Comentario a Hechos de los Apóstoles


Comentario a Hechos de los Apóstoles

Capítulo 02

Los ciento veinte perseveraron en la oración y la alabanza por diez días después de la ascensión de Jesús, hasta el día de Pentecostés. Este era el festival de la cosecha para los judíos. En el Antiguo Testamento era llamado también la Fiesta de las Semanas (Éxodo 34:22; Deuteronomio 16:16), porque había una semana de semanas (siete semanas) entre Pascua y este día. Pentecostés significa “quincuagésimo”, y recibía este nombre porque en el quincuagésimo día después de haber sido mecida la gavilla de los primeros frutos (Levítico 23:15) se mecían dos panes de primicias (Levítico 23:17).

Cuando llegó el día (2:1)

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.”

Ahora se estaba completando Pentecostés, lo que llama nuestra atención hacia el hecho de que el período de espera estaba llegando a su fin, y las profecías del Antiguo Testamento estaban a punto de ser cumplidas. Los ciento veinte estaban aún unánimes y juntos en el mismo lugar. No faltaba ninguno. No se nos dice dónde se hallaba ese lugar, pero generalmente se considera que fuera el Aposento Alto que era su lugar de reunión (Hechos 1:13). Hay quienes, en vista de la declaración de Pedro de que era la hora tercera del día (9 a.m.), creen que estaban en el Templo, probablemente en el patio de las mujeres. Ya hemos visto que los creyentes se hallaban de ordinario en el Templo a las horas de oración. Uno de los pórticos o columnatas cubiertas que se hallaban en los extremos del patio, hubiera proporcionado un buen lugar para que se reunieran y oraran en común. Esto ayudaría a explicar la multitud que se reunió después del derramamiento del Espíritu.

Viento y fuego (2:2, 3)

“Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.”

De repente, sin advertencia alguna, llegó del cielo un sonido como el de un viento recio y poderoso (violento) o un tornado. Pero fue el sonido el que llenó la casa y los hizo sobrecogerse, y no un viento real.

El viento les recordaría las manifestaciones divinas del Antiguo Testamento. Dios le habló a Job desde un torbellino (Job 38:1; 40:6); un poderoso viento del este secó el camino a través del mar Rojo, permitiéndoles a los israelitas escapar de Egipto sobre suelo seco (Éxodo 14:21). El viento fue también un símbolo frecuente del Espíritu en el Antiguo Testamento (Ezequiel 37:9, 10, 14, por ejemplo). Jesús mismo usó el viento para hablar del Espíritu (Juan 3:8).

El sonido del viento les indicaba a los presentes que Dios estaba a punto de manifestarse a sí mismo y a su Espíritu de una manera especial. El hecho de que fuera el sonido de un viento poderoso también les recordaba el poder prometido por Jesús en Hechos 1:8, un poder destinado a servir.

De forma igualmente súbita, unas lenguas repartidas como lenguas de llamas o de fuego, aparecieron. Esto es, algo que parecía una masa de llamas apareció sobre todo el grupo. Entonces se dispersó, y cada una de las llamas, que parecían como lenguas de fuego, se fue a colocar sobre la cabeza de cada uno de ellos, tanto hombres como mujeres. Por supuesto, no había ningún fuego real, y nadie se quemó. Pero el fuego y la luz eran símbolos comunes de la presencia divina, como en el caso de la zarza ardiente (Éxodo 3:2), y también la aparición del Señor en medio del fuego en el Monte Sinaí después de que el pueblo de Israel aceptara el Pacto Antiguo (Éxodo 19:18).

Algunos suponen que estas lenguas constituyeron un bautismo de fuego que traía consigo purificación. Sin embargo, la mente y el corazón de los ciento veinte ya estaban abiertos al Cristo resucitado, ya estaban purificados, y estaban llenos de alabanza y gozo (Lucas 24:52, 53); ya respondían a la Palabra inspirada por el Espíritu (Hechos 1:16), y ya se hallaban unánimes. Más que purificación o juicio, aquí el fuego significaba que Dios aceptaba el Cuerpo de la Iglesia como templo del Espíritu Santo (Efesios 2:21, 22; 1 Corintios 3:16), y después, que aceptaba a cada uno de los creyentes como templo del Espíritu también (1 Corintios 6:19). Con esto, la Biblia aclara que la Iglesia ya existía antes del bautismo pentecostal. En Hebreos 9:15, 17 se nos muestra que fue lamuerte de Cristo la que instauró el Nuevo Pacto. Desde el día de la resurrección, cuando Jesús sooló sobre los discípulos, la Iglesia quedó constituida como Cuerpo de un nuevo pacto.

Es importante notar que estos signos precedieron al bautismo pentecostal o dones del Espíritu. No fueron parte de él, ni se repitieron en otras ocasiones en que el Espíritu se derramó. Por ejemplo, Pedro identificó el derramamiento sobre los creyentes en la casa de Cornelio con la promesa de Jesús de que serían bautizados en el Espíritu, diciéndoles que era el mismo don (Hechos 10:44-47; 11:17). Pero el viento y el fuego no estuvieron presentes. Parece que sólo fueron necesarios en una ocasión.

Llenos del espíritu santo (2:4)

“Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.”

Después de reconocer a la Iglesia como el nuevo Templo, Dios derramó su Espíritu sobre ella. Jesús habló de bautismo; ahora se habla de plenitud, es decir, experiencia plena. La Biblia usa diversos términos para expresar esta realidad. Es derramamiento del Espíritu, tal como profetizara Joel (Hechos 2:17, 18, 33); recepción activa de un don (Hechos 2:38) y descendimiento del Espíritu (Hechos 8:16; 10:44; 11:15). En Hechos 10:45 es de nuevo derramamiento del don, y venida del Espíritu sobre los creyentes. Son tantos los términos usados, que no hay por qué suponer que el bautismo sea algo distinto de la plenitud. El Espíritu es una persona. Por tanto, se trata de una experiencia que crea una relación. Cada uno de los términos lo que hace es revelar alguno de sus aspectos.

Puesto que estaban reunidos todos unánimes, cuando se dice que fueron llenados “todos”, se está hablando de los ciento veinte. Hay quienes suponen que sólo fueron llenos los doce apóstoles. Sin embargo, fueron más de doce las lenguas que se hablaron. Más tarde, Pedro diría que Dios les había concedido a los gentiles “el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo”. Esto nos sugiere que el Espíritu descendió de la misma forma, no sólo sobre los doce, sino sobre los ciento veinte y también sobre los tres mil que creyeron aquel día. Fue y es una experiencia para todos, aunque en el Antiguo Testamento sólo había sido para algunos.

Tan pronto como fueron llenos, los ciento veinte comenzaron a hablar en otras lenguas. Como en Hechos 1:1, la palabra “comenzaron” muestra que continuaron haciéndolo después, lo que indica que las lenguas eran el acompañamiento normal del bautismo en el Espíritu Santo. Era el Espíritu quien les daba que hablasen (les seguía dando a hablar). Esto es, ellos eran quienes hablaban, pero las palabras no venían de su mente. El Espíritu se las daba y ellos las decían valientemente en voz alta, y con una unción llena de poder. Esta es la única señal del bautismo en el Espíritu que se repetiría.

Atónitos Y Maravillados (2:5-13)

“Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, ” cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? ” Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.”

Jerusalén era un centro cosmopolita al cual volvían muchos judíos de la dispersión para establecerse en él. “Moraban” (versículo 5) generalmente quiere decir algo más que una visita o una permanencia temporal. Sin embargo, puesto que era la fiesta de Pentecostés, podemos estar seguros de que había muchos judíos procedentes de todos los rincones del mundo conocido en Jerusalén en aquel momento. Estos eran personas devotas y temerosas de Dios, sinceras en su adoración a Dios. En realidad, es probable que hubiera mayor número de ellos en Jerusalén en aquel momento, que durante la Pascua, puesto que la travesía del mar Mediterráneo era más segura en esta estación que en los meses anteriores.

A medida que el sonido de los ciento veinte que hablaban en lenguas se hizo más alto y audible, se fue formando una multitud de personas que llegaban de todas las direcciones. Todos se sentían confundidos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. La palabra “propia” es enfática aquí, y significa su propio lenguaje, el que usaba de niño. Lengua significa aquí un lenguaje diferente. No estaban hablando simplemente en una variedad de dialectos galileos o arameos, sino en diversos idiomas totalmente diferentes.

El resultado fue que se sintieron maravillados. Estaban confusos. Se sentían llenos de asombro y de temor, porque reconocían, probablemente por la forma en que vestían, que aquellos ciento veinte eran galileos. No podían comprender cómo cada uno de ellos los oía hablar su propio lenguaje, aquél en el que había nacido.

Hay quienes consideran que el versículo 8 significa que los ciento veinte hablaban todos el mismo lenguaje en realidad, y que gracias a un milagro en la audición, los que componían la multitud oían aquello en su lengua materna. Pero los versículos 6 y 7 son demasiado específicos para aceptar esto. Cada uno los oía hablar en su propio dialecto, sin acento galileo alguno. No se hubieran sorprendido si los ciento veinte hubieran hablado en arameo o en griego.

Otros han supuesto que los ciento veinte hablaron en lenguas en realidad, pero que nadie los entendió. Proponen que el Espíritu interpretó las lenguas desconocidas en los oídos de quienes los escuchaban, para que entendieran su propio idioma. Pero los versículos 6 y 7 desechan esta suposición también. Hablaron idiomas reales, y estos fueron comprendidos realmente por una serie de personas procedentes de lugares distintos. Esto serviría de testimonio sobre la universalidad del Don y la universalidad y unidad de la Iglesia.

Los lugares nombrados aquí como lugares natales de estos judíos devotos, se hallaban en todas las direcciones, pero también siguen un orden general (con algunas excepciones), comenzando en el nordeste. Partía se hallaba al este del Imperio Romano, entre el mar Carpio y el golfo Pérsico; Media estaba al este de Asiria; Elam, al norte del golfo Pérsico en la parte sur de Persia; Mesopotamia era la antigua Babilonia, casi totalmente fuera del Imperio Romano. Babilonia tenía una gran población judía en la época del Nuevo Testamento, y más tarde se convirtió en centro del judaísmo ortodoxo (1 Pedro 5:13).

Se menciona la Judea porque los judíos de allí hablaban hebreo aún, y deben haber estado asombrados con la falta de acento galileo. También es posible que Lucas incluya con la Judea toda Siria, de hecho, todo el territorio de David y Salomón, desde el río Eufrates hasta el río de Egipto (Génesis 15:18). Capadocia era una gran provincia romana en la parte central del Asia Menor; el Ponto era otra provincia romana en el norte de Asia Menor, sobre el mar Negro; Asia era la provincia romana que comprendía el tercio occidental de Asia Menor; la Frigia era un distrito étnico, parte del cual se hallaba en la provincia de Asia, y parte en la Galacia. Años después. Pablo fundaría muchas iglesias en esta región.

La Panfilia era una provincia romana situada en la costa sur del Asia Menor; Egipto, al sur, tenía una abundante población judía. El filósofo judío Filón afirmó en el año 38 d.C. que había cerca de un millón de judíos allí, la mayoría en Alejandría. Cirene era un distrito de África al oeste de Egipto, junto a la costa mediterránea (Hechos 6:9; 11:20; 13:1).

Había otros presentes en Jerusalén que eran extranjeros (de paso, residentes temporales) en la ciudad, ciudadanos de Roma, tanto judíos como prosélitos (gentiles convertidos al judaísmo). Había también otros procedentes de la isla de Creta y de la Arabia, el distrito situado al este y sureste de Palestina.

Todos ellos estuvieron oyendo en sus propios idiomas las maravillosas obras (los actos poderosos, magníficos y sublimes) de Dios. Esto puede haber sido en forma de expresiones de alabanza a Dios por estas obras maravillosas. No se señala aquí que hubiera discursos o predicación, aunque con toda seguridad la predicación hubiera causado la salvación de algunos (1 Corintios 1:21). Sin embargo, no hay memoria ahora ni en ningún otro momento, de que el don de lenguas haya sido usado como medio para predicar o enseñar el Evangelio.

En cambio, los oyentes estaban maravillados (asombrados) y atónitos (perplejos, sorprendidos, completamente incapaces de comprender) sobre lo que significaba todo aquello. “¿Qué quiere decir esto?” sería literalmente “¿Qué será todo esto?” Su pregunta expresa una confusión total, así como un asombro extremo. Comprendían el significado de las palabras, pero no su propósito. Por esto se hallaban confundidos con lo que oían.

Había otros en la multitud que evidentemente no comprendían ninguno de aquellos lenguajes, y tomaron todo aquello como algo ininteligible. Entonces, como no podían comprender su significado, se apresuraron a deducir que aquello no tenía sentido alguno. Por consiguiente, se dedicaron a burlarse y a expresar gran mofa, diciendo que estos hombres (esta gente; aquí se incluían hombres y mujeres) estaban llenos (repletos, saturados) de mosto (vino dulce, vino nuevo). La palabra “mosto” traduce el griego gléukous, del que derivamos nuestra palabra “glucosa” o azúcar de uva. No es la palabra ordinaria para nombrar al vino nuevo, y probablemente represente a un vino embriagante hecho de una uva muy dulce. Pasaría algún tiempo hasta que comenzara la cosecha de la uva en agosto, y el jugo de uva estuviera disponible de nuevo.

El texto griego indica que estaban haciendo gestos de burla, además de proferir palabras. Algunos bebedores se ponen escandalosos, y es posible que esto fuera lo que pensaban quienes se burlaban de ellos. No debemos suponer que hubiera señal alguna de las que marcaban las licenciosas borracheras de los paganos. Su emoción principal seguía siendo el gozo. Habían estado dándole gracias a Dios y alabándolo en su propio idioma (Lucas 24:53), y ahora el Espíritu Santo les acababa de dar nuevos idiomas con los cuales alabarlo. Estamos seguros de que su corazón seguía dirigiéndose a Dios en alabanza, aunque no comprendieran lo que estaban diciendo.

La Explicación De Pedro (2:14-21)

“Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo; el sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

Cuando Pedro y los otros once apóstoles (entre ellos Matías) se pusieron de pie, los ciento veinte cesaron de hablar en lenguas inmediatamente. Entonces, toda la multitud se dispuso a escucharlo. Todavía bajo la unción del Espíritu, alzó la voz y les habló. La palabra usada para el gesto de querer hablar de Pedro en este momento es la misma usada para la manifestación en lenguas en Hechos 2:4. Con esto sugiere que Pedro habló en su propio idioma (arameo) según el Espíritu le daba que hablase. En otras palabras, lo que sigue no es un sermón, en sentido ordinario de la palabra. Por supuesto que Pedro no se sentó a estudiar los tres puntos del sermón. Al contrario; su prédica es una manifestación espontánea del don de profecía (1 Corintios 12:10; 14:3).

El discurso de Pedro iba dirigido a los judíos y a los que habitaban en Jerusalén. Esta era una forma educada de comenzar, que seguía sus costumbres, pero no echaba a un lado a la mujeres. Igual sucedería en los versículos 22 y 29.

Se puede notar que, a medida que los ciento veinte continuaban hablando en lenguas, las burlas iban aumentando, hasta que la mayoría se estaban mofando de ellos. Hasta es posible que algunos de los que comprendían los idiomas se les hayan unido. Pedro no llamó la atención al hecho de que algunos los comprendieran. Sólo les respondió a los que se burlaban.

No estaban ebrios, como suponía la multitud, porque sólo era la hora tercera del día, esto es, alrededor de las nueve de la mañana. En realidad, ni el mismo mosto era muy fuerte. En aquellos tiempos, no había formas de destilar alcohol o de hacer más fuertes las bebidas. Sus bebidas más fuertes eran el vino y la cerveza, y tenían la costumbre de diluir el vino con varias partes de agua. Hubiera hecho falta gran cantidad para que se embriagaran a horas tan tempranas. También podemos estar seguros de que cualquiera que estuviera bebiendo no estaría en un lugar público a esa hora. Así fue como demostró que las palabras de los que se burlaban eran absurdas.

Entonces Pedro declaró que lo que ellos veían y oían (2:33) era el cumplimiento de Joel 2:28-32 (Joel 3:1-5 en la biblia hebrea). Como el contexto de Joel sigue hablando sobre el juicio por venir y el final de los tiempos, algunos creen hoy que la profecía de Joel no se cumplió en el día de Pentecostés. Un escritor llega a decir que Pedro no quiso decir “Esto es lo dicho”, sino más bien “Esto se parece a lo dicho”. En otras palabras, el derramamiento pentecostal sólo se parecía a lo que sucederá cuando Israel sea restaurada al final de los tiempos.

Sin embargo, lo que Pedro dijo fue: “Esto es lo dicho”. Joel, como los demás profetas del Antiguo Testamento, no vio el tiempo que transcurriría entre la primera venida de Cristo y la segunda. Hasta es probable que el mismo Pedro no viera el tiempo que habría de transcurrir. Sin embargo, sí vio que se acercaba la era mesiánica, y probablemente tuviera la esperanza de que llegaría muy pronto.

Pedro hace un cambio evidente en la profecía. Bajo la inspiración del Espíritu, especifica que la palabra “después” de Joel 2:28 significa que el derramamiento tendrá lugar “en los postreros días”. Con esto reconocía que los últimos días habían comenzado con la ascensión de Jesús (Hechos 3:19-21). Con esto podemos ver que el Espíritu Santo reconoce que toda la época de la Iglesia comprende los “postreros días”. Estamos en la última época antes del rapto de la Iglesia, la restauración de Israel y el reino milenario de Cristo sobre la tierra; la última época antes de que Jesús venga en fuego a tomar venganza en aquellos que no conocen a Dios y rechazan el Evangelio (2 Tesalonicenses 1:7-10).

La primera parte de la cita de Joel tiene una aplicación obvia a los ciento veinte. Los muchos idiomas señalan con claridad la intención de Dios de derramar su Espíritu sobre toda carne. En hebreo, “toda carne” significa de ordinario toda la humanidad, como vemos en Génesis 6:12.”Carne” nos puede hablar también de fragilidad, y esto se encuadra dentro de la realidad de que el bautismo en el Espíritu es una experiencia que da poder. El Espíritu quiere darnos poder y hacernos fuertes.

No sabemos si hubo sueños o visiones mientras ellos hablaban en lenguas. Es posible que los hubiera. Pero en lo que se insiste repetidamente (versículos 17 y 18) es en que el Espíritu se derramaba para que aquellos que quedaran llenos de él pudieran profetizar. Evidentemente, Pedro, por medio del Espíritu, vio que las lenguas cuando son comprendidas, equivalen a la profecía (1 Corintios 14:5, 6). En la Biblia, profetizar significa hablar a nombre de Dios, como vocero o “boca” suya. (Compare con Éxodo 7:1 y Éxodo 4:15, 16.)

“Toda carne” se especifica ahora mencionando “vuestros hijos y vuestras hijas”. No habría distinción en la experiencia pentecostal con respecto al sexo. Esto es otra indicación de que los ciento veinte fueron bautizados en el Espíritu, tanto hombres como mujeres.

Los jóvenes verían visiones y los ancianos soñarían sueños. No existiría división con respecto a la edad. Tampoco parece haber distinción real alguna entre los sueños y las visiones. La Biblia usa indistintamente ambas palabras con frecuencia. Son por lo menos paralelas. (Vea Hechos 10:17; 16:9, 10; y 18:9, como ejemplos de visiones).

Hasta sobre los esclavos, tanto hombres como mujeres (que es lo que significan realmente las palabras “siervos” y “siervas”) Dios derramaría su Espíritu. En otras palabras, el Espíritu no tendría en cuenta las distinciones sociales. Aunque probablemente no hubiera esclavos entre los ciento veinte, en el Imperio Romano había muchas regiones donde los esclavos componían hasta el ochenta por ciento de la población. Ya llegaría el cumplimiento de esta parte de la profecía.

También es posible tomar el versículo 18 como una declaración resumida: “Sobre mi iglesia de esclavos”, paralela a los esclavos israelitas librados de Egipto por el grandioso poder de Dios. Todas las epístolas se refieren a los creyentes llamándolos siervos (literalmente, esclavos), más que discípulos. No pedían nada para sí mismos, no reclamaban derecho alguno, y lo daban todo al servicio de su Amo y Señor. Hasta los hermanos de Jesús, Jacobo (o Santiago) y Judas, se llaman a sí mismos siervos (esclavos) del Señor Jesús (Santiago 1:1; Judas 1).

Muchos interpretan simbólicamente los versículos 18 y 19. Otros suponen que de alguna forma fueron cumplidos durante las tres horas de tinieblas que tuvieron lugar mientras Jesús colgaba de la cruz. Más bien parece que la mención de las señales indica que el derramamiento y las profecías continuarían hasta que estas señales llegaran, al final de la era. Pedro también quiere decir que se pueden esperar estas señales con igual confianza que las ya cumplidas.

Podemos ver también el don del Espíritu como las primicias de la era futura (Romanos 8:23). El corazón y la mente sin regenerar del hombre, no pueden concebir las cosas que Dios ha preparado para aquellos que lo aman. Pero “Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Corintios 2:9, 10). La herencia que será totalmente nuestra cuando Jesús venga, no es ningún misterio para nosotros. Ya la hemos experimentado; al menos, en cierta medida. Como señala Hebreos 6:4, 5, todos los que han probado (experimentado realmente) el don celestial y han sido hechos partícipes del Espíritu Santo, ya han gustado de la buena palabra (promesa) de Dios y los poderes (poderes extraordinarios, milagros) del siglo (la época) por venir.

Algunos ven también en el fuego y el humo una referencia a las señales de la presencia de Dios en el monte Sinaí, como lo relata Éxodo 19:16-18; 20:18 y miran al día de Pentecostés como el momento en que fue dada una nueva ley o fue renovado el nuevo pacto. Sin embargo, como lo indica Hebreos 9:15-18, 26, 28, la muerte de Cristo fue la que hizo efectivo el nuevo pacto, y no hay necesidad de nada más.

Entre las señales se incluye aquí la sangre (versículo 19), lo que hace referencia al aumento en el derramamiento de sangre, las guerras y el humo de las guerras que cubrirá el sol y hará que la luna se vea roja. Estas cosas tendrán lugar antes del día grande y notable (manifestó) del Señor. Forman parte de la época presente. En el Antiguo Testamento, el día del Señor incluye tanto los juicios sobre las naciones del presente, como la restauración de Israel con el establecimiento del reino mesiánico. Pero a Pedro no le interesan estas profecías como tales en este momento. Lo que él quiere es que sus oyentes comprendan que el poder pentecostal del Espíritu continuará derramándose a través de toda esta época. La época de la iglesia es la época del Espíritu Santo; el don del Espíritu seguirá disponible aun en medio de las guerras y el derramamiento de sangre que tendrán lugar.

El versículo 21 señala el motivo del derramamiento. A través del poder que traerá consigo, la labor de convicción del Espíritu será hecha en el mundo, no solamente al final, sino durante toda la época, hasta el mismo momento en que llegue el gran día del Señor. Durante este período, todo el que invocare (pida ayuda para su necesidad, esto es, pida salvación) el nombre del Señor, será salvo. La expresión griega es fuerte: “todo aquel”. Pase lo que pase; sean cuales sean las fuerzas que se opongan a la Iglesia, la puerta de la salvación seguirá abierta. El texto griego también indica que podemos tener la esperanza de que muchos responderán y serán salvos.

La exaltación de Jesús (2:22-36)

“Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella. Porque David dice de él: Veía al Señor siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, y aun mi carne descansará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia.
Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis. Dios le ha hecho Señor y Cristo.”

El cuerpo del mensaje de Pedro se centra, no en el Espíritu Santo, sino en Jesús. El derramamiento pentecostal llevaba en sí la intención de dar un testimonio poderoso de Jesús (Hechos 1:8; Juan 15:26, 27; 16:14).

Pedro llamó primero la atención sobre el hecho de que los habitantes de Jerusalén conocían a Jesús, el hombre de Nazaret, y sabían cómo Dios lo había aprobado a beneficio de ellos con milagros (obras poderosas) y prodigios, y señales. Estas son las tres palabras usadas en la Biblia para referirse a los milagros sobrenaturales. Se refirieron a los diversos milagros que hizo Jesús, especialmente en el Templo en las fiestas (Juan 2:23; 4:45; 11:47).

Este Jesús, continuó diciendo Pedro, vosotros lo prendisteis y matasteis por manos de inicuos (manos de hombres sin ley, hombres fuera de la Ley; esto es, los soldados romanos). Pedro no dudó en hacer responsable de la muerte de Jesús a la población de Jerusalén, aunque también dejó en claro que Jesús había sido entregado a ellos por el determinado consejo (la voluntad específica) y anticipado conocimiento de Dios. Compare con Lucas 24:26, 27, 46. Si habían entendido a los profetas, deberían haber sabido que el Mesías tendría que sufrir. No obstante, Pedro no está tratando de hacer menor su culpa al decir esto.

Se debe señalar también que Pedro estaba habiéndoles ahora a judíos de Jerusalén, muchos de los cuales habían gritado también:

“¡Crucifícale!” La Biblia nunca lanza este tipo de responsabilidad sobre los judíos en general. Por ejemplo, en Hechos 13:27-29, Pablo, al hablarles a los judíos de Antioquía de Pisidia, les atribuye cuidadosamente la crucifixión a los que habitaban en Jerusalén, y dice “ellos” en lugar de decir “vosotros”.

Pedro añade rápidamente: “Al cual Dios levantó”. La resurrección hizo desaparecer el estigma de la cruz y anuló la decisión de los líderes de Jerusalén, al mismo tiempo que era también una indicación de que Dios había aceptado el sacrificio de Jesús. También por la resurrección. Dios liberó a Jesús de los sufrimientos (dolores) de la muerte, porque no era posible que ella lo pudiera contener. “Dolores” significa generalmente “dolores de parto”, de manera que la muerte es vista aquí como el acto de dar a luz. Así como se alivian los dolores del parto al nacer el niño, también la resurrección hizo llegar el fin de los dolores de muerte.

Puesto que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), algunos dicen que la razón por la que la muerte no pudo retenerlo, era porque no tenía pecado propio que pudiera reclamar la muerte. Sin embargo, Pedro no razona así en este punto. Todo su razonamiento está fundamentado en la Palabra de Dios, en las Escrituras proféticas. Bajo la inspiración del Espíritu, dice que David hablaba de Jesús en el Salmo 16:8-11. La tradición judaica de aquellos tiempos también aplicaba estas palabras al Mesías.

El punto central es la promesa de que Dios no dejaría (abandonaría) su alma en el infierno (en griego, hades, el lugar más allá de la vida, traducción de la palabra hebrea sheol), y no permitiría que su Santo viera corrupción (putrefacción).

Pedro declara que era correcto que él dijera libremente (libre y abiertamente) del patriarca (padre y jefe o gobernante ancestral) David que el salmo no se le podía aplicar a él. No sólo estaba muerto y enterrado, sino que su tumba se hallaba allí, en Jerusalén. Era evidente que la carne de David sí había visto corrupción. Pero la de Jesús no. Aunque Pedro no lo dijo, estaba declarando implícitamente que la tumba de Jesús estaba vacía.

Puesto que David era profeta (vocero de Dios), y puesto que sabía que Dios había jurado que Uno del fruto de sus lomos se sentaría en su trono, pudo prever la resurrección del Cristo (el Mesías, el Ungido de Dios) y hablar de ella. Aquí se está haciendo referencia al pacto davídico. En él, Dios le prometió a David que siempre habría un hombre de su simiente para el trono. Esto fue dicho primeramente con respecto a Salomón (2 Samuel 7:11-16). Pero reconocía que si los descendientes de David pecaban, tendrían que ser castigados como cualquier otro. Sin embargo. Dios nunca le volvería la espalda al linaje de David para sustituirlo, como había hecho en el caso del rey Saúl. Este pacto fue confirmado nuevamente en los Salmos 89:3, 4; 132:11, 12.

Como los reyes del linaje de David no siguieron al Señor, al final Él tuvo que hacer terminar su reinado y enviarlos al exilio de Babilonia. Su propósito al hacerlo fue librar a Israel de la idolatría. Pero la promesa hecha a David seguía en pie. Todavía habría Uno que se sentaría en el trono de David y lo haría eterno.

Con esto, Pedro declara que Jesús es el Rey mesiánico. Porque Dios lo levantó, no fue dejado (abandonado) en el hades, y su carne no vio corrupción. Además de esto, tanto Pedro como los ciento veinte eran testigos todos de su resurrección.

Sin embargo, la resurrección de Cristo sólo era parte de un proceso mediante el cual Dios, por su poderosa diestra, alzó a Jesús a una exaltada posición de poder y autoridad a su derecha. (Habla de las dos formas: “por la diestra de Dios” y “a la diestra de Dios”.) Este es también el lugar del triunfo y la victoria. Al pagar todo el precio. Jesús ganó para nosotros la batalla contra el pecado y la muerte. Por esto permanece a la derecha de Dios durante toda esta época. (Vea Marcos 16:19; Romanos 8:34; Efesios 1:20, 21; Colosenses 3:1; Hebreos 1:3; 8:1; 10:12; 12:2; 1 Pedro 3:22.)

En Cristo, nosotros también nos hallamos sentados a la derecha de Dios (Efesios 2:6). Puesto que ésta es nuestra posición en Cristo, no necesitamos nuestras propias obras de justicia para reclamar su promesa. Nada que podamos hacer nos daría una posición más alta de la que ya tenemos en Cristo.

A continuación, Pedro usa la exaltada posición de Cristo para explicar la experiencia pentecostal. Al estar ahora a la derecha del Padre, Él recibió del Padre la promesa del Espíritu Santo y derramó a su vez ese Espíritu; la multitud podía ver y oír el resultado de su acción: los ciento veinte hablando en otras lenguas.

Jesús había dicho que le era necesario irse para que el Consolador pudiera venir (Juan 16:7). Así, aunque el bautismo en el Espíritu Santo es la promesa del Padre, Jesús es el que lo derrama. El Padre es el Dador, pero Jesús es el Bautizador.

El derramamiento del Espíritu también era evidencia de que Jesús había sido exaltado realmente a la derecha del Padre. Esto significa algo para nosotros, los que ahora creemos y recibimos el bautismo en el Espíritu. Este bautismo se convierte para nosotros personalmente en evidencia de que Jesús está allí, a la mano derecha del Padre, aún hoy, para interceder por nosotros. De esta forma podemos ser testigos directos sobre el lugar donde está Jesús, y lo que está haciendo.

Con otra cita de las Escrituras, se evidencia más aún que nada de esto era aplicable a David. David no ascendió a los cielos, como lo había hecho Jesús, pero había profetizado esa exaltación en el Salmo 110:1. Una vez más, no podía estar hablando de sí mismo, porque dice: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (con lo que indicaba una victoria completa y definitiva, como en Josué 10:24).” Jesús hizo referencia a esto también en Lucas 20:41-44, reconociendo que David llama Señor a su hijo más importante. (Vea también Mateo 22:42-45; Marcos 12:36, 37).

La conclusión que Pedro saca de esto es que toda la casa de Israel necesitaba saber ciertísimamente que Dios había hecho a este Jesús, al que los habitantes de Jerusalén habían crucificado. Señor y Cristo (Mesías).

De esto deducimos que, en cumplimiento de la profecía de Joel, Jesús es el Señor al cual todos debemos acudir en busca de salvación. Pablo reconoce también que Dios lo ha exaltado grandemente y le ha dado un nombre que está por sobre todo otro nombre (Filipenses 2:9). “El Nombre” en el Antiguo Testamento hebreo siempre es una expresión usada para hablar del Nombre de Dios. (El hebreo tiene otras maneras de referirse al nombre de un ser humano sin usar la palabra “el”.) La expresión El Nombre representa la autoridad, persona, y especialmente la personalidad de Dios en su justicia, santidad, fidelidad, bondad, amor y poder. “Señor” fue la expresión que el Nuevo Testamento usó para el Nombre de Dios. La misericordia, la gracia y el amor son partes de la santidad, el nombre santo por el cual Jesús es reconocido como Señor, la revelación plena de Dios al hombre. Aquí hallamos también la seguridad de que Jesús está en el cielo, y en pleno dominio de todo. Dios cuidará que su plan sea realizado, pase lo que pase en este mundo.

Se añadieron tres mil a la iglesia (2:37-42)

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentios, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan yen las oraciones.

La reacción ante estas palabras proféticas fue inmediata. Se compungieron de corazón (fue perforado su corazón). Ya no siguieron diciendo: “¿Qué significa esto?” Las palabras de Pedro, inspiradas por el Espíritu Santo, se clavaron en su conciencia. Clamaron a él y a los otros apóstoles (que evidentemente, todavía estaban de pie junto a él): Varones hermanos, ¿qué haremos?

Sin embargo, no se sentían totalmente desechados. Pedro los había llamado hermanos, y ellos respondieron llamando hermanos a los apóstoles. Su pecado al rechazar y crucificar a Cristo era grande, pero su clamor mismo demuestra que creían que había esperanza, que podrían hacer algo.

Pedro les respondió con un llamado al arrepentimiento, esto es, a cambiar su pensamiento y sus actitudes fundamentales aceptando la voluntad de Dios revelada en Cristo. Como en Romanos 12:1, 2, este cambio exigía una renovación de la mente acompañada de un cambio de actitud con respecto al pecado y a sí mismo. La persona que se arrepiente de veras, aborrece el pecado (Salmo 51). Se humilla, reconoce que necesita a Cristo, y se da cuenta que no hay en él bondad alguna que le permita permanecer delante de Dios.

Después, los que se arrepintieran podrían declarar ese cambio de mente y corazón haciéndose bautizar en el nombre (en griego, por el nombre) de Jesucristo, esto es, por la autoridad de Jesús. Lucas no da más explicaciones, pero con frecuencia no explica lo que en algún otro lugar aparece con claridad. La autoridad de Jesús señala hacia su propio mandato que aparece en Mateo 28:19. O sea, que el acto mismo de bautizar era hecho en el nombre (para la adoración y el servicio) del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Este bautismo sería también “para” la remisión (el perdón) de sus pecados. ¡Qué maravilloso! ¿Qué rey de la tierra ha perdonado a un traidor? Sin embargo Cristo lo hizo y aún lo hace. Esto es gracia pura y amor sin igual. (Vea Romanos 5:8, 10.) “Para perdón de los pecados” estaría mejor traducido “debido a la liberación de vuestros pecados y el perdón de ellos”. Nuestro pecado y nuestra culpa son apartados de nosotros tan lejos como el este lo está del oeste (Salmo 103:12). No sólo están perdonados, sino que se han ido realmente; se han ido de nuestra existencia para nunca más ser alzados contra nosotros.

“Debido a” es mejor que “para”, puesto que es el mismo tipo de construcción griega usado cuando Juan bautizaba en agua “para” arrepentimiento (Mateo 3:11). Está claro que Juan no bautizaba a nadie para producir arrepentimiento. Cuando los fariseos y saduceos venían a él, les exigía que produjeran fruto digno de arrepentimiento (que demostrara un verdadero arrepentimiento). Esto es, tenían que arrepentirse primero, y entonces él los bautizaría. Somos salvos por gracia por medio de la fe, no por medio del bautismo (Efesios 2:8). Después del arrepentimiento, el bautismo en agua se convierte en la respuesta o testimonio de una buena conciencia que ya ha sido purificada por la sangre y por la aplicación de la Palabra relativa a la resurrección de Cristo por el Espíritu (1 Pedro 3:21; Romanos 10:9, 10).

Hay quienes alegan equivocadamente que no había agua suficiente en Jerusalén para bautizar a tres mil por inmersión. Sin embargo, la piscina de Betesda sola era una gran piscina doble, y se han excavado los restos de otras piscinas. En realidad, las posibilidades de bautismo por inmersión eran mucho mayores en Jerusalén entonces que ahora.

Después, Pedro habló de la Promesa. Los creyentes recibirían también al Espíritu Santo, como un don diferente después del perdón de sus pecados. Este don del Espíritu Santo es, por supuesto, el bautismo en el Espíritu Santo. Debe ser distinguido de los dones del Espíritu, que son dados por el Espíritu (1 Corintios capítulos 12:14). Eldon del Espíritu es entregado por Jesús, el poderoso Bautizador.

A continuación, Pedro sigue insistiendo en que esta promesa del bautismo en el Espíritu no se limitaba a los ciento veinte. Seguiría estando a disposición, no sólo de ellos, sino también de sus hijos (incluyendo todos sus descendientes), y de todos los que estuvieran lejos, y todos cuanto el Señor nuestro Dios llamara a sí. O sea que la única condición para recibir la Promesa del Padre es el arrepentimiento y la fe. Por tanto, sigue estando hoy a nuestra disposición.

El “llamado” podría referirse a Joel 2:32, pero no puede limitarse a los judíos. En Isaías 57:19, Dios habla paz al que está lejos, y Efesios 2:17 aplica esto a la predicación del Evangelio a los gentiles. Hechos 1:8 habla también de los confines de la tierra. Aunque es posible que Pedro no haya comprendido esto completamente hasta su experiencia en casa de Cornelio, se ve claramente que quedan incluidos los gentiles. También queda en claro que mientras Dios esté llamando seres humanos hacia sí, el bautismo en el Espíritu prometido seguirá a disposición de todos los que vengan a Él.

Lucas no recoge el resto del testimonio y la exhortación de Pedro. Pero en esta exhortación, es posible que Pedro haya estado ejercitando otro de los dones del Espíritu (Romanos 12:8). Pedro se convirtió en el instrumento a través del cual el Espíritu Santo llevó a cabo la labor predicha por Jesús en Juan 16:8.

La esencia de la exhortación de Pedro era que debían salvarse a sí mismos (o mejor, ser salvos) de esta perversa (malvada) generación. Es decir, debían apartarse de la perversidad y la corrupción de los que los rodeaban y rechazaban la verdad sobre Jesús. (Vea las palabras de Jesús en Lucas 9:41; 11:29 y 17:25.) No hay ningún otro antídoto a la perversidad y la corrupción de la sociedad contemporánea.

Los que recibieron (le dieron la bienvenida) a la palabra (el mensaje) de Pedro, testificaron entonces de su fe haciéndose bautizar en agua.

Por el Espíritu, también habían sido bautizados en el Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13). Dios nunca nos salva para que andemos solos y errantes. Por esto, los tres mil no se esparcieron, sino que permanecieron juntos, y perseveraban en la doctrina de los apóstoles (su enseñanza), en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones.

Con esto vemos que la nueva evidencia de su fe era este deseo persistente de recibir enseñanza. Al aceptar a Cristo y el don del Espíritu, se abrió para ellos una comprensión totalmente nueva del plan y los propósitos de Dios. Llenos de gozo, se sentían hambrientos y querían aprender más. Esto nos muestra también que los apóstoles estaban obedeciendo a Jesús al enseñar (hacer discípulos), tal como El había ordenado en Mateo 28:19. También nos muestra que el discipulado incluye esta especie de deseo ferviente por aprender más sobre Jesús y sobre la Palabra de Dios.

Había comunión en la enseñanza. No era simplemente el hecho de reunirse. Era compartir los propósitos de la Iglesia, su mensaje y su obra. Como en 1 Juan 1:3, la Palabra, tal como había sido testificada por la enseñanza de los apóstoles, creó esta comunión, una comunión que no sólo era con los apóstoles, sino también con el Padre y con el Hijo.

Algunos creen que la partición del pan sólo significa la Cena del Señor, pero también incluye la comunión en la mesa. No podían observar la Cena del Señor en el Templo, de manera que lo hacían en las casas, primeramente en relación con una comida (puesto que Jesús la había instituido al final de la cena de Pascua).

Seguramente se reunirían a diario en el Templo a las horas de oración, costumbre que todos seguían practicando, además de tener reuniones de oración en las casas.

La iglesia crece (2:43-47)

“Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y seriales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, ” alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.”

El testimonio constante de los apóstoles sobre la resurrección de Cristo produjo un temor reverencial (que incluía un sentido de pavor en presencia de lo sobrenatural) en toda persona que oía. Esto se puso más de relieve aún por los numerosos prodigios y señales hechos por los apóstoles. (Esto es, hechos por Dios a través de los apóstoles.) El griego indica que eran agentes secundarios. El que hacía la obra realmente era Dios. (Compare con 1 Corintios 3:6.)

Más tarde, Dios haría milagros a través de muchos otros. Pero ahora, los apóstoles tenían la enseñanza de Jesús y el respaldo de que su fe había sido alentada por Él. Los milagros no eran para exhibición, sino más bien para confirmar la Palabra, la enseñanza. (Vea Marcos 16:20.) También ayudaron para que la fe de los nuevos miembros de la iglesia de Pentecostés se afirmara en la Palabra y en el poder de Dios. (Vea 1 Corintios 2:4, 5.)

Los creyentes permanecieron juntos y tenían todas las cosas en común (las compartían). Muchos vendían tierras suyas y propiedades personales; el dinero era distribuido a todos aquellos que tuvieran necesidades. “Según la necesidad de cada uno” es una declaración clave: no vendían las propiedades mientras no hubiera una necesidad.

Esto no era comunismo, en el sentido moderno de la palabra, ni siquiera vida comunal. Simplemente era el compartir cristiano. Todos se daban cuenta de la importancia de fundamentarse en la enseñanza de los apóstoles (que nosotros tenemos hoy en la Palabra escrita). Algunos de los que eran de fuera de Jerusalén se quedaron sin dinero pronto, así que los que pudieron, simplemente vendieron lo necesario para que se pudieran quedar. Más tarde Pedro aclararía que nadie estaba obligado a vender nada ni a dar nada (Hechos 5:4). Pero la comunión, el gozo y el amor hacían fácil compartir cuanto tenían.

De manera que el cuadro es el de un amoroso cuerpo de creyentes que se reunían unánimes a diario en el Templo con un mismo pensar, un mismo propósito, y compartían la comunión de la mesa en sus casas (“de casa en casa”, por familias). Cada casa se convirtió en un centro de comunión y adoración cristiana. El hogar de la madre de Marcos era uno de dichos centros. Sin duda alguna, el hogar de María y Marta en Betania era otro. Jerusalén no tenía capacidad para una multitud así, y seguramente muchos se quedaban en los poblados de los alrededores.

La comunión en la mesa era muy importante también. Comían con regocijo (deleite y gran gozo) y con sencillez de corazón. No había celo, ni críticas, ni contiendas; sólo gozo y corazones llenos de alabanza a Dios. Podemos estar seguros de que la alabanza encontraría su expresión también en salmos, himnos y cánticos espirituales que salían de sus corazones (Colosenses 3:16).

La consecuencia fue que encontraron favor con todo el pueblo (de Jerusalén). Así el Señor seguía añadiendo día tras día a aquellos que habían de ser salvos. Podemos estar seguros también de que la Iglesia los aceptaría llena de gozo.

Debemos notar aquí que la última parte del versículo 47 no pretende hablar de la predestinación de las personas. La expresión griega es una simple declaración de que cada día eran salvos algunos, y de que los salvos eran añadidos a la Iglesia. Note también que no se presionaba fuertemente sobre los demás. Las personas veían el gozo y el poder y abrían el corazón a la Palabra, a la verdad sobre Jesús.

Autor: Stanley M. Horton -Editorial vida- ISBN 0-8297-1305-0

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Capítulo 03

Es frecuente que Lucas haga una afirmación general para dar después un ejemplo específico. En Hechos 2:43, declara que muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Ahora procede a dar un ejemplo para ilustrar lo dicho y al mismo tiempo mostrar cómo esto ocasionó un crecimiento mayor en la Iglesia.

En esta ocasión, Pedro y Juan subían la colina del Templo para entrar en él y unirse a los demás en la hora de oración vespertina, la hora nona (alrededor de las 3 p.m.). Al mismo tiempo, los sacerdotes ofrecían sacrificios e incienso.

Un regalo de sanidad (3:1-10)

“Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo.
Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.
Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.”

Entre el patio de los gentiles y el patio de las mujeres había una bella puerta de bronce labrado, de estilo corintio, con incrustaciones de oro y plata. Era más valiosa que si hubiera sido hecha de oro puro.

En la Puerta Hermosa, Pedro y Juan se encontraron con un hombre cojo de nacimiento al que llevaban a diario y dejaban fuera de ella para que pidiera limosnas (regalos de caridad). Más tarde leemos que el hombre tenía más de cuarenta años. Jesús pasó por allí muchas veces, pero es evidente que el hombre nunca le pidió sanidad. También es posible que Jesús en la providencia divina y sabiendo los tiempos perfectos, dejó a este hombre para que se pudiera convertir en un testigo mayor aún cuando fuera sanado más tarde.

Cuando este hombre les pidió una limosna, Pedro, junto con Juan, fijó sus ojos en él. Qué contraste este momento con los celos que los discípulos se mostraban mutuamente antes (Mateo 20:24). Ahora actúan en conjunto, en completa unidad de fe y de propósito. Entonces Pedro, como vocero, le dijo: “Míranos”. Esto hizo que el hombre pusiera toda su atención en ellos, y suscitó en él la esperanza de recibir algo.

Sin embargo, Pedro no hizo lo que él esperaba. El dinero que tenía, muy probablemente ya se lo había dado a los creyentes necesitados. Pero sí tenía algo mejor que darle. Su declaración: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy”, exigió fe de su parte. No hay duda de que lo dijo bajo el impulso del Espíritu Santo, que le había dado un regalo (un don) de sanidad para este hombre (1 Corintios 12:9, 11).

Entonces Pedro, en forma de mandato, le dijo: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. Al mismo tiempo, puso su fe en acción, al tomar al hombre por la mano derecha y levantarlo. Inmediatamente, los pies y los tobillos de aquel hombre recibieron fortaleza (se le afirmaron). Es muy posible también que la fe de aquel hombre recibiera una sacudida al ser mencionado el nombre de Jesús, Mesías de Nazaret. Quizá alguno de los tres mil que fueron salvos en Pentecostés ya le había testificado. Con seguridad habría oído de otros que habían sido sanados por Jesús.

Cuando los pies y los tobillos de aquel hombre se llenaron de fortaleza, Pedro no tuvo que seguirlo levantando. El hombre saltó, se puso en pie por un instante y comenzó a caminar. Puesto que era cojo de nacimiento, nunca había aprendido a caminar. No hay sacudida psicológica capaz de realizar esto.

Ahora que el hombre estaba sanado, podía entrar al Templo. Puesto que no se les permitía a los impedidos entrar, ésta sería la primera vez en su vida. Entró caminando normalmente con Pedro y Juan, daba unos cuantos pasos y saltaba de puro gozo, gritando continuamente las alabanzas de Dios. Dios lo había tocado y no podía contener el gozo y la alabanza.

El versículo 11 indica que todavía sostenía la mano de Pedro, y también tomó la de Juan. Qué escena tan maravillosa debe haber sido la del hombre aquel que entraba caminando y saltando en el patio del Templo, y arrastrando a Pedro y a Juan consigo.

Toda la gente que lo veía, lo reconocía como el hombre que había nacido cojo y estaba siempre sentado pidiendo limosna en la Puerta Hermosa. Por consiguiente, su sanidad los llenó de asombro (no la palabra ordinaria, sino otra que está relacionada con el terror) y de espanto (implica también perplejidad). Estaban atónitos y sobrecogidos.

El autor de la vida (3:11-21)

“Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón. Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. Mas vosotros negasteis al Santo y Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.
Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer. Así que, arrepentios y convertios, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.”

Ya en este momento, el inválido sanado, todavía tomado de las manos con Pedro y Juan, se hallaba en el Pórtico de Salomón, un pórtico techado que se hallaba a un lado del patio del Templo. Desde todos los patios del Templo, la gente corría y se aglomeraba para verlos. Fácilmente pueden haberse reunido diez mil personas en el Templo a la hora de la oración.

Esta era la oportunidad que esperaba Pedro, y respondió con prontitud a las preguntas sin formular que se veían en sus caras maravilladas. Su mensaje sigue el mismo esquema general dado por el Espíritu en el día de Pentecostés, pero adaptado a esta nueva situación.

Dirigiéndose a ellos como a “varones israelitas” (era la costumbre, aunque había mujeres en la multitud), les preguntó por qué se maravillaban de esto y por qué ponían sus ojos en él y en Juan, como si la capacidad de aquel hombre para caminar tuviera su fuente en el poder o la piedad (santidad) de ellos.

A continuación, Pedro dio testimonio de Jesús. Aquel a quien las Escrituras describen como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de sus padres (Éxodo 3:6, 15), había glorificado a su Hijo (Siervo) Jesús.

Nuevamente les recuerda que eran responsablesb por el arresto de Jesús y por haberlo negado ante Pilato, aun cuando éste había decidido ponerlo en libertad. Aquel a quien habían negado era el Santo y Justo. Nuevamente, está haciendo una referencia al Siervo sufriente de Isaías (Isaías 53:11; cf. Zacarías 9:9). Pero se habían apartado de El tan completamente, que habían pedido que se les liberara a un homicida en su lugar. (Vea Lucas 23:18, 19, 25.)

Eran culpables de la muerte del Autor de la vida. ¡Qué contraste! Le habían dado muerte a Aquél que les había dado vida a ellos. La palabra griega traducida Autor es arjegón, una palabra que generalmente significa originador, fundador. En Hebreos 2:10 y 12:2 también está traducida como autor. Se refiere a la participación de Jesús en la creación Juan 1:3 dice de Jesús, la Palabra viva: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” En otras palabras, el Jesús preencarnado era la Palabra viviente que pronunció los mundos y existieron, y por medio de El, Dios inspiró la vida en el hombre que había formado (Génesis 2:7). Este Jesús, la fuente misma de la vida, y por tanto, de la sanidad, era el que ellos habían matado. Pero Dios lo había levantado de entre los muertos. Pedro y Juan habían sido testigos. La sanidad de aquel hombre también era testimonio de que Jesús estaba vivo.

Note la repetición del Nombre en el versículo 16. Por la fe (fundado en la fe, con base en la fe) en su Nombre, este hombre que ustedes ven y conocen, su Nombre lo ha hecho fuerte. Y la fe que es por (a través de) Él (Jesús) le ha liberado de su defecto corporal en presencia de todos ustedes.

El Nombre, por supuesto, se refiere a la personalidad y naturaleza de Jesús como el Sanador, el gran Médico. La sanidad apareció al haber fe en Jesús y en lo que El es. Pero no era la fe de ellos en sí misma la que había obrado la sanidad. Era el Nombre, esto es, el hecho de que Jesús es fiel a su naturaleza y personalidad. Él es el Sanador. Claro que la fe había tenido una gran participación, pero era la fe por medio de Jesús. La fe que el mismo Jesús les había impartido (no sólo a Pedro y a Juan, sino también al hombre) le dio libertad completa de su defecto a este hombre lisiado delante de sus propios ojos. Jesús había sanado al cojo; todavía estaba sanando a los lisiados a través de sus discípulos.

Pedro añade que sabía que por ignorancia, ellos y sus gobernantes habían matado a Jesús. Pablo confesaría más tarde que él perseguía a la Iglesia por ignorancia y en incredulidad (1 Timoteo 1:13). Esto quiere decir que ellos no sabían en realidad que Jesús fuera el Mesías, ni tampoco que fuera el Hijo de Dios. Esta ignorancia no hacía menor su culpa. Hasta en el Antiguo Testamento siempre había perdón disponible para los pecados hechos en ignorancia. Jesús mismo exclamaría: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Los sufrimientos y la muerte de Jesús fueron también el cumplimiento de profecías que Dios había revelado por la boca de todos sus profetas; esto es, por el cuerpo de profetas en pleno. Su mensaje total, tenía uno de sus focos en la muerte de Cristo. Así y todo, esto no hacía menor la culpa de los jerosolimitanos tampoco.

Como en el día de Pentecostés, Pedro los exhortó entonces al arrepentimiento, al cambio de pensamiento y de actitudes con respecto a Jesús. Que se convirtieran (se volvieran hada Dios) para que sus pecados (incluso el pecado de rechazar y matar a Jesús) fueran borrados (limpiados, tachados, destruidos) y para que vinieran de la presencia (faz) del Señor tiempos (estaciones, ocasiones) de refrigerio. A quienes se arrepintieran. El les enviaría el Mesías Jesús designado para ellos, que los cielos debían recibir hasta los tiempos de la restauración (restablecimiento) de todas las cosas, de las que habló Dios por la boca de sus santos profetas desde tiempo antiguo (desde el comienzo de la edad). Esta última expresión es una paráfrasis que podría significar “desde la eternidad” o “desde el principio de los tiempos”. El sentido es “todos los profetas que han existido”.

Gracias a este pasaje vemos que el arrepentimiento y la conversión hacia Dios, no sólo traen consigo que los pecados son borrados, sino también tiempos de refrigerio que nos da el Señor. No tenemos que esperar hasta que Jesús regrese para poder disfrutar de estos tiempos. El pasaje indica, especialmente en el texto griego, que podemos tenerlos ahora, y hasta el momento en que Jesús venga.

Son demasiados los que ponen toda su energía en advertencias sobre los peligrosos tiempos que se avecinan y en la declaración de que habrá caídas (2 Timoteo 3:1; 2 Tesalonicenses 2:3). Estas cosas llegarán. Las caídas, por supuesto, pueden ser caídas espirituales, aunque la palabra griega significa de ordinario revueltas, revolución y guerra. Aunque las advertencias son necesarias, el cristiano no tiene por qué hacer de esto el punto central de su atención. El arrepentimiento (cambio de pensamiento y de actitud) y la conversión hacia Dios, seguirá trayéndonos tiempos de refrigerio desde la presencia misma de Dios. El día de la bendición espiritual, el día de los milagros y del avivamiento no ha pasado. En medio de tiempos peligrosos, aún podemos poner nuestros ojos en el Señor, y recibir derramamientos refrescantes y poderosos de su Espíritu.

Los tiempos de restauración son una referencia a la edad por venir, el Milenio. Entonces Dios restaurará y renovará, y Jesús reinará personalmente sobre la tierra. La restauración profetizada incluye un nuevo derramamiento del Espíritu en el reino restaurado.

Algunos sacan de contexto la restauración de todas las cosas, y tratan de hacer que incluya hasta la salvación de Satanás. Pero “todas las cosas” es una expresión que debe ser tomada junto con otra: “que habló Dios”. Sólo aquellas cosas que ha sido profetizado que serán restauradas, lo serán realmente.

Los profetas también señalan que el reino llegará a través del juicio. Daniel 2:35, 44, 45 presenta la imagen de Babilonia, que representa todo el sistema mundano desde Babilonia hasta el final de los tiempos. Hasta que no sea golpeada en el pie (en los últimos días de esta época), el presente sistema mundial no será destruido y reducido a polvo. Hasta lo bueno que haya en el sistema mundial actual tendrá que ser destruido para dar paso a las cosas mejores del reino futuro, que llenará la tierra después de que Jesús venga de nuevo.

No sabemos cuándo sucederá. Pero lo importante es que no tenemos que esperar a que venga el Reino para experimentar las bendiciones y el poder de Dios. El Espíritu Santo nos trae las arras, un primer anticipo de las cosas por venir. Y podemos tener estos tiempos de refrigerio prometidos aun ahora, si cumplimos con las condiciones del arrepentimiento y la conversión hacia Dios.

Un profeta como Moisés (3:22-26)

“Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, corno a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo. Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días. Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. A vosotros primeramente. Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.”

Ahora Pedro regresa a Moisés y cita Deuteronomio 18:18,19, donde Dios promete levantar un profeta como él. (Vea también Levítico 26:12; Deuteronomio 18:15; Hechos 7:37.) Esta era la promesa en la que pensaban también los que le preguntaron a Juan el Bautista si él era “el profeta” (Juan 1:21, 25). Algunos opinan que Deuteronomio tiene un cumplimiento parcial en Josué (un hombre en el que está el Espíritu; Números 27:18), Samuel y la línea de profetas del Antiguo Testamento. Pero tuvo su cumplimiento total en Jesús.

¿En qué aspectos era Jesús como Moisés? Dios usó a Moisés para instaurar el Pacto Antiguo; Jesús trajo el Nuevo. Moisés sacó a la nación de Israel de tierras de Egipto y la llevó a Sinaí, donde Dios la atrajo a sí mismo (la hizo entrar en una relación de pacto con El). (Vea Éxodo 19:4.) Jesús se convirtió en el camino nuevo y viviente por el cual podemos entrar en lo más santo de la presencia misma de Dios. Moisés le dio a Israel el mandato de sacrificar un cordero; Jesús es el Cordero de Dios. Moisés fue usado por Dios para realizar grandes milagros y señales; Jesús realizó muchos milagros y señales; más, pero la mayoría eran señales de amor, más que de juicio. (Vea Hebreos 3:3-6, donde se proclama la superioridad de Cristo con respecto a Moisés.)

Moisés le advirtió al pueblo que sería desarraigado todo aquel, que no recibiese y obedeciese a este Profeta. O sea que, aunque Dios es bueno, hay un castigo para aquellos que no se arrepientan. Pedro hizo hincapié en el significado de la advertencia de Moisés. Serían desarraigados del pueblo. Esto es. Dios no destruiría a su pueblo como tal sino que serían los individuos los que se podrían perder.

Samuel fue el más grande de los profetas después de Moisés (1 Samuel 3:20). Desde aquel momento, todos los profetas hablaron de estos días, o sea, de los días de la obra que Dios realizaría a través de Cristo. Aunque algunos no hayan dado profecías específicas en sus escritos, todos dieron profecías que señalaban hada estos días, o preparaban para ellos.

Los judíos a los que Pedro se estaba dirigiendo, eran los descendientes verdaderos de los profetas, herederos también del pacto abrahámico con su promesa de que en la simiente de Abraham (Cristo) todas las familias de la tierra serían bendecidas (Génesis 22:18; Calatas 3:16).

Esa bendición prometida a todas las familias de la tierra, llegó en primer lugar a estos judíos de Jerusalén. ¡Qué privilegio! Sin embargo, no se trataba de un favoritismo por parte de Dios. Era su oportunidad para recibir la bendición arrepintiéndose y apartándose de sus pecados (obras malas o perniciosas). También era una oportunidad de poder servir.

En realidad, alguien tenía que ser el primero en llevar el mensaje. (Compare con Romanos 1:16; 2:9, 10; 3:1, 2.) Pablo siempre iba a los judíos primero, porque ellos tenían las Escrituras y la cultura, y conocían la Promesa. Pero no podían llevar el mensaje y la bendición a los demás, sin arrepentirse primero y experimentar la bendición en ellos mismos. Dios había preparado a los judíos para esto. Todos los primeros evangelistas (esparcidores de las Buenas Nuevas) eran judíos.

Autor: Stanley M. Horton -Editorial vida- ISBN 0-8297-1305-0

http://www.seminarioabierto.com/hechos02.htm

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