COMENTARIOS AL SALMO 8



COMENTARIOS AL SALMO 8


2. ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
3. De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

4. Cuando contemplo el cielo,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
5. qué es el hombre para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder.

6. Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
7. le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies.

8. Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
9. las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.

10. ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!


1. La Humanidad Santísima de Cristo, maravilla de la Creación

* Para nosotros, cristianos, este salmo, sobre todo situado en sábado, día en que empezamos nuestra celebración semanal de la Pascua, puede ser. muy evocador; con él celebramos al Verbo Creador para concluir con una visión de Cristo Resucitado, coronado de gloria y dignidad (v. 6), segundo Adán. En la Creación actúa ciertamente el amor, pero sobresale el poder. En la restauración -segunda creación- brilla, por encima de todo, el amor. De esta forma el salmo dispone a la celebración ya cercana del Domingo, día en que se inició la creación y alcanzó su cenit la historia de la salvación.

La Liturgia propone el salmo 8 para la Misa de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Nos apoyamos en este uso y por medio de esta exclamación llena de admiración y entusiasmo -que atraviesa el salmo desde su inicio hasta el final-, nos trasladamos a la atmósfera del Paraíso, al momento en el que las criaturas salían luminosas y transparentes de las manos del Creador, como manifestación de su grandeza y bondad272. A lo largo de miles de años, el universo fue el único lenguaje del Dios invisible. Meditemos, pues, en esta estrofa a la luz de otras palabras poéticas de la Liturgia: “A ti, Señor, Padre nuestro, te aclaman cuantas criaturas reúne el plácido jardín del Universo.”273

** La tradición en torno al Salterio nos ayuda a contemplar aquí lo que sería un anuncio de la glorificación mesiánica de Jesús:274 en su entrada triunfal en Jerusalén,275 ante los fariseos -sus adversarios- legitimará el entusiasmo de los niños que le aclaman, invocando precisamente estas palabras: De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos (v. 3).

Así pues, el Rey de la gloria entra en su ciudad, montado en un asno, para conquistar a la hija de Sión, figura de su Iglesia, no por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad; por eso los súbditos de su Reino son los niños.276

¡Qué fácil resulta simpatizar con ese niño277 -personaje anónimo, pero elocuente-, a quien Jesús abrazó, bendijo e impuso las manos, atraído por la hermosura del alma que veía en él, fruto de la sencillez y de la confianza! “«… quasi modo geniti infantes» (1 Pt 2: 2): como niños recién nacidos… Pensaba que esa invitación de la Iglesia nos viene muy bien a todos los que sentimos la realidad de la filiación divina. Porque nos conviene ser muy recios, muy sólidos, (…) y, sin embargo, delante de Dios, ¡es tan bueno que nos consideremos hijos pequeños!”278.

*** Y desde aquel primer Adán del Paraíso, tras desandar el camino andado por Eva, pasamos a este Hombre del que habla el salmo al exaltar su excelsa grandeza, coronado de gloria y dignidad (v. 6), que es Cristo, ‘novissimus Adam’279. Así nos lo muestra la Liturgia, por medio de una antífona para este salmo en el Tiempo de Pascua.280 Por eso, mientras la Iglesia contempla aquí la gloria y el esplendor del Señor, ‘perfectus Homo’, nosotros repetimos estas palabras del salmo, saboreándolas como un himno de alabanza a Jesús, contemplado en su gloriosa Ascensión al Cielo, en su realeza universal, en el esplendor de su Divinidad281.

Lo que nos atrae en Él es esta unión armoniosa e inefable de lo divino y lo humano. Si su santidad no fuera humanizada, no estaría como adaptada a nosotros; si no fuera divina, no nos arrebataría, no nos divinizaría. Como las madres convierten los alimentos sólidos y sustanciosos en leche para que puedan aprovecharlos los niños -de tal modo que si no fueran sustanciosos no servirían y si no fueran asimilados en forma de leche, no podrían tomarlos-, así, ‘Spiritus Sancti operante virtute’,282 el alimento solidísimo de la Divinidad se hace para nosotros asimilable.283

…………………

272 Gen 1: 1-28.

273 LITURGIA HORARUM, Himno ‘Te Patrem’, Of de lect, Santísima Trinidad: ‘Te Dominum fatentur quotquot amoenus paradisi hortus adunat’ (F. AROCENA, Los himnos de la Liturgia de las Horas, Madrid, 1992, p. 186).

274 P. SALMON OSB, Les ‘Tituli psalmorum’ des manuscrits latins, París, 1959, Serie II (S. Agustín de Cantorbery), 8, p. 81: ‘De … laude infantium qui dicebant hosanna in excelsis’.

275 Mt 21: 14-16.

276 CEC, 559.

277 Mt 18: 2.

278 BEATO JOSEMARIA ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, Madrid, 1987. n. 142.

279 GS, 22.

280 LITURGIA DE LAS HORAS, ant Laud Sáb 2 y 4 T Pasc: Coronaste de gloria y dignidad a tu Cristo. Aleluya.

281 LITURGIA DE LAS HORAS, ant H Media Ascen., ant Laud Transfiguración.

282 MISSALE ROMANUM, Prex eucharrística III, epíclesis anteconsecr.

283 L.M. MARTINEZ, Jesús, Madrid 1953, p. 191.

FELIX AROCENA
EN ESPÍRITU Y VERDAD, vol. I
Colección Trípode
Edic. EGA. Bilbao-1995.Págs. 126-128


2.

PRIMERA LECTURA: CON ISRAEL

* Este himno a la realeza de Yahveh debía cantarse, (en una fe), en una fiesta nocturna, bajo el encanto de un cielo estrellado, y la transparencia de las noches sin nubes del oriente. Este salmo es la traducción en canción y en oración de la enseñanza o catecismo elemental de la religión de Israel, el Génesis: Un Dios creador de todo, que confía todo al hombre y lo coloca en lo más alto: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. .. Dominad la tierra y sometedla. . . Os doy todo. ..” (Génesis 1;2)

Llama la atención que este salmo de alabanza a la grandeza de Dios, se transforma a la larga en alabanza a la grandeza del hombre. Ahora bien, Dios lo ha hecho todo: observemos los pronombres personales y posesivos: “Tu nombre… Tu esplendor… Tú opones… Tus dedos… Tú creas… Tú piensas en él… te ocupas de él… Tú lo has querido… Tú lo has establecido… Tus manos… Tú colocas,… Paradójicamente, en un poema en que el hombre es exaltado, ¡Dios es el sujeto de casi todos los verbos!”.

SEGUNDA LECTURA, CON JESÚS H/GRANDEZA:

** Jesús cita explícitamente este salmo para defender, contra los fariseos y los escribas, las gentes sencillas del pueblo que lo aclamaban el día de los ramos: “¿No oyes lo que dicen aquellos?” – Perfectamente, respondió Jesús. ¿No habéis oído jamás el texto que dice: “De la boca de los niños, de los bebés, has hecho brotar una alabanza”? (Mateo 21,16). Para Jesús, la verdadera grandeza del hombre está en los pequeños, en aquellos que aceptan recibir todo con sencillez. Y Jesús insistía en la necesidad de la humildad: “Padre, te bendigo porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñitos” (Lucas 10,21).

San Pablo cita tres veces este salmo (Hebreos 2,6 – 10; Efesios 1,22; 1 Corintios 15,25-27): “Has puesto todo bajo sus pies”. En cada texto Pablo quiere expresar la maravilla de la resurrección de Jesús como una victoria total sobre la muerte. El Padre Martelet comenta: La promesa de Dios de someter todo al hombre, sería un irrisorio engaño si el hombre continuara vencido por la muerte… En tal caso sería él quien estaría en tierra al pie de todos los vivientes. Ahora bien, solamente el “segundo Adán”, realiza plenamente la promesa hecha al primero: “el hombre a quien todo sometió el Padre” es, Jesucristo. “He aquí el hombre” diría Pilatos,~sin saber hasta qué punto era verdadera su fórmula. Verificamos hasta qué punto los salmos anunciaban a Jesucristo y por qué El los recitó con una intensidad tan especial.

Efectivamente, a cualquiera que se hace la pregunta radical: “¿qué es el hombre? ¿Qué significa su fragilidad ante las inmensidades siderales?”, no se puede contestar sino de esta manera: el hombre es esta “condición” que el Hijo de Dios quiso asumir… ¡”El Verbo se hizo carne… Dios se hizo hombre”! No nos extrañemos, pues, que un salmo, palabra inspirada, cante la “gloria del hombre” cantando “la gloria de Dios”.

TERCERA LECTURA, CON NUESTRO TIEMPO

*** La admiración. A medida que la ciencia nos revela las maravillas del universo, con mayor razón podremos cantar este salmo “Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos…” hoy que sabemos que el cosmos es inmensamente grande a “millones de años luz”, ¿dejaremos por ello de maravillarnos?

La infancia. Es uno de los temas favoritos de la literatura contemporánea. Se ha descubierto la frescura y la verdad de los “porqués” de los niños: “¿por qué, papá, alumbra el sol?-porque está ardiendo-. ¿Y por qué está ardiendo…? “Hay un cierto orgullo de adulto que lo hace creer muy fuerte, y que sin embargo se ve desarmado por la sencillez del niño.

El cielo, las estrellas. ¡Todo es igualmente bello! ¡Confesadlo! Dejaos maravillar. Recostaos en una pradera, una bella noche estrellada. Si hay algo evidente, es que esto no lo ha hecho el hombre. Sólo un niño comprende lo que los orgullosos nunca entenderán: “

El firmamento es esta muralla”, esta barrera que el adversario (de Dios) nunca podrá atravesar. Dios no tiene necesidad de defenderse… Ninguno de sus enemigos podrá igualarlo. El cosmos, el mundo sideral, con sus leyes armónicas son suficientes para silenciar las pretensiones ridículas de éstos “picaruelos”, que se creen capaces de rehacer el universo. Nuestros antepasados estaban en lo cierto, cuando “escuchaban cantar a los astros” (Job 38,7 – 11). Sí, escuchad de vez en cuando el canto de las estrellas.

La técnica, el dominio del hombre. En todo ésto no hay contradicción. “Tú has puesto todo bajo sus pies”. Un día por primera vez los cosmonautas caminaron sobre la luna: símbolo de la grandeza del hombre científico que progresivamente domina la naturaleza. Sin embargo ningún poeta del espacio, ningún comunicado de prensa, ningún informe oficial de la NASA, preocupado por elogiar el valor de los técnicos, se ha atrevido a decir del hombre lo que hace ya mucho tiempo el pueblo de Dios dijo de El en el salmo octavo: “Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y de esplendor; lo hiciste señor de las obras de tus manos…” En tiempo del salmista el hombre que navegaba en pequeñas embarcaciones, “haciendo su camino sobre las aguas”, dominaba ya el mundo por orden de Dios. Hoy, el piloto que despega en su super jet para aterrizar unas horas después en un aeropuerto de otro continente, realiza a veces sin saberlo, el proyecto de Dios. Esto es cierto del investigador que hace avanzar la ciencia, del niño que mira el dibujo que acaba de “crear”, de la abuela que teje un tapiz, de la madre que educa un bebé, del obrero que construye una casa, de todo hombre… que con su trabajo perfecciona un poco la creación.

¿Qué es el hombre? Interrogante muy moderno que Pascal replantea. En contraste con la inmensidad del cielo, el hombre se siente minúsculo. El silencio eterno de los espacios me atemoriza… (392) “El hombre es sólo una caña, lo más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante… aunque el universo lo aplastara, el hombre seria aún más noble que aquel que lo mataba, porque sabe que muere… El universo no es consciente de la superioridad que tiene sobre él… (391).

La grandeza del hombre. En el corazón, en el centro de este universo abrumador, inmenso, está el “hombre”, infinitamente más grande que este mundo… sí, ¡el hombre es más grande y más importante que el sol! ¿Por qué? Porque ocupa constantemente el pensamiento de Dios, responde el salmo:”¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán (el terrícola) para que de él cuides?” ¡ Un solo hombre es mayor y tiene más precio a los ojos de Dios que todo el universo! Dios reserva para el hombre un cuidado que el mecanismo celeste no necesita: Dios ama al hombre. ¡Qué grande es tu nombre! “Padre, yo les he revelado tu nombre” (Juan 17,6). Padre nuestro, santificado sea tu nombre.

NOEL QUESSON
50 SALMOS PARA TODOS LOS DIAS. Tomo I
PAULINAS, 2ª Edición
BOGOTA-COLOMBIA-1988.Págs. 16-19


3.

Los salmos nos invitan a orar al Dios creador, y esta llamada nos seduce. No nos desagrada introducir astros y ríos en nuestro encuentro con Dios; esto nos parece preferible a orar «con la cabeza apoyada en las manos». Otros dirán que una mayor madurez o unas pruebas más numerosas les impiden salir del interior del hombre. Después de todo, ahí es donde tienen sus últimas resonancias las tragedias más vastas. La humanidad vive por fuera sus tragedias, pero las recuerda por dentro. Nos lo dice claramente el nombre de Auschwitz: si se atasca esa interioridad del hombre, las víctimas, al ser olvidadas, habrán muerto para nadie.

Pero la plegaria bíblica supera esa oposición entre el dentro y el fuera: la plegaria del corazón es una oración del cuerpo. El corazón no percibe nada sin el fuera, pero el fuera nos conduce hacia el corazón, sede de la presencia. Sólo desde ahí aparece la creación como lo que es realmente: íntima, secreta, última acción de Dios. Discreta palabra: sólo un murmullo tan nocturno puede ser entendido como el anuncio de una victoria divina sobre la muerte.

Todo empieza en la experiencia sensible, por los ojos:

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado… (v. 4).

Pero esta línea es cruzada pronto por otra. Recordamos la sentencia de Pascal: «Nada de cuanto se ofrece al alma es simple, y el alma no se muestra simple a ningún sujeto». La creación, en efecto, es contraste y remite al contraste del hombre. La visión del cosmos, del mundo extraterrestre, hace difícil creer que el hombre sea importante:

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? (v. 5).

La mirada, pues, se desvía de los astros al hombre, que parece tan poca cosa. Pero el hombre contrasta con ese poco de su apariencia:

Lo hiciste poco menos que un dios…
Todo lo sometiste bajo sus pies (vv. 6-7).

Dominado y dominante, asustado y luego coronado «de gloria y dignidad», el hombre está en el cosmos como un punto de desequilibrio, una fragilidad retenida al borde del abismo. Pero es precisamente en ese punto, y en ningún otro, donde concentra todo pensamiento sobre la creación y de ahí brota. Al borde mismo en que el hombre se desalienta, allí es donde recobra ánimos. Una mirada fija en el círculo lejano de las cosas no acertaría a imaginar un Dios creador; no podría encontrarlo sino volviendo sobre sí mismo.

Nueva sorpresa: coronado por encima de «todas las cosas», el hombre, literalmente, no tiene poder alguno sino sobre las bestias:

Todo lo sometiste bajo sus pies:
los rebaños de ovejas y toros
y hasta las fieras salvajes,
las aves del cielo, los peces del mar
que trazan sendas por el mar (vv. 7-9).

Dominado por los astros, dominador de los animales: la sabiduría bíblica sitúa al hombre en ese filo agudísimo. La sabiduría moderna, por su parte, estimará que no hay en ello apenas «gloria y dignidad» y que tal posición tiene muy poco de regia. Pero la Biblia se mantiene ahí. El primer capítulo del Génesis se afirma en esa misma idea; privado de poder sobre los astros, el hombre sabrá dominar la tierra porque domesticará los animales herbívoros. No otra cosa se sugiere más allá de este imperio que se estima sobradamente glorioso (que el lector tenga a bien verificar por sí mismo el texto de Gn 1,28: el hombre no puede multiplicarse, llenar la tierra y someterla sino a condición de ejercer su dominio sobre los animales que, como él, se multiplican y llenan la tierra. La segunda tarea es condición de la primera). Para una humanidad que ya se ha dado algún paseo sobre un astro, el mensaje resulta difícilmente aceptable.

Pero es posible caminar sobre un astro y no tener el oído lo bastante fino como para escuchar el mensaje de un hombre antiguo. Este nos da a entender, en el Génesis, que el hombre está hecho a imagen de Dios y, en el salmo 8, que es casi un dios (v. 6). Los dos textos están concordes en enseñar que la imagen divina se sitúa en la diferencia entre lo que hacen el hombre y el animal. También en este caso, el pensamiento de la creación nos hace volver sobre el hombre y más aún sobre aquello que, en el hombre, no es lo más visible.

A pesar de todo, ¿no están suficientemente claras esta diferencia y esta realeza del hombre sobre el animal? El hombre antiguo nos reserva una respuesta: «Los animales —responde el hombre antiguo— se devoran entre sí, y lo mismo hacen los hombres; la diferencia entre ellos, por tanto, no es evidente. Los animales no son herbívoros, según el relato de la creación (Gn 1,30), sino por mandato de Dios, y esa restricción no les viene de su naturaleza. Para dominar esta naturaleza, el hombre relega a Dios al puesto de mando: por efecto de su palabra delegada (pues es cierto, y sumamente asombroso, que se habla a los animales), los animales se abstienen de devorarse entre sí. Pero Caín mata a Abel y desde entonces se devoran unos a otros los hombres, desde Caín hasta el diluvio, por lo que su palabra pierde todo el poder que tenía para imponer mansedumbre a los animales.

Si hoy imitan los hombres a los animales que se devoran por naturaleza, ahí está la prueba de que ya no los dominan. Los imitan y por ello se les asemejan. Y si se asemejan a los animales, ahí está el signo evidente de que han perdido la semejanza divina, sobre la que se fundaba su poder. No hay duda de que los seguirán dominando, pero será por la fuerza y el terror: el hombre domina al león por los mismos medios que utiliza el león para dominar al cordero. Ya no es mediante la palabra. Una vez que el hombre se ha sumido en la violencia, Dios le ha adaptado su ley: Todos los animales de la tierra os temerán y respetarán (Gen 9,2). Por eso reina desde entonces el estado de guerra entre los animales, entre el hombre y los animales, entre el hombre y el hombre. Sólo el día en que Dios haya sanado al hombre, el león comerá paja con el buey, porque se habrán reconciliado, y si se reconcilian será porque un niño los conduce cuando lleguen los tiempos del término de las guerras (Is 11,1-9; cf. 2,4). De este modo —concluye el hombre antiguo—ese dominio sobre los animales, que tan poca cosa te parece, es un poder que, a pesar de que eres capaz de caminar sobre un astro, no posees. Quizá lo tengas hoy menos que nunca».

Cuanto más nos remontamos en el tiempo, más nos encontramos con que los antiguos poseían la capacidad de leer un misterio a través de la letra o la fábula de un texto. Una vez que lo hemos trazado conforme a sus reglas, su ángulo de visión se nos hace claro: el hombre más cercano a los astros quizá se haya hecho más semejante a los animales. Después de llegar allá, no se sentirá menos espantado que el salmista al saberse poco menos que un dios, puesto que la guerra de hoy le descubre que posee el poder de «descrear» el mundo. Meditar, pues, sobre la creación no es cosa que nos aleje demasiado de nuestros dramas.

El hombre que emprende la guerra afila sus dientes y endurece su piel. Se rehace conforme a la imagen del escualo, de las aves rapaces, del felino. Su fuerza es violencia. La fuerza de Dios, por el contrario, es mansedumbre. A imagen de Dios se comporta únicamente el ser que es más fuerte que su propia fuerza. La mansedumbre es más que la no violencia. Jesús confirma en este punto el salmo 37: los sufridos están llamados a poseer la tierra, como el niño de Isaías.

Resulta, pues, que a partir de una mirada sobre los astros nos sentimos llamados hacia aquello que no es lo más visible en el hombre, hacia la imagen de la mansedumbre de Dios. Esta conversión, este giro es una ley de todo pensamiento bíblico sobre la creación. Nos ha sido preciso, sin duda, interpretar la realeza humana (al señalar sus límites) conforme a Gn 1 y sus secuelas. No puede sorprendernos este rodeo si recordamos hasta qué punto el triángulo que une al hombre con los astros y los animales fue familiar, a través de los zodíacos y sistemas parecidos, al pensamiento antiguo, que no se adentraba por esos caminos para descubrir puras banalidades al cabo de ellos.

Pero el salmo 8 no nos abandona una vez llegados a este punto. La creación puede ser también una prueba de fuerza y una victoria,

para reprimir al enemigo y al rebelde (v. 3).

El contexto nos ayuda a creer que el enemigo es la violencia y también que la fuerza es la mansedumbre e incluso la debilidad. Nada mejor para entenderlo que estas palabras:

Ensalzaré tu majestad por encima del cielo
con la boca de un niño de pecho.
Has cimentado un alcázar frente a tus adversarios,
para reprimir al enemigo y al rebelde (vv. 2-3).

Al nivel más arcaico, la imagen se plasmó en una figura mitológica de recién nacidos divinos o de dioses gemelos. Los recién nacidos, que se caracterizan por su impotencia como los más aptos para cantar la victoria de Dios, encarnan una lección que, independientemente de sus orígenes, no se ha perdido. Jesús la recoge, según Mt 21,16, pues vino para cumplir la misión de aquel niño que era capaz de reconciliar a las fieras mediante la dulzura de Dios.

PAUL BEAUCHANO
LOS SALMOS NOCHE Y DÍA
Ediciones CRISTIANDAD
MADRID-1981. Págs: 157-161


4. LA ORACIÓN DE LOS CIELOS

«¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierral».

Soy un enamorado de la naturaleza. Amo los cielos y la tierra, los ríos y los árboles, las montañas y las nubes. Puedo sentarme enfrente del mar, fuera de la esfera del tiempo, y mirar con ojos de eternidad el juego de las olas y las rocas, ajedrez de blancas crestas y oscuras sombras sobre el tablero sin límites de la creación. Puedo contemplar el curso de un río y el bailar de las aguas y el cantar de las piedras, y sentir su alegría como mi propia alegría en mi correr hacia el mar. Puedo sentarme bajo un árbol y sentir su vida como mía en el surgir de la savia desde las raíces ocultas hasta las hojas bailarinas. Puedo flotar a la deriva con una nube, volar con un pájaro o, sencillamente, quedarme sentado con una flor, sentada ella misma en el color y la fragancia de su vida desde el rincón oscuro de la selva en el que nace y muere.

Me identifico con la naturaleza… porque la naturaleza eres Tú.

La naturaleza recoge el frescor de tus dedos, la vida de tu aliento, el temblor de la majestad de tu presencia, la serena alegría de tu bendición de paz. Disfruto de una puesta de sol, porque es obra exclusivamente tuya, y no hay mano humana que pueda retocarla; y, como es exclusivamente tuya, me trae en imagen virgen el mensaje directo de tu presencia. Y disfruto cuando en la oscuridad de la noche que habla de intimidad te veo trazar sobre el cielo tu firma de estrellas. ¿Entiendes ahora por qué me gusta mirar al cielo por la noche para descifrar con fe y con amor el código secreto de tu caligrafia celeste?

«Contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, y me digo a mí mismo con alegre orgullo: «Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!»

En medio de esa maravilla me veo a mí mismo. «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» Atomo de polvo en un mundo de luz. Pero en ese átomo que soy yo hay toda otra creación más maravillosa que el cielo y las estrellas. La maravilla de mi cuerpo, el secreto de mis células, el relámpago de mis nervios, el trono de mi corazón. Y el temblor de mi alma, la centella de mi entendimiento, el gozo de sentir y la locura de amar. La maravilla que llevo dentro, y tu firma también sobre ella. Sonrío cuando me dices que me has hecho rey de la creación, sólo inferior a ti. Sé de mi pequeñez y mi grandeza, de mi dignidad y mi nada, y reconociendo ambos extremos acepto con sencillez la corona de rey de la creación, la de dentro y la de fuera, y quiero disfrutar de ambas plenamente, de los ríos y las montañas tanto como de la conversación y del humor; de las palabras de los hombres y del murmullo de los bosques; de familia y estrellas, amigos y árboles, libros y pájaros, vientos y música, silencio y oración…; disfrutar de todo como sé que tú quieres que yo disfrute para gozo de mi corazón y gloria de tu nombre.

«¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!»

CARLOS G. VALLÉS
BUSCO TU ROSTRO
ORAR LOS SALMOS

Paulinas Sal Terrae.Santander-1989, pág. 23


5./Sal/008/POEMA

Señor, Padre nuestro,
qué admirable es tu nombre
en toda la tierra,
qué gozoso es tu nombre
en todo corazón.

Cuando contemplo el cielo,
galaxias en expansión desde hace 13.000 millones de años
y que Tu pusiste en movimiento
con un toque de amor;
y cuando miro a la tierra,
este puntito que gira
siguiendo las órdenes del sol,
el cual se mueve a su vez
en torno a la Constelación de Sagitario,
y no se aparta ni un milímetro de tus planes,
aunque tarde 150 millones de años
en dar su vuelta completa;
y cuando pienso que hay millones de planetas
iguales a éste nuestro,
y habitados por seres vivos, inteligentes,
no dejo de preguntarme asombrado:
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él
y le ofrezcas tu amistad?
Lo hiciste rey de la creación
-¿o será una ilusión nuestra?-,
para que pueda disponer y perfeccionar
las cosas, tus criaturas.
Lo hiciste a tu imagen y semejanza
dándole la mayor gloria y dignidad.
Lo hiciste tu hijo predilecto,
todo un pequeño dios.
¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él
y lo ames tanto?
Tu Hijo único se vistió de nuestra carne
y pisó esta tierra tan humilde,
en prueba del mayor amor.
¿Qué es la tierra para que te dignes visitarla,
qué es el hombre para que te acuerdes de él?

¡Señor, Padre nuestro,
qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!


6.
¡Señor, Padre nuestro,
qué grande es tu nombre,
qué admirables son las obras de tu amor!

Cuando contemplo el cielo:
¡Una maravilla apabullante!
Cuando veo el sol y las estrellas,
las nubes, las tormentas,
me siento gozosamente pequeño
y me digo: Aquí está la mano de mi Padre.

Cuando recorro la tierra,
llena de riquezas y sorpresas;
cuando descubro los paisajes;
cuando me embriagan las luces, los colores y sonidos,
me siento tiernamente agradecido
y exclamo: Aquí está la mano de mi Padre.

Cuando me sorprende la vida variada
en el mar, en la tierra y en el cielo;
cuando veo la fuerza y astucia de los animales,
su belleza, su encanto, su inteligencia,
me siento en comunión con todos, extasiado,
y me digo: Aquí está la mano de mi Padre.

Cuando miro a los hijos de los hombres
y veo sus trabajos, sus afanes, sus amores,
sus progresos, sus conquistas y sus grandes esperanzas,
comprendo que los has coronado de gloria y dignidad,
destinados a cultivar la obra de tus manos.

Y me pregunto, aturdido:
¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?
Y tengo que confesar: Eres un Dios, amigo de los hombres.

Y cuando me contemplo a mí mismo,
y me siento gratuitamente amado,
y no sé de dónde me viene la alegría,
y siento que todo el cielo está dentro de mí,
y que alguien me está salvando siempre,
me doy cuenta, emocionado, que soy un hijo tuyo,
y tengo que gritar y cantar y repetir
con un amor inexplicable:
¡Qué grande eres, Señor!
¡Qué grande es tu amor para conmigo!
Verdaderamente, ¡oh Dios!, Tú eres mi Padre.

CARITAS
UN DIOS PARA TU HERMANO
CUARESMA Y PASCUA 1992.Págs. 269 s.


7. CATEQUESIS DEL PAPA, en la audiencia general del miércoles, 26 de Junio de 2002

Grandeza del Señor y dignidad del hombre

1. “El hombre (…) se nos revela como el centro de esta empresa. Se nos revela gigante, se nos revela divino, no en sí mismo, sino en su principio y en su destino. Honremos al hombre, a su dignidad, su espíritu, su vida” (Ángelus del 13 de julio de 1969:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de julio de 1969, p. 2).

Con estas palabras, en julio de 1969, Pablo VI entregaba a los astronautas norteamericanos a punto de partir hacia la luna el texto del salmo 8, que acaba de resonar aquí, para que entrara en los espacios cósmicos.


En efecto, este himno es una celebración del hombre, una criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, una “caña” frágil, para usar una famosa imagen del gran filósofo Blas Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin embargo, se trata de una “caña pensante” que puede comprender la creación, en cuanto señor de todo lo creado, “coronado” por Dios mismo (cf. Sal 8, 6). Como sucede a menudo en los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8 comienza y termina con una solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el universo:  “¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (vv. 2. 10).


2. El cuerpo del canto parece suponer una atmósfera nocturna, con la luna y las estrellas encendidas en el cielo. La primera estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una confrontación entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo el Señor, cuya gloria cantan los cielos, pero también los labios de la humanidad. La alabanza que brota espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los discursos presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A  estos se les califica de “adversarios”, “enemigos” y “rebeldes”,  porque  creen erróneamente que con  su  razón y su acción pueden desafiar y enfrentarse al Creador (cf. Sal 13, 1).


Inmediatamente después se abre el sugestivo escenario de una noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna pregunta:  “¿Qué es el hombre?” (Sal 8, 5). La respuesta primera e inmediata habla de nulidad, tanto en relación con la inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la majestad del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es “tuyo”, “has creado” la luna y las estrellas, que son “obra de tus dedos” (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en vez de la más común:  “obra de tus manos” (cf. v. 7):  Dios ha creado estas realidades colosales con la facilidad y la finura de un recamado o de un cincel, con el toque leve de un arpista que desliza sus dedos entre las cuerdas.


3. Por eso, la primera reacción es de asombro:  ¿cómo puede Dios “acordarse” y “cuidar” (cf. v. 5) de esta criatura tan frágil y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa:  al hombre, criatura débil, Dios le ha dado una dignidad estupenda:  lo ha hecho poco inferior a los ángeles o, como puede traducirse también el original hebreo, poco inferior a un dios (cf. v. 6).


Entramos, así, en la segunda estrofa del Salmo (cf. vv. 6-10). El hombre es considerado como el lugarteniente regio del mismo Creador. En efecto, Dios lo ha “coronado” como un virrey, destinándolo a un señorío universal:  “Todo lo sometiste bajo sus pies”, y el adjetivo “todo” resuena mientras desfilan las diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este dominio no se conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada, ni se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el mito griego de Prometeo. Es un dominio que Dios regala:  a las manos frágiles y a menudo egoístas del hombre se confía todo el horizonte de las criaturas, para que conserve su armonía y su belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades.


Como declara la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, “el hombre ha sido creado “a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios” (n. 12).


4. Por desgracia, el dominio del hombre, afirmado en el salmo 8, puede ser mal entendido y deformado por el hombre egoísta, que con frecuencia ha actuado más como un tirano loco que como un gobernador sabio e inteligente. El libro de la Sabiduría pone en guardia contra este tipo de desviaciones, cuando precisa que Dios “formó al hombre para que dominase sobre los seres creados (…) y administrase el mundo con santidad y justicia” (Sb 9, 2-3). También Job, aunque en un contexto diverso, recurre a este salmo para recordar sobre todo la debilidad humana, que no merecería tanta atención por parte de Dios:  “¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón, para que lo escrutes todas las mañanas?” (Jb 7, 17-18). La historia documenta el mal que la libertad humana esparce en el mundo con las devastaciones ambientales y con las injusticias sociales más clamorosas.


A diferencia de los seres humanos que humillan a sus semejantes y la creación, Cristo se presenta como el hombre perfecto, “coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia  de  Dios experimentó la muerte para bien de todos” (Hb 2, 9). Reina sobre el  universo  con el dominio de paz y de amor que prepara el nuevo mundo, los nuevos cielos y la nueva tierra (cf. 2 P 3, 13). Más aún, su autoridad regia -como sugiere el autor de la carta a los Hebreos aplicándole el salmo 8- se ejerce a través de la entrega suprema de sí en la muerte “para bien de todos”.


Cristo no es un soberano que exige que le sirvan, sino que sirve y se consagra a los demás:  “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 45). De este modo, recapitula en sí “lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10). Desde esta perspectiva cristológica, el salmo 8 revela toda la fuerza de su mensaje y de su esperanza, invitándonos a ejercer nuestra soberanía sobre la creación no con el dominio, sino con el amor.


8. «Qué es el hombre para que te acuerdes de él»

Intervención que había preparado Juan Pablo II para la audiencia general de este miércoles (24-septiembre-2003) y que fue leída en su nombre por el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado vaticano, sobre el salmo 8, «Grandeza del Señor y dignidad del hombre».


La luz hermosa de Dios

1. Al meditar en el Salmo 8, admirable himno de alabanza, se concluye nuestro largo camino a través de los salmos y de los cánticos que constituyen el alma de la oración de la Liturgia de Laudes. Durante estas catequesis nuestra reflexión se ha detenido en 84 oraciones bíblicas, de las que hemos tratado de destacar en particular su intensidad espiritual, sin descuidar su belleza poética.

La Biblia, de hecho, nos invita a comenzar el camino de nuestra jornada con un canto que no sólo proclame las maravillas realizadas por Dios y nuestra respuesta de fe, sino que además lo haga «con arte» (Cf. Salmo 46,8), es decir, de una manera bella, luminosa, dulce y fuerte al mismo tiempo.

Espléndido como ninguno es el Salmo 8, en el que el hombre, sumergido en la noche, cuando en la inmensidad del cielo se iluminan la luna y las estrellas (Cf. versículo 4), se siente como un granito de arena en la infinidad y en los espacios ilimitados que lo envuelven.

Dios y la paradoja humana

2. En el corazón del Salmo 8, de hecho, emerge una doble experiencia. Por un lado, la persona humana se siente como aplastada por la grandiosidad de la creación, «obra de tus dedos» divinos. Esta curiosa expresión sustituye a las «obras de tus manos» (Cf. versículo 7), como queriendo indicar que el Creador ha trazado un designio o un bordado con los astros resplandecientes, arrojados en la inmensidad del cosmos.

Por otro lado, sin embargo, Dios se inclina sobre el hombre y le corona como si fuera su virrey: «lo coronaste de gloria y dignidad» (versículo 6). Es más, a esta criatura tan frágil le confía todo el universo para que pueda conocerlo y sustentarse (Cf. versículos 7-9).

El horizonte de la soberanía del hombre sobre las criaturas queda circunscrito, en una especie de evocación de la página de apertura del Génesis: rebaños, manadas, animales del campo, aves del cielo y peces del mar son entregados al hombre para que les dé un nombre (Cf. Génesis 2, 19-20), descubra su realidad profunda, la respete y la transforme a través del trabajo y se convierta en fuente de belleza y de vida. El Salmo nos hace conscientes de nuestra grandeza y de nuestra responsabilidad ante la creación (Cf. Sabiduría 9, 3).

Señor de su propio destino

3. Releyendo el Salmo 8, el autor de la Carta a los Hebreos percibe una comprensión más profunda del designio de Dios para el hombre. La vocación del hombre no puede quedar limitada en el actual mundo terreno; al afirmar que Dios ha puesto «todo» bajo sus pies, el salmista quiere decir que le somete también «el mundo venidero» (Hebreos 2, 5), «un reino inconmovible » (12, 28). En definitiva, la vocación del hombre es la «vocación celestial» (3,1). Dios quiere llevar «a muchos hijos a la gloria» (2, 10). Para que se pudiera realizar este proyecto divino era necesario que la vocación del hombre encontrara su primer cumplimiento perfecto en un «pionero» (Cf. Ibídem). Este pionero es Cristo.

El autor de la Carta a los Hebreos ha observado en este sentido que las expresiones del Salmo se aplican a Cristo de manera privilegiada, es decir, más precisa que para el resto de los hombres. De hecho, en el original el Salmista utiliza el verbo «rebajar», diciendo a Dios: «Lo rebajaste a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad» (Cf. Salmo 8,6; Hebreos 2, 6). Para cualquier persona este verbo es impropio; los hombres no han sido «rebajados» a los ángeles, pues nunca han estado por encima de ellos. Sin embargo, en el caso de Cristo, este verbo es exacto, pues en cuanto Hijo de Dios, él se encontraba por encima de los ángeles y se hizo inferior al hacerse hombre, después fue coronado de gloria en su resurrección. De este modo, Cristo cumplió plenamente la vocación del hombre y la cumplió, precisa el autor, «para bien de todos» (Hebreos 2, 9).

Nuestro divino proyecto

4. Desde esta perspectiva, san Ambrosio comenta el Salmo y lo aplica a nosotros. Comienza con la frase en la que se describe la «coronación» del hombre: «lo coronaste de gloria y dignidad» (versículo 6). En esa gloria, él vislumbra el premio que el Señor nos reserva cuando hemos superado la prueba de la tentación.

Estas son las palabras del gran padre de la Iglesia en su «Tratado del Evangelio según San Lucas»: «El Señor ha coronado también de gloria y magnificencia a su amado. Ese Dios que desea distribuir las coronas, permite las tentaciones: por ello, cuando seas tentado, recuerda de que te está preparando la corona. Si descartas el combate de los mártires, descartarás también sus coronas; si descartas sus suplicios, descartarás también su dicha» (Edición en italiano IV, 41: Saemo 12, pp. 330-333).

Dios prepara para nosotros esa «corona de justicia» (2 Timoteo 4, 8) con la que recompensará nuestra fidelidad que le demostramos incluso en los momentos de tempestad que sacuden nuestro corazón y nuestra mente. Pero en todo momento él está atento para ver qué es lo que le pasa a su criatura predilecta y quiere que en ella brille para siempre la «imagen» divina (Cf. Génesis 1, 26) de modo que sea en el mundo signo de armonía, de luz y de paz.

http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/FIESTAS/TRINIDAD/C/sal-comentario.htm

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