APOLOGETICA CATÓLICA II
EL CATOLICISMO ROMANO Y LA BIBLIA
1. Antes de la Reforma Protestante
“LA IGLESIA CATOLICO-ROMANA no desea que el común del pueblo lea la Biblia.” Esta afirmación ha de ser objetada y negada inmediatamente, y para ello se aducirán citas de papas y otras autoridades eclesiásticas para rechazarla. En la página del título de la versión católico-romana de la Biblia en inglés, con fecha de abril de 1778, aparece, por ejemplo, una carta del Papa Pío VI al Arzobispo de Florencia, en la que urge a los católicos a que lean la Biblia. Dice así:
“En tiempos en que están circulando aun entre personas iletradas con gran destrucción de las almas, muchos libros que atacan descaradamente la religión católica, Ud. juzga muy acertadamente que se debería exhortar a los fieles a leer las Santas Escrituras, porque ellas constituyen la fuente más abundante, que debería estar abierta para todos, para que de ellas saquen pureza de costumbres y de doctrina, y para exterminar los errores que tanto se extienden en estos corrompidos tiempos.”
Frente a esta tan hermosa declaración deben colocarse, sin embargo, los hechos históricos tanto antiguos como modernos.
El Concilio de Tolón en 1239 prohibió de hecho que los laicos poseyeran alguno de los libros de la Biblia, fuera del salterio y el breviario (este último contiene los rezos que deben hacer los sacerdotes y en ellos hay algunas porciones de la Escritura), y prohibió terminantemente que fueran traducidos a la lengua popular.
Trescientos años más tarde fue renovada esta prohibición en el índice de libros prohibidos preparado por orden del Concilio de Trento, que dice: “Habiendo demostrado la experiencia que, si se permite circular indiscriminadamente por todas partes en la lengua del pueblo los libros sagrados, puede resultar más daño que provecho a causa de la imprudencia de los hombres en este respecto, deben someterse al juicio del obispo o inquisidor, los que permitirán la lectura de estos libros traducidos por autores católicos a la lengua del pueblo a aquellos que juzguen capaces de derivar de su lectura no pérdida, sino aumento en la fe y en la piedad. Esta licencia debe tenerse por escrito, y si alguno osara leerlos o tenerlos en su poder sin esta licencia no podrá recibir la absolución de su pecado hasta que haya devuelto los libros al ordinario. Los libreros que los hayan vendido o entregado en cualquier otra forma . . . perderán el valor de dichos libros en favor del obispo.”
De esta manera, según el decreto del Concilio de Trento, que anatematizó a los que se negaran a reconocer sus decisiones como infalibles, y por consiguiente inmutables, no pueden leer las Escrituras más que aquellas personas que el obispo juzgue idóneas, y esto sólo cuando tengan licencia escrita para ello. En tiempos posteriores el Papa León XII, en una encíclica fechada el 3 de mayo de 1824, escribe:
“Vosotros sabéis, venerables hermanos, que cierta sociedad llamada Sociedad Bíblica anda con descaro por todo el mundo, la cual sociedad, en contra del conocido decreto del Concilio de Trento, trabaja con todo su poder y por todos los medios para traducir, mejor dicho pervertir, las Santas Escrituras a la lengua popular de cada país…. Cumpliendo nuestro deber apostólico, os exhortamos a que apartéis vuestro rebaño de estos pastos venenosos.”
Los obispos católico-romanos de Irlanda entregaron dicha encíclica a sus sacerdotes con una carta explicatoria, de la que extractamos lo siguiente: “Nuestro santo padre recomienda a los fieles la observancia de la regla de la Congregación del Indice, que prohibe el uso de las Sagradas Escrituras en la lengua del pueblo sin la aprobación de las autoridades competentes. Su santidad advierte sabiamente que ha notado que resulta más mal que bien del uso indiscriminado de las Escrituras a causa de la malicia o debilidad de los hombres…. Por eso, queridos hermanos, tales libros han sido y serán siempre execrados por la iglesia católica, y esta es la razón por la que con frecuencia ha ordenado que sean entregados a las llamas.”
Con el respaldo de tal autoridad no es de extrañar que las Biblias hayan sido confiscadas y quemadas en el pasado. Esto se sigue haciendo aun hoy mismo en los países en que la iglesia romana tiene suficiente autoridad. Tal acción no seria tolerada en países protestantes, en los que Roma tiene que ceder ante la opinión ilustrada, pero en el fondo ella se resiste todavía a colocar la Biblia en las manos del común del pueblo, como lo demuestra la siguiente declaración del Cardenal Wiseman: “Aunque las Escrituras sean permitidas aquí, no urgimos al pueblo a que las lea, ni los exhortamos a que lo hagan; no las propagamos todo lo que podemos. Ciertamente que no.”
A pesar de la carta de Pío VI, las Escrituras no se “dejan abiertas para que cualquiera extraiga de ellas la pureza de costumbres y de doctrina.” Todo lo contrario.
La costumbre establecida en la iglesia romana es publicar la Biblia con notas, para que el que las lea conozca el sentido que ella da a sus doctrinas. La carta encíclica de Pío IX, publicada el 8 de diciembre de 1849, dice: “Refiriéndome especialmente a las Santas Escrituras, se debe recordar encarecidamente a los fieles a su cargo que ninguna persona tiene base para confiar en su propio juicio en cuanto a lo que sea su verdadero sentido, si éste se opone a la santa madre iglesia, que es la única que ha recibido la comisión de Cristo de vigilar por la fe que le ha sido encomendada y decidir sobre el verdadero sentido e interpretación de los escritos sagrados.”
Por lo dicho se deja ver que, aunque la iglesia católico-romana reconoce la inspiración divina de las Santas Escrituras, no tienen éstas la autoridad final, sino la iglesia romana, que es la única que tiene el derecho de decidir e interpretar su significado.
Las mismas Escrituras demuestran claramente que tienen el derecho de ser colocadas en las manos del pueblo, y por eso las autoridades papales las han prohibido, pues las enseñanzas de la Biblia y las doctrinas de Roma son diametralmente opuestas. Recurramos a la misma Biblia.
1. En los tiempos del Antiguo Testamento todo el pueblo de Israel se reunió en el Sinaí para escuchar la voz de Dios. Moisés había recibido de Dios la orden de escribir todos los mandamientos que había recibido de él (Ex. 34:27, 28). Este escrito debía ser leído en alta voz en los oídos de todo el pueblo cada séptimo año durante la Fiesta de los Tabernáculos (Deut. 31:9-13).
“Harás congregar el pueblo, varones y mujeres y niños, y tus extranjeros que estuvieron en tus ciudades, para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de poner por obra todas las palabras de esta ley: y los hijos de ellos que no supieron oigan, y aprendan a temer a Jehová vuestro Dios todos los días que viviereis sobre la tierra.”
En Nehemías se halla el relato de cómo se realizó esto: “Y leyó Esdras en el libro de la ley de Dios cada día, desde el primer día hasta el postrero” (Neh. 8:1-18) . Esta lectura produjo el arrepentimiento como se lee en Nehemías 9.
2. Josué recibió orden de meditar en esta ley escrita del Señor día y noche para que aprendiera a obrar conforme a todo lo que estaba escrito en ella. “Nunca se apartará de tu boca,” dijo el Señor, lo que significaba que los mandatos que él diera al pueblo debían ser ordenados por ella (Josué 1:7,8).
3. El mandamiento dado a los hijos de Israel decía así: “Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón: y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes: y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos: y las escribirás en los postes de tu casa y en tus portadas” (Deut. 6:6-9, y 11:18-21).
Estos pasajes demuestran cómo el pueblo de Israel debía conocer, y familiarizarse, y tener presente en todos los actos de su vida diaria la Palabra de Dios, primeramente en su forma oral y después en forma escrita como cabeza de las Escrituras del Antiguo Testamento.
4. Al transformarse la teocracia en monarquía, todos los nuevos reyes, al subir al trono, debían hacer una copia del Libro de la Ley para su propio uso. “Y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de aquesta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra” (Deut. 17:18, 19).
Los Salmos demuestran abundantemente que el pueblo escogido de Dios estaba familiarizado con las partes del canon del Antiguo Testamento que entonces existían, y que eran consideradas como el centro de su vida nacional, como norma de fe y conducta.
El Salmo 1:1-3 describe la bienaventuranza del hombre que se deleita en la ley del Señor y que medita en ella de día y de noche. El tal es como un árbol plantado junto a arroyos de agua, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae.
El Salmo 19 habla de la perfección de la ley de Dios y de sus resultados prácticos en las vidas de los que la guardan. Es mejor que el oro, más dulce que la miel, que ilumina, corrige y premia.
El Salmo 119 menciona la Palabra de Dios en casi todos sus 176 versículos en una forma u otra, por ejemplo: En el versículo 9: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.”
En el versículo 11: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.”
En el versículo 16: “Recrearéme en tus estatutos: no me olvidaré de tus palabras.”
En el versículo 104: “De tus mandamientos he adquirido inteligencia: por tanto he aborrecido todo camino de mentira.”
En el versículo 105: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.”
Viniendo a los tiempos del Nuevo Testamento encontramos que nuestro mismo Señor, siendo niño, crecía en sabiduría en tal forma que su conocimiento de las Escrituras del Antiguo Testamento causó la admiración de los doctores en el templo (Luc. 2:46, 47) . Su mente estuvo saturada de las Escrituras aun en esta tierna edad. Cuando más adelante se encontró con el tentador en el desierto, pudo echar mano al momento a la Escritura más adecuada a su necesidad, y arrojó fuera al demonio repitiéndole tres veces el “Está escrito” (Mat. 4:1-11).
Nuestro Señor nunca reprendió a los judíos de su tiempo por leer las Escrituras, sino por negarse a obedecer lo que en ellas leían.
“Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mi” (Juan 5:39, 40). Cuando los saduceos se burlaron de la resurrección, les dijo: “Erréis, ignorando las Escrituras” (Mat. 22:29). El papa y los concilios de la iglesia romana dicen que el hombre ordinario corre el peligro de caer en error, leyendo la Biblia por sí mismo; pero nuestro Señor afirma que el peligro de extraviarse está en no leer la Biblia. ¿A quién debemos obedecer, a Dios o al hombre? La respuesta la da el apóstol Pedro: “Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).
7. Pablo encontró en Listra a un joven discípulo llamado Timoteo, hijo de madre Judea y de padre griego, al que tomó como compañero de sus trabajos. A este joven dirigió Pablo dos de sus cartas, escritas en los últimos años de su vida. En la 2a Timoteo 3:15 dice: “Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud por la fe que es en Cristo Jesús.” Las Santas Escrituras, que Timoteo había conocido desde su infancia, no le habían conducido al error, sino al conocimiento de la salvación en Jesucristo. ¿Cómo había recibido él tan pronto ese conocimiento de las Escrituras del Antiguo Testamento? La respuesta la encontramos en 2 Tim. 1:5. Es obvio que lo recibió de su madre Eunice y de su abuela Loida.
8. Citemos un pasaje más. Al oír los judíos de Berea la predicación de Pablo y Silas acerca del Señor Jesucristo, “recibieron la Palabra con todo solicitud.” Pero no pararon ahí, sino que recurrieron a las Escrituras del Antiguo Testamento, “escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran asé.” Tuvieron las Escrituras en sus manos, las escudriñaron y las tomaron como pauta para asegurarse de la veracidad de la predicación. Lejos de ser reprendidos por ello, recibieron recomendación: “Fueron éstos más nobles que los que estaban en Tesalónica,” porque con mente abierta recibieron la palabra y la confrontaron con las Escrituras, con el resultado de que “creyeron muchos de ellos” (Hechos 17:10, 12).
Todos estos pasajes se refieren a las Escrituras del Antiguo Testamento, y no podía ser de otra manera, pues en aquel tiempo no se había escrito aún el Nuevo Testamento. En ninguna parte de la Biblia se encuentra la más ligera indicación de que las Escrituras del Nuevo Testamento, según fueron escritas más tarde, deberían tratarse en forma diferente de las del Antiguo. Pedro en su carta (2 Pedro 3:15, 16) menciona algunas de las cartas de Pablo, que en aquel tiempo estaban ya en circulación, y las clasifica como “otras Escrituras,” colocándolas a la par con los libros del Antiguo Testamento. La iglesia católico-romana cita este pasaje para probar la necesidad de que la iglesia quite la Biblia de las manos del común del pueblo, porque Pedro dice que algunos indoctos e inconstantes habían torcido los escritos de Pablo o algunas partes de ellos que eran difíciles, para perdición de sé mismos. Es cierto que Pedro previene contra el peligro de torcer las Escrituras, es decir, tergiversar su significado, pero de ninguna manera advierte a sus lectores contra la lectura de las mismas, o sugiere que solamente el papa o los concilios pueden leerlas e interpretarlas. Lo que él dice es: “Así que vosotros, oh amados, pues estáis amonestados, guardaos que por el error de los abominables no seáis juntamente extraviados, y caigáis de vuestra firmeza.” E inmediatamente continúa diciendo: “Mas creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” ¿Cómo deberían ellos crecer en esta gracia y conocimiento, y cómo podemos hacerlo nosotros? La respuesta está en I Pedro 2:1, 2: “Dejando pues toda malicia, y todo engaño, y fingimientos; y envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual, sin engaño, para que por ella crezcáis en salud.” Nuestro desarrollo y crecimiento espiritual depende de nuestra lectura constante y devota de la Palabra de Dios, con corazones listos a obedecer todos sus preceptos.
Según la Palabra de Dios uno de los dones del Señor Jesucristo ascendido a su iglesia es el de “maestros” (Efes. 4:11), y todos los hijos de Dios reconocen la ayuda que reciben de la enseñanza de hombres que tienen un mayor conocimiento de la Biblia y una experiencia cristiana más profunda que la suya. En I Tim. 5:17 se nos dice: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doblada honra; mayormente los que trabajan en predicar y enseñar.” Pero esto dista mucho de la enseñanza que nos niega el acceso libre a las Escrituras, y nos manda buscar en su lugar un intérprete. A todos se nos promete y se nos da un maestro del que la iglesia romana se olvida y lo ignora en la práctica. Nuestro Señor dijo a sus discípulos en su discurso en el aposento alto, antes de dejarlos: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: al Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce: mas vosotros le conocéis; porque esta con vosotros, y será en vosotros” (Juan 14:16.17).
“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Juan 14:26).
“Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad, el os guiará a toda verdad” (Juan 16:13).
La promesa del Espíritu no fue solamente a los apóstoles, sino a todos los creyentes. En el día de Pentecostés él vino sobre las 120 personas que estaban reunidas en Jerusalén (Hechos 1:15, y 2:1-4). Esta promesa fue hecha también a los millares que creyeron en aquel día (Hechos 2:38). y extendida a las generaciones de creyentes por nacer, tanto de judíos como de gentiles (Hechos 2:38, 39). La insistencia de Roma sobre la necesidad de una dirección sacerdotal para leer las Escrituras contradice abiertamente 1 Juan 2:27 que está dirigido a todos los creyentes.
“La unción que vosotros habéis recibido de él, mora en vosotros, y no tenéis necesidad que ninguno os enseñe; mas como lo unción misma os enseña de todas cosas, y es verdadera, y no es mentira, así como os ha enseñado, perseveraréis en él.”
Esto corre parejas con lo que Pablo escribió a las iglesias de Corinto y de Tesalónica.
“Como a sabios hablo; juzgad vosotros lo que digo” (1 Cor. 10:15).
“Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:21) .
En ambos pasajes se afirma el derecho y el deber del juicio privado no sólo por Pablo, sino por el mismo Espíritu Santo, que, la misma iglesia romana admite, inspiró estas epístolas. Estas exhortaciones no están dirigidas a papas o sacerdotes, que entonces no existían, ni siquiera a los ancianos de la iglesia, sino a todos “los santos y fieles en Cristo.”
2. Razones de excesos cometidos
Hubo algunos sacerdotes que sobrepasaron el límite de la prudencia al prohibir la lectura de la Biblia, no con intención de disminuir su importancia, sino para protegerla
Admitimos que hubo algunos sacerdotes que sobrepasaron el límite de la prudencia al prohibir la lectura de la Biblia, no con intención de disminuir su importancia, sino para protegerla. Martín Lutero tuvo que admitir que sin la Iglesia católica él no hubiera tenido la Biblia (ver su Comentario sobre San Juan, 16). Por siglos, el idioma universal de la Iglesia y del mundo occidental fue el latín. En todas las misas el sacerdote leía la Biblia en este idioma. Cuando el latín dejó de ser el idioma universal en el occidente, por tradición, las lecturas de la Biblia quedaron en latín pero los feligreses tenían los misales con la traducción en su propio idioma.
Los que piensan que antes de Martín Lutero no existían traducciones de la Biblia están equivocados. Antes de que él tradujera la Biblia al alemán, la Iglesia tenía ediciones completas o trozos de ella en 26 diferentes lenguas europeas, y en ruso. Por ejemplo, existía la Biblia Héxapla del año 240, la de Jerónimo, La Vulgata, del 390. Había además 30 ediciones de la Biblia completa en alemán antes de la versión de Lutero en 1534, nueve antes de que él naciera. Había 62 ediciones de la Biblia, autorizadas por la Iglesia en Hebreo, 22 en griego, 20 en italiano, 26 en francés, 19 en flamenco, dos en español: la Biblia ALFONSINA (de “Alfonso el Sabio”, año 1280) y la Biblia De la Casa de Alba (año 1430, AT), seis en bohemio y una en eslavo, catalán y checo.
La primera Biblia impresa, fue producida bajo los auspicios de la Iglesia católica- impresa por el inventor católico de la imprenta: Johannes (Juan) Gutenberg. La primera Biblia con capítulos y versículos numerados fue producida por la Iglesia católica, gracias al trabajo de Esteban Langton, Arzobispo de Canterbury, Inglaterra.
3. LA LECTURA DE LA BIBLIA DESPUÉS DE LA REFORMA
Ver LA LECTURA DE LA BIBLIA DESPUÉS DE LA REFORMA
4. El Concilio Vaticano II
Durante muchos siglos estuvo prohibida la lectura de la escritura, o se desaconsejaba. Después se abrió desde Concilio Vaticano II la lectura. Y aun asi, la amplia mayoría de los católicos no la leen. En la misa tradicional se lee un poco de los evangelios y las cartas, pero en la homilia no explica nada,o casi nada. Por lo comun gira alrededor de un tema politico o social de actualidad.
«El Concilio Vaticano II insista a que se lea la Biblia, “que entremos y bebamos de esa fuente”. Su lectura provocará la conversión al verdadero Dios, la transformación por la Palabra de Dios. Sin querer correr ese riesgo no hay cristianismo. Para evitar el fundamentalismo bíblico, el Concilio da unas pautas de lectura e interpretación que recogió de la renovación Bíblica, y que los teólogos previos al Concilio propusieron.
El número de introducciones a la Escritura y sus estudios han sufrido una multiplicación en los últimos tiempos. El deseo de conocer la Biblia, que arrancó con particular fuerza en el Concilio Vaticano II, ya va dando sus frutos, y ha hecho que constantemente se editen nuevos textos de interpretación, comentarios a libros de la Sagrada Escritura,… etc. Los católicos muestran su deseo de aproximarse más y más a la Palabra de Dios.
El Concilio Vaticano II se desarrolló en cuatro sesiones entre 1962 y 1965, aprobando numerosos documentos. De todas las Constituciones, Decretos y Declaraciones destaca para nuestro estudio de Sagrada Escritura la “Constitución Apostólica sobre la Sagrada Revelación”, la “Dei Verbum”, en el 65. Es una de las cuatro Constituciones de la Iglesia y tuvo una difícil elaboración y aprobación en las sesiones conciliares debido al cambio de perspectiva que se fue dando en las mismas.
Ese documento lo consideramos imprescindible en nuestra síntesis, y lo valoramos como de lectura y estudio obligado. Los documentos del Vaticano II se han ido reeditando continuamente desde entonces hasta hoy. Esta versión de la BAC es la más popular, existiendo otras bilingües. El documento DV (Dei Verbum) no es largo, aunque sí, como suelen ser los documentos de la Iglesia, algo denso.
El Concilio Vaticano II aprobó cuatro Constituciones, nueve Decretos y tres Declaraciones. La DV se divide a su vez en seis capítulos, que recogen un total de veintiséis apartados. Los capítulos son: la Revelación en sí misma, la transmisión de la Revelación, la inspiración divina de la sagrada Escritura y su interpretación, el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia. Todo el documento es importante en este capítulo y en el decimocuarto, sobre la Revelación.
* PONTIFICIA COMISIÓN BIBLICA; La interpretación de la Biblia en la Iglesia, Ciudad del Vaticano 93. (Versión española: Arzobispado Valencia 93, distrib. Edilva.)
Este documento lo sacó la Comisión bíblica de la Santa Sede en Roma, con la intención de definir una posición de exégesis católica unos años después del Concilio Vaticano II. Podemos indicar que es una concreción de lo allí aprobado por los padres conciliares.
Estamos ante un interesante documento del Magisterio de la Iglesia donde se desarrolla la DV, sus contenidos son bastante certeros y moderados. Se centra en los métodos histórico críticos y en la interpretación de la Biblia. No aborda otros aspectos como los problemas del canon o la inerrancia (verdad) de la Sagrada Escritura. Puede ser interesante para completar nuestro estudio. Se lee bastante bien.
* MANNUCCI, Valerio. La Biblia como Palabra de Dios. Introducción general a la Sagrada Escritura, Bilbao 1988, Desclée de Brouwer.
Nacido en el año 1932 en “Fiano dii Cernaldo”, sacerdote de la Diócesis de Florencia desde el 55. Licenciado en teología por la Pontificia Universidad Gregoriana y licenciado en ciencias bíblicas en el Pontificio Instituto bíblico de Roma. Fue profesor de Sagrada Escritura en el Estudio teológico Florentino, presidiéndolo desde el 76 al 93. Murió repentinamente en el 95 después de una fecunda vida.
Se trata de un libro muy bien escrito que ha conocido múltiples ediciones en España y en otros países. Su primera edición la escribió en el año 80 reeditándose sucesivamente. Es amplio y no deja nada importante sin tratar. La perspectiva es excelente y centra bien lo básico del tema.
El libro se divide en cinco grandes bloques: La Palabra de Dios, la transmisión de la Palabra de Dios, la Biblia es Palabra de Dios, El Canon de las Sagradas Escrituras y la Interpretación de la Sagrada Escritura.
Este autor tiene otras obras, ninguna traducida al castellano salvo ésta.
* ARTOLA ARBIZA, Antonio María – SÁNCHEZ CARO, José Manuel: 1. La Biblia en su entorno y 2. Biblia y Palabra de Dios, 2 vol, colección Introducción al estudio de la Biblia. Estella 1989, Ed Verbo Divino.
Estos dos volúmenes son buenos libros de texto para nuestra introducción a la Escritura. Han sido sucesivamente reeditados.
En concreto el más interesante sería el segundo, porque se centra verdaderamente en la Escritura, el primero es una aproximación geográfica.
Otras obras publicadas de Artola: De la revelación a la inspiración: los orígenes de la moderna teología católica sobre la inspiración bíblica (1983), La muerte mística según San Pablo de la Cruz: texto crítico y síntesis doctrinal (1986), La tierra, el libro, el espíritu: experiencia bíblica en tierra santa (1986), El morir de Cristo y su participación mística: estudio sobre la espiritualidad de la Pasión (1990), El desposorio espiritual del alma consagrada a Cristo: lectura del Cantar de los Cantares (1992), La Escritura inspirada: estudios sobre la inspiración bíblica (1994). Otras obras publicadas por Sánchez Caro: La gran oración eucarística: textos de ayer y hoy (1969 coautor), Eucaristía e historia de la salvación: Estudio sobre la plegaria eucarística oriental (1983), Autoridad e interpretación de la Sagrada Escritura en el movimiento ecuménico (1991 coautor), La formación intelectual de los sacerdotes según Pastores Dabo Vobis (1997, coautor), Historia, narrativa, apocalíptica (2000, coautor), La aventura de leer la Biblia en España (2000), Ser cristiano en el siglo XXI: reflexión sobre el cristianismo que viene (2001, varios autores).
* ALONSO SCHÖKEL, Luis: La Palabra inspirada: la Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje, Barcelona 1966, Herder.
Nació en 1920 en España, murió en 1998. Jesuita, licenciado en filología hispánica, en filosofía y teología. enseñó en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma del 58 al 98. su obra es amplísima y excelente. Lo consideramos uno de los mejores exégetas en nuestra lengua, aportando su conocimiento del castellano a las traducciones litúrgicas o pastorales de la Biblia. Es traductor de varias Biblias y ha preparado diccionarios de hebreo y castellano.
Esta obra está escrita al principio de su fecunda carrera. Es también un buen texto y un clásico. Tiene la garantía de ser de este gran filólogo estudioso de la Biblia.
Tiene otras obras, muchas de ellas realizadas en colaboración con sus discípulos: La formación del estilo (1946), Historia de la literatura griega y latina (1949), Pedagogía de la comprensión (1954), El hombre de hoy ante la Biblia (1959), Estética y estilística del ritmo poético (1959), Estudios de poética hebrea (1963), Comentarios a la Constitución Dei Verbum, sobre la Divina Revelación (1969), La Biblia hoy en la Iglesia (1970), José y Jueces (1973), La traducción bíblica: lingüística y estilística (1977), Los dioses olvidados: poder y riquezas en los profetas preexílicos (1979), Diccionario terminológico de la ciencia bíblica (1979), Primera lectura de la Biblia (1980), Profetas (1980), Treinta salmos: poesía y oración (1983), Proverbios (1984), ¿Dónde está tu hermano? Textos de fraternidad en el libro del Génesis (1985), Meditaciones bíblicas sobre la Eucaristía (1986), Hermenéutica de la Palabra (1987 y 1991), La misión de Moisés: meditaciones bíblicas (1989), Diccionario bíblico hebreo-español (1990), Esperanza: meditaciones bíblicas para la tercera edad (1991), Antología de poesía bíblica hebrea. Bilingüe (1992), Salmos (1992), Apuntes de hermenéutica (1994), Dios Padre: meditaciones bíblicas (1994), Diccionario bíblico hebreo-español (1994), El estilo literario: arte y artesanía (1995), Contempladlo y quedaréis radiantes: salmos y ejercicios (1996), Hermenéutica (1997), Símbolos matrimoniales en la Biblia (1997), Al aire del espíritu: meditaciones bíblicas (1998).
5. Introducimos un comentario sobre las diferentes Biblias Católicas.
No están todas las que son pero sí que son todas las que están. Tenemos que señalar que hay dos tipos de traducciones: dinámicas y estáticas. Las traducciones dinámicas intentan transportar, además de las palabras, lo cultural, actualizando el lenguaje que se trate. El problema es que pueden en ocasiones hacernos perder el sentido de la expresión original. Su gran ventaja es que son fácilmente comprensibles por todos, siendo preferidas para la liturgia, la catequesis, la docencia o la pastoral. Las traducciones estáticas, buscan más la literalidad en el texto. Intentan ofrecer el significado exacto de la palabra original, necesitando abundantes notas al pie de página para explicar qué se quiso decir. Son ideales para los estudiosos de la Biblia, pero también para aquellos que no se conforman con la visión del traductor, y prefieren saborear más directamente el sentido original. En cualquier caso, cualquier traducción pierde, siendo el ideal conocer el texto en su lengua vernácula.
Todas la Biblias que citamos están aceptadas por la Iglesia Católica. Hay Biblias en castellano traducidas por la Iglesia de la Reforma, que también puede ser interesante conocer. Hoy día las modernas traducciones no están tan sometidas a la confesionalidad particular cristiana como al interés exegético.
Hemos mencionado aquellas Biblias que se pueden encontrar en unos pocos volúmenes, preferentemente uno. Pero se han venido publicando Biblias de varios tomos, o en ediciones lujosas, cuyo interés es para nosotros más estético que científico o divulgativo. Normalmente sus traducciones son poco exigentes y anticuadas, de ahí que las omitamos.
* NUEVA BIBLIA ESPAÑOLA. Traducida por Alonso Schökel y Juan Mateos. Editorial Cristiandad. 1975.
Es buena y muy utilizada para la liturgia. De traducción dinámica es de los mejores textos literarios al castellano que disponemos. Hay otras traducciones semejantes de la editorial Cristiandad en esos años.
* LA BIBLIA de la casa de la Biblia. Dirigió la obra Santiago Guijarro y Miguel Salvador. Coeditada por Atenas, PPC, Sígueme y Verbo Divino. 1992
De las más recientes y de una calidad excepcional su traducción. Incorpora además notas explicativas. El texto no es literariamente tan magnífico como el anterior, pero es quizás algo más fiel al texto. Su traducción no es tan dinámica como otras, lo cual permite acercarse mejor al texto original. Está muy bien hecha.
* LA SANTA BIBLIA. Nácar Colunga.
Es una traducción clásica que marcó un hito en su época. Traducida y preparada por Nacar y Colunga, ha sido la Biblia más difundida en los años cuarenta y cincuenta en España. Fue renovada su traducción y aparato crítico en el 85 por García Cordero O.P.
* LA SANTA BIBLIA. De Paulinas. Dirigió la obra Antonio G. Lamadrid, Juan Francisco Hernández, Evaristo Martín Nieto y Miguel Revuelta Sañudo. Ed Paulinas año 64.
Es un texto muy popularizado por sus versiones de bolsillo. El aparato crítico es algo antiguo y desfasado. La modernas ediciones han ido mejorando algunas cosas, haciéndolas más pedagógicas. Es de las Biblias más difundidas.
* BIBLIA ECUMÉNICA.
Responde al trabajo entre cristianos de las diferentes tradiciones católicas, ortodoxas y protestantes. Están bien, son válidas para todos. En ocasiones los textos pueden estar algo forzados para contentar a todos. Pero vale la pena que nos acostumbremos a ellas.
* BIBLIA DEL PEREGRINO. Preparada por Alonso Schökel y su equipo. Ed Verbo Divino 93 y Mensajero 95. 3 vol.
Es muy interesante este texto por su adaptación pastoral y pedagógica. Existen otras parecidas como la Biblia Didáctica, o la siguiente que mencionamos. Esta obra consta de tres volúmenes. Responden muy bien a los deseos de acercarse al mundo de la Sagrada Escritura. Suelen tener mapas, esquemas y comentarios que facilitan su lectura.
* BIBLIA CULTURAL. Editorial PPC y SM. 98
Forma parte de esos textos elaborados para una lectura divulgativa y cercana de la Biblia. Al igual que la anterior están planteadas para la difusión escolar, siendo agradables en su manejo.
* NUEVA BIBLIA DE JERUSALÉN. Ed preparada por Jose angel Ubieta. Edita Desclée de Brouwer. 1975
Es una Biblia con un buen aparato crítico, y una traducción más estática. El texto se ha revisado y aumentado, siendo actualizado. Se han hecho versiones de bolsillo y es de las más empleadas, tanto pastoralmente como por los estudiantes de teología. Es una muy buena traducción.
* BIBLIA LATINOAMERICANA.
El lenguaje empleado es el castellano hablado en Hispanoamérica.» [1]
Notas:
[1] Extracto de http://es.geocities.com/cursoteologia/cap/cap0202.htm
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