Así que esta serpiente se aparece y empieza a gimotear a Adán y Eva acerca de tomar parte de este cierto árbol y su fruto, que pudo haber sido una manzana o no. Ellos ceden. Eva lo come. Adán lo come. El pecado entra al jardín, la humanidad recibe un soplo del mal, y el creador hace pedacitos todo el escenario del Edén.[1]
La serpiente
La serpiente
Noviembre 3rd, 2007
by Jos Angel Fernndez
Génesis 3:1 nos dice que la serpiente fue creada por Yavé junto con el resto de los animales del campo. En este punto de la historia, la serpiente aún no es reconocida como la representación mítica del mal de otros textos (Libro de la Sabiduría 2:24; Apocalipsis 12:9). Es meramente un animal más entre los demás. Esta concepción inicial de la serpiente parece evolucionar poco a poco para llegar a transformarse en un monstruo, interpretado de distintas maneras por distintas tradiciones. En ocasiones estamos frente a un reptil, aunque con las características típicas que la gente de la época atribuía a dichos animales: la mitología, al igual que las ‘ciencias naturales’, consideraban a la serpiente como el animal más astuto. Hay que tener en cuenta que la astucia, en sí misma, no era considerada como una característica mala sino más bien un tanto ambigua. En Mateo 10:16 leemos que hemos de ser como serpientes, por su prudencia (bastante relacionada con la astucia). En Proverbios 14:15,18 y en 22:3 la astucia es una faceta recomendada. La serpiente, por tradición, es una ‘sabia’. Sin embargo, en el mito de Génesis la ‘sabiduría’ es considerada como la fuente de maldad: el hecho de conocer es el fruto de la perversión y la desobediencia (como bien sabemos de la historia del árbol del conocimiento).
Pero también hay otras tradiciones. La serpiente en el antiguo Israel se asocia con el conocimiento y la brujería (para sorpresa de muchos, puede mudar la piel casi mágicamente y renacer de nuevo indefinidamente). Así surgen tradiciones que consideran a este animal como mágico, una fuente de sabiduría oculta: Números 21:9 y 2 Reyes 18:4. En Mesopotamia, Siria, Palestina y Egipto, la serpiente representa al dios de la fertilidad y de la fecundidad. En Grecia, representa la fertilidad del infierno. Hugo Gressmann vio la serpiente en la tradición como un dios del submundo. Y Hvidberg nos recuerda que a Baal se le representa a menudo como una serpiente. Otros textos del A.T. identifican la serpiente y la igualan con monstruos como Leviatán (Isaías 27:1, Job 26:13). Poco a poco la tradición de la serpiente crece y, a pesar de los esfuerzos de algunos escritores bíblicos por reducirla a un mero animal condenado a arrastrarse sobre su panza, esto no llega a ocurrir nunca y en lugar de disminuir, su mito continúa creciendo aún hoy.
El problema del mal es uno de los problemas más complejos que cualquier religión que crea en la unidad de un Dios bueno tiene que afrontar. Que el mal existe es algo que ya no podemos negar por medio de juegos y filosofías positivistas. Que nadie sabe con certeza cómo funciona, los patrones que sigue, las estructuras en las que se basa, es algo igualmente cierto. Así, el lenguaje que se utiliza para describirlo varía mucho dependiendo de la interpretación que se le da. Hace tiempo H.G. Gadamer escribió:
“La fecundidad del lenguaje fue y sigue siendo que el hombre sabe despertar la intuición en palabras y frases por medio de su capacidad más propia, la de la expresión lingüística. ¿Cómo podría converger esto con conceptos básicos tales como sistema, principio, fundamentación y derivación, que han dominado, siguiendo el modelo de Euclides, el pensamiento filosófico de la modernidad? ¿Qué es lo primero en la construcción del lenguaje? Es completamente evidente que no puede haber una primera palabra. Aunque una y otra vez los padres puedan aclamar la primera palabra del hijo que empieza a manifestarse, es claro, no obstante, que eso no es ninguna palabra ni ningún lenguaje. No hay una primera palabra si no hay una segunda palabra, y no puede haber una segunda palabra si no hay lenguaje. Pero sólo hay lenguaje en la relación que mantenemos unos con otros en la conversación”.
En este sentido, la palabra ‘serpiente’ no es una primera palabra que evoluciona, sino que es parte de un lenguaje, de una forma mitológica de interpretar la realidad del mal. Y no solo una forma de interpretar el mal en sí mismo, sino una manera de interpretarnos a nosotros mismos en relación con el mal, o en este caso, con la personificación del mal. No es casualidad que hoy día sigan existiendo personas que se ganen la vida por medio de exorcismos que claman sacar los demonios que la mayoría de nosotros tenemos dentro. Todo eso es el mero reflejo del lenguaje mitológico del mal llevado a la práctica real del día a día. Si tales personas hubiesen pillado al mismo Dostoyevsky desprevenido, le habrían tenido que sacar más de un demonio.
La interpretación mitológica del mal ha persistido por los siglos, y podemos presenciar mediante la lectura de ciertos textos una buena acumulación de tradiciones acerca de ello. No existen historias acerca de ángeles caídos en nuestras biblias, pero sí que existen algunos textos que sugieren que dichas historias existían y eran conocidas. Ya en el Génesis encontramos una historia acerca de los ‘hijos de Dios’ que bajan y toman las mujeres de los hombres para sí. La historia completa la encontramos en 1 Enoc, un libro que aunque no está en nuestras biblias era considerado como Escritura por los primeros cristianos. Es posible que cuando Pablo se refiere a la creación esperando a los nuevos ‘hijos de Dios’ (Romanos 8), tenga en mente a esos otros ‘hijos de Dios’. Y sin duda algunos estudiosos relacionan el texto de 1 Corintios 11, acerca de los ángeles que no deben ver la cabeza descubierta de las mujeres, con esa historia de Enoc. Aún más: si hacemos una pasada por el libro de Apocalipsis, de vez en cuando encontramos algunas referencias a la ‘serpiente antigua’ (20:2), que ya no sólo es serpiente sino también dragón, diablo y Satanás. Como digo, la interpretación mitológica del mal crece.
Estas acumulaciones aparecen de forma clara en el libro que he mencionado ya, en 1 Enoc. Como digo, los primeros cristianos lo consideraban parte de las Santas Escrituras y así encontramos en nuestras biblias referencias que apuntan a historias que aparecen en ese libro. Algunas partes de 1 Enoc nos explican cómo algunos ángeles, entre ellos Azazel y Semhaza, hicieron un juramento solemne con otros 200 ángeles y vinieron a la Tierra. Nos cuentan cómo codiciaron a las mujeres humanas y trajeron conocimiento acerca de cómo el ser humano podía aprender a trabajar los metales para construir armas; cómo podían aprender a crear cosméticos y joyas, lo que llevó a la fornicación; cómo usar drogas y matar niños que aún no habían nacido; cómo interpretar las estrellas y las nubes para leer el futuro. Cuatro arcángeles fueron enviados para ayudar a los humanos: Uriel, Gabriel, Rafael y Miguel, estos dos últimos encargados de mandar a prisión a Azazel y Semhaza.
1 Enoc cuenta la historia de Israel, pero no menciona la tentación de Eva en el jardín del Edén. Para el escritor de este libro, el mal entra en el mundo por medio de la caída de ciertos ángeles. En las Escrituras Hebreas sólo aparece un satán sin nombre que tienta a Dios para que examine a su siervo Job (Job 1), un satán sin nombre que intenta acusar al sumo sacerdote Josué (Zacarías 3), y un satán sin nombre que tienta al rey David para que peque (1 Crónicas 21). En el Nuevo Testamento, Satán tienta a Jesús para que dude ciertas cosas (Mateo 4 y Lucas 4, aunque en distinto orden), habla a través de Pedro para tentar a Jesús (Marcos 10), y utiliza a Judas para que Jesús sea arrestado (Lucas 22). El libro de Apocalipsis, entre todos estos textos, va más allá en su representación de la serpiente como un dragón con agentes terrestres que provocan la adoración de los seres humanos y que es arrestada por los ángeles y puesta en prisión por un tiempo.
Pero la leyenda sigue creciendo. En otros libros como la Vida de Adán y Eva y el Apocalipsis de Moisés, encontramos otras versiones de la misma historia. Todos los ángeles son creados en el primer día de la creación, y cuando Adán es creado a imagen de Dios todos los ángeles se reúnen para adorar la Imagen. Sin embargo, Satán rehúsa: Adán debería adorarle a él ya que él había sido creado primero (la vieja historia que también sirve de argumento para determinar quién es más importante, el hombre o la mujer; ver 1 Timoteo 2). Debido a esta arrogancia, Dios echa a Satanás y sus ángeles del cielo y los manda a la Tierra. Una vez perdida su gloria inicial, estos ángeles caídos determinan vengarse del ser humano. En un momento de despiste, Satanás se disfraza de ángel de luz y engaña a Eva para que le abra la puerta del cielo, y luego tienen una conversación. Ya sabemos el resto. En 2 Corintios 11 Pablo nos habla de que Satanás puede disfrazarse de ángel de luz, lo cual algunos consideran como una referencia a aquella historia. En las tentaciones de Jesús, Satanás le ofrece todos los reinos si le adora, una proposición que recuerda muy de cerca a la proposición inicial de que la Imagen de Dios debería adorar a Satanás, quien había sido creado antes. E incluso en Lucas 10:18 Jesús dice haber visto a Satanás caer del cielo como un rayo, lo que nos recuerda a la caída de Satanás tras el triunfo de Adán. La historia que acabamos de leer sirve de inspiración a John Milton para crear su Paraíso Perdido. Incluso aparece en el Corán:
“Y cuando dijimos a los ángeles: ‘¡Prosternaos ante Adán!’. Se prosternaron, excepto Iblis. Se negó y fue altivo: era de los infieles” (Sura 2:34)
En el Corán, Satanás (Iblis) es presentado como el ‘susurrador’, uno que susurra en los oídos de las personas para persuadirles de que no sigan a Dios.
En general, los nombres otorgados a Satanás son variados. En algunos textos judíos del primer siglo antes de Cristo se le conoce como el príncipe Mastema. En los Rollos del Mar Muerto se le llama Belial, Melchiresa, ángel de perdición y príncipe del reino de la maldad. En otros textos cristianos antiguos se le llama Sammael, Beliar y Malkira. En el Talmud leemos:
“Se dicen seis cosas sobre los demonios. En tres de ellas se parecen a los ángeles, y en tres de ellas se parecen a los hombres. Tienen alas como los ángeles, y como ellos vuelan de una parte del mundo a otra, y conocen el futuro, como los ángeles… Pero en tres cosas se parecen a los hombres: comen y beben como los hombres, dan a luz y se multiplican como los hombres, y mueren como los hombres”
En otro ejemplo un tanto más cercano a nuestra era, el doctor Fausto quiere todo el conocimiento porque por medio de él conseguirá todo el poder. Promete su alma al diablo cuando muera si se le concede tener todos los poderes mágicos mientras viva. Estaba dispuesto a abandonar a Dios por conseguir todo el conocimiento y el poder derivado de él, pero al final el diablo clama poder sobre él. Esta misma imagen del ser humano que entrega su alma al diablo para conseguir cierto conocimiento y poder aparece en numerosas películas de Hollywood. Hoy en día los cristianos tenemos una mezcla de imágenes mitológicas y creaciones artísticas en nuestras cabezas acerca de la existencia del mal en el mundo. Todas estas representaciones forman un lenguaje mitológico que en ocasiones nos ayuda a interpretar ciertos sucesos que ocurren a nuestro alrededor. Pero de igual manera, nuestra incapacidad para reconocer la condición de construcción humana de todo este lenguaje, nuestra incapacidad para dar un paso atrás y darnos cuenta de la procedencia de todo este arsenal mitológico, nos impide ver el bosque a través de los árboles; de alguna manera hemos perdido la capacidad de entender e interpretar la realidad que existe detrás de las imágenes y los mitos, y ya no somos capaces de profundizar en la sicología humana tal y como han sido capaces de hacer esos otros intérpretes de la realidad humana, gente como Tolstoy o Dostoyevsky. Parece que ese lenguaje mitológico que una vez nos ayudó a ir más allá de la intuición para alcanzar cierto entendimiento de las estructuras internas de la realidad que nos rodea, hoy día se ha convertido más en una camisa de fuerza que, no solo provoca un profundo mal entendimiento de nuestra sicología interna, sino que también destruye nuestra capacidad para comprender nuestras relaciones con los demás.
Lo cierto hoy día es que cuanto más conocemos acerca de la realidad y las estructuras internas de nuestro comportamiento y de nuestra sicología, más nos damos cuenta de lo poco que sabemos realmente. Y esto es muy útil. Es bueno leer libros como
Phantoms in the Brain
, de V.S. Ramachandran, que nos enseñan por medio de cuidadosos estudios cómo personas que han perdido ciertos miembros del cuerpo generan (inconscientemente) ilusiones mentales que les hacen creer que siguen ahí, o cómo diversos ‘errores’ que surgen en el cerebro después de haber sufrido accidentes provocan comportamientos que ni siquiera Lewis Carroll podría haber imaginado. Frases como: ‘Mi marido no es mi marido’, o ‘el mundo en el que estoy viviendo no existe realmente’, no son más que dos ejemplos de a lo que pueden llegar personas que sufren diversos problemas mentales que ya no pueden (o no deberían) ser identificados como ‘locura’. Lo cierto es que nuestro cerebro se amolda a las circunstancias hasta tal punto que incluso puede modificar nuestra percepción de la realidad para adaptarse a ciertos acontecimientos inexplicables. Una y otra vez se está mostrando por medio de muchos experimentos que la realidad que percibimos es una creación de nuestra mente que, aunque intenta reproducir la realidad ‘tal y como es ahí fuera’, también introduce modificaciones (o interpolaciones, por decirlo así) procedentes de sí misma que cumplen distintas funciones adaptativas.
Siendo esto así, lo cierto es que hoy día vamos necesitando poco a poco nuevas formas de interpretar la realidad que nos rodea, y la realidad del mal entre todas las demás. Las estructuras prometidas por la interpretación mitológica, aunque útil en ciertas ocasiones, se ha quedado muy corta y ya no es capaz de explicar tanto como una vez pudo. Hoy día necesitamos leer también otros textos, otras interpretaciones de la realidad del comportamiento humano, otras formas de ver la realidad. Hoy día necesitamos leer otras explicaciones que nos ayuden a entender nuestras adicciones más allá de un: ‘tu adicción no es otra cosa que una posesión demoníaca de un siervo de Satanás que debemos exorcizar en estos momentos para dejarte libre de todo mal’. Hoy día existen otras posibilidades para afrontar una etapa de depresión o de dudas acerca de Dios después de la muerte de un ser querido, además de simplemente la explicación de que ‘eso no es más que una posesión demoníaca que debes exorcizar’ (de hecho, explicaciones como estas no solo provocan un sentimiento de culpa extra en aquellas personas que están sufriendo, sino que evitan etapas fundamentales que pertenecen a nuestra necesidad de afrontar los acontecimientos que han sucedido haciendo que ciertos asuntos nunca queden afrontados y por tanto nunca queden superados). No son pocos los escritores cristianos, entre ellos C.S. Lewis y Philip Yancey, que nos recuerdan que los períodos de dudas acerca de nuestra fe, no solo no equivalen con posesiones demoníacas, sino que son aquellos en los que solemos crecer más en nuestro caminar con Dios.
Por supuesto, es posible que esta forma mitológica de ver la realidad pueda seguir ayudando a algunas personas. Pero ha dejado ya de ser la única interpretación válida, y mucho menos la única interpretación cristiana válida. El terror de antaño que tenían los cristianos a aquellas ramas de la ciencia como la sicología y la siquiatría ha quedado atrás ante la posibilidad de que algunas de estas nuevas interpretaciones nos ayuden a ver la realidad, y a vernos a nosotros mismos, desde una perspectiva mucho más sana y útil. Así, escritores y sicólogos cristianos como Lawrence J. Crabb están escribiendo libros que, aunque intentando seguir una base bíblica, no explican todo mal comportamiento humano por medio de la posesión demoníaca, sino que más bien intentan ayudarnos a entender nuestra mente y profundizar a aquellas partes que nos resultaban tan alejadas desde aquella interpretación mitológica.
Quiero ir un poco más lejos. Me da la impresión de que el énfasis que hoy día se pone desde algunos grupos cristianos en la interpretación mitológica del mal está siendo, no solamente utilizado por algunas personas para enriquecerse dando la impresión de poseer poderes o dones por parte de Dios que solo ellos pueden ejercer, sino que además está abriendo la puerta de ciertas habitaciones de la sicología humana que, una vez abiertas y utilizadas por estas personas, quedan a la intemperie provocando no la sanidad de estas personas con problemas sino más bien su grave empeoramiento. Supongo que parte del problema se deriva de un error de interpretación (como tantos otros problemas): siempre puede darse el caso de que mi adicción no sea consecuencia de una posesión demoníaca sino más bien consecuencia de una serie de malos hábitos que se han instalado en mi carácter y que deben ser analizados, entendidos y modificados adecuadamente. Al cometer este error de interpretación – realizar un exorcismo y dejar a aquella persona bajo la impresión de que aquello que había de malo en ella ha sido eliminado ya (el demonio ha salido y, al haber hecho una oración, ya no puede volver a entrar) – entonces es fácil ver como dicha persona puede volver a repetir aquellos hábitos que tanto daño estaban causando. No solo cometemos el error de aplicar una interpretación mitológica a una realidad que podría ser explicada de otra forma, sino que evitamos que dicha persona (que ahora se considera cristiana) sea capaz de buscar una explicación alternativa, y a consecuencia de ello provocamos que no pueda solucionar su problema, añadiendo cada vez más sensación de culpa por cada nueva caída. En este caso estamos actuando como aquellos hipócritas a los que se refería Jesús, que no hacían otra cosa que poner rocas demasiado pesadas sobre las personas a las que predicaban, rocas que nadie era capaz de levantar.
Lo cierto es que aquella interpretación mitológica tenía la función de intentar dar una voz a aquellos instintos que entonces no tenían lenguaje. Sin embargo, hoy día van surgiendo cada vez más lenguajes alternativos que nos ayuda a explicar aquellos instintos que antaño resultaban imposibles de explicar acerca de nuestro comportamiento. Sin duda que aún estamos muy lejos de ser capaces de explicarlo todo; es posible (e incluso probable) que nunca alcancemos ese punto. En este sentido, el lenguaje del mito siempre estará con nosotros y servirá para eso, para ayudarnos a expresar con palabras aquello que permanece en el misterio. Sin embargo, un exceso del uso del mito por encima de otros lenguajes interpretativos alternativos puede resultar dañino. Una lectura literal de ciertos mitos, y su aplicación literal a la realidad que nos rodea, no solo resulta muy poco honesta con los textos (que claramente muestran que no todos ellos pueden ser aplicados literalmente a la realidad porque entre ellos a menudo encontramos varias versiones contradictorias de la misma historia), sino que puede provocar la imposibilidad de una sanidad real. Y ante esta posibilidad, el Cristianismo debe ser capaz de mirar a su alrededor a todas las interpretaciones vigentes, y elegir entre ellas aquellas que produzcan los mayores beneficios a las personas. Tengamos cuidado de no transformarnos en demonios que provocan sufrimiento, culpabilidad y dolor, en lugar de ángeles que provocan sanidad divina.
Lupaprotestante.com
Notas:

