¿Quién entendió la mente del Señor?
¿O quién fue su consejero?
¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?
Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas.
A él sea la gloria por los siglos.
Romanos 11:34-36.
¿La ciencia tiene una meta?
¿Adónde va la ciencia? Los científicos estudiaron el mundo de las moléculas y de los átomos, inquirieron en el cosmos y evaluaron los inmensos espacios de las galaxias. Empiezan a entrever el funcionamiento de la vida biológica. Exploran el cerebro. Nada parece detenerlos… ¿Pero adónde va a parar la ciencia? Nadie lo sabe.
¿Qué quiere hacer con el hombre? Nadie lo dice. Los investigadores están ansiosos por conocer y avanzan con el entusiasmo de la búsqueda. ¿Cuál será el resultado? Lo ignoran, ¡pero a pesar de todo avanzan! Algunos se detienen perplejos, pero la mayoría prosigue, aún más encarnizada…
Esta constatación nos recuerda un versículo de la Biblia: “Conozco, oh Señor, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jeremías 10:23). Al hombre moderno se le hace creer que es el resultado del azar, que avanza por casualidad y por eso no puede conocer su meta ni conducirse con sabiduría.
¡Pero no somos el fruto del azar! Dios concibió un plan eterno; nada ni nadie lo puede obstaculizar. Él rigió este plan antes de que el hombre estuviera en la tierra. Si confiamos en él, nos conducirá en nuestras vidas. De todos modos llevará a cabo su plan para con los que creen en él. Confiamos en Aquel a quien aprendimos a conocer como siendo el amor mismo.



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