion cristiana en la teologia e historia del Movimiento evangélico metodista. Citaré la opinión que nos da Wilbur F. Tillet acerca de esta doctrina, a la que nosotros llamamos comúnmente en nuestra teología reformada, “la doctrina de la santificación del cristiano”.

Los teólogos y sistemas doctrinales de las Iglesias en su mayoría han rechazado y condenado la teoría de una perfección cristiana que pueda alcanzarse en esta vida. Ciertos escritores han llegado al extremo de ridiculizarla. El metodismo, por el contrario, desde el mismo principio de su existencia como Iglesia, ha insistido humildemente a la par que con firmeza en la verdad de dicha doctrina, por lo cual la puede considerar, en un sentido especial, cual precioso derecho de nacimiento, y cuantos son fieles a ese sistema doctrinal la aceptan, la predican y con modestia procuran practicarla. El retrato que delineó Juan Wesley de un verdadero e ideal metodista fue el de un “cristiano perfecto,” y no hay necesidad de retocarlo. Si la retención de esta doctrina atrae algún oprobio, es el “vituperio de Cristo,” y tal afrenta cualquiera Iglesia debe tenerla a mucha honra sufrirla. Los únicos que son fieles a su vocación como metodistas son los que están siempre prontos a aseverar su creencia en la “santidad bíblica,” y que reconocen su obligación de vivir la vida perfecta. Quienes abrigan en sus corazones el amor perfecto, lo anuncian con sus labios y lo practican en sus vidas, no han de avergonzarse de ser llamados gente peculiar, pues una de sus singularidades sobresalientes es un celo por las buenas obras, cuyo celo es “según ciencia.” Estos son de los que se llaman “sal de la tierra.” Poseen un gozo y un honor que los mundanos, dentro o fuera de la Iglesia, ignoran por completo. Estos son los verdaderos santos, y ya en el pulpito, ya entre los congregantes, constituyen la propia vida espiritual de la Iglesia. La comisión que al parecer encargó Dios a la gente llamada metodistas desde su origen, a lo menos según la interpretó Wesley, fue la de “diseminar por toda la tierra la santidad bíblica;” y téngase presente que el calificativo “bíblica” no debe nunca olvidarse en relación con esta doctrina, pues el propagar otra santidad que la “bíblica”, o el enseñar otra doctrina de la perfección cristiana que la fundada en una exégesis verdadera y exacta de la Palabra de Dios, no puede menos de atraer bien merecidas críticas; mas, correctamente definida, esta doctrina constituye una corona de gloria para la teología cristiana.[38]

Jesucristo ha divinizado en Sí mismo la naturaleza humana

Jesús demostró cómo Dios intenta que la vida sea vivida. La vida de Jesús provee el modelo para dichos esfuerzos; y el Espíritu Santo provee el poder y la dirección. La potencialidad de una persona es enorme.

Otra consideración importante que tenemos que hacer es,como comenta Cola, el hecho que

“gracias a la Encarnación, Jesucristo ha divinizado en Sí mismo la naturaleza humana asumida…” [39]

Duns Scoto, aún siendo occidental, parece resumir la posición más difundida entre los orientales sobre este tema:

no ha sido el pecado lo que ha «obligado» al Verbo a encarnarse, ya que «si hubiese sido la caída la causa [de la Encarnación] resultaría que la obra maestra suprema del Amor de Dios hubiese sido ocasionada [por el pecado y sería accidental] (…). Pero pensar que Dios hubiese renunciado a realizar tal obra si Adán no hubiese pecado, ¡resultaría algo completamente irracional!»[40].

La doctrina de Scoto se encuentra ciertamente en línea con la gran tradición oriental que ve en la «semejanza» del hombre con Dios, en la cual ha sido creado, el principio constitutivo del ser humano:

al crear al hombre, Dios le formó según el modelo que desde siempre tenía en su mente, o sea a Jesús el Cristo que -como Hijo del Amor a través del cual y por el cual todo ha sido hecho- ha sido desde siempre la síntesis de lo increado y de lo creado, «imagen del Dios invisible» (Col 1:15 RV 1960) y rostro humano de Dios [41].

En otras palabras, el Amor de Dios hacia el hombre no podía contentarse con darle una semejanza divina, sino una autentica divinización, y no sólo en relación al alma, sino también al cuerpo. En un sentido real y pleno

«Dios se hace hombre para que el hombre se convierta en Dios» [42]. Por este motivo el hombre es llamado «raza divina» (Hch 17:29 RV 1960) con la vocación de «reunir, gracias al amor, la naturaleza creada con la naturaleza increada»[43]

La Encarnación estaba, por tanto, en el plan de Dios antes de que el hombre pecase:

«En su eterno consejo [o sea desde el principio, desde siempre] Dios ha querido unirse al ser humano para deificarlo» [44]

El pecado ha sido, por así decirlo, un incidente del camino como consecuencia del hecho de que el hombre ha sido creado libre porque el amor es libertad. Bulgakov ha señalado felizmente que el Credo de Nicea dice:

«por nosotros los hombres y por nuestra salvación»: en el «por nosotros los hombres» se pone de manifiesto el designio original de Dios de la deificación del hombre; y dentro de este plan tuvo lugar la caída y la redención [45]

Jesús es la representación exacta del Ser de Dios (He. 1:3). Explica Roy T.Edgemon que

Jesús es la imagen de Dios. La palabra griega es charakter, de donde viene nuestra palabra carácter, una de las técnicas de la comunicación usada por los gobernadores del primer siglo era imprimir en las monedas y estatuas un mensaje-junto con una imagen personal. Si el emperador quería una imagen de generosidad, estampaba su imagen en un lado de la moneda y una deidad conocida por generosidad en el otro lado. El erigía estatuas sobre todo el imperio presentándose a sí mismo como quería que el pueblo lo conociera. Los lectores de los Hebreos estaban familiarizados con las imagenes eleccioonadas para comunicar las características del gobernador. Jesús es la clara imagen de Dios. El comuncia perfectaemnete lo que Dios desea que sepamos de Él. [46]

Jesús es Dios, y es hombre, tambien nos explica Edgemon

El es Dios-hombre, Como Dios El representa perfectamente a Dios ante nosotros; como hombre, El nos representa perfectamente ante Dios. [47]

Jesús dijo a Sus discípulos:

  • “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9 RV 1960),

y El declaró:

  • “Yo y el Padre uno somos” (Jn. 10:30 RV 1960).

Otros textos indican que Jesús se vio a sí mismo en una relación única de Hijo con el Padre: (Mat. 11:25-27; Mar. 12:35-37; 13:32; 14:61-64). Otros textos del Nuevo Testamento, muy numerosos para dar una lista, indican el amplio alcance de Su poder y autoridad sobre la naturaleza, los demonios, las Escrituras, y el perdón de pecados. Empero aceptar a Jesús como divino, como Dios mismo, es cuestión de fe. La Biblia presenta la evidencia de las afirmaciones de Jesús, Su poder maravilloso, y Su muerte y resurrección. En fin de cuentas, no obstante, llegamos a esa certeza de fe, experimentando a Cristo en un encuentro directo y al saber que verdaderamente nos hemos encontrado con Dios.

Jesús fue divino, y El además fue humano; empero debemos usar el tiempo presente: El es divino y. es humano. El continúa eternalmente como tal, pues El no ha perdido la humanidad que es una parte tan esencial de Su entendimiento de nuestra humanidad (He. 4:14-16). [48]

“Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio de Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22,1). []

En Cristo, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15; cf 2 Co 4,4), el hombre ha sido creado “a imagen y semejanza” del Creador.

En Cristo, redentor y salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios (cf GS 22,2). []

La dignidad de la persona del hombre

Reducir la persona humana a una definición es sin duda un ejercicio complicado y bastante difícil. Probablemente a ninguno nos agrade que nos definan fríamente y en modo abstracto, la mayoría de nosotros quisiera ser conocido y valorado por lo que constituye nuestra identidad más profunda: todo aquél mundo de pensamientos, deseos, afectos, libertades, valores y virtudes que se conjugan en nuestro modo de ser, en nuestro yo que es similar pero distinto de todos los que nos rodean.O sea, ser valorados por lo que somos.

El primer dato entonces que podemos apuntar sobre la persona humana es que constituye una realidad que rebasa el órden lógico de las palabras, es por mucho una realidad de experiencia y de existencia.

Podemos citar a Luis Recasens Siches, quien aclara que

“el pensamiento de la dignidad consiste en reconocer que el hombre tiene fines propios suyos de cumplir por sí mismo”. [49]

Lo anterior evoca la fórmula de Kant sin que esté necesariamente ligada a la doctrina del filósofo.Desde la óptica del citado autor, lo que Kant expresó era ya aceptado desde siglos antes, desde el Antiguo Testamento, adquiriendo mayor relevancia al ser el mensaje central del Evangelio.Efectivamente, la idea de la dignidad, sin que solo se presente en ella, es característica del cristianismo. Ya en la antigua China y en Roma (Epitecto, Séneca, Cicerón y Marco Aurelio) encontramos la idea de la dignidad de la persona como una idea universal, es decir, de la igualdad esencial de todos los hombres.Fue la escuela estoica, desarrollando el pensamiento aristotélico, la que llegó a la conclusión de que todo hombre, por su naturaleza, es miembro de la comunidad universal del género humano, gobernado por la razón y, además miembro de una comunidad política que es donde nace.Esta idea es la que retoma el cristianismo. [50]

De todas las criaturas visibles,cita la enciclia Gaudium et Spes de Concilio Vaticano II,

sólo el hombre es “capaz de conocer y amar a su Creador” (GS 12,3) [51] Por supuesto por la iniciativa de DIos que lo llama al hombre a la adoracion y se le revela, como dijo San Pablo que “… agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles” (Gal. 1:15-16 RV 1960)

C. S. Lewis nos alertó en La abolición del hombre que

“La naturaleza humana será la última parte de la Naturaleza que se rinda al Hombre”[52]

El ser humano es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” cita la enciclica del Concilio Vaticano II (GS 24,3). [53] Y sólo él ser humano está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios,y la adoración a la Santisima Trinidad; las bestias del campo no lo están. Y es para este fin que el hombre ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad.

El catecismo de la iglesia católica cita a S. Catalina de Siena, quien dijo que

¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno (S. Catalina de Siena, Diálogo 4,13).[54]

Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.

Dios creó todo para el hombre (cf. Gs 12,1; 24,3; 39,1), pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación.[55]

Sería interesante recordar que el concepto de dignidad humana ha conocido varias fases en su formulación histórica.

Sin embargo, es preciso mencionar que diversos pensadores nos han aportado, a lo largo de la historia, distintas concepciones del hombre de acuerdo a sus características, por ejemplo Aristóteles en la antigüa Grecia explicaba que el ser humano es un animal que se diferencia de todos los animales en virtud de la posesión de la razón; Boecio, filósofo latino, puso el acento en la sustancia individual de naturaleza racional, es decir, la diferenciación de cada ser humano mediante el conocimiento de la vida racional que cada uno ejerce por sí mismo.[56]

¿Estos elementos nos bastan para denotar la realidad de la persona humana?, definitivamente nos aportan datos ciertos, pero éstos quedan limitados. A este respecto es necesario señalar que:

…Se nos presenta el hombre no solamente como ser definido por un género, sino como un yo concreto, como sujeto que tiene la experiencia de sí. El ser subjetivo y la existencia que le es propia se nos manifiesta en la experiencia precisamente como este sujeto que tiene experiencia de sí. Si lo tenemos en cuenta como tal, lo subjetivo nos revelará la estructura que lo constituye como un yo concreto…[57]

Podemos citar dos fases importantes en la valoración de la dignidad del ser humano [58]

1. Durante la época pre-moderna, dicho valor derivaba del parentesco uniendo el hombre con Dios y hacía del primero un ser excelente por ser creado a la imagen del primero. Gracias a las cualidades que le fueron atribuidas (pensamiento, lenguaje, etc.) el ser humano podía demostrar su grandeza y superioridad sobre los demás animales: el hombre era el único ser valioso puesto que Dios le otorgó sólo a él las capacidades más nobles para ejercer su predominio y perfeccionar su conocimiento. El concepto de dignidad era así un concepto religioso y las razones de su aparición deben buscarse en el antropocentrismo fomentado en gran parte por la religión judeo-cristiana.

2. En la época moderna, el concepto de dignidad fue reformulado: la dignidad del hombre deriva de su naturaleza humana pero dicha naturaleza se desvincula progresivamente de cualquier origen divino. Como en la época pre-moderna se hace un elogio de las capacidades humanas pero esta vez deduciendo de éstas mismas la dignidad del hombre, sin acudir a ningún parentesco religioso. El antropocentrismo está así preservado, puesto que se insiste en la singularidad de la especie humana en relación con los demás animales. A esta reformulación parcial del concepto se ha añadido una más profunda: el hombre es un fin en sí mismo y debe ser tratado como tal y no meramente como un medio. Esta nueva formulación de la dignidad se plasmará en el ámbito jurídico con la aparición de los derechos humanos. Desde ahora, la dignidad humana no sólo tiene un alcance vertical (la superioridad de los seres humanos sobre los animales) sino también un alcance horizontal (la igualdad de los seres humanos entre ellos sea cual sea el rango que cada uno pueda desempeñar en la sociedad). Es cierto que podemos encontrar precedentes a dicha igualdad del género humano en le pre-modernidad. Sin embargo, dicho precedentes no contestaban los tipos de organización social pre-modernos caracterizados por su desigualdad, donde el rango de cada uno constituía precisamente su dignidad y valor, justificando una división social entre dueños y esclavos, señores y vasallos, etc.

Decia S. Juan Crisóstomo

¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para él existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su Hijo único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera hasta él y se sentara a su derecha (S. Juan Crisóstomo, In Gen. Sermo 2,1). [59]

En el catecismo de la iglesia católica,podemos leer que [60]

  • “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22,1).
  • Dotada de alma espiritual, de entendimiento y de voluntad, la persona humana está desde su concepción ordenada a Dios y destinada a la bienaventuranza eterna. Camina hacia su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf GS 15,2).
  • La libertad verdadera es en el hombre el “signo eminente de la imagen divina” (GS 17).
  • El hombre debe seguir la ley moral que le impulsa “a hacer el bien y a evitar el mal” (GS 16). Esta ley resuena en su conciencia.
  • El hombre, herido en su naturaleza por el pecado original, está sujeto al error e inclinado al mal en el ejercicio de su libertad.
  • El que cree en Cristo tiene la vida nueva en el Espíritu Santo. La vida moral, desarrollada y madurada en la gracia, culmina en la gloria del cielo.

Es importante lo que dijo S.Leon Magno exhortando al cristiano:

“Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios” (S. León Magno, serm. 21, 2-3).[61]

Esto está conforme a las escrituras

  • “para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios;” (Col. 1:10 RV 1960)
  • “14 como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; 15 sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; 16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.(A) 17 Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; 18 sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, 19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, 20 ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, 21 y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios. 22 Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; 23 siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. 24 Porque: Toda carne es como hierba, Y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae;25 Mas la palabra del Señor permanece para siempre.(B) m Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada.” (1 Pe. 1:14-25 RV 1960)

Reconociendo en la fe su nueva dignidad, los cristianos somos todos llamados a llevar en adelante una vida digna del Evangelio de Cristo

  • “Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio” (Flp 1:27 RV 1960).

El camino de Cristo “lleva a la vida eterna”, pero un camino contrario nos “lleva a la perdición” (Mt 7:13; cf Dt 30:15-20 RV 1960).

En la didache de los apostoles, El primer siglo ofrece un documento, que habla del cómo educar en la fe, es decir proporciona métodos o, mejor dicho, pedagogías de cómo disponer al candidato para recorra un itinerario de fe. El documento proporciona de manera muy concreta un itinerario de la fe. Dice que

“Hay dos caminos, el uno de la vida, el otro de la muerte; pero entre los dos, una gran diferencia” (Didajé, 1,1).[62]

Siempre será Jesucristo “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14:6). Contemplándole en la fe, los fieles de Cristo pueden esperar que Él realice en ellos sus promesas, y que amándolo con el amor con que él nos ha amado hagan las obras que corresponden a su dignidad:

Decía S. Juan Eudes que

Os ruego que penséis que Jesucristo, Nuestro Señor, es vuestra verdadera Cabeza, y que vosotros sois uno de sus miembros. El es con relación a vosotros lo que la cabeza es con relación a sus miembros; todo lo que es suyo es vuestro, su espíritu, su Corazón, su cuerpo, su alma y todas sus facultades, y debéis usar de ellos como de cosas que son vuestras, para servir, alabar, amar y glorificar a Dios. Vosotros y él sois como los miembros y su cabeza. Así desea él ardientemente usar de todo lo que hay en vosotros, para el servicio y la gloria de su Padre, como de cosas que son de él (S. Juan Eudes, cord. 1,5).[63]

La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios; se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina. Corresponde al ser humano redimido por la sangre del Señor Jesus, el llegar libremente a esta realización, respetando Dios su libre albedrío sin que por esto,Dios abandone su soberania.

Por sus actos deliberados, la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral. Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento. Con la ayuda de la gracia divina el cristiano puede crecer en la garcia de Dios, evitan el pecado y, si lo cometen, tiene la posibilidad y el mandato de Dios de recurrir a Él como lo hizo el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31) a la misericordia de nuestro Padre celestial

Cada uno de nosotros es una persona, individuo de la especie humana, que presenta características particulares y curiosamente similares. Más que hablar de una definición única de lo que las personas somos habría que pensar en las propiedades que tenemos en virtud del ser personal; así pues, nos manifestamos en la experiencia como seres corpóreo-espirituales, con facultades como la inteligencia y la voluntad, con capacidades como la libertad y la afectividad, nos presentamos ante el mundo como únicos e irrepetibles, con una intimidad que nos permite relacionarnos con los demás y con un valor enorme que se resume en que somos DIGNOS. [64]

La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unidad de las personas divinas entre sí. Dotada de un alma “espiritual e inmortal” (GS 14), la persona humana es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24,3). [65]

El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia, en el huerto del Edén y lamentablemente,como nos narra el Genesis, sucumbió a la tentación y cometió el mal,desobedeciendo la Ley de Dios. Pero aún conserva el ser humano algo del deseo del bien que le es participado por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Pero su naturaleza lleva la terrible herida del pecado original. Quedó inclinado al mal y sujeto al error y a la muerte fisica y eterna,a causa del pecado. De ahí que el hombre esté dividido en su interior,alienado. Y muerto en delitos y en epcados. Es por esto, que en toda vida humana, tanto singular o colectiva, vemos como aparece como una lucha interior, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas,como dice el apostol Juan en su prólogo (cf. Juan 1)

Pero la buena noticia es que por su pasión, Cristo nos libró del poder de Satán y también por la redencion en nostros, del poder del pecado. Cristo nos mereció a los hombres la vida nueva en el Espíritu Santo. Y Su gracia restaura al convertirnos a El, lo que el pecado había deteriorado en nosotros. El que cree en Cristo de todo corazón, es por la fe que Dios lo hace su hijo. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo, al darle un nuevo nacimiento. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien.Una ortodoxia,una ortopraxis y un ortocardía serán las señales visibles y evidentes ahora de un verdadero cristiano. En la unión con su Salvador el discípulo alcanzará la perfección espiritual y la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culminará su proceso escatológico en la vida eterna, en la gloria celestial del cielo.Y al final de los tiempos, nuestros cuespos resucitarán, terminado asi este proceso de pecado y muerte.

Entonces, “hablar de persona humana es entonces una manera de hablar de dignidad. Sólo las personas, a diferencia de las cosas y de los animales, poseemos un valor propio, altísimo, que no resulta de utilidad o de eficiencia sino del propio acto de ser. Por ser quienes somos poseemos un valor inegociable, indubitable, inalienable. La persona entonces es merecedora del más absoluto respeto y no puede ser jamás empleada, a manera de cosa u objeto material, por parte de sus semejantes. Wojtyla, bajo el concepto de norma personalista de la acción, apunta al respecto:

…siempre que una persona sea el objeto de tu actividad, recuerda que tu no puedes tratar a esa persona sólo como el medio para un fin, como un instrumento, sino que es necesario que tomes en cuenta el hecho de que él o ella tienen también, o al menos deberían tener, fines personales distintos…(Citado en: GUERRA LÓPEZ, Rodrigo., Afirmar a la persona por sí misma. La dignidad como fundamento de los derechos de la persona., p. 144). [66]

La dignidad del hombre entonces no es sólo un discurso o una idea romántica, sino que se manifiesta fundamentalmente como un deber, como el deber de relacionarnos con nosotros mismos y con los otros en un clima de respeto y promoción de lo que cada uno significa en la existencia. Ambas dimensiones del valor absoluto de cada persona, se ven reflejadas en la siguiente reflexión:

…Compete a la persona, en sí misma, alcanzar la propia realización. La persona nace con la plenitud de una naturaleza ya realizada en su constitución ontológica, pero no en su constitución psíquica y moral: ha de recorrer un camino que la lleve a la plena realización, en el ejercicio de la autoconciencia y la autodeterminación…Por eso la persona tiene el derecho de que se respeten todos los elementos constitutivos que le garantizan dicha realización…(LUCAS LUCAS, Ramón., El hombre espíritu encarnado, p. 273).[67]

Reconocer y promover a la persona humana, afirmarla por sí misma porque vale por el hecho de ser, necesariamente nos introduce a una realidad común de nuestros días: los derechos humanos, o más atinadamente los derechos de las personas; aunque éstos no sean reconocidos o defendidos hacen referencia explícita al valor que cada persona ostenta. CS Lewis, escritor inglés del siglo pasado, afirmaba rotundamente sobre la relación interpersonal:

…No hay gente vulgar. Nunca hemos hablado con un mero mortal. Mortales son las naciones, culturas, corrientes artísticas y civilizaciones. Su vida se parece a la nuestra como la de un mosquito. Los seres con quienes bromeamos, trabajamos, nos casamos, a quienes desairamos y explotamos son inmortales: horrores inmortales o esplendores incabables…(Citado en MELENDO, TOMÁS., Las dimensiones de la persona., p. 21). [68]

A propósito de la dignidad este pensamiento reviste una importancia fundamental. La persona humana se encuentra abierta a la trascendencia de su ser y de sus actos, el respeto y protección de la dignidad de los otros nos acompañará siempre en el recuerdo mientras vivamos, así como el respeto y la promoción de nuestra propia dignidad.
Afirmábamos arriba que los seres humanos construimos nuestra personalidad mediante la libertad, pero definitivamente las relaciones interpersonales nos acompañan en todo momento; de nosotros depende que pueda darse la permanencia de un esplendor inacabable, cuando nos reconocemos a nosotros y a los otros seres humanos como dignos, o por el contrario al negarnos y con ello negarles el valor a los otros nos convertimos en un horror inmortal incapaz de ser plenamente humano. La dignidad no es cuestión de ideologías o postulados teóricos, es una experiencia de vida que nos permite ser humanos en el sentido más pleno del término y nos asegura la convivencia de la humanidad mediante la promoción y el respeto de lo más valioso: LO QUE CADA UNO DE NOSOTROS ES.[69]

Si el hombre ha de vivir una vida religiosa que sea digna de tal nombre, debe conocer a Dios, debe entrar en comunión con Dios. Esto envolverá necesariamente dos cosas: revelación de parte de Dios y una capacidad de parte del hombre para conocer a Dios; o para usar la más significante expresión, el hombre debe ser capaz de amistarse con Dios. El tema de la revelación se discutirá más adelante. En este capítulo queremos considerar el asunto de la capacidad del hombre para conocer a Dios o para relacionarse con él.
Debemos recordar, sin embargo, que estas dos cuestiones en realidad deben ir juntas, que ellas son dos fases de un asunto, y no realmente dos cosas separadas. La cuestión referente a si el hombre está en capacidad de relacionarse con Dios no puede establecerse aparte del punto de la revelación, así como la cuestión de que si el hombre ve no podría establecerse aparte de los objetos de la visión. Desde luego, que el hombre no podría ver a menos que hubiera objetos de visión, como tampoco podría haber objetos para ser vistos a menos que el hombre tuviera la capacidad de ver. Cada cosa envuelve a la otra. Lo mismo es cierto con referencia a la revelación y a la capacidad del hombre de tener relación con Dios. Algunas veces se ha discutido la capacidad del hombre para conocer a Dios como si tal capacidad en el hombre pudiera ser alguna cosa afuera de la revelación por parte de Dios. O se ha discutido la revelación como si pudiera existir una revelación independiente de la capacidad del hombre para recibir esa revelación. Pero semejantes abstracciones yerran el punto. El hombre no tiene capacidad para conocer a Dios excepto en la manera como Dios se revela a sí mismo, ni Dios podría revelarse a sí mismo a un ser que no tuviera capacidad de conocerlo. Lo uno implica lo otro.
Tampoco debe tomarse esto como si en la religión Dios y el hombre descansaran en un mismo plano de igualdad el uno con el otro. Esto no es cierto. Dios es siempre el que toma la iniciativa y actúa como creador. El hombre reconoce a Dios como soberano y actúa de conformidad. Sin embargo el hombre debe tener la capacidad para responder al poder creador y redentor de Dios. En otras palabras, debe haber algo más en el hombre de lo que hay en las cosas o en los animales; de otro modo él no podría ser religioso. Si no se encontrara en el hombre la capacidad que no existe en las cosas o en los animales, Dios no podría atraerlo a su compañía. [70]

Hay algo en el hombre que no se satisfará con lo visible y lo temporal. Algo en él clama por lo espiritual y por lo eterno. El hombre tiene sed de Dios. En medio de lo visible y lo transitorio, él alcanza lo invisible y lo que permanece. El Salmista expresa este grito universal del corazón humano cuando nos dice:

  • “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía” (Sal. 42:1 RV 1960).

Dondequiera que se encuentren los hombres han tenido siempre alguna forma de religión. Si hay algunas excepciones a esta afirmación, ellas son tan insignificantes que podemos descuidarnos de ellas. Todos los hombres de todas las razas y climas han clamado por Dios.
Otro hecho digno de mencionarse es que este anhelo del espíritu humano se satisface en Cristo. El es la luz del mundo (Juan 9:5). Es el pan de vida (Juan 6:35). Es el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6). Es al alma lo que la luz es al mundo material. Es al espíritu del hombre lo que el pan es al cuerpo. El satisface los anhelos más profundos del espíritu humano.
Así vemos que el hombre fue hecho para el evangelio, y el evangelio fue hecho para el hombre. Se ajustan el uno al otro como el guante se acomoda en la mano. Cada uno fue designado para el otro. La naturaleza del hombre fue hecha para Dios, y aparte de Dios el hombre falla en su destino verdadero. [71]

LA OPINIÓN BÍBLICA GENERAL DEL HOMBRE [72]
1. El Hombre, más que un organismo físico.

Resulta evidente de la experiencia y de la observación por un lado y de la enseñanza de las Escrituras por el otro, que el hombre es más que un ser físico.
Su cuerpo vino del polvo de la tierra; pero Dios alentó en su nariz soplo de vida y el hombre fue hecho un alma viviente (Gén. 2:7). Dios hizo al hombre
a su propia imagen (Gén. 1:26, 27). Esto evidentemente hace referencia a la naturaleza espiritual del hombre, y no a su cuerpo. Esta imagen divina puede reflejarse en el hecho de que el hombre camina erecto,f2 pero la esencia de ello está en algo más hondo, en algo que no es visible al ojo físico. Hay una fase indivisible e inmaterial de esta vida.

2. El hombre, una personalidad espiritual.
Lo que la Biblia da a entender al referirse a que el hombre fue creado según la imagen divina, pudiera expresarse diciendo que el hombre es una persona espiritual. Quizá sería mejor decir que él tiene la capacidad de llegar a ser una persona así. La cosa más grande respecto al hombre no es lo que él ahora es,sino lo que es capaz de llegar a ser.
Quizá sea bueno fijarse en las capacidades del hombre, aquellas que se envuelven en su personalidad. ¿Cuáles son los poderes que el hombre posee y que lo hacen capaz de crecer en una personalidad espiritual -no poderes completamente desarrollados- antes bien, capacidades o potencialidades?
(1) Uno de ellos es la inteligencia.
El poder de pensar, de conocer, distingue al hombre de las cosas y de los animales. Los animales tienen una forma rudimentaria de inteligencia, pero en este respecto no se les puede poner en la misma clase con el hombre. El hombre tiene el poder de razonar, de reflexionar, de investigar, de sacar conclusiones, de guiar su vida por sus pensamientos y conclusiones. Los animales inferiores no pueden hacer nada de esto. El hombre no solamente tiene el poder de la conciencia; tiene el poder también de la conciencia de sí mismo. El tiene el poder de objetivar su yo, de hacer a su persona un objeto de pensamiento, de conocerse a sí mismo en relación con el mundo en el cual vivimos y en relación con otras personas. Ningún perro o caballo o mono ha mostrado nunca alguna señal de tal aptitud.
(2) Otra capacidad que pertenece al hombre en virtud de su personalidad espiritual es el poder o fuerza de voluntad.
El hombre tiene el poder de escoger, de formarse ideales, de encauzar sus energías hacia la realización de sus ideales. Algunos sostienen que el hombre no tiene libertad, que es totalmente determinado por la herencia y el ambiente. Otros han sostenido que su libertad es prácticamente sin límites, que él puede hacer cuanto le venga en gana. Ninguna de estas posiciones es acertada. El hombre es libre, mas su libertad es limitada. El está parcialmente determinado por la herencia y por el ambiente. Por la herencia y por el ambiente limitaciones muy serias le son impuestas, pero hasta cierto punto él puede superarlas un poco. Pudiéramos decir, más bien, que dentro de ciertos límites determinados por la herencia y el ambiente, el hombre tiene dirección propia. No es totalmente un esclavo de ambas cosas. Dentro del círculo de ellas, él tiene el poder de escogimiento y de determinación personal. Tiene el poder suficiente de elección como para ser un agente moral responsable.
Esta libertad es encarecida en el momento en que el hombre entra a una comunión consciente con Dios en Cristo. El Nuevo Testamento hace resaltar esta libertad de los hijos de Dios -aquellos que nacen de nuevo por la fe en Cristo. Esta es una libertad que le da al hombre, en principio, la victoria sobre sí mismo y sobre el mundo. El hombre, poseído por el Espíritu de Dios, es en verdad un ser real en cuanto a su poder sobre las fuerzas hostiles de la naturaleza y del pecado. Y aun por naturaleza hay en él un inherente poder de elección que lo hace capaz de recibir el evangelio, un poder que no posee ningún ser en el reino natural inferior a él.
(3) También el hombre posee el poder del afecto racional.
Los animales inferiores tienen el poder de la afección instintiva. En el mundo animal, la madre se sacrificaría por el bien de su cría. Pero en la vida humana,este poder de sacrificio se levanta hasta el nivel de la cualidad racional. Esto es, una persona puede, y algunas veces lo hace, elevarse hasta el nivel del sacrificio deliberado por el bien de otros. Esto se exhibe en la relación de familia -el padre por el hijo o el hijo por el padre. O tal sacrificio puede manifestarse por parte del amigo para el amigo, del patriota para su país, o en muchas otras relaciones humanas.
Luego, este poder se ve en su mejor expresión solamente donde el hombre ha sido purificado del pecado y atraído a la comunión con Dios en Cristo. La demostración suprema de semejante amor la encontramos en la cruz de Cristo;y Cristo solo tiene el poder de inspirar ese amor en el corazón de los hombres de modo que llega a ser la pasión consumidora y dominante de la vida.
(4) Como una personalidad espiritual, el hombre tiene también una naturaleza moral.
Esto significa que él tiene un sentido de lo bueno y lo malo, que puede distinguir entre lo bueno y lo malo y que se juzga a sí mismo y a otros con referencia a lo bueno y a lo malo.
El sentido de lo bueno y lo malo es inherente en el hombre; es una parte de su constitución moral. Sin esto él no sería humano; sólo sería una bestia. El hombre posee este sentido de lo bueno y lo malo en virtud del hecho de que él es humano. Por el sentido de lo bueno y lo malo damos a entender el sentimiento (o intuición) de que existen lo bueno y lo malo y de que nosotros estamos obligados a hacer lo bueno y a evitar lo malo. Este sentido de lo bueno y lo malo no puede originarse por experiencia ni en el individuo ni en la raza.
Tan lejos como este autor puede ver, dicho sentido viene a la raza y al individuo por medio de un acto creativo de Dios. Tampoco puede interpretarse este sentido de lo bueno y lo malo en términos de cualquier otra clase de experiencia. No puede reducírsele a lo placentero o a lo utilitario. El sentimiento de que una cosa es correcta y de que es agradable o útil son dos tipos de experiencia totalmente diferentes. La sensación de que un acto o curso de conducta es bueno o recto no es una sensación de utilidad. Ella participa de la naturaleza de un “imperativo categórico”. Sentimos que estamos obligados a hacer lo que es recto ya sea placentero o conveniente, o no. Podemos buscar lo que es agradable o conveniente; debemos seguir lo que es recto. La obligación moral es algo que se nos impone. Nosotros no ponemos la obligación sobre nosotros mismos. Algunas veces daríamos el mundo si nos pudiésemos desprender de ella. Está puesta sobre nosotros por el sistema de cosas al cual pertenecemos -según el cristiano cree- por Dios. Esta sensación de obligación moral puede ser aumentada o dilucidada, o puede ser encallecida por la experiencia; pero claramente se desprende de su naturaleza
que no es originada por o en la experiencia.

PODERES PERSONALES NECESARIOS A LA VIDA CRISTIANA [73]
Nos gustaría ahora señalar que estos poderes o capacidades del hombre como una persona espiritual son esenciales en su vida religiosa. Nosotros creemos que esto podría hacerse evidente con referencia a cualquier tipo de religión digna de considerarse, pero lo consideraremos desde el punto de vista del evangelio de Cristo. Siendo que es la Doctrina Cristiana lo que estamos considerando, y no la religión en general, veamos cómo estos poderes son esenciales a la comunión del hombre con Dios en Cristo. Esto es muy evidente,sin embargo, si guardamos en la mente las enseñanzas del Nuevo Testamento,no se hace necesaria una discusión extensa.
El evangelio del Nuevo Testamento fue un mensaje que cada hombre debía oír y aceptar por sí mismo. Este se dirigía al hombre como un ser inteligente y apeló a su mente y a su voluntad. No se disfrutaba de sus beneficios por virtud de ser un judío, ni en virtud de ser un miembro de una familia en particular.
Jesús causó división. El dividió familias (Mateo 10:21, 35, 36). Los hombres se aliaron alrededor de él o en contra de él. El apeló a la voluntad de los hombres. Ellos debían escoger el seguirlo.
Además, él resumió los requisitos de Dios para el hombre en el amor -amor a Dios y al hombre Marcos 12:30, 31). Este amor del que Dios habla no es afección natural; es buena voluntad racional. Y se espera de los hijos de Dios que tengan esta buena voluntad racional hacia todos los hombres -enemigos tanto como amigos. Y sólo de esta manera podemos ser verdaderos hijos de Dios (Mat. 5:43 sigtes.).
Sólo entonces, como un ser inteligente y libre, con poder para conocer y elegir,puede el hombre responder al evangelio de Cristo y aceptarlo. Solo como un ser con naturaleza moral capacitado para distinguir lo bueno de lo malo, con capacidad para amar a Dios y al hombre, puede él vivir la vida requerida por el evangelio.

La imagen y semejanza de Dios.[74]

La imagen y semejanza de Dios en e! hombre la encontramos en el AT (Gen.1:26-27; 5:1; 9:6), como también en el NT (I Cor.11:7; Stgo.3:9).

Es bastante difícil comprender perfectamente a qué se refiere la expresión “a imagen y semejanza de Dios”. En el Antiguo Testamento las palabras “imagen” y “semejanza” se usan indistintamente y pueden considerarse como sinónimos en muchas ocasiones. En ocasiones se usan las dos (cf. Gen.1:26; 5:3). En otras una sola (cf. Gen.1:27; 5:1; 9:6).

En el Nuevo Testamento se sigue una línea semejante. Pablo utiliza el término “imagen” y cambia “semejanza” por “gloria” (1 Cor.11:7). En ocasiones se utiliza sólo “imagen” (Col. 3:10). En ocasiones se usa sólo “semejanza” (Stgo. 3:9).

Es evidente que ambos términos se usan indistintamente en la Escritura para referirse a una misma cosa. Puede entenderse que la idea bíblica es que, mediante la creación, lo que era arquetípico en Dios se convirtió en una copia en el hombre. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, y esto no fue algo añadido después de la creación. El hombre no sólo lleva la imagen de Dios, sino que es su verdadera imagen (I Cor.11:7; 15:49).

Al ver que estos términos se siguen usando para el hombre bajo el pecado es evidente que no perdió la imagen y semejanza de Dios, aunque sin lugar a dudas ésta ha sido oscurecida por el pecado.

¿En qué consiste la imagen de Dios en el hombre?

1) Semejanza moral

Las perfecciones morales de Dios se manifiestan en que Él es definitivamente bueno e infinitamente justo.

a) Dios hizo al hombre “muy bueno” (Gen.1:31). No sólo cumplía lo que Dios había determinado que sería el hombre, sino que le llenaba de complacencia. El hombre era santo, no en el sentido de impecabilidad, sino de ausencia de pecado. Por esto la fuerte sugerencia de la antigua situación citada en diferentes lugares: “sed santos, porque yo soy santo” (1 Pe. 1:16 rv 1960).

b) Dios hizo al hombre justo (Ecl. 7:29).

El hombre renovado en Cristo recupera lo que era el concepto de imagen y semejanza deterioradas por el pecado.

2) Dios es conocimiento supremo

Esto se hace manifiesto en el hombre cuando se convierte a Cristo (Col.3:10). Este conocimiento no es sólo la facultad de entendimiento, sino la capacidad de poder discernir y dar aprobación sincera a la verdad religiosa.

3) Dios es una persona

LA PERSONA HUMANA

Ni el más vigoroso personalismo filosófico llega jamás a una definición satisfactoria de la persona, ella solo puede provenir del dogma trinitario, como una revelación sobre la persona humana.

La Persona es “para” la comunión y “por” ella. Estrictamente hablando la Persona solo existe en Dios. El hombre tiene la nostalgia de llegar a ser “persona” y lo logra en su comunión con la Persona divina.

La filosofía griega conoce bien la noción de individuo pero ignora la de persona. Las tres Hipóstasis no son tres Dioses, sino tres principios: tres centros conscientes de la única existencia y de la única conciencia trinitaria. Es el Único en sí mismo.

La unicidad irreductible que hace de cada individuo un ser único (una persona) nos viene del dogma y escapa a toda definición racional. Solo se adquiere o por una aprehensión intuitiva o por una revelación mística.

La sabiduría de Dios ha circunscrito cada ser en sus propios límites. Si rebasa sus límites se pierde. La persona es un modo de existencia que personaliza la totalidad del ser: es la única que se piensa, reflexiona sobre sí y se determina a sí misma. Es el principio de integración que obra la unidad de todos los planos del ser. No es algo añadido al cuerpo, alma, espíritu, sino, más bien, su soporte o principio de vida fundamental para el destino del humano.

La hipóstasis es la superación de sí mismo, de la nuda humanidad. Su misterio es su propia trascendencia hacia Dios. Si bien el hombre crea ya la persona por medio de la alteridad humana, sol alcanza toda su verdad cuando se remonta a la conciencia que Dios tiene de él (cuando hay relaciones con el tú divino) así lo puramente humano es rebasado y el yo más íntimo, hipostático, no nos pertenece en propiedad, sino que lo recibimos en el orden de la gracia que lo perfecciona (“identidad o hipóstasis por gracia”).

La hipóstasis realiza y asume adrede el puesto avanzado de imago dei, órgano y lugar de la comunión con Dios que revela la estructura teándrica a imagen de Cristo: San Juan dice que en el siglo futuro “seremos semejantes a Él”. Un teandrismo de tal índole si bien ya está contenido potencialmente en la imago dei, de su grado de actualización depende el grado de germinación y florecimiento del prosopón (cierto rudimento de persona que todo humano posee) hacia el alcance de la hipóstasis. Es el paso del ser natural al ser crístico, a lo largo de la gran iniciación sacramental en la que la estructura humana es moldeada de nuevo como una estatua conforme a su arquetipo Cristo, pero sin olvidar que en Cristo Dios se une a lo humano y su comunión es máxima y única.

En el hombre la conciencia divina se sitúa y el teandrismo se realiza en la intimidad de la conciencia de sí mismo: “Vendremos y moraremos” (Jn. 14 RV 1960), “ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí”. Que Cristo se forme en vosotros.

El hombre es una criatura que ha recibido la orden de hacerse dios, de devenir hipóstasis deificada. La persona (prósopon) está llamada (para devenir hipóstasis) a reunir por amor la naturaleza creada con la increada, por la adquisición de la gracia.

En el hombre deificado la persona creada ve, en esta deificación misma, su naturaleza unida a la energía divina deificante, ésta queda enhipostasiada en la persona humana. De manera que la hipóstasis es el modo personal, único, sin par, de existencia teándrica del cristiano. Y aquí es donde hay que trazar la divisoria mística entre el hombre viejo y la nueva cristura. El individuo es una categoría sociobiológica, una parte del todo natural y definida por delimitación y aislamiento (oposición). En su estado natural, el prósopon se confunde con el individuo, no es más que una potencialidad de la persona. Al realizarse postula su tránsito a la hipóstasis, que es, en cambio, una categoría espiritual y, no siendo sino una parte, contiene en sí a la totalidad (lo que explica su capacidad de enhipostasiar). [75]

El hombre, al ser hecho a la imagen de Dios, tiene también todo lo que incluye a la persona:

a) Intelecto (capacidad para pensar). El hombre creado a imagen de Dios tiene una naturaleza racional de la cual no puede desprenderse sin dejar de ser hombre. Con el intelecto puede conocer a Dios.

b) Emociones (capacidad para sentir). Por esto está facultado para amar a Dios.

c) Voluntad (capacidad para elegir). Puede elegir obedecer a Dios.

Conclución

La Antropología es la ciencia que estudia al hombre. Antropología Bíblica es la parte de la Teología que estudia al hombre desde la perspectiva bíblica. Se define la Antropología teológica como “la rama de la ciencia teológica que trata sobre el hombre, tanto en su condición original como en su estado caído. Abarca la consideración de la creación del hombre, su condición primitiva, su prueba y su apostasía, su pecado original y sus actuales transgresiones” (The New Standard Dictionary), [76]

Este tema es siempre de singular importancia, a causa de que afecta personalmente a cada persona. El hombre es sobre todo un proyecto existencial con un destino eterno. En razón de las dificultades con que atraviesa en su vida, surgen tres preguntas que, a lo largo de los siglos, se ha procurado dar respuesta desde muchas perspectivas diferentes: a)¿Quién soy?, b)¿De dónde vengo? c)¿A dónde voy? Ninguna de las respuestas que puedan darse serán satisfactorias, salvo la que procede de la Escritura como Palabra de Dios. Solamente la Biblia tiene respuesta a estas inquietantes preguntas. El Libro de Dios presenta al hombre como un ser caído, pero junto con ello, como objeto del amor y de la gracia de Dios que provee para él salvación en Cristo Jesús. [77]

Se estudia de dos ángulos completamente diferentes: el de la filosofía humana y el de la Biblia. El primero no tiene ninguna relación con la Biblia, y evita toda clase de relación con la revelación bíblica. Esta es la que se ofrece como disciplina secular en las escuelas universitarias. El segundo es bíblico; se confina a la Palabra de Dios y a aquellas experiencias humanas que la corroboran y que pueden servir de testimonio de la verdad revelada en las Sagradas Escrituras. Evidentemente nuestro enfoque va a ser el bíblico.

La piedad creacional nos da conciencia de la dignidad del hombre y de Jesucristo, su cabeza. Dios sometió al hombre todas las criaturas (Sal 8:7 BJ), y constituyó a Cristo, también en cuanto hombre, Rey del universo, Señor del cielo y de la tierra (Mt 28:18), Heredero de todo (Heb 1:2). Ahora, como dice el Apóstol, “todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”(l Cor 3:23 BJ). [78]

Por último, el horror al pecado surge de ver que por él nos entregamos a las criaturas, despreciando a su Creador. Es un abismo insondable de culpa y miseria en el que se hunden los pecadores: “Adoraron y sirvieron a la criatura en vez de al Creador. ¡Bendito él por siempre! Amén”(Rm 1:25 BJ). [79]

¿En qué consiste el camino de la vida eterna?

“El camino de la vida es este: ante todo amarás a Dios que te ha hecho y luego a tu prójimo como a ti mismo. Todo lo que quieras que no te suceda tampoco tú lo hagas a otro” (Didajé 1. 2). [80]

El amor al Creador es el rasgo fundamental.Como dice SAN BASILIO,

“nosotros amamos al Creador porque hemos..sido hechos por él, en él tenemos nuestro gozo, y en él debemos pensar siempre como niños en su madre”(Regla larga 2,2). [81]

  • “Venid, póstremenos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro”(Sal 94:6 BJ); “él nos hizo y somos suyos”(99:3 BJ).

La admiración gozosa ante la creación, que canta incesantemente la gloria de Dios. En la visión cristiana del mundo -a pesar de estar tan estropeado por el pecado-, lo sustantivo es la contemplación admirada, lo adjetivo es el conocimiento penoso del mal. Y no debemos permitir que la pena predomine sobre el gozo. Por el contrario, el entusiasmo religioso debe llevarnos a decir:

  • “Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus manos. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor, qué profundos tus designios! El ignorante no los entiende, ni el necio se da cuenta”(Sal.91,5-7 BJ).

Hemos de contemplar la presencia de Dios en sus criaturas. Mientras el hombre no ve a Dios en él mundo, está ciego; mientras no escucha su voz poderosa en la creación, está sordo (Sal 18, 2-5;28).

La admiración de Dios en sus criaturas es uno de los rasgos principales de la espiritualidad de S. AGUSTÍN:

“La hermosura misma del universo es como un grande libro: contempla, examina, lee lo que hay arriba y. abajo. No hizo Oíos, para que le conocieras, letras de tinta, sino que puso ante tus ojos las criaturas que hizo.’¿A qué buscas testimonio más elocuente? El cielo y la tierra te gritan:.Somos hechura de Dios” (Confesiones 10,6). [82]

Decía S. FRANCISCO DE ASÍS que

“en cualquier objeto admiraba al Autor, en las criaturas reconocía al Creador, se gozaba en todas las obras de las manos del Señor. Ve cuanto hay de bueno le gritaba: El que nos ha hecho es mejor…Abrazaba todas las cosas con indecible devoción afectuosa, les hablaba del Señor y les exhortaba a alabarlo. Dejaba sin apagar las luces, lámparas, velas, no queriendo extinguir con su mano la claridad que le era símbolo de la luz; eterna. Caminaba con reverencia sobre las piedras, en atención a Aquel que a sí mismo se llamó Roca…Pero ¿cómo decirlo todo? Aquel que es la fuente de toda bondad, el que será todo on todas las cosas, se comunicaba a nuestro Santo también en todas las cosas”(TOMáS DE CELANO, II Vida cp.121») [83]

Notas

  • [0] Gustavo Schujman, Filosofia. Nociones de lógica proposicional y lógica de clases,pag. 106, ed. Aique,Argentina,1ª ed
  • [1] Jose Rivera, Jose Maria Iraburu, Sintesis de espiritualidad católica, 2ª ed. ,pag. 20, Fundación Gratis Date – Pamplona 1989. impr. en España
  • [2] J.Gresham Machen, Vision cristiana del hombre, pag. 124, ed. El Estandarte
  • [3] CIRILO DE ALEJANDRÍA, De Trinante, 4, PG 77,1126s. cit en V.ARAUJO-J.CASTELLANO CERVERA – S.COLA – A.DESTRON – G.MURA – G.ROSSÉ – Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag. ed. Ciudad Nueva, 1993
  • [4] Ireneo, Adversus Haereses,III,19,3 PG 7,41 B, “Fue por exceso de caridad, de amor,por lo que se realizó la Encarnación, dira S.Buenaventura, (In Sententias,III,d.1.q.1) cit en V.ARAUJO-J.CASTELLANO CERVERA – S.COLA – A.DESTRON – G.MURA – G.ROSSÉ – Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag. ed. Ciudad Nueva, 1993
  • [5] http://www.onechurchad33.org/iglesiadecristo/pdf/Curiosidades/RECURSOS/Fundamentos.pdf
  • [6] Gustavo Schujman, Filosofia. Nociones de lógica proposicional y lógica de clases,pag. 107, op. cit
  • [7] ibid,pag. 107-108
  • [8] http://www.iglesiareformada.com/Calvino_Institucion_1_15.html , INSTITUCIÓN DE LA RELIGIÓN CRISTIANA POR JUAN CALVINO,LIBRO PRIMERO CAPÍTULO XV
  • [9] Vision cristiana del hombre,pag. 124, op. cit
  • [10] Ibid,pag. 162-164
  • [11] http://www.iglesiareformada.com/Calvino_Institucion_1_15.html , INSTITUCIÓN DE LA RELIGIÓN CRISTIANA POR JUAN CALVINO,LIBRO PRIMERO CAPÍTULO XV
  • [12] ATANASIO, Epístola de Synodis, 51, PG 26, 784.cit en V.ARAUJO-J.CASTELLANO CERVERA – S.COLA – A.DESTRON – G.MURA – G.ROSSÉ – Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.121 ed. Ciudad Nueva, 1993
  • [13] CIRILO DE ALEJANDRÍA, Comm. in Joan., 1,13, PG 73,157 cit en V.ARAUJO-J.CASTELLANO CERVERA – S.COLA – A.DESTRON – G.MURA – G.ROSSÉ – Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.121 ed. Ciudad Nueva, 1993
  • [14] ATANASIO, Contra Arríanos, 70, PG 26,296 AB.,cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.122 op. cit
  • [15] Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.122 op. cit
  • Nota:

¿Qué es lo que significa que podemos llegar “a ser participantes de la naturaleza divina”?

Esta frase se encuentra solo en 2 Pedro 1:4. Probablemente, la mejor aproximación, al responder su pregunta, es examinar el pasaje y explorar su significado teológico. El texto dice:

  • Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huído de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Ped. 1:3, 4 RV 1960)

Dividámoslo en secciones.
1. “Nos han sido dadas por su divino poder…” Satisfacer nuestras más profundas necesidades no es el resultado de nuestro poder, sino del poder divino “dado/concedido a nosotros”. La palabra traducida “divino” (del griego theios) es el mismo término utilizado en la frase “naturaleza divina”. La necesidad humana es definida como “la vida y la piedad”. El término “vida” parece referirse a la vida eterna, que los seres humanos perdieron por causa del pecado. “Piedad” enfatiza la semejanza con Dios en la experiencia diaria de los creyentes, al vivir una vida santa. Cristo ha provisto para nuestra relación futura con él, a lo largo de la vida eterna, y para nuestro presente caminar con él a través de una vida santificada (ver 2 Ped. 3:11).
2. mediante el conocimiento de aquel…” El don nos alcanza por medio de nuestro conocimiento de Cristo. Esta no es simplemente una información, sino un profundo compromiso personal, un conocimiento experimental acerca del poder salvador de Cristo. Aquí, nuevamente, es Cristo quien toma la iniciativa, al llamarnos a esa relación. Nos llama por medio de la revelación de “su gloria y excelencia”. El texto presupone el papel del Espíritu Santo como el revelador de la gloria, o majestad, de Cristo (su deidad) y de su excelencia (la excelencia de su vida).
3. por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas…” La gloria y la excelencia de Cristo son los medios por los que recibimos las promesas de Dios. Estas “preciosas y grandísimas” promesas son inestimables, porque están basadas en el sacrificio inapreciable de Cristo (1 Ped. 1:18, 19). Incluyen no solo todas las cosas que “pertenecen a la vida y a la piedad”, sino también lo que sigue.
4. para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina…” Cuando nos apropiamos por fe de esas promesas, inmediatamente llegamos a ser participantes de la naturaleza divina. Son acompañadas por el privilegio de participar de la naturaleza divina. Obviamente, Pedro no está diciendo que llegamos a ser dioses, sino que participamos de lo que no es nuestro por naturaleza o por derecho. Describe un honor que nos es dado merced a la obra salvadora de Cristo: la prerrogativa de estar en unión con Dios y participar de su “poder divino” (vers. 3). Llegar a ser participantes de la naturaleza divina significa ser capacitados, gracias al poder de Dios, para llegar a ser como Dios, espiritualmente y moralmente, en nuestra experiencia diaria.
5. habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo…” Nuestra participación de la naturaleza divina posibilita que vivamos píamente, escapando de la corrupción que hay en el mundo causada por la concupiscencia. La construcción gramatical sugiere que la participación de la naturaleza divina sigue a nuestro escape de la corrupción que hay en el mundo: “Habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo causada por la concupiscencia, hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina”. En ese caso, nuestro escape de la corrupción toma lugar en el momento de la conversión. Y ahora, por causa de nuestra participación en la naturaleza divina, somos preservados, en un mundo de pecado, de esa influencia corruptora.

Conclución: Este pasaje enfatiza varias ideas.

a. Primero: Pedro indica que la salvación es el resultado de la obra de Dios, de comienzo a fin. Es un don divino, que nos es concedido por medio de Cristo.
b. Segundo: la salvación es nuestra solo por la unión con Dios por medio de Cristo, que es no solo humano sino también divino. Cuando somos conectados con Cristo y somos partícipes de su naturaleza divina, estamos “en Cristo” (1 Ped. 3:16; 2 Ped. 1:5-9).
c. Tercero: esta experiencia presupone que la naturaleza humana está debilitada espiritualmente y en constante necesidad del poder divino. En la resolución del predicamento humano, Dios nos garantiza el privilegio de una unión verdadera con él en Cristo. http://biblicalresearch.gc.adventist.org/preguntasbiblicas/participes%20naturaleza%20divina.htm

  • [16] ATANASIO, Contra Aríanos, 70, PG 26,296 AB.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.122 op. cit
  • [17] BASILIO, Contra Eunomium, 3, 5, PG 29, 665 BC.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.123 op. cit
  • [18] Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.123 op. cit
  • [19] ORÍGENES, Comm. in Epist. adRom., 4, 9, PG 14, 997 C. cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.123 op. cit
  • [20] MÁXIMO EL CONFESOR, Questiones ad Tbalassium, 59, PG 90,508-609.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.123 op. cit
  • [21] PSEUDO-MACARIO, Homiliae 15,38, PG 34, 602.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.123-124, op. cit
  • [22] GUILLERMO DE SAINT-THIERRY, Expositio super Canticum, PL 11 506 BC.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.124, op. cit
  • [23] Gregorio de Nisa,oratio catechetica.PG 44,740, cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.124, op. cit
  • [24] Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.124, op. cit
  • [25] CIRILO DE ALEJANDRÍA, Comm. in Joan, 17, PG 74,553.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.126-127, op. cit
  • Nota:
  • La Transustanciación es una doctrina de la Iglesia Católica Romana. El Catecismo de la Iglesia Católica define esta doctrina en su sección 1376:“El Concilio de Trento resume la fe católica declarando: “Puesto que Cristo nuestro Redentor dijo que era verdaderamente su sangre la que se ofrecía bajo las especies del pan, ésta siempre ha sido la convicción de la Iglesia de Dios, y este santo Concilio lo declara nuevamente ahora, que por la consagración del pan y el vino, se efectúa un cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo nuestro Señor y toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. A este cambio, la santa Iglesia Católica le ha llamado justa y apropiadamente la transustanciación.”En otras palabras, la Iglesia Católica Romana enseña que una vez que un sacerdote ordenado, bendice el pan en la Cena del Señor, éste se transforma en la misma carne de Cristo (aunque retiene su apariencia, olor y sabor de pan); y cuando él bendice el vino, éste es transformado en la misma sangre de Cristo (aunque retiene la apariencia, olor y sabor del vino). ¿Es bíblico este concepto? Hay algunas Escrituras que si se interpretan estrictamente en su forma literal, indicarían que la presencia de Cristo “está realmente” en el pan y el vino. Como ejemplo tenemos a Juan 6:32-58; Mateo 26:26; Lucas 22:17-23; y 1 Corintios 11:24-25. El pasaje que se señala más frecuentemente es Juan 6:32-58, especialmente los versos 53-57, “Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.”Los Católicos Romanos interpretan este pasaje literalmente, y aplican este mensaje a la Cena del Señor, al cual ellos llaman la “Eucaristía” o “Misa”. Aquellos que rechazan la idea de la transustanciación interpretan la idea de las palabras de Jesús en Juan 6:53-57 figurativa o simbólicamente. ¿Cómo podemos saber cuál es la interpretación correcta? Pero, a Dios gracias, Jesús hizo excesivamente obvio lo que Él quiso decir. En Juan 6:63 declara, “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.” Jesús establece específicamente que Sus palabras son “espíritu”. Jesús estaba usando conceptos físicos, como el comer y el beber, para enseñar una verdad espiritual. De la misma manera que el consumir físicamente comida y bebida mantiene nuestros cuerpos físicos, de igual manera nuestras vidas espirituales son salvadas y construidas al recibir a Jesucristo por gracia a través de la fe. El comer la carne de Jesús y beber Su sangre son los símbolos de haberle recibido total y completamente en nuestras vidas.Las Escrituras declaran que la Cena del Señor es un memorial del cuerpo y la sangre de Cristo (Lucas 22:19; 1 Corintios 11:24-25), y no la consunción misma de Su sangre y cuerpo físico. Cuando Jesús estaba hablando en Juan capítulo 6, aún no había tenido lugar la Última Cena con Sus discípulos, en la que Él instituyó la Cena del Señor. Es injustificado leer La Cena del Señor / Comunión Cristiana en el capítulo 6 de Juan. Para una información más completa sobre estos puntos, favor de leer nuestro artículo titulado: La Sagrada Eucaristía.La razón principal por la que la transustanciación debe ser rechazada es porque es vista por la Iglesia Católica Romana como un “re-sacrificio” de Jesucristo por nuestros pecados, o como una “re-ofrenda / re-presentación” de Su sacrificio. Esto está directamente en contradicción a lo que dice la Escritura; que Jesús murió “una sola vez” y no necesita ser sacrificado nuevamente (Hebreos 10:10; 1 Pedro 3:18). Hebreos 7:27 declara, “que no tiene necesidad cada día como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo (Jesús) UNA VEZ para siempre, ofreciéndose a Sí mismo.”http://www.gotquestions.org/espanol/transustanciacion.html
  • [26] CIRILO DE ALEJANDRÍA, Comm. in Joan, 17, PG 74,553.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.126-127, op. cit
  • [27] HILARIO, La Trinidad, BAC, Madrid 1986, pp. 372-374. (De TriniIte, 8,13-16, PL 10,246-249).cit Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.127, op. cit
  • [28] ATANASIO, Oratio II contra Arianos, 61, PG 26, 276s.; y GREGORIO DE NISA, Homiliae in Canticum, 15, PG 44,1117 A. cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.127, op. cit
  • [29] CIRILO DE JERUSALÉN, Catechesis XXII Mystagogica IV, 3, PG 33,1100.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.127, op. cit
  • [30] S.Agustin, cit en http://lutero.biblioteca-tercer-milenio.com/Saladelectura/LaCautividadBabilonicadelaIglesia/Libro/1.htm
  • [31] Walter Thomas Conner,revelation and God (Nahville:Broadman Press,1936),53 cit en Roy T.Edgermon, Las doctrinas que creen los bautistas, pag.36 , Convention Press,Nashviller,Tennesse,E.U.,1989
  • [32] Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.125, op. cit
  • [33] ibid,p. 124
  • [34] Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag. op. cit
  • [35] Diccionario biblico expositor Vine NT+
  • [36] Diccionario Expositor Strong
  • [37] Las doctrinas que creen los bautistas, pag.36-37,op. cit
  • [38] Wilbur F.Tillet, La doctrina de la salvación. Estudios sobre las doctrinas cristianas que se refieren a la vida espiritual, pag. 284-285 ed. Clie
  • [39] Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.125, op. cit
  • [40] Duns Scoto,Reportata parisiensia,7,IV cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.128-129, op. cit
  • [41] Cf. GREGORIO DE NISA, Psalmis, 4, PG 44,446 BC. cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.129, op. cit
  • [42] IRENEO, Adversus haereses, lib. III, X, 2, PG 7, 873; ATANASIO, Contra Arianos, 1, 29, PG 25, 192.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.129, op. cit
  • [43] MÁXIMO EL CONFESOR, Ambiguorum Líber, PG 91, 1308 B.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.129, op. cit
  • [44] ATANASIO, La Encarnación del Verbo, loe. cit., cf. nota 64.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.129, op. cit
  • [45] Cf. S.N. BOULGAKOV, Agnus Dei, Aubier, París, 1943.cit en Dios amor en la tradición cristiana y en los interrogantes del hombre contemporáneo, pag.129, op. cit
  • [46] Las doctrinas que creen los bautistas, pag.51-52,op. cit
  • [47] Ibid, pag. 53
  • [48] Ibid pag. 53
  • [49] http://www.monografias.com/trabajos27/dignidad-persona/dignidad-persona.shtml
  • [50] Ibid
  • [51] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 12,3 cit en Catecismo de la Iglesia Catolica, pag. 93,item 356, Conferencia Episcopal Argentina
  • [52] C.S. LEWIS, La abolición del Hombre, trad. Paul Salazar A., Ed. Andres Bello, Barcelona, 2000, p. 60,cit en http://universitas.idhbc.es/n01/01_03pele.pdf
  • [53] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 24,3 cit en Catecismo de la Iglesia Catolica, pag. 93,item 356, Conferencia Episcopal Argentina
  • [54] S. Catalina de Siena, Diáloghi 4,13 cit en Catecismo de la Iglesia Catolica, pag. 93,item 356, Conferencia Episcopal Argentina
  • [55] Catecismo de la Iglesia Catolica, pag. 93,item 358, op. cit
  • [56] http://hectorsampieri.blogia.com/2004/090803-aproximaciones-a-la-dignidad-de-la-persona-humana.php
  • [57] WOJTYLA., Karol., La subjetividad y lo irreductible en el hombre., en El Hombre y su Destino., p.33.cit en http://hectorsampieri.blogia.com/2004/090803-aproximaciones-a-la-dignidad-de-la-persona-humana.php
  • [58] http://cmap.upb.edu.co/servlet/SBReadResourceServlet?rid=1232490775843_1211208341_3057
  • [59] S. Juan Crisóstomo, In Gen. Sermo 2,1.PG 54,587D-588A cit en Catecismo de la Iglesia Catolica, pag. 93,item 358, op. cit
  • [60] Catecismo de la Iglesia Catolica,pag. 449,op. cit
  • [61] S. León Magno, serm. 21, 2-3 cit en http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3_sp.html #169
  • [62] Para poder cotejar mejor las enseñanzas de la Didajé es preciso tener presente las siguientes características:
  1. La Didajé está dirigida los candidatos provenientes del paganismo. Su universo poblado de dioses y demonios requiere el anuncio de un solo Dios que ha creado todo.
  2. Se puede presuponer con seguridad que el catecúmeno ha escuchado el kerigma y conoce Jesucristo y sus enseñanzas ya que se le enseña a vivir las bienaventuranzas en su propia vida.
  3. La Didajé sólo transmite indirectamente enseñanzas y contenidos de fe. Su cometido consiste en establecer concretamente las maneras de cómo introducir a la fe.
  4. Para el autor de la Didajé la misma pedagogía no es objeto de libre elección. Al finalizar la parte dedicada a los catecúmenos dice expresamente: “cuidado que nadie te desvíe de este camino de la doctrina, es que te enseña fuera de Dios” (Didajé 6. 1). Y si tomamos en cuenta el título del documento: “Enseñanzas del Señor a las naciones por medio de los 12 Apóstoles”, es patente que se le ha asignado una grande autoridad. Algunos Padres de la Iglesia la citan como Sagrada Escritura. Tenemos aquí otro indicio de que se procedía de una manera similar en otras comunidades.
  5. Los cristianos de la Didajé sabían y vivían la conciencia de ser miembros de la Iglesia universal. Uno de los muchos indicios de esta universalidad doctrinal y pedagógica consiste en que los cristianos aprenden a discernir la autenticidad de la fe no sólo del cristiano extranjero y desconocido sino también de personajes importantes como los didáscalos y profetas. Es decir, se trata de criterios comunes para las comunidades cristianas de aquel entonces. http://www.mscperu.org/teologia/Padres/Didache/pedagogiaDidache.htm

Los neandertales pudieron tener hijos con los sapiens

Los neandertales pudieron tener hijos con los sapiens
Los ancestros de los humanos actuales y sus primos los neandertales se cruzaron en dos ocasiones y tuvieron descendencia hace miles de años, según un estudio presentado en EE.UU.

FUENTE | Público 22/04/2010

Los autores del trabajo, de la Universidad de Nuevo México, señalan que, como testimonio, la mayoría de humanos actuales lleva rastros de neandertal en su ADN. “Esto significa que los neandertales no han desaparecido por completo”, explicó a Nature News Jeffrey Long, investigador principal del estudio.

El trabajo fue presentado el pasado sábado durante la reunión anual de la Asociación Americana de Antropología Física, que se celebró en Albuquerque. Vuelve a formular grandes preguntas sobre la naturaleza de humanos modernos y neandertales. Una de las más evidentes es que, si ambos pudieron aparearse y tener hijos, no eran en realidad especies diferentes.

El trabajo ha analizado el ADN de 1.983 personas en África, Asia, Europa, América y Oceanía en busca de huellas características de neandertales u otras especies extintas del género Homo, como el Homo heidelbergensis.

ENCUENTRO EN EL MEDITERRÁNEO

Los resultados mantienen que hubo dos grandes episodios de cruce entre especies después de que el sapiens abandonase África. El primero sucedió hace 60.000 años en las costas del Mediterráneo. El segundo encuentro sucedió hace 45.000 años en el este de Asia. Los expertos no encontraron rastros de hibridación en las poblaciones africanas. Los autores creen que los primeros mestizos que nacieron en el Mediterráneo migraron después al resto de Europa, Norteamérica y Asia. Las poblaciones del segundo cruce migraron después a Oceanía.

El trabajo se ha centrado en más de 600 microsatélites de ADN. Son marcadores en el genoma que se usan para diferenciar genéticamente a diferentes poblaciones actuales y emparentarlas con las poblaciones ancestrales que vivieron hace miles de años. Los expertos compararon esos microsatélites con la tasa de cambio genético que sería de esperar en ellos después de miles de años de evolución, y también con datos del registro fósil. Reconstruyeron después un árbol evolutivo que llevaba hasta las poblaciones actuales analizadas. La única manera de explicar los resultados era a través de esos dos momentos de hibridación.

Según Nature News, el trabajo fue recibido con interés y sorpresa por expertos que llevan años intentando explicar incoherencias en los genes de las poblaciones actuales y su conexión con sus ancestros.

“Es una conclusión llamativa”, explica Carles Lalueza, profesor de la Unidad de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. El experto recomienda cautela. Aunque el trabajo se ha presentado en un congreso que reúne a expertos de todo el mundo, no se ha publicado en una revista científica. “Hay que esperar a que aparezcan todos los datos”, advierte. También apunta que este tipo de estudio puede estar viciado, pues se hace en función de la tasa de variación de los sapiens, y no de los neandertales. Estos últimos podrían tener una tasa diferente, lo que volvería a poner patas arriba las interpretaciones. Lalueza será uno de los que puedan aportar nuevas respuestas, pues su equipo, liderado por el experto en genética neandertal Svante Pääbo, ya ha secuenciado el primer genoma completo de neandertal, a la espera de publicación.

Autor: Nuño Domínguez

http://www.madrimasd.org/informacionidi/noticias/noticia.asp?id=43602&origen=notiweb

Altivez y Orgullo

Altivez y Orgullo

Muchas veces, ante personas generosas y llenas de bondad, nos volvemos abusivos o aprovechadores de la actitud del otro y llegamos a generar que se cansen de ayudar o favorecer al prójimo.

En el caso de nuestro Dios, su bondad y generosidad son ilimitadas. El declara en Isaías 1:18-19:

“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra”
Éste era su ofrecimiento al pueblo de Israel, y ése es su regalo hoy en día para nosotros:

“En el cual tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7)
Pero… cuando olvidamos lo recibido, cuando abusamos de su paciencia, cuando no entendemos lo que espera de nosotros, podemos generar esta otra declaración de parte de Dios:

“Métete en la peña, escóndete en el polvo, de la presencia temible de Jehová, y del resplandor de su majestad. La altivez de los ojos del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y Jehová solo será exaltado en aquel día” (Isaías 2:10-11)
¿Somos altivos o soberbios?

El Diccionario dice que ambas palabras son en cierta manera, sinónimas. Pero la altivez es una actitud. En cambio la soberbia provoca una conducta.

La altivez produce rebeldía interna y personal…

“Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:5)
La soberbia interactúa con otras personas…

“Pues me temo que cuando llegue, no os halle tales como quiero, y yo sea hallado de vosotros cual no queréis; que haya entre vosotros contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias, desórdenes” (2 Corintios 12:20)
Dios no acepta ni permite estas actitudes ni esta conducta:

“… Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6)”
“… y todos sumisos unos a otros, revestíos de humildad…” (1 Pedro 5:5)
Su deseo en cuanto a este tema queda expresado perfectamente en Romanos 12:16:

“Unánimes entre vosotros, no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión”
Su bendición acompaña a la obediencia a este deseo:

“Riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de Jehová” (Proverbios 22:4)
La humildad produce el efecto contrario a la soberbia ya que nos lleva a tener buenas relaciones los unos con los otros en lugar de dañarnos con malas conversaciones o conductas…

“Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (Efesios 4:2)
Debemos aplicar humildad en el servicio…

“Sirviendo al Señor con toda humildad…” (Hechos 20:19)
Sabiendo esto, ¿qué desearemos? ¿Mantener nuestro “orgulloso prestigio” o ser aprobados por el Señor, aunque humanamente nos parezca que salimos perjudicados al mostrarnos humildes?

Recordemos: Sin la bendición de Dios, es en vano cualquier esfuerzo…

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