La religiosidad vaga que predica Dan Brown
31 may 2009 Comentarios desactivados
in Teología
La religiosidad vaga que predica Dan Brown
A juicio de Douthat, el éxito de Dan Brown no se explica solo por su pericia para enganchar al lector con la intriga: con eso se pueden vender un millón de ejemplares. “Pero si quieres vender 100 millones, tienes que predicar además de entretener: presentar una ficción que pueda ser tomada por real y que prometa desvelar los secretos de la historia, el universo y, de paso, Dios”. Brown, añade Douthat, no esconde esa intención; las tramas que inventa están al servicio de su enseñanza. “Escribe thrillers, pero vende teología”.
“El mensaje de Brown ha sido definido como anticatólico, pero eso no es toda la historia. En efecto, su retrato del pasado de la Iglesia católica constituye uno de los mayores hitos del anticatolicismo, con difamaciones inventadas por protestantes del siglo XIX mezcladas con libelos fabricados por neopaganos del XX. (Si la diana de Brown fuera el judaísmo o el islam, sospecho que no habría encontrado editor.)”
“Pero Brown no tiene el alma de un Enemigo de la Fe”. No dirige “sus libelos” contra el creyente común, sino contra los poderes religiosos que durante siglos han manipulado a los simples fieles. “En la cosmovisión browniana, todas las religiones –catolicismo incluido– tienen potencial para ser maravillosas, siempre que abandonemos la idea de que alguna de ellas podría ser particularmente cierta”. En esto sintoniza con la actual tendencia a una “religiosidad” separada de cualquier credo determinado.
En efecto, Brown, “apoyándose en la fascinación que despiertan evangelios perdidos y cristianismos alternativos, sirve un Jesús que es una especie de mesías moderno: sexy, mundano, con esposa e hijos, una casa en una urbanización de Galilea y sin locas pretensiones de ser Dios. Pero el éxito de este mensaje, patente también en los numerosos imitadores de Brown, no se puede separar del fraude en que se basa. La historia ‘secreta’ del cristianismo que se despliega en El Código Da Vinci es falsa de principio a fin. Los evangelios perdidos [apócrifos] son reales, pero ni corroboran el retrato de Cristo que vende Brown –son mucho más inverosímiles que eso– ni suministran una alternativa convincente al relato del Nuevo Testamento. El Jesús de Mateo, Marcos, Lucas y Juan –celoso, exigente, apocalíptico– puede no sintonizar con la sensibilidad contemporánea, pero es el único Jesús históricamente plausible que hay”.
Para los lectores partidarios de una religiosidad vaga, concluye Douthat, Brown tal vez suaviza la tensión entre cristianismo y mentalidad actual, pero la tensión permanece. “Puedes quedarte con Jesús o con Dan Brown. Pero no puedes quedarte con los dos”.
Fuente:http://www.aceprensa.com/articulos/2009/may/21/la-religiosidad-vaga-que-predica-dan-brown/
EL HUMO DE LAS NOVEDADES…
30 may 2009 Comentarios desactivados
in Teología
EL HUMO DE LAS NOVEDADES…
¡ La Edición del “Denzinger” de 1965 omite la Condenación a la Libertad religiosa!
Buscando una buena fotografía del “Denzinger”para poner como libro destacado en la barra lateral, me encontré con esta sorpresa del “modernismo internacional”, no se les ha ido una, todo lo que tocan se contamina.(no haré referencia al sitio en donde fue encontrado el articulo, la traducción es mía, con mucha ayuda).
La tan conocida colección de documentos papales y del magisterio, el ” Enchiridion Symbolorum” en su titulo latino original, o las fuentes del dogma católico en su titulo ingles, corregidas originalmente por Heinrich Denzinger, ha pasado a través del tiempo por un a treintena de revisiones, en las que solamente lo han actualizado, puesto que obviamente la Iglesia continuo publicando los nuevos documentos que neecsitaron de ser incluidos. La trigesima edicion (1954) esl la de uso mas frecuente por parte de los circulos tradicionales catolicos para referir los textos de los decretos de los papas y el Magisterium de la Santa Iglesia. En 1965 una edicion revisada fue publicada para incluir algunos de los documentos generados durante el pontificado del B. Juan XXIII (1958-1936). En 1965, durante el Concilio Vaticano II (CV2) se decreto que cada ser humano tiene el derecho a la libertad reliciosa, doctrina condenada tajantemente por el papa Pio IX (y despues bajo el pontificado de el papa Pio XII, quien murio en 1958).
¿Que hizo entonces el Denzinger 1965 con la Enciclica Quanta Cura redacrada por el papa Pio IX y en la cual CONDENA la libertad religiosa?…pues simplemente cortaron la porcion en donde Pio IX condena lo que el CV2 aprobó.
Para respaldar esta afirmación les mostramos a continuación la evidencia ilustrada. Lo que abajo pueden apreciar es la edición de 1965 de la original latina del Enchiridion Symbolorum, abierta en las paginas 574-575.
Sabemos que el faccimil presentado da que pensar, ya que no se aprecia claramente lo antes afirmado, por lo que les invitamos a verificarlo personalmente en el caso de que tengan a la mano una edicion del Denzinger de ese año.
Y para quienes no poseen esta “joya digna de un museo de herejias”, mas abajo presentamos una ampliacion del recuadro en rojo de la primera imagen.

Hemos marcado claramente la omision admitida (omitt.) en el Denzinger numerales 1688-1690, en el “antiguo” Denzinger, los numeros son los de la trigesima edicion , en la cual Ud. puede todavia encontrar la condenacion del papa Pio IX a la libertad religiosa, los numeros fueron cambiados en 1963, y ese es el porque los nuevos numeros ya no corresponden a los de antes.
No cave duda alguna, la omisión de la condena a la libertad religiosa no es un error de imprenta, es total y absolutamente deliberada, es una muestra mas de lo que el modernismo internacional ha venido haciendo en las ultimas décadas para destruir a la Iglesia.

Increíbles complementos
30 may 2009 Comentarios desactivados
in Teología
Increíbles complementos
Escrito por Antonio Cruz, Doctor en Biología
Otro misterio de la naturaleza que resulta difícil de explicar desde el darwinismo es el curioso fenómeno por el que dos especies tan diferentes como una planta y un insecto, por ejemplo, están tan complementadas entre sí que les resulta imposible subsistir la una sin la otra.
Muchos de estos vegetales cuya polinización es realizada por insectos, presentan flores con colores llamativos y con formas adecuadas para atraer y facilitar la labor de sus alados visitantes. Al mismo tiempo, éstos poseen órganos sensoriales que facilitan la localización de las flores y bocas capaces de extraer el preciado néctar de la mejor manera posible.
A tal relación simbiótica, en la que ambos organismos salen beneficiados, el darwinismo la ha denominado coevolucióny la ha interpretado como la evolución simultánea y complementaria de dos especies diferentes, causada por la presión de selección que una de dichas especies ha ejercido sobre la otra.
Sin embargo, no todos los autores están de acuerdo con esta precipitada opinión ya que el estudio de los factores ecológicos implicados revela la extrema dificultad que existe al intentar demostrar si, en realidad, se da o no el fenómeno de la coevolución en la naturaleza.
Las pasionarias son un grupo de plantas pertenecientes al género Digitalis que generalmente no suelen verse afectadas por los insectos debido a su elevada toxicidad. No obstante, existe una mariposa del género Heliconius cuyas orugas son capaces de alimentarse de dicha planta sin que el veneno de ésta parezca afectarles. Lo curioso es que algunas especies de pasionaria desarrollan flores que imitan perfectamente los huevos de la mariposa y ésta cuando visita tales flores con la intención de realizar su puesta, es engañada creyendo que otra mariposa ya ha realizado allí la suya y se marcha en busca de otra planta.
¿Cómo es posible que una flor devorada por orugas haya desarrollado la capacidad de imitar los huevos de donde éstas surgieron, con la intención de engañar a la mariposa progenitora?
¿Puede la selección natural dar cuenta de este misterioso mecanismo?
¿Es capaz el azar ciego y desprovisto de intención de lograr tal maravilla?
Si a los numerosos ejemplos de este tipo de relaciones entre las especies se añaden los casos de parasitismo, depredación o mimetismo las dificultades se multiplican y se hace cada vez más evidente que el mecanismo propuesto por el darwinismo es incapaz de dar una respuesta satisfactoria.
De nuevo el dedo de la naturaleza apunta hacia un diseño inteligente que debió poner en marcha desde el principio muchas de estas complejas relaciones.
Fuente: creacionismo.net
Cómo hablar de Dios en Europa
29 may 2009 Comentarios desactivados
in Dios, El Papa, Evangelismo, Filosofía, Temas de actualidad, Teología Etiquetas: Benedicto XVI
Cómo hablar de Dios en Europa
28-05-09
El Discurso pronunciado por Benedicto XVI en el Colegio de los Bernardinos de París ha conseguido una amplia repercusión en el mundo cultural y mediático[1]. Atlantide quiere sumarse al reconocimiento internacional que ha suscitado el testimonio del Papa, estudiando algunos de sus contenidos más relevantes.
Este Discurso, pronunciado a los dos años de la famosa Vorlesung de Ratis bona, añade un eslabón a la cadena de intervenciones del Papa sobre la cultura de la Europa moderna, con sus dos componentes principales, la de matriz ilustrada y la cristiana, de las que indica sus logros y debilidades. El Discurso a la Curia Romana de di ciembre de 2005 y la Lección no pronunciada en la Universidad La Sa pienza de Roma son otros jalones de ese esfuerzo por dar razón de nuestra esperanza (cf. 1Pe 3,15) en la situación actual de Europa, a lo que el Pontífice nos invita sin cesar.
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De la perfección de Dios
28 may 2009 Comentarios desactivados
in Dios, Doctrinas Cristianas, Teología Etiquetas: Atributos de Dios, PERFECCION DE DIOS
De la perfección de Dios
Después de haber examinado la simplicidad de Dios, es preciso hablar del mismo Dios. Y, como en todo ser la perfección es la medida de la bondad, trataremos en primer lugar de la perfección divina, y en segundo de su bondad. En lo relativo a la perfección de Dios se presentan tres cuestiones: 1º ¿Dios es perfecto? 2º ¿Es universalmente perfecto, es decir, tiene en sí la perfección de todos los seres? 3º ¿Se puede decir que las criaturas son semejantes a Dios?
- ver mas en De la perfección de Dios
¿Por qué podemos estar seguros de que poseemos un texto fidedigno del Nuevo Testamento en griego?
28 may 2009 1 comentario
in Alta Crítica, Biblología, Doctrinas Cristianas, La Biblia, Teología
¿Por qué podemos estar seguros de que poseemos un texto fidedigno del Nuevo Testamento en griego?
En 1853, dos grandes eruditos de la Universidad de Cambridge, B. F. Westcott y F. J. A. Hort emprendieron la tarea de compilar un texto corregido del Nuevo Testamento, basado en los mejores manuscritos griegos. Después de 20 años de trabajo arduo y dedicado, publicaron el fruto de sus labores en El Nuevo Testamento en el Griego Original* (1881), una obra autoritativa usada por generaciones de estudiantes del Nuevo Testamento en griego.
No es igualmente conocido el Tomo 11 de la misma obra Introducción y Apéndice escrito por Hort. Allí dice él lo siguiente del texto griego del Nuevo Testamento: La proporción de palabras virtualmente aceptadas por todos como fuera de duda es muy grande nada menos, en un cálculo aproximado que 7/8 partes del total. Luego observa que, -poniendo a un lado las diferencias de ortografía, las palabras sujetas a alguna duda componen solamente 1/60 de todas.” Pero concluye con esta apreciación significativa: “Al final de cuentas, el número de palabras que en algún sentido puede considerarse una variación considerable e importante es una fracción tan minúscula del total de variaciones, que apenas puede formar más que una milésima parte del texto completo.
La mayoría de los eruditos de hoy día concuerdan en que la declaración de Hort es un tanto demasiado optimista. Sin embargo subraya la verdad que, básicamente, el texto griego del Nuevo Testamento, tal como lo tenemos ahora, es digno de la mayor confianza.Con tal abundancia de material manuscrito como tenemos a nuestra disposición, podemos estar seguros que el texto del Nuevo Testamento que poseemos, es lo más cercano posible al texto original Aunque no comparto la teología de los Testigos de Jehová en muchos puntos importantes, rescato su opinón respecto de las Escrituras hebreas y griegasEscrituras Hebreas: “Se puede decir sin temor a equivocarse que ninguna otra obra de la antigüedad se ha transmitido con tanta exactitud (W. H. Green) [1]
Escrituras griegas:
“El intervalo entre las fechas de la composición original y las de los primeros testimonios existentes es tan corto que no merece quisiera considerarse, y el último fundamento de cualquier duda de que las Escrituras llegaron hasta nosotros sustancialmente como fueron escritas ha sido removido. Tanto la autenticidad como la integridad general de los libros del Nuevo Testamento se pueden dar finalmente por establecidas. No sobra recalcar que, en sustancia, el texto de la Biblia es fiable […] No es posible decir lo mismo de ningún otro libro antiguo del mundo” (Revista Despertad, Noviembre de 2007, Pág. 13, Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania). Tiene notables diferencias con respecto a los manuscritos tradicionales coincidiendo solo un 5%. Presenta gran cantidad de palabras mal escritas, muchas veces unas escritas sobre otras, a manera de corrección y frases sin terminar. Tiene correcciones hechas por aproximadamente una decena de personas, realizadas a partir del siglo VI en adelante. Se dice que con respecto al textus receptus, que solamente examinando los evangelios, se omiten como “cuatro mil palabras, añade mil, y se cambia de lugar y altera otras tres mil”.[2]
El apóstol Pablo citó con frecuencia de la Septuaginta
El valor de la Septuaginta todavía perdura, pues es útil para descubrir errores de los copistas que se han introducido inadvertidamente en los manuscritos hebreos más recientes. Tomemos por caso el relato de Génesis 4:8, que dice así: “Después de eso, Caín dijo a Abel su hermano: [‘Vamos allá al campo’.] De modo que aconteció que, mientras estaban en el campo, Caín procedió a atacar a Abel su hermano y a matarlo”.En el texto hebreo aparece la palabra que suele introducir el parlamento; sin embargo, no hay nada que le siga. ¿Qué pudo haber sucedido? En vista de que Génesis 4:8 contiene dos oraciones consecutivas que concluyen con la expresión “en el (o al) campo”, la Cyclopedia de McClintock y Strong da la siguiente hipótesis: “El transcriptor hebreo probablemente se vio inducido a error por el hecho de que la [misma] palabra [...] finaliza ambas oraciones”. Tal vez por ello pasó por alto la primera oración en la que aparece la expresión “Vamos allá al campo”. Está claro, pues, que la Septuaginta y otros manuscritos anteriores existentes son de utilidad para hallar incorrecciones en las copias más recientes del texto hebreo.
Como ya comenté, aunque no comparto la teología de los testigos de Jehová, rescato esta opinión sobre la Septuaginta: “Por otra parte, los ejemplares de la Septuaginta también tienen inexactitudes, y a veces el texto hebreo ayuda a corregir el griego. De modo que la labor de comparar los manuscritos hebreos con los griegos y con versiones a otros idiomas ayuda a descubrir errores cometidos por los traductores y los copistas, lo que nos proporciona una reproducción exacta de la Palabra de Dios.”[3]
Un descubrimiento realizado en Palestina hace unos cincuenta años arrojó luz sobre el asunto. Un equipo de arqueólogos que exploraba las cuevas cerca de la ribera occidental del mar Muerto descubrió fragmentos de un antiguo rollo de piel que reunía los escritos de los doce profetas (desde Oseas hasta Malaquías) en griego, fechado entre los años 50 a.C. y 50 d.C. En estos fragmentos anteriores no se había reemplazado el Tetragrámaton por las palabras griegas para “Dios” y “Señor”, lo que confirmó la utilización del nombre divino en la versión original de la septuaginta. [4]
Manuscritos del Mar Muerto [5]
Los Manuscritos del Mar Muerto o Manuscritos o Rollos del Qumram (llamados así por hallarse los primeros rollos en una gruta situada en Qumram, a orillas del mar Muerto) son una colección de casi 800 pergaminos de origen hebreo, escritos en hebreo y arameo por la secta judía de los Esenios. Los primeros siete pergaminos fueron encontrados por un beduino en una cueva de Qumram (se cuenta que utilizó algunos de los rollos en una hoguera para calentarse, al carecer del conocimiento de la importancia del hallazgo). Estos Egipto, algunos, y en Estados Unidos, otros pergaminos fueron vendidos en el mercado local, extraviándose un tiempo.
Posteriormente, copias de los pergaminos fueron publicadas, causando un masivo interés en arqueólogos bíblicos, cuyo fruto sería el hallazgo de otros seiscientos pergaminos, y cientos de fragmentos. Lo más importante de este hallazgo es su antigüedad.
Los manuscritos datan entre los años 100 A.C y el año 66 d.C., siendo los textos más antiguos en lengua hebrea que se tenga del Antiguo Testamento bíblico. Se cree que fueron ocultados por los esenios debido a las revueltas judías contra los romanos en esos años. Entre los manuscritos se encuentran la mayoría de los textos judíos anteriores a nuestra era y otros libros religiosos propios de la comunidad esenia. Una de las atribuciones que con más frecuencia se han difundido alrededor de estos manuscritos es la de relacionar a Jesús de Nazaret con los mismos pero el nombre de Jesús no se menciona ni una sola vez, mediante alusión o clave. La hipótesis que sustentaba esta relación provenía de la identificación con el personaje que los manuscritos denominan “Maestro de Justicia”
Qumrán es el nombre árabe contemporáneo dado a unas ruinas, donde habría habitado una comunidad de la secta judía de los esenios, situadas en una terraza a cerca de dos kilómetros del Mar Muerto y 13 Km. al sur de Jericó, sobre los acantilados que se hallan tras la estrecha franja costera, cerca del oasis de Ayin Feshja, a 375 metros bajo el nivel del mar Mediterráneo.
Cerca de estas ruinas, entre los riscos al occidente, se encuentra un conjunto de cuevas, donde en 1947 unos beduinos descubrieron casualmente rollos (libros) con textos religiosos.[6]
Excavaciones arqueológicas realizadas desde 1950 en once cuevas, han permitido encontrar diversos manuscritos sobre la historia, tesis, estatutos y reglamentos de la Comunidad de la Alianza, que habitó el sitio; libros apócrifos intertestamentarios, y las versiones de libros de la Biblia, en hebreo y arameo, más antiguas que se conocen. Desde 1951 fueron excavadas también las ruinas.[7]
Notas
1. Publicación de la Revista Despertad, Noviembre de 2007, pag. 13,Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania
2. Comprendamos como se formó la Biblia, Pág. 61-62, Neil R. Lightfoot, Editorial Mundo Hispano.
3. http://watchtower.org/s/20020915/article_01.htm
4. http://watchtower.org/s/20001201/article_01.htm
5. http://es.wikipedia.org/wiki/Qumr%C3%A1n
6. http://es.wikipedia.org/wiki/Qumr%C3%A1n
7. http://es.wikipedia.org/wiki/Qumr%C3%A1n
La bondad de Dios
28 may 2009 Comentarios desactivados
in Teología
La bondad de Dios
- “Alabad a Jehová, porque es bueno” (Sal. 136:1).
La “bondad” de Dios corresponde a la perfección de su naturaleza: “Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas” (I Juan. 1:5). La perfección de la naturaleza de Dios es tan absoluta que no hay nada en ella que sea incompleta o defectuosa, ni nada pueda serle añadida o mejorarla.
Sólo El es originalmente bueno, en sí mismo; las criaturas pueden ser buenas sólo por la participación y comunicación que viene de Dios. El es bueno esencialmente, y no sólo bueno,sino la bondad misma; la bondad de la criatura es sólo una cualidad sobre añadida, mientras que en Dios es su misma esencia.
El es infinitamente bueno; la bondad en la criatura es como una gota, en Dios es como un océano infinito. El es bueno eterna e inmutablemente, porque no puede ser menos bueno de lo que es. En Dios no cabe la adición ni la substracción. Dios es “summum bonum”, el sumo bien. Dios es, no sólo el más grande de todos los seres sino también el mejor. Todo el bien que puede haber en una criatura le ha sido impartido por el creador, pero la bondad es propia en Dios porque es la esencia de su naturaleza eterna. Dios era eternamente bueno antes de que hubiera ninguna manifestación de su gracia, y antes de que existiera ninguna criatura a la cual impartirla o con la cual ejercitarla, del mismo modo que era infinito en poder desde toda la eternidad, antes de que hubiera uso de su omnipotencia.
De ahí que la primera manifestación de su perfección divina fuera dar el ser a todas las cosas. “Bueno eres tú, y bienhechor” (Sal. 119,68). Dios tiene, en sí mismo, un tesoro infinito e inagotable de bendición que es suficiente para llenarlo todo.
Todo lo que emana de Dios -sus decretos, sus leyes, su providencia, la creación- no puede ser sino bueno, como está escrito: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1; 31). Así, que, la bondad de Dios se revela, en primer lugar, en la creación. Cuando más detenidamente estudiamos a la criatura, más evidente es la bondad de Dios.
Tomemos al hombre, la suprema entre las criaturas terrestres, como ejemplo. Todo, en la Escritura de nuestros cuerpos, atestigua la bondad de su Creador. ¡Cuán adecuadas son las manos para llevar a cabo su trabajo! ¡Cuán benévolo al proveer de párpados y cejas a los ojos para su protección! Y así podríamos seguir indefinidamente.
Sin embargo, la bondad del creador no se limita al hombre, sino que es ejercitada para con todas las criaturas. “Los ojos de todos esperan en ti, y Tú les das su comida en su tiempo. Abres tu mano, y colmas de bendición a todo viviente” (Sal. 145;15,16). Podrían escribirse volúmenes enteros, -más de los que ya se han escrito- para ampliar esta verdad.
Dios ha hecho abundante provisión para suplir las necesidades de los pájaros del aire, los animales del bosque y los peces del mar. “El da mantenimiento a toda carne, porque para siempre es su misericordia” (Sal. 33:5). Verdaderamente, “de la misericordia de Jehová está llena la Tierra” (Sal. 136:25).
La bondad de Dios es notoria en la variedad de placeres naturales que ha provisto para sus criaturas. Dios podía haberse contentado satisfaciendo nuestra hambre sin que la comida fuera agradable a nuestro paladar. ¡Qué evidente es su bondad en la variedad de gustos que ha dado a la carne, las verduras y la s frutas! Dios nos ha dado, no sólo los sentidos, sino también aquello que lo satisface; y esto, también, revela su bondad.
La tierra podía haber sido igualmente fértil sin que su superficie fuera tan satisfactoriamente variada. Nuestra vida física podría haberse mantenido sin las flores hermosas que regalan nuestra vista y que exhalan dulces perfumes. Podríamos haber andado sin que los oídos nos trajeran la música de los pájaros. ¿De dónde proviene, pues, esta hermosura, este encanto tan generosamente vertido sobre la faz de la naturaleza? Verdaderamente, “las misericordias de Jehová sobre todas sus obras” (Sal. 145:9).
La bondad de Dios se manifiesta en el hecho de que, cuando el hombre quebrantó la ley de su creador, no comenzó en seguida una dispensación de pura ira. Dios podía muy bien haber privado a las criaturas caídas de toda bendición, consuelo y placer. En lugar de hacerlo así, introdujo un régimen mixto, de misericordia y de juicio.
Si consideramos debidamente este hecho, notaremos qué maravilloso es; y cuando mas detenidamente lo estudiemos, más claramente aparecerá que “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg. 2; 13). A pesar de todos los males que acompañan nuestro estado caído, la balanza del bien preva lece grandemente. Con relativamente raras excepciones, los hombres y mujeres conocen muchísimos más días de buena salud que de enfermedad y dolor. En la creación hay mucha más felicidad que desdicha. Incluso para nuestras penas hay considerable alivio, y Dios ha dado a la mente humana una flexibilidad que le permite adaptarse a las circunstancias y sacar el mejor provecho posible de ellas.
La bondad de Dios no puede ser puesta en entredicho porque haya sufrimiento y dolor en el mundo. Si el hombre peca contra la bondad de Dios, si menosprecia las riquezas de su benignidad, y paciencia, y longanimidad, y después, por su dureza y por su corazón no arrepentido, atesora para sí ira para el día de la ira (Rom. 2:4,5), ¿a quién puede culpar si no a sí mismo?
Si Dios no castigara a los que hacen mal uso de sus bendiciones, abusan de su benevolencia y pisotean sus misericordias, ¿sería El “bueno”? Cuando Dios libre la tierra de los que han quebrantado sus leyes, desafiando su autoridad, escarnecido a sus mensajeros, despreciado a su Hijo y perseguido a aquellos por los que Cristo murió, la bondad de Dios no sufrirá, sino que, por el contrario, ello será el ejemplo más brillante de la misma.
La bondad de Dios apareció más gloriosa que nunca cuando “envió a su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo de la ley, a fin de qué recibiésemos la adopción de hijos” (Gál. 4:4,5). Fue entonces cuando una multitud de las huestes celestes alabó a su Creador y dijo: “Gloria en las alturas a Dios y en la tierra paz, Buena voluntad para con los hombres” (Luc. 2:14).
Sí, en el Evangelio, “la gracia (en el original griego “bondad”) de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó” (Tito 2:11). Tampoco la bondad de Dios puede ser puesta en entredicho porque no hiciera objeto de su gracia redentora a todas las criaturas pecadoras. Tampoco lo hizo así con los ángeles caídos.
Si Dios hubiera dejado que todos perecieran, ello no se hubiera reflejado en su bondad. Al que discuta tal afirmación le recordamos la soberana prerrogativa de nuestro Señor: “¿No me es lícito a mí hacer lo que quiero con lo mío? o ¿es malo tu ojo, porque yo soy bueno” (Mat.20:15).
“Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (Sal. 107:8). La gratitud es la respuesta justamente requerida de los que son objeto de su benevolencia; pero, porque su bondad es tan constante y abundante, a nuestro gran Benefactor le es negada a menudo esta gratitud.
Es tenida en poca estima porque es ejercida hacia nosotros en el curso normal de los eventos. No es sentida porque la experimentamos diariamente. “¿Menosprecias las riquezas de su benignidad?” (Rom. 2:4).
Su bondad es “menospreciada” cuando no es perfeccionada como medio de llevar a los hombres al arrepentimiento, sino que, por el contrario, sirve para endurecerlos al suponer que Dios pasa por alto su pecado.
La bondad de Dios es la esencia de la confianza del creyente. Esta excelencia de Dios es la que más apela a nuestros corazones. Su bondad permanece para siempre, y, por ello nunca deberíamos desanimarnos: “Bueno es Jehová para fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían” (Nah. 1:7).
Cuando otros se portan mal con nosotros, ello debería llevarnos a dar gracias al Señor, porque él es bueno; y, cuando somos conscientes de estar lejos de ser buenos, deberíamos bendecirle más reverentemente, porque El es bueno. No debemos permitirnos ni un momento de incredulidad acerca de la bondad de Dios; aunque todo lo demás sea puesto en duda, esto es
absolutamente cierto: Jehová es bueno; sus privilegios pueden variar, pero su naturaleza es siempre la misma.
Veamos que nos dice la teología dogmática sobre la bondad de Dios:
“1. LA BONDAD ONTOLÓGICA DE DIOS.
Así como el ente es ontológicamente verdadero por su relación con el entendimiento, de la misma manera es ontológicamente bueno, por su relación con la voluntad.
Una cosa es buena en si si posee las perfecciones que se corresponden a su naturaleza…”
Dios es la bondad ontológica absoluta, en sí y en relación con los demás.
El concilio Vaticano enseña que Dios es infinito en toda perfección y que en su creación difundió sus bienes entre las criaturas.
Como ser subsistente, Dios es la bondad por escencia o la bondad misma. Como causa de todas las criaturas y de toda la bondad creada, Dios es la bondad total… Dios es el supremo bien.
Toda criatura de Dios es buena” ( 1Tim 4, 4)”
“2. LA BONDAD MORAL ( SANTIDAD) DE DIOS.
La bondad moral o santidad consiste en la carencia de pecado y en la pureza de la conducta moral…
Dios es la absoluta bondad moral.La sagrada escritura da testimonio de la Santidad de Dios:
- (Deut 32, 4) “Dios es fiel y ajeno a toda iniquidad”
- (Ps 5, 5)”No eres tú un Dios a quien le agrade la injusticia”.
Dios es la santidad por escencia, porque su voluntad se identifica con la norma moral. La pureza de Dios no es por tanto una mera carencia real der pecado, sino también una posibilidad intrínseca (metafísica) de pecar.
Dios es absolutamente benigno”
Y por último dice la teología: “La benignidad de Dios se manifiesta en los innumerables beneficios de orden natural y sobrenatural con que obsequia a sus criaturas por pura benevolencia, haciéndolas participar de su bondad.”
Hasta aquí los parrafos tomados del “Manual de teología dogmática”, de Ludwig Ott, Barcelona, Herder, 1986.
PERFECCION DE DIOS
28 may 2009 3 comentarios
in Dios, Doctrinas Cristianas, Teología Etiquetas: Atributos, Atributos de Dios, PERFECCION DE DIOS
ANALIZANDO LOS ATRIBUTOS TEOLÓGICOS DEL DIOS JUDEOCRISTIANO
SEGUNDA PARTE – PERFECCION DE DIOS
Por Martín Gianola. (Con citas de Ladislao Vadas)
VER PRIMERA PARTE “OMNIPRESENCIA DE DIOS”
VER TERCERA PARTE “BONDAD DE DIOS”
Analizaremos ahora un segundo atributo del dios teológico, consistente en la perfección de esta entidad. El concepto del ser absolutamente perfecto, resume, a mi entender, la busqueda del ser ideal por exelencia a lo largo de miles de años de cultura. La necesidad de un referente perfecto, ha sido una adaptación mas de nuestra rama sapiens, en pos de un mejoramiento de la especie, de un modelo a seguir, de una meta a alcanzar. Y a pesar de ser tan imperfectos, los humanos, o mejor dicho, algunos de ellos, han presumido llegar al conocimiento real de esta entidad supuestamente perfecta llamada dios.
Leemos en la teología católica:
“Es absolutamente perfecto lo que reune en sí todas las exelencias concebibles y excluye todos los defectos.”
“Dios es absolutamente perfecto”
El concilio Vaticano enseña que dios es infinito en cada perfección.
Los teólogos citan textos bíblicos para reafirmar estas aseveraciones.
De esta manera nos dice Mateo 5, 48 “Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto”.
Dicen los teólogos : “La sagrada escritura declara de forma indirecta la absoluta perfeccción de Dios al realzar su autosuficiencia y su independencia de todas las cosas creadas”
Con el respeto que me merecen estos pensadores , yo les recomendaría no ser tan selectivos en los textos que citan para validar sus afirmaciones. Por ejemplo, yo les preguntaría que perfección de Dios cita la sagrada escritura en un texto como el que puede leerse en Genesis 6,5-6: “Viendo pues, Yahvé que era grande la maldad del hombre sobre la tierra y que todos los pensamientos de su corazón se dirigían unicamente al mal, todos los dias. Arrepintiose Yahve de haber hecho al hombre en la tierra y se dolió en su corazón…”.
Aparte del hecho de que este libro “inspirado” por el ser mas perfecto, nos habla de “Los pensamientos del corazón…” y (Novedad!) se piensa con el cerebro o, ya que hablamos del corazón, también hace referencia a la existencia de este órgano dentro del “cuerpo” de dios, la cita es muy clara: Dios se arrepiente de su creación. Esto no me habla de perfección en absoluto. Dios reconoce que cometió un error. Y lo mas paradógico es que intentará solucionarlo eliminando su creación por medio de un trabajoso diluvio de cuarenta dias (Podría haber hecho desaparecer todo en un milisegundo), en donde estos hombres cuyos “corazones”, piensan en cosas malas, moriran ahogados, arrastrando detrás de si a millones de seres inocentes, plantas, animales, que no tenían nada que ver con el conflicto de la maldad inherente del hombre y el arrepentimiento de esta titubeante deidad. Digamos que Dios no se muestra demasiado “quirurgico” en su método de exterminio, después de arrepentirse. Tampoco veo resultados muy fructiferos de su “volver a empezarr”, ya que solo algunas generaciones después de Noé, los hombres están otra vez pecando que da miedo.
Obviamente podría ser objetivo y recordar que el mito del diluvio fue heredado por los israelitas desde otros pueblos de la región y relatado por estos a lo largo de los siglos. Es decir, entrar en el debate sobre el origen de semejantes fábulas no es el objetivo que persigo aquí. Simplemente voy a seguir la “lógica” de citar textos bíblicos, como lo recomiendan los teólogos. Y si me pongo a hurgar dentro de la Biblia, voy a encontrar muchos párrafos en donde la perfección de dios queda claramente desestimada.
En Éxodo 20,5 es el mismo dios que nos habla de sus “virtudes de perfección” cuando dice: “…porque yo soy Yahvé , tu Dios, un dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres, en los hijos hasta la tercera y cuarta generación…”. ¿Acaso son los celos una característica de perfección?. Ejemplos similares pueden encontrarse en: Deut 4, 24. Exodo 34,14.
Mas ejemplos de “arrepentimiento” de Dios pueden encontrarse en: Num 14,20. 1Sam 15,35. ¿No leyeron estas citas los teólogos?.
Ahora bien. Voy a dejar de lado las citas bíblicas para encarar el tema desde una perspectiva mas metafísica. De esta manera dejaremos las fábulas milenarias para adentrarnos en el terreno del pensamiento racional. La primera cuestión que viene a mi mente es la siguiente: Antes de que dios creara todo lo existente, ¿Qué había?. La respuesta teológica podría ser:” Nada. Solamente Dios”. Bien. Entonces surge en mi cerebro (O si prefieren en mi corazón) la siguiente pregunta: ¿De donde salió entonces lo malo, la imperfección, el error, sino de este mismo Dios?. ¿Acaso no creó él todo lo que existe?.
Ladislao Vadas en su libro “Razonamientos Ateos” se plantea los siguientes interrogantes:
“…si este ser creador que parte de la nada es el summun de la perfección.¿Por qué creó un mundo gradual donde existe una escala que va desde lo mas tosco e imperfecto hasta lo más perfecto?.
…Si por otra parte este ser creador se vale de la herramienta de la evolución ¿Cómo es entonces que nos hallamos aún inmersos en una obra inacabada llena de imperfecciones?.”
Tanto en la primera como en la segunda sentencia descubrimos que se trata de casos indignos de un creador absolutamente perfecto que crea un mundo lleno de imperfecciones.
“…Si semejante ente gobierna el mundo con suma eficiencia como cuadra a un ser absolutamente perfecto ¿Por qué hay accidentes?.¿Por qué hay yerros en la naturaleza?¿Por qué hay tanteos al azar en las filogénesis?.¿Por qué hay ausencia de garantias para la existencia de la vida, de nuestro planeta y del sistema solar entero?.
Si este Dios optó por crear un mundo gradualmente perfecto, que va desde lo mas imperfecto hasta desembocar en él como suma perfección ¿Lo hizo con la finalidad de resaltar él como la suma perfección frente a algo inferior?.
Siguiendo esta línea de razonamiento, nos encontramos aquí con una entidad vanidosa que necesita resaltar sobre su creación, “ser superior a…”. Así y todo, el desgobierno que reina es absoluto. Vemos imperfección por doquier. Su exelencia absoluta no nos es de gran utilidad, porque nos crea imperfectos dentro de un sistema azaroso, que no nos resguarda ni nos protege de la extinción, de los asterorides que colisionan, de las enfermedades, del caos, etc.
Dice Vadas, con gran claridad de pensamiento:”…mas si hubiese creado un mundo tan perfecto como él. Si sus criaturas fuesen tan perfectas como él… ¿Tendría sentido un mundo así?¿Un dios multiplicado en cada una de sus criaturas?. Si todos fuesen como él, si todos fuesen él; no habría diferencia y esto equivaldría a ser uno otra vez. Siempre uno y solo.¿Puede ser este el motivo por el cual este hipotético ente “ha creado” los grados descendientes de perfección hasta lo mas despreciable?.
¿No se cierra aquí la posibilidad de la existencia de un creador absolutamente perfecto?
Estamos inmersos en una creación indigna de un ser absoluto (Un universo que nace de una explosión y es un caos de materia que nunca termina de acomodarse sino que subyace a las cosas temporales que forma). En otras palabras, está imposibilitado de crear un mundo perfecto, con seres perfectos porque se replicaría a si mismo. Este es un dios condicionado por los posibles. Nos hace así, como somos, porque no tiene opción. Pero tambien es incoherente que de su naturaleza divina surga la imperfección y el derivado directo: el mundo en el que vivimos.
“…Según la teología, si su dios estaba solo antes de crear el mundo. ¿Existía ya la posibilidad del desorden?. Si existía, entonces ya algo preexistía al mundo junto con ese dios.
Si no existía la posibilidad del desorden, tuvo que haberla creado ese mismo dios, de modo que no creo tan solo el orden sino tambien la posibilidad del desorden. O creo todo en desorden para ordenarlo después, permaneciendo aún el universo con tendencia al desorden.
¿Cómo se explica esto teológicamente?
Si la mente humana ideó gratuitamente un ser máximamente perfecto, tambien cayó víctima de sus propias trampas mentales al hilvanar ideas que conducen a un callejón sin salida…”. Esto, para los teólogos, que a lo largo de la historia han escrito tomos enteros dedicados a describir la naturaleza de dios, inventándolo, creándolo, definiéndolo.
“…mas digno de ese dios hubiera sido haber creado seres inferiores a el, para destacarse de ellos, pero mas perfectos de lo que son,, sin esa posibilidad de la “caída” al utilizar el “libre albedrio”.
La creación del libre albedrío ya sería una imperfección, pues permite optar por lo erroneo
La posibilidad de lo erróneo con consecuencias funestas, ya es tambien una imperfección de la creación, cosa que no existía antes del acto creativo.
Si el ente creador creo el “Libre albedrío” y la posibilidad del error, porque era lo conveniente a pesar de todo, entonces dicho creador estuvo condicionado, la conveniencia estuvo por encima de él restándole la calidad de absoluto…”
En definitiva. Si analizamos con detenimiento el significado de la perfección dentro de los atributos divinos, llegaremos a la conclusión de que se trata una vez más de un planteo absurdo de parte de la teología.
Su dios es perfecto frente a un mundo sumamente imperfecto, que paradógicamente ha sido creado por él.
Por Martín Gianola CORREO DE MARTÍN GIANOLA.
(Con citas de Ladislao Vadas)
http://perso.wanadoo.es/estudioateo/etica/omnipresencia2.htm
Ver la refutación a este artículo en el artículo de Santo Tomás de Aquino, De la perfección de Dios
EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO
28 may 2009 Comentarios desactivados
in Teología Etiquetas: VIKTOR E. FRANKL
VIKTOR E. FRANKL
EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO
Con un prefacio de Gordon W. Allport
PREFACIO
El Dr. Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus pacientes aquejados de múltiples padecimientos, más o menos importantes: “¿Por qué no se suicida usted?” Y muchas veces, de las respuestas extrae una orientación para la psicoterapia a aplicar: a éste, lo que le ata a la vida son los hijos; al otro, un talento, una habilidad sin explotar; a un tercero, quizás, sólo unos cuantos recuerdos que merece la pena rescatar del olvido. Tejer estas tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme, coherente, significativa y responsable es el objeto con que se enfrenta la logoterapia, que es la versión original del Dr. Frankl del moderno análisis existencial.
En esta obra, el Dr. Frankl explica la experiencia que le llevó al descubrimiento de la logoterapia. Prisionero, durante mucho tiempo, en los bestiales campos de concentración, él mismo sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Sus padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él —que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio—, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla ? El psiquiatra que personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra condición humana sabia y compasivamente. Las palabras del Dr. Frankl tienen un tono profundamente honesto, pues se basan en experiencias demasiado hondas para ser falsas. Dado el cargo que hoy ocupa en la Facultad de Medicina de Viena y el renombre que han alcanzado las clínicas de logoterapia que actualmente van desarrollándose en los distintos países tomando como modelo su famosa Policlínica Neurológica de Viena, lo que el Dr. Frankl tiene que decir adquiere todavía mayor prestigio.
Es difícil no caer en la tentación de comparar la forma que el Dr. Frankl tiene de enfocar la teoría y la terapia con la obra de su predecesor, Sigmund Freud. Ambos doctores se aplican primordialmente a estudiar la naturaleza y cura de las neurosis.
Para Freud, la raíz de esta angustiosa enfermedad está en la ansiedad que se fundamenta en motivos conflictivos e inconscientes. Frankl diferencia varias formas de neurosis y descubre el origen de algunas de ellas (la neurosis noógena) en la ncapacidad del paciente para encontrar significación y sentido de responsabilidad en la propia existencia. Freud pone de relieve la frustración de la vida sexual; para Frankl la frustración está en la voluntad intencional. Se da en la Europa actual una marcada tendencia a alejarse de Freud y una aceptación muy extendida del análisis existencial, que toma distintas formas más o menos afines, siendo una de ellas la escuela de logoterapia. Es característico del abierto talante de Frankl el no repudiar a Freud, antes bien construye sobre sus aportaciones; tampoco se enfrenta a las demás modalidades de la terapia existencial, sino que celebra gustoso su parentesco con ellas.
El presente relato, aun siendo breve, está elaborado con arte y garra. Yo lo he leído dos veces de un tirón, incapaz de desprenderme de su hechizo. En alguna parte, hacia la mitad del libro, Frankl presenta su propia filosofía de la logoterapia: lo hace como sin solución de continuidad y tan quedamente que sólo cuando ha terminado el libro el lector se percata de que está ante un ensayo profundo y no ante un relato más, forzosamente, sobre campos de concentración.
Es mucho lo que el lector aprende de este fragmento autobiográfico : aprende lo que hace un ser humano cuando, de pronto, se da cuenta de que no tiene “nada que perder excepto su ridícula vida desnuda”. La descripción que hace Frankl de la mezcla de emociones y apatía que se agolpan en la mente es impresionante. Lo primero que acude en nuestro auxilio es una curiosidad, fría y despegada, por nuestro propio destino. A continuación, y con toda rapidez, se urden las estrategias para salvar lo que resta de vida, aun cuando las oportunidades de sobrevivir sean mínimas. El hambre, la humillación y la sorda cólera ante la injusticia se hacen tolerables a través de las imágenes entrañables de las personas amadas, de la religión, de un tenaz sentido del humor, e incluso de un vislumbrar la belleza estimulante de la naturaleza: un árbol, una puesta de sol.
Pero estos momentos de alivio no determinan la voluntad de vivir, si es que no contribuyen a aumentar en el prisionero la noción de lo insensato de su sufrimiento. Y es en este punto donde encontramos el tema central del existencialismo: vivir es sufrir; sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Si la vida tiene algún objeto, éste no puede ser otro que el de sufrir y morir. Pero nadie puede decirle a nadie en qué consiste este objeto: cada uno debe hallarlo por sí mismo y aceptar la responsabilidad que su respuesta le dicta. Si triunfa en el empeño, seguirá desarrollándose a pesar de todas las indignidades. Frankl gusta de citar a Nietzsche: “Quien tiene un porque para, vivir, encontrará casi siempre el como”.
En el campo de concentración, todas las circunstancias conspiran para conseguir que el prisionero pierda sus asideros.
Todas las metas de la vida familiar han sido arrancadas de cuajo, lo único que resta es “la última de las libertades humanas”, la capacidad de “elegir la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”. Esta última libertad, admitida tanto por los antiguos estoicos como por los modernos existencialistas, adquiere una vivida significación en el relato de Frankl. Los prisioneros no eran más que hombres normales y corrientes, pero algunos de ellos al elegir ser “dignos de su sufrimiento” atestiguan la capacidad humana para elevarse por encima de su aparente destino.
Como psicoterapeuta que es, el autor quiere saber cómo se puede ayudar al hombre a alcanzar esta capacidad, tan diferenciadoramente humana, por otra parte. ¿Cómo puede uno despertar en un paciente el sentimiento de que tiene la responsabilidad de vivir, por muy adversas que se presenten las circunstancias? Frankl nos da cumplida cuenta de una sesión de terapia colectiva que mantuvo con sus compañeros de prisión.
A petición del editor, el Dr. Frankl ha añadido a su autobiografía una breve pero explícita exposición de los principios básicos de la logoterapia. Hasta ahora casi todas las publicaciones de esta “tercera escuela vienesa de psicoterapia” (son sus predecesoras las escuelas de Freud y Adler) se han editado preferentemente en alemán, de modo que el lector acogerá con agrado este suplemento del Dr. Frankl a su relato personal.
A diferencia de otros existencialistas europeos, Frankl no es ni pesimista ni antirreligioso; antes al contrario, para ser un autor que se enfrenta de lleno a la omnipresencia del sufrimiento y a las fuerzas del mal, adopta un punto de vista sorprendentemente esperanzador sobre la capacidad humana de trascender sus dificultades y descubrir la verdad conveniente y orientadora.
Recomiendo calurosamente esta pequeña obrita, por ser una joya de la narrativa dramática centrada en torno al más profundo de los problemas humanos. Su mérito es tanto literario como filosófico y ofrece una precisa introducción al movimiento psicológico más importante de nuestro tiempo.
GORDON W. ALLPORT
Gordon W. Allport, antiguo profesor de psicología de la Universidad de Harvard, fue uno de los escritores y docentes más prestigiosos de los Estados Unidos. Publicó numerosas obras originales sobre psicología y fue director del ‘Journal of Abnormal and Social Psycbology”. Precisamente a través de la labor pionera del profesor Allport la trascendental teoría del Dr. Frankl se ha introducido en aquel país; más aún, el interés que ha despertado la logoterapia ha crecido a pasos agigantados debido en parte a su reputación.
PARTE PRIMERA
UN PSICÓLOGO EN UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN
“Un psicólogo en un campo de concentración”. No se trata, por lo tanto, de un relato de hechos y sucesos, sino de experiencias personales, experiencias que millones de seres humanos han sufrido una y otra vez. Es la historia íntima de un campo de concentración contada por uno de sus supervivientes. No se ocupa de los grandes horrores que ya han sido suficiente y prolijamente descritos (aunque no siempre y no todos los hayan creído), sino que cuenta esa otra multitud de pequeños tormentos. En otras palabras, pretende dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Cómo incidía la vida diaria de un campo de concentración en la mente del prisionero medio?
Muchos de los sucesos que aquí se describen no tuvieron lugar en los grandes y famosos campos, sino en los más pequeños, que es donde se produjo la mayor experiencia del exterminio.
Tampoco es un libro sobre el sufrimiento y la muerte de grandes héroes y mártires, ni sobre los preeminentes “capos” —prisioneros que actuaban como especie de administradores y tenían privilegios especiales— o los prisioneros de renombre. Es decir, no se refiere tanto a los sufrimientos de los poderosos, cuanto a los sacrificios, crucifixión y muerte de la gran legión de víctimas desconocidas y olvidadas, pues era a estos prisioneros normales y corrientes, que no llevaban ninguna marca distintiva en sus mangas, a quienes los “capos” realmente despreciaban.Mientras estos prisioneros comunes tenían muy poco o nada que llevarse a la boca, los “capos” no padecían nunca hambre; de hecho, muchos de estos “capos” lo pasaron mucho mejor en los campos que en toda su vida, y muy a menudo eran más duros con los prisioneros que los propios guardias, y les golpeaban con mayor crueldad que los hombres de las SS. Claro está que los ”capos” se elegían de entre aquellos prisioneros cuyo carácter hacía suponer que serían los indicados para tales procedimientos,y si no cumplían con lo que se esperaba de ellos, inmediatamente se les degradaba. Pronto se fueron pareciendo tanto a los miembros de las SS y a los guardianes de los campos que se les podría juzgar desde una perspectiva psicológica similar.
Selección activa y pasiva
Es muy fácil para el que no ha estado nunca en un campo de concentración hacerse una idea equivocada de la vida en él, idea en la que piedad y simpatía aparecen mezcladas, sobre todo al no conocer prácticamente nada de la dura lucha por la existencia que precisamente en los campos más pequeños se libraba entre los prisioneros, del combate inexorable por el pan de cada día y por la propia vida, por el bien de uno mismo y por la propia vida, por el bien de uno mismo y por el de un buen amigo. Pongamos como ejemplo las veces en que oficialmente se anunciaba que se iba a trasladar a unos cuantos prisioneros a un campo de concentración, pero no era muy difícil adivinar que el destino final de todos ellos sería sin duda la cámara de gas. Se seleccionaba a los más enfermos o agotados, incapaces de trabajar, y se les enviaba a alguno de los campos centrales equipados con cámaras de gas y crematorios. El proceso de selección era la señal para una abierta lucha entre los compañeros o entre un grupo contra otro. Lo único que importaba es que el nombre de uno o el del amigo fuera tachado de la lista de las víctimas aunque todos sabían que por cada hombre que se salvaba se condenaba a otro.
En cada traslado tenía que haber un número determinado de pasajeros, quien fuera no importaba tanto, puesto que cada uno de ellos no era más que un número y así era como constaban en las listas. Al entrar en el campo se les quitaban todos los documentos y objetos personales (al menos ése era el método seguido en Auschwitz), por consiguiente cada prisionero tenía la oportunidad de adoptar un nombre o una profesi ón falsos y lo cierto es que por varias razones muchos lo hacían. A las autoridades lo único que les importaba eran los números de los prisioneros; muchas veces estos números se tatuaban en la piel y, además, había que llevarlos cosidos en determinada parte de los pantalones, de la chaqueta o del abrigo. A ningún guardián que quisiera llevar una queja sobre un prisionero —casi siempre por “pereza”— se le hubiera ocurrido nunca preguntarle su nombre; no tenía más que echar una ojeada al número (¡y cómo temíamos esas miradas por las posibles consecuencias!) y anotarlo en su libreta.
Volvamos al convoy a punto de partir. No había tiempo para consideraciones morales o éticas, ni tampoco el deseo de hacerlas. Un solo pensamiento animaba a los prisioneros: mantenerse con vida para volver con la familia que los esperaba en casa y salvar a sus amigos; por consiguiente, no dudaban ni un momento en arreglar las cosas para que otro prisionero, otro ”numero”, ocupara su puesto en la expedición.
De lo expuesto hasta ahora se desprende que el proceso para seleccionar a los “capos” era de tipo negativo; para este trabajo se elegía únicamente a los más brutales (aunque había algunas felices excepciones). Además de la selección de los “capos”, que corría a cargo de las SS y que era de tipo activo, se daba una especie de proceso continuado de autoselección pasiva entre todos los prisioneros. Por lo general, sólo se mantenían vivos aquellos prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia; los que estaban dispuestos a recurrir a cualquier medio, fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el robo, la traición o lo que fuera con tal de salvarse. Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros —como cada cual prefiera llamarlos— lo sabemos bien: los mejores de entre nosotros no regresaron.
El informe del prisionero n.° 119.104: ensayo psicológico
Este relato trata de mis experiencias como prisionero común, pues es importante que diga, no sin orgullo, que yo no estuve trabajando en el campo como psiquiatra, ni siquiera como médico, excepto en las últimas semanas. Unos pocos de mis colegas fueron lo bastante afortunados como para estar empleados en los rudimentarios puestos de primeros auxilios aplicando vendajes hechos de tiras de papel de desecho. Yo era un prisionero más, el número 119.104, y la mayor parte del tiempo estuve cavando y tendiendo traviesas para el ferrocarril.
En una ocasión mi trabajo consistió en cavar un túnel, sin ayuda, para colocar una cañería bajo una carretera. Este hecho no quedó sin recompensa, y así justamente antes de las Navidades de 1944 me encontré con el regalo de los llamados “cupones de premio”, de parte de la empresa constructora a la que prácticamente habíamos sido vendidos como esclavos: la empresa pagaba a las autoridades del campo un precio fijo por día y prisionero. Los cupones costaban a la empresa 50 Pfenning cada uno y podían canjearse por seis cigarrillos, muchas veces varias semanas después, si bien a menudo perdían su validez. Me convertí así en el orgulloso propietario de dos cupones por valor de doce cigarrillos, aunque lo más importante era que los cigarrillos se podían cambiar por doce raciones de sopa y esta sopa podía ser un verdadero respiro frente a la inanición durante dos semanas.
El privilegio de fumar cigarrillos le estaba reservado a los “capos”, que tenían asegurada su cuota semanal de cupones; o quizás al prisionero que trabajaba como capataz en un almacén o en un taller y recibía cigarrillos a cambio de realizar tareas peligrosas.
Las únicas excepciones eran las de aquellos que habían perdido la voluntad de vivir y querían “disfrutar” de sus últimos días. De modo que cuando veíamos a un camarada fumar sus propios cigarrillos en vez de cambiarlos por alimentos, ya sabíamos que había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y que, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba.
Lo que realmente importa ahora es determinar el verdadero sentido de esta empresa. Muchos recuentos y datos sobre los campos de concentración ya están en los archivos. En esta ocasión, los hechos se considerarán significativos en cuanto formen parte de la experiencia humana. Lo que este ensayo intenta describir es la naturaleza exacta de dichas experiencias; para los que estuvieron internados en aquellos campos se trata de explicar estas experiencias a la luz de los actuales conocimientos y a los que nunca estuvieron dentro puede ayudarles a aprehender y, sobre todo a entender, las experiencias por las que atravesaron ese porcentaje excesivamente reducido de los prisioneros supervivientes y su peculiar y, desde el punto de vista de la psicología, totalmente nueva actitud frente a la vida. Estos antiguos prisioneros suelen decir: “No nos gusta hablar de nuestras experiencias. Los que estuvieron dentro no necesitan de estas explicaciones y los demás no entenderían ni cómo nos sentimos entonces ni cómo nos sentimos ahora.”
Es difícil intentar una presentación metódica del tema, ya que la psicología exige un cierto distanciamiento científico. ¿Pero es que el hombre que hace sus observaciones mientras está prisionero puede tener ese distanciamiento necesario? Sólo los que son ajenos al caso pueden garantizarlo, pero es mucha su lejanía para que lo que puedan decir sea realmente válido.
Únicamente el que ha estado dentro sabe lo que pasó, aunque sus juicios tal vez no sean del todo objetivos y sus estimaciones sean quizá desproporcionadas al faltarle ese distanciamiento. Es preciso hacer lo imposible para no caer en la parcialidad personal, y ésta es la gran dificultad que encierra este tipo de obras: a veces se hará necesario tener valor para contar experiencias muy íntimas. El auténtico peligro de un ensayo psicológico de este tipo no estriba en la posibilidad de que reciba un tono personal, sino en que reciba un tinte tendencioso.
Dejaré a otros la tarea de decantar hasta la impersonalidad los contenidos de este libro al objeto de obtener teorías objetivas a partir de experiencias subjetivas, que puedan suponer una aportación a la psicología o psicopatología de la vida en cautiverio, investigada después de la primera guerra mundial, y que nos hizo conocer el síndrome de la “enfermedad de la alambrada de púas”. Debemos a la segunda guerra mundial el haber enriquecido nuestros conocimientos sobre la “psicopatología de las masas” (si puedo citar esta variante de la conocida frase que es el título de un libro de LeBon), al regalarnos la guerra de nervios y la vivencia única e inolvidable de los campos de concentración.
Llegado a este punto desearía hacer una observación. En un principio traté de escribir este libro de manera anónima, utilizando tan solo mi número de prisionero. A ello me impulsó mi aversión al exhibicionismo. Una vez terminado el manuscrito comprendí que el anonimato le haría perder la mitad de su valor, ya que la valentía de la confesión eleva el valor de los hechos.
Decidí expresar mis convicciones con franqueza, y por esta razón me abstuve de suprimir algunos de los pasajes, venciendo incluso mi desagrado hacia el exhibicionismo.
PRIMERA FASE: INTERNAMIENTO EN EL CAMPO
Al examinar e intentar ordenar la gran cantidad de material recogido como resultado de las numerosas observaciones y experiencias de los prisioneros, cabe distinguir tres fases en las reacciones mentales de los internados en un campo de concentración: la fase que sigue a su internamiento, la fase de la auténtica vida en el campo y la fase siguiente a su liberación.
Estación Auschwitz
El síntoma que caracteriza la primera fase es el shock. Bajo ciertas condiciones el shock puede incluso preceder a la admisión formal del prisionero en el campo. Ofreceré, como ejemplo, las circunstancias de mi propio internamiento.
Unas 1500 personas estuvimos viajando en tren varios días con sus correspondientes noches; en cada vagón éramos unos 80.
Todos teníamos que tendernos encima de nuestro equipaje, lo poco que nos quedaba de nuestras pertenencias. Los coches estaban tan abarrotados que sólo quedaba libre la parte superior de las ventanillas por donde pasaba la claridad gris del amanecer.
Todos creíamos que el tren se encaminaba hacia una fábrica de municiones en donde nos emplearían como fuerza salarial. No sabíamos dónde nos encontrábamos ni si todavía estábamos en Silesia o ya habíamos entrado en Polonia. El silbato de la locomotora tenía un sonido misterioso, como si enviara un grito de socorro en conmiseración del desdichado cargamento que iba destinado a la perdición. Entonces el tren hizo una maniobra, nos acercábamos sin duda a una estación principal. Y, de pronto, un grito se escapó de los angustiados pasajeros: “¡Hay una señal, Auschwitz!” Su solo nombre evocaba todo lo que hay de horrible en el mundo: cámaras de gas, hornos crematorios, matanzas indiscriminadas. El tren avanzaba muy despacio, se diría que estaba indeciso, como si quisiera evitar a sus pasajeros, cuanto fuera posible, la atroz constatación: ¡Auschwitz! A medida que iba amaneciendo se hacían visibles los perfiles de un inmenso campo: la larga extensión de la cerca de varias hileras de alambrada espinosa; las torres de observación; los focos y las interminables columnas de harapientas figuras humanas, pardas a la luz grisácea del amanecer, arrastrándose por los desolados campos hacia un destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos de mando, pero no sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación me llevaba a ver horcas con gente colgando de ellas. Me estremecí de horror, pero no andaba muy desencaminado, ya que paso a paso nos fuimos acostumbrando a un horror inmenso y terrible.
A su debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicial fue interrumpido por voces de mando: a partir de entonces íbamos a escuchar aquellas voces ásperas y chillonas una y otra vez, en todos los campos. Sonaban igual que el último grito de una víctima, y sin embargo había cierta diferencia: eran roncas, cortantes, como si vinieran de la garganta de un hombre que tuviera que estar gritando así sin parar, un hombre al que asesinaran una y otra vez… Las portezuelas del vagón se abrieron de golpe y un pequeño destacamento de prisioneros entró alborotando. Llevaban uniformes rayados, tenían la cabeza afeitada, pero parecían bien alimentados. Hablaban en todas las lenguas europeas imaginables y todos parecían conservar cierto humor, que bajo tales circunstancias sonaba grotesco. Como el hombre que se ahoga y se agarra a una paja, mi innato optimismo (que tantas veces me había ayudado a controlar mis sentimientos aun en las situaciones más desesperadas) se aferró a este pensamiento: los prisioneros tienen buen aspecto, parecen estar de buen humor, incluso se ríen, ¿quién sabe? Tal vez consiga compartir su favorable posición.
Hay en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la ”ilusión del indulto”, según el cual el condenado a muerte, en el instante antes de su ejecución, concibe la ilusión de que le indultarán en el último segundo. También nosotros nos agarrábamos a los jirones de esperanza y hasta el último momento creímos que no todo sería tan malo. La sola vista de las mejillas sonrosadas y los rostros redondos de aquellos prisioneros resultaba un gran estímulo. Poco sabíamos entonces que componían un grupo especialmente seleccionado que durante años habían sido el comité de recepción de las nuevas expediciones de prisioneros que llegaban a la estación un día tras otro. Se hicieron cargo de los recién llegados y de su equipaje, incluidos los escasos objetos personales y las alhajas de contrabando. Auschwitz debe haber sido un extraño lugar en aquella Europa de los últimos años de la guerra, un lugar repleto de tesoros inmensos en oro y plata, platino y diamantes, depositados en sus enormes almacenes, sin contar los que estaban en manos de las SS.
A la espera de trasladarlos a otros campos más pequeños, metieron a 1100 prisioneros en una barraca construida para albergar probablemente a unas doscientas personas como máximo. Teníamos hambre y frío y no había espacio suficiente ni para sentarnos en cuclillas en el suelo desnudo, no digamos ya para tendernos. Durante cuatro días, nuestro único alimento consistió en un trozo de pan de unos 150 gramos. Pero yo oí a los prisioneros más antiguos que estaban a cargo de la barraca regatear, con uno de los componentes del comité de recepción, por un alfiler de corbata de platino y diamantes. Al final, la mayor parte de las ganancias se convertían en tragos de aguardiente. No me acuerdo ya de cuántos miles de marcos se necesitaban para comprar la cantidad de Schnaps necesaria para pasar una “tarde alegre”, pero sí sé que los prisioneros veteranos necesitaban esos tragos. ¿Quién podría culparles de tratar de drogarse bajo tales circunstancias? Había otro grupo de prisioneros que conseguían aguardiente de las SS casi sin limitación alguna: eran los hombres que trabajaban en las cámaras de gas y en los crematorios y que sabían muy bien que cualquier día serían relevados por otra remesa y tendrían que dejar su obligado papel de ejecutores para convertirse en víctimas.
La primera selección
Creo que todos los que formaban parte de nuestra expedición vivían con la ilusión de que seríamos liberados, de que, al final, todo iba a salir muy bien. No nos dábamos cuenta del significado que encerraba la escena que expongo a continuación. Hasta la tarde no comprendimos su sentido. Nos dijeron que dejáramos nuestro equipaje en el tren y que formáramos dos filas, una de mujeres y otra de hombres, y que desfiláramos ante un oficial de las SS. Por sorprendente que parezca, tuve el valor de esconder mi macuto debajo del abrigo. Uno a uno, los hombres pasamos ante el oficial. Me daba cuenta del peligro que corría si el oficial localizaba mi saco. Lo menos que haría sería derribarme al suelo de una bofetada; lo sabía por propia experiencia. Instintivamente, al irme aproximando a él me enderecé de modo que no se diera cuenta de mi pesada carga. Ahora lo tenía frente a frente. Era un hombre alto y delgado y llevaba un uniforme impecable que le sentaba perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos sucios y mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado una actitud de aparente descuido sujetándose el codo derecho con la mano izquierda. Ninguno de nosotros tenía la más remota idea del siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeño movimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda y otras a la derecha, pero sobre todo a la derecha.
Tocaba mi turno. Alguien me susurró que si nos enviaban a la derecha (“desde el punto de vista del espectador”) significaba trabajos forzados, mientras que la dirección a la izquierda era para los enfermos e incapaces de trabajar, a quienes enviaban a otro campo. No podía hacer otra cosa que dejar que las cosas siguieran su curso, como así sería a partir de entonces muchas veces más. El macuto me pesaba y me obligaba a ladearme hacia la izquierda, pero hice un esfuerzo para caminar erguido. El hombre de las SS me miró de arriba abajo y pareció dudar; después puso sus dos manos sobre mis hombros. Intenté con todas mis fuerzas parecer distinguido: me hizo girar hasta que quedé frente al lado derecho y seguí andando en aquella dirección.
Por la tarde nos explicaron la significación del juego del dedo. Se trataba de la primera selección, el primer veredicto sobre nuestra existencia o no existencia. Para la gran mayoría de aquella expedición, cerca de un 90%, significó la muerte; la sentencia se ejecutó en las horas siguientes. Los que fueron enviados hacia la izquierda marcharon directamente desde la estación al crematorio. Dicho edificio, según me contó un prisionero que trabajaba allí, tenía escrito sobre sus puertas en varios idiomas europeos, la palabra “baño”. Al entrar, a cada prisionero se le entregaba una pastilla de jabón y después…, pero gracias a Dios no necesito relatar lo que sucedía después. Muchos han escrito ya sobre tanto horror. Los que nos habíamos salvado, la minoría de nuestra expedición, supo aquella tarde la verdad.
Pregunté a los prisioneros que llevaban allí algún tiempo a dónde podrían haber enviado a mi amigo y colega P.
“¿Lo mandaron hacia la izquierda?”
“Sí”, repliqué.
“Entonces puede verle allí”, me dijeron.
“¿Dónde?” La mano señalaba la chimenea que había a unos cuantos cientos de yardas y que arrojaba al cielo gris de Polonia una llamarada de fuego que se disolvía en una siniestra nube de humo.
“Allí es donde está su amigo, elevándose hacia el cielo”, fue su respuesta. Pero entonces todavía no comprendía lo que quería decir hasta que me revelaron la verdad con toda su crudeza.
Pero me estoy adelantando al contar las cosas. Desde un punto de vista psicológico, teníamos un largo, muy largo, camino por delante desde que pusimos el pie en la estación hasta nuestra primera noche en el campo. Escoltados por los guardias de las SS que iban cargados con pesados fusiles, nos hicieron recorrer a paso ligero el camino que desde la estación atravesaba la alambrada electrificada y el campo, hasta llegar al pabellón de desinfección; para aquellos de nosotros que habíamos pasado la primera selección, fue un auténtico baño. Una vez más se vio confirmada nuestra ilusión de salvarnos. Los hombres de las SS parecían casi casi encantadores. Pronto supimos por qué: eran amables con nosotros mientras teníamos nuestros relojes de pulsera y nos podían persuadir, en todos los tonos y maneras, para que se los entregáramos. ¿Acaso no habíamos perdido ya todo lo que poseíamos? ¿Por qué no habíamos de dar nuestro reloj a aquellas personas relativamente agradables? Tal vez algún día nos lo devolverían con creces.
Desinfección
Esperamos en un cobertizo que parecía ser la antesala de la cámara de desinfección. Los hombres de las SS aparecieron y extendieron unas mantas sobre las que teníamos que echar todo lo que llevábamos encima: relojes y joyas. Todavía había entre nosotros unos cuantos ingenuos que preguntaron, para regocijo de los más avezados que actuaban de ayudantes, si no podían conservar su anillo de casados, una medalla o algún amuleto de oro. Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo, absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianza de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi chaqueta y dije: “Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya sé lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida, que eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedo evitarlo, tengo que conservar este manuscrito a toda costa: contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?” Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró divertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en respuesta a mi pregunta, una palabra que siempre estaba presente en el vocabulario de los internados en el campo: ”¡Mierda!” Y en ese momento toda la verdad se hizo patente ante mí e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase de mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida anterior.
De pronto se produjo cierto revuelo entre mis compañeros de viaje, que hasta ese momento permanecían de pie con los rostros pálidos, asustados, debatiéndose sin esperanza. Otra vez oíamos gritar, dando órdenes, a aquellas voces roncas. A empujones, nos condujeron a la antesala inmediata a los baños. Allí nos agrupamos en torno a un hombre de las SS que esperó hasta que todos hubimos llegado. Entonces dijo: “Os daré dos minutos y mediré el tiempo por mi reloj. En estos dos minutos os desnudaréis por completo y dejaréis en el suelo, junto a vosotros, todas vuestras ropas. No podéis llevar nada con vosotros a excepción de los zapatos, el cinturón, las gafas y, en todo caso, el braguero. Empiezo a contar: ¡ahora!”
Con una rapidez impensable, la gente se fue desnudando. Según pasaba el tiempo, cada vez se ponían más nerviosos y tiraban torpemente de su ropa interior, sin acertar con los cinturones ni con los cordones de los zapatos. Fue entonces cuando oímos los primeros restallidos del látigo; las correas de cuero azotaron los cuerpos desnudos. A continuación nos empujaron a otra habitación para afeitarnos: no se conformaron solamente con rasurar nuestras cabezas, sino que no dejaron ni un solo pelo en nuestros cuerpos. Seguidamente pasamos a las duchas, donde nos volvieron a alinear. A duras penas nos reconocimos; pero, con gran alivio, algunos constataban que de las duchas salía agua de verdad…
Nuestra única posesión: la existencia desnuda.
Mientras esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez se nos hizo patente: nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos mondos y lirondos (incluso sin pelo); literalmente hablando, lo único que poseíamos era nuestra existencia desnuda. ¿Qué otra cosa nos quedaba que pudiera ser un nexo material con nuestra existencia anterior? Por lo que a mí se refiere, tenía mis gafas y mi cinturón,que posteriormente hube de cambiar por un pedazo de pan. A los que tenían braguero les estaba reservada todavía una pequeña sorpresa más. Por la tarde, el prisionero veterano que estaba a cargo de nuestro barracón nos dio la bienvenida con un discursito en el que nos aseguró bajo su palabra de honor que, personalmente, colgaría “de aquella viga” —y señaló hacia ella— a cualquiera que hubiera cosido dinero o piedras preciosas a su braguero. Y orgullosamente explicó que, como veterano que era, las leyes del campo le daban derecho a hacerlo.
Con los zapatos hubo también sus más y sus menos. Aunque se suponía que los conservaríamos, los que poseían un par medio decente tuvieron que entregarlos y, a cambio, les dieron otros zapatos que no les servían. Pero los que estaban en verdadera dificultad eran los prisioneros que habían seguido el consejo aparentemente bien intencionado que les dieron (en la antesala)
los prisioneros veteranos y habían cortado las botas altas y
untado después jabón en los bordes para ocultar el sabotaje. Los
hombres de las SS parecían estar esperándolo. Todos los
sospechosos de tal delito pasaron a una pequeña habitación
contigua. Al cabo de un rato volvimos a oír los azotes del látigo y
los gritos de los hombres torturados. Esta vez el castigo duró
bastante tiempo.
Las primeras reacciones
Las ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavía
las fuimos perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente,
muchos de nosotros nos sentimos embargados por un humor
macabro. Supimos que nada teníamos que perder como no fueran
nuestras vidas tan ridículamente desnudas. Cuando las duchas
empezaron a correr, hicimos de tripas corazón e intentamos
bromear sobre nosotros mismos y entre nosotros. ¡Después de
todo sobre nuestras espaldas caía agua de verdad!…
Aparte de aquella extraña clase de humor, otra sensación se
apoderó de nosotros: la curiosidad. Yo había experimentado ya
antes este tipo de curiosidad como reacción fundamental ante
ciertas circunstancias extrañas. Cuando en una ocasión estuve a
punto de perder la vida en un accidente de montañismo, en el
momento crítico, durante segundos (o tal vez milésimas de
segundo) sólo tuve una sensación: curiosidad, curiosidad sobre si
saldría con vida o con el cráneo fracturado o cualquier otro
percance.
Una fría curiosidad era lo que predominaba incluso en
Auschwitz, algo que separaba la mente de todo lo que la rodeaba
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y la obligaba a contemplarlo todo con una especie de objetividad.
Al llegar a este punto, cultivábamos este estado de ánimo como
medida de protección. Estábamos ansiosos por saber lo que
sucedería a continuación y qué consecuencias nos traería, por
ejemplo, estar de pie a la intemperie, en el frío de finales de
otoño, completamente desnudos y todavía mojados por el agua
de la ducha. A los pocos días nuestra curiosidad se tornó en
sorpresa, la sorpresa de ver que no nos habíamos resfriado.
A los recién llegados nos estaban reservadas todavía muchas
sorpresas de este tipo. Los médicos que había en nuestro grupo
fuimos los primeros en aprender que los libros de texto mienten.
En alguna parte se ha dicho que si no duerme un determinado
número de horas, el hombre no puede vivir. ¡Mentira! Yo había
vivido convencido de que existían unas cuantas cosas que
sencillamente no podía hacer: no podía dormir sin esto, o no
podía vivir sin aquello. La primera noche en Auschwitz dormimos
en literas de tres pisos. En cada litera (que medía
aproximadamente 2 X 2,5 m) dormían nueve hombres,
directamente sobre los tablones. Para cada nueve había dos
mantas. Claro está que sólo podíamos tendernos de costado,
apretujados y amontonados los unos contra los otros, lo que tenía
ciertas ventajas a causa del frío que penetraba hasta los huesos.
Aunque estaba prohibido subir los zapatos a las literas, algunos
los utilizaban como almohadas a pesar de estar cubiertos de lodo.
Si no, la cabeza de uno tenía que descansar en el pliegue de un
brazo casi dislocado. Y aún así, el sueño venía y traía olvido y
alivio al dolor durante unas pocas horas.
Me gustaría mencionar algunas sorpresas más acerca de lo
que éramos capaces de soportar: no podíamos limpiarnos los
dientes y, sin embargo y a pesar de la fuerte carencia vitamínica,
nuestras encías estaban más saludables que antes. Teníamos que
llevar la misma camisa durante medio año, hasta que perdía la
apariencia de tal. Pasaban muchos días seguidos sin lavarnos ni
siquiera parcialmente, porque se helaban las cañerías de agua y,
sin embargo, las llagas y heridas de las manos sucias por el
trabajo de la tierra no supuraban (es decir, a menos que se
congelaran). O, por ejemplo, aquel que tenía el sueño ligero y al
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que molestaba el más mínimo ruido en la habitación contigua, se
acostaba ahora apretujado junto a un camarada que roncaba
ruidosamente a pocas pulgadas de su oído y, sin embargo, dormía
profundamente a pesar del ruido. Si alguien nos preguntara sobre
la verdad de la afirmación de Dostoyevski que asegura
terminantemente que el hombre es un ser que puede ser utilizado
para cualquier cosa, contestaríamos: “Cierto, para cualquier cosa,
pero no nos preguntéis cómo”.
¿“Lanzarse contra la alambrada”?
Nuestro ensayo psicológico no nos ha llevado tan lejos
todavía; ni tampoco nosotros los prisioneros estábamos entonces
en condiciones de saberlo. Aún nos hallábamos en la primera fase
de nuestras reacciones psicológicas. Lo desesperado de la
situación, la amenaza de la muerte que día tras día, hora tras
hora, minuto tras minuto se cernía sobre nosotros, la proximidad
de la muerte de otros —la mayoría— hacía que casi todos, aunque
fuera por breve tiempo, abrigasen el pensamiento de suicidarse.
Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré,
la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la
promesa de que no “me lanzaría contra la alambrada”. Esta era la
frase que se utilizaba en el campo para describir el método de
suicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada. Esta
decisión negativa de no lanzarse contra la alambrada no era difícil
de tomar en Auschwitz. Ni tampoco tenía objeto alguno el
suicidarse, ya que para el término medio de los prisioneros, las
expectativas de vida, consideradas objetivamente y aplicando el
cálculo de probabilidades, eran muy escasas. Ninguno de nosotros
podía tener la seguridad de aspirar a encontrarse en el pequeño
porcentaje de hombres que sobrevivirían a todas las selecciones.
En la primera fase del shock, el prisionero de Auschwitz no temía
la muerte. Pasados los primeros días, incluso las cámaras de gas
perdían para él todo su horror; al fin y al cabo, le ahorraban el
acto de suicidarse.
Compañeros a quienes he encontrado más tarde me han
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asegurado que yo no fui uno de los más deprimidos tras el shock
del internamiento. Recuerdo que me limité a sonreír y, muy
sinceramente, cuando ocurrió este episodio la mañana siguiente a
nuestra primera noche en Auschwitz. A pesar de las órdenes
estrictas de no salir de nuestros barracones, un colega que había
llegado a Auschwitz unas semanas antes se coló en el nuestro.
Quería calmarnos y tranquilizarnos y nos contó algunas cosas.
Había adelgazado tanto que, al principio, no le reconocí. Con un
tinte de buen humor y una actitud despreocupada nos dio unos
cuantos consejos apresurados:
“¡No tengáis miedo! ¡No temáis las selecciones! El Dr. M. (jefe
sanitario de las SS) tiene cierta debilidad por los médicos.” (Esto
era falso; las amables palabras de mi amigo no correspondían a la
verdad. Un prisionero de unos 60 años, médico de un bloque de
barracones, me contó que había suplicado al Dr. M. para que
liberara a su hijo que había sido destinado a la cámara de gas. El
Dr. M. rehusó fríamente ayudarle.)
“Pero una cosa os suplico, continuó, que os afeitéis a diario,
completamente si podéis, aunque tengáis que utilizar un trozo de
vidrio para ello… aunque tengáis que desprenderos del último
pedazo de pan. Pareceréis más jóvenes y los arañazos harán que
vuestras mejillas parezcan más lozanas. Si queréis manteneros
vivos sólo hay un medio: aplicaros a vuestro trabajo. Si alguna
vez cojeáis, si, por ejemplo, tenéis una pequeña ampolla en el
talón, y un SS lo ve, os apartará a un lado y al día siguiente
podéis asegurar que os mandará a la cámara de gas. ¿Sabéis a
quién llamamos aquí un “musulmán”? Al que tiene un aspecto
miserable, por dentro y por fuera, enfermo y demacrado y es
incapaz de realizar trabajos duros por más tiempo: ése es un
“musulmán”. Más pronto o más tarde, por regla general más
pronto, el “musulmán” acaba en la cámara de gas. Así que
recordad: debéis afeitaros, andar derechos, caminar con gracia, y
no tendréis por qué temer al gas. Todos los que estáis aquí, aun
cuando sólo haga 24 horas, no tenéis que temer al gas, excepto
quizás tú.” Y entonces señalando hacia mí, dijo: “Espero que no
te importe que hable con franqueza.” Y repitió a los demás: “De
todos vosotros él es el único que debe temer la próxima selección.
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Así que no os preocupéis.” Y yo sonreí. Ahora estoy convencido de
que cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo aquel día.
Fue Lessing quien dijo en una ocasión: “Hay cosas que deben
haceros perder la razón, o entonces es que no tenéis ninguna
razón que perder.” Ante una situación anormal, la reacción
anormal constituye una conducta normal. Aún nosotros, los
psiquiatras, esperamos que los recursos de un hombre ante una
situación anormal, como la de estar internado en un asilo, sean
anormales en proporción a su grado de normalidad. La reacción
de un hombre tras su internamiento en un campo de
concentración representa igualmente un estado de ánimo
anormal, pero juzgada objetivamente es normal y, como más
tarde demostraré, una reacción típica dadas las circunstancias.
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SEGUNDA FASE: LA VIDA EN EL CAMPO
Apatía
Las reacciones descritas empezaron a cambiar a los pocos
días. El prisionero pasaba de la primera a la segunda fase, una
fase de apatía relativa en la que llegaba a una especie de muerte
emocional. Aparte de las emociones ya descritas, el prisionero
recién llegado experimentaba las torturas de otras emociones más
dolorosas, todas las cuales intentaba amortiguar. La primera de
todas era la añoranza sin límites de su casa y de su familia. A
veces era tan aguda que simplemente se consumía de nostalgia.
Seguía después la repugnancia que le producía toda la fealdad
que le rodeaba, incluso en las formas externas más simples.
A muchos de los prisioneros se les entregaba un uniforme
andrajoso que, por comparación, hubiera hecho parecer elegante
a un espantapájaros. Entre los barracones del campo no había
nada más que barro y cuanto más se trabajaba para eliminarlo
más se hundía uno en él. Una de las prácticas favoritas consistía
en destacar a un recién llegado en el grupo encargado de limpiar
las letrinas y retirar los excrementos. Si, como solía suceder,
parte de éstos le salpicaba la cara al trasladarlos entre los
desniveles del campo, cualquier signo de asco por parte del
prisionero o la intención de quitarse la porquería de la cara
merecía cuando menos un latigazo por parte del “capo”, indignado
ante la “delicadeza” del prisionero. De esta forma se aceleraba la
mortificación ante las reacciones normales.
Al principio, el prisionero volvía la cabeza ante las marchas de
castigo de otros grupos; no podía soportar la contemplación de
sus compañeros yendo arriba y abajo durante horas, hundidos en
el fango, acompañadas las órdenes de golpes. Unos días o unas
semanas después, las cosas cambiaban. Por la mañana temprano,
cuando todavía estaba oscuro, el prisionero se plantaba frente a
la puerta, junto con su destacamento, listo para marchar. Oía un
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grito y veía tirar a golpes al suelo a un camarada; se volvía a
poner de pie y nuevamente le volvían a derribar al suelo. ¿Y todo
por qué? Tenía fiebre, pero se había presentado a la enfermería
en un momento inoportuno. Le castigaban por tratar de zafarse
de sus deberes de esta forma irregular.
El prisionero que se encontraba ya en la segunda fase de sus
reacciones psicológicas no apartaba la vista. Al llegar a ese punto,
sus sentimientos se habían embotado y contemplaba impasible
tales escenas. Otro ejemplo: cuando ese mismo prisionero estaba
por la tarde esperando ante la enfermería con la esperanza de
que le concederían dos días de trabajos ligeros dentro del campo
a causa de sus heridas o quizás por el edema o la fiebre,
observaba impertérrito cómo era arrastrado un muchacho de 12
años para el que no había ya zapatos en el campo y le habían
obligado a estar en posición firme durante horas bajo la nieve o a
trabajar a la intemperie con los pies desnudos. Se le habían
congelado los dedos y el médico le arrancaba los negros muñones
gangrenados con tenazas, uno por uno. Asco, piedad y horror
eran emociones que nuestro espectador no podía sentir ya. Los
que sufrían, los enfermos, los agonizantes y los muertos eran
cosas tan comunes para él tras unas pocas semanas en el campo
que no le conmovían en absoluto.
Estuve algún tiempo en un barracón cuidando a los enfermos
de tifus; los delirios eran frecuentes, pues casi todos los pacientes
estaban agonizando. Apenas acababa de morir uno de ellos y yo
contemplaba sin ningún sobresalto emocional la siguiente escena,
que se repetía una y otra vez con cada fallecimiento. Uno por
uno, los prisioneros se acercaban al cuerpo todavía caliente de su
compañero. Uno agarraba los restos de las hediondas patatas de
la comida del mediodía, otro decidía que los zapatos de madera
del cadáver eran mejores que los suyos y se los cambiaba. Otro
hacía lo mismo con el abrigo del muerto y otro se contentaba con
agenciarse —¡Imagínense qué cosa!— un trozo de cuerda
auténtica. Y todo esto yo lo veía impertérrito, sin conmoverme lo
más mínimo. Pedía al “enfermo” que retirara el cadáver. Cuando
se decidía a hacerlo, lo cogía por las piernas, dejaba que se
deslizara al estrecho pasillo entre las dos hileras de tablas que
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constituían las camas de los cincuenta enfermos de tifus y lo
arrastraba por el desigual suelo de tierra hasta la puerta. Los dos
escalones que había que subir para salir al aire libre siempre
constituían un problema para nosotros, que estábamos exhaustos
por falta de alimentación. Tras unos cuantos meses de estancia
en el campo, éramos incapaces de subir las escaleras sin
agarrarnos a la puerta para darnos impulso. El hombre que
arrastraba el cadáver se acercaba a los escalones. A duras penas
podía subir él; a continuación tenía que izar el cadáver: primero
los pies, luego el tronco y finalmente —con un ruido extraño— la
cabeza del muerto subía botando los dos escalones. Acto seguido
nos distribuían la ración diaria de sopa. Mi sitio estaba en la parte
opuesta del barracón, cerca de la pequeña y única ventana,
situada casi a ras del suelo. Mientras mis frías manos agarraban
la taza de sopa caliente de la que yo sorbía con avidez, miraba
por la ventana. El cadáver que acababan de llevarse me estaba
mirando con sus ojos vidriosos; sólo dos Horas antes había estado
hablando con aquel hombre. Yo seguía sorbiendo mi sopa. Si mi
falta de emociones no me hubiera sorprendido desde el punto de
vista del interés profesional, ahora no recordaría este incidente,
tal era el escaso sentimiento que en mí despertaba.
Lo que hace daño
La apatía, el adormecimiento de las emociones y el
sentimiento de que a uno no le importaría ya nunca nada eran los
síntomas que se manifestaban en la segunda etapa de las
reacciones psicológicas del prisionero y lo que, eventualmente, le
hacían insensible a los golpes diarios, casi continuos. Gracias a
esta insensibilidad, el prisionero se rodeaba en seguida de un
caparazón protector muy necesario. Los golpes se producían a la
mínima provocación y algunas veces sin razón alguna. Por
ejemplo: el pan se repartía en el lugar donde trabajábamos y
teníamos que ponernos en fila para obtenerlo. En una ocasión, el
que estaba detrás de mí se corrió ligeramente hacia un lado y
esta mínima falta de simetría desagradó al guardián de las SS. Yo
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no sabía lo que ocurría en la fila detrás de mí, ni lo que pasaba
por la mente del guardia, pero, de pronto, recibí dos fuertes
golpes en la cabeza. Sólo entonces me di cuenta de que a mi lado
había un guardia y que estaba usando su vara. En tales
momentos no es ya el dolor físico lo que más nos hiere (y esto se
aplica tanto a los adultos como a los niños); es la agonía mental
causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello.
Por extraño que parezca, un golpe que incluso no acierte a
dar, puede, bajo ciertas circunstancias, herirnos más que uno que
atine en el blanco. Una vez estaba de pie junto a la vía del
ferrocarril bajo una tormenta de nieve. A pesar del temporal
nuestra cuadrilla tenía que seguir trabajando. Trabajé con
bastante ahínco, repasando la vía con grava, ya que era la única
forma de entrar en calor. Durante unos breves instantes hice una
pausa para tomar aliento y apoyarme sobre la pala. Por
desgracia, el guardia se dio entonces media vuelta y pensó que yo
estaba holgazaneando. El dolor que me causó no fue por sus
insultos o sus golpes. El guardia decidió que no valía la pena
gastar su tiempo en decir ni una palabra, ni lanzar un juramento
contra aquel cuerpo andrajoso y demacrado que tenía delante de
él y que, probablemente, apenas le recordaba al de una figura
humana. En vez de ello, cogió una piedra alegremente y la lanzó
contra mí. A mí, aquello me pareció una forma de atraer la
atención de una bestia, de inducir a un animal doméstico a que
realice su trabajo, una criatura con la que se tiene tan poco en
común que ni siquiera hay que molestarse en castigarla.
El insulto
El aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que
incluyen. En una ocasión teníamos que arrastrar unas cuantas
traviesas largas y pesadas sobre las vías heladas. Si un hombre
resbalaba, no sólo corría peligro él, sino todos los que cargaban la
misma traviesa. Un antiguo amigo mío tenía una cadera dislocada
de nacimiento. Podía estar contento de trabajar a pesar del
defecto, ya que los que padecían algún defecto físico era casi
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seguro que los enviaban a morir en la primera selección. Mi amigo
se bamboleaba sobre el raíl con aquella traviesa especialmente
pesada y estaba a punto de caerse y arrastrar a los demás con él.
En aquel momento yo no arrastraba ninguna traviesa, así que
salté a ayudarle sin pararme a pensar. Inmediatamente sentí un
golpe en la espalda, un duro castigo, y me ordenaron regresar a
mi puesto. Unos pocos minutos antes el guardia que me golpeó
nos había dicho despectivamente que los “cerdos” como nosotros
no teníamos espíritu de compañerismo.
En otra ocasión y a una temperatura de menos de veinte
grados centígrados empezamos a cavar el suelo del bosque, que
estaba helado, para tender unas cañerías. Para entonces ya me
había debilitado mucho físicamente. Vi venir a un capataz con sus
rechonchas mejillas sonrosadas. Su cara recordaba
inevitablemente la cabeza de un cerdo. Me fijé, con envidia, en
sus cálidos guantes, mientras pensaba que nosotros teníamos que
trabajar con las manos desnudas y sin ninguna prenda de abrigo,
como su chaqueta de cuero forrada de piel, bajo aquel frío tan
intenso. Durante un momento me observó en silencio. Sentí que
se mascaba la tragedia, ya que junto a mí tenía el montón de
tierra que mostraba exactamente lo poco que había cavado.
Entonces: “Tú, cerdo, te vengo observando todo el tiempo. Yo
te enseñaré a trabajar. Espera a ver como cavas la tierra con los
dientes, morirás como un animal. ¡En dos días habré acabado
contigo! No has debido dar golpe en toda tu vida. ¿Qué eras tú,
puerco, un hombre de negocios?”
Ya había dejado de importarme todo. Pero tenía que tomar en
serio esta amenaza de muerte, así que saqué todas mis fuerzas y
le miré directamente a los ojos: “Era médico especialista.”
“¿Qué? ¿Un médico? Apuesto a que les cobrabas un montón de
dinero a tus pacientes.”
“La verdad es que la mayor parte de mi trabajo lo hacía sin
cobrar nada, en las clínicas para pobres.” Al llegar aquí,
comprendí que había dicho demasiado. Se arrojó sobre mí y me
derribó al suelo gritando como un energúmeno. No puedo
recordar lo que gritaba.
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Afortunadamente el “capo” de mi cuadrilla se sentía obligado
hacia mí; sentía hacia mí cierta simpatía porque yo escuchaba sus
historias de amor y sus dificultades matrimoniales, que me
contaba en las largas caminatas a nuestro lugar de trabajo. Le
había causado cierta impresión con mi diagnosis sobre su carácter
y mi consejo psicoterapéutico. A partir de este momento me
estaba agradecido y ello me fue de mucho valor. En ocasiones
anteriores me había reservado un puesto junto a él en las cinco
primeras hileras de nuestro destacamento, que normalmente
componían 280 hombres. Era un favor muy importante. Teníamos
que alinearnos por la mañana muy temprano cuando todavía
estaba oscuro. Todo el mundo tenía miedo de llegar tarde y tener
que quedarse en las hileras de la cola. Si se necesitaban hombres
para hacer un trabajo desagradable, el jefe de los “capo” solía
reclutar a los hombres que necesitaba de entre los de las últimas
filas. Estos hombres tenían que marchar lejos a otro tipo de
trabajo, especialmente temido, a las órdenes de guardias
desconocidos. De vez en cuando, el “capo” elegía a los hombres
de las primeras cinco filas para sorprender a los que se pasaban
de listos. Todas las protestas y súplicas eran silenciadas con unos
cuantos puntapiés que daban en el blanco y las víctimas de su
elección eran llevadas al lugar de reunión a base de gritos y
golpes.
Ahora bien, mientras duraron las confesiones de mi “capo”,
nunca me sucedió eso a mí. Tenía garantizado un puesto de honor
junto a él, lo que comportaba además otra ventaja. Como casi
todos los que estaban internados en el campo, yo padecía edema
de hambre. Mis piernas estaban tan hinchadas y la piel tan tirante
que apenas podía doblar las rodillas. No podía atarme los zapatos
si quería que cupieran en ellos mis pies hinchados. No hubiera
quedado espacio para los calcetines aun cuando los hubiera
tenido. Mis pies parcialmente desnudos estaban siempre mojados
y los zapatos llenos de nieve. Ello me producía, naturalmente,
congelaciones y sabañones. Cada paso que daba constituía una
verdadera tortura. Durante las largas marchas sobre los campos
nevados se formaban en nuestros zapatos carámbanos de hielo.
Una y otra vez los hombres resbalaban y los que les seguían
tropezaban y caían encima de ellos. Entonces la columna se
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detenía unos momentos, no demasiados. Pronto entraba en
acción uno de los guardias y golpeaba a los hombres con la culata
de su rifle, haciendo que se levantaran rápidamente. Cuanto más
adelantado se estuviera en la columna, menos probabilidades
tenías de detenerte y de tener que recuperar después la distancia
perdida corriendo con los pies doloridos. ¡Qué agradecido debía
sentirme por haber sido designado médico personal de su señoría
el “capo” y por marchar en cabeza a un paso regular! Como pago
adicional a mis servicios, yo podía estar seguro de que mientras
en nuestro lugar de trabajo se repartiera un plato de sopa a la
hora de comer, cuando llegara mi turno, él metería el cacillo hasta
el fondo del perol para pescar unas pocas habichuelas.
Este mismo “capo”, que anteriormente había sido oficial del
ejército, se había atrevido a musitar al capataz, aquel que se
había irritado conmigo, que me consideraba un trabajador
excepcionalmente bueno. No es que esto me ayudara mucho,
pero sí sirvió para salvarme la vida (una de las muchas veces que
se salvaría). Al día siguiente del episodio con el capataz el “capo”
me metió de contrabando en otra cuadrilla de trabajo.
Con este suceso, aparentemente trivial, quiero mostrar que
hay momentos en que la indignación puede surgir incluso en un
prisionero aparentemente endurecido, indignación no causada por
la crueldad o el dolor, sino por el insulto al que va unido. Aquella
vez, la sangre se me agolpó en la cabeza por verme obligado a
escuchar a un hombre que juzgaba mi vida sin tener la más
remota idea de cómo era yo, un hombre (debo confesarlo: la
observación que expongo seguidamente la hice a mis compañeros
de prisión tras la escena, lo que me produjo un cierto alivio
infantil) “que parecía tan vulgar y tan brutal que la enfermera de
la sala de espera de nuestro hospital ni siquiera le hubiera
permitido pasar”.
Había también capataces que se preocupaban por nosotros y
hacían cuanto podían por aliviar nuestra situación, cuando menos
al pie de obra. Pero aún así no cesaban de recordarnos que un
trabajador normal hacía siete veces nuestro trabajo y en menos
tiempo. Entendían, sin embargo, nuestras razones cuando
argüíamos que ningún trabajador normal y corriente vivía con 300
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g de pan (teóricamente, pero en la práctica recibíamos menos) y
1 litro de sopa aguada al día; que un obrero normal no vivía bajo
la presión mental a la que nos veíamos sometidos, sin noticias de
nuestros familiares que, o bien habían sido enviados a otro campo
o habían muerto en las cámaras de gas; que un trabajador
normal no vivía amenazado de muerte continuamente, todos los
días y a todas horas. Una vez incluso me permití decirle a un
capataz amablemente: “Si usted aprendiera de mí a operar el
cerebro con tanta rapidez como yo estoy aprendiendo de usted a
hacer carreteras, sentiría un gran respeto por usted.” Y él hizo
una mueca.
La apatía, el principal síntoma de la segunda fase, era un
mecanismo necesario de autodefensa. La realidad se desdibujaba
y todos nuestros esfuerzos y todas nuestras emociones se
centraban en una tarea: la conservación de nuestras vidas y la de
otros compañeros. Era típico oír a los prisioneros, cuando al
atardecer los conducían como rebaños de vuelta al campo desde
sus lugares de trabajo, respirar con alivio y decir: “Bueno, ya
pasó el día.”
Los sueños de los prisioneros
Fácilmente se comprende que un estado tal de tensión junto
con la constante necesidad de concentrarse en la tarea de estar
vivos, forzaba la vida íntima del prisionero a descender a un nivel
primitivo. Algunos de mis colegas del campo, que habían
estudiado psicoanálisis, solían hablar de la “regresión” del
internado en el campo: una retirada a una forma más primitiva de
vida mental. Sus Apetencias y deseos se hacían obvios en sus
sueños.
Pero, ¿con qué soñaban los prisioneros? Con pan, pasteles,
cigarrillos y baños de agua templada. El no tener satisfechos esos
simples deseos les empujaba a buscar en los sueños su
cumplimiento. Si estos sueños eran o no beneficiosos ya es otra
cuestión; el soñador tenía que despertar de ellos y ponerse en la
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realidad de la vida en el campo y del terrible contraste entre ésta
y sus ilusiones.
Nunca olvidaré una noche en la que me despertaron los
gemidos de un prisionero amigo, que se agitaba en sueños,
obviamente víctima de una horrible pesadilla. Dado que desde
siempre me he sentido especialmente dolorido por las personas
que padecen pesadillas angustiosas, quise despertar al pobre
hombre. Y de pronto retiré la mano que estaba a punto de
sacudirle, asustado de lo que iba a hacer. Comprendí en seguida
de una forma vivida, que ningún sueño, por horrible que fuera,
podía ser tan malo como la realidad del campo que nos rodeaba y
a la que estaba a punto de devolverle.
El hambre
Debido al alto grado de desnutrición que los prisioneros
sufrían, era natural que el deseo de procurarse alimentos fuera el
instinto más primitivo en torno al cual se centraba la vida mental.
Observemos a la mayoría de los prisioneros que trabajan uno
junto a otro y a quienes, por una vez, no vigilan de cerca.
Inmediatamente empiezan a hablar sobre la comida. Un
prisionero le pregunta al que trabaja junto a él en la zanja cuál es
su plato preferido. Intercambiarán recetas y planearán un menú
para el día en que se reúnan: el día de un futuro distante en que
sean liberados y regresen a casa. Y así seguirán y seguirán,
describiendo con todo detalle, hasta que de pronto una
advertencia se irá transmitiendo, normalmente en forma de
consigna o número de contraseña: “el guardia se acerca”.
Siempre consideré las charlas sobre comida muy peligrosas.
¿Acaso no es una equivocación provocar al organismo con
aquellas descripciones tan detalladas y delicadas cuando ya ha
conseguido adaptarse de algún modo a las ínfimas raciones y a
las escasas calorías? Aunque de momento puedan parecer un
alivio psicológico, se trata de una ilusión, que psicológicamente, y
sin ninguna duda, no está exenta de peligro.
Durante la última parte de nuestro encarcelamiento, la dieta
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diaria consistía en una única ración de sopa aguada y un
pequeñísimo pedazo de pan. Se nos repartía, además, una
“entrega extra” consistente en 20 gr de margarina o una rodaja
de salchicha de baja calidad o un pequeño trozo de queso o una
pizca de algo que pretendía ser miel o una cucharada de jalea
aguada, cada día una cosa. Una dieta absolutamente inapropiada
en cuanto a calorías, sobre todo teniendo en cuenta nuestro
pesado trabajo manual y nuestra continua exposición a la
intemperie con ropas inadecuadas.
Los enfermos que “necesitaban cuidados especiales” —es
decir, a los que permitían quedarse en el barracón en vez de ir a
trabajar— estaban todavía en peores condiciones. Cuando
desaparecieron por completo las últimas capas de grasa
subcutánea y parecíamos esqueletos disfrazados con pellejos y
andrajos, comenzamos a observar cómo nuestros cuerpos se
devoraban a sí mismos. El organismo digería sus propias
proteínas y los músculos desaparecían; al cuerpo no le quedaba
ningún poder de resistencia. Uno tras otro, los miembros de
nuestra pequeña comunidad del barracón morían. Cada uno de
nosotros podía calcular con toda precisión quién sería el próximo
y cuándo le tocaría a él. Tras muchas observaciones conocíamos
bien los síntomas, lo que hacía que nuestros pronósticos fuesen
siempre acertados. “No va a durar mucho”, o “él es el próximo”
nos susurrábamos entre nosotros, y cuando en el curso de
nuestra diaria búsqueda de piojos, veíamos nuestros propios
cuerpos desnudos, llegada la noche, pensábamos algo así: Este
cuerpo, mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí? No soy
más que una pequeña parte de una gran masa de carne
humana… de una masa encerrada tras la alambrada de espinas,
agolpada en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la
cual día tras día va descomponiéndose un porcentaje porque ya
no tiene vida.
Ya he mencionado hasta qué punto no se podían olvidar los
pensamientos sobre platos favoritos que se introducían a la fuerza
en la conciencia del prisionero, en cuanto tenía un instante de
asueto. Tal vez pueda entenderse, pues, que aun el más fuerte de
nosotros soñara con un futuro en el que tendría buenos alimentos
40
y en cantidad, no por el hecho de la comida en sí, sino por el
gusto de saber que la existencia infrahumana que nos hacía
incapaces de pensar en otra cosa que no fuera comida se acabaría
por fin de una vez.
Los que no hayan pasado por una experiencia similar
difícilmente pueden concebir el conflicto mental destructor del
alma ni los conflictos de la fuerza de voluntad que experimenta un
hombre hambriento. Difícilmente pueden aprehender lo que
significa permanecer de pie cavando una trinchera, sin oír otra
cosa que la sirena anunciando las 9,30 o las 10 de la mañana —la
media hora de descanso para almorzar— cuando se repartía el
pan (si es que lo había); preguntando una y otra vez al capitán —
si éste no era un tipo excesivamente desagradable— qué hora
era; tocar después con cariño un trozo de pan en el bolsillo,
cogiéndolo primero con los dedos helados, sin guantes, partiendo
después una migaja, llevársela a la boca para, finalmente, con un
último esfuerzo de voluntad, guardársela otra vez en el bolsillo,
prometiéndose a uno mismo aquella mañana que lo conservaría
hasta mediodía.
Podíamos sostener discusiones inacabables sobre la sensatez o
insensatez de los métodos utilizados para conservar la ración
diaria de pan que durante la última época de nuestro
confinamiento sólo se nos entregaba una vez al día. Había dos
escuelas de pensamiento: una era partidaria de comerse la ración
de pan inmediatamente. Esto tenía la doble ventaja de satisfacer
los peores retortijones del hambre, los más dolorosos, durante un
breve período de tiempo, al menos una vez al día, e impedía
posibles robos o la pérdida de la ración. El segundo grupo
sostenía que era mejor dividir la porción y utilizaba diversos
argumentos. Finalmente yo engrosé las filas de este último grupo.
El momento más terrible de las 24 horas de la vida en un
campo de concentración era el despertar, cuando, todavía de
noche, los tres agudos pitidos de un silbato nos arrancaban sin
piedad de nuestro dormir exhausto y de las añoranzas de
nuestros sueños. Empezábamos entonces a luchar con nuestros
zapatos mojados en los que a duras penas podíamos meter los
pies, llagados e hinchados por el edema. Y entonces venían los
41
lamentos y quejidos de costumbre por los pequeños fastidios,
tales como enganchar los alambres que reemplazaban a los
cordones. Una mañana vi a un prisionero, al que tenía por
valiente y digno, llorar como un crío porque tenía que ir por los
caminos nevados con los pies desnudos, al haberse encogido sus
zapatos demasiado como para poderlos llevar. En aquellos fatales
minutos yo gozaba de un mínimo alivio; me sacaba del bolsillo un
trozo de pan que había guardado la noche anterior y lo masticaba
absorto en un puro deleite.
Sexualidad
La desnutrición, además de ser causa de la preocupación
general por la comida, probablemente explica también el hecho
de que el deseo sexual brillara por su ausencia. Aparte de los
efectos del shock inicial, ésta parece ser la única explicación del
fenómeno que un psicólogo se veía obligado a observar en
aquellos campos sólo de hombres: que, en oposición a otros
establecimientos estrictamente masculinos —como los barracones
del ejército— la perversión sexual era mínima. Incluso en sueños,
el prisionero se ocupaba muy poco del sexo, aun cuando según el
psicoanálisis “los instintos inhibidos”, es decir, el deseo sexual del
prisionero junto con otras emociones deberían manifestarse de
forma muy especial en los sueños.
Ausencia de sentimentalismo
En la mayoría de los prisioneros, la vida primitiva y el esfuerce
de tener que concentrarse precisamente en salvar el pellejo
llevaba a un abandono total de lo que no sirviera a tal propósito,
lo que explicaba la ausencia total de sentimentalismo en los
prisioneros. Esto lo experimenté por mí mismo cuando me
trasladaron desde Auschwitz a Dachau. El tren que conducía a
unos 2000 prisioneros atravesó Viena. Era a eso de la medianoche
cuando pasamos por una de las estaciones de la ciudad. Las vías
nos acercaban a la calle donde yo nací, a la casa donde yo había
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vivido tantos años, en realidad hasta que caí prisionero. Éramos
cincuenta prisioneros en aquel vagón, que tenía dos pequeñas
mirillas enrejadas. Tan solo había sitio para que un grupo se
sentara en cuclillas en el suelo, mientras que el resto —que debía
permanecer horas y horas de pie— se agolpaba en torno a los
ventanucos. Alzándome de puntillas y mirando desde atrás por
encima de las cabezas de los otros, por entre los barrotes de los
ventanucos, tuve una visión fantasmagórica de mi ciudad natal.
Todos nos sentíamos más muertos que vivos, pues pensábamos
que nuestro transporte se dirigía al campo de Mauthausen y sólo
nos restaban una o dos semanas de vida. Tuve la inequívoca
sensación de estar viendo las calles, las plazas y la casa de mi
niñez con los ojos de un muerto que volviera del otro mundo para
contemplar una ciudad fantasma. Varias horas después, el tren
salió de la estación y allí estaba la calle, ¡mi calle! Los jóvenes
que ya habían pasado años en un campo de concentración y para
quienes el viaje constituía un acontecimiento escudriñaban el
paisaje a través de las mirillas. Les supliqué, les rogué que me
dejasen pasar delante aunque fuera sólo un momento. Intenté
explicarles cuánto significaba para mí en este momento mirar por
el ventanuco, pero mis súplicas fueron desechadas con rudeza y
cinismo: “¿Qué has vivido ahí tantos años? Bueno, entonces ya lo
tienes demasiado visto.”
Política y religión
Esta ausencia de sentimientos en los prisioneros “con
experiencia” es uno de los fenómenos que mejor expresan esa
desvalorización de todo lo que no redunde en interés de la
conservación de la propia vida. Todo lo demás el prisionero lo
consideraba un lujo superfino. En general, en el campo sufríamos
también de “hibernación cultural”, con sólo dos excepciones: la
política y la religión: todo el campo hablaba, casi continuamente,
de política; las discusiones surgían ante todo de rumores que se
cazaban al vuelo y se transmitían con ansia. Los rumores sobre la
situación militar casi siempre eran contradictorios. Se sucedían
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con rapidez y lo único que conseguían era azuzar la guerra de
nervios que agitaba las mentes de todos los prisioneros. Una y
otra vez se desvanecían las esperanzas de que la guerra acabara
con celeridad, esperanzas avivadas por rumores optimistas.
Algunos hombres perdían toda esperanza, pero siempre había
optimistas incorregibles que eran los compañeros más irritantes.
Cuando los prisioneros sentían inquietudes religiosas, éstas
eran las más sinceras que cabe imaginar y, muy a menudo, el
recién llegado quedaba sorprendido y admirado por la
profundidad y la fuerza de las creencias religiosas. A este
respecto lo más impresionante eran las oraciones o los servicios
religiosos improvisados en el rincón de un barracón o en la
oscuridad del camión de ganado en que nos llevaban de vuelta al
campo desde el lejano lugar de trabajo, cansados, hambrientos y
helados bajo nuestras ropas harapientas.
Durante el invierno y la primavera de 1945 se produjo un
brote de tifus que afectó a casi todos los prisioneros. El índice de
mortalidad fue elevado entre los más débiles, quienes habían de
continuar trabajando hasta el límite de sus fuerzas. Los chamizos
de los enfermos carecían de las mínimas condiciones, apenas
teníamos medicamentos ni personal sanitario. Algunos de los
síntomas de la enfermedad eran muy desagradables: una
aversión irreprimible a cualquier migaja de comida (lo que
constituía un peligro más para la vida) y terribles ataques de
delirio. El peor de los casos de delirio lo sufrió un amigo mío que
creía que se estaba muriendo y al intentar rezar era incapaz de
encontrar las palabras. Para evitar estos ataques yo y muchos
otros intentábamos permanecer despiertos la mayor parte de la
noche. Durante horas redactaba discursos mentalmente. En un
momento dado, empecé a reconstruir el manuscrito que había
perdido en la cámara de desinfección de Auschwitz y, en
taquigrafía, garabateé las palabras clave en trozos de papel
diminutos.
Una sesión de espiritismo
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De vez en cuando se suscitaba una discusión científica y en
una ocasión presencié algo que jamás había visto durante mi vida
normal, aun cuando, tangencialmente, se relacionaba con mis
intereses científicos: una sesión de espiritismo. Me invitó el
médico jefe del campo (prisionero también), quien sabía que yo
era psiquiatra. La reunión tuvo lugar en su pequeño despacho de
la enfermería. Se había formado un pequeño círculo de personas
entre los que se encontraba, de modo totalmente
antirreglamentario, el oficial de seguridad del equipo sanitario. Un
prisionero extranjero comenzó a invocar a los espíritus con una
especie de oración. El administrativo del campo estaba sentado
ante una hoja de papel en blanco, sin ninguna intención
consciente de escribir. Durante los diez minutos siguientes
(transcurridos los cuales la sesión concluyó ante el fracaso del
médium en conjurar a los espíritus para que se mostraran), su
lápiz trazó —despacio— unas cuantas líneas en el papel, hasta
que fue apareciendo, de forma bastante legible, “vae v.”. Me
aseguraron que el administrativo no sabía latín y que nunca antes
había oído las palabras “vae victis, ¡ay los vencidos!’ Mi opinión
personal es que seguramente las habría oído alguna vez, aunque
sin llegar a captarlas de forma consciente, y quedaron
almacenadas en su interior para que el “espíritu” (el espíritu de su
subconsciente) las recogiera unos meses antes de nuestra
liberación y del final de la guerra.
La huida hacia el interior
A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza,
en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar
una profunda vida espiritual. No cabe duda que las personas
sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron
muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño
causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del
terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y
libertad espiritual. Sólo de esta forma puede uno explicarse la
paradoja aparente de que algunos prisioneros, a menudo los
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menos fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que
los de naturaleza más robusta. Para aclarar este punto, me veo
obligado a recurrir de nuevo a la experiencia personal. Voy a
contar lo que sucedía aquellas mañanas en que, antes del alba,
teníamos que ir andando hasta nuestro lugar de trabajo.
Oíamos gritar las órdenes:
“¡Atención, destacamento adelante! ¡Izquierda 2,3,4!
¡Izquierda 2,3,4! ¡El primer hombre, media vuelta a la izquierda,
izquierda, izquierda, izquierda! ¡Gorras fuera!
Todavía resuenan en mis oídos estas palabras. A la orden de:
“¡Gorras fuera!” atravesábamos la verja del campo, mientras nos
enfocaban con los reflectores. El que no marchaba con
marcialidad recibía una patada, pero corría peor suerte quien,
para protegerse del frío, se calaba la gorra hasta las orejas antes
de que le dieran permiso.
En la oscuridad tropezábamos con las piedras y nos metíamos
en los charcos al recorrer el único camino que partía del campo.
Los guardias que nos acompañaban no dejaban de gritarnos y
azuzarnos con las culatas de sus rifles. Los que tenían los pies
llenos de llagas se apoyaban en el brazo de su vecino. Apenas
mediaban palabras; el viento helado no propiciaba la
conversación. Con la boca protegida por el cuello de la chaqueta,
el hombre que marchaba a mi lado me susurró de repente: “¡Si
nos vieran ahora nuestras esposas! Espero que ellas estén mejor
en sus campos e ignoren lo que nosotros estamos pasando.” Sus
palabras evocaron en mí el recuerdo de mi esposa.
Cuando todo se ha perdido
Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros,
resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el
otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno
pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al
cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la
mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de
nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a
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quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la
veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su
mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un
pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí
la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada
en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que
el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el
hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor
de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos
intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a
través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo
en este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea
sólo momentáneamente— si contempla al ser querido. Cuando el
hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin
poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su
único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos
correctamente —con dignidad— ese hombre puede, en fin,
realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser
querido. Por primera vez en mi vida podía comprender el
significado de las palabras: “Los ángeles se pierden en la
contemplación perpetua de la gloria infinita.”
Delante de mí tropezó y se desplomó un hombre, cayendo
sobre él los que le seguían. El guarda se precipitó hacia ellos y a
todos alcanzó con su látigo. Este hecho distrajo mi mente de sus
pensamientos unos pocos minutos, pero pronto mi alma encontró
de nuevo el camino para regresar a su otro mundo y,
olvidándome de la existencia del prisionero, continué la
conversación con mi amada: yo le hacía preguntas y ella
contestaba; a su vez ella me interrogaba y yo respondía.
“¡Alto!” Habíamos llegado a nuestro lugar de trabajo. Todos
nos abalanzamos dentro de la oscura caseta con la esperanza de
obtener una herramienta medio decente. Cada prisionero tomaba
una pala o un zapapico.
“¿Es que no podéis daros prisa, cerdos?” Al cabo de unos
minutos reanudamos el trabajo en la zanja, donde lo dejamos el
día anterior. La tierra helada se resquebrajaba bajo la punta del
pico, despidiendo chispas. Los hombres permanecían silenciosos,
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con el cerebro entumecido. Mi mente se aferraba aún a la imagen
de mi mujer. Un pensamiento me asaltó: ni siquiera sabía si ella
vivía aún. Sólo sabía una cosa, algo que para entonces ya había
aprendido bien: que el amor trasciende la persona física del ser
amado y encuentra su significado más profundo en su propio
espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera
que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No
sabía si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo
(durante todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal
alguno con el exterior), pero para entonces ya había dejado de
importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza
de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si
entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que
hubiera seguido entregándome —insensible a tal hecho— a la
contemplación de su imagen y que mi conversación mental con
ella hubiera sido igualmente real y gratificante: “Ponme como
sello sobre tu corazón… pues fuerte es el amor como la muerte”.
(Cantar de los Cantares, 8,6.)
Meditaciones en la zanja
Esta intensificación de la vida interior ayudaba al prisionero a
refugiarse contra el vacío, la desolación y la pobreza espiritual de
su existencia, devolviéndole a su existencia anterior. Al dar rienda
suelta a su imaginación, ésta se recreaba en los hechos pasados,
a menudo no los más importantes, sino los pequeños sucesos y
las cosas insignificantes. La nostalgia los glorificaba, haciéndoles
adquirir un extraño matiz. El mundo donde sucedieron y la
existencia que tuvieron parecían muy distantes y el alma tendía
hacia ellos con añoranza: en mi apartamento, contestaba al
teléfono y encendía las luces. Muchas veces nuestros
pensamientos se centraban en estos detalles nimios que nos
hacían llorar.
A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más
intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza
como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a
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olvidarnos de nuestras terribles circunstancias. Si alguien hubiera
visto nuestros rostros cuando, en el viaje de Auschwitz a un
campo de Baviera, contemplamos las montañas de Salzburgo con
sus cimas refulgentes al atardecer, asomados por las ventanucas
enrejadas del vagón celular, nunca hubiera creído que se trataba
de los rostros de hombres sin esperanza de vivir ni de ser libres.
A pesar de este hecho —o tal vez en razón del mismo— nos
sentíamos trasportados por la belleza de la naturaleza, de la que
durante tanto tiempo nos habíamos visto privados. Incluso en el
campo, cualquiera de los prisioneros podía atraer la atención del
camarada que trabajaba a su lado señalándole una bella puesta
de sol resplandeciendo por entre las altas copas de los bosques
bávaros (como se ve en la famosa acuarela de Durero), esos
mismos bosques donde construíamos un inmenso almacén de
municiones oculto a la vista. Una tarde en que nos hallábamos
descansando sobre el piso de nuestra barraca, muertos de
cansancio, los cuencos de sopa en las manos, uno de los
prisioneros entró corriendo para decirnos que saliéramos al patio
a contemplar la maravillosa puesta de sol y, de pie, allá fuera,
vimos hacia el oeste densos nubarrones y todo el cielo plagado de
nubes que continuamente cambiaban de forma y color desde el
azul acero al rojo bermellón, mientras que los desolados
barracones grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los
charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Y
entonces, después de dar unos pasos en silencio, un prisionero le
dijo a otro: “¡Qué bello podría ser el mundo!”
Monólogo al amanecer
En otra ocasión estábamos cavando una trinchera. Amanecía
en nuestro derredor, un amanecer gris. Gris era el cielo, y gris la
nieve a la pálida luz del alba; grises los harapos que mal cubrían
los cuerpos de los prisioneros y grises sus rostros. Mientras
trabajaba, hablaba quedamente a mi esposa o, quizás, estuviera
debatiéndome por encontrar la razón de mis sufrimientos, de mi
lenta agonía. En una última y violenta protesta contra lo
inexorable de mi muerte inminente, sentí como si mi espíritu
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traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender
aquel mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte
escuché un victorioso “sí” como contestación a mi pregunta sobre
la existencia de una intencionalidad última. En aquel momento y
en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en
el horizonte como si alguien la hubiera pintado, en medio del gris
miserable de aquel amanecer en Baviera. “Et lux in tenebris lucet,
y la luz brilló en medio de la oscuridad.” Estuve muchas horas
tajando el terreno helado. El guardián pasó junto a mí,
insultándome y una vez más volví a conversar con mi amada. La
sentía presente a mi lado, cada vez con más fuerza y tuve la
sensación de que sería capaz de tocarla, de que si extendía mi
mano cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella
estaba allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento, un
pájaro bajó volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra
que había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente.
Arte en el campo
Antes, he hablado del arte. ¿Puede pensarse en algo parecido
en un campo de concentración? Depende más bien de lo que uno
llame arte. De vez en cuando se improvisaba una especie de
espectáculo de cabaret. Se despejaba temporalmente un
barracón, se apiñaban o se clavaban entre sí unos cuantos bancos
y se estudiaba un programa. Por la noche, los que gozaban de
una buena situación —los “capos”— y los que no tenían que hacer
grandes marchas fuera del campo, se reunían allí y reían o
alborotaban un poco; cualquier cosa que les hiciera olvidar. Se
cantaba, se recitaban poemas, se contaban chistes que contenían
alguna referencia satírica sobre el campo. Todo ello no tenía otra
finalidad que la de ayudarnos a olvidar y lo conseguía. Las
reuniones eran tan eficaces que algunos prisioneros asistían a las
funciones a pesar de su agotador cansancio y aun cuando, por
ello, perdieran su rancho de aquel día.
El buen humor es siempre algo envidiable: al principio de
nuestro internamiento nos permitían reunimos en un cuarto de
50
máquinas a medio construir para saborear durante media hora el
plato de sopa que nos repartían a medio día (como la tenía que
pagar la empresa constructora era de todo menos alimenticia). Al
entrar, cada uno recibía un cucharón de sopa aguada, y mientras
la sorbíamos con avidez, un prisionero italiano trepaba encima de
una cuba y nos entonaba arias italianas. Los días que nos daba el
recital musical, tenía garantizada una ración doble de sopa,
sacada del fondo del perol, es decir, ¡con guisantes!
En el campo se concedían premios no sólo por entretener, sino
también por aplaudir. Por ejemplo, a mí podía haberme protegido
(¡y fui muy afortunado al no necesitarlo!) el “capo” más temido de
todos, a quien por más de una razón se le conocía por el
sobrenombre de “el capo asesino”. Contaré cómo sucedió. Una
tarde tuve el gran honor de que me invitaran otra vez a la sesión
de espiritismo. Estaban reunidos en aquella habitación unos
cuantos amigos íntimos del médico jefe; asimismo estaba
presente, de forma totalmente ilegal, el oficial al cargo del
escuadrón sanitario. El “capo asesino” entró allí por casualidad y
le pidieron que recitara uno de sus poemas que se habían hecho
famosos (o infames) en el campo. No necesitaba que se lo
repitieran dos veces, de modo que rápidamente sacó una especie
de diario del que empezó a leer unas cuantas muestras de su
arte. Me mordía los labios hasta hacerme sangre para no reírme
al escuchar uno de sus poemas amorosos y seguramente gracias
a ello salvé la vida; como además le aplaudí con largueza, es muy
posible que también hubiera estado a salvo caso de haber sido
destinado a su cuadrilla de trabajo, donde ya me habían asignado
un día, un día que para mí fue más que suficiente. Pero siempre
resultaba útil que el “capo asesino” le conociera a uno desde
algún ángulo favorable. Así que le aplaudí con todas mis fuerzas.
La obsesión por buscar el arte dentro del campo adquiría, en
general, matices grotescos. Yo diría que la impresión real que
producía todo lo que se relacionaba con lo artístico surgía del
contraste casi fantasmagórico entre la representación y la
desolación de la vida en el campo que le servía de telón de fondo.
Nunca olvidaré que en la segunda noche que pasé en Auschwitz
fue la música lo que me despertó de un sueño profundo. El
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guardia encargado del barracón celebraba una especie de
fiestecilla en su habitación, que estaba próxima a la entrada de
nuestra puerta. Voces achispadas se desgañitaban cantando
tonadas gastadas. De pronto se hizo el silencio y en medio de la
noche se oyó un violín que tocaba desesperadamente un tango
triste, una melodía poco conocida y poco desgastada por la
continua repetición. El violín lloraba y una parte de mí lloraba con
él, pues aquel día alguien cumplía 24 años, alguien que yacía en
alguna otra parte de Auschwitz, quizás alejada sólo unos cientos o
miles de metros y, sin embargo, fuera de mi alcance. Ese alguien
era mi mujer.
El humor en el campo
El descubrimiento de algo parecido al arte en un campo de
concentración ha de sorprender bastante al profano en estas
cosas, pero aún se sentiría mucho más sorprendido al saber que
también había cierto sentido del humor; claro está, en su
expresión más leve y aun así, sólo durante unos breves segundos
o unos minutos escasos. El humor es otra de las armas con las
que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que, en la
existencia humana, el humor puede proporcionar el
distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier
situación, aunque no sea más que por unos segundos. Yo mismo
entrené a un amigo mío que trabajaba a mi lado en la obra para
que desarrollara su sentido del humor. Le sugería que debíamos
hacernos la solemne promesa de que cada día inventaríamos una
historia divertida sobre algún incidente que pudiera suceder al día
siguiente de nuestra liberación. Se trataba de un cirujano que
había pertenecido al equipo de un gran hospital, así que una vez
intenté arrancarle una sonrisa insistiendo en que cuando se
incorporara a su antiguo trabajo le iba a resultar muy difícil
olvidar los hábitos que había aprendido en el campo de
concentración. Al pie de la obra que construíamos (y en especial
cuando el supervisor hacía su ronda de inspección) el capataz nos
estimulaba a trabajar más de prisa gritando: “¡Acción! ¡Acción!”
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Así que dije a mi amigo: “Un día regresarás al quirófano para
operar a un paciente aquejado de peritonitis. De pronto, un
ordenanza entrará a toda prisa y anunciará la llegada del jefe del
equipo de operaciones gritando: “¡Acción! ¡Acción! ¡Que viene el
jefe!”
A veces los otros inventaban sueños divertidos con respecto al
futuro, previendo; por ejemplo, cuando tuvieran un compromiso
para asistir a una cena se olvidarían de cómo se sirve la sopa y le
pedirían a la anfitriona que les echara una cucharada “del fondo”.
Los intentos para desarrollar el sentido del humor y ver las
cosas bajo una luz humorística son una especie de truco que
aprendimos mientras dominábamos el arte de vivir, pues aún en
un campo de concentración es posible practicar el arte de vivir,
aunque el sufrimiento sea omnipresente. Cabría establecer una
analogía: el sufrimiento del hombre actúa de modo similar a como
lo hace el gas en el vacío de una cámara; ésta se llenará por
completo y por igual cualquiera que sea su capacidad.
Análogamente, el sufrimiento ocupa toda el alma y toda la
conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es
poco. Por consiguiente el “tamaño” del sufrimiento humano es
absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más
nimia puede originar las mayores alegrías. Tomemos a modo de
ejemplo algo que sucedió en nuestro viaje de Auschwitz a un
campo filial del de Dachau. Todos temíamos que aquel traslado
nos llevara al campo de Mauthausen y nuestra tensión aumentaba
a medida que nos acercábamos a un puente sobre el Danubio que
el tren tenía que cruzar para llegar a Mauthausen, según
sabíamos por lo que contaban los prisioneros más
experimentados. Los que no hayan visto nunca algo parecido no
podrán imaginar los saltos de júbilo que los prisioneros daban en
el vagón cuando vieron que nuestro transporte no cruzaba aquel
puente y que “sólo” nos dirigíamos a Dachau.
¿Qué sucedió a nuestra llegada a este campo tras un viaje que
había durado dos días y tres noches? En el vagón no había sitio
para que todos nos acurrucáramos en el suelo al mismo tiempo,
la mayoría tuvo que permanecer de pie todo el viaje mientras que
unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha
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franja que estaba empapada de orines. Cuando llegamos, las
primeras noticias que escuchamos a los prisioneros más antiguos
fueron que este campo relativamente pequeño (con una población
de 2500 reclusos) ¡no tenía “horno”, ni crematorio, ni gas! Lo que
significaba que ninguno de nosotros iba a ser un “musulmán”,
ninguno iba a ir derecho a la cámara de gas, sino que tendría que
esperar hasta que se dispusiera lo que se llamaba un “convoy de
enfermos” que lo devolvería a Auschwitz. Esta agradable sorpresa
nos puso a todos de buen humor. El deseo del viejo vigilante de
nuestro barracón en Auschwitz se había cumplido: habíamos
llegado lo más rápidamente posible a un campo que —a diferencia
de Auschwitz— no tenía “chimenea”. Nos reímos y contamos
chistes a pesar de las cosas que tuvimos que soportar durante las
horas que siguieron.
Cuando nos contaron a los recién llegados resultó que faltaba
uno. Así es que hubimos de esperar a la intemperie bajo la lluvia
y el viento helado hasta que apareció el prisionero. Finalmente le
encontraron en un barracón, dormido, exhausto por el cansancio.
Entonces el pasar lista se convirtió en un desfile de castigo:
durante toda la noche y hasta muy entrada la mañana siguiente
tuvimos que permanecer de pie a la intemperie, helados y calados
hasta los huesos después del esfuerzo que había supuesto el
viaje. ¡Y aún así nos sentíamos contentos! En aquel campo no
había chimenea y Auschwitz quedaba lejos.
¡Quién fuera un preso común!
Otra vez, vimos a un grupo de convictos que pasaban junto al
lugar donde trabajábamos. Y entonces se nos hizo patente y
obvia la relatividad del sufrimiento y envidiamos a aquellos
prisioneros por su existencia feliz, segura y relativamente bien
ordenada; sin duda tendrían la oportunidad de bañarse
regularmente, pensamos con tristeza. Seguramente dispondrían
de cepillos de dientes, de ropa, de un colchón —uno para cada
uno— y mensualmente el correo les traería noticias de lo que
sucedía a sus familiares o, al menos, de si estaban vivos o habían
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muerto. Hacía mucho tiempo que nosotros habíamos perdido
todas estas cosas.
¡Y cómo envidiábamos a aquellos de nosotros que tenían la
oportunidad de entrar en una fábrica y trabajar en un espacio
cubierto, al abrigo de la intemperie! Más o menos todos nosotros
deseábamos que nos tocara un poco de suerte relativa. La escala
de la fortuna abarcaba muchos más matices. Por ejemplo, en los
destacamentos que trabajaban fuera del campo (en uno de los
cuales me encontraba yo) había unas cuantas unidades que se
consideraban peores que las demás. Se envidiaba al que no tenía
que chapotear en la húmeda y fangosa arcilla de un declive
escarpado, vaciando los artesones de un pequeño ferrocarril
durante doce horas diarias. La mayoría de los accidentes sucedían
realizando esta tarea y solían ser fatales.
En otras cuadrillas de trabajo el capataz seguía una tradición,
al parecer local, que consistía en propinar golpes a diestro y
siniestro, lo cual nos hacía envidiar la suerte relativa de no estar
bajo su mando o, todo lo más, de estarlo sólo temporalmente.
Una vez y debido a una situación desdichada fui a parar a aquel
grupo. Si tras dos horas de trabajo (durante las cuales el capataz
se ensañó conmigo especialmente) no nos hubiera interrumpido
una alarma aérea, obligándonos a reagruparnos después, creo
que hubiera tenido que regresar al campo en alguna de las
camillas que trasportaban a los hombres que habían muerto o
estaban a punto de morir por la extrema fatiga. Nadie podría
imaginar el alivio que en semejante situación puede producir el
sonido de la sirena; ni siquiera el boxeador que oye sonar la
campana que anuncia el final del asalto salvándose así, en el
último instante, de un K.O. seguro.
Suerte es lo que a uno no le toca padecer
Agradecíamos los más ínfimos favores. Nos conformábamos
con tener tiempo para despiojarnos antes de ir a la cama, aunque
ello no fuera en sí muy placentero: suponía estar desnudos en un
barracón helado con carámbanos colgando del techo. Nos
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contentábamos con que no hubiera alarma aérea durante esta
operación y las luces permanecieran encendidas. En la oscuridad
no podíamos despiojarnos, lo que suponía pasar la noche en vela.
Los escasos placeres de la vida del campo nos producían una
especie de felicidad negativa —”la liberación del sufrimiento”,
como dijo Schopenhauer— pero sólo de forma relativa. Los
verdaderos placeres positivos, aún los más nimios escaseaban.
Recuerdo haber llevado una especie de contabilidad de los
placeres diarios y comprobar que en el lapso de muchas semanas
solamente había experimentado dos momentos placenteros. Uno
había ocurrido cuando, al regreso del trabajo y tras una larga
espera, me admitieron en el barracón de cocina asignándome a la
cola que se alineaba ante el cocinero-prisionero F. Semioculto
detrás de las enormes cacerolas, F. servía la sopa en los cuencos
que le presentaban los prisioneros que desfilaban
apresuradamente. Era el único cocinero que al llegar los cuencos
no se fijaba en los hombres; el único que repartía con equidad,
sin reparar en el recipiente y sin hacer favoritismos con sus
amigos o paisanos, obsequiándoles con patatas, mientras el resto
tenía que contentarse con la sopa aguada de la superficie.
Pero no me incumbe a mí juzgar a los prisioneros que
preferían a su propia gente. ¿Quién puede arrojar la primera
piedra contra aquel que favorece a sus amigos bajo unas
circunstancias en que, tarde o temprano, la cuestión que se
dilucidaba era de vida o muerte? Nadie puede juzgar, nadie, a
menos que con toda honestidad pueda contestar que en una
situación similar no hubiera hecho lo mismo.
Mucho tiempo después de haberme integrado a la vida normal
(es decir, mucho tiempo después de haber abandonado el
campo), me enseñaron una revista ilustrada con fotografías de
prisioneros hacinados en sus literas mirando, insensibles, a sus
visitantes: “¿No es algo terrible, esos rostros mirando fijamente, y
todo lo que ello significa?”
“¿Por qué?”, pregunté y es que, en verdad, no lo comprendía.
En aquel momento lo vi todo de nuevo: a las 5 de la madrugada,
todo estaba oscuro allá afuera, como boca de lobo. Yo estaba
echado sobre un duro tablón en el suelo de tierra del barracón
56
donde “se cuidaba” a unos setenta de nosotros. Estábamos
enfermos y no teníamos que dejar el campo para ir a trabajar;
tampoco teníamos que desfilar. Podíamos permanecer echados
todo el día en nuestro rincón y dormitar esperando el reparto
diario de pan (que por supuesto era menor para los enfermos) y
el rancho de sopa (aguada y también menor en cantidad). Y, sin
embargo, estábamos contentos, satisfechos a pesar de todo.
Mientras nos apretujábamos los unos contra los otros para evitar
la pérdida innecesaria de calor, emperezados y sin la menor
intención de mover ni un dedo sin necesidad, oíamos los agudos
silbatos y los gritos que venían de la plaza donde el turno de
noche acababa de regresar y formaba para la revista. La ventisca
abrió la puerta de par en par y la nieve entró en nuestro
barracón. Un camarada exhausto y cubierto de nieve entró
tambaleándose y durante unos minutos permaneció sentado, pero
el guardia le echó fuera de nuevo. Estaba estrictamente prohibido
admitir a un extraño en un barracón mientras se procedía a pasar
revista. ¡Cómo compadecía a aquel individuo y qué contento
estaba yo de no encontrarme en su lugar, sino dormitando en la
enfermería! ¡Qué salvación suponía el permanecer allí dos días y,
tal vez, otros dos más!
¿Al campo de infecciosos?
Mi suerte se vio incrementada todavía más. Al cuarto día de mi
estancia en la enfermería y a punto de ser asignado al turno de
noche —lo que habría supuesto mi muerte segura—, el médico
jefe entró apresuradamente en el barracón y me sugirió que me
ofreciese voluntario para desempeñar tareas sanitarias en un
campo destinado a enfermos de tifus. En contra de los consejos
de mis amigos (y a pesar de que casi ninguno de mis colegas se
ofrecía), decidí ir como voluntario. Sabía que en un grupo de
trabajo moriría en poco tiempo y si tenía que morir, siquiera podía
darle algún sentido a mi muerte. Pensé que tenía más sentido
intentar ayudar a mis camaradas como médico que vegetar o
perder la vida trabajando de forma improductiva como hacía
57
entonces. Para mí era una cuestión de matemáticas sencillas y no
de sacrificio. Pero el suboficial del equipo sanitario había
ordenado, en secreto, que se “cuidara” de forma especial a los
dos médicos voluntarios para ir al campo de infecciosos hasta que
fueran trasladados al mismo. El aspecto de debilidad que
presentábamos era tal que temía tener dos cadáveres más, en
vez de dos médicos.
Ya he mencionado antes que todo lo que no se relacionaba con
la preocupación inmediata de la supervivencia de uno mismo y
sus amigos, carecía de valor. Todo se supeditaba a tal fin. El
carácter del hombre quedaba absorbido hasta el extremo de verse
envuelto en un torbellino mental que ponía en duda y amenazaba
toda la escala de valores que hasta entonces había mantenido.
Influido por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la
dignidad humanas, que había desposeído al hombre de su
voluntad y le había convertido en objeto de exterminio (no sin
utilizarle antes al máximo y extraerle hasta el último gramo de
sus recursos físicos) el yo personal acababa perdiendo sus
principios morales. Si, en un ultimo esfuerzo por mantener la
propia estima, el prisionero de un campo de concentración no
luchaba contra ello, terminaba por perder el sentimiento de su
propia individualidad, de ser pensante, con una libertad interior y
un valor personal. Acababa por considerarse sólo una parte de la
masa de gente: su existencia se rebajaba al nivel de la vida
animal. Transportaban a los hombres en manadas, unas veces a
un sitio y otras a otro; unas veces juntos y otras por separado,
como un rebaño de ovejas sin voluntad ni pensamiento propios.
Una pandilla pequeña pero peligrosa, diestra en métodos de
tortura y sadismo, los observaba desde todos los ángulos.
Conducían al rebaño sin parar, atrás, adelante, con gritos,
patadas y golpes, y nosotros, los borregos, teníamos dos
pensamientos: cómo evitar a los malvados sabuesos y cómo
obtener un poco de comida. Lo mismo que las ovejas se
congregan tímidamente en el centro del rebaño, también nosotros
buscábamos el centro de las formaciones: allí teníamos más
oportunidades de esquivar los golpes de los guardias que
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marchaban a ambos lados, al frente y en la retaguardia de la
columna. Los puestos centrales tenían la ventaja adicional de
protegernos de los gélidos vientos. De modo que el hecho de
querer sumergirse literalmente en la multitud era en realidad una
manera de intentar salvar el pellejo. En las formaciones esto se
hacía de modo automático, pero otras veces se trataba de un acto
definitivamente consciente por nuestra parte, de acuerdo con las
leyes imperativas del instinto de conservación: no ser conspicuos.
Siempre hacíamos todo lo posible por no llamar la atención de los
SS.
Añoranza de soledad
Cierto que había veces en que era posible —y hasta
necesario— mantenerse alejado de la multitud. Es bien sabido
que una vida comunitaria impuesta, en la que se presta atención
a todo lo que uno hace y en todo momento, puede producir la
irresistible necesidad de alejarse, al menos durante un corto
tiempo. El prisionero anhelaba estar a solas consigo mismo y con
sus pensamientos. Añoraba su intimidad y su soledad. Después
de mi traslado a un llamado “campo de reposo”, tuve la rara
fortuna de encontrar de vez en cuando cinco minutos de soledad.
Tras el barracón de suelo de tierra en el que trabajaba y donde se
hacinaban unos 50 pacientes delirantes, había un lugar tranquilo
junto a la doble alambrada que rodeaba el campo. Allí se había
improvisado una tienda con unos cuantos postes y ramas de
árboles para cobijar media docena de cadáveres (que era la cuota
diaria de muertes en el campo). Había también un pozo que
llevaba a las tuberías de conducción de agua. Siempre que no
eran necesarios mis servicios solía sentarme en cuclillas sobre la
tapa de madera de este pozo, contemplando el florecer de las
verdes laderas y las lejanas colinas azuladas del paisaje bávaro,
enmarcado por las mallas de la alambrada de púas. Soñaba
añorante y mis pensamientos vagaban al norte, al nordeste y en
dirección a mi hogar, pero sólo veía nubes.
No me molestaban los cadáveres próximos a mí,
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hormigueantes de piojos; sólo las pisadas de los guardias, al
pasar, me despertaban de mis sueños; o, a veces, una llamada
desde la enfermería o para recoger un nuevo envío de medicinas
para mi barracón, envío consistente en cinco o diez tabletas de
aspirina, para 50 pacientes y varios días. Las recogía y luego
hacía mi ronda, tomándole el pulso a los pacientes y
suministrándoles media tableta si se trataba de casos graves.
Pero los casos desahuciados no recibían medicinas. No les
hubieran ayudado y, además, habrían privado de ellas a los que
todavía tenían alguna esperanza. Para los enfermos leves no tenía
más que unas palabras de aliento. Así me arrastraba de paciente
en paciente, aunque yo mismo me encontraba exhausto y
convaleciente de un fuerte ataque de tifus. Después volvía a mi
lugar solitario sobre la tapa de madera del pozo. Por cierto, este
pozo salvó una vez la vida de tres compañeros prisioneros. Poco
antes de la liberación, se organizaron transportes masivos hasta
Dachau y estos tres hombres, acertadamente, intentaron evitar el
viaje. Bajaron al pozo y allí se escondieron de los guardias. Yo me
senté tranquilamente sobre la tapa, con aire inocente, tirando
piedrecitas a la alambrada de púas, como si se tratase de un
juego infantil. Al reparar en mí, el guardia dudó un momento,
pero pasó de largo. Pronto pude decir a los hombres que estaban
abajo que lo peor había pasado.
Juguete del destino
Resulta difícil para un extraño comprender cuan poco valor se
concedía en el campo a la vida humana. El prisionero estaba ya
endurecido, pero posiblemente adquiría más conciencia de este
absoluto desprecio por la vida cuando se organizaba un convoy de
enfermos. Los cuerpos demacrados se echaban en carretillas que
los prisioneros empujaban a lo largo de muchos kilómetros, a
veces entre tormentas de nieve, hasta el siguiente campo. Si uno
de los enfermos moría antes de salir, se le echaba de todas
formas, ¡porque la lista tenía que estar completa! La lista era lo
único importante. Los hombres sólo contaban por su número de
60
prisionero. Uno se convertía literalmente en un número: que
estuviera muerto o vivo no importaba, ya que la vida de un
“número” era totalmente irrelevante. Y menos aún importaba lo
que había tras aquel número y aquella vida: su destino, su
historia o el nombre del prisionero. En los transportes de
pacientes a los que yo, en calidad de médico, tenía que
acompañar desde un campo de Baviera a otro, hubo un prisionero
joven cuyo hermano no estaba en lista y al que, por tanto, había
que dejar atrás. El joven suplicó tanto que el guardia decidió
hacer un cambio y el hermano ocupó el lugar de un hombre que,
de momento, prefería quedarse. ¡Con tal de que la lista estuviera
correcta! Y esto era fácil: el hermano cambió su número, nombre
y apellido con los del otro prisionero, pues, como ya he dicho
antes, carecíamos de documentación; ya teníamos bastante
suerte con conservar nuestro cuerpo que, al fin y al cabo, seguía
respirando. Todo lo demás que nos rodeaba, como los harapos
que pendían de nuestros esqueletos macilentos, sólo tenía interés
cuando se ordenaba un transporte de enfermos. Se examinaba a
los “musulmanes” con curiosidad descarada, con el fin de
averiguar si sus chaquetas o sus zapatos eran mejores que los de
uno. Después de todo, su suerte estaba echada. Pero los que
quedaban en el campo, capaces aún para algún trabajo, debían
aguzar sus recursos para mejorar las posibilidades de
supervivencia. No eran sentimentales. Los prisioneros se
consideraban totalmente a merced del humor de los guardias —
juguetes del destino— y esto les hacía más inhumanos de lo que
las circunstancias habrían hecho presumir. Siempre había
pensado que, al cabo de cinco o diez años, el hombre estaba
siempre en condiciones de saber lo que había repercutido
favorablemente en su vida. El campo de concentración me
proporcionó mayor precisión: con frecuencia sabíamos si algo
había sido bueno al cabo de cinco o diez minutos. En Auschwitz
me impuse a mí mismo una norma que resultó ser buena y que
todos mis camaradas observaron más tarde. Por regla general,
contestaba a todas las preguntas con la verdad, pero guardaba
silencio sobre lo que no se me pedía de forma expresa. Si me
preguntaban la edad, la decía; si querían saber mi profesión,
decía “médico”, sin más explicaciones. En la primera mañana en
61
Auschwitz un oficial de las SS asistió a la revista. Teníamos que
agruparnos atendiendo a diferentes criterios: prisioneros de más
de cuarenta años, de menos de cuarenta, trabajadores del metal,
mecánicos, etc. Luego examinaban si teníamos hernias y algunos
prisioneros tenían que formar otro grupo. El mío fue llevado a
otro barracón, donde nos alinearon de nuevo. Tras otra selección
y después de más preguntas sobre mi edad y profesión, me
enviaron a un grupo más reducido. De nuevo nos condujeron a
otro barracón agrupados de forma diferente. Este proceso
continuó durante un tiempo y yo me sentía muy desdichado al
encontrarme entre extranjeros que hablaban lenguas para mí
ininteligibles. Por fin pasé la última revisión y me hallé de nuevo
en el grupo que estaba conmigo en el primer barracón. Mis
compañeros apenas se habían dado cuenta de que durante aquel
tiempo yo había andado de barracón en barracón. Fui consciente
de que en los pocos minutos transcurridos me había cruzado con
un destino distinto en cada ocasión.
Cuando se organizó el traslado de los enfermos al “campo de
reposo”, mi nombre (es decir, mi número) estaba en la lista, ya
que se necesitaban algunos médicos. Pero nadie creía que el lugar
de destino fuera de verdad un campo de reposo. Unas semanas
atrás se había preparado un traslado similar y entonces todos
pensaron que les llevaban a la cámara de gas. Cuando se anunció
que quien se presentara voluntario para el temido turno de noche
sería borrado de la lista, de inmediato se ofrecieron voluntarios 28
prisioneros. Un cuarto de hora más tarde se canceló el transporte
pero aquellos 2 8 prisioneros quedaron en la lista del turno de
noche. Para la mayoría de ellos significó la muerte en un plazo de
quince días.
La ultima voluntad aprendida de memoria
Y ahora se disponía por segunda vez el transporte al campo de
reposo. Y también ahora se desconocía si era una estratagema
para aprovecharse de los enfermos hasta su último aliento, aun
cuando sólo fuera durante catorce días o si su destino serían las
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cámaras de gas o un campo de reposo verdadero. El médico jefe,
que me había tomado cierto apego, me dijo furtivamente una
noche a las diez menos cuarto:
“He hecho saber en el cuarto de mando que todavía se puede
borrar su nombre de la lista; tiene de tiempo hasta las diez.”
Le dije que eso no iba conmigo; que yo había aprendido a
dejar que el destino siguiera su curso:
“Prefiero quedarme con mis amigos”, le contesté.
Sus ojos tenían una expresión de piedad, como si
comprendiera… Estrechó mi mano en silencio, a modo de adiós,
no para la vida, sino desde la vida. Despacio, volví a mi barracón
y allí encontré a un buen amigo esperándome:
“¿De verdad quieres irte con ellos?”, me dijo con tristeza.
“Sí, voy a ir.”
Se le saltaron las lágrimas y yo traté de consolarle. Todavía
me quedaba algo por hacer, expresarle mi última voluntad.
“Otto, escucha, en caso de que yo no regrese a casa junto a
mi mujer y en caso de que la vuelvas a ver, dile que yo hablaba
de ella a diario, continuamente. Recuérdalo. En segundo lugar,
que la he amado más que a nadie. En tercer lugar, que el breve
tiempo que estuve casado con ella tiene más valor que nada, que
pesa en mí más incluso que todo lo que hemos pasado aquí.
Otto, ¿dónde estás ahora? ¿Vives? ¿Qué ha sido de ti desde
aquel momento en que estuvimos juntos por última vez?
¿Encontraste a tu mujer? ¿Recuerdas cómo te hice aprender de
memoria mi última voluntad —palabra por palabra— a pesar de
tus lágrimas de niño?
A la mañana siguiente partí con el transporte. Esta vez no era
ningún truco. No nos llevaron a la cámara de gas, sino a un
campo de reposo de verdad. Los que me compadecieron se
quedaron en un campo donde el hambre se iba’ a ensañar en ellos
con mayor fiereza que en este nuevo campo. Habían intentado
salvarse pero lo que hicieron fue sellar su propio destino. Meses
después, tras la liberación, encontré a un amigo de aquel campo,
quien me contó que él, como policía, había tenido que buscar un
trozo de carne humana que faltaba de un montón de cadáveres y
que la rescató de un puchero donde la encontró cociéndose. El
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canibalismo había hecho su aparición; yo me fui justamente a
tiempo.
¿No recuerda esto el relato de Muerte en Teherán? En cierta
ocasión, un persa rico y poderoso paseaba por el jardín con uno
de sus criados, compungido éste porque acababa de encontrarse
con la muerte, quien le había amenazado. Suplicaba a su amo
para que le diera el caballo más veloz y así poder apresurarse y
llegar a Teherán aquella misma tarde. El amo accedió y el
sirviente se alejó al galope. Al regresar a su casa el amo también
se encontró a la Muerte y le preguntó: “¿Por qué has asustado y
aterrorizado a mi criado?” “Yo no le he amenazado, sólo mostré
mi sorpresa al verle aquí cuando en mis planes estaba encontrarle
esta noche en Teherán”, contestó la muerte.
Planes de fuga
El prisionero de un campo de concentración temía tener que
tomar una decisión o cualquier otra iniciativa. Esto era resultado
de un sentimiento muy fuerte que consideraba al destino dueño
de uno y creía que, bajo ningún concepto, se debía influir en él.
Estaba además aquella apatía que, en buena parte, contribuía a
los sentimientos del prisionero. A veces era preciso tomar
decisiones precipitadas que, sin embargo, podían significar la vida
o la muerte. El prisionero hubiera preferido dejar que el destino
eligiera por él. Este querer zafarse del compromiso se hacía más
patente cuando el prisionero debía decidir entre escaparse o no
escaparse del campo. En aquellos minutos en que tenía que
reflexionar y decidir —y siempre era cuestión de unos minutos—
sufría todas las torturas del infierno. ¿Debía intentar escaparse?
¿Debía correr el riesgo? También yo experimenté este tormento.
Al irse acercando el frente de batalla, tuve la oportunidad de
escaparme. Un colega mío que visitaba los barracones fuera del
campo cumpliendo sus deberes profesionales quería evadirse y
llevarme con él. Me sacaría de contrabando con el pretexto de
que tenía que consultar con un colega acerca de la enfermedad de
un paciente que requería el asesoramiento del especialista. Una
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vez fuera del campo, un miembro del movimiento de resistencia
extranjero nos proporcionaría uniformes y alimentos. En el último
instante surgieron ciertas dificultades técnicas y tuvimos que
regresar al campo una vez más. Aquella oportunidad nos sirvió
para surtirnos de algunas provisiones, unas cuantas patatas
podridas, y hacernos cada uno con una mochila. Entramos en un
barracón vacío de la sección de mujeres, donde no había nadie
porque éstas habían sido enviadas a otro campo. El barracón
estaba en el mayor de los desórdenes: resultaba obvio que
muchas mujeres habían conseguido víveres y se habían escapado.
Por todas partes había desperdicios, pajas, alimentos
descompuestos y loza rota. Algunos tazones estaban todavía en
buen estado y nos hubieran servido de mucho, pero decidimos
dejarlos. Sabíamos demasiado bien que, en la última época, en
que la situación era cada vez más desesperada, los tazones no
sólo se utilizaban para comer, sino también como palanganas y
orinales. (Regía una norma de cumplimiento estrictamente
obligatorio que prohibía tener cualquier tipo de utensilio en el
barracón, pero muchos prisioneros se vieron forzados a incumplir
esta regla, en especial los afectados de tifus, que estaban
demasiado débiles para salir fuera del chamizo ni aun
ayudándoles.) Mientras yo hacía de pantalla, mi amigo entró en el
barracón y al poco volvió trayendo una mochila bajo su chaqueta.
Dentro había visto otra que yo tenía que coger. Así que
cambiamos los puestos y entré yo. Al escarbar entre la basura
buscando la mochila y, si podía, un cepillo de dientes vi, de
pronto, entre tantas cosas abandonadas, el cadáver de una
mujer.
Volví corriendo a mi barracón y reuní todas mis posesiones: mi
cuenco, un par de mitones rotos, “heredados” de un paciente
muerto de tifus, y unos cuantos recortes de papel con signos
taquigráficos (en los que, como ya he mencionado antes, había
empezado a reconstruir el manuscrito que perdí en Auschwitz).
Pasé una última visita rápida a todos mis pacientes que,
hacinados, yacían sobre tablones podridos a ambos lados del
barracón. Me acerqué a un paisano mío, ya casi medio muerto, y
cuya vida yo me empeñaba en salvar a pesar de su situación.
Tenía que guardar secreto sobre mi intención de escapar, pero mi
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camarada pareció adivinar que algo iba mal (tal vez yo estaba un
poco nervioso). Con la voz cansada me preguntó: “¿Te vas tú
también?” Yo lo negué, pero me resultaba muy difícil evitar su
triste mirada. Tras mi ronda volví a verle. Y otra vez sentí su
mirada desesperada y sentí como una especie de acusación. Y se
agudizó en mí la desagradable sensación que me oprimía desde el
mismo momento en que le dije a mi amigo que me escaparía con
él. De pronto decidí, por una vez, mandar en mi destino. Salí
corriendo del barracón y le dije a mi amigo que no podía irme con
él. Tan pronto como le dije que había tomado la resolución de
quedarme con mis pacientes, aquel sentimiento de desdicha me
abandonó. No sabía lo que me traerían los días sucesivos, pero yo
había ganado una paz interior como nunca antes había
experimentado. Volví al barracón, me senté en los tablones a los
pies de mi paisano y traté de consolarle; después charlé con los
demás intentando calmarlos en su delirio.
Y llegó el último día que pasamos en el campo. Según se
acercaba el frente, los transportes se habían ido llevando a. casi
todos los prisioneros a otros campos. Las autoridades, los “capos”
y los cocineros se habían esfumado. Aquel día se dio la orden de
que el campo iba a ser totalmente evacuado al atardecer. Incluso
los pocos prisioneros que quedaban (los enfermos, unos cuantos
médicos y algunos “enfermeros”) tendrían que marcharse. Por la
noche había que prenderle fuego al campo. Por la tarde aún no
habían aparecido los camiones que vendrían a recoger a los
enfermos. Todo lo contrario; de pronto se cerraron las puertas del
campo y se empezó a ejercer una vigilancia estrecha sobre la
alambrada, para evitar cualquier intento de fuga. Parecía como si
hubieran condenado a los prisioneros que quedaban a quemarse
con el campo. Por segunda vez, mi amigo y yo decidimos escapar.
Nos dieron la orden de enterrar a tres hombres al otro lado de la
alambrada. Éramos los únicos que teníamos fuerzas suficientes
para realizar aquella tarea. Casi todos los demás yacían en los
pocos barracones que aún se utilizaban, postrados con fiebre y
delirando. Hicimos nuestros planes: cuando lleváramos el primer
cadáver sacaríamos la mochila de mi amigo ocultándola en la
vieja tina de ropa sucia que hacía las veces de ataúd; con el
segundo cadáver llevaríamos mi mochila del mismo modo y en el
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tercer viaje trataríamos de evadirnos. Los dos primeros viajes los
hicimos según lo acordado. Cuando regresamos, esperé a que mi
amigo buscara un trozo de pan para poder comer algo los días
que pasáramos en los bosques. Esperé. Pasaban los minutos y yo
me impacientaba cada vez más al ver que no regresaba. Después
de tres años de reclusión, me imaginaba con gozo cómo sería la
libertad, pensaba en lo maravilloso que sería correr en dirección
al frente. Más tarde supe lo peligroso que hubiera sido semejante
acción. Pero no llegamos tan lejos. En el momento en que mi
amigo regresaba, la verja del campo se abrió de pronto y un
camión espléndido, de color aluminio y con grandes cruces rojas
pintadas entró despacio hasta la explanada donde formábamos.
En él venía un delegado de la Cruz Roja de Ginebra y el campo y
los últimos internados quedaron bajo su protección. El delegado
se alojaba en una granja vecina para estar cerca del campo en
todo momento y acudir en seguida en caso de emergencia.
¿Quién pensaba ya en evadirse? Del camión descargaban cajas
con medicinas, se distribuían cigarrillos, nos fotografiaban y la
alegría era inmensa. Ya no teníamos necesidad de salir corriendo
ni de arriesgarnos hasta llegar al frente de batalla.
En nuestra excitación habíamos olvidado el tercer cadáver, así
que lo sacamos afuera y lo dejamos caer en la estrecha fosa que
habíamos cavado para los tres cuerpos. El guardia que nos
acompañaba —un hombre relativamente inofensivo— se volvió de
pronto extremadamente amable. Vio que podían volverse las
tornas y trató de ganarse nuestro favor: se unió a las breves
oraciones que ofrecimos a los muertos antes de echar la tierra
sobre ellos. Tras la tensión y la excitación de los días y horas
pasados, las palabras de nuestras oraciones rogando por la paz
fueron tan fervientes como las más ardorosas que voz humana
haya musitado nunca.
El último día que pasamos en el campo fue como un anticipo
de la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado
de la Cruz Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y
que no se iba a evacuar el campo; sin embargo, aquella noche
llegaron los camiones de las SS trayendo orden de despejar el
campo. Los últimos prisioneros que quedaban serían enviados a
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un campo central desde donde se les remitiría a Suiza en 48
horas para canjearlos por prisioneros de guerra. Apenas podíamos
reconocer a los SS, de tan amables como se mostraban
intentando persuadirnos para que entráramos en los camiones sin
miedo y asegurándonos que podíamos felicitarnos por nuestra
buena suerte. Los que todavía tenían fuerzas se amontonaron en
los camiones y a los que estaban seriamente enfermos o muy
débiles les izaban con dificultad. Mi amigo y yo —que ya no
escondíamos nuestras mochilas— estábamos en el último grupo y
de él eligieron a trece para la última expedición. El médico jefe
contó el número preciso, pero nosotros dos no estábamos entre
ellos. Los trece subieron al camión y nosotros tuvimos que
quedarnos. Sorprendidos, desilusionados y enfadados increpamos
al doctor, que se excusó diciendo que estaba muy fatigado y se
había distraído. Aseguró que había creído que todavía teníamos
intención de evadirnos. Nos sentamos impacientes, con nuestras
mochilas a la espalda, y esperamos con el resto de los prisioneros
a que viniera un último camión. Fue una larga espera.
Finalmente, nos echamos sobre los colchones del cuarto de
guardia, ahora desierto, exhaustos por la excitación de las últimas
horas y días, durante las cuales habíamos fluctuado
continuamente entre la esperanza y la desesperación. Dormimos
con la ropa y los zapatos puestos, listos para el viaje.
El estruendo de los rifles y cañones nos despertó. Los
fogonazos de las bengalas y los disparos de fusil iluminaban el
barracón. El médico jefe se precipitó dentro ordenándonos que
nos echáramos a tierra. Un prisionero saltó sobre mi estómago
desde la litera que quedaba encima de la mía con zapatos y todo.
¡Vaya si me despertó! Entonces nos dimos cuenta de lo que
sucedía: ¡la línea de fuego había llegado hasta nosotros!
Amenguó el tiroteo y empezó a amanecer. Allá afuera, en el
mástil junto a la verja del campo, una bandera blanca flotaba al
viento. Hasta muchas semanas después no nos enteramos de
que, durante aquellas horas, el destino había jugado con los
pocos prisioneros que quedábamos en el campo. Otra vez más
pudimos comprobar cuan inciertas podían ser las decisiones
humanas, especialmente en lo que se refiere a las cosas de la
vida y la muerte. Ante mí tenía las fotografías que se habían
68
tomado en un pequeño campo cercano al nuestro. Nuestros
amigos que pensaron viajar hacia la libertad aquella noche,
transportados en los camiones, fueron encerrados en los
barracones y seguidamente murieron abrasados. Sus cuerpos,
parcialmente carbonizados, eran perfectamente reconocibles en la
fotografía. Yo pensé de nuevo en el cuento de Muerte en Teherán.
Irritabilidad
Aparte de su función como mecanismo de defensa, la apatía de
los prisioneros era también el resultado de otros factores. El
hambre y la falta de sueño contribuían a ella (al igual que ocurre
en la vida normal), así como la irritabilidad en general, que era
otra de las características del estado mental de los prisioneros. La
falta de sueño se debía en parte a la invasión de toda suerte de
bichos molestos que, debido a la falta de higiene y atención
sanitaria, infectaban los barracones tan terriblemente
superpoblados. El hecho de que no tomáramos ni una pizca de
nicotina o cafeína contribuía igualmente a nuestro estado de
apatía e irritabilidad.
Además de estas causas físicas, estaban también las mentales,
en forma de ciertos complejos. La mayoría de los prisioneros
sufrían de algún tipo de complejo de inferioridad. Todos nosotros
habíamos creído alguna vez que éramos “alguien” o al menos lo
habíamos imaginado. Pero ahora nos trataban como si no
fuéramos nadie, como si no existiéramos. (La conciencia del amor
propio está tan profundamente arraigada en las cosas más
elevadas y más espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo
en un campo de concentración. ¿Pero cuántos hombres libres, por
no hablar de los prisioneros, lo poseen?) Sin mencionarlo, lo
cierto es que el prisionero medio se sentía terriblemente
degradado. Esto se hacía obvio al observar el contraste que
ofrecía la singular estructura sociológica del campo. Los
prisioneros más “prominentes”, los “capos”, los cocineros, los
intendentes, los policías del campo no se sentían, por lo general,
degradados en modo alguno, como se consideraban la mayoría de
69
los prisioneros, sino que al contrario se consideraban
¡promovidos! Algunos incluso alimentaban mínimas ilusiones de
grandeza. La reacción mental de la mayoría, envidiosa y quejosa,
hacia esta minoría favorecida se ponía de manifiesto de muchas
maneras, a veces en forma de chistes. Por ejemplo, una vez oí a
un prisionero hablarle a otro sobre un “Capo” y decirle:
“¡Figúrate! Conocí a ese hombre cuando sólo era presidente de un
gran banco. Ahora, el cargo de “capo” se le ha subido a la
cabeza.” Siempre que la mayoría degradada y la minoría
promovida entraban en conflicto (y eran muchas las
oportunidades de que tal sucediera, empezando por el reparto de
la comida) los resultados eran explosivos. De suerte que la
irritabilidad general (cuyas causas físicas se analizaron antes) se
hacía más intensa cuando se le añadían estas tensiones mentales.
Nada tiene de sorprendente que la tensión abocara en una lucha
abierta. Dado que el prisionero observaba a diario escenas de
golpes, su impulso hacia la violencia había aumentado. Yo sentía
también que cerraba los puños y que la rabia me invadía cuando
tenía hambre y cansancio. Y el cansancio era mi estado normal,
ya que durante toda la noche teníamos que cebar la estufa, que
nos permitían tener en el barracón a causa de los enfermos de
tifus. No obstante, algunas de las horas más idílicas que he
pasado en mi vida ocurrieron en medio de la noche cuando todos
los demás deliraban o dormían y yo podía extenderme frente a la
estufa y asar unas cuantas patatas robadas en un fuego
alimentado con el carbón que sustraíamos. Pero al día siguiente
me sentía todavía más cansado, insensible e irritable.
Mientras trabajé como médico en el pabellón de los enfermos
de tifus, tuve que ocupar también el puesto de jefe del mismo, lo
que quería decir que ante las autoridades del campo era
responsable de su limpieza (si es que se puede utilizar el término
limpieza para describir aquella condición). El pretexto de la
inspección a la que con frecuencia nos sometían era más con
ánimo de torturarnos que por motivos de higiene. Mayor cantidad
de alimentos y unas cuantas medicinas nos hubieran ayudado
más, pero la única preocupación de los inspectores consistía en
70
ver si en el centro del pasillo había una brizna de paja o si las
mantas sucias, hechas andrajos e infectadas de piojos estaban
bien plegadas y remetidas a los pies de los pacientes. El destino
de los prisioneros no les preocupaba en absoluto. Si yo me
presentaba marcialmente con mi rapada cabeza descubierta y
chocando los talones informaba: “Barracón número VI/9; 52
pacientes, dos enfermeros ayudantes y un médico”, se sentían
satisfechos. A renglón seguido se marchaban. Pero hasta que
llegaban —solían anunciar su visita con muchas horas de
antelación y muchas veces ni siquiera venían— me veía obligado
a mantener bien estiradas las mantas, a recoger todas las motas
de paja que caían de las literas y a gritar a los pobres diablos que
se revolvían en sus catres, amenazando con desbaratar mis
esfuerzos para conseguir la limpieza y pulcritud requeridas. La
apatía crecía sobre todo entre los pacientes febriles, de suerte
que no reaccionaban a nada si no se les gritaba. A veces fallaban
incluso los gritos y ello exigía un tremendo esfuerzo de
autocontrol para no golpearlos. La propia irritabilidad personal
adquiría proporciones inauditas cuando chocaba con la apatía de
otro, especialmente en los casos de peligro (por ejemplo, cuando
se avecinaba una inspección) que tenían su origen en ella.
La libertad interior
Tras este intento de presentación psicológica y explicación
psicopatológica de las características típicas del recluido en un
campo de concentración, se podría sacar la impresión de que el
ser humano es alguien completa e inevitablemente influido por su
entorno y (entendiéndose por entorno en este caso la singular
estructura del campo de concentración, que obligaba al prisionero
a adecuar su conducta a un determinado conjunto de pautas).
Pero, ¿y qué decir de la libertad humana? ¿No hay una libertad
espiritual con respecto a la conducta y a la reacción ante un
entorno dado? ¿Es cierta la teoría que nos enseña que el hombre
no es más que el producto de muchos factores ambientales
condicionantes, sean de naturaleza biológica, psicológica o
71
sociológica? ¿El hombre es sólo un producto accidental de dichos
factores? Y, lo que es más importante, ¿las reacciones de los
prisioneros ante el mundo singular de un campo de concentración,
son una prueba de que el hombre no puede escapar a la
influencia de lo que le rodea? ¿Es que frente a tales circunstancias
no tiene posibilidad de elección?
Podemos contestar a todas estas preguntas en base a la
experiencia y también con arreglo a los principios. Las
experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre
tiene capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes,
algunos heroicos, los cuales prueban que puede vencerse la
apatía, eliminarse la irritabilidad. El hombre puede conservar un
vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso
en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física.
Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a
los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los
demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede
que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de
que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la
última de las libertades humanas —la elección de la actitud
personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su
propio camino.
Y allí, siempre había ocasiones para elegir. A diario, a todas
horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión
que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que
amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna;
que determinaban si uno iba o no iba a ser el juguete de las
circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad, para
dejarse moldear hasta convertirse en un recluso típico.
Visto desde este ángulo, las reacciones mentales de los
internados en un campo dé concentración deben parecemos la
simple expresión de determinadas condiciones físicas y
sociológicas. Aun cuando condiciones tales como la falta de
sueño, la alimentación insuficiente y las diversas tensiones
mentales pueden llevar a creer que los reclusos se veían
obligados a reaccionar de cierto modo, en un análisis último se
hace patente que el tipo de persona en que se convertía un
72
prisionero era el resultado de una decisión íntima y no
únicamente producto de la influencia del campo.
Fundamentalmente, pues, cualquier hombre podía, incluso bajo
tales circunstancias, decidir lo que sería de él —mental y
espiritualmente—, pues aún en un campo de concentración puede
conservar su dignidad humana. Dostoyevski dijo en una ocasión:
“Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos” y estas
palabras retornaban una y otra vez a mi mente cuando conocí a
aquellos mártires cuya conducta en el campo, cuyo sufrimiento y
muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se
pierde. Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y la
forma en que los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta
libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace
que la vida tenga sentido y propósito.
Una vida activa sirve a la intencionalidad de dar al hombre una
oportunidad para comprender sus méritos en la labor creativa,
mientras que una vida pasiva de simple goce le ofrece la
oportunidad de obtener la plenitud experimentando la belleza, el
arte o la naturaleza. Pero también es positiva la vida que está casi
vacía tanto de creación como de gozo y que admite una sola
posibilidad de conducta; a saber, la actitud del hombre hacia su
existencia, una existencia restringida por fuerzas que le son
ajenas. A este hombre le están prohibidas tanto la vida creativa
como la existencia de goce, pero no sólo son significativas la
creatividad y el goce; todos los aspectos de la vida son
igualmente significativos, de modo que el sufrimiento tiene que
serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no
puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la
muerte. Sin todos ellos la vida no es completa.
La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una
pregunta: ¿Sobreviviremos al campo de concentración? De lo
contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La
pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra:
¿Tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes?
Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al
internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera
en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido
73
dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en
absoluto la pena de ser vivida.
El destino, un regalo
El modo en que un hombre acepta su destino y todo el
sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga con su cruz,
le da muchas oportunidades —incluso bajo las circunstancias más
difíciles— para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede
conservar su valor, su dignidad, su generosidad. O bien, en la
dura lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad
humana y ser poco más que un animal, tal como nos ha
recordado la psicología del prisionero en un campo de
concentración. Aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de
aprovechar o de dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos
que una situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si
es merecedor de sus sufrimientos o no lo es.
No piensen que estas consideraciones son vanas o están muy
alejadas de la vida real. Es verdad que sólo unas cuantas
personas son capaces de alcanzar metas tan altas. De los
prisioneros, solamente unos pocos conservaron su libertad sin
menoscabo y consiguieron los méritos que les brindaba su
sufrimiento, pero aunque sea sólo uno el ejemplo, es prueba
suficiente de que la fortaleza íntima del hombre puede elevarle
por encima de su adverso sino. Y estos hombres no están
únicamente en los campos de concentración. Por doquier, el
hombre se enfrenta a su destino y tiene siempre oportunidad de
conseguir algo por vía del sufrimiento. Piénsese en el destino de
los enfermos, especialmente de los enfermos incurables. En una
ocasión, leí la carta escrita por un joven inválido, en la que a un
amigo le decía que acababa de saber que no viviría mucho tiempo
y que ni siquiera una operación podría aliviarle su sufrimiento.
Continuaba su carta diciendo que se acordaba de haber visto una
película sobre un hombre que esperaba su muerte con valor y
dignidad. Aquel muchacho pensó entonces que era una gran
victoria enfrentarse de este modo a la muerte y ahora —escribía—
74
el destino le brindaba a él una oportunidad similar.
Los que hace unos años vimos la película Resurrección —según
la novela de Tolstoi— no hubiéramos pensado nunca en un primer
momento que en ella se daban cita grandes destinos y grandes
hombres. En nuestro mundo no se daban tales situaciones por lo
que no había nunca oportunidad de alcanzar tamaña grandeza…
Al salir del cine fuimos al café más próximo, y, junto a una taza
de café y un bocadillo, nos olvidamos de los extraños
pensamientos metafísicos que por un momento habían cruzado
por nuestras mentes. Pero cuando también nosotros nos vimos
confrontados con un destino más grande e hicimos frente a la
decisión de superarlo con igual grandeza espiritual, habíamos
olvidado ya nuestras resoluciones juveniles, tan lejanas, y no
dimos la talla.
Quizás para algunos de nosotros llegue un día en que veamos
otra vez aquella película u otra análoga. Pero para entonces otras
muchas películas habrán pasado simultáneamente ante nuestros
ojos del alma; visiones de gentes que alcanzaron en sus vidas
metas más altas de las que puede mostrar una película
sentimental. Algunos detalles, de una muy especial e íntima
grandeza humana, acuden a mi mente; como la muerte de
aquella joven de la que yo fui testigo en un campo de
concentración. Es una historia sencilla; tiene poco que contar, y
tal vez pueda parecer invención, pero a mí me suena como un
poema.
Esta joven sabía que iba a morir a los pocos días; a pesar de
ello, cuando yo hablé con ella estaba muy animada.
“Estoy muy satisfecha de que el destino se haya cebado en mí
con tanta fuerza”, me dijo. “En mi vida anterior yo era una niña
malcriada y no cumplía en serio con mis deberes espirituales.”
Señalando a la ventana del barracón me dijo: “Aquel árbol es el
único amigo que tengo en esta soledad.” A través de la ventana
podía ver justamente la rama de un castaño y en aquella rama
había dos brotes de capullos. “Muchas veces hablo con el árbol”,
me dijo.
Yo estaba atónito y no sabía cómo tomar sus palabras.
¿Deliraba? ¿Sufría alucinaciones? Ansiosamente le pregunté si el
75
árbol le contestaba.
“Sí” ¿Y qué le decía? Respondió: “Me dice: ‘Estoy aquí, estoy
aquí, yo soy la vida, la vida eterna.”
Análisis de la existencia provisional
Ya hemos dicho que, en última instancia, los responsables del
estado de ánimo más íntimo del prisionero no eran tanto las
causas psicológicas ya enumeradas cuanto el resultado de su libre
decisión. La observación psicológica de los prisioneros ha
demostrado que únicamente los hombres que permitían que se
debilitara su interno sostén moral y espiritual caían víctimas de
las influencias degenerantes del campo. Y aquí se suscita la
pregunta acerca de lo que podría o debería haber constituido este
“sostén interno”.
Al relatar o escribir sus experiencias, todos los que pasaron
por la experiencia de un campo de concentración concuerdan en
señalar que la influencia más deprimente de todas era que el
recluso no supiera cuánto tiempo iba a durar su encarcelamiento.
Nadie le dio nunca una fecha para su liberación (en nuestro
campo ni siquiera tenía sentido hablar de ello). En realidad, la
duración no era sólo incierta, sino ilimitada. Un renombrado
investigador psicológico manifestó en cierta ocasión que la vida en
un campo de concentración podría denominarse “existencia
provisional”. Nosotros completaríamos la definición diciendo que
es “una existencia provisional cuya duración se desconoce”.
Por regla general, los recién llegados no sabían nada de las
condiciones de un campo. Los que venían de otros campos se
veían obligados a guardar silencio y, de algunos campos, nadie
regresó. Al entrar en él, las mentes de los prisioneros sufrían un
cambio. Con el fin de la incertidumbre venía la incertidumbre del
fin. Era imposible prever cuándo y cómo terminaría aquella
existencia, caso de tener fin. El vocablo latino finis tiene dos
significados: final y meta a alcanzar. El hombre que no podía ver
el fin de su “existencia provisional”, tampoco podía aspirar a una
meta última en la vida. Cesaba de vivir para el futuro en
76
contraste con el hombre normal. Por consiguiente cambiaba toda
la estructura de su vida íntima. Aparecían otros signos de
decadencia como los que conocemos de otros aspectos de la vida.
El obrero parado, por ejemplo, está en una posición similar. Su
existencia es provisional en ese momento y, en cierto sentido, no
puede vivir para el futuro ni marcarse una meta. Trabajos de
investigación realizados sobre los mineros parados han
demostrado que sufren de una particular deformación del tiempo
—el tiempo íntimo— que es resultado de su condición de parados.
También los prisioneros sufrían de esta extraña “experiencia del
tiempo”. En el campo, una unidad de tiempo pequeña, un día, por
ejemplo, repleto de continuas torturas y de fatiga, parecía no
tener fin, mientras que una unidad de tiempo mayor, quizás una
semana, parecía transcurrir con mucha rapidez. Mis camaradas
concordaron conmigo cuando dije que en el campo el día duraba
más que la semana. ¡Cuan paradójica era nuestra experiencia del
tiempo! A este respecto me viene el recuerdo de La Montaña
Mágica, de Thomas Mann, que contiene unas cuantas
observaciones psicológicas muy atinadas. Mann estudia la
evolución espiritual de personas que están en condiciones
psicológicas semejantes; es decir, los enfermos de tuberculosis en
un sanatorio, quienes tampoco conocen la fecha en que les darán
de alta; experimentan una existencia similar, sin ningún futuro,
sin ninguna meta.
Uno de los prisioneros, que a su llegada marchaba en una
larga columna de nuevos reclusos desde la estación al campo, me
dijo más tarde que había sentido como si estuviera desfilando en
su propio funeral. Le parecía que su vida no tenía ya futuro y
contemplaba todo como algo que ya había pasado, como si ya
estuviera muerto. Este sentimiento de falta de vida, de un
“cadáver viviente” se intensificaba por otras causas. Mientras que,
en cuanto al tiempo, lo que se experimentaba de forma más
aguda era la duración ilimitada del período de reclusión, en
cuanto al espacio eran los estrechos límites de la prisión. Todo lo
que estuviera al otro lado de la alambrada se antojaba remoto,
fuera del alcance y, de alguna forma, irreal. Lo que sucedía
afuera, la gente de allá, todo lo que era vida normal, adquiría
para el prisionero un aspecto fantasmal. La vida afuera, al menos
77
hasta donde él podía verla, le parecía casi como lo que podría ver
un hombre ya muerto que se asomara desde el otro mundo.
El hombre que se dejaba vencer porque no podía ver ninguna
meta futura, se ocupaba en pensamientos retrospectivos. En otro
contexto hemos hablado ya de la tendencia a mirar al pasado
como una forma de contribuir a apaciguar el presente y todos sus
horrores haciéndolo menos real. Pero despojar al presente de su
realidad entrañaba ciertos riesgos. Resultaba fácil desentenderse
de las posibilidades de hacer algo positivo en el campo y esas
oportunidades existían de verdad. Ese ver nuestra “existencia
provisional” como algo irreal constituía un factor importante en el
hecho de que los prisioneros perdieran su dominio de la vida; en
cierto sentido todo parecería sin objeto. Tales personas olvidaban
que muchas veces es precisamente una situación externa
excepcionalmente difícil lo que da al hombre la oportunidad de
crecer espiritualmente más allá de sí mismo. En vez de aceptar
las dificultades del campo como una manera de probar su fuerza
interior, no toman su vida en serio y la desdeñan como algo
inconsecuente. Prefieren cerrar los ojos y vivir en el pasado. Para
estas personas la vida no tiene ningún sentido.
Claro está que sólo unos pocos son capaces de alcanzar cimas
espirituales elevadas. Pero esos pocos tuvieron una oportunidad
de llegar a la grandeza humana aun cuando fuera a través de su
aparente fracaso y de su muerte, hazaña que en circunstancias
ordinarias nunca hubieran alcanzado. A los demás de nosotros, al
mediocre y al indiferente, se les podrían aplicar las palabras de
Bismarck: “La vida es como visitar al dentista. Se piensa siempre
que lo peor está por venir, cuando en realidad ya ha pasado.”
Parafraseando este pensamiento, podríamos decir que muchos de
los prisioneros del campo de concentración creyeron que la
oportunidad de vivir ya les había pasado y, sin embargo, la
realidad es que representó una oportunidad y un desafío: que o
bien se puede convertir la experiencia en victorias, la vida en un
triunfo interno, o bien se puede ignorar el desafío y limitarse a
vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros.
78
Spinoza, educador
Cualquier tentativa de combatir la influencia psicopatológica
que el campo ejercía sobre el prisionero mediante la psicoterapia
o los métodos psicohigiénicos debía alcanzar el objetivo de
conferirle una fortaleza interior, señalándole una meta futura
hacia la que poder volverse. De forma instintiva, algunos
prisioneros trataban de encontrar una meta propia. El hombre
tiene la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro:
sub specie aeternitatis. Y esto constituye su salvación en los
momentos más difíciles de su existencia, aun cuando a veces
tenga que aplicarse a la tarea con sus cinco sentidos. Por lo que a
mí respecta, lo sé por experiencia propia. Al borde del llanto a
causa del tremendo dolor (tenía llagas terribles en los pies debido
a mis zapatos gastados) recorrí con la larga columna de hombres
los kilómetros que separaban el campo del lugar de trabajo. El
viento gélido nos abatía. Yo iba pensando en los pequeños
problemas sin solución de nuestra miserable existencia. ¿Qué
cenaríamos aquella noche? ¿Si como extra nos dieran un trozo de
salchicha, convendría cambiarla por un pedazo de pan? ¿Debía
comerciar con el último cigarrillo que me quedaba de un bono que
obtuve hacía quince días y cambiarlo por un tazón de sopa?
¿Cómo podría hacerme con un trozo de alambre para reemplazar
el fragmento que me servía como cordón de los zapatos?
¿Llegaría al lugar de trabajo a tiempo para unirme al pelotón de
costumbre o tendría que acoplarme a otro cuyo capataz tal vez
fuera más brutal? ¿Qué podía hacer para estar en buenas
relaciones con un “capo” determinado que podría ayudarme a
conseguir trabajo en el campo en vez de tener que emprender a
diario aquella dolorosa caminata?
Estaba disgustado con la marcha de los asuntos que
continuamente me obligaban a ocuparme sólo de aquellas cosas
tan triviales. Me obligué a pensar en otras cosas. De pronto me vi
de pie en la plataforma de un salón de conferencias bien
iluminado, agradable y caliente. Frente a mí tenía un auditorio
atento, sentado en cómodas butacas tapizadas. ¡Yo daba una
conferencia sobre la psicología de un campo de concentración!
79
Visto y descrito desde la mira distante de la ciencia, todo lo que
me oprimía hasta ese momento se objetivaba. Mediante este
método, logré cierto éxito, conseguí distanciarme de la situación,
pasar por encima de los sufrimientos del momento y observarlos
como si ya hubieran transcurrido y tanto yo mismo como mis
dificultades se convirtieron en el objeto de un estudio
psicocientífico muy interesante que yo mismo he realizado. ¿Qué
dice Spinoza en su Ética? “Affectus, qui passio est, desinit esse
passio simulatque eius claram et distinctam formamus ideam. La
emoción, que constituye sufrimiento, deja de serlo tan pronto
como nos formamos una idea clara y precisa del mismo.” (Ética,
5a
parte, “Sobre el poder del espíritu o la libertad humana”, frase
III).
El prisionero que perdía la fe en el futuro —en su futuro—
estaba condenado. Con la pérdida de la fe en el futuro perdía,
asimismo, su sostén espiritual; se abandonaba y decaía y se
convertía en el sujeto del aniquilamiento físico y mental. Por regla
general, éste se producía de pronto, en forma de crisis, cuyos
síntomas eran familiares al recluso con experiencia en el campo.
Todos temíamos este momento no ya por nosotros, lo que no
hubiera tenido importancia, sino por nuestros amigos. Solía
comenzar cuando una mañana el prisionero se negaba a vestirse
y a lavarse o a salir fuera del barracón. Ni las súplicas, ni los
golpes, ni las amenazas surtían ningún efecto. Se limitaba a
quedarse allí, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en
enfermedad, se oponía a que lo llevaran a la enfermería o hacer
cualquier cosa por ayudarse. Sencillamente se entregaba. Y allí se
quedaba tendido sobre sus propios excrementos sin importarle
nada.
Una vez presencié una dramática demostración del estrecho
nexo entre la pérdida de la fe en el futuro y su consiguiente final.
F., el jefe de mi barracón, compositor y libretista bastante
famoso, me confió un día:
“Me gustaría contarle algo, doctor. He tenido un sueño
extraño. Una voz me decía que deseara lo que quisiera, que lo
único que tenía que hacer era decir lo que quería saber y todas
mis preguntas tendrían respuesta. ¿Quiere saber lo que le
80
pregunté? Que me gustaría conocer cuándo terminaría para mí la
guerra. Ya sabe lo que quiero decir, doctor, ¡para mí! Quería
saber cuándo seríamos liberados nosotros, nuestro campo, y
cuándo tocarían a su fin nuestros sufrimientos.” “¿Y cuándo tuvo
usted ese sueño?”, le pregunté.
“En febrero de 1945″, contestó. Por entonces estábamos a
principios de marzo.
“¿Y qué le contestó la voz?”
Furtivamente me susurró:
“El treinta de marzo.”
Cuando F. me habló de aquel sueño todavía estaba rebosante
de esperanza y convencido de que la voz de su sueño no se
equivocaba. Pero al acercarse el día señalado, las noticias sobre la
evolución de la guerra que llegaban a nuestro campo no hacían
suponer la probabilidad de que nos liberaran en la fecha
prometida. El 29 de marzo y de repente F. cayó enfermo con una
fiebre muy alta. El día 30 de marzo, el día que la profecía le había
dicho que la guerra y el sufrimiento terminarían para él, cayó en
un estado de delirio y perdió la conciencia. El día 31 de marzo
falleció. Según todas las apariencias murió de tifus.
Los que conocen la estrecha relación que existe entre el estado
de ánimo de una persona —su valor y sus esperanzas, o la falta
de ambos— y la capacidad de su cuerpo para conservarse
inmune, saben también que si repentinamente pierde la
esperanza y el valor, ello puede ocasionarle la muerte. La causa
última de la muerte de mi amigo fue que la esperada liberación no
se produjo y esto le desilusionó totalmente; de pronto, su cuerpo
perdió resistencia contra la infección tifoidea latente. Su fe en el
futuro y su voluntad de vivir se paralizaron y su cuerpo fue presa
de la enfermedad, de suerte que sus sueños se hicieron
finalmente realidad.
Las observaciones sobre este caso y la conclusión que de ellas
puede extraerse concuerdan con algo sobre lo que el médico jefe
del campo me llamó la atención: la tasa de mortandad semanal
en el campo aumentó por encima de todo lo previsto desde las
Navidades de 1944 al Año Nuevo de 1945. A su entender, la
81
explicación de este aumento no estaba en el empeoramiento de
nuestras condiciones de trabajo, ni en una disminución de la
ración alimenticia, ni en un cambió climatológico, ni en el brote de
nuevas epidemias. Se trataba simplemente de que la mayoría de
los prisioneros había abrigado la ingenua ilusión de que para
Navidad les liberarían. Según se iba acercando la fecha sin que se
produjera ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su
valor y les venció el desaliento. Como ya dijimos antes, cualquier
intento de restablecer la fortaleza interna del recluso bajo las
condiciones de un campo de concentración pasa antes que nada
por el acierto en mostrarle una meta futura. Las palabras de
Nietzsche: “Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar
cualquier cómo” pudieran ser la motivación que guía todas las
acciones psicoterapéuticas y psicohigiénicas con respecto a los
prisioneros. Siempre que se presentaba la oportunidad, era
preciso inculcarles un porque —una meta— de su vivir, a fin de
endurecerles para soportar el terrible como de su existencia.
Desgraciado de aquel que no viera ningún sentido en su vida,
ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna
finalidad en vivirla, ése estaba perdido. La respuesta típica que
solía dar este hombre a cualquier razonamiento que tratara de
animarle, era: “Ya no espero nada de la vida.” ¿Qué respuesta
podemos dar a estas palabras?
La pregunta por el sentido de la vida
Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra
actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos
y* después, enseñar a los desesperados que en realidad no
importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera
algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas
sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en
nosotros como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e
incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no
de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y
una actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la
82
responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los
problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna
continuamente a cada individuo.
Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida,
difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo
que resulta completamente imposible definir el significado de la
vida en términos generales. Nunca se podrá dar respuesta a las
preguntas relativas al sentido de la vida con argumentos
especiosos. “Vida” no significa algo vago, sino algo muy real y
concreto, que configura el destino de cada hombre, distinto y
único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden
compararse a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se
repite y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la
situación en que un hombre se encuentra puede exigirle que
emprenda algún tipo de acción; otras, puede resultar más
ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias
pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser
simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada
situación se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay
más que una única respuesta correcta al problema que la
situación plantea.
Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de
aceptar dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha
de reconoces el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y
está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento
ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que
adopte al soportar su carga.
En cuanto a nosotros, como prisioneros, tales pensamientos no
eran especulaciones muy alejadas de la realidad, eran los únicos
pensamientos capaces de ayudarnos, de liberarnos de la
desesperación, aun cuando no se vislumbrara ninguna
oportunidad de salir con vida. Ya hacía tiempo que habíamos
pasado por la etapa de pedir a la vida un sentido, tal como el de
alcanzar alguna meta mediante la creación activa de algo valioso.
Para nosotros el significado de la vida abarcaba círculos más
amplios, como son los de la vida y la muerte y por este sentido es
por el que luchábamos.
83
Sufrimiento como prestación
Una vez que nos fue revelado el significado del sufrimiento,
nos negamos a minimizar o aliviar las torturas del campo a base
de ignorarlas o de abrigar falsas ilusiones o de alimentar un
optimismo artificial. El sufrimiento se había convertido en una
tarea a realizar y no queríamos volverle la espalda. Habíamos
aprehendido las oportunidades de logro que se ocultaban en él,
oportunidades que habían llevado al poeta Rilke a decir: “Wie viel
ist aufzuleiden” “¡Por cuánto sufrimiento hay que pasar!.” Rilke
habló de “conseguir mediante el sufrimiento” donde otros hablan
de “conseguir por medio del trabajo”. Ante nosotros teníamos una
buena cantidad de sufrimiento que debíamos soportar, así que era
preciso hacerle frente procurando que los momentos de debilidad
y de lágrimas se redujeran al mínimo. Pero no había ninguna
necesidad de avergonzarse de las lágrimas, pues ellas testificaban
que el hombre era verdaderamente valiente; que tenía el valor de
sufrir. No obstante, muy pocos lo entendían así. Algunas veces,
alguien confesaba avergonzado haber llorado, como aquel
compañero que respondió a mi pregunta sobre cómo había
vencido el edema, confesando: “Lo he expulsado de mi cuerpo a
base de lágrimas.”
Algo nos espera
Siempre que era posible, en el campo se aplicaba algo que
podría definirse como los fundamentos de la psicoterapia o de la
psicohigiene, tanto individual como colectivamente. Los esbozos
de psicoterapia individual solían ser del tipo del “procedimiento
para salvar la vida”. Dichas acciones se emprendían por regla
general con vistas a evitar los suicidios. Una regla del campo muy
estricta prohibía que se tomara ninguna iniciativa tendente a
salvar a un hombre que tratara de suicidarse. Por ejemplo, se
prohibía cortar la soga del hombre que intentaba ahorcarse, por
84
consiguiente, era de suma importancia impedir que se llegara a
tales extremos.
Recuerdo dos casos de suicidio frustrado que guardan entre sí
mucha similitud. Ambos prisioneros habían comentado sus
intenciones de suicidarse basando su decisión en el argumento
típico de que ya no esperaban nada de la vida. En ambos casos se
trataba por lo tanto de hacerles comprender que la vida todavía
esperaba algo de ellos. A uno le quedaba un hijo al que él
adoraba y que estaba esperándole en el extranjero. En el otro
caso no era una persona la que le esperaba, sino una cosa, ¡su
obra! Era un científico que había iniciado la publicación de una
colección de libros que debía concluir. Nadie más que él podía
realizar su trabajo, lo mismo que nadie más podría nunca
reemplazar al padre en el afecto del hijo.
La unicidad y la resolución que diferencian a cada individuo y
confieren un significado a su existencia tienen su incidencia en la
actividad creativa, al igual que la tienen en el amor. Cuando se
acepta la imposibilidad de reemplazar a una persona, se da paso
para que se manifieste en toda su magnitud la responsabilidad
que el hombre asume ante su existencia. El hombre que se hace
consciente de su responsabilidad ante el ser humano que le
espera con todo su afecto o ante una obra inconclusa no podrá
nunca tirar su vida por la borda. Conoce el “porqué” de su
existencia y podrá soportar casi cualquier “cómo”.
Una palabra a tiempo
Las oportunidades para la psicoterapia colectiva eran
limitadas. El ejemplo correcto era más efectivo de lo que pudieran
serlo las palabras. Los jefes de barracón que no eran autoritarios,
por ejemplo, tenían precisamente por su forma de ser y actuar
mil oportunidades de ejercitar una influencia de largo alcance
sobre los que estaban bajo su jurisdicción. La influencia inmediata
de una determinada forma de conducta es siempre más efectiva
que las palabras. Pero, a veces, una palabra también resulta
efectiva cuando la receptividad mental se intensifica con motivo
85
de las circunstancias externas. Recuerdo un incidente en que
hubo lugar para realizar una labor terapéutica sobre todos los
prisioneros de un barracón, como consecuencia de la
intensificación de su receptividad provocada por una determinada
situación externa.
Había sido un día muy malo. A la hora de la formación se
había leído un anuncio sobre los muchos actos que, de entonces
en adelante, se considerarían acciones de sabotaje y, por
consiguiente, punibles con la horca. Entre estas faltas se incluían
nimiedades como cortar pequeñas tiras de nuestras viejas mantas
(para utilizarlas como vendajes para los tobillos) y “robos
mínimos. Hacía unos días que un prisionero al borde de la
inanición había entrado en el almacén de víveres y había robado
algunos kilos de patatas. El robo se descubrió y algunos
prisioneros reconocieron al “ladrón”. Cuando las autoridades del
campo tuvieron noticia de lo sucedido, ordenaron que les
entregáramos al culpable; si no, todo el campo ayunaría un día.
Claro está que los 2500 hombres prefirieron callar. La tarde de
aquel día de ayuno yacíamos exhaustos en los camastros. Nos
encontrábamos en las horas más bajas. Apenas sé decía palabra y
las que se pronunciaban tenían un tono de irritación. Entonces, y
para empeorar aún más las cosas, se apagó la luz. Los estados de
ánimo llegaron a su punto más bajo. Pero el jefe de nuestro
barracón era un hombre sabio e improvisó una pequeña charla
sobre todo lo que bullía en nuestra mente en aquellos momentos.
Se refirió a los muchos compañeros que habían muerto en los
últimos días por enfermedad o por suicidio, pero también indicó
cuál había sido la verdadera razón de esas muertes: la pérdida de
la esperanza. Aseguraba que tenía que haber algún medio de
prevenir que futuras víctimas llegaran a estados tan extremos. Y
al decir esto me señalaba a mí para que les aconsejara.
Dios sabe que no estaba en mi talante dar explicaciones
psicológicas o predicar sermones a fin de ofrecer a mis camaradas
algún tipo de cuidado médico de sus almas. Tenía frío y sueño,
me sentía irritable y cansado, pero hube de sobreponerme a mí
mismo y aprovechar la oportunidad. En aquel momento era más
necesario que nunca infundirles ánimos.
86
Asistencia psicológica
Seguidamente hablé del futuro inmediato. Y dije que, para el
que quisiera ser imparcial, éste se presentaba bastante negro y
concordé con que cada uno de nosotros podía adivinar que sus
posibilidades de supervivencia eran mínimas: aun cuando ya no
había epidemia de tifus yo estimaba que mis propias
oportunidades estaban en razón de uno a veinte. Pero también les
dije que, a pesar de ello, no tenía intención de perder la
esperanza y tirarlo todo por la borda, pues nadie sabía lo que el
futuro podía depararle y todavía menos la hora siguiente. Y aun
cuando no cabía esperar ningún acontecimiento militar importante
en los días sucesivos, quiénes mejor que nosotros, con nuestra
larga experiencia en los campos para saber que a veces se
ofrecían, de repente, grandes oportunidades, cuando menos a
nivel individual. Por ejemplo, cabía la posibilidad de que,
inesperadamente, uno fuera destinado a un grupo especial que
gozara de condiciones laborales particularmente favorables, ya
que este tipo de cosas constituían la “suerte” del prisionero.
Pero no. sólo hablé del futuro y del velo que lo cubría.
También les hablé del pasado: de todas sus alegrías y de la luz
que irradiaba, brillante aun en la presente oscuridad. Para evitar
que mis palabras sonaran como las de un predicador, cité de
nuevo al poeta que había escrito: “Was du erlebt, kann keine
Macht der Welt dir rauben, ningún poder de la tierra podrá
arrancarte lo que has vivido.” No ya sólo nuestras experiencias,
sino cualquier cosa que hubiéramos hecho, cualesquiera
pensamientos que hubiéramos tenido, así como todo lo que
habíamos sufrido, nada de ello se había perdido, aun cuando
hubiera pasado; lo habíamos hecho ser, y haber sido es también
una forma de ser y quizá la más segura.
Seguidamente me referí a las muchas oportunidades
existentes para darle un sentido a la vida. Hablé a mis camaradas
(que yacían inmóviles, si bien de vez en cuando se oía algún
suspiro) de que la vida humana no cesa nunca, bajo ninguna
87
circunstancia, y de que este infinito significado de la vida
comprende también el sufrimiento y la agonía, las privaciones y la
muerte. Pedí a aquellas pobres criaturas que me escuchaban
atentamente en la oscuridad del barracón que hicieran cara a lo
serio de nuestra situación. No tenían que perder las esperanzas,
antes bien debían conservar el valor en la certeza de que nuestra
lucha desesperada no perdería su dignidad ni su sentido. Les
aseguré que en las horas difíciles siempre había alguien que nos
observaba —un amigo, una esposa, alguien que estuviera vivo o
muerto, o un Dios— y que sin duda no querría que le
decepcionáramos, antes bien, esperaba que sufriéramos con
orgullo —y no miserablemente— y que supiéramos morir.
Y, finalmente, les hablé de nuestro sacrificio, que en cada caso
tenía un significado. En la naturaleza de este sacrificio estaba el
que pareciera insensato para la vida normal, para el mundo donde
imperaba el éxito material. Pero nuestro sacrificio sí tenía un
sentido. Los que profesaran una fe religiosa, dije con franqueza,
no hallarían dificultades para entenderlo. Les hablé de un
camarada que al llegar al campo había querido hacer un pacto
con el cielo para que su sacrificio y su muerte liberaran al ser que
amaba de un doloroso final. Para él, tanto el sufrimiento como la
muerte y, especialmente, aquel sacrificio, eran significativos. Por
nada del mundo quería morir, como tampoco lo queríamos
ninguno de nosotros. Mis palabras tenían como objetivo dotar a
nuestra vida de un significado, allí y entonces, precisamente en
aquel barracón y aquella situación, prácticamente desesperada.
Pude comprobar que había logrado mi propósito, pues cuando se
encendieron de nuevo las luces, las miserables figuras de mis
camaradas se acercaron renqueantes hacia mí para darme las
gracias, con lágrimas en los ojos. Sin embargo, es preciso que
confiese aquí que sólo muy raras veces hallé en mi interior
fuerzas para establecer este tipo de contacto con mis compañeros
de sufrimientos y que, seguramente, perdí muchas oportunidades
de hacerlo.
88
Psicología de los guardias del campamento
Llegamos ya a la tercera fase de las reacciones espirituales del
prisionero: su psicología tras la liberación. Pero antes de entrar en
ella consideremos una pregunta que suele hacérsele al psicólogo,
sobre todo cuando conoce el tema por propia experiencia: ¿Qué
opina del carácter psicológico de los guardias del campo? ¿Cómo
es posible que hombres de carne y hueso como los demás
pudieran tratar a sus semejantes en la forma que los prisioneros
aseguran que los trataron? Si tras haber oído una y otra vez los
relatos de las atrocidades cometidas se llega al convencimiento de
que, por increíbles que parezcan, sucedieron de verdad, lo
inmediato es preguntar cómo pudieron ocurrir desde un punto de
vista psicológico. Para contestar a esta pregunta, aunque sin
entrar en muchos detalles, es preciso puntualizar algunas cosas.
En primer lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos
en el sentido clínico más estricto. En segundo lugar, se elegía
especialmente a los sádicos siempre que se necesitaba un
destacamento de guardias muy severos. A esa selección negativa
de la que ya hemos hablado en otro lugar, como la que se
realizaba entre la masa de los propios prisioneros para elegir a
aquellos que debían ejercer la función de “capos” y en la que es
fácil comprender que, a menudo, fueran los individuos más
brutales y egoístas los que tenían más probabilidades de
sobrevivir, a esta selección negativa, pues, se añadía en el campo
la selección positiva de los sádicos.
Se armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas
de’ duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos
unos pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente a una
pequeña estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera.
Pero siempre había algún capataz que sentía gran placer en
privarnos de esta pequeña comodidad. Su rostro expresaba bien a
las claras la satisfacción que sentía no ya sólo al prohibirnos estar
allí, sino volcando la estufa y hundiendo su amoroso fuego en la
nieve. Cuando a las SS les molestaba determinada persona,
siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y
altamente especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al
89
desdichado prisionero.
En tercer lugar, los sentimientos de la mayoría de los guardias
se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo
siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos
del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente
rehusaban, al menos, tomar parte activa en acciones de carácter
sádico, pero no impedían que otros las realizaran.
En cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias
había algunos que sentían lástima de nosotros. Mencionaré
únicamente al comandante del campo del que fui liberado.
Después de la liberación —y sólo el médico del campo, que
también era prisionero, tenía conocimiento de ello antes de esa
fecha— me enteré de que dicho comandante había comprado en
la localidad más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y
había pagado de su propio bolsillo cantidades nada despreciables.
Por lo que se refiere a este comandante de las SS, ocurrió un
incidente interesante relativo a la actitud que tomaron hacia él
algunos de los prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser
liberados por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos
húngaros escondieron al comandante en los bosques bávaros. A
continuación se presentaron ante el comandante de las fuerzas
americanas, quien estaba ansioso por capturar a aquel oficial de
las SS, para decirle que le revelarían donde se encontraba
únicamente bajo determinadas condiciones: el comandante
norteamericano tenía que prometer que no se haría ningún daño
a aquel hombre. Tras pensarlo un rato, el comandante prometió a
los jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero se ocuparía
de que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su
promesa, sino que, como prueba de ello, el antiguo comandante
del campo de concentración fue, de algún modo, repuesto en su
cargo, encargándose de supervisar la recogida de ropas entre las
aldeas bávaras más próximas y de distribuirlas entre nosotros.
El prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho
peor que todos los guardias de las SS juntos. Golpeaba a los
demás prisioneros a la más mínima falta, mientras que el
comandante alemán, hasta donde yo sé, no levantó nunca la
mano contra ninguno de nosotros.
90
Es evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue
guardia del campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana
se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en
términos generales, merecen que se les condene. Los límites
entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos
inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres
eran unos ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que,
tratándose de un capataz, el hecho de ser amable con los
prisioneros a pesar de todas las perniciosas influencias del campo
es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que
maltrata a sus propios compañeros merece condenación y
desprecio en grado sumo. Obviamente, los prisioneros veían en
estos hombres una falta de carácter que les desconcertaba
especialmente, mientras que se sentían profundamente
conmovidos por la más mínima muestra de bondad recibida de
alguno de los guardias. Recuerdo que un día un capataz me dio
en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su
propia ración del desayuno. Pero me dio algo más, un “algo”
humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la
mirada con que aquel hombre acompañó el regalo.
De todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que
hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la
“raza” de los hombres decentes y la raza de los indecentes.
Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas
sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de
hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún
grupo es de “pura raza” y, por ello, a veces se podía encontrar,
entre los guardias, a alguna persona decente.
La vida en un campo de concentración abría de par en par el
alma humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender
que en estas profundidades encontremos, una vez más,
únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza más
íntima, eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que
separa el bien del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser
humano, alcanza a las profundidades más hondas y se hizo
manifiesta en el fondo del abismo que se abrió en los campos de
concentración.
91
Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre
quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el
hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha
inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha
entrado en ellas con paso firme musitando una oración.
92
TERCERA FASE: DESPUÉS DE LA LIBERACIÓN
Y ahora, en el último capítulo dedicado a la psicología de un
campo de concentración, analicemos la psicología del prisionero
que ha sido liberado. Para describir las experiencias de la
liberación, que han de ser personales por fuerza, reanudaremos el
hilo en aquella parte de nuestro relato que hablaba de la mañana
en que, tras varios días de gran tensión, se izó la bandera blanca
a la entrada del campo. Al estado de ansiedad interior siguió una
relajación total. Pero se equivocaría quien pensase que nos
volvimos locos de alegría. ¿Qué sucedió, entonces?
Con torpes pasos, los prisioneros nos arrastramos hasta las
puertas del campo. Tímidamente miramos a nuestro derredor y
nos mirábamos los unos a los otros interrogándonos.
Seguidamente, nos aventuramos a dar unos cuantos pasos fuera
del campo y esta vez nadie nos impartía órdenes a gritos, ni
teníamos que apresurarnos en evitación de un golpe o un
puntapié. ¡Oh, no! ¡Esta vez los guardias nos ofrecían cigarrillos!
Al principio a duras penas podíamos reconocerlos, ya que se
habían dado mucha prisa en cambiarse de ropa y vestían de
civiles. Caminábamos despacio por la carretera que partía del
campo. Pronto sentimos dolor en las piernas y temimos caernos,
pero nos repusimos, queríamos ver los alrededores del campo con
los ojos de los hombres libres, por vez primera. “¡Somos libres!”,
nos decíamos una y otra vez y aún así no podíamos creerlo.
Habíamos repetido tantas veces esta palabra durante los años
que soñamos con ella, que ya había perdido su significado. Su
realidad no penetraba en nuestra conciencia; no podíamos
aprehender el hecho de que la libertad nos perteneciera.
Llegamos a los prados cubiertos de flores. Las
contemplábamos y nos dábamos cuenta de que estaban allí, pero
no despertaban en nosotros ningún sentimiento. El primer
destello de alegría se produjo cuando vimos un gallo con su cola
de plumas multicolores. Pero no fue más que un destello: todavía
93
no pertenecíamos a este mundo.
Por la tarde y cuando otra vez nos encontramos en nuestro
barracón, un hombre le dijo en secreto a otro: “¿Dime, estuviste
hoy contento?”
Y el otro le contestó un tanto avergonzado, pues no sabía que
los demás sentíamos de igual modo: “Para ser franco: no.”
Literalmente hablando, habíamos perdido la capacidad de
alegrarnos y teníamos que volverla a aprender, lentamente.
Desde el punto de vista psicológico, lo que les sucedía a los
prisioneros liberados podría denominarse “despersonalización”.
Todo parecía irreal, improbable, como un sueño. No podíamos
creer que fuera verdad. ¡Cuántas veces, en los pasados años, nos
habían engañado los sueños! Habíamos soñado con que llegaba el
día de la liberación, con que nos habían liberado ya, habíamos
vuelto a casa, saludado a los amigos, abrazado a la esposa, nos
habíamos sentado a la mesa y empezado a contar todo lo que
habíamos pasado, incluso que muy a menudo habíamos
contemplado, en nuestros sueños, el día de nuestra liberación. Y
entonces un silbato traspasaba nuestros oídos —la señal de
levantarnos— y todos nuestros sueños se venían abajo. Y ahora el
sueño se había hecho realidad. ¿Pero podíamos creer de verdad
en él?
cuerpo tiene menos inhibiciones que la mente, así que
desde el primer momento hizo buen uso de la libertad recién
adquirida y empezó a comer vorazmente, durante horas y días
enteros, incluso en mitad de la noche. Sorprende pensar las
ingentes cantidades que se pueden comer. Y cuando a uno de los
prisioneros le invitaba algún granjero de la vecindad, comía y
comía y bebía café, lo cual le soltaba la lengua y entonces
hablaba y hablaba horas enteras. La presión que durante años
había oprimido su mente desaparecía al fin. Oyéndole hablar se
tenía la impresión de que tenía que hablar, de que su deseo de
hablar era irresistible. Supe de personas que habían sufrido una
presión muy intensa durante un corto período de tiempo (por
ejemplo pasar un interrogatorio de la Gestapo) y experimentaron
idénticas reacciones. Pasaron muchos días antes de que no sólo
94
se soltara la lengua, sino también algo que estaba dentro de
todos nosotros; y, de pronto, aquel sentimiento se abrió por entre
las extrañas cadenas que lo habían constreñido.
Un día, poco después de nuestra liberación, yo paseaba por la
campiña florida, camino del pueblo más próximo. Las alondras se
elevaban hasta el cielo y yo podía oír sus gozosos cantos; no
había nada más que la tierra y el cielo y el júbilo de las alondras,
y la libertad del espacio. Me detuve, miré en derredor, después al
cielo, y finalmente caí de rodillas. En aquel momento yo sabía
muy poco de mí o del mundo, sólo tenía en la cabeza una frase,
siempre la misma: “Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y
él me contestó desde el espacio en libertad.”
No recuerdo cuanto tiempo permanecí allí, de rodillas,
repitiendo una y otra vez mi jaculatoria. Pero yo sé que aquel día,
en aquel momento, mi vida empezó otra vez. Fui avanzando,
paso a paso, hasta volverme de nuevo un ser humano.
El desahogo
El camino que partía de la aguda tensión espiritual de los
últimos días pasados en el campo (de la guerra de nervios a la
paz mental) no estaba exento de obstáculos. Sería un error
pensar que el prisionero liberado no tenía ya necesidad de ningún
cuidado. Debemos considerar que un hombre que ha vivido bajo
una presión mental tan tremenda y durante tanto tiempo, corre
también peligro después de la liberación, sobre todo habiendo
cesado la tensión tan de repente. Dicho peligro (desde el punto de
vista de la higiene psicológica) es la contrapartida psicológica de
la aeroembolia. Lo mismo que la salud física de los que trabajan
en cámaras de inmersión correría peligro si, de repente,
abandonaran la cámara (donde se encuentran bajo una tremenda
presión atmosférica), así también el hombre que ha sido liberado
repentinamente de la presión espiritual puede sufrir daño en su
salud psíquica.
Durante esta fase psicológica se observaba que las personas
de naturaleza más primitiva no podían escapar a las influencias de
95
la brutalidad que les había rodeado mientras vivieron en el
campo. Ahora, al verse libres, pensaban que podían hacer uso de
su libertad licenciosamente y sin sujetarse a ninguna norma. Lo
único que había cambiado para ellos era que en vez de ser
oprimidos eran opresores. Se convirtieron en instigadores y no
objetores, de la fuerza y de la injusticia. Justificaban su conducta
en sus propias y terribles experiencias y ello solía ponerse de
manifiesto en situaciones aparentemente inofensivas. En una
ocasión paseaba yo con un amigo camino del campo de
concentración, cuando de pronto llegamos a un sembrado de
espigas verdes. Automáticamente yo las evité, pero él me agarró
del brazo y me arrastró hacia el sembrado. Yo balbucí algo
referente a no tronchar las tiernas espigas. Se enfadó mucho
conmigo, me lanzó una mirada airada y me gritó:
“¡No me digas! ¿No nos han quitado bastante ellos a nosotros?
Mi mujer y mi hijo han muerto en la cámara de gas —por no
mencionar las demás cosas— y tú me vas a prohibir que tronche
unas pocas espigas de trigo?”
Sólo muy lentamente se podía devolver a aquellos hombres a
la verdad lisa y llana de que nadie tenía derecho a obrar mal, ni
aun cuando a él le hubieran hecho daño. Tendríamos que luchar
para hacerles volver a esa verdad, o las consecuencias serían aún
peores que la pérdida de unos cuantos cientos de granos de trigo.
Todavía puedo ver a aquel prisionero que, enrollándose las
mangas de la camisa, metió su mano derecha bajo mi nariz y
gritó: “¡Qué me corten la mano si no me la tiño con sangre el día
que vuelva a casa!” Quiero recalcar que quien decía estas
palabras no era un mal tipo: fue el mejor de los camaradas en el
campo y también después.
Aparte de la deformidad moral resultante del repentino
aflojamiento de la tensión espiritual, otras dos experiencias
mentales amenazaban con dañar el carácter del prisionero
liberado: la amargura y la desilusión que sentía al volver a su
antigua vida.
La amargura tenía su origen en todas aquellas cosas contra las
que se rebelaba cuando volvía a su ciudad. Cuando, a su regreso,
aquel hombre veía que en muchos lugares se le recibía sólo con
96
un encogimiento de hombros y unas cuantas frases gastadas,
solía amargarse preguntándose por qué había tenido que pasar
por todo aquello. Cuando por doquier oía casi las mismas
palabras: “No sabíamos nada” y “nosotros también sufrimos”, se
hacía siempre la misma pregunta. ¿Es que no tienen nada mejor
que decirme?
La experiencia de la desilusión es algo distinta. En este caso
no era ya el amigo (cuya superficialidad y falta de sentimientos
disgustaban tanto al exclaustrado que finalmente se sentía como
si se arrastrara por un agujero sin ver ni oír a ningún ser
humano) que le parecía cruel, sino su propio sino. El hombre que
durante años había creído alcanzar el límite absoluto del
sufrimiento se encontraba ahora con que el sufrimiento no tenía
límites y con que todavía podía sufrir más y más intensamente.
Cuando hablábamos de los intentos de infundir en el prisionero
ánimo para superar su situación, decíamos que había que
mostrarle algo que le hiciera pensar en el porvenir. Había que
recordarle que la vida todavía le estaba esperando, que un ser
humano aguardaba a que él regresara. Pero, ¿y después de la
liberación? Algunos se encontraron con que nadie les esperaba.
Desgraciado de aquel que halló que la persona cuyo solo
recuerdo le había dado valor en el campo ¡ya no vivía!
¡Desdichado de aquel que, cuando finalmente llegó el día de sus
sueños, encontró todo distinto a como lo había añorado! Quizás
abordó un trolebús y viajó hasta la casa que durante años había
tenido en su mente, quizá llamó al timbre, al igual que lo había
soñado en miles de sueños, para encontrarse con que la persona
que tendría que abrirle la puerta no estaba allí, ni nunca volvería.
Allá en el campo, todos nos habíamos confesado unos a otros
que no podía haber en la tierra felicidad que nos compensara por
todo lo que habíamos sufrido. No esperábamos encontrar la
felicidad, no era esto lo que infundía valor y confería significado a
nuestro sufrimiento, a nuestros sacrificios, a nuestra agonía.
Ahora bien, tampoco estábamos preparados para la infelicidad.
Esta desilusión que aguardaba a un número no desdeñable de
prisioneros resultó ser una experiencia muy dura de sobrellevar y
también muy difícil de tratar desde el punto de vista del
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psiquiatra; aunque tampoco tendría que desalentarle; muy al
contrario, debiera ser un acicate y un estímulo más.
Pero para todos y cada uno de los prisioneros liberados llegó el
día en que, volviendo la vista atrás a aquella experiencia del
campo, fueron incapaces de comprender cómo habían podido
soportarlo. Y si llegó por fin el día de su liberación y todo les
pareció como un bello sueño, también llegó el día en que todas
las experiencias del campo no fueron para ellos nada más que
una pesadilla.
La experiencia final para el hombre que vuelve a su hogar es
la maravillosa sensación de que, después de todo lo que ha
sufrido, ya no hay nada a lo que tenga que temer, excepto a su
Dios.
98
PARTE SEGUNDA
CONCEPTOS BÁSICOS DE LOGOTERAPIA
99
Los lectores de mi breve relato autobiográfico me pidieron que
hiciera una exposición más directa y completa de mi doctrina
terapéutica. En consecuencia, añadí a la edición original un
sucinto resumen de lo que es la logoterapia. Pero no ha sido
suficiente; me acosan pidiéndome que trate más detenidamente
el tema, de modo que en la presente edición he dado una nueva
redacción a mi relato, ampliándolo con más detalles.
No ha sido un cometido fácil. Transmitir al lector en un espacio
reducido todo el material que en alemán requirió veinte
volúmenes es una tarea capaz de desanimar a cualquiera.
Recuerdo a un colega norteamericano que un día me preguntó en
mi clínica de Viena: “Veamos, doctor, ¿usted es psicoanalista?” A
lo que yo le contesté: “No exactamente psicoanalista. Digamos
que soy psicoterapeuta.” Entonces siguió preguntándome: “A qué
escuela pertenece usted?” “Es mi propia teoría; se llama
logoterapia”, le repliqué. “¿Puede definirme en una frase lo que
quiere decir logoterapia?” “Sí”, le dije, “pero antes que nada,
¿puede usted definir en una sola frase la esencia del
psicoanálisis?” He aquí su respuesta: “En el psicoanálisis, el
paciente se tiende en un diván y le dice a usted cosas que, a
veces, son muy desagradables de decir.” Tras lo cual y de
inmediato yo le devolví la siguiente improvisación: “Pues bien, en
la logoterapia, el paciente permanece sentado, bien derecho, pero
tiene que oír cosas que, a veces, son muy desagradables de
escuchar.”
Por supuesto dije esto en tono más bien festivo y sin pretender
que fuera una versión resumida de la logoterapia. Sin embargo
tiene mucho de verdad, pues, comparada con el psicoanálisis, la
logoterapia es un método menos retrospectivo y menos
introspectivo. La logoterapia mira más bien al futuro, es decir, a
los cometidos y sentidos que el paciente tiene que realizar en el
futuro. A la vez, la logoterapia se desentiende de todas las
formulaciones del tipo círculo vicioso y de todos los mecanismos
100
de retroacción que tan importante papel desempeñan en el
desarrollo de las neurosis. De esta forma se quiebra el típico
ensimismamiento del neurótico, en vez de volver una y otra vez
sobre lo mismo, con el consiguiente refuerzo.
Que duda cabe que mi definición simplificaba las cosas hasta el
máximo y, sin embargo, al aplicar la logoterapia el paciente ha de
enfrentarse con el sentido de su propia vida para, a continuación,
rectificar la orientación de su conducta en tal sentido. Por
consiguiente, mi definición improvisada de la logoterapia es válida
en cuanto que el neurótico trata de eludir el cabal conocimiento
de su cometido en la vida, y el hacerle sabedor de esta tarea y
despertarle a una concienciación plena puede ayudar mucho a su
capacidad para sobreponerse a su neurosis.
Explicaré a continuación por qué empleé el término
“logoterapia” para definir mi teoría. Logos es una palabra griega
que equivale a “sentido”, “significado” o “propósito”. La
logoterapia o, como muchos autores la han llamado, “la tercera
escuela vienesa de psicoterapia”, se centra en el significado de la
existencia humana, así como en la búsqueda de dicho sentido por
parte del hombre. De acuerdo con la logoterapia, la primera
fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrarle un
sentido a su propia vida. Por eso hablo yo de voluntad de sentido,
en contraste con el principio de placer (o, como también
podríamos denominarlo, la voluntad de placer) en que se centra el
psicoanálisis freudiano, y en contraste con la voluntad de poder
que enfatiza la psicología de Adler.
Voluntad de sentido
La búsqueda por parte del hombre del sentido de la vida
constituye una fuerza primaria y no una “racionalización
secundaria” de sus impulsos instintivos. Este sentido es único y
específico en cuanto es uno mismo y uno solo quien tiene que
encontrarlo; únicamente así logra alcanzar el hombre un
significado que satisfaga su propia voluntad de sentido. Algunos
autores sostienen que los sentidos y los principios no son otra
101
cosa que “mecanismos de defensa”, “formaciones y sublimaciones
de las reacciones”. Por lo que a mí toca, yo no quisiera vivir
simplemente por mor de mis “mecanismos de defensa”, ni estaría
dispuesto a morir por mis “formaciones de las reacciones”. El
hombre, no obstante, ¡es capaz de vivir e incluso de morir por sus
ideales y principios!
Hace unos cuantos años se realizó en Francia una encuesta de
opinión. Los resultados demostraron que el 80 % de la población
encuestada reconocía que el hombre necesita “algo” por qué vivir.
Además, el 61 % admitía que había algo, o alguien, en sus vidas
por cuya causa estaban dispuestos incluso a morir. Repetí esta
encuesta en mi clínica de Viena tanto entre los pacientes como
entre el personal y el resultado fue prácticamente similar al
obtenido entre las miles de personas encuestadas en Francia; la
diferencia fue sólo de un 2 %. En otras palabras, la voluntad de
sentido para muchas personas es cuestión de hecho, no de fe.
Ni que decir tiene que son muchos los casos en que la
insistencia de algunas personas en los principios morales no es
más que una pantalla para ocultar sus conflictos internos; pero
aun siendo esto cierto, representa la excepción a la regla y no la
mayoría. En dichos casos se justifica la interpretación
psicodinámica como un intento de analizar la dinámica
inconsciente que le sirve de base. Nos encontramos en realidad
ante pseudoprincipios (buen ejemplo de ello es el caso del
fanático) que, por lo mismo, es preciso desenmascarar. El
desenmascaramiento o la desmitificación cesará, sin embargo, en
cuanto uno se tope con lo que el hombre tiene de auténtico y de
genuino; por ejemplo, el deseo de una vida lo más significativa
posible. Si al llegar aquí no se detiene, el hombre que realiza el
desenmascaramiento se limitaba a traicionar su propia voluntad al
menospreciar las aspiraciones espirituales de los demás.
Tenemos que precavernos de la tendencia a considerar los
principios morales como simple expresión del hombre. Pues lagos
o “sentido’ no es sólo algo que nace de la propia existencia, sino
algo que hace frente a la existencia. Si ese sentido que espera ser
realizado por el hombre no fuera nada más que la expresión de sí
mismo o nada más que la proyección de un espejismo, perdería
102
inmediatamente su carácter de exigencia y desafío; no podría
motivar al hombre ni requerirle por más tiempo. Esto se considera
verdadero no sólo por lo que se refiere a la sublimación de los
impulsos instintivos, sino también por lo que toca a lo que C.G.
Jung denomina arquetipos del “inconsciente colectivo”, en cuanto
estos últimos serían también expresiones propias de la
humanidad, como un todo. Y también se considera cierto por lo
que se refiere al argumento de algunos pensadores
existencialistas que no ven en los ideales humanos otra cosa que
invenciones. Según J.P. Sartre, el hombre se inventa a sí mismo,
concibe su propia “esencia”, es decir, lo que él es esencialmente,
incluso lo que debería o tendría que ser. Pero yo no considero que
nosotros inventemos el sentido de nuestra existencia, sino que lo
descubrimos.
La investigación psicodinámica en el campo de los principios es
legítima; la cuestión estriba en saber si siempre es apropiada. Por
encima de todas las cosas debemos recordar que una
investigación exclusivamente psicodinámica puede, en principio,
revelar únicamente lo que es una fuerza impulsora en el hombre.
Ahora bien, los principios morales no mueven al hombre, no le
empujan, más bien tiran de él. Diré, de paso, que es una
diferencia que recordaba continuamente al pasar por las puertas
de los hoteles de Norteamérica: hay que tirar de una y empujar
otra. Pues bien, si yo digo que el hombre se ve arrastrado por los
principios morales, lo que implícitamente se infiere es el hecho de
que la voluntad interviene siempre: la libertad del hombre para
elegir entre aceptar o rechazar una oferta; es decir, para cumplir
un sentido potencial o bien para perderlo.
Sin embargo, debe quedar bien claro que en el hombre no
cabe hablar de eso que suele llamarse impulso moral o impulso
religioso, interpretándolo de manera idéntica a cuando decimos
que los seres humanos están determinados por los instintos
básicos. Nunca el hombre se ve impulsado a una conducta moral;
en cada caso concreto decide actuar moralmente. Y el hombre no
actúa así para satisfacer un impulso moral y tener una buena
conciencia; lo hace por amor de una causa con la que se
identifica, o por la persona que ama, o por la gloria de Dios. Si
103
obra para tranquilizar su conciencia será un fariseo y dejará de
ser una persona verdaderamente moral. Creo que hasta los
mismos santos no se preocupan de otra cosa que no sea servir a
su Dios y dudo siquiera de que piensen en ser santos. Si así fuera
serían perfeccionistas, pero no santos. Cierto que, como reza el
dicho alemán, “una buena conciencia es la mejor almohada”; pero
la verdadera moralidad es algo más que un somnífero o un
tranquilizante.
Frustración existencial
La voluntad de sentido del hombre puede también frustrarse,
en cuyo caso la logoterapia habla de la frustración existencial. El
término existencial se puede utilizar de tres maneras: para
referirse a la propia (1) existencia; es decir, el modo de ser
específicamente humano; (2) el sentido de la existencia; y (3) el
afán de encontrar un sentido concreto a la existencia personal, o
lo que es lo mismo, la voluntad de sentido.
La frustración existencial se puede también resolver en
neurosis. Para este tipo de neurosis, la logoterapia ha acuñado el
término “neurosis noógena”, en contraste con la neurosis en
sentido estricto; es decir, la neurosis psicógena. Las neurosis
noógenas tienen su origen no en lo psicológico, sino más bien en
la dimensión noológica (del griego noos, que significa mente), de
la existencia humana. Este término logoterapéutico denota algo
que pertenece al núcleo “espiritual” de la personalidad humana.
No obstante, debe recordarse que dentro del marco de referencia
de la logoterapia, el término “espiritual” no tiene connotación
primordialmente religiosa, sino que hace referencia a la dimensión
específicamente humana.
Neurosis noógena
Las neurosis noógenas no nacen de los conflictos entre
104
impulsos e instintos, sino más bien de los conflictos entre
principios morales distintos; en otras palabras, de los conflictos
morales o, expresándonos en términos más generales, de los
problemas espirituales, entre los que la frustración existencial
suele desempeñar una función importante.
Resulta obvio que en los casos noógenos, la terapia apropiada
e idónea no es la psicoterapia en general, sino la logoterapia, es
decir, una terapia que se atreva a penetrar en la dimensión
espiritual de la existencia humana. De hecho, lagos en griego no
sólo quiere decir “significación” o “sentido”, sino también
“espíritu”. La logoterapia considera en términos espirituales temas
asimismo espirituales, como pueden ser la aspiración humana por
una existencia significativa y la frustración de este anhelo. Dichos
temas se tratan con sinceridad y desde el momento que se
inician, en vez de rastrearlos hasta sus raíces y orígenes
inconscientes, es decir, en vez de tratarlos como instintivos. Si un
médico no acierta a distinguir entre la dimensión espiritual como
opuesta a la dimensión instintiva, el resultado es una tremenda
confusión. Citaré el siguiente ejemplo: un diplomático
norteamericano de alta graduación acudió a mi consulta en Viena
a fin de continuar un tratamiento psicoanalítico que había iniciado
cinco años antes con un analista de Nueva York. Para empezar, le
pregunté qué le había llevado a pensar que debía ser analizado;
es decir, antes que nada, cuál había sido la causa de iniciar el
análisis. El paciente me contestó que se sentía insatisfecho con su
profesión y tenía serias dificultades para cumplir la política
exterior de Norteamérica. Su analista le había repetido una y otra
vez que debía tratar de reconciliarse con su padre, pues el
gobierno estadounidense, al igual que sus superiores, “no eran
otra cosa” que imágenes del padre y, consecuentemente, la
insatisfacción que sentía por su trabajo se debía al aborrecimiento
que, inconscientemente, abrigaba hacia su padre. A lo largo de un
análisis que había durado cinco años, el paciente, cada vez se
había ido sintiendo más dispuesto a aceptar estas
interpretaciones, hasta que al final era incapaz de ver el bosque
de la realidad a causa de los árboles de símbolos e imágenes.
Tras unas cuantas entrevistas, quedó bien patente que su
voluntad de sentido se había visto frustrada por su vocación y
105
añoraba no estar realizando otro trabajo distinto. Como no había
ninguna razón para no abandonar su empleo y dedicarse a otra
cosa, así lo hizo y con resultados muy gratificantes. Según me ha
informado recientemente lleva ya cinco años en su nueva
profesión y está contento. Dudo mucho que, en este caso, yo
tratara con una personalidad neurótica, ni mucho menos, y por
ello dudo de que necesitara ningún tipo de psicoterapia, ni
tampoco de logoterapia, por la sencilla razón de que ni siquiera
era un paciente. Pues no todos los conflictos son necesariamente
neuróticos y, a veces, es normal y saludable cierta dosis de
conflictividad. Análogamente, el sufrimiento no es siempre un
fenómeno patológico; más que un síntoma neurótico, el
sufrimiento puede muy bien ser un logro humano, sobre todo
cuando nace de la frustración existencial. Yo niego
categóricamente que la búsqueda de un sentido para la propia
existencia, o incluso la duda de que exista, proceda siempre de
una enfermedad o sea resultado de ella. La frustración existencial
no es en sí misma ni patológica ni patógena. El interés del
hombre, incluso su desesperación por lo que la vida tenga de
valiosa es una angustia espiritual, pero no es en modo alguno una
enfermedad mental. Muy bien pudiera acaecer que al interpretar
la primera como si fuera la segunda, el especialista se vea
inducido a enterrar la desesperación existencial de su paciente
bajo un cúmulo de drogas tranquilizantes. Su deber consiste, en
cambio, en conducir a ese paciente a través de su crisis
existencial de crecimiento y desarrollo. La logoterapia considera
que es su cometido ayudar al paciente a encontrar el sentido de
su vida. En cuanto la logoterapia le hace consciente del logos
oculto de su existencia, es un proceso analítico. Hasta aquí, la
logoterapia se parece al psicoanálisis. Ahora bien, la pretensión
de la logoterapia de conseguir que algo vuelva otra vez a la
conciencia no limita su actividad a los hechos instintivos que
están en el inconsciente del individuo, sino que también le hace
ocuparse de realidades espirituales tales como el sentido potencial
de la existencia que ha de cumplirse, así como de su voluntad de
sentido. Sin embargo, todo análisis, aun en el caso de que no
comprenda la dimensión noológica o espiritual en su proceso
terapéutico, trata de hacer al paciente consciente de lo que
106
anhela en lo más profundo de su ser. La logoterapia difiere del
psicoanálisis en cuanto considera al hombre como un ser cuyo
principal interés consiste en cumplir un sentido y realizar sus
principios morales, y no en la mera gratificación y satisfacción de
sus impulsos e instintos ni en poco más que la conciliación de las
conflictivas exigencias del ello, del yo y del super yo, o en la
simple adaptación y ajuste a la sociedad y al entorno.
Noodinámica
Cierto que la búsqueda humana de ese sentido y de esos
principios puede nacer de una tensión interna y no de un
equilibrio interno.
Ahora bien, precisamente esta tensión es un requisito
indispensable de la salud mental. Y yo me atrevería a decir que
no hay nada en el mundo capaz de ayudarnos a sobrevivir, aun
en las peores condiciones, como el hecho de saber que la vida
tiene un sentido. Hay mucha sabiduría en Nietzsche cuando dice:
“Quien tiene un porque para vivir puede soportar casi cualquier
como.” Yo veo en estas palabras un motor que es válido para
cualquier psicoterapia. Los campos de concentración nazis fueron
testigos (y ello fue confirmado más tarde por los psiquiatras
norteamericanos tanto en Japón como en Corea) de que los más
aptos para la supervivencia eran aquellos que sabían que les
esperaba una tarea por realizar.
En cuanto a mí, cuando fui internado en el campo de
Auschwitz me confiscaron un manuscrito listo para su
publicación1. No cabe duda de que mi profundo interés por volver
a escribir el libro me ayudó a superar los rigores de aquel campo.
Por ejemplo, cuando caí enfermo de tifus anoté en míseras tiras
de papel muchos apuntes con la idea de que me sirvieran para
redactar de nuevo el manuscrito si sobrevivía hasta el día de la
liberación. Estoy convencido de que la reconstrucción de aquel
1. Se trataba de la primera versión de mi primer libro, cuya traducción al
castellano la publicó en 1950 el Fondo de Cultura Económica, México, con el
título Psicoanálisis y existencialismo.
107
trabajo que perdí en los siniestros barracones de un campo de
concentración bávaro me ayudó a vencer el peligro del colapso.
Puede verse, pues, que la salud se basa en un cierto grado de
tensión, la tensión existente entre lo que ya se ha logrado y lo
que todavía no se ha conseguido; o el vacío entre lo que se es y
lo que se debería ser. Esta tensión es inherente al ser humano y
por consiguiente es indispensable al bienestar mental. No
debemos, pues, dudar en desafiar al hombre a que cumpla su
sentido potencial. Sólo de este modo despertamos del estado de
latencia su voluntad de significación. Considero un concepto falso
y peligroso para la higiene mental dar por supuesto que lo que el
hombre necesita ante todo es equilibrio o, como se denomina en
biología “homeostasis”; es decir, un estado sin tensiones. Lo que
el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino
esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena. Lo que
precisa no es eliminar la tensión a toda costa, sino sentir la
llamada de un sentido potencial que está esperando a que él lo
cumpla. Lo que el hombre necesita no es la “homeostasis”, sino lo
que yo llamo la “noodinámica”, es decir, la dinámica espiritual
dentro de un campo de tensión bipolar en el cual un polo viene
representado por el significado que debe cumplirse y el otro polo
por el hombre que debe cumplirlo. Y no debe pensarse que esto
es cierto sólo para las condiciones normales; su validez es aún
más patente en el caso de individuos neuróticos. Cuando los
arquitectos quieren apuntalar un arco que se hunde, aumentan la
carga encima de él, para que sus partes se unan así con mayor
firmeza. Así también, si los terapeutas quieren fortalecer la salud
mental de sus pacientes, no deben tener miedo a aumentar dicha
carga y orientarles hacia el sentido de sus vidas.
Una vez puesta de manifiesto la incidencia beneficiosa que
ejerce la orientación significativa, me ocuparé de la influencia
nociva que encierra ese sentimiento del que se quejan hoy
muchos pacientes; a saber, el sentimiento de que sus vidas
carecen total y definitivamente de un sentido. Se ven acosados
por la experiencia de su vaciedad íntima, del desierto que
albergan dentro de sí; están atrapados en esa situación que ellos
denominan “vacío existencial”.
108
El vacío existencial
El vacío existencial es un fenómeno muy extendido en el siglo
XX. Ello es comprensible y puede deberse a la doble pérdida que
el hombre tiene que soportar desde que se convirtió en un
verdadero ser humano. Al principio de la historia de la
humanidad, el hombre perdió algunos de los instintos animales
básicos que conforman la conducta del animal y le confieren
seguridad; seguridad que, como el paraíso, le está hoy vedada al
hombre para siempre: el hombre tiene que elegir; pero, además,
en los últimos tiempos de su transcurrir, el hombre ha sufrido
otra pérdida: las tradiciones que habían servido de contrafuerte a
su conducta se están diluyendo a pasos agigantados. Carece,
pues, de un instinto que le diga lo que ha de hacer, y no tiene ya
tradiciones que le indiquen lo que debe hacer; en ocasiones no
sabe ni siquiera lo que le gustaría hacer. En su lugar, desea hacer
lo que otras personas hacen (conformismo) o hace lo que otras
personas quieren que haga (totalitarismo).
Mi equipo del departamento neurológico realizó una encuesta
entre los pacientes y los enfermos del Hospital Policlínico de Viena
y en ella se reveló que el 55 % de las personas encuestadas
acusaban un mayor o menor grado de vacío existencial. En otras
palabras, más de la mitad de ellos habían experimentado la
pérdida del sentimiento de que la vida es significativa.
Este vacío existencial se manifiesta sobre todo en un estado de
tedio. Podemos comprender hoy a Schopenhauer cuando decía
que, aparentemente, la humanidad estaba condenada a bascular
eternamente entre los dos extremos de la tensión y el
aburrimiento. De hecho, el hastío es hoy causa de más problemas
que la tensión y, desde luego, lleva más casos a la consulta del
psiquiatra. Estos problemas se hacen cada vez más críticos, pues
la progresiva automatización tendrá como consecuencia un gran
aumento del promedio de tiempo de ocio para los obreros. Lo
único malo de ello es que muchos quizás no sepan qué hacer con
todo ese tiempo libre recién adquirido.
109
Pensemos, por ejemplo, en la “neurosis del domingo”, esa
especie de depresión que aflige a las personas conscientes de la
falta de contenido de sus vidas cuando el trajín de la semana se
acaba y ante ellos se pone de manifiesto su vacío interno. No
pocos casos de suicidio pueden rastrearse hasta ese vacío
existencial. No es comprensible que se extiendan tanto los
fenómenos del alcoholismo y la delincuencia juvenil a menos que
reconozcamos la existencia del vacío existencial que les sirve de
sustento. Y esto es igualmente válido en el caso de los jubilados y
de las personas de edad.
Sin contar con que el vacío existencial se manifiesta
enmascarado con diversas caretas y disfraces. A veces la
frustración de la voluntad de sentido se compensa mediante una
voluntad de poder, en la que cabe su expresión más primitiva: la
voluntad de tener dinero. En otros casos, en que la voluntad de
sentido se frustra, viene a ocupar su lugar la voluntad de placer.
Esta es la razón de que la frustración existencial suele
manifestarse en forma de compensación sexual y así, en los casos
de vacío existencial, podemos observar que la libido sexual se
vuelve agresiva.
Algo parecido sucede en las neurosis. Hay determinados tipos
de mecanismos de retroacción y de formación de círculos viciosos
que trataré más adelante. Sin embargo una y otra vez se observa
que esta sintomatología invade las existencias vacías, en cuyo
seno se desarrolla y florece. En estos pacientes el síntoma que
tenemos que tratar no es una neurosis noógena. Ahora bien,
nunca conseguiremos que el paciente se sobreponga a su
condición si no complementamos el tratamiento psicoterapéutico
con la logoterapia, ya que al llenar su vacío existencial se
previene al paciente de ulteriores recaídas. Así pues, la
logoterapia está indicada no sólo en los casos noógenos como
señalábamos antes, sino también en los casos psicógenos y,
sobre todo, en lo que yo he denominado “(pseudo)neurosis
somatógenas”. Desde esta perspectiva se justifica la afirmación
que un día hiciera Magda B. Arnold2: “Toda terapia debe ser,
2. Magda B. Arnold y John A. Gasson, “The Human Person, The Ronald
Press Company, Nueva York, 1954, p. 618.
110
además, logoterapia, aunque sea en un grado mínimo.”
Consideremos a continuación lo que podemos hacer cuando el
paciente pregunta cuál es el sentido de su vida.
El sentido de la vida
Dudo que haya ningún médico que pueda contestar a esta
pregunta en términos generales, ya que el sentido de la vida
difiere de un hombre a otro, de un día para otro, de una hora a
otra hora. Así pues, lo que importa no es el sentido de la vida en
términos generales, sino el significado concreto de la vida de cada
individuo en un momento dado. Plantear la cuestión en términos
generales puede equipararse a la pregunta que se le hizo a un
campeón de ajedrez: “Dígame, maestro, ¿cuál es la mejor jugada
que puede hacerse?” Lo que ocurre es, sencillamente, que no hay
nada que sea la mejor jugada, o una buena jugada, si se la
considera fuera de la situación especial del juego y de la peculiar
personalidad del oponente. No deberíamos buscar un sentido
abstracto a la vida, pues cada uno tiene en ella su propia misión
que cumplir; cada uno debe llevar a cabo un cometido concreto.
Por tanto ni puede ser reemplazado en la función, ni su vida
puede repetirse; su tarea es única como única es su oportunidad
para instrumentarla.
Como quiera que toda situación vital representa un reto para
el hombre y le plantea un problema que sólo él debe resolver, la
cuestión del significado de la vida puede en realidad invertirse. En
última instancia, el hombre no debería inquirir cuál es el sentido
de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere. En
una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y
únicamente puede responder a la vida respondiendo por su propia
vida; sólo siendo responsable puede contestar a la vida. De modo
que la logoterapia considera que la esencia íntima de la existencia
humana está en su capacidad de ser responsable.
111
La esencia de la existencia
Este énfasis en la capacidad de ser responsable se refleja en el
imperativo categórico de la logoterapia; a saber: “Vive como si ya
estuvieras viviendo por segunda vez y como si la primera vez ya
hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto
de obrar.” Me parece a mí que no hay nada que más pueda
estimular el sentido humano de la responsabilidad que esta
máxima que invita a imaginar, en primer lugar, que el presente
ya es pasado y, en segundo lugar, que se puede modificar y
corregir ese pasado: este precepto enfrenta al hombre con la
finitud de la vida, así como con la finalidad de lo que cree de sí
mismo y de su vida.
La logoterapia intenta hacer al paciente plenamente consciente
de sus propias responsabilidades; razón por la cual ha de dejarle
la opción de decidir por qué, ante qué o ante quién se considera
responsable. Y por ello el logoterapeuta es el menos tentado de
todos los psicoterapeutas a imponer al paciente juicios de valor,
pues nunca permitirá que éste traspase al médico la
responsabilidad de juzgar.
Corresponde, pues, al paciente decidir si debe interpretar su
tarea vital siendo responsable ante la sociedad o ante su propia
conciencia. Una gran mayoría, no obstante, considera que es a
Dios a quien tiene que rendir cuentas; éstos son los que no
interpretan sus vidas simplemente bajo la idea de que se les ha
asignado una tarea que cumplir sino que se vuelven hacia el
rector que les ha asignado dicha tarea.
La logoterapia no es ni labor docente ni predicación. Está tan
lejos del razonamiento lógico como de la exhortación moral. Dicho
figurativamente, el papel que el logoterapeuta representa es más
el de un especialista en oftalmología que el de un pintor. Este
intenta poner ante nosotros una representación del mundo tal
como él lo ve; el oftalmólogo intenta conseguir que veamos el
mundo como realmente es. La función del logoterapeuta consiste
en ampliar y ensanchar el campo visual del paciente de forma que
sea consciente y visible para él todo el espectro de las
significaciones y los principios. La logoterapia no precisa imponer
112
al paciente ningún juicio, pues en realidad la verdad se impone
por sí misma sin intervención de ningún tipo.
Al declarar que el hombre es una criatura responsable y que
debe aprehender el sentido potencial de su vida, quiero subrayar
que el verdadero sentido de la vida debe encontrarse en el mundo
y no dentro del ser humano o de su propia psique, como si se
tratara de un sistema cerrado. Por idéntica razón, la verdadera
meta de la existencia humana no puede hallarse en lo que se
denomina autorrealización. Esta no puede ser en sí misma una
meta por la simple razón de que cuanto más se esfuerce el
hombre por conseguirla más se le escapa, pues sólo en la misma
medida en que el hombre se compromete al cumplimiento del
sentido de su vida, en esa misma medida se autorrealiza. En otras
palabras, la autorrealización no puede alcanzarse cuando se
considera ‘un fin en sí misma, sino cuando se la toma como efecto
secundario de la propia trascendencia.
No debe considerarse el mundo como simple expresión de uno
mismo, ni tampoco como mero instrumento, o como medio para
conseguir la autorrealización. En ambos casos la visión del
mundo, o Weltanschauung, se convierte en Weltentwertung, es
decir, menosprecio del mundo.
Ya hemos dicho que el sentido de la vida siempre está
cambiando, pero nunca cesa. De acuerdo con la logoterapia,
podemos descubrir este sentido de la vida de tres modos
distintos: (1) realizando una acción; (2) teniendo algún principio;
y (3) por el sufrimiento. En el primer caso el medio para el logro o
cumplimiento es obvio. El segundo y tercer medio precisan ser
explicados.
El segundo medio para encontrar un sentido en la vida es
sentir por algo como, por ejemplo, la obra de la naturaleza o la
cultura; y también sentir por alguien, por ejemplo el amor.
El sentido del amor
El amor constituye la única manera de aprehender a otro ser
humano en lo más profundo de su personalidad. Nadie puede ser
113
totalmente conocedor de la esencia de otro ser humano si no le
ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de ver los trazos
y rasgos esenciales en la persona amada; y lo que es más, ver
también sus potencias: lo que todavía no se ha revelado, lo que
ha de mostrarse. Todavía más, mediante su amor, la persona que
ama posibilita al amado a que manifieste sus potencias. Al hacerle
consciente de lo que puede ser y de lo que puede llegar a ser,
logra que esas potencias se conviertan en realidad.
En logoterapia, el amor no se interpreta como un
epifenómeno3 de los impulsos e instintos sexuales en el sentido de
lo que se denomina sublimación. El amor es un fenómeno tan
primario como pueda ser el sexo. Normalmente el sexo es una
forma de expresar el amor. El sexo se justifica, incluso se
santifica, en cuanto que es un vehículo del amor, pero sólo
mientras éste existe. De este modo, el amor no se entiende como
un mero efecto secundario del sexo, sino que el sexo se ve como
medio para expresar la experiencia de ese espíritu de fusión total
y definitivo que se llama amor.
Un tercer cauce para encentar el sentido de la vida es por vía
del sufrimiento.
El sentido del sufrimiento
Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable,
insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino
que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad
incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente
entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor
supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del
sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que
tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese
sufrimiento.
Citaré un ejemplo muy claro: en una ocasión, un viejo doctor
3. Fenómeno que se produce como consecuencia de un fenómeno
primario.
114
en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que
padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa, que
había muerto hacía dos años y a quien él había amado por encima
de todas las cosas. ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle?
Pues bien, me abstuve de decirle nada y en vez de ello le espeté
la siguiente pregunta: “¿Qué hubiera sucedido, doctor, si usted
hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido?”
“¡Oh!”, dijo, “¡para ella hubiera sido terrible, habría sufrido
muchísimo!” A lo que le repliqué: “Lo ve, doctor, usted le ha
ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar
por ello sobreviviendo y llorando su muerte.”
No dijo nada, pero me tomó la mano y, quedamente,
abandonó mi despacho. El sufrimiento deja de ser en cierto modo
sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como
puede serlo el sacrificio.
Claro está que en este caso no hubo terapia en el verdadero
sentido de la palabra, puesto que, para empezar, su sufrimiento
no era una enfermedad y, además, yo no podía dar vida a su
esposa. Pero en aquel preciso momento sí acerté a modificar su
actitud hacia ese destino inalterable en cuanto a partir de ese
momento al menos podía encontrar un sentido a su sufrimiento.
Uno de los postulados, básicos de la logoterapia estriba en que
el interés principal del hombre no es encontrar el placer, o evitar
el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual el
hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese
sufrimiento tenga un sentido.
Ni que decir tiene que el sufrimiento no significará nada a
menos que sea absolutamente necesario; por ejemplo, el paciente
no tiene por qué soportar, como si llevara una cruz, el cáncer que
puede combatirse con una operación; en tal caso sería
masoquismo, no heroísmo.
La psicoterapia tradicional ha tendido a restaurar la capacidad
del individuo para el trabajo y para gozar de la vida; la
logoterapia también persigue dichos objetivos y aún va más allá
al hacer que el paciente recupere su capacidad de sufrir, si fuera
necesario, y por tanto de encontrar un sentido incluso al
sufrimiento. En este contexto, Edith Weisskopf-Joelson,
115
catedrática de psicología de la Universidad de Georgia, en su
artículo sobre logoterapia4 defiende que “nuestra filosofía de la
higiene mental al uso insiste en la idea de que la gente tiene que
ser feliz, que la infelicidad es síntoma de desajuste. Un sistema
tal de valores ha de ser responsable del hecho de que el cúmulo
de infelicidad inevitable se vea aumentado por la desdicha de ser
desgraciado”. En otro ensayo5 expresa la esperanza de que la
logoterapia “pueda contribuir a actuar en contra de ciertas
tendencias indeseables en la cultura actual estadounidense, en la
que se da al que sufre incurablemente una oportunidad muy
pequeña de enorgullecerse de su sufrimiento y de considerarlo
enaltecedor y no degradante”, de forma que “no sólo se siente
desdichado, sino avergonzado además por serlo”.
Hay situaciones en las que a uno se le priva de la oportunidad
de ejecutar su propio trabajo y de disfrutar de la vida, pero lo que
nunca podrá desecharse es la inevitabilidad del sufrimiento. Al
aceptar el reto de sufrir valientemente, la vida tiene hasta el
último momento un sentido y lo conserva hasta el fin,
literalmente hablando. En otras palabras, el sentido de la vida es
de tipo incondicional, ya que comprende incluso el sentido del
posible sufrimiento.
Traigo ahora a la memoria lo que tal vez constituya la
experiencia más honda que pasé en un campo de concentración.
Las probabilidades de sobrevivir en uno de estos campos no
superaban la proporción de 1 a 28 como puede verificarse por las
estadísticas. No parecía posible, cuanto menos probable, que yo
pudiera rescatar el manuscrito de mi primer libro, que había
escondido en mi chaqueta cuando llegué a Auschwitz. Así pues,
tuve que pasar el mal trago y sobreponerme a la pérdida de mi
hijo espiritual. Es más, parecía como si nada o nadie fuera a
sobrevivirme, ni un hijo físico, ni un hijo espiritual, nada que
fuera mío. De modo que tuve que enfrentarme a la pregunta de si
en tales circunstancias mi vida no estaba huérfana de cualquier
4. Edith Weisskopf-Joelson, Same Comments on a Viennese School of
Psychiatry. “The Journal of Abnormal and Social Psychology”, vol. 51., pp.
701-3 (1955).
5. Edith Weisskopf-Joelson, Logotherapy and Existencial Análisis, “Acta
psychotherap.”, vol. 6, pp. 193-204 (1958).
116
sentido.
Aún no me había dado cuenta de que ya me estaba reservada
la respuesta a la pregunta con la que yo mantenía una lucha
apasionada, respuesta que muy pronto me sería revelada.
Sucedió cuando tuve que abandonar mis ropas y heredé a cambio
los harapos de un prisionero que habían enviado a la cámara de
gas nada más poner los pies en la estación de Auschwitz. En vez
de las muchas páginas de mi manuscrito encontré en un bolsillo
de la chaqueta que acababan de entregarme una sola página
arrancada de un libro de oraciones en hebreo, que contenía la
más importante oración judía, el Shema Yisrael. ¿Cómo
interpretar esa “coincidencia” sino como el desafío para vivir mis
pensamientos en vez de limitarme a ponerlos en el papel?
Un poco más tarde, según recuerdo, me pareció que no
tardaría en morir. En esta situación crítica, sin embargo, mi
interés era distinto del de mis camaradas. Su pregunta era:
“¿Sobreviviremos a este campo? Pues si no, este sufrimiento no
tiene sentido.” La pregunta que yo me planteaba era algo
distinta: “¿Tienen todo este sufrimiento, estas muertes en torno
mío, algún sentido? Porque si no, definitivamente, la
supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado
depende de una casualidad —ya se sobreviva o se escape a ella—
en último término no merece ser vivida.”
Problemas metaclínicos
Cada día que pasa, el médico se ve confrontado más y más
con las preguntas: ¿Qué es la vida? ¿Qué es el sufrimiento,
después de todo? Cierto que incesante y continuamente al
psiquiatra le abordan hoy pacientes que le plantean problemas
humanos más que síntomas neuróticos. Algunas de las personas
que en la actualidad visitan al psiquiatra hubieran acudido en
tiempos pasados a un pastor, un sacerdote o un rabino, pero hoy,
por lo general, se resisten a ponerse en manos de un eclesiástico,
de forma que el médico tiene que hacer frente a cuestiones
filosóficas más que a conflictos emocionales.
117
Un logodrama
Me gustaría citar el siguiente caso: en una ocasión, la madre
de un muchacho que había muerto a la edad de once años fue
internada en mi clínica tras un intento de suicidio. Mi ayudante, el
Dr. Kocourek, la invitó a unirse a una sesión de terapia de grupo y
ocurrió que yo entré en la habitación donde se desarrollaba la
sesión de psicodrama. En ese momento, ella contaba su historia.
A la muerte de su hijo se quedó sola con otro hijo mayor, que
estaba impedido como consecuencia de la parálisis infantil. El
muchacho no podía moverse si no era empujando una silla de
ruedas. Y su madre se rebelaba contra el destino. Ahora bien,
cuando ella intentó suicidarse junto con su hijo, fue precisamente
el tullido quien le impidió hacerlo. ¡El quería vivir! Para él, la vida
seguía siendo significativa, ¿por qué no había de serlo para su
madre? ¿Cómo podría seguir teniendo sentido su vida? ¿Y cómo
podíamos ayudarla a que fuera consciente de ello?
Improvisando, participé en la discusión. Y me dirigí a otra
mujer del grupo. Le pregunté cuántos años tenía y me contestó
que treinta. Yo le repliqué: “No, usted no tiene 30, sino 80, está
tendida en su cama moribunda y repasa lo que fue su vida, una
vida sin hijos pero llena de éxitos económicos y de prestigio
social.” A continuación la invité a considerar cómo se sentiría ante
tal situación. “¿Qué pensaría usted? ¿Qué se diría a sí misma?”
Voy a reproducir lo que dijo exactamente, tomándolo de la cinta
en que se grabó la sesión: “Oh, me casé con un millonario; tuve
una vida llena de riquezas, ¡y la viví plenamente! ¡Coqueteé con
los hombres, me burlé de ellos! Pero, ahora tengo ochenta años y
ningún hijo. Al volver la vista atrás, ya vieja como soy, no puedo
comprender el sentido de todo aquello; y ahora no tengo más
remedio que decir: ¡mi vida fue un fracaso!”
Invité entonces a la madre del muchacho paralítico a que se
imaginara a ella misma en una situación semejante, considerando
lo que había sido su vida. Oigamos lo que dijo, grabado
igualmente: “Yo quise tener hijos y mi deseo se cumplió; un hijo
118
se murió y el otro hubiera tenido que ir a alguna institución
benéfica si yo no me hubiera ocupado de él. Aunque está tullido e
inválido, es mi hijo después de todo, de manera que he hecho lo
posible para que tenga una vida plena. He hecho de mi hijo un ser
humano mejor.” Al llegar a este punto rompió a llorar y,
sollozando, continuó: “En cuanto a mí, puedo contemplar en paz
mi vida pasada, y puedo decir que mi vida estuvo cargada de
sentido y yo intenté cumplirlo con todas mis fuerzas. He obrado lo
mejor que he sabido; he hecho lo mejor que he podido por mi
hijo. ¡Mi vida no ha sido un fracaso!”
Al considerar su vida como si estuviera en el lecho de muerte
pudo, de pronto, percibir en ella un sentido, sentido en el que
también quedaban comprendidos sus sufrimientos. Por idéntico
motivo, se hizo patente que una vida tan corta como, por
ejemplo, la del hijo muerto, podía ser tan rica en alegría y amor
que tuviera mayor significado que una vida que hubiera durado
ochenta años.
Pasado un rato, procedí a hacer otra pregunta; esta vez me
dirigía a todo el grupo. Les pregunté si un chimpancé al que se
había utilizado para producir el suero de la poliomielitis y, por
tanto, había sido inyectado una y otra vez, sería capaz de
aprehender el significado de su sufrimiento. Al unísono, todo el
grupo contestó que no, rotundamente; debido a su limitada
inteligencia, el chimpancé no podía introducirse en el mundo del
hombre, que es el único mundo donde se comprendería su
sufrimiento. Entonces continué formulando la siguiente pregunta:
“¿Y qué hay del hombre? ¿Están ustedes seguros de que el
mundo humano es un punto terminal en la evolución del cosmos?
¿No es concebible que exista la posibilidad de otra dimensión, de
un mundo más allá del mundo del hombre, un mundo en el que la
pregunta sobre el significado último del sufrimiento humano
obtenga respuesta?”
El suprasentido
Este sentido último excede y sobrepasa, necesariamente, la
119
capacidad intelectual del hombre; en logoterapia empleamos para
este contexto el término suprasentido. Lo que se le pide al
hombre no es, como predican muchos filósofos existenciales, que
soporte la insensatez de la vida, sino más bien que asuma
racionalmente su propia capacidad para aprehender toda la
sensatez incondicional de esa vida. Logos es más profundo que
lógica.
El psiquiatra que vaya más allá del concepto del suprasentido,
más tarde o más temprano se sentirá desconcertado por sus
pacientes, como me sentí yo cuando mi hija de 6 años me hizo
esta pregunta:
“¿Por qué hablamos del buen Dios?” A lo que le contesté:
“Hace unas semanas tenías sarampión y ahora el buen Dios te ha
curado.’ Pero la niña no quedó muy contenta y replicó: “Muy bien,
papá, pero no te olvides de que primero él me envió el
sarampión.”
No obstante, cuando un paciente tiene una creencia religiosa
firmemente arraigada, no hay ninguna objeción en utilizar el
efecto terapéutico de sus convicciones. Y, por consiguiente,
reforzar sus recursos espirituales. Para ello, el psiquiatra ha de
ponerse en el lugar del paciente. Y esto fue exactamente lo que
hice, por ejemplo, una vez que me visitó un rabino de Europa
oriental y me contó su historia. Había perdido a su mujer y a sus
seis hijos en el campo de concentración de Auschwitz, muertos en
la cámara de gas, y ahora le ocurría que su segunda mujer era
estéril. Le hice observar que la vida no tiene como única finalidad
la procreación, porque entonces la vida en sí misma carecería de
finalidad, y algo que en sí mismo es insensato no puede hacerse
sensato por el solo hecho de su perpetuación. Ahora bien, el
rabino enjuició su difícil situación, como judío ortodoxo que era,
aludiendo a la desesperación que le producía el hecho de que a su
muerte no habría ningún hijo suyo para rezarle el Kaddish.6
Pero yo no me di por vencido e hice un nuevo intento por
ayudarle, preguntándole si no tenía ninguna esperanza de ver a
sus hijos de nuevo en el cielo. Mas la contestación a mi pregunta
fueron sollozos y lágrimas, y entonces salió a la luz la verdadera
6. Oración mortuoria.
120
razón de su desesperación: me explicó que sus hijos, al morir
como mártires inocentes7, ocuparían en el cielo los más altos
lugares y él no podía ni soñar, como viejo pecador que era, con
ser destinado a un puesto tan bueno. Yo no le contradije, pero
repliqué: “¿No es concebible, rabino, que precisamente sea ésta
la finalidad de que usted sobreviviera a su familia, que usted
pueda haberse purificado a través de aquellos años de
sufrimiento, de suerte que también usted, aun no siendo inocente
como lo eran sus hijos, pueda llegar a ser igualmente digno de
reunirse con ellos en el cielo? ¿No está escrito en los Salmos que
Dios conserva todas nuestras lágrimas?8 Y así tal vez ninguno de
sus sufrimientos haya sido en vano.” Por primera vez en muchos
años y, al amparo de aquel nuevo punto de vista que tuve la
oportunidad de presentarle, el rabino encontró alivio a sus
sufrimientos.
La transitoriedad de la vida
A este tipo de cosas que parecen adquirir significado al margen
de la vida humana pertenecen no ya sólo el sufrimiento, sino la
muerte, no sólo la angustia sino el fin de ésta. Nunca me cansaré
de decir que el único aspecto verdaderamente transitorio de la
vida es lo que en ella hay de potencial y que en el momento en
que se realiza, se hace realidad, se guarda y se entrega al
pasado, de donde se rescata y se preserva de la transitoriedad.
Porque nada del pasado está irrecuperablemente perdido, sino
que todo se conserva irrevocablemente.
De suerte que la transitoriedad de nuestra existencia en modo
alguno hace a ésta carente de significado, pero sí configura
nuestra responsabilidad, ya que todo depende de que nosotros
comprendamos que las posibilidades son esencialmente
transitorias. El hombre elige constantemente de entre la gran
masa de las posibilidades presentes, ¿a cuál de ellas hay que
7. l,’kidush hashem, es decir, por la santificación del nombre de Dios.
8. De mi peregrinar llevas tú cuenta: recoge mi pesar en tu redoma, ¿no
se halla ya en tu libro? (Sal 56. 9).
121
condenar a no ser y cuál de ellas debe realizarse? ¿Qué elección
será una realización imperecedera, una “huella inmortal en la
arena del tiempo”? En todo momento el hombre debe decidir,
para bien o para mal, cuál será el monumento de su existencia.
Normalmente, desde luego, el hombre se fija únicamente en la
rastrojera de lo transitorio y pasa por alto el fruto ya granado del
pasado de donde, de una vez por todas, él recupera todas sus
acciones, todos sus goces y sufrimientos. Nada puede deshacerse
y nada puede volverse a hacer. Yo diría que haber sido es la
forma más segura de ser.
La logoterapia, al tener en cuenta la transitoriedad esencial de
la existencia humana, no es pesimista, sino activista. Dicho
figurativamente podría expresarse así: el pesimista se parece a
un hombre que observa con temor y tristeza como su almanaque,
colgado en la pared y del que a diario arranca una hoja, a medida
que transcurren los días se va reduciendo cada vez más. Mientras
que la persona que ataca los problemas de la vida activamente es
como un hombre que arranca sucesivamente las hojas del
calendario de su vida y las va archivando cuidadosamente junto a
los que le precedieron, después de haber escrito unas cuantas
notas al dorso. Y así refleja con orgullo y goce toda la riqueza que
contienen estas notas, a lo largo de la vida que ya ha vivido
plenamente. ¿Qué puede importarle cuando advierte que se va
volviendo viejo? ¿Tiene alguna razón para envidiar a la gente
joven, o sentir nostalgia por su juventud perdida? ¿Por qué ha de
envidiar a los jóvenes? ¿Por las posibilidades que tienen, por el
futuro que les espera? “No, gracias”, pensará. “En vez de
posibilidades yo cuento con las realidades de mi pasado, no sólo
la realidad del trabajo hecho y del amor amado, sino de los
sufrimientos sufridos valientemente. Estos sufrimientos son
precisamente las cosas de las que me siento más orgulloso
aunque no inspiren envidia”.
La logoterapia como técnica
No es posible tranquilizar un temor realista, como es el temor
122
a la muerte, por vía de su interpretación psicodinámica; por otra
parte, no se puede curar un temor neurótico, cual es la
agorafobia, por ejemplo, mediante el conocimiento filosófico.
Ahora bien, la logoterapia también ha ideado una técnica que
trata estos casos. Para entender lo que sucede cuando se utiliza
esta técnica, tomemos como punto de partida una condición que
suele darse en los individuos neuróticos, a saber: la ansiedad
anticipatoria. Es característico de ese temor el producir
precisamente aquello que el paciente teme. Por ejemplo, una
persona que teme ponerse colorada cuando entra en una gran
sala y se encuentra con mucha gente, se ruborizará sin la menor
duda. En este sentido podría extrapolarse el dicho: “el deseo es el
padre del pensamiento” y afirmar que “el miedo es la madre del
suceso”.
Por irónico que parezca, de la misma forma que el miedo hace
que suceda lo que uno teme, una intención obligada hace
imposible lo que uno desea a la fuerza. Puede observarse esta
intención excesiva, o “hiperintención” como yo la denomino,
especialmente en los casos de neurosis sexuales. Cuanto más
intenta un hombre demostrar su potencia sexual o una mujer su
capacidad para sentir el orgasmo, menos posibilidades tienen de
conseguirlo. El placer es, y debe continuar siéndolo, un efecto o
producto secundario, y se destruye y malogra en la medida en
que se le hace un fin en sí mismo.
Además de la intención excesiva, tal como acabamos de
describirla, la atención excesiva o “hiperreflexión”, como se la
denomina en logoterapia, puede ser asimismo patógeno (es decir,
producir enfermedad). El siguiente informe clínico ilustrará lo que
quiero decir. Una joven acudió a mi consulta quejándose de ser
frígida. La historia de su vida descubrió que en su niñez su padre
había abusado de ella; sin embargo y, como fácilmente se
evidenció, no fue esta experiencia, traumática en sí, la que
eventualmente le había originado la neurosis sexual. Sucedía que
tras haber leído trabajos de divulgación sobre psicoanálisis, la
paciente había vivido todo el tiempo con la temerosa expectativa
de la desgracia que su traumática experiencia le acarrearía en su
día. Esta ansiedad anticipatoria se resolvía tanto en una excesiva
123
intencionalidad para confirmar su femineidad como en una
excesiva atención que se centraba en sí misma y no en su
compañero. Todo lo cual era más que suficiente para incapacitarla
y privarle de la experiencia del placer sexual, ya que en ella el
orgasmo era tanto un objeto de la atención como de la intención,
en vez de ser un efecto no intencionado de la devoción no
reflexiva hacia el compañero. Tras seguir un breve período de
logoterapia, la atención e intención excesivas de la paciente sobre
su capacidad para experimentar el orgasmo se hicieron “de-
reflexivas” (y con ello introducimos otro término de la
logoterapia). Cuando recodificó su atención enfocándola hacia el
objeto apropiado, es decir, el compañero, el orgasmo se produjo
espontáneamente9.
Pues bien, la logoterapia basa su técnica denominada de la
“intención paradójica” en la dualidad de que, por una parte el
miedo hace que se produzca lo que se teme y, por otra, la
hiperintención estorba lo que se desea10. Por la intención
paradójica, se invita al paciente fóbico a que intente hacer
precisamente aquello que teme, aunque sea sólo por un
momento.
Recordaré un caso. Un joven médico vino a consultarme sobre
su temor a transpirar. Siempre que esperaba que se produjera la
transpiración, la ansiedad anticipatoria era suficiente para
precipitar una sudoración. A fin de cortar este proceso
tautológico, aconsejé al paciente que en el caso de que ocurriera
la sudoración, decidiera deliberadamente mostrar a la gente
cuánto era capaz de sudar. Una semana más tarde me informó de
que cada vez que se encontraba a alguien que antes hubiera
desencadenado su ansiedad anticipatoria, se decía para sus
9. Para tratar los casos de impotencia sexual, la logoterapia ha
desarrollado una técnica específica basada en su teoría de la “hiperintención”
y la “hiperreflexión” como se apunta en el texto (Viktor E. Frankl, The
pleasure principie and sexual neurosis, “The International Journal of
Sexology”, vol. 5, n.° 3, pp. 1 28-30 (1952). Claro está que en esta breve
presentación de los principios de la logoterapia no podemos exponerla.
10. Lo describí en alemán en 1939 (Viktor E. Frankl. Zur Medikamentösen
Unterstürzung der Psychotherapie bei Neurosen, “Schweizer Archiv für
Neurologie und Psychiatrie”, vol. 43, pp. 26-31).
124
adentros: “Antes sólo sudaba un litro, pero ahora voy a sudar por
lo menos diez.” El resultado fue que, tras haber sufrido por su
fobia durante años, ahora era capaz, con una sola sesión, de
verse permanentemente libre de ella en una semana.
El lector advertirá que este procedimiento consiste en darle la
vuelta a la actitud del paciente en la medida en que su temor se
ve reemplazado por un deseo paradójico. Mediante este
tratamiento, el viento se aleja de las velas de la ansiedad.
Ahora bien, este procedimiento debe hacer uso de la capacidad
específicamente humana para el desprendimiento de uno mismo,
inherente al sentido del humor. Esta capacidad básica para
desprenderse de uno mismo se pone de manifiesto siempre que
se aplica la técnica logoterapéutica denominada “intención
paradójica”. Al mismo tiempo se capacita al paciente para
apartarse de su propia neurosis. Gordon W. Allport escribe11 : “El
neurótico que aprende a reírse de sí mismo puede estar en el
camino de gobernarse a sí mismo, tal vez de curarse.” La
intención paradójica es la constatación empírica y la aplicación
clínica de la afirmación de Allport.
Los informes de unos pocos casos más pueden servir para
explicar mejor este método. El paciente que cito a continuación
era un contable que había sido tratado por varios doctores en
distintas clínicas sin obtener ningún avance terapéutico. Cuando
llegó a verme estaba en el límite de la desesperación y reconocía
que estaba a punto de suicidarse. Durante varios años venía
padeciendo el calambre de los escribientes, que últimamente era
tan agudo que corría grave peligro de perder su empleo. De modo
que una situación tal sólo podía aliviarse por una terapia breve e
inmediata. Para iniciar el tratamiento, mi ayudante recomendó al
paciente que hiciera justamente lo contrario de lo que venía
haciendo; es decir, en vez de tratar de escribir con la mayor
claridad y pulcritud posibles, que escribiera con los peores
garabatos. Se le aconsejó que se dijera para sus adentros:
“Bueno, ahora voy a mostrar a toda esa gente lo buen
chupatintas que soy.” Y en el momento en que deliberadamente
11. Gordon W. Allport, The Individual and His Religion, The Macmillan
Company, Nueva York 1956, pág. 92.
125
trató de garrapatear, le fue imposible hacerlo. “Intenté hacer
garabatos, pero no pude, así de sencillo”, nos contó al día
siguiente. En 48 horas el paciente pudo, de este modo, liberarse
de su calambre de escribiente y así continuó durante el período de
observación después del tratamiento. Hoy es un hombre feliz y
puede trabajar a pleno rendimiento.
Un caso similar referente al habla y no a la escritura me contó
mi colega en el Departamento de Laringología del Hospital
Policlínico. Era el caso más serio de tartamudeo que él había
encontrado en muchos años de práctica de la medicina. Nunca en
su vida, hasta donde el tartamudo podía recordar, se había visto
libre de esta dificultad para hablar, ni por un momento, excepto
una vez. Ello sucedió cuando tenía 12 años y se había subido
detrás de un coche de la calle para hacerse llevar. Cuando el
conductor le agarró pensó que la única forma de escapar era
atraerse su simpatía, por lo cual trató de demostrarle que era un
pobre muchacho tartamudo. Desde el momento en que intentó
tartamudear fue incapaz de conseguirlo. Sin darse cuenta, había
practicado la intención paradójica, si bien no con propósitos
terapéuticos.
Sin embargo, esta presentación no debería dar la impresión de
que la intención paradójica sólo es eficaz en los casos
monosintomáticos. Mediante esta técnica logoterapéutica mis
compañeros del Hospital Policlínico de Viena han conseguido curar
incluso neurosis de carácter obsesivo-compulsivo en los grados
más altos y más pertinaces. Hago referencia, por ejemplo, a una
mujer de 65 años que durante 60 años venía padeciendo una
obsesión de limpieza tan seria que yo creía que el único
procedimiento para curarla era practicarle una lobotomía. No
obstante, mi ayudante empezó el tratamiento logoterapéutico con
la técnica de la intención paradójica y dos meses más tarde la
paciente podía llevar una vida normal. Antes de admitirla en la
clínica nos había confesado: “La vida es un infierno para mí”.
Disminuida por su compulsión y por su obsesión bacteriofóbica, al
final había tenido que quedarse en la cama todo el día incapaz de
realizar ninguna tarea doméstica. No sería exacto afirmar que hoy
está totalmente libre de sus síntomas, ya que siempre puede
126
venirle a la mente alguna obsesión, pero sí es capaz de “reírse de
ella”, como dice; en una palabra, de aplicar la intención
paradójica.
La intención paradójica también puede aplicarse en casos de
trastornos del sueño. El temor al insomnio12 da por resultado una
hiperintención de quedarse dormido que, a su vez, incapacita al
paciente para conseguirlo. Para vencer este temor especial, yo
suelo aconsejar al paciente que no intente dormir, sino por el
contrario que haga lo opuesto, es decir, permanecer despierto
cuanto sea posible. En otras palabras, la hiperintención de
quedarse dormido, nacida de la ansiedad anticipatoria de no
poder conseguirlo, debe reemplazarse por la intención paradójica
de no quedarse dormido, que pronto se verá seguida por el
sueño.
La intención paradójica no es una panacea, pero sí un
instrumento útil en el tratamiento de las situaciones obsesivas,
compulsivas y fóbicas, especialmente en los casos en que subyace
la ansiedad anticipatoria. Además, es un artilugio terapéutico de
efectos a corto plazo, de lo cual no debiera, sin embargo,
concluirse que la terapia a corto plazo tenga sólo efectos
terapéuticos temporales. Una de las “ilusiones más comunes de la
ortodoxia freudiana” escribía el desaparecido Emil A. Gutheil13 “es
que la durabilidad de los resultados se corresponde con la
duración de la terapia”. Entre mis casos tengo, por ejemplo, el
informe de un paciente a quien se administró la intención
paradójica hace más de veinte años y su efecto terapéutico ha
probado ser permanente.
Otro hecho, digno de tener en cuenta, es que la intención
paradójica es efectiva cualquiera que sea la etiología del caso en
cuestión. Lo que confirma un planteamiento de Edith Weisskopf-
Joelson14: “Si bien la terapia tradicional ha insistido en que las
12. El temor al insomnio se debe, en la mayoría de los casos al
desconocimiento que el paciente tiene de que el organismo se ofrece a sí
mismo la mínima cantidad de sueño que de verdad necesita.
13. Emil A. Gutheil, “American Journal of Psychotherapy”, vol. 10, pág.
134 (1956).
14. Edith Weisskopf-Joelson, Some Comments on a Viennese School of
Psychiatry, “The Journal of Abnormal and Social Psychology,” vol. 51. pp.
127
prácticas terapéuticas deben fundamentarse en bases etiológicas,
es muy posible que determinados factores puedan ser causa de
neurosis durante la niñez más temprana, y que factores
totalmente diferentes puedan curar las neurosis en la edad
adulta.”
Muy a menudo hemos visto cómo las causas de las neurosis,
es decir, los complejos, conflictos y traumas son a veces los
síntomas de las neurosis y no sus causas. El arrecife que se hace
visible con la marea baja no es la causa de la marea baja, claro
está, es la marea baja lo que hace que el arrecife se muestre.
Ahora bien, ¿qué es la melancolía sino una especie de marea baja
anormal? y otra vez en este caso los sentimientos de culpa que
aparecen de manera típica en las “depresiones endógenas” (no
confundirlas con las depresiones neuróticas) no son la causa de
esta modalidad especial de la depresión. La verdad es todo lo
contrario, puesto que esta marea baja emocional hace aparecer
en la superficie consciente los sentimientos de culpa; se limita
únicamente a sacarlos a la luz.
En cuanto a la verdadera causa de las neurosis, aparte de sus
elementos constitutivos, ya sean de naturaleza psíquica o
somática, parece que los mecanismos retroactivos del tipo de la
ansiedad anticipatoria son un importante factor patógeno. A un
síntoma dado le responde una fobia; la fobia desencadena el
síntoma y éste, a su vez, refuerza la fobia. Ahora bien, en los
casos obsesivos-compulsivos se puede observar una cadena
similar de acontecimientos, en los que el paciente lucha contra las
ideas que le acosan15 Con ello, sin embargo, aumenta el poder de
aquéllas para molestarle, puesto que la presión precipita la
contrapresión. ¡Y otra vez más el síntoma se refuerza! Por otra
parte, tan pronto como el paciente deja de luchar contra sus
obsesiones y en vez de ello intenta ridiculizarlas, tratándolas con
ironía, al aplicarles la intención paradójica, se rompe el círculo
vicioso, el síntoma se debilita y finalmente se atrofia. En el caso
701-703 (1955).
15. Ello suele ser motivado por el temor del paciente a que sus
obsesiones indiquen una psicosis inminente o incluso real; el paciente
desconoce el hecho empírico de que la neurosis obsesiva-compulsiva le
inmuniza contra la psicosis formal, en vez de encaminarle en dicha dirección.
128
afortunado que no se haya producido un vacío existencial que
invite y atraiga al síntoma, el paciente no sólo conseguirá
ridiculizar su temor neurótico, sino que al final logrará ignorarlo
por completo.
Como vemos, la ansiedad anticipatoria debe contraatacarse
con la intención paradójica; la hiperintención, al igual que la
hiperreflexión deben combatirse con la “de-reflexión”; ahora bien,
ésta no es posible, finalmente, si no es mediante un cambio en la
orientación del paciente hacia su vocación específica y su misión
en la vida16.
No es el ensimismamiento del neurótico, ya sea de
conmiseración o de desprecio, lo que puede romper la formación
del círculo; la clave para curarse está en la trascendencia de uno
mismo.
La neurosis colectiva
Cada edad tiene su propia neurosis colectiva. Y cada edad
precisa su propia psicoterapia para vencerla. El vacío existencial
que es la neurosis masiva de nuestro tiempo puede descubrirse
como una forma privada y personal de nihilismo, ya que el
nihilismo puede definirse como la aseveración de que el ser
carece de significación. Por lo que a la psicoterapia se refiere, no
obstante, nunca podrá vencer este estado de cosas a escala
masiva si no se mantiene libre del impacto y de la influencia de
las tendencias contemporáneas de una filosofía nihilista; de otra
manera representa un síntoma de la neurosis masiva, en vez de
servir para su posible curación. La psicoterapia no sólo será
reflejo de una filosofía nihilista, sino que asimismo, aun cuando
sea involuntariamente y sin quererlo, transmitirá al paciente una
caricatura del hombre y no su verdadera representación.
En primer lugar, existe un riesgo inherente al enseñar la teoría
16. Esta convicción la comparte Allport cuando dice: “Al igual que el foco
de los cambios que compiten desde el conflicto a las metas no egoístas, la
vida en conjunto se fortalece aunque las neurosis no desaparezcan nunca por
completo’ (op. cit. pág. 95)
129
de la “nada” del hombre, es decir, la teoría de que el hombre no
es sino el resultado de sus condiciones biológicas, sociológicas y
psicológicas o el producto de la herencia y el medio ambiente.
Esta concepción del hombre hace de él un robot, no un ser
humano. El fatalismo neurótico se ve alentado y reforzado por
una psicoterapia que niega al hombre su libertad.
Cierto, un ser humano es un ser finito, y su libertad está
restringida. No se trata de liberarse de las condiciones, hablamos
de la libertad de tomar una postura ante esas condiciones. Como
ya indiqué en una ocasión (Value Dimensions in Teaching, una
película en color para la televisión, producida por Hollywood
Animators, Inc., para la California Júnior College Association):
tengo el pelo gris; soy responsable de no ir al peluquero a que me
lo tina, como hacen bastantes señoras. De manera que,
tratándose del color del pelo, todo el mundo tiene un cierto grado
de libertad.
Crítica al pandeterminismo
Se culpa con frecuencia al psicoanálisis de lo que se llama
pansexualismo. Yo, por mi parte, dudo de que tal reproche haya
sido alguna vez legítimo. Ahora bien, sí hay algo que a mí me
parece todavía una presunción más errónea y peligrosa, a saber,
lo que yo llamaría “pandeterminismo”. Con lo cual quiero
significar el punto de vista de un hombre que desdeña su
capacidad para asumir una postura ante las situaciones,
cualesquiera que éstas sean. El hombre no está totalmente
condicionado y determinado; él es quien determina si ha de
entregarse a las situaciones o hacer frente a ellas. En otras
palabras, el hombre en última instancia se determina a sí mismo.
El hombre no se limita a existir, sino que siempre decide cuál será
su existencia y lo que será al minuto siguiente.
Análogamente, todo ser humano tiene la libertad de cambiar
en cada instante. Por consiguiente, podemos predecir su futuro
sólo dentro del amplio marco de la encuesta estadística que se
refiere a todo un grupo; la personalidad individual, no obstante,
130
sigue siendo impredecible. Las bases de toda predicción vendrán
representadas por las condiciones biológicas, psicológicas o
sociológicas. No obstante, uno de los rasgos principales de la
existencia humana es la capacidad para elevarse por encima de
estas condiciones y trascenderlas. Análogamente, y en último
término, el hombre se trasciende a sí mismo; el ser humano es
un ser autotrascendente.
Permítaseme citar el caso del Dr. J. Es el único hombre que he
encontrado en toda mi vida a quien me atrevería a calificar de
mefistofélico, un ser diabólico. En aquel tiempo solía
denominársele “el asesino de masas de Steinhof, nombre del gran
manicomio de Viena. Cuando los nazis iniciaron su programa de
eutanasia, tuvo en su mano todos los resortes y fue tan fanático
en la tarea que se le asignó, que hizo todo lo posible para que no
se escapara ningún psicótico de ir a la cámara de gas. Acabada la
guerra, cuando regresé a Viena, pregunté lo que había sido del
Dr. J. “Los rusos lo mantenían preso en una de las celdas de
reclusión de Steinhof, me dijeron. “Al día siguiente, sin embargo,
la puerta de su celda apareció abierta y no se volvió a ver más al
Dr. J.”. Posteriormente, me convencí de que, como a muchos
otros, sus camaradas le habían ayudado a escapar y estaría
camino de Sudamérica. Más recientemente, sin embargo, vino a
mi consulta un austríaco que anteriormente fuera diplomático y
que había estado preso tras el telón de acero muchos años,
primero en Siberia y después en la famosa prisión Lubianka en
Moscú. Mientras yo hacía su examen neurológico, me preguntó,
de pronto, si yo conocía al Dr. J. Al contestarle que sí, me replico:
“Yo le conocí en Lubianka. Allí murió, cuando tenía alrededor de
los 40, de cáncer de vejiga. Pero antes de morir, sin embargo, era
el mejor compañero que imaginarse pueda. A todos consolaba.
Mantenía la más alta moral concebible. Era el mejor amigo que yo
encontré en mis largos años de prisión.”
Esta es la historia del Dr. J., el “asesino de masas de Steinhof’
¡Cómo predecir la conducta del hombre! Se pueden predecir los
movimientos de una máquina, de un autómata; más aún, se
puede incluso intentar predecir los mecanismos o “dinámicas” de
la. psique humana; pero el hombre es algo más que psique.
131
Aparentemente, el pandeterminismo es una enfermedad
infecciosa que los educadores nos han inoculado; y esto es
verdadero también para muchos adeptos a las religiones que
aparentemente no se dan cuenta de que con ello sacan las bases
más profundas de sus propias convicciones. Porque, o bien se
reconoce la libertad decisoria del hombre a favor o contra Dios, o
a favor o contra los hombres, o toda religión es un espejismo y
toda educación una ilusión. Ambas presuponen la libertad, pues si
no es así es que parten de un concepto erróneo.
La libertad, no obstante, no es la última palabra. La libertad
sólo es una parte de la historia y la mitad de la verdad. La
libertad no es más que el aspecto negativo de cualquier
fenómeno, cuyo aspecto positivo es la responsabilidad. De hecho,
la libertad corre el peligro de degenerar en nueva arbitrariedad a
no ser que se viva con responsabilidad. Por eso jo recomiendo
que la estatua de la Libertad en la costa este de EE. UU. se
complemente con la estatua de la Responsabilidad en la costa
oeste.
El credo psiquiátrico
Nada hay concebible que pueda condicionar al hombre de tal
forma que le prive de la más mínima libertad. Por consiguiente, al
neurótico y aun al psicótico les queda también un resto de
libertad, por pequeño que sea. De hecho, la psicosis no roza
siquiera el núcleo central de la personalidad del paciente.
Recuerdo a un hombre de unos 60 años que me enviaron a causa
de las alucinaciones auditivas que padecía desde hacía décadas.
Tenía frente a mí a una personalidad totalmente derrumbada.
Cuando pasaba por algún lugar, cuantos había en su derredor le
tomaban por un idiota. Y sin embargo, ¡qué extraño encanto
irradiaba aquel hombre! De niño había querido ser sacerdote,
pero tuvo que contentarse con la única alegría que podía
experimentar y que era cantar los domingos por la mañana en el
coro de la iglesia. Pues bien, la hermana que le acompañaba nos
informó de que, a veces, se ponía muy excitado; pero, en el
132
último momento era capaz de dominarse. Me interesó sumamente
la psicodinámica que acompañaba al caso, ya que pensé que el
paciente tenía una fuerte fijación en su hermana; así que le
pregunté como hacía para controlarse: “¿Por quién lo hace?” A
continuación siguió una pausa de unos segundos y entonces el
paciente contestó: “Lo hago por Dios.” En ese momento, lo más
profundo de su personalidad se hizo patente y en el fondo de
aquella hondura se reveló una auténtica vida religiosa a pesar de
la pobreza de su formación intelectual.
Un individuo psicótico incurable puede perder la utilidad del ser
humano y conservar, sin embargo, su dignidad. Tal es mi credo
psiquiátrico. Yo pienso que sin él no vale la pena ser un
psiquiatra. ¿A santo de qué? ¿Sólo por consideración a una
máquina cerebral dañada que no puede repararse? Si el paciente
no fuera algo más, la eutanasia estaría plenamente justificada.
La psiquiatría rehumanizada
Durante mucho tiempo, de hecho durante medio siglo, la
psiquiatría ha tratado de interpretar la mente humana como un
simple mecanismo y, en consecuencia, la terapia de la
enfermedad mental como una simple técnica. Me parece a mí que
ese sueño ha tocado a su fin. Lo que ahora empezamos a
vislumbrar en el horizonte no son los cuadros de una medicina
psicologizada, sino de una psiquiatría humanizada.
Sin embargo, el médico que todavía quiera desempeñar su
papel principal como técnico se verá obligado a confesar que él no
ve en su paciente otra cosa que una máquina y no al ser humano
que hay detrás de la enfermedad.
El ser humano no es una cosa más entre otras cosas; las cosas
se determinan unas a las otras; pero el hombre, en última
instancia, es su propio determinante. Lo que llegue a ser —dentro
de los límites de sus facultades y de su entorno— lo tiene que
hacer por sí mismo. En los campos de concentración, por ejemplo,
en aquel laboratorio vivo, en aquel banco de pruebas,
observábamos y éramos testigos de que algunos de nuestros
133
camaradas actuaban como cerdos mientras que otros se
comportaban como santos. El hombre tiene dentro de sí ambas
potencias; de sus decisiones y no de sus condiciones depende
cuál de ellas se manifieste.
Nuestra generación es realista, pues hemos llegado a saber lo
que realmente es el hombre. Después de todo, el hombre es ese
ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero
también es el ser que ha entrado en esas cámaras con la cabeza
erguida y el Padrenuestro o el Shema Yisrael en sus labios.
134
SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA SOBRE LOGOTERAPIA
Libros
BAZZI, TULLID Y FIZZOTTI, EUGENIO, Guía de la, logoterapia, Herder,
Barcelona 1989.
BULKA, REUVEN P., The Quest for Ultimate Meaning. Principles and
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—, FABRY, JOSEPH B., and SAHAKIAN, WILLIAM S., Logotherapy in Action.
Aronson, Nueva York 1977.
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Munich 1973.
FABRY, JOSEPH B., La búsqueda de significado. La logoterapia aplicada a la
vida, Fondo de Cultura Económica, México 1977.
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—, Fundamentos antropológicos de psicoterapia, Zahar Editores, Río de
Janeiro 1978.
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Herder, Barcelona 61990.
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—, El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia,
Herder, Barcelona 21990.
—, La psicoterapia al alcance de todos, Herder, Barcelona 41990.
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Psychotherapy and Humanism, Simon and Schuster, Nueva York 1978.
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Capítulos de libros
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en Handbook of Behavioral Interventions, John Filey, Nueva York 1978.
BAZZI, TULLID, “Consideraciones acerca de las limitaciones y las
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Psicoterapia, Editorial Scientia, Barcelona 1958.
DIENELT, KARL, “El análisis existencial de V. E. Frankl como explicación de la
existencialidad personal”, en Antropología pedagógica, Aguilar, Madrid
1979.
FRANKL, VIKTOR E., “Análisis existencial y logoterapia”, en IV Congreso
Internacional de Psicoterapia, Editorial Scientia, Barcelona 1958.
—, “Logoterapia y religión”, en Psicoterapia y experiencia religiosa, Ediciones
Sígueme, Salamanca 1967.
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(ed.), Macmillan, Nueva York 1970.
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KEPPE, NORBERTO R., “Logoterapia”, en A medicina da almo, Hemus, Sao
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Artículos periodísticos
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l’anàlisi existencia! de Frankl, en “Annals de Medicina” 65 (1979) 641.
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FABRY, JOSEPH B., Aspects and Prospects of Logotherapy: A Dialogue with
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de 1963, 6.
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Filosofía de la Universidad de Costa Rica”. 2 (1960) 363.
KEPPE, NORBERTO R., Analise existencial – Logoterapia, “Arquivos”
(Universidad de Sao Paulo), 1. 23.
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PAVÍA, MARÍA TERESA, La amistad (Comparación entre Aristóteles y Frankl),
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diciembre 1976), 58.
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POPIELSKI, KAZIMIERZ, Karol Wojtyla and Logotherapy, “The International
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SARDI, RICARDO JOAQUÍN, Viktor Frankl. Una vida dedicada a la búsqueda
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“Comprehensive Psychiatry”, 13 (1972) 291.
Películas y cintas magnetofónicas
FRANKL, VIKTOR E., Logotherapy, una película producida por University of
Oklahoma Medical School, Department of Psychiatry, Neurology and
Behavioral Sciences.
—, Frankl and the Search for Meaning, una película producida por
Psychological Films, 110 North Wheeler Street, Orange, California 92669.
—, Youth in Search of Meaning, cinta magnetofónica producida por Word
Cassette Library, 4800 West Waco Drive, Waco, Texas 76703.
—, Therapy through Meaning, cinta magnetofónica producida por
Psychotherapy Tape Library, (T 656), Post Graduate Center, 124 East
28th Street, Nueva York, N.Y. 10016. $ 15.00.
—, Existential Psychotherapy, two cassettes. The Center for Cassette
studies, 8110 Webb Avenue, North Hollywood, California 91605.
—, The Defiant Power of the Human Spirit: A Message of Meaning in a
Chaotic World. $ 6.00. The Institute of Logotherapy, One Lawson Road,
Berkeley, California 94707.
—, JOSEPH FABRY, MARY ANN FINCH and ROBERT C. LESLIE, A Conversation
with Viktor E. Frankl on Occasion of the Inauguration of the “Frankl
Library and Memorabilia.” The Graduate Theological Union. 1798 Scenic
Avenue, Berkeley, California 94709.
OMNIPRESENCIA
28 may 2009 8 comentarios
in Biblia, Dios, Doctrinas Cristianas, Temas de actualidad, Teología Etiquetas: Atributos de Dios, ATRIBUTOS TEOLÓGICOS, Dios, DIOS JUDEOCRISTIANO, Ladislao Vadas, OMNIPRESENCIA, OMNIPRESENCIA DE DIOS
LOS ATRIBUTOS TEOLÓGICOS DEL DIOS JUDEOCRISTIANO – OMNIPRESENCIA
LA INMENSIDAD DE DIOS Y SU OMNIPRESENCIA
![]()
Inmensidad quiere decir negación de todo límite espacial, Omnipresencia significa la relación de dios con el espacio real. La inmensidad es un atributo negativo y absoluto, La omnipresencia lo es positivo y relativo…
REALIDAD DE LA OMNIPRESENCIA
![]()
Dios se encuentra presente en todo espacio creado…
La omnipresencia de Dios es objeto de magisterio ordinario y universal de la iglesia, conteniéndose en el dogma de la inmensidad divina como parte del todo. La sagrada escritura habla en forma gráfica de la omnipresencia de Dios en Ps 138, 7 ss:”¿Dónde podría alejarme de tu espíritu? ¿Adonde huir de tu presencia?. Si subiere a los cielos alli estás tu; si bajare a los abismos, allí estás presente…”; Ieer 23, 24:”No lleno yo los cielos y la tierra?, Palabra de Yavhé”; Act 17, 27s:”Dios no está lejos de nosotros, porque en él vivimos y nos movemos y existimos.”
San Clemente Romano exhorta a temer a Dios, ya que se encuentra presente en todas partes:”¿Adonde se podría huir y adonde se podrá escapar del que envuelve a todo el universo?”(Cor 28, 4)…”
Voy a detenerme en este punto, no queriendo extenderme demasiado en la cita y teniendo por seguro que lo hasta aquí expuesto nos sirve de punto de partida para una confrontación argumental básica.
Entendemos por omnipresencia de dios que se encuentra en TODAS partes, desde los componentes infinitamente pequeños del núcleo de un átomo, asi como en el aire, el vacío del espacio, el núcleo del sol o de cualquier estrella, en cada pelo del ratón que vive en mi desván o en una hormiga africana recién nacida. En cada fotón, en cada una de las galaxias, no tocando las cosas superficialmente ni adhiriéndose materialmente a los objetos. Dios está en todo Espacio, lugar y cosa, en forma radical.
La teología aclara que al tratarse de un ser incorpóreo debemos abandonar la idea de una presencialidad dimensiva , avocándonos a pensar en el como presencia espiritual.
- Ver mas en Omnipresencia de Dios
LA SOBERANÍA DE DIOS
28 may 2009 Comentarios desactivados
in Dios, Teología Etiquetas: Atributos de Dios, SOBERANÍA DE DIOS
LA SOBERANÍA DE DIOS
Lewis Sperry Chafer explica que:
Los atributos de Dios ponen de manifiesto que Dios es lo supremo sobre todo lo existente. No queda nada sujeto a otro poder, autoridad o gloria y no está sujeto a ninguna entidad que sea superior a El. El representa la perfección hasta un grado infinito en cualquier aspecto de su Ser. El no puede jamás ser sorprendido, derrotado o disminuido. No obstante, sin sacrificar su autoridad o comprometer la realización final de su perfecta voluntad, Dios se ha complacido en dar a los hombres una medida de libertad y de elección, y para el ejercicio de esta elección Dios mantiene al hombre responsable.
- ver mas en La Soberanía de Dios
Venus, el hermano de la Tierra
28 may 2009 1 comentario
in Astrofísica, Astronomía, Ciencia, Temas de actualidad Etiquetas: Venus
Venus, el hermano de la Tierra
Posted: 28 May 2009 01:07 AM PDT
Mucho Marte, mucho planeta rojo, pero el hermano de la Tierra siempre será Venus, al menos en lo que al Sistema Solar se refiere, ya que por tamaño, masa y composición es el planeta que más se asemeja a nuestro hogar.
Venus es el segundo planeta del Sistema Solar, de los ocho que lo componen (atrás quedaron esos tiempos añorables en los que Plutón estaba al final de la serie) y el más caluroso, hecho curioso teniendo en cuenta que está a más o menos el doble de distancia del Sol que Mercurio. Esto es así debido a su densa atmósfera, que crea dentro de ella, en la superficie del planeta, una presión 90 veces superior a la de la Tierra, para hacernos una idea, la presión que sufriríamos de meternos un kilómetro hacia abajo en el mar… Seguro que vosotros también estáis notando ese dolor de oídos tan característico.
Además, si eres de los que te pones enfermo con la emisión de CO2 a la atmósfera y el efecto invernadero y todo eso, amas y odias a Venus a la vez. Lo odias porque es la personificación del efecto invernadero, de ahí que la temperatura en el planeta sea de 460ºC en el ecuador, y lo amas porque te sirve para poner el ejemplo apocalíptico de lo que sería la Tierra si expulsaramos CO2 durante, qué sé yo, varios millones de años.
Además, después de la Luna, es el cuerpo celeste que más brilla en el cielo de noche, y el único, junto a la mencionada Luna y el Sol que puede ser visto durante el día (lo del Sol estaba bastante claro, ¿verdad?). Esta es la razón de que Venus se conoce desde tiempos prehistóricos.
El día de Venus dura 243 días terrestres, pero de un modo muy curioso ya que su movimiento de rotación es opuesto al del resto de planetas del Sistema Solar, excepto Urano, y un año lo componen 583,92 días terrestres.
Imagen | Wikipedia
Fuente: http://espaciociencia.com/venus-el-hermano-de-la-tierra/
Concluyen los análisis sobre dos nuevos dinosaurios
28 may 2009 Comentarios desactivados
in Ciencia, dinosaurios, Temas de actualidad
Concluyen los análisis sobre dos nuevos dinosaurios
(NC&T) Uno de los nuevos animales es un pariente temprano del T. rex y se le denomina Xiongguanlong baimoensis. Pudo tener cerca de 1,5 metros de altura hasta la cadera estando de pie, y haber pesado alrededor de 250 kilogramos. Tuvo un cráneo de alrededor de 45 centímetros de largo y estuvo armado con unos 70 dientes. Aunque impresionante para los estándares de hoy, el Xiongguanlong era todavía un depredador de peso mosca comparado con sus parientes de peso pesado tales como el T. rex. El espécimen de T. rex más grande del mundo conocido hasta ahora tuvo aproximadamente 4 metros de altura hasta las caderas y un peso estimado entre las seis y las siete toneladas.
El Xiongguanlong representa un eslabón perdido en el registro fósil de los tiranosaurios. Ciertas especies de gran tamaño, que vivieron cerca del final de la era de los dinosaurios, como por ejemplo el T. rex, son conocidas por la ciencia desde hace mucho tiempo, y en la última década se han hecho los hallazgos de algunos de los primeros tiranosaurios de China e Inglaterra. Sin embargo, hasta hace poco ha habido un enorme vacío entre estos períodos de la historia evolutiva del tiranosaurio.
El equipo de investigación también descubrió, durante los periodos de trabajo de campo del 2006 y del 2007, tres especímenes de un segundo terópodo extraordinario proveniente de la cuenca de Yujingzi. El Beishanlong grandis es una especie de dinosaurio antes desconocida y con similitudes con el avestruz. Los dinosaurios de esta clase son un linaje de terópodos que desarrollaron un pico sin dientes y fueron probablemente omnívoros o herbívoros, poseyendo un cierto parecido en diversos rasgos con los avestruces actuales.
Con una masa corporal estimada en alrededor de 600 kilogramos, el Beishanlong es uno de los dinosaurios más grandes de su tipo descritos hasta ahora.

El yacimiento, en 2007. (Foto: P. Makovicky)
FUENTE: http://www.solociencia.com/arqueologia/09052802.htm
La criptozoología
28 may 2009 Comentarios desactivados
in Teología Etiquetas: criptozoología, Pseudociencias
La criptozoología
La criptozoología (del griego cryptos, “oculto”, zoos, “animal” y logos, “estudio”) Literalmente : “El estudio de los animales ocultos” – es la disciplina que realiza el estudio y/o búsqueda de hipotéticos animales actuales denominados “críptidos”; que según postulan sus partidarios, estarían quedando fuera de los catálogos de zoología contemporánea. Su objetivo es la búsqueda de supuestos animales considerados extintos o desconocidos para la ciencia, pero presentes en la mitología y el folclore. La criptozoología ha recibido muy poca atención desde la comunidad científica y los escépticos,1 2 siendo considerada como una pseudociencia.
Estudio
Las personas que se dedican al estudio e investigación de la criptozoología se llaman criptozoólogos, mientras que las hipotéticascriaturas en cuestión son llamadas críptidos.
En la criptozoología, se presume la hipotética existencia real de los críptidos, ya que algunas de las características que presentarían estos animales hacen creer que existen posibilidades de que estas criaturas existan.
La criptozoología igualmente se dedica al estudio de presuntos animales desconocidos, los cuales poseen una gran lista de reportes a través del tiempo, y que en algunos casos son reportados por algunos supuestos testigos que informaron avistamientos ocasionales entregando una descripción coincidente con las características de animales extintos.
Aunque popular y antiguamente se asocia a la criptozoología con todos los seres presentes en las mitologías o leyendas, los criptozooólogos modernos no se dedican a estudiar a todas estas criaturas fantásticas. Para que una de ellas sea estudiadas y catalogada como críptido, debe de presentar las características anteriormente mencionadas.
Igualmente, la criptozoología pretende hacer suyos ciertos descubrimientos de la zoología, realizados por zoólogos o por simple casualidad, y así poder citarlos y utilizarlos como justificación de su disciplina. Entre estos animales los más conocidos son lamariposa esfinge de Morgan (cuya existencia fue predicha por Charles Darwin), el calamar gigante (del cual afirman que originó la leyenda del kraken), el celacanto (que se creía extinto), o el okapi (cuyo descubrimiento causó impacto mundial), entre otros.
Historia
La invención de este término suele atribuirse al zoólogo Bernard Heuvelmans, quien definió la criptozoología como el estudio de los animales sobre cuya existencia sólo poseemos evidencia circunstancial y testimonial, o bien evidencia material considerada insuficiente por la mayoría. Su monumental libro de 1955 Tras la pista de animales desconocidos es a menudo visto como el génesis de esta disciplina, pero el mismo Heuvelmans remontó dichos orígenes a Anthonid Cornelis Oudemans y su estudio de 1892 La gran serpiente marina.
Posteriormente, Heuvelmans argumentó que la criptozoología debía ser practicada con rigor científico, pero también con una actitud abierta e interdisciplinaria. Además, según Heuvelmans, se debe también prestar especial atención al folclore sobre estas criaturas. Aunque suelen estar cubiertas de elementos fantásticos e inverosímiles, las leyendas populares pueden contener alguna parte de verdad que pudiera ayudar a guiar la investigación de los informes sobre “animales inusuales”.
El okapi, que por años fue conocido solo por los relatos recopilados de los pigmeos, es usado como emblema de la “Sociedad Internacional de Criptozoología” a pesar de no haber sido descubierto por criptozoólogos. La editorial Espasa Calpe, publicó en 1963 ” El pez pulmonado, el dodó y el unicornio” traducido del inglés por José Banfi y Alfredo B. Besio, de Willy Ley y publicado originalmente bajo el titulo de ” The Lungfish, the dodo, and the Unicord” en 1941, 1945 y 1948 por The Viking Press Inc. Entre los criptozoólogos con titulación universitaria en Zoología tenemos (además del fundador Bernard Heuvelmans) a Karl Shuker, Loren Coleman y otros.
Críticas a la criptozoología y sus réplicas
Entre las críticas realizadas a la criptozoología destacan:
- Se alega que a veces los criptozoólogos modifican radicalmente las características de seres mitológicos o legendarios para hacerlas cuadrar con los rasgos de animales extintos y así darles verosimilitud. Es el caso del mapinguarí: los nativos de las selvas de Brasil y Bolivia lo describen como un monstruo humanoide horripilante que da fuertes gritos, tiene los pies vueltos del revés y posee una boca hedionda en el abdomen. Para los criptozoólogos, sin embargo, es un tímido y asustadizo megaterio.
- Los criptozoólogos nunca han descubierto realmente un solo “críptido” ni hallado pruebas científicamente convincentes de su existencia. Los zoólogos, en cambio, encuentran cada año cientos de especies nuevas. Por ello, la criptozoología pretende hacer suyos ciertos descubrimientos de la zoología, y darle las características de un “críptido”.
- Según los criptozoólogos, esa afirmación denota, o bien un absoluto desconocimiento de la historia de la zoología, o bien simple mala fe. El problema de fondo radica en que la criptozoología, por su propia definición, es la única disciplina cuyos éxitos disminuyen su campo de aplicación: toda nueva especie descrita sale automáticamente de la criptozoología para entrar en la zoología.3 Un caso que se suele citar como descubrimiento de un críptido es el del kraken, que corresponde a varias especies decalamares gigantes. A esto los críticos responden que los calamares gigantes no son el kraken.
- La alegación de que la criptozoología fallaría al utilizar el método científico, ya que el método científico requiere que las hipótesis sean descartadas cuando no se cumplan sus predicciones; pero la creencia en los “críptidos”, en cambio, se sostiene indefinidamente sin que los resultados negativos les afecten.
- Las faltas de evidencias a la hora de encontrarlos se justifican con explicaciones ad hoc (“es un animal tímido”, “se esconde en áreas poco exploradas”, “su población es muy escasa”, etc.). Igualmente, de forma equivocada, hay “críptidos” originados en el folklore que se les asignan nombres zoológicos (violando las normas de la nomenclatura zoológica), se les describe y se les identifica con animales fósiles, etc; todo ello sin pruebas sólidas de su existencia. Por estas razones, los escépticos y científicos las consideran como una pseudociencia.
- Los criptozoólogos alegan que cuando hay evidencias los contrarios a la criptozoología recurren a un argumento ad hoc: cualquiera que sea la especie descubierta y, por mucho que coincida con un críptido, siempre se afirmará que es otra cosa (como ocurrió con el Kraken).
- Producto de lo mencionado anteriormente, en numerosas ocasiones, sucede que varios de los criptozoólogos no aceptan los argumentos científicos que van en contra de muchas de las presuntas pruebas que tendrían. Ejemplo de ello es lo que sucede con las supuestas huellas del Yeti, las muestras de pelo del Orang Pendek, o los numerosos videos y fotografías de las criaturaslacustres, las cuales han sido descartadas como pruebas científicas.
- Además una de las grandes dificultades con los que cuenta la criptozoología es que resulta imposible desde un punto de vista racional y científico el demostrar la existencia de ciertos animales singulares. La explicación es sencilla: aquellos que mantienen la existencia de seres folklóricos o mitológicos como el monstruo del Lago Ness, Bigfoot, etc. olvidan que la existencia de un único individuo de una especie de forma indefinida en la naturaleza, es genética y naturalmente imposible. Es necesaria una población mínima de individuos de una especie para conseguir la reprodución y asegurar la necesaria diversidad genética que les haga subsistir en su medio. Así, al admitir la existencia de “Nessie” por ejemplo, se estaría admitiendo implicitamente la existencia no de un sólo individuo sino de una población genéticamente viable de estos supuestos seres.
- A veces dentro de la criptozoología existen apoyo o están involucrados grupos con intereses religiosos relacionados con elcreacionismo, los cuales solo realizan una investigación con características subjetivas, solo interesados en mantener y difundir la creencia en la existencia actual de animales extintos (principalmente dinosaurios, además de otros animales prehistóricos), para así negar su extinción y tratar de sostener y mantener la creencia del diluvio universal al sostener el argumento de que estos animales o grupos de animales fueron salvados por el Arca de Noé.
- Para algunos, la criptozoología no es una disciplina científica porque parte de indicios de validez discutible, como testimonios o restos materiales dudosos. Pero la finalidad de la criptozoología es, precisamente, la obtención de pruebas definitivas de la existencia (o inexistencia) de nuevas especies a partir de dichos indicios.
- Se alega que, si los críptidos existen, como es que no se han encontrado todavía. A esto se responde que sí se han encontrado algunos. Además, lo mismo podría decirse de las nuevas especies descubiertas: ¿por qué no se han descubierto antes?; a lo que se responde, que a diferencia de los criptidos, las nuevas especies descubiertas generalmente no fueron buscadas, sino que fueron descubiertas.
Bestiario de criaturas criptozoológicas
Criaturas acuáticas
- Criaturas lacustres
Criaturas terrestres
- Animales extraños
- Criaturas humanoides
Bestiario de criaturas pseudocriptozoológicas
También existe otro grupo de criaturas a las que popularmente aún se identifica como críptidos, pero que la mayoría de los criptozoólogos modernos descartan que pertenezcan a su área de estudio, debido a que:
- Estas criaturas no presentan todas las características necesarias para ser consideradas como críptidas, tales como el mantener relatos constantes de su presencia a través del tiempo.
- Estas criaturas son consideradas más forteanas o apropiadas para su estudio por parte de la parapsicología.
Criaturas aladas
- Diablo de Jersey (Estados Unidos)
- Rod
- Hombre polilla o Mothman (Estados Unidos)
- Mujer alada de Vietnam
- Tigre alado de China
Criaturas terrestres
- Bestia de Loveland (Estados Unidos)
- Kasai rex (República Democrática del Congo)
- Demonio de Dover (Estados Unidos)
- Reptil Humanoide
Bestiario de criaturas criptozoológicas falsas
Igualmente en la criptozoología, con frecuencia existen falsificaciones de supuestas criaturas que pudieran ser consideradas como críptidas. Ejemplos de ello:
Véase también
Referencias
- ↑ «EL YETI Y OTROS BICHOS ¡VAYA TIMO!».
- ↑ Chordá, CARLOS. Editorial Laetoli (ed.). EL YETI Y OTROS BICHOS ¡VAYA TIMO!, pp. 136. ISBN 9788493566128.
- ↑ Algunos éxitos de la criptozoología
Enlaces externos
Wikimedia Commons alberga contenido multimedia sobre Criptozoología.- El Escéptico Digital. Criptozoología.
- Lo inexplicable: criptozoología
- True Authority (en inglés)
- Cryptozoology.com (en inglés)
- Apuntes de criptozoología
- Criptozoología
Bibliografía
- Varios autores (2002). Criptozoología. Editorial Edaf. ISBN 8441410631.
- Heuvelmans, Bernard (1970). On the Track of Unknown Animals. Ed. Paladín. ISBN 0586080090.
- Coleman, Loren yClark, Jerome (1999). Cryptozoology A to Z: The Encyclopedia of Loch Monsters, Sasquatch, Chupacabras, and Other Authentic Mysteries of Nature. Ed. Simon & Schuster. ISBN 0684856026.
Fuente: Wikipedia,
El Verbo de vida
28 may 2009 1 comentario
in Cristología, Teología Etiquetas: Logos, Verbo
El Verbo de vida
Christopher Shaw
Chistopher Shaw es el director del ministerioDesarrollo Christiano, el cual publica la revista Apuntes Pastorales.

Mayo 24, 2009 by Christopher Shaw
Christopher Shaw
Chistopher Shaw es el director del ministerio Desarrollo Christiano, el cual publica la revista Apuntes Pastorales.
“En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Él estaba con Dios en el principio. 3 Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir. 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. 5 Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla.” Juan 1:1-3
Juan es el único autor del Nuevo Testamento que se refiere a Jesús como Verbo. Este detalle también nos anima a creer que el relato de Génesis 1 inspiró la introducción a este evangelio. El mundo, tal como lo conocemos hoy, comienza a existir a partir de la palabra hablada del Creador. Siete veces, en ese primer capítulo, se reitera la frase “dijo Dios”, seguida por la afirmación “y fue así”. No podemos dejar de percibir el extraordinario poder que contiene la palabra de Dios. Esta misma percepción es la que lleva a Juan a declarar: “todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3).
Es decir, todas las cosas que existen en el universo se originan en el Verbo, y fuera del Verbo nada existe.
Meditemos, por un instante en el significado de la palabra “verbo” o “logos”, según el griego. Es por medio de palabras que logramos situarnos en el plano de la vida para la cual fuimos creados.
Somos seres llamados a la comunión con nuestros semejantes y con el Creador. Las palabras nos ofrecen la oportunidad de darnos a conocer y de que otros nos conozcan, de manera que se rompa la alienación que impone el pecado. Las palabras son el puente por el cual conseguimos acortar la distancia que nos separa unos de otros.
¡Cuánto más poder existe, entonces, en la palabra que procede de la boca de Dios! No es como ninguna otra palabra pronunciada en el universo, pues ella procede de la fuente misma de la vida. Por eso, la vida y su palabra son una y la misma esencia. En cambio, las palabras que pronunciamos nosotros son palabras recibidas de otros. Sus palabras engendran vida porque él mismo “sostiene todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1.3).
Esta palabra, entonces, es indispensable, pues la vida misma está contenida en ella. Sin ella los hombres estamos condenados a transitar por este mundo sin destino alguno, llevados y seducidos por todas las palabras que no son más que una pobre imitación de esta palabra. Esta palabra reprende, corrige, limpia, purifica, y orienta, pues “es viva y eficaz y más cortante que cualquier espada de dos filos: penetra hasta la división el alama y espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4.12).
Nos resulta provechoso, entonces, adoptar como nuestra la afirmación de Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tiene palabras de vida eterna” (Juan 6.68). Que Dios, en su bondad, nos conceda ir más allá de las palabras que contienen estas páginas para arribar a los pies de la Palabra. ¡En Él está la vida que tan desesperadamente anhelamos!
“Señor, crea en mí hambre y sed por la palabra que vivifica”.
- Lectura diaria del libro Dios en Sandalias, por Chritopher Shaw. Otro libro de Cris, Alza tus ojos, está disponible en el systema digital de Software Bíblico Logos.
Fuente: biblia.com
La Trinidad en Genesis 1
28 may 2009 Comentarios desactivados
in Creación, Génesis, Teología Etiquetas: Genesis 1, LA TRINIDAD
Roberto Haskell
Director del ministerio de capacitaciónSenderis.

La Trinidad en Genesis 1
Mayo 27, 2009 by Roberto Haskell
Roberto Haskell
Director del ministerio de capacitación Senderis.
Muchas veces se afirma que en Génesis 1:26 tenemos una referencia a la trinidad, pues allí Dios dice: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” y luego en 27 continúa con “y Dios creó al ser humano a su imagen”. Como Dios se refiere a sí mismo en el plural parece ser evidencia de la doctrina de la Trinidad en el Antiguo Testamento .
Personalmente, a mi no me parece muy acertado esto. Como otros han observado (1) este puede ser un caso del “plural real” en el cual un soberano se refiere a sí mismo en la primera persona plural.
También (2) puede ser que el plural se refiera aquí al “consejo celestial”, una agrupación de seres que habitan alrededor del trono de Dios y participan en sus decisiones y acciones.
Hay varios otros pasajes que mencionan este consejo, como Salmo 82:1 (“Dios preside el consejo celestial; entre los dioses dicta sentencia”), Isaías 14:13 (“Gobernaré desde el extremo norte, en el monte de los dioses” – lit: el monte de la asamblea) y los dos primeros capítulos de Job. Pero aunque no creo que Génesis 1:26 es una referencia a la trinidad, sí creo que la creación es un evento trinitario.
Como señala Chris Shaw en su entrada reciente, Juan 1:1-3 es una imitación de Génesis 1:1-3. Juan nos está diciendo lo que él sabe acerca de la creación después de haber testificado la vida, muerte y resurrección de Jesús.
Juan 1
1 En el principio ya existía el Verbo,
y el Verbo estaba con Dios,
y el Verbo era Dios.
2 Él estaba con Dios en el principio.
3 Por medio de él todas las cosas fueron creadas;
sin él, nada de lo creado llegó a existir.
Génesis 1
1 Dios, en el principio,
creó los cielos y la tierra.
2 La tierra era un caos total,
las tinieblas cubrían el abismo,
y el Espíritu de Dios iba y venía
sobre la superficie de las aguas.
3 Y dijo Dios: «¡Que exista la luz!»
Y la luz llegó a existir.
Primero es de notar que Juan le asigna a Jesús igualdad a Dios y diferencia con Dios. Es con Dios (y por eso no idéntico, diferente) y es a la vez Dios (igual). La resolución de esta contradicción es la semilla de la doctrina de la trinidad, en la cual afirmamos que Dios es en su ser a la vez uno y a la vez tres personas (notar: no es decir que es una persona y tres personas, sino que es uno y tres personas o tres personas en uno). Segundo, Juan le asigna a Jesús el estatus de verbo (o palabra). La palabra griega detrás de verbo es logos y se usaba en el contexto filosófico griego para designar el principio detrás de toda la realidad, lo que une y explica todo. Seguramente Juan usa logos aquí a propósito para agarrar la atención del lector antiguo. Pero creo que Juan primordialmente está usando logos en su sentido simple como “palabra” o “externalización del pensamiento”, pues para Juan, Jesús en su encarnación es la última palabra de Dios al mundo. Cuando el verbo se hace carne (v. 18), Dios se ha comunicado. Lo oculto se ha revelado. Lo eterno ha entrado en la historia.
Vale notar que nuestras versiones en español generalmente traducen a logos como “verbo”, pero esta no es una traducción ideal. Logos no es verbo; es palabra. Juan Carlos Ceballos cuenta que esta traducción surgió de la vulgata latina (la Biblia usada por la iglesia medieval).
Dice Juan Carlos:
“El problema viene del latín en donde ‘verbum’ significa palabra. Casiodoro Reina tradujo logos como “Palabra”. Cipriano de Valera mantuvo la misma palabra en su revisión, y así se hizo hasta la revisión “Valera 1858” (por alguna razón se dejó de reconocer a Reina como el autor de la traducción).
El español Lorenzo Lucena Pedrosa realizó la revisión de 1862, y que se publicó en 1865. Allí se hizo el cambio de ‘Palabra’ a ‘Verbo’, sin ningún fundamento lexicográfico.
Se dice que esta versión, según la opinión de varios, ya no debía haberse llamado ‘Valera 1865’, pues hay muchos cambios a lo que hizo Valera y más a lo que hizo Reina.
Se dice que esta versión regresó en muchas cosas a la Vulgata, perdiendo aportes importantes de Reina y Valera.
Esta versión de 1865 fue la Biblia que sirvió de base para las revisiones de 1909, 1960, 1965 y RVA.
La Real Academia Española incluyó como acepción de “verbo”, “Segunda persona de la Trinidad”, pero se debió a la mala traducción de Lucena y a la influencia posterior de la Reina Valera, pero no hay sustento de ninguna clase para este cambio. Hay varias versiones de la Biblia en castellano que sí usan ‘Palabra’ (DHH, Jerusalén, Nueva Biblia Española, Latinoamericana, entre otras).” (Comunicacion privada)
Regresando, entonces, a nuestra comparación entre Génesis y Juan, los dos pasajes comienzan con “en el principio” y describen el acto de la creación. En Génesis nos enteramos que Dios creó todo y que el instrumento para el acto creativo fue su palabra. En Juan todo es creado por medio del logos. Entonces parece obvio que Juan está conectando a Jesús con esa palabra creadora de Dios. Cuando Dios dijo en Génesis 1, lo que él dijo fue activado por Jesús; o el logos fue lo que dijo; o la creación como externalización de la mente de Dios fue efectuada por la segunda persona de la trinidad, el logos. Algo así. La relación exacta es difícil de determinar, pero que hay una relación parece sin lugar a duda.
Queda hacer la observación final de que en Génesis el Espíritu de Dios también participa en esta obra de la creación, pues él va y viene sobre la superficie de las aguas (Gen. 1:2). Con esto creo que podemos afirmar que desde la perspectiva del Nuevo Testamento, la creación sí es un acto trinitario: Dios, Espíritu y Logos trabajan juntos. Otra manera de decirlo es que con su enseñanza acerca del logos Juan ha convertido a Génesis 1:1-3 en un pasaje trinitario.
Fuente: biblia.com
MP3s de la Conferencia NEXT
28 may 2009 Comentarios desactivados
in Teología Etiquetas: Conferencia NEXT
MP3s de la Conferencia NEXT
Posted: 27 May 2009 03:43 PM PDT
Durante el fin de semana recién pasado se realizó en Baltimore, Estados Unidos, la conferencia Next, organizada por el ministerio Sovereign Grace.
Hoy los encargados subieron los archivos de audio (MP3) de las conferencias dictadas por reconocidos líderes evangélicos. Este año Next estuvo centrada en la obra de Jesucristo.
The Preeminence of Christ por Joshua Harris- [MP3] [Notas]
Christ’s Incarnation por D.A. Carson- [MP3] [Notas]
Christ’s Life por Kevin DeYoung- [MP3] [Notas]
Christ’s Death por C.J. Mahaney- [MP3] [Notas]
Christ’s Resurrection por Sinclair Ferguson- [MP3] [Notas]
Christ’s Return por Sinclair Ferguson – [MP3] [Notas]
* Las notas y el audio están en inglés.
Creacionismo en el Parlamento Europeo
28 may 2009 1 comentario
in Creacionismo, Creador, Creador del Universo, Islam, Teología Etiquetas: Creacionismo islámico, Francia, Harun Yahya
Creacionismo en el Parlamento Europeo
Orzechowski anunció que el Ministerio de Educación polaco va a empezar a debatir la conveniencia de que en las clases de biología se siga explicando esta teoría, que considera una idea débil fruto de la mente de un anciano ateo y vegetariano. Desde su nombramiento como ministro, Giertych, también miembro de la Liga de las Familias, ha sido muy cuestionado por los estudiantes polacos, que se han manifestado pidiendo su dimisión.
Giertych padre es profesor de biología especializado en genética poblacional y miembro honorario de la Daylight Origins Society, asociación creacionista con sede en el Reino Unido que tiene como fin informar a los católicos de las pruebas que apoyan la creación especial, en oposición a la teoría de la evolución. y de que “los verdaderos descubrimientos de la ciencia son conformes con la doctrina católica”. Según Giertych, las investigaciones que apuntan en esa dirección están de alguna manera censuradas en Europa. “Hay muchos trabajos de centros académicos de todo el mundo que están siendo ignorados en los libros de texto, que no se autorizan en la escuela por razones políticas e ideológicas”, dijo en una entrevista a este diario. La semana pasada, Giertych invitó a dos científicos europeos y uno americano a presentar varios estudios críticos con la teoría de la evolución, preocupado por que “los niños europeos estén siendo adoctrinados en las escuelas” con esas ideas.
El debate, celebrado en el Parlamento Europeo, giró en torno de los habituales caballos de batalla de los creacionistas. En primer lugar, demostrar que los estratos terrestres y los accidentes geográficos no se han formado en diferentes eras geológicas, sino que son el resultado de hechos concretos, como una inundación o un meteorito, y de la ordenación natural de la materia en función de su densidad como consecuencia del movimiento. En definitiva, que los estratos geológicos más bajos no son los más viejos, según explicó el geólogo francés Guy Berthault. En cuanto a los fósiles, su edad tampoco puede fijarse por su profundidad, dijo, ya que también se organizan en capas con el resto de la materia.
A continuación, el científico alemán Hans Zillmer explicó que el neanderthal no es un antepasado del ser humano, sino una variante más; esta corriente científica es utilizada por los creacionistas para probar la falsedad de la teoría de la evolución. Para demostrarlo, Zillmer recurrió a fotos de personas actuales, como un boxeador norteamericano, con un prominente hueso frontal. Otra idea básica de los creacionistas es que el ser humano es demasiado complejo para ser el fruto de la selección natural. Giertych argumentó que “la formación de la raza es un paso en la dirección opuesta de la evolución”. “Es una parte del material seleccionado y es genéticamente más pobre que la población a la que pertenece, porque se pierde información”, afirma.
Cerró las presentaciones Joseph Mastropaolo, profesor emérito de la Universidad de Long Beach (California), detractor de Darwin y científico de cabecera de los neocreacionistas. Mastropaolo ha desafiado con un premio de 10.000 dólares al científico que demuestre que la evolución es ciencia y la creación, una religión. Mastropaolo presentó su teoría antievolutiva sobre cómo la humanidad, en lugar de evolucionar, degenera hasta la extinción, lo que ocurrirá en torno al 2080. “Los humanos hemos sido humanos desde el inicio de los tiempos. Cada especie es un invento de enorme originalidad, completamente diferente del resto”, dijo.
La pregunta de qué papel tiene el creacionismo en todo este debate no fue del agrado de Giertych. “Disculpe, usted está hablando de ideologías. Nosotros hablamos de ciencia, de la manera en que a los niños se les informa de procesos biológicos, no de ideologías”, contestó a este diario. En el debate, ni el diputado polaco ni los científicos invitados reivindicaron el neocreacionismo o la enseñanza de su teoría del diseño inteligente (de la mano de un ser superior). El objetivo del coloquio era otro: “Demostrar que el darwinismo es una teoría, nada más. No es una conclusión que pueda derivarse de la observación de la naturaleza. Nosotros luchamos contra la manera inadecuada de enseñar la ciencia, para adecuar las enseñanzas a la realidad científica que sí está demostrada”.
Giertych trató de ceñir la discusión “al terreno científico y no filosófico”. Un intento vano por momentos, como cuando un parlamentario rebatió una de las afirmaciones más polémicas de Mastropaolo. Entre las consecuencias más dramáticas de la enseñanza de la evolución, el profesor norteamericano citó “189 millones de muertes por parte de los evolucionistas nazis, soviéticos y comunistas durante la Segunda Guerra Mundial”. El diputado polaco, que lamenta que las críticas a sus ideas vengan sobre todo de filósofos y no de científicos, intentó no caer en el debate visceral que acompaña a la cuestión y que suele acabar con descalificativos entre ambos bandos. Como muestra de ese total desencuentro, el turno de preguntas se abrió con las protestas del diputado británico Roger Helmer. “La verdad es que no sé ni por dónde empezar. Nunca antes, en siete años en el Parlamento Europeo, he oído tantas tonterías juntas”.
La polémica ha alcanzado a algunas instituciones académicas. En junio, el Interacademy Panel, en el que están representadas las academias de ciencias de 67 países, advirtió a padres y educadores de que “las pruebas científicas, los datos y teorías verificables sobre el origen y la evolución de la vida en la tierra” en algunos centros de enseñanza “son enmascarados, negados o confundidos con teorías no verificables por la ciencia”, en referencia a la penetración del neocreacionismo en Europa. En Francia, según recogía Le Monde, las sospechas se centran en la Universidad Interdisciplinar de París (UIP, un centro privado que organiza cursos complementarios). Recibe financiación de la Fundación John Templeton, institución norteamericana especializada en estudios que combinan ciencia y religión. Éste es el terreno predilecto del fundador de la UIP, Jean Staune, que califica de “oscurantistas” a quienes se oponen a la posibilidad de un ser creador superior.
En Inglaterra, el debate no es nuevo y ha llevado a la Royal Society a pedir a los sindicatos de profesores y al mismísimo arzobispo de Canterbury que se posicionen públicamente contra la enseñanza del neocreacionismo en las escuelas.»
Creacionismo islámico en Francia
Miles “de ejemplares de El Atlas de la Creación, por la creacionista turco llamado Harun Yahya, recientemente fueron enviados a las escuelas francesas, colegios y universidades, según Le Figaro (2 de febrero de 2007). El periódico informó que el “ricamente ilustrada” 770-libro pretende mostrar la página “los vínculos secretos entre el darwinismo y las ideologías sangrientas como el fascismo y el comunismo.” También contiene una fotografía del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center, con la leyenda de una “asombrosa” culpar al terrorismo de “darwinismo” y llamándolo la “única ideología que valora, por tanto, alienta el conflicto”.
El ministro francés de educación, Gilles de Robien, respondió rápidamente, dice el informe, la dirección no administradores académicos para distribuir el libro, que “no tiene correspondencia con” el plan de estudios nacional francés. »
Referencia
- Navarro, Beatriz. “El antidarwinismo se asoma a Europa”. La Vanguardia, 19 de octubre de 2006, p. 35-36.
- http://proyectodarwin.blogspot.com/2006/10/creacionismo-en-el-parlamento-europeo.html
- http://proyectodarwin.blogspot.com/2007/02/creacionismo-islmico-en-francia.html
Genética: del presente del pasado al presente del futuro
28 may 2009 Comentarios desactivados
in Bioética, Ciencia, Temas de actualidad
Genética: del presente del pasado al presente del futuro
Soy un buen aficionado a las noticias de ciencia y creo que hoy es uno de esos días en los que se juntan unas cuantas que nos tendían que hacer reflexionar.
El presente del pasado
Se ha encontrado un fósil de 87 millones de años de una mantis religiosa, eso me hace recordar que también se encontró una cría demamut congelado en un fantástico estado de conservación, lo cual me lleva a recordar la película Parque Jurásico ¿Cuanto tiempo falta hasta que resucitemos uno de ellos?
Que ocurrió en el pasado para que se extinguieran ciertas especies, la última noticia es que los pollos actuales son descendientes del tiranosaurus rex, lo que me faltaba ¿qué lecciones podemos aprender de su extinción? Lo del meteorito es lo fácil, así no tenemos que aprender nada, pero si alguien sobrevivió será que estaba mejor adaptado.
El pasado en el presente
Empiezan a diseccionar un “calamar colosal”, no un calamar gigante sino un “calamar colosal”. El cuerpo me pide decir que si de estos solo se tiene constancia seis fuera del agua, por cada uno que diseccionamos nos queda uno de menos dentro del agua. ¿porqué no los dejamos tranquilos? imaginaros que nos quedamos con las dudas después de la disección, a lo mejor tenemos que diseccionar otro. Dicen que el atún rojo está acercándose a la extinción con eso del sushi.
El futuro en el presente
Ya tenemos Arca de Noé de grano. Parece que está en la antártida y que ya tiene cientos de miles de semillas clasificadas y guardadas. Si va en serio esto del Arca es que tenemos algún serio problema en ciernes porque, que yo sepa, Dios nuestro señor la mandó construir cuando preveía que iba a ser el diluvio ¿cual es el riesgo del que nos queremos cubrir? ¿quizá de la ingeniería genética, que canibaliza las semillas de los cultivos tradicionales hasta hacerlas extingir?
El presente del futuro
Parece que se han hecho pruebas en las que se ha encerrado a unas personas durante dos semanas y se les ha hecho respirar más proporción de argón de lo habitual, es el primer simulacro para los futuros viajes a marte. Además parece que en marte hay argón como para recargar. El viaje amarte parece que será de unos 500 días, desde luego que entre la falta de gravedad y el argón a mi o me extrañaría que terminaran con bastante pinta de extraterrestres los astronautas.
El mundo se nos empieza a quedar pequeño, pequeño de verdad, tenemos que empezar a mirar fuera (marte) a la vez que intentamos proteger artificialmente a lo de dentro (semillas) y que tenemos que estudiar qué es lo que pasó en las últimas extinciones masivas y ver como los Tiranosaurus se convirtieron en gallinas y , los calamares colosales sobrevivieron pasando un frio de … en el antártico.
Fuente: http://gonzo22.wordpress.com/2008/04/28/genetica-del-presente-del-pasado-al-presente-del-futuro/
La supremacía de Dios
27 may 2009 Comentarios desactivados
in Teología Etiquetas: Atributos de Dios, perfecciones de Dios, supremacía de Dios
La supremacía de Dios
En el estudio de las perfecciones de Dios resalta el hecho de que El es Soberano Supremo del universo.
El concepto teológico, filosófico y antropológico Dios hace referencia a una suprema deidad adorada por algunas religiones, en especial las de origen abrahámico y aquellas relacionadas. Su conceptualización ha sido tema de debate en casi todas las civilizaciones humanas.
El vocablo «dios» se escribe en español con mayúscula como sustantivo propio cuando se refiere a la idea de ser supremo de las religiones monoteístas, como son el judaísmo, el cristianismo, el islam y, quizá en menor medida, el zoroastrismo o mazdeísmo.
- Ver mas en La Supremacia de Dios





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