El humanismo secular y su rol en el Tiempo del Fin


El humanismo secular y su rol en el Tiempo del Fin
Scott MacGregor

EN LA SOCIEDAD MULTICULTURAL de hoy en día existe una corriente de pensamiento cada vez más extendida que se conoce como relativismo moral.Esta corriente nos lleva a no adoptar posturas sentenciosas y a no erigirnos en jueces ni emitir juicios sobre lo que la gente cree y hace. Se postula que todo es relativo. Aun actos que consideraríamos repulsivos e inmorales pueden ser aceptables según las costumbres de otras personas. Aunque no cabe duda de que los cristianos debemos ser comprensivos y tolerantes con los demás, ceder ante creencias o prácticas que contradicen diametralmente los dos grandes mandamientos de Dios —amar a Dios y al prójimo— equivale a dejarnos engañar y descaminar. Ese relativismo moral es consecuencia directa de una filosofía atea denominada humanismo secular.

El humanismo moderno tiene sus orígenes en el Renacimiento. Hoy en día se considera que ciertos personajes de talla del período renacentista y del de la Ilustración que le siguió —Leonardo da Vinci, Isaac Newton, Erasmo de Rotterdam y muchos otros— eran humanistas. De hecho, ellos mismos se consideraban así. Para ellos, el humanismo era la vía para devolver a las artes, las ciencias y la filosofía su dimensión humana, dado que por cientos de años dichas disciplinas habían estado al servicio de la religión, la cual se hallaba por aquella época plagada de superstición. Sin embargo, hay que hacer notar que todos esos precursores del humanismo moderno no dejaban de proclamar una firme creencia en Dios.

El humanismo secular de hoy en día dista mucho de eso. Los partidarios de esta corriente de pensamiento sostienen que toda fe en Dios y toda religión es irracional y por tanto no tiene cabida en su concepción del mundo. Consideran que la dimensión natural es la única efectiva, que lo sobrenatural no existe y que, por ende, el hombre es su propio dios

Por lo general, los humanistas son fervorosos apóstoles del evolucionismo. Lo irónico del caso es que una y otra vez se demuestra que esa teoría no es más que una creencia y que no se puede probar científicamente como sostienen sus defensores. Equivale a creer en lo invisible, puesto que los procesos de lo que se denomina más correctamente macroevolución —es decir, la evolución de una especie hasta transmutarse en otra— y las pruebas de los mismos siguen estando tan vedadas al ojo humano como la dimensión espiritual. Sin embargo, la gran diferencia radica en que, mientras los procesos y las pruebas empíricas de la macroevolución no aparecen por ninguna parte, la dimensión espiritual es bien real. Cada vez se engrosa más el contingente de científicos sinceros que no tiene empacho en proclamar que el evolucionismo posee todas las características de una religión. Eso hace que un partidario del humanismo secular sea tan irracional como las personas de fe a las que tanto le gusta ridiculizar.

Los humanistas sostienen que los hombres son capaces de resolver sus propios problemas. También están convencidos de que la religión es la causa de gran parte de los mismos. Sin embargo, si se hace un cómputo de las instituciones y personas que se dedican a ayudar a sus congéneres, resulta que muchas o la mayoría de ellas están motivadas al menos en parte por creencias religiosas. Además, a los adeptos del humanismo secular les gusta repetir el argumento de que la religión es causa de todas las guerras. Si bien es posible que a lo largo de los siglos algunos hayan aducido móviles religiosos para emprender guerras, lo cierto es que los verdaderos objetivos por los que se libran la mayor parte de los conflictos son la conquista territorial y la obtención de botín.

Hasta hace poco se consideraba que la fe en Dios era parte importante del conocimiento del hombre. No obstante, en las últimas generaciones el ateísmo ha conseguido gran cantidad de adeptos. Cabe pensar que la gente habría aprendido algo de la historia reciente y de los horrores que cometieron quienes profesaban no creer en Dios. Los últimos cien años han dejado un temible baño de sangre, gran parte de la cual se derramó a instancias de regímenes declaradamente antirreligiosos, regímenes cuya ideología giraba en torno al axioma de que el hombre iba evolucionando en pos de la perfección.

¿Cómo encaja eso dentro del esquema de los Postreros Tiempos? La Biblia afirma que «vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: “¿Dónde está la promesa de Su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación”. Estos ignoran voluntariamente que en el tiempo antiguo fueron hechos por la Palabra de Dios los cielos» (2 Pedro 3:3-5). También dice que «no vendrá [el retorno de Cristo] sin que antes venga la apostasía. [...] Por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos[...] Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira» (2 Tesalonicenses 2:3,10,11).

Los defensores del humanismo secular ya llevan muchos años frente al panel de mando, y el historial de su desempeño no es muy bueno que digamos.

En el otro extremo, hay personas que profesan creencias religiosas —y hasta fe en Jesucristo— cuyas acciones no son consecuentes con sus palabras, pues su conducta y modo de vivir difieren tanto de las enseñanzas de Jesús como el día de la noche. Hasta el observador más apático no puede menos que advertir que la exhortación de Jesús de amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y hacer bien a los que nos aborrecen (Mateo 5:44) no tiene cabida en la ideología de numerosos dirigentes que se proclaman cristianos.

¿Dónde nos deja todo esto a nosotros? Pues bien, estas tristes circunstancias cumplen otro versículo sobre el Tiempo del Fin, en este caso una predicción que hizo el propio Jesús en su famoso discurso sobre las señales del Fin, el cual recoge el capítulo 24 de Mateo: «Por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará» (Mateo 24:12).

¿Qué debemos hacer entonces? Ser testigos de Dios, agentes Suyos para proclamar la verdad y la salvación, ahora y hasta el Fin mismo, a fin de que se cumplan los versículos que siguen: «El que persevere hasta el fin, éste será salvo. Y será predicado este Evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:13,14).

fuente:

http://www.tommyswindow.com/pps_articles/spanish/Apostasia_El_humanismo_secular.htm

Un Comentario (+add yours?)

  1. pauloarieu
    ene 10, 2010 @ 16:34:42

    Humanista secular:

    . El materialismo constructivista

    Se puede considerar que esta cosmovisión está muy extendida entre las personas que tienen una formación científica. Consiste en ver toda la realidad desde la experiencia de la bioquímica y la física atómicas.

    Casi todas las personas que tienen una formación científica contemplan el mundo como si fuera una inmensa construcción: un conglomerado material íntimamente ordenado. Existía -y todavía existe- un juego muy popular que se llama “Mecano”. Es un juego de construcción con piezas metálicas, que permite hacer grúas, coches, puentes, etc. Muchas personas con mentalidad científica tienden a contemplar el mundo como si fuera un enorme “Mecano”: un artefacto muy complicado construido con piezas muy sencillas. Todo lo que se construye con él depende absolutamente de las piezas con que se construye. No hay más.

    Desde hace dos siglos, las ciencias modernas han descubierto, en sucesivos pasos, la composición del mundo material: tanto de la materia inerte como de la materia viva. Y han llegado a la conclusión de que todo está compuesto de lo mismo. Esta idea ha sido reforzada por la teoría del Bing Bang, que habla de un origen común del universo, y de un despliegue de toda la realidad visible a partir de una enorme concentración de energía primitiva (S. Weinberg, Los tres primeros minutos del universo).

    Gracias a un formidable empeño científico, sabemos cómo está compuesto casi todo el cosmos visible. Y es muy fácil caer en la tentación de decir que el universo es sólo una inmensa construcción hecha con las piezas elementales que conocemos. Y que todo se puede explicar por las propiedades de esas “piezas” elementales. Exáctamente lo mismo que diríamos sobre un coche construido con el juego del “Mecano”. Podríamos asegurar que sólo es un conjunto de piezas, y que las propiedades del coche se explican por las propiedades de las piezas que lo componen. Pero conviene advertir ya, de pasada, que esto supone una reducción sutil, porque un coche no está hecho sólo con las “piezas” del Mecano, sino también con una “idea” de lo que es un coche. Un coche no es sólo un conjunto de piezas, por la misma razón que el Quijote no es sólo un conjunto ordenado de letras. Pero vayamos por partes.

    En esta cosmovisión materialista, el analogatum princeps desde el que se contempla toda la realidad, es decir el punto de partida, son las partículas subatómicas que componen los átomos y las moléculas, tal como nos las describe la física. Se quiere ver toda la realidad desde la física y se da por supuesto que todo se puede explicar acudiendo a las propiedades elementales con las que trabajamos en la física. Una roca, una planta, un perro o un hombre son sólo, en definitiva, un enorme compuesto físico-químico. Y las propiedades del conjunto deben depender de las propiedades elementales.

    Esta es la tesis de algunos conocidos científicos que han divulgado sus ideas, como los premios nobel Erwin Schrödinger (Qué es la vida) y Jacques Monod (Azar y necesidad), y los astrofísicos Stephen Hawking (Historia del tiempo) y Carl Sagan (Cosmos). Aplican a todo el universo su conocimiento de la composición de la materia, y lo reducen a lo que les resulta más familiar. Todo lo ven desde algunas propiedades de la materia.

    Ciertamente, aportan algo cuando afirman que todo lo visible está compuesto de lo mismo. Es una verdad llena de interés. En cambio, son reductivistas cuando dicen que toda la realidad es “sólo” una composición material compleja.

    Primero, olvidan la complejidad de la realidad y, en particular, las ideas que dan la posibilidad y forma de las cosas: “ideas” como la del “coche”, sin la cual no se puede explicar la posibilidad de la construcción. Se conforman con una explicación “material”, pero también la forma de las cosas necesita una explicación. Es evidente que falta algo cuando decimos que el Quijote es sólo un conjunto de letras. También falta algo cuando decimos que un animal es un compuesto físico-químico. Hoy tenemos, además, otro acercamiento al problema, a medida que conocemos mejor la composición de los códigos genéticos. Es evidente que hay en ellos algún tipo de leyes de reordenación; si no la evolución no hubiera podido progresar de manera creciente. Con un Mecano se puede hacer un coche, pero no un caballo, por más piezas que se reúnan. Las piezas del Mecano no tienen las propiedades necesarias para hacer un caballo. El coche está ya en unas piezas que han sido preparadas pensando en el coche, pero el caballo no.

    En segundo lugar, al negar que pueda haber algo no material en el universo, reducen todas las dimensiones de la persona humana a fenómenos físicos, aunque todavía -dicen- no podamos explicarlas. Una versión particular de esta tendencia es el intenso debate sobre la inteligencia artificial. Algunos científicos piensan que la inteligencia humana es como la de un procesador complejo (Marvin Mynsky), y que muy pronto todas sus funciones podrán ser imitadas, aunque hoy aparezcan dificultades notables. Esto les lleva a ver al hombre como un mecanismo complejo y a desconocer, de hecho, las complejas funciones intelectuales que se manifiestan en la conciencia. Dan por supuesto que dependen, en definitiva, de la composición, aunque no puedan demostrarlo.

    Hay que decir que los ideales materialistas y mecanicistas se han difuminado un poco en los últimos veinte años por las consecuencias epistemológicas del principio de indeterminación de Heisemberg; por el problema de las condiciones de partida (Arecchi); y por la aparición de la problemática del caos (Ilya Prygoguine), que afecta a muchas disciplinas científicas. Somos más conscientes que nunca de los límites de nuestro conocimiento científico. Y ha desaparecido la utopía mecanicista que pensaba que un día podríamos conocer y controlar todo el universo como si fuera un inmenso mecanismo. Basta pensar en las dificultades habituales de los partes metereológicos raya,

    El Humanismo Secular es un término que ha sido usado en los últimos treinta años para describir una visión del mundo con los siguientes elementos y principios:

    · Una convicción de que los dogmas, ideologías y tradiciones religiosas, sociales o políticas, deben ser avalados y probados por cada persona de manera individual en lugar de ser aceptados simplemente por cuestión de fe.

    · El compromiso con el uso de la razón crítica, la evidencia factual y el método científico, en lugar de la fe y el misticismo, en la búsqueda de soluciones para los problemas de los humanos y las respuestas para las cuestiones humanas más importantes.

    · Una preocupación primaria con la satisfacción, el desarrollo y la creatividad tanto para el individuo como para la humanidad en general.

    · Una búsqueda constante por la verdad objetiva, teniendo entendido que nuestra imperfecta percepción de esa verdad es constantemente alterada por nuevos conocimientos y experiencias. (N. del T. En realidad los Humanistas Seculares reconocen que “conocer la verdad objetiva” es en si utópico. Sin embargo, es posible realizar una considerable aproximación al conocimiento objetivo, aunque sabemos que éste nunca podrá ser plenamente alcanzado.)

    · Una preocupación con esta vida y un compromiso de dotarla de sentido a través de un mejor conocimiento de nosotros mismos, nuestra historia, nuestras conquistas intelectuales y artísticas, y las perspectivas de aquellas que difieren de nosotros.

    · Una búsqueda de principios viables de conducta ética (tanto individuales, como sociales y políticos), juzgándolos por su capacidad de mejorar el bienestar humano y la responsabilidad individual.

    · Una convicción de que con la razón, un mercado abierto de ideas, buena voluntad y tolerancia, se puede obtener el progreso en la construcción de un mundo mejor para nosotros y nuestros hijos.

    Los humanistas seculares siguen una perspectiva o filosofía llamada Naturalismo, en la cual las leyes físicas del universo no están subordinadas a entidades inmateriales o sobrenaturales como demonios, dioses u otros seres “sobrenaturales” fuera del dominio del universo natural. Los eventos sobrenaturales como los milagros (que contradicen las leyes físicas) y los fenómenos psíquicos, como la percepción extrasensorial, la telekinesia, etc., no son descartados automáticamente, mas son vistos con un alto grado de escepticismo.

    Los Humanistas Seculares consideran que quienes hacen afirmaciones extraordinarias deben mostrar evidencias extraordinarias. Son quienes afirman la existencia de algo los que deben mostrar claras y contundentes evidencias.

    Los Humanistas Seculares típicamente se describen como ateístas (sin la creencia en un dios y son bastante escépticos en cuanto a la posibilidad de que exista uno) o agnósticos (sin la creencia en un dios y dudan en cuanto a su posibilidad). Los Humanistas Seculares tienen orígenes filosóficos y religiosos bastante diversos, desde el fundamentalismo cristiano ante el sistema de creencias liberales y el ateísmo. Algunas personas encontraron bienestar en una posición humanista secular después de haber pasado un período de deísmo. Los deístas son aquellos que expresan un sentimiento vago o místico de que una inteligencia creativa puede estar, o que estuvo en algún momento, conectada al Universo o involucrada en su creación, más ahora no existe, o no se encuentra más ocupada con su operación.

    Los Humanistas Seculares no dependen de dioses o de otras fuerzas sobrenaturales para resolver sus problemas u ofrecer orientación para sus conductas. En lugar de eso, dependen de la aplicación de la razón, de las lecciones de la historia y la experiencia personal para formar un fundamento moral y ético y crear sentido en la vida. Los Humanistas Seculares ven en la metodología de la ciencia como la fuente más confiable de información para poder saber qué es lo falso o lo verdadero sobre el Universo que todos compartimos, reconociendo que nuevos descubrimientos siempre estarán alterando y expandiendo nuestra comprensión de este y, posiblemente, cambiará nuestro abordaje de los asuntos éticos.

    El Humanismo Secular como sistema filosófico organizado es relativamente nuevo, mas sus fundamentos pueden ser encontrados en las ideas de los filósofos griegos clásicos como los Estoicos e Epicurianos, y también en el Confucionismo chino. Estas posiciones filosóficas buscaban las soluciones de los problemas humanos en los seres humanos en lugar de los dioses.

    Durante la edad de las tinieblas de la Europa Occidental, las filosofías humanistas fueron suprimidas por el poder político de la Iglesia. Aquellos que se atrevían a expresar opiniones en oposición a los dogmas religiosos dominantes eran desterrados, torturados o ejecutados. Fue tan solo en el Renacimiento de los siglos XIV al XVII, con el desarrollo del arte, la música, la literatura y los grandes viajes de navegación, que se pasó a considerar la alternativa de pasar de una existencia centrada en “Dios” a una alternativa humanista. Durante el iluminismo del siglo XVIII, con el desarrollo de la ciencia, los filósofos finalmente comenzaron a criticar abiertamente la autoridad de la Iglesia y a engranar lo que hoy se conoce con el nombre de “Librepensamiento”.

    El movimiento librepensador del siglo XIX en América del Norte y Europa Occidental, finalmente volvió posible la renuncia de la fe ciega y la superstición, sin el riesgo de la persecución. La influencia de la ciencia y la tecnología, conjuntamente con los desafíos a la ortodoxia religiosa hecha por célebres pensadores como Mark Twain y Robert G. Ingersoll trazaron los elementos de la filosofía humanista, así mismo para las iglesias cristianas que se tornaban más preocupadas con este mundo y menos con el prójimo.

    En el siglo XX los científicos, los filósofos y los teólogos progresistas comenzaron a organizarse en un esfuerzo por la alternativa humanista a las tradiciones y perspectivas puestas en la fe. Esos primeros organizadores clasificaron el humanismo como una religión no-teísta que atendía la necesidad humana de un sistema ético y filosófico organizado para orientar nuestras vidas, una “espiritualidad” sin lo sobrenatural. En los últimos treinta años aquellos que rechazaban el sobrenaturalismo como opción filosófica viable, adoptaron el término “Humanismo secular” para describir su postura de vida no-religiosa.

    El Humanismo Secular, es por lo tanto, una filosofía y perspectiva que se centra en los asuntos humanos y emplea los métodos científicos y racionales para lidiar con una gran variedad de asuntos importantes para todos nosotros. Al mismo tiempo que el Humanismo Secular es adverso en muchos puntos a los sistemas religiosos basados en la fe, este se dedica al desarrollo del individuo y de la humanidad en general. Para alcanzar esta meta el Humanismo Secular alienta todo un conjunto de principios que promueven el desarrollo de la tolerancia, la compasión y una comprensión de los métodos de la ciencia, el análisis crítico y la reflexión filosófica.

    Pero las posiciones intelectuales no se definen sólo por las adhesiones, sino también por los prejuicios y aversiones. Por eso, si queremos tener en cuenta las opciones intelectuales vigentes en Occidente, es preciso decir algo más. Desde hace tres siglos, existe una fuerte corriente de reacción y emancipación frente al mensaje cristiano, especialmente en los países sociológicamente católicos. Es el movimiento ilustrado o, por lo menos, una parte de él. Sería necesario hacer delicados análisis para advertir hasta qué punto sus quejas y también sus logros pueden ser admitidos. También habría que hacer muchas distinciones para identificar la multiplicidad de sus manifestaciones. Pero no es el momento de intentar un juicio tan complejo. Bastan unas breves pinceladas históricas.

    En su inicio, la tradición ilustrada asumió el universo personal creado por la fe cristiana, convirtiéndolo, hasta donde era posible, en filosofía. Era el proyecto racionalista: quería apoyarse en la razón y en la ciencia que parecía el fruto mejor de la razón. De la cultura política inglesa, incorporó los ideales de la democracia parlamentaria y de tolerancia cívica. De la francesa, su amor por el derecho. Desde Kant, una parte considerable de las élites ilustradas asumió el agnosticismo como postura vital, perdió la metafísica, y se sintió liberada de la necesidad de optar por las diversas cosmovisiones. Entonces, se redefinió como una cultura laica, ética y política, sosteniendo todavía valores cristianos, sobre todo éticos, como la dignidad de la persona, la igualdad fundamental de los hombres, la libertad personal, la racionalidad de la ética y de las relaciones de justicia, y la noción de bien común. En los países de tradición católica, sobre todo en Francia, ha tenido una veta laicista y fuertemente crítica frente a la Iglesia. En otros, se ha mantenido en un agnosticismo moderado.

    Desde finales del siglo pasado, perdió la iniciativa cultural y fue en parte subsumida por las utopías políticas socialistas, especialmente el marxismo, que también representaba una alternativa fuerte frente al cristianismo. En este final de siglo, al desaparecer el marxismo, se advierte, en todo el Occidente, una curiosa regresión hacia las formas de pensamiento ilustrado. La ilustración de corte laicista es la mentalidad más extendida entre las élites cultas que se resisten a ser cristianas. Se expresa a través de importantes órganos de opinión pública en todos los países de Europa, especialmente en los de mayoría católica. Frente al cristianismo, sostiene una crítica histórica y una ridiculización de su moral, especialmente de la moral sexual. Mientras intenta recuperar, por todos los medios, una ética civil y laica, que sea capaz de sustituir a la cristiana, para configurar la vida ciudadana y dar sentido a las viejas abstracciones (libertad, tolerancia, igualdad, etc.).

    Pero no es fácil dar marcha atrás en la historia. El movimiento ilustrado tropieza hoy con la fuerza del reduccionismo materialista o naturalista. Muchos ilustrados con mentalidad científica han optado por alguna de las dos primeras cosmovisiones, materialismo constructivista o naturalismo biológico, y ya no pueden sostener intelectualmente los valores éticos que mantenía la ilustración. Aunque son una minoría, porque es difícil vivir de una manera coherente con esas cosmovisiones.

    En cambio, los ilustrados con mentalidad humanista, después de la desaparición del marxismo, parecen haber perdido el vigor de su racionalismo crítico y de su laicismo, y se acercan a la visión espiritualista de las religiones orientales. El budismo o el hinduísmo depurados pueden ser la tentación intelectual del porvenir para las élites de la cultura occidental que son críticas frente al cristianismo. Aparte de otras alternativas folclóricas, como el politeísmo pagano; o religiosas, como el Islam, que son minoritarias.

    Florece también, muy debilitado, un nuevo agnosticismo, que no se atreve a afirmar ni a negar nada. Está cansado de los “grandes relatos” y de las utopías; es decir de toda teoría general sobre el mundo, y también de todo proyecto demasiado grande para cambiarlo. Se conforma con observaciones parciales y con pequeños experimentos entretenidos. Se define como “pensamiento débil” y es una de las expresiones de lo que se ha dado en llamar “posmodernidad”. Pero su misma debilidad hace que su vida sea lánguida. No puede suscitar entusiasmos, ni sumar consensos porque no está claro, ni es constante en lo que afirma y lo que niega. Resulta demasiado dependiente de algunas figuras indecisas.

    En este contexto cultural, se ofrece la oportunidad de presentar con nuevo vigor la cosmovisión cristiana, que es profundamente coherente con el universo personal que consideramos uno de los grandes tesoros de Occidente. No tiene sentido presentarla en polémica con otras opciones, porque la desgastaría inútilmente. Debe presentarse como plenitud de lo que en otros lugares está incoado. El cristianismo como fe religiosa es capaz de asumir lo que hay de verdadero en otras cosmovisiones y en otras visiones parciales de la realidad. Éste es el enfoque que conviene a una apologética moderna, que ha asumido en profundidad la idea de un Dios creador y redentor para todo el universo. Todo lo naturalmente valioso tiene un lugar en la obra de la redención y consumación en Cristo. Por eso, frente a cada cosmovisión, plena o parcial, es necesario discernir para poner de manifiesto sus reduccionismos y aceptar lo que tiene de válido.

    La fuerza de la oferta cristiana se basa en la belleza del universo personal: en su idea de persona y de intimidad, de libertad y de realización humana, de las relaciones personales, de entrega y del amor, de la felicidad y de Dios. Todo este universo no tiene dónde apoyarse en las demás cosmovisiones. Ha nacido de la cultura cristiana y se sostiene sólo dentro de ella. Hay que esforzarse en mostrar su atractivo, que es un signo de su verdad. Pero, como hemos dicho antes, la belleza es sólo un indicio para vencer prejuicios; la puerta de entrada a esta cosmovisión es la fe en Cristo resucitado.

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