La teología en el momento de la liberación


PASTORAL

La teología en el momento de la liberación

por Kurt E. Koch


Kurt Koch, E. (* 1913, † 1987) era un evangélico teólogo y publicista.

El presente artículo fue escrito por un profundo estudioso del ocultismo, de sus variantes, sus operaciones y de lo que el ministro cristiano debe hacer con las diferentes situaciones. Kurt Koch fue, posiblemente, el teólogo contemporáneo que más entendió la problemática demonológica y ocultista de entre sus pares del mundo.

La cura de almas es el trabajo pastoral de proveer solución de Dios para la salvación eterna y es fácil de comprender que tiene dos aspectos o propósitos: indicar el camino, según las enseñanzas objetivas de la Palabra de Dios, y la guía pastoral, según la cual el pastor es compañero del hermano a quien da la mano con su consejo y experiencia. La conducción de almas, en este sentido de influencia, no es sólo una tarea de estilo profesional sino la sociedad que forma un pecador salvado con la suerte y el destino de otro pecador, colocándose ambos bajo la conducción del Buen Pastor. Uno es el arrugo que auxilia, no el mediador; y el otro es quien acepta la mano que le tiende su hermano. Este pensamiento lo encontramos en Mueller, cuando dice: “Una perfecta imagen de la cura de almas sólo podremos conseguirla considerándose, el pastor, un seguidor de Cristo; no un mero teorizante de sus enseñanzas. La conducción de almas en el sentido expresado sólo es posible siguiendo las huellas del único Pastor” (A. D. Mueller: “Grudiss der praktischen Theologie”. Editorial Bertelmann, Guetersloh, 1950, pág. 282).

LA CURA DE ALMAS EN PACIENTES DE DOLENCIA OCULTA

La dolencia oculta es ciudadana del reino del diablo; por ello la salvación, y en este caso la liberación de la misteriosa dolencia, se realiza pasando de la ciudadanía diabólica a la ciudadanía divina. Por consiguiente, la cura cristiana de almas representa el esfuerzo para introducir las almas y mantenerlas en el Reino de Dios.

El propósito final de la cura de almas es liberación de la civitas diaboli, (ciudadanía diabólica) no solamente en un sentido del futuro sino como un hecho del presente. Cristo vino para destruir las obras de las tinieblas (1 Jn 3.8). La batalla ya está decidida y la victoria está ganada. La única condición para quedar librado de la pertenencia a la civitas diaboli es un regreso a la Civitas Dei. Veremos este servicio de liberación espiritual aplicado a la cura de almas en dolencia oculta, pero tengamos en cuenta que la liberación y a fue llevada a cabo antes de que el pastor y el enfermo se den cuenta de ello. Sin caer en la terminología escolástica, podemos decir que se trata de la “gratia preeveniens” (la gracia previsora de Dios) que trajo la salvación en Cristo.

CONDICIONES PERSONALES

La obra de la gracia de Dios no depende de si somos o no dignos de ella. Como dice Lutero: “El oro no deja de ser oro porque lo posea una prostituta, llena de pecados y vergüenza”. Y continúa diciendo: “Del mismo modo, el anuncio de la gracia puede producir fruto aunque sea dado por labios indignos”.

Esta gracia soberana de Dios, que incluye y utiliza todo medio humano en el ministerio del Señor, no excluye el deber de la mejor preparación posible para el servicio. Por el contrario, lo recomienda. Al hablar aquí de las condiciones para la cura de almas, no nos referimos a todas aquellas cualidades que son de esperar en tan delicada urca de un modo normal y humano como: saber oír, saber callar, atender, comprender. etc. Estos puntos son bien tratados en cualquier libro de sicología o aconseja-miento pastoral; nos referimos aquí solamente a algunos principios de carácter espiritual.

a) La situación espiritual del practicante de liberación.

El Dr. Riecker escribe en su libro Das evangelistiche Wort: “La condición principal es la situación espiritual. El instrumento no es más que un órgano mediador, rebosante de vida espiritual y de poder, si el mismo se somete a la acción del Espíritu Santo y en su vida y sus obras se deja guiar y llevar por éste. Es imprescindible una abundante vida cristiana”. “El pastor no se conviene en sanador de almas por sus conocimientos teológicos sino por su fe y su vida cristiana”, dice Bovet; y Thumysen se extiende aún más, diciendo: “El que practica la cura de almas debe él mismo en primer lugar estar arraigado en la Palabra de Dios y ser un miembro vivo de su iglesia y vivir en la fe y el perdón”. San Pedro dijo: (Hch. 3.6): “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”.

No hay ningún pastor que pueda sacar continuamente vigor espiritual de una experiencia vivida hace ya muchos años. Ello significaría el enfriamiento, una seguridad camal. A la experiencia con Cristo ha de seguir el ir cada día con Cristo; la muerte diaria al pecado, el diario arrepentimiento, la purificación diaria y la diaria santidad. El que quiera practicar con otros la cura de almas, tiene forzosamente que permanecer en Cristo para curar cada día su propia alma.

b) La preparación.

El profesional en cualquier arte conoce sus herramientas, el material que ha de trabajar y domina la técnica del trabajo. En el sentido espiritual, debería haber también tal pericia. La cura de almas no es un ensayo de aficionados cuando falta lo fundamental. Bovet dice: “Las experiencias diarias nos han mostrado que la cura de almas fracasa porque en muchas ocasiones al teólogo le faltan conocimientos acerca del hombre, de manera que sus palabras pasan de largo”. En otro lugar escribe: “Por lo general, el pastor conoce la Palabra de Dios, pero desgraciadamente le faltan conocimientos sicológicos y antropológicos”. Muchas diagnosis falsas dadas prematuramente y muchos procedimientos errados tienen su origen en una falta de conocimientos sicológicos. Referente a esto escribe el Dr. March, neurólogo: “Muchas fallas en la cura de almas proceden de los pocos conocimientos que tienen en sicología y medicina y pedagogía los que se ocupan de las almas, o por creer que saben bastante”. Mueller, reconociendo esta repetida sugerencia de los sicólogos escribe: “Debemos reconocer que la falta de conocimientos sicológicos ha desacreditado muchas veces a la iglesia y la ha dañado considerablemente”.

Debiera tenerse en cuenta la reforma del estudio teológico que propone el profesor Hahn cuando escribe: “Una iglesia que educa en teología a sus ministros, no debe olvidar formar al hombre en vistas al ministerio que ha de cumplir, incluyendo en el estudio la pedagogía, la sicología y la sociología, si bien dentro de los límites precisos”. Más enfáticamente se expresa el profesor Hahn cuando dice: “La realidad es que la cura de almas decae muy rápidamente. Por el contrario, el hombre moderno va al sicoterapeuta. Muchos se dan cuenta que el pastor, a veces, no sabe cómo empezar ni cómo continuar con el que busca ayuda para sus nervios. Por una parte, no sabe conocer el caso desde el punto de vista psicológico y establecer de esta forma una diagnosis acertada. Por otra, ignora cómo ha de salir al encuentro de tal persona partiendo del evangelio. En ambos casos su estudio meramente teológico no le sirve”.

Si tratamos de saber qué clase de preparación ha de tener aquel que se ocupa de la cura de almas para entender a los atacados de ocultismo, debemos principiar con el siguiente esquema: no podemos ayudar de ninguna manera, si antes no tenemos un diagnóstico claro del caso. ¿Qué es lo que realmente sucede con la persona? ¿Cuál es su problema? No puede haber, tampoco, una diagnosis clara si no conocemos primero las causas de la dolencia oculta. El alcanzar tal pericia en el terreno oculto, conservando la distancia suficiente y sin la participación personal en experimentos ocultistas, no significa que el pastor tenga que convertirse en un aficionado peligroso de las ciencias ocultas y la sicología. Se trata de conocer cuál es el deber de quién. El conocer las relaciones de la mente humana con lo trascendente o espiritual va más allá de toda pericia conseguida en las ciencias sicológicas. Con ello nos acercamos más a los dominios de la fe y al terreno de los dones del Espíritu Santo.

El apóstol Pablo nombra entre los dones espirituales (1 Co. 12; 7-11) el de discernir los espíritus. Para esto no bastan los conocimientos sicológicos, hay que poseer un don espiritual para poder distinguir etimológicamente en las enfermedades síquicas lo que a tantos errores conduce: la parte médica de la parte oculta. Una vez hecha la difícil distinción es necesario poseer, además, un don indispensable para hablar a las personas en estos términos.

Será de gran valor para la cura de almas si logramos definir bien ambos terrenos. Los conocimientos sicológicos sin el don espiritual, es el mal que padecen la mayoría de los sicólogos; tales conocimientos conducen con frecuencia a una negación de la dolencia oculta. Todos conocemos el léxico que suele aplicarse a estos casos: engaño, mentira, superstición, fe en el ocultismo, locura de brujerías, oscuridad de la Edad Media, etc. Por otro lado la fe sola, sin los conocimientos especiales (el caso de muchos pastores) los lleva a que situaciones de trabajo pastoral común o enfermedades para el psicólogo, sean consideradas como demonismo, aun sin haber ninguna relación con artes ocultas. De este modo nos encontramos ante el peligro de que todas las enfermedades síquicas que no se llegan a comprender sean achacadas al demonio. En cierta ocasión se oró por liberación sobre un endemoniado, con imposición de manos, etc., según lo hallamos en la revista “Ter Wegzu Seele”; pero el Dr. Lechler descubrió luego que se trataba de una locura infecciosa. La opinión de este siquiatra cristiano es de peso, pues no sólo es especialista en psiquiatría sino que en círculos cristianos se le reconoce un don especial para la cura de almas en casos de auténtico demonismo.

Otro punto necesario de comparación entre los conocimientos sicológicos y el don espiritual es su valoración recíproca. El que posee el don espiritual es arrogante si menosprecia los conocimientos que han surgido de las ciencias, y el psicólogo está en necedad si desconoce la importancia del don espiritual, pues sin el Espíritu Santo no puede conocer las cosas espirituales; no tiene para ello órgano apropiado. Con esto hemos llegado al problema principal de esta sección, que podríamos subrayar con el siguiente lema psicológico: “A lo interior de la naturaleza humana no penetra ninguna otra criatura, humana”. En cambio nos dice la Escritura que el Espíritu todo lo escudriña. “El hombre natural no percibe las cosas que son del espíritu; en cambio el hombre espiritual juzga todas las cosas”. Con ello determinamos, desde el punto de vista del Nuevo Testamento, la relación entre los conocimientos sicológicos y el don espiritual.

Y hablando de esta necesidad, no debemos olvidar que tos conocimientos sicológicos pueden ser adquiridos por la razón humana. Sin embargo no nos será posible adquirir de la misma forma el carisma de la distinción de espíritus. Este es un don soberano, sobre el cual el hombre no puede disponer. El propio don del Espíritu Santo nadie lo ha conseguido por medio del estudio teológico; tampoco se lo ha conseguido despreciando la teología. Nadie posee dones espirituales por el simple hecho de que esté en el ministerio, a pesar de que Dios concede más aptitud por la propia práctica del ministerio.

Aquí sólo tenemos una puerta abierta, es la de “Pedid y se os dará”. Y en su apoyo la promesa de Lucas 11.13:

“¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”

EL TRABAJO EN SI

¿Cómo llevar a cabo la cura de almas en dolencia oculta? Si bien aconsejamos obrar de un modo sistemático, ello no quiere decir que la diversidad tenga que ser encerrada en un esquema. El esquema puede representar una ayuda pero también puede significar un estorbo. No obstante, y a pesar de estas objeciones, formularemos cierto método que se ha formado en nuestra propia práctica de la cura de almas. El pastor en la cura de almas no es un técnico; es alguien que oye, ve y espera seguir las pisadas de Dios en el proceso de recuperación del confesante; y que no debe, por sí mismo, determinar los pasos y abrir el camino.

a) Diferentes diagnósticos.

La primera cuestión en las enfermedades del alma es llegar a las causas:

Si son de carácter médico, si existe una dolencia oculta de índole metafísica, o si se trata de una mezcla de ambas cosas. Si encontramos que se trata de un caso de simple enfermedad nerviosa debemos mandar el paciente a un médico especialista; pero existen ciertos casos en que hay pruebas evidentes de enfermedad nerviosa y de dolencia oculta a la vez. En estos casos lo ideal es la colaboración con un médico que reconozca la parte espiritual del fenómeno. Si en la enfermedad puedo ver claramente que no se halla ningún indicio neurótico y que se trata únicamente de dolencia oculta, entonces dejo de solicitar la ayuda del médico.

La cura especial para los afectados por el ocultismo sólo puede ser llevada a cabo bajo la evidencia de que no se trata de neurosis. De la forma que se lleva a cabo tal distinción nos lo mostrará el siguiente ejemplo:

Después de una conferencia de evangelización, en la cual para nada se tocó el asunto de ocultismo, un hombre expresó su deseo de hablar con el conferenciante. Debido a ciertos inconvenientes de tiempo material, esta conversación sólo pudo llevarse a cabo dos días después de, la conferencia. En la conversación, el hombre, que era un comerciante conocido y rico, contó espontáneamente que sin tener aparente motivo padecía desórdenes síquicos; se veía obligado a encerrarse días enteros en una habitación, no tenía ni ganas ni interés en su trabajo, todo le parecía excesivo. Durante estas crisis nada le gustaba ni apetecía. Tomar decisiones en tal estado le resultaba sumamente difícil, etc.

La simple observación del caso durante la conversación, demostró que aquel hombre era melancólico, la expresión de su rostro, su mímica de tipo doliente y temeroso, sin apenas moverse; la arruga pronunciada de la pestaña superior, todo indicaba un caso neurótico de melancolía. Se unían a estos síntomas externos un sentimiento de debilidad, y sus extrañas ideas de temor de pecar y de empobrecerse, aun estando en muy buena posición económica. El hecho de que fuesen periódicas sus “fases depresivas” y que todo lo viera y juzgara de color negro en estas crisis, no hacía sino aumentar los síntomas que diagnosticaban melancolía. Digno de mención es que durante ellas parecía perder su temperamento varonil y decidido, y que estas crisis duraban relativamente poco, de una a dos semanas. En los intervalos de tales fases depresivas realiza normalmente su trabajo y dirige perfectamente su negocio. Vale decir que es una persona de profunda sensibilidad religiosa.

A pesar de que sus síntomas clínicos indicaban la existencia de una melancolía periódica, me pareció que este caso no estaba ausente de relaciones ocultas. Cuando pregunté eso me lo negó rotundamente; me dijo que los antepasados eran todos piadosos y asiduos asistentes de la iglesia, pero por una extraña impresión no me di por satisfecho y continué escudriñando el historial de sus antepasados en cada uno de los miembros de la familia, con los siguientes resultados: Un sobrino suyo padecía los mismos síntomas de melancolía periódica, exactamente como él; una hermana y una tía se habían suicidado y el abuelo murió en un malcomió. Desde el punto de vista etiológico, y a quien hace psiquiatría, parecería que este amontonamiento de depresión endógena presenta la imagen de una herencia familiar de locura maníaco depresiva, aunque el origen de tal herencia no era seguro. Sin embargo, esto no es menos característico en las dolencias ocultas. En familias de curanderos, cuya genealogía me fue posible seguir, encontré resultados parecidos en miembros de tres y cuatro generaciones: muertes en malcomió, depresiones, suicidios y accidentes mortales constituían una imagen normal. La verdad es que la repetición y semejanza de estos síntomas en las generaciones que siguen a los ensalmadores, (curanderos, hechiceros) me hacían aguzar el oído en cuanto empezaban a contármelos.

En mi primera entrevista con este comerciante, además de darle consuelo con la Palabra de Dios, señalé la posibilidad de que entre los abuelos hubieran habido ocultistas activos, quizá, incluso, algún brujo, pero él negó otra vez tal posibilidad. Dos horas más tarde me llamaba por teléfono para decirme que, al llegar a su casa, había estado preguntando entre sus familiares y se enteró que el abuelo que había muerto en el malcomo supo ser mago, alejaba las enfermedades y curaba de palabra a los animales en los establos. En las posteriores consultas vimos confirmamos la ligazón con la actividad oculta del abuelo. Dado que en este caso se trataba de un problema mixto (espiritual y psíquico) por parte del siquiatra se hizo una terapéutica de shocks y por la parte pastoral una conducción especial. Este ejemplo sólo viene a demostramos la difícil posición del pastor al tener que establecer un correcto diagnóstico. Debe emplear todos los medios a su disposición, sin descontar los científicos, para descubrir las causas del problema antes de tomar las medidas especiales para ayudar en los casos de Ocultismo.

b) La confesión.

La cura de almas no quiere decir poner “cataplasmas espirituales” sobre sucias úlceras. Por eso, no sólo es necesario que desde un plano neutral y científico se comprenda y formule qué es lo que sucede sino que no pueden olvidarse las heridas y éstas deben ser descubiertas y aclarados los conflictos religiosos, antes de comenzar el proceso terapéutico. En buen romance, esto quiere decir: reconocer el pecado y confesarlo.

En el psicoanálisis se busca hacer desaparecerlas depresiones, las situaciones de congoja, tensiones subconscientes y complejos por medio de llevar a la conciencia las causas reales y hacer ver la sinrazón de la congoja. Se procura el relajamiento según el principio de Sócrates: vencer al problema racionalizándolo, querer encontrar paz por el hecho de entender de raíz lo que sucede. Al fin de cuentas, en este método analítico la ayuda proviene del médico, junto con la voluntad del paciente; es una fuente humana de solución. En la confesión, en cambio, el pastor y el confesante están ante Dios, esperan y reciben la ayuda únicamente de allí. A pesar de que estos dos terrenos tienen muchas cosas en común, no debemos caer en el error de confundirlos.

Es necesario advertir el gran peligro del psicoanálisis para un cristiano enfermo de neurosis. Conozco profesionales cristianos que nos pueden hablar por experiencia propia de los peligros que el psicoanálisis encierra para la fe. Cierto siquiatra cristiano, joven, que mantenía sesiones con un conocido sicoanalista, se veía obligado a luchar, después de los encuentros, para continuar en su hábito de leer la Biblia y orar contra los pensamientos que se levantaban en su alma. Desde entonces este siquiatra asume una posición fuertemente crítica frente al psicoanálisis. Imaginemos lo que pasa cuando un sicoterapeuta anticristiano se pone a analizar la mente de un paciente cristiano.

Los escritos de Lutero, nos dan a conocer brevemente los cinco puntos más importantes de la confesión. Para Lutero no existía duda alguna en cuanto a la necesidad de la confesión y especialmente de la confesión privada. El escribe:

“Aprendemos, pues, qué cosa más acertada, maravillosa y consoladora es la confesión”. “Sin embargo, de nadie me dejaría quitar la confesión secreta ante Dios; ni siquiera por todos los tesoros del mundo renunciaría a ella, ante el poder y consuelo que la confesión particular ante Dios me ha dado. Ya haría tiempo que el diablo me hubiera vencido y ahogado de no haber sido que la confesión me ha mantenido”, agregaba.

Este proceso tiene una importancia especial cuando se trata de ayuda pastoral en dolencia oculta. Las prácticas ocultas representan un compromiso especial por parte del paciente con el Reino de las Tinieblas. Hay formas que nos dan una clara idea de este hecho, por ejemplo: los pactos de sangre, los amuletos, la llamada al diablo (sea formal y real o indirecta por el ensalmo mágico y la magia negra). Para el que está atado al ocultismo, y sufre sus consecuencias, la confesión consistirá en que reconozca su pertenencia al Reino de las Tinieblas y se decida salir a la luz. Por esto, en todos los casos de dolencia oculta que he tratado, me ha parecido imprescindible una confesión. Por lo general, en la tarea pastoral común, se deja al que busca ayuda en la libertad de confesar o no; debe ser algo completamente libre y no debe transformarse, bajo ningún pretexto, en una nueva ley. Lo que sí hemos observado es que, quienes rehúsan hacer una confesión general de todo lo que les pesa en la conciencia, no sólo de las prácticas ocultas sino también de todas las demás faltas de su vida, raramente alcanzan una verdadera liberación. Recordemos, sin embargo, que ninguna confesión hecha en intimidad a otro cristiano por parte de los, atacados por dolencia oculta, garantiza la liberación. Sólo Dios mismo, en su gracia, abre el corazón y labios del confesante y lo absuelve, según sus circunstancias.

Detrás de esta realidad espiritual hay una doble ley natural. En primer lugar, que la confesión tiene un efecto psicológico. La confesión de una culpa tiene siempre, como consecuencia inmediata, la descarga y el relajamiento. Con la confesión se crea una atmósfera limpia. Mientras que el pecado queda secretó, se ensancha y contagia. Por ello es de gran importancia que sea manifestado. Tenemos también la segunda regla: el hecho de esconderse (tratar de ocultar el pecado) es un síntoma característico del poder del pecado en las tinieblas. Koeberle escribe: “El tentador vive de lo secreto que existe entre nosotros y él. Mientras haya cosas secretas en nuestra vida, sobre las cuales nadie deba saber nada, habrá también el poder del enemigo sobre nosotros y sobre nuestras almas. Pero en el mismo instante en que se descubre el pecado y lo confesamos, pierde el poder de las tinieblas, su dominio y señorío sobre nosotros”. Por ello la confesión representa el despido de este dominio, la reacción al Reino de las Tinieblas. Por ello es que Satanás procura impedir la confesión. Y este acto de humillación es muy difícil, incluso al que busca ayuda para sus problemas.

c) La renuncia al diablo.

“Se entiende por renuncia al voto de carácter eclesiástico por el cual el individuo renuncia al diablo y a sus obras”. Así se expresa sobre este término la Enciclopedia Real de Hauck. Esta fórmula ha sido muy discutida desde antaño en la historia de la práctica del bautismo. Normalmente se busca apoyo para la renuncia al diablo en las citas bíblicas siguientes: Mateo 25.41; Juan 12.31; Efesios 6.11-12; 1Juan 2.13 y 5.19. El rito de la abrenuntiatio (renuncia) se funda en que el candidato al bautismo debía renunciar al culto pagano de los demonios, practicado por los gentiles. En el Nuevo Testamento el culto a los dioses se cita como culto a los demonios. Agustín ya preguntaba en el bautismo a los padrinos del infante que era llevado a bautizar: “¿Renuncias?, ¿Crees?”.

En el caso del que ha caído en ocultismo, la renuncia no es una mera fórmula litúrgica sino una cuestión real, práctica, necesaria. Como dijimos, las prácticas ocultas representan un compromiso con el Reino de las Tinieblas y debe ser anulado. La liberación sólo puede llevarse a cabo por medio de la participación del afectado, renunciando; después que Cristo haya creado las predisposiciones objetivas para el caso, por supuesto. La experiencia me ha enseñado que no puedo suprimir esta renuncia formal. Esta opinión no es únicamente mía; son muchos los evangelistas que comparten mi parecer de que una renuncia formal y a conciencia por parte del enfermo, ya conduce por sí sola a una cierta liberación. El evangelista y pastor Bruñís hace repetir una fórmula: “Renuncio al diablo y a toda su naturaleza tenebrosa y me entrego a Ti, Trino Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y quiero creerte y obedecerte fielmente hasta el fin de mis días”. Una opinión parecida tiene el Dr. Riecker: “En todo lugar donde se hayan llevado a cabo ritos mágicos, ocultos o hechicerías, debe hacerse una renuncia oficial, en confesión, para liberación de las fuerzas satánicas. Es oportuna la expresión: “Renuncio al diablo y a todas sus obras”. Esto es una declaración ante testigos de la liberación oficial y consiguiente salida del Reino de las Tinieblas; es el centro de toda la dinámica del Reino de Dios, y el fundamento de toda acción eficaz en la cura de almas.

d) La absolución.

Después de la confesión y de la renuncia, corresponde la absolución, el declarar absuelta a la persona de la ligadura que tenía. Trillhaas escribe: “La confesión es el reconocimiento personal del pecado, y se completa con la absolución. La promesa del perdón de Cristo hecha por el pastor al confesante es necesaria, especialmente cuando se trata de confesiones privadas; porque el reconocer y confesar los pecados se hace de una forma concreta”. El perdón de los pecados es la causa a la que el cristiano debe en realidad su vida eterna, y es también el motivo central en la cura de almas; el punto decisivo en la ayuda que podemos ofrecer a alguien afectado de dolencia oculta.

En esto, muchas veces hemos tomado dos caminos equivocados: la restricción legalista de la misma (un legalismo tal que dificulta el descansar en el poder de Dios) o una declaración demasiado rápida del perdón divino (que deja de lado requisitos importantes). Tanto el uno como el otro pueden conducir al afectado a consecuencias contraproducentes. Thumeysen escribe: “Lo que diferencia la confesión evangélica de la católica, es que la primera no conoce ninguna clase de condiciones”. La absolución no está atada a debes o pos confesionales; la absolución es una parte central del Evangelio que no debe ser debilitada por una ley.

Riecker escribe: “Nuestro siglo es pobre en los dones de gracia prometidos al que se arrepiente”. En el caso de la persona afectada por el ocultismo, no conviene que a su ya difícil carga se le añada un nuevo yugo; ella precisa que se la descargue.

Sin embargo, el que reconozcamos esta falta no quiere decir que no podamos caer en la otra: asegurar demasiado pronto el perdón, la absolución, conduce a una falsa seguridad y a un engaño. El asunto se trata de cómo y en qué se debe comunicar la absolución. Hoch escribe: “Deberemos preguntamos seriamente cuándo conoceremos la posición espiritual del pecador o del miembro de la iglesia caído en alguna falta, para decidir si tenemos realmente el derecho de desatar o de negamos a ello”. Para diferir la absolución, para demorarla, debemos basamos sobre los mismos fundamentos que usamos para declararla. Thumeysen escribe en términos parecidos: “Nuestras simples palabras no van a bastar, pues es éste precisamente un punto en el que todo depende de lo que Dios diga”. Y es cierto, al final de cuentas, quien perdona es Dios y no nuestras palabras, pero debemos ser responsables cuando comunicamos el perdón de Dios, porque nuestra mejor buena voluntad de nada vale si la confesión todavía no agradó al Señor. El problema se agudiza cuando se trata de ayudar a una persona poseída por el diablo.

Después de la confesión, y en ciertos casos de la renuncia, yo acostumbro leer al confesante citas que nos hablan del perdón de los pecados, tales como Isaías l.28;43.25;44.22; Jeremías31.34; Miqueas 7.18-19; Mateo 9.2; 26.28; Lucas 7.48; Juan 1.29; Romanos 5.20; Gálatas 1.4; Efesios 1.7; Colosenses 1.14; 1 Pedro 1.19; 2.24; 1 Juan 1.7-9; Hebreos 1.3; Apocalipsis 1.5. A continuación, debe añadirse una pregunta muy personal tal como, por ejemplo: “¿Puedes creer esto?” El preguntar por la fe no significa que la absolución dependa de la respuesta de la persona, pues si todo dependiera de una simple palabra de asentimiento, la ayuda pastoral se convertiría en una mera fórmula y no en lo que debe ser: el Evangelio. El sentido es ver hasta dónde ha llegado la voz de Dios en el corazón del doliente, si hizo efecto o si ha pasado de largo; si ha comprendido el Evangelio. Si el “poder confesar” es una gracia de Dios, también lo es el “poder creer”, y ello es la señal de que la absolución de parte de Dios ya ha sido impartida. Cuando en la cura de almas el pastor se da cuenta de que ya existe este “poder creer”, entonces no hay nada que impida la declaración de absolución.

No siempre es todo tan sencillo. Muy a menudo es necesario repetir una y otra vez las promesas de perdón; de las Escrituras, para entonces comenzar a ver una pequeña chispa de fe. Tan pronto como el pastor lo observa, puede declarar confiadamente, en, nombre del Señor, que el pecado ha sido perdonado. Vuelvo a insistir el perdón no depende de nuestra declaración, pero ayuda a la persona a aceptarlo y experimentarlo. No debe hacerse tal declaración precipitadamente, en virtud de las generosas promesas de la Escritura sino hasta estar seguro de que ha iniciado la fe. Entonces, las palabras de seguridad son eficaces ¡¡y la chispa que asoma en el corazón crece, hasta convertirse en potente fe.

© Editorial Clie. Tomado del libro Ocultismo y cura de almas. Usado con permiso. Apuntes Pastorales, todos los derechos reservados.

Fuente: http://www.desarrollocristiano.com/site.asp?seccion=arti&articulo=541

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. erasto
    may 04, 2009 @ 21:52:14

    buen material

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