Comentario a Hechos de los Apóstoles 1


Comentario a Hechos de los Apóstoles 1

Hechos Apostólicos es un estudio de la Edad Apostólica de la iglesia cristiana temprana. Es la continuación milagrosa de la obra de Jesús en el primer siglo, a través de la obra del Espíritu Santo y su iglesia. Presenta el ministerio de Pedro, de los doce apóstoles y de Pablo de Tarso, en su cumplimiento de la Gran Comisión desde el Día de Pentecostés hasta llevar el evangelio a Roma, el capital del mundo.

1.

Comentario a Hechos de los Apóstoles
Introducción
Autor: Stanley M. Horton -Editorial vida- ISBN 0-8297-1305-0

El libro de los Hechos es especial. No hay ningún otro libro semejante en toda la Biblia. Ciertamente, tenemos otros libros históricos en el Antiguo Testamento. Sin embargo, estos ponen de relieve los fracasos, los pecados y la idolatría que impedían que el pueblo de Dios recibiera la plenitud de sus bendiciones.

En el libro de los Hechos, esos fallos se hallan en el pasado. Israel ha aprendido la lección, y la idolatría ya no es problema. Más importante aún es que Jesús ya ha venido. Su muerte en el Calvario ha puesto en vigencia el nuevo pacto (Hebreos 9:15). Con su resurrección les ha traído bendición y gran gozo a sus seguidores (Lucas 24:51, 52). Hay una sensación de plenitud y al mismo tiempo de entusiasmo provocado por una jubilosa esperanza que invade todo el libro.

Originalmente, el libro carecía de título. Sin embargo, desde mediados del siglo segundo D.C., ha sido conocido como Los Hechos de los Apóstoles. Es probable que este título surgiera porque en el primer capítulo se dan los nombres de los apóstoles (1:13). A pesar de esto, a medida que recorremos el libro, vemos que no se vuelve a nombrar a la mayoría de ellos, y algunos sólo son mencionados de paso. El único que sobresale en la primera parte del libro es Pedro, y el único que sobresale en la segunda es Pablo.

En realidad, el Espíritu Santo se destaca más que los apóstoles. El libro presenta la forma en que el mismo Jesús enfocó la atención sobre Él (1:4, 5). Después, es el derramamiento del Espíritu (2:4) el que pone en movimiento la acción del libro. Se menciona al Espíritu, o se hace referencia a Él un total de cincuenta y una veces. Por este motivo, muchos han sugerido que estaría más acertado un título como Los Hechos del Espíritu Santo.

No obstante. Hechos 1:1 sugiere que podríamos agrandar ese título un poco. Observe la palabra “comenzó”. El tratado anterior (el evangelio según Lucas) recogía lo que Jesús había comenzado a hacer y enseñar. Por tanto, el libro de los Hechos recoge a su vez lo que Jesús continuó haciendo y enseñando a través del Espíritu Santo en una Iglesia que crecía y se esparcía. Aunque Jesús se halla ahora en la gloria, a la derecha del trono del Padre, todavía está realizando su obra en el mundo actual. Así, muy bien podríamos ponerle al libro de los Hechos un título un poco alargado que diría: Los Hechos del Señor Resucitado por el Espíritu Santo en la Iglesia y a través de ella.

Sin embargo, debemos reconocer que así como el ibro de los Hechos no nos da detalles sobre todos los apóstoles, tampoco nos relata toda la historia del crecimiento de la Iglesia. En muchos casos sólo nos da breves resúmenes de lo acontecido. A las iglesias de Galilea y Samaria les presta muy poca atención (9:31). Hay sucesos importantes, como el crecimiento de una vigorosa iglesia en Egipto durante el siglo primero, que no son mencionados en absoluto. Por otra parte, hay algunos sucesos que son presentados en forma muy detallada. (Vea los capítulos 8, 10, 11 y 28)

Es probable que los discursos y sermones que se destacan tanto en el libro sean también resúmenes. Por ejemplo. Pablo predicaba algunas veces hasta la medianoche (20:7). También hay otras ocasiones que evidentemente requerían todo un culto en la sinagoga, y sin embargo lo que está escrito se puede leer en pocos minutos. Sin embargo, se ve claramente que estos discursos reflejan el estilo y los puntos clave de la predicación de los apóstoles, y también sus propias palabras. Los relatos condensados fueron necesarios. Debido a la cantidad limitada de espacio disponible en los antiguos libros o rollos de papiro. Si se hubiera contado toda la historia del crecimiento y el desarrollo de la Iglesia primitiva, con todos los milagros y señales relatados en sus pormenores, hubiera llenado varias series de libros del tamaño de la Enciclopedia Británica. (Compare con Juan 20:30, 31; 21:25.)

También hay otro factor más que no tiene que ver con las limitaciones de espacio. Hoy día, nadie podría escribir una narración reuniendo simplemente todo lo que aparece impreso en los diarios. El historiador debe seleccionar los sucesos que le parecen significativos, los que señalan tendencias, cambios y relaciones. Por esto Lucas sigue un tema sugerido por las palabras de Jesús: “Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (1:8). Los siete primeros capítulos se centran en los sucesos de Jerusalén, y describen el crecimiento y las pruebas iniciales de la Iglesia. Entre el capítulo 8 y 12 se revela cómo el Espíritu rompió barreras en Judea y Samaria. Finalmente, del 13 al 28 presentan la forma en que el Evangelio comenzó a moverse hasta lo último de la tierra. En ellos se destaca la existencia de nuevos centros para el esparcimiento del Evangelio en Antioquía, Efeso y Roma. La claridad y la progresión lógica de Lucas hacen que la mayoría de los eruditos que creen en la Biblia estén de acuerdo en que Lucas es un historiador de primera clase, no sólo por lo que incluyó en los Hechos, sino también por lo que no incluyó. (Por supuesto, los eruditos que creen en la Biblia están de acuerdo en que el Espíritu Santo dirigió la redacción de sus libros.)

Los sucesos que Lucas sí incluye fueron a la vez significativos y típicos. En el momento en que él escribió, las iglesias de los distintos lugares estaban en comunicación las unas con las otras y estaban familiarizadas con muchos de los sucesos descritos en el libro. De esta manera, las personas que leyeron primero los Hechos, no tendrían dificultad alguna en ver la relación de su propia iglesia local con la sucesión de los hechos descritos en el libro.

Aunque el libro de los Hechos no menciona el nombre de su autor, es evidente que Hechos 1:1 se refiere al mismo Teófilo que aparece en Lucas 1:1-4. Lo que encontramos en los Hechos es la continuación del evangelio según Lucas, aunque este evangelio tampoco nombre a su autor. Sin embargo, hay suficientes evidencias para poder relacionar tanto el evangelio como los Hechos, con la persona a la que Pablo llama “el médico amado” (Colosenses 4:14).

Una evidencia importante sobre la paternidad literaria de Lucas son los pasajes en “nosotros” de Hechos 16:10-17; 20:5 a 21:18 y 27:1 a 28:16. En estos pasajes el autor indica que se hallaba con Pablo en algunos momentos del segundo y el tercer viaje misionero, y también en el viaje a Roma. 4 Por tanto, hay partes del libro de los Hechos, de las cuales Lucas fue testigo ocular.

El hecho de que Lucas estuviera con Pablo en su última visita a Jerusalén y también lo acompañara en el viaje a Roma, quiere decir que Lucas se hallaba en Palestina durante los dos años que Pablo estuvo en prisión en Cesarea. Es evidente que Lucas comprobó los datos muy cuidadosamente. Aunque los títulos y la clasificación de los funcionarios romanos cambiaron con frecuencia durante el siglo primero. Lucas nunca cometió un error. La arqueología ha ayudado grandemente a confirmar lo que él dice con respecto a geografía e historia. Por tanto, no sería errado suponer que Lucas pasó esos dos años comprobando datos y hablando con los testigos oculares de los sucesos del Evangelio y de la primera parte de los Hechos.

Por ejemplo, vemos que en su evangelio. Lucas narra la historia del nacimiento de Jesús desde el punto de vista de María, mientras que Mateo presenta el punto de vista de José. Lo más probable es que José hubiera muerto antes de llegar Lucas a Jerusalén, pero María vivía aún. Lucas dice que María guardaba los sucesos que rodearon al nacimiento de Cristo en su corazón (Lucas 2:51). Esto quiere decir que los recordaba con cuidado. También dice que María se hallaba presente en el Aposento Alto en el día de Pentecostés. Pablo confirmó que muchos de los que habían visto al Cristo resucitado todavía vivían cuando él escribió (1 Corintios 15:6). De esta manera. Lucas pudo confirmar los sucesos que incluyó en los Hechos, bajo la orientación y la inspiración del Espíritu. 5

El hecho de que Pablo lo llame “el médico amado” también concuerda con lo que hallamos en su evangelio y en los Hechos. Lucas presta una atención especial a las sanidades y con frecuencia da detalles adicionales o hace un diagnóstico más específico. Cuando Jesús dijo que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja, que un rico entrara al reino de los cielos, los otros evangelios usan la palabra corriente que identifica a una aguja de coser, pero Lucas usa una palabra griega más clásica que se utilizaba para designar a la aguja del cirujano. Algunos han tratado de ir más allá encontrando términos médicos en el Evangelio de Lucas y en los Hechos. Sin embargo, ha sido demostrado que los médicos de los tiempos neotestamentarios usaban el lenguaje corriente. No existía ningún “lenguaje médico”. No obstante, prácticamente todos los eruditos bíblicos de hoy reconocen a Lucas como el autor de su evangelio y de los Hechos.

Puesto que los Hechos nos llevan hasta la primera prisión de Pablo en Roma, en los años 60 y 61 d.C., esta es la fecha más temprana en que el libro pudo ser escrito. En el año 64 d.C., tuvo lugar el incendio de Roma y Nerón comenzó a perseguir a los cristianos. Esto obró un cambio completo en las relaciones entre los cristianos y el Imperio. Por este motivo, la fecha más tardía en que pueden haber sido escritos los Hechos, es alrededor del 63 d.C. Tenemos en este libro un relato sobre la primera generación de creyentes, los primeros treinta años de crecimiento de la Iglesia que comenzó en Pentecostés.

A partir de Pentecostés, se le da gran importancia al crecimiento de la Iglesia. Los ciento veinte se convierten de inmediato en tres mil; poco después leemos que son cinco mil. A continuación se habla de grupos de sacerdotes y hasta de fariseos, a medida que el Señor seguía añadiendo creyentes a la Iglesia. A medida que la Iglesia se esparce, surgen nuevos centros y nuevas multitudes. En todo esto hay una clara evidencia de la orientación del Espíritu y de un crecimiento que es tanto espiritual como numérico. Aunque surgieron problemas, el Espíritu Santo supo resolver todas las situaciones.

Lucas le presta atención también a la forma en que el Espíritu promovía la unidad del Cuerpo a medida que iba creciendo. Observe con cuánta frecuencia los creyentes permanecían unánimes. Más de una vez, la Iglesia estuvo en peligro de dividirse, pero el Espíritu la mantuvo unida. El mundo tiende a romper, dividir y construir barreras. El Espíritu Santo derrumbaba esas barreras a medida que la Iglesia oraba unánime, trabajaba unida y sufría también unida. La naturaleza tiende a dispersar, separar y destrozar. Se necesita más energía para unir, más sabiduría y poder para construir que para derrumbar. Por esto, uno de los temas importantes de Los Hechos del Señor Resucitado a través del Espíritu Santo es la edificación de la Iglesia.

Con toda claridad vemos que el libro de los Hechos es un libro de la Iglesia, que nos da importantes enseñanzas sobre su naturaleza, crecimiento, vida y razón de ser. Hoy en día algunos niegan que los Hechos tengan nada que enseñarnos. Afirman que debemos ir a las epístolas en busca de doctrina, porque los Hechos sólo son historia y no enseñanza doctrinal. No obstante, pasan por alto el hecho de que la Biblia no nos presenta la historia para satisfacer nuestra curiosidad histórica, sino más bien para enseñarnos verdades. Hasta las mismas epístolas hacen referencia a la historia del Antiguo Testamento y del Nuevo para enseñarnos su doctrina. Cuando Pablo quiso explicar la justificación por la fe en el capítulo 4 de Romanos, regresó a la historia de Abraham, en el Génesis. Cuando quiso mostrarnos lo que puede hacer la gracia de Dios, regresó a la historia de David. Los Hechos hacen más que darnos una simple transición o “cambio de velocidades” entre los evangelios y las epístolas. Nos proporcionan el ambiente de las Epístolas, y son necesarios para comprender mejor cada una de las verdades que ellas enseñan.

Jesús es la figura central del libro de los Hechos, como lo es también en los evangelios y las epístolas. Los libros se complementan mutuamente y lo exaltan a Él. Hechos muestra que toda la vida de la Iglesia continuaba girando en torno al Cristo viviente, el que había resucitado, ascendido y se había sentado a la derecha del Padre para interceder. Pablo en los capítulos 12 a 14 de la Primera Corintios, dice algo importante sobre el Espíritu Santo, pero en el capítulo 15 vuelve a centrar la atención en el Cristo resucitado. Igualmente, aunque Hechos da enseñanza sobre la obra del Espíritu, y nos enseña buena parte de ella, en primer lugar centra su atención en Jesús. El es el Príncipe de la Vida, el que vino, el que se halla presente por medio del Espíritu, y el que ha de regresar. La vida y el poder de su resurrección fluyen por todo el libro. Los evangelios, los Hechos, las epístolas y el Apocalipsis son toda la misma revelación de la Palabra de Dios. ¡Qué trágico sería darle poca importancia a alguna de sus partes!

Algo más que debemos tener en cuenta. A diferencia de muchos otros libros del Nuevo Testamento, el libro de los Hechos no tiene una conclusión formal. Simplemente se termina sin más. Algunos suponen que esto sucedió porque Lucas fue martirizado poco después que el apóstol Pablo. Sin embargo, hay varias tradiciones antiguas que afirman que vivió más tiempo. Más bien parece que el abrupto final es algo intencional. El libro tenía que llegar a su fin, como también aquella primera generación había llegado al suyo. Pero los Hechos del Señor Resucitado a través del Espíritu Santo no terminarían entonces. Continuarían en el siglo segundo y en el tercero con los mismos dones y las mismas manifestaciones sobrenaturales. Más aún: continúan hoy mismo dondequiera que el pueblo de Dios se reúna unánime con el ardiente anhelo de escudriñar su Palabra, buscar sus dones y realizar su obra.

Autor: Stanley M. Horton -Editorial vida- ISBN 0-8297-1305-0

2.

Comentario a Hechos de los Apóstoles
Capítulo 1

¿Tendría Lucas pensado escribir un tercer volumen? Algunos afirman que la forma abrupta en que termina el libro de los Hechos así lo exige. Es posible que Lucas haya pensado en esto. Sin embargo, también puede ser que su ministerio haya sido detenido por el martirio, como afirma Gregorio Nacianceno. Al menos, permaneció junto a Pablo durante su segunda prisión mientras que otros lo abandonaron para salvar su propia vida. Pero la palabra “primero” no implica necesariamente que sea otro volumen. Lo que tenemos en el evangelio de Lucas y el contenido del libro de los Hechos se complementan de manera perfecta. El evangelio de Lucas nos da las buenas nuevas de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Los Hechos nos muestran la continuación de la obra del Evangelio en la primera generación de la Iglesia. Esta obra del Espíritu Santo nunca llegaría a término durante esta época.

Teófilo «”amante de Dios; amado por Dios”» fue el que primero recibió este libro, como lo fue también con el Evangelio de Lucas. La Biblia no nos dice prácticamente nada sobre él, por lo que ha estado sujeto a mucha especulación. ¿Era el abogado que debía atender el caso de Pablo en Roma? No parece que sea así. En todos sus juicios anteriores, Pablo se había levantado para hacer su propia defensa. ¿Era un noble griego convertido bajo el ministerio de Lucas? ¿Era un filósofo en busca de la verdad? ¿Era Teófilo un título, o un nombre de persona? No sabemos nada con seguridad, aunque este nombre era muy corriente. Lo más probable es que fuera un amigo personal en quien Lucas podía confiar, porque leería el libro, haría copias y las haría circular.

Las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar (1:1)

“En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar”.

El hecho de que el evangelio de Lucas tratara sobre lo que Jesús “comenzó a hacer y a enseñar” nos muestra dos cosas. La primera, que la Iglesia tuvo sus comienzos en el Evangelio. El evangelio de Lucas termina con un grupo de creyentes convencidos. Jesús “les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Lucas 24:25). Ya no era un grupo de discípulos fácil de dispersar, sino un cuerpo unido de adoradores que habían recibido un mandato y se hallaban esperando a ser investidos con poder de lo alto (Lucas 24:46-53). En otras palabras, ya eran la Iglesia. Como afirma con claridad Hebreos 9:15-17, la muerte y el derramamiento de la sangre de Cristo fueron los que hicieron efectivo el Nuevo Pacto. De esta manera, los creyentes que se hallaban a diario en el templo, especialmente en las horas de oración (Hechos 3:1), bendiciendo (dándole gracias) a Dios, ya eran el Cuerpo del Nuevo Pacto.

Lo segundo que nos muestra es que la obra de Jesús no terminó cuando Él ascendió. Como ya se ha hecho notar, el libro de los Hechos nos presenta las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar por el Espíritu Santo a través de la Iglesia.

Las instrucciones finales (1:2, 3)

“… hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios”

Se ve con claridad también que Jesús no ascendió hasta haberles dado mandamientos (mandatos, instrucciones) por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido (los escogidos para Él, para que siguieran adelante con su obra). Aquí la palabra “apóstoles” podría no estar limitada a los Doce, sino incluir también a otros “enviados”, comisionados por Jesús (como lo fueron los setenta en Lucas 10:1). Es evidente que incluye a aquellos a quienes Jesús se mostró (se presentó) a sí mismo (en formas definidas y en momentos determinados) después de sus sufrimientos, dándoles muchas pruebas infalibles (pruebas positivas, señales seguras, evidencia inequívoca y convincente) de que estaba vivo.

En estas apariciones demostró con claridad que no era un espíritu, ni un fantasma. Ellos lo tocaron. Les enseñó sus manos y sus pies diciéndoles: “Yo mismo soy” (Lucas 24:28-43). Durante un período de cuarenta días, estuvo con ellos una y otra vez. No fueron visiones. Fueron apariciones personales, reales y objetivas de Jesús. Ellos lo reconocieron y aprendieron de El con una comprensión real las verdades relacionadas con el Reino (Gobierno, poder real y autoridad) de Dios. Ahora entendían por qué tanto la cruz como la resurrección eran necesarias para nuestra salvación. Ambas eran revelaciones del grandioso poder y el amor de Dios.

Algunos eruditos bíblicos ven un paralelo entre estos cuarenta días y los cuarenta días durante los cuales Dios estuvo con Moisés en el monte Sinaí, entregándole la Ley. Ciertamente que la enseñanza de Jesús era una “ley” mejor (torah, instrucción). Pero ahora la enseñanza era para todos, no en un lugar restringido como el monte Sinaí, sino en muchos lugares, y hasta a quinientos a la vez (1 Corintios 15:6). Hasta en el día de la resurrección, había otras personas con los apóstoles en el aposento alto (Lucas 24:33) y recibieron su instrucción. Poco después vemos que había ciento veinte presentes (Hechos 1:15). Por tanto, las instrucciones definitivas de Jesús nunca estuvieron limitadas a los once apóstoles.

La promesa del padre (1:4, 5)

“Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.”

El evangelio de Lucas condensa los cuarenta días posteriores a la resurrección y salta hasta la exhortación final a los ciento veinte para que se quedaran (esperaran, se sentaran) en Jerusalén hasta recibir la promesa del Padre, que Jesús mismo les había hecho (Lucas 24:49; Juan 14:16; 15:26; 16:7, 13).

En Hechos 1:4, Lucas va de nuevo al tiempo inmediatamente anterior a la ascensión. Jesús los había reunido. El griego indica que estaba compartiendo una comida con ellos. 3 En aquel momento, repitió el mandato, insistiéndoles en que no debían salir de Jerusalén. Esto era muy importante. El día de Pentecostés hubiera tenido poco efecto si sólo dos o tres de ellos se hubieran quedado en la ciudad.

No existe conflicto aquí entre este mandato y el dado el día de la resurrección de marcharse a Galilea (Mateo 28:10; Marcos 16:7). Al comparar los evangelios podemos ver que inicialmente. Jesús les ordenó a las mujeres que les dijeran a los discípulos que se fueran a Galilea. Debido a que no habían creído en realidad, Pedro y Juan fueron a la tumba. Dos de los otros discípulos (no de los Doce) decidieron irse a su casa en Emaús, mientras que los demás se quedaron donde estaban. Jesús se les apareció por la noche aquel mismo día y les echó en cara su incredulidad. Tomás no estaba presente cuando Jesús se les apareció, sin embargo, y se negó a creer el relato de su aparición. Jesús se les apareció de nuevo a la semana siguiente y llamó a Tomás para que creyera en El. Después los discípulos, junto con Pedro, se encontraron con Jesús en Galilea. Hubo una demora, pero Jesús necesitaba tratar con Pedro. Todavía cargaba con la culpa de haber negado a Jesús y le hacían falta una humillación especial y una nueva comisión también especial (Juan 21). Es probable que hubiera otras apariciones en Galilea (entre las cuales se hallaría la de los quinientos), ya que Jesús había pasado mucho tiempo allí durante su ministerio. Entonces, casi al final de los cuarenta días, los apóstoles y los demás regresaron a Jerusalén, donde Jesús les dio su enseñanza final.

(Lucas no menciona la visita a Galilea, posiblemente porque ya estaba descrita en otro lugar y su propósito era centrar la atención en el día de Pentecostés que se acercaba.)

Es especialmente significativo sobre la Promesa del Padre que Jesús les diera sus instrucciones por el Espíritu Santo (Hechos 1:2). El Jesús resucitado estaba lleno del Espíritu todavía, como lo había estado durante todo su ministerio anterior. Así como el Padre dio testimonio de su Hijo cuando el Espíritu descendió sobre El (y entró en El) de una manera especial, también el Padre dio testimonio de la fe de los creyentes derramando el Espíritu Santo prometido que les dio poder para servir.

El que se llame “la promesa del Padre” al don del Espíritu, lo relaciona también a las promesas del Antiguo Testamento. La idea de la promesa es uno de los lazos que unen al Antiguo Testamento con el Nuevo. La promesa hecha a Abraham no era sólo una bendición personal y nacional, sino que en él y en su simiente todas las familias de la tierra serían bendecidas (Génesis 12:3). Cuando Abraham creyó (confió) en la promesa de Dios, su fe quedó asentada como crédito a favor suyo en la cuenta de su justicia (Génesis 15:6).

La historia de las relaciones de Dios con su pueblo es una revelación gradual, hecha paso a paso. Primeramente promete la derrota de la serpiente antigua, el diablo, por medio de la simiente de la mujer (Génesis 3:15). Después les hace su promesa a los descendientes de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Judá y de David. Finalmente, Jesús aparece como el Hijo más insigne de David, el David o Amado de Dios. (David significa “amado”.)

Jesús les había prometido ya este poderoso derramamiento del Espíritu a sus seguidores (Juan 7:38, 39; y especialmente desde el capítulo 14 hasta el 16). También lo había hecho Juan el Bautista, cuyo bautismo se limitaba a bautizar en agua. Ahora Jesús, el prometido por Juan, los bautizaría en el Espíritu Santo (Marcos 1:8). Además, Jesús prometería también que “ocurriría pocos días después” (después de no muchos días). 5

Los tiempos y las sazones (1:6, 7)

“Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad.”

En los Hechos y en las epístolas encontramos mucho más acerca del Espíritu Santo y de la Iglesia, que acerca del Reino. Pero el Reino fue parte importante de la enseñanza de Jesús. En Marcos 10:32-35 se habla de los sufrimientos de Jesús, y de la solicitud de Jacobo y Juan de sentarse a su mano derecha y a su izquierda en el Reino. Esto nos muestra que la cruz lleva consigo la promesa del Reino.

En Lucas 12:32 también les aseguró a los discípulos que al Padre le había placido darles el Reino. En el Nuevo Testamento, la palabra “reino” hace referencia en primer lugar al poder y el gobierno del Rey. La justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo son evidencias de que Dios es quien gobierna en nuestra vida, y de que estamos en su reino (Romanos 14:17). Pero esto no elimina la existencia de un reino futuro.

Los discípulos estaban pensando en el gobierno futuro cuando interrogaron a Jesús sobre la restauración del reino a Israel. Conocían la profecía de Ezequiel 36:24-27. También sabían que la promesa de Dios a Abraham no incluía solamente a su simiente y la bendición sobre todas las naciones, sino también la tierra. A través de todo el Antiguo Testamento, la esperanza de la promesa de Dios a Israel está relacionada con la tierra prometida. Ezequiel, en los capítulos 36 y 37, vio que Dios restauraría a Israel en la tierra, no porque lo mereciera, sino para revelar su propio nombre santo y su personalidad. Puesto que Ezequiel vio también al Espíritu de Dios derramado sobre un Israel restaurado y renovado, la promesa del Espíritu les haría recordar esto también.

Por tanto, no era una simple curiosidad la que había causado que los discípulos le hicieran preguntas a Jesús sobre aquella parte de la promesa divina.

Jesús no negó que seguía formando parte del plan de Dios la restauración del Reino (el gobierno de Dios, la teocracia) a Israel. Pero aquí en la tierra, ellos nunca conocerían los tiempos (momentos específicos) y las estaciones (ocasiones propicias) de esa restauración. El Padre los había puesto bajo su propia autoridad. El es el único que sabe todas las cosas y tiene la sabiduría necesaria para tenerlas todas en cuenta. Por tanto, los tiempos y las estaciones son un asunto de El, y no nuestro.

En los tiempos del Antiguo Testamento, Dios no reveló el tiempo que transcurriría entre la primera venida de Cristo y la segunda. Algunas veces, hasta los profetas saltan de una a la otra y regresan de nuevo casi en la misma declaración. Note cómo Jesús se detuvo en medio de Isaías 61:2 cuando lo estaba leyendo en Nazaret (Lucas 4:19). Juan el Bautista no reconoció esta diferencia de tiempos tampoco. Como Jesús no trajo consigo los juicios que él había previsto, se preguntaba si Jesús sería el Mesías, o si sería otro predecesor como él mismo (Mateo 11:3). Pero Jesús hizo las obras del Mesías y sus discípulos aceptaron la revelación de que El es el Cristo (el Mesías), el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:16-20).

De vez en cuando. Jesús les advertía a los discípulos que nadie conoce el día ni la hora de su regreso (Marcos 13:32-35, por ejemplo).

Después, cuando sus propios discípulos, durante aquella última ida a Jerusalén, suponían que el reino de Dios aparecería de inmediato. Jesús les relató una parábola para señalarles que pasaría largo tiempo antes de que El regresara con poderes reales a gobernar (Lucas 19:11, 12). En ella. Jesús habla de un noble que se marcha a un país lejano, con lo que está hablando de un largo tiempo. Aun así, es evidente que a los discípulos les costó mucho entender esto, no querían aceptar la realidad de que los momentos y las fechas no eran asunto de ellos.

Poder para ser testigos (1:8)

“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”.

Entonces, ¿qué tendrían que hacer ellos? El versículo 8 tiene la respuesta. Recibirían poder después de que el Espíritu Santo descendiera sobre ellos (habiendo descendido el Espíritu Santo sobre ellos), y deberían ser sus testigos, diciendo lo que habían visto, oído y experimentado (1 Juan 1:1). A partir de Jerusalén, llevarían su testimonio a través de Judea y de Samaria, y hasta los confines de la tierra. Este programa de testimonio nos da también una verdadera tabla de contenido del libro de los Hechos. 7

Dios siempre quiso que los suyos fueran testigos. En Isaías 44:8 exhorta a Israel a dejar de sentirse temeroso. Aunque había una encomienda de ser testigos suyos, el temor lo impedía. De esta forma, la nación de Israel en su totalidad fracasó en cuanto al testimonio que Dios quería realmente que diera.

Los cristianos no tenemos por qué fallarle. El bautismo en el Espíritu está a nuestra disposición como experiencia que llena de poder. “Recibiréis poder” (en griego, dynamis, gran poder). Aquí de nuevo se relaciona el poder con la promesa hecha a Abraham de que todas las familias de la tierra serían bendecidas. Jesús, en Mateo 24, insiste en que no podían esperar a que hubiera condiciones ideales antes de esparcir el Evangelio entre las naciones. Esta época estaría caracterizada por guerras, rumores de guerras, hambres y terremotos. Los seguidores de Jesús deben salir a esparcir el Evangelio a todas las naciones en medio de todas estas calamidades naturales y todos los trastornos políticos. ¿Cómo sería esto posible? Recibirían poder como consecuencia de haber sido llenos del Espíritu. Este sería el secreto de su éxito en la época de la Iglesia, hasta su consumación final, cuando Jesús regrese. Por supuesto, esto pone la gran responsabilidad de ser testigos de Cristo sobre todos los que están llenos del Espíritu.

Este mismo Jesús (1:9-11)

“Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, ” los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”.

El momento cumbre del evangelio de Lucas es la ascensión de Cristo. Lucas 24:50 señala que Jesús llevó a sus seguidores hasta el monte de los Olivos, frente a Betania. Mientras los bendecía, fue levantado al cielo (esto es, tomado gradualmente, no arrebatado). Hechos añade que esto sucedió “viéndolo ellos”. No estaban soñando; lo vieron irse realmente. Entonces, una nube —no una nube ordinaria, sino sin duda una nube de gloria como lashekínah del Antiguo Testamento— le recibió. El texto griego podría significar que la nube fue a colocarse debajo de Él, y Él subió sobre ella hasta que quedó fuera de vista. Pero no sólo dejó la superficie de la tierra, sino que ascendió a la mano derecha del Padre, y aún está presente en el cielo en forma corporal. Esteban lo vio allí (Hechos 7:55).

Después de desaparecer Jesús, los discípulos seguían de pie en aquel lugar llenos de asombro, con la vista fija en el lugar de los cielos al cual se había ido. De pronto, dos hombres aparecieron junto a ellos con ropas blancas. El blanco es símbolo de pureza. Aunque aquí no se les llama ángeles, la suposición general es que lo eran. Los ángeles son espíritus, pero por lo general aparecen en la Biblia como hombres. Las ropas blancas nos recuerdan también a los ángeles que aparecieron en la tumba en el día de la resurrección. Lucas los llama “varones” (Lucas 24:4), mientras que Juan se refiere a ellos llamándolos ángeles (Juan 20:12).

Los ángeles preguntaron por qué estos discípulos, hombres de Galilea (sólo Judas era de Judea) estaban allí mirando al cielo. Esto quiere decir que estaban aguzando la vista, como si esperaran ver en el cielo dónde había ido Jesús. La primera venida de Cristo se había consumado; su obra de redención estaba completa. Pasaría largo tiempo antes de que volviera, pero estaría con ellos tan realmente como lo había estado anteriormente (Mateo 28:20). Ahora, les había dejado un encargo; una labor que realizar. Les había dado órdenes de esperar en Jerusalén la promesa del Padre y el poder para ser testigos. Deberían obedecer con la seguridad de que Él regresaría.

La promesa de su regreso no podía ser más enfática. Este mismo Jesús… así vendrá (de la misma manera) como le habéis visto ir. Él ya les había dicho que regresaría en las nubes (Marcos 13:26). Durante su juicio, se identificó a sí mismo con el Hijo de hombre de Daniel 7:13, 14, de quien Daniel dice que viene con las nubes. No es de extrañar que su segunda venida siga siendo una de las motivaciones más importantes de la vida cristiana. (Vea 1 Juan 3:2, 3)

El Aposento Alto (1:12-14)

“Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén, camino de un día de reposo. Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo. Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”.

El evangelio de Lucas describe que el regreso de los seguidores de Jesús a Jerusalén se realizó “con gran gozo” (Lucas 24:53). Sólo había el camino de un sabbath (unos novecientos metros) desde el monte de los Olivos hasta la ciudad. (Compare con Éxodo 16:29 y Números 35:5.) Allí, en un espacioso aposento alto, estaban parando los doce apóstoles. Este puede haber sido el mismo aposento alto de la Ultima Cena, y de las apariciones del resucitado. Algunos creen que era el hogar de María, la madre de Juan Marcos, que es mencionado en Hechos 12:12, pero no hay prueba alguna de ello.

Aquí Lucas nos llama la atención sobre cinco cosas.

1. Los Once estaban unánimes.Se nota un gran contraste con el celo exhibido antes de la crucifixión, cuando cada uno quería ser el mayor (Mateo 20:24).

Como se mencionó anteriormente. Jesús trató con ellos todos después de la resurrección, y en especial con Pedro (Juan 21). Ahora, todos habían sido restaurados, y habían recibido un nuevo cometido; ya no albergaban conflictos ni celos. Todos tenían una sola mente y estaban unánimes. La expresión “unánimes” traduce la palabra griega homothumadón, una de las palabras favoritas de Lucas. La unanimidad es sin duda aún hoy una clave importante para lograr la realización de la obra de Dios.

2. Todos perseveraban en oración y ruego. Dentro de esto quedaba incluida la fidelidad a la asistencia al templo por la mañana y por la tarde en las horas de oración, y también la perseverancia en el aposento alto, que era su lugar central. Se mantenían en una atmósfera de oración, y, tal como lo muestra Lucas 24:53, durante aquellos días, la oración y la alabanza fueron su ocupación principal.

3. Las mujeres se les unieron en oración con la misma perseverancia. En realidad, aquellas mujeres estuvieron presentes todo el tiempo. En aquellos días, si había un solo hombre presente, se usaba el pronombre masculino para hablarle a todo el grupo. Aun cuando Pedro los llama hermanos (versículo 16), está incluyendo a las mujeres. Todos los judíos comprendían esto. Pero Lucas quiere que los gentiles sepan que las mujeres estaban presentes y orando, por lo que las menciona de forma específica. Entre ellas estaban María Magdalena, Salomé, Juana, María y Marta de Betania, la madre de Juan Marcos, y otras.

4. Se hace mención especial de María, la madre de Jesús. Ella se hallaba presente porque Juan estaba cumpliendo con la petición de Jesús de que la tomara a su cargo. No estaba como dirigente, sino que simplemente se había unido a los demás para orar y esperar la promesa del Padre. Podemos estar seguros de que recibió el Espíritu, aunque sea ésta la última vez que es mencionada en los Hechos. Algunas tradiciones afirman que murió en Jerusalén. Otras dicen que fue con Juan a Efeso y murió allí.

5. Los hermanos de Jesús se hallaban presentes, aunque antes de la crucifixión no habían creído en Él (Juan 7:5). A pesar de esto. Jesús se apareció especialmente a Jacobo, el mayor de sus hermanos (1 Corintios 15:7). Posteriormente, tanto Jacobo como Judas se convertirían en dirigentes de la iglesia de Jerusalén. (Vea Hechos 12:17; 15:13; 21:18; Calatas 2:9; Santiago 1:1; Judas 1.) Ahora estos hermanos se hallaban unánimes con los demás y esperando como ellos.

La elección de Matías (1:15-26)

“En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos (y los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo: Varones hermanos, era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús, y era contado con nosotros, y tenía parte en este ministerio. Este, pues, con el salario de su iniquidad adquirió un campo, y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron. Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama, que quiere decir. Campo de sangre. Porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su habitación, y no haya quien more en ella; y: Tome otro su oficio.
Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección. Y señalaron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido, para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar. Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles.”

Es evidente que no todos los quinientos o más que vieron a Jesús en Galilea lo siguieron de vuelta a Jerusalén. De manera que unos ciento veinte entre hombres y mujeres regresaron después de la ascención y estaban unidos en esta atmósfera de oración. Pero hacían algo más que orar. También les prestaban atención a las Escrituras.

Lo que Pedro vio en las Escrituras hizo que se pusiera en pie y les hiciera ver que se había cumplido la profecía de David hablada por el Espíritu, con respecto a Judas, que les hizo de guía a los que arrestaron a Jesús. Pedro reconoció que el Espíritu Santo es el verdadero autor de la Palabra de Dios y que lo que decía David sobre sus enemigos se aplicaba a los enemigos de Jesús, puesto que David es un tipo que señala hacia Jesús.

Lo trágico era que Judas había sido enumerado entre los apóstoles, como uno de los Doce. Había recibido su parte en el ministerio de ellos. Había sido enviado por Jesús con autoridad para echar fuera espíritus inmundos y sanar toda clase de dolencias y enfermedades (Mateo 10:1). Además, se hallaba presente cuando Jesús les prometió a los discípulos que se sentarían en doce tronos para juzgar (gobernar) a las doce tribus de Israel (Lucas 22:29, 30). En esta situación, Pedro (o Lucas) añade una nota explicativa sobre la muerte de Judas, que difiere de la descripción de los evangelios. Mateo 27:5 dice que Judas se fue y se colgó. Puesto que Lucas había investigado todo lo que se había escrito, él lo sabía, y obviamente, no vio que hubiera contradicción.

La crucifixión y el empalamiento en una estaca de punta aguda eran los dos métodos corrientes de colgar a las personas. Por supuesto que Judas no podía crucificarse a sí mismo. Pero podía levantar una estaca puntiaguda y tirarse sobre ella. No obstante, Pedro no pone tanto interés en lo que hizo Judas, como en el juicio de Dios. Por esto llama la atención a la forma en que su cuerpo se reventó y sus entrañas se derramaron.

Había dos razones claras por las cuales el campo comenzó a ser conocido como Acéldama, el campo de sangre. Mateo 27:6-8 dice que los sacerdotes compraron el campo. Como fue comprado con el dinero que le habían dado a Judas, sin duda alguna lo compraron a nombre de él. Lo llamaron Acéldama, porque las treinta piezas de plata eran precio de sangre, esto es, de la muerte de Cristo. También lo llamaron campo de sangre, por la muerte violenta de Judas en él, ya que la sangre en el Antiguo Testamento hace referencia por lo general a la muerte violenta.

Sin embargo, la atención de Pedro se dirigió sobre todo a los salmos 69:25 y 109:8, especialmente a este último. “Tome otro su oficio.” Los Doce habían sido escogidos como testigos fundamentales de la enseñanza de Jesús. También tendrían puestos de autoridad en el reino por venir (Lucas 22:29, 30; Mateo 19:28). Necesitaban alguien para reemplazar a Judas. Tenía que ser alguien que hubiera estado con ellos todo el tiempo, desde el bautismo de Jesús hasta su ascensión. Así sería, junto con ellos, un testigo directo de la resurrección de Jesús.

Pedro señaló las condiciones, pero todos hicieron la selección. Había dos hombres que las cumplían a cabalidad. Uno de ellos era José, llamado Barsabás (“hijo del sabbath”, nacido en un día de reposo), que como muchos judíos, tenía un nombre romano, lustus. (Nuestra Biblia lo traduce a su equivalente castellano “Justo”) El otro era Matías. Eusebio, el historiador eclesiástico del siglo tercero, dice que era uno de los setenta enviados por Jesús en Lucas 10:1.

Para decidir entre ambos, los apóstoles oraron primero, reconociendo que el Señor (Jesús) sabía cuál era el que quería para que fuera el duodécimo apóstol. Él es el que “conoce los corazones” (Juan 2:24, 25). También reconocieron que Judas había caído por decisión propia y había ido al lugar escogido por él mismo, esto es, al lugar de castigo.

A continuación, usaron el método del Antiguo Testamento para distribuir suertes, probablemente siguiendo el precedente de Proverbios 16:33. Creyeron que Dios dominaría por encima de las leyes del azar y mostraría su decisión por este medio. Sin embargo, el libro de los Hechos nunca vuelve a mencionar el uso de este medio. Después de Pentecostés, confiaban en la orientación del Espíritu Santo.

Algunos escritores modernos ponen en duda si Pedro y los demás estarían actuando correctamente, y dicen que se debía haber escogido a Pablo. Pero él fue el apóstol de los gentiles, y nunca esperó llegar a gobernar una de las tribus de Israel. Era apóstol, igual en llamamiento y autoridad a los otros, pero nunca se incluyó a sí mismo en el grupo de los Doce (1 Corintios 15:7, 8).

Lo cierto es que la Biblia presenta, sin comentario adverso alguno, que Matías fue contado con los once apóstoles. En Hechos 6:2, todavía está incluido en el número de los Doce. Aunque no se vuelve a mencionar su nombre, lo mismo sucede con la mayoría de los demás apóstoles.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que el hecho de que Judas se convirtiera en un alma perdida hizo necesario que fuera reemplazado. Cuando Jacobo, el hermano de Juan, fue martirizado, no se escogió a nadie para ocupar su lugar (Hechos 12:2). Jacobo resucitaría para reinar con los Doce en el reino por venir.

Autor: Stanley M. Horton -Editorial Vida- ISBN 0-8297-1305-0

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