El argumento de la similitud estructural que hay entre el hombre y los animales superiores


El argumento de la similitud estructural que hay entre el hombre y los animales superiores
“Siguiendo el razonamiento que ha utilizado la ciencia de la Zoología, los simios compartirían con el hombre patrones de comportamiento complejo, el que revelaría un mayor desarrollo cerebral de ambos grupos, aunque el cerebro del hombre, al ser más grande, le daría ese valor agregado como especie, con una mayor inteligencia, memoria, etc. Por ello se ha postulado al tamaño del cerebro como un aspecto diferenciador entre simios y humanos. Sin embargo esto ha probado no ser adecuado, por cuanto se han encontrado fósiles de un homínido que habría vivido hace unos veinte mil años, denominado Homo floresiensis, el que pese a tener un cerebro pequeño como el de un chimpancé, tenía funciones cognitivas avanzadas, algunas de ellas similares a las del Homo sapiens (Este Homo floresiensis, como veremos, podría haber correspondido a una raza pequeña de la especie humana, como los pigmeos).
Se ha dicho también que el genoma humano sería similar hasta en un 98% al del chimpancé, lo que avalaría su relación parental. Sin embargo, este argumento es más bien especulativo por cuanto los estudios realizados, han demostrado enormes variaciones respecto al número de genes de la especies humana. En un trabajo publicado el 2004 en la prestigiosa revista científica Nature (I.H.G.S.C., 2004), se redujo el número de genes de entre 20.000 a 25.000, en contraste con un trabajo publicado en 2001 donde se señalaba que tendría hasta 40.000 genes. Un año antes, en 2000, se publicaba que el número de genes humanos estaba entre 60.000 y 100.000. Es decir, en sólo 4 años, se rebajó de 100.000 a 20.000 el número de genes humanos. Con esta enorme variabilidad de datos, no es posible hacer comparaciones serias entre especies.
Siguiendo este razonamiento de similitud entre especies a nivel molecular, bien se podría también afirmar que nuestro antepasado directo no es un mono sino las plantas verdes, porque compartimos moléculas altamente complejas y similares entre animales y vegetales, de una utilidad biológica tal que ni unos ni otros podrían vivir sin ellas. Los vegetales tienen un tipo de moléculas denominadas genéricamente como clorofila, con distintas variedades, pero básicamente, tienen la grandiosa propiedad de convertir energía luminosa en energía química, es decir, son máquinas que fabrican alimento, el cual sostiene finalmente a casi todos los seres vivientes del planeta. ¿Tenemos clorofila los humanos y animales? No, pero sería extraordinario si así fuese porque ya no tendríamos que ir al supermercado a comprar alimento, dado que lo fabricaríamos a partir de la luz solar. Sin embargo tenemos una molécula casi igual a la clorofila (II) y se denomina hemoglobina, ubicada dentro de los glóbulos rojos. Es la que le da el color rojo a nuestra sangre y tiene la vital tarea de transportar el oxígeno desde los pulmones a todas las células del cuerpo y traer de vuelta el dióxido de carbono para ser eliminado en la respiración.
Si se analiza la estructura básica de una molécula de Clorofila II, se descubre que se trata de una porfirina, compuesta de 136 átomos de hidrógeno, carbono, oxígeno y nitrógeno, perfectamente ordenados en una exacta y compleja relación, alrededor de un anillo central. En el centro de esta intrincada estructura, existe un único átomo de magnesio. Si este átomo de magnesio es reemplazado por un átomo de hierro, ubicándolo en el mismo lugar, entonces se tiene una molécula ya no de clorofila II sino de hemoglobina (Annie Dillard 1974). Esta es la única diferencia esencial entre la clorofila II y la hemoglobina. En porcentaje, diríamos que son similares en un 99%, pero su función es radicalmente diferente y en organismos altamente disímiles (vegetales y animales). ¿Prueba esto necesariamente que los animales están muy emparentados con los vegetales o que la similitud de ADN entre humanos y chimpancés hace que unos desciendan de otros? No, no lo prueba.
Lo evidente es que los seres vivos están hechos bajo un patrón estructural y funcional similar, diseñados para vivir alimentarse y reproducirse en un mundo con variables que actúan de manera similar para todos; gravedad, luz, oscuridad, oxígeno atmosférico, dióxido de carbono, agua en estado líquido, etc. Por ello es que los organismos clasificados por la zoología como vertebrados, compartimos un esqueleto óseo para resistir a la fuerza de gravedad, pulmones que intercambian oxígeno y dióxido de carbono, un sistema sanguíneo que transporta estos gases a todas las células del cuerpo, sistema nervioso y endocrino que responde a ciclos diarios de luz y oscuridad, y que integran funciones corporales, etc.
El diseño estructural y funcional de los seres vivos es básicamente el mismo, pero pequeñas diferencias moleculares pueden llegar a producir grandes diferencias en forma y función en los seres vivos. Dos por ciento sería la diferencia del ADN entre humanos y chimpancé, sin embargo estos simios y los demás primates tienen 24 pares de cromosomas en sus células, mientras que los humanos tenemos sólo 23 pares. Por tanto es un cromosoma completo de diferencia, además del supuesto dos por ciento. A pesar de ello, cierto porcentaje de científicos insiste en el origen humano a partir de monos, teniendo como base filosófica el evolucionismo. ¿Qué hay de verdad en el árbol genealógico evolutivo de los primates, que pone al hombre como especie ubicada en la copa de ese árbol?
Los antropólogos paleontólogos y genéticos moleculares se encuentran trenzados en un debate acerca de la evolución humana (Investigación y ciencia 1993). A partir de registros fósiles, en algunos casos con esqueletos más o menos completos y en otros sólo contando con un hueso, se nominan especies antecesoras humanas, habiéndose postulado ya más de una decena de ellas. Pero ¿qué criterios se usan para nombrar una especie nueva?
Uno de los problemas en la ciencia de la biología es su ambigüedad respecto a ciertas definiciones fundamentales y su posterior aplicación. En este caso, nos topamos con el concepto de especie. ¿Qué se entiende por especie en biología? Existen varias definiciones, pero la que más resultado ha dado es el concepto biológico de especie. Este concepto establece que una especie está conformada por individuos similares entre sí, que se pueden reproducir, y que su descendencia sea viable, es decir, que las generaciones descendientes se puedan continuar reproduciendo. Veámoslo con un ejemplo. Los caballos y los asnos son similares entre sí, se pueden llegar a reproducir, pero la descendencia resultante (la mula) ya no se puede reproducir, es inviable reproductivamente. Por tanto los caballos y los asnos forman dos especies distintas.
Otro concepto de especie, menos preciso, es el concepto morfológico o tipológico, es decir, si la forma o tipo de dos especies es muy distinta entre sí, entonces se estaría en presencia de dos especies. Este concepto de especie ha sido desechado por la mayoría de los biólogos, no obstante se ha seguido utilizando a conveniencia. La incongruencia de esta definición es que a organismos similares morfológicamente, se les puede considerar de la misma especie no siéndolo (caso de caballos y asnos), y organismos morfológicamente distintos entre sí (un perro de raza San Bernardo y otro de raza chihuahua, por ejemplo) se les debiera clasificar como pertenecientes a dos especies (dado que son tan diferentes), cuando en verdad se trata de una sola.
Este no es un problema menor en Zoología por cuanto existen muchos ejemplos de especies clasificadas como distintas, pero en realidad debieran ser solo una, si se le aplica el concepto biológico de especie. Es el caso del perro doméstico, el lobo y el dingo australiano. Desde el punto de vista Zoológico están clasificadas como tres especies distintas, sin embargo son una sola especie. Existen variados antecedentes de cruza de dingos con perros comunes en Australia, cuya descendencia ha sido viable y lo mismo ha ocurrido en el apareamiento y posterior descendencia viable entre lobos y perros. Esto ocurre en otros animales también y existe un extraordinario ejemplo de apareamiento entre felinos ocurrido hace poco tiempo en un circo chileno. Se trata de una cruza entre león y tigre en que resultaron cachorros con mezcla de ambos tipos biológicos y posteriormente éstos han podido reproducirse, lo cual los constituye como razas, variedades o subespecies, pero dentro de una sola especie, si se tiene en cuenta el concepto biológico de especie, que es más exigente que el concepto morfológico o tipológico de especie.
Si este difícil problema, el definir qué es una especie aún estando con los organismos a la vista, lo trasladamos a la paleoantropología (ciencia que estudia los fósiles humanos), la que debe definir especies eventualmente antecesoras de humanos, a partir de un solo hueso, o de un puñado de ellos, el problema se multiplica varias veces.
De acuerdo a la teoría evolutiva gradualista darviniana, los seres humanos descenderíamos de animales similares a los monos, o habría un antepasado común entre monos y humanos (tesis mantenida, a pesar que al presente no existen evidencias concretas que demuestren una relación de ascendencia cierta entre humanos y simios). Ello explica el gran empeño que se ha puesto en descubrir en el registro fósil algunos huesos que estén en un camino intermedio entre hombres y monos. Ha habido interpretaciones de fósiles mal intencionadas, manipulación de información y hasta intentos fraudulentos, como el llamado hombre de Piltdown, en donde unos «hábiles» seudo científicos combinaron una mandíbula de orangután con un cráneo humano para persuadir a la comunidad científica que se trataba de un cráneo de transición entre monos y humanos. Así todo, a pesar que aún no hay evidencias claras de los eventuales antepasados del hombre, existe un gran número de «especies antecesoras del humano moderno» que la ciencia ha ido aceptando. Pero ¿cómo opera este nombramiento de especies?
En un ejercicio imaginativo, supongamos que en algunos miles de años más, algunos antropólogos seguidores de la teoría evolutiva darviniana siguen empeñados en reconstruir la línea filogenética humana. En uno de sus hallazgos podrían encontrarse con los esqueletos de los cinco hermanos kurdos o los tres hermanos chilenos de San Vicente, que actualmente sufren el síndrome de Uner Tan; personas con deficiencia mental que caminan con las manos (Algunos están rápidamente interpretando estos casos como un cierto tipo de evolución humana, retroalimentando a la teoría de especulación una vez más). Esta marcha cuadrúpeda en personas que llevan alrededor de 50 años en esa posición, les ha deformado la columna vertebral y parte del esqueleto de sus manos y brazos. La hipótesis de nuestros investigadores del futuro bien pudiera ser que se trata de osamentas que se asemejan bastante a un humano, pero que a juzgar por la disposición de los huesos de su columna y manos, debieran corresponder a una especie antecesora de los humanos bípedos, dado que aquellos, a todas luces, caminaban de manera cuadrúpeda.
Un probable nombre científico para esta «nueva especie» pudiera ser Homo cuadrupedus, dado su similitud con el humano moderno, exceptuando el tipo de desplazamiento. Supongamos que no contento con ello, estos antropólogos del futuro viajan al polo norte, y al excavar hallan calaveras similares a las humanas (las que corresponderían a la actual raza de esquimales). Pero los huesos malares y las mandíbulas de estas calaveras son demasiado grandes, además, algunas de ellas presentan una cresta ósea en la zona frontal superior. Concluyen que las características de estas calaveras son morfológicamente más similares a la de los gorilas, con grandes mandíbulas y también con una cresta ósea en la zona frontal. Debiera tratarse, por tanto, de un eslabón intermedio entre gorilas y humanos, por lo que habría de ser considerada como una nueva especie en la línea evolutiva de los homínidos. Su nombre científico, cuidando las reglas de nomenclatura taxonómica, sería algo así como: Homo goriliensis.
En ambos casos hipotéticos, se usó el concepto morfológico de especie (el menos adecuado) para establecer las relaciones de parentesco y la posterior clasificación. Sin embargo el lector podrá respirar tranquilo, concluyendo que nuestros imaginativos y eventuales parientes antecesores de la especie humana (Homo cuadrupedus y Homo goriliensis) son sólo parte de un caso ficticio. No obstante, este tipo de clasificación zoológica es la que se ha hecho y la que se sigue haciendo, cada vez que aparece un nuevo hueso antiguo, con características similares a las de un esqueleto humano.
Retomando el caso de la similitud craneana entre humanos y gorilas, desde hace muchas décadas se sabe que la mayoría de los cambios esqueléticos y musculares del cráneo son producto de hábitos alimentarios (Wallis 1931). Los esquimales son un grupo de humanos que han vivido en condiciones bastante extremas y primitivas. Suelen alimentarse de carne sin cocinar, y por lo tanto con elevado grado de dureza, usando generalmente los dientes para extraerla del hueso. Esta masticación vigorosa fortalece los músculos faciales, los cuales requieren reforzar su anclaje en los huesos del rostro, produciendo tensiones que inevitablemente deformarán el cráneo, sobre todo si este tipo de alimentación comienza a edad temprana. Las anchas y fuertes mandíbulas, junto a la cresta ósea (debido al fuerte anclaje de los músculos de la mandíbula) es parte del proceso de cambio, en una sola generación.
Dentro de los fósiles elevados a la categoría de especie (usando el impreciso concepto morfológico de especie), que habrían sido «ancestros» de los humanos modernos y por tanto clasificados en el Género Homo, se encuentran en orden temporal al menos seis: H. erectus, H. antecesor, H. heidelbergensis, H. neanderthalensis, H. floresiensis y H. sapiens. Considerando la forma inadecuada en que se han nominado estas especies, unida a la gran variabilidad que puede presentar en vida la estructura esquelética de un organismo, es perfectamente factible concluir que todas estas «especies», ubicadas taxonómicamente en el Género Homo, podrían corresponder perfectamente a variedades o razas dentro de la misma especie humana, y «las diferencias entre ellas no son mayores que las que podemos encontrar entre razas humanas actuales» (Leakey, 1981). Por tanto, estas 6 especies, debieran corresponder a una sola.
Anterior al Género Homo, habría existido el Género Australopithecus, a la que correspondería «Lucy», el fósil homínido más antiguo encontrado. Sin embargo, existen varias investigaciones científicas (Oxnard, 1975; Spoor et al. 1994; Gilbert, 2004), las cuales señalan lo equivocados que están quienes han considerado como ancestros humanos a Australopithecus y Homo habilis, porque estas especies corresponderían a fósiles de simios, altamente similares a los actuales. Los fósiles de Australopithecus presentan dedos pulgares de los pies oponibles, estrechez de tórax y costillas macizas, al igual que chimpancés y orangutanes, lo que implica una vida arborícola y no una locomoción terrestre bípeda. En el caso de Homo habilis, estos estudios concluyen que considerando los rasgos morfológicos de los restos óseos encontrados, habría mezclas de huesos, en donde algunos se corresponden con el esqueleto humano actual, mientras que otros se corresponden con el Género de rasgos simiescos, el Australopithecus. Las evidencias apuntan a que debieran ser eliminados como eventuales especies antecesoras del Género Homo. Además, habría antecedentes que tanto el Australopithecus, como el confuso Homo habilis y el Homo erectus habrían existido contemporáneamente (Gish 1995). En consecuencia, no pudo haber sido uno antepasado del otro, pues la propia teoría evolutiva apela a grandes espacios de tiempo para que una especie origine a otra. Por otro lado, los artefactos construidos por el hombre suelen ser encontrados en un nivel estratigráfico más bajo que estas osamentas y, por lo tanto, serían más antiguos que estos supuestos antepasados humanos (una incongruencia convenientemente no considerada).
Que el ser humano corresponde a una creación distinta y no es producto de evolución alguna, ya lo sabemos largamente por Génesis 1:26, «Entonces dijo Dios, hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza….».
Luego de lo revisado previamente, se hace evidente que en tanto seres biológicos, creados bajo un plan estructural y funcional similar, los seres humanos compartimos en mayor o menor grado características con otros seres vivos, como ya se dio cuenta Salomón en la antigüedad. ¿Dónde está entonces la diferencia entre humanos y bestias? La verdadera esencia de la especie humana no la hemos de buscar en similitudes biológicas con otros animales, porque de hecho las hay, sino en aquello que nos distancia definitivamente de los animales y que no es biológico.
Existe un caso extraordinario en la Biblia que nos da luces sobre ello, en donde un hombre fue trastornado en una bestia y luego volvió a ser un hombre. Se trata de Nabucodonosor, quien fuera una persona con habilidades y capacidades altas, que lo facultaron para llegar a ser rey en Babilonia, pero su soberbia conspiró en su contra, haciendo que Dios le castigase, dejando de ser humano, y fuera degradado a bestia (posiblemente por 7 años). Lo que cambió en Nabucodonosor lo encontramos en la sentencia dada por Dios en Daniel 4:16; «Su corazón de hombre sea cambiado, y le sea dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos». Es en el corazón en donde está la esencia de la especie humana. No en el órgano cardiaco propiamente tal, sino en lo que éste representa; el asiento de las emociones, de los sentimientos, de la capacidad de razonar, de la conciencia, la que nos lleva a reflexionar sobre lo bueno y lo malo, es lo que corresponde en definitiva al alma del hombre, distinta al alma de los animales, que no poseen las cualidades descritas. Constantemente en la Escritura Bíblica se confirma esto y es respaldado por el Señor a sus discípulos, cuando les señala que no se les turbe el corazón (Juan 14:1), que del corazón del hombre proceden los malos pensamientos y toda forma de maldad (Marcos 7:21), y el apóstol Pablo le escribe a los romanos que la aceptación del evangelio tiene que ser en el corazón (Romanos 10:9). Los hombres llevan el sello de Dios en el alma, ateos o creyentes, sienten la necesidad de Dios, aunque expresada de distintas formas. Esto no está en ningún animal. Sólo en el hombre existe el sentido de trascendencia, el anhelo de eternidad, porque Dios lo puso en el corazón del hombre (Eclesiastés 3:11).
Por tanto, no es en la biología humana donde hay que buscar la diferencia, porque ésta es corruptible, y los huesos, la musculatura, las células, el ADN, y todo lo que comprende el cuerpo biológico animal se degradará a sustancias inorgánicas, agua y sales minerales, siendo éstas últimas las que permanecen por más tiempo (Génesis 3:19). El hombre fue creado para tener una relación especial con Dios en tanto fue hecho a su imagen, privilegio no otorgado a ninguna otra especie animal. Lo que importa en definitiva no es mirar hacia atrás tratando de buscar qué relación tiene el hombre con el resto de las criaturas, porque esta pregunta no la podremos responder en su totalidad, dado que se inserta en un acto único de Creación Divina. Lo que realmente importa es mirar hacia arriba y reflexionar respecto a qué relación podemos establecer con nuestro Creador, en tanto personas hechas a imagen de Dios, y lo que podemos llegar a ser, si tomamos como modelo al Hombre perfecto, como lo es la persona de Jesús glorificado, que se encuentra a la diestra de Dios.” [3]

El argumento de la similitud estructural que hay entre el hombre y los animales superiores

“Siguiendo el razonamiento que ha utilizado la ciencia de la Zoología, los simios compartirían con el hombre patrones de comportamiento complejo, el que revelaría un mayor desarrollo cerebral de ambos grupos, aunque el cerebro del hombre, al ser más grande, le daría ese valor agregado como especie, con una mayor inteligencia, memoria, etc. Por ello se ha postulado al tamaño del cerebro como un aspecto diferenciador entre simios y humanos. Sin embargo esto ha probado no ser adecuado, por cuanto se han encontrado fósiles de un homínido que habría vivido hace unos veinte mil años, denominado Homo floresiensis, el que pese a tener un cerebro pequeño como el de un chimpancé, tenía funciones cognitivas avanzadas, algunas de ellas similares a las del Homo sapiens (Este Homo floresiensis, como veremos, podría haber correspondido a una raza pequeña de la especie humana, como los pigmeos).

Se ha dicho también que el genoma humano sería similar hasta en un 98% al del chimpancé, lo que avalaría su relación parental. Sin embargo, este argumento es más bien especulativo por cuanto los estudios realizados, han demostrado enormes variaciones respecto al número de genes de la especies humana. En un trabajo publicado el 2004 en la prestigiosa revista científica Nature (I.H.G.S.C., 2004), se redujo el número de genes de entre 20.000 a 25.000, en contraste con un trabajo publicado en 2001 donde se señalaba que tendría hasta 40.000 genes. Un año antes, en 2000, se publicaba que el número de genes humanos estaba entre 60.000 y 100.000. Es decir, en sólo 4 años, se rebajó de 100.000 a 20.000 el número de genes humanos. Con esta enorme variabilidad de datos, no es posible hacer comparaciones serias entre especies.

Siguiendo este razonamiento de similitud entre especies a nivel molecular, bien se podría también afirmar que nuestro antepasado directo no es un mono sino las plantas verdes, porque compartimos moléculas altamente complejas y similares entre animales y vegetales, de una utilidad biológica tal que ni unos ni otros podrían vivir sin ellas. Los vegetales tienen un tipo de moléculas denominadas genéricamente como clorofila, con distintas variedades, pero básicamente, tienen la grandiosa propiedad de convertir energía luminosa en energía química, es decir, son máquinas que fabrican alimento, el cual sostiene finalmente a casi todos los seres vivientes del planeta. ¿Tenemos clorofila los humanos y animales? No, pero sería extraordinario si así fuese porque ya no tendríamos que ir al supermercado a comprar alimento, dado que lo fabricaríamos a partir de la luz solar. Sin embargo tenemos una molécula casi igual a la clorofila (II) y se denomina hemoglobina, ubicada dentro de los glóbulos rojos. Es la que le da el color rojo a nuestra sangre y tiene la vital tarea de transportar el oxígeno desde los pulmones a todas las células del cuerpo y traer de vuelta el dióxido de carbono para ser eliminado en la respiración.

Si se analiza la estructura básica de una molécula de Clorofila II, se descubre que se trata de una porfirina, compuesta de 136 átomos de hidrógeno, carbono, oxígeno y nitrógeno, perfectamente ordenados en una exacta y compleja relación, alrededor de un anillo central. En el centro de esta intrincada estructura, existe un único átomo de magnesio. Si este átomo de magnesio es reemplazado por un átomo de hierro, ubicándolo en el mismo lugar, entonces se tiene una molécula ya no de clorofila II sino de hemoglobina (Annie Dillard 1974). Esta es la única diferencia esencial entre la clorofila II y la hemoglobina. En porcentaje, diríamos que son similares en un 99%, pero su función es radicalmente diferente y en organismos altamente disímiles (vegetales y animales). ¿Prueba esto necesariamente que los animales están muy emparentados con los vegetales o que la similitud de ADN entre humanos y chimpancés hace que unos desciendan de otros? No, no lo prueba.

Lo evidente es que los seres vivos están hechos bajo un patrón estructural y funcional similar, diseñados para vivir alimentarse y reproducirse en un mundo con variables que actúan de manera similar para todos; gravedad, luz, oscuridad, oxígeno atmosférico, dióxido de carbono, agua en estado líquido, etc. Por ello es que los organismos clasificados por la zoología como vertebrados, compartimos un esqueleto óseo para resistir a la fuerza de gravedad, pulmones que intercambian oxígeno y dióxido de carbono, un sistema sanguíneo que transporta estos gases a todas las células del cuerpo, sistema nervioso y endocrino que responde a ciclos diarios de luz y oscuridad, y que integran funciones corporales, etc.

El diseño estructural y funcional de los seres vivos es básicamente el mismo, pero pequeñas diferencias moleculares pueden llegar a producir grandes diferencias en forma y función en los seres vivos. Dos por ciento sería la diferencia del ADN entre humanos y chimpancé, sin embargo estos simios y los demás primates tienen 24 pares de cromosomas en sus células, mientras que los humanos tenemos sólo 23 pares. Por tanto es un cromosoma completo de diferencia, además del supuesto dos por ciento. A pesar de ello, cierto porcentaje de científicos insiste en el origen humano a partir de monos, teniendo como base filosófica el evolucionismo. ¿Qué hay de verdad en el árbol genealógico evolutivo de los primates, que pone al hombre como especie ubicada en la copa de ese árbol?

Los antropólogos paleontólogos y genéticos moleculares se encuentran trenzados en un debate acerca de la evolución humana (Investigación y ciencia 1993). A partir de registros fósiles, en algunos casos con esqueletos más o menos completos y en otros sólo contando con un hueso, se nominan especies antecesoras humanas, habiéndose postulado ya más de una decena de ellas. Pero ¿qué criterios se usan para nombrar una especie nueva?

Uno de los problemas en la ciencia de la biología es su ambigüedad respecto a ciertas definiciones fundamentales y su posterior aplicación. En este caso, nos topamos con el concepto de especie. ¿Qué se entiende por especie en biología? Existen varias definiciones, pero la que más resultado ha dado es el concepto biológico de especie. Este concepto establece que una especie está conformada por individuos similares entre sí, que se pueden reproducir, y que su descendencia sea viable, es decir, que las generaciones descendientes se puedan continuar reproduciendo. Veámoslo con un ejemplo. Los caballos y los asnos son similares entre sí, se pueden llegar a reproducir, pero la descendencia resultante (la mula) ya no se puede reproducir, es inviable reproductivamente. Por tanto los caballos y los asnos forman dos especies distintas.

Otro concepto de especie, menos preciso, es el concepto morfológico o tipológico, es decir, si la forma o tipo de dos especies es muy distinta entre sí, entonces se estaría en presencia de dos especies. Este concepto de especie ha sido desechado por la mayoría de los biólogos, no obstante se ha seguido utilizando a conveniencia. La incongruencia de esta definición es que a organismos similares morfológicamente, se les puede considerar de la misma especie no siéndolo (caso de caballos y asnos), y organismos morfológicamente distintos entre sí (un perro de raza San Bernardo y otro de raza chihuahua, por ejemplo) se les debiera clasificar como pertenecientes a dos especies (dado que son tan diferentes), cuando en verdad se trata de una sola.

Este no es un problema menor en Zoología por cuanto existen muchos ejemplos de especies clasificadas como distintas, pero en realidad debieran ser solo una, si se le aplica el concepto biológico de especie. Es el caso del perro doméstico, el lobo y el dingo australiano. Desde el punto de vista Zoológico están clasificadas como tres especies distintas, sin embargo son una sola especie. Existen variados antecedentes de cruza de dingos con perros comunes en Australia, cuya descendencia ha sido viable y lo mismo ha ocurrido en el apareamiento y posterior descendencia viable entre lobos y perros. Esto ocurre en otros animales también y existe un extraordinario ejemplo de apareamiento entre felinos ocurrido hace poco tiempo en un circo chileno. Se trata de una cruza entre león y tigre en que resultaron cachorros con mezcla de ambos tipos biológicos y posteriormente éstos han podido reproducirse, lo cual los constituye como razas, variedades o subespecies, pero dentro de una sola especie, si se tiene en cuenta el concepto biológico de especie, que es más exigente que el concepto morfológico o tipológico de especie.

Si este difícil problema, el definir qué es una especie aún estando con los organismos a la vista, lo trasladamos a la paleoantropología (ciencia que estudia los fósiles humanos), la que debe definir especies eventualmente antecesoras de humanos, a partir de un solo hueso, o de un puñado de ellos, el problema se multiplica varias veces.

De acuerdo a la teoría evolutiva gradualista darviniana, los seres humanos descenderíamos de animales similares a los monos, o habría un antepasado común entre monos y humanos (tesis mantenida, a pesar que al presente no existen evidencias concretas que demuestren una relación de ascendencia cierta entre humanos y simios). Ello explica el gran empeño que se ha puesto en descubrir en el registro fósil algunos huesos que estén en un camino intermedio entre hombres y monos. Ha habido interpretaciones de fósiles mal intencionadas, manipulación de información y hasta intentos fraudulentos, como el llamado hombre de Piltdown, en donde unos «hábiles» seudo científicos combinaron una mandíbula de orangután con un cráneo humano para persuadir a la comunidad científica que se trataba de un cráneo de transición entre monos y humanos. Así todo, a pesar que aún no hay evidencias claras de los eventuales antepasados del hombre, existe un gran número de «especies antecesoras del humano moderno» que la ciencia ha ido aceptando. Pero ¿cómo opera este nombramiento de especies?

En un ejercicio imaginativo, supongamos que en algunos miles de años más, algunos antropólogos seguidores de la teoría evolutiva darviniana siguen empeñados en reconstruir la línea filogenética humana. En uno de sus hallazgos podrían encontrarse con los esqueletos de los cinco hermanos kurdos o los tres hermanos chilenos de San Vicente, que actualmente sufren el síndrome de Uner Tan; personas con deficiencia mental que caminan con las manos (Algunos están rápidamente interpretando estos casos como un cierto tipo de evolución humana, retroalimentando a la teoría de especulación una vez más). Esta marcha cuadrúpeda en personas que llevan alrededor de 50 años en esa posición, les ha deformado la columna vertebral y parte del esqueleto de sus manos y brazos. La hipótesis de nuestros investigadores del futuro bien pudiera ser que se trata de osamentas que se asemejan bastante a un humano, pero que a juzgar por la disposición de los huesos de su columna y manos, debieran corresponder a una especie antecesora de los humanos bípedos, dado que aquellos, a todas luces, caminaban de manera cuadrúpeda.

Un probable nombre científico para esta «nueva especie» pudiera ser Homo cuadrupedus, dado su similitud con el humano moderno, exceptuando el tipo de desplazamiento. Supongamos que no contento con ello, estos antropólogos del futuro viajan al polo norte, y al excavar hallan calaveras similares a las humanas (las que corresponderían a la actual raza de esquimales). Pero los huesos malares y las mandíbulas de estas calaveras son demasiado grandes, además, algunas de ellas presentan una cresta ósea en la zona frontal superior. Concluyen que las características de estas calaveras son morfológicamente más similares a la de los gorilas, con grandes mandíbulas y también con una cresta ósea en la zona frontal. Debiera tratarse, por tanto, de un eslabón intermedio entre gorilas y humanos, por lo que habría de ser considerada como una nueva especie en la línea evolutiva de los homínidos. Su nombre científico, cuidando las reglas de nomenclatura taxonómica, sería algo así como: Homo goriliensis.

En ambos casos hipotéticos, se usó el concepto morfológico de especie (el menos adecuado) para establecer las relaciones de parentesco y la posterior clasificación. Sin embargo el lector podrá respirar tranquilo, concluyendo que nuestros imaginativos y eventuales parientes antecesores de la especie humana (Homo cuadrupedus y Homo goriliensis) son sólo parte de un caso ficticio. No obstante, este tipo de clasificación zoológica es la que se ha hecho y la que se sigue haciendo, cada vez que aparece un nuevo hueso antiguo, con características similares a las de un esqueleto humano.

Retomando el caso de la similitud craneana entre humanos y gorilas, desde hace muchas décadas se sabe que la mayoría de los cambios esqueléticos y musculares del cráneo son producto de hábitos alimentarios (Wallis 1931). Los esquimales son un grupo de humanos que han vivido en condiciones bastante extremas y primitivas. Suelen alimentarse de carne sin cocinar, y por lo tanto con elevado grado de dureza, usando generalmente los dientes para extraerla del hueso. Esta masticación vigorosa fortalece los músculos faciales, los cuales requieren reforzar su anclaje en los huesos del rostro, produciendo tensiones que inevitablemente deformarán el cráneo, sobre todo si este tipo de alimentación comienza a edad temprana. Las anchas y fuertes mandíbulas, junto a la cresta ósea (debido al fuerte anclaje de los músculos de la mandíbula) es parte del proceso de cambio, en una sola generación.

Dentro de los fósiles elevados a la categoría de especie (usando el impreciso concepto morfológico de especie), que habrían sido «ancestros» de los humanos modernos y por tanto clasificados en el Género Homo, se encuentran en orden temporal al menos seis: H. erectus, H. antecesor, H. heidelbergensis, H. neanderthalensis, H. floresiensis y H. sapiens. Considerando la forma inadecuada en que se han nominado estas especies, unida a la gran variabilidad que puede presentar en vida la estructura esquelética de un organismo, es perfectamente factible concluir que todas estas «especies», ubicadas taxonómicamente en el Género Homo, podrían corresponder perfectamente a variedades o razas dentro de la misma especie humana, y «las diferencias entre ellas no son mayores que las que podemos encontrar entre razas humanas actuales» (Leakey, 1981). Por tanto, estas 6 especies, debieran corresponder a una sola.

Anterior al Género Homo, habría existido el Género Australopithecus, a la que correspondería «Lucy», el fósil homínido más antiguo encontrado. Sin embargo, existen varias investigaciones científicas (Oxnard, 1975; Spoor et al. 1994; Gilbert, 2004), las cuales señalan lo equivocados que están quienes han considerado como ancestros humanos a Australopithecus y Homo habilis, porque estas especies corresponderían a fósiles de simios, altamente similares a los actuales. Los fósiles de Australopithecus presentan dedos pulgares de los pies oponibles, estrechez de tórax y costillas macizas, al igual que chimpancés y orangutanes, lo que implica una vida arborícola y no una locomoción terrestre bípeda. En el caso de Homo habilis, estos estudios concluyen que considerando los rasgos morfológicos de los restos óseos encontrados, habría mezclas de huesos, en donde algunos se corresponden con el esqueleto humano actual, mientras que otros se corresponden con el Género de rasgos simiescos, el Australopithecus. Las evidencias apuntan a que debieran ser eliminados como eventuales especies antecesoras del Género Homo. Además, habría antecedentes que tanto el Australopithecus, como el confuso Homo habilis y el Homo erectus habrían existido contemporáneamente (Gish 1995). En consecuencia, no pudo haber sido uno antepasado del otro, pues la propia teoría evolutiva apela a grandes espacios de tiempo para que una especie origine a otra. Por otro lado, los artefactos construidos por el hombre suelen ser encontrados en un nivel estratigráfico más bajo que estas osamentas y, por lo tanto, serían más antiguos que estos supuestos antepasados humanos (una incongruencia convenientemente no considerada).

Que el ser humano corresponde a una creación distinta y no es producto de evolución alguna, ya lo sabemos largamente por Génesis 1:26, «Entonces dijo Dios, hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza….».

Luego de lo revisado previamente, se hace evidente que en tanto seres biológicos, creados bajo un plan estructural y funcional similar, los seres humanos compartimos en mayor o menor grado características con otros seres vivos, como ya se dio cuenta Salomón en la antigüedad. ¿Dónde está entonces la diferencia entre humanos y bestias? La verdadera esencia de la especie humana no la hemos de buscar en similitudes biológicas con otros animales, porque de hecho las hay, sino en aquello que nos distancia definitivamente de los animales y que no es biológico.

Existe un caso extraordinario en la Biblia que nos da luces sobre ello, en donde un hombre fue trastornado en una bestia y luego volvió a ser un hombre. Se trata de Nabucodonosor, quien fuera una persona con habilidades y capacidades altas, que lo facultaron para llegar a ser rey en Babilonia, pero su soberbia conspiró en su contra, haciendo que Dios le castigase, dejando de ser humano, y fuera degradado a bestia (posiblemente por 7 años). Lo que cambió en Nabucodonosor lo encontramos en la sentencia dada por Dios en Daniel 4:16; «Su corazón de hombre sea cambiado, y le sea dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos». Es en el corazón en donde está la esencia de la especie humana. No en el órgano cardiaco propiamente tal, sino en lo que éste representa; el asiento de las emociones, de los sentimientos, de la capacidad de razonar, de la conciencia, la que nos lleva a reflexionar sobre lo bueno y lo malo, es lo que corresponde en definitiva al alma del hombre, distinta al alma de los animales, que no poseen las cualidades descritas. Constantemente en la Escritura Bíblica se confirma esto y es respaldado por el Señor a sus discípulos, cuando les señala que no se les turbe el corazón (Juan 14:1), que del corazón del hombre proceden los malos pensamientos y toda forma de maldad (Marcos 7:21), y el apóstol Pablo le escribe a los romanos que la aceptación del evangelio tiene que ser en el corazón (Romanos 10:9). Los hombres llevan el sello de Dios en el alma, ateos o creyentes, sienten la necesidad de Dios, aunque expresada de distintas formas. Esto no está en ningún animal. Sólo en el hombre existe el sentido de trascendencia, el anhelo de eternidad, porque Dios lo puso en el corazón del hombre (Eclesiastés 3:11).

Por tanto, no es en la biología humana donde hay que buscar la diferencia, porque ésta es corruptible, y los huesos, la musculatura, las células, el ADN, y todo lo que comprende el cuerpo biológico animal se degradará a sustancias inorgánicas, agua y sales minerales, siendo éstas últimas las que permanecen por más tiempo (Génesis 3:19). El hombre fue creado para tener una relación especial con Dios en tanto fue hecho a su imagen, privilegio no otorgado a ninguna otra especie animal. Lo que importa en definitiva no es mirar hacia atrás tratando de buscar qué relación tiene el hombre con el resto de las criaturas, porque esta pregunta no la podremos responder en su totalidad, dado que se inserta en un acto único de Creación Divina. Lo que realmente importa es mirar hacia arriba y reflexionar respecto a qué relación podemos establecer con nuestro Creador, en tanto personas hechas a imagen de Dios, y lo que podemos llegar a ser, si tomamos como modelo al Hombre perfecto, como lo es la persona de Jesús glorificado, que se encuentra a la diestra de Dios.” [1]

Notas

1http://www.aguasvivas.cl/revistas/44/apologetica.htm

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9 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. pauloarieu
    jul 01, 2009 @ 04:39:21

    El lenguaje de la Naturaleza
    La metáfora semiótica en biología.
    FROM LANGUAGE TO NATURE?fredag 29. mercados 1996 15:49
    Claus Emmeche y Jesper Hoffmeyer

    http://www.nbi.dk/~emmeche/Welcome.html

    http://www.molbio.ku.dk/MolBioPages/abk/PersonalPages/Jesper/Hoffmeyer.html

    http://www.nbi.dk/~emmeche/cePubl/91a.frolan.html

    Fuente:http://www.cil-nardi.com.ar/ling/ling.php?pr=naturlang.htm
    En este trabajo está el núcleo concreto y potencial de lo que se discute hoy sobre la naturaleza humana y es la emergencia abrumadora del área biológica como base de todo, reduciendo en forma proporcional correlativa la parte tradicionalmente atribuida en Occidente a la psicología (incluyendo en ella las descripciones representacionales del mundo: lengua, filosofía, teología, y la más execrable de todas: la(s) ideología(s), que por supuesto, no desaparecerán del todo —y hasta pueden ser instrumentalmente útiles—, pero jerárquicamente subordinadas). Considero que su traducción, controlada por un biólogo con énfasis en semiótica, podría mejorarse, para finalmente ponerla verdaderamente al alcance del/la lectora/r común ¡y de nosotros mismos!
    (de la Presentación de Rumi)
    Nota: Este documento ha sido clasificado para integrar el Proyecto de Curso de Lenguas en Contacto 2005—2007 del Centro de Investigaciones Lingüísticas Ricardo L. J. Nardi.

    Una versión prueba-chequeada de este manuscrito se publicó en Semiótica 84: 1-42, 1991.

    Resumen. El desarrollo de la forma de los organismos vivos sigue desafiando a la investigación biológica. El concepto de información biológica codificada en el programa genético que controla ese desarrollo constituye una parte principal de la metáfora semiótica en biología. Aquí se lo trata como analogía a la ejecución de un programa escrito en un lenguaje formal de computadora. Otras versiones de la semiótica o «metáfora-de-la-naturaleza-como-lenguaje», emplean aspectos formales o informales del lenguaje para entender las relaciones estructurales específicas en la naturaleza, p.e. la exploración en biología molecular y evolutiva. Se revisa con mirada crítica este relevante complejo de ideas, intuitivamente relacionadas, protagonistas de un largo historial en filosofía de la naturaleza y en biología. Se presta atención a la naturaleza general de la metáfora en ciencias y distinguen diversos niveles donde ocurre un traslado metafórico del significado. Se atribuye gran valor a la metáfora, no sólo heurístico, sino también instrumental, para entender la naturaleza irreducible de los organismos vivos. La discusión de una perspectiva semiótica para tratar la naturaleza viva difiere de manera más o menos marcada, según se siga la tradición lingüística estructural de F. de Saussure, o la semiótica general de C. S. Peirce. Esta es una agenda abierta en la perspectiva peirceana de la semiótica de la naturaleza.
    CONTENIDO:
    Introducción
    1. La metáfora en ciencia; la ciencia como metáfora
    La metáfora de Darwin
    La cultura como analogía de la naturaleza
    La naturaleza de la metáfora y la analogía
    2. La naturaleza como metáfora del lenguaje en acción
    La naturaleza como metáfora del lenguaje; ejemplos.
    La naturaleza como el Gran Libro
    Usos generales
    La vida como aprender y pensar
    La vida como sistema memorístico
    El organismo como sistema cognitivo
    Sistemas de Vida/organismos/genéticos como computadoras
    La vida como sistema lingüístico/semiótico
    Conclusión; ejemplos.
    3. Una crítica al acercamiento de Saussure: la vida como metáfora del lenguaje de G. Forti
    4. Metáforas y genes: una perspectiva peirceana.
    Referencias.
    Introducción.
    El carácter teleonómico de los sistemas vivos sigue enfrentado las concepciones dominantes en biología. No bastaron las veces en que las explicaciones vitalista y finalista fueron derrotadas con energía en la evolución de la biología experimental para que desaparecieran del todo, incluso entre biólogos profesionales. Más bien reaparecen bajo nuevas formas en cada generación.
    En la historia de la ciencia que ya lleva siglos, pocas veces, si alguna, este tipo de controversia acabó con el triunfo inequívoco de uno de los bandos. Sin embargo, en las primeras décadas posteriores a la síntesis neo-darwinista de 1940, la mayoría de los biólogos consideraba esta cuestión definitivamente resuelta. El carácter predeterminado de los organismos vivos se vio como una consecuencia necesaria de la evolución explicada por el mecanismo de la selección natural que favorece la dispersión de mutaciones causal y gradualmente adaptadas a las poblaciones.
    Sin embargo, aquel provisorio cese del fuego, terminó en 1970 con una severa crítica desarrollada en áreas que van desde la paleontología a la embriología y a la biología molecular, exitosas promotoras de un renovado debate teórico sobre el papel de la selección natural en la evolución y, así, sobre el carácter gradual y adaptable de este proceso (Gould 1982, 1985, Vrba y Eldredge, 1984, Webster y Goodwin 1982, Goodwin 1984, L’ovtrup 1987, Ho y Saunders 1979, Dover 1982).
    La crítica sobre la forma biológica, vemos, retomó impulso en un nivel más profundo. ¿El desarrollo de la forma se explica simplemente como gradual mejoría funcional? ¿La funcionalidad (el éxito) constituye el propósito buscado en el desarrollo de la forma de los organismos o sus partes?
    Era en suma volver al viejo asunto de la relación forma /sustancia? Recuperando una famosa proposición de Korzybski, Gregory Bateson rastreó el asunto hasta Pitágoras y dice:
    ‘Esta aserción salió de una muy extensa gama de pensar filosófico, retornando a Grecia, y viborea por la historia del pensamiento europeo los últimos 2000 años… Todo eso se inicia, supongo, con los pitagóricos contra sus antecesores y la discusión tomó la forma de «usted pregunta ¿de qué se ha hecha la tierra, el fuego, el agua, etc.?» O pregunta, ¿»cuál es su modelo?». Pitágoras representó la pregunta en el modelo más que la pregunta en la sustancia. Esa controversia atravesó las edades y en general hasta hace poco su mitad pitagórica ha sido la mitad sumergida.’ (Bateson 1972: 449).
    Según la hipótesis neo-darwiniana —versión moderna de la antigua preferencia por la sustancia—, la funcionalidad (p.e., la reproducción exitosa) es la clave de la creación de la forma. Concibe la forma como una secuencia en serie de pasos evolutivos capaces cada uno de superar por sí solo el examen de funcionalidad. El cambio evolutivo de la forma se interpreta como una división en ‘átomos de cambio’, similar quizás a la división de la sustancia en moléculas. O de otro modo, la forma como fenómeno ‘cuantitativo’, no como generación de modelos cualitativamente distintos.
    Se objetará que las formas no son reducibles únicamente a esos pasos; por ejemplo, que la cara de cuatro puntos de una dado no se hace agregando un punto a la de tres, sino construyendo otro modelo completo. Los pasos intermedios entre dos modelos formales distintos no son garantía de funcionalidad —lo contrario parece más creíble. Según este supuesto, la forma constituye un factor autónomo de la evolución histórica (y/e filogenética), se refleja en verdaderas formas de restricción arquitectónica y embriológica adquiridas por los sistemas vivos en el planeta, y las reglas que rigen tales restricciones se tienen por mucho más elocuentes que la evolución por selección natural, la cual sólo donde ocurre modifica los modelos dados.
    Cuesta admitir que la energía desplegada en sostener la imagen funcional de la evolución acabe postulando hoy su extremo opuesto, un mecanismo de evolución causal. Desde William Paley, el argumento de la forma se asoció a las concepciones religiosas, sea postulando un ‘Plan Divino’ o la existencia de fuerzas vitales o finalistas. Jerarquizar la selección natural como principal motor de las especies vivas equivale a ceder a la ciencia el sostén de este extraño aspecto teleonómico de la vida. Explica la última tentación de los biólogos de sustituir, en la consideración de la vida, el clásico punto de vista físico y químico por la comunicación o teoría informática. Por fin, la fuente de los modelos de comportamiento premeditados radicaría en la esfera cultural, y cualesquiera fueran las causas de esa conducta en los sistemas vivos, sólo una descripción más apropiada podría formular la explicación científica. La opción necesaria no gira entre selección natural o fuerza vital; quizás una tercera vía pueda encontrarse.
    Probablemente, por supuesto, esta idea no hubiera sido tan atractiva a no ser, hacia 1950, la introducción en la biología de un conjunto de términos de la teoría informática. Pareció que una descripción plena de sentido de los procesos genéticos que afectan el nivel molecular de la célula requería términos como ‘código genético’, ‘mensaje RNA’, ‘regeneración’, ‘información’, etc.
    Lamentablemente, pese a su gran difusión, son conceptos muy dudosos. Así, la teoría de la información se asumió como una entidad objetiva cuantificable (p.e., Shannon 1949); la información contenida en el mensaje no equivale a su probabilidad o improbabilidad. Esta definición facilita la comprensión de la teoría, pero, a su vez, impide el uso del concepto de información en las situaciones de la vida real. Por razones teóricas, en la comunicación humana no es factible ni posible el análisis estadístico de probabilidades atribuible a cada declaración definida. Hechos del todo imprevistos llegan a ser componentes esenciales de la vida y, obviamente, la apariencia eventual de esos hechos hace imposible atribuirles probabilidades previsibles. Así, con frecuencia sentimos que nuestra información se originó en conversaciones. La mera probabilidad no cubre el significado real de la información.
    En la comunicación humana la mayoría de las declaraciones sólo se entienden en un nivel de análisis semántico. Con toda evidencia, en teoría matemática de la información, la ‘información’ es una categoría menos completa que la que se intercambia al hablar.
    La transferencia de este concepto de información a la biología, también le trajo esas sofisticadas cuestiones. Sin embargo, la biología carece de una tradición que le permita evitarlas. De hecho, un fragmento de ADN se identifica con la sustancia del gen en la praxis diaria de información de laboratorio, simplemente.
    En la nueva terminología de la genética molecular esta confusión automática de información con sustancia, acaba reforzando la teoría funcionalista neo-darwinista. No aceptamos basar la comprensión científica del carácter teleonómico de los sistemas vivos en tan restringido concepto de información. Más bien proponemos que la información biológica se caracterice de manera semejante a la situación semántica expuesta de intercambio de información en comunicación humana. Y abandonando la creencia de que la información sea una entidad objetiva mensurable en unidades de fragmentos (o genes). (Para una discusión más detallada, ver Hoffmeyer y Emmeche, en prensa).
    Por eso, toda teoría que intente describir la dinámica de los sistemas vivos desde una perspectiva de comunicación o intercambio de signos, p.e. semióticos (del griego: semeion =signo), debiera asumir el concepto de información como categoría subjetiva. Gregory Bateson, de quien tomamos la información acerca de significar, sigue: ‘diferencia, que le hace una diferencia a alguien’ (Bateson 1972, 1979). Se sigue que la información es inseparable de un sujeto para quien esta información tiene sentido. Nuestra tesis postula que los sistemas vivos son intérpretes fidedignos de la información: responden a ‘diferencias selectivas’ ubicadas en su contexto. Sólo sobre la base de esta premisa, pueden admitirse analogías con la esfera de servicio de la comunicación humana como herramienta explicativa del comportamiento premeditado de los sistemas vivos.
    Más después expondremos un modelo más detallado para aplicar estos principios al estudio del período prebiótico y biótico (Hoffmeyer y Emmeche, en prensa). En este trabajo analizaremos los requisitos para el uso de la metáfora y la analogía en el área lingüística y la semiótica en biología.
    Esto plantea la cuestión de la importancia de la metáfora en ciencia. Por lo tanto, primero consideramos la naturaleza de la metáfora en la ciencia a fin de diferenciar, según distintas teorías, varios niveles de transferencia metafórica de significado. En segundo término, con el propósito de dar una impresión generalizada y una apelación cognitiva de esta metáfora, enfocamos varias versiones de la ‘metáfora de la naturaleza como lenguaje’, criticando de paso algunos de sus modelos. De hecho, la naturaleza percibida como lenguaje, o el lenguaje como sistema, suponen un complejo tejido de ideas con valores heurísticos cognados.
    La vía semiótica para el tratamiento de la naturaleza viva ha seguido por lo menos ‘dos tradiciones':
    el estructuralismo lingüístico de Ferdinand de Saussure y la teoría de los signos de Charles S. Peirce-, las cuales pueden generar una nueva concepción de la naturaleza.
    Sin embargo, en tercer lugar sostenemos que la teoría de Saussure, tal como se la aplicó a los sistemas vivos, enfrenta obstáculos cruciales para explicar los procesos codificadores de información biológica aplicados a la evolución y desarrollo de los seres vivos en ecosistemas. Al explicar estas cuestiones, criticamos la analogía entre lenguaje y especie viva propuesta por Forti.
    Cuarto, en la última sección, mostramos que los conceptos básicos de la semiótica de C. S. Peirce satisfacen muy bien los requisitos de una categoría ‘subjetiva’ de información biológica (aquí, subjetiva se debe tomar en sentido epistemológico y no como equivalente a irracional o no científico).
    Las estructuras biológicas en general y el gen en particular se pueden entender como formación de signos de una red de relaciones semióticas triádicas a través del espacio y el tiempo.

    1. La metáfora en ciencia; la ciencia como metáfora.
    La metáfora de Darwin. La teoría de la evolución por selección natural ejemplifica de manera contundente el papel de la metáfora en la ciencia, aunque todavía se siga debatiendo la justificación de su metáfora central. En ‘Interacción vista desde la metáfora’ (Black 1979) define la metáfora como creación eficaz de similitudes; hace pensar en posibles relaciones y analogías, ninguna claramente ‘positiva’ o ‘negativa’, y abiertas a más extensa investigación. A raíz de las reflexiones de Darwin de que las carreras deportivas de perros y otras especies domésticas constituyen adaptaciones a la naturaleza y no meras monstruosidades, adquiere consistencia la analogía entre naturaleza y selección natural. Como se sabe, utilizó el principio de analogía para construir un nuevo concepto sobre el mecanismo de evolución por selección ‘natural’. En el contexto dado por el descubrimiento del mecanismo de la evolución, la analogía fue una circunstancia accidental, más bien implicó un caché ‘tecnológico’, una perspectiva hacia la naturaleza (no parece fácil concebir la crianza de animales como tecnología, aunque de fijo lo sea). Tal analogía llevó a encarar el problema de la evolución desde un punto de vista tecnológico: por un lado, la imagen del hombre como agente ajeno a la naturaleza y, por otro, como producto de fuerzas externas, p.e. organismos modificados por la crianza del ganado. Justificaría abandonar las hipótesis fundadas en la ontogénesis, que atribuyen los cambios y variaciones a causas internas. Así, según J. F. Cornell, su creación de la analogía con ‘criar’ lo llevó a Darwin al convencimiento de que, de hecho, había descubierto el mecanismo generador de la diversidad natural. Subraya también su implícita creencia de que la comprensión de la naturaleza presupone adquirir dominio técnico sobre ella. (Cornell 1984: 325).
    Además, la analogía se establece a partir de un voluminoso poder causal general contenido en la naturaleza, que llamó ‘selección’ (semejante a preservar algunos individuos como hacen los criadores), aunque de magnitud incierta y diferente operación en circunstancias también distintas. El criador busca contribuir a la diversidad orgánica (la cría de un nuevo perro de carrera p.e.); la naturaleza no. Esta analogía no ayuda a resolver la cuestión fundamental que presenta la explicación evolucionista de Darwin: que la selección natural sea causa suficientemente poderosa para generar la diversidad evolutiva. En un nuevo paradigma, el empleo de la analogía metafórica (ver abajo la distinción), puede ser heurísticamente decisivo, aunque, a su vez, significar algunas cuestiones teóricas más profundas.

    Analogía de la cultura-como-naturaleza. A partir del desarrollo de la teoría de la información y de la moderna biología molecular, han proliferado teorías que postulan la analogía de la naturaleza viva con aspectos comunicativos de la cultura humana. Con frecuencia se han transferido al ámbito social conceptos de la teoría de la evolución o se ‘tradujo’ el intento de aplicarlos a modelos de evolución sociocultural. El desarrollo cultural se ha explicado mediante conceptos tomados de la variación darwiniana (en el mundo orgánico, por mutación y recombinación, en el contexto sociocultural, por innovación y descubrimiento, de la selección ‘natural’ o intra- e intersocial, respectivamente, y transmisión de información genética por reproducción, vs. vía ‘conocimiento’ e ‘ideas’ vía educación, etc.). Lamentable consecuencia de tales analogías evolutivas ha sido el frecuente reduccionismo de los propios conceptos de lenguaje, ser humano y cultura. Así, el lenguaje tiende a volverse un instrumento de comunicación -nada más-; los seres humanos son vistos como criaturas esencialmente adaptables, la cultura se reduce a herencia cultural sujeta a alguna noción de proceso informático. Por contrapartida, las analogías positivas de las unidades y mecanismos de la evolución en las dos áreas son totalmente desatendidas (Schroll-Fleischer 1983). De donde, el requerimiento de extremar el cuidado en el uso de analogías con ellas para evitar lo que podría llamarse ‘sofisma de reducción extraviada’. (¡poner mal las cosas!).
    En la construcción de una analogía entre lenguaje y naturaleza viva -una ‘semiótica de la naturaleza’-, no tenemos la intención de postular la aplicación de conceptos biológicos a teorías sobre lo humano, asuntos económicos o sociales (el ‘paso’ a la epistemología evolutiva, p.e., Plotkin 1987). La comprensión de la estructura de una sociedad, institución o conflicto político, requiere el empleo de ciencias sociales y humanas, y no -como con tanta frecuencia se ha intentado- la importación de teorías o métodos de la física y la biología apelando al positivismo y al cientificismo. ¿Recomendamos, entonces, la estrategia inversa, entender la naturaleza mediante conceptos y metáforas prestadas por las ciencias humanas (corriendo el riesgo de caer en el reduccionismo opuesto)?
    Respondiendo a esta cuestión, discutiremos primero la naturaleza de la metáfora y la analogía, considerando otros casos de metáfora de la naturaleza-como-lenguaje, en particular el texto de Guido Forti, 1977, cuya crítica servirá para elaborar nuestra propia concepción.

    Naturaleza de la metáfora y de la analogía.
    Etimología,
    · metáfora (del griego metafora, ‘llevar aparte’, ‘transferir’, ‘transportar’, ‘llevar'; con frecuencia transferir una expresión figurada de un área a otra, y
    · analogía (Gr. analogia, ‘relación’, de ana ‘a’ + logos, ‘pensamiento’) ‘los medios’, ‘semejanza’, o ‘acuerdo’. Los dos términos están en Aristóteles, con un sentido no muy distinto a los usos actuales. En ciencias no es fácil delimitar de manera inequívoca los conceptos de modelo, analogía y metáfora. Modelo, sin embargo, es el término más común y analogía y metáfora se pueden definir como modelos especiales. Cualquier teoría puede considerarse un sistema ejemplar. Analogía es una relación entre dos descripciones de objetos (o áreas relacionadas) que permite hacer inferencias aproximadas entre ellas (p.e. estudiar la difusión de la membrana de una célula, mediante otra, artificial), o entender un objeto en función de otro (p.e. el modelo del sistema solar y la estructura atómica). La analogía puede ser formal o material, completa o parcial. En la analogía formal hay similitud de forma, estructura lógica o matemática o sintaxis; la analogía material es de contenido, sustancia, función y semántica.
    Filósofos de la ciencia han objetado: 1) que los modelos y analogías son lógica y epistemológicamente redundantes e innecesarios, no explican los fenómenos (toda teoría requiere ligar sus leyes experimentales en un todo); 2) toda teoría intelectualmente satisfactoria también consiste en una relación analógica (no deductiva) con un campo conocido de fenómenos (cf. Hesse 1966). El problema apenas si se puede plantear de una manera general, porque diferentes casos en la historia de la ciencia muestran ambas situaciones; o no se quiso dar explicaciones finales sobre las analogías, o ellas mismas eran parte esencial de la discusión. Sin embargo se puede sostener que para facilitar la comprensión de una teoría, entender su estructura y hacer inteligible su relación con materias relacionadas, con frecuencia ayuda mucho construir y usar analogías e incluso comprender sus límites (Leatherdale 1974).

    La analogía. Algunos han interpretado la analogía entre distintos fenómenos como un compromiso que presupone la exigencia ontologica de estructuras generales subyacentes en la realidad. Para Forti, por ejemplo, hay analogía entre naturaleza y lenguaje y agrega: ‘El ejercicio de construir analogías entre diferentes sistemas (…) se justifica cuando permite mostrar esas analogías iluminando realmente la raíz de las cosas y proveyendo una llave para entender mejor los campos relacionados en su sustancia estructural…’ (Forti 1977: 69). En otras palabras, el uso teórico de analogías presupone la existencia de estructuras generales discernibles en la realidad mediante la exploracion y búsqueda de ‘la raíz de las cosas’.

    Sin embargo, también se puede considerar la analogía como parte del gran mapa de la naturaleza trazado en el proceso de explorar y proyectar un orden conceptual en los fenómenos naturales sujetos a estudio. La explicación puede entenderse (¡metafóricamente!) como proyección topográfica de una descripción tautológica (Bateson 1979) y esta tautología siempre hará referencia directa o indirecta a algún sistema de significar, p.e. el lenguaje humano ordinario, la matemática, la física general, etc. —Eso ya es conocido. Inclusive las teorías aparentemente más ‘cerradas’, no analógicas, formales o matemáticas, hacen referencia implícita a reglas básicas conocidas del lenguaje o de la praxis, aunque no aparezcan definidas en la propia teoría. Se la llame o no ‘analogía’, esta referencia deductiva implica un traslado de significado entre áreas diferentes. Se debiera resaltar que el concepto ‘abducción’ de Peirce1 -el proceso no deductivo y no inductivo de inferencia por ‘extensión lateral de componentes descriptivos abstractos’, (Bateson 1979) capta muy bien este aspecto del traslado de significado por analogía; y ambas metáforas, la analogía, el sueño, el todo del arte, de la ciencia, de la poesía, etc., pueden considerarse casos o suma de casos de ‘abducción’ en el campo de la mente humana, etc. Sin nuestra capacidad de relacionar dos cuerpos de abducción de conocimiento, comprendidos y clasificados mediante reglas idénticas, no habría ciencia en absoluto. Allí parece haber un vínculo entre la abducción, la abstracción y la analogía y, según Buchanan (1962: 99), ‘el argumento por analogía es la técnica fundamental en el proceso de abstracción’.
    Una metáfora se puede aplicar a un término especial transformado de una materia a otra (como el término información en la noción ordinaria de información genética en biología molecular) o, de manera más general, a un término ‘simbólico’ en relación a un campo completo de conocimiento, donde dicho término significa y une ‘la manera paradigmática de ver’ la materia, p.e., en biología mecanicista, el organismo como una máquina. Entonces, podemos describir así los niveles de ‘transferencia de significado’ metafórico en ciencia, reservando un ‘nivel medio’ para la analogía:
    Nivel 1: El traslado de términos solos (‘metáfora1′) a otros contextos crea nuevo sentido y significado (Literal: ‘meaning and signification’) en el campo involucrado.
    Nivel 2: La construcción de analogías como parte de una teoría específica, esto es, una indagación general y sistemática para dilucidar los fenómenos en estudio. Con frecuencia esto puede incluir consideraciones sobre aspectos positivos como también negativos de la analogía en cuestión (Hesse 1966). La analogía puede ser un recurso heurístico preliminar o un componente aparentemente final de una teoría.
    Nivel 3: Una visión unificadora (‘metáfora 3′, en adelante: ‘metáfora’ a secas) en el área descrita por el paradigma, simbolizada con frecuencia por un término específico referido al marco completo de comprensión de un paradigma dado.
    Por cierto, la duración de cada nivel tiene gran importancia sujeta a los cambios paradigmáticos ocurridos en la ciencia. Una nueva metáfora no sólo provee respuestas a nuevas preguntas (como quizás el caso del nivel 2), cambia también nuestras percepciones, genera nuevas preguntas, conceptos, estrategias y metas experimentales, contribuyendo a crear un nuevo ‘programa de investigación’. Así, Donna Haraway sostiene que las metáforas de la biología del organismo deben analizarse centralmente en este fondo paradigmático de la biología del siglo XX, rastreando el cambio en la metáfora de la maquinaria del sistema orgánico.
    Cuando una ciencia entra en un período revolucionario, cuando los paradigmas -en el sentido de Thomas Kuhn- están cambiando, involucra una redescripción metafórica. Haraway atribuye a la metáfora un poder explicativo (p.e., ‘metáfora-3′), describiéndolo como ‘el espíritu vital de un paradigma (o quizás su relación básica organizada)’ (Haraway 1976: 9). Esta noción más amplia del paradigma incluye técnicas, ejemplos valorados por la comunidad y una metáfora central. La metáfora puede relacionarse a un objeto de sentido -una máquina, cristal u organismo- o a un objeto abstracto como el lenguaje, y puede pensarse como una imagen que da coherencia concreta respecto a igualar el pensamiento abstracto. Es en este sentido que ‘el lenguaje (o semiotica) de la naturaleza’ debe ser considerado.
    Por lo cuál, por fin, se da en la ciencia un cuarto nivel de transferencia de significado metafórico, de hecho el nivel más comprensivo, donde la ciencia, o cualquier teoría científica resultan ser un conjunto de metáforas como ha sugerido Lacan (Wilden, 1980: 26). En este enfoque, el conocimiento mismo es irreduciblemente conocimiento metafórico, incluido el científico. Según Buchanan (1962: 96)
    la ley científica es una analogía o un sistema de analogías (alegoría), postulando que las relaciones entre cosas equivalen a relaciones entre números (…) Como alegoría la ciencia afirma que las relaciones entre los componentes de la realidad son similares a relaciones entre los términos del discurso. El universo natural son las cosas y sus relaciones comprendidas en las alegorías de la ciencia.
    Turbayne (1970) sostiene que no sólo las teorías especiales de la ciencia son metafóricas, lo son también los planos conceptuales generales subyacentes o los supuestos contenidos de un cuerpo histórico entero de teorías. El sometimiento a la metáfora supone un único modo de ordenar y asociar los hechos, confunde su concepción del mundo con el mundo y así, inconscientemente, es metafísico. Podríamos intentar remediar la situación sustituyéndola por otra metáfora más eficaz y satisfactoria, pero siempre concientes de estar usando metáfora (cf. Leatherdale 1974 ‘on the metaphorical view of science’ = sobre la concepción metafórica de la ciencia). El sociólogo científico, Barry Barnes sostiene una posición similar y tambien que, al mostrar la naturaleza metafórica del pensamiento, se muestra la limitada naturaleza del pensamiento de una cultura: ‘… la comprensión de la ciencia creativa siempre está limitada por la comprensión de la metáfora; y a la metáfora comprensiva le resulta esencial entender todos los tipos de cambio cultural’. (Barnes 1974: 57, 92). Sin embargo, él restringe con frecuencia la aplicación del término a la etapa del cambio científico, cuando el aumento de las anomalías requiere una presencia creativa para hacerlas inteligibles, no la actividad científica meramente rutinaria; un aspecto de la propensión humana universal a crear y extender metáforas —propensión tan básica que sin ella no sólo sería imposible un real cambio cultural sino hasta la existencia misma de la cultura (ibid., I, p.87).
    Esto, sin embargo, equivale en nuestro esquema a la metáfora-3 siendo en cierta medida una división arbitraria.
    2. La metáfora de la naturaleza como-lenguaje-en acción.
    Ejemplos de la metáfora de la naturaleza-como-lenguaje. En vez de un estudio completo del uso del lenguaje como fenómeno metafórico en el campo biológico, o algunos aspectos de éste, permítasenos dar algunos ejemplos demostrativos. Éstos sugieren intuitivamente que ‘la metáfora de la naturaleza-como-lenguaje’ es un complejo conjunto de ideas emparentadas, un arquetipo intelectual más que un único concepto coherente de la naturaleza.
    La Naturaleza como Gran Libro. El complejo de ideas sobre la naturaleza como lenguaje se puede considerar descendiente secularizado de la vieja metáfora precientífica del ‘gran libro de la naturaleza’ —magnus liber naturae rerum (San Augustín)— donde leer el eterno poder y divinidad del Dios Omnipotente. Esta metáfora vivió días felices desde la tardía Edad Media al Renacimiento, y una prehistoria tan remota como la propia teología (Pedersen 1986). También la Teología Natural de William Paley (1802) ilustra el concepto de naturaleza como signo de la divinidad de la Creación viva. La naturaleza viva se concibió a menudo como signo visible de un Dios trascendente e invisible. Libro legible a cualquiera aunque su significado fuera sólo accesible a gente especialmente escogida. Sin embargo, la metáfora del libro se usó en contextos muy diferentes, y su relación con la presente metáfora de lengua de la naturaleza parece bastante espuria. Se la entendió como una relación analógica (cf. sin embargo, Blumenberg 1981). En el Siglo XX ‘la naturaleza como lenguaje’ ya no se puede estudiar como signo de un Señor Supremo, sino como medio más adecuado para percibir la complejidad ecológica y evolutiva de los seres vivos en la Tierra. La perspectiva de Bateson derivará en un nexo entre las dos metáforas, donde la complejidad informativa de los sistemas vivos (sistemas ecomentales) (ecomental systems) apunta a cierta conciencia de lo ‘sagrado’ en aspectos inmanentes del espíritu más elevado de la naturaleza (ver abajo).

    Mayr trazó el vínculo histórico más significativo entre las concepciones pasadas y presentes sobre la naturaleza que indican una conexión entre la tradición teológica natural como texto de lectura de la naturaleza y la biología evolutiva:
    El reemplazo de la «mano del creador» como esquema explicativo por la selección natural, permitió incorporar a la biología evolutiva, casi sin cambios, la mayor parte de la literatura teológica natural sobre organismos vivos. (Mayr 1982: 105).
    La selección natural se convirtió en una modernizada mano de Dios. Ese Dios, nos parece, perdió demasiado su libertad con esta maniobra darwiniana; de momento sospechamos que no sería capaz de crear la evolución.
    Usos generales. Una epistemología anterior cuestionaba la manera de entender la relación estructura de la naturaleza/ estructura de la teoría, con frecuencia regida por la noción general de analogía (o isomorfismo estructural) entre lenguaje y naturaleza. Acercamiento que podría estar influído por la aparición de las teorías de la información, del automata y de la cibernética (p.e., Hawkins 1964).
    Con frecuencia también, la metáfora se usa con excesiva soltura e imprecisión, en dirección a fenómenos especiales o limitados a organismos vivos, así el caso del complejo sistema de comunicación de las abejas (von Frisch 1950). En el intento inicial de especificar esta analogía, Kalmus (1962) sostuvo que los sistemas de comunicación operantes en la vida se parecen al lenguaje en cuanto ambos poseen propiedades simétricas (entre remitente y receptor respecto a un mensaje codificado o sistema referencial), significancia (semántica), arbitrariedad (en la relación símbolo-objeto), y estilo. Este último remite a analogías entre estilo literario y ‘tipo biológico’, y o, al limitado número de ‘planes corporales’ desarrollados en las eras geológicas. Kalmus enfatiza aspectos históricos del isomorfismo entre lenguaje y vida, y destaca similitudes metodológicas entre los dos campos (ver también Picardi 1977), ilustradas concretamente tanto por el estudioso comprometido en la génesis de un trabajo literario, como por el filogenetista que reconstruye la historia evolutiva (de hecho, la metodología cladística ‘(cladist)’ de la filogenia en biología se ha transferido a la crítica textual y a la reconstrucción lingüística, ver Platnick y Cameron 1977).

    La vida como aprendizaje y pensamiento. Bateson aceptó la función imaginativa y productiva que desempeña la metáfora en la ciencia, y usó dos tipos de redescripciones metafóricas de fenómenos de evolución y desarrollo, el primero, con alumnos en plan de aprendizaje. La teoría formal del aprendizaje de Bateson (que utiliza en parte la teoría de tipos lógicos de Russell/Whitehead) (Bateson 1972) la desarrolló en su trabajo sobre enfermedades síquicas, pero también empleó conceptos de diferentes niveles de aprendizaje en analogía con fenómenos evolutivos. Bateson era consciente de los límites de esta aplicación. Su teoría asumió que esos tipos lógicos (o las categorías de aprendizaje 0 a 4) pueden ordenarse en una escala de oscuro a simple; pero, afirmó, el mundo de acción, experimento, organización, y aprendizaje no puede ser trazado hacia un modelo que excluya proposiciones sobre las relaciones entre diferentes clases de tipos lógicos (Bateson 1972: 307). Se dió cuenta de la complicada relación establecida entre el contexto y el contenido en ambos campos, el biológico y el lingüístico. Así, comentó:
    ‘Las dos estructuras, gramátical y biológica son productos del proceso comunicativo orgánico. La anatomía vegetal es una transformación compleja de instrucciones del genotipo, y el ‘lenguaje’ de los genes, como cualquier otro lenguaje, requiere por necesidad una estructura contextual. Los tejidos de… la planta no podrían ‘leer’ las instrucciones del genotipo de la célula… a menos que en ese momento el tejido exista en una estructura contextual.’ (Bateson, 1972: 154).
    Otra redescripción metafórica que Bateson innovó fue considerar la evolución y el pensamiento como sistemas mentales aleatorios dobles (Bateson 1979). Probablemente la metáfora del sistema mental sea una ‘metáfora-3′, en el sentido anterior, p.e., la visión paradigmática completa que une de manera nueva y original los temas hasta ahora más discordantes de las teorías sobre mente y evolución. Aunque en este proyecto Bateson no usó la metáfora del lenguaje (o de la naturaleza como sistema semiótico/lingüístico), y aunque se le puedan cuestionar partes de su analogía, su acercamiento a la información, al contexto y comunicación analogico/digital, pueden considerarse pertinentes a una semiótica del todo desarrollada, en que lo comunicacional se acerca a la biología.
    Enseguida utilizaremos el concepto de comunicación en analogía digital para la discusión del abordaje saussureano y en Hoffmeyer y Emmeche (en prensa). Codificar es un fenómeno de comunicación múltiple; nunca nos enfrentamos con mensajes significantes en forma ‘pura’, sino que se codifican de una manera específica. La analogía y la códificación digital no son los únicos modos de comunicación, pero en este contexto tienen la mayor importancia (comparar Bateson 1972, en codificación icónica, metafórica y ostensiva). Aunque sea algo difícil definirla formalmente (cf. Wilden 1980), la comunicación es digital cuando hay una discontinuidad entre los signos primarios (o ‘signos’), constitutos del complejo (p.e., componente) y los signos relativos al mensaje. La comunicación es analógica cuando ninguna de estas discontinuidades se puede distinguir, esto es cuando una magnitud o cantidad en el signo visto como un todo representa cantidades variables de manera continua. Los términos se toman prestados y se generalizan del ordenador analógico y digital que computa mediante cantidades reales, físicas, continuas; o de elementos discretos y escalas discontinuas. Según Bateson y Wilden, todos los sistemas naturales de comunicación emplean ambos comunicación analógica y digital en algún nivel del sistema. Se podría agregar que, en los aspectos inmediatos de la praxis humana activa o percepción que nos chocan, el mundo es una versión analógica codificada de la realidad.
    Aquí, a partir de esta distinción se mencionan varios avances significativos: primero y obviamente, permite enfocar la dualidad de códigos, analógico y digital, en la evolución de la vida. En la evolución, la etapa de desarrollo epigenético individual se puede ver como una traducción del código ADN digital al organismo ‘analógico’, estructuralmente complejo del adulto. La epigenesis se parece al desarrollo de una compleja tautología, que empieza con axiomas (digitales) y definiciones y desarrolla después una geometría tridimensional analógica: un caso de morfología de la vida. La vida real de los organismos en su nicho ecológico constituye la etapa más exploratoria de la evolución, donde los procesos selectivos y estocásticos entran en acción. Con suerte, la terminación del ciclo vital a traves de la reproducción sexual corresponde a una ‘parte de traducción atrás’ (back-translation) de las experiencias medioambientales (analógicas) de la población, al nivel digital del ADN dentro de la cohorte de cigotos que iniciarán la siguiente generación. En segundo lugar, en esta perspectiva se puede especular sobre los orígenes evolutivos y ventajas de la analogía digital, la ‘doble descripción’, y su relación con la reproducción sexual de los organismos. En tercer lugar, Bateson/Wilden se acercan a una ocasión análoga de propuestas de codificación digital de considerar el papel jerarquico del contexto en la evolución de los sistemas, y la existencia de la metacomunicación; p.e., mensajes sobre mensajes en el modo digital del lenguaje genético así como en el lenguaje verbal humano (por detalles, ver Hoffmeyer y Emmeche, en prensa).
    La vida como sistema de memoria. El biólogo molecular François Jacob (1981) postuló la analogía de lo genético, lo immunológico y los sistemas nerviosos por una parte, con la memoria de los seres humanos por otra. Aunque de por sí la memoria no tiene igual extensión que el lenguaje humano son rasgos muy interdependientes; de este modo, la analogía se conecta al complejo metafórico de la naturaleza-como-lenguaje. Los tres sistemas comparten el principio evolutivo básico de crear diversidad y diferencia, recombinando una cantidad de elementos finita e históricamente estrecha. Mediante esta analogía, Jacob generalizó el concepto de memoria no sólo para cubrir implícitamente la ‘memoria’ electrónica de los ordenadores sino también los sistemas genéticos de base bioquímica, manteniendo sin embargo diferencias cualitativas entre los tres sistemas.
    Los organismos como sistemas cognitivos. Antes de entrar a la etapa ‘estructuralista’, de su crítica radical a la biología tradicional, el embriólogo Brian C. Goodwin imaginó la agenda de una ‘biología cognitiva’. Según esa teoría, el organismo debiera verse como un sistema cognitivo que opera en base al conocimiento de sí mismo y de su entorno (Goodwin 1978, con referencias agregadas). Tal conocimiento se expresa mediante reglas y restricciones que generan estructuras conductuales apropiadas para la supervivencia, reproducción y evolución del organismo; se basa en una explícita extensión de la teoría chomskyana de competencia lingüística. Según Chomsky lo ‘innato’, la capacidad de aprender a generar la estructura de una frase correcta surge durante el desarrollo infantil. Se constituye con reglas constrictivas que definen, desde una estructura profunda, procesos generadores de la estructura superficial de las frases. En la teoría de Chomsky las estructuras innatas bastante contenciosas que proveen competencia lingüística al individuo, son un tipo de conocimiento heredado. Goodwin extiende esa proposición postulando que ‘el atributo básico de los organismos vivos consiste en la posesión de conocimiento sobre aspectos del mundo’. Algo de este conocimiento se codifica en el ADN y requiere activarse antes de ser ‘testeado'; otro aspecto principal es, además, un conocimiento ‘tácito’ de otras estructuras.
    La teoría de Chomsky se propuso explicar la naturaleza muy productiva del lenguaje: en principio, un número finito de palabras y reglas de ‘gramática generadora’ crea una serie ilimitada de frases. Otros autores consideraron este aspecto del lenguaje muy parangonable a las cuestiones biológicas (ver en Campbell 1982 una amplia discusión de ‘la vida, como lenguaje, restos ‘gramaticales”). También Jerne (1985) postuló una analogía entre lenguaje y sistema inmunológico. El no comparó una región dada del anticuerpo molecular con la palabra sino con la frase. El inmenso repertorio del sistema inmunológico se ve entonces no como repertorio de palabras sino de frases, capaces de responder a cualquier frase expresada por los múltiples antígenos que encuentra el sistema inmunológico. (Las ‘estructuras profundas’ heredables del sistema inmunológico se identifican como segmentos de ADN que codifican variables regiones de polipéptidos de los anticuerpos, y se han comprobado sus ‘capacidades generativas’, p.e., proliferando linfocitos B que experimentan mutaciones somáticas resultantes en anticuerpos de variables regiones, diferentes de aquéllos de las células madres (stem).
    [proliferating B lymfocytes undergoing somatic mutations which result in antibodyvariable regions different from those of the stem cells.]
    Jerne se sorprendía ante la complejidad de este ‘sistema cognitivo’, evolucionado por sí solo, que funciona sin ayuda del cerebro humano.

    Algunos lingüistas chomskianos invierten el significado de la transferencia de la metáfora (p.e. ‘el lenguaje como sistema biológico’) en lo que acentúan la importancia de la organización biológica como llave para entender la estructura profunda del lenguaje. Así, se afirma que las oraciones muestran las propiedades de los sistemas biológicos porque ellos sólo existen en la actividad correlacionada de un sistema biológico literal. (McNeill 1971). O que la ‘gramática generativa’, base de la competencia lingüística, se codifica en el programa genético, y que esta proposición se basa en ‘un funcionamiento conservador con genes estructurales que determinan un tejido específico [el sistema nervioso central]‘ (Hansen 1981).

    Los sistemas/geneticos/de los organismos/vivos como ordenadores. El concepto de vida/como un tipo de cómputo o información procesada por máquinas, tiene dos fuentes (de última interdependientes); una es el área fluctuante entre neurobiología, lógica y teoría del autómata, y otra, la biología molecular. Lo anterior se conecta a tempranos desarrollos de cibernética, información e informática por McCulluch —a principios de los años cuarenta—, y el uso por Pitt de la lógica matemática para caracterizar la aptitud para funcionar en red de la neurona, así como la concepción de von Neumann de ‘una máquina que se autoreproduzca’ (hacia 1950); proponiendo la posibilidad teórica de construir una ‘máquina’ conteniendo una descripción completa de sí misma y capaz de auto-reproducción y asamblea (para revisiones, ver Burks 1975, Langton 1984, Weisbuch 1986). Von Neumann estaba interesado en la cuestión general del tipo de organización lógica adecuada para la existencia de un autómata. (p.e., una ‘máquina’ formal, lógica, que tuviese propiedades dinámicas iguales a un organismo) y pudiera reproducirse. Observese que no estaba intentando simular un sistema natural de reproducción de sí mismo en en nivel genético o bioquímico (nunca nadie tuvo éxito en hacer eso). Intentó abstraer la forma lógica de la reproducción natural de sí mismo.
    El resultado fue obtener una especificación de las condiciones necesarias para la reproducción de sí mismo en una estructura lógica, pero su ‘máquina lógica’ era demasiado compleja y su configuración desmañada no logró nunca representar ‘reales’ simulaciones del ordenador. Después se construyeron ‘máquinas’ más simples reproductoras del ‘sí mismo’ (Langton 1984). Sin embargo, ya en 1883, C. S. Peirce había descubierto relaciones entre lógica y biología, esto es, analogías en aspectos informacionales entre la respuesta de una rana al estímulo eléctrico y el proceso de razonamiento deductivo consciente. Ilustró así su tesis de que la racionalidad es cuestión de grado y no una propiedad exclusiva del hombre. Trátese de lógica abstracta de la reproducción del sí mismo, de redes neurales de animales superiores, o de cualquier otro sistema cibernético o generativo del organismo (control hormonal; morfogénesis), la visión centralizadora de estos acercamientos ha de llamarse ‘La naturaleza-como- metáfora-del lenguaje-artificial’ (una metáfora-3 en la clasificación anterior). El organismo, entendido como un tipo de lenguaje artificial lógico o matemático realizado con frecuencia por ordenadores electrónicos que simulan comportamientos complejos.

    Una versión más intensa de este enfoque ha sido el reciente intento de hacer un programa de investigación de la ‘vida artificial’ en una perspectiva extensa de biología teórica, donde ‘vivir’ se ve como una pregunta sobre la ‘forma lógica’ de un organismo, p.e., una estructura informativa formal, o un sistema lingüístico formalmente descrito o, mejor, su base material de construcción (Langton 1989: 11; también Rasmussen, en prensa). El problema filosófico en esta instancia parece similar al requerimiento de independencia media en la investigación clásica de inteligencia artificial: algunos aspectos del desempeño inteligente dependerán crucialmente de variables no formalizables de la psique humana. Y algunos aspectos de la forma lógica de un organismo tampoco se pueden separar de las propiedades de su ‘material húmedo’ (Lit.: ‘Wet material’).
    Cabe también notar que la idea cibernética ya tenía arraigo en la tradición biológica mecanicista. En los siglos XVII y XVIII, a instancias de Galileo y del paradigma cartesiano, el uso referencial sistemático de la biología llevaba a igualar mecanismos con órganos (para ejemplos, ver Canguilhem, 1963). De tal manera, la idea de organismo como información procesada por una máquina puede representar el cruce o unión de dos metáforas: la vida como máquina y como lenguaje. La propia biología molecular provee otra fuente para asimilar la vida con el ordenador. En su revisión de ‘la biología molecular que fue’, Gunther Stent llamó la atención sobre diferencias entre las escuelas estructuralista e informatica de la biología molecular en sus respectivos intereses y concepciones en importantes aspectos. Última línea de pensamiento ésta, que trajo a la biología la idea de que el material genético debe organizarse como un ‘código-escriturario’ (famoso término de Schrödinger) portador de información biológica sobre los carácteres heredables del organismo (ciertamente la idea de información heredable es más antigua, se remonta a August Weismann, cf. Maynard Smith 1986). A los científicos de la escuela informatica los motivaba con frecuencia el deseo de descubrir ‘otras leyes físicas’ desconocidas hasta entonces, indagando la base molecular de la herencia. Aunque estas expectativas no llegaron a cumplirse, los conceptos informáticos resultaron muy fructíferos, en especial respecto a descifrar el código ADN. Como comentan George y Muriel Beadle:

    revelaron la posesión de otro lenguaje muy anterior a los jeroglíficos, tan viejo como la vida misma, y de fijo más vivo -aunque sus textos sean invisibles y sus palabras enrraicen en las células de nuestro cuerpo (Beadle y Beadle 1966: 207).

    Cuando se explicó la estructura del ADN y decodificó el código genético, el concepto de que todo organismo está determinado por un programa genético apareció como un hecho bioquímico establecido, no obstante el muy escaso conocimiento habido sobre la relación epigenética entre genotipo y fenotipo.

    Y lo que más influyó en las discusiones biológicas (p.e., Quastler 1953) no fue el concepto del ‘contenido de la información’ de Shannon/Weaver sino otros, más informales, sobre la información como instrucción (intencional) o algoritmos de los lenguajes artificiales. La teoría informática aplicada a la biología del desarrollo implica considerar el huevo como canal comunicativo entre el organismo de un padre adulto y su descendencia. Esto, sin embargo, acentúa la aparente paradoja de aumentar la ‘información’ durante el desarrollo. Criticando este uso de la teoría de la información, Apter y Wolpert (1965) y Waddington (1961, 1968) clarificaron que, en la transición del cigoto al ser adulto:

    ‘la «información» no sólo se transcribe y traduce, sino opera como instrucciones —o, de manera más elegante, como «algoritmos». El ADN fabrica ARN, el ARN fabrica proteína y, luego, la proteína hace algo en su entorno que, a su vez, incrementa la producción de más variedades moleculares. Nada tan misterioso hay en eso, a menos que usted quiera verlo como mensajes que bajan por el cable de teléfono.’ (Waddington 1968: 8).

    Waddington aporta una notable analogía representando al genotipo como un juego de axiomas, euclidianos por caso, y al fenotipo como un tratado de geometría euclidiana en tres tomos.

    Cuando se pasa de la metáfora del canal de comunicación a la metáfora del ordenador, se debieran notar desanalogías entre el organismo (o célula) y el ordenador. Aunque según Burks (1975, p.307) se puede tratar el ‘cordón genético’ como código de un lenguaje formal deductivo, este acercamiento presenta serias limitaciones. En la célula encontramos un nivel entremezclado sin equivalencia todavía con ningún sistema computacional conocido. Como ha comentado el científico computacional Hofstadter, todos los programas e items juntos son tejidos intrincados, la interpretación de programas, el procesador físico, e incluso el lenguaje están comprendidos también en esta fusión íntima (Hofstadter 1979: 547). Considera en detalle que el ADN, las proteínas, los ribosomas, el RNA, etc… pueden clasificarse de varias maneras desde el punto de vista informático. P.e.,

    ‘entenderse el ‘ADN como un programa escrito en un lenguaje de nivel alto, traducido (o interpretado) después en el «lenguaje de la máquina» de la célula (proteínas). Por otro lado, el propio ADN es una molécula pasiva, manipulada por varios tipos de enzimas; en este sentido, una molécula de ADN también simboliza con exactitud un gran segmento de datos. En tercer lugar, el ADN contiene plantillas aparte los «flashcards» del ARN que se frotan los medios que ADN también contiene la definición de su propio lenguaje de nivel más alto’ (ibid.)

    ‘El programa genético probablemente ‘no se habría vuelto una metáfora principal en esta área de la biología molecular, si el desarrollo de la cibernética y la informática no hubieran producido un entusiasmo simultáneo. Además, este concepto es muy problemático, porque fácilmente connota la imagen de un plan de desarrollo ‘prepropragramado’. Como han enfatizado críticamente por p.e., Lewontin (1982) y Oyama (1985), la ‘información’ ontogenética respecto a la estructura del organismo o a su comportamiento, no existe como tal en los genes o en el entorno pero se construye en un contexto de desarrollo dado. Una crítica interesante de la metáfora del programa genético también se ha presentado desde el punto de vista de la teoría del autómata (cf. Hanna, 1985, y Wagner, 1988). Así, Milgram y Atlan (1983) sugirieron que el ADN consiste en datos de entrada a la probabilistica automata (química), en vez de un ‘programa’ determinista que vuelva más precisa la noción de especificidad biológica. No obstante, nociones como ‘cianotipo’, código genético, ‘programa’, ‘instrucciones’ etc. invadieron el lenguaje ordinario, y, en la era de la tecnología informática, parecen tan intuitivamente obvias que, lamentablemente, con frecuencia sólo se entienden por sus apariencias.

    C.I.J.M. Stuart ha criticado en detalle el uso metafórico del término información en biología (Stuart 1985a, 1985b). Introduce el concepto de ‘equivalencia bio-informatica’ para denotar la ecuación del proceso biológico con la ‘transacción de información’, identificando tres tipos de equivalencia. El primero y segundo consisten en la aplicación analógica de las teorías de la información matemática a la biología, teorías expuestas por Shannon y Brillouin. Según Stuart la aplicación de estas teorías acentúa serias cuestiones epistemológicas. No aclara en que consiste la interpretación física de la medición del orden en la mecánica estadística. La tercera forma de equivalencia se basa en la idea que la información biológica es un concepto central de la biología moderna, aunque difiere de los conceptos físicos o matemáticos de información. Así en biología, la metáfora informatica no se vincula a la cantidad de información, sino con su valor, calidad, o desempeño en el proceso biológico. Como se notó antes, con frecuencia aparece incorporado como un concepto intrínseco en la moderna teoría biológica molecular.
    De nuestra experiencia en el lenguaje ordinario, la equivalencia bio-informatica toma la idea de información referencial: información sobre algo. Stuart (1985b) procura eliminar en las tres formas toda base antropológica de equivalencia, desde la noción misma de referencia ‘poniendo en su lugar conceptos que encajan en la retícula conceptual analítica de la mecánica clásica’ (1985b: 442). La equivalencia bio-informática es un ‘bloque conceptual inconsistente’ para la teoría biológica (1985a: 612) porque su epísteme confunde ‘las propiedades intrínsecas del propio sistema’ con la información del observador sobre un sistema dado (1985b: 444). Así, según Stuart, la metáfora informatica, atribuye a los fenómenos de la organización biológica, ‘propiedades (como cognición, referencia e intencionalidad) que (…) fuera del observador humano no existirían’ (1985a: 614).
    Esta última proposición, cabe agregar, parece ser la convicción central indiscutida de Stuart. A esta altura, hay un choque entre el cartesiano implícito (o epistemología de acercamiento dualista), y lo que se podría llamar historia natural de la información: signos y significar. Compartimos la necesidad de distinguir analíticamente la información del observador sobre los sistemas biológicos (de cualquier tipo) respecto a que se adjudique información procesadora a los propios sistemas biológicos (Stuart 1985b: 444). La pregunta es si esta importante distinción epistemológica obliga a circunscribir los aspectos intencionales del mundo exclusivamente al Homo Sapiens. Después de todo, el cuerpo y las acciones del ser humano involucran también rasgos de la física de donde, en este sentido ¿la mecánica de Newton también sería antropomórfica?
    No entraremos en el detalle de la alternativa de Stuart (el tratamiento ‘no antropomórfico’ de los fenómenos adaptables en función de principios variacionales, Stuart 1985b) introduciendo un concepto de información correlativa sustituyendo proposiciones como ‘la forma x es influída por y’ por otras (metafóricas) como ‘la forma x tiene información sobre y’. La alternativa va más allá de una reducción analítica de la metáfora: la elimina, y éste es el precio que ‘debe pagarse si la teoría biológica ha de ser analítica y científicamente viable’ (1985b: 445).
    Nos parece importante esa crítica de Stuart pero aquí no podemos dar pleno crédito a todos sus argumentos. Es lamentable, pensamos, que los produzca desde el punto de vista de un declarado ‘canon metodológico de ciencia natural desde Galileo y Newton’, aceptando causas mediante nada más que explicaciones. Esto en materia científica parece llevar a excluir a priori fenómenos de alto orden intencional.
    La crítica de Stuart se resume en objetar el préstamo del término ‘información’ tomado de la esfera de la comunicación humana, resultando antropomórfico, ‘cuasi teorético’, e inhábil en biología moderna. El hecho, sin embargo, de que los humanos tienen la habilidad de comunicar o ‘informarnos’ de varias maneras, no implica que esta sea una característica humana única de esta capacidad general. Hay varios niveles de comunicación de los que el lenguaje escrito y hablado constituye una característica principal del Homo sapiens, pero eso no nos lleva al antropomorfismo en el sentido ingenuo de hablar sobre el traslado de información entre animales o sistemas genéticos. En el estudio del comportamiento animal, debiéramos evitar las proyecciones del observador humano de formas humanas específicas del lenguaje —y del concepto discreto de la comunicación de los animales bajo estudio. Y esa misma crítica a las proyecciones humanas debiera aplicarse a la metáfora del ordenador de la biología molecular. En lo más profundo, los epistemólogos sienten, sin embargo, que sólo podremos librarnos del observador humano, en las teorías de la naturaleza, recurriendo a un proceso de abstracción que deja inespecificado el subsistema del observador. Esta epistemología condiciona influencias en la descripción de la naturaleza muerta y viva (Emmeche 1988)2. Stuart parece afirmar que podemos trazar líneas fronterizas entre los sistemas naturales tal como son ‘en sí mismos’ y tal cómo aparecen ante nosotros, como si las teorías científicas estuvieran realmente por encima de la naturaleza como ‘ding un sich’ de la materia. Una especificación crítica reflexiva del papel del observador humano en la descripción científica de los sistemas naturales es crucial (para la comprensión de la naturaleza, la epistemología y la semiótica de naturaleza), pero esto no obliga lógicamente a abstenerse en ciencia, del uso de diferentes puntos de vista o niveles de descripción, así, la atribución de propiedades intencionales a los sistemas vivos no humanos. Sin diferenciar como Stuart hace, ‘teoría’ de ‘cuasi teoría’ consideramos que ‘la metáfora de la naturaleza-como-lenguaje-artificial’ forma parte del marco básico de un programa de investigación científica, todavía sometido a instancia contenciosa.

    El curso de la naturaleza concebido como un sistema computacional, el organismo como un procesador de información dirigido por un programa en un lenguaje artificial (o genético), pueden parecer alejados de la noción de ‘semiótica de la naturaleza’ o de la naturaleza vista como una lengua natural. Todavía, el lenguaje como tal es un complejo sistemade múltiples niveles que puede estudiarse de distintas maneras. El lenguaje natural de los seres humanos es un sistema en constante cambio dinámico y no puede afirmarse que sea del todo reductible a fórmulas o tenga una semántica del todo definida. Está sobrecargado con referencias a sí mismo. Por eso, cabe recordar que un lenguaje artificial sólo puede modelar algunos aspectos del lenguaje natural reduciendo otros, de donde resultará menos complejo que éste en su estructura semántica. El riesgo de confiar demasiado en la ‘metáfora de la naturaleza-como-lenguaje-artificial’ según plantea la ciencia cognitiva es que ciertas propiedades de la naturaleza viva escapan a la perspectiva analítica, a saber la referencia a sí mismo, la organización de aspectos del sí mismo (p.e., el sí mismo ensamblado de una molécula sin ‘instrucciones’ explícitas), la jerarquía compleja o estructura de ‘niveles mezclados’ que tan poco entendemos. (En una línea similar Loumlfgren (1981a), basándose ‘en la relación entre evolución y ‘complementariedad lingüística’ ha sostenido que tal concepto de evolución no puede describible formalmente.) Es en estos aspectos donde la naturaleza viva y el lenguaje natural de los humanos muestranexactamente un isomorfismo muy llamativo (no identidad, por favor), que se debiera investigar en la perspectiva de un nuevo paradigma biológico o paradigma semiótico, todavía no establecido.
    La vida como un sistema lingüístico/semiótico. En lugar de ver la vida como un paralelo de las lenguas artificiales de la informática y la lógica o como ‘programada’ por un sistema de genes o algoritmos genéticos, varios autores han buscado semejanzas estructurales entre el lenguaje natural cotidiano informal y la vida. Aunque en la literatura biológica, lingüística y filosófica, escasean las comparaciones explicativas entre fenómenos lingüísticos y geneticos o aspectos evolutivos de la vida (para una crítica, ver Shanon 1978), daremos algunos ejemplos.

    Roman Jakobson, uno de los fundadores de la escuela lingüística de Praga, se sorprendió ante las similitudes formales del lenguaje (la estructura fonológica del discurso) y de la vida, mostradas por la genética actual.
    Podemos confirmar eso en todos los sistemas que transfieren información; el código genético y el oral son los únicos basados en el uso de componentes discretos, desprovistos en sí de significado inherente, pero apropiados para constituir unidades mínimas de sentido, p.e. entidades que dotan su propio, intrínseco significado en un código dado. (Jakobson 1973: 50 [1979: 58])

    François Jacob, en su comunicación inaugural al Colegio de Francia, 1965 (ver también Jacob et. alt., 1968), fue uno de los primeros en llamar atención sobre esa asombrosa correspondencia en la estructura de la comunicación, y Jakobson demostró que esa similitud estructural entre los dos sistemas (que ni siquiera consideró ‘metafórica’) era más profunda. Primero, como toda correlación entre fonemas, los rasgos descomponibles están en varias oposiciones binarias distintivas indisociables suplementarias extensas, igual que las cuatro ‘letras’ descomponibles del código genético en dos oposiciones binarias (una relación de tamaño opone las dos pirimidinas T y C a las purinas mayores G y A, y por otro lado, las dos pirimidinas (T vs. C) e, igualmente, las dos purinas (G vs. A), entre sí en una relación de ‘congruencia reflexiva’ o ‘transición’ (Crick 1966) representando dos órdenes opuestos de donante y receptor). Segundo, Jakobson llama la atención sobre el creciente reconocimiento entre biólogos y lingüistas de una organización jerárquica consistente de mensajes genéticos y orales como principio integrador básico (conf.: Zwick 1978). Finalmente, la sensibilidad del contexto de información transmitida así como la co-linealidad de la secuencia temporal en la codificación y decodificación funcional propios del lenguaje oral y «la traducción del mensaje nucleico al ‘lenguaje péptido’.
    Marcel Florkin ha realizado uno de los intentos más ambiciosos por integrar en un marco teórico elaborado, a través de la ciencia natural, una visión de la naturaleza como sistema productor de signos. En su tratado de 1974, ‘Conceptos de biosemiótica molecular y evolución molecular’, Florkin revisa la evolución de la bioquímica molecular y ensambla una nueva perspectiva sincrónica y, en particular, lo que llama la ‘epigénesis molecular diacrónica’, p.e., lo diacrónico (en la filogenia de los organismos) epigénesis sincrónica (limitada a la duración de la vi

  2. pauloarieu
    jul 01, 2009 @ 04:43:28

    La Prueba Científica del Origen del Hombre

    FORMAS INTERMEDIAS
    Una de las creencias fundamentales del evolucionismo es que el hombre evolucionó a partir de otros animales a través del tiempo, gracias al azar y a la selección natural. Algunos insisten en que el evolucionismo no enseña que el hombre evolucionó de los simios sino más bien de los antecesores “semi-simios”. Este argumento es engañosos pues virtualmente cualquiera de los “ascendentes homínidos” conocidos si estuvieran viviendo actualmente serían clasificados como simios. Se define a un “simio” como a un mono que carece de cola. La investigación que se viene llevando a cabo para determinar si el hombre procede del simio siempre comenzó asumiendo que esto ha sido así. No se ha permitido nunca realizar interpretaciones que cuestionen esta suposición “a priori”. Entonces lo único que ha sido buscado en paleoantropología (el estudio de los fósiles humanos y “prehumanos”) han sido las etapas transitorias entre animales semi-simios y el hombre. Sin embargo, las formas transitorias se han mostrado aquí elusivas, no sólo en el caso humano, sino en cualquier otra especie de animal o planta. Los eslabones perdidos permanecen perdidos.
    Uno podría pensar que los paleoantropólogos dispondrían de alguna clase de rasgos estructurales que puedan ser asumidos como comprobantes de que un simio se está transformando en hombre. Puesto que principalmente son los cráneos, y en especial los dientes, podríamos esperar razonablemente que el criterio para juzgar las formas transitorias se encuentre basado en estos. Lo que realmente nos estamos preguntando es ¿qué cosa es un homínido ?. Un homínido se define como un primate que camina erguido y que sea un antepasado “conocido” del hombre, pariente colateral del hombre o hombre verdadero. Obviamente el hombre es el único homínido conocido.
    La prueba señalada más a menudo para mostrar que un simio está en proceso de evolución hacia el hombre es la forma y capacidad craneal. La media para los humanos es de 1.350 cc para una mujer y 1.500 cc para un hombre. El rango en el que se mueven es desde 830 cc. (aborígenes australianos) hasta el cráneo mayor registrado, de unos 2.800 cc. Virtualmente no hay una relación conocida entre la inteligencia y el tamaño del cerebro entre los humanos que se encuentran dentro de este rango. Para comparación, los simios modernos tienen una capacidad cerebral de 500 cc.
    CARACTERISTICAS DIFERENCIADORAS EL CRANEO HUMANO COMPARADO AL DEL SIMIO.
    Protuberancias frontales en forma de pequeñas bóvedas en las cuencas de los ojos y relativamente muy distanciados arcos dentales — parabólicos para el hombre y en forma de U para los simios–, la morfología de los dientes, pequeños incisivos y caninos comparados a los molares, la posición y forma de las mandíbulas, los ángulos de los dientes caninos y el maxilar.
    ¿ Tienen los paleoantropólogos una base consistente para determinar si una criatura semi-símia está cerca del hombre o convirtiéndose en hombre ?. La respuesta es muy simple: NO !. En su libro LUCY, Donald Johanson dijo:
    “Puede parecer ridículo para la ciencia haber estado hablando de humanos, prehumanos y protohumanos durante más de un siglo sin siquiera comprender qué era un humano. Ridículo o no, incluso hoy mismo, no tenemos una definición aceptable de lo que es un humano, no disponemos de un conjunto de especificaciones que capaciten a cualquier antropólogo decir inmediatamente y con confianza lo que es y lo que no es un humano”.
    El distinguido anatomista británico Sir Solly Zuckerman ha señalado exactamente lo mismo en un trabajo titulado “Correlation of Change in the Evolution of Higher Primates” (in EVOLUTION AS A PROCESS, A.C. Hardy, and E.B. Ford, eds., 1954):
    ” Las consideraciones en filogenia no son nada más que deducciones, confeccionadas a la luz de la escala de tiempos geológica… Las deducciones a veces son basadas de forma muy insegura debido a las pruebas inadecuadas”. “La ausencia de un criterio aceptado por el que juzgar la naturaleza homínida, o si no, los rasgos de la línea de separación en los huesos, hace muy difícil la posición entera”.
    Aun así eso no es lo más difícil para afirmar que un cráneo sea humano, el problema viene con la idea de un simio en vías de transformación a hombre. ¿ Exactamente qué debería uno buscar en un simio para probar que está en evolución hacia hombre ?, o viceversa ¿ qué rasgos debería uno buscar en un hombre que indicarán que se encuentra más relacionado a los simios que a los otros hombres ?. Finalmente no debemos pasar por alto el problema del rango de variación que es normal para una especie primate dado el dimorfísmo sexual que a menudo es muy extremo en los primates no humanos.
    Antes que comencemos nuestro análisis del conjunto de personajes que han sido propuestos como antepasados del hombre, deberíamos familiarizarnos con ciertos términos utilizados por paleoantropólogos para denominar a sus pretendidos homínidos. El término “phitecus” significa “simio”, “anthro” significa “hombre”, y “homo” significa “hombre moderno”. Así el nombre “Pithecanthropus” significa literalmente “hombre simio”.
    EQUIVOCACIONES DEL PASADO.
    EL HOMBRE DE PILTDOWN — Eanthropus dawsoni (hombre de Dawn). En 1812, Charles Dawson un doctor en medicina y un paleontólogo aficionado descubrieron una mandíbula y parte de un cráneo en una fosa de gravilla cerca de Piltdown (Inglaterra). El hueso de la mandíbula tenía forma de simio pero mostraba dientes con forma semejante a la humana. El cráneo tenía clara forma humana. Las dos muestras fueron combinadas para formar el “hombre de Dawn”, que fue estimado que tenía 500.000 años de antigüedad.
    La cosa completa resultó ser un elaborado engaño. El cráneo era humano (de hace unos 500 años) mientras que la mandíbula era de un simio moderno cuyos dientes habían sido limados para que asemejaran a los humanos. El engaño que duró más de 50 años, a pesar de la cuidadosa exploración de las mejores autoridades del mundo en la materia, hizo que Sir Solly Zuckerman declarase:
    “Es muy dudoso que haya algo de ciencia en la búsqueda de antepasados fósiles del hombre.”
    EL HOMBRE DE NEBRASKA —-Hesperopithecus haroldcookii—. En 1922, Henry Faifield Osborn, entonces director del American Museum of natural History, recibió un diente que Mr. Cook dijo haber encontrado en los depósitos del Plioceno que se hallan en Nebraska. Osborn aseguraba que ese diente tenía características de hombre y simio, y por tanto supuso que era de un antepasado del hombre. Otros distinguidos científicos apoyaron la tesis de Osborn. Unos dibujos del hombre de Nebraska y de su mujer se publicaron en el Illustrated London Daily News. Este diente se utilizó en el debate “Monkey” en 1925 como una prueba irrefutable de la ascendencia animal del hombre. Como William Jennings Bryan vivía en el estado de Nebraska, Osborn le criticó en la prensa por dudar del hombre de Nebaska:
    “la tierra habla a Bryan desde su propio estado de Nebraska. El diente del Hesperopithecus es como un susurro, como una pequeña voz. Suena, pero no es fácil de oír. Este pequeño diente nos dice volúmenes enteros de verdad, en los que se muestran pruebas de que los hombres descendemos del mono”.
    En 1927 se encontraron otras partes del esqueleto de ese “hombre”, entonces quedó claro que la “pequeña voz del susurro” no era más que el diente de una especie ya extinta de cerdo (peccary).
    RAMAPITHECUS
    Durante mucho tiempo se creyó que este animal representaba la primera rama de la línea de los simios que había evolucionado hacia el hombre –hace 14 millones de años–. En un artículo sobre el Ramapithecus en Scientific American (May 1977) el doctor Elwyn Simons dijo:
    “este primate extinto es el más antiguo homínido o con forma distintivamente humana, miembro del árbol familiar del hombre. El hallazgo de muchas nuevas muestras de él ha clarificado su lugar en la evolución humana”.
    Simons concluyó de manera confidencial que:
    “Ahora puede trazarse sin temor de contradicción la trayectoria de los homínidos generalizados hasta el genero Homo”.
    La importancia crucial del Ramapithecus como un antepasado de los homínidos es evidente en este comentario que hizo Simons en la revista Time (7 Nov. 1977):
    “El Ramapithecus se encuentra estructurado idealmente como un antecedente de los homínidos. Si él no hubiera existido entonces no tendríamos algo como esto”.
    La confianza de Simon en la ascendencia humana u homínida del Ramapithecus es sorprendente en vista del estudio llevado a cabo por el Dr Robert Eckhardt aparecido en Scientific American (226: 94, 1972). Eckhardt había realizado 24 diferentes medidas de los dientes de dos especies de Dryopithecus (un simio fósil) y una especie de Ramaphitecus. Comparó el rango de variación de estas medidas con medidas similares de una población de chimpancés modernos, y encontró que había había una mayor variación en los dientes de de los chimpancés actuales que la que había entre el Dryopithecus y el Ramapithecus. Esto es muy significativo puesto que el Ramapithecus había sido considerado como un homínido temprano principalmente en base a sus dientes. Eckhardt concluyó:
    “No hay una prueba persuasiva para la existencia de alguna especie homínida en el intervalo del Plioceno, a no ser que el término homínido signifique simplemente algún individuo, simio, que casualmente posea unos dientes pequeños y una correspondiente cara pequeña”.
    Richard Leaky (American Scientist 64:174, 1976) está de acuerdo aparentemente con Eckhardt:
    “el caso del Ramapithecus como un homínido no tiene sentido, y los fragmentos de material fósil dejan abiertas muchas cuestiones”.
    ¿ Y que hay del asunto del arco dental del Ramapithecus ?. En 1961, Elwyn Simons publicó un dibujo reproduciendo el arco dental del Ramapitecus basado en un fragmento (YPM 13799), el cual supuestamente mostraba una casi parabólica forma con los dientes caninos posteriores fuertemente divergiendo hacia fuera. Esta reconstrucción ha sido aceptada y reproducida por numerosos autores. Sin embargo, en 1969, Genet-Varcin utilizando el mismo fragmento maxilar mostró que es posible una completamente diferente reconstrucción mostrando el arco dental con forma de U típica de los simios. Es más, hay animales vivientes con características dentales muy similares a las del Ramapithecus. Un babuino de altitud que vive en Etiopía (Theropithecus galada) tiene incisivos y caninos que son muy poco comunes con los que poseen otros simios vivientes, además también posee la cara corta y similar a la humana, al igual que los tipos Ramapithecus y Australopithecus. Claramente los dientes reflejan un hábitat y dieta específicos, y no evolución.
    Algunos investigadores han sugerido que el Ramapithecus no es más que una hembra de Dryopithecus, que todo el mundo está de acuerdo en que fue un simio, otros han apuntado que algunas muestras recientes de Ramapithecus muestran una evidente carencia de caninos pero que esto es a menudo ignorado por los autores que desean enfatizar a toda costa su estatus homínido.
    Se han hecho muchos dibujos de Ramapithecus caminando erguidos, pero Zihlman y Lowenstein han señalado:
    “Se han reconstruido a Ramapithecus andando erguidos, y se ha hecho partiendo únicamente de mandíbulas y dientes. En 1961 estaban desesperados por tener un antepasado humano. El príncipe de los simios se hizo con esa posición por sus dientes, y ha estado colgado en ella desde entonces, su legitimidad santificada por millones de libros de texto y Time-Life volúmenes sobre la evolución humana”.
    El Ramapithecus puede no estar tan bien colgado después de todo, en un reciente ejemplar de Science 82 (April p. 6-7), aparece un articulo titulado “Los Humanos pierden un temprano antecesor” que dice:
    “Un grupo de criaturas que se creían representar nuestros antepasados más remotos pueden haber sido eliminados de un golpe de nuestro árbol familiar humano, de acuerdo al paleontólogo de la universidad de Harvard, David Pilbeam. “Muchos paleontólogos han mantenido que los “ramamorphs” son nuestros más viejos antepasados, evolucionando después de que dimos el salto desde los monos africanos”. “Pero las conclusiones la hemos extraído de poco más que que unos pocos huesos de mandíbula y algunos dientes”. “la pesada mandíbula y los delgados esmaltados dientes se asemejan a los de antepasados tempranos del hombre, dice Pilbeam, pero en aspectos más significativos, tales como la forma de su paladar y el conjunto cerrado de las cuencas oculares que son más altas que anchas, y la forma de la juntura de la mandíbula que parece más a la de un antepasado de orangután”.
    AUSTRALOPITHECINES
    En su libro LUCY, Donal Johanson se refiere al “australopithecines mess” y en realidad como veremos en seguida, no es más que eso, un “mono del sur”, tal como literalmente el nombre Australopithecus indica. Este nombre se le dio cuando los primeros fósiles fueron hallados en las canteras de caliza de Sudafrica (en Taungs). En 1924 un fósil de la cara, mandíbula inferior y un vaciado de carneo de un mono joven fueron encontrados en un cerro junto a los restos de otros animales; todos ellos mostraban marcas de golpes. El fósil se lo enviaron al Dr Raymond Dart, profesor de Anatomía en la universidad Witwatersrand de Johannesburgo.
    Dart estaba convencido que ciertos aspectos del cráneo de Taungs y particularmente los dientes tenían forma humana así concluyó que el fósil representaba una especie intermedia entre los simios y hombres. Inmediatamente se apresuró a dar la noticia a la publicación “Nature”, en un artículo titulado “Australophitecus; el hombre-mono de Sudafrica”. Sus opiniones en esta materia fueron ampliamente despreciados por los científicos de su tiempo quienes consideraban que el fósil era de una clase de chimpancé. El cráneo fue pronto conocido como “Dart”s baby”, sin embargo Dart y Dr Robert Broom, un físico, pasaron el resto de sus vidas intentando ganar aceptación para el Australopithecus.
    Muy poco después del descubrimiento del “niño de Taungs” como se le conoce hoy, Dart y Broom encontraron otros Australophitecus en Kromdraii, Swartkrans y en Makapansgat. Los monos parecían mostrar dos líneas paralelas de desarrollo, una siendo pequeña “grácil” y la otra grande “robusta”. Ha habido mucha controversia respecto a estos dos tipos y algunos investigadores, incluyendo Richard Leakey, han concluido que ellos representan únicamente macho y hembra de la misma especie, mientras que otros dicen que la forma grácil, que se considera más antigua, evolucionó hacia la forma robusta. Hoy estos animales son conocidos como el Australopithecus Africanus y el Australopithecus Robustus respectivamente. Este último es claramente más pesado, tiene mandíbulas más masivas y una pronunciada cresta sagital –todos estos aspectos son típicos del dimorfismo sexual en los simios machos. El australopithecines normalmente ha sido hallado en asociación con otros animales tales como babuinos, y estos a menudo muestran evidencias de golpes en los cráneos. También fueron halladas herramientas de hueso en forma de porras, cuchillos y pequeñas hachas, así como evidencias de fuego. Podria ser muy atractivo asumir que los Australopithecines habían sido los cazadores y carniceros, sin embargo algunos de sus cráneos tenían evidencias de haber sido reventados también. ¿ Fueron entonces ellos los cazadores o los cazados ?. Un periodista americano se encontró en una ocasión con Dart quien le convenció que los Australopithecines se cazaban unos a los otros. El periodista, Robert Andrey escribió un libro, AFRICAN GENESIS, que popularizó la visión del “mono cazador”.
    En 1959, Mary Leaky descubrió un cráneo malamente fragmentado (100 piezas) en Olduvai Gorge en el Este de Africa. Cuando se lo mostró a su marido Lewis, está escrito que dijo “Pero qué, si no es más que un maldito Australopithecine”. Louis rapidamente rectificó de su rechazo inicial cuando encontró en el mismo estrato una gran variedad de herramientas así como huesos fosilizados de animales. Los huesos de muchos de estos animales revelaban que habían sido mordidos y rotos deliberadamente para extraer su interior. Leakey en base a estas pruebas decidió que su fósil había sido el artífice de ls herramientas y el carnívoro, de esta manera lo llamó “Homo Habilis”. La mayoría de los demás investigadores no se sentían cómodos con la idea de que tal extremadamente primitiva bestia fuera un constructor de herramientas. Al igual que el Australopithecus Robustus, el “Homo Habilis” de Leakey tenía unos enormes e inhumanos molares, un cerebro muy pequeño y una gran cresta sagital ósea en la cúspide del cráneo. Más tarde, Leacky pensó mejor toda la idea del “Homo Habilis” como constructor de herramientas y le degradó en la clasificación a la categoría de Zinjanthopus, que significa “hombre de Africa del Este”. A pesar de que Mary Leacky fue la descubridora del Zinjanthopus, o “Zinj” como ella le solía llamar, lo que le hizo famosa a Louis Leakey fue la publicidad obtenida a través de las publicaciones y reportajes de la National Geographic Society. Precisamente fue esta sociedad la que financió todo el trabajo de Leaky. Toda esa publicidad de Leakey y “Zinj”, convirtieron nuevamente a la Paleoantropología en popular y respetable, después de un largo periodo de descrédito que siguió al engaño de Piltdown. Hoy, el Zijanthropus es considerado por todo el mundo otro Australopithecus Robustus, exactamente como Lewis Leaky había exclamado la primera vez que lo vio.
    Hay muchos que consideran a los Australopithecus como homínidos porque creen que fueron bípedos y así con forma de andar erguida. Dart y Broom, por ejemplo, no habían tenido ningún problema en determinar que sus Australopithecus fueron homínidos que andaban erguidos, sin embargo ellos no poseían ningún fósil postcraneal !. Hasta la década de 1970, la postura bípeda erguida estaba basada en la posición del “foramen magnum” y hallazgos muy fragmentados de pelvis, costillas y huesos del pie. Entonces Richar Leakey encontró varios restos más casi completos que arrojaron una considerable duda a la idea de la postura erguida. En Science News de 1971 (100:357) Leakey comentó lo siguiente:
    “Los Australopithecines tenían brazos largos, piernas cortas y se apoyaban en los nudillos, de forma similar a los monos de Africa”.
    Quizás nadie ha estudiado tan intensamente al Australopithecus como Sir Solly Zuckerman, y sin embargo el rechaza la idea que sea clasificado como un homínido en lugar de como un simio (en EVOLUTION AS A PROCESS, 1954):
    “En realidad, no hay ninguna duda sobre lo que se parece el cráneo Australopithecino cuando lo situamos frente con frente con una muestra de cráneo humano y otra de cráneo de simio. Se asemeja tanto al del simio, que únicamente un detallado escrutinio puede revelar alguna pequeña diferencia entre ellos”.
    Y con respecto a su supuesta postura bípeda, Zuckerman dice:
    “En una palabra, la prueba para una postura erguida, tal como derivada del estudio de pequeños restos de huesos, parece cualquier cosa, pero no una prueba cierta”.
    Además de esto, el anatomista Dr. Charles Oxnard de la Universidada de Chicago asegura:
    “ahora hay disponibles estudios multivariados de varias regiones, hombros, pelvis, tobillo, pie, codo y mano para el Australopithecus, todos estos sugieren que la visión común de que estos fósiles tengan algo de similar al hombre moderno es muy incorrecta. La mayoría de los fragmentos fósiles en realidad son completamente diferentes tanto al hombre como a los genéticamente relacionados, el chimpancé y el gorila”. (Nature 258:389).
    Ninguno de los investigadores, que han pasado gran parte de su carrera profesional estudiando los Australopithecines, creen ahora que ellos fueran bípedos y andaran erguidos. La mayor parte de evolucionistas consideran al Australopithecus Africanus y al Robustus como muertos para el asunto de la evolución. Aquí incluso podríamos haber omitido enteramente toda esta historia del Australopithecus si no fuera por una historia de amor sobre un Australopithecine llamado “Lucy”.
    AUSTRALOPITHECUS AFARENSIS
    En 1974 mientras estaban buscando huesos de antepasados humanos tempranos en Hadar, un desierto al nordeste de Etiopía, el paleoantropólogo Donal Johanson y el geólogo francés Maurice Taieb, descubrieron un esqueleto casi medio-completo que ellos estimaron tenía 3 millones de años de antigüedad. A este espécimen de una hembra diminuta lo llamaron “Lucy” debido a la canción “Lucy in the Sky With Diamonds”. Un año más tarde, fueron hallados porciones de 13 fosilizados animales similares. Sin embargo, la mandíbula de Lucy en forma de V era muy diferente de la de los otros y se decidió llamar a este fósil “Australopithicines” . Con respecto a los cráneos , la mayoría era marcadamente más similar al de los simios que los de los propios Australopithecus africanus o robustus, de esta manera decidieron llamarlos Australopithecus Aferensis. Johanson también decidió incluir algunos Australopithicines descubiertos por Mary Leaky a más de 1000 millas de Laetoli dentro de la misma especie. Mary Leaky puso objeciones a esta decisión diciendo que el trabajo de Johanson “no era muy científico”, a lo que Johanson respondió que Mary Leaky “realmente muestra una apreciación muy pobre de todo lo que es la evolución”.
    Lucy tiene una altura de unos 3,5 pies (1,25 m) y tiene una cavidad cerebral extremadamente pequeña incluso para simios estándar. En su libro LUCY, THE BEGINNINGS OF HUMAN KIND, Johanson dijo:
    “con LUCY yo no tengo ningún problema. Ella era tan extraña que no merece la pena cuestionar si era un ser humano. Simplemente no lo era. Era tan pequeña, con un cerebro tan pequeño, con una mandíbula en forma incorrecta. Sus dientes se apartaban de la condición humana y tenían la forma de la de los simios, y las mandíbulas tenían algo de estos aspectos primitivos”.
    Sin embargo, basándose en la juntura de los huesos de la pelvis y de la rodilla, Johanson creía que Lucy caminaba a la manera bípeda erguida. Así creía que Lucy representa un antepasado tanto del hombre como del Australopithecus africanus. Lo que raramente se menciona es que en realidad la juntura de la rodilla se había encontrado a más de una milla de distancia del esqueleto y en un estrato 2oo pies más abajo !.
    Nota al lector: “A menudo, la juntura de la rodilla (1973) se menciona en el mismo contexto que el esqueleto de Lucy. Esta juntura de la rodilla, sin embargo, se encontró a más de una milla y en un estrato inferior en 200 pies al del esqueleto de Lucy (1974) — un punto que no siempre se ha dejado claro por aquellos que discuten la prueba del bipedalismo del Australopithecus afarensis en general, o de Lucy en particular. Johanson nunca ha asegurado que la rodilla de 1973 pertenezca a Lucy, pero está convencido que esa rodilla pertenece a la misma especie que Lucy (Australopithecus afarensis) por su “similitud anatómica”.
    Como ya hemos visto, Johanson es muy propenso a incorporar fósiles de otras personas en su clasificación. No sólo incorporó los fósiles de Mary Leaky como Australopithecus afarensis, en contra de sus opiniones, sino que también clamó que el Australopithecus afarensis fue el autor de las huellas que ella había descubierto en los estratos de ceniza volcánica en Laetoli. Mary Leaky había descubierto un rastro de varios metros de huellas consistente en 20 pisadas de un individuo del tamaño y forma de un humano moderno de 10 años, y 27 pisadas de una persona más pequeña. El paleoantropólogo Timothy White que en ese tiempo estaba trabajando con Leakey dijo:
    “No hay confusión posible sobre esto, éstas son como huellas humanas modernas. Si uno estuviera en una playa actual de California, y se preguntara a un chico de cuatro años sobre lo que era eso, él contestaría inmediatamente que alguien ha andado por allí. No podría distinguir entre esas y las cientos de otras huellas de la playa, ni ustedes tampoco podrían hacerlo. La morfología externa es la misma. Está presente un bien formado talón moderno con un fuerte arco y delante una buena protuberancia del pie. El dedo gordo está dirigido linealmente. No se arquea hacia afuera como los de los simios” (Lucy p. 250, Johanson & Edey)
    Louis Robins de la Universidad de Carolina tras analizar las huellas de las pisadas dijo:
    “el arco está elevado, el individuo más pequeño tenía un arco más elevado que el que tengo yo — los dedos tocan el suelo como lo hacen los de los humanos. Esto no lo puedes ver en otras formas animales”. (Science News 115:196-197, 1979).
    En una conferencia en St Louis, Mary Leaky apuntó un fundamental aspecto de esas pisadas que corrientemente uno no ve mencionado en la literatura; todas las pisadas de los pies grandes tenían una huella de pie pequeña sobrepuesta sobre ellas ! Mary Leaky misma reconoció que esto parecía como si un niño estuviera intencionadamente alargando su zancada para alcanzar los pasos de las huellas de los pies mayores !. No es necesario enfatizar que ésta es una conducta más sofisticada que lo que uno puede esperar de los simios. Además había miles de trazas de una amplia variedad de animales que son similares a los que están hoy viviendo en ese mismo área, incluyendo antílopes, liebres, jirafas, rinocerontes, hienas, caballos, cerdos y dos clases de elefantes. Incluso allí mismo se hallaron varios huevos de pájaros la mayoría de los cuales se puede relacionar con huevos de especies actuales.
    Mary Leaky asume que las pisadas las hicieron homínidos pero no “Homo Sapiens” porque el estrato en que fueron encontradas las huellas tiene una antigüedad estimada en 3,5 millones de años. Casualmente esa es la hoy presunta edad del A. aferensis, y así es que Johanson insiste en que esas huellas simplemente las podrían haber dejado sus A. aferensis:
    “las huellas de pisadas serían de A. aferensis. Lo cual sustenta nuestra idea que el bipedísmo comenzó muy temprano, y nuestra disputa en que el cerebro era demasiado pequeño como para manejar herramientas”.
    Mary Leaky no está de acuerdo con Johanson en que el A. aferensis haya producido esas huellas. Pero Mary Leaky no es la única que le cuestiona. En un articulo aparecido en Science News 122:116 con el titulo “¿ Fue Lucy un trepador ?” dos grupos de científicos trabajando independientemente defienden la tesis de que Lucy había abandonado completamente los árboles y andaba completamente erguida sobre el suelo. El antropólogo Russel Tuttle de la Universidad de Chicago dijo que las pisadas de Laetoli que Leaky descubrió en Tanzania fueron hechas por otra especie humana de hombre-mono que coexistió con el A. aferensis hace alrededor de 3,7 millones de años, el cual era un hominido desconocido que representaba el antepasado directo del hombre. Después de un cuidadoso examen de las huellas de Laetoli y de los huesos del A. afarensis de Hadar, Russel concluyó que “el pie de Hadar tiene la forma del de un simio, con dedos curvados” mientras que las huellas de los pies dejados en Laetoli son “virtualmente humanos”.
    Susman y Stern de la Univesity of New York de Stony Brook, han concluido que el A. afarensis así como era capaz de andar erguído pasaba considerable tiempo en los árboles. Esta conclusión la basan en el examen de los huesos del pie, mano y escápula de Lucy, que según ellos muestra “una inconfundibles marcas de trepar”. También creen que las proporciones de las extremidades de Lucy no permiten una forma de caminar erguida.
    Finalmente, para hacer el asunto más confuso aún, algunos antropólogos claman que el A. afarensis es realmente el mismo animal que el A. africanus. En una conferencia en la Universidad de Washington en St Louis(Mayo, 1984), el antropólogo de Harvard Dr. David Pilbean mantuvo que el A. aferensis era virtualmente indistinguible del A. africanus. Por otra parte, Pilbeam dijo que el creía que el A. africanus era directamente antepasado del hombre pero reconoció que en el registro fósil de los homínidos, un organismo “podía ser sustituido por otro”.
    HOMO HABILIS
    Como ya hemos indicado, la taxonomia del Homo Habilis tuvo su nacimiento ilegítimo con el Zinjanthropus que Louis Leaky consideró ser el “hombre hábil” responsable de las herramientas de piedra que había encontrado enterradas. Tras la degradación de Zinj a la simple categoría de Australopithecine, Louis Leaky y sus colaboradores registraron cuatro nuevas muestras fósiles encontradas en 1964 en Olduvai Gorge. Según ellos estos fósiles mostraban cráneos más grandes que el australopithechines y por tanto merecían pasar a ser clasificados como Homo Habilis. Todos ellos eran cráneos y mandibulas fuertemente machacados. En su libro LUCY, Johanson dijo:
    “siempre con la obsesión de encontrar fósiles humanos, él (Leakey) insistió en que estos pertenecían al genero Homo y que deberían ser denominados así”.
    La medida de la capacidad craneal de estos fragmentos fósiles era muy difícil si no imposible, pero se sacó la conclusión que su promedio era nada menos que de 642 cc., es decir, 200 cc. mayores que los del australopithecines y que ello era suficiente para convertirlos en humanos. También hicieron notar que sus Homo habilis tenían molares y pre-molares con similar forma que la de los humanos. Pero sin embargo, no todo el mundo era igualmente entusiasta hacia estos nuevos candidatos a ocupar el puesto de “hombres hábiles”. Wilfred LeGros Clark dijo:
    “El Homo habilis ha recibido una buena cantidad de publicidad desde su súbita aparición, si consideramos el escaso material que se ha publicado, uno debería esperar que desaparecerá tan rápidamente como el llegó” (LUCY).
    C. Loring Brace parece estar de acuerdo con esta valoración:
    “El Homo Habilis es un grupo taxonómico vacío que se ha propuesto inadecuadamente y que debería formalmente desaparecer”.
    Nuevos soplos de vida le llegaron al Homo Habilis gracias al hijo de Louis Leakey, Richard, que trabajó en el área de Lago Rudolf en Kenia. Richard solicitó y consiguió ayuda financiera a la National Geographic Society con el propósito de encontrar antepasados humanos. Leakey halló numerosas herramientas de piedra y 40 muestras de Australopithecus. Poco después, en 1972 hizo un descubrimiento que hizo tambalear los fundamentos de la paleoantropología, porque encontró al constructor de herramientas, aquel al que su anciano padre había estado buscando en vano. Halló varios fragmentos óseos fosilizados de cráneo que su mujer Meave cuidadosamente ensambló para lograr un casi completo cráneo, excepto la mandíbula inferior. A este cráneo le dieron el nombre poco imaginativo de KNMER 1470 por haber sido registrado en el Kenya National Museum de East Rudolf.
    La capacidad craneal del 1470 fue difícil de estimar debido a las condiciones de la muestra pero se calculó que serían unos 800 cc. (más tarde se dejaron en 750 cc.), mucho mayor que el de la mayoría de los hombre-monos. Tenía únicamente pequeñas protuberancias en las cejas, sin cresta y con abombamiento craneal típico de los humanos. En realidad, este parecía ser un cráneo humano. El profesor A. Cave, un anatomista que fue el primero en demostrar que el hombre de Neanderthal fue un Homo Sapiens, examinó en Londres a KNMER 1470 y concluyó que: “hasta lo que yo puedo ver, este cráneo es típicamente humano”. Además de esto, Leaky encontró dos fémures completos, una parte de un tercer fémur y partes de una tibia y fíbula, todo ello cerca del cráneo, que según dijo: “no puedo realmente distinguir del Homo sapiens”.
    LA DATACION “ABSOLUTA” DE KNMER 1470.
    ¿ Qué edad tiene KNMER 1470 ?. En julio de 1969 fueron enviadas a Cambridge muestras del material KBS de justo encima del estrato en que se había encontrado a 1470 para la datación mediante argón-potasio. Tres dataciones dieron una edad media de entre 220 y 7 millones de años !. Esto se consideró inaceptable para este estrato dado su contenido fósil y así el “argón extraño” fue rechazado. En las muestras de descalcificación se hicieron tests que dieron fechas de entre 2,37 y 3,02 millones de años que fueron consideradas “alentadoras”. Posteriores tests fueron haciéndose, y finalmente se le asignó una edad de 2,61 millones de años que era “la estimación mejor y más aceptable” (Fitch & Miller, 1970, Nature 226:226-228).
    Puesto que KNMER 1470 procedía de la capa de material KBS, finalmente se decidió que tenía 2,9 millones de años. Un cráneo esencialmente humano de 2,9 millones de años ! . En la revista del National Geographic de junio de 1973, Richard Leacky dijo:
    “O bien rechazamos este cráneo, o bien rechazamos todas nuestras teorías del hombre antiguo”. “El cráneo simplemente no concuerda con los modelos previos de los comienzos humanos”. “1470 arruina la noción de que todos los antiguos fósiles pueden ser colocados en una secuencia ordenada de cambios evolutivos”.
    El problema era que 1470 fue claramente contemporáneo con el Australopithecus, si no más antiguo, y aún parecía un hombre mucho más moderno !. Esto desmontaba la creencia de los Australopithecines como los antecesores del hombre. Increíblemente, cuando Richard Leaky habló en el Webster College de St Louis, en febrero de 1984, el no mencionó casi nada de 1470 e insistió en que la única razón para que 1470 tuviera tanta publicidad de los medios informativos era que “el mundo era plano en 1972″, aparentemente sugiriendo que no había otras noticias más interesantes en el mundo de aquel tiempo !. Uno está tentado a concluir que 1470 simplemente demostró que era demasiado difícil de tratar y se le barrió debajo de la alfombra.
    La aparición en forma humana de 1470 acompañado de su edad de 2,9 millones de años fue un gran problema para Johanson que consideraba a su A. afarensis como la única conexión entre los simios y el hombre. Con una muchisima más forma humana del 1470 y siendo contemporáneo del afarensis, o incluso más antiguo, ahora era improbable que sus fósiles fueran antepasados humanos. Así que Johanson decidió que había que volver a datar al 1470. Lucy misma había sido datada por varios métodos radiométricos y sus resultados variaban desde 2,5 a 3,7 millones de años, de donde se había elegido la cantidad de 2,9 como su “edad absoluta”. Johanson pidió ayuda a Basil Cooke que clama haber confecionado una secuencia detallada del linage fósil de los cerdos que según él es consistente en una amplia area geográfica. Este increíble esquema está basado en la suposición de la existencia de un constante ratio de crecimiento del tercer molar de ciertos cerdos fósiles encontrados en el sur de Etiopía. Este “índice de los cerdos” se utilizó para volver a datar al 1470 de Leaky, y se obtuvo un resultado inferior a los 2 millones de años, lo cual lo colocaba en el lugar humano deseado. Para hacer las cosas más confortables para Lucy, Johanson decidió volverla a datar en un esfuerzo para conseguir hacerla un poco más vieja. En su libro LUCY, Johanson dijo:
    “Esto significaba volver a Basil Cooke y sus secuencias de los cerdos. Esta había ya enderezado el puzzle de la datación de Lago Turkana y había empujado al cráneo de Homo habilis 1470 de Richard Leakey desde los 2,9 a los menos de 2,0 millones de años. Quizás también podría hacerlo con Lucy, pero en este caso estirando su edad, no encogiéndola.”
    No es necesario decir, que Cooke cumplió aquellas expectativas y dijo que la secuencia de cerdos mostraba:
    “una edad de 3,0 – 3,4 mega-años. se ajustarían mejor a la edad de Lucy que los 2,9 mega-años. estimados anteriormente”. (p. 206-207)
    Así es mucha de la objetividad científica en la paleoantropología y las técnicas radiométricas de datación “absoluta”. Para convertir todo este asunto en más confuso aún, Garnis Curtis en Berkeley ha utilizado argón-potasio para datar el material KBS con lo que obtuvo incluso fechas más recientes que la de los cerdos. Su primer serie de pruebas mostraban una edad de 1,8 mega-años, mientras que la segunda serie mostró 1,6 mega-años, Y para añadir caos a la confusión, recientes estudios de rastros de circonio del material de KBS indican para este estrato una edad de 3 mega-años !.
    Aproximadamente 8 de 10 muestras se descartan para la datación radiométrica en los laboratorios debido a que se encuentran fuera del rango de la edad que “debieran tener” en una fuente dada en la columna geológica. En su libro POTASSIUM ARGON DATING, PRINCIPLES, TECHNIQUES AND APPLICATIONS TO GEOCHRONOLOGY, Dalrymple y Lanphere describen el proceso completo de la datación radiometrica:
    “Si la edad argón-potasio de un grupo de rocas concuerda con la secuencia estratigráfica determinada en la base de relaciones físicas de evidencias fósiles, entonces hay una buena probabilidad que las edades radiometricas sean reales …” (pag 197)
    Una cosa está aquí clara, cuando los datos radiométricos aparecen en desacuerdo con la edad asignada por los fósiles basados en las suposiciones del evolucionismo, la supuesta edad evolutiva siempre tiene precedencia sobre las fechas radiométricas “absolutas”. Y todavía, los evolucionistas continúan insistiendo en que sus métodos de datación son tan precisos y reales que las fechas siempre salen las mismas cuando se utilizan varios diferentes métodos de datación sobre una misma muestra.
    HOMO ERECTUS
    La historia del Homo erectus es indudablemente la más débil conexión del escenario evolutivo. Todo ello comenzó poco después de la publicación del ORIGIN OF SPECIES de Darwin, con un médico holandés de nombre Eugene Dubois, que ardía en deseos de encontrar el “eslabón perdido” entre los simios y el hombre. Dubois había sido un alumno de Ernst Haeckel en la Universidad de Jena. Haeckel es bien conocido por su “ley biogenética” que mantiene que cada embrión durante su desarrollo pasa secuencialmente a través de las etapas evolutivas de sus antepasados. Hoy es bien conocido que Haeckel falsificó deliberadamente los datos que utilizó para soportar esa tesis sin sentido. Jane Oppenheimer en su libro ESSAYS IN THE HISTORY OF EMBRYOLOGY AND BIOLOGY (p.50) dijo:
    “el trabajo de Haeckel fué la culminación de los extremos de la exageración que siguieron a Darwin”. “Las doctrinas de Haeckel fueron aceptadas ciegamente y sin ninguna crítica”.
    Haeckel había inventado un simiesco hombre llamado Pithecanthropus alalus (hombre mono sin habla) y sugirió que se le podría encontrar en algún lugar del sur de Asia o Africa. Haeckel incluso encargó una pintura de su hombre-mono que apareció con su mujer y su hijo.
    Dubois estaba convencido que podía encontrar al Pithecantropus en Sumatra, y como le falló su intento de conseguir financiación económica del gobierno holandés para su búsqueda se enroló como cirujano en la Armada Real Holandesa con el objetivo de ser destinado a Sumatra. Cuando se encontraba allí, oyó decir que se había encontrado un cráneo fósil en la cercana isla de Java. Dubois consiguió hacerse con ese cráneo y además encontró otro en el mismo lugar, pero desafortunadamente estos cráneos fosilizados parecían hombres demasiado modernos para ser de interés en la búsqueda de un hombre-mono. En setiembre de 1891 descubrió un gran diente molar en una cueva en los bancos del río Silver. El siguiente mes descubrió otro diente molar. Un mes más tarde halló la parte superior de un cráneo de simio. Al año siguiente halló un fémur humano a 46 pies de distancia de donde encontró el trozo de cráneo. A pesar de que al principio Dubois consideró al trozo de cráneo como perteneciente a un chimpancé, tras la correspondencia con Ernst Haeckel, cambió de opinión y declaró que su colección de trozo de cráneo, fémur y dos molares pertenecían a una misma criatura que describió como “admirablemente parecido al prototipo del eslabón perdido”.
    Aquél eslabón perdido llegó justa a tiempo, cuando la teoría de Darwin estaba bajo el fuego de la crítica debido a la ausencia de formas transitorias entre las clases de animales mayores y especialmente entre el simio y el hombre. Juntando un cráneo de simio con un fémur esencialmente de hombre moderno, e insistiendo que su conglomerado representaba un espécimen, Dubois logró crear un “hombre-mono” al que llamó Pithecanthropus erectus (hombre-mono erguído). Originalmente aseguró que el estrato en el que estaba trabajado era del plioceno (1 mega-año) pero tras encontrar su “hombre-mono” decidió que realmente era terciario (10 mega-años). Evidentemente esto sucedía antes de la existencia de los métodos de datación “absoluta”.
    Cuando Dubois exhibió su Pithecanthropus en Berlín, el distinguido anatomista Rudolph Virchow rehusó incluso presidir el encuentro. Virchow señaló las características típicamente de simio en el cráneo y además comentó que “el hueso del muslo no tiene la más ligera conexión con el cráneo”. Pero nada de ello, hizo disminuir el interés del público por el Pithecanthropus y numerosas e imaginativos dibujos artísticos de este “antepasado” del hombre se publicaron para el beneficio de los laicos. G. K. Chesterton comentó:
    “La gente hablaba del Pithecanthropus como de Pitt o Fox o Napoleón. Los reportajes populares publicaban retratos de ello como si fueran retratos de Charles I o George IV. Un dibujo detallado fue reproducido cuidadosamente mostrando hasta el último pelo de su cabeza. Ninguna persona desinformada, mirando ese cuidadoso retrato podría imaginar por un momento, que era el retrato de un pequeño hueso de un cráneo, unos pocos dientes y un fémur”.
    Cuando a Dubois le empezaron a incrementar los ataques él comenzó a mantener en secreto todo lo relativo a sus hallazgos fósiles. Se llevó fuera sus fósiles e incluso llegó a esconder alguno bajo el suelo de su comedor. No fue hasta 40 años más tarde cuando reveló el paradero de otros dos cráneos fosilizados humanos que había encontrado en el mismo estrato que el Pithecanthropus. Unos años después, ántes de su muerte en 1940, Dubois mismo admitió que en su opinión el cráneo de Pithecanthropus era en realidad de un mono gibón grande. Su reconocimiento, sin embargo, no fue aceptado por los evolucionistas y en esta fecha el Pithecanthropus todavía es considerado el “Homo erectus”.
    El otro fósil en el grupo del Homo erectus es incluso más enigmático –el hombre de Pekin–. En 1929, una casi completa parte superior de un cráneo se encontró en una cueva inundada de lodo en Choukoutien, cerca de Pekin. Este cráneo era muy similar al hombre de Java. La cueva fué continuamente excavada hasta el comienzo de la segunda guerra mundial, y fueron encontrados fragmentos de 14 cráneos, 12 mandíbulas inferiores y 147 dientes. Varios esqueletos de hombres modernos se encontraron en un nivel más alto. Una vez más los fragmentos de huesos de varios lugares fueron juntados para formar un cráneo completo. La mandíbula inferior, por ejemplo, procedía de un nivel 85 pies más alto que el resto de huesos de la cara. Luego se contrató a un escultor para modelar con facciones de mujer al personaje, el resultado fue llamado “Nellie”, un personaje que aparece en muchos libros de texto. Desafortunadamente el cráneo se perdió durante la ocupación japonesa de China en la segunda guerra mundial.
    Una vez más como en muchas de las otros presuntos hallazgos de homínidos fósiles, fueron hallados numerosas herramientas y evidencias de carnicería y fuego. Científicos chinos han investigado intensamente Choukoutien, y han encontrado más de mil fragmentos de herramientas de piedra, cráneos fragmentados de más de 100 animales, así como fragmentos de cráneos de 6 Homo erectus. Los cráneos muestras signos claros de haber sido rotos. Los científicos chinos asumen que el Homo erectus hizo las herramientas y fuegos debido a que no tienen confianza de que existieran Homo sapiens entre 500.000 y 1.000.000 de años !.
    Otra vez más, Richar Leaky y sus colaboradores han añadido un capítulo de confusión a la historia. En julio de 1984, un esqueleto fosilizado casi completo de un chico de 12 años, obviamente humano, se descubrió en Lago Turkana en Kenia. El esqueleto de este muchacho era como el de un humano moderno en todo excepto en algunos pequeños detalles del cráneo, tenía una frente baja y unas unas protuberancias ciliares notables, algo que tampoco es extraño en algunas razas humanas actuales. Richard Leacky dijo que este muchacho pasaría inadvertido entre una muchedumbre de hoy día. Como este esqueleto humano se encontró en un estrato “datado” en 1,6 mega-años, se le clasificó de acuerdo sólo con el dato de la edad y se le consideró como otro representante de ese enigmático grupo de Homo erectus !.
    EL HOMBRE DE NEANDERTHAL
    A pesar de que el hombre de Neanderthal es el último que analizaamos aquí, éste fué el primer “hombre-mono” que se ha descubierto. Ya hemos visto cómo los paleoantropólogos han intentado convertir a monos en hombres, ahora veremos cómo también intentaron convertir a hombres en monos. La historia comenzó en el valle Neander de Alemania, cuando un maestro de escuela descubrió en 1856 una base de cráneo, dos fémures, dos humeros y otros fragmentos de huesos. Una descripción anatómica cuidadosa llevada a cabo por el profesor Schaafhaunsen determinó que se trataban de restos humanos normales. Dos años más tarde se encontraron unos cráneos similares en Belgica. Y sucesivamente se fueron hallando porciones de esqueletos tipo Neanderthal en China, norte y centro de Africa, región checoslovaca, Hungría, Grecia y el noroeste de Europa. Al principio no se dio mucha importancia a estos hallazgos, pero con la publicación del ORIGEN OF SPECIES de Charles Darwin, la búsqueda de antepasados simiescos del hombre estaba abierta. Los darwinistas estuvieron clamando que el hombre de Neanderthal era un hombre con forma de simio, mientras que muchos críticos de la tesis de Darwin, como Virchow, argumentaban que estos individuos eran completamente humanos pero que algo les había hecho sufrir de raquitismo o artritis. Esta raza de hombres se caracterizaba por arcos ciliares prominentes, frente baja, cráneo estrecho y alargado, mandíbula inferior sobresaliente con mentón corto. También tenían un torso profundo con unos huesos de las piernas muy pesados y curvados con amplias junturas.
    En 1908 se encontraron varios esqueletos de Neanderthal en el pueblo de LeMoustier y en La Chapelle-aux-Saints. Todos ellos fueron estudiados por el profesor Boule del Instituto de Paleontología Humana de Paris. Boule dijo que el grupo de Neanderthal era un tipo inferior mucho más cercano a los monos que a cualquier otro grupo humano. Boule también pensaba que los Neanderthal eran intelectualmente muy primitivos, y dedujo de ciertas vértebras cervicales que tenían la postura encorvada típica de los monos, además sugirió que sus pies eran de “tipo garra” como los de los gorilas y chimpancés. Finalmente concluyó que el Neanderthal no podía andar erguido y que andaban de manera torpe. La visión de Boles fue la que prevaleció y fue ampliada por muchos otros evolucionistas hasta la mitad de los años 1950.
    Un embarazoso hecho sobre el hombre de Neanderthal era que su capacidad cerebral superaba a la del hombre moderno (1600 cc para La Chapelle-aux-Saints). Boule y otros o ignoraron esto o despreciaron la significación de los 200 cc extra. Uno se pregunta si se habría ignorado esto en el caso de que el cerebro del Neanderthal hubiera sido 200 cc. inferior al del hombre moderno…
    En 1957 los anatomistas Strauss y Cave examinaron La Chapelle-Aux-Saints y determinaron que el individuo en cuestión sufría de artritis severa, que afectaba a sus vértebras y encorvaba su postura. La mandíbula también se había visto afectada. El dedo gordo del pie definitivamente no era prensil como Boule clamaba, y la pelvis no era de forma de la de simio. En sus conclusiones comentaron:
    “si él pudiera ser reencarnado y colocado en un calle de New York, adecuadamente bañado, afeitado y vestido con ropa moderna, es muy dudoso que atrajese la atención más que algunos de los otros moradores de la ciudad”.
    Hoy día el hombre de Neanderthal está clasificado como Homo sapiens. Pero incluso en el presente ha habido una gran reticencia para permitir al hombre de Neanderthal ser completamente humano. En la revista Smithsonian publicada en 1975, por ejemplo:
    “Por un instante pareció que el hombre de Neanderthal había sido rehabilitado, y se había deslizado hacia la rama principal de la evolución humana, pero la situación aún está candente”.
    En una conferencia en la Universidad de Washington en mayo de 1984, pareció arrepentirse de que se hubiera clasificado al hombre de Neanderthal como Homo Sapiens e insistió en que este “hombre” era demasiado primitivo para que se le clasificara así. Olvidandose en esto la irresistible prueba que disponemos de la en cierto modo sofisticada cultura del hombre de Neanderthal. Sabemos que enterraba a sus muertos, que hizo una variedad de herramientas de piedra, que trabajó las pieles y la lana, y hay evidencias que indican que desarrolló una forma de farmacia, odontología y cirugía.
    En un artículo en Science (Octubre 1981) fue admitido que el estatus humano del Neanderthal había sido durante mucho tiempo calumniado. El artículo trataba de un escultor, Jay Matterens que se especializó en encarnar cráneos para pruebas forenses. Con la ayuda de anatomístas, Matterens, había recubierto de “carne” el cráneo de un hombre de Neanderthal y su resultado obviamente humano había escandalizado a los evolucionistas. Matterens admitió que tuvo que luchar contra sus convicciones a la hora de dibujar lo que las medidas indicaban. El artículo acababa con la conclusión de que:
    “en la perspectiva de muchos paleoantropólogos, la historia de la evolución humana ha sido fantaseada para adecuarse a necesidades distintas al rigor científico”.
    CONCLUSION
    Parece no existir un fin a la especulación sobre los antepasados bestiales del hombre, y parece que todo el cuidado científico ha sido arrojar estas especulaciones al viento. En 1976 por ejemplo, Dr. Geoffry Bourne, Director del Yerkes Regional Primate Research Center en Emory University declaró que los simios y los simios son en realidad los descendientes del hombre !. El Dr. Bourne basó su opinión en que los fósiles del hombre son anteriores a sus supuestos simiescos ascendientes (Australopithecus y Homo erectus) y que el feto humano guarda cierto parecido al del simio.
    En su libro BEYOND THE IVORY TOWER (1970) el anatomista Sir Solly Zuckerman hizo un “ranking” de los varios campos de la ciencia en orden decreciente a su validez científica. Su orden fue: física, química, biología, ciencia social:
    “Nos movemos en sentido contrario al de registrar la verdad objetiva en aquellos campos de la presunta ciencia biológica, como la ESP o la interpretación de la historia de los fósiles del hombre, donde es posible tener una completa fe a cualquier cosa, y donde el creyente ardiente a veces es capaz de creer varias cosas contradictorias al mismo tiempo”.
    Dr. David Pilbeam un antropólogo de Harvard parece haber llegado a unas conclusiones similares. En una revisión del libro de Richard Leakey ORIGINS en American Scientist (66:379 May June 1978) dijo que era “un ejemplo claro de nuestro corriente consensuada vista de la evolución humana es la curiosa forma de hacer las dataciones”. Y concluyó con los siguientes pensamientos:
    “Mis reservas no son tanto con respecto a este libro como al asunto entero de la metodología de la paleoantropología. Pese a que la revisión de un libro no es el lugar más adecuado para explicar que quizás generaciones de estudiantes de evolución humana, incluyéndome a mí mismo, han sido empujadas hacia la oscuridad: que nuestra base de datos es demasiado escasa, demasiado escurridiza, para permitirnos moldear nuestras teorías. Más bien las teorías son meros disertaciones sobre nuestra ideología que sobre el pasado. La paleoantropología revela más acerca de cómo los humanos se ven a sí mismos que acerca de cómo los humanos vinimos aquí. Pero esto es herejía”.
    A pesar de toda esta debilidad y a menudo carácter acientífico, la evolución humana continuará indudablemente siendo el cuento más popular en toda la leyenda de la evolución de las especies. Cuando Richard Leaky habló sobre evolución humana en el Webster College de St. Louis hace algunos años, docenas de autobuses escolares llevando muchachos en diversos grados escolares llegaron casi una hora antes del comienzo de la charla. Cientos de personas que no pudieron encontrar sitio en el auditorio se arremolinaron en el vestíbulo para escuchar la charla en un sistema PA. Como es tan corriente en el caso de este tipo de charlas sobre la evolución, Mr. Leaky no perdió esta oportunidad para proselitizar las implicaciones políticas, religiosas y sociales del evolucionismo y del origen aimal de los hombres. La familia de simios que se consideren los antepasados del hombre irán continuamente cambiando, como ha sido en el pasado, pero esto no es tan importante para el evolucionismo como lo es el “dogma” central y sus profundas implicaciones — el hombre es un animal–.

    http://www.conoze.com/doc.php?doc=489

  3. pauloarieu
    jul 01, 2009 @ 04:49:35

    Los animales también se ríen, según estudio en EE.UU.

    Los circuitos neurológicos de la risa existen en las regiones más antiguas del cerebro, por lo tanto animales distintos al hombre también podrían manifestar su felicidad con una carcajada.
    Texto
    Un estudio publicado este jueves por la revista Science señaló que los animales también se ríen. El psicólogo Jaak Panksepp precisó, como prueba de sus afirmaciones, que los circuitos neurológicos de la risa existen en las regiones más antiguas del cerebro.
    Además, había formas de risa y juegos en otros animales miles de años antes que el ser humano apareciera con sus carcajadas y, después, con su expresión oral.
    Según estudioso del Centro de Neurociencias de la Mente y el Comportamiento del Departamento de Psicología de la Universidad de Northwestern, los últimos estudios realizados en ratas, perros y chimpancés proporcionan pruebas concluyentes respecto de que la risa y la alegría no es exclusiva de los seres humanos.
    “Tal vez sea hora de que la neurociencia acepte que los animales son capaces de muchos sentimientos emotivos”, señaló Panksepp en su estudio.
    El científico citó el caso de los niños que ríen y gritan de alegría cuando todavía están en pañales y no han comenzado a expresarse oralmente.
    Ese mismo patrón de comportamiento es evidente en los chimpancés cuya respiración entrecortada se asemeja a una carcajada, cuando juegan entre sí y se hacen cosquillas, según el psicólogo.
    Pero para Panksepp, el mejor estudio es el de las ratas, que cuando juegan emiten una cacofonía de chillidos que refleja sentimientos positivos.
    Las cosquillas hechas a esas ratas lograron un acercamiento entre roedores que parecieron buscar el placer de la risa y prefirieron jugar con las que emitían ese ruido, señaló. (EFE)

    Los animales se ríen como los seres humanos
    Fuente: HispaMP3
    Fecha: 03 de Abril de 2005

    La risa apareció en el rostro del ser humano antes de que hablara y no es exclusiva de los hombres, pues esa expresión de felicidad existe en otros animales, según un estudio divulgado ayer por la revista Science.

    Como prueba de sus afirmaciones, el psicólogo Jaak Panksepp señala que los circuitos neurológicos de la risa existen en las regiones más antiguas del cerebro, cuya estructura es compartida por muchos animales.

    Además, añade, había formas de risa y juegos en otros animales miles de años antes de que el ser humano apareciera con sus carcajadas y, después, con su expresión oral.

    Por otra parte, según el científico del Centro de Neurociencias de la Mente y el Comportamiento del Departamento de Psicología de la Universidad de Northwestern, los últimos estudios con ratas, perros y chimpancés proporcionan pruebas concluyentes de que la risa y la alegría no sólo son disfrutadas por los seres humanos.

    “Tal vez sea hora de que la neurociencia acepte que los animales son capaces de muchos sentimientos emotivos”, señala Panksepp en el informe sobre su estudio.

    Como prueba de que la risa antecede a la palabra, el científico cita el caso de los niños que ríen y gritan de alegría cuando todavía están en pañales y no han comenzado a expresarse oralmente.

    Ratas mimosas y otras curiosidades

    Los jóvenes chimpancés emiten fuertes jadeos y chillidos mientras juegan a perseguirse unos a otros.

    También durante sus juegos, las ratas producen sonidos que algunos científicos asocian con sensaciones emotivas de carácter positivo.

    Cuando se les hace cosquillas a las ratas en forma de juego, ellas se muestran socialmente ligadas a los humanos y parecen rápidamente condicionadas a buscar esas cosquillas, explica el neurólogo estadounidense en Science.

    Además sugiere que los chillidos podrían ser provocados por los circuitos nerviosos del cerebro que liberan el neurotransmisor dopamina.

    Estos circuitos de dopamina también se “encienden” en el cerebro humano durante situaciones divertidas.

    “Este conocimiento nos puede ayudar a revelar cómo el bromear emergió en las regiones expansivas superiores de nuestro cerebro”, advierte el científico.

    “Aunque nadie ha investigado la posibilidad de que exista el concepto de humor en las ratas, de existir estaría probablemente fuertemente ligado con la bufonada”, especula Panksepp.

    Otros investigadores prefieren ver a la risa y la alegría con características puramente humanas.

    http://www.forosdz.com/foro/tematica-libre/280620-discusion-es-el-ser-humano-un-animal-que-nos-separa-de-los-animales.html

  4. pauloarieu
    jul 01, 2009 @ 04:57:28

    Publicaciones de la revista SCIENCE demuestran que el método de C-14 es inútil.
    Rta:¿Esta seguro de eso?
    Todas las referencias que tengo abonan lo contrario y no de una sola revista sino de muchos estudios. Además ¿cree que esta es la única manera de medir el transcurso del tiempo? Por ejemplo. Si la luz de estrellas que distan a millones de años luz ha llegado hasta nosotros significa que su existencia data como mínimo del mismo tiempo. Otra el plomo es uranio que ha perdido su radiación y el tiempo necesario para que esto se produzca es superior a los cuatro mil millones de años Si en la tierra hay plomo ya sabe la fecha de su cumpleaños y para eso no necesita al carbono 14.

  5. pauloarieu
    jul 01, 2009 @ 04:58:01

    Ningún experimento ha logrado demostrar cómo la vida podría surgir de lo que no es vida, y menos se ha podido demostrar que la materia inerte se autodetermine y evolucione inteligentemente
    ¿Está seguro de esto? Por lo visto ignora los esperimentos que se han realizado al respecto.
    Veamos:
    Aristóteles (384-382 AC), Santo Tomas de Aquino (1225-1274), y aun Isaac Newton (1642-1727), creían en la generación espontánea. Recién a fines del siglo XVII se presentaron las primeras pruebas de laboratorio que ponían en duda esta creencia, a la que Pasteur (1822-1895) le dio el golpe de gracia. ¿Cómo comenzó la vida? La Tierra se formó hace unos 4.600 millones de años. La primera atmósfera que rodeaba a nuestro planeta era fuertemente hidrogenada. Las fuertes y directas radiaciones ultravioletas del sol, la alta temperatura y la constante lluvia de meteoritos impedían toda forma de vida. Pero esas mismas condiciones transformaron el hidrógeno en anhídrido Carbónico y nitrógeno (segunda atmósfera). Los mares bullían como una enorme gaseosa de agua, metano y amoníaco y la tierra era aun altamente radioactiva.

    Los tecnificados laboratorios de hoy reprodujeron esas condiciones (experimentos de Carl Sagan en los Laboratorios de la Universidad de Stanford, año 1962) y obtuvieron aminoácidos, – que se encuentran en las proteínas de los seres vivos, – y nucleótidos, el posible nido de los códigos genéticos.

    Las condiciones en la tierra primitiva – Simulación experimental: el agua es calentada en un aparato cerrado conteniendo Metano (CH4), Amoníaco (NH3) e Hidrógeno (H2). Una descarga eléctrica pasa a través de la mezcla vaporizada. De esta forma se acumulan compuestos orgánicos en la trampa Inferior.

    Puede suponerse pues que igual proceso se dio en nuestro mundo en formación, produciendo en el “corto” período de más de mil millones de años una gran acumulación de estos primitivos materiales orgánicos y manteniéndolos protegidos a una profundidad media de los mares.

    En este momento se presentó un peligro de muerte para estos gérmenes vitales: el ozono comenzó a cubrir la atmósfera y a filtrar los rayos ultravioletas que incentivaban su desarrollo. Y aquí – por mero azar, como quieren sostener los incrédulos, o cumpliendo los dictados de leyes universales a través de las que se manifiesta la gran inteligencia cósmica, como pensamos otros, – la síntesis de agua, amoníaco, metano e hidrógeno, dio como resultado la aparlción de clorofila en el seno de unidades celulares: nacieron así los primitivos “cloroplastos” unicelulares y luego las primeras “algas verdiazules”. Ellos eran ahora capaces de aprovechar la luz visible filtrada por el ozono para que mediante la fotosíntesis comenzaran su maravilloso proceso de alimentación: consumir anhídrido carbónico, liberar oxígeno y “digerir” ávidamente todas las reservas alimenticias de los océanos.
    ¿Un exclusivo mundo vegetal? No, porque las células sin clorofila encontraron la solución para su supervivencia… “comiéndose” a los vegetales. Con esta evoIución parasitaria nacieron hace 3000 millones de años los primeros seres animales del mundo y la cadena evolutiva se disparó, siendo este el real origen de la Biósfera (sistema de seres vivos contenido en el universo).
    Un ser que podría identificarse como un esbozo del género humano vivió en Africa hace 3 millones seiscientos mil años. El hombre de Cro-Magnon, idéntico físicamente al hombre de hoy, llegó a la tierra con retraso, hace sólo 150 mil años.

    Como ve amigpo mio necesita una mas exhaustiva información.
    La ciencia no se fundamenta en creencias sino en hechos probados.

    Pensará que yo creo en la evolución y se equivocará. Yo creo en la Creación de Dios. Ahora bien Dios en su Revelación no nos informa del “como” creó las cosas. Eso lo ha dejado a la capacidad científica del hombre y desde las teorias de Aristóteles (384-382 AC), Santo Tomas de Aquino (1225-1274), y aun Isaac Newton (1642-1727), la ciencia ha EVOLUCIONADO tanto en conocimientos como en capacidad de investigación.

    Lo peor que se le puede hacer al testimonio cristiano es verter creencias que no tan solo no se pueden demostrar sino que la ciencia demuestra lo contrario. Eso aparta mas de la fe que el mismisimo ateismo.

    Así, pues, deje que la Biblia siga diciendonos Quien creo todo lo existente y deje que la ciencia nos diga el Como las creo. No nos metamos en aquellos campos que no son de nuestra competencia.
    Bendiciones.

  6. aniux
    jul 22, 2009 @ 01:26:19

    que similitud hay entre el sistema nerviso de un caballo y el de un humano ????????

  7. pauloarieu
    jul 22, 2009 @ 03:58:19

    Que cuando los dos andan nerviosos te agarran a patadas

  8. Sanjo Koso
    jul 22, 2009 @ 11:04:00

    Paulo: :lol:

  9. pauloarieu
    jul 22, 2009 @ 13:53:08

    Estoy muy cientifico ultimamente.

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