La primera semana del mundo
El Génesis insiste en afirmar que la acción creadora de Dios tuvo lugar en el período de una semana. No una semana de quince mil millo nes de años, como propone el concordismo evolucionista, sino una se días de veinticuatro horas.
Pero, ¿por qué sólo una semana? ¿no está esto en contradicción con los datos de la ciencia? La semana de la creación ha dado muchos quebraderos de cabeza a los teólogos que, ante el triunfo de la teoría de la evolución, creyeron ver cierto paralelismo entre los días de la creación y las enormes eras geológicas requeridas por el transformismo. Aparentemente todo coincidía. Si el primer día era el Precámbrico, el segundo el Cámbrico, el tercero el resto de la Era Primaria, el cuarto la Era Secundaria y el quinto día el Terciario, al Cuaternario le correspondían dos días, durante el primero de los cuales habría aparecido la especie humana.
Es evidente que con este sospechoso método puede hacerse coincidir casi todo lo que se desee. Si además se usa el texto bíblico de 2a Pedro 3: 8, donde se dice que “para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día”, se podía quizás, exage los términos, llegar a la conclusión de que un día equivale mejor. Este tipo de razonamiento está de antemano condenado al fracaso porque no tiene en cuenta la intención del texto bíblico. Ya dijimos que la Escritura no es un libro de ciencia. El autor del Génesis no era un cientí resultaba necesario que se les diera una justificación científica de la creación. Y, en cualquier caso, Dios podría haber creado el mundo en miles de millones de años, en siete días de veinticuatro horas o en una milésima de segundo, pues nada hay imposible para él. Sin embargo, muchos creyentes aceptan hoy la llamada teoría del lapso, que afirma que entre Gn. l:lyGn. 1:2 pudieron haber pasado miles de millones de años durante los cuales el universo y, sobre todo, la Tierra adquirieron las condiciones adecuadas para el sustento de la vida. Y, llegado ese momento, podría haber empezado la creación de los seres vivos y del propio hombre, tal como lo relata el Génesis. Veremos este asunto más adelante pero ahora volvamos al tema que nos ocupa.
¿Cuál es el sentido de la semana de la creación tal como aparece en el relato bíblico? El Creador quiso darle al ser humano un ritmo de vida adecuado a sus necesidades biológicas y espirituales. A lo largo de la historia se ha demostrado que esta alternancia de seis días de actividad y uno de descanso es la que mejor se adapta a los requerimientos de las sociedades humanas. Las tentativas por cambiar tal sucesión semanal, como las décadas egipcias, las quincenas romanas o el calendario revolucionario francés, no prosperaron y finalmente siempre se impuso la semana de siete días. Desde luego, esto no demuestra el origen divino de la semana, pero sí supone una posible indicación. El marco de la semana es, pues, un medio pedagógico de mostrar al hombre cómo tiene que distribuir su tiempo entre las actividades laborales y el descanso durante el cual debe alabar a Dios.
Una segunda desmitificación importante a la que contribuye el texto bíblico con su insistente seriación día a día es, precisamente, aquella que se refiere a los mitos transformistas. La teoría de la evolución de las especies constituye un mito moderno que explica el origen natural del ser humano a partir de los animales y el de éstos progresivamente a partir de microorganismos acuáticos (Cruz, 2001,2004.) No obstante, dicha teoría no apareció espontáneamente con el naturalista inglés, Charles Danvin, en el siglo XIX, sino que tuvo sus orígenes más o menos rudimentarios en ciertos pensadores de la más remota antigüedad.
La cosmogonía egipcia, por ejemplo, suponía que los gérmenes de todas las cosas existían ya en una masa de agua eterna, llamada Nou, a partir de la cual habrían surgido todos los seres mediante una especie de emanación panteísta. Los textos súmenos, por su parte, aceptan un lento proceso de evolución humana en el que a partir de un régimen netamente animalesco se produjo una hominización hasta la vida salvaje y posteriormente hacia la vida ciudadana y culta (García Cordero, 1977.)
Entre los griegos y romanos hubo asimismo pensadores que defendieron el materialismo, el transformismo biológico y la aparición del ser humano a partir de otros animales. El filósofo griego Anaximandro, que vivió durante el siglo VE a. C., pensaba que los hombres nacieron dentro de los peces y después fueron expulsados del agua y pisaron la tierra (Abbagnano, 1982). En su obra Plutarco se refiere al origen del hombre en estos términos:
“En unprincipio, nació de criaturas de especie distinta, porque los demás seres vivos se ganan la vida enseguidaporsímismosysólo el hombre necesita de una larga crianza;poresta razón, dehabertenidosuforma original desde el principio, no habría subsistido. “(Templado, 1974:3.)
También el poeta latino, Tito Lucrecio Caro, que nació entre los años 99 a 95 a. C., describe en su obra, Dé la naturaleza de las cosas, el origen primitivo y simiesco de la raza humana:
“El uso aún no sabían del fuego, ni el de las píeles, ni cubrirse el cuerpo con despojos defieras;…antes se iban a los bosques, metiendo entre hojarasca sus miembros asquerosos, ni leyes ni morales relaciones entre sí establecer ellos sabían. “(Lucrecio Caro, 1969:222.)
Sin embargo, en contra de todas estas creencias transformistas, el texto bíblico de los orígenes pretende señalar con toda claridad que cada creación es el resultado de un acto independiente de Dios. La Biblia insiste en ello casi de manera que puede parecer excesiva. Después de cada día de actividad creadora se dice: “y vio Dios que era bueno”. No hay filiación evolutiva sino creaciones aisladas. No existe evolución entre unas especies y otras, sino que cada tipo básico es creado separadamente, “según su género” y “según su especie”.
Es evidente que los conceptos bíblicos de género y espede no se refiereí i j lo que hoy entendemos desde el punto de vista de la zoología o la botánica, Aquí no tiene lugar el fijismo decimonónico o la creencia de que las espr cies son fijas y no pueden variar. Dios crea mediante actos separados totlt tu los tipos básicos de organización animal y vegetal que después mediante l.i,i influencias del medio, el cruce selectivo, las mutaciones, el aislamiento, ele., podrán variar y adecuarse al entorno, dando lugar a los millones de especies biológicas existentes. Pero nunca aparece nada nuevo que no estuviera ya prefijado de antemano en el patrimonio genético de cada tipo creado. Se produce microevolución o variación dentro del tipo creado, pero no la ma-croevolución general de la célula al hombre que propone el evolucionismo.
Tampoco, en el texto bíblico, se da lugar al emanacionismo panteísia que lo hacía salir todo por evolución de las entrañas de lo divino. La luz es creada el primer día, la expansión de los cielos el segundo, mientras que en el tercero aparecen el mar, el suelo de tierra y los vegetales. El Sol como lumbrera mayor, la Luna como lumbrera menor y las estrellas surgen el cuarto día. Ni siquiera se escribe el nombre de tales astros para no recordar a los dioses paganos de otros pueblos, como los babilónicos, que fueron también adorados equivocadamente por los propios hebreos en algún momento de su historia (2 Re. 23:11.) Los peces y el resto de animales acuáticos son creados el quinto día. Por último, los animales terrestres y, aparte, el ser humano durante el sexto día. ¿Por qué tanta separación entre unos seres y otros? El relato quiere refutar todas aquellas leyendas que tantas religiones confundían o pretendían explicar de manera errónea a lo largo de la historia.
En algunas creencias antiguas, como el mazdeísmo de los medos y persas o la filosofía de la luz en la teología griega del Pseudodionisos, se proclamaba que la luz era una emanación de carácter divino y, por lo tanto, merecía veneración. Sin embargo, el relato bíblico niega tal creencia afirmando que la luz es sólo una creación más. No es de naturaleza divina. Dios existe antes que la luz. Es verdad que Dios es luz, pero la lux, no es Dios. Según la Biblia, la luz fue creada el primer día de la organización del mundo pero el Sol, sin embargo, no aparece hasta el cuarto. ¿Es que los hebreos no sabían que la mayor parte de la luz que llega a la Tierra proviene del Sol? ¿cómo podía haber luz sin Sol?
El relato desliga intencionadamente estas dos realidades para distinguir la luz de Dios, fuente de toda vida y de todo bien en la mentalidad hebrea, de la luz física del mundo que era mucho menos importante. La primera demuestra la omnipotencia y soberanía de Dios, mientras que la segunda indica su bondad y la confianza que tiene en el hombre al delegar en él parte de su poder. Uno de los significados de ser imagen de Dios es precisamente éste, el de seguir irradiando su luz divina en el mundo. Por el contrario, el Sol, la Luna y las estrellas no son divinidades como creían egipcios, caldeos, babilónicos, griegos, romanos y tantos otros pueblos, sino simples lámparas mediante las que Dios refleja su luz física sobre la Tierra, por eso se hacen visibles después, durante el cuarto día. Meras luminarias al servicio del ser humano para que éste pueda señalar las estaciones y programar así el año agrícola. Pero ni son dioses, ni ejercen influencia maléfica o benéfica sobre los mortales, ni predicen el futuro humano, ni tiene ningún sentido adorarlos.
El hecho de que aparecieran el cuarto día no significa necesariamente que tales astros fueran creados dicho día. Obsérvese que el versículo 16 dice: “E hizo Dios las dos grandes lumbreras”. Sin embargo, el primero afirma que: “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Se trata de dos verbos hebreos distintos. Hacer no es lo mismo que crear. Cuando Dios crea lo hace siempre a partir de la nada (ex nihiló), pero hacer puede significar también, “poner en orden lo que ya existía”. Por ejemplo, al decir que alguien “hace la cama”, se piensa normalmente en que ordena las sábanas y coloca bien la almohada. No en que construye o crea la cama. Pues bien, según ciertos hebraístas, éste sería también el sentido del texto bíblico. Durante el cuarto día, Dios abrió el telón de espesas nubes de vapor acuoso que existía en las expansión de los cielos, desvelando así las grandes lumbreras que ya habían sido creadas “en el principio” y pronunciando las palabras: “¡Que haya luces en el firmamento!
Adán resulta también notablemente diferente de los primeros hombres de otras concepciones religiosas. No es un hombre salvaje, como el Enkidu que aparece en la epopeya de Gilgamesh, y que vive en la estepa al mismo nivel que el resto de los animales de quienes desciende. Adán es inteligente como lo demuestra el hecho de poner nombre a los animales. Y no sólo de ponérselo sino, sobre todo, de acordarse después de cada nombre puesto. Sin embargo, es humano y no se siente a gusto entre animales. Continúa estando solo junto al resto de los seres vivos. No está completo hasta conocer a Eva, su esposa, varona y carne de su carne. Por el contrario, en la tradición mesopotámica, el primer hombre va adquiriendo poco a poco la inteligencia y, a la vez, perdiendo fuerza física en un extraño proceso de aferrÜnamiento, hasta llegar incluso a tener relaciones homosexuales con el propio Gilgamesh. Esta era una costumbre muy común en la civilización decadente de Mesopotamia.
No obstante, la Biblia rechaza la homosexualidad y defiende el matrimonio entre hombre y mujer, señalando ademas que ésta, al estar hecha a partir del hombre, posee una dignidad humana que es idéntica a la del varón. Nada que ver con aquél despectivo, “animal imperfecto”, con que Aristóteles definía a la mujer. No existe pues parecido sustancial entre el relato mesopotámico de la creación del hombre y el que nos ofrece el Génesis. Resulta interesante señalar aquí que este relato bíblico de la creación de la mujer a partir del hombre, posee otros relatos similares en pueblos tan alejados del Creciente Fértil como pueden ser los aborígenes australianos o ciertos habitantes de Birmania. En efecto, tanto los habitantes de Maori (Polinesia) como los karenos de Birmania creen que la mujer fue hecha del costado del primer hombre (García Cordero, 1977.) ¿Coincidencia casual o transmisión desde los orígenes?
Así pues, puede concluirse que el propósito fundamental del relato de la creación, realizada en el marco de una semana, es el de ofrecer las grandes verdades teológicas que sustentan la revelación dada en la Biblia. Y estas verdades son las siguientes:
1. Dios es eterno y creó el tiempo. Los seres creados estamos sometidos
al paso del tiempo pero el Creador existe desde antes del tiempo. Ante él, pasado, presente y futuro se dan la mano a la vez. Conoce los
acontecimientos futuros como nosotros podemos conocer el pasado.
2. Dios es inmaterial pero creó la materia. La creación tuvo lugar a partir de
la nada. Pero no de una nada material, como la que proponen hoy los físicos de partículas, sino de una nada absoluta. Dios crea pero no genera. Ninguna criatura es de su misma esencia, como propone el panteísmo. Nada le es consustancial o ha emanado de él. Es el auténtico otro, el que está más allá de su creación.
3. Dios es el fundador de la historia. Mediante la semana se ofrece al ser humano un marco temporal para que pueda desarrollarse. La Biblia no apela a ningún tiempo mítico como hacen las cosmogonías de otros pueblos. El tiempo del Génesis es histórico desde la primera semana, por ello no se requiere ningún tipo de reactualización del mito mediante el rito. La historia es un proceso irreversible y lineal, que tuvo un principio y tendrá un fin. No hay lugar para una historia cíclica en la que todo se repite, ni para teorías como la del eterno retorno.
4. Dios crea inmediatamente. Como afirma el salmista: “Porque él dijo, y
fue hecho; El mandó y existió” (Sal. 33:9.) Dios no necesita mediadores para crear, ni incluso el tiempo le resulta imprescindible. No crea una naturaleza en gestación o en transformación lenta para llegar finalmente a lo que se desea, sino un mundo terminado desde el primer momento. Una creación hecha mediante intervenciones separadas en las que los vegetales se distinguen perfectamente de los animales y del ser humano.
5. Dios hace las cosas bien. El relato bíblico repite varias veces que la crea-
ción era buena. A pesar de que hoy se piensa que el ser humano ha progresado mucho desde su aparición en el mundo, debido sobre todo a las ideas evolucionistas y marxistas, la Biblia presenta sin embargo todo lo contrario, un mundo perfecto que degeneró por culpa del pecado y la caída.
6. Dios crea en absoluta libertad. Los mitos antiguos concebían la creación
del hombre como una necesidad egoísta de los dioses para liberarse de su arduo trabajo. Pero el Creador del Génesis no crea por egoísmo sino por amor. Él no necesita al ser humano, sino que lo crea libremente sabiendo el riesgo que asumía al hacerlo. En efecto, el hombre le dio la espalda pero, a pesar de ello, el amor de Dios proveyó un plan de redención a través de Jesucristo.
7. Dios crea al serhumano a su imagen y semejanza. El hombre es la creación especial de Dios pues, a diferencia del resto de los seres creados, el libre y responsable de sus actos delante del Creador. Tiene conciencia de existencia. Puede pensar, inventar, modificar la naturaleza, reproducir la vida y, en definitiva, ser co-creador con el mismo Dios.
Además posee una dimensión trascendente, una espiritualidad que le permite levantar los ojos a los cielos y comunicarse con su Creador.
Estas son algunas de las principales verdades contenidas en el relato bíblico de los orígenes, que su autor inspirado por Dios quiso transmitir de generación en generación y que, afortunadamente, nos han llegado a pesar de las vicisitudes de la historia.
Fuente:
Antonio Cruz, La ciencia encuentra a Dios,pp. , ed. Clie
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