A dónde estamos huyendo?

A dónde estamos huyendo?

por Leonardo Boff
publicado por
Atrio

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Una de las principales características del momento actual es la aceleración del tiempo. El espacio terrestre prácticamente lo hemos conquistado todo, pero el tiempo sigue siendo el gran desafío. ¿Podremos dominarlo?
La carrera contra él se da en todas las esferas, comenzando por el deporte. En cada Olimpiada se busca superar todos los tiempos anteriores, especialmente en la clásica carrera de los cien metros. Los automóviles deben ser cada vez más veloces, los aviones y las naves espaciales tienen que superar la velocidad de la generación anterior. En el agronegocio se utilizan abonos químicos de crecimiento para acortar el tiempo y aumentar el lucro. Internet es de altísima fluidez y sin cables, pues, para ganar tiempo, todo se hace vía satélite. La aceleración ha alcanzado especialmente a las bolsas. Cuanto más rápidamente se transfieren capitales de un mercado a otro, siguiendo los husos horarios, más se puede ganar. Como nunca antes «tiempo es dinero».
Lógicamente en todo ese proceso hay un elemento liberador, pues el tiempo fue en gran parte vivenciado como una servidumbre. No podemos detenerlo. Por otro lado produce un impacto sobre la naturaleza que tiene sus tempos y sus ciclos. El impacto no es menor sobre las mentes de las personas, que se sienten confundidas, particularmente las de más edad, que pierden los parámetros de orientación y de análisis de lo que está ocurriendo en el mundo y consigo mismas.
¿Vale la pena esta carrera imparable? ¿Hacia donde estamos huyendo?
¡Ay de aquellos que no se adaptan a los tiempos! En términos de trabajo son expulsados del mercado pues sus habilidades han quedado obsoletas. Los que no se actualizan, pierden el ritmo del tiempo, y son considerados precozmente envejecidos o simplemente atrasados. Lo cual puede ocurrir con países enteros que no incorporan los avances de la tecnociencia. Todos están obligados a modernizarse rápidamente y a ser países emergentes.
¿A donde nos llevará esta carrera contra el tiempo? El siempre nos gana pues no podemos congelarlo. Simplemente, pasa despacio, o acelerado, como en los grandes túneles de aceleración de partículas.
Pero es importante considerar que hay tiempos y tempos. El tiempo natural de crecimiento de un árbol gigante puede demorar 50 años. El tiempo tecnológico para derribarlo con la motosierra puede durar sólo 5 minutos. ¿Cuanto tiempo necesitamos para crecer en madurez, en sabiduría y para conquistar el propio corazón? A veces una vida entera de 80 años es demasiado corta. El tiempo interior no obedece al tiempo del reloj. Necesitamos tiempo para trabajar nuestros conflictos interiores, que, a veces, nos obligan a detenernos.
Una reflexión del maestro zen Chuang-Tzu, de hace 2.500 años, nos parece muy inspiradora. Cuenta que había una persona que se perturbaba tanto al contemplar su sombra y tan malhumorada con sus propias huellas que pensó que era mejor librarse ambas cosas. Utilizó el método de la fuga, tanto de una como de las otras. Se levantó y se puso a correr, pero siempre que ponía su pie en la tierra aparecía la huella, y la sombra lo seguía sin la menor dificultad.
Atribuyó su error a que no estaba corriendo como debía. Entonces se puso a correr velozmente y sin parar… hasta que cayó muerto. Su error, comenta el Maestro, fue no haberse dado cuenta de que sólo con pisar en un lugar sombrío su sombra habría desaparecido, y que si se hubiera quedado quieto, sus huellas ya no le seguirían.
¿No es eso lo que se impone hacer hoy? ¿Hacer una parada?
Ahí está el secreto de la felicidad y de la ansiada paz interior.

 

http://libroarena.blogspot.com/2008/01/mirando-ms-all_25.html

Si el Gobierno no ataca a la Iglesia, es laicidad positiva; si hace lo contrario, es laicismo”

Si el Gobierno no ataca a la Iglesia, es laicidad positiva; si hace lo contrario, es laicismo”

17.09.08 

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De las muchas cosas que ha dicho el Papa en Francia, la que ha causado más revuelo ha sido su elogio a la «laicidad positiva». Él sabía lo que quería decir y muchos le han entendido perfectamente, pero no ha sucedido lo mismo con el resto, con los que se han precipitado a decir que el Papa está a favor del laicismo. La confusión está servida. «Laicidad» hace referencia a la legítima separación entre Iglesia y Estado y su expresión es el llamado «Estado aconfesional», o sea, teóricamente, el nuestro.

«Laicismo», en cambio, hace referencia a la agresividad contra la religión y su expresión es el «Estado anticonfesional» que se dio en la Unión Soviética. Un ejemplo de laicidad positiva es EE UU; Juan Pablo II se opuso -y los obispos le apoyaron- a la guerra de Irak. Bush siguió con sus planes, haciendo uso de su legítima autonomía en el Gobierno, pero no se le ocurrió arremeter contra el Papa ni promulgar leyes que pusieran en peligro a la Iglesia.

Un ejemplo de laicismo es España; cuando los obispos dicen algo que no le gusta al Gobierno, éste carga contra ellos, con insultos graves o con amenazas económicas. El Gobierno tiene derecho a hacer lo que cree que tiene que hacer, siempre que sea legal y no vulnere los derechos humanos, pues para eso ha sido elegido democráticamente, pero la Iglesia tiene derecho a orientar el voto católico en función de las leyes morales; si el Gobierno lo entiende y no ataca a la Iglesia, es laicidad positiva; si hace lo contrario, es laicismo. Así de fácil.

Santiago Martin (La Razón) 

http://blogs.periodistadigital.com/religion.php/2008/09/17/-si-el-gobierno-no-ataca-a-la-iglesia-es

 

La inteligencia política del Papa

La inteligencia política del Papa

21.09.08

Lo que más recordaremos de la visita de Benedicto XVI a Francia es la inteligencia política del Papa. Personaje infravalorado y muy alejado de la figura carismática y profética de su predecesor, ha cosechado un verdadero éxito, al menos entre los “fieles” que se apelotonaban a su paso tanto en París como en Lourdes. El pontífice ha puesto de manifiesto tres de las facetas de su función: la de jefe de la Iglesia, la de gran intelectual y la de hábil político. 

El primero es un papa conservador, y seguirá siéndolo. No cabe, pues, esperar de él ni la menor desviación, ni la menor concesión. Con Benedicto XVI los dogmas o reglas que, según la Iglesia católica, rigen la vida privada no se moverán -concretamente, y por ejemplo, la Iglesia no bendecirá la unión de las personas divorciadas que vuelven a casarse-. El segundo es un intelectual de altura que disertó sobre la diferencia entre la “teología monástica” y la “teología escolástica” ante un auditorio de personalidades del mundo intelectual y cultural reunidas en París, muchas de las cuales fueron incapaces de seguirle. El tercero, el político, ha sido excepcionalmente diestro.

Todo un sector de la opinión pública, soliviantada por las declaraciones del presidente francés sobre el papel de la religión en la vida pública, esperaba al Papa -por así decirlo- “bastones en alto”. Él mismo desactivó esta nueva polémica pidiendo simplemente para “el César lo que es del César”, y se mantuvo a buena distancia de las disputas galas, insistiendo en cambio en el escándalo de la pobreza y elogiando la laicidad a la francesa.

En comparación, fue Nicolas Sarkozy quien se mostró más papista que el Papa al proclamar que sería una “locura”, un “atentado contra la razón”, privar a nuestras democracias del apoyo de las religiones. Sarkozy habló además de la “búsqueda de sentido”, y de esperanza, con un vocabulario que habría cabido esperar del discurso del propio pontífice. Ni que decir tiene que la izquierda ha denunciado inmediatamente el cuestionamiento de otro dogma -laico esta vez-, acusando al presidente de socavar la “sacrosanta” laicidad.

En realidad es mucho ruido para pocas nueces. En el fondo, Nicolas Sarkozy habla de una “laicidad positiva” y aboga por el diálogo entre el Estado y la Iglesia en un país en el que ese diálogo existe y se desarrolla en condiciones globalmente serenas. Como siempre, Nicolas Sarkozy carga las tintas y crea expectación en torno a una idea que no cambia gran cosa, pero que él presenta como un concepto que lo cambia todo. Por supuesto, se trata de un guiño al electorado clásico de la derecha. Pero sobre todo expresa la voluntad -compartida en este caso- de abrir un espacio para un Islam de Francia -y de organizarlo-, que es la verdadera cuestión subyacente y no explícita. Ésta es la verdadera razón del intento -infructuoso- de reabrir en Francia un debate sobre la laicidad.

Jean-Marie Colombani ha sido director del diario francés Le Monde. (El Pais) 

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La razón y la fe

La razón y la fe

18.09.08 

Por Carmen Pérez Rodríguez
Yo creo que a solas con nosotros mismos sentimos la gran realidad de nuestra vida: la razón y la fe. Y como nuestra riqueza es la gran apertura de nuestra razón a lo que llamamos el misterio, Verdad, Bien, Belleza, Amor, y nuestro continuo aprender y crecer. Quizás nos perdemos más cuando oímos cosas o críticas, cuando nos lo plantean desde fuera. Porque hay cuestiones que nadie nos las puede arrancar, y nuestras preguntas no cesan. Sea sobre el sentido de nuestra vida, sea sobre lo que acontece, o por el sentido del sufrimiento, o por las personas o situaciones que nos invaden; porque nos va bien, o porque nos va mal.

Cada uno sabemos lo que nos orienta, y aclara. Si lo pensamos podemos ser conscientes de que lo importante es nuestra actitud ante lo ocurre, somos nosotros los que damos el sentido concreto a las situaciones que se nos presentan, cada uno contestamos al requerimiento del momento, y podemos transformarlo en algo que nos enriquece, madura, y hace vivir con intensidad. La gran realidad de mi razón es que yo puedo conocer la verdad. Y cuando digo “verdad”, no digo nada abstracto sino la verdad de mi vida y en mi vida. Y cuando oigo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, comprendo que en estas palabras está expresada la pretensión fundamental de la fe cristiana. Cristo es realmente, de hecho, verificablemente el camino, la verdad y la vida. Sólo si la fe cristiana es verdad, afecta a todos los hombres. No es una variante cultural. Hannah Arendt ha planteado este realidad vital de la razón y la fe de una manera muy bella: “Del mismo modo que el arco iris une al cielo con la tierra, y trae a los seres humanos su mensaje, así, el pensamiento y la filosofía unen al cielo con la tierra” Fuera miedos y complejos.

Al abrir esta ventana lo hice con una reflexión que llamé: lo razonable. La mentalidad moderna ha reducido la razón a una serie de categorías en las que la realidad se ve obligada a entrar, lo que no entra en esas categorías se tacha de irracional. Esta limitación se ha ido radicalizando. Pero es que esta radicalización, que excluye de la “razón” lo que algunos “ideólogos” determinan, unida al reduccionismo del “nada más que”, está siendo dañina.

La razón es la que nos define como personas, por eso hace falta una verdadera pasión por la capacidad de razonar. Nos tenemos que atrever a pensar, ser consecuentes y escuchar en nuestro interior esa voz de la razón que nos muestra lo uno necesario. El Papa Benedicto XVI está realizando una apología de la razón y pidiendo una apertura de la razón. En su lección en la Universidad de Ratisbona toma como punto de partida la frase ya mundialmente famosa: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. Dios es “logos”, el cristianismo se funda en la fe, don y misterio, pero susceptible de ser razonada. No solo no es incompatible con ella, sino que la necesita. No se impone por la fuerza y menos por el extremo de la violencia.

Siendo el Papa cardenal Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, le oí una conferencia en Madrid en el Palacio de Congresos con este título Fe, verdad y cultura, fue la presentación de la Encíclica Fe y Razón de Juan Pablo II. Un auténtico referente para la vida tanto en la dimensión personal, como familiar y social en todos los campos. Nada de fundamentalismos en la proposición de nuestra capacidad para la verdad. No se solucionan los problemas con el relativismo tan fuerte que estamos respirando.

La fe tiene que ver inevitablemente con la razón. La fe no es algo caído del cielo como un meteorito. La desorientación en la vida se ha convertido en ira, en ataque feroz contra la fe y el anhelo de verdad. El que “de hecho” otras religiones y sistemas no investiguen los caminos de la razón y se obstinen en mitos, privados de consistencia no tiene que influirnos.

En contra de lo que postulan la absoluta independencia de la fe respecto de la razón, asume el legado de Santo Tomás centrado en el acuerdo intrínseco entre la razón y la fe. Para preguntarnos acerca de Dios en todo lo que acontece en nuestra vida, tenemos, queramos o no, que recurrir a medios que son razonables. La verdad si está dada deber ser, además, encontrada, lo que supone poner en uso tanto la razón como el entendimiento y la reflexión.

La razón nos ha sido dada para vivir con pleno sentido nuestra vida, abrirnos a la fe y encontrarnos con el Dios que nos ha creado, nos ama y quiere nuestra decisión de decir un sí rotundo a Cristo como nuestro camino, verdad y vida. Experiméntemoslo. 

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Spurgeon: La Voz del Cielo

Spurgeon: La Voz del Cielo

21 Sep 2008

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Un sermón predicado la noche del Domingo 23 de Noviembre, 1862

Y oyeron una gran voz del cielo que les decía: Subid acá” Apocalipsis 11: 12

Yo soy incapaz de adivinar cuál pueda ser el significado particular de la profecía relativa a los dos testigos vestidos de cilicio, su muerte, su resurrección, y su subsiguiente entrada en el cielo, y no estoy muy seguro que alguien más haya encontrado ese significado. Aunque yo no desprecio las profecías, abrigo una muy intensa repugnancia por quienes no saben nada acerca de ellas y sin embargo pretenden ser sus intérpretes. Me siento en libertad de confesar que no tengo la llave que abre el libro de Apocalipsis, y no me atrevo a constituirme en su expositor. Esto, sin embargo, no es un asunto muy serio, pues aunque yo no me aventure en esa línea de cosas, hay suficientes personas que siempre están explicando los misterios apocalípticos, y otro número considerable, que cree poder comprenderlos. Ninguna rama de la literatura tiene más devotos estudiantes, y en ninguna, los hombres han sido tan exitosos refutándose los unos a los otros, o se han sentido más seguros porque han establecido sus propias teorías demoliendo las de los demás.

Puede ser que haya algunas personas cuyo oficio es abrir libros sellados; yo sé que el mío es aplicar las enseñanzas del volumen que no están selladas. Ellos pueden tener el llamado para exponer a Daniel y Ezequiel; mi oficio es de un carácter más humilde, pero, puedo agregar, mucho más útil; no tanto predecir la caída de las dinastías y las muertes de los monarcas, como tratar con asuntos de la piedad vital, y con realidades eternas; con cosas que son reveladas con sencillez, que ciertamente nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Yo prefiero ser un olor grato a Dios en almas convertidas, que explicar todas las siete copas llenas de las siete plagas postreras; y yo prefiero comprender mejor las alturas y las profundidades del amor de mi Grandioso Señor, que contar el número de la bestia, o calcular la duración del cuerno pequeño.

I. Pasando por alto, entonces, todos los intentos de explicar el texto a partir de su contexto, quiero usarlo como la voz de Dios para Su pueblo. Lo consideraremos, ante todo, COMO UNA INVITACIÓN ENVIADA A CADA SANTO A LA HORA APROPIADA. Cuando llegue el tiempo fijado por decreto irreversible, se oirá “una gran voz del cielo” para cada creyente en Cristo, diciendo, “Subid acá.”

Esto debería ser para nosotros, (cada uno de nosotros, si estamos en Cristo), el tema de una muy gozosa anticipación. En lugar de temer el momento cuando abandonemos este mundo para ir al Padre, deberíamos estar sedientos y anhelantes de la hora que pondrá en libertad a nuestras almas, y que dará a nuestro espíritu la salida de la prisión de barro y de la servidumbre de “este cuerpo de muerte.” Para algunos cristianos no sólo será motivo de gozo anticipado, sino que será intensamente deleitable cuando llegue. No es cierto, como suponen algunos, que la muerte cuando aparece es necesariamente una aparición horrible y espantosa.

La muerte no se presenta como un enemigo terrible;
Se viste en la forma de un ángel hermoso;
Demuestra ser un mensajero amigable
Para toda alma que es amada por Jesús.”

No tengo ninguna duda que muchos creyentes dan la bienvenida al benéfico acercamiento de la muerte como si se tratara de la llegada de su mejor amigo, y saludan su última hora con intenso deleite. Consideren a la santa que ha tenido que guardar cama por muchos años. Es sacudida de un lado a otro como arrastrada por un mar de dolores, sin poder descansar en el anclaje de la tranquilidad. Ella exclama en la noche: “quisiera que fuera de mañana,” y, cuando la luz del día hiere sus ojos, ella anhela el regreso de la oscuridad, para poder dormitar por un rato y olvidar sus dolores. Sus huesos se exhiben a través de su piel por estar acostada en una cama tan suave como la bondad puede encontrar, pero, ¡ay!, todavía demasiado dura para un cuerpo tan débil y atormentado. Los dolores han atravesado su cuerpo como flechas que perforan al enemigo; cada vena ha sido un río que rebalsa agonías, y cada nervio ha sido un telégrafo que envía mensajes de dolor al espíritu. ¡Oh!, cuán bienvenida será la voz que grita desde el cielo: “¡Subid acá!” ¡No más debilidad ahora! El gozoso espíritu dejará atrás todo dolor corporal; la última lágrima será secada por la mano del Padre Divino; y la santa que había sido un bulto de enfermedad y miseria, se convertirá ahora en una encarnación de intenso deleite, llena hasta el borde de satisfacción y de placer infinitos. En esa tierra donde reina Jehová tu sanador, el habitante no dirá nunca más: “estoy enfermo.”

¡Con qué gozo resonará la voz del cielo en el oído del hombre cansado por el trabajo! El mundo sabrá, cuando muramos algunos de nosotros, que no hemos estado ociosos sino que hemos servido a nuestro Dios, más allá de nuestras fuerzas. Quien considera que el ministerio es una profesión fácil, descubrirá que las llamas del infierno no son un agradable lugar de descanso.

¡Oh!, hay algunos en cuyo nombre puedo decir que han servido a Dios con sienes palpitantes, con un corazón vibrante, agotados en el servicio de su Señor, pero nunca cansados de servirle; encorvados hasta el polvo cuando la carga era demasiado pesada para la fuerza de un individuo; listos para trabajar, o listos para combatir, sin quitarse nunca la armadura; llevando el arnés tanto de día como de noche, clamando en el nombre de su Señor:

¿Hay acaso algún enemigo ante cuyo rostro
Yo tema argumentar Su causa?
¿Hay acaso algún cordero en Su rebaño
Que yo rehúse alimentar?”

El tiempo llegará cuando la edad merme el vigor juvenil que por un tiempo disipó el cansancio, y serán obligados a lamentarse, diciendo: “¿Cuándo se disiparán las sombras? ¿Cuándo cumpliré mi día como un asalariado?” Feliz es aquel ministro que estando en su púlpito, escucha la voz: “Subid acá,” y entonces:

Su cuerpo y su deber entregará,
Y cesará de inmediato de trabajar y de vivir.”

Felices ustedes, colegas servidores en el reino de Cristo y en la tribulación de nuestro común Salvador, si cuando precisamente piensan que ya no pueden hacer más, sus actividades llegan a un fin, y su recompensa vendrá, y el Salvador les dirá: “Subid acá,” y ustedes verán la gloria en la que han creído en la tierra.

Amados hermanos, con qué intenso deleite será aclamada la muerte por los hijos de la pobreza abyecta, quiero decir: “a los de la familia de la fe.” Del estremecimiento por el frío del invierno, al esplendor del cielo; de la soledad y la desolación de la penuria desvalida, a la comunión y compañerismo de los santos hechos perfectos; de la mesa escasamente surtida con pan ganado con dificultad; del hambre y la necesidad; de los pobres huesos extenuados; de la forma lista a encorvarse de hambre; de la lengua que se pega al paladar por sed; de hijos que lloran y una esposa que solloza, que se lamenta por falta de pan, clamando para que puedan ser alimentados; de todo eso, ¡oh, ser arrebatados al cielo!

¡Es muy feliz el hombre que habiendo conocido tanta desgracia, puede ahora conocer mejor la dulzura de la bienaventuranza perfecta! ¡Mansiones de los bendecidos, cuán brillantes son ustedes en contraste con la choza del campesino! ¡Calles de oro, ustedes harán que el mendigo olvide el frío umbral y el arco seco! Los indigentes se convierten en príncipes; los jubilados son de la misma condición; y los campesinos son reyes y sacerdotes. ¡Oh tierra de Gosén, cuánto falta para que los hijos de Israel te reciban por herencia!

Y, queridos amigos, pienso que debo agregar más: con qué gozo seráfico debe haber sido oída esta voz por los oídos de los mártires. En cuevas y guaridas de la tierra donde los santos vagan cubiertos de pieles de ovejas y pieles de cabras, ¡cuán santo triunfo debe crear este mensaje!

Blandina fue sacudida por los cuernos de los toros en el anfiteatro romano, y luego fue sentada sobre una silla calentada al rojo vivo, siendo vituperada mientras se encontraba allí consumiéndose frente a la multitud abucheante. ¡Oh!, esa voz: “¡Subid acá!”, cómo debe haberle alegrado en esas hórridas agonías que soportó con más que masculino heroísmo.

Los muchos que han perecido sobre el potro de tortura, seguramente han visto visiones como las que vio Esteban, quien, cuando las piedras zumbaban en sus oídos, vio los cielos abiertos, y oyó la voz venida del cielo: “Subid acá.”

La multitud de nuestros ancestros: nuestros venerables predecesores, que portaron el estandarte de la cruz antes de nuestro tiempo, que estuvieron sobre carbones encendidos, y soportaron las llamas con paciencia, con sus cuerpos consumidos por el fuego hasta que sus miembros inferiores se quemaban totalmente, y la vida se extinguía en medio de un montón de cenizas; ¡oh!, el gozo con que deben haber entrado en sus carros de fuego, tirados por caballos de fuego en dirección al cielo, siguiendo esta orden omnipotente del Señor: “¡Subid acá!”

Aunque la suerte de ustedes y la mía nunca sea la de una enfermedad prolongada, o penuria abyecta, o trabajo excesivo, o la muerte de un mártir, sin embargo aun así, creamos que si somos verdaderos seguidores de Cristo, en el momento en que nos llegue la muerte, o más bien, en el momento que vengan la vida y la inmortalidad, será un tiempo de gozo y bendición para nosotros. No busquen al Altísimo para demorar el tiempo cuando los mande a llamar a la habitación de arriba, sino más bien escuchen con el corazón, anhelando oír el llamado; estén atentos al mensaje real que dice: “Subid acá.” Un antiguo cantor lo declara dulcemente de esta manera:

A veces dije con lágrimas,
¡Ay de mí! ¡Me resisto a morir!
Señor, silencia estos temores;
Mi vida Contigo en las alturas,
¡Dulce verdad para mí!
Me levantaré,
Y con estos ojos
A mi Salvador veré. 

¿Qué significa, mi corazón tembloroso,
Que estés así tan temeroso de la muerte?
Mi vida y yo no nos separaremos,
Aunque yo renuncie a mi aliento.
¡Dulce verdad para mí!
Me levantaré,
Y con estos ojos
A mi Salvador veré.

¡Entonces, bienvenida eres, tumba inofensiva!
Por ti, al cielo iré:
Mi Señor, Tu muerte me salvará
De las llamas de abajo.
¡Dulce verdad para mí!
Me levantaré,
Y con estos ojos
A mi Salvador veré.”

Vamos a cambiar la nota un momento; mientras este debe ser el tema de una anticipación gozosa, debe ser también el objeto de espera paciente. Dios sabe muy bien cuál es el tiempo adecuado para que seamos llamados: “Subid acá.”

No debemos anhelar anteceder el período de nuestra partida. Yo sé que el amor intenso nos hará clamar:

Oh Señor de los Ejércitos, divide la olas,
Y llévanos a todos al cielo;”

Pero la paciencia debe completar su obra perfecta. Yo no quisiera morir mientras tenga que trabajar más o mientras haya más almas que salvar, más joyas que colocar en la corona del Redentor, más gloria que dar a Su nombre, y más servicio que dar a Su Iglesia.

Cuando George Whitfield yacía enfermo y quería morir, su enfermera de piel negra había orado por él, y al fin dijo: “no señor Whitfield, usted no va a morir; hay muchos negros por ahí que deben ser llevados a Cristo y usted debe vivir;” y Whitfield vivió. Ustedes saben que cuando Melancton se encontraba muy enfermo, Martín Lutero dijo que él no debía morir, y cuando sus oraciones comenzaron a obtener una cura, Melancton le dijo: “Lutero, déjame morir, déjame morir, ya no ores por mí,” y Lutero le respondió: “No hombre, yo te necesito; la causa de Dios te necesita, y no morirás.” Y cuando Melancton rehusaba comer, o tomarse sus medicinas necesarias pues esperaba estar pronto con Cristo, Lutero lo amenazó con la excomunión, si no hacía de inmediato lo que se le ordenaba, pues no debía morir. No nos corresponde a nosotros, mediante el descuido de los medios, o el displicente derroche de fuerza, o el celo despilfarrador, acortar una vida que puede ser útil. “No te hagas ningún mal” (el consejo de Pablo al carcelero) no está del todo fuera de lugar aquí.

Dios conoce el paso al que debe viajar el tiempo, y cuán extenso debe ser el camino de la vida. Si fuera posible tener remordimientos en el cielo podría ser que no vivimos más tiempo aquí para hacer mayor bien. ¡Más gavillas! ¡Más joyas! Pero ¿cómo, a menos que hubiera más trabajo? Es cierto que tenemos la contraparte de eso: que viviendo menos pecaremos menos, y nuestras tentaciones serían menores en número; pero, oh, cuando estamos sirviendo a Dios plenamente, y Él nos está dando para que esparzamos la semilla preciosa, y cosechemos cien veces más, llegamos a decir que está bien que nos quedemos donde estamos.

Cuando se le preguntó a una anciana cristiana si prefería morir o vivir, respondió que prefería lo que Dios quisiera. “Pero si pudiera elegir, ¿cuál preferiría?” “Si yo pudiera elegir,” respondió ella, “le pediría a Dios que eligiera por mí, pues me daría miedo elegir por mí misma.” Así que estén preparados para quedarse de este lado del Jordán, o atravesar la corriente, conforme su Señor lo quiera.

Y luego, otro pensamiento. Así como “Subid acá” debería promover una anticipación gozosa moderada por una espera paciente, así, amados hermanos, siempre debería ser para nosotros un asunto de absoluta certeza en cuanto a su recepción última. Mis ojos no podrían dormir ni mis párpados podrían dormitar, si este fuera un tema de duda, personalmente, en referencia a si al fin yo estaré entre los justificados. Yo puedo entender que un hombre tenga dudas acerca de su interés en Cristo, pero no puedo entender, y espero que nunca pueda hacerlo, que un hombre descanse contento en medio de estas dudas. Este es un asunto sobre el que necesitamos certeza absoluta. ¡Tú, joven, que estás allá! ¿Estás seguro que el Rey te dirá: “Subid acá?” Si tú crees en el Señor Jesucristo con todo tu corazón, esa invitación desde el gran trono con certeza llegará a tu oído como esa otra sentencia: “Polvo eres, y al polvo volverás.”

Quien cree en el Hijo de Dios tiene vida eterna. Ningún “si” condicional, ningún “tal vez” debe ser tolerado en nuestros corazones. Yo sé que brotarán como hierba mala, pero nos corresponde a nosotros arrancarla, juntarla en montones, y prenderle fuego, como hacen los agricultores con la grama en sus surcos. Al diablo le encanta que echemos suertes al pie de la cruz; pero Cristo quiere que lo miremos y encontremos una salvación segura. No, no, no debemos ser desanimados por una obra de conjeturas en relación a esto. Amigo mío, ¿puedes estar tranquilo sin una certeza infalible? ¡Cómo!, puedes morir esta noche, y estar perdido para siempre, y, ¿puedes ser feliz? ¡No, hombre, yo te exhorto por el Dios viviente, no cierres tus ojos hasta que estés seguro que los abrirás ya sea en la tierra o en el cielo! Pero si hay algún temor que puedas abrirlos en el infierno, ¿cómo te atreves a dormir? ¿Cómo te atreves a dormir, no sea que tu cama se convierta en tu tumba, y tu cuarto se convierta en la puerta de Tofet para ti?

Oh, hermanos en Cristo, busquemos tener el sello de Dios en nosotros, el testimonio infalible del Espíritu Santo, dando testimonio con nuestros espíritus, que somos nacidos de Dios, de tal forma que podamos esperar con gozo y quietud, y ver la salvación de Dios cuando el Señor diga: “Subid acá.”

Voy a agregar este cuarto pensamiento y luego proseguiremos. Pienso muy a menudo que, además de anticipar con gozo, esperar con paciencia, y tener la certeza con toda confianza, el cristiano debe contemplarlo con deleite. ¡Ah!, que cada cristiano diga ahora: “Pronto voy a morirme: el tiempo se desliza con premura. Aquí está mi cuarto. Puedo ver el cuadro ahora. Me han dicho que estoy muy enfermo, pero se lo habían guardado hasta que les pedí que me dijeran con franqueza la noticia que me voy a morir pronto, y ahora lo sé y siento la sentencia de muerte dentro de mí. Ahora viene el secreto jubiloso. En unos minutos sabré más acerca del cielo de lo que pueda enseñarme todo un grupo de teólogos. Pero cuán solemne es la escena que me rodea: la gente camina sin hacer ruido por la habitación; muy silenciosamente captan cada palabra que se dice, atesorándola.”

¡Ahora, santo, debes ser hombre! ¡Di una buena palabra por tu Señor! ¡Agita las profundidades del Jordán con tu valerosa marcha de victoria, oh soldado de Jesús! ¡Haz que sus márgenes inclinados resuenen con tus melodías, ahora! Muéstrales cómo puede morir un cristiano; deja que tu corazón desborde con mareas altas de gloria; bebe tu amarga copa, y di: “Sorbida es la muerte en victoria.” “Pero, ¿cómo es así que mi mente parece agitarse como para tomar el vuelo?”

¿Qué es esto que me absorbe tanto;
Que roba mis sentidos; quita mi vista;
Ahoga mi espíritu; me deja sin aliento?
Dime, alma mía, ¿será esto la muerte?”

No puedo ver; una película se está formando en mis ojos; es el barniz de la muerte. Un sudor frío perla mi frente, es el rocío proveniente de las exhalaciones de la muerte. La mano amable del afecto acaba de enjugar mi frente, y yo quisiera poder hablar, pero hay un obstáculo en mi garganta que impide que salga la palabra; éste, para mí, es el monitor del silencio de la tumba. Me esforzaré en contra de él.

Gozoso, con toda la fuerza que poseo,
Mis labios temblorosos cantarán,
¿Dónde está tu victoria, tumba jactanciosa,
Y dónde está el aguijón del monstruo?”

El esfuerzo ha agotado al moribundo. Debe recostarse nuevamente. Le colocan unas almohadas en la espalda. ¡Ah! Pueden apoyarlo en las almohadas, pero él tiene un mejor brazo que lo sostiene que el que pueda proporcionarle su mejor amigo. Ahora su amado “le sustenta con pasas, le conforta con manzanas,” pues aunque enfermo de muerte, también está “enfermo de amor.” El Señor le hace su cama en su enfermedad. Su mano izquierda está bajo su cabeza, y la diestra lo abraza. El Esposo de esa alma elegida está respondiendo ahora la oración pidiendo Su presencia que se deleitaba en ofrecer, diciendo, “Quédate conmigo.” Ahora la oración del poeta ha sido concedida a plenitud:

¡Sostén entonces Tu cruz ante mis ojos que se cierran!
¡Brilla en medio de lo lúgubre y llévame a los cielos!
Rompe la mañana de los cielos y huyen las vanas sombras de la tierra;
En vida y muerte, oh Señor, quédate conmigo!”

No podemos imaginar el último momento; el rapto, la gloria de la alborada, el joven rayo de la gloria beatífica, debemos dejar todo eso. En la tierra la escena es mucho más sombría, y sin embargo no es triste: mira a aquellos amigos: se reúnen, dicen: “Sí, se ha ido: ¡cuán plácidamente se durmió! Yo no podría decir en qué momento pasó del sueño a la muerte. El se ha ido.” Ellos lloran, pero no con una tristeza sin esperanza, pues se lamentan por el cuerpo, no por el alma. La montadura está rota, pero la joya está segura. El redil ha sido cambiado, pero la oveja está pastando en las cumbres de los montes de la gloria. Los gusanos devoran el barro, pero los ángeles dan la bienvenida al alma. Hay luto general dondequiera el buen hombre era conocido; pero, observen bien, es únicamente en la oscuridad donde esta tristeza reina. Allá arriba, en la luz, ¿qué están haciendo? Cuando abandonó el cuerpo, ese espíritu no se encontró solo. Los ángeles salieron a recibirlo. Los espíritus angélicos abrazaron al espíritu incorpóreo, y lo alzaron más allá de las estrellas (más allá de donde el ángel vigila eternamente al sol), distancias inconmensurables de este cielo de abajo, más allá, más allá. ¡He aquí, aparecen las puertas de perlas, y la luz azul claro de la ciudad de paredes enjoyadas! El espíritu pregunta: “¿Aquella ciudad es la hermosa Jerusalén, donde no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol?” El podrá comprobarlo muy pronto, pues se están aproximando a la Ciudad Santa, y llega el momento de que los querubes que lo transportan comienzan su canto coral. La música prorrumpe de los labios de quienes transportan al santo al cielo: “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria.” Las puertas de perlas ceden, y las gozosas multitudes del cielo dan al hermano la bienvenida a los asientos de la inmortalidad. Pero, qué sigue a continuación, no puedo describirlo. En vano se esfuerza la imaginación para pintarlo. Jesús está allí, y el espíritu está en Sus brazos. En el cielo, ¿dónde estaría sino en los brazos de Jesús? ¡Oh, gozo! ¡Gozo! ¡Gozo! ¡Océanos ilimitados de gozo! Yo Lo veré; yo Lo veré. Estos ojos Lo verán, y a nadie más.

Yo lo veré en esa piel
En la que fue cargada mi culpa;
Su intenso amor, Su fresco mérito,
Como sacrificado recientemente. 

¡Estos ojos lo verán en aquel día,
Verán al hombre que murió por mí!
Y mis huesos dirán al levantarse:
Señor, quién como Tú.”

Yo podría perderme cuando hablo de este tema, pues mi corazón está ardiendo. Me desvío, pero no puedo evitarlo; mi corazón está por allá, sobre las colinas con mi Amado Señor. ¿Cuál será la bienaventuranza de la gloria? Una sorpresa, pienso, inclusive para quienes la obtengan. Escasamente nos conoceremos a nosotros mismos cuando lleguemos al cielo; tanto nos sorprenderá la diferencia. Aquel pobre hombre que está allá tendrá sus vestiduras con todo el esplendor de las de un rey.

Vengan conmigo y vean a esos seres brillantes; ese hijo del duro esfuerzo, que descansa para siempre; ese hijo de pecado, lavado por Jesús, y ahora un compañero del Dios del cielo, y yo, el primero de los pecadores, cantando Su alabanza; Saulo de Tarso, alabando con himnos de la música del Calvario; el ladrón penitente, con su profunda nota baja, exaltando al amor agonizante; y la Magdalena, alcanzando las notas altas, pues aun en el cielo debe haber voces que cantan solas y alcanzan notas más altas que la mayoría de nosotros no puede alcanzar, todos cantando juntos: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos.” ¡Oh, que estuviéramos allí! ¡Oh, que estuviéramos allí! Pero debemos esperar con paciencia la voluntad del Señor. No tardará mucho para que Él diga: “Subid acá.”

II. Y ahora pasaremos a la segunda parte de nuestro tema. Esta vez tomaremos nuestro texto, no como la orden de partir, sino como un SUSURRO DE LOS CIELOS PARA EL CORAZÓN DEL CREYENTE. Hay una voz que resuena desde el cielo hoy, no como un llamamiento perentorio, sino como una invitación susurrada suavemente: “Subid acá.”

El Padre le dice esto, hoy, a cada hijo adoptado. Nosotros decimos: “Padre nuestro que estás en los cielos.” El corazón del Padre desea tener a Sus hijos sobre Sus rodillas, y cada día, Su amor nos llama con un tierno: “Subid acá.” Y el Padre de ustedes y el mío no estará contento hasta que cada uno de Sus hijos esté en las muchas mansiones de arriba.

Jesús susurra esto al oído de ustedes el día de hoy. ¡Escuchen! ¿No oyen que dice: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese?” Jesús te apunta a los cielos, creyente. No te apegues a las cosas de la tierra. Quien no es más que un huésped en una posada, no debe vivir como si estuviera en casa. Ten lista tu tienda para la acción. Debes estar preparado siempre para levar anclas, y navegar a través del mar para encontrar un puerto mejor, pues mientras Jesús nos llama, aquí no tenemos una ciudad permanente.

Ninguna esposa que sea verdadera tiene descanso excepto en la casa de su marido. Donde su consorte está, allí está su hogar: un hogar que atrae su alma hacia sí cada día. Jesús, digo, nos invita a los cielos. Él no puede estar completamente contento mientras no lleve Su cuerpo, la Iglesia, a la gloria de su Cabeza, y conduzca a su cónyuge elegida a la fiesta de bodas de su Señor.

Y junto a los deseos del Padre y del Hijo, todos aquellos que nos han antecedido, parecen inclinarse hoy sobre las murallas del cielo, diciendo: “¡Valor, hermanos! ¡Valor, hermanos! La gloria eterna los espera. Combatan en el camino, resistan la corriente, acometan de frente las olas, y suban acá. Nosotros no podemos ser hechos perfectos sin ustedes: no hay Iglesia perfecta en el cielo mientras no estén allí todos los santos elegidos; por tanto, subid acá.” Ellos extienden sus manos de compañerismo; miran con ojos relucientes de sólido afecto sobre nosotros, y nuevamente dicen: “Subid acá.”

Guerreros que portan los laureles, ustedes nos llaman a la cima de la colina donde nos esperan triunfos semejantes. Los ángeles hacen hoy lo mismo. ¡Cómo deben sorprenderse al vernos tan indiferentes, tan mundanos, tan endurecidos! Ellos también nos hacen señas, y claman desde los asientos llenos de estrellas: “Amados, por quienes nos regocijamos cuando fueron traídos como hijos pródigos a la casa de su Padre, ‘Subid acá,’ pues anhelamos verlos; su historia de gracia será extraña y sorprendente, una historia que los ángeles están ansiosos de escuchar.

Extiendan sus alas, santos, y vuelen,
Directo hacia aquellos mundos de gozo.’”

He limitado mi argumentación en relación a ese punto. Ustedes pueden caminar en esta meditación como en un jardín cuando estén tranquilos y solos. Toda la naturaleza suena la campana que los convoca al templo de arriba. Pueden ver las estrellas de noche, mirando hacia abajo como si fueran los ojos de Dios, y diciendo: “Subid acá.” Los susurros del viento que se deslizan en la quietud de la noche les hablan, y dicen: “Hay otra tierra que es mejor; vengan con nosotros; ‘Subid acá.’” Sí, cada nube que navega a lo largo del cielo, puede decirles: “Remóntense por encima de mí, hacia el claro éter que ninguna nube puede opacar; contemplen el sol que yo nunca puedo ocultar; el mediodía que no puedo estropear. “Subid acá.”

III. Voy a necesitar su atención durante unos cuantos minutos a mi tercer punto, pues yo pienso que estas palabras pueden ser usadas como UNA AMOROSA INVITACIÓN PARA LAS PERSONAS INCONVERSAS. Hay muchas voces de espíritus que claman a ellos: “Subid acá; subid al cielo.”

Me encanta ver a muchas personas reuniéndose aquí en estos días oscuros, fríos, días invernales. Este gran lugar está tan lleno como si fuera una pequeña sacristía. Se apretujan unos contra otros como lo hacían las multitudes en los días del Señor. Dios proporciona un espíritu de oír en estos días, de una manera maravillosa; y, oh, yo quisiera que mientras ustedes están oyendo, alguna chispa viva del fuego divino cayera en sus corazones, y que esta chispa se convirtiera en la progenitora de un incendio ardiente.

Si le preguntamos a cualquiera si desea ir al cielo, dirá: “sí;” pero, ¡ay!, sus deseos por el cielo no son lo suficientemente fuertes para ser de uso práctico. Son tales tristes vientos, que no se puede navegar al cielo con ellos. Tal vez si podemos reavivar esos deseos hoy, Dios el Espíritu bendecirá nuestras palabras para traer a los hombres al camino de la vida. Pecador, extraviado, lejos de Dios, muchas voces te saludan hoy, y aunque tú has elegido los senderos del destructor, hay muchas personas que querrían volverte al camino de paz.

Primero, Dios nuestro Padre te llama. Tú dirás: “¿cómo?” Pecador, tú has tenido muchos problemas últimamente; los negocios no han ido bien; has estado sin trabajo, desafortunado, turbado, desilusionado; has tratado de seguir adelante, pero no puedes hacerlo; en tu casa no funciona nada; de alguna manera u otra, nada de lo que haces prospera; siempre estás tropezando de un pantano a otro; y te estás cansando de tu vida. ¿Acaso no sabes, pecador, que es tu Padre que te dice: “subid acá?” Tu porción no se encuentra aquí; busca otra porción y una tierra mejor. Has construido tu nido en un árbol que está marcado por el hacha, y Él está bajando tu nido para que puedas construirlo sobre roca. Yo te digo, estos problemas no son sino palmadas de amor para liberarte de ti mismo. Si te hubieras quedado sin castigo, tendría muy poca esperanza acerca de ti. Ciertamente en ese caso Dios habría dicho: “Dejémoslo solo; él no tendrá ninguna porción en la vida venidera; que tenga su porción aquí.”

Hemos tenido noticias acerca de una esposa, una mujer piadosa, quien durante veinte años había sido perseguida por un brutal marido: un marido tan excesivamente malo, que al fin su fe le falló, y ella dejó de ser capaz de creer que él se convertiría algún día; pero durante esta crisis, ella fue con él más amable que nunca. Una noche, a las doce de la noche, en un frenesí alcohólico, les dijo a sus amigos que él tenía una esposa como ningún otro hombre podía tenerla; y si ellos lo acompañaban a casa, él la despertaría a golpes y ella les serviría la cena; esto, con el fin de probar su carácter. Ellos vinieron a su casa, y la cena estuvo lista muy pronto, y constaba de las cosas que ella había preparado, tan bien y tan rápidamente como la ocasión lo había permitido; y sirvió a la mesa con tanta alegría como si la fiesta hubiera tenido lugar el momento justo. Ella no se quejó para nada. Al fin, uno del grupo, más sobrio que el resto, le preguntó cómo podía ser siempre tan amable para con tal marido. Viendo que su conducta había causado una leve impresión, se atrevió a responderle: “he hecho todo lo que he podido para llevar a mi esposo a Dios, y temo que no será salvo nunca, y por tanto su porción deberá ser en el infierno para siempre; por lo tanto, lo haré tan feliz como pueda mientras él esté aquí, pues no tiene nada que esperar en el más allá.”

Ahora, tal es su caso el día de hoy; pueden obtener algún placer aquí, pero no tienen nada que esperar en el más allá. Dios se ha agradado, acabo de decirlo, de quitarles sus placeres. Aquí, entonces, tengo buenas esperanzas de que, puesto que Él los sacude del presente, puedan ser conducidos al futuro. Dios el Padre los está poniendo incómodos, para que ustedes Lo busquen. Es la señal de que los llama con Su dedo de amor: “Subid acá.”

Y, saben, esas muertes que les han acontecido recientemente, todas dicen: “Subid acá.” Tú recuerdas cuando murió tu madre (ella era verdaderamente una santa), ¿recuerdas, Juan, lo que te dijo? Ella dijo: “yo podría morir feliz, si no fuera por ti y por tu hermano; pero, oh, que pudiera tener una esperanza de que ustedes todavía pudieran venir a Dios.” ¿Recuerdas, hombre, cómo esa hijita tuya, que había asistido a la escuela dominical, y que murió tan joven, te besó y te dijo: “papá, padre querido, abandona la copa del borracho, y sígueme al cielo; no te enojes, padre, yo me estoy muriendo; no te enojes porque dije eso, padre. Sígueme al cielo?” Pero tú no has cedido a esa petición amorosa; estás descendiendo al infierno. Sin embargo, recuerda, todo esto era un llamamiento de Dios para ti, diciéndote: “Subid acá.” Él ha llamado, y tú te has rehusado, pon mucho cuidado, no sea que cuando tú llames, Él te rechace.

Además, tú mismo has estado enfermo. Si no me equivoco, estoy hablando al hombre apropiado ahora. No hace mucho tiempo que tuviste fiebre, o, ¿qué fue lo que tuviste? Fue un accidente, y todo mundo afirmaba que estuviste a punto de morir; tuviste tiempo de reflexionar cuando estabas en la sala de ese hospital, o en tu pequeña habitación; ¿recuerdas lo que tu conciencia te decía? Cómo rompió la cortina y te hizo contemplar tu destino, hasta que leíste en letras de fuego estas palabras: “en el Seol harás tu estrado.” ¡Oh!, cómo temblaste en ese momento. No pusiste objeción para ver al ministro; entonces no te reíste del Evangelio de Cristo; hiciste un buen número de votos y de resoluciones, pero los has quebrantado todos; has mentido al Altísimo; has perjurado ante el Dios de Israel, y te has burlado del Dios de misericordia y de justicia. Ten mucho cuidado, no vaya a ser que te barra de un golpe, pues en ese momento ni un gran rescate te librará. Estas cosas, entonces, han sido llamados de la mano de tu Padre, que dicen: “Subid acá.”

Pero además, el Señor Jesucristo también te ha hecho la señal que vengas. Tú has oído que Él ha abierto un camino al cielo. ¿Qué significa un camino? ¿Acaso un camino no es una invitación a un viajero para que transite en él? Yo he atravesado los Alpes y he visto los poderosos caminos que hizo Napoleón para poder llevar su cañón a Austria; pero cómo compararemos las obras que los hombres han hecho a través del sólido granito y por encima de montañas vírgenes (montañas que hasta ese momento no contaban con caminos), cómo compararemos todo eso con el camino que Cristo ha abierto al cielo a través de las rocas de justicia, sobre los golfos de pecado, arrojándose Él mismo en las brechas, saltando al vacío para completar el camino?

Ahora el propio camino te habla; la sangre de Cristo, que abrió el camino, habla mejores cosas que la sangre de Abel; y esto es lo que dice: “pecador, cree en Cristo y tú eres salvo.” Por cada gota de sangre que corrió como sudor en Él en el huerto; por cada gota que brotó de Sus manos y pies; por toda la agonía que soportó, les suplico que oigan la voz que clamó: “Vete, y no peques más;” confía tu alma a Él, y tú eres salvo.

Pero, mi querido lector, tenme paciencia; préstame atención. El Espíritu de Dioscontiende contigo y clama: “Subid acá.” El Espíritu de Dios escribió este libro; y ¿por qué motivo fue escrito este libro? Escucha las palabras de la Escritura: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” Aquí está el libro lleno de promesas, perfumado de afecto, rebalsando amor. ¡Oh!, ¿por qué motivo, por qué razón lo despreciarás, y apartarás de ti la voz de misericordia? Cada vez que veas la Biblia, piensa que ves en su tapa: “Sube al cielo, busca la vida eterna.”

Luego está el ministerio por medio del cual habla el Espíritu de Dios. A menudo he pedido a mi Señor que me dé un corazón de Baxter para llorar por los pecadores, y una lengua de Whitfield para interceder. Yo no tengo ninguno de los dos; pero si los tuviera, ¡oh!, ¡cómo les rogaría a ustedes! Pero lo que tengo les doy. Como embajador de Dios, te suplico, pecador, vuélvete del error de tus caminos. “Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.” “¿Por qué moriréis?” ¿Acaso el infierno es tan agradable? ¿Es la diestra de Dios, cuando está extendida en trueno, algo que podemos despreciar? ¡Oh!, vuélvanse; huyan al refugio; el Espíritu les ordena que vuelen.

Además, ¿acaso tu conciencia no te dice lo mismo? ¿No hay algo en tu corazón el día de hoy que dice: “Comienza a pensar en tu alma; confía tu alma a Cristo? Que la gracia divina te constriña a escuchar el silbo apacible y delicado, ¡para que seas salvo!

Y, finalmente, los espíritus de sus amigos que ya partieron claman a ustedes desde el cielo el día de hoy, con una voz que quisiera que pudieran oír: “Subid acá.” Madre (mujer inconversa), tú tienes un bebé en el cielo; tal vez no uno, ni dos, sino una familia de bebés en el cielo. Tú eres una madre de ángeles, y esos jóvenes querubes claman a ti: “madre, sube acá.” Pero no puede suceder nunca a menos que te arrepientas y creas en el Señor Jesucristo.

Yo sé que algunos de ustedes han llevado a la tumba a sus parientes santificados. Tu padre, de cabellos canos, al fin siguió el camino de toda carne, y desde su asiento celestial ante el trono eterno, clama: “Sube acá.” Una hermana, que enfermó de tisis, que partió hace tiempo abandonando el hogar y dejándote para llorar su ausencia, clama: “Sube acá.” Yo imploro a ustedes, hijos de los santos en la gloria; yo les imploro, hijas de madres inmortales; no desprecien ahora la voz de quienes les hablan desde el cielo. ¡Oh!, si ellos estuvieran aquí, si fuera posible que vinieran aquí a hablarles el día de hoy, yo sé las notas de profundo afecto que brotarían de sus labios: “allí está mi mamá.” “Allá está mi papá.” Ellos no pueden venir; pero yo soy su vocero. Si yo no puedo hablar como ellos podrían hacerlo, recuerden, si ustedes no se convierten cuando oigan el Evangelio predicado: “tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.” Ellos no podrían sino hablarles del Evangelio; yo hago lo mismo.

El Evangelio es: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” “El que creyere y fuere bautizado, será salvo,” dice el Evangelista. Creer es confiar en Cristo; ser bautizado no es la aspersión a un bebé; para eso no hay respaldo excepto en las invenciones de los hombres. Ser bautizado es ser sepultado con Cristo en el bautismo después de la fe; pues lo que es hecho sin fe, y no es hecho por fe, es contrario al mandamiento del Señor. El bautismo es para los santos, no para los pecadores: como la Cena del Señor, es en la Iglesia, no fuera de ella. Creyendo, eres salvo. El bautismo no te salva; eres bautizado porque eres salvo. El bautismo es el reconocimiento exterior del gran cambio interior que el Espíritu de Dios ha obrado. Cree, pues, en Jesús. Echado de bruces ante la cruz, entrégate ahora; luego levántate y di: “ahora confieso Su nombre,” y estoy unido a Su Iglesia, y creo que al fin, habiéndolo confesado ante los hombres, Él me confesará ante mi Padre que está en los cielos.

Y ahora regresaremos a casa y recuerden que yo estoy limpio de la sangre de ustedes. No sé cuántas personas haya aquí hoy, pero estimo que habrá siete mil personas aquí congregadas, que no tendrán ninguna excusa el día del juicio. Les he prevenido lo mejor que he podido; les he suplicado. ¡Pecador! ¡Pecador! Tu sangre sea sobre tu propia cabeza si rechazas esta grandiosa salvación. Oh Dios el Espíritu Santo, haz que quieran en el día de Tu poder, y sálvalos el día de hoy, y para siempre, por causa de Tu nombre. Amén.

sujetosalaroca.com

Lógica de Dios es diversa a la lógica del mundo, recuerda el Papa

Vaticano

Ángelus dominical

Lógica de Dios es diversa a la lógica del mundo, recuerda el Papa

.- Miles de fieles y peregrinos se dieron cita en la Plaza de San Pedro para rezar el Ángelus dominical con el Papa Benedicto XVI quien al introducir la oración recordó que la vocación a la vida cristiana es ya una primera recompensa que Dios nos hace para vivir en plenitud en la tierra. Ante ellos recordó que “por fortuna, la lógica de Dios no es la misma que la del hombre“.

“El ya ser llamados por Dios es la primera recompensa: el poder trabajar en la viña del Señor, ponerse a su servicio, colaborar con su obra, constituye de por sí un premio inestimabile que paga toda fatiga”, afirmó el Papa al meditar el Evangelio del día de hoy.

El Papa resaltó además que esto solo lo entiende “quien ama al Señor y a su Reino; quien en cambio trabaja solamente por el dinero nunca se dará cuenta del valor de este inestimabile tesoro”.

Así mismo el Santo Padre recordó que Mateo, a quien la Iglesia recuerda hoy, vivió la experiencia mencionada. “En efecto antes que Jesús lo llamase, era un publicano y por ello un público pecador, un excluído de la ‘viña del Señor’. Todo cambia cuando Jesús, pasando junto a donde él se encontraba, lo mira y le dice: ‘Sígueme’. Mateo se levantó y lo siguió”.

“De ser un publicano se convirtió inmediatamente en discípulo de Cristo. De ser el último se encontró siendo el primero’, todo gracias a la lógica de Dios que es totalmente diversa de la lógica del mundo”, continuó.

Más adelante recordó también la figura de San Pablo, quien en sus cartas afirma que “fue la gracia de Dios la que obró en él, aquella gracia que de perseguidor de la Iglesia lo transformó en apóstol de gentes. Al punto de hacerle decir: ‘Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia’”.

….

Seguidamente el Papa rezó el Ángelus, saludó en diversas lenguas e impartió su Bendición Apostólica.

¿Porque creo en DIos?

¿Porque creo en Dios?

Porque el existe,y porque se que el me ama,y porque hablo con el todos los dias y a cada rato,porque tengo una relacion personal con el,imperfecta,claro,ya que no soy perfecto, pero se que el esta ahi y aqui.
Ademas, Dios se revela en Israel, en la Biblia,y en Jesús.

Porque Dios me ha dado la fe para poder creer en el. Y Dios abrio mi mente,  me abrió el entendimiento. Pero yo siempre crei en el. Ahora puedo decir que “lo conozco”. Antes creia en el, ahora le creo
Porque en el encuentro muchas cosas ,ademas de sentido de la vida.
Paz en medio de las aflicciones, gozo sobrenatural, he comprobado su autoridad, su poder y la autoridad en su nombre
He visto sus respuestas ante situaciones imposibles de solución humana, inimaginables para mi y he sentido su paz que sobrepasa todo entendimiento.
He visto como sus promesas en la Biblia y lo que el Espiritu Santo habla a mi corazón, se ha cumplido.
Ademas, mi vida cambio 100% desde que me converti a el, y la de mi familia, mi familia estaba destruida y hoy tengo una familia no perfecta, pero si estable. Mis padres incluso fueron pastores varios años.
Pero lo mas importante es porque se que el me ama, tan cierto el aire que respiro.
He podido comprobar muchisimas veces su fidelidad, su comprension, la libertad de sentimeintos de culpa del pasado,
Son muchisimas cosas, miles de experiencias,vivencias, enseñanzas,
He predicado en iglesias y he visto su autoridad, su respaldo en mi vida, he orado por enfermos en su nombre y se han sanado, he echado fuera de los cuerpos espiritus malos y he visto a las personas ser liberadas.
Son miles de cosas, pero el es bueno, es cariñoso conmigo, fiel,compañero, me ha avisado muchas veces de cosas que iban a pasar en mi vida, de manera que al estar apercibido pude tomar decisiones mejor preparado.
Son miles y miles de vivencias.Porque yo no podia dormir, tenia miedo del infierno antes de ser evangelico,y el me libro de esa sensacion de condenación.
Y porque el tiene palabras de vida eterna que te llegan tan profundo, pero tan profundo, que es imposible dudar, ya que inunda tu alma de su felicidad, no es una felicidad terrenal.
He orado por personas y he visto la respuesta inmediata,Gonn,en muchos caso, y otras con el tiempo.
Le pedi una esposa y me la dió, y experiemente su paz en medio de muchísimas dificultades, una paz que es como una sustancia dentro del ser, mas allá del entendimiento humano.
Porque se que el es el Creador de todas las cosas, es fe, es verdad, pero no es una fe que me atormenta,sino una fe que me produce satisfacción.
Se que el es tremendamente poderoso.Porque se que el es el Señor del Universo, y me regaló la oportunidad de ser su hijo.
Aunque el gobierna sobre toda la creacion, pedonó mis pecados totalmente, y me dió la seguridad, y me libró del tromento del pecado, la angustia que produce y la sensación de culpa, me dio su Espíritu Santo para que viva dentro de mi ser.
Porque me ha dado la vida eterna.Cuando parta de esta vida, estaré con el por la eternidad.No dudo ni un poquito de eso.
Me libro de la locura.sin duda y del suicidio, que ya habia intentado un par de veces. No tenia ganas de vivir, ahora si tengo ganas de vivir, no tenía motivo para vivir, ahora sí tengo,no le encontraba sentido a la vida, ahora se lo encuentro,no tenia rumbo, ahora lo tengo
No confiaba en nada, ahora confío en Él.
Porque muchas veces consoló mis tristezas, me ayudó a perdonar a aquellos que me ofendieron, me libró de pasar hambre en Rep.Dominicana
No tenia para comer y oré especificamente, y tuve respuesta tal cual se la pedí
Cuando he necesitado dinero, me envió la cantidad que tenia necesidad., en Republica Dominicana.
Y cuando fue el momento de volver, me confirmó que era su voluntad que volviera, de varias maneras, como para que no tenga dudas.
Porque a pesar de ser imperfecto, puedo decir que amo a Dios con mi corazon, aunque quisiera amarlo mas.
Tengo la certeza absoluta que cuando parta de esta vida, caminaré por una hermosa ciudad que el preparópara nosotros. ¡Calles de oro, mar de Cristal.!
Porque se que al final de los tiempos, resucitaré de entre los muertos.
Porque Él entregó a su hijo Jesús a dar su vida por mi en la cruz, y yo experimenté su perdon.Y crei además.
Bueno, es un libro mi vida.
Espero te sea de bendición.
Capaz que no son las respuestas que vos esperarías, pero si son las que yo esperaría de Él.
Estoy tranquilo y en paz,con Dios,y conmigo mismo.

DIos te bendiga

Paulo Arieu

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