San Pablo ayuda a entender el significado de la conversión, según el Papa

San Pablo ayuda a entender el significado de la conversión, según el Papa

La conversión “es el camino hacia la unidad de los cristianos”
 CIUDAD DEL VATICANO, domingo 25 de enero de 2009 (ZENIT.org).- La experiencia de san Pablo puede ser “un modelo para toda auténtica conversión cristiana”, afirmó hoy Benedicto XVI, durante el rezo del Ángelus con los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

Gracias a la conversión de Pablo, explicó el Papa, aludiendo a la fiesta de la Conversión de San Pablo que hoy celebra toda la Iglesia, “podemos comprender el verdadero significado de la conversión evangélica”.

Aunque en el caso de Pablo “algunos prefieren no utilizar la palabra ‘conversión’, porque dicen que él ya era creyente y no tuvo que abandonar su fe para adherirse a Cristo”, el Papa recuerda que la experiencia de Pablo maduró en el encuentro con Cristo resucitado”.

“Fue este encuentro el que le cambió radicalmente la existencia. En el camino de Damasco sucedió para él lo que Jesús pide en el Evangelio de hoy: Saulo se convirtió porque, gracias a la luz divina, ‘creyó en el Evangelio'”, explicó.

“Su conversión y la nuestra -observó el Pontífice-, consiste en creer en Jesús muerto y resucitado y en abrirse a la iluminación de su gracia divina”.

En aquel momento, de hecho, “Saulo comprendió que su slavación no dependía de las obras buenas realizadas según la ley, sino del hecho de que Jesús había muerto también por él -el perseguidor- y que estaba, y está, resucitado”.

Según el Papa, “esta verdad, que gracias al bautismo ilumina la existencia de todo cristiano, alumbra completamente nuestra forma de vivir”.

Convertirse, por tanto, significa “creer que Jesús se ha entregado a sí mismo por mí, muriendo en la cruz, y que resucitado, vive conmigo y en mí”.

Confiando en “el poder de su perdón, explicó el Papa, podemos “salir de las arenas movedizas del orgullo y del pecado, de la mentira y de la tristeza, del egoísmo y de toda falsa seguridad, para conocer y vivir la riqueza de su amor”.

SALVADOS POR SU MISERICORDIA 

 
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La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él.

Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él.

Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose maldición por nosotros (pues está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»),

Pero por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención,

Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo, nuestro Salvador,

Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por amor a él lo he perdido todo y lo tengo por basura, para ganar a Cristo y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que se basa en la Ley, sino la que se adquiere por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios y se basa en la fe.

Ro.3:22 II Co.5:21 Ga. 3:13 I Co. 1:30 Tit.3:5,6 Fil. 3:8,9

La doctrina de la guerra justa

Nº 10 – IX JORNADAS LIBERALES IBEROAMERICANAS

La doctrina de la guerra justa

El concepto de guerra justa nace de una terrible y en apariencia insoluble paradoja, la de considerar la guerra como un fenómeno malo y perverso no sólo ética sino también espiritualmente y, a la vez, la de tener que aceptarlo precisamente para evitar males mayores. En ese sentido, se trata de una teoría surgida en el seno de una religión medularmente pacifista como es el cristianismo pero, a la vez, comprometida desde hace siglos en la tarea de defender Occidente de peligrosas amenazas.

Esta circunstancia paradójica sirve por sí sola para explicar porqué la Antigüedad clásica desconoció el concepto de guerra justa. En la antigua Grecia prevalecía fundamentalmente el concepto de supremacía que legitimaba las intervenciones contra los bárbaros inferiores. Semejante visión se halla, por ejemplo, en Platón y Aristóteles y sirvió de soporte legitimador para las conquistas imperiales de Alejandro. El orbe podía verse sometido a una invasión aculturizadora pero era, desde luego, por su bien.

En el caso de Roma prevaleció mucho más un concepto que hoy podríamos denominar de “seguridad colectiva”. Lo que proporcionaba legitimidad a las guerras, primero, de la República y, posteriormente, del imperio era la necesidad de asegurar una zona de estabilidad internacional. Que esa noción no estuvo exenta de intereses bastardos está fuera de duda pero, en cualquier caso, proporcionaba un límite teórico a los conflictos bélicos.

Esta visión de la guerra como un fenómeno explicable por diversas causas pero, desde luego, no demasiado necesitado de legitimación lo encontramos incluso en el antiguo Israel. Ciertamente, Israel brilló por unas alturas éticas sin paralelo completo en la Antigüedad y no es menos cierto que esperaba la llegada de una época de paz inaugurada por el mesías en la que desaparecerían para siempre las guerras [1]. Sin embargo, distó mucho de desarrollar un concepto de guerra justa siquiera porque la realidad de esta situación no permitía mucho espacio para especular ni tampoco colisionaba con los preceptos de la Torah mosaica.

Al respecto, el cristianismo implicó un cambio esencial en estos diversos puntos de vista. La ética de Jesús – calificada, por ejemplo, por John Driver como “ética de exceso” [2]– incluía mandatos tan extremos como el de amar al enemigo, perdonar a los que nos han causado ofensas u orar por los que nos injurian [3]. Resulta difícil conciliar conductas como ésas con la guerra pero es que, por añadidura, el mismo Jesús excluyó expresamente la práctica de aquella de los comportamientos seguidos por sus discípulos. A Pedro le dijo que el recurso a la violencia incluso defensiva resultaba inaceptable [4] y a Pilato que precisamente porque su reino no era de este mundo sus seguidores no combatían [5]. La propia conducta apostólica va en esa misma línea y aparece recogida, por ejemplo, en máximas como la de san Pablo [6] al afirmar que el mal sólo puede ser vencido por el bien.

Durante los tres primeros siglos del cristianismo esta conducta de condena de la guerra sin ningún género de paliativos se expresó en tres vías – la teológica, la canónica y la martirial – de manera clara e innegable. Todos los teólogos hasta inicios del siglo IV de Arnobio a Orígenes, de Tertuliano a Lactancio pasando por un largo etcétera no sólo condenaron la guerra sino que manifestaron que ningún cristiano podía servir en el ejército ni siquiera en tiempo de paz. La opinión teológica se apoyaba, desde luego, en los textos canónicos donde abundaban los listados de trabajos prohibidos para un cristiano. Así, en los cánones de san Hipólito, se podía condenar de la misma manera que un cristiano se dedicara a la prostitución, como al tráfico de esclavos o a servir en el ejército. Semejante posición se vio regada con sangre. Mártires como Julio, un antiguo centurión, o Maximiliano prefirieron morir a entrar en las filas del ejército.

Esta postura se vio amenazada con claridad a inicios del s. IV. Contra lo que suele afirmarse, Constantino no convirtió el cristianismo en religión estatal pero sí otorgó un grado de tolerancia a las iglesias que hasta entonces había sido impensable y el imperio, de manera inesperada, comenzó a convertirse para muchos cristianos no en un lugar de paso sino en algo que se contemplaba como propio. El abandono del pacifismo no fue rápido ni brusco. Todavía en el concilio de Arles de 312 se afirmaba que los cristianos podían negarse a combatir si se producía un choque armado pero ya se admitía su entrada en las legiones. A mediados de siglo, la postura sufriría mutaciones mayores.

Agustín de Hipona no fue ciertamente el creador de la doctrina de la guerra justa como se ha afirmado en ocasiones pero sí fue uno de los primeros teólogos que intentó conciliar las enseñanzas de Jesús con la defensa de un imperio que en buena medida era cristiano y que intentaba sobrevivir al asalto de bárbaros no pocas veces paganos amén de sanguinarios. La síntesis agustiniana – presente también en Ambrosio de Milán y otros padres – admitía el pacifismo privado (todos debemos perdonar a los que nos ofenden y orar por nuestros enemigos), aceptaba el pacifismo total de unos pocos (los monjes llamados a seguir el camino de perfección, por ejemplo) pero indicaba que el imperio no podía incorporar ese punto de vista como política pública y que su defensa era lícita. Aún más, los cristianos debían contribuir a ella como buenos ciudadanos.

El oriente cristiano siguió una evolución similar aunque, curiosamente, puso un mayor empeño en extremar las medidas preventivas que sirvieran para evitar una guerra. Creó así una diplomacia hábil que buscaba mantener la paz y que sería acusada de doblez bizantina. En realidad, como supo señalar Steven Runciman, detrás de muchas de las maniobras bizantinas tan sólo se hallaba un deseo de salvaguardar la paz y evitar llegar a una conducta tan necesaria pero, a la vez, tan anticristiana como era la guerra.

La Edad Media implicó la aparición de nuevos cambios en el proceso de legitimación de la guerra por parte de occidente. De entrada, el islam apareció en oriente y en muy pocos años se extendió como un reguero de pólvora por países históricamente cristianos acabando con cualquier vestigio de libertad y amenazando a los pueblos que aún quedaban libres de su dominio. Esta situación se tradujo en la aparición del concepto de cruzada ajeno al cristianismo original y no surgido hasta casi tres siglos después de que el islam sometiera a occidente a un cerco de sangre y destrucción. Ciertamente fue una reacción tardía pero indica hasta qué punto los reinos cristianos veían la guerra con repugnancia. Finalmente, el imperio quedó atomizado en multitud de reinos que se confesaban cristianos y que necesitaban defensa frente a agresiones externas.

El occidente y el oriente cristianos intentaron en medio de un contexto verdaderamente hostil – al islam no tardó en sumarse la segunda oleada de invasiones procedentes del este en muchos casos – conciliar nuevamente la cosmovisión cristiana con la perentoria necesidad de defenderse. El resultado fue variopinto porque junto al concepto de cruzada ya señalado se mantuvo un pacifismo extremo en ciertos segmentos sociales (como los monjes [7]), se creó el primer derecho humanitario de guerra que mediante instituciones como la paz de Dios o la tregua de Dios intentaron paliar los efectos y la duración de los conflictos armados y, sobre todo, gracias a la Escolástica, se articuló una doctrina más elaborada de la guerra justa.

La doctrina escolástica de la guerra justa giraba, fundamentalmente, sobre tres ejes. El primero era la legitimidad de la defensa propia. Tal y como lo expresaba Tomás de Aquino:

“La acción de defenderse puede entrañar un doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del agresor… solamente es querido el uno; el otro, no” [8]

El segundo eje era la mesura en la respuesta. Demasiado era que se tuviera que privar de la vida a alguien. Por eso, se esperaba que la defensa propia resultara congruente:

“Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia de manera mesurada, la acción sería lícita… y no es necesario para la salvación que se omita este acto de protección mesurada a fín de evitar matar al otro, porque es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por la del otro” [9]

Finalmente, la Escolástica exigía que la respuesta bélica contara con posibilidades de éxito. De hecho, una guerra defensiva sin algún indicio de que podría concluir en triunfo resultaba inmoral en la medida en que implicaba un derramamiento de sangre – propio y ajeno – inútil. Esta circunstancia resultaba de especial relevancia en episodios como podía ser la rebelión, el derecho a la cual fue estudiado meticulosamente por la Escolástica.

El gran revulsivo que para occidente significaron el Renacimiento y la Reforma dejó también su impronta en la doctrina de la guerra justa. Ciertamente, algunos teólogos – como Erasmo en su Quaerella pacis o los anabautistas suizos y holandeses – retornaron a los principios pacifistas del Nuevo Testamento pero, en general, se buscó conciliar el repudio de la guerra con su regulación. A ello obligaba no sólo el fenómeno del descubrimiento de nuevos mundos allende los mares sino también los enfrentamientos entre príncipes surgidos no sólo del final del Medievo sino especialmente de las guerras de religión que ensangrentaron Europa hasta la paz de Westfalia de 1648.

El papel de los juristas teólogos españoles en este desarrollo fue, sin duda, esencial. Francisco de Vitoria, padre del derecho internacional, admitió como guerra justa no sólo la defensiva sino también la punitiva contra un enemigo culpable. Las condiciones para que una guerra fuera justa serían la declaración por la persona con autoridad para ello (comúnmente el príncipe), la inevitabilidad del conflicto para salvaguardar la paz y la seguridad, y el uso mesurado del triunfo.

De manera impecable, Vitoria no consideraba justas las guerras entabladas por disparidad de religión o por deseo de conquista o de gloria. Igualmente condenó la crueldad de los conquistadores españoles en América o la matanza de inocentes y prisioneros. Vitoria incluso llegó hasta el punto de pensar – antes de William Penn en el siglo siguiente – en la conveniencia de que existiera una especie de organización internacional que dirimiera conflictos y evitara las guerras. La mayor diferencia entre ambos estuvo en el hecho de que Vitoria la concebía en clave imperial y Penn como federación de naciones.

A pesar de la importancia de Vitoria, no puede decir que fuera el único interesado en el problema de la guerra justa. También llamó la atención de otros juristas teólogos como Fernando Vázquez de Menchaca, Ginés de Sepúlveda, Domingo de Soto, Baltasar de Ayala, Domingo Bañez, Diego de Covarrubias y Leiva y un largo etcétera y, por supuesto, fue abordado desde la óptica del protestantismo.

Las formulaciones de los reformadores sobre la guerra justa – si exceptuamos a los mencionados anabautistas – fueron claramente tributarias de la teología agustiniana, un hecho que ni católicos ni protestantes gustan de reconocer. De hecho, la enseñanza de Lutero sobre unas normas privadas que deben seguirse en relación con los enemigos y que no tienen porqué coincidir con la conducta seguida por un estado brotan de manera directa del teólogo de Hipona.

Posiblemente, el pensamiento protestante más original fue el surgido de las obras de Hugo Grocio[10]. Las tesis de Grocio acabaron encontrando una cristalización legal en las convenciones del derecho humanitario de guerra de La Haya[11] y Ginebra y resulta lógico que así fuera porque su principal preocupación fue la de moderar la dureza de los conflictos armados. De la guerra justa debía excluirse, por ejemplo, la muerte de los rehenes, la ejecución de prisioneros – salvo que estuviera en peligro la vida del vencedor – la destrucción de bienes materiales de los vencidos y la aniquilación de la libertad de los derrotados especialmente en el terreno religioso.

La Edad contemporánea iba a mostrar hasta qué punto las preocupaciones de Grozio estaban asentadas en la realidad. De entrada, Napoleón implantó un sistema de servicio militar obligatorio que extendió las cargas de los combates a todo el sector masculino del país en una situación que realmente carecía de precedentes. En segundo lugar, las armas conocieron una extraordinaria sofisticación que, difícilmente, hubiera podido ser prevista en la Edad Media o incluso en el barroco. Al aumento de la capacidad letal de la artillería se sumaron, por ejemplo, el uso del gas venenoso desde 1916, el tanque en el mismo año, las ametralladoras, la aviación con fines militares y, como trágico colofón, las armas bacteriológicas y atómicas. No resulta extraño que, por primera vez en la Historia, las guerras se convirtieran en conflictos cuyas víctimas eran fundamentalmente las poblaciones civiles y no los combatientes en el frente y que ni siquiera la distancia del campo de batalla librara a los no militares de sufrir el impacto directo de las armas. Mientras que en la primera guerra mundial el número de civiles muertos no llegó al diez por ciento de la cifra total, en Vietnam superó el ochenta por ciento de las bajas. Las cifras difícilmente pueden resultar más elocuentes.

No puede sorprender, por lo tanto, la preocupación por humanizar las guerras ni tampoco la codificación del derecho humanitario de guerra o la aparición de la Cruz roja. Se trataba simplemente limitar los efectos de formas de matar que cada vez eran más extensivas.

Estos aspectos lógicamente se reflejaron en la doctrina de la guerra justa no cambiando pero sí afinando algunos de sus postulados seculares. Por ejemplo en el Nuevo catecismo de la iglesia católica se consideran como requisitos para que una guerra sea justa:

“Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.

Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.

Que se reunan las condiciones serias de éxito.

Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición”.[12]

El último requisito intenta responder a las nuevas condiciones que atraviesa la especie humana y, desde luego, es un eco de la encíclica Gaudium et Spes donde ya se indicaba que “toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes, es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones” [13]

Lo cierto, sin embargo, es que durante el siglo veinte la doctrina de la guerra justa trascendió ampliamente el terreno del discurso teológico cristiano o de la esfera de influencia en naciones sociológicamente cristianas y penetró profundamente en textos jurídicos nacionales e internacionales. Posiblemente, el más reciente e importante sea la Resolución sobre la pacificación justa (210/1998) adoptada por la Asamblea general de la Organización de las Naciones Unidas. En este texto se reconoce el derecho a la intervención armada y se intenta sujetarlo a una serie de requisitos concretos:

“La intervención debe responder a una necesidad verdadera y genuina que no puede ser resuelta por otros medios.

Debe tener una posibilidad razonable de aliviar las condiciones que busca superar.

Debe tratarse de un rescate humanitario y no esconder la búsqueda de intereses económicos o de seguridad de los poderes que intervienen.

La intervención, siempre que sea posible, debe tener auspicio internacional para lograr la mayor legitimidad posible.

Debe impulsar el bienestar general de todos los habitantes de la región en cuestión y no debe convertirse en un medio para que las élites poderosas afirmen su poder.

La intervención debe involucrar el grado mínimo de coerción necesaria para lograr los objetivos de la acción.

Una intervención por medio de sanciones punitivas debe estar dirigida en contra de las autoridades y no contra sectores generales de la población”

El texto plantea serios problemas en su aplicación práctica como el de declarar ilegítima las intervenciones armadas en defensa de la “seguridad” – ¿porqué la seguridad debería ser ilegítima? – o el de definir el “grado mínimo de coerción” pero, sin duda, muestra hasta qué punto la doctrina de la guerra justa ha ido adquiriendo carta de naturaleza en terrenos bien distintos de aquellos que la vieron nacer.

Señalaba al principio que la doctrina de la guerra justa es fruto de una considerable paradoja y concluyo ahora mencionando su aporte innegable en el terreno de humanizar un fenómeno tan inhumano como el de la guerra. Seguramente, con ello muestra las graves servidumbres a las que se encuentra sometida la especie humana y la forma en que intenta enfrentarse con ellas airosamente. Quizá pueda expresar con más claridad lo que deseo decir refiriendo una anécdota de la vida de Abraham Lincoln [14]. El presidente norteamericano mostraba un especial aprecio por los cuáqueros. No se trataba sólo de que sus antepasados hubieran sido cuáqueros venidos de Inglaterra sino fundamentalmente de que esta peculiar confesión religiosa vivía un dilema moral con el que – creo sinceramente – él mismo se sentía identificado. Durante el curso de la guerra de secesión, Lincoln recibió a varias delegaciones de ellos en la Casa Blanca y, por regla general, se vio obligado a escuchar sus peticiones para que acelerara el proceso de emancipación de los esclavos. En una de esas ocasiones Lincoln tuvo que indicarles la dificultad de atender a esa súplica y, a la vez, comportarse debidamente en otros sentidos y tomó como ilustración la situación que atravesaban los cuáqueros. Pacifistas y antiesclavistas, deseaban a la vez la libertad de los esclavos y no participar en la guerra. Al estallar ésta, se habían visto atrapados en un dilema moral de enorme envergadura. Si seguían siendo pacifistas, no podrían contribuir a la liberación de los esclavos y si se aferraban a su antiesclavismo sólo podrían consumarlo tomando las armas. Lincoln también sufría ese dilema, el de odiar la guerra y, a la vez, el de tener que librarla para salvar la democracia y la unión nacional, y una tensión similar se percibe en la doctrina de la guerra justa. Surgió en el seno del cristianismo como un intento de conservar su vocación pacifista y, a la vez, enfrentarse con el mal que se cernía sobre los inocentes. Se trataba, sin duda, de una paradoja – como la de los cuáqueros – de difícil solución y posiblemente nos acompañará hasta el final de los tiempos.


[1] Véase al respecto Isaías 2, 4; Zacarías 9, 9-10.

 

[2] J. Driver, Militantes para un mundo nuevo, Barcelona, 1977.

[3] En ese sentido, especialmente el Sermón del monte contenido en Mateo 5-7.

[4] Mateo 26, 52.

[5] Juan 18, 36.

[6] Romanos 13, 31.

[7] O los grupos heterodoxos que estaban dispuestos a vivir como los primeros cristianos. Tal fue el caso de valdenses, hermanos checos o lollardos.

[8] Summa Theologica 2-2, 64, 7.

[9] Summa Theologica, 2-2, 64, 7.

[10] A pesar de todo, Grocio estuvo muy influido por Menchaca, por ejemplo, en cuestiones relacionadas con el derecho del mar.

[11] El papel del zar Nicolás II en la Haya fue francamente extraordinario y en buena medida se le puede considerar el alma de la conferencia. De manera quizá no tan sorprendente su impulso procedía de escrúpulos de conciencia cristianos ante los efectos terribles de las nuevas armas. 

[12] Catecismo de la iglesia católica 2309.

[13] GS 80, 4.

[14] La refiero detalladamente en ¡Oh capitán, mi capitán!. La vida y los tiempos del presidente Lincoln, en prensa.

http://www.libertaddigital.com/ilustracion_liberal/articulo.php/202

 

Warren/Robinson dos estilos de oración

Warren/Robinson dos estilos de oración

domingo, 25 de enero de 2009

obama-orando.jpgSegún una nota publicada en el Periódico New York Times el pastor anglicano Gene Robinson abiertamente homosexual y casado con un hombre dió acerca de la oración hecha por Rick Warren en el acto de toma de poder de Barack Obama.  Robinson manifestó que “…el dios al que él ha orado no es el Dios que el conoce”.     

Como se sabe el obispo episcopal también hizo una oración en un acto oficial invitado por el mismo Obama en el cual pide entendimiento a Dios que hace que “en nuestra diversidad somos más fuertes”.  son dos estilos de oración totalmente diferentes, pero ambas nos llevan a la reflexión.  Es por ello que transcribimos las dos oraciones y que el lector saque sus propias conclusiones, claro está el foro de comentarios está abierto para la “diversidad” de opiniones

La Oración de Rick Warren

Warren, hizo la oración de investidura mencionándo a Jesús en inglés, en español, en árabe (Isá) y en hebreo (Yeshuá), y concluyó la misma el Padrenuestro, tal y como se lee a continuación.

”      Dios Todopoderoso, Padre Nuestro, todo lo que vemos y lo que no podemos ver existe solo por Ti. Todo viene de Ti, todo te pertenece, todo existe para tu gloria. La Historia es tu historia.

La Escritura nos dice: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, Uno es el Señor”. Y Tú eres compasivo y misericordioso y amas a todos los que has hecho.

Ahora, hoy, nos regocijamos. No sólo porque en América ha habido una transferencia de poder pacífica por 43ª vez. Celebramos un punto crucial en la historia con la inauguración de nuestro primer presidente americano-africano de los Estados Unidos. Estamos muy agradecidos de vivir en esta tiera, una tierra de posibilidades sin igual, donde el hijo de un inmigrante africano puede subir al más alto nivel de nuestro liderazgo. Y sabemos hoy que el doctor King y una gran nube de testigos están gritando en el Cielo.
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Da a nuestro presidente, Barack Obama, la sabiduría de dirigirnos con humildad, el coraje de dirigirnos con integridad, la compasión para dirigirnos con enerosidad. Bendice y protégele, a él, a su familia, al vicepresidente Biden, al Gabinete y a cada uno de nuestros líderes libremente elegidos.

Ayúdanos, oh Dios, a recordar que somos americanos. Unidos no por la raza o la religión o la sangre, sino por nuestro compromiso con la libertad y justicia para todos.

Cuando nos centramos en nosotros mismos, cuando nos peleamos, cuando te olvidamos, perdónanos.

Cuando presumimos de que nuestra grandeza y prosperidad es sólo nuestra, perdónanos.

Cuando no tratamos a nuestros compañeros, seres humanos, y a toda la tierra con el respeto que merecen, perdónanos.

Y a medida que afrontamos estos días difíciles, que nazca una nueva claridad en nuestras intenciones, responsabilidad en nuestras acciones, humildad en nuestros esfuerzos y civilidad en nuestras actitudes, incluso cuando diferimos.

Ayúdanos a compartir, a servir y a buscar el bien común de todos. Que todas las personas de buena voluntad se unan para trabajar juntas por una nación más próspera, saludable, justa, y por un planeta pacífico.

Que nunca olvidemos que un día, todas las naciones, todas las personas, estaremos de pie ante Ti para rendir cuentas.

Ahora presentamos a nuestro nuevo presidente, y a su esposa Michelle y a sus hijas, Malia y Sasha, bajo tu amoroso cuidado. 

Lo pido humildemente, en el Nombre de quien cambió mi vida: Yeshuá, Isá, Jesús. Jesús, que nos enseñó a orar:

Padre Nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre. venga a nosotros tu Reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, y perdona nuestras ofensas, como perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del Mal. Porque tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria, por siempre. Amén.”  

La creatividad de Gene Robinson 

El polémico obispo anglicano enfatizó en la diversidad y pidió a Dios bendiciones de ira, lágrimas e inconformidad

Oh Dios de nuestra diversidad de entendimiento, oramos para que …

Nos bendigas con lágrimas – en un mundo en el que más de mil millones de personas subsisten con menos de un dólar al día, donde las mujeres jóvenes en muchos países son golpeadas y violadas por querer una educación, y miles mueren diariamente por mala nutrición, por malaria y por sida.

generobinson2009-2201.jpgNos bendigas con la ira – por la discriminación (tanto aquí como en el extranjero) contra los refugiados y los inmigrantes, las mujeres, las personas de color, los homosexuales, las lesbianas, las bisexuales y las personas transgénero.

Nos bendigas con la incomodidad – ante “respuestas” fáciles y simplistas que hemos preferido escuchar de nuestros políticos, en lugar de la verdad, acerca de nosotros mismos y del mundo que debemos enfrentar si queremos estar a la altura de los desafíos de la futuro.

Nos bendigas con la paciencia – y el conocimiento de que ninguno de nuestros problemas serán “solucionados” rápidamente y con el entendimiento de que nuestro nuevo presidente es un ser humano, y no un mesías.

Nos bendigas con humildad – abiertos comprentder nuestras propias necesidades que deben ir siempre equilibradas con las de el mundo. 

Nos bendigas con la libertad desde la verdadera tolerancia – reemplazándola con genuino respeto y cálido abrazo en nuestras diferencias, y un entendimiento de que en nuestra diversidad somos más fuertes.

Nos bendigas con la compasión y la generosidad – recordando que en toda religión Dios nos juzga por forma como trataos a las persnas más vulnerables de la comunidad humana, ya sea en la ciudad o en el mundo.

Y Dios, te damos gracias por tu hijo Barack, que asume el cargo de Presidente de los Estados Unidos.

Dale sabiduría en estos años, e inspírale con el estilo del liderazgo reconciliador de Lincoln, con la habilidad del Presidente Kennedy para lograr nuestros mejores esfuerzos, y con el sueño del Dr. King por una nación para todas las personas.

Dale un corazón tranquilo, pues el capitán del Estado necesita calma constante en todo tiempo para dirigir.

Dale palabras de impulso porque necesitará inspiración y motivación ante los sacrificios comunes que debemos afrontar en los retos que se nos avecinan.

Hace ciego ante llos colores, recordándole sus propias palabras de que bajo su dirección, no habrán estados rojos ni azules, sino Estados Unidos.

Ayúdale a recordar su propia opresión por ser minoría, su propia experiencia ante la discriminación, pues podria cambiar la vida de las personas que aún son víctimas.

Dale la fuerza necesaria para encontrar el tiempo para la intimidad familiar, y ayúdale a recordar que a pesar de que es presidente, como padre sólo vive una vez la infancia de sus hijas.

Y, por favor, Dios, manténlo a salvo. Sabemos que pedimos mucho a nuestros presidentes, y le estamos pidiendo demasiado a este. Sabemos el riesgo que él y su esposa están tomando por todos nosotros, y te imploro, oh buen y gran Dios, que lo mantengas seguro. Sostenle en la palma de su mano – para que pueda hacer 

el trabajo que hemos asignado, que pueda encontrar la alegría en este llamado, y finalmente nos conduzca como nación a la integridad, a la prosperidad y a la paz.

AMEN.

Escrito por entreCristianos

 Ese, no es mi Dios…

Esta es la frase de todos aquellos que se han alejado de la verdad bíblica. Siempre he escuchado a muchos, inclusive familiares, decir en ocasiones: Ese, no es mi Dios! Por supuesto que ese, el Dios de la Biblia, no es su dios. Esta entrada es el resultado de dos comentarios que leí, uno en un blog, y el otro en un periódico americano.En Seeing Clearly, un comentarista, respondiendo a otro comentariste quien dijo, “Él [Dios] se deleita utilizando las dificultades en nuestras vidas para llevarnos a una mejor adoración suya.” Cierto que su teología de la providencia de Dios no está muy afinada, pero lo que sí me preocupó fue la respuesta a este comentarista. En el siguiente comentario, un hombre escribe, 

“Este no es el Dios al que sirvo. Hay cosas a las cuales debemos decir, “Yo no sé.” No creo en un Dios que se deleita usando las dificultades para llevarnos a Él.Si un padre se deleitara castigando a sus hijos, le llamaríamos un abusador.” [1]

Además, en  US News apareció un reportaje acerca del nombramiento del presidente electo norteamericano, Barack Obama, del obispo episcopal Gene Robinson, un homosexual declarado, diciendo lo siguiente,

“Estoy a favor de que Rick Warren esté en la mesa. Pero no estamos hablando de una discusión; estamos hablando de poner a alguien al frente y centro de lo que será la más vista inauguración en la historia, y pedir su bendición a la nación. Y el Dios al que él [Warren] le ora no es el Dios que yo conozco.”
Un sí para ambos hombres. Tanto el comentarista como Robinson tienen razón de que su dios no es el Dios de los cristianos. Debemos siempre tener presente que nosotros no creamos a Dios, ni podemos conocerle fuera de Su revelación especial. Según Romanos 1, es cierto que todos los hombres tienen la capacidad de conocer a Dios en su revelación general, es decir, la creación, pero esa capacidad ha sido devastada por el pecado. Fue por ello que Dios se reveló en Su palabra, para que los hombres pudieran conocerle.

Muchos tratan a Dios como si fuera un objeto. “Es mío!,” dicen. Dios es eterno. Nosotros somos sus criaturas, y la única manera de conocerle es a través de Su palabra. Pero que ha hecho Robinson? Ha desechado la verdad y autoridad de la Biblia, para adorar a un dios creado a su imágen. Robinson le ora a un dios falso. No es eso lo que dice Romanos 1?
“21 Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. 22 Profesando ser sabios, se hicieron necios, 23 y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. 24 Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, 25 ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.”Romanos 1: 21-25

Es decir, por rechazar al Dios verdadero, revelado en la creación, Dios los entregó a la inmundicia, “de modo que deshonraron sus propios cuerpos.” Quien es Gene Robinson? Un obispo homosexual que cree que su dios acepta su homosexualidad. Digo yo, ese no es el Dios de la Biblia. Robinson dice: el Dios de la Biblia no es mi dios.

Pero, no dice la Biblia que Dios mismo nos ha concedido el sufrimiento a nosotros los creyentes? Porqué este comentarista cree que si Dios nos hace sufrir es un abusador? Sencillamente porque ha rechazado al Dios de la Biblia. Todo lo que Dios le da a sus hijos adoptados en Cristo, es lo mejor para ellos, y sirve para que Él sea glorificado. Veamos unos ejemplos bíblicos,
“Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” Filipenses 1: 29

“12 Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, 13 sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría.” 1 Pedro 4: 12-13

Dios no sólo le concede a los creyentes la fe para creer en Cristo, sino que también le concede sufrimientos, para que padezcamos por Cristo, y así sea Él glorificado. No es lo mismo que escribe Pedro? Este sufrimiento que nos es dado por Dios nos conlleva a el eterno gozo.

Este es el Dios de la Biblia. Este es el Dios que está siendo rechazado por millones de personas, que han creado dioses a imágen suya. Por ello es nuestro deber predicar al Dios de la Biblia con fervor, para que el mundo conozca la verdad.

1http://seeingclearly.wordpress.com/2008/03/06/is-the-creation-account-of-genesis-a-poem-as-rob-bell-claims/#comment-1101

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500 Aniversario!

500 Aniversario!

Posted: 01 Jan 2009 08:04 PM CST

Este año para conmemorar los quinientos años del nacimiento de Juan Calvino, se ha organizado una conferencia en Paris y Estrasburgo, Francia, y en Berna y Ginebra, Suiza, en donde se combinará la historia, cultura y la espiritualidad para recordar la vida del Reformador.

Enre los panelistas estarán grandes teólogos como Ligon Duncan, Carl Trueman, Philip Ryken, Joel Beeke, Sinclair Ferguson, Douglas Kelly, Bryan Chapell, Steve Lawson, entre otros.

Pueden visitar el blog de a conferencia para encontrar valiosa información. Además, si desean registrarse, pueden visitar esta página. Háganlo pronto antes de que se agote el espacio. Pueden obtener toda la información del tour aquí.

Institución de la Religión Cristiana: 1.6.1 al 1.8.13

Institución de la Religión Cristiana: 1.6.1 al 1.8.13

Posted: 24 Jan 2009 10:23 AM CST

La semana pasada vimos los primeros cinco capítulos del primer libros de la Institución de Calvino. En esa entrada nos dimos cuenta que Calvino pensaba que la verdadera sabiduría venía del conocimiento de Dios y del hombre.

El reformador demuestra la grandeza y gloria de Dios y la depravación del hombre, causa por la que no puede llegar a conocer a Dios mediante la revelación general, es decir, la creación. Esto, a pesar de que Dios da a conocer sus atributos en ella. Calvino, entonces, nos muestra que el hombre sólo puede llegar al conocimiento verdadero y salvador de Dios a través de las Escrituras. Aquí es donde continúa.

1.6.1-1.6.4 La Necesidad de las Escrituras, como guía y maestro para llegar a Dios como Creador.

Juan Calvino escribe en este capítulo que Dios, para condenar al mundo, le muestra un espejo de su deidad en Su obra, es decir, en Su creación, pero sin embargo, dado que el hombre requiere de otra ayuda, Dios ha “agregado luz en Su palabra para darse a conocer para salvación, y otorgó ese privilegio sobre aquellosa quienes le plació para traerlos a una relación más cercana y familiar con él.

Para Calvino, las Escrituras ponen en orden todas las impresiones de Dios que estaban confundidos en nuestras mentes, “disipando la oscuridad.” Dios le da este regalo a la iglesia, y pone maestros los cuales hablan las palabras de Dios, no sólo para demostrar que debemos adorar a un Dios, sino que también Él es el Dios que merece ser adorado.

La Biblia es un verdadero regalo de Dios, por medio de la cual no sólo conocemos a Dios como Creador, sino como Redentor, en la persona del Mediador, y este conocimiento es necesario para la salvación de un hombre. Muchos hombres, escribe Calvino, cometen el error de no escuchar la palabra de Dios, creyendo que pueden alcanzar este conocimiento por sí mismos, lo cual queda demostrado es imposible, y por ello son endurecidos cada vez más. El hombre debe empezar por la enseñanza celestial, abrazando el testimonio que Dios nos brinda de sí mismo.

Pero, otra de las razones por las cuales Dios nos dio la Biblia es a causa de nuestro pronto olvido, evitando así que pudiera ser corrompida por las mentes humanas. Esto porque el corazón del hombre natural no puede evitar el error, sino hasta que Dios le implante el verdadero conocimiento de Él mismo, pues de no ser así todos los hombres trabajarían en vano y error.

1.7.1-1.7.5 El Testimonio del Espíritu Necesario para Dar Total Autoridad a la Escritura. La Impiedad de Pretender que la Credibilidad de la Escritura Depende del Juicio de la Iglesia.

En este capítulo Calvino combate el error de la iglesia católico romana. Dice el reformador, “La Escritura es el único registro en el que Dios se ha complacido para consignar Su verdad para recordatorio perpetuo, la total autoridad que deben poseer con los fieles no es reconocida, a menos que sean creídas que han venido del cielo, tan directo como si Dios haya sido escuchado hablándolas.” Es decir, la autoridad de la biblia no se debe a que la iglesia las reconozca, sino en que son las palabras de Dios.

Calvino ataca el error de creer que la importancia de la biblia depende de que los hombres la vean como tal, “como si la eterna e inviolable verdad de Dios dependiera de la voluntad de hombres.” Eso, dice Calvino, es un insulto al Espíritu Santo. Calvino lo demuestra diciendo que la iglesia fue fundada sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, es decir, la palabra de Dios, y por lo tanto la iglesia no tiene autoridad sobre la Biblia, sino todo lo contrario. Cómo sabemos lo que es de Dios? La Biblia, dice Calvino, “contiene en su rostro tan clara evidencia de su verdad, como el blanco y negro de su color, dulce y amargo de su sabor.

Nuestra fe en la doctrina bíblica no es establecida hasta que no tengamos una perfecta convicción de que Dios es el autor de las Escrituras. Esa convicción no viene de nosotros mismos, sino del testimonio del Espíritu Santo. Aquí Calvino escribe algo interesante,

“Hombres profanos piensan que la religión descansa solamente en la opinión, y por lo tanto para no creer tontamente, o sobre una base débil, desean e insisten tener probado por el razonamiento que Moisés y los profetas fueron divinamente inspirados. Pero les respondo, que el testimonio del Espíritu es superior a la razón. Pues como Dios sólo puede propiamente dar testimonio a Sus propias palabras, por lo tanto estas palabras no obtendrían el crédito total en los corazones de los hombres, hasta que sean sellados por el testimonio interno del Espíritu. El mismo Espíritu que habló por boca de los profetas, debe penetrar nuestros corazones, para convencernos que ellos dieron el fiel mensaje que les fue divinamente otorgado.”

Estando iluminiados por el Espíritu Santo ya no creemos que las Escrituras son de Dios basádos en nuestro propio juicio, sino por medio de un juicio superior al humano. Este privilegio, Dios se lo otorga a sus elegidos, a los cuales ha separado de la humanidad.

1.8.1-1.8.13 La Credibilidad de la Escritura Suficientemente Probada, entre tanto la Razón Natural lo Admite.

La verdad,” dice Cavino, “es vindicada en oposición a cada duda, cuando, no basándose por ayuda externa, tiene toda su suficiencia en ella misma.” La Biblia contiene la verdad divina, produciéndo en el hombre algo que ninguna obra humana, por más ingeniosa que sea, pueda producir jamás.

Pues la Biblia está repleta de evidencias que demuestran que ninguna mente humana las pudo producir. ningún texto de alguna otra religión ha permanecido posterior a la era de Moisés, como la Biblia. Por ejemplo, si Moisés hubiera escrito la ley, porqué estigmatizó a su propia tribu de Levi como instrumentos de crueldad; o porqué habló en contra de Aaron y Miriam cuando murmuraron contra él, siendo ellos sus hermanos; o porqué no le dio toda potestad a sus hijos en el sacerdocio, sino que les dio lo más bajo; o porqué exaltó a la tribu de Judá, como de quien saldría el Mesías? Si la Biblia hubiera salido de la mente de Moisés, conociendo el corazón de los hombres, lo hubiera utilizado para exaltarse a sí mismo, en lugar de humillarse, como queda claro en las Escrituras.

Además, todos los milagros registrados por Moisés. Cómo pudiera haber engañado a tantas personas haciéndoles creer que tales eventos verdaderamente ocurrieron? Porque tales milagros, en muchas ocasiones se oponían al mismo pueblo de Israel. Cómo Moisés pudo predecir que el hermano menor de una familia de pastores sería ungido tantos años después?

Dios ha preservado Su palabra milagrosamente, utlizando al rey Josías para encontrar de nuevo la Ley. A través de los escribas judíos, induciéndolos a copiar con prontitud las Escrituras, para evitar su destrucción a manos del rey Antiochus Epifanio. Utilizando la lengua griega, pues los judíos, muchos habían perdido el idioma hebreo, y así propagar Su verdad por todo el mundo.

Lo mismo con el Nuevo Testamento, cuya doctrina fue confirmada por la sangre de tanto santos. Estos hombres murieron en su defensa, no locamente, sino por causa de su divino origen. Esto hace de la Biblia algo difícil de refutar como la palabra de Dios. Sin embargo, dice Calvino, “Es tonto intentar probar a los infieles que la Escritura es la palabra de Dios. Esto no puede ser sabido, sino por fe.

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Institución de la Religión Cristiana: 1.1.1 al 1.5.15

Institución de la Religión Cristiana: 1.1.1 al 1.5.15

Posted: 17 Jan 2009 04:00 AM CST

Esta es la primera entrada con respecto a la lectura anual de la Institución de la Religión Cristiana de Juan Calvino. Lo que queda claro de esta primera lectura es la profundidad del pensamiento teológico de Calvino.

El día de hoy vamos a iniciar resumiendo la lectura de la semana correspondiente al 12-16 de enero del 2009, para lograr comprender lo que Calvino dice con respecto al conocimiento de Dios y del hombre.

1.1.1-1.1.3 El Conocimiento de Dios y de Nosotros Mismos Mutuamente Conectados. Naturaleza de la Conexión.

Como un buen teólogo sistemático, el reformador inicia su gran obra argumentando que la verdadera sabiduría proviene del conocimiento de dos opuestos, Dios y el hombre.

Ningún hombre puede llegar a conocerse a sí mismo, sin desconoce al Dios que le dio todo lo que posee. Ningún hombre puede conocer la eterna bondad de Dios, si desconoce su propia pobreza. Para Calvino, no podemos desearle ni apirar a lllegar hasta Dios si antes no nos hemos disgustado de nosostros mismos.

Pero el orgullo humano hace que el hombre se crea justo, sabio y santo. Así, ningún hombre puede contemplar el rostro de Dios, sino hasta que contemple su propia injusticia y maldad. Escribe Calvino, “Tan lejos están tales cualidades dentro de nosotros, que parecen más perfectas, de corresponder a la pureza divina.”

Por lo tanto, los hombres necesitan enfrentarse a la majestad de Dios para poder reconocer su insignificancia.

1.2.1-1.2.2 Qué es Conocer a Dios-Tendencia de este Conocimiento.

Aquí, Calvino no se refiere a la manera en la que el hombre llega a conocer a Dios como Redentor, sino que se refiere a ese conocimiento primitivo que nos muestra la divinidad, ya que Dios se presenta a la humanidad primeramente como Creador y luego como Redentor en Cristo.

No es sino hasta que el hombre reconoce que todo lo que es y todo lo que tiene se lo debe a Dios, que entregará todo su ser en obediencia a Dios. Pero, la ley de la creación obliga al hombre a adorarle, pues el hombre es Su criatura, y le debe todo a Dios.

Para el hombre piadoso, el único Dios que existe es el Dios de la Biblia. Este hombre no se contenta inventando un dios falso, sino que se somete al Dios verdadero. Se somete al Dios que aborrece y castiga el pecado, y que honra y enaltece al justo. El hombre piadoso, aunque no existiera el infierno, odiaría la idea de ofenderle.

“Esta es la religión verdadera,” dice Calvino, “la confianza en Dios junto con el serio temor, que incluye reverencia y trae consigo tal adoración como lo prescribe la ley.”

1.3.1-1.3.3 El Conocimiento de Dios Implantado Naturalmente en la Mente Humana.

Todo hombre que ha existido ha tenido implantado en su mente algún sentido de deidad. la propia conciencia humana es la que le condena, cuando sabiendo que Él es su creador, no le adora como corresponde. No existe, según Calvino, ningúna nación tan bárbara como para no tener ese conocimiento de Dios.

La idolatría de los hombres deja esto muy claro. Calvino escribe, “Cuando él escoje adorar la madera y piedra en lugar de pensar que no hay Dios, es evidente de lo fuerte que es esta impresión de la deidad.” Por lo tanto, para el reformador no hay nada más absurdo que negar la existencia de Dios.

El mundo trabaja constantemente para deshacerse de Dios, ya sea escondiéndose de Su conocimiento, o corrompiendo su adoración. Esto debido a que el hombre es desde el vientre, su propio amo.

1.4.1-1.4.4 El Conocimiento de Dios Corrompido Ignorantemente o Maliciosamente.

El problema que encuentra Calvino en la Biblia es que todos los hombres son tan degenerados, que no hay lugar en el mundo donde se pueda encontrar verdadera piedad. Cuando el hombre intenta buscar a Dios, en lugar de ir hacia arriba para encontrar este conocimiento, lo que hace es medirlo por medio de su “propia estupidez carnal,” buscando siempre vanas especulaciones. esto es lo que lleva a la humanidad a la destrucción, pues en lugar de adorar al Dios verdadero, adoran a un producto de su imaginación.

Dice Calvino, analizando el Salmo 14:1 y 53:1, que cuando David escribe, “Dice el necio en su corazón: no hay Dios,” lo que demuestra es que muy dentro en su corazón reconoce la existencia de Dios, y su único deseo es suprimir ese conocimiento. Pero, por más que esconda su rostro, no puede desechar lo que es un sentido natural en su ser.

Otros, dice Calvino, reconocen que hay un dios, pero con esto roban la gloria del Dios verdadero. Esconden sus mentiras bajo la cobija de la religión, sin saber que la verdadera religión es la que está sometida a la voluntad de Dios. Estos hombres que adoran falsamente, adoran a un dios creado por sus mentes. Aquí Calvino cita a Lactancio cuando escribe, “Ninguna religión es genuina si no está de acuerdo con la verdad.”

Aquel hombre que por temor no se acerca a Dios, lo que en realidad hace es odiarle, escogiendo seguir sus deseos carnales, antes que proseguir buscando al Dios verdadero. Intentan servirle mediante obras frívolas, expiaciones sin sentido, pues en lugar de poner su confianza en Dios, la ponen en sus propias obras.

El hombre, entonces, suprime el verdadero conocimiento que tiene de Dios implantado en su corazón.

1.5.1-1.5.15 El Conocimiento de Dios Conspicuo en la Creación, y Continuo Gobierno del Mundo.

Dios, sabiendo de la bendición que es su conocimiento, ha impuesto en las mentes de todos los hombres la semilla de la religión, pero además ha manifestado Sus perfecciones en toda la estructura del universo. No hay hombre, según Calvino, que no sea un adorador. Todos, desde ateos hasta cualquier otro hombre indeendientemente de la fe que siga, es un adorador.

Debido a ese conocimiento, tanto implantado como manifestado en la creación, ningún hombre tiene excusa, por más vil y despreciable que sea. Los cielos y la tierra, escribe Calvino, muestran innumerables pruebas de la Deidad, y por lo tanto ningún hombre tiene excusa de no discernir la sabiduría creativa y caer de rodillas en admiración por el Creador.

Pero, el hombre no sólo tiene pruebas de la deidad fuera de sí, sin que también su propio ser es una manifestación del poder de Dios. Es por ello que el hombre no tiene que ir muy largo para adorar al Creador, pues su cuerpo demuestra el poder divino. Pero, la ingratitud del hombre es que teniendo todas estas pruebas, prefiere enaltecerse y llenarse de orgullo, en lugar de alabar al Dios Todopoderoso.

Inclusive, muchos son los ingratos que sustituyen la naturaleza por Dios. Muchos, inclusive en nuestros días suprimen el nombre de Dios para clamar a la naturaleza como la que está llena de sabiduría y poder. Qué mayor pecado que este? Otorgarle a la obra de sus manos la adoración que Él merece.

Nosotros debemos, al contemplar Su creación recordar que es Dios quien gobierna todo el universo, y debe ser el objeto de toda nuestra adoración y alabanza, pues aquello que ha sido creado tiene que haber venido a existir de alguien que es eterno. Y este conocimiento nos debería llevar a esperar lo que está reservado para el futuro.

Pero, tan grande es la depravación humana que nadie puede beneficiarse de estas manifestaciones que han sido impuestas por Dios. Ningún hombre vuelve el rostro hacia el cielo y adora al Creador por su poder, y otros suprimen la verdad asegurando que todo es el efecto de la suerte y la evolución ciega.

Todos los hombres erran al interpretar la creación, sustituyendo la verdad con mentiras, las cuales afectan a toda clase de hombres. Y es por ello que queda claro que todos los hombres tienen su propio dios. No hay casi hombres que no tengan algún sustituto de la Deidad, la cual es más evidencia de la ceguera espiritual del hombre.

Si el hombre, dice Calvino, es enseñado por la naturaleza, lo único que aprenderá son principios contradictorios, no porque haya algo errado en la creación, sino por su propia depravación. Por lo tanto, es un grave pecado el adorar a un dios falso, y debido a que el hombre no puede conocer a Dios mediante sus propios métodos, Dios es quien tiene que dar testimonio de sí mismo desde el cielo, ya que la creación no es suficiente para que los hombres lleguen al verdadero conocimiento de Dios.

Solamente por medio de la fe puede un hombre ser iluminado para ver la verdad, mediante la revelación interna de Dios. Pero entonces, por lo que Calvino viene diciendo, nadie puede argumentar ignorancia. Debido a que la creación apunta al Creador, ningún hombre puede escapar diciendo que no tenía la manera de llegar al conocimiento de Dios, ya que lo que hace le hombre es pervertir u oscurecer las obras de Dios, robándole Su gloria y la alabanza que merece.

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EL BUS NIHILISTA

EL BUS NIHILISTA

Posted: 24 Jan 2009 08:10 AM PST

Tras el bus ateo, llega el bus nihilista

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